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martes, 22 de mayo de 2018

#hemeroteca #memoria #exposiciones | De cómo los embalses transformaron el paisaje

Imagen: Hoyesarte / "REGIÓN (Los relatos)' en el MUSAC
De cómo los embalses transformaron el paisaje.
Hoyesarte, 2018-05-22

http://www.hoyesarte.com/evento/de-como-los-grandes-embalses-transformaron-el-paisaje/

MUSAC, Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León, y la Fundación Cerezales Antonino y Cinia (FCAYC) coproducen y acogen en sus respectivas sedes 'REGIÓN (Los relatos). Cambio del paisaje y políticas del agua', una gran exposición fruto de una investigación de casi cuatro años sobre la transformación del territorio producida por las grandes obras hidráulicas. Una muestra colectiva que recorre los diferentes relatos de más de un siglo de transformación del suelo a través de materiales expositivos muy diversos: desde cuadros del Museo del Prado a noticias de prensa, materiales de archivo, restos arquitectónicos y obras de arte contemporáneo.

‘REGIÓN (los relatos)’ se apoya en el marco de conocimiento que ofrecen la literatura y el arte para cuestionarse la raíz y las claves de este tipo de procesos y sus vínculos con el presente; para indagar acerca de qué preguntas correspondería hacerse hoy en relación a todo ello.

Prestando especial atención a los embalses de Porma y Riaño –de cuya construcción se cumplen 50 y 30 años respectivamente en 2017–, ‘REGIÓN (Los relatos)’ presenta una colección de materiales, distribuidos a lo largo de más de 1.500 metros cuadrados, que recorren la historia de un plan de transformación nacional del suelo que hunde sus raíces en el final del siglo XIX y tiene su cristalización completa en nuestros días, así como su historia paralela en muchas otras zonas del mundo.

La muestra tiene como objetivo reunir en el presente todos los tipos de relatos, con sus luces y sus sombras, en torno a esta transformación: el relato institucional, el político, el periodístico, pero también otros como el de la memoria popular, el literario, el cinematográfico o el artístico.

En total se presentan más de doscientos elementos expositivos formados por materiales de diversa naturaleza, correspondientes a un periodo de más de un siglo: cuadros del Museo del Prado o restos arquitectónicos, junto a archivos personales, periódicos coleccionados de manera doméstica, planos exhaustivos de ingeniería, expedientes de expropiación inéditos, documentales que se emitieron por televisión, libros centenarios de educación agrícola, películas, carteles o fotografías.

Cuestionar el proceso
Se incluye, además, el trabajo creativo de numerosos artistas que han reflexionado sobre el tema: Ibon Aranberri, Juan Benet, Anne-Laure Boyer, Daniel G. Andújar, Abelardo Gil-Fournier, Carlos de Haes, Carlos Irijalba, Manolo Laguillo, Rogelio López Cuenca y Elo Vega, Juan Pablo Ordúñez/MawatreS, José Ortiz Echagüe, Florián Rey, Chema Sarmiento, Isidoro Valcárcel Medina y Valentín Zubiaurre.

‘REGIÓN (Los relatos)’, que se presenta de modo no cronológico, se inicia en el siglo XIX con los textos que recogieron las ideas regeneracionistas en las que se presentaban los males de España, entre los que autores como Lucas Mallada o Joaquín Costa colocaron a la sequía. Los albores de la fotografía y del cine registraron estas inquietudes, que tomarían cuerpo, definitivamente, con la generación del 98.

El deseo por cambiar la realidad del suelo nacional atravesó varios gobiernos, monarquía, república y hasta dos dictaduras. Alfonso XIII, el primer ministro de agricultura, Rafael Gasset, el general Miguel Primo de Rivera, el ministro socialista de la Segunda República Indalecio Prieto, Franco o el gobierno de Felipe González estuvieron embarcados en el gran plan hidrológico para hacer regable el país y producir energía eléctrica. Una operación de enorme magnitud que trajo, acompañando al progreso, la desaparición de valles y pueblos, la reubicación de poblaciones enteras y un gran programa de colonización interior.

martes, 13 de junio de 2017

#hemeroteca #libros #franquismo | Los tecnócratas de Franco: cuando el capitalismo se disfrazó de nacionalcatolicismo

Imagen: El Diario / Lino Camprubí
Los tecnócratas de Franco: cuando el capitalismo se disfrazó de nacionalcatolicismo.
El libro ‘Los ingenieros de Franco’ trata la historia política del franquismo a través de la ciencia y la tecnología en la España nacionalcatólica. La obra del historiador Lino Camprubí descifra la "construcción" de "un país capitalista" desde la autarquía y bajo la sombra del Opus Dei.
Juan Miguel Baquero | El Diario, 2017-06-13
http://www.eldiario.es/andalucia/lacajanegra/libros/franquistas-industrializaron-Espana-Reyes-Catolicos_0_644986094.html

¿Qué investigaba y creaba el franquismo? ¿Y para qué? Son preguntas que resuelve el libro ‘Los ingenieros de Franco’ (Crítica) del historiador sevillano Lino Camprubí. Una "historia política" de la dictadura a través de la ciencia y la tecnología. Con una sorpresa: el "discurso nacionalcatólico" como base para construir "un país capitalista" bajo la sombra del Opus Dei.

"Los franquistas industrializaron España vestidos de Reyes Católicos", dibuja el autor. Usaron una tecnocracia vestida de tradición. Franco, como pez en el agua, entre ingenieros y curas, desarrollo e iglesias. Un escenario óptimo para "entender qué suponen 40 años de régimen en la construcción de un Estado", refiere Camprubí.

El objetivo principal de ‘Los ingenieros de Franco’ "no es escribir una historia de la ciencia y la tecnología bajo el franquismo, que también, sino tratar de entender su papel en la construcción del nuevo régimen". El desarrollo "a través de los proyectos de redención" de un país que sale roto de la guerra civil.

El estudio, con el subtítulo ‘Ciencia, catolicismo y guerra fría en el Estado franquista’, busca ofrecer un panorama novedoso "de los años difíciles de la autarquía". Un tiempo en el que la investigación científica y técnica es, no una simple herramienta del poder, sino "un elemento constituyente que dotó de contenido" al régimen de Franco.

La fundación del CSIC por el Opus Dei
‘Los ingenieros de Franco’ "está pensado para provocar esa reacción". La sorpresa, dice, ante el influjo nacionalcatólico en la ciencia y la tecnología de la España franquista. Lino Camprubí ejerce como investigador en el Instituto Max Planck de Berlín (Alemania), una de las instituciones científicas más prestigiosas del mundo.

Y fruto de su investigación, aparece el análisis de la fundación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) con "personas del Opus Dei muy ligadas a su líder", Escrivá de Balaguer. Es una clave: familias, intereses, el esqueleto formal del régimen. Cada capítulo, asegura Lino Camprubí, "transforma la visión" sobre temas y momentos fundamentales del franquismo: de la autarquía a la industrialización, nacionalcatolicismo y totalitarismo, pactos con Estados Unidos, el paso del carbón al petróleo, sindicatos verticales o la soberanía de Gibraltar.

Un apartado concreto recoge la colonización faraónica de la marisma sevillana y el despliegue tecnológico (que también humano) usado en lo que hoy es el mayor arrozal de España. O la descolonización del Sáhara, nunca completada por el interés en los fosfatos de Marruecos ("tiene el 75% de la producción mundial", subraya) y con el "beneplácito de EEUU" como "aliado" marroquí. De ahí la huida española, la Marcha Verde, y la expulsión saharaui.

‘Los ingenieros de Franco’ ha sido publicado en inglés por la Massachusetts Institute of Technology (MIT) y aparece ahora en una edición en castellano. El "resultado final" del libro "es de una gran claridad expositiva sin merma de rigor", resume el historiador Antonio Miguel Bernal, Premio Nacional de Historia, catedrático de Historia e Instituciones Económicas de la Universidad de Sevilla.

Una obra "accesible a cualquier lector" cuya "tesis principal es cómo un grupo de ingenieros fueron artífices principales de las transformaciones políticas de aquellos años", sostiene Bernal. El volumen abre ahí "una de las grandes interrogantes" que son al tiempo "sorpresas": el manto nacionalcatólico cubriendo ciencia y tecnología. Un "estudio transversal" que se ha topado, como añadido, con el "problema de acceso a los archivos" recurrente en tantos estudios e investigaciones.

viernes, 7 de abril de 2017

#hemeroteca #libros #franquismo | Los ingenieros de Franco: un libro describe la relación entre el Opus Dei y el CSIC

Imagen: Vozpópuli / Francisco Franco
Los ingenieros de Franco: un libro describe la relación entre el Opus Dei y el CSIC.
Un libro pretende arrojar luz sobre el papel de la investigación científico-técnica durante el régimen franquista.
Karina Sainz Borgo | Vozpópuli, 2017-04-07
http://www.vozpopuli.com/cultura/ingenieros-Franco-Opus-Dei-CSIC_0_1014799226.html

Durante la inauguración del pantano del Ebro, en 1952, Franco pronunció un discurso en el que aseguraba: "Nos dolía España por su sequedad, por su miseria, por las necesidades de nuestros pueblos y nuestras aldeas, y todo ese dolor de España se redime con estas obras hidráulicas nacionales". El dictador fue más allá y habló del poder de la tecnología sobre el paisaje para hacer a España libre, independiente, autónoma (para ‘dolerla’ mejor, podría pensar cualquiera). Quince años después de aquel discurso, la empresa International Minerals and Chemilchals trataba de persuadir al gobierno español de firmar un contrato para la explotación de los fosfatos del Sáhara Occidental. En plena guerra fría, el campo de los fertilizantes era de primer interés para las grandes potencias. España no podría mantenerse al margen. Y no lo hizo.

¿Qué papel tuvieron los ingenieros y científicos en la construcción del franquismo? ¿Qué relaciones existieron entre investigadores y técnicos con el proyecto ideológico del régimen? ¿Quién ideó los pantanos? ¿Hubo una relación entre el Opus Dei y el CSIC? Un libro pretende arrojar luz sobre el papel de la investigación científico-técnica durante ese período. Se trata de 'Los ingenieros de Franco. Ciencia, catolicismo y guerra fría en el Estado franquista', publicado por Crítica, y escrito por Lino Camprubí, investigador español en el Instituto Max Planck de Historia de la Ciencia, en Berlín. En las páginas de este libro Camprubí asegura que sin tener en cuenta la investigación científico-técnica no se puede llegar a entender la configuración del Estado durante el franquismo, un proceso esencial para "la España del final del siglo pasado y principios del presente".

La tesis principal de las páginas de este libro es que "determinados grupos de ingenieros y científicos fueron participantes activos en las transformaciones políticas y económicas de aquellos años". El nacionalismo tecnológico se convirtió –afirma el autor- en una herramienta legitimadora que aglutinó a grupos de intereses muy diversos y permitió a la dictadura sobrevivir a lo largo de los años a pesar de (o, más bien, gracias a) sus contactos crecientes con las democracias occidentales. "Es más, el desarrollo técnico fue uno de los pilares de esos contactos internacionales y una fuente de intercambios y alianzas por encima de desavenencias políticas", afirma Camprubí.

Para ilustrar esa relación, Camprubí comenta y documenta proyectos como las semillas híbridas de arroz o las viguetas de hormigón pretensado; del carbón y el uranio enriquecido; el interés de Franco por la creación de una bomba atómica; las relaciones del catolicismo y la investigación; la explotación natural como fuente económica. Todos ellos, elementos que componen “un retrato del franquismo apegado a las transformaciones materiales, inevitablemente ensambladas a las estructuras sociales e ideológicas”. Muchos y muy variados temas ocupan estas páginas: Opus Dei y el nacional-catolicismo; los sindicatos verticales y de los pantanos de Franco; los pactos hispano-norteamericanos y Gibraltar; el Parque de Doñana y el WWF o el conflicto del Sáhara Occidental en ocasión de la explotación que hicieron los americanos de los fosfatos de esa zona.

Según el autor, tanto el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) como el Opus Dei crecieron simultánea e interdependientemente, alimentándose mutuamente a través de una densa red de amistades, contactos, ideas y edificios. "No es que el Opus influenciase al CSIC sino que el CSIC marcó el contenido y desarrollo del Opus. Dicho más rigurosamente para evitar falsas dicotomías: la gestación y desarrollo del CSIC y el Opus Dei puede entenderse como una co-evolución". Esta perspectiva, perseguida a través de la historia arquitectónica de laboratorios, iglesias y poblados de colonización (de Madrid a Badajoz), dice Camprubí, permite indagar en un aspecto del franquismo prácticamente inexplorado: "las conexiones internas de la ideología nacional-católica con la industrialización y la investigación científica", asegura.

El razonamiento del Opus Dei "sobre la promesa de perfección cristiana en la vida profesional y el matrimonio" iba de la mano con las aspiraciones nacionalistas para la reforma de España. La asociación del catolicismo a profesiones liberales y a la transformación de España no fue exclusiva del Opus Dei, plantea el autor, sino que pasó a una concepción mucho más amplia, hasta convertirse en una de las piezas centrales del nacionalcatolicismo. Camprubí aporta en estas páginas los planos de muchos proyectos donde religión e investigación se sujetan. "En estos años se construyeron iglesias en edificios destinados previamente a laboratorios, laboratorios pertenecientes a la Iglesia e iglesias que funcionaban como laboratorios”. Eran, explica el autor, dos caras de una misma moneda. La construcción conjunta de laboratorios e iglesias señalaba la ligazón entre nacionalcatolicismo y tecnología como elementos de modernización y progreso.

El relato extendido sobre el franquismo y los llamados "tecnócratas" del Opus Dei indica que su peso político comienza en 1957. Camprubí niega el dato: asegura que fue mucho antes. Fueron ellos quienes dirigieron la modernización y "el milagro económico" al aplicar las recetas liberales en lo económico, sobre todo al recortar el gasto público y abrir la economía a las instituciones financieras y los mercados internacionales. Un ideal específico que tomó forma en la construcción de los pueblos nuevos, los planos urbanos e incluso el aspecto y ordenamiento público, del que formaron parte, por supuesto, más de 300 pantanos. "En la construcción de este ideal desempeñaron un papel inexcusable ingenieros, científicos y arquitectos que, junto con otras figuras poderosas del régimen, compartían el doble objetivo de preservar la identidad católica española y actualizar su economía política (…). Los ingenieros, científicos y arquitectos del franquismo transformaron no solamente la faz de España, sino los significados mismos de patriotismo y de la religiosidad nacionalcatólica".

miércoles, 13 de abril de 2016

#hemeroteca #memoria | Un pueblo entero frente al espejo de la memoria

Imagen: Público
Un pueblo entero frente al espejo de la memoria.
Patricia Campello | Público, 2016-04-13

http://www.publico.es/actualidad/pueblo-entero-frente-al-espejo.html

"Venimos a ver algo de Franco". Josefina Tembleque, de 74 años, y su marido, han sido los primeros en entrar al centro cultural de Llanos del Caudillo (Ciudad Real). A los pocos minutos, comienzan a ocuparse las 440 sillas preparadas para la ocasión, algo más de la mitad de los habitantes del pueblo. Se percibe el interés ante el estreno del documental Los Colonos del Caudillo, en el que los cineastas Lucía Palacios y Dietmar Post han indagado en la experiencia colonizadora del franquismo narrando, a dos velocidades, la historia local de Llanos y la realidad de las víctimas de la dictadura en los últimos años. Tras la primera proyección pública del documental en Berlín, y su posterior exhibición en el Festival de Cine de Valladolid y en Buenos Aires, la cinta ha llegado al lugar de donde partió la idea original.

Josefina (bajo estas líneas) afirma con orgullo ser una de los colonas pioneras. Tenía 15 años cuando llegó con sus padres y sus tres hermanos a este recién creado asentamiento del Instituto Nacional de Colonización, a principios de la década de los 50. Este organismo dependiente del Ministerio de Agricultura creó cerca de 300 pueblos a los que llegaron unas 50.000 familias para trabajar la tierra. Los colonos recibían una casa -que en ocasiones no estaba terminada-, una parcela de unas seis hectáreas, una pareja de mulas, aperos de labranza y dinero. En los 15 años siguientes debían entregar el 51% de su producción al Ministerio de Agricultura franquista. Este cobro se realizaba siempre y con independencia del resultado bueno o no de las cosechas. "Dar la mitad de lo que obteníamos al instituto era mucho; había que trabajar muy duro la tierra y se pasaba mal", cuenta Josefina a Público momentos antes de comenzar la proyección.

Para saber la cantidad producida por los colonos, el funcionario del ministerio medía las cosechas, a veces, con interés premeditado. "Se regaba por acequias, y peritaban la cosecha en esos surcos, donde el producto era mayor. Esa cantidad la multiplicaban y extendían por toda la siembra, dando un número mayor que el real", explica en el documental el actual alcalde de Llanos, Santiago Sánchez (PSOE). "Descubrimos que el Instituto Nacional de Colonización vendía los pimientos a 4,5 pesetas, y a los colonos se los pagaba a 2 pesetas. A finales de los años 50, el beneficio era de 3,5 millones. La línea social de la actividad con la que se iniciaron estos pueblos estaba muy lejos de la realidad. Era un negocio", añade Sánchez.

El vecino Eugenio Bascuñana denuncia las obligadas directrices del Instituto, que les marcaba el tipo y el momento de la siembra durante los cinco primeros años. "Nos mandaban sembrar judía blanca a finales de julio, y así no salía nada. Se hacían muchas injusticias". Además, los vecinos debían estar disponibles para cualquier trabajo en el pueblo. "Una vez discutí con el ingeniero porque cada día mandaba a cuatro personas a hacer servicios, y un día me enviaron a mí a limpiar una cuneta. Le pregunté, ¿es que he venido aquí a hacer de caminero? Me negué y me pusieron cuatro faltas. Yo decía que era un campo de reconcentración, porque no podíamos despegar el pico ninguno y teníamos que hacer lo que nos decían. Así más de 30 años".

"Era un campo de reconcentración, porque no podíamos despegar el pico ninguno y teníamos que hacer lo que nos decían", denuncia Bascuañana Este descontento se reflejó a la hora de votar en las elecciones a partir la muerte del dictador, según aclara el sociólogo Cristóbal Gómez gracias a un trabajo estadístico en el que concretó que en los pueblos de colonización votaban más a la izquierda. La primera maestra de Llanos, Ana María Parrilla, lo explica en el sometimiento que habían vivido. "Como la votación era secreta, por primera vez pudieron abrir la boca, y expresarse sin significarse", señala.

Las colonias franquistas se edificaron siguiendo el ideario de las cittá nuove de Mussolini, lugares para el "hombre nuevo", "antiobrero y antiurbano, ligado a la tierra y devoto al régimen del cual es deudor de todo: casa, tierra y trabajo", según principios del Instituto de Colonización. Los avances republicanos como la reforma agraria o el estado social fueron abolidos, y la situación económica en los años 40 y 50 era nefasta. La experiencia colonizadora pretendió paliar la extrema pobreza, pero no pudo evitar la fuga hacia zonas urbanas. De hecho, a los 14 años de la llegada de los primeros colonos, Llanos sólo contaba con una tercera parte de las casas habitadas, según los documentos consultados por los directores de la cinta.

Lucía Palacios y Dietmar Post, directores de 'Los Colonos del Caudillo'
Palacios y Post plasman en su trabajo opiniones muy diferentes que reflejan el amplio espectro de sensibilidades ante la Memoria Histórica. Uno de estos testimonios es el del ex ministro franquista y gobernador civil de la provincia cuando se inauguró Llanos del Caudillo, José Utrera Molina, para quien se pide la imputación en el marco de la querella argentina contra los crímenes franquistas.

Utrera Molina no recuerda el acto inaugural de Llanos, pero sí expresa su apego al ideario falangista: "Yo le decía a Franco ‘estoy sirviendo al movimiento pero no renuncio a mi condición de falangista'; nací siendo falangista y moriré siendo falangista cuando dios quiera".

Utrera Molina esquivó la invitación a la proyección de la cinta remitiendo una carta a los directores en la que subraya el "impulso social" que a su juicio fue la experiencia de colonización franquista.

El testimonio del expresidente Felipe González es otro de los incluidos en este largometraje documental que, desde su estreno, gira en el formato video fórum, con charlas tras la proyección. Tras la exhibición en Llanos, en la noche del sábado, tomaron la palabra ambos directores, el regidor municipal, el sociólogo Cristóbal Gómez, el periodista Ramón Orozco -como moderador del acto- y Raúl Herrero, ex preso político que explicó la actualidad de la querella argentina.

Una decena de vecinas y vecinos vierten en la película sus diferentes visiones respecto al pasado y presente de este pueblo que, en 2004, votó si quería retirar el apellido ‘Del Caudillo', y el resultado fue que ‘no'. De hecho, al terminar la proyección, Josefina Tembleque se muestra "encantada", y reconoce que el documental describe de manera fehaciente "todo lo que hemos vivido y todo por lo que hemos tenido que pasar".

sábado, 2 de abril de 2016

#hemeroteca #franquismo | El pueblo más fiel a Franco: “Que vengan a quitarnos el nombre si tienen narices”

Imagen: El Confidencial
El pueblo más fiel a Franco: “Que vengan a quitarnos el nombre si tienen narices”.
Llanos del Caudillo (Ciudad Real) promete guerra si le obligan a eliminar su 'apellido' para cumplir con la Ley de la Memoria Histórica, tal como reclama el abogado Eduardo Ranz.
David Brunat | El Confidencial, 2016-04-02
http://www.elconfidencial.com/espana/2016-04-02/el-pueblo-mas-fiel-a-franco-se-niega-a-cambiar-su-nombre_1177533/

Prometen salir con pancartas y tractores. Manifestarse en Toledo o en Madrid si hace falta. Moler a palos al que se atreva a acercarse al pueblo a decirles que, en adelante, sus calles ya no se levantarán en honor a Franco. Así es Llanos del Caudillo, un municipio en guerra contra la Ley de la Memoria Histórica que, entre otros, exige la supresión de todos los símbolos y reminiscencias de la dictadura. En España hay al menos once municipios cuyo nombre glorifica al dictador o a uno de sus acólitos. Villafranco del Guadiana, Alcocero de Mola, Bembézar del Caudillo, Queipo de Llano… Hasta la fecha nadie les había obligado a desprenderse de sus ‘apellidos’, pero el abogado Eduardo Ranz se ha propuesto ahora que todos los municipios apliquen la ley a rajatabla. Ya ha denunciado a ocho alcaldes por “delito de incitación al odio” y está en proceso de demandar a los ayuntamientos.

“Que venga aquí ese abogado a quitarnos el nombre si tiene narices. Mientras yo viva esto se va a llamar pueblo de Franco, del Caudillo, porque a un tío que lleva 40 años muerto, ¡que lo dejen ya hombre!”, exclama hecho un basilisco Antolín Díaz, agricultor ya jubilado. El asunto desata pasiones en esta pequeña aldea manchega, la más combativa en contra de la aplicación de la ley. “Si se llama Llanos del Caudillo es porque lo hizo Franco. Cuando los políticos de ahora hagan un pueblo que le pongan su nombre, pero mientras tanto que no se metan con los que hay. Y que conste que no soy franquista ni lo he sido nunca, pero la historia no se puede cambiar”, añade Pablo González, industrial también jubilado.

No es sencillo sonsacar a los llaneros acerca de su controvertido nombre. Al oir hablar del asunto, muchos supiran y se niegan a hacer comentarios, en especial los más jóvenes, pero todos reconocen estar a gusto con su ‘apellido’. Ya sea Antonio, el carnicero del pueblo, o Jesús, el cartero, la respuesta siempre es la misma: “Que nos dejen en paz, que nosotros no molestamos a nadie”. No entienden que ahora se quiera cercenar su identidad como pueblo, esa que nació en 1955 con la fundación de Llanos del Caudillo, una de las 300 aldeas que creó la dictadura para reorganizar y reactivar el maltrecho sector agrícola a través del Instituto Nacional de Colonización.

Los 757 habitantes censados en el municipio son casi todos hijos o nietos de los llamados ‘pioneros’, esas primeras familias que se instalaron en estos terrenos baldíos para iniciar, gracias a la cesión gubernamental, una vida nueva. Igual que ellos, sus descendientes siguen viviendo de la agricultura: sandías, melones, pimientos y cereales conforman la base económica del pueblo. El trazado también se mantiene fiel a los orígenes, con calles diseñadas con escuadra y cartabón y paredes de cal blanca. Sólo hay una concesión: ahora la plaza de la iglesia se llama plaza de la Constitución.

“Yo llevo aquí desde los años 50 y quiero que se llame como se ha llamado siempre. Que aquí vinimos muertos de hambre y ahora vivimos como Dios quiere y manda. ¿Que Franco hizo cosas malas? No lo discuto, pero también las hizo buenas. A muchos padres de familia que no tenían ni para comer nos dio una casa y una parcela”, recuerda Ascensión Gómez. El alcalde, Andrés Antonio Arroyo (PP), comprende el disgusto de sus vecinos: “Este pueblo fue una oportunidad para muchas familias numerosas en aquella época tan difícil. El régimen les dio tierras de regadío, una vivienda y una yunta de buey para labrar. Y aunque luego su ideología sea más de izquierdas o de derechas, la gente siente que esto fue un bien para ellos". Para salir al paso de las suspicacias, Arroyo insiste en que Llanos es, en realidad, un pueblo de izquierdas. Aquí gobernó durante 28 años, argumenta, el PSOE.

El asunto del cambio de nombre no es nuevo por estos lares. En 2004 hubo una consulta popular para deshacerse del Caudillo promovida por el anterior alcalde, el socialista Santiago Sánchez. Cientos de personas salieron a la calle con pancartas en contra del cambio de nombre. Gritos, amenazas al alcalde y muchos nervios. Curiosamente, los más activistas a favor de seguir honrando a Franco fueron los vecinos más jóvenes, que armaron un revuelo tremendo y obligaron a la Guardia Civil a aparecer. Pero fue abrir la urna y disiparse toda la tensión: 350 votos a favor de mantener “del Caudillo” por sólo 50 que pedían eliminarlo. Una victoria abrumadora. Doce años después, el nuevo alcalde avisa: “Si nos obligan a cambiar el nombre, antes volveré a organizar una consulta vecinal para que quede constancia en los registros que fue en contra de la voluntad popular”.

“Afortunadamente, hoy en este país todo el mundo puede opinar. Pero las leyes están para cumplirlas, no para votar si se cumplen o no. Y a día de hoy hay once denominaciones que incumplen una ley que fue aprobada hace nueve años. Se trata de una cuestión legal y democrática”, afirma taxativo Eduardo Ranz, el letrado que ha armado todo este alboroto en Llanos del Caudillo. Ranz basa su actuación en el artículo 15 de la Ley de la Memoria Histórica, que urge a las administraciones públicas a retirar “escudos, insignias, placas y otros objetos o menciones conmemorativas de exaltación, personal o colectiva, de la sublevación militar, de la Guerra Civil y de la represión de la dictadura”.

Para este abogado, especialista en Derechos Humanos, “no existe mayor exaltación que llevar el nombre del protagonista de la dictadura en el título del pueblo. Glorificar el nombre del dictador o de cualquiera de los protagonistas de la dictadura es una ofensa directa a un grupo social determinado, y eso según el código penal es un delito de incitación al odio, lo que conlleva una sanción de hasta cuatro años de prision”.

Agustín Díaz, antiguo técnico del ayuntamiento, lo tiene claro: “Pueden cambiar la placa de la plaza o el cartel de la entrada, pero para nosotros será Llanos del Caudillo siempre. Dentro de un año o de dos cambiará la ley y se lo volveremos a poner. Porque esta Ley de Memoria Histórica de Zapatero no tiene mucho sentido cuando en la Transición los españoles ya trataron de reconciliarse y empezar una nueva vida en democracia”. Ranz, por su parte, considera “una incongruencia” que los vecinos defiendan el apellido “del Caudillo” a la vez que aseguran no hacer apología de la dictadura: “En Alemania no existe la colonia Hitler, ni en Italia hay un Trastévere de Mussolini. No se trata de valorar ahora si fue penalti o no hace 80 años. Se trata de cumplir una ley. Ni más ni menos”.

La Ley de la Memoria Histórica observa la “retirada de subvenciones o ayudas públicas” para aquellas administraciones que se nieguen a cumplir la normativa. Y Ranz ya ha remitido un escrito a la Federación Española de Municipios y Provincias (FEMP) para que atienda el caso y retire las subvenciones a los municipios díscolos. Entre ellos, claro está, Llanos del Caudillo, cuyo presupuesto de 600.000 euros depende en un 50% de tributos y ayudas públicas. “Eso sí es incitar al odio, el quitarle a unos pueblos pequeños el dinero que necesitan para prestar servicios sociales”, se lamenta Arroyo. Sin embargo, para alcanzar ese extremo debería ser la propia FEMP quien decidiera por voluntad propia retirar las ayudas, una iniciativa que se antoja poco probable.

De los once municipios señalados por Ranz, hay dos que han anunciado que sí suprimirán su apellido. Se trata de Águeda del Caudillo (Salamanca) y Bembézar del Caudillo (Córdoba). En San Leonardo de Yagüe (Soria), renombrado así como homenaje al golpista Juan Yagüe, apodado 'El carnicero de Badajoz', el alcalde ha reconocido que no tiene “ningún interés” en conservar el apellido. Una confesión que ha inflamado a la Fundación Yagüe, presidida María Eugenia Yagüe, hija del militar falangista. El resto de municipios o bien se han manifestado en contra del cambio, como Guadiana del Caudillo (Badajoz) y Alberche del Caudillo (Toledo), o se han mostrado ambiguos, como Alcocero de Mola (Burgos), Villafranco del Guadiana (Badajoz), Villafranco del Guadalhorce (Málaga), Queipo de Llano (Sevilla) y Quintanilla de Onésimo (Valladolid).

El procedimiento legal impide a Eduardo Ranz demandar a los ayuntamientos hasta el 11 de abril. Pero asegura que en cuanto llegue ese día iniciará los trámites judiciales para sentar a los consistorios en el banquillo. Mientras, en Llanos de Caudillo le siguen esperando con las mangas remangadas, porque como dice Ascensión Gómez antres de marcharse hecha una furia: “Que venga el del batín, que va a quedar ‘apañao’. Si tú le dices a la gente joven que le van a cambiar el nombre al pueblo, dicen que vienen con una escopeta y le pegan un tiro a quien sea. Así de claro”.

sábado, 2 de enero de 2016

#hemeroteca #memoria #franquismo | Los colonos de Franco

Imagen: El Correo
Los colonos de Franco.
La dictadura diseñó un sistema de repoblación del campo español mediante la construcción de cerca de trescientos núcleos rurales. Muy pocos han sobrevivido al paso de los años
Anje Ribera | El Correo, 2016-01-02
http://www.elcorreo.com/bizkaia/sociedad/201601/02/colonos-franco-20151218192548.html

Asegura el diccionario de la Real Academia Española que 'colonizar', entre otras acepciones, es «fijar en un terreno la morada de sus cultivadores» mediante «un grupo de viviendas construidas con una idea urbanística de conjunto» o «la ocupación de un territorio despoblado e improductivo para habitarlo y cultivarlo». Pero durante el franquismo la semántica de esta palabra era más amplia.

De cualquier manera, no hablamos de las ansias expansionistas de la dictadura fuera de las fronteras españolas, sino del sistema de repoblación diseñado para el territorio peninsular. Se trataban, en gran medida, de centros de adoctrinamiento, lugares para generar al nuevo hombre fascista, que necesariamente debía ser antiurbano y antiobrero, seguidor incuestionable del Generalísimo, temeroso de Dios y apegado a la tierra, la casa y el trabajo que le garantizaba el régimen. Pero, sobre todo, fiel al pensamiento único imperante. No todos podían convertirse en vecinos de aquellos pueblos neonatos.

Realmente se trataba de un experimento fallido para reordenar la población española que, paradójicamente, queriendo combatir el peligro revolucionario potencial que suponían las grandes urbes industriales, se basaba en los esquemas del bolchevismo soviético, aunque barnizado por el fascismo italiano de Benito Mussolini y su plan de Città nuove (ciudad nueva).

Pero para analizar este sueño utópico del Generalísimo, del que apenas ya nada queda, debemos retrotraernos al final de nuestra guerra fratricida, concretamente a octubre de 1939, seis meses después de que las armas callaran. Fue entonces cuando nació el Instituto Nacional de Colonización y Desarrollo Rural, dependiente del Ministerio de Agricultura.

Las crónicas del momento aseguraban que el presupuesto inicial fue de «cien millones de pesetas» y que el objetivo se estableció en «la transformación del espacio productivo, reorganizando y reactivando el sector agrícola y el incremento de la producción con vistas a los planes autárquicos mediante el aumento de tierras de labor y la superficie de riego».

«Acaba de terminar la cruzada de la liberación y ya preocupa al Caudillo el problema del campo español. Por eso, a los pocos meses de aquella fecha, crea el Instituto Nacional de Colonización y lo crea como instrumento de que se ha de valer el Gobierno para llevar a cabo la reforma económica y social de la tierra», señalaban, asimismo, los periódicos del movimiento.

Programa ambicioso
Sin embargo, el programa no comenzó a desarrollarse con amplitud hasta los años cincuenta, al amparo de la Ley de Colonización y Distribución de la Propiedad de las Zonas Regables que dio cobertura a un movimiento migratorio de gran tamaño. Ambiciosos planes de parcelación de la mayor parte del territorio nacional permitieron entre 1945 y 1970 la construcción de alrededor de unos trescientos poblados. En estos núcleos de población se asentaron unas 55.000 familias. Muy pocos de ellos subsisten en la actualidad.

Las provincias extremeñas, andaluzas y aragonesas –que presentaban los mayores problemas de subsistencia por aquellos años– fueron las que en mayor medida acogieron este desarrollismo rural que se asentó, sobre todo, en cuencas fluviales de los ríos Ebro, Duero, Tajo, Guadiana y Guadalquivir.

Estas urbanizaciones se convirtieron en grandes elementos de la propaganda del franquismo. De hecho, todos los nombres que se eligieron para designar a los asentamientos tenían el apellido 'de Franco' o 'del Caudillo'. Así podemos recordar a El Puntal de Franco, Llanos del Caudillo, Bárdenas del Caudillo, Villafranco del Guadalquivir... También otros dirigentes del régimen como Queipo de Llano se inmortalizaron en estos proyectos urbanísticos. Con la llegada de la democracia, los núcleos coloniales que lograron salvarse del cruel paso del tiempo cambiaron de denominación.

No obstante, ello no puede ocultar que también crearon importantes obras arquitectónicas y de ingeniería, que incluso se plasmaron en la conversión de amplias zonas de secano en regadíos, mediante la construcción de una red de pantanos y canalizaciones.

Cerca de ochenta prestigiosos urbanistas como Alejandro de la Sota, José Luis Fernández del Amo o José Borobio firmaron creaciones vanguardistas sin olvidar la cultura rural española. El programa buscaba la autosuficiencia de estas villas, por lo que en los diseños se incluyeron edificios públicos (ayuntamientos, iglesias, escuelas...) y diversas tipologías de viviendas de tres a cinco habitaciones. Los trazados eran racionales, con una riqueza espacial que creaba mallas geométricas de calles y manzanas basadas en la simetría. Tampoco se olvidaron de las vías de comunicación y acceso.

De hecho, los escasos pueblos de colonización que han sobrevivido pueden ser próximamente declarados bienes de interés cultural, tanto por la originalidad como por la calidez de las construcciones, mezcla de modernidad y arquitectura vernácula. Son los casos de Cañada de Agra, en Hellín (Albacete), y Villalba de Calatrava, en Viso del Marqués (Ciudad Real), que tramitan expedientes para obtener un reconocimiento en la categoría de conjunto histórico.

Expropiaciones
En el aspecto social, con el proyecto de colonización se dio futuro a muchas familias y se repoblaron campos y cortijos, algunos de los cuales fueron expropiados para dar valor a la tierra. «Después de la guerra, mucha gente no tenía ni para comer y aquí encontraron un terreno que cultivar», asegura una vecina de uno de estos asentamientos.

Esta difícil situación hizo que los jerarcas del régimen pusieran sus ojos en el campo, para establecer el mayor número posible de patrimonios familiares de independencia económica, que estabilizaran la gran masa de población sin trabajo o con ocupación insuficiente que arrojó la Guerra Civil.

A cada familia se le entregaba una vivienda y una parcela para cultivar, con la condición de que permaneciese vinculada a su explotación agraria durante un número determinado de años. Las casas se concedían por cuatro décadas y los terrenos por veinticinco años. Su precio era bastante barato. El 20% se abonaba en el momento de la adquisición y el resto mediante anualidades, hasta completar el abono del préstamo otorgado por el Instituto Nacional de Colonización y Desarrollo Rural.

Además, también se abordó la mecanización del campo, con la introducción de cooperativas de maquinaria que sustituyeran a tracción animal. También se adquirían en común semillas, abonos, piensos... y se fomentó la venta, asimismo en conjunto, de la producción.

Sin embargo, en el 'debe' de este plan cabe señalar que la mano de obra utilizada para la construcción de los poblados la pusieron los presos acogidos al programa de redención de penas por trabajo implantado por Franco, lo que permitió al sistema utilizar a multitud de reclusos políticos como obreros en obras públicas, en un régimen que se acercaba a la esclavitud.

No fue este el único punto oscuro del plan. Según denuncian hoy los historiadores, «la reconversión de tierras de secano en regadíos» benefició a los grandes terratenientes, quienes, a cambio de ceder algunas propiedades –normalmente las de peor calidad– lograban una gran revalorización de sus fincas».

Cine y literatura
La sombra de la dictadura se ha prolongado muchos años después de que finalizara y han sido pocos los escritores y cineastas que escogieron la colonización interna del franquismo como fuente de inspiración. En el séptimo arte el pasado año el director sevillano Alberto Rodríguez estrenó 'La isla mínima', que se desarrolla en un remoto pueblo del sur, situado en las marismas del Guadalquivir.

La cinta se rodó en la sevillana Isla Mayor, la antigua Villafranco del Guadalquivir, municipio de poco más de 5.000 habitantes y una de las puertas de entrada al Parque Nacional de Doñana. Este thriller se adjudicó diez premios Goya, entre ellos los dedicados a la mejor película, al mejor director y al mejor actor. Recientemente también ha sido reconocida en el reparto de galardones del cine europeo.

Aldea Mayor, además, ha sido noticia durante los últimos días porque su club de fútbol, que todavía mantiene la denominación de Villafranco CF, ha sido denunciado por incumplir la Ley de Memoria Histórica al considerar que podría cometer un delito de apología del franquismo.

En el campo documental destaca 'Los colonos del Caudillo', filmado por Lucía Palacios y Dietmar Post en 2013. Mediante la historia de la creación y desarrollo de Llanos del Caudillo, en La Mancha, constituye un ejercicio muy digno para examinar un capítulo de la historia de España hasta ahora prácticamente desconocido.

'Presos del silencio. Trabajos forzados en la España de Franco', realizado por Mariano Agudo y Eduardo Montero, critica el uso de reclusos políticos para llevar a cabo la construcción de colonias rurales y de otras obras públicas durante los primeros años de la dictadura.

La mayoría de las publicaciones bibliográficas sobre este tema tienen origen universitario o han sido difundidas en revistas especializadas. Destacan 'Los pueblos de colonización de la administración franquista en la España rural' (2010), de Miguel Centellas Soler; 'El canal de los presos. Trabajos forzados: de la represión política a la explotación económica' (2004), de Gonzalo Gutiérrez Molina, Ángel Acosta Bono y Lola Martínez Macías; 'Colonización agraria en España. Políticas y técnicas en la ordenación del espacio rural' (1988), de F. J. Monclus Oyón; y 'Pueblos de la colonización. ¿Recuperar el patrimonio rural franquista?' (2005), de Víctor Pérez Escolano y Manuel Calzada Pérez, entre otros.