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domingo, 21 de abril de 2019

#hemeroteca #mujeres #trabajo | Fina Rubio: "Si salir de la precariedad es difícil, salir de la violencia machista aún lo es más"

Imagen: El Diario / Fina Rubio, presidenta de la Fundación Surt
Fina Rubio, presidenta de la Fundación Surt: "Si salir de la precariedad es difícil, salir de la violencia machista aún lo es más".
"Muchas mujeres supervivientes minusvaloran sus propias capacidades" afirma la feminista y experta en inserción laboral. "El reconocimiento de las propias capacidades, y también de los puntos débiles que pueden ayudarlas a mejorar, es clave para poder definir un proyecto personal propio". "La inserción de las mujeres en el mercado laboral sigue siendo infinitamente más difícil que la de los hombres".
Ariadna Trillas | El Diario, 2019-04-21
https://www.eldiario.es/alternativaseconomicas/Muchas-victimas-violencia-desconocen-capacidades_6_889671035.html
Publicado también como:
Fina Rubio. Presidenta de la Fundación Surt: “El paro es un problema social”.
Adriana Trillo | Alternativas Económicas, n. 68 (2019-04)

https://alternativaseconomicas.coop/articulo/el-paro-es-un-problema-social

La Fundación Surt, que preside Fina Rubio, lleva más de un cuarto de siglo trabajando en la inserción laboral de las mujeres, especialmente las que se encuentran en situación de riesgo de exclusión. Rubio es una destacada feminista y activista social. Licenciada en Antropología Social y Cultural, pilota una institución con un centenar de trabajadores y por la que, de media, al año pasan entre 800 y 1.000 personas. Su campo de trabajo es la inserción laboral y el empoderamiento de las mujeres. Como la mayoría de las entidades sociales, su financiación es principalmente pública y parcialmente privada. En esta entrevista, realizada en su casa, Rubio reflexiona sobre los límites de los avances de las mujeres, y también sobre la dura realidad laboral actual.

P. Después de estos más de 25 años, ¿sigue siendo más difícil que la inserción de los hombres?

R. Hoy la inserción de las mujeres en el mercado laboral sigue siendo infinitamente más difícil que la de los hombres. Es evidente que en estos 25 años hemos avanzado en la conquista de algunos derechos, traducida en leyes en materia de igualdad, violencia machista o dependencia. Pero estas leyes son conquistas que no están bien cerradas. En la realidad, y también en la realidad del mercado laboral, la posición de las mujeres ha variado muy poco en este tiempo. Los cambios son mínimos.

P. ¿También para las generaciones más jóvenes?

R. Mi afirmación vale también para las jóvenes. Las mujeres jóvenes están más formadas que los chicos, pero su nivel de paro es más elevado. La clave es la persistencia del dominio del sistema patriarcal. Ya sé que parece un discurso hecho, pero lo cierto es que este sistema de desigualdad está tan arraigado que sigue determinando qué lugares ocupan las mujeres en el mercado laboral y en la sociedad.

P. ¿El género determina más en la desigualdad que otros factores, como el origen o la falta de formación?

R. Existen desigualdades múltiples que configuran situaciones diferentes. Pero el género determina mucho la posición de una persona, y sí, la determina más que la educación. Recuerde que las mujeres somos el 60% de universitarias y licenciadas. Pero las catedráticas universitarias suponen un porcentaje muy inferior, y lo mismo sucede con las decanas. El sistema patriarcal crea un embudo, y ahí sigue por mucho que ampliemos la base de mujeres.

P. Sí hemos asistido a la incorporación masiva de las mujeres al mercado laboral...

R. En el mercado laboral, seguimos en los sectores feminizados con los empleos más precarios, con mayores niveles de contratos a tiempo parcial y con brecha salarial. Y las desigualdades de género se dan en todos los estratos sociales, también en los lugares de dirección. En la práctica, no estamos tan lejos de la situación de hace 25 años. La igualdad es formal, aunque, como decía, hemos avanzado en muchas leyes.

P. Durante la crisis, el paro entre los trabajadores superó el de las trabajadoras...

R. La crisis tuvo efectos contradictorios. Los grandes sectores productivos de este país se desplomaron, empezando por la construcción. Y también de rebote, la industria. Pensemos en el automóvil. Son sectores muy masculinizados. La lectura que se hizo, muy androcéntrica, era que las mujeres resistían mejor la crisis, como si la situación laboral respecto de los hombres se estuviera equiparando, pero era un espejismo. Pasado el primer momento, el paro entre las mujeres volvió a incrementarse. En seguida volvió a haber menos contrataciones entre mujeres y más precariedad, más paradas de larga duración. El impacto de la crisis ha sido brutal, fortísimo, en detrimento de las mujeres.

P. ¿En qué medida los recortes afectaron de distinto a modo a hombres y a mujeres?

R. En 2009 y 2010 la Fundación Surt hizo un informe sobre esta cuestión, porque nos dimos cuenta enseguida de que la precarización provocaba que el gasto familiar se retrajera. A resultas de ello, las mujeres cargan aún más con las tareas de mantenimiento de la casa y de cuidados. Muchas mujeres que externalizaban estas tareas ya no se lo pudieron permitir. Ello se ha visto de forma muy clara en el caso de los recortes a la dependencia.

P. Externalizar tampoco indica avances en la corresponsabilización en materia de cuidados. ¿Tampoco aquí hay avances?

R. Hay datos interesantes que reflejan lo que pasa. Entre chicos y chicas jóvenes, la diferencia es escasa, de apenas una hora a la semana. Queda claro que están en una fase de la vida en la que ni unos ni otras dedican mucho tiempo a los cuidados o al hogar. Más tarde, la cosa cambia si hablamos de personas solas. Las mujeres solas dedican ya más tiempo a estas actividades que los hombres solos, pero la diferencia no es abismal. Ahora bien, cuando observas las familias con hijos pequeños, las mujeres le dedican 36 horas a la semana, cifra que baja a 19 horas en el caso de los hombres. Es decir, que cuando se es joven se dedica poco tiempo a los ciudados, pero cuando se tiene la responsabilidad, la diferencia es abismal, y más cuando las criaturas tienen entre 0 y 12 años. Eso no ha cambiado. Vamos, ha cambiado cinco minutos de diferencia en los últimos 15 años.

P. Entonces, ¿la movilización del 8 de marzo para qué sirve?

R. El 8 de marzo del año pasado marcó un cambio de ciclo, además de ser un subidón de energía. Expresa la toma de conciencia de las mujeres, a través de un movimiento que es muy transversal, que se escenifica entre las mujeres jóvenes y mayores, de distintos estratos sociales. Veníamos del #metoo, de las protestas contra el juicio la manada. No se soporta la violencia machista y la falta de respuesta de los jueces. Las denuncias en los juzgados a menudo se desestiman y la posición de la judicatura no es favorable a las mujeres. El sistema judicial está atravesado por el sistema patriarcal. Nos matan. Y la extrema derecha dice que la violencia machista nos la inventamos con denuncias falsas. La estructura social no ha cambiado, aunque por suerte algunas mentalidades, sí.

P. Si las leyes no acaban de cambiar las cosas, el arma principal es la educación.

R. La vacuna es la educación, sí, pero hay que tomar la calle y decir basta contra la desigualdad. Soy demasiado mayor para pensar que puedo esperar 100 años más para ver la igualdad real. Y las jóvenes no pueden esperar más de 100 años para ver acabar la brecha salarial.

P. El empleo ha dejado de ser garantía para salir de la precariedad y aumenta el porcentaje de población trabajadora pobre.

R. El trabajo ha sido hasta hace un tiempo la fuente de una vida digna en la sociedad. Esto se tambalea. Hoy puedes tener un empleo pero no poder acceder a una vivienda, ni tener confianza o seguridad, ni tener garantizado que alimentarás a tu familia. Eso es un problema tanto para hombres como para mujeres, claro. Pero los procesos de inserción tienen sus particularidades.

P. La inserción laboral para personas víctimas de violencia de género debe ser especialmente delicada...

R. Lo es. Por eso en la Fundación Surt nuestro enfoque pasa por el empoderamiento económico y personal de las supervivientes. La intervención se basa es que se sientan fuertes.

P. ¿Cómo se trabaja para lograr esa autonomía? Va más allá de un empleo, entiendo.

R. Las personas analizan su situación y trabajamos con ellas para que identifiquen, tomen conciencia y valoren sus competencias, de las capacidades y fortalezas que tienen pero que no saben que tienen, y las ponemos en valor. Muchas mujeres supervivientes de violencia machista pueden creer que no saben hacer nada. Pero salir de esta situación implica una enorme fuerza de voluntad que les ha ayudado a ser supervivientes. Y, además, ha sabido gestionar una logística, un sistema de organización, una familia. El reconocimiento de las propias capacidades, y también de los puntos débiles que pueden ayudarlas a mejorar, es clave para poder definir un proyecto personal propio, sabiendo qué quieren hacer, qué pueden hacer y qué van a hacer. Son procesos que pueden durar meses. No somos un servicio de empleo al uso. Trabajamos en procesos integrales que suponen un trabajo personal para definir un proyecto propio.

P. El mercado laboral impone ciertas limitaciones a esos proyectos...

R. Los proyectos también deben ser realistas. Es importante analizar el mercado para valorar qué estrategias se deben utilizar. Sirve para conocerlo, y también para para desculpabilizar a las mujeres, porque es segregador, penaliza a las mujeres.

P. ¿Y las empresas ayudan a la inserción de mujeres supervivientes de violencia?

R. La tarea de sensibilizar a las empresas es importante, porque si salir de la precariedad es difícil para todo el mundo, cuando se sale de la violencia machista aún lo es más. Es una situación muy dolorosa, y a la vez hay que rehacer toda una vida, romper con todo, dejar una casa. Se necesita un entramado de apoyos, no solo apoyo emocional. También medios económicos para salir adelante. Apoyo laboral y una vivienda. La persona lo ha dejado todo, y eso la afecta en muchos ámbitos. Hace falta vivienda para mujeres que salen de violencia machista, apoyos laborales y recursos económicos para sostener a sus hijos. Hace falta todo un sistema de apoyo institucionalizado. Las mujeres que salen demuestran que son muy valientes, que tienen muchas capacidades. Sí que encontramos empresas dispuestas a incorporar a supervivientes, pero su incorporación laboral no es automática. No se trata solo de ofrecerles un lugar de trabajo.

P. Cada vez se incide más en las carencias personales para ser o no empleable. ¿El paro sigue siendo un problema colectivo?

R. La ideología ultraliberal se traduce en el ultraindividualismo en el terreno personal. El paro es un problema social. El mercado marca el paso, es una base que te coloca en una posición. A partir de aquí, puedes tener más o menos estudios, mayor o menor capacidad. Es importante conocer el contexto externo. Porque la gente cree no tener trabajo es culpa suya. Pero, por supuesto, es conveniente realizar un trabajo personal para mejorar las competencias técnicas y, sobre todo, las cosas que sabemos hacer y que no sabemos que las sabemos hacer.

P. Ponga un ejemplo.

R. Cuando empezamos a trabajar con el sector de la hostelería, nos sorprendió el hecho de que hicimos dinámicas de trabajo y vimos las competencias que se valoraban tanto por parte de las empresas como de las personas trabajadoras. Estas últimas nos decían, por ejemplo, que lo más importante para una camarera era ser capaz de darse cuenta de lo que estaba pasando en una sala con solo echar un vistazo. Pero curiosamente, eso era también lo que señalaban las empresas como más importante. En la Fundación Intermedia, que coimpulsa Surt con la Fundación IRAS y con la cooperativa Suara, aparejamos a personas con ofertas [como agencia de colocación] por competencias.

P. Si tuviera que elegir la competencia más importante para este siglo, ¿con cuál se quedaría?

R. Quedarse solo con una no se puede, pero si tuviera que elegir diría que la capacidad de aprendizaje. Estar abierto a aprender es crucial ante nuevas situaciones. Pero también importan la capacidad relacional, que tiene que ver con el trabajo en equipo y las relaciones interpersonales y la gestión del estrés. Y aunque el carácter y la personalidad influyen, son competencias que pueden desarrollarse. No son algo genético. El contexto social tiene que ver con el modo en que te has manejado en la vida en distintas situaciones. Se pueden cambiar muchas cosas, muchas vidas.

P. ¿Qué opina del emprendimiento?

R. En la Fundación Surt tenemos un servicio de emprendimiento y funciona bien. Es positivo potenciarlo, porque moviliza muchas capacidades. Pero tiene límites. No todo el mundo puede ser emprendedor. No porque personalmente unos puedan y otros no. Montar una empresa cuesta mucho, es algo complicado. El sistema habla mucho de emprendimiento, que se presenta como algo fácil, como si bastara una idea genial, pero no lo favorece tanto como dice. En medio hay una cantidad de gente que nunca llega. Y el tejido empresarial de aquí está hecho de microempresa. Sostenerlas en el tiempo es muy difícil. No hay apoyos, el contexto económico es muy competitivo. Las posibilidades reales de emprender son pocas. Emprender no es la gran solución. Hay cierto abuso en el discurso. El autoempleo suele ser superprecario y muy duro.

P. ¿Todo el mundo es insertable? Hay políticos que opinan que más de la mitad de parados no volverán a trabajar.

R. Si estamos construyendo una sociedad en la que dos tercios de los parados son desechables y los consideramos excluidos para siempre, yo me apeo. Cambiemos de sociedad. Porque no puede ser. Es cierto que algunas personas será difícil que puedan trabajar, que no encuentren opciones en el mercado. Pero ¿no es cierto que hemos creado empresas para personas con discapacidades y que hacen algo importante? Pues si el sistema no funciona pensando en cómo solventar las necesidades de las personas, sino solo en cómo generar el máximo del beneficio, cambiemos el modelo. Merece la pena. Como se apunta desde la economía feminista, pongamos a las personas en el centro. Si no, quizá sobrará mucha gente.

P. ¿Apuesta por la renta básica universal?

R. Soy partidaria de una renta garantizada para todo el mundo, y creo que, al menos en las sociedades del bienestar, es posible y necesario. Tal vez no sea posible en sociedades ultraliberales. Debería sustituir a sistemas que generan dependencia y relaciones, digamos, de caridad, paternalistas. Debería ser un derecho inherente a la persona, y es lógico pensar, a partir de aquí, que mucha gente quiera realizar actividades y ganar más dinero. En Cataluña no acaba de funcionar la renta mínima de ciudadanía. Los mecanismos institucionales no están bien engrasados. Pero no es lo mismo que la renta universal. Es la renta garantizada para los pobres.

P. ¿El teletrabajo ayuda a conciliar?

R. Es cierto que el teletrabajo facilita la conciliación. Es más cómodo trabajar en casa. Pero entraña riesgos para las mujeres: quedarse en casa y seguir encargándose de los cuidados. Sería más interesante trabajar en casa si las condiciones de igualdad fueran las mismas para hombres y mujeres. Prefiero hablar de corresponsabilidad que de conciliación. Las mujeres tenemos que imponer la corresponsabilidad. Porque conciliar significa que las mujeres tenemos que hacerlo todo compatible. Si somos corresponsables estaremos en igualdad de condiciones. En el teletrabajo, escribes y paras para poner la lavadora. Trabajas y paras para cuidar al niño. Pringas seguro. Trabajas muchas más horas para hacerlo todo compatible. Tras la revolución industrial y las grandes conquistas obreras, la visión de ocho horas para el ocio, ocho para el trabajo y ocho para el descanso era muy androcéntrica. Era una distribución de tiempo pensado para los hombres. ¿Dónde metes los cuidados? Significa menos descanso y menos ocio para las mujeres. Sería interesante analizar las diferencias entre las circunstancias del teletrabajo en el caso de hombres y mujeres.

P. ¿Pero qué oportunidades presenta la industria 4.0 para las mujeres?

R. Para que la industria 4.0 sea una oportunidad para las mujeres, debería cambiar la estructura social. Porque los avances tecnológicos pueden ayudar a mejorar la vida de las personas. Pero sin ese cambio, puede ser una trampa. A priori puede ser una gran mejora, pero en el marco de un modelo productivo machista y androcéntrico, acabará de ser una vuelta de tuerca para las mujeres. La tecnología en sí no es mala, es buena.

P. ¿Trabajan con otros colectivos?

R. A las entidades que trabajan con personas con alguna discapacidad no les preguntan si se plantean trabajar con personas no discapacitadas. Tienen un foco de acción. Pues Surt, como opción, trabaja prioritariamente con mujeres, porque queremos corregir desigualdades específicas que requieren acciones específicas. Pero tenemos otra dimensión comunitaria, en actividades en las que hay mujeres y hombres, desde la perspectiva de género. Y tenemos una parte de consultora y procesos de formación.

P. ¿Cómo miden el éxito de la inserción?

R. Los procesos de empoderamiento son muy personales y difíciles de evaluar. Un proyecto vital va más allá de la inserción laboral inmediata. Pero en el caso de personas con un proyecto profesional la inserción es un indicador. En algunos programas es del 50% y hasta el 60%. En otros, del 30%.

P. ¿Eso es mucho o poco?

R. ¡Es mucho, muchísimo! Hablamos de personas con dificultades de inserción. Pero insisto, valoramos el proceso de empoderamiento personal, y eso se refleja en la percepción de las propias mujeres. La gran mayoría siente que al final del proceso ha aumentado sus capacidades y su empoderamiento, y eso nos llena de satisfacción.

lunes, 23 de octubre de 2017

#hemeroteca #transexualidad | Belén Camarasa. Técnica de la Fundació Surt: "Dejas de ser hombre y se esfuman tus privilegios"

Imagen: El Periódico / Belén Camarasa
Belén Camarasa. Técnica de la Fundació Surt: "Dejas de ser hombre y se esfuman tus privilegios".
A los 44 años, hace ocho, hizo el tránsito de hombre a mujer trans. Sí, mujer trans. "Es importante no escondernos. Reivindicarlos y visibilizarnos como somos", insiste
Helena López | El Periódico, 2017-10-23
http://www.elperiodico.com/es/sociedad/20171023/belen-camarasa-dejas-de-ser-hombre-y-se-esfuman-tus-privilegios-6361466

Hombre. Heterosexual. 40 años. Casado. Con dos hijos. Un buen trabajo en el departamento de recursos humanos de una buena empresa barcelonesa. Cumplía con todos los requisitos para ser tratado -y así lo era- como un ciudadano de primera en una sociedad conservadora y patriarcal como aún hoy es la sociedad barcelonesa.

Esa era la realidad de Belén antes de ser Belén. Había solo un problema en principio insalvable hasta que se armó de valor y decidió que no lo fuera: ella se sentía Belén. "Con el tránsito te das cuenta de cómo todos los derechos que hasta entonces tenías por el simple hecho de haber nacido hombre, que hasta este momento ni te cuestionabas, desaparecen", señala Belén Camarasa, desde hace cuatro años técnica de inserción laboral de la Fundació Surt.

Entre el momento en el que decidió ser lo que quería ser, mujer, en el 2009, y el momento en el que entró a trabajar en esta organización feminista, Belén vivió en sus zapatos, esos de tacón que ahora viste con orgullo, el sufrimiento por el que pasan todas las mujeres 'trans' a las que ahora ayuda y sirve de referente.

"No me gusta nada eso del cuerpo equivocado"
Al hacer el tránsito se le derrumbó todo. "En el trabajo, no es que me echaran, pero me invitaron a dejarlo", puntualiza. Con todas las puertas cerradas pese a su experiencia ejerció la prostitución como única salida hasta que en el 2011 hizo un circuito de empoderamiento para prostitutas en la Fundació Surt, donde, tras darse cuento de su currículo y habilidades, acabó ganándose un puesto de trabajo, donde sigue. "En el tercer sector resulta algo más fácil. El trabajo que nos toca hacer ahora entre todas es allí afuera", reflexiona. "No se trata de pasar desapercibidas; la normalización llegará cuando sea algo normal ver a una mujer 'trans' en cualquier puesto de trabajo", subraya. "No me gusta nada eso del cuerpo equivocado. Yo soy mujer por decisión. No por ningún error. El éxito es visibilizar esa realidad- prosigue-, sacarla de los márgenes".

"Al principio es difícil salir de casa. Aún más salir a buscar trabajo y exponerte al rechazo", expone Belén. Cuando, además, eres madre, se suma ese 'no lo estás haciendo bien'.

Ese tema es uno de los que se trabaja en el pionero proyecto Carolines, que trabaja "para facilitar salidas laborales estables en el mercado formal a aquellas mujeres que lo decidan, pero también para fortalecer las competencias en el marco del trabajo sexual para mejorar la capacidad de negociación y la autoestima profesional", como apunta la concejala de Feminismos, Laura Pérez.


Imagen: El Periódico / Leyre Tarrasón
"Tengo miedo de ser rechazada en público".
La joven trans relata la falta de cariño familiar y sus tóxicas relaciones afectivas.
Teresa Pérez | El Periódico, 2017-10-23
http://www.elperiodico.com/es/sociedad/20171023/leyre-nadie-me-ha-ensenado-afecto-6368436

Todas las humillaciones que existen las ha sufrido Marcos, Irene y Leyre, los tres nombres que ha tenido una misma persona en distintas etapas de su vida. Leyre Tarrasón (Pineda de Mar, 1994), que aterrizó en el mundo como Marcos, conoce el lujo y los bajos fondos, los privilegios como hombre y el desprecio como transexual, la violencia machista y la marginación laboral. En su antebrazo asoma un tatuaje: 'Naciste para ser real, no perfecta'. Ese es su sueño y en eso está. "Quiero que los que me han hecho daño sepan que he salido adelante", puntualiza.

De que su cuerpo no coincidía con lo que sentía su cerebro se percató pronto."Un día mi hermana no quería ponerse un vestido y yo dije: "Me lo pongo yo y me sentí feliz". Y a veces lloraba en un rincón, y su madre le preguntaba: ‘¿Qué te pasa Marcos?’. La respuesta llegó a los 13 años y lo cuenta así: "Mi madre me vio pintándome las uñas de los pies y no sé cómo le solté que me sentía diferente. Me gustan los chicos, pero no soy gay".

Uñas pintadas
Su vida es una novela, bueno una trilogía. A Marcos y a su hermana los adoptó una familia boyante que se separó y los pequeños ingresaron en un centro de menores. Entonces ya le picaba el gusanillo de conocer a sus padres biológicos, también separados. Dicho y hecho, se fue a vivir con su madre. "Era esquizofrénica y me tiró mi ropa femenina", recuerda. "'Yo te puse de nombre Marcos'", le chilló. Buscó auxilio en su padre, pero le recordó que no debía cuidar de ella porque llevaba los apellidos de su familia adoptiva.

Entre una cosa y otra "la vida se me hacía muy grande", afirma. Durmió un año en cajeros. "Hice una amiga y para protegernos cada día dormía una y la otra vigilaba", cuenta. Dejó la calle y volvió con su madre biológica. "Necesitamos dinero como sea", fue lo primero que le dijo. Lo segundo fue poner un anuncio ofreciendo los servicios sexuales de la hija.

Leyre no ha conocido el afecto y ha tenido relaciones tóxicas. Tuvo una inapropiada y la reparó con otra peor. De su expareja huyó despavorida. "Me agredía. Estaba frustrado por querer a alguien que sus amigos insultaban", dice. Ahora cobra una percepción por violencia machista. Leyre ha tenido difícil hasta la elección de su nombre: "Escogí Irene, pero oí una canción que decía' Irene tiene pene' y lo cambié".

Ahora estudia y recupera sueños desperdigados. Su voz cambió hace seis meses "me la han dejado rara, pero así se queda". Está en otra guerra, en la del tránsito. Volverá a ir a la playa, hace cinco años que no la pisa: "Me avergüenza enseñar mi cuerpo. Tengo miedo de ser rechazada en público”. Un miedo que le hace parapetarse tras el bolso. "Mis amigas me riñen porque lo llevo delante para taparme", concluye.


Imagen: El Periódico / Sabrina Sánchez
Transexuales condenadas a la calle.
El colectivo tiene vetados numerosos trabajos y muchas se ven abocadas a la prostitución. Son marginadas en empleos de atención al público porque se visibiliza su fisonomía.
Teresa Pérez | El Periódico, 2017-10-23
http://www.elperiodico.com/es/sociedad/20171023/acorralados-transexuales-laboral-6367261

El mundo laboral es una ratonera para las transexuales: empleos vetados, rechazo para puestos de atención al público o entrevistas laborales donde se les pregunta más por su sexo que por su formación. "Puedes ser 'trans', pero que no se note", apunta Txus Pedrosa, coordinadora de programas de la Fundació Surt, una organización feminista de acción social. Tanto Pedrosa como Belén Camarasa, responsable de inserción de la entidad, añaden: "La exclusión laboral es una de las violencias más opresivas y menos visibles". Las escasas cifras que hay sobre el empleo en el colectivo revelan que el paro "está disparado".

Las trabas les abocan, a menudo, a aceptar puestos en la economía sumergida o directamente a la prostitución. El rechazo, la vulneración de derechos laborales y la falta de oportunidades son las quejas que repite el colectivo cuando acude a la Fundación Surt. "Aquí les damos recursos y herramientas para acceder a un empleo", explica Pedrosa.

Currículos
Una de estas herramientas consiste en enseñarles a redactar un currículo y asesorarles sobre cómo acudir a una entrevista laboral. A algunas les aconsejan "presentarse como hombre para evitar problemas–relata Pedrosa-, es un error. Lo mejor es resaltar la transexualidad como un valor que aportan a la empresa".

Pero "este valor" en la práctica es una utopía. Algunas aspirantes cuentan que en las entrevistas "si el sexo que figura en el carnet de identidad no concuerda con el aspecto físico, la charla desvaría y se centra en el sexo de la candidata", denuncian. "No dicen que no nos dan el empleo por ser 'trans', pero ya no nos llaman. Las colocaciones son ínfimas”, reconoce Camarasa. Por eso, en Surt les dan apoyo para romper el techo de cristal laboral.

Hay trabajos en los que no solo les ponen trabas, "directamente les vetan al exigir no tener enfermedades mentales", afirma Pedrosa. Desde 1980, pese a la oposición del colectivo, la transexualidad se cataloga como enfermedad mental, ya que para cambiarse de sexo en el DNI (no siempre es necesario estar operada) hay que presentar un diagnóstico de disforia de género, un trastorno de identidad sexual.

Mossos d'Esquadra
Este diagnóstico les impide acceder a bomberos, fuerzas de seguridad o a empleos con menores y se exige: "poseer la capacidad física y psíquica necesaria para ejercer las funciones propias de las plazas a cubrir". Uno de estos casos lo vivió una mosso d’Esquadra. Entró como hombre por eso no tuvo ningún impedimento.

Camarasa afirma que "las empresas no son agentes aliados y mantienen con sus prácticas la transfobia". Las firmas argumentan que son los clientes los que rechazan a las trans en puestos de atención al público. "Hay que visibilizarlas y cuando en una tienda la dependienta sea transexual, la gente lo normalizará", concluye.