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miércoles, 1 de mayo de 2024

#hemeroteca #maricas | Christo Casas, escritor: “Las maricas hemos pasado de pecadoras a enfermas y de ahí a clientas”

Christo Casas, autor de 'Maricas malas', en el barrio de Gràcia en Barcelona //

Christo Casas, escritor: “Las maricas hemos pasado de pecadoras a enfermas y de ahí a clientas”

Con ‘Maricas malas’, el antropólogo y periodista aboga por una disidencia LGTBI frente a la despolitización del “¿si ya podéis casaros, qué más queréis?”
Noelia Ramírez | El País, 2024-05-01
https://elpais.com/cultura/2024-05-01/christo-casas-escritor-las-maricas-hemos-pasado-de-pecadoras-a-enfermas-y-de-ahi-a-clientas.html

Lo que más valora Christo Casas (Cuenca, 1991) en la recepción de su ensayo ‘Maricas malas: construir un futuro colectivo desde la disidencia’ (Paidós, 2023) son las reflexiones de quienes se acercan a sus presentaciones y charlas. “Vienen muchas mujeres a decirme que se han amariconado gracias al libro, que les ha hecho reflexionar sobre su placer, su derecho a la vivienda o el sentido de sus propios trabajos”, cuenta este antropólogo y periodista en un bar del barrio barcelonés de Gràcia que mezcla ‘expats’ y vecinas. Tras su novela 'El power ranger rosa' (Niños Gratis, 2020), ‘Maricas malas’ va por su segunda edición ofreciendo respuestas frente a ese “¿y si ya os podéis casar, que más queréis?” que tanto se repite al colectivo LGTBI desde hace casi 20 años. “Tenemos que recuperar un espíritu transversal en el activismo. Entender que toda política LGTBI, toda política feminista, toda política antirracista y anticapacitista es una política para la clase trabajadora”, pronostica.

Pregunta. Dice en su libro: “marica buena solo hay una y es imposible de alcanzar. Maricas malas hay tantas como maricones existen”. ¿Por qué rechaza a la marica buena?
Respuesta. Porque la marica buena no molesta. Es una que en sus formas de producir y de trabajar encaja completamente en este sistema capitalista, el que hasta hace unas décadas nos había expulsado por ser improductivas, fiesteras, promiscuas, vagas. Pero, sobre todo, porque no nos reproducíamos y formábamos una familia que generara la siguiente generación de trabajadores y trabajadoras. Las maricas malas son las que no permiten al capitalismo perpetuarse. Las buenas son las que rompen el techo de cristal, pero no tienen en cuenta qué maricas se quedarán abajo barriendo sus cristales.

P. Hace hincapié en que la identidad gay es “una imagen de marca” y la homosexual “está ligada a la enfermedad”.

R. Todo lo que nos identifica como gais hoy en día se enmarca en una cultura mercantilizada por el dinero rosa. Hasta finales del siglo XIX se llamaba sodomía al acto en el que los hombres practicaban sexo con otros hombres. Se entendía como una práctica, no como una identidad y no tenía por qué atravesar todos los aspectos de la vida de los hombres que mantienen sexo con otros hombres. En cambio, en el siglo XIX se acuña el término homosexual y lo que se hace es convertir a la sodomía en una enfermedad. Ahí pasó a ser una enfermedad crónica, algo que no se cura, una identidad. Fue así durante buena parte del siglo XX hasta su final, cuando se nos mercantilizó. Las maricas hemos pasado de pecadoras a enfermas y de ahí a clientas. Ese cliente es gay y como dijo Shangay Lily parafraseando a Simone de Beauvoir: “el gay no nace, el gay se compra”.

P. ¿Por eso reivindica el término marica?
R. Sí. Propongo un término que no se define ni por sus pecados ni por sus enfermedades ni por aquello que consume. La marica es una figura contestataria y revolucionaria que te recuerda que las personas no tenemos que consumir para ser respetadas.

P. ¿Eso es amariconar el mundo?
R. En el activismo LGTBQI+ hay dos tensiones muy enfrentadas: está quien aboga por asimilarse y dejar de parecer marica y quienes se atrincheran para serlo, pero en un lugar muy recluido y muy pequeño. Ese microcosmos puede volverse asfixiante. Hay que romper con esa dicotomía.

P. ¿Cómo?
R. No hay que asimilarse porque no hay que corregir ni existe nada malo en nosotros. Pero si nos quedamos en la trinchera porque es más cómoda y segura, al final perpetuamos un rincón donde no molestamos.

P. ¿Tiene una tercera vía?
R. Te la ilustro con un ejemplo: en una convención literaria lo normal es que haya doce mesas redondas de hombres hablando de su literatura universal y una mesa de los niños pequeños donde se sienta a la marica, a la mujer, a la persona racializada y a la discapacitada a hablar de nuestras cosas de trinchera y minoría. Amariconar el mundo es reclamar nuestro derecho a sentarnos en las doce mesas redondas de hombres a decir que la experiencia marica también es una experiencia universal.

P. Dice que si las mujeres siempre tienen a un hombre mirándolas dentro de su cabeza, las maricas siempre tienen a un hombre hetero observándolas.
R. La mirada hetero es la que mira a las personas LGTBQI+ como seres de luz. Parece que no podemos equivocarnos ni hacer las cosas mal. Arrastramos una exigencia de ser íntegras, de tener un discurso sin fisuras. Debemos ser impolutas y referentes, pero las maricas debemos tener derecho a la maldad.

P. Y a vivir su sexualidad sin represión. En el texto recuerda que los vídeos de hombres practicando sexo en espacios públicos en los años noventa causaban terror, mientras que a las pilladas a heteros se les añadía risas enlatadas cómicas en programas como ‘Vídeos de primera’. Asegura que sigue pasando en la información sobre el ‘cruising’.

R. Se sigue criminalizando del mismo modo. Existe una hipervigilancia a las disidencias muy potente en redes como TikTok. Sin ir más lejos, este verano en un festival de Madrid pillaron a dos chicos follando en un baño de un festival. Se subió a las redes y había centenares de comentarios de personas LGTBIQ+ condenando su conducta. Decían que menuda mala imagen se estaba dando del colectivo. Esa misma semana se viralizó un vídeo en el que a una mujer y un hombre les pillaban haciéndolo en un avión. Cuando ella salió del WC, se tapaba la cara, pero cuando lo hizo él, todo el mundo aplaudió. En Twitter la mayoría de comentarios decían: “Vaya héroe”.

P. En su libro alerta del avance del homonacionalismo en los discursos de extrema derecha.
R. Aunque a Vox le cuesta hacer bandera por su pátina franquista, en España sí está presente en el discurso de Sílvia Orriols y su partido, Aliança Catalana. Es algo que estamos viendo en Francia con Marine Le Pen o en Alemania con Alice Weidel. Discursos que nos dicen que sus partidos son los que van a salvar a las familias LGTBIQ+ de los malvados musulmanes o turcos que vienen desde países incivilizados a quitarnos derechos. Nos encaminamos a una Europa que será una fortaleza excluyente y peligrosa para nuestras hermanas y hermanos LGTBQI+ migrantes.

P. Este homonacionalismo también se desprende en la promoción del “Love is love” que hace Israel con sus soldados en redes sociales.
R. Es una aberración. En el genocidio que está cometiendo Israel en Palestina se instrumentaliza a soldados que son supuestamente gais. Posan con esas banderas en un lugar que acaban de bombardear y en el que el 60% de las víctimas eran niños y niñas. Más allá de ser un eslogan terrible de por sí porque los derechos van mucho más allá del amor, ese ‘love is love’ es una contradicción insalvable para definir una masacre. Sin embargo, en TikTok funciona de maravilla porque esos dos soldados que se besan con una bandera arcoíris son una estampa simbólica muy bonita frente a esos malvados terroristas musulmanes. Esa imagen, lo que no enseña, es que ese afecto se da sobre un montón de niños muertos.

miércoles, 6 de diciembre de 2023

#hemeroteca #gais #homonormatividad | Por un estilo gay contra ‘lo gay’

El País / Fotograma de 'Rojo, blanco y sangre azul' //

Por un estilo gay contra ‘lo gay’

Todas las historias que veo y leo con avidez son insatisfactorias por su deseo de integrar con calzador al homosexual en la vida contemporánea, occidental y capitalista
Juan Gallego Benot | Babelia, El País, 2023-12-06
https://elpais.com/babelia/2023-12-06/por-un-estilo-gay-contra-lo-gay.html 

Mi generación fue de las primeras en toparse con gays en las series y en los libros sin tener que buscarlos. Nada de librerías especializadas ni de videoclubes: durante mi infancia vi que la tele incluía personajes homosexuales como un emblema de modernidad en la España del pelotazo y del matrimonio gay (‘Física o química’, ‘Aquí no hay quien viva’...). En menos de 20 años, esa representación se ha extendido tanto como la imaginación del mercado. En las plataformas hay comedias románticas navideñas gays, dramas nórdicos de gays y películas basadas en novelas gays en las que príncipes ingleses gays se casan con el hijo bisexual de la presidenta de Estados Unidos. Como es de esperar, todas estas historias que veo y leo con avidez son profundamente insatisfactorias por su deseo de integrar con calzador al gay en la vida contemporánea (occidental, capitalista).

¿Es eso lo que queríamos? Paco Vidarte o Shangay Lily responderían que no. Hay esfuerzos por hallar una identidad que huya de esta asimilación, como el reciente libro 'Maricas malas', de Christo Casas, que intenta encontrar al sujeto que escapa de esa representación y mantiene su disidencia. La clave es si esa disidencia es algo que pueda debatirse en términos morales o si en ocasiones se convierte en una pose estética. Es decir, ¿se puede querer ser ‘buena marica mala’? Un gay blanco, con estudios universitarios, que viva en una gran ciudad, como yo mismo, difícilmente puede ser disidente. Y la disidencia, en ocasiones, se convierte en una imagen de la que el mercado se aprovecha. Me parece lógica e inevitable la crítica de Casas a la figura del ‘buen gay’, aquel que cabe en la representación y que copa el hueco de la diversidad con su réplica de los privilegios heterosexuales, pero ya hay productos culturales que recrean tipos de “lo LGTBI” de forma rentable, y en los que la diversidad se convierte de forma inevitable en un reclamo publicitario, por muy elaborado que sea el guion o por muy bien que estén dibujados los personajes: véanse ‘Pose’ o 'Euphoria'.

En su lugar, encuentro más ágiles las estrategias de una serie de obras que plantean formas estilísticas, que no temáticas, para escapar de lo asimilado. La obra del escritor chileno Pedro Lemebel, por ejemplo, presenta la disidencia como una forma de habla casi dialéctica. La novela de culto ‘La vida perra de Juanita Narboni’, de Ángel Vázquez, hace algo similar, desde el Tánger del primer franquismo, y usando la voz de una solterona amargada. Las posibilidades son muchas, pero todas tienen algunos aspectos en común. En el año 2005 se publicó en España ‘Contra natura’, de Álvaro Pombo, una novela cruel y ácida sobre la(s) homosexualidad(es). Sus personajes se caracterizan por la desigualdad fundacional: los separa la edad, la belleza, la educación y la clase. Aunque los ciclos del deseo los reúnen, pronto queda claro que estas desigualdades configuran su propia experiencia gay. Y esta cuestión dinamita cualquier noción de comunidad. Las múltiples digresiones y una sintaxis compleja imitan esa frustración en un baile enrevesado de voluntades e inevitabilidades lujuriosas. La conclusión es efectiva: para Pombo, la homosexualidad es múltiple, inevitable e insuficiente; está marcada por todo lo anterior pero no desaparece en ningún momento.

En consonancia, el autor anunció en televisión su rechazo a la aprobación del matrimonio gay, en pleno debate en la época. Aunque entonces suponía alinearse con posiciones reaccionarias, el escritor estaba motivado por una visión similar a la que hoy defiende Christo Casas. Para Pombo, el homosexual no podía entrar en la rueda familiar ya que su estado ‘contra natura’ era no solo una cuestión legal, sino un eje fundamental de su propia definición. El matrimonio vendría a ser una ficción, un engaño estatal que pretendía ‘tapar’ al homosexual. Aunque Casas denuncia esa misma estrategia —si bien indica que el matrimonio homosexual deberá ser un derecho mientras lo sea el heterosexual—, la identidad alternativa que propone parece dirimirse en la disidencia como categoría suficiente. Y sospecho, como decía, que incluso esa disidencia terminará siendo integrada (domada, higienizada) en algún momento, si es que no lo está siendo ya.

Sesenta años antes que Pombo, Jean Genet inventó otro estilo para evitar la definición moral de la identidad, de la que quizá el mejor ejemplo sea el recientemente reeditado, sin censura, 'Diario del ladrón'. Esta autobiografía hiperbólica defiende una forma antiburguesa que evita la lectura de fácil digestión. Consciente, hasta en épocas en las que la homosexualidad era penada, de que la forma tenía que intervenir en la relación entre raza, sexualidad y clase, Genet escribió a contrapelo de la novela como género, para emborronar y destruir cualquier similitud con este. Su explicitud salvaje es en realidad una cuestión de estilo, no de tema.

James Baldwin insistió en ello en ‘La habitación de Giovanni’, obra en la que la homosexualidad es asunto relevante porque supone un riesgo para la posición social de su protagonista. Los ejemplos se multiplican: ‘Té y simpatía’, la película de Vincente Minnelli donde no aparece ni un solo homosexual, es quizá el ejemplo más radical de que lo gay no necesita aparición identitaria para constituir una forma, y a finales de diciembre la directora Emerald Fennell estrena 'Saltburn', en la que busca tratar la seducción como un asunto de clase. La forma tal vez sea una manera de trabajar con ‘lo gay’ a partir de sus contradicciones, puesto que no parece tener salvación como disputa identitaria contra el mercado.

viernes, 27 de octubre de 2023

#hemeroteka #maritxuak | Christo Casas. Kazetaria eta antropologoa: «Eskubide bat edukitzeko maritxu ona izan behar bada, ez da eskubidea»

Christo Casas //

Christo Casas. Kazetaria eta antropologoa: «Eskubide bat edukitzeko maritxu ona izan behar bada, ez da eskubidea»

LGTBI komunitatekoak haien produkzio ahalmenaren arabera errespetatzen ditu sistemak, Casasen esanetan. Adibidez, ezkontzen direnak dira «maritxu onak». Aldarriak despolitizatzen ari direla nabarmendu du.
Amaia Igartua Aristondo | Berria, 2023-10-27
https://www.berria.eus/paperekoa/1886/040/001/2023-10-27/eskubide-bat-edukitzeko-maritxu-ona-izan-behar-bada-ez-da-eskubidea.htm 

‘Homosexuala’ medikuntzak erabilitako berba bat dela dio; ‘gay’, kontsumismoak hauspotutakoa. Hala, ‘maritxu’ eta ‘marikoi’ hitzak hobetsi ditu Christo Casas kazetari eta antropologoak (Henarejos, Espainia, 1991) bere burua izendatzeko. ‘Maricas malas’ liburuan (Maritxu gaiztoak; Paidos, 2023), kritiko ageri da maritxu onen eta gaiztoen arteko bereizketarekin. Larunbatean aurkeztu zuen liburua Bilboko Sinsorga kulturgunean, Zuriñe Rodriguez kazetariarekin batera.

G. Produktibitatearen araberakoa al da tolerantzia?
Bai, erabat. Familia eredu zisheteronormatiboa inposatzen digute ez soilik aberastasuna sortzeko, baita langile klasearen hurrengo belaunaldia erreproduzitzeko ere.

G. Liburuan diozu asko aldatu direla aldarriak trantsiziotik gaur egun arte. Zer gertatu da bidean?
Espainiako Estatuko lehen LGTBI manifestazioa 1977an egin zuten, Bartzelonako Rambletan. Dekalogo bat egin zuten, eta ez zuten aipatzen ezkontza igualitarioa. Kontrara, familia abolitu nahi zuten harreman eta ekoizpen eredu moduan. Baina GIBaren eta hiesaren epidemian, LGTBI pertsona asko bakarrik hil ziren. Estatuak aitortutako harreman eredu bat nahi izatera bultzatu zituen, agian. Baina 2006an [i.e. 2005], ezkontza igualitarioa lortu zenean [Espainian], ematen zuen kolektiboak eskakizun guztiak lortu zituela.

G. Alde materiala galdu da, sinbolikoaren mesedetan?
Materialismo historikoaren arabera, sinbolikoa beti dator materialetik. Uztartuta daude, marikoia eta langile klasekoa izatea bezala. Ez banintz langile klasekoa, ez nintzateke marikoia izango, gay baizik; hau da, kontsumo eredu bat.

G. Eskubideak izateko, baldintza batzuk daudela diozu: kontsumitu beharra, esaterako. Baldintzatuta badago, eskubidea al da?
Eskubide bat edukitzeko maritxu ona izan behar baduzu, ez da eskubidea. Sari bat da, men egitearen trukean emana. Errespetagarriak izateak ez ditu baldintzatzen gure eskubideak: zikinak, gaiztoak izan arren, eskubide berberak merezi ditugu.

G. ‘Maritxu gaiztoa’-ren eraikuntzan, gakoetako bat sexualitatea da. Tximino baztangaz mintzo zara: gizon homosexualen sexualitatea kriminalizatzeko erabili zen.
Instituzio medikoek sexualitate disidenteak kriminalizatzeko duten ahalmenaren hamaikagarren eredua da —noski, GIBarena eta hiesarena izan zen argiena—. COVID-19rekin, OMEk alfabeto greziarra proposatu zuen aldaerak izendatzeko, eta ez jatorria, estigmatizatzailea eta arrazista baitzen; bada, tximino baztanga heldu zenean, OMEko idazkari nagusiak [Tedros Adhanom Ghebreyesu] eskatu zien gizonei uzteko sexu harremanak edukitzeari beste gizonekin. Heteroek har ditzaketen gaixotasunetan, ordea, konponbidea sendagaiak dira, profilaxia...

G. Halako diskurtsoak behin eta berriro azaleratzen dira?
Maritxu onen eskakizunak onartzen direnean —zuriak, aberatsak, familiak sortzen dituztenak...—, gogorragoa egiten da LGTBIfobia maritxu txiro, arrazializatu, elbarri edo zerrientzat. Estatuak, enpresa pribatuek eta are eskuin muturrak onartzen dutenean maritxu ona, jada haien indarkeria ez da LGTBIfobia: izan ere, normala izatekotan, onartzen dute, baita babestu ere, hari erasotzera etorriko den musulmanaren aurrean. Ezkontzak nazioaren parte bihurtu gaitu, eta hori da ondorioetako bat.

G. Estatu batzuk ere eredugarritzat aurkezten dira eskubideei dagokienez, eta beste batzuk barbarotzat jotzen dituzte. Kolonialismo kontua ere bada?
Eskubideak instrumentalizatu egiten dira diskurtso arrazistak justifikatzeko. Adibide bat da Gazako genozidio potentzialarekin gertatzen ari dena: Israel LGTBI paradisu bat da, Mendebaldeko herrialdeen antzekoa, eta, Gazan jendea hiltzen dutenean, LGTBI pertsonak defendatzen ari dira; horrek ezkutatu egiten du arabiar herrialdeetan ere badagoela LGTBI jendea eta, sarritan, emantzipazio estrategia propioak dituztela. Ezkontza igualitarioa esportatu egiten dute, halaber.

G. Punitibismoaz ere mintzo zara. Askotan, gorroto delituen aurrean Polizia aldarrikatzen da. Zuk uko egiten diozu, ordea.
Definizioz, Poliziak ezin du deliturik eragotzi, beti ondoren esku hartzen baitu; erakunde punitibista bat da, ez pedagogikoa, ez prebentiboa. Gainera, berriro biktimizatzen du. Sarri, esaten da gertuagoko Polizia bat behar dela, hezi behar dela, eta horrek konponduko dituela arazoak. Baina Alex S. Vitaleren azterketen arabera, Polizian LGTBI komunitateko agenteak, agente arrazializatuak edo emakumezko agenteak daudenean, korporatibismoa gailentzen da: prestago daude agentea defendatzeko, haren biktima baino.

lunes, 2 de octubre de 2023

#hemeroteca #maricas | Christo Casas: "Hay maricas malas, sucias, de clase obrera que nos resistimos a ser domesticadas"

 Christo Casas, autor de 'Maricas malas' //

Christo Casas: "Hay maricas malas, sucias, de clase obrera que nos resistimos a ser domesticadas"

María Cabré Solé | Revista Mercurio, 2023-10-02

https://www.revistamercurio.es/2023/10/02/christo-casas-maricas-malas/

No sé si es que Christo Casas (Cuenca, 1991) ha echado a volar para tomar distancia y ver con claridad, o es que cuenta desde siempre con esta mirada perspicaz. Pero 'Maricas malas' (Paidós, 2023) no es solamente un ensayo que desvela cosas que pueden comprenderse desde la distancia, sino que también está dotado de la cercanía de quien lo ha vivido. El autor ha aparecido justo a tiempo para presentar promesas orgullosas, autoafirmativas y desafiantes que ponen en jaque la mirada colonizadora. Un incentivo emancipador directo en vena. Que revisa la idea del trabajo como chantaje, del matrimonio igualitario, del VIH y de los prejuicios sobre las maricas, las migrantes, las tullidas, las racializadas, montado sobre la idea, o al menos así lo interpreto yo, de que lo prestablecido no siempre tiene una orientación profunda. Que, a veces, solo es forma sin relieve: una costumbre a revisar.

Este es el ensayo de un nuevo edén: el del mundo tal y como lo conocemos, pero al revés. Más compasivo, más libre y más colorido. El de un lugar que rescata las diferencias de las «maricas malas», las marginadas desde siempre, para darles su lugar.

P. ¿Cómo surgió la idea de escribir ‘Maricas malas’?
La imagen que se tiene de lo que ha de ser un gay o un homosexual desde la sociedad es la de una persona de clase alta, que vive en barrios pijos, que tienen un gusto excelente y exquisito por la decoración carísima, y una cantidad de estereotipos en los que me era bastante imposible encajar por mi condición de clase. Si tenemos en cuenta que, por mera probabilidad estadística, la inmensa mayoría de personas LGTBI son personas de clase obrera, estaba bastante convencido de que las ‘Maricas malas’ éramos mayoría dentro del colectivo, y que había llegado la hora de desmontar ese estereotipo, y es que hay maricas malas, sucias, de clase obrera que nos resistimos a ser domesticadas de alguna manera.

P. ¿Qué hay detrás del concepto de ‘marica’? ¿Es una realidad o una propuesta?

La palabra «marica» tiene muchísima tradición en el idioma español. Viene del siglo XIX, y hacía referencia a aquellos hombres que, como eran afeminados y no podían reproducirse, formaban parte de una clase social inferior, como lo eran los adolescentes, los niños o las mujeres que, aunque fueran de clase obrera, tampoco eran consideradas como trabajadoras porque lo que ejercían eran los cuidados. Mi propuesta es recuperar la perspectiva previa a lo que en los estudios ‘queer’ se llamaría «el giro sexo-centrado». Y es que en los años 70-80, con la revolución sexual, pasamos a construir nuestras identidades a través de con quién nos acostamos, y es aquí donde irrumpe la etiqueta «gay».

En «Ames a quien ames no importa» o «Love is love», el amor está en el centro del discurso, pero realmente la discriminación, el acoso, el insulto o la agresión a las personas LGTBI no se hace por con quién se acuesten, sino por cómo somos. Por la pluma que tenemos, nuestra estridencia, porque molestamos. Por eso propongo recuperar el término «marica», porque vuelve a poner esto en el centro.

P. ¿Basta identificarse con lo marica para serlo?
Esto es quizá lo más controvertido del libro. He querido hacer una propuesta poco identitaria, es decir, que lo que define nuestras identidades no es quiénes somos ni de dónde venimos, sino qué hacemos y hacia dónde vamos. Y aunque esto es un poco ‘spoiler’ del libro, lo que vengo a decir es precisamente eso, que marica es quien quiera serlo. Porque lo que debe unirnos, y configurarnos, es el destino hacia el que nos dirigimos, la propuesta que tenemos, el horizonte que perseguimos. Para mí cualquier persona que persiga el mismo horizonte de emancipación de clase, el mismo horizonte igualitario, el mismo horizonte de libertades, de respeto y de dignidad para todas las personas, independientemente de si son maricas o heteros, blancas o negras o racializadas, de si son capacitadas o discapacitadas… todas las personas que busquen el mismo horizonte son maricas como yo.

P. ¿Y hacia qué horizonte debe mirar lo marica?

Creo que la definición de un horizonte marica es la indefinición. Una queja que hago en el ensayo es que la sociedad cishetero nos obliga a establecer categorías estancas y encajonarlo todo de manera muy definida. Para mí lo más ‘queer’, lo más LGTBI, lo más marica, lo más punk, es romper con ese encasillamiento, esos cajones estancos. Como Víctor García Mora creo —y lo cito en el libro si no me equivoco— que lo ‘queer’ es aquello que se desborda, es aquello que mira hacia un afuera frondoso, dice él; es decir, hacia un mundo abierto de posibilidades infinitas, y que nos permita escoger a cada persona lo que nos acomoda. Aquello que nos haga más felices, individualmente, aunque en el camino hacia allá luchemos de manera colectiva.

P. ¿Y hacia dónde quieres llevarnos con este ensayo?
El activismo LGTBI se ha centrado mucho en destacar el sufrimiento, el dolor, la persecución que padecemos, las discriminaciones, y esto hace parecer que ser una persona LGTBI o ser una persona marica se explica exclusivamente a través del dolor; cuando ser una persona LGTBI es también una fuente de felicidad y de posibles alternativas a lo heterosexual, y también tenemos una vida plena. Hacia donde quiero llevar es a la idea de que los modelos de las personas LGTBI también puedan plantearse imitar los modos de vida o la cultura marica, la bollera, la trans, imitar otras realidades subalternas que les pueden dar también alegría, que pueden ser fuentes de placer para ellas en sus proyectos vitales.

P. En tus perfiles de Instagram y Twitter te defines como maricón de clase obrera. ¿Por qué no lo haces como antropólogo, activista o periodista?

Tengo bastante conflicto con estas definiciones, porque mi sensación es que tendemos a definirnos muy rápidamente por nuestro oficio. Al final, lo que hacen es trasladar en primera instancia cuál es nuestro estatus socioeconómico. Explicar claramente que tenemos una profesión respetada, una profesión con altos ingresos.

Esto me facilita mucho contar una anécdota que me gusta. Cuando me licencié en periodismo, hace ahora 11 años, durante los primeros tres o cuatro años después de terminar la carrera trabajé como camarero. Y lo curioso es que, mientras lo hacía, decía que era periodista, pero realmente era camarero. El hecho de identificarnos con una profesión a menudo nos pone también en un cajón que nos impide establecer relaciones horizontales y de reciprocidad con gente que se dedica a otras profesiones. Creo que nos divide como clase, y en este sentido prefiero mucho más identificarme como maricón o como clase obrera, que son identidades transversales, que pueden interpelar a más gente y que pueden construir puentes.

P. En el ensayo optas por el uso del lenguaje femenino.

Opto por el plural femenino como una apuesta política por el lenguaje. Creo que es necesario un lenguaje inclusivo, un lenguaje que no esté marcado por el género para respetar todas las identidades. Cuando tendemos a utilizar lenguaje sin marca de género, se desvanece esa reivindicación política. Porque podría decir «el alumnado» en lugar de decir «los alumnos y las alumnas», o decir «las alumnas». Pero en el momento en que digo «el alumnado», aunque sea la palabra más correcta para incluir a todos, y una forma que en español ya está aceptada, lo que hago es invisibilizar que estoy rechazando el uso del masculino genérico. Entonces, cuando apuesto por el femenino plural lo que hago es poner sobre la mesa o evidenciar que tenemos un problema con la lengua española desde el momento en que no incluye y no respeta a todas sus hablantes. Además, marica es un término femenino.

P. Criticas eslóganes como «Love is love» o «Ames a quien ames, Madrid te quiere» como ejemplos de ‘pinkwashing’. ¿Cómo podrían desarrollarse políticas más eficaces o reales hacia el colectivo LGTBI?
Yo no tendría ningún problema con el ‘pinkwashing’, siempre y cuando llevara también consigo actuaciones de calado. Por ejemplo, si cada 28 de junio una marca saca ropa con arcoíris o banderas, o saca anuncios con los colores o mensajes como «Love is love», y también realiza políticas activas de defensa de los derechos LGTBI en su plantilla laboral, para mí no hay ningún problema porque hay coherencia. El problema es cuando las empresas usan esto como lavado de cara pero siguen discriminando a sus trabajadoras LGTBI.

Ya que me preguntas por hacer propuestas activas, y ahora aquí viene otro punto del ensayo, considero que las personas LGTBI hemos de ser aliadas del resto de personas que se encuentran en situación de opresión o persecución, incluida, por supuesto, toda la clase trabajadora en su conjunto. Yo creo que seguiría siendo ‘pinkwashing’ si esa empresa tiene un anuncio LGTBI e implementa políticas inclusivas pero fabrica en Bangladesh explotando a la población local de un país del sur global.

P. Afirmas que el matrimonio igualitario es una derrota, porque alimenta esa idea de gay arquetípico.
Este es otro de los temas controvertidos del libro. Es indudable que este ensayo ha sido publicado en un momento en que el clima de opinión y la esfera política española están teniendo un giro hacia la derecha, y estamos normalizando discursos que desplazan el marco de cómo percibimos las políticas y la opinión pública hacia el conservadurismo.

Dicho esto, Didier Eribon, uno de los antropólogos que cito en el ensayo (y que en su caso defiende el matrimonio igualitario porque Francia es un país donde ha costado mucho más conseguirlo e incluso hoy, diez años después de su aprobación, se sigue cuestionado ampliamente), explica que el matrimonio igualitario debe ser un derecho para todos mientras el matrimonio a secas también sea un derecho. Pero una vez esto haya sido aceptado socialmente, hay que exigir un desplazamiento y ser autocríticos con lo que se ha planteado. Es precisamente este desplazamiento lo que plantea mi ensayo. Afortunadamente, en España no estamos en una situación como la de Francia y creo que formamos parte de una sociedad suficientemente madura como para analizar y debatir las consecuencias que ha tenido la perpetuación del matrimonio instrumentalizando a la gente LGTBI; o, remitiendo a la pregunta previa, hablar del ‘pinkwashing’ que se ha hecho del matrimonio instrumentalizando a la gente LGTBI, cuando era una institución criticada por los feminismos o la izquierda en los 80 y 90.

P. Después de leerte me surge la duda de si te gustaría que lo marica absorbiese lo gay, si quieres que lo lidere o simplemente que se acepten como narrativas distintas.
Creo que lo gay nos obliga a las personas LGTBI españolas, concretamente a los maricas, a los hombres que tienen sexo con hombres, a observarnos a nosotros a través de la óptica de Estados Unidos, de la óptica anglosajona. Por el tipo de ocio que consumimos, por el tipo de cultura que nos llega, los productos culturales, las series, las películas, la narrativa ‘bestseller’. Digamos que el eje de las personas que viven en Europa está desplazado hacia Estados Unidos. Entonces, sí que creo que reivindicar la palabra marica es, de alguna manera, volver a conectar un poco con la realidad cultural local. Todas las personas tienen el derecho a definirse desde el lugar y desde la etiqueta que les sea más cómoda, o incluso a deshacerse de todas las etiquetas si les resulta mejor, pero soy de la opinión de que ha llegado el momento de reivindicar lo marica y exigirle respeto, lo cual no tiene por qué desplazar ni absorber lo gay.

P. Comentas que la LGTBIfobia y el clasismo están entrelazados, que son el mismo problema. ¿Pero cómo persuades a quienes poseen ciertos privilegios a renunciar a ellos en beneficio de la igualdad?
La solución más fácil que te daría es «eat the rich». Pero también entiendo que hay otras formas que no requieren de comerse a nadie, a menos que sea una parafilia de la persona que desea ser comida. En todo caso, yo creo que hay herramientas de redistribución que demuestran que aquellas sociedades más igualitarias, o aquellas sociedades donde hay mayor igualdad de oportunidades, redundan en el beneficio común y son positivas para todas. Estoy bastante seguro de que hay gente que tiene tantísimo dinero que no va a saber qué hacer con él en su vida y que va a morir sin haberlo gastado. Realmente hay un fetichismo de la acumulación de riqueza, de la acumulación material. Entonces, se trata más bien de un cambio cultural y de percibir que no necesitamos tanto dinero, ni acumular tanto como creemos, y que redistribuyéndolo tendríamos una sociedad mejor, incluso para las personas que acumulan. Bibliotecas del tiempo, bibliotecas de objetos, modos colectivos de poseer… Es difícil de conseguir, porque como explicaba antes, nos han convencido de que la acumulación y el éxito son sinónimos. Pero estoy seguro de que podemos llegar a este cambio cultural.

P. ¿Puedes compartir ejemplos personales de privilegios a los que hayas tenido que renunciar y las ventajas que has encontrado al hacerlo?
A través de este ensayo, lo que planteo es que hay que cuestionar también el concepto de privilegio, porque hemos llegado a un punto en que se está llamando privilegios a derechos básicos. Tú tienes una casa, ¡qué privilegiado eres! Tú no has estado nunca en el paro, ¡qué privilegiado! Tú tienes derecho a voto y yo no, ¡qué privilegiado! Y no. Estamos llamando privilegios a cosas que son derechos. La diferencia entre un privilegio y un derecho es que el privilegio no debería tenerlo nadie y el derecho debería tenerlo todo el mundo. En el momento en que llamamos privilegio a trabajar, tener un hogar o votar, estamos diciendo que no habría que tenerlo, cuando en realidad se trata de derechos que habría que garantizar.

En mi caso, la experiencia que tengo como hombre blanco ocupando espacios me ha hecho darme cuenta de que en muchas ocasiones había gente que no es que no tuviera opinión o no quisiera expresarla, es que no lo hacía porque mi presencia, por una tradición cultural, les lleva a callarse, como es el caso de mujeres que no expresan su opinión en espacios masculinizados o personas racializadas que no expresan su opinión en espacios muy blancos. ¿Y qué es lo que yo he ganado? Pues simplemente el hecho de escuchar una experiencia diferente a la mía, y la maravillosa sensación de cambiar de opinión me parece ya un motivo para callarse de vez en cuando.

P. En el ensayo haces notar la diferente percepción social entre la prevención del embarazo y la prevención del VIH. ¿Cómo podríamos desafiar los estereotipos de género y las normas sociales para promover una visión más equitativa de ambas formas de prevención?
Sí, en el ensayo hago esta afirmación partiendo del contexto del análisis de lo que viene a ser el discurso médico. En un primer lugar, para conseguir superar estos estigmas que hay hacia la prevención del embarazo o hacia la prevención del VIH, que presento como diferenciados. Incido mucho en que las mujeres que son responsables de su salud sexual y reproductiva son estigmatizadas y tratadas de putas, de zorras o de guarras. Y lo mismo nos pasa a los maricones. Lo que creo que hay que hacer es reformar en primera instancia el discurso médico. ¿Por qué? Porque la medicina, incluso en 2023, está diseñada desde el punto de vista del hombre cisheterosexual. Por poner un ejemplo, los testeos de medicaciones o de tratamientos médicos se siguen haciendo sobre cuerpos de hombres cis y occidentales, y esto ignora por completo la diversidad fisiológica que hay en todos los cuerpos del planeta. En consecuencia, vemos que hay efectos secundarios no previstos, o desdeñados, en los cuerpos de las mujeres o de las personas de otros orígenes que no sean europeo o estadounidense. Creemos que el discurso médico es neutro porque es ciencia, pero lo cierto es que está atravesado por los prejuicios de las personas que hacen la ciencia.

Esto obviamente tendrá también una incidencia en el discurso social porque los médicos, los doctores, los estudios sobre salud, los ministerios, son instituciones que percibimos como autoridad, son personas cuyos discursos respetamos. En el momento en que veamos a una persona que entendemos como autoridad en una materia cuestionar el machismo o el prejuicio homófobo que hay dentro de la medicina, creo que la sociedad en general comenzará a cambiar su perspectiva sobre estos tratamientos.

P. Está claro que hay que seguir combatiendo la homofobia, pero ¿hay otras maneras de hacerlo que no sea desde lo LGTBI?
De hecho, la única manera de hacerlo es no haciéndolo desde allá, porque cuando decimos que la homofobia debe ser combatida por las personas LGTBI, lo que estamos haciendo es obligarlas a llevar la carga de su propia defensa. Y, de algún modo, esto tiene una cara B muy fea. Cuando decimos que las personas LGTBI son las responsables de educar y de evitar la homofobia, lo que estamos asumiendo es que al recibir una agresión homófoba, es también culpa de ellas porque no han sido suficientemente pedagógicas o no han sabido explicarse para evitar esa agresión. Por tanto, yo creo que la mejor manera de combatir la LGTBIfobia es que las personas que no son LGTBI se den cuenta de ella y la combatan entre ellos. Es decir, si tú eres un tío heterosexual y escuchas a un amigo tuyo, o lo ves en el grupo de WhatsApp, diciendo barbaridades sobre las personas LGTBI, intervén.

P. ¿Qué les dirías a las infancias de hoy para que sean más maricas el día de mañana?
La clave no está tanto en qué decirles a las infancias, porque las infancias son tremendamente maricas. Lo que quiero decir es que los niños, las niñas y les niñes, antes de ser educadas en sociedad, hacen cosas tremendamente maricas. Si un niño ve a su hermana jugando con una Barbie y le apetece, lo dice sin ningún complejo a los tres, a los cuatro, a los cinco años. Pero deja de decirlo conforme crece. Los vamos desamariconando conforme los educamos, en el momento en que decimos: «No, tú no puedes jugar con una Barbie porque eso es de niñas»; «No, tú tienes que ir al fútbol y no puedes ir a ‘ballet’»; «No, tú tienes que llevar pantalones y no puedes llevar falda». No se trata tanto de qué le diríamos a las infancias, se trata de desencasillar la infancia en el sentido que antes decía de un horizonte ‘queer’ sin límites. Yo entiendo que le tienes que poner límites como a qué hora se tiene que ir a dormir, pero no aceptar que un niño quiera hacer una cosa que tú consideras de niña, o que una niña quiera hacer una cosa que tú consideras de niño, no es un límite, es un prejuicio que estás imprimiendo en esta niñe, niña o niño, que va a crecer creyendo que aquello que no hacía daño a nadie, jugar con una muñeca, es algo tremendamente malo y perverso. Las infancias, para que sean más maricas, tienen que tener paternidades y maternidades más maricas.

P. «Amariconad el mundo», dice en imperativo el último capítulo, al que luego siguen unas páginas que rebosan de cuidados y ternuras. A quienes puedan pensar que tienes intención de ‘queerizar’ lo cishetero, ¿qué les dirías?
Que sí, que absolutamente tengo la intención de ‘queerizar’ lo cishetero. Creo que durante todos estos años de activismo, aunque se ha pretendido que lo LGTBI parezca más cishetero, nos han llevado algunas frustraciones dentro del colectivo. De alguna manera parece que teníamos que recortarnos nosotros aquellas estridencias, como decía en la pregunta previa de aquel niño que tiene que evitar jugar con una muñeca. Lo mismo ocurre cuando llegas a ser adulto, resulta que tienes que evitar hacer cosas con mucha pluma para evitar llamar la atención en el trabajo. O tienes que evitar especificar en un contrato de alquiler que tu pareja es del mismo género. Todas estas cosas están imbricadas en la deriva de los últimos años que nos ha llevado a parecer más cishetero para ser aceptados. Lo cual me lleva a preguntarme si hoy en día hay menos LGTBIfobia porque la gente es más respetuosa o porque las personas LGTBI parecemos menos LGTBI que antes.

En cuanto a ‘queerizar’ lo cishetero, quiero decir que en el momento en que las personas cishetero desdibujen sus límites, sean estridentes, tengan pluma y encuentren alegría en ello, porque han tenido que renunciar a muchas cosas que les harían felices para llegar a ser cishetero, ya no habrá la posibilidad de que te digan en un contrato de alquiler que no puedes acceder a la vivienda porque «tienes demasiada pluma y aquí buscamos una familia normal»; porque lo normal no existirá, no habrá una persona cishetero con la que compararte para decir «ella es más normal que tú y, por tanto, le vamos a dar el alquiler o el contrato de trabajo a ella».

P. ¿Harry Styles es marica mala o no?
Pues voy a romper una lanza por él porque todo el mundo está cuestionando su sexualidad por cómo va vestido. Y llevar la ropa que te dé la gana como lo hace él, independientemente de cuál sea su género, su orientación afectivo-sexual, es de marica mala.

P. ¿Rosalía?
Pues depende. Por ejemplo, Rosalía con Tokischa es una marica malísima, de las mejores. Me encanta, porque es un videoclip y un tema que habla sobre la sexualidad femenina, la sexualidad entre mujeres. Lésbica o sáfica, totalmente desacomplejada, reivindicando ser tremendamente guarras, cerdas y estar orgullosas de ello. Eso es supermarica. En cambio, Rosalía con Rauw Alejandro, la ruptura… está teniendo una narrativa tremendamente cisheterosexual, de marica buena, de se ha acabado una relación romántica y está supertriste y hay que hacer un drama de ello. Cuando yo creo que lo reivindicativo de una marica mala es que aunque se acabe el vínculo puedes tener una relación maravillosa, alegría, felicidad y promiscuidad con tu expareja.

P. ¿Samantha Hudson?
Es lo más marica mala que existe ahora mismo en el panorama español. Su voluntad férrea de ser estridente, de llamar la atención, de no pasar desapercibida y de decir siempre lo que le dé la gana sin pedir perdón ni permiso, es el modelo de marica mala por antonomasia.

P. ¿Almodóvar?
En el ensayo digo que marica mala no se es, sino que se hace. Y la filmografía de Almodóvar es tremendamente marica mala, y como castellano manchego y maricón, me he educado con ella.

viernes, 29 de septiembre de 2023

#hemeroteca #maricas | Christo Casas, autor de 'Maricas malas': “Reivindico luchar desde la perspectiva colectiva por la vivienda, trabajo y vejez digna”

El Diario / Christo Casas //

Christo Casas, autor de 'Maricas malas': “Reivindico luchar desde la perspectiva colectiva por la vivienda, trabajo y vejez digna”

El autor conquense presenta su primer libro de no-ficción y explica: “Puedes sacar al marica de Cuenca pero no a Cuenca del marica”
Francisca Bravo | El Diario, 2023-09-29
https://www.eldiario.es/castilla-la-mancha/social/christo-casas-escritor-activista-reivindico-luchar-perspectiva-colectiva-vivienda-trabajo-vejez-digna_1_10553285.html

Maricón. Una palabra “cubierta de crímenes, insultos, semen, sangre, silencio, soledad e intemperie”. 'Maricas malas' es el primer ensayo del escritor conquense Christo Casas (Henarejos, 1991) en el que la principal propuesta es “construir un futuro colectivo desde la disidencia”. Lo colectivo, frente a lo individual, lo extravagante frente a lo normativo. Esta es la propuesta del escritor que abandonó su pueblo en Cuenca para poder desarrollarse profesional y personalmente, primero en València y ahora en Barcelona. 'Maricas Malas' (Paidós, 2023) es su primer trabajo de no ficción tras 'El Power Ranger rosa', una novela en la que contaba la historia de un “niño que nace siendo marica en la España rural”.

“No necesariamente hablo de mi pueblo”, reflexiona Casas, sino que se trataba de una manera de abrir la puerta a exponer las dificultades por las que pasa una persona del colectivo LGTBI. “Especialmente cuando eres el único del pueblo”. Dificultades que también se viven en la ciudad, pero que son diferentes. “Los pueblos tienen su propia LGTBIfobia, igual que las ciudades. Son caminos distintos, no mejores ni peores”, señala. Casas rechaza de este modo la perspectiva que ve generalmente en los medios de comunicación cuando se produce una agresión homófoba en alguna localidad más pequeña. “Tristemente llevan a la España rural a ser un lugar de homofobia. Y a la vez construimos Madrid y Barcelona como una meca, como un lugar al que debemos migrar porque la vida ahí es mejor. Pero no necesariamente es así”, explica.

'El Power Ranger rosa' fue un paso adelante, explica. “Mi familia ya conocía cuál era mi posicionamiento. Es una suerte que siempre hayan respetado mi orientación sexual, mi identidad de género y todo el acercamiento que he vivido ha sido desde los cuidados y el cariño. Pero eso no quita que yo haya sufrido situaciones LGTBIfóbicas”, recalca. Su ensayo busca exponer un planteamiento transversal, desde la perspectiva 'queer', hasta la lucha de clases. Nació, recuerda, en un pueblo en el que todavía no hay fibra óptica. Desde ahí parte todo.

¿Por qué decides entrar en el género de la no-ficción?

Precisamente por haber crecido como la marica del pueblo, cuando llegas a la ciudad y empiezas a conocer a otros maricas, reconoces que la diversidad del colectivo es precisamente la de clase. Yo nunca había conocido a una marica rica, que son las protagonistas en los medios, o en los parlamentos, que es lo que ocurre cuando políticos o políticas del colectivo LGTBI llegan a posiciones de poder. Llego a la ciudad y veo a amigos maricas de distintos orígenes de clase y cómo nuestras necesidades están marcadas por nuestras condiciones materiales.

Es por eso que propongo un análisis de perspectiva de clase de la identidad marica y exponer cómo estas personas más aceptadas y respetadas, ya sea porque tienen familia, hipoteca, un jardín o una piscina, estas maricas ricas se desentienden de las maricas pobres.

¿Exactamente qué es una 'marica mala'?

Es dejar de dar explicaciones por tu modo de vivir y reivindicar que es tan válido como el de las personas no maricas. Que nuestro modo de vivir y sentir es válido. Siento que todo el mundo tiene la necesidad de abrazar lo peor de sí mismas y mucha necesidad de verse en ello. Y me alegro mucho de poner mi piedra en este camino para ser menos exigentes y actuar desde la ternura y los cuidados.

Villano Antillano es un claro ejemplo de marica mala. Es una persona que se resiste a dar una imagen limpia e higienizada de lo que es ser una persona LGTBI y quiere reivindicar desde la rebeldía el no ser respetable pero a la vez tremendamente deseable. Lo que transmite es ambicioso, para que otras personas se vean en ella y vean que no hay nada malo en ser estridente. Y eso también es lo que yo reivindico. Ser deseables, promiscuas, sucias, trabajadoras y colectivas. Es decir, que dejemos de dejar de luchar por una superación individual y lo hagamos desde una perspectiva colectiva, como las necesidades de vivienda, de trabajo, o de disfrutar de una vejez digna y con gente que cuide de nosotras.

Has planteado que desde el colectivo LGTBI se han olvidado luchas como de la vivienda en favor de otras como el matrimonio igualitario. ¿Esto qué significa?

Un sindicato de inquilinas es tremendamente LGTBI. Cualquier defensa de clase es LGTBI y al revés, cualquier política LGTBI también es defensa de clase. Y es que si analizas los datos de las condiciones de clase que nos atraviesan, como la vivienda, es especialmente violento con las personas LGTBI. Ocurre también con el sinhogarismo, porque muchas personas son expulsadas de su casa al salir del armario. Y es frecuente que vas a una inmobiliaria y se te niegue el alquiler de una casa por tener demasiada pluma.

Cualquier política de vivienda como construir vivienda pública, las de 'housing first' o los sindicatos pueden dar una respuesta a nuestro colectivo, y son innegablemente de clase. Este es uno de los puentes que establezco. Pero también, por ejemplo, la soledad que pueden sufrir las personas de clase obrera, especialmente las mujeres. Una mujer rica puede pagar una asistenta, pero las que viven solas se encuentran sin nadie que las cuide en su tercera edad. Esta también es una realidad del colectivo LGTBI, que tienen tendencia a perder lazos afectivos y familiares precisamente por su identidad afectiva y sexual. Existe estadística al respecto. Cualquier iniciativa que ayude a los cuidados es una política LGTBI y también de clase.

Y volvemos a los pueblos. En estos lugares no se dan los casos de mujeres que mueren solas porque son acompañadas por sus vecinas. Todo el mundo se conoce. Y es cierto que hay una fobia especialmente violenta, porque cuando eres marica te sientes señalada por todo el pueblo. Pero en paralelo, hay redes afectivas muy densas y tienes a mucha gente pendiente de ti. Si se pasan tres días sin verte, se preguntarán qué pasa contigo. Quizás podamos recuperar estas dinámicas en red de los pueblos de la España vaciada para cuidar las unas de las otras.

Has vivido personalmente la necesidad de abandonar tu lugar de nacimiento para desarrollar tu vida, este exilio. ¿Cómo has vivido este proceso?

Yo tuve que irme de mi pueblo para encontrar un proyecto de vida, pero en mi generación también había más personas de mi edad que eran heterosexuales y se identificaban como cis y también tuvieron que irse. No sólo se trata de LGTBIfobia, ni sólo del llamado 'sexilio', sino que es toda una generación la que tuvo que abandonar la España vaciada porque no tiene a su alcance servicios mínimos como un ambulatorio, una farmacia o un hospital a menos de una hora. Pero efectivamente, el colectivo LGTBI es mayormente de clase obrera y esto siempre se solapa.

Imagina que desde mi pueblo la manera más rápida para llegar al hospital es en helicóptero. Entonces, todo esto que burocratiza lo que en la ciudad te puedes encontrar andando, complica mucho la vida en la España vaciada. Las estrategias deben ser de fijar población, con los servicios, y la población aumentará. Otra política nos favorecería a todos.

¿Qué es lo que buscas al escribir 'Maricas malas'?


Espero que todas las personas que cargan con un estigma de lo que les han dicho de su persona se den cuenta de que lo que les han hecho creer es lo peor de sí mismas es realmente lo mejor que tienen. No sólo las maricas somos corregidas. Muchos hombres heteros son corregidos y por tanto han renunciado a cuidar, a ser cuidados y eso construye una fuente de frustraciones. Me gustaría que pudiésemos pensar en todo aquello que podemos hacer y que lo hagamos sin vergüenza.

¿Qué sientes al lanzar un trabajo de este tipo en un momento en el que la extrema derecha ha irrumpido en la política española?

Precisamente porque vivimos en un tiempo en el que han resurgido estos discursos de extrema derecha, siento que es el momento de dar el golpe en la mesa y tirar hacia otro lado. Creo que la extrema derecha es muy hábil en mover discursos de odio y hacer más ruido del que representa. Son muy pocos pero hacen mucho ruido. Las latas vacías hacen más ruido que las llenas y tienen la capacidad de llamar la atención, aunque su discurso esta hueco. Es por eso que debemos construir alianzas y hacer frente a este clima reaccionario. Si empezamos a hablar de vivienda o soledad, de ley de extranjería, derechos laborales, y si lo enfocamos desde la perspectiva LGTBI, es una manera de encontrar alianzas entre colectivos minorizados. Y esta es la manera de hacer frente a esto.

¿Qué diferencias ves entre la realidad en Barcelona y en pueblos como el tuyo en este frente del que hablas?

Se había hecho un retrato falaz y torpe de que la extrema derecha era algo eminentemente rural. Pero irrumpió en las ciudades. Y hay una nueva etapa política en la que tendremos que debatir ideas que creíamos enterradas. Barcelona, donde vivo, tiene un tejido tan reivindicativo que seguramente va a resistir mejor el envite de la extrema derecha que aquellos lugares que no tienen una personalidad histórica como la de la ciudad.

Pero también pongo en duda de que lugares como Castilla-La Mancha no tengan tejido asociativo. Las abuelas de mi pueblo que salen a tomar el fresco... Eso también es tejido asociativo. Puede que no tengan un NIF, desde luego. Pero dependen de unas y de otras. Saben qué necesidades tienen y lo que ocurre con sus vecinas. Son asociativas igual que el sindicato de inquilinas. Son estructuras análogas, en los que se ofrece un espacio de cuidados. Y estoy segura de que si una mujer entre las amigas de mi abuela saliera del armario como bollera, el resto de sus amigas la cuidaría y nunca le darían la espalda. Esto tiene un potencial tremendo.

¿Cómo trabajas esta construcción de una identidad fuera de tu lugar de origen?


Aunque el marica salga de Cuenca, Cuenca no sale del marica. Efectivamente, hay dinámicas urbanocentristas que no contemplo. No se me pasan por la cabeza o que, finalmente, no entiendo. Y veo, efectivamente, una ausencia de perspectiva rural en muchas problemáticas que se plantean en las ciudades. Pero igualmente invito al desarraigo. Porque es una manera distinta de abrazar quién eres. Tener identidades cambiantes o mutantes es muy enriquecedor.

domingo, 24 de septiembre de 2023

#hemeroteca #maricas | Christo Casas: “Ser una marica mala es aceptar que aquello que nos han dicho que era lo peor de nosotras es lo mejor que podemos ofrecer al mundo”

Vanity Fair / Christo Casas //

Christo Casas: “Ser una marica mala es aceptar que aquello que nos han dicho que era lo peor de nosotras es lo mejor que podemos ofrecer al mundo”

Después de triunfar en la ficción con ‘El power ranger rosa’, el antropólogo y periodista conquense publica ‘Maricas malas’, un ensayo vibrante que desborda y cuestiona algunos de los mandatos más asentados en los discursos en torno a la cuestión LGTBQ+.
Darío Gael Blanco | Vanity Fair, 2023-09-24
https://www.revistavanityfair.es/articulos/christo-casas-maricas-malas-libro-ensayo

Christo Casas (Cuenca, 1991) es perfectamente consciente de cómo pueden sonar algunas de las premisas más disruptivas que desarrolla en ‘Maricas malas. Construir un futuro colectivo desde la disidencia’, como la de afirmar que el matrimonio igualitario fue una derrota. Y lo fue, sin duda, en el sentido de desactivar muchas reivindicaciones políticas necesarias y estrechar nuestros horizontes, entre otros resultados que ilustra con creces. Pero ni Casas ni su ensayo de debut buscan epatar ni ser carne de ‘clickbait’, sino tender la mano a todas aquellas personas cuyas necesidades y malestares no han quedado resueltos por una ley. Y tampoco por su institucionalización. Es decir: a todas. Y, de paso, ofrecernos un espacio seguro (pero no por ello inofensivo) en el que plantearnos nuevas dudas, ideas y propuestas de cara a los desafíos presentes y futuros. En el que, utilizando sus propias palabras y conceptos, mariconizarnos.

Recogiendo el testigo teórico de maricas malas tan ilustres como los inextinguibles Paco Vidarte y Shangay Lily, hallando asidero en autoras como Holly Lewis, Jasbir Puar, Alana S. Portero, Silvia Agüero, Donna Haraway o Gracia Trujillo y autores como Paul B. Preciado, Víctor Mora, Ignacio Elpidio Domínguez y Óscar Guasch, la propuesta de Casas analiza sin miedo, sin complejos y con mucha y muy buena pluma por qué la promesa de la normalidad tras la legalización del matrimonio igualitario ha contribuido a desvincular y capitalizar las vidas LGTBI+, convirtiéndolas en bienes consumibles y en partícipes de un sistema para el que nunca han sido ni serán lo suficientemente buenas.

Casas tiene muy claro su lugar de enunciación y, lejos de pretender que “marica” o “maricón” sean términos paraguas, lo que propone es que no sean esencialistas, que constituyan más una práctica accesible a todo el mundo que una identidad inmóvil. “No soy maricón, estoy maricón”, sentencia en uno de los momentos de la entrevista. Y explica que opta por reapropiarse de este término porque “a diferencia de lo homosexual o lo gay, tan limpio e higiénico, se solapa con lo obrero”, citando a Camila Sosa Villada y su ya célebre defensa de “travesti”, una palabra imposible de higienizar y despolitizar. Y es que “un maricón ni agradece la tolerancia ni pide permiso para serlo”.

El periodista es especialmente hábil y generoso a la hora de trazar y sostener conexiones que a más de uno se le antojarán improbables. Una buena muestra de ello es el peso de la influencia de Silvia Agüero y su propuesta (por otra parte, colectiva) de gitanizar el mundo. Parte de la fuerza arrolladora de este ensayo radica precisamente en su apertura hacia teorías y realidades que sin duda conectan y se solapan con lo ‘queer’, pero que desde el ‘mainstream’ se suelen presentar incluso como antagónicas, o cuanto menos jerarquizar, como en el caso de las personas discapacitadas o en situación de sinhogarismo.

Situando en nuestro contexto y recuperando el espíritu revolucionario que tan bien supieron cristalizar aquellas primeras manifestaciones del Orgullo que, partiendo de la de Barcelona en 1978 [i.e. 1977], rápidamente se replicaron y extendieron por el resto del territorio, el autor profundiza en nuestras genealogías sin sacralizarlas ni idealizarlas, exponiendo sus aciertos, errores y contradicciones. Con la distancia justa, cierto humor y sin un ápice de frialdad.

Y en este desbordamiento que trasciende de lo identitario, ¿cuáles son las “maricas malas” que más le inspiran? Una de ellas es Pepa Flores, porque “únicamente tenía que cantar (bueno, y haber padecido mucho maltrato infantil), pero de haber querido habría tenido la vida más que resuelta. Y entonces ella va y decide echarlo todo por la borda, lanzarse a la militancia comunista y morder con mala leche a los medios cada vez que le tienden la mano, y al sistema cada vez que le intenta acariciar el lomo erizado”. Otra es Sara Montiel, que le parece “una marica mala maravillosa” por su reivindicación de la sexualidad y promiscuidad femeninas en una época en la que hacerlo era harto complicado. Y tirando de un escenario mucho más actual, reivindica, “si es que ella está cómoda definiéndose así”, a Samantha Hudson y su manera de abrazar el fracaso y el esperpento.

Siguiendo su propia propuesta de ampliar y extender el ámbito de lo marica más allá de individuos concretos, Casas considera que “en cuanto a movimiento colectivo, yo creo que los sindicatos de inquilinos son una cosa muy marica mala, porque yo la reivindico mucho como algo que siempre hace lo inesperado, que no va a cumplir con el patrón y va a buscar alianzas donde menos te lo esperas. Y a mí me parece que el sistema inmobiliario español jamás se esperó que los inquilinos hicieran esas alianzas. Vivimos un momento de gran precariedad habitacional y de crisis de la vivienda drástico y los sindicatos de inquilinos, como el Sindicat de Llogateres, son un ejemplo de una unión, de una construcción de lazos y de puentes, no desde la identidad, sino desde la necesidad que tenemos en común todas las personas que los conformamos. Creo que este sería un buen ejemplo de cómo quiero construir puentes cuando hablo de amariconar el mundo, las relaciones y las luchas”.

Y además es uno que conecta directamente con una de las genealogías más recurrentes, idealizadas y manoseadas por el colectivo: las de las activistas Sylvia Rivera y Marsha P. Johnson, mucho más conocidas por su implicación en la revuelta de Stonewall que por su proyecto con el colectivo S.T.A.R (Street Transvestite Action Revolutionaries o Acción Travesti Callejera Revolucionaria), cuya principal finalidad era “habitar y dar vivienda a personas LGBT que se encontraban viviendo en la calle. En el libro explico que el sinhogarismo tiende a estar fuertemente atravesado por lo LGTBI, hay muchísimas personas que han sido expulsadas de sus hogares por salir del armario”. Según Casas, S.T.A.R. fue su proyecto más transformador, hasta el punto de demostrar su vigencia transformadora en lo que hoy en día conocemos como sindicatos y asociaciones de inquilinos.

Al abordar uno de los jardines más poblados del discurso en los últimos años, el conquense reconoce que la “trinchera de la identidad” ha sido necesaria durante mucho tiempo porque "había fuego cruzado y las víctimas íbamos a ser siempre nosotras, así que tocaba atrincherarse y justificar nuestra existencia, salvaguardarnos”. No obstante, considera que “ya somos una sociedad y un colectivo suficientemente maduros y asentados como para dar el siguiente paso, el de cuestionar la identidad y hablar de la práctica, que es lo realmente transformador. Porque lo identitario tú no puedes cambiarlo, pero si lo que pretendemos es transformar el mundo, lo que van a cambiar son prácticas y maneras de hacer las cosas, no las esencias”. En ese sentido le interesa mucho dar el paso de “dejar de hablar de quiénes somos y hablar de a dónde vamos, tender puentes y ver quién se suma en ese camino”.

Siguiendo ese hilo, según él “hay un potencial revolucionario en el hecho de que ser maricón no sea un compromiso de por vida, no has firmado ningún contrato para serlo”, explica, refiriéndose a volver a incidir más en las prácticas que en la identidad como algo inmóvil, incluso innato, sino como algo maleable y sujeto a posibles modificaciones. “Creo que hay un poco de miedo a aceptar esto, porque parece que hay quien cree que eso justificaría que la homosexualidad se puede corregir, pero el tema es que no hay nada que corregir porque está bien devenir bi, devenir trans, homo o hetero”, matiza.

Algo más que le preocupa del énfasis identitario es que “no nos da herramientas para hacer frente los nuevos discursos emergentes de la extrema derecha, que de hecho son super identitarios, en este caso del nacionalismo español, y que han entendido perfectamente de qué va eso de la identidad”, hasta el punto de utilizarla para hacerse “un lavado de cara presentándonos a un maricón, a una mujer o a una persona racializada como candidatos”.

Otra reflexión interesante de ‘Maricas malas’ es la que plantea la necesidad de tener espacios desde los que trazar estrategias, cuidarse y abordar debates que suelen ser utilizados como munición en contra de colectivos enteros, como es el caso del ‘chemsex’. "Esa es la parte que más me costó escribir del libro, porque aunque hablo en todo momento de abrir las puertas y dejar correr el aire, soy consciente de que hay ciertos debates que requieren de una privacidad, donde no estemos sujetos a la mirada hetero, que va a mirar con tres toneladas más de desprecio todo lo que hagamos, en comparación con cuando quienes lo hacen son ellos”.

Según este ensayo, mucho más sugerente que académico pese a la abundancia de referencias, la familia, la vejez, la crianza, la vivienda, los cuidados, los placeres, el trabajo, la cultura, la literatura, las masculinidades, el espacio público, las fiestas de tu pueblo... todo es susceptible de ser mariconizado, de beneficiarse de la mirada y la praxis queer. Y, en el caso de las personas, de encarnarlo. Pero la suya es además una propuesta multidireccional, y es que “los maricas también hemos de bollerizarnos, discapacitarnos, racializarnos y emprender este mismo viaje que yo propongo hacer al resto". Así, nos invita a encontrar nuestro propio estigma desde el que reivindicarnos y que compartir con los demás, colectivizándolo. “Yo me he vaciado. Ahora estoy dispuesto a llenarme de otras personas y otras experiencias”, concluye, con cierto alivio.

miércoles, 20 de septiembre de 2023

#libros #maricas | Maricas malas : construir un futuro colectivo desde la disidencia

Maricas malas : construir un futuro colectivo desde la disidencia / Christo Casas

Barcelona : Paidós, 2023 [09-20].
304 p.
Serie: Contemporánea

/ ES / Libros / ENS / Clase obrera / Disidencia sexual / Gais / LGTBI / Maricas / Queer

📘 Ed. impresa: ISBN 9788449341403 / 18,90 €
📝 Cita APA-7: Casas, Christo (2023). Maricas malas : construir un futuro colectivo desde la disidencia. Paidós.


Un texto brillante en favor de la libertad y las disidencias en el que descubriremos cómo lucha LGTBIQ+ es una reivindicación que nos concierne a todos, una verdadera contienda social y de clase para construir un futuro colectivo desde la disidencia.

«Pero, si ya podéis casaros, ¿qué más queréis?» ¿Qué se puede desear más allá de formar una familia productiva, traer nuevos trabajadores y trabajadoras al mundo, obtener alguna rebaja fiscal y asegurarse de que, al morir, será la sangre de nuestra sangre la que herede lo poco que hayamos acumulado con el sudor de nuestra frente? ¿Acaso hay algo mejor, promesa más esperanzadora, que la ansiada, reivindicada y al fin conquistada normalidad?

La quimera de la normalidad, entendida como una manera concreta de consumo, se ha convertido en un obstáculo para las luchas sociales y de clase. El deseo de asimilarse a aquello «normal», de pasar desapercibidas, ha silenciado en el debate las disidencias y los modos de vida alejados del sistema productivo y reproductivo capitalista. En contraposición, deberíamos poder reivindicar más que nunca otros modos de vida que inviten a toda la sociedad a transformarse desde los márgenes, a amariconarse, a revolucionar los afectos, los cuidados y, también, los placeres. Una vía alternativa, un horizonte colectivo que no descarte las realidades discordantes con una sociedad cuyo epicentro es la familia nuclear y cishetero.

Christo Casas, periodista y antropólogo, presenta en ‘Maricas malas’ un texto a medio camino entre el ensayo y el relato personal en el que descubriremos que las luchas queer son una reivindicación que nos concierne a todos, una verdadera contienda social y de clase para construir un futuro colectivo desde la disidencia. Un ensayo lúcido que constituye una verdadera invitación a toda la sociedad a bucear en sus propias prácticas disidentes y a enorgullecerse de ellas.

«La cultura LGTBIAQ+, callejera, furtiva, incómoda, carnal, desafiante, perversa, nocturna, enferma y profundamente hermosa ha sufrido un proceso de gentrificación, a medias académico, a medias institucional, que nos ha restado potencia y nos ha hurtado nuestros antes poderosísimos modos de colectivizarnos. Desde Paco Vidarte nos ha faltado un asidero que estructure ese amor y esa violencia poética para vindicarnos como una maravillosa otredad. Christo Casas ha venido a solucionar esa carencia con sus Maricas malas.» - Alana S. Portero, autora de ‘La mala costumbre’

«Maricas malas es un desplazamiento que nos hace ver el potencial útil, revolucionario y gozoso de amariconar el mundo, no solo para las personas LGTBI. Un argumento honesto, descarnado y generoso del potencial destructivo para las cadenas que atan a todo el mundo.» - Ignacio Elpidio Domínguez, autor de ‘Se vende diversidad’

«Christo Casas ha escrito una (in)digna continuación para aquella Ética marica que vino a agitar la comodidad asimilacionista en la que el activismo LGTBI ha acostumbrado a instalarse tras la aprobación de leyes, mas movilizando la esperanza de que esta vez la historia puede escribirse de otra forma. Retomando las propuestas utópicas y radicales de los frentes de liberación de los setenta, al tiempo que declara una guerra de clases y sin cuartel a la normalidad, este libro redistribuye el mariconeo como una promesa emancipadora en la que todas las personas hallarán un resquicio de libertad por manosear.» - Ira Hybris, militante marxista queer