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lunes, 7 de octubre de 2024

#libros #homosexualidad #cine | Eloy de la Iglesia : el placer oculto del cine español

Eloy de la Iglesia : el placer oculto del cine español / Carlos Barea (ed.).

Madrid : Dos Bigotes, 2024 [10-07]
296 p.

/ ES / Libros / ENS / REC / Cine / Eloy de la Iglesia / Homosexualidad / Marginación / Memoria histórica / Quinquis / Transición

📘 Ed. impresa: ISBN 9788412765793 / 20.95 €
📝 Cita APA-7: Barea, Carlos (ed.) (2024). Eloy de la Iglesia : el placer oculto del cine español. Dos Bigotes.


‘Eloy de la Iglesia. El placer oculto del cine español’ nos aproxima a la trayectoria, vibrante y compleja, de uno de los directores más importantes de la Transición, responsable de títulos tan populares como ‘El techo de cristal’, ‘La semana del asesino’, ‘El diputado’, ‘El pico’ o ‘La estanquera de Vallecas’. Mirado con desdén por la crítica de la época, que no le perdonó su ambición comercial, y reivindicado por las nuevas generaciones, la figura de Eloy de la Iglesia es fundamental para acercarnos a una de las etapas más convulsas de nuestra historia reciente.

Este ensayo colectivo, coordinado por Carlos Barea, profundiza en los distintos aspectos que confluyen en las películas del cineasta vasco, donde la voluntad de provocación y el erotismo más crudo conviven con la intención de mostrar de manera realista los vaivenes políticos y las transformaciones sociales. Por su extensa filmografía desfilaron las estrellas del momento (Carmen Sevilla, Amparo Muñoz, Simón Andreu, Vicente Parra o José Sacristán, entre otros) y nuevos talentos sin experiencia ante la cámara (como José Luis Manzano, su actor fetiche).

Homosexual y comunista, Eloy de la Iglesia contribuyó decisivamente a retratar las luces y, sobre todo, las sombras de un país que despertaba a la democracia pero que daba la espalda a una parte de la población. Entre los marginados se hallaban los denominados quinquis, que dieron nombre al exitoso subgénero cinematográfico, o los integrantes del colectivo LGTB, a quienes dotó de una voz hasta entonces silenciada.

😏 Autoría: Carlos Barea | Violeta Kovacsics | Eduardo Bravo | Nicolás Grijalba de la Calle | Diana Aller | Francina Ribes Pericàs | Juan Sánchez | La Caneli | David Velduque | Alejandro Melero | Vicente Monroy

miércoles, 3 de julio de 2024

#hemeroteca #marginalidad #cine | El legado del cine quinqui

El legado del cine quinqui
¿Cine social o extractivismo capitalista a través de la imagen? Volver al cine quinqui es recuperar la periferia como escenario y preguntarse, 40 años después, qué herencia narrativa dejó, qué estereotipos continúan aún vigentes y qué grietas abrió para una representación crítica y politizada de la precariedad juvenil más allá del producto audiovisual
Sonia Herrera Sánchez | Pikara, 2024-07-03
https://www.pikaramagazine.com/2024/07/el-legado-del-cine-quinqui/

José Luis Manzano //
El cine quinqui tiene una narrativa cruda y artificial a la vez, interpeladora y desoladora, aparentemente abandonada en el tiempo y en la historia del cine español, pero, no obstante, actual. ‘La estanquera de Vallecas’, dirigida por Eloy de la lglesia y repuesta hace poco en una conocida plataforma de ‘streaming’, es un claro exponente de este género cinematográfico opuesto al policíaco y más cercano a las aventuras de bandoleros o de ladrones, pero sin la épica de un Robin Hood, ni la fineza de los cacos de Ocean o de ‘The Italian Job’, ni viajes iniciáticos con redención y recompensa como en las grandes historias de piratería. Un género que popularizó un relato supuestamente costumbrista de la precariedad juvenil de los años 70 y 80 del siglo pasado mientras construía una versión ‘made in Spain’ del negocio del ‘exploitation cinema’ de serie B.

Inolvidable resulta aquella secuencia donde Doña Justa se liaba a tiros contra los atracadores dentro de su propio estanco, medio poseída a lo ‘Rápida y mortal’, después de noquear con una maceta a un policía infiltrado. O aquella otra en la que los cuatro protagonistas conversaban y bebían Anís del Mono mientras escuchaban ‘Suspiros de España’ y en la que Leandro decía que “España no hay más que una”, a lo que Tocho respondía “que, si hubiera dos, nos iríamos todos para la otra”.

El cine quinqui, o el quinqui ‘exploitation’ —que diría Rafael Robles Gutiérrez—, se forjó alrededor de la figura de unes jóvenes antihéroes, “talegueros” sin porvenir; adherido al asfalto y a la velocidad desbocada por el hambre, la heroína y un Seat 124. Su puesta en escena fue la del barraquismo, las “casas baratas”, los descampados, los bloques con aluminosis y fibrocemento y las barriadas como Otxarkoaga, en Bilbao, Torre Baró o el Camp de la Bota, en Barcelona, La Mina, en Sant Adrià del Besòs o San Blas y El Pozo del Tío Raimundo, en Madrid. Barrios cuya lucha vecinal pervive, a pesar de la falta de relevo generacional, porque la precariedad testamentaria del desarrollismo franquista persiste crisis tras crisis como una herencia intergeneracional alimentada por las promesas políticas incumplidas y por los deseos de transformación frustrados.
El cine quinqui transformó la aporofobia y la criminalización de la juventud empobrecida y vulnerable en producto de consumo de masas sin asumir una verdadera perspectiva de clase ni politizar el discurso
Aunque con ciertas pretensiones de cinema ‘verité’ y neorrealismo, el cine quinqui nació como un género clandestino y paria dentro de la propia industria cinematográfica de su época, quizás, o precisamente, por la explotación que hizo de aquellos sujetos subalternos que, viendo una posible salida de la marginalidad en el mundo audiovisual, se convirtieron en objetos exprimidos mientras duró el fenómeno pop.

Este aprovechamiento utilitarista anclado en la criminalización de la juventud, la vulnerabilidad y la exclusión, hizo caja con la mirada ‘voyeur’ sobre la fronterización de la vida de aquellos y aquellas que habitaban —y habitan—esas periferias, a veces anómalas y situadas en el centro de la ciudad, marcadas por el paro juvenil y por la desesperanza aprendida.

Víctor Matellano
, en su libro ‘Spanish Exploitation. Sexo, sangre y balas’, define este uso y abuso como “todo un ‘exploit’ a la española”: “Las aventuras y desventuras de los adolescentes marginales se convierten en todo un género explotado por el cine español. En la mayoría de los casos con el exclusivo propósito de hacer taquilla, derrochando únicamente tremendismo, sensacionalismo, acción, sexo y drogadicción de forma explícita”. Un caso paradigmático lo podemos encontrar en la figura del actor amateur José Luis Manzano, protagonista de éxitos como ‘Navajeros’, ‘El Pico’ o ‘Colegas’. Descubierto por Eloy de la Iglesia y tras un fugaz idilio con la fama, Manzano fallecía en 1992, con tan solo 29 años, en el más absoluto ostracismo.

Podríamos decir que el cine quinqui transformó la aporofobia y la criminalización de la juventud empobrecida y vulnerable en producto de consumo de masas sin asumir una verdadera perspectiva de clase ni politizar el discurso para bosquejar siquiera una crítica al sistema político y económico depredador que situaba a las infancias en la encrucijada entre la miseria y la resignación o la resistencia y la evasión, canalizada a través de la navaja y la aguja. Poco o nada contaban esas películas sobre resiliencia y otras posibilidades de organización colectiva en los barrios, estereotipando más aún las posibilidades de futuro para miles de niñes de nuestras ciudades en el tardofranquismo y los primeros años de democracia.

¿Qué tuvo de performativo ese cine en el imaginario de las generaciones posteriores? ¿Qué semillas de cambio dejó en las narrativas cinematográficas de los años 90 y los primeros 2000? ¿Por qué las cineastas no encontraron en el cine quinqui un paraguas bajo el que cobijar un discurso distinto y más complejo y crítico? Son preguntas para las que no he hallado respuesta y que lanzo tras revisionar títulos como ‘Perros callejeros’ (que también tuvo su versión en femenino años más tarde), ‘Los últimos golpes de El Torete' o 'Yo, El Vaquilla’ de José Antonio de la Loma; ‘El pico’, del mismo Eloy de la Iglesia; las pelis de Vicente Aranda sobre ‘El Lute’ o ‘Deprisa, deprisa’, de Carlos Saura, por poner algunos ejemplos del género.

“El carrusel de sexo y delito fascinaba a millones de españolitos crecidos bajo las arengas del NODO. Por militancia ideológica o como coartada para enseñar cacha, el género quinqui exorciza cinematográficamente las formas que le correspondían a un periodo de emergencia de la imagen de la marginalidad urbana, la contracultura y la explicitud en España”, explica Mery Cuesta, crítica de arte y comisariada de la exposición ‘Quinquis de los 80. Cine, prensa y calle’.
Algunas películas permiten esbozar un imaginario donde la transgresión y los arquetipos más añejos de santas y putas se entremezclan generando narrativas híbridas, grotescas y desafiantes
En ese rasgo del “enseñar cacha”, cabe preguntarse por el papel que desempañaron las mujeres dentro del cine quinqui, un papel —no se puede obviar— que estaba íntimamente ligado al que ocupaban también las mujeres en el llamado cine del “destape” y que la propia historia del cine español y las reposiciones televisivas han invisibilizado. Títulos como ‘Las que empiezan a los quince años’ o ‘Los violadores del amanecer’ (ambas dirigidas por Ignacio F. Iquino en 1978), ‘Maravillas’ (Manuel Gutiérrez Aragón, 1980), 'Nunca en horas de clase' (José Antonio de la Loma, 1978) o ‘Barcelona Sur’ (Jordi Cadena, 1981) permiten esbozar un imaginario donde la transgresión y los arquetipos más añejos de santas y putas se entremezclan generando narrativas híbridas, grotescas y desafiantes sobre cuestiones aún hoy centrales en la agenda feminista como la prostitución, la violencia sexual, el abuso contra las infancias, la relación entre feminización de la pobreza y drogodependencia, la privación de libertad, la heteronormatividad o las representaciones de lo femenino en relación a la criminalidad. Muy a nuestro pesar, queda mucho por decir y analizar desde los feminismos sobre esta versión “patria” del cine de explotación.

Interesante podría ser, por ejemplo, un acercamiento desde la deconstrucción de la masculinidad hegemónica a la escena de ‘Navajeros’ en la que El Marqués, interpretado por un jovencísimo Quique San Francisco, alienta la violación del Jaro entre las risas de sus “secuaces” —aunque la agresión en sí misma la oculte una atinada elipsis temporal, recurso que se utiliza muy poco en el caso de las mujeres— y la venganza multitudinaria posterior.

Y en deuda también está el análisis fílmico feminista con el personaje de Ángela (Berta Socuéllamos) en ‘Deprisa, deprisa’, y esos primeros planos en silencio con la mirada perdida frente el cuerpo moribundo de Pablo, y sus pasos seguros con una bolsa de deporte al hombro con el dinero del último palo, perdiéndose en la noche en el fundido sonoro entre los gritos de la chiquillería y el ‘Me quedo contigo’ de Los Chunguitos.

Desaparecido el cine quinqui como género circunscrito a un momento muy concreto de nuestra historia, debemos y podemos interrogarnos sobre su legado: ¿qué punto de vista y qué relatos de ficción audiovisual encontramos hoy sobre la exclusión social en España?, ¿qué ha cambiado y qué permanece?, ¿quiénes serían los y las “quinquis” hoy?, ¿qué otros ejes de discriminación atraviesan ahora la precariedad económica que hace 40 años no se tenían en cuenta o no eran tan notorios?, ¿se ha caminado en algo hacia la autorrepresentación y los relatos de memoria y denuncia?

Quizás nos vengan a la cabeza películas recientes, protagonizadas además por mujeres, como ‘Techo y comida’ (Juan Miguel del Castillo, 2015) o ‘La hija de un ladrón’ (Belén Funes, 2019) y algunas anteriores como ‘Barrio’ (Fernando León de Aranoa, 1998) o ‘Báilame el agua’ (Josetxo San Mateo, 2000). Y, aunque no sea un leitmotiv homogéneo ni conformen un género propio, podemos constatar que la mirada se ha hecho más compleja, aunque todavía son muchas las inercias y silencios que estos filmes arrastran. Pero ¿qué más le podemos pedir al cine sobre la representación de la precariedad en las periferias, en las comunidades desfavorecidas, más allá de la mera visibilización sin sensacionalismo y de que prescinda de convertirlo en un safari por la pobreza como denuncia Darren McGarvey?

Judith Butler ofrece algunas claves en ‘Marcos de guerra: las vidas lloradas’ cuando explica que “si queremos ampliar las reivindicaciones sociales y políticas respecto a los derechos a la protección, la persistencia y la prosperidad, antes tenemos que apoyarnos en una nueva ontología corporal que implique repensar la precariedad, la vulnerabilidad, la dañabilidad, la interdependencia, la exposición, la persistencia corporal, el deseo, el trabajo y las reivindicaciones respecto al lenguaje y a la pertenencia social”.

Repensar las vidas al límite de las periferias hoy a la luz imperfecta del cine quinqui de entonces nos permite empezar a atisbar también reivindicaciones que continúan vigentes desde hace décadas y otras vulneraciones de derechos que aquel cine —más utilitarista que social— solo consiguió apuntar sin atreverse a involucrarse. Habrá que seguir tirando del hilo y hacerlo desde el reto ineludible de los saberes y luchas del antirracismo, de los movimientos LGTBIAQ+, del anticapacitismo..., desde las narrativas de quienes han forjado su mirada en los márgenes, también del relato oficial de la industria audiovisual.

lunes, 6 de septiembre de 2021

#libros #memoria | Madrid, 1983 : cuando todo se acelera

Madrid, 1983 : cuando todo se acelera / Arturo Lezcano.

Madrid : Libros del K.O., 2021 [09-06]
445 p.

/ ES / ENS / Libros / Crónicas / Drogas / Historia – Siglo XX / La Movida / Madrid / Quinquis / Sociología / Transición
📘 Ed. impresa: ISBN 9788417678807 / 21,90 €

[.es] Una ciudad, un año, un país. El momento convulso en el que todo se acelera: la postransición y el desencanto, el desembarco del poder absoluto del PSOE (representado en Madrid por el carismático Tierno Galván) y el comienzo del fin de las combativas asociaciones vecinales que habían luchado durante el franquismo por la dignidad de los barrios. El instante clave en el que se sientan las bases —con sus aciertos y sus errores— de la España actual: reforma Ledesma, expropiación de Rumasa, reconversión industrial. Una ciudad asolada por la heroína, el terrorismo («Madrid es la cabeza del reino. Hay que golpear ahí, porque lo que hagas va a doler mucho más»), la delincuencia quinqui y la mafia policial, pero que también hierve en un clima de libertad y creación artística que desemboca en eso que se llamó la movida. Un año extraño en el que, durante el transcurso de un mes, ocurren tres tragedias consecutivas (dos accidentes de avión y el incendio de la discoteca Alcalá 20) que sumen a la ciudad en un clima fúnebre y conspiranoico. ‘Madrid, 1983’ es una crónica histórica fascinante y audaz, entre la nostalgia de un documental de los ochenta y el ritmo vertiginoso de una noria desbocada.

lunes, 2 de noviembre de 2020

#libros #macarrismo | Macarras interseculares : una historia de Madrid a través de sus mitos callejeros

Macarras interseculares : una historia de Madrid a través de sus mitos callejeros / Iñaki Domínguez.

Santa Cruz de Tenerife : Melusina, 2020 [11-02] / 3a. ed. corregida.
460 p. : il.

/ ES / ENS / Libros / Delincuencia / Drogas / Identidades / Macarrismo / Madrid / Marginalidad / Quinquis / Sociología / Testimonios
📘 Ed. impresa: ISBN 9788415373834 / 19,90 €

[.es] Una historia oral tejida desde la fascinación por aquellos tiempos, sin duda más peligrosos pero también más libres, en los que el indómito macarra campaba en las calles, parques y tugurios de Madrid. A través de sus páginas, el lector conocerá las barras americanas de la «Costa Fleming», el consumo de kif en las corralas de Lavapiés y los botellones en Malasaña antes de la gentrificación, las peleas de mods y rockers frente al Rock-Ola, el tráfico de heroína en los poblados del extrarradio y el menudeo en la plaza Dos de Mayo, las «colmenas» del parque Calero que Almodóvar convirtió en plató, la plaza Barceló tomada por las tribus urbanas y el metro asaltado por grafiteros enganchados al hip hop, así como muchos otros parajes insólitos de la capital de España. A modo de callejero alternativo y tratado sobre mitologías contemporáneas de Madrid, estas páginas incluyen jugosas entrevistas a los macarras más carismáticos de aquella época, siempre en los límites de la marginalidad, que discurre entre los años 1965 y 2020.

DOCUMENTACIÓN
El mundo en la calle.

El libro ‘Macarras interseculare’” describe una ciudad dura y cambiante, pero también a toda una generación.
Antonio Jiménez Barca | El País, 2021-07-24
https://elpais.com/espana/madrid/2021-07-24/el-mundo-en-la-calle.html

miércoles, 7 de octubre de 2020

#hemeroteca #cine #memoria | 40 años de 'Navajeros', la película que convirtió a José Luis Manzano en un icono quinqui

Imagen: Cinemanía / José Luis Manzano en 'Navajeros' //

40 años de 'Navajeros', la película que convirtió a José Luis Manzano en un icono quinqui.

Fue la película más emblemática del cine quinqui y la que impulsó el mito de José Luis Manzano. Hablamos con el experto Eduardo Fuembuena sobre 'Navajeros'.
Álex Ander | Cinemanía, 20 Minutos, 2020-10-07
https://www.20minutos.es/cinemania/noticias/navajeros-eloy-iglesia-jose-luis-manzano-icono-quinqui-160915/ 

El director vasco Eloy de la Iglesia, cronista único de los mundos subterráneos patrios, llegó a convertirse en los años ochenta en el máximo exponente del (mal) llamado cine quinqui. Y lo logró gracias a películas como Navajeros (1980), una coproducción hispano-mexicana en la que el director quiso que actuaran tanto actores profesionales como chavales sacados de la calle. De hecho, esta fue la cinta que permitió al público descubrir al entonces jovencísimo José Luis Manzano.

De la Iglesia conoció a Manzano, un chaval humilde y algo fantasioso de la UVA de Vallecas, en unos billares del centro de Madrid a finales de 1978. Quedó prendado de él y, solo un año después, le ofreció ser protagonista de su siguiente película, 'Navajeros', la cual había escrito a pachas con el periodista y guionista Gonzalo Goicoechea.

Manzano desconocía entonces por completo el mundo de la farándula, pero aceptó de buen grado el reto de dar vida a El Jaro, el delincuente juvenil adolescente cuya historia se relata en el filme.

Aunque apenas tenía estudios básicos, el actor se entregó en cuerpo y alma al que fue su primer proyecto cinematográfico. “Antes de su mayoría de edad, Manzano tenía nociones de comprensión oral y escrita, pero no las suficientes como para estudiar el guion de la película”, señala a Cinemanía el historiador Eduardo Fuembuena.

“Como Eloy había buscado a Manzano solo unas semanas antes de comenzar a rodar Navajeros y no se podía cubrir el tiempo mínimo de su formación, el joven memorizó el guion de la película con alguien próximo al director que se lo hacía repetir. Llegó al rodaje con el texto aprendido, incluidos los diálogos de los otros personajes. Concluido aquel rodaje, Eloy le puso una profesora privada que consolidó su alfabetización en menos de cuatro meses”, explica Fuembuena.

José Luis Manzano, actor innato
El actor Ángel Pardo, quien tuvo que doblar la voz de Manzano en la mayoría de sus secuencias en la película, corrobora la versión de Fuembuena y recordaba al vallecano como un joven rápido e intuitivo.

“Estábamos ante un boom del cine quinqui, películas que en aquel momento hicieron mucho dinero ya que reflejaban perfectamente la realidad de los chavales de barrio, hijos casi todos de familias que abandonaron la vida agraria. Además, esas películas recordaban perfectamente a los western que tantísimo nos habían gustado en años anteriores: persecuciones, asesinatos, robos a bancos, escopetas de cañones recortados… En el cine quinqui casi todos los directores buscaban actores no profesionales, precisamente para dar más realismo y credibilidad a ese tipo de cine, que rozaba el documental”, explica Pardo a nuestra revista.

Fuembuena comenta también que, durante el tiempo que duró el rodaje del filme, Manzano se mostró siempre como un actor natural que se desenvolvía cómoda y profesionalmente frente a la cámara. "Memorizaba todos los diálogos del libreto, no solo los suyos. Había sido convocado a la gran pantalla para representar una parte de esa realidad marginal que él conocía y le tocaba sufrir. Transmitirla ante la cámara era una responsabilidad que se autoimpuso".

"De igual modo, se percibe en sus interpretaciones que era uno de esos actores que llegaban al final de su personaje y que se implicaba sin filtros y sin reservarse”, explica el escritor, autor del libro Lejos de aquí, centrado en la peculiar relación personal y profesional que unió a Eloy de la Iglesia con José Luis Manzano.

Según explica también el zaragozano, el equipo de Navajeros, estrenada en octubre de 1980, trabajó en “los más de 200 exteriores naturales sin permisos de rodaje” del Ayuntamiento de Madrid. “Participaron delante de cámara tanto guardias civiles, haciendo de números de su cuerpo que persiguen a un comando de ETA, como personas afines a la organización terrorista, haciendo de los perseguidos. Era el típico juego un poco perverso de Eloy”, añade.

La película, en la que también participaron miembros auténticos de la banda del Jaro –y de otras bandas en activo entonces en el norte de Madrid–, sirvió para que Manzano se convirtiera, además de en amante de Eloy de la Iglesia, en el protagonista de cinco de las películas más comerciales de la carrera del vasco, retratista de la marginalidad por antonomasia.

Eloy de la Iglesia, francotirador
El actor José Sacristán, quien en ‘Navajeros’ da vida a un periodista vasco que aporta el contrapunto sociológico hablando del altísimo paro juvenil y las consecuencias de la tremenda falta de oportunidades para muchísimos jóvenes de la Transición, recuerda a Eloy como un tipo inteligente y “un gran pensador”.

Pero también como un provocador encantado de serlo. “Si Eloy tenía la oportunidad de hacerle la colonoscopia al personal, se la hacía. Él perdía el equilibro e iba a tiro hecho, y a veces era un temerario”, apunta el de Chinchón.

De hecho, muchos críticos le colgaron rápidamente a Eloy el sambenito de que era un cineasta escandaloso y efectista, aunque él se defendió siempre señalando que solo se dedicaba a mostrar con su cine lo que el resto de directores ocultaban en sus películas.

En cualquier caso, Eloy era un hombre bastante contradictorio. Alguien que arremetía en sus trabajos contra las creencias e instituciones sacralizadas, y que criticaba duramente los abusos del sistema político y económico establecidos, pero que, al mismo tiempo, participaba y se aprovechaba del susodicho sistema.

“Eloy militaba en el Partido Comunista de España, pero estaba muy protegido por su amiga Pilar Miró. El director fue parte interesada y beneficiada mientras Miró ocupó el sillón de directora de la Dirección de Cinematografía, luego del ICCA. Pero su discurso popular se hizo más radical y combativo contra el partido en el gobierno de España, ¡y con dinero público! Además, casi todos los productores y aliados de un tiempo le dieron la espalda hacia 1985 y se vio obligado a producirse él mismo para seguir rodando hasta que le cortaron el grifo de las ayudas oficiales”, argumenta Fuembuena.

José Luis y Eloy, un romance herido
El romance entre Eloy y Manzano terminó, y la carrera cinematográfica de ambos quedó herida de muerte, tras el rodaje de ‘La estanquera de Vallecas’ (1987).

Después de filmarla, el vasco –fallecido en marzo de 2006– pasaría 16 años sin volver a ponerse detrás de las cámaras. El actor madrileño, por su parte, dejó de serle útil al sistema y acabó entregándose como nunca antes al consumo de heroína tras verse internado en la prisión de Carabanchel.

“[Manzano] vivió en contradicción frente al mundo del cine que le dio la espalda. Trató de volver a él con la ayuda de personas menos conocedoras del medio, como Pedro Cid, y no lo consiguió. Pedro Cid fue una figura humanista de gran peso que ejercía en una parroquia obrera en el barrio de La Alhóndiga de Getafe y, entre otras muchas actividades, ayudó a más de mil jóvenes a salir del caballo. También se arriesgó con José llevándoselo a vivir a su parroquia y lo acompaña durante los primeros monos y hasta un día antes de su muerte, dos años y medio después de su primer encuentro”, apostilla Fuembuena.

Manzano, icono indiscutible de la España constitucional, acabaría muriendo de una sobredosis de heroína, en el apartamento que ocupaba Eloy cerca de la estación de Atocha, en febrero de 1992. Vivió deprisa, deprisa. Murió más rápido aún.

viernes, 8 de febrero de 2019

#hemeroteca #cine #testimonios | Historia negra del cine quinqui: la reivindicación de un género que no dejó supervivientes

Imagen: El País / José Luis Manzano y Rosario Flores en 'Colegas' (1982), de Eloy de la Iglesia
Historia negra del cine quinqui: la reivindicación de un género que no dejó supervivientes.
Rosalía o C. Tangana lo recuerdan musicalmente y películas recientes como 'Quinqui Stars' le rinden homenaje. Se diría que este género tan español está más vivo que nunca, pero sus artífices nos dejaron hace tiempo de forma trágica.
Guillermo Alonso | Icon, El País, 2019-02-08
https://elpais.com/elpais/2019/02/06/icon/1549449208_098050.html

Jose Antonio Valdelomar, muerto a los 36 años. Lali Spinet, muerta a los 34. Sonia Martínez, muerta a los 34. José Luis Manzano, muerto a los 30. José Luis Fernández Eguia, muerto a los 23. Todos ellos eran intérpretes célebres entre la juventud de los ochenta gracias a películas como ‘Deprisa, deprisa’, ‘Colegas’ o ‘El pico’. Si el cine quinqui mantiene hoy un poder de fascinación perenne incluso entre espectadores que no habían nacido cuando reinaba en taquilla se debe, en gran parte, a ser el retrato literal de una generación perdida.

¿Qué era el cine denominado quinqui (un mote que no gustaba nada a algunos de sus artífices)? Eran historias de delincuencia, drogas y amor que triunfaron a finales de los setenta y principios de los ochenta y casi siempre tiraban de actores no profesionales, directamente recogidos de las calles. No eran prodigios visuales y tampoco tenían guiones redondos, pero con su mezcla de tragedia, lumpen, sexo y honor se cuentan entre las películas más efectivas y exitosas que ha dado el cine español y han alcanzado, con el tiempo, el estatus de radiografía social de ese extrarradio que el poder olvidó.

Estos días se vuelve a hablar mucho de él gracias a la interpretación que Rosalía hizo de ‘Me quedo contigo’ (canción de Los Chunguitos que aparecía en la banda sonora del clásico del género quinqui ‘Deprisa, Deprisa’, de Carlos Saura). A su vez, figuras del ‘trap’ como Yung Beef, La Zowi o C. Tangana reivindican, de forma voluntaria o no, cierto espíritu de una juventud desencantada que ha preferido optar por los placeres efímeros e inmediatos de la vida.

El propio Tangana fue mucho más explícito en su vídeo de ‘Bien duro’, homenaje en toda regla a la estética y el espíritu del cine de Eloy de la Iglesia o José Antonio de la Loma. La película independiente 'Quinqui Stars', de Juan Vicente Córdoba, lleva diez semanas triunfando en los cines Renoir Princesa de Madrid. Y después de muchos años de espaldas al género, la cultura oficial también reconoce la trascendencia de este cine: el pasado año el Kutxa Kultur Artegunea de San Sebastián organizaba 'Oscuro objeto de deseo', una completa retrospectiva a Eloy de la Iglesia, director de clásicos del género como ‘Colegas’, ‘El Pico’, ‘Navajeros’ o ‘La estanquera de Vallecas’.

¿Pero es este ‘revival’ sociocultural o puramente mercantil? “No hay comparación posible ya que la situación social es otra y el ciudadano está mucho más controlado y es más dependiente del sistema", dice Eduardo Fuembuena, autor de ‘Lejos de aquí’ (que será reeditada esta primavera con material extra por la editorial Applehead). Su libro no es solo la biografía más completa que se ha publicado sobre Eloy de la Iglesia y su ‘muso’ José Luis Manzano, sino un tratado sobre aquella España democrática que echaba a andar con entusiasmo desmedido, pero olvidando ciertos flancos, y sobre una intelectualidad comunista (como Eloy de la Iglesia) que se rendía a todos los placeres, legales o no, que podía comprar el capital.

"Se han perdido la militancia política, la defensa y reivindicación de los derechos del trabajador y la conciencia de clase –añade Fuembuena–. Los ‘quinquis’ originales no tenían conciencia política, pero sí de clase o de procedencia, eran lumpen o niños delincuentes que se vieron abocados a la lucha callejera para subsistir en un contexto de país en el que se les miraba bajo sospecha solo por ser jóvenes. Eso terminó por quitarles cualquier atisbo de dignidad y exterminarlos con la pandemia de heroína y sus consecuencias. Sin duda, la fea realidad que mostraba De la Iglesia en su cine no era la imagen del país que interesaba mostrar a los gobiernos de turno".

Ese trágico destino de casi todas las estrellas del género es uno de los motivos por los que el cine quinqui sigue teniendo hoy tanto poder de fascinación. Sus intérpretes eran, casi siempre, actores sacados de la calle y que, de alguna manera, se interpretaban a sí mismos. Lo hacían, según Fuembuena, "de una manera natural, sin métodos, remitiéndose a la realidad que conocían por observación directa y que les había tocado padecer. En el caso de José Luis Manzano, interpretar significaba incorporar prototipos de la juventud del momento, vivir en el personaje y no soltarlo después de la claqueta final".

José Luis Manzano (Toledo, 1963-Madrid, 1992) fue el Jaro en ‘Navajeros’, José Luis en ‘Colegas’, Paco en ‘El pico’ y ‘El pico 2’ y Tocho en ‘La estanquera de Vallecas’. Procedente de la UVA (Unidad Vecinal de Absorción) de Vallecas (Madrid), conoció al director de cine Eloy de la Iglesia cuando, para sacarse un dinero, se prostituía en unos billares cercanos a la Puerta del Sol de Madrid. El director pronto se quedó fascinado con él. Entre los dos surgió una relación ambigua: creador y ‘muso’, ¿pero amantes? Manzano tenía novias y coqueteaba con sus admiradoras, pero a la vez su relación con De la Iglesia se tornó enfermiza. No solo por la dependencia a las drogas, sino por la dependencia laboral y, al final, en cierto modo, emocional.

La imposición de Eloy para que Manzano no trabajase con ningún otro director pudo afectar a la carrera del joven, que pese a ser un sus inicios prácticamente analfabeto y no tener ningún tipo de formación actoral, tenía carisma para parar un tren, una belleza entre cruda y apolínea que la cámara amaba y un talento innato para seducir al espectador. Tras ‘La estanquera de Vallecas’, su última colaboración en 1988, director e intérprete se distanciaron.

"Estos jóvenes fueron seres humanos explotados por un sistema industrial, como era el cine español entonces, y desechados cuando dejaron de ser útiles", denuncia Fuembuena. Manzano recibió ayuda de un cura de Getafe y consiguió un trabajo en 1990 como el de chico de los recados en algún programa de TVE. Pero la adicción no desapareció. En 1992 fue condenado por un robo con intimidación en plena Gran Vía. Tras salir de prisión (donde concedió su última entrevista a la revista ‘Interviú’), fue hallado muerto en el apartamento madrileño de su mentor, Eloy de la Iglesia, debido a una sobredosis de heroína.

Una historia semejante se repitió con José Luis Fernández Eguia (Madrid, 1965-1988), alias El Pirri. Llamativo secundario en el cine de Eloy de la Iglesia y otras películas de los ochenta, su voz y porte de macarra le dieron, sin embargo, más oportunidades que a Manzano: aparte de en las películas de De la Iglesia trabajó con Emilio Martínez Lázaro, Gutiérrez Aragón y Carlos Saura y llegó a tener una breve aparición en 'The Hit', de Stephen Frears. Sin embargo, el cine no le dio la oportunidad de cambiar su vida: en 1985, ya convertido en un rostro famoso, confesó a El País que seguía viviendo con sus abuelos y no tenía “ni una ‘lechuga’ [como se llamaba al verde billete de mil pesetas, unos seis euros] para tomar unas cañas”. Durante la entrevista, la periodista narra cómo uno de los amigos del Pirri, que se preparaba para ir a Sevilla a promocionar una película, le cuenta que en el barrio de Triana de la capital hispalense “te ofrecen de todo y por kilos”, refiriéndose a sustancias ilegales.

El 9 de mayo de 1988 un transeúnte descubrió el cuerpo sin vida del Pirri en un descampado de la carretera de Vicálvaro a San Blas. Tenía una aguja colgando del brazo. Era el Pirri, el actor que recientemente acaba de dar el salto también a la televisión y la radio y se había hecho todavía más reconocible entre el público.

Fuembuena añade un caso menos conocido de la órbita de De la Iglesia, pero igualmente trágico: el de Lali Spinet, que rodó con el director vasco ‘El Pico’. Era una "talentosa actriz del cine de la Transición que también se enganchó, poco antes de rodar con De la Iglesia ‘El pico’, y llegó a estar detenida y recluida en la cárcel Modelo de Barcelona por tráfico de estupefacientes antes de fallecer a causa de enfermedades derivadas del sida, en 1994".

José Antonio Valdelomar (Ciudad Real, 1958-Madrid, 1992) conoció la gloria como protagonista de ‘Deprisa, deprisa’, la película que lo sacó del barrio madrileño de Villaverde Alto y lo llevó hasta Berlín, donde la cinta se llevó el Oso de Oro en 1981. Solo dos semanas después de esa victoria y tres antes del estreno de la película en España, Valdelomar fue detenido en Madrid después de atracar un banco en la calle Ríos Rosas y huir en un taxi robado con un botín de 167.000 pesetas (algo más de mil euros en su día, pero equivalentes a casi cinco mil de hoy).

No hizo ninguna película más. El cine no lo salvó de continuar con sus problemas de criminalidad y adicción a las drogas y la siguiente vez que los medios se refirieron a él fue para anunciar su muerte en 1992, con solo 34 años, debido a una sobredosis que sufrió cuando cumplía otra condena en la cárcel de Carabanchel.

El caso de Sonia Martínez fue muy diferente. Sonia era de clase media, tenía formación actoral (y dominaba el inglés) y participó en más películas más allá del género quinqui (‘Epílogo’, de Gonzalo Suárez, o ‘Violines y trompetas’, de Romero Marchent), series (‘Segunda enseñanza’) y programas de televisión (‘3,2,1, contacto’ y ‘Dabadabadá’). Incluso rodó en alemán. Fue también una de las protagonistas de ‘Perras callejeras’ (1985), de José Antonio de la Loma, uno de los últimos estertores del género, y su destino fue a partir de ahí semejante al de Manzano y Pirri.

La muerte de su madre en 1985 le dejó muy tocada anímicamente y poco después empezó a consumir cocaína y posteriormente heroína (como ella misma confesó en una cruda entrevista con Isabel Gemio). En 1989 ingresó en un centro de rehabilitación y al año siguiente concedió una entrevista con Isabel Gemio. “La gente se cree que sigo pinchándome, pero estoy viva, con muchas ganas de vivir y de trabajar”. Llevaba, según confesó, solo 17 días sin pincharse. Al final de la entrevista, un momento que hiela la sangre: “Me he hecho los análisis del sida y aún no tengo los resultados. Puedo tenerlo o no puedo tenerlo”. Se supo poco después (ella misma lo declaró) que los resultados eran positivos. Falleció el 4 de septiembre de 1994, con solo 30 años.

Estas fueron las víctimas más visibles y célebres de ese cine de los ochenta que creó industria, pero abocó a sus estrellas al abismo. Pero hay más: en el plano musical, relacionado también con este movimiento cultural, podemos citar a tres cantantes que fallecieron, casualmente, en 1995: Juan Antonio Jiménez ‘Jeros’, de Los Chichos (que se tiró del balcón de su casa de Madrid), Antonio Flores (uno de los protagonistas de ‘Colegas’ junto a José Luis Manzano, que sucumbió a una sobredosis dos semanas después de la muerte de su madre Lola) o Tina Muñoz, de Las Grecas, que tras alternar la calle, la prisión y algunos psiquiátricos, falleció de sida.

Es posible que ningún género haya caminado de forma más paralela y trágica a la realidad de sus directores e intérpretes. Eloy de la Iglesia, para la posteridad el gran director de cine quinqui (aunque su carrera, que duró unos 35 años, conoció muchos más estilos y contiene grandes hallazgos), moriría en 2006. Antes, en una entrevista a El País, declaró que no creía que fuese el éxito lo que los hubiese llevado a todos hacia el abismo. Aclaró a continuación que, más bien, "se podría decir que fue el fracaso". Sea cual sea la causa, la consecuencia fue devastadora y Eduardo Fuembuena la resume de un modo punzante y seco: "Salvo algunos como Javier García (Urko en ‘El pico’) o Manuel Álvarez (el Chus en ‘Navajeros’), que han optado por vidas anónimas, todos los demás están muertos".

viernes, 1 de febrero de 2019

#hemeroteca #cultura | Cómo Lorca, los quinquis y el Che Guevara llevaron el español a Senegal

Imagen: El País
Cómo Lorca, los quinquis y el Che Guevara llevaron el español a Senegal
Más de 240.000 alumnos estudian castellano en el país africano, uno de los lugares en los que más ha penetrado. La universidad de Saint Louis cuenta con la primera carrera de Filología Hispánica.
Patricia Peiró | Planeta Futuro, El País, 2019-02-01
https://elpais.com/elpais/2019/01/23/planeta_futuro/1548262002_964377.html

“La mujer esta se enrolla muy bien. No es demasiado dura corrigiendo, sabe bastante y además no está nada mal”. Esta cita pertenece a un reportaje en Cambio 16 sobre la esposa del entonces presidente del Gobierno, Carmen Romero, incluido en un viejo manual de español para francófonos. El libro de texto se titula 'Pueblo' y en la portada aparece un torero. La persona que conserva esta publicación 40 años después de aprender el idioma con él es Ndioro Sow, hoy decano de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la Universidad Gaston Berger (UGB), en Saint Louis, al norte de Senegal.

En esta tierra, la independencia de Francia en los años sesenta se celebró en las calles con la canción de Carlos Puebla dedicada al comandante Che Guevara. Los jóvenes bailaban al ritmo del son cubano y querían también aprender a cantar esas letras igual que hoy desean saber qué dice Luis Fonsi en 'Despacito'. Ndioro Sow fue uno de esos jóvenes de los sesenta y setenta, después se formó como profesor de español y ha acabado siendo clave para un hito en la enseñanza de esta lengua en la región: impulsó la primera carrera de Filología Hispánica en Senegal en 2011. “El interés por aprender esta lengua no dejaba de crecer y en apenas ocho años se ha puesto al nivel en cuanto a cantidad de alumnos de carreras que existen desde el principio en el campus”, reconoce. Sus viejos manuales aún conservan apuntes en los márgenes en los capítulos sobre los quinquis, Primo de Rivera, la Gran Vía de Madrid, el Guernica o la proclamación del Rey Juan Carlos I.

El país africano es uno de los que está acogiendo el español con más entusiasmo. "Si en Senegal son 240.000 los estudiantes de español, en el conjunto de la subregión la cifra se eleva al millón largo de estudiantes. Y todo ello sin la intervención oficial de España", apunta Ignacio Villapadierna, responsable del Aula Cervantes de Dakar. El país suma 35.000 estudiantes más que hace cinco años, cuando la entidad publicó el estudio más completo sobre la enseñanza del español en África Subsahariana. Ese informe concluyó que más de un millón y medio de personas estudia este idioma en esta región. El país en el que más se enseña es Benín (con 412.500) y el segundo Costa de Marfil (341.000). La institución anunció en 2017 su intención de abrir nueva sede en Dakar para fomentar la expansión de la lengua y la formación de profesores en la región.

“Carmen Martín Gaite, Ana María Matute, Carmen Laforet, Federico García Lorca, Benito Pérez Galdós...”, cita Elisabet, alumna de 25 años. “Arturo Pérez Reverte, Laura Restrepo, Miguel Puig...”, continúa su compañero Usain. Los dos aseguran sentir pasión por este idioma y prosiguen con una lista interminable de sus autores favoritos. “También me gusta David Bisbal y Wisin y Yandel”, completa el chico. A través del reguetón llegan a conocer a Lorca.

"Lo que los abuelos de hoy aprendieron entonces con el son y la salsa, los nietos ahora lo bailan móvil en mano mientras canturrean a ritmo de Shakira, Enrique Iglesias o Luis Fonsi", comenta Villapadierna. El responsable del aula Cervantes en Dakar, que lleva en el país desde 2009, describe a ministros, empresarios, rectores y decanos de universidad que estudiaron español en su día "y siguen escuchando en sus despachos salsa cubana".

El estudiante Usain apunta otro motivo: “En mi familia ha habido gente que ha emigrado a España, así que es un idioma que he oído en mi casa, me gustaba y quería hablarlo”. Según el Instituto Nacional de Estadística, hay 66.046 senegaleses registrados en España. Para Djidiack Faye, jefe del Departamento de Estudios Hispánicos de la UGB, la pasión por el Real Madrid y el Barcelona y los “estupendos profesores de español en Senegal” han contribuido a cimentar el lazo con esta lengua.

En los colegios y los institutos senegaleses existía la posibilidad de aprender esta lengua desde los años cuarenta, pero elegirla como carrera universitaria era hasta hace bien poco una rareza. “Al principio empecé a estudiarlo un poco obligado, pero me enamoré y he acabado siendo traductor y he hecho un máster en España. ¡Además, soy del Real Madrid y quería entender las crónicas deportivas!”, explica Lamine, licenciado de 28 años. “Lo más difícil para nosotros es poder practicarla con nativos, aquí no hay muchos y de hecho la mayor parte de nuestros profesores tampoco lo son”, apunta Ousmane, otro alumno. Alba Rodríguez García es la única profesora nativa del departamento: "Estos alumnos tienen una gran curiosidad cultural por un país que no es francófono y por la diversidad que compone el mundo hispano".

La primera universidad en la que se implantaron estudios de español fue la Cheikh Anta Diop de Dakar. Fue en 1957 y ese año solo una veintena de alumnos escogió esta optativa. Ahora en ese campus suman 5.000 estudiantes. En la de Saint Louis son 500 inscritos en filología a los que se suman 460 que lo aprenden dentro de la carrera de Lenguas Aplicadas. En la de Ziguinchor (sur de Senegal) y de Thiès (centro del país) también se puede estudiar.

¿Qué se puede esperar en el futuro? Villapadierna lo resume así: "La tarea es lograr que el millón de jóvenes que cada año estudian español en estos países no acaben con la melancolía de sus abuelos por no poder aplicar su aprendizaje del idioma".

2.500 diccionarios han volado hasta Dakar
El sistema educativo de Senegal sigue la tradición del que implantaron los franceses en la época colonial. Esto hace que ya en el colegio los alumnos tengan que optar por un segundo idioma y el español siempre ha estado entre los favoritos. ¿Cómo puede seguir expandiéndose esta lengua? "La Real Academia Española, gracias a la mediación del Embajador Virella, acaba de donar a Senegal 2.500 ejemplares del ‘Diccionario de la lengua española’. Pero más allá de las donaciones o de la provisión de medios, los obstáculos son más profundos: se antoja imprescindible abundar en la mejor formación de los profesores de español, así como abordar la actualización de los manuales de enseñanza. En no pocas escuelas se enseña el español con métodos creados en Francia en los años 50", explica Ignacio Villapadierna, responsable del Aula Cervantes de Dakar. "Otro debate no exento de interés sería la conveniencia de crear un manual de español adaptado a la realidad africana", añade.

sábado, 9 de junio de 2018

#hemeroteca #memoria #cine | Eloy de la Iglesia, el director que quisieron que olvidáramos

Imagen: El Salto / Fotograma de 'El pico 2'
Eloy de la Iglesia, el director que quisieron que olvidáramos.
Eloy de la Iglesia es un director fundamental, un artista siempre contracorriente que es indispensable para entender algunos de los capítulos más oscuros de la historia del Estado español de la Transición y los primeros gobiernos de la democracia.
Brais Nogueira | El Salto, 2018-06-09
https://www.elsaltodiario.com/balea-cultural/eloy-de-la-iglesia-director-quisieron-olvidaramos

Una noche de noviembre, con la cara desfigurada por las luces de colores de una discoteca, un conocido de repente sentenció que “en el cine español solamente hay un De la Iglesia bueno, y ese es Eloy”. Tras ese gratuito ataque a Alex de la Iglesia y sin ningún motivo aparente, se justificó: “A mí no me gusta el cine, me gusta sentir que es de verdad”. Me sorprendió que siquiera conociese el nombre del director, famoso por su desarrollo del género denominado 'cine quinqui', debido al total olvido de su figura.

Eloy de la Iglesia dirigió a lo largo de su carrera más de veinte películas durante los últimos años del franquismo, la Transición y los ochenta. Esto es muy importante porque la evolución de su obra se vincula al contexto político que vive. El estilo del cineasta bebe del neorrealismo italiano y, en parte, recuerda al de Pasolini en cuanto a posicionamiento ideológico y en su gusto por los inadaptados, en este caso encarnado en la figura del delincuente juvenil sin salidas.

Su obra desvela contradicciones dentro del proceso de democratización del Estado español. Muestra y reflexiona sobre los mecanismos generativos de desigualdad, siempre con una visión de clase, teniendo claro desde qué lado posicionarse. En este sentido, su militancia marxista se ve totalmente reflejada en su filmografía. Es un cine contrahegemónico, transgresor y que incomoda. Por eso mismo, en el imaginario colectivo actual, De la Iglesia no existe. Fue borrado aposta por parte de la corriente oficialista a pesar de su innegable contribución histórica.

Eloy de la Iglesia era homosexual y trata el tema en sus películas de una manera bastante revolucionaria para la época dentro del marco del cine español. La trata con gran normalidad y, en cierto modo, rompe con el modelo de familia tradicional a partir de esto. Utiliza el cuerpo masculino como objeto de deseo, lo cual ya es subversivo de por sí porque desestabiliza identidades políticas y morales propias de la Transición. Esta faceta se presenta incluso en sus obras durante el franquismo, aunque quizás el culmen de la misma puede verse en la película ‘Los placeres ocultos’.

Otro de los factores que hacen único a este director en su época es que, mientras los demás creadores coetáneos con una ideología similar cultivan el género documental, él opta por hace cine de ficción. Por otro lado, su obra no va dirigida a militantes, sino que intentaba hacer largometrajes que llegaran a las masas desde el punto de vista de las clases populares. “Una película mía sin espectadores no tiene razón de ser. Preferí llegar a la gente a través del cine de su barrio que de proyecciones marginales. Lo que cuento hay que contárselo al mayor número de gente posible y para eso son más adecuados los cauces comerciales”, explicaba el propio De la Iglesia en los años noventa.

En este mismo sentido, se puede afirmar que los defectos a nivel formal que habitualmente se le achacan al final resultan virtudes. Se le ha acusado de efectista y de técnicamente brusco, pero si no fuese de esta manera, difícilmente la sociedad de la época podría comprender lo que se mostraba. Lo denotado va por encima de lo connotado. Es muy narrativo y siempre parte de un marco industrial donde los habitantes de los barrios podían verse casi como en un espejo. No hablaba ni de presos políticos ni de franquismo. Hablaba de miseria, violencia y desigualdad. De la contradicción entre lo que se vendía políticamente y lo que realmente acontecía. De los muertos que dejó esa época que normalmente con tan buenos ojos se ve.

Una prueba de que el estilo es completamente intencional es su primera etapa durante el franquismo. Por culpa de la censura, cultivó géneros donde a través de la metáfora podía decirse lo que realmente quería transmitir. Cuando llega la Transición es cuando construye su estilo característico, pero no es hasta los años ochenta cuando alcanza su techo como cineasta. Sus películas se hacen más complejas, pero en ningún caso abandonan la crítica social. Coincide además temporalmente con que la heroína se está abriendo paso por los barrios obreros de todo el Estado con la permisibilidad de los cuerpos públicos. En este momento, comienza a cultivar el 'cine quinqui', género fundado por José Antonio de la Loma, del que se convierte en el mayor exponente.

Así, al inicio de la década salen a la luz ‘Navajeros’, ‘Colegas’ y ‘El Pico’, esta última la obra con más importancia de la filmografía del director. Es una película localizada en un barrio de Bilbao que relata la situación de descontento, la ausencia de salidas y del camino tapiado que es la heroína para una generación. Como lo saben tantas familias.

Más tarde, se entrenará ‘El Pico 2’. Muestra la otra cara, la cárcel. Una institución muy lejos de ser el agente de reinserción que se vendía —y se vende—. Está película deja un subtexto tan interesante como real: entre esos barrotes y muros de hormigón solamente hay pobres y desgraciados.

José Luis Manzano fue su actor predilecto, otros dirían que fetiche. El director lo rescató del barrio, le dio una educación, nociones de interpretación y lo hizo brillar en sus películas. Vivían juntos y ambos acabados enganchados a la heroína. ‘La estanquera de Vallecas’ fue la última película de temática ‘quinqui’ del director, que estuvo décadas sin producir artísticamente. Con treinta años Manzano apareció muerto en el baño de su protector con una jeringuilla clavada en la rodilla. Por su parte, él perecería en 2006.

Eloy de la Iglesia es un director fundamental en el cine español. Un artista que quisieron hacer olvidar por ir a contracorriente. Por mostrar un capítulo de la historia de nuestro Estado que fue blanqueado. Por Paco, Urko y Pilar. Por todos los que no se llamaron así pero vivieron las mismas circunstancias. Reivindicar estas obras también es Memoria Histórica.

jueves, 22 de junio de 2017

#hemeroteca #libros #testimonios | José Luis Manzano: 10 cosas sobre el actor mítico del cine quinqui que (probablemente) no sabías

Imagen: El País / José Luis Manzano
10 cosas sobre el actor mítico del cine quinqui que (probablemente) no sabías.
Cuando se cumplen 25 años de la muerte por sobredosis del actor José Luis Manzano (‘Colegas’, ‘El Pico’, ‘La estanquera de Vallecas’...) , Eduardo Fuembuena publica ‘Lejos de aquí’, un libro sobre su vida con datos sorprendentes.
Anónimo García | Tentaciones, El País, 2017-06-22
http://elpais.com/elpais/2017/06/22/tentaciones/1498122849_795792.html

España pasó de ser tercermundista a estar entre las primeras potencias mundiales en apenas 20 años. En ese breve lapso su economía dejó de ser agraria, se especializó en los servicios, y abandonó la peor tasa de mortalidad de Europa para abrazar una de las mayores esperanzas de vida del mundo.

Ese avance brutal tuvo no pocas fricciones. La emigración masiva de los pueblos a las ciudades resultó en muchos poblados chabolistas (cuentan que Franco, al ver uno en Bilbao, ordenó que se construyesen casas “como Dios manda”, resultando la barriada de Otxarkoaga) que, unidos al paro resultante de la crisis del petróleo del 73, el impacto de la recién llegada heroína y la incertidumbre política tras la muerte de Franco, creó unas desigualdades en las que muchos adolescentes no encontraron mejor modo de ganarse la vida que echándose a la calle.

Es, por supuesto, la situación que retrata y denuncia el cine quinqui. Y dentro de él, dos nombres destacan con fuerza: el director Eloy de la Iglesia (1944-2006) y su actor fetiche, José Luis Manzano (1962-1992). Juntos rodaron los cinco filmes más importantes del género, entre ellos ‘Navajeros’ o la saga ‘El Pico’, y protagonizaron una relación muy poco conocida pero muy sintomática de este género cinematográfico puramente español, donde realidad y ficción se confunden constantemente.

El realizador zaragozano Eduardo Fuembuena se ha propuesto arrojar luz sobre esa relación. Tras siete años de trabajo, en los que se ha entrevistado con multitud de personas relacionadas con sus protagonistas, acaba de publicar el libro 'Lejos de aquí', cuyo título se inspira en una canción que interpreta Antonio Flores en la película 'Colegas'. “Comencé a preguntarme quién era ese actor vulnerable que caminaba como James Dean y tenía la mirada triste de un Brad Davis,” relata Fuembuena. “Por entonces, de José Luis Manzano solo había mentiras en la red y prácticamente nada reseñable o lo suficientemente extenso publicado.”

Del libro, que desde el pasado 21 de junio puede conseguirse en internet, hemos extraído los diez puntos más reveladores de una pareja fundamental para entender el cine quinqui y la España de la Transición.

1. De la Iglesia y Manzano se conocieron en 1978 a la salida de los billares Victoria, en Madrid, donde los chavales del lumpen madrileño se ofrecían a los gais. El realizador se llevó al joven, y más tarde, cuando buscaba un actor para ‘Navajeros’ (1980), lo llamó. En ese momento lo acogió y le puso una profesora particular que lo alfabetizase. Manzano vivió regularmente con el director desde marzo de 1980 hasta el otoño de 1988, una situación clásica en el cine quinqui. Sin embargo, el actor siempre contaba que su encuentro fue a raíz de una prueba cinematográfica a la que se había presentado, y aseguraba que seguía viviendo con su familia en la UVA de Vallecas.

2. Según su libro de familia, Manzano nació el 20 de diciembre de 1962. Según su DNI, por algún tipo de error ‘buromundano’, el 30 de ese mismo mes. El actor celebraba su cumpleaños en esta última fecha sin que nadie le corrigiera. Más adelante pasó a celebrarlo el 31 de diciembre para hacerlo coincidir con el de De la Iglesia, nacido un 1 de enero.

3. De la Iglesia era comunista, pero afirmaba que su barba no emulaba a la de Carlos Marx sino a la de Stanley Kubrick. En realidad, la barba ocultaba su labio incipientemente leporino. La influencia de Kubrick, especialmente ‘La naranja mecánica’, en el cine de De la Iglesia es manifiesta.

4. La segunda unidad de rodaje de ‘Navajeros’ operaba como una guerrilla. Filmaba planos generales, usando una cámara con teleobjetivo situada a considerable distancia para no tener que pedir permisos o cortar la calle. En la plaza de España de Madrid rodaron sin contratiempos un tirón a plena luz del día. Luego se desplazaron a un lateral del Palacio Real para grabar a Manzano haciendo un trompo y un nuevo tirón. Durante esta toma llegó un coche de policía, que cerró el paso al vehículo de escena, hizo bajar a los chavales y encañonó a quien conducía (sin carné), que no era otro que Manzano. Con verdadero terror, el director de la segunda unidad y el auxiliar salieron corriendo hacia los jóvenes actores y trataron de hacer comprender a los policías que la situación era ficcionada. No pudieron continuar el rodaje, y para esa secuencia tuvieron que apañárselas con el material conseguido.

5. Manzano fue un gran aficionado al fútbol. Jugó primero en La Unión, equipo de categoría juvenil de la UVA de Vallecas. Luego, tras mudarse a casa de De la Iglesia, en el Sporting de Arganzuela. También le gustaba el julepe, juego de cartas con el que participó en campeonatos, y los videojuegos: con su primer sueldo se compró una videoconsola Atari 2600. Además, tras probar la experiencia de conducir en los rodajes, se despertó en Manzano una afición por el motor, algo impensable para un hijo de la UVA. De la Iglesia le regaló una Derbi Diablo 80 CX5 roja. También era aficionado al cine, incluso antes de ser actor, y su género favorito eran las películas de kung-fu.

6. La mili supuso una ruptura en la carrera de Manzano. Una vez agotado el máximo de dos años de prórroga, fue llamado a filas a finales de noviembre de 1983. Tuvo que rechazar ‘Playa prohibida’ (Enrique Gómez Vadillo, 1985) y una pequeña colaboración en la producción internacional ‘The hit’ (Stephen Frears, 1984).

7. Una de los proyectos de De la Iglesia giraba alrededor de un romance entre un etarra y un guardia civil. El guión, titulado ‘Galopa y corta el viento’, no se pudo rodar a causa de amenazas de ETA publicadas de forma más o menos velada en el diario Egin. Restos de esta idea quedan en ‘El pico’, cuyos dos protagonistas, amigos entre sí, son hijos de un guardia civil y un líder político abertzale, respectivamente.

8. El pico 2 se iba a rodar casi íntegramente en la cárcel de Carabanchel, contando con un centenar de presos comunes como figurantes. Sin embargo, en la segunda semana de rodaje, un preso intentó fugarse escondiéndose en una maleta de proyectores. Aunque los técnicos del equipo le pidieron de inmediato que saliese y un funcionario fuese testigo, el incidente bastó para que las autoridades revocaran el permiso.

9. Manzano no toleraba el alcohol, y el hachís le producía grandes colocones. Era en parte debido a problemas circulatorios tras un accidente que sufrió a los 14 años mientras trabajaba en las Bodegas Santullán de Puente de Vallecas, y que le obligaron a permanecer en un hospital durante seis meses. A pesar de ello, partir de 1980 se asentó su costumbre al tabaco rubio americano, ya que podía pagarlo, y al hachís, que solía llevar siempre encima. En 1981 comenzó a consumir cocaína y a partir del rodaje de El pico también heroína esnifada.

10. En junio de 1991 Manzano fue detenido junto a otro joven por asalto con intimidación, una escena que tantas veces había protagonizado en la ficción. El actor no portaba armas. Fue enviado a la cárcel de Carabanchel, de donde salió en diciembre de ese año, enfermo y nuevamente enganchado a las drogas. Tres meses después, el 20 de febrero de 1992, De la Iglesia encontró su cuerpo sin vida en el baño de la vivienda que ocupaba. El joven había se había refugiado en el lugar 48 horas antes, a la espera de viajar a Sevilla para trabajar en Expo 92.