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sábado, 26 de abril de 2025

#hemeroteca #lesbianismo #testimonios | Sarah Paulson: “Para muchos la diferencia de edad con mi mujer [que es 31 años mayor] es muy desconcertante”

Sarah Paulson //

Sarah Paulson: “Para muchos la diferencia de edad con mi mujer [que es 31 años mayor] es muy desconcertante”

Intelectual e intensa, pero también cercana y traviesa, Sarah Paulson es una de esas actrices que defiende su oficio con la misma excelencia en un plató de televisión, en uno de cine o sobre las tablas de un teatro. Su energía es la de una diva, su forma de estar en el mundo no
Paloma Rando | El País, 2025-04-26
https://elpais.com/smoda/placeres/2025-04-26/sarah-paulson-para-muchos-la-diferencia-de-edad-con-mi-mujer-31-anos-es-muy-desconcertante.html 

Tras 30 años de carrera en cine, teatro y televisión, su palmarés contiene, entre otros premios, un Emmy, un Globo de Oro —ambos por su interpretación de Marcia Clark, la fiscal que trató de condenar a O. J. Simpson, en la primera temporada de la antología 'American Crime Story'— y un Tony por su papel en la obra de teatro ‘Appropriate’. Pero el reconocimiento más especial que ha recibido Sarah Paulson (Tampa, Florida, 1974) no está en su casa, en Los Ángeles, desde donde concede esta entrevista por videollamada, sino en un restaurante en Nueva York. En mayo de 2024, Sardi’s, un legendario establecimiento del distrito teatral de Manhattan, decidió colgar en una de sus paredes una caricatura de Paulson, sumándola así al exclusivo club de retratos de intérpretes de Broadway que las pueblan. El homenaje tenía para ella un significado singular: cuando la madre de la actriz se mudó, a finales de los setenta, con sus dos hijas de cinco y dos años a Nueva York, su primer trabajo fue en Sardi’s. ¿Soñaba la hija de la camarera con acabar en las paredes del restaurante donde trabajó su madre? “Sí, pero la idea de vivir como actriz de teatro en Nueva York me parecía inimaginable. Y eso que empecé en Broadway. De pequeña, mi madre me llevaba a ver obras de teatro y, por supuesto, he estado en ese restaurante muchísimas veces y he visto tantas noches de estreno allí... He ido mucho a lo largo de los años, y veía a todos esos actores que admiro en la pared, y pensaba...”. En ese momento la conversación se interrumpe porque Paulson recibe una llamada, que rechaza. “Qué gracioso. Era mi madre”.

P. Mientras hacía 'Appropriate', contó en una entrevista que en su tiempo libre solo podía dedicarse a ver 'Las Kardashian' y ahora acaba de trabajar con Kim Kardashian en la última serie de Ryan Murphy, ‘All’s fair’, sobre un bufete de abogadas matrimonialistas, que se estrenará en otoño. ¿Cómo ha sido trabajar con ella, junto con Glenn Close y Naomi Watts?
Mi relación con todas ellas es realmente especial y el rodaje lo he disfrutado muchísimo. Acabamos de terminar hace cuatro días. De Kim te puedo decir que era la más dispuesta y divertida. A veces nos costaba no reírnos en mitad de una escena. Ya le hemos pedido a Ryan Murphy que publiquen un vídeo de tomas falsas. Y fue difícil porque en realidad estamos interpretando a abogadas muy serias. Es divertida y generosa. No tengo palabras para describir mi experiencia trabajando con ella. Y es la estrella de esta serie, algo mucho mayor de lo que ya hizo en ‘American Horror Story’ [participó en su duodécima temporada]. Nos han enseñado el tráiler y creo que la gente se va a volver loca.

P: No le gusta verse en pantalla. De hecho, hasta donde sé, nunca se ha visto interpretando a Marcia Clark, uno de tus trabajos más célebres. ¿Por qué?
Cuando era joven sí lo hacía, porque no me podía creer que estuviera en pantalla. Y luego, a medida que fui creciendo y empecé a trabajar más, me di cuenta de que mi tendencia natural a la autocrítica estaba arruinando mi experiencia como actriz. Hacer ‘American Crime Story: El pueblo contra O. J. Simpson’ ha sido, sin duda, una de las experiencias más extraordinarias de mi vida creativa. Y pensé: “Dios mío, si la veo, sé que encontraré los defectos”. Y luego, cuando la gente empezó a reaccionar tan positivamente y se convirtió en un punto de inflexión en mi carrera, sentí que no podía verla porque “todo el mundo cree que es genial. ¿Y si la veo y la odio? No quiero convertir este éxito, tanto para la serie como para mí, en algo negativo”.

P. Pero desde que es productora ejecutiva, sí tiene la obligación de verse. ¿Por qué decidió pasar al otro lado? ¿Cómo lleva enfrentarse a su imagen durante el rodaje?
Ryan Murphy me lo ofreció. Nunca antes nadie me había preguntado si quería serlo. Me lo tomé muy en serio y lo hago porque soy una persona con opiniones firmes. Últimamente, en cualquier cosa que hago, me han ofrecido esa oportunidad, lo que significa que tengo una especie de obligación contractual escrita de que me escuchen. Y sí, eso quiere decir que tengo que verme. Y eso es un desafío. Pero, de alguna manera, puedo ponerme en una perspectiva diferente, porque pienso más en la obra en su conjunto y menos en mí individualmente.

P. Usted ha dicho: “Nadie podría decirme tantas cosas terribles como las que yo me digo”. ¿Sigue hablándose así?
Estoy intentando mejorar en eso. Y creo que ya lo estoy haciendo, pero cuando eres una persona con opiniones firmes... Constantemente busco maneras de mejorar. Y fallo todo el tiempo. Pero soy una persona a la que le importa este tipo de autoevaluación.

P. También le he oído hablar de la importancia de estar orgullosa de una misma.
Y esto de alguna manera encaja con lo que estoy diciendo. Antes me preocupaba más de lo que pensaban los demás y ahora me interesa más evaluar mi propio trabajo. Al principio de mi carrera, pensaba que conseguía los trabajos por casualidad. Y ahora sé que me he ganado mi lugar en el orden de las cosas. No significa que no quiera o espere hacer más, pero sí sé que he logrado cosas en mi vida laboral. Y, por supuesto, ya tengo la edad suficiente para dejar que eso se filtre. Así que hay una especie de batalla interna entre la autocrítica y la autocelebración. Y pienso que hay un equilibrio sano. Intento integrarlas para que ninguna sea más que la otra.

P. Algunos de sus mejores amigos desde hace muchos años son actores, como Pedro Pascal y Amanda Peet. ¿Cree que es falso el cliché, a lo ‘Eva al desnudo’, de la rivalidad entre intérpretes? ¿O lo ha visto en otros?
Lo he visto en otros y lo he visto en mi propia vida también. No con los que mencionas, pero sí con otros. Con Pedro no competimos por los mismos papeles y con Amanda, somos mejores amigas desde hace 25 años. Y tenemos una amistad tan profunda que podemos hablar y reírnos de ello. Es un cliché, no hay duda, pero como muchos clichés, tiene su origen en algo real. Un actor tiene oportunidades que están a merced de decisiones ajenas y tienes la constante sensación del burro y la zanahoria. Es duro. Yo he tenido muchísima suerte, pero también hay cosas que no he conseguido. Y he perdido algunos amigos por lo que mencionas, y ha sido muy doloroso. Pero cuando miro a la gente a mi alrededor, estoy muy agradecida de tenerlos y me siento muy segura a su lado.

P. Hablando de 'Eva al desnudo', su primer trabajo como actriz fue ser la suplente de Amy Ryan en una obra de teatro en Broadway, con 19 años. ¿Qué le gustaría decirle a aquella joven desde su experiencia de hoy?
Le diría: “Chica, no tienes ni idea de lo que te va a pasar. ¡Ni idea! Tus sueños se quedan cortos”. Nunca pensé que ganaría un Emmy, nunca pensé que ganaría un Globo de Oro, nunca pensé que interpretaría a un personaje con dos cabezas [en ‘Freak Show’, la cuarta temporada de ‘American Horror Story’]… Lo diré hasta el día en que me muera, le debo mi carrera a Ryan Murphy.

P. Y a usted misma, a su talento...
Pero conozco a muchos actores increíbles que no han tenido las oportunidades que yo he tenido. Y parte de ello se debe a que tuve suerte y a que Ryan cambió las reglas del juego contando con un grupo de actores entre los que me encuentro para hacer series antológicas donde cada vez interpretábamos a un personaje diferente. El público lo captó y yo pude desarrollarme como actriz sin encasillarme. La gente que quiere trabajar ahora conmigo sabe lo que soy capaz de hacer, no tengo que demostrárselo.

P. Ya que lo dice, creo que la versatilidad es una de sus claves como actriz. Tiene nueve nominaciones al Emmy y son por nueve personajes diferentes. ¿Le gustaría interpretar a un personaje de largo recorrido o es algo que evita?
Muchos actores tienen muchas nominaciones por el mismo personaje. En mi caso es genial saber que cuando me nominan, no lo hacen porque se hayan enamorado de un personaje que llevo años haciendo, sé que están valorando solo mi trabajo. Pero siempre tuve mucha envidia de Claire Danes en ‘Homeland’. De que siguiera la trayectoria de un personaje.

P. Justo le iba a preguntar qué personaje reciente le gustaría haber interpretado.
Déjame pensar en uno aún más reciente que el de ‘Homeland’. Vale, me habría encantado interpretar a Shiv Roy en ‘Succession’. Sarah Snook (la actriz que lo interpretó) es maravillosa. Me habría gustado hacer esos dos papeles, pero nunca habría podido hacerlo tan bien como ellas.

P. No solo algunos de sus mejores amigos son actores, sino que su pareja, Holland Taylor, también es actriz. ¿Cómo lo llevan? ¿Se dan consejos mutuamente? ¿Se ayudan a pasar texto la una a la otra?
La admiro muchísimo porque es una de las grandes actrices de nuestro tiempo. Y ahora mismo está preparando algo que es genial y muy diferente a todo lo que ha hecho hasta ahora y estoy muy emocionada por ella. No tenemos nada de competitividad entre nosotras, la admiro y su opinión sobre lo que yo hago me importa mucho. En el teatro vio ‘Appropriate’ unas 10 veces. Y después de cada función siempre estaba deseando conocer su opinión.

P. En estos 10 años de relación, ustedes se han convertido en un referente para la comunidad LGBTIQ+. ¿Lo siente como una responsabilidad extra? ¿Es una carga?
No lo llevo como una carga, pero no siempre me gusta sentir que mi relación le pertenece a alguien. Es algo extraño. Sin embargo, lo que me alegra es que, de alguna manera, a través de nuestra relación, podemos dar ejemplo de dos personas que se enamoraron. Para muchos nuestra diferencia de edad [31 años] es muy desconcertante. Por eso me gusta representar algo tan positivo y tan poco convencional, porque vivir según normas sociales predeterminadas es aburrido ¿y por qué vas a seguir un camino que no es el tuyo? Así que sí, me gusta representar algo tan positivo. Y al mismo tiempo, mi relación me pertenece.

P. ¿Qué opina de la situación de Estados Unidos?
Para mí es un momento increíblemente difícil. Cuando veo o leo las noticias, simplemente me quedo perpleja. A veces quiero mudarme.

P. En España sería más que bienvenida. Para terminar, me gustaría saber qué pregunta le gustaría responder que no le hacen nunca.
Dios. Me deberías haber hecho esa pregunta al principio, para darme tiempo para pensar... Creo que las cosas que me gustaría que me preguntaran no puedo contestarlas en público. Solo con una copa de vino en un restaurante.

domingo, 4 de junio de 2023

#hemeroteca #lesbianismo #mayores | Memoria, libertad y futuro: visibilizar la realidad de las mujeres mayores LBTIQ+

Cartel de Cynthia Veneno para el Orgullo andaluz //
Memoria, libertad y futuro: visibilizar la realidad de las mujeres mayores LBTIQ+
El cartel de Cynthia Veneno para el Orgullo LGTBIQ+ de Andalucía protagonizada por una pareja de mujeres mayores nos brinda la ocasión de hablar de ellas y visibilizar su realidad para poder crear un movimiento con memoria, libertad y futuro.
Paula Serna Arranz | El Salto, 2023-06-04
https://www.elsaltodiario.com/el-blog-de-el-salto/memoria-libertad-futuro-visibilizar-realidad-mujeres-mayores-lbtiq+

La semana pasada Cynthia Veneno hacía público el cartel que ha realizado para el Orgullo LGTBIQ+ de Andalucía. El cartel lo protagonizan dos mujeres mayores abrazándose; bajo ellas las palabras “memoria, libertad y futuro”. “Un homenaje a las mujeres lesbianas y trans que lideraron los movimientos que nos han traído hasta aquí”, señala en el pie de foto.

Es necesario hablar de ellas, las mujeres mayores LBTIQ+ y hacerlo desde una perspectiva de curso vital. Esta perspectiva pone en valor que la edad es un constructo que se ve modificado por las diversas vivencias a lo largo de la vida. La falta de homogeneidad en el envejecimiento hace que sus múltiples planos deban ser contemplados para poder plantear una respuesta adecuada a un sistema que no tiene en cuenta a las mujeres mayores en general, y a aquellas que son LGBTI+ en particular.

Esta perspectiva es la que nos permite que cuando hablemos de mujeres mayores LBTIQ+ no nos centremos solo en el ahora, sino en todo aquello que a lo largo de su vida ha marcado su envejecimiento. En la actualidad, las mujeres LBTIQ+ oprimidas por el franquismo están viviendo su vejez y es necesario hablar de ellas, de las eternas olvidadas. Y es que, a las violencias sufridas, se una hoy en día un olvido perpetrado a todos los niveles.

A nivel legislativo
Un claro ejemplo de ello es que la OMS ha decretado 2021-2030 como el Decenio del Envejecimiento Saludable, publicando con ello un documento de 27 páginas en el que no se menciona ni una sola vez las siglas LGBTIQ+. Este hecho pone en relieve que a la invisibilización de las mujeres LBTIQ+ se añade además un estereotipo edadista muy extendido: la concepción de las personas mayores como asexuadas, lo que supone que al no tener en cuenta la sexualidad de este grupo de edad, se multiplica la invisibilización de aquellas identidades en los márgenes, fuera de patrones heteronormativo.

Por si esto fuera poco, aunque la 'Ley para la igualdad real y efectiva de las personas trans y para la garantía de los derechos de las personas LGTBI' incluye un pequeñísimo artículo —el 73— dedicado a las personas mayores LGTBIQ+, los cambios de gobierno municipales, autonómicos y, dependiendo de lo que ocurra a nivel estatal, pueden poner en riesgo su aplicación.

Invisibles en los datos
La invisibilización de la orientación sexual en los diversos estudios hace que sea difícil conocer el porcentaje mujeres mayores LBTIQ+ que hay en el Estado español. Como señala Bela-Kapur, profesora del Centro de Mujeres Paz y Seguridad de la Universidad de la London School of Economics, la falta de recopilación de datos desglosados tiene como consecuencia que quede oculta la discriminación estructural subyacente y el efecto de las interseccionalidades.

Además, cuando se trata de hacer esta recopilación de datos siempre es incompleta. Un ejemplo es la Encuesta sobre relaciones sociales y afectivas pospandemia realizada por el CIS, que solo pregunta por la orientación sexual, dejando fuera a las personas trans, intersex y no binarias. A los fallos propios de la heteronorma del sistema se une que hay muchos factores —el miedo, el desconocimiento— que hacen que las mujeres mayores LBTIQ+ no se identifiquen como tal, como demuestra la encuesta citada, donde el 12,3% de las mujeres mayores de 75 años entrevistas eligieran la opción N.S/N.C.
Feminización y LGBTIrización de la pobreza

El enfoque clásico de la pobreza en la vejez requiere de un abordaje crítico y que se hable de “precariedad social” de las personas mayores, que, como señala Beatriz Gimeno, “consiste en disponer de poco dinero y tener pocas o nulas esperanzas de poder disponer alguna vez de más”. Tal como recoge el estudio Mayores LGTBI: historia, lucha y memoria de la FELGTB (2019), mientras que la mayoría (65%) de mujeres lesbianas tiene unos ingresos de entre 600-1.500€, el 81% de los hombres gais tienen ingresos superiores a 1.000€. En el caso de las personas trans, el riesgo de pobreza severa afecta a un 72% de las personas del estudio.

Además, la división de los cuidados que se genera entre Estado y familia lleva a las mujeres mayores LBTIQ+ a una situación de abandono. Como recoge Marina García, “al mundo homosexual le ha estado vetado el modelo único de familia, el heterosexual, según el cual, el entorno social empuja y ayuda a tener una familia propia que acompañará a lo largo de la vida y probablemente en la etapa senil”.

Servicios sociosanitarios
La expulsión del modelo de familia heteronormativo genera una mayor dependencia de los servicios sociosanitarios, como los centros de día o las residencias de mayores. Un 53% de las personas LGTBIQ+ mayores entrevistadas por la FELGTB (2019) consideraron entre sus principales necesidades los servicios sociales y residencias adaptadas, y eliminar las discriminaciones en ellos. En esta línea, el Departament d’Igualtat i Feminismes de la Generalitat de Catalunya (2023) ha elaborado una Guía práctica per incorporar la perspectiva LGTBI+ a les residències i altres centres i recursos per a les persones grans.

Y, aunque es necesario que los espacios sociosanitarios sean seguros y libres de LGTBIfobia, no es suficiente. También hay que plantear una tercera vía de cuidados, la comunitaria. Esta vía comunitaria pasa por poner en el centro la participación de las mujeres mayores en la vida asociativa y, tal como señala la gerontóloga feminista Anna Freixas, “dar valor a las amistades que suponen espacios de apoyo y solidaridad que dan sentido a su proyecto de vida en un momento en el que se hace necesario reorganizar la escala de valores”.

Estos son solo algunos de los muchos aspectos que invisibilizan a las mujeres mayores LBTIQ+ a diario. A raíz del homenaje de Cynthia Veneno podemos establecer una conversación profunda de dónde están las mujeres mayores LBTIQ+, cuáles son sus condiciones de vida y que medidas queremos tomar para realmente generar una comunidad con memoria, libertad y futuro.

viernes, 1 de julio de 2022

#hemeroteca #lgtbi #mayores | Las personas mayores LGTBIQ+, en riesgo de sufrir una doble discriminación por edadismo y homofobia o transfobia

Participantes en 'Abrazando la diversidad' sobre mayores LGTBI //

Las personas mayores LGTBIQ+, en riesgo de sufrir una doble discriminación por edadismo y homofobia o transfobia.

La jornada se celebró ayer con la colaboración del Ayuntamiento de Amorebieta-Etxano. En ella intervinieron Ainhoa Salterain, concejala de Acción Social e Igualdad, y diferentes profesionales del sector.
Amorebieta-Etxano, 2022-07-01

https://www.amorebieta-etxano.eus/es/noticias/las-personas-mayores-lgtbiq-en-riesgo-de-sufrir-una-doble-discriminacion-por-edadismo-y-homofobia-o-transfobia

La residencia sociosanitaria IMQ Igurco Orue y la residencia foral IMQ Igurco José M.ª Azkuna, ambas de Amorebieta-Etxano, han celebrado junto con el Ayuntamiento de esta localidad vizcaína una jornada en torno al colectivo LGTBIQ+, desde la perspectiva de la atención a las personas mayores y en el marco del Día Internacional del Orgullo LGTBIQ+. El evento se ha llevado a cabo en el auditorio de la residencia Orue bajo el lema ‘Respetamos y cuidamos en la diversidad’.

En la jornada intervinieron Ainhoa Salterain, concejala de Acción Social e Igualdad del Ayuntamiento de Amorebieta-Etxano y la Dra. Naiara Fernández, médica geriatra y directora Asistencial de IMQ Igurco, que pronunció la conferencia ‘Abrazando la diversiEdad’.

Tras ellas, se dio paso a una mesa redonda de experiencias intergeneracionales, en la que participaron Mintxu Terceño, antiguo residente de IMQ Igurco Orue; Asmi Ananda Molina, activista intersexual de las entidades Kaleidos, Krisol y Gehitu; Iker Martín, responsable de Calidad de IMQ Igurco y cofundador de la Liga LGTB de la Universidad del País Vasco; Jon Gallardo, enfermero de la residencia IMQ Igurco José M.ª Azkuna; y Aratz Castro, coordinador del Bilbao Bizkaia Pride en la Asociación Ortzadar LGBT Elkartea.

Después de la mesa, la jornada acogió una conferencia de la activista transexual zornotzarra en las entidades Aldarte y Kili Kili, Iraide Legina.

Riesgo de una doble discriminación
Tal y como manifestó durante la jornada la geriatra Naiara Fernández, «a los profesionales de la atención a las personas mayores nos preocupa que, a medida que las personas del colectivo LGTBIQ+ cumplen años, puedan estar expuestas a una doble discriminación: la relacionada con la edad y la que arrastran desde edades tempranas en forma de homofobia o transfobia. Éstas pueden propiciar la aparición de situaciones de soledad percibida y aislamiento social, con un claro perjuicio para su salud y calidad de vida».

Para la directora Asistencial de IMQ Igurco, «como profesionales, tenemos una responsabilidad con la visibilización de la diversidad de las personas mayores, también en términos de identidad de género y orientación afectivo-sexual, generando espacios de confianza donde garanticemos el desarrollo de su libertad sexual y afectiva. Para ello, es necesario abordar una formación específica de los profesionales sanitarios, como promotores de un trato comprometido y facilitador de un sentimiento de libertad, a veces negada».

‘Harrotasuna’
Por su parte, Ainhoa Salterain Gandarias, concejala de Acción Social e Igualdad de la localidad vizcaína, subrayó que «Amorebieta-Etxano quiere visibilizar y reconocer la diversidad sexual e identidad de género. Es por eso que hemos hecho partícipe a la ciudadanía de la campaña ‘Harrotasuna’. Queremos transmitir el orgullo de vivir en un municipio que reitera su compromiso con la diversidad desde el respeto. Además, queremos invitar a la ciudadanía a que se adhiera, por un lado, a apoyar y visibilizar al colectivo LGTBIQ+ y, por otro lado, a mostrar nuestro más firme rechazo ante cualquier violencia homófoba que ocurra en nuestro municipio».

Espacios seguros y libres
Otro de los participantes en la jornada, Iker Martín, responsable de Calidad de IMQ Igurco, puso de relieve que «es nuestra responsabilidad, como profesionales, proporcionar un espacio seguro en el que las personas mayores LGTBIQ+ puedan vivir y expresarse en libertad. La atención centrada en la persona abarca también los aspectos de la sexualidad y la identidad de cada persona. Para ello, resulta fundamental que los centros sociosanitarios, en colaboración con las instituciones y agentes sociales avancemos en la sensibilización, la formación y la inteligencia emocional necesaria para ello».

El experto ha continuado manifestando su confianza en que la jornada organizada por las residencias de IMQ Igurco en Amorebieta-Etxano y el Ayuntamiento de la localidad, «sea la primera de muchas iniciativas que contribuyan a la normalización y el trato digno de un colectivo que, durante décadas, ha luchado por el reconocimiento de sus derechos».


Publicado también como:
Respetamos y cuidamos en la diversidad.
Amorebieta.com, 2022-07-01

https://amorebieta.com/respetamos-y-cuidamos-en-la-diversidad/

domingo, 17 de enero de 2021

#hemeroteca #lgtbi #mayores | ¿Mayores LGTBIQ+? Sí, existen, pero muchos siguen «condenados a ocultarse como las ratas»


¿Mayores LGTBIQ+? Sí, existen, pero muchos siguen «condenados a ocultarse como las ratas».

Poder ser lo que uno es. Algo tan sencillo como eso ha sido imposible para muchas generaciones en nuestro país. Un armario generacional que airea el episodio del podcast ‘¿Puedo hablar!’.
Silvia Nanclares | SModa, El País, 2021-01-17
https://smoda.elpais.com/placeres/mayores-lgtbiq-si-existen-pero-muchos-siguen-condenados-a-ocultarse-como-las-ratas/

Al final, estando ya en paliativos, Josete no quería morirse. En el último tramo de su vida, después de vivir casi veinte años aislado, prácticamente sin hablar con nadie, encontró en la Fundación 26 de Diciembre a personas que lo acompañaron a morir con dignidad. Nunca antes lo habían cuidado ni casi tratado con cariño y respeto. “Él pudo morir a gusto, sin odio”, recuerda Federico Armenteros: presidente y fundador de la Fundación 26 de diciembre. “Nosotros, por nuestra parte, pudimos experimentar la alegría de ver que una persona se va de este mundo con dignidad y acorde a su deseo. Él quería morir en su casa, con sus cosas, sus recuerdos”. Y la Fundación fue garante de cumplir su voluntad. ¿Cómo quieres morir? ¿Cómo quieres que te cuide? Qué preguntas tan inusuales y necesarias. Hoy, la residencia para mayores LGTBQ+, pionera en España y levantada en un edificio cedido por la Comunidad de Madrid en el barrio de Villaverde, lleva su nombre: Josete Massá, quien después de toda una vida anulado, pudo morir con alegría.

Pocas veces un podcast se convierte en imprescindible, en memoria histórica viva, en un abrir puertas y ventanas de casas donde han vivido personas escondidas, historias sin contar, sin derecho a existir. ¿Quiénes se encargan de esta bendita ventilación? Por un lado, Perra de Satán (Beatriz Cepeda) y Esnorquel (Enrique Aparicio) entrevistan largo y tendido a Federico Armenteros, memoria viva de la lucha LGTBQ+. ¿Dónde? En el episodio #52 del podcast '¿Puedo hablar!', un espacio donde se puede hablar de todo. Todo aquello que interesa, atraviesa e interpela a sus anfitriones e invitadas.

¿Dónde están las personas mayores LGTBQ+? “Estaban guardados en el armario, y todavía lo están”, afirma rotundo y sin trazas de victimismo Federico. Edadismo y homofobia, dos filtros de nuestra mirada social tan interiorizados que nos hacen ya no discriminar sino convertir en invisibles a este colectivo de mayores. ¿Existen? Sí, pero muchas veces están solos, armarizados otras tantas, y otras muchas en pareja sin formalizar, lo que les deja desamparados frente a situaciones de viudedad de facto pero no de derecho. Duelos y viudedades sin reconocer, sin poder vivirse en lo público. Generaciones que en su juventud fueron injustamente apresadas, torturadas, perseguidas, maltratadas o sometidas a tratamientos de choque (el nombre de la Fundación hace referencia al 26 de Diciembre de 1978, dia en que se derogó la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social, antes de Vagos y Maleantes), “simplemente por tener una orientación sexual o una identidad sexual o de género, que no encajaba con la que quería el régimen”, se ven ahora abocadas a un nuevo castigo social: la invisibilidad y la soledad no deseada. “Condenados a ocultarse como las ratas, después de una vida sin poder expresar sus afectos, de no poder ser ellos y ellas mismas”.

¿Quién cuida a quién en estas situaciones de aislamiento, un aislamiento no elegido, en muchas ocasiones habiendo sido defenestrado por sus propias familias biológicas? ¿Y qué ocurre cuando hay deterioro cognitivo? ¿O enfermedades terminales? Personas en los límites, desheredados de una sociedad cis heteronormativa que invisibiliza a todo aquel que no entra en las limitadas normas de nuestro juego social. Desde la Fundación 26 de diciembre, el trabajo de acompañamiento a estas realidades es prioritario. Sin paternalismos, convirtiéndose en familia, atendiendo a los deseos de quiénes son cuidados. Porque la comunidad LGTBQ+ es diversa. Y atender esta diversidad amorosamente es otra de las premisas de las personas que trabajan y quienes realizan voluntariado en la Fundación. En una sociedad en la que estamos derribando constantemente barreras relacionales por un lado y haciendo culto a la eterna juventud por otro, parece que no queremos mirar a un horizonte al que sí o sí estamos abocados: ¿quién nos cuidará cuando seamos mayores? Es un interrogante que nos deberíamos plantear, sobre todo aquellas que vivimos nuestra vida en cierto margen de la familia nuclear y cisheteronormativa. Como dice Esnorquel: “A la comunidad LGTBQ+ no se nos ha enseñado a ser mayores. Al menos en la comunidad marica”. Así, al llegar a una determinada edad se genera así una doble invisibilidad dentro de la propia comunidad elegida.

La principal acción de la Fundación del 26 de diciembre es el acompañamiento: lo que no hacen las familias biológicas lo hace esta familia elegida que cumple ya diez años desde su creación. La homofobia interiorizada es otra de las barreras que apuntalan la soledad del colectivo. Durante la pandemia de covid-19, desde la Fundación se han asistido a casos donde, ante la posibilidad del matrimonio in articulo mortis, “la vergüenza de que el juez sepa que te estás casando con alguien de tu mismo sexo ha sido a veces mayor que la necesidad de dejar formalizada tu situación de convivencia. ¿Y cómo queda la otra persona? Sin pensión, en el limbo administrativo”, cuenta de primera mano Federico.

Si vives en Madrid quizá te suene Viola, 66 años, mujer que hasta hace poco vivía en situación de calle con un deterioro cognitivo fuerte. Tal vez la hayas visto alguna vez por las inmediaciones de la Gran Vía, una mujer muy alta, de grandes zapatillas, una persona muy conocida. Tan visible y tan invisible a la vez. Porque al edadismo y a la homofobia se suma la misoginia. ¿Resultado? Lesbofobia y transfobia. La invisibilidad de la comunidad lesbiana y trans entre mayores es aún más rampante. La Fundación se puso a trabajar con ella hasta poderla tutelar y así poder tramitar su acceso a residencias y pasar días fuera con ella. “Parece que nos toca bailar con lo más feo de la sociedad, pero para nosotros es lindísimo”. Así se vive el acompañamiento en la Fundación. Gracias ‘¿Puedo hablar!’, por facilitar este necesario (y no es el enésimo tópico) podcast, por dejarnos hablar y escuchar.

sábado, 9 de mayo de 2020

#hemeroteca #saludpublica #mayores | El descuido de la salvación: los viejos y las viejas son los demás

Imagen: ctxt
El descuido de la salvación: los viejos y las viejas son los demás.
Cuando no queremos preguntar para evitarnos escuchar que esto no va solo de salvar vidas sino de cómo vivir y morir ahora, es que nuestra respuesta a la pandemia no solo refleja una normalidad edadista sino profundamente anti-vejez.
Daniel López Gómez | ctxt, 2020-05-09
https://ctxt.es/es/20200401/Firmas/32134/Daniel-Lopez-Gomez-coronavirus-vejez-salvacion-confinamiento.htm

Ante la imagen que los viejos nos proponen de nuestro futuro, somos incrédulos; una voz en nosotros murmura absurdamente que no nos ocurrirá. Antes de que nos caiga encima, la vejez es algo que sólo concierne a los demás. Así se puede comprender que la sociedad logre disuadirnos de ver en los viejos a nuestros semejantes. No sigamos trampeando; en el futuro que nos aguarda está en cuestión el sentido de nuestra vida; no sabemos quiénes somos si ignoramos lo que seremos: reconozcámonos en ese viejo, en esa vieja. – Simone de Beauvoir, ‘La Vejez’

Ahora que empezamos el desconfinamiento me viene a la cabeza una conversación que tuve hace unos días con Victoria, una mujer que vive en Trabensol, una comunidad autogestionada de personas mayores situada en el norte de Madrid. Hablábamos sobre como estábamos viviendo cada uno el confinamiento y me explicaba que ella lo afrontaba como lo hacen los navegantes en una larga travesía. El mar y la pandemia se parecen porque ambas te exponen y son cambiantes e imprevisibles. Así que, lo mejor es no pensar todo el rato en cuando vas a llegar a puerto. Para ella era una estrategia puntual para sobrellevar el confinamiento pero para otras personas con las que he ido hablando estos días este era un planteamiento de vida que ya aplicaban antes del confinamiento: “hace tiempo que ya vivo al día”, “trato de no pensar en el futuro”, etc. Jean Améry (2011) decía que dejar de estar pendiente del futuro forma parte de la experiencia temporal de la vejez. Creo que con la pandemia esta experiencia se ha intensificado y ampliado. No solo la tienen las personas mayores, sino que, más allá de la edad, es compartida con personas que también se ven amenazadas por el virus.

Me ha llamado mucho la atención el contraste que hay entre esta experiencia temporal, tan corriente y extendida, y la temporalidad de la emergencia sanitaria, que se organiza de manera totalmente opuesta: todo tiene que ver con el futuro. Desde que se decretó el estado de alarma, estamos corriendo en un circuito en el que debemos superar una etapa detrás de otras hasta alcanzar la ansiada salida. Estamos en un 'escape room'. Si cumplimos con la disciplina social, si nos adaptamos a la “nueva normalidad”, si somos capaces de encontrar soluciones innovadoras, si la investigación da sus frutos, entonces podremos salir. Para Victoria, y muchas de las personas mayores con las que he hablado estos días, y me incluyo, esta es la receta perfecta para la desesperación.

El desajuste entre estas dos temporalidades y el peso aplastante que está teniendo la temporalidad a futuro de la emergencia, está poniendo de manifiesto el descuido que ha habido hacia las personas mayores en la gestión de la pandemia y muy especialmente la desconsideración hacia lo que significa la vejez como experiencia vital. Precisamente porque esta es una pandemia que atenaza a las personas a partir de cierta edad, creo que es urgente dejar de pensarla sólo en términos de emergencia sanitaria y empezar a considerarla desde el punto de vista de la vejez y del cuidado.

En relación a lo primero, no quiero insistir sólo en el edadismo de muchas de las decisiones que se han tomado, por ejemplo, en los triajes, sino que quiero poner el foco, especialmente, en los planteamientos anti-vejez (‘anti-aging’) que hay detrás de la priorización sanitaria y la idea de que esto es una lucha contra el virus por salvar vidas. En relación al cuidado, creo que es necesario pensar la crisis desde la fragilidad. La sociología de los cuidados de Joanna Latimer (2020) y de la ciencia de Maria Puig de la Bellacasa (2015), nos muestran que las prácticas de cuidado, tanto en un campo como en el otro, están siempre situadas y encarnadas en un presente que no está sustraído por la anticipación del futuro, como nos está ocurriendo con la lógica de la emergencia sanitaria, sino en un presente atravesado y hecho de múltiples temporalidades que cuentan, afectan, nos hacen dudar pero también actuar. Por eso control y cuidado se llevan tan mal y por eso es tan importante en una situación como esta no dejar de preguntarnos qué ha pasado, qué está pasando, y no dejar de preguntárselo a “los demás”. Si no lo hacemos, nos dejaremos mucha gente por el camino y quizás acabaremos en un sitio al que nunca hubiéramos deseado ir, y lo que es peor no lo habrá hecho el virus sino la desesperación por salir.

Las realidades de esta crisis son múltiples y para nada evidentes. Quizás deberíamos dejar de buscar héroes que nos salven la vida. Jugárnoslo todo a la épica del “salvar vidas” es de hecho una manera de pasar página y ocultar los descuidos que esta mirada implica. No digo con esto que no estemos ante una emergencia sanitaria ni que el trabajo del personal sanitario no sea fundamental, al contrario, el problema es que apostarlo todo al “salvar vidas” no siempre es una buena solución, muchas veces puede ser injusta y cruel.

De hecho, la salvación suele ser el último recurso. Uno acude a ella cuando se encuentra en una situación desesperada, cuando no puede hacer otra cosa. Para eso están los héroes: para salvar la situación, para ocultar el descuido que supone jugárselo todo a la épica. Este gesto simultáneo, el ‘repliegue’ en las UCIs y el ‘despliegue’ de sistemas de vigilancia médica a gran escala, desvían nuestra atención de las costuras descosidas y desgastadas de nuestras infraestructuras de cuidados familiares, comunitarias, vecinales, institucionales. Es decir, curiosamente todo eso que queda por fuera del hospital, eso que llamamos lo social y que hemos decidido suspender para proteger el sistema sanitario. Lo primero ha sido la salud pero siempre de un modo ‘salvífico’, desligado de las condiciones sociales y materiales de la existencia, desligado del cuidado como práctica social.

La alarma saltó en los hospitales porque es allí donde se salvan vidas, no solo la de los más afectados por el virus sino la de todos los demás. No se paró el país por el colapso de las residencias, tampoco por la posibilidad de que muchas personas mayores pudiesen morir solas en sus casas, como ocurre con demasiada frecuencia en las canículas. Quizás se pensó que estaban a salvo porque pensamos en las personas mayores como menos conectadas socialmente, viviendo de manera más aislada; o simplemente se asumió que ya habían tomado medidas porque estaban advertidas de lo que venía. Desde el inicio, los epidemiólogos dijeron en los medios que, debido a su inmuno-debilidad, la mortalidad de la Covid-19 aumentaba a partir de los 60 y se multiplicaba a partir de los 80. Definir a los mayores como colectivo de riesgo tuvo efectos. Muchas personas llevan confinadas en sus casas, con terror por el virus, bastantes más semanas que el resto, anteriores al decreto formal del estado de alarma.

La edad jugó también su papel entre los niños, jóvenes y adultos de mediana edad. Era fácil asumir que la cosa no iba con ellos porque no eran grupo de riesgo: que eran los mayores los que debían tomar precauciones, que como casi siempre son ‘los demás’. Así, de acuerdo con este marco inmunitario, basado en la inmuno-capacidad de los cuerpos jóvenes para sobreponerse al virus, lo principal era asegurar que los hospitales podían salvar la vida de los inmuno-discapacitados, la mayoría de los cuales eran personas mayores. Como si la inmunidad dependiera solo de la capacidad de los cuerpos individuales y de los patógenos, y la transmisibilidad social del virus no tuviera nada que ver. Como si salvar vidas sólo dependiera de la cantidad de respiradores y UCIs, y no de las infraestructuras y relaciones de cuidado informales y formales que la sostienen diariamente.

Hemos visto como los criterios de edad y de valor social, profundamente edadistas y eugenésicos, han aparecido como “necesarios” ante una lógica de la escasez que se asume como natural en momentos de excepción, como si los derechos pudieran suspenderse justamente en esos momentos. En el caso de los triajes, esto ha sido ampliamente criticado y denunciado (Morganroth 2020). Sin embargo, este mismo edadismo y capacitismo también explica cómo lo sanitario no solo ha sido prioritario respecto a lo social sino que ha implicado su suspensión. Apenas se ha discutido porque la alarma sanitaria ha sido capaz de movilizar la violencia de estado para pararlo todo y en cambio las alarmas sociales no generan una reacción semejante. A diferencia del sistema sanitario parece que el sector social está parcelado, sectorializado, y muchas veces externalizado. Por el sistema sanitario pasa todo el mundo en algún momento de su vida, en cambio, el sistema social parece estar diseñado sólo para aquellos con problemas “sociales”. Los mayores son un colectivo más, como si la dependencia, la fragilidad y la vejez no formaran parte de la vida de todos y todas.

Definir lo que está ocurriendo únicamente bajo la lógica de la emergencia sanitaria es parte del problema. Convertir al hospital en un campo de batalla y luego hospitalizar a toda la población por la fuerza con la finalidad de acorralar al virus, quizás es la única manera que seguir salvando vidas. Sin embargo, al hacerlo también convertimos la vida de esos que queremos salvar en un imposible. Las personas que reciben, necesitan y aquellas que procuran cuidados y son responsables de los cuidados se están llevando la peor parte. Muchas personas mayores (particularmente mujeres) son también cuidadoras. Llevan muchos días confinadas sin poder salir y sin disponer de ayuda exterior, cargando con todo el trabajo físico y emocional sin tener ningún tipo de respiro.

Para las personas mayores que viven solas el confinamiento es una medida cruel. Los datos epidemiológicos que los medios publican en tiempo real para mantener a los espectadores en estado de alerta permanente y pegados al televisor tienen un efecto demoledor. No pueden dejar de escuchar y de ver que el virus va a por ellos, que “los de tu edad” mueren a miles. Si a pesar de todo intentan seguir con su vida y tratan de adaptar las recomendaciones en función de sus necesidades y circunstancias, son señaladas continuamente por las autoridades sanitarias y por los familiares. A cada instante, se les recuerda que son grupo de riesgo y que no deben desviarse ni un milímetro de las pautas que los expertos han diseñado para ellos. Les imponemos una tutela que ellos no han pedido y que es difícilmente soportable.

Por desgracia, todo este marcaje no es nuevo, forma parte de una normalidad edadista y capacitista que ‘minoriza’ y discrimina por razón de su edad. Lo que sí parece nuevo es la economía moral del sacrificio que se utiliza en la gestión de la pandemia. Los sacrificios colectivos que se están haciendo para salvar a ‘nuestros mayores’ son tan grandes y las consecuencias para el futuro de la juventud tan severas, que las personas no pueden más que acatar. Aunque son ellas las que tienen más riesgo, si se niegan son moralmente sancionadas como incívicas e insolidarias. Esta economía del sacrificio como solidaridad puede ser tan opresiva que seguro lleva a muchas personas a pensar que es mejor no pedir ayuda y, en caso de infección, pasarlo sin molestar.

Las personas que trabajan en el campo de los cuidados a las personas mayores también lo están pasando muy mal: muchas han estado trabajando sin protección en residencias y domicilios particulares, obligadas a quedarse dentro para evitar contagios y porque las personas a las que cuidan no podrían desenvolverse sin ellas. Además, muchas de ellas son mujeres racializadas y sin papeles que no sólo estaban poniéndose en riesgo a sí mismas y a los suyos, sino que lo hacían obligadas porque no tenían otra opción, en situaciones injustas de precarización laboral, derivadas de la Ley de Extranjería (que ilegaliza a la vez que explota estos trabajos) y de la falta de regulación y reconocimiento del trabajo de cuidados en el estatuto general de trabajadores. Me extraña que no haya habido caceloradas a las 8 de la tarde para reclamar mayor protección para las personas que hacen trabajos de cuidados y del hogar, mejores condiciones para que puedan desarrollar su trabajo sin sacrificios y sin deudas. Claro, no podemos aplaudir porque en el cuidado no suele haber épica, no se salva a nadie sino que cotidianamente se sostiene, y porque la precariedad es tan grande y evidente, que pedir heroicidades a las personas que cuidan y mayor flexibilidad a las personas que son cuidadas sería un abuso.

En cambio, sí aplaudimos y reclamamos ahora que las residencias de mayores estén más medicalizadas. Nos parece buena idea que vivan en entornos totalmente sanitarizados para poderlos proteger mejor. Cabe aquí preguntarse, si nadie quiere vivir en una institución, menos en una que se parezca a un hospital, ¿por qué queremos que las personas mayores vivan allí? ¿Por qué queremos convertir sus casas en centros sanitarios? Lo que cualquier persona quiere es evitar ir a una institución y si no tiene más remedio que ir, espera salir lo antes posible de allí. Lo que la gente quiere, es poder decidir cómo vivir hasta el final, con quién, cómo ser tratado y cuidado y también cómo morir. Esto es lo que los proyectos de vivienda colaborativa auto-gestionados por personas mayores luchan por conseguir. Cada uno a su manera y en formatos muy diferentes, quieren que la vejez no sea una renuncia, ni siquiera cuando llega la dependencia y el deterioro cognitivo. Han construido estas infraestructuras para que su deseo siga contando y se respete en relación a como quieren vivir y morir y sobretodo en relación a la asistencia y los cuidados. Si es algo que todos y todas perseguimos, ¿por qué debería ser diferente al llegar a los 65, a los 70 o a los 80?

Quizás preferimos institucionalizar a las personas mayores para que formen parte de nuestro sueño inmunitario, para quedarnos tranquilos. El problema es, otra vez, que no nos reconocemos a nosotros mismos en esos viejos y viejas. Negamos la vejez propia manteniéndonos jóvenes, activos, estupendos para evitar la dependencia o retrasarla lo máximo posible, y al mismo tiempo institucionalizamos y medicalizamos la vejez para apartarla de nosotros, porque pensamos que nosotros nunca llegaremos allí. Por eso no hemos creado las condiciones materiales y sociales para convivir con la vejez y en la vejez.

No cuesta tanto de entender. Cuando una persona llega a cierta edad, cuando se sabe frágil, cuando necesita apoyos y cuidados con cierta continuidad, quiere seguir viviendo como cualquier otra persona. No quiere que le vengan a salvar cuando no tiene otra opción. Y lo que necesita para vivir, como cualquier otra persona es un trabajo constante, continuado, digno y justo de cuidados, ni héroes ni sistemas de seguridad, sino un reparto justo de las responsabilidades para que los cuidados no sean precarios ni se conviertan en una cárcel para quien cuida y es cuidado. Por eso las soluciones familistas se vuelven crueles cuando el cuidado se feminiza y naturaliza en lugar de convertirse en un asunto y un trabajo colectivo. Por eso, los sistemas automatizados para el cuidado de personas mayores o la economía de plataforma aplicada a los servicios de cuidados tienen algo de oscuro, no tanto por la tecnología en sí, sino porque se utilizan para precarizar, invisibilizar y fragmentar el cuidado, haciendo muy difícil que el cuidado se convierta en un compromiso afectivo, material y justo entre las partes.

No deja de ser curioso que, en estos días, acabemos nuestros mensajes pidiendo a los demás que se cuiden (cuidaros) justo cuando hemos cancelado la posibilidad de hacerlo posible: como si el cuidado fuera algo que uno pudiera hacer por sí mismo, sin relaciones, sin infraestructuras, sin un colectivo. Si lo que sostiene tu vida en el día a día (la vivienda, las relaciones de amistad, las relaciones familiares, los apoyos y los cuidados) es separado y puesto en segundo lugar respecto a la salud, podemos acabar normalizando que se sacrifique todo esto a cambio de que te salven la vida. Cuando nos repetimos a nosotros mismos y a los demás que esto lo hacemos para salvar a “nuestros” mayores, el lenguaje del cuidado se vuelve violencia. El cuidado nos da un poco igual cuando se impone sin cuestionar lo que está bien; cuando quienes son cuidados y quienes cuidan no pintan nada; cuando la excepcionalidad sirve para imponer a quienes se quiere proteger unas condiciones que no aceptarían de otro modo; o cuando consideramos la soledad, morir sin nadie en casa, en una residencia o en una UCI, o la explotación y la precarización del trabajo de cuidados cotidianos como un mal menor o simplemente un precio que pagamos por vivir con mayor bienestar.

Se escucha muy poco a las personas mayores, especialmente a las que hemos señalado como “vulnerables” o en “riesgo”. Está claro que estamos haciendo todo lo posible para salvarles la vida, pero no les hemos preguntado si ellos estaban dispuestos a pasar por todo esto, cómo lo están viviendo, hasta dónde creen que se tendría que llegar, cómo lo deberíamos haber hecho. Vemos a muchas familias ansiosas y muchos profesionales y expertos del campo pasándolo mal y reivindicando cambios, pero muy pocas voces en primera persona para un problema que les afecta tanto y que aparentemente ha puesto a todo el país a su servicio.

Cuando no queremos preguntar para evitarnos escuchar que esto no va solo de salvar vidas sino de cómo vivir y morir ahora, es que nuestra respuesta a la pandemia no solo refleja una normalidad edadista sino profundamente anti-vejez. Cuando escuchas a alguien muy mayor decirte que cualquier día se muere, que es normal, que es “ley de vida”, la respuesta suele ser “no digas esto”. Es algo que nos incomoda. En un asunto tan importante, no se les hace caso, no se les toma en serio. El pensamiento de alguien que hace tiempo asumió su condición de fragilidad, suele ser un pensamiento lúcido en relación a la muerte, pero también bastante peligroso porque resquebraja la ficción inmunitaria en la que vivimos. Si pudiéramos reconocernos en esos viejos y viejas seguramente nos daríamos cuenta de que, en algunas ocasiones, la salvación no tiene sentido. Lo que tiene sentido es vivir con todos sus matices, y llegado el momento morir de la mejor manera posible. Si no dejamos de insistir en la salvación como solución a esta crisis, y no somos capaces –en una situación tan incierta y compleja– de cuestionar nuestra propia ficción inmunitaria, estaremos promoviendo el encarnizamiento terapéutico a gran escala y no habremos aprendido nada de lo que nos está pasando.

jueves, 27 de junio de 2019

#hemeroteca #lgtbi #mayores | Homofobia y edadismo: la doble discriminación de las personas LGTBI mayores de 60

Imagen: El Español / Presentación del estudio sobre personas LGTBI mayores de 60
Homofobia y edadismo: la doble discriminación de las personas LGTBI mayores de 60.
Un nuevo estudio se marca como objetivo destacar la "invisibilidad social" que vive el colectivo en de la franja de edad más avanzada.
Crónica Global, El Español, 2019-06-27
https://cronicaglobal.elespanol.com/cronica-directo/curiosidades/lgtbi-mayores-doble-discriminacion_256818_102.html

Las personas que tienen más de 60 años y que pertenecen al colectivo LGTBI sufren una doble discriminación: por una parte, se refleja la homofobia hacia el grupo y, por otra, el rechazo por su avanzada edad.

Esta es una de las conclusiones de un estudio encargado por la Diputación de Barcelona, que ha sido presentado --aunque no editado-- en una jornada sobre diversidad sexual y de género en ancianos. La investigación parte del afán de "dar visibilidad" y de "reflexionar" sobre las personas LGTBI de edad avanzada, un grupo social que no se suele tener en mente, en primera instancia, cuando se habla de este colectivo.

Invisibles en la sociedad
El estudio "pone de relieve la invisibilidad social que todavía existe respecto de este grupo" y destaca los "retos" a lograr en torno a la realidad de las personas LGTBI mayores de 60 años. La investigación ha sido llevada a cabo por Grup d'Innovació i Recerca en Treball Social (GRITS), la Fundació Envelliment y Salut de la UAB, la Fundació Enllaç i la Associació Encara en Acció. El trabajo se ha estructurado en diferentes apartados, como las relaciones; salud y autonomía, discriminación y servicios.

Además de la edad, de la orientación sexual y la identidad de género, el estudio revela otros ejes de discriminación. Por ejemplo, gran parte de las mujeres entrevistadas aseguran que todavía hay incomprensión, por parte de las familias y círculos sociales cercanos, durante los procesos de "salida del armario".

Salud y servicios
En el ámbito dedicado a los servicios, se observa que los centros para personas mayores son percibidos como "no deseables debido a la rigidez con la que se tratan los roles de género". Los profesionales consultados han constatado que la ocultación dificulta el diagnóstico y la intervención en estos colectivos y, sobre todo, que las políticas y acciones institucionales hacia el colectivo LGTBI no tienen en cuenta a las personas de edades avanzadas, sino que se centran especialmente en las personas más jóvenes.

En el ámbito de la salud, destaca que la calidad de vida de las mujeres transexuales mayores puede estar condicionada por los efectos adversos producidos por los procesos de hormonación actuales y pasados, que pueden coincidir con tratamientos antirretrovirales, y en cuanto a los hombres gais entrevistados, se desprende que aún ahora el VIH está condicionando de forma profunda conductas sexuales y sociales.

martes, 19 de marzo de 2019

#hemeroteca #mayores #lgtbi | Los mayores LGTB, esos grandes olvidados por la sociedad y por su propio colectivo

Imagen: 65 y más / Federico Armenteros
Los mayores LGTB, esos grandes olvidados por la sociedad y por su propio colectivo.
La Fundación 26 de diciembre vela por los derechos de los mayores LGTB.
Pablo Recio | 65 y más, 2019-03-19
https://www.65ymas.com/sociedad/asociaciones-de-mayores/mayores-lgtb-fundacion-26-diciembre_1535_102.html

La Fundación 26 de diciembre, creada en 2010 con el objetivo de defender los derechos de las personas mayores LGTB, un colectivo que se cifra en torno a las 800.000 personas en toda España, es hoy un referente en la lucha contra el edadismo. La organización debe su nombre a una fecha histórica simbólica para el colectivo: el 26 de diciembre de 1978, cuando se modificó la Ley 16/1970 sobre Peligrosidad y Rehabilitación (anteriormente conocida como la Ley de Vagos y Maleantes) que penalizaba la homosexualidad, así como el consumo de droga, la prostitución, la venta de pornografía o la inmigración ilegal.

Para llegar a buena parte de los mayores que actualmente forman parte de la fundación, abrieron, en 2014, una sede en el barrio madrileño de Lavapiés que sirve como centro de día. En él, se organizan actividades de todo tipo enfocadas al público de más edad como charlas, talleres, cine fórum o grupos de discusión. Para conocer más en profundidad el proyecto y las reivindicaciones de sus integrantes, 65Ymás conversa con su presidente y fundador, Federico Armenteros, un educador social que con 50 años se quedó en el paro y decidió dar un giro a su vida y crear la ONG, que hoy asiste a unas 700 personas.

“Veía que los mayores no estaban en ningún sitio”, comenta el presidente cuando se le pregunta por la razón para crear la fundación. En el pasado, había participado en alguna asociación LGTB como la madrileña COGAM, pero no sentía que se le diese la suficiente visibilidad a las personas mayores. Por ello, en 2008 empezó a planear cómo sería la fundación y, en 2010, decidió dar el paso y la creó.

Desde entonces, no ha parado de crecer el número de mayores que se acercan a su local para participar en sus actividades o, simplemente, para conocer el proyecto. “Funciona por el boca a oreja”, explica. Pero el camino no ha sido fácil. “Nuestro colectivo ha nacido cojo. Los miembros que iban más avanzados entendieron que se podrían recuperar derechos si dejábamos de lado las miserias”, critica. “Muchos mayores se encuentran en un mundo de exclusión y de vulnerabilidad, pero eso no vende”, denuncia.

Para Armenteros, la imagen que se tiene del mundo gay, “que no LGTB”, no responde a la realidad. “Compramos que ese colectivo es joven, divertido, consumidor, guapísimo, atleta...”, explica. Según el presidente de la fundación, la culpa la tienen “los medios y ellos mismos” que han alimentado ese estereotipo. “Nos han educado en el hedonismo”, explica.

En su opinión, los mayores no se encuentran en la misma situación que las personas de menor edad. “Un joven está dentro de la sociedad. Es evidente que hay homofobia, pero no tienen una Ley de Peligrosidad a sus espaldas. Podrán caer mejor en sus familias o en el colegio, pero hay leyes que nos defienden”, apunta. Y añade que, para él, el resultado de esto es que, al final, “sólo se habla de los LGTB en el Orgullo”.

Asimismo, según Armenteros, se ha vendido el mito de que las personas homosexuales son ricos. “Muchos de los que vienen a la fundación no tienen un duro. La realidad del colectivo es igual que la del resto de la población. Hay mayores con dinero y otros con menos. Algunos viven con 400 euros de pensión”, comenta. Y denuncia: “El colectivo no lo quiere ver. Dicen, nosotros apoyamos la fiesta y la visibilidad, pero todo lo que es feo, no”.

Una residencia para personas LGTB
Uno de los caballos de batalla más importantes de la fundación ha sido tratar de conseguir un espacio hecho para ellos en el que poder envejecer. En 2010 lo intentaron con el Cohousing, pero no fue posible por motivos financieros. “Creíamos que los homosexuales éramos ricos. Tienes que poner una inversión de 110.000 euros. Los mayores te decían: ‘No voy a vender mi casa para meterme en algo que vete a saber si sale’”, recuerda.

Unos años después, se enteraron de que la Comunidad de Madrid les podía ceder un edificio para tal fin en el barrio de Villaverde por 30 años, siempre y cuando la restauración y acondicionamiento corriese por cuenta de la fundación. Se presentaron y les cedieron el espacio. Actualmente, trabajan para que el proyecto salga adelante.

“Me sentía como Juana la Loca o Clara Campoamor, porque el colectivo no me ha acompañado en esta reivindicación”, rememora. Para él, lo importante es tener capacidad de elegir. “El Estado tiene residencias pero ni se ha formado al personal ni se han hecho para el colectivo. Además, en ellas están los mayores, que son los más crueles porque hemos vivido juntos y han sido educados en la homofobia. Es como si metemos a las mujeres maltratadas con su maltratador”, explica. Y se pregunta: “¿Por qué tengo que ir con personas con las que no me une nada?”

Repensar el colectivo
“El movimiento ha ofrecido a la sociedad en su conjunto unas libertades que no existían”, apunta por una parte. Pero matiza: “No obstante, la gente está muy cansada. Hay que implicar a todos al igual que hace el movimiento feminista que quiere vincular a toda la sociedad. Ellas han sido nuestras madres”. En las discusiones entre miembros del colectivo suelen sacar a menudo este tema a colación. “Hablando con las mayores, les digo: ‘Vosotras erais una mierda pero nosotros peor aún. Éramos una deshonra, invertidos”, cuenta.

Pero, si una parte del colectivo mayor LGTB ha sufrido discriminación, estos han sido las mujeres y los hombres trans. Según el dirigente de la ONG, los hombres trans no pudieron hacer el tránsito y “si una mujer afirmaba que se sentía hombre, la mandaban al psiquiátrico”. “Tienen una esperanza de vida de 54 años. Muchos han muerto por la drogodependencia, automedicación, siliconas en mal estado y, sobre todo, por la exclusión social”, explica.

Derecho a la compensación
“Las legislaciones son un brindis al sol. No tienen dotación presupuestaria, es como la Ley de Dependencia”, critica el presidente de la fundación. A su parecer, hay cosas que se han conseguido como que les cedan la residencia, pero la iniciativa “no salió del Estado”, sino que fueron ellos los que tuvieron que luchar por ella, cosa que, en su opinión, no le pasa a la Iglesia a la que sí ofrecen directamente estas cesiones.

Aunque el factor edad está integrado en la Ley LGTB de 2016 de la Comunidad de Madrid, Armenteros piensa que hace falta que las instituciones den un paso más y compensen de alguna manera el daño hecho a los mayores que forman parte del colectivo. “No ha habido un reconocimiento público”, apunta. Según él, queda aún mucho por hacer. Prueba de ello, fue que hubo que esperar a los 90 para que “nos quitaran del catálogo de enfermedades”, recuerda.

Por último, el fundador de la organización por los derechos de los mayores LGTB, se muestra pesimista por el poco músculo que tiene el colectivo. “Sólo nos han enseñado a sacarlo en la fiesta del Orgullo”, afirma. Armenteros ve con preocupación el aumento de la extrema derecha. Según constata, mucha gente empieza a decir cosas como: “Teniendo tanto cáncer, ¿tenemos que operar a ésta?”. Además, “están machacando a las clínicas de aborto y nadie hace nada”, denuncia.

Al presidente de la fundación no le parece tan fácil luchar contra un posible regreso de las políticas del pasado. “¿Cuántos homosexuales han votado a Vox? Un montón. ¿Cuántas personas están en los colectivos? Muy pocas, pero pasa lo mismo con las asociaciones de vecinos”, apunta. Y concluye: “El colectivo se tiene que unir al movimiento feminista”, porque, según él, por sí mismo no tiene la fuerza suficiente.

lunes, 4 de junio de 2018

#hemeroteca #machismo | Cuando ella es mayor que él: radiografía del último tabú machista

Imagen: El Mundo / Alexander Onassis y Fiona Campbell-Thyssen
Cuando ella es mayor que él: radiografía del último tabú machista.
Dolores Conquero repasa en 'Amores contra el tiempo', de la mano de una crónica erudita, las biografías sentimentales de nueve relaciones contra el más viejo y renuente de los prejuicios del patriarcado.
Luis Martínez | El Mundo, 2018-06-04
http://www.elmundo.es/papel/cultura/2018/06/04/5b13da8d268e3e8f698b464a.html

Cuenta Antonio Orejudo en su último, eléctrico y desconcertante libro (o artefacto) Grandes éxitos que pocas convenciones literarias han contribuido tanto a una imagen de la mujer tan nociva, además de fuera de la realidad, como la inaugurada por los trovadores allá en el siglo XI. Desde su idealización de la mano del amor cortés hasta más allá del romanticismo, ella ha sido siempre (y ahí sigue en buena medida) condenada a ser una figura «pasiva, distante, desdeñosa y admirable... Y sobre todo muda». No lejos, Dolores Conquero, periodista, escritora e infatigable luchadora contra prejuicios, asiente. Y como prueba de su conformidad, y su protesta, presenta ‘Amores contra el tiempo’ (Planeta).

En un primer acercamiento sin duda prejuicioso, el libro que repasa las industrias y andanzas de nueve relaciones amorosas podría pasar por eso; por el enésimo empeño de prosa más o menos escandalosa, más o menos crítica, más o menos rosa, de retratar las vidas ajenas. Y no. De nuevo, los prejuicios son eso: mentiras. Lo que emerge a lo largo de sus documentadísimas 375 páginas es la crónica detallada de, en efecto, la última y más nociva de las convenciones. No sólo literarias. Hablamos, para situarnos, de machismo; del poso de rancio patriarcado que todavía contempla con extrañamiento las parejas en las que ella es la mayor. De eso se trata.

«No me cabe ninguna duda», inicia Conquero, «de que es uno de los últimos tabúes. Antes el prejuicio era de carácter moral. Ahora ha cambiado y tiene que ver con el culto a la juventud y a la belleza. Vivimos un tiempo en el que cumplir años está mal visto. El hombre que envejece acaba por resultar interesante. La mujer, sólo es vieja». Y ahí lo deja. ‘Amores contra el tiempo’ viaja hasta el siglo XVI para contar los amores entre Diana de Poitiers y Enrique II de Francia. Ése es el primero de los relatos. Desde ahí, hasta llegar a la historia que unió al más rico de los herederos, Alexander Onassis, con la más bella, culta y fascinante de las mujeres, Fiona von Thyssen. De por medio, Victoria de Inglaterra y su criado John Brown; Marie Curie y Paul Langevin; Coco Chanel y un príncipe ruso antes de un duque inglés; Agatha Christie y Max Mallowan; Gala y Dalí; Julia Urquidi Illanes y Mario Vargas Llosa, y Dolores Ibárruri y Francisco Antón.

Cambian las épocas, los ambientes, las condiciones sociales y se mantiene la misma herida. «Lo interesante es analizar lo que les ocurrió a gente con poder, con recursos y con formación para, desde ahí, imaginar, aunque sólo sea un poco, el auténtico infierno de todos los demás», razona la autora.

La Pasionaria sufrió la inquina de sus propias filas cuando con 48 años cumplidos se atrevió a amar a un joven militante de 28. De nada sirvió su separación de su marido ya tiempo atrás cumplida ni su compromiso irrefutable con el partido. «Ganó probablemente todas las batallas (contra la pobreza como descendiente de mineros y contra el machismo más evidente) menos ésta», reflexiona Conquero para dar cuenta hasta qué punto la lacra fue y es sólida. Y profunda.

Y lo que vale para la líder comunista, vale igual para la mujer que consiguió dos Premios Nobel. Después de muerto su marido en 1906, la científica hizo del luto religión y hasta prohibió a sus hijas nombrar al padre. Y así hasta que conoció a Paul Langevin, cinco años más joven que ella. El escándalo llegó al insulto tanto a ella misma como a sus hijas. Y de éste a la recomendación expresa de no acudir a Estocolmo a recoger el mayor de los honores para una investigadora. «En su caso, el tabú se convirtió también en una excusa para intentar disimular la más evidente de las envidias profesionales de los colegas que sintieron como una agresión los logros de Marie Curie», puntualiza la escritora.

Y así, una por una. Hasta nueve formas de rebelión. Y humillación también.

«La diferencia de edad entre Trump y Melania es la misma que entre Macron y Brigitte. O casi. ¿Cuántas veces se ha tratado el asunto en uno y en otro caso? ¿Y cómo se ha hablado de él según la pareja?», dice Conquero ante el riesgo de hacer pasar su libro por un tratado de historia. «A la mujer se le sigue valorando en cuanto es joven, guapa y reproductora. Esto es machismo y el patriarcado de toda la vida. Si se quiere, es una jugada inteligente: gracias a eso, el hombre alarga su vida amorosa y tiene más opciones». Desde el siglo XI hasta ahora.

El hombre más rico y la mujer más bella
'Amores contra el tiempo' se cierra con una historia trágica. En su despampanante glamour, dramática. Se trata de la pasión que unió a Alexander Onassis, hijo del magnate naviero, con Fiona Campbell-Thyssen. Ella, la primera supermodelo, tenía 16 años más que él y venía de estar casada con el barón de los museos. Desde el principio tuvieron que hacer frente a los desprecios unánimes de la familia y los comentarios hirientes de la prensa. Y así hasta la muerte de él en un accidente aéreo. Contaba con 24 años. «Detesto los prejuicios a todos los niveles», comenta Conquero. «Y otro de los más sangrantes es la diferencia entre lo que es culto y no. El cotilleo informado y pudoroso nos interesa a todos». Pues eso.