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sábado, 4 de abril de 2026

#hemeroteca #lgtbi #memoria | Cuando la memoria LGTBIQ+ reivindica no solo el sufrimiento sino también los afectos

Exposición del Archivo de memorias afectivas LGTBIQ+ de la Fundación 26 de Diciembre //

Cuando la memoria LGTBIQ+ reivindica no solo el sufrimiento sino también los afectos

El Archivo de Memorias Afectivas LGTBIQ+ de la Fundación 26 de Diciembre recopila documentos, testimonios y objetos que reflejan la historia emocional de la diversidad sexual y de género, al mismo tiempo que desafía las formas en las que el poder ha recordado al colectivo.
Guillermo Urquiza | Público, 2026-04-04
https://www.publico.es/politica/memoria-publica/memoria-lgtbiq-reivindica-sufrimiento-afectos.html

En un edificio del barrio madrileño de Embajadores varias personas descansan en el vestíbulo. El más próximo a la ventana lee un libro sobre su serie favorita, la mujer ubicada en el medio reposa con los ojos cerrados y una tercera persona sonríe como si le acabaran de dar una buena noticia. En la recepción, a un lado de la entrada, una trabajadora social los acompaña. Son usuarias y usuarios de la Fundación 26 de Diciembre, personas mayores LGTBIQ+ que asisten al centro de día con regularidad. Algunos lo hacen con la intención de socializar: planes culturales, yoga, cineforum... Mientras que otros acuden en busca de atención psicológica o asesoramiento burocrático.

Al fondo del vestíbulo, detrás de una mesa familiar en la que las usuarias y usuarios se reúnen en torno a lo que llaman “la comida de las Antonias” un espacio de memoria se levanta, llamando la atención de quienes entran allí, por primera vez. Se trata de la exposición –en fuga consigo misma, itinerante en sus contenidos– que exhibe algunos materiales del Archivo de Memorias Afectivas de la Fundación 26 de Diciembre. Los elementos mostrados participan de un flujo rotatorio que prolonga el trazo de quienes investigan y recuperan –casi como un grupo de arqueólogos– por toda una genealogía.

La memoria histórica LGTBIQ+ se ha construido, en gran medida, como una tarea de exhumación. Este gesto, necesario para denunciar la violencia ejercida por un conjunto de instituciones —la heterosexualidad obligatoria, los grandes artefactos políticos de ficción del género o las leyes represivas de la dictadura franquista—, a veces olvida que detrás de cada testimonio existen personas con experiencias de vida que van más allá de su sufrimiento. Ninguna memoria está completa si no hace espacio a la historia de quienes que fueron mucho más que víctimas.

En este sentido, el Archivo de Memorias Afectivas de la Fundación recopila documentos, testimonios y objetos que reflejan la historia emocional de la diversidad sexual y de género. Al mismo tiempo que desafía las formas en las que el poder ha recordado a las personas LGTBIQ+, incide en los vínculos afectivos como una parte esencial de la memoria.

Fotografías de familia, guías de información sobre salud sexual, poemas, un boletín informativo del Front d'Alliberament Gai de Catalunya (FAGC), retratos de pareja, imágenes que muestran manifestaciones en la lucha contra el VIH/SIDA, cartas. También hay un libro sobre la lucha sindicalista y feminista, un retrato de Lenin, periódicos que recogen el debate de la legalización del matrimonio homosexual, diarios, los fanzines del artista Manuel de Teresa, fotografías escenificadas del 'performer' Javier Santos o un concurso de tortillas entre amigos. El archivo se divide en una multiplicidad de fondos que combinan vida y activismo.

La Fundación 26 de Diciembre nació el 10 de octubre de 2010. Su nombre conmemora la fecha de despenalización de la homosexualidad, incluida en la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social hasta finales de 1978. Los objetivos del centro se orientan hacia la asistencia psicosocial especializada, así como a promover espacios de socialización a personas mayores de la comunidad.

Víctor Mora, escritor, activista y miembro del Área de Formación e Investigación, explica a Público cómo la forma en la que algunas entidades se han acercado a los testimonios de las personas mayores LGTBIQ+ ha generado mucho malestar en ellos: “No quieren un testimonio personal, quieren una persona que les diga lo que quieren oír, que les aplicaron la Ley de Peligrosidad Social, por ejemplo. Y así se sienten utilizados, ya que no hay ninguna reflexión real por la otra parte”. A lo que añade: “Esto también ha sucedido desde partidos políticos. La pregunta siempre es la misma ‘explícame cuánto has sufrido y cómo has sufrido’. No quieren un testimonio real, quieren a alguien que les diga lo que quieren oír”. 

Por ello, desde el Área de Formación e Investigación se puso en marcha un archivo de memoria que atendiera a las condiciones de vida de las personas mayores de la comunidad. Así, quienes desearan compartir su historia podrían hacerlo sin temor a sentirse instrumentalizados ni a que se diera más importancia a unos recuerdos que a otros. “Es injusto que a una persona se le recuerde constantemente por lo que el poder hacía con ella. La vida también es todo aquello que no tiene que ver con el poder”, indica Mora.

El proyecto del archivo se divide, por un lado, en la recopilación de los testimonios orales, un repositorio bibliográfico disponible para ser consultado por cualquiera que lo solicite. Y, por otro, la recuperación de un extraordinario acervo de cultura material, toda una cartografía afectiva inserta en lo cotidiano, elementos que los archivos hegemónicos han considerado prescindibles y desechables. 

Es por ello que el archivo explora las fuentes primarias de todo un legado afectivo y, al mismo tiempo que narra las huellas de una herencia de activismo crítico, expone el sentido de comunidad, amor y familia social.

“Todo aquello que nos permita intervenir en el imaginario sobre el colectivo, que está muy mediado por los procesos de victimización. Porque eso a veces nos condiciona a que solo podamos articular nuestros discursos desde el sufrimiento. Nos limita, no nos permite imaginarnos de otra manera”, explica Mora profundizando en el propósito del Archivo.
La arqueología del archivo

Una breve mirada a la historia de los dos últimos siglos revela cómo el archivo de la memoria LGTBIQ+ ha estado mediado por los intereses del poder. Los discursos médicos y psicológicos, cuyos historiales clínicos reducían a las disidencias a la condición de “desviados”, o sin ir más lejos, los expedientes penales vinculados a la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social durante el franquismo. También hubo quienes, con la voluntad de perpetuar una limpieza social, destruyeron los grandes artefactos culturales de gais, lesbianas y personas trans, como el régimen nazi en Alemania. Todo ello produjo una ausencia de memoria real, y en su lugar, la proliferación de archivos que recordaban la forma en la que los regímenes criminales habían intervenido las vidas queer.

En 'Heterosexualidad obligatoria y existencia lesbiana', la poeta y pensadora feminista Adrienne Rich explica cómo la destrucción de las fuentes sirvió de método para mantener la heterosexualidad como única posibilidad afectiva, limitando el potencial amatorio de muchas mujeres y redirigiendo sus fuerzas emocionales hacia los hombres: "La destrucción de las fuentes (...) que documentan las realidades de la existencia lesbiana ha de ser tomada muy en serio en cuanto sirve de medio para mantener la heterosexualidad como algo obligatorio para las mujeres, porque lo que ha sido mantenido ajeno a nuestro conocimiento es la alegría, la sensualidad, la valentía y el sentido de comunidad", escribe la pensadora.

En consecuencia, este borrado sistemático de archivos reales ha sido especialmente notorio en lo que respecta a la memoria lesbiana.

En la actualidad, no obstante, existen espacios significativos que trabajan por la recuperación de la memoria lesbo-feminista y 'queer', como es el caso del 'Lesbian Herstory Archives' de Nueva York. En su último ensayo, 'Un deseo desmesurado de amistad', la escritora y comisaria de exposiciones Hélène Giannecchini escribe sobre ello y recuerda la extraordinaria labor de Joan Nestle y Deborah Edel y cómo, a partir de los años setenta, fueron tras las huellas de la memoria: “Comenzaron a recopilar los rastros de esas vidas lésbicas cuya suma habría de permitirnos acceder a esa ‘existencia colectiva’. Reunieron libros, fanzines, fotos, pegatinas, folletos, tarjetas de visita, ropa”.

La socióloga y activistas feminista Gracia Trujillo, en '40 años después: la despenalización de la homosexualidad', explica que, en ocasiones, los archivos también pueden ser una forma de activismo. La recuperación de la memoria LGTBIQ+ atraviesa, por un lado, la historia de militancia –lo vemos en los numerosos fanzines y fotografías que documentan la politización de las identidades– y por otro, los recuerdos de la cotidianeidad. Además, “los archivos son herramientas políticas que nos permiten contrarrestar la apropiación de discursos por parte del poder”, comenta en el texto. De este modo, el repositorio LGTBIQ+ se constituye como un dispositivo de trascendencia, cuya fuerza de cambio queda expresada en las formas de representación de las multitudes sexuales.

Desde esta perspectiva, el 'Lesbian Herstory Archives' o el 'Archivo de Memorias Afectivas de la Fundación 26 de Diciembre' no son simples repositorios de memoria, sino auténticos contra-archivos que deconstruyen la alteridad a la que las multitudes sexuales han sido desplazadas por las narrativas hegemónicas.

En este proceso de deconstrucción, sin embargo, expertos como Víctor Mora observan que la recuperación de una historia de militancia, en ocasiones, puede reproducir los recuerdos de la violencia. En consecuencia explica: “Estamos constantemente revisitando la historia del poder”. Es aquí donde la recuperación del afecto constituye una tarea fundamental y desafía el imaginario colectivo: “La memoria del afecto significa precisamente recoger y valorar todos aquellos objetos desechados o poco importantes”, añade Mora. 

Pero al mismo tiempo “los archivos no son –o no pueden ser– simplemente colecciones históricas inertes, sino que mantienen una relación dialógica, activa, con las preguntas que desde el presente le hacemos al pasado”, escribe Trujillo.

El contra-archivo es, en este sentido, un artefacto que se encuentra entre el pasado y el presente, el activismo y los afectos, la vida privada y la vida pública, el poder y la libertad. Y en el medio de todo esto subyace una interpelación entre los materiales susceptibles de ser archivados y aquellas y aquellos responsables de la tarea. De esto habla precisamente Hélène Giannecchini: “Si me empeño en hurgar en los archivos es porque tengo la sensación de que cada vida que allí descubro se suma a la mía y me da fuerzas para tenerme en pie mientras hago lo posible para evitar su olvido”. 

Impulsados por la misma responsabilidad, los expertos del Área de Formación e Investigación de la Fundación 26 de Diciembre trabajan en el archivo. Papeles del Frente Homosexual de Acción Revolucionaria mexicano, una placa dedicada a Mercedes por sus “amigas de la petanca”, las zapatillas de Emilio antes del 'sexilio', una imagen del antiguo Pasaje Begoña en Torremolinos, en cuyo reverso se puede leer “jaula de pájaras enloquecidas”, la historia de amor de Ralf y Éric, Lorenza y Carmen, Mariquilla y sus amigas. Y así, cada material se convierte en un fragmento de una filiación simbólica entre las vidas que son recordadas y todas aquellas personas que se niegan a olvidar.

miércoles, 14 de enero de 2026

#hemeroteca #lgtbi #franquismo #memoria | La memoria democrática incorpora (al fin) la historia LGTBIQ+

Jorge Martín Pérez, Víctor M. Ramírez y Consuelo García del Cid con Inés Hernand //

La memoria democrática incorpora (al fin) la historia LGTBIQ+

La jornada ‘Orgullosamente libres’ reconoce la resistencia de lesbianas, gais, trans o bisexuales durante la dictadura franquista y reivindica su papel en la democratización de España
Pablo León | El País, 2026-01-14
https://elpais.com/sociedad/lgtb/2026-01-14/la-memoria-democratica-incorpora-al-fin-la-historia-lgtbiq.html

Los derechos LGTBIQ+ no han dejado de avanzar en España desde la muerte del dictador Francisco Franco, hace más de 50 años. Sin embargo, ese camino ha sido complejo. Los primeros pasos se dieron en diciembre de 1978, cuando se despenalizó la homosexualidad, un año después de que se convocara, en Barcelona, la primera manifestación en defensa de los derechos del colectivo. “La Ley de amnistía del 77 no contempló a los presos LGTBI+ y no fue hasta 1995 que se eliminó del Código Penal la persecución de la homosexualidad”, ha recordado el presentador y guionista Paco Tomás este miércoles durante el acto ‘Orgullosamente libres’, una reivindicación de la memoria democrática LGTBI+ impulsada por el ministerio de Igualdad y el comisionado de ‘España en libertad: 50 años’ y celebrada en el Ateneo de Madrid.

“Para las personas LGTBI+ la memoria es muy importante porque se nos ha negado. Durante décadas se ha creado un discurso hegemónico desde el heteropatriarcado en el que las personas LGTBI+ no existíamos”, ha continuado Tomás, que ha presentado el acto con la divulgadora Inés Hernand, y en el que han estado presentes los ministros Ana Redondo (Igualdad) y Ángel Victor Torres (Política territorial y Memoria democrática).

Durante el evento, que ha llenado el salón de actos del Ateneo, se ha recordado a las víctimas del Patronato de protección de la mujer, a las de la Colonia Penitenciaria de Tefía, en Fuerteventura, o la represión sufrida en el Pasaje Begoña, en Torremolinos.

“El Patronato de la mujer era peor que una cárcel, no teníamos derechos, ni siquiera la libertad para hablar unas con otras. Había un adoctrinamiento religioso constante, maltrato psicológico y explotación laboral”, ha relatado Consuelo García del Cid, quien fue internada en 1975, con 16 años, en un centro adscrito a esta institución, las Adoratrices de Madrid, en la calle del Padre Damián. “Cuando conseguí ser libre, juré a mis compañeras que contaría esta historia. Pero cuando hablaba del Patronato, nadie me creía. Tuve que probar su existencia”, ha dicho la también autora de varios libros sobre la institución, como ‘Las insurrectas del Patronato de Protección a la Mujer’ (Anantes).

Aunque había sido creado con anterioridad, el Patronato fue recuperado por el franquismo en 1941 (la esposa del dictador, Carmen Polo, era su presidenta honorífica). “Era un entramado de centros gestionados por congregaciones religiosas y dependiente del ministerio de Justicia franquista, cuya finalidad era encerrar sin juicio a cientos de adolescentes y mujeres jóvenes que no encajaban en el modelo femenino promovido por el franquismo y que eran consideradas peligrosas”, ha explicado la investigadora.

En esa categoría entraban feministas, lesbianas, madres solteras, huérfanas, mujeres abusadas... “Fue un genocidio lésbico. La institución contaba con dos psiquiátricos, donde llevaban a las mujeres ‘con conducta homosexual’, como decían. Y un centro maternal, en Madrid, donde se robaron cientos de bebés”, ha detallado García del Cid.

Para ella, la Transición olvidó a todas las mujeres recluidas por el Patronato: “Se siguió encerrando a mujeres. Esas chicas no le importábamos a nadie”. La institución perduró hasta 1985, cuando fue disuelto por el Gobierno de Felipe González (PSOE). Y no fue hasta el año pasado, que un Gobierno democrático reclamara el reconocimiento como víctimas del franquismo para todas las mujeres recluidas por esta institución represora.

Además, el pasado junio, la Confederación Española de Religiosos (CONFER) pidió perdón a las víctimas del Patronato en un acto público. “Durante décadas, muchas jóvenes y mujeres adultas fueron internadas en nuestros centros contra de su voluntad. Fueron privadas de libertad, se las hizo creer que su existencia estaba marcada por la culpa o la vergüenza”, expresaron las superioras provinciales de las Oblatas del Santísimo Redentor, las Terciarias Capuchinas de Nazaret y de las Adoratrices. “Eso no fue un perdón para nosotras. Nadie ha sido juzgado por esto”, ha incidido García del Cid.

Lugares de Memoria
Hasta la Ley de Memoria democrática de 2022, que sustituyó a la de Memoria histórica de 2007, no se reconoció a las personas LGTBI+ como víctimas del franquismo. La nueva norma instauró también la creación de Lugares de Memoria y este año se va a inaugurar el de la Colonia agrícola penitenciaria de Tefía, un campo de trabajo, principalmente para hombres homosexuales, en la isla canaria de Fuerteventura que operó entre 1954 y 1966. Allí estuvieron recluidas más de un centenar de personas.

“Los testimonios de los presos describen un régimen disciplinario muy duro, que incluía palizas, hambre, y maltrato, humillación”, ha descrito el investigador Víctor M. Ramírez, que lleva años rastreando los expedientes de Tefía. “Se convirtió en el principal centro de represión de las disidencias sexuales bajo el régimen franquista”.

El Código Penal de 1928, aprobado bajo la dictadura de Primo de Rivera, fue el primero en castigar la homosexualidad en España, al considerarla un delito de escándalo público. Aunque después el Gobierno de la República abolió esa norma, el franquismo desarrolló sus propias estructuras represoras.

La Ley de vagos y maleantes, originaria de 1933, fue enmendada en 1954 para incluir bajo su jurisdicción la homosexualidad. El mismo año que se inauguró la Colonia de Tefía: una de las condenas por homosexualidad era la reclusión en “instituciones especiales, con absoluta separación de los demás”. Este campo de concentración estuvo operando hasta 1966. Después, hubo dos centros de detención para hombres que tenían sexo con hombres: uno en Badajoz (para pasivos) y otro en Huelva (para activos).

‌“Son personas a las que únicamente se las perseguía por su orientación sexual y eran condenados por ello”, ha apuntado el también autor de la investigación ‘El expediente especial de invertidos. La represión de las disidencias sexo-genéricas en Canarias tras su inclusión en la Ley de Vagos y maleantes’. Esa norma fue modificada años después, en 1971, cuando entró en vigor la Ley de peligrosidad social con el foco en castigar “los actos de homosexualidad”.

Al amparo de esta nueva norma, la madrugada del 26 al 27 de junio del 71, una incursión policial aterrorizó el Pasaje Begoña de Torremolinos. Casi una década antes, en 1962, en ese pequeño callejón se había inaugurado el primer local gay de España. Más adelante llegarían más: abrieron hasta medio centenar.

“Cantando y bailando también se defendían derechos”, ha afirmado Jorge Martín Pérez García, presidente de la Asociación Pasaje Begoña. A comienzos de la década de los sesenta, Torremolinos ya era frecuentada por turistas internacionales en busca del sol y playa. La apuesta por el turismo como motor de desarrollo y fuente de divisas llevó al nacionalcatolicismo a mirar para otro lado al ambiente del Pasaje Begoña. Al menos por un tiempo.

En la ‘Gran Redada’ de 1971 fueron detenidas unas 300 personas, muchas de ellas de origen británico y alemán. La noticia apareció en el periódico inglés ‘The Sunday Times’ (‘Turistas retenidos en una redada en bares nocturnos en España’, titulaba al día siguiente de la incursión) o en el semanario germano ‘Der Spiegel’. ‘La Vanguardia’ también habló del asunto y lo describió como un plan gubernamental para “proteger a la población local del ataque de una forma de vida extranjera”.

“Ahí se visibilizaba la diversidad, se daba la opción de existir”, ha incidido Martín. De ahí que el Pasaje Begoña sea considerado cuna de los derechos y libertades LGTBI+ en España y que haya sido también catalogado como Lugar de Memoria.

Además, ha habido una mesa redonda en la que han contado su experiencia los activistas históricos por los derechos del colectivo Jordi Petit; Isabel Franc; y Manolita Chen, una de las primeras mujeres trans en ver reconocida su identidad en sus documentos oficiales e impulsora de la Fundación Manuela Saborido-Manolita Chen, que da apoyo y acogida a personas LGTBIQ+ vulnerables.

“Todos sois unos referentes absolutos, clave en la democratización de España”, ha remarcado la ministra de Igualdad, Ana Redondo, que ha clausurado el acto. Previamente, se ha reconocido con la medalla y la placa de promoción por la igualdad a Petit y al Front d’Alliberament Gai de Catalunya (FAGG, el Frente de Liberación Gay de Cataluña), organización que en 1975 comenzó la lucha por los derechos, aunque su actividad llevaba desarrollándose en la clandestinidad desde un lustro antes. “Somos la entidad que siempre ha estado ahí y que nunca ha desfallecido”, han dicho los representantes de FAGG al recoger la placa: “Vamos a combatir el odio y el fascismo, al que no vamos a dejar pasar”. 

domingo, 11 de enero de 2026

#hemeroteca #lgtbi #memoria | Cuando la ley convirtió la diversidad en delito: la represión homófoba del franquismo y sus ecos hoy

Primera manifestación LGTBI en Sevilla, 25 de junio de 1978 //

Cuando la ley convirtió la diversidad en delito: la represión homófoba del franquismo y sus ecos hoy

De la “peligrosidad social” a los discursos que cuestionan derechos: memoria democrática para entender por qué el odio no es pasado, sino una herida aún abierta
Lucía Parro Pantoja | Diario Red, 2026-01-11
https://www.diario-red.com/articulo/memoria/cuando-ley-convirtio-diversidad-delito-represion-homofoba-franquismo-ecos-hoy/20260111060000061609.html

Durante el franquismo, ser homosexual o trans no era una identidad: era un delito.

Un delito perseguido, castigado y patologizado por el propio Estado, que convirtió la diversidad sexual y de género en sinónimo de “peligrosidad social”. No se trató de episodios marginales ni de excesos aislados, sino de una política pública sostenida, articulada mediante leyes, tribunales especiales, informes médicos y un aparato policial destinado a vigilar, clasificar y corregir.

Como ha señalado el jurista Juan María Terradillos Basoco, la homosexualidad fue definida durante décadas en el derecho español como un paradigma de peligrosidad social, una categoría que permitió excluir legalmente a un colectivo cuya única “amenaza” era vivir su sexualidad fuera de la norma impuesta (Terradillos Basoco, 2020).

Más de cuatro décadas después del final de la dictadura, aquella legislación ha desaparecido del BOE. Sin embargo, las violencias simbólicas, culturales y sociales que la sostuvieron no han desaparecido por completo del espacio público.

Hoy ya no existen tribunales especiales ni centros de internamiento para “reeducar” a homosexuales y personas trans. Pero los datos oficiales, las agresiones registradas y determinados discursos políticos muestran que el rechazo y la discriminación siguen presentes, aunque adopten nuevas formas. La diferencia es fundamental: antes el Estado perseguía activamente; hoy la violencia persiste cuando se normaliza el cuestionamiento de derechos.

Cuando la ley convirtió la orientación sexual en un peligro
La represión franquista contra las personas LGTBI se articuló a través del derecho penal y administrativo. Un primer hito fue la reforma de la Ley de Vagos y Maleantes en 1954, que incorporó explícitamente la homosexualidad como conducta peligrosa. Aquella modificación permitió imponer medidas de internamiento, vigilancia y destierro bajo la retórica de la “protección social” y la “rehabilitación”.

En 1970, en pleno tardofranquismo, se aprobó la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social, que sustituyó formalmente a la anterior, pero mantuvo intacta su lógica. El historiador Víctor Mora Gaspar ha documentado cómo los debates parlamentarios de ese año consolidaron un lenguaje biopolítico que definía a los homosexuales como una amenaza para el “bien común”, fijando el marco discursivo que justificaría miles de expedientes sancionadores (Mora Gaspar, 2019).

No se trataba de castigar hechos concretos, sino de perseguir identidades. La ley permitía el internamiento en cárceles, colonias agrícolas o centros psiquiátricos, la prohibición de residir en determinados lugares y la vigilancia continuada. La homosexualidad era tratada como una desviación moral o una patología contagiosa; la transexualidad, como una anomalía médico-social que debía ser corregida.

La arbitrariedad de estas condenas ha quedado ampliamente documentada en la investigación histórica. Miguel Fernández Turuelo, en su estudio sobre los expedientes de peligrosidad social en Valladolid a principios de los años setenta, muestra cómo bastaba una denuncia vecinal, un informe policial o una simple sospecha para activar el aparato represivo, con especial dureza hacia personas de clase trabajadora y sin redes de protección social (Fernández Turuelo, 2024).

El silencio, el miedo y la vergüenza fueron parte esencial de este sistema. Como recogen tanto estudios académicos como testimonios de víctimas, la represión no terminaba en la condena judicial: continuaba en la estigmatización social, el aislamiento familiar y la imposibilidad de reconstruir una vida en libertad.

Aunque la homosexualidad dejó de ser delito en diciembre de 1978, tras la aprobación de la Constitución, la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social no fue derogada completamente hasta 1995. Esta persistencia normativa demuestra, como subraya Terradillos, la dificultad de desmontar categorías jurídicas profundamente arraigadas en el ordenamiento y en la cultura institucional (Terradillos Basoco, 2020).

Memoria, transición y heridas no cerradas

La represión contra las personas LGTBI ha ocupado durante décadas un lugar marginal en las políticas de memoria. Mientras otros crímenes del franquismo comenzaban a ser investigados, la persecución por orientación sexual e identidad de género quedó relegada al silencio.

La tesis doctoral de Jordi Terrasa Mateu ha mostrado cómo, incluso durante los primeros años de la Transición, muchos expedientados por peligrosidad social siguieron sufriendo consecuencias penales y penitenciarias, sin reconocimiento público ni reparación efectiva. La estrategia de olvido también operó aquí, invisibilizando a un colectivo que no encajaba en el relato dominante de reconciliación (Terrasa Mateu).

El punto de giro: del castigo legal al reconocimiento formal
España protagonizó, a partir de los años 2000, avances legales que la situaron como referencia internacional: la aprobación del matrimonio igualitario en 2005, el desarrollo de leyes autonómicas LGTBI y políticas públicas contra la discriminación, y el reconocimiento progresivo de derechos para las personas trans.

Sin embargo, como advierten los sociólogos Óscar Guasch y Jordi Mas, los cambios legales no eliminan automáticamente los marcos culturales heredados. La construcción médico-social de la transexualidad y la persistencia de estigmas muestran que la igualdad formal convive con resistencias simbólicas profundas y arraigadas (Guasch y Mas, 2014).

La memoria democrática no consiste solo en recordar leyes pasadas, sino en analizar qué restos del pasado siguen operando en el presente.

Los números del presente: el odio no es residual
Según los informes del Ministerio del Interior, los delitos de odio por orientación sexual e identidad de género aumentaron de forma significativa entre 2023 y 2024, consolidando una tendencia al alza.

El Observatorio contra la LGTBIfobia, impulsado por la FELGTBI+, confirma esta realidad: agresiones físicas, insultos, amenazas y acoso siguen siendo experiencias habituales. La Agencia de Derechos Fundamentales de la Unión Europea identifica además a las personas trans como el colectivo más vulnerable a la discriminación y la violencia en el contexto europeo.

En mayo de 2025, El País publicó que una de cada cinco personas LGTBI ha sufrido acoso en España; ese mismo mes, RTVE informó de que las agresiones se habían duplicado en el último año y Infobae España señaló un incremento de aproximadamente el 10 %, con especial impacto entre jóvenes y personas trans. Las cifras apuntan a un fenómeno estructural, no a casos aislados.

Samuel Luiz: cuando el odio mata

El asesinato de Samuel Luiz en A Coruña en julio de 2021 marcó un punto de inflexión en la percepción pública de la violencia homófoba en España. En enero de 2025, la Audiencia Provincial de A Coruña impuso penas de hasta 74 años de prisión a los condenados, reconociendo el carácter homófobo del crimen, y recientemente, el Tribunal Supremo ratificó esa sentencia, enfatizando que la justicia debía responder con firmeza ante la violencia motivada por odio, según informó Togayther.

Para colectivos LGTBI, la sentencia supuso un mensaje institucional claro: la homofobia mata y debe ser tratada como un delito de odio. Pero el propio caso evidencia una realidad incómoda: el reconocimiento judicial llega después de la violencia.

El discurso como campo de batalla
La violencia no se limita al plano físico. El discurso importa. En 2025, varias declaraciones de cargos públicos generaron una fuerte polémica.

Ese año, el PSOE exigió el cese de una asesora del alcalde de Badajoz (PP) por comentarios considerados homófobos; en Elche, se solicitó la reprobación de una portavoz de Vox por afirmar que “las mujeres trans no son mujeres”; y durante el Orgullo LGTBI en Castellón, cargos del mismo partido recomendaron que las familias evitaran el centro de la ciudad y “no acercaran a los niños”. Estas posiciones se inscriben en una continuidad discursiva que cuestiona la legitimidad de los derechos LGTBI, aunque ya no se exprese en términos penales.

A estas declaraciones se ha sumado una estrategia política más amplia. En octubre de 2025, Vox impulsó en el Congreso iniciativas para derogar la Ley 4/2023 de derechos LGTBI y trans, una línea de actuación que ha sido replicada en distintas comunidades autónomas. Estas propuestas han avanzado en un contexto de pactos parlamentarios y gobiernos compartidos en los que el Partido Popular ha asumido, de forma directa o indirecta, el marco de debate planteado, normalizando la idea de que los derechos LGTBI son revisables, prescindibles o ideológicos.

No se trata solo de derogar leyes, sino de deslegitimar su necesidad. Cuando se relativiza la identidad del colectivo —como hizo Santiago Abascal al diluir los símbolos del Orgullo bajo un discurso nacional homogéneo— y al mismo tiempo se cuestionan las políticas públicas específicas de protección, se reactiva una lógica histórica conocida: convertir la diversidad en problema y la igualdad en exceso.

Minimizar también es negar
No todos los discursos son abiertamente hostiles. La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, afirmó en 2021 que la homofobia “está en la cabeza de la izquierda”, una declaración criticada por colectivos LGTBI por negar la existencia de una discriminación estructural. También ha llegado a expresar incomodidad con la duración del Orgullo LGTBI en Madrid, sugiriendo que se “aguanta” durante demasiado tiempo. Para las organizaciones de derechos humanos, estas posiciones refuerzan una igualdad tolerada, pero no plenamente asumida.

Un eco internacional: Trump y el retroceso de derechos
La defensa o el cuestionamiento de los derechos LGTBI no es un fenómeno exclusivo de España. En Estados Unidos, desde que Donald Trump inició su segundo mandato en enero de 2025, su administración ha puesto en marcha una serie de órdenes ejecutivas dirigidas contra derechos vinculados a género e identidad, entre ellas decretos que defienden políticas de “género binario” y excluyen el reconocimiento federal de las identidades trans, así como otras que afectan al acceso a atención sanitaria y a la participación de personas trans en el Ejército.

A esta agenda política se suma también el uso explícito de la burla como herramienta discursiva. El 7 de enero de 2026, El País informó de un acto público en el que Trump ridiculizó a personas y atletas trans, utilizando su identidad de género como motivo de mofa ante su audiencia. El episodio fue interpretado por analistas y organizaciones de derechos humanos como una normalización del escarnio desde la más alta responsabilidad institucional.

Este contexto internacional pone de manifiesto que las tensiones culturales y políticas en torno a género y sexualidad no son aisladas: forman parte de una ola global de contestación a la diversidad.

Memoria democrática: del pasado al presente
Recordar la represión franquista contra las personas LGTBI no es un ejercicio identitario ni nostálgico. Es una herramienta para comprender el presente. El franquismo no solo castigó cuerpos: produjo discursos, categorías y miedos que no desaparecen automáticamente con un cambio legal.

Hoy no existe una ley que criminalice la homosexualidad o la transexualidad. Pero cuando se cuestiona la identidad trans, se caricaturiza el Orgullo o se desmontan garantías legales, no asistimos a una repetición literal del pasado, sino a una continuidad cultural que alimenta el rechazo, el miedo y la exclusión.

La memoria democrática no consiste solo en derogar leyes injustas, sino en impedir que sus lógicas regresen bajo otros nombres. Porque el odio, cuando se normaliza, deja de parecer excepcional. Y cuando deja de parecerlo, vuelve a ser peligroso.

viernes, 28 de noviembre de 2025

#hemeroteca #lgtbi #memoria | Vigo, o la disidencia sexual en la Transición que no sale en los libros

Primera manifestación por la Libertad Sexual en Galicia, Vigo, 1981 //

Vigo, o la disidencia sexual en la Transición que no sale en los libros

La lucha por los derechos de homosexuales y trans encontró en los 70 un refugio en la ciudad gallega y un sustento en locales de la playa de Samil, bajo las anchas alas de Karina Fálagan, amiga de políticos y comisarios
Silvia R. Pontevedra | El País, 2025-11-28
https://elpais.com/espana/galicia/2025-11-28/vigo-o-la-disidencia-sexual-en-la-transicion-que-no-sale-en-los-libros.html

El 25 de junio de 1981, mientras las pancartas fabricadas con sábanas avanzaban por la Rúa do Príncipe en Vigo, el abogado laboralista Xabier Mañón subió a su despacho, junto a esa Porta do Sol donde ahora, cada año por estas fechas, pega un nuevo estirón un cono de luz que se anuncia como “el árbol de Navidad más alto de Europa”. Desde allí, en plena Transición democrática de una ciudad todavía sin leds virales, Mañón pudo inmortalizar con su cámara un acontecimiento mucho más luminoso: la cantidad de gente que secundaba la que fue primera manifestación del Orgullo Gay de Galicia y también a los muchos curiosos que se agolpaban en los márgenes. Todo transcurría pacíficamente, como si la ciudad asimilara con naturalidad la expresión pública de algo tanto tiempo a la sombra, perseguido y castigado como escándalo público, un delito que no se derogó hasta el 88.

Aquella marcha cívica “supuso una brecha irreparable en el muro de silencio con el que la dictadura escondía la existencia de la diversidad”, valora uno de los paneles que conforman la exposición La disidencia sexual en Galicia. Huellas para un tiempo nuevo, impulsada por el Consello da Cultura Galega en el edificio Redeiras de la Universidade de Vigo hasta el 5 de diciembre. En esa jornada histórica “se difundió el mensaje de que existían personas que vivían fuera de la norma sexual y de género, y de que la verdadera democracia no iba a llegar hasta que lo hiciese para ellas”. Tras desfilar por el centro urbano, la comitiva se citó para pasar la tarde en el parque de Castrelos. Allí, entre la euforia colectiva, algunos gais y lesbianas aprovecharon para salir del armario, incluso a ojos de familiares a los que habían invitado sin advertirles de nada.

Era un paso adelante, sin retorno en un asunto que, no obstante, continúa “pendiente” e “interesa a la sociedad en su conjunto”, recalca la muestra coordinada por Carme Adán y comisariada por la historiadora y activista del movimiento LGBTIQ+ Daniela Ferrández. Esta investigadora lleva años poniendo el foco en los movimientos de liberación sexual que, precisamente, no entran en el foco. Historias humanas lejos de las grandes capitales, que son las que aparecen en los libros. La exposición versa sobre el final del Franquismo y la Transición, recoge publicaciones, testimonios, fotos, documentación varia, y casos muy antiguos de personas que decidieron vivir conforme a lo que sentían a pesar de la represión dominante.

Manolo Santiso, registrado como mujer al nacer, fue detenido en 1939 en Carral (A Coruña) e ingresado en un reformatorio femenino por vestir, trabajar, fumar y hacer cosas “de hombres”, tales como ir a la taberna. Nada que ver con la relación libre que casi nueve siglos antes habían elegido vivir en Rairiz de Veiga (Ourense) Pedro Díaz y Munio Vandílaz. El suyo se considera el primer matrimonio homosexual documentado en la Península Ibérica. El 16 de abril de 1061, Vandílaz y Díaz asumían su compromiso “todos los días y todas las noches, para siempre“, y lo formalizaban en un escrito legal ”para conocimiento de los demás". “En lo relativo a la casa”, recogía el documento, “somos iguales en trabajo, en acoger visitas, en cuidarla, decorarla y gobernarla, así como plantar, edificar y trabajar en la huerta”. 

En la manifestación del 81, celebrada en Galicia cuatro años después de la primera en Barcelona, participaron los colectivos gais de Vigo, Santiago y A Coruña, aunados por la coordinadora gallega; asociaciones de vecinos; el Movemento Comunista de Galicia; la Asamblea Nacional-Popular Galega; y hasta el Comité Anti-Otan de la ciudad, los únicos cuya pancarta no reivindicaba la libertad sexual: “Yanquis fuera, ni OTAN ni bases”. Y aquel acontecimiento social protagonizado por los que habían vivido escondidos durante la dictadura encontró su eco en la prensa, pese a que no hacía más que un par de años, en 1979, que un compañero, el reportero Federico Puigdevall, había sido inhabilitado por seis años, condenado a un mes de prisión y al pago de 20.000 pesetas, por retratar desde el 77 la vida de las transexuales que trabajaban en locales de la playa de Samil. Los jueces de la Transición (en la Audiencia Provincial y el Supremo) vieron en su información gráfica un claro caso de “escándalo público” que dañaba la “moral colectiva”, y lo apartaron del oficio de periodista.

Sin embargo, tanto en sus reportajes en ‘El Pueblo Gallego’ y ‘Galicia Deportiva’ como en los que firmaba un joven Fernando Franco —hoy toda una institución ciudadana que a finales de los 70 escribía para la revista viguesa ‘El Pope’— se entrevistaba a artistas trans. Y se relataban con un lenguaje nada encorsetado los graves escollos sociales y las penurias vitales que padecían Paola, Milena, Raquel, Violeta, Gamba y Dalia Flores, con función en la sala de fiestas Riomar, encadenadas al mundo del espectáculo porque no encontraban otra forma de sustento.

Se habían conocido en Le Carrousel de París antes de la muerte de Franco, donde habían accedido a hormonas y en algunos casos a cirugías. Pero al fin habían podido volver a España, y llevaban un año por Vigo, aprovechando el creciente interés de los empresarios y el morbo del público por estos números musicales entre marabúes y lentejuelas. En las entrevistas, recordadas por Ferrández en su trabajo ‘Voces desde el gueto: vidas trans, oportunidades de supervivencia y esperanzas de cambio en el Vigo de la Transición’ (Cuadernos de Historia Contemporánea, Ediciones Complutense) se sinceraban con los reporteros: ellas preferían ser “modistas”, “oficinistas” o “dependientas”, pero ¿quién contrataría a una transexual?. Seguían sin tener un DNI acorde a su físico y todavía daba coletazos la franquista Ley sobre peligrosidad y rehabilitación social, que en 1971 había reemplazado a la Ley de vagos y maleantes. En las entrevistas, ellas se mostraban esperanzadas de que, desaparecido el dictador, todo esto se resolvería enseguida.

Estos cronistas del Vigo nocturno también narraron la primera fiesta gay que se celebró públicamente en Vigo, la primera del noroeste peninsular, que tuvo lugar en 1978 al amparo de una rotunda mujer con sombrero de ala ancha: Karina Fálagan. La empresaria de la noche, una especie de animal mitológico que se autoproclamó “Alcaldesa del Atlántico”, acababa de pasar por aquellas fechas de regentar el club Lady Hamilton, donde conoció los secretos de infinidad de políticos que lo frecuentaban, a lograr la concesión de un terreno municipal para montar el Jonathan Livingston Seagull, un restaurante y local de ‘striptease’, variedades y alterne en el arenal más famoso. Samil se sitúa a unos seis kilómetros de la fachada marítima del centro urbano, donde existía otro polo gay y encuentros entre los setos de los jardines de Montero Ríos (citados desde 1975 por guías internacionales como Spartacus International Gay Guide y All Lavender International Gay Guide).

En su trabajo, Ferrández considera a Karina Fálagan “una de las figuras centrales” en la configuración de ese territorio acotado de Samil en el que se respiraba cierta “benevolencia comprensiva” por parte de la policía de Vigo, donde no solía haber arrestos. Allí, según los testimonios que recoge la historiadora, esa mujer que presumía de ser amiga de Fraga y fue militante del PP protegía a la “gente del mundo gay”, probablemente gracias a esas relaciones que aseguraba tener con políticos y comisarios. La primera fiesta gay, celebrada en el Jonathan, fue para Ferrández, como la inauguración de su nuevo “jardín” de lo “prohibido”. La presentadora era la transexual Dalia Flores, y actuaron La Maruja, Paco España, el travesti Francis —asesinado un año después por la policía en Euskadi— y Manolito (o Manoli) Soler, natural de Vigo. “A algunos políticos, en medio de sus copas y sus cachondeos, les demostré que no era una inepta”, contaba Fálagan al desaparecido rotativo vigués ‘El Pueblo Gallego’: “Personas que están ahora en Madrid, a nivel alto, han sido clientes míos, incluyendo algún ministro actual”.

domingo, 8 de junio de 2025

#hemeroteca #lgtbi #memoria | Ekainak 10. Memoria Trans

 

Ekainak 10. Memoria Trans 
Entrevista a Julen Zabala, activista marika de Euskal Herria
Alternatiba, 2025-06-08 

Julen estructuró su militancia en EHGAM en el año 1979, meses antes de que un policía nacional asesinara en Errenteria a Francis Vadillo, una persona transformista, en una discoteca. En este vídeo, Julen nos explica los primeros pasos del activismo de la disidencia sexual y de género en Euskal Herria: cómo fueron esos primeros encuentros activistas, la organización en el primer colectivo gai de Euskal Herria, EHGAM; el asesinato de Francis como revulsivo para ocupar las calles, más tarde también las instituciones, con el objetivo de tumbar la Ley de Peligrosidad Social. También nos habla de cómo el SIDA acabó con muchas vidas, y de cómo muchas familias utilizaron la enfermedad para estigmatizar a la pareja sobreviviente y apropiarse de los bienes de las personas fallecidas. Sin lugar a dudas, una memoria que ha sido reivindicada año tras año: memoria LGTBIQ, memoria transbollomarika, memoria también de Euskal Herria. Sirva este pequeño vídeo como homenaje a todos, todas y todes les activistas marikas, bolleras, bisexuales y trans, y en especial a la Mikela, Mikel Martín, compañera de militancia en Alternatiba.

viernes, 6 de junio de 2025

#hemeroteca #homofobia #franquismo | Badajoz tenía una de las cárceles de la represión «más duras» para el colectivo LGTBI

Javier Fernández-Galeano con dos de sus obras //

Badajoz tenía una de las cárceles de la represión «más duras» para el colectivo LGTBI

El historiador pacense Javier Fernández-Galeano guía una visita en el MEIAC por la memoria de las personas encarceladas por disidencia sexual y de género en el franquismo
Claudia Goyeneche | La Crónica de Badajoz, 2025-06-06
https://www.lacronicabadajoz.com/badajoz/2025/06/06/badajoz-tenia-carceles-represion-duras-118298520.html

Durante el franquismo, la cárcel de Badajoz se convirtió en un espacio de castigo para quienes el régimen consideraba sexualmente disidentes. Allí fueron enviadas personas de distintos puntos del país que no encajaban en el ideal de masculinidad impuesto por la dictadura: mujeres trans, hombres homosexuales o quienes simplemente rompían las normas de género. Según el historiador pacense Javier Fernández-Galeano, «Badajoz era la cárcel donde se enviaba a los homosexuales considerados más peligrosos», aquellos que debían ser castigados con mayor dureza por su supuesto «contagio social».

Esa historia, aún poco conocida, se recuperará mañana en el Museo Extremeño e Iberoamericano de Arte Contemporáneo (MEIAC), antiguo edificio penitenciario de la ciudad. A las 11.00 horas tendrá lugar una visita guiada a la exposición ‘Variaciones sobre el Panóptico. De Cárcel a Museo (1995-2025)’, a cargo del propio Fernández-Galeano, en el marco de L@s Palom@s. El recorrido abordará cómo el arte contemporáneo dialoga con la historia represiva del edificio, en especial con la persecución franquista a las personas LGTBI que fueron encarceladas allí. «Hay que seguir haciendo memoria. Mucha gente aún no sabe lo que fue la cárcel de Badajoz para el colectivo LGTBI», señala este historiador.

Fernández-Galeano, uno de los principales especialistas en historia LGTBI de España, ha investigado en centros de Estados Unidos, Argentina y Reino Unido, y actualmente es profesor de Historia en la Universidad de Valencia. Entre sus publicaciones destacan ‘Maricas’ y ‘Queer Obscenity’, esta última centrada en cómo, durante las dictaduras de Primo de Rivera y Franco, se confiscaba y archivaba la cultura erótica como forma de censura y control. Al MEIAC llega con esta obra y con ‘Gestos en la noche’.

Ley de Peligrosidad
La llamada Ley de Peligrosidad, vigente durante el franquismo, permitía sancionar no solo actos, sino también a personas consideradas «una amenaza» para el orden moral y social del régimen. En ‘Gestos en la noche’, Fernández-Galeano analiza 181 expedientes tramitados en el juzgado de Valencia —provenientes de Murcia y la Comunidad Valenciana— entre el tardofranquismo y la Transición. Allí se procesaba a personas acusadas de homosexualidad, una categoría que incluía también a mujeres trans, prostitución masculina o relaciones no normativas. «La mayoría de los represaliados acababan en la cárcel de Badajoz o la de Huelva, por eso voy a presentarlo allí», señala este autor.

La peligrosidad se medía según factores como el nivel de integración social, la expresión de género o la actitud ante el discurso oficial. Negarse a encajar en el modelo masculino podía agravar la pena. El aislamiento en Badajoz funcionaba como castigo y como supuesto método de «rehabilitación», y podía prolongarse más allá de los tres años estipulados, según el criterio de los funcionarios, especialmente duros con los presos LGTBI.

Edificio panóptico
Sin embargo, dentro de esa dureza, también surgían formas de resistencia. En su investigación, Fernández-Galeano documenta cómo, a pesar de la violencia, las mujeres trans encontraban maneras de cuidar su identidad y su cuerpo, por ejemplo, maquillándose con yeso de las paredes para pintarse los labios, y estableciendo vínculos afectivos con hombres, a pesar de la prohibición.

El edificio que hoy acoge obras de arte contemporáneo fue durante décadas un instrumento de control y sufrimiento. Su estructura panóptica, ideada para observar sin ser visto, resume bien el modelo de sociedad que impuso el franquismo. «El panóptico permitía una vigilancia constante y un castigo ejemplar. En él se encerraba a quienes se desviaban de la norma, no solo por lo que hacían, sino por lo que eran o parecían ser», explica este historiador.

Archivos «a la luz»
Uno de los grandes anhelos de Fernández-Galeano es profundizar en el caso concreto de la antigua cárcel de Badajoz. «Sería genial, pero tienen que abrirse los archivos», afirma. Como recuerda, la historia siempre depende de los documentos, y por eso es tan valiosa la labor de archiveros: «Son quienes permiten que las historias salgan a la luz». Su deseo es realizar algún día un estudio de los expedientes que actualmente custodia el centro penitenciario. «Me gustaría rastrear mucho el tema de las relaciones de afecto, o sea, cómo se vigilaban los noviazgos, el amor, el sexo dentro de la cárcel, cómo la cárcel no era solo un espacio de dolor y arrepentimiento, sino que también había redes de afecto y solidaridad. Todavía no ha llegado ese momento, pero ojalá», admite este pacense.

Mientras tanto, los archivos de la antigua cárcel siguen esperando el momento en que quizá, Fernández-Galeano, vuelva para contar las historias de aquellos represaliados del colectivo que se quedaron entre rejas.

domingo, 18 de mayo de 2025

#hemeroteca #homofobia #franquismo | Lobotomías y torturas para curar la homosexualidad: cuando la psiquiatría estuvo al servicio de Franco

Antonio Vallejo-Nájera y placa del paseo que Madrid dedica ahora a su hijo //

Lobotomías y torturas para curar la homosexualidad: cuando la psiquiatría estuvo al servicio de Franco

La Ley de Vagos y Maleantes abrió la veda para que pudiera internarse a hombres no heterosexuales en prisiones donde eran sometidos a todo tipo de torturas, vejaciones y prácticas médicas cuyos efectos fueron, en muchos casos, irreversibles.
Alejandra Mateo Fano | Público, 2025-05-18
https://www.publico.es/sociedad/lobotomias-torturas-curar-homosexualidad-psiquiatria-estuvo-servicio-franco.html

“La homosexualidad como un escape desesperado de una imaginación enferma, como un intento de comunicarse, eternamente condenado al fracaso, de un ser aterrado y solitario, que no sabe o no puede amar”. Así luce la introducción del libro ‘Los homosexuales vistos por sí mismos y por sus médicos’ (1966), escrito por el doctor Lorenzo Frutos Carabias en pleno tardofranquismo. Un ejemplo paradigmático de la brutal maquinaria de propaganda homófoba que el fascismo puso en marcha durante años con la connivencia de médicos afines al régimen. Durante la dictadura, la sexualidad se encaminará exclusivamente a la reproducción social y a la perpetuación de la familia heteronormativa. De este modo, llegaron a proliferar gran cantidad de obras que aludían reiteradamente al carácter patológico de la homosexualidad. La construcción de una España “depurada” de desviaciones ideológicas, sexuales o identitarias contrarias a la estricta moral católica caminó necesariamente de la mano de la medicina psiquiátrica.

La reforma de la Ley de Vagos y Maleantes en 1954 introduce por primera vez la consideración de las personas homosexuales como sujetos peligrosos. Más adelante, esta legislación se redondearía con la Ley de Peligrosidad Social, con el fin de “modificar estados como los referentes a quienes realicen actos de homosexualidad, la mendicidad habitual, gamberrismo, la migración clandestina y la reincidencia”. El régimen fascista, artífice de un perverso operativo para desterrar toda disidencia que pudiera desafiar la moral preestablecida, sembró la idea de que los homosexuales eran potenciales delincuentes. De esta suerte, pronto se estableció una vinculación directa entre homosexualidad y crimen que sirvió para legitimar cualquier atrocidad contra el colectivo. Una investigación de Soraya Gahete Muñoz, doctora en Historia Contemporánea, señala que jueces como Antonio Sabater consideraban que los varones no heterosexuales “llevaban una intensa vida instintiva y que eran altamente peligrosos, ya que se trata de sujetos perversos sin escrúpulos ni corazón, con manifiesta desviación ética y frialdad y ausencia de sentimientos”.

A través de esta primera ley pudo articularse un efectivo instrumentario legal capaz de acallar las sexualidades no normativas, autorizándose por primera vez el internamiento del colectivo en cárceles, campos de trabajo y centros psiquiátricos: “Art. 6.0, número 2.-A los homosexuales, rufianes y proxenetas, a los mendigos profesionales y a los que vivan de la mendicidad ajena, exploten menores de edad, enfermos mentales o lisiados, se les aplicarán, para que las cumplan todas, sucesivamente, las medidas siguientes: a) Internado en un establecimiento de trabajo o colonia agrícola. Los homosexuales sometidos a esta medida de seguridad deberán ser internados en Instituciones especiales y, en todo caso, con absoluta separación de los demás”.

De Huelva a Fuerteventura: prisiones para “rehabilitar” homosexuales
En Huelva y Badajoz se encontraban los penitenciarios provinciales para homosexuales más conocidos de aquel entonces. Desde 1968 hasta 1978 (año en que se despenaliza la disidencia sexual), mientras la primera se utilizaba para internar a homosexuales considerados “activos”, la segunda estaba destinada a los “pasivos”. Por aquel entonces la transexualidad ni siquiera estaba contemplada, sino que se hablaba de “mujeres vestidas de hombres y viceversa” o personas con conductas impropias de su género que era preciso corregir.

En otras prisiones se crearon módulos específicos para recluir a estos presos, como en la Modelo de Barcelona o la cárcel de Carabanchel. Un relato publicado en el Diario Sur cuenta la experiencia traumática de La Moni, artista e icono LGTBI+ de la época, tras ser internada en la prisión onubense en 1963, con tan solo 17 años. “Fue detenida por ponerse un vestido de mujer en los carnavales. Fueron tres meses privada de libertad, aunque tuvo que quedarse uno más por no pagar la multa de 500 pesetas”. Hay que entender estos centros, no obstante, no como cárceles al uso sino como reformatorios pensados para la reconversión sexual.

Al no haber dinero para financiar centros públicos para lo que el franquismo llamaba “rehabilitación” de personas que hoy llamaríamos ‘queer’, no quedaba más remedio que internarles en penitenciarios convencionales: “Eran una especie de centros de internamiento para reaprender. La idea era que funcionaran como centros como de reaprendizaje, de atención”, cuenta Ramón Martínez, escritor y activista LGTBI+. La privación de libertad estaba regulada por el Tribunal de Calificación y la Iglesia era la encargada de establecer cuánto tiempo debía estar interna la persona. En la mayoría de casos, la estancia duraba entre dos y cuatro años, pero el tiempo podía reducirse si el interno accedía a someterse a ciertas terapias.

En el transcurso de esos tratamientos, todos ellos humillantes, crueles y traumatizantes a largo plazo, llegaron a ponerse en práctica sesiones de electroshock, esterilizaciones forzadas y hasta lobotomías. Estas cirugías consistían en extirpar la parte del cerebro en la que se consideraba que estaba localizada la “desviación sexual”. El psiquiatra franquista Juan José López Ibor, en su famoso ‘Libro de la vida sexual’ (1968), calificaba la homosexualidad como una “perversión sexual” o una “anomalía” consistente en “una situación psicodinámica”.

Otro de estos centros tendentes a aislar y reconvertir a personas del colectivo fue la Colonia Agrícola Penitenciaria de Tefía, conocida como la cárcel de Tefía, situada en Fuerteventura, a mediados de los años 50 y 60. En realidad, más que un penal con fines psiquiátricos fue un campo de concentración para homosexuales donde los reclusos vivían sometidos a agresiones y vejaciones de todo tipo, inclusive el uso del hambre como método de tortura. De hecho, en su momento recibió el apodo de “el Auschwitz de Fuerteventura” por las terribles condiciones de vida que albergaba. Gahete puntualiza, eso sí, que la imposición de medidas “curativas” dentro de los centros no iban tanto encaminadas al castigo sino a impedir que ciertos comportamientos entendidos como peligrosos pudieran extenderse por su posibilidad de contagio.

Vidas marcadas por el terror
Las brutalidades cometidas tanto en prisiones como en consultas psiquiátricas dejaron un reguero de hombres marcados de por vida por lesiones físicas y traumas psíquicos incurables. Los suicidios se multiplicaron exponencialmente, también los casos en que, tras los electroshocks, acababan desarrollando aversión al sexo. Martínez expresa que “a mucha gente se le perdió la pista después de haber sido internados porque nunca se volvía a saber nada de ellos, esas personas se quedaban tocadas de por vida tras las operaciones”. Es un congreso celebrado en Italia en 1972, López Ibor habla de su “exitosa experiencia” haciendo una lobotomía. “Mi último paciente era un desviado. Después de la intervención quirúrgica en el lóbulo inferior derecho, presenta, es cierto, trastornos en la memoria y la vista, pero se muestra ligeramente atraído por las mujeres”.

Las escasas historias de vida que han logrado transmitirse años después son desgarradoras: Oliver Duarte Herrera, antropólogo, técnico de proyectos en Fundación Triángulo Extremadura, quien actualmente está desarrollando una investigación sobre memoria LGTBI+, pudo entrar en contacto con víctimas de aquel sistema feroz: “Tengo un testimonio de un chico en Barcelona que ahora mismo tiene unos 77 años y que por la culpa que sentía por ser homosexual acudió a uno de estos psiquiatras que estaba muy de moda, sobre todo en las grandes ciudades, y por voluntad propia se sometió a estos tratamientos del electroshock. Era como una especie de descargas acompañadas de material complementario, como vídeos, y en el momento en que te ponían vídeos de personas de tu mismo sexo te daban como una descarga para que tu cuerpo rechazara el deseo homosexual”, señala.

En otros casos, las personas llegaban a las clínicas después de haber sido delatadas por su entorno cercano: lo cuenta Carmen García de Merlo, expresidenta de COGAM y activista trans, quien infiere que “se dio el caso de una señora que fue a confesarle al cura que su hijo era mariquita, y el cura llamó a la Policía, lo detuvieron y se lo llevaron a un centro de internamiento”. Otras veces, añade, había algún vecino o compañero de trabajo que denunciaba. Por eso, expresa Duarte, casi siempre “tenían que ocultar su manera de ser, sus gustos, sus deseos y ser como invisibles ante la sociedad. Sobre todo en los contextos rurales, donde la gente todavía sigue muy presa de esta situación en la actualidad”.

A su juicio, fruto de esas experiencias del pasado, se han heredado en las zonas rurales ciertas formas inconscientes de pensamiento como intentar pasar inadvertido y buscar estrategias de vida que no sean leídas como no heterosexuales. Pero también había una cuestión de clase que marcaba quién era detenido y quién podía salir airoso de una redada policial. La expresidenta de COGAM traslada, en este sentido, que en pleno franquismo “en Madrid había clubs y espacios concretos como la calle Almirante donde se hacían redadas, dado que se sabía que muchos homosexuales quedaban allí. En una de ellas, en el Café Gijón, cogieron a un grupo que estaba ahí charlando, se los llevaron a la comisaría, les hacían la ficha y los identificaban. Hasta que una vez vieron que uno de ellos era juez y fue entonces cuando les soltaron a todos”.

El vacío histórico en torno a la memoria lesbiana
En el caso de las mujeres, la represión actuó de una forma bien distinta al caso de los varones. Prácticamente no hubo internamientos carcelarios de lesbianas o bisexuales a excepción de algunas excepciones por varios motivos, señalan Carmen García de Merlo y Oliver Duarte Herrera. Por un lado, la consideración de las mujeres como “eternas menores” hacía que, en caso de que alguna fuera sorprendida manteniendo relaciones afectivas con otra, fueran enviadas con sus padres o maridos. Cuando eran devueltas a sus familias, estas las internaban en colegios religiosos femeninos para corregirles.

“La homosexualidad femenina siempre ha estado muy silenciada y durante toda la dictadura apenas hubo casos de mujeres denunciadas como peligrosas sociales. Como no figuran prácticamente como internas en psiquiátricos, hay un silencio abrumador y por mucho que investigues no encuentres a nadie, no hay datos”, confiesa Martínez. En este sentido, el volumen de expedientes encontrados en el caso de los hombres contrasta con los escasos referentes a las mujeres lesbianas.

Por otro lado, la homosexualidad en ellas podía disfrazarse fácilmente de amistad en tanto que, por ejemplo, no estaba mal visto que dos o varias mujeres se reuniesen en una casa o durmiesen en la misma habitación, algo que sí despertaba recelos en los hombres. García de Merlo sostiene que “las mujeres que querían tener relación con mujeres o lo hacían a escondidas o vivían juntas como si fueran hermanas o primas; así no se enteraban”.

Eugenesia amparada por eminencias científicas de la época
La estrategia represiva del franquismo contó con la colaboración activa de los denominados “psiquiatras del régimen”, defensores de las teorías eugenésicas que comenzaron a brotar a partir del siglo XIX. En un momento de apogeo de la ciencia psiquiátrica, estos médicos franquistas utilizaron esta disciplina “como arma política para reprimir a todos aquellos que les resultaban incomodos”, destaca una investigación de la Universitat de Lleida. El más recordado fue quizás Antonio Vallejo-Nájera, para quien eran considerados “una vergüenza social y un foco de enfermedades venéreas” en tanto que aquellas conductas sexuales que no fueran destinadas a la reproducción eran entendidas como sodomitas.

Sus posturas eugenésicas basadas en el biologicismo positivista contribuyeron, como apunta el mencionado estudio, a justificar la aniquilación de las disidencias y reeducar a las masas “para que se resignaran a aceptar su lugar en el mundo”. La colección 'Hacer memoria' , editada por la Secretaría de Estado de Memoria Democrática, contiene una guía didáctica dedicada a quien ha pasado a la historia como ‘el Mengele español’. En ella se explica que, al calor de las teorías darwinistas que defendía, Vallejo-Nájera creyó fundamental “someter científicamente todos aquellos factores sociales que puedan influir, para bien o para mal, en las cualidades tanto físicas como psíquicas de la raza y de las generaciones futuras”. Madrid tenía una calle dedicada en el distrito de Arganzuela, el Paseo del Doctor Vallejo-Nájera (por Antonio Vallejo-Nájera Lobón); pero el Ayuntamiento, en 2017, aprobó un cambio para dedicar la calle a su hijo (Juan Antonio Vallejo-Nájera Botas) para tratar de cumplir con la ley de Memoria.

Otra de las consideradas eminencias psiquiátricas que más contribuyó a reproducir sistemáticamente el discurso patologizante sobre las disidencias sexuales fue Francisco J. de Echalecu y Canino, quien teorizó en España sobre el falso carácter hereditario de la homosexualidad. Llegó incluso a equiparar esta orientación sexual con la psicopatía, siendo uno de los padres de la Ley de Vagos y Maleantes. Durante todo el franquismo se forjó la idea de que la homosexualidad traía consigo inevitablemente actos de pederastia y abusos a niños y adolescentes. Ello subrayaba todavía más, a ojos del régimen, su hipotética peligrosidad. Por este motivo Echalecu basó buena parte de su carrera divulgativa en dar conferencias en las que explicaba cómo “prevenir la seducción de menores” cambiando las orientaciones “de los psicópatas”.

La obra ‘Sodomitas’ (1956) del policía y escritor antisemita Mauricio Carlavilla, conocido por el seudónimo ‘Mauricio Karl’, refleja muy bien este pensamiento. Así comienza el ensayo, uno de los más vendidos durante el fascismo en España: “La manada de fieras sodomitas, por millares, se lanza a través de la espesura de las calles ciudadanas en busca de su presa juvenil. Disfrazada de persona, la fiera sodomítica ojea entre el matorral ambulante de las aceras su pieza preferida, el cándido muchacho, más grato a su ávida pupila cuanto más inocencia lleva retratada en su fisonomía”. Ya en democracia, el psiquiatra neofascista y ultracatólico Enrique Rojas, heredero de estas teorías pseudocientíficas, confesó en una entrevista con Efe que la homosexualidad era consecuencia de un “desorden cronológico” y que su orientación se podía transmitir por “un error cromosómico”.

Este año, su hija y también psiquiatra María Rojas Estapé afirmó durante una conferencia que las relaciones homosexuales no son comparables a las heterosexuales. Actos públicos como el de Rojas Estapé transcurren todavía con total impunidad y no ha sido hasta 2023 que prohibieron por ley de las llamadas terapias de conversión.

domingo, 12 de enero de 2025

#hemeroteca #trans #testimonios | El armario de Trini: A Coruña recuerda a la activista trans que encabezó el primer Orgullo tras salir de la cárcel franquista

Imagen aportada por Nazario / Alejandro Molina y Trini Falcés //

El armario de Trini: A Coruña recuerda a la activista trans que encabezó el primer Orgullo tras salir de la cárcel franquista

Una exposición muestra en su ciudad natal imágenes y objetos de una de los iconos del movimiento LGTBIQ+ que, junto a sus compañeras prostitutas, se puso al frente de la primera manifestación homosexual del Estado cuando la policía apareció a disolverla
Luís Pardo | El Diario, 2025-01-12
https://www.eldiario.es/galicia/armario-trini-coruna-recuerda-activista-trans-encabezo-primer-orgullo-salir-carcel-franquista_1_11951059.html 

Trini Falcés (A Coruña, 1942-2022) fue, sobre todo “una gran luchadora, una superviviente”. Desde que nació, como bebé robado, hasta su muerte. Una peripecia vital que la obligó a moverse, “expulsada”, de Galicia a Andalucía, de Aragón a Barcelona y hasta al exilio en París. Por el medio, pasó cinco años en las cárceles para homosexuales del franquismo, aquellas que distinguían entre activos y pasivos. En junio de 1977 estuvo a la cabeza de la primera manifestación del colectivo del Estado, en Barcelona. Cuando aparecieron los grises, fueron las transexuales y las prostitutas quienes se pusieron al frente de la marcha. Ella era las dos cosas. No tenían miedo porque, decían, “ya estamos muertas”... pero también porque los policías eran viejos conocidos. Tras tantas mudanzas forzosas, la vida de La Trini cabía en un armario, como el que ahora muestra la exposición que le rinde homenaje en su ciudad natal, esa a la que volvió a pasar sus últimos años y donde, por fin, se sintió tratada como siempre quiso: como una persona.

Más allá de la manifestación que la convirtió en un símbolo —y de la que queda testimonio gráfico— y de otros hitos similares, no es fácil reconstruir la vida de Falcés. Ese fue el desafío al que se enfrentó Sergio Marey, comisaria de la exposición ‘Relembrando a Trini (Recordando a Trini)’, impulsada por la Deputación coruñesa, y autora también de su biografía, ‘É mellor loitar que morrer de fame’ (‘Es mejor luchar que morir de hambre’). “No es una biografía típica, no está narrada cronológicamente”. Pero no por una cuestión de estilo: “Trini estaba ya muy mayor y mezclaba conceptos e ideas”. Por eso, en las partes del libro que se basan solo en su memoria “no hay una continuidad, no sabemos cuándo empieza una cosa y acaba otra; está todo muy difuso”. Tal y como corresponde a un mito.

Las dudas comienzan antes incluso del nacimiento de Trini. Ella cuenta que su madre biológica era natural de Ferrol y que trabajaba en el mercado coruñés de San Agustín, de donde el hombre que acabaría siendo su padre —no se sabe si tras una violación— se la llevó a servir a su casa. De su relato no queda claro si ése es el motivo por el que la roban o si fue porque su madre biológica y la adoptiva parieron a la vez, el bebé de la segunda nació muerto y esta se quedó con ella. El papel de su padre adoptivo, agente de la policía secreta franquista, habría facilitado las cosas. Aun así, para evitar enfrentarse a la progenitora, consigue un cambio de destino y se mudan a Andalucía. Aquí comienza el peregrinaje de Trini.

Zaragoza sería el siguiente destino. Cuando “de forma natural” se le empiezan a notar los pechos —“era una persona intersex”, recuerda Marey—, la familia decide poner tierra de por medio y asentarse en la casa materna, en Fuentes de Jiloca. Pero llega el momento de hacer la mili y, “para que no se hable de sus tendencias” la envían a Barcelona. Allí pasará tres décadas, una estancia interrumpida por un exilio en París, del que casi nada se sabe, y por sus estancias en prisión.

El franquismo creó dos campos de concentración diferenciados para los homosexuales: el de Badajoz —para los pasivos— y el de Huelva, destinado a los activos. “Una cosa delirante, como si fueran dos sexos”, señala Marey, quien recuerda que, para el régimen, “los activos tenían más capacidad de volver a la normalidad, porque no se estaban feminizando como los pasivos”. Trini pasaría por ambos, sufriendo las raciones de comida podrida, las palizas o los trabajos forzosos que estaban a la orden del día. Pasó cinco años entrando y saliendo, hasta que la Ley de Peligrosidad Social —la evolución de la Ley de Vagos y Maleantes— fue derogada y la orientación sexual dejó de ser un delito.

Trini en la primera manifestación gay de Barcelona, 1977-06-26 //

“Nosotras ya estábamos muertas”
La manifestación del 24 de junio de 1977, la primera movilización de homosexuales en el Estado, pilla a Trini ya “muy metida” en los movimientos sociales y políticos de Barcelona. Era amiga del dibujante Nazario y del pintor Ocaña, dos de los grandes activistas del movimiento, y se relacionaba con el Front d'Alliberament Gai de Catalunya (FAGC), que fue quien convocó aquella marcha.

La marea humana transitaba por las Ramblas, rumbo a Canaletas, cuando aparecieron los grises, con porras y pelotas de goma. Los asistentes comienzan a desperdigarse y es entonces cuando —como muestran las fotos— “las mujeres trans y las prostitutas se pusieron a la cabeza de la marcha porque, como decían, 'nosotras ya estábamos muertas'”.

El relato de Marey —nacida 20 años después de aquel hito fundacional— coincide con el recuerdo que Empar Pineda, militante feminista lesbiana y, en aquel momento, dirigente del Movimiento Comunista, dejaba a elDiario.es en el cuarenta aniversario de aquella histórica protesta. “La presencia de los grises hacia la mitad de las Ramblas hizo que la gente se empezara a dispersar, y quien hizo de escudo y nos protegió fueron transexuales y travestis, a quienes no habíamos dejado ocupar la cabecera de la manifestación porque nos preocupaba la imagen”.

Fito Ferreiro, miembro de la Asociación Palestra y una de las personas que acompañó más de cerca a Trini en sus últimos años en A Coruña, añade con cierto humor un matiz que conoció hace poco. “El movimiento homosexual estaba con la burguesía barcelonesa y, al final, se unieron las trans, algo que no les gustó mucho, porque no querían mezclarse”. Sin embargo, fue precisamente la presencia de este grupo la que hizo que los grises no se empleasen a fondo. “Al final, entre la policía y el mundo de la noche, todos se conocían”. Su relación se basaba en las detenciones, pero también en “favores” que se hacían mutuamente. “Los agentes las reconocieron y se quedaron allí”.

“La estáis tratando como una señora”
Como corresponde, Ferreiro conoció a una Trini recién llegada en una manifestación del Orgullo en A Coruña, una década antes de su muerte. Tras Barcelona y París, ella había intentado volver a la casa familiar de Fuentes de Jiloca, pero estaba casi en ruinas, así que decidió retornar a su lugar de nacimiento. De entrada, él no tiene ni idea de quién es su nueva amiga. Lo descubre cuando, con el trato, comienza a soltarse. “Ella tenía muchas ganas de contar”.

Ferreiro recuerda una conversación con Carla Antonelli —la primera diputada trans y actual senadora—, a la que mostró su extrañeza porque Trini “los quisiese tanto”. “Es porque la estáis tratando como una señora”, le contestó ella. “Son mujeres que eran el despojo de la sociedad: transexuales, que no tenían su espacio, dedicadas a la noche, tanto al espectáculo como a la prostitución. Trini tuvo una vida muy complicada. Los que estuvimos a su alrededor la tratábamos como una persona y ella lo valoró mucho”.

En Barcelona, Trini trabajó durante años como limpiadora en un hotel propiedad de la familia Pujol, hasta que el uso de productos químicos le provoca una enfermedad crónica. Cuando va a coger la baja descubre que, en todo ese tiempo, los Pujol no habían cotizado por ella. Como el salario no le llegaba, había empezado a prostituirse de forma ocasional, pero desde ese momento es cuando pasa a hacerlo “a tiempo completo”. Al mismo tiempo, hacía performances en clubs nocturnos. Marey cuenta que tenía varios números: en uno, bailaba envuelta en un mantón de manila; en otro, con una estelada. De ninguno de ellos se conservan fotografías. Nazario le contó a Ferreiro que en la última época, con los sesenta años ya muy cumplidos, Trini era la encargada de llevar bocadillos a las chicas que hacían la calle y de mantener encendido el fuego en los bidones que usaban para entrar en calor. “Así se ganaba el dinero”.

Poco después de llegar a Coruña, Trini empieza a tener problemas de cadera. Un grupo de personas, encabezadas por Ferreiro y la escritora Eva Mejuto, la ayudan en su día a día y le hacen compañía. Ahí comprueban sus dotes para la supervivencia. “Sabía todos los trucos y se buscaba la vida como fuese”. En 2009, había recibido una indemnización como represaliada por la Ley de Vagos y Maleantes. Según la Asociación Ex-Presos Sociales, que fue quien impulsó esa compensación económica, a Trini la Ley de Memoria Histórica sólo le proporcionó un reconocimiento simbólico. Vivía de una pensión no contributiva, algo que, según la Fundación 26 de diciembre, le pasa a casi tres de cada cuatro personas LGTBIQ+ mayores de 65.

“Iba al banco de alimentos a por comida, a la parroquia a por mantas, a servicios sociales para que le llevasen la comida, le pagasen las gafas, la Moto”. La Moto era como Trini llamaba a su silla de ruedas. Como vivía muy cerca del Paseo Marítimo, cuando hacía buen tiempo la usaba para llegar a la zona de la playa en la que estaban los socorristas. “Así la ayudaban a bajar a la arena para tomar el sol”.

“Lo que guardamos”
Un mes antes de su muerte, Ferreiro llevó a Trini al Orgullo de Ribadumia, en Pontevedra. “Fue muy bonito, la gente le daba mucho cariño”. Él recuerda especialmente cómo conectó con una adolescente trans, de 16 años, a la que le regaló los pendientes que llevaba puestos. “Ella era así, regalaba todo lo que tenía. Ibas a su casa y volvías con collares, sortijas... todo baratijas. Cuando murió, me tocó ir a recoger sus cosas a la residencia. Al verlas en casa, me pregunté qué iba a hacer con todo eso. Fue ahí, hablando con Sergio, cuando surgió contar la historia de Trini a partir de su armario”.

“El armario representa lo que guardamos, lo que acumulamos”, relata Marey. “Al final, lo que Trini conservaba es lo que había en él: ropa, una caja con documentos y fotografías... pero poco más. Tuvo que mudarse tantas veces que no tenía grandes pertenencias”. El armario de la exposición no es el de Trini, sino uno de segunda mano comprado para la ocasión. El visitante podrá rodearlo y ver diferentes partes de su vida: la foto en la manifestación de Barcelona, una entrevista “cuando era prostituta, reivindicando que no las expulsasen del Camp Nou durante las olimpiadas de Barcelona”, la única imagen que se conserva de sus espectáculos artísticos, otras donadas por Nazario... También el abrigo que llevaba cuando hacía la calle o el traje que se puso en su homenaje. La comisaria añade al listado una carta que considera “muy especial” en la que Trini narraba su vida “para pedir al Justicia de Aragón que se la dignificase como persona y se le diese una ayuda para poder vivir en su pueblo”. No tuvo efecto, pero a Marey le parece que demostraba “mucho valor” al demandar algo así.

La exposición, que permanecerá una semana en la Biblioteca Municipal de A Coruña antes de desplazarse a otros municipios de la provincia, no solo busca homenajear a Trini, sino a todas las personas que lucharon por los derechos del colectivo “no hace tanto tiempo”. “Mostrar cómo vivíamos las personas LGTBI y sobre todo las trans hace 50 años, porque si no recordamos nuestro pasado va a ser muy difícil que construyamos bien nuestro futuro bien”, relata Ferreiro. “Hoy estamos aquí gracias a la lucha de esas personas, que convocaron la primera manifestación en Barcelona, que se enfrentaron a la policía, que estuvieron en la cárcel... Gracias a ellas hoy tenemos los derechos que tenemos y debemos acordarnos de todo el sufrimiento que costó”.

jueves, 21 de noviembre de 2024

#libros #homosexualidad #franquismo | Invertidos, provincianos y maleantes : disidencias sexogenéricas y peligrosidad social en el franquismo asturiano

Invertidos, provincianos y maleantes : disidencias sexogenéricas y peligrosidad social en el franquismo asturiano / Miguel Fernández Turuelo ; prólogo de Rubén Vega García.

Oviedo : Instituto de Memoria Democrática en Asturias, 2024 [11-21].
206 p.

/ ES / Libros / ENS / Asturias / Disidencia sexual / Franquismo / Homofobia / Homosexualidad / LPRS / LVM / Memoria histórica

📘 Ed. impresa: ISBN 9788410345256
📝 Cita APA-7: Fernández Teruelo, Miguel (2024). Invertidos, provincianos y maleantes: disidencias sexogenéricas y peligrosidad social en el franquismo asturiano. Instituto de Memoria Democrática en Asturias. 
 
Invertidos, provincianos y maleantes es una investigación de Miguel Fernández Turuelo en la que el autor, estableciendo un diálogo entre diferentes fuentes (expedientes judiciales, testimonios orales, prensa, propaganda, etc.) y enfoques disciplinares, construye un relato analítico sobre la represión sexual y de género como uno de los pilares del control social en la Asturias franquista. En este sentido, los expedientes de peligrosidad social emitidos por los tribunales de Vagos y Maleantes serán una de las piedras de toque en la explicación de los diferentes ejes a través de los que dicho control social -y moral- fue llevado a cabo.

Esta obra es también una contribución a la memoria de los y las disidentes sexuales y de género, pues si bien el proceder de la dictadura -con sus particularidades en Asturias- los convirtió en resistentes y víctimas, no por ello dejaron de ser sujetos agentes que elaboraron estrategias de negociación y de (in)visibilización de cara a sobrevivir a un contexto hostil como el franquista. De este modo, esta investigación considera la capacidad de las personas disidentes para articular formas de vida fuera de la norma, en la clandestinidad, más allá del castigo y el ostracismo que una sociedad profundamente tradicional les reservaba.

En suma, Fernández Turuelo plantea el análisis de las disidencias sexogenéricas desde la dialéctica entre represión y agencia en lo que supone una de las primeras aportaciones asturianas a la historia de las sexualidades y géneros no normativos en el franquismo.

lunes, 1 de julio de 2024

#hemeroteca #lgtbi #testimonios | Ramón Linaza, organizador de la primera manifestación LGTBI+ en Madrid: “Los gobiernos de Almeida y Ayuso son un peligro para nuestros derechos”

Ramón Linaza //

Ramón Linaza, organizador de la primera manifestación LGTBI+ en Madrid: “Los gobiernos de Almeida y Ayuso son un peligro para nuestros derechos”

El activista de 67 años señala la ‘ley trans’ de la Comunidad y la cartelería del Orgullo, diseñada por el Ayuntamiento, como pruebas de que los avances conseguidos no están asegurados
Juan José Martínez | El País, 2024-07-01
https://elpais.com/espana/madrid/2024-07-01/ramon-linaza-organizador-del-primer-desfile-lgtbi-en-madrid-los-gobiernos-de-almeida-y-ayuso-son-un-peligro-para-nuestros-derechos.html

Cuando el primer desfile del Orgullo LGTBI en Madrid partió de la calle de O’Donnell en la tarde del 25 de junio de 1978, Ramón Linaza (Madrid, 67 años), que por entonces rondaba los 20 años, marchaba tras la pancarta del Frente de Liberación Homosexual de Castilla. Días antes había sido el encargado de redactar la petición al Gobierno civil para que autorizara el evento, que se convertiría en la semilla del que hoy es uno de los desfiles reivindicativos más importantes de Europa. Entonces, cerca de 7.000 personas exigieron la derogación de la Ley sobre Peligrosidad y Rehabilitación Social, heredada del franquismo, que perseguía a los homosexuales junto a prostitutas, traficantes, y pandilleros. En 2005, se casó con Carlos Patiño en una ceremonia oficiada por el célebre activista Pedro Zerolo, quien los homenajeó como “hombres comprometidos con la lucha contra la enfermedad”, en alusión al VIH que les diagnosticaron en los noventa.

De pelo cano y barba incipiente, ha acudido este martes en pantalones cortos y camiseta playera al Museo del Romanticismo en Madrid, donde ha escogido hacer esta entrevista. Sus sandalias cangrejeras dejan entrever unas uñas moradas a medio pintar. Han sido días movidos: el pasado fin de semana asistió al Orgullo Vallekano; este, irá al Orgullo Crítico; y el próximo, al multitudinario desfile de MADO en el distrito Centro. Con el arrullo solemne de la fuente del jardín como música de fondo, Linaza comienza hablar, alternando recuerdos y premoniciones. Durante la charla, evoca memorias de más de cuatro décadas de lucha y temores por la influencia creciente de las “fuerzas reaccionarias” que buscan hacer del futuro un viaje hacia el pasado.

Pregunta: ¿Por qué saldrá a marchar en este Orgullo, 46 años después de hacerlo por primera vez?

Respuesta. Hay motivos para celebrar los avances conseguidos y hay motivos para tener claro que los derechos hay que defenderlos. Sigue habiendo países en los que la homosexualidad es penada con cárcel e incluso penas de muerte, sigue habiendo homofobia y, también, vemos la amenaza de la extrema derecha con sus discursos de odio. Estamos viendo que hay un repunte en la violencia contra las personas del colectivo y eso que muchas agresiones no llegan a ser denunciadas porque [los agredidos] consideran que no sirve para nada o no quieren tener que contárselo a un policía, que ya es bastante desagradable tener un encontronazo. Entonces es un momento de alerta porque los derechos no están asegurados.

P. ¿Qué derechos se encuentran bajo amenaza?

R. Bueno, cuando se aprobó el matrimonio igualitario, el PP lo llevó al Tribunal Constitucional, porque ellos no querían que se aprobara. Ahora, obviamente, sería muy difícil retroceder en esos temas, porque se han creado unos derechos legales y eso no se va a deshacer. Pero a la ley trans de la Comunidad de Madrid, por ejemplo, se la vació completamente de contenido, mientras el Ayuntamiento trata de ocultar los colores del arcoíris y las siglas LGTBIQ. Yo creo que sí que hay motivos para estar preocupados.

P. ¿Cómo ha caído en este contexto el anuncio del Gobierno central de interponer un recurso de inconstitucionalidad contra la reforma de Ayuso a las leyes trans y contra la LGTBIfobia?

R. Me alegro. Lo tomamos como una buena noticia, que demuestra que tenemos un Gobierno [central] que está comprometido con la defensa de las personas LGTBIQ.

P. ¿Desde cuándo ha emergido el temor de retroceder en los derechos conseguidos?

R. Desde que Vox entró en el Parlamento de Andalucía [en 2018]. Ya ahí se vio que no estábamos vacunados contra el fascismo, como podía haber pensado alguien; que lo que está pasando en Europa y el mundo también iba a ocurrir aquí. Desde que haya personas que se sienten en un parlamento a defender discursos de odio, se está envalentonando a los sectores más reaccionarios de la sociedad. Como se ven justificados, entonces ya no está mal visto pegarle una ostia a un tío por maricón. Es el efecto que tiene, al igual que pasa con la población migrante: es ponerles en la diana para exaltar las bajas pasiones de sectores… con poca cabeza, diría yo.

P. Este año la cartelería oficial del Orgullo ha generado mucho ruido por la aparición de elementos estigmatizantes y por la falta de alusiones reivindicativas. Algo similar ocurrió el año pasado. ¿Qué revelan estos diseños elegidos por el Ayuntamiento?


R. Es una tendencia de fondo desde el sector más regresivo de la sociedad, encabezado por el PP y espoleado por Vox. Quieren normalizar el Orgullo, quitarle elementos y convertirlo en un evento más anodino, más para todo el mundo. Son las fiestas del verano en Madrid. Hay unos carteles que ponen Madrid Orgullo y no se sabe si es por [las fiestas de] La Paloma o por San Isidro. Es reduccionista poner un preservativo, una copa y un zapato de tacón. A mí, aparte, el cartel me parece muy feo, pero en cualquier caso sí es un poco simplón, creo que hay más, hay muchas imágenes históricas del Orgullo, muy bellas y partir de ahí se podría crear algo más.

P. ¿Es un intento desde Cibeles de despojar al evento de su sentido reivindicativo?

R. Por supuesto, al alcalde que tenemos no le gusta la bandera. El año pasado no fue absolutamente a ninguno de los eventos del Orgullo, nada, ninguno. Al alcalde le he visto recibir al Real Madrid y, en fin, a mucha gente, entonces es un poco raro que no participe de ninguna manera en un evento que atrae a más de un millón de personas a la ciudad. No sé, parece como si le diera mal rollo, igual se piensa que es contagiosa la homosexualidad y que si aparece en un acto así... yo no sé.

P. Sin banderas en la cartelería oficial, ni en las fachadas de las instituciones. ¿Son motivo de orgullo para la Administración las festividades que organiza el colectivo?

R. Para la derecha de este país todo esto es una molestia, ellos preferirían que no existiera. Pero bueno, ya que tiene que existir, pues vamos a aprovecharlo. La parte más interesante para ellos es la parte crematística, lucrativa. Y lo tienen claro: no van a hacer nada para impedir que los hosteleros hagan caja.

P. Este año el Ayuntamiento negó a uno de los eventos más autóctonos de las fiestas LGTBI, el Orgullo Vallekano, los permisos para los conciertos de cierre ¿Por qué es importante preservar estas fiestas más locales?

R. Porque son más auténticas, fíjate. A mí me gustó mucho el Orgullo Vallekano precisamente porque era muy humano. Me resultó muy agradable porque te encontrabas con la gente, un poco como de pueblo casi, entonces es muy entrañable. Llegaba una carroza y era muy humilde, vamos, un camión con banderas; eso me pareció un poco como de película de Fellini, del neorrealismo italiano.

Y en el Orgullo Crítico ahí sí que hay colectivos, llevamos peticiones políticas concretas y yo creo que enlaza mejor con lo que era el orgullo en sus inicios, que no olvidemos que es una rebelión contra las actuaciones de la policía. El MADO es un desfile tan inconmensurable en cuanto a la cantidad de gente que participa, que es muy divertido también y tiene cosas muy bonitas, pero puede llegar a ser incluso hasta agobiante.

R. Los sectores que usted llama reaccionarios insisten en la idea de que los menores están siendo adoctrinados en los colegios. ¿Hay ideología de género dentro de las aulas?


P. ¿Qué es la ideología de género? Yo creo que cuando hablan de ideología de género de lo que hablan es de que quieren seguir viviendo en un mundo binario, blanco y negro, donde los machos son machos y las hembras son hembras y los niños y las niñas se casan y tienen hijos. Pero la realidad no es así, es enormemente diversa. Siempre ha habido y siempre habrá personas homosexuales, bisexuales, asexuales, trans, no binarias, etc. Es consustancial al ser humano, siempre ha sido así: en el franquismo los había, en las SS hitlerianas también. Yo creo que cuando se habla ideología de género lo que pretenden es que la vida siga siendo gobernada para una visión muy reduccionista del ser humano. Lo que sí que hay es un Gobierno que es un peligro para nuestros derechos, tanto en el Ayuntamiento como en la Puerta del Sol.

P. ¿Qué temas están pendientes lograr una inclusión total en la sociedad?

R. Está el reto de derechos trans que se han conseguido, pero que hay intentos de retroceso, como vemos en la Comunidad de Madrid. Además, la ley trans dejó algunas cuestiones pendientes como los derechos de los menores trans. A nivel global, creo que hay un momento peligroso de retroceso de derechos: en Italia, Giorgia Meloni, que es heredera del fascismo, ha quitado el derecho a las parejas de mujeres a reconocer a sus hijos. Ya estamos viendo las cosas que pueden hacer y hay Estados en los que se alienta la homofobia desde las instituciones.