Mostrando entradas con la etiqueta H-CatalunyaPlural. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta H-CatalunyaPlural. Mostrar todas las entradas

lunes, 1 de enero de 2024

#hemeroteca #inmemoriam | Colita, adiós a la mirada de la Catalunya moderna

Colita vista por Pepe Encinas //
Colita, adiós a la mirada de la Catalunya moderna

Gabriel Jaraba | Catalunya Plural, 2024-01-01

https://catalunyaplural.cat/es/colita-adios-a-la-mirada-de-la-catalunya-moderna/ 

La mirada de Colita quedará como una mirada global, omniabarcante de las distintas facetas de la vida cotidiana, y no sólo un testimonio de la actualidad o de la actividad artística. Artista era ella, y no sólo quienes retrataba, porque no se conformaba con trasladar al papel fotográfico su imagen, sino que reproponía y reconstituía sus personalidades.

El fin de año nos sorprende con la muerte de Colita, mucho más que una gran fotógrafa antes una personalidad muy destacada de la vida cultural catalana de la segunda mitad del siglo XX. Doctora Honoris Causa por la Universidad Autónoma de Barcelona, ​​aportó una mirada del todo singular a las realidades y los personajes que marcaban el despertar de la vida ciudadana de nuestro país a medida que caminábamos hacia la democracia y nos adentrábamos en ella.

Colita no fue “la fotógrafa de ‘Gauche Divine’”, como volvemos a leer. Fue una artista de la fotografía y una fotoperiodista que superó los límites de ese encasillamiento y de cualquier otro. Fue una militante de izquierdas, partidaria del socialismo de Joan Reventós y Raimon Obiols, y una activista feminista que mostró el camino a muchas mujeres. Laboralmente luchó por una dignificación de las condiciones laborales y económicas de los fotógrafos, y ayudó a ensanchar los límites de sus entornos: no quedó limitada por ciertos mandarinatos de quienes creían que la actividad fotoperiodística era exclusiva suya –y se repartían el trabajo entre ellos, cerrando el paso a los jóvenes– e hizo de maestra, en el viejo sentido artesanal de la palabra, de los fotógrafos noveles, como Kim Manresa, hoy maestro él mismo.

La exposición antológica de su obra, en 2014 en La Pedrera, comisariada por Laura Terré y custodiada por Francesc Polop, fue una re-visión –con guión, volver a ver para verlo mejor– de los años y la gente que han dado forma a la Catalunya moderna. La mirada de Colita quedará como una mirada global, omniabarcante de las distintas facetas de la vida cotidiana, y no sólo un testimonio de la actualidad o de la actividad artística. Artista era ella, y no sólo quienes retrataba, porque no se conformaba con trasladar al papel fotográfico su imagen sino que reproponía y reconstituía sus personalidades. Cuando hizo la fotografía fija de ‘Los Tarantos’, filme de Francesc Rovira Beleta, mostró un rostro de Carmen Amaya que reflejaba dramáticamente toda la profundidad del arte llamado flamenco, que es en realidad una epopeya de tradición oral desde que las invasiones musulmanas ahuyentaron al pueblo romaní de la India hace 1.500 años. La imagen impactante de la bailarina del Somorrostro barcelonés, que sólo Colita supo llevar a la realidad, le abrió las puertas del mundo del flamenco. Había sido apadrinada por Paco Rebés, coleccionista de arte, galerista, pintor y fotógrafo, y representante de los más importantes artistas flamencos, y entró como laboratorista y estilista en el estudio de Xavier Miserachs, aprendiendo después de Oriol Maspons y Francesc Català Roca.

Colita se convirtió en digna sucesora de estos artistas (añadiremos a Ricard Terré y Ramon Masats) y aportó una mirada juvenil, aparentemente informal, pero en realidad humorística (García Márquez con la cabeza cubierta con un ejemplar de ‘Cien años de soledad’) y transgresora (las secretarias de Jordi Herralde enseñando las bragas en el despacho de la editorial Anagrama). Esto hizo que algunos ignorantes la hayan asociado a la frivolidad, confundiendo humor y veleidad, mientras que ella fue siempre consciente de la impostada falsa trascendencia que ha empapado la cultura catalana; supo introducir un remedio del todo necesario y se asoció con gente que se sentía del mismo, como Terenci Moix, Anna Maria Moix, Juan Manuel Serrat, Ángel Pavlovski, Rosa María Sardà, Nazario Luque o un gran número de profesionales del espectáculo que han hecho que Cataluña sea como es y no como una minoría quisiera que fuera.

La fotografía de Colita, humorística, testimonial, inquisitiva, reveladora, sensible, compasiva, combatiente, todo esto a la vez, dignificaba la apertura de la mirada del país a todas las sensibilidades de la segunda mitad del siglo XX. La antología de su obra es un compendio de lo que todos hemos sido durante estas décadas; de hecho, un retrato colectivo. Un país moderno, diverso, complejo, plural, hecho de luces y sombras en el que todo el mundo tiene un papel. No es una mirada parcial o sectorial, es una mirada humana, muy humana, que acepta todo lo que el humano es y hace. Una humanidad que incluye a los animales, a los que la artista amaba tanto, como parte de su esfera de vida. Cualquier visión parcial de Colita hace que el fragmento mienta sobre ella; cuando se abraza su trabajo de manera global e inseparable uno se encuentra de repente con un retrato integral de la condición humana.

Recientemente Colita recibió el galardón Oficio de Periodista, concedido por el Col·legi de Periodistes de Catalunya como distinción por toda su carrera. Esto le gustó mucho, porque la Colita artista era también fotoperiodista, y le gustaba sentirse como tal. Su trabajo sirvió de estímulo para la irrupción de toda una generación de fotoperiodistas mujeres, y ella misma quiso recuperar el nombre de Joana Biarnés, la pionera y la primera; Colita había sido la segunda pues en aquella época las periodistas femeninas en las redacciones se contaban con los dedos de una mano; los fotoperiodistas eran hombres.

En la mencionada antológica de La Pedrera participé con Colita en un coloquio sobre su obra –con Laura Terré, Enric Majó y Pilar Aymerich–, y me presentó a la señora Biarnés, la mujer que fotografió a los Beatles. Las abracé a ambas y un escalofrío me recorrió la espalda, me sentí como si John Lennon me hubiera presentado a Paul McCartney. Joana Biarnés murió poco después. Siempre se lo agradeceré a Colita, Isabel Steva Hernández.

lunes, 26 de julio de 2021

#hemeroteca #lgtbi #politica | Renta Básica Universal, la otra agenda urgente del colectivo LGBTI

Imagen: Catalunya Plural //

Renta Básica Universal, la otra agenda urgente del colectivo LGBTI.

Propuestas como las de una Renta Básica Universal desde una perspectiva de redistribución de la riqueza, sin que ésta suponga recortar otros derechos y a la que todo el mundo tenga acceso es una medida con una capacidad de transformación enorme por el colectivo LGBTI.
David Jiménez | Catalunya Plural, 2021-07-26
https://catalunyaplural.cat/es/renta-basica-universal-la-otra-agenda-urgente-del-colectivo-lgbti/ 

El movimiento LGBTI vive secuestrado por la urgencia. No es para menos, al ver las noticias preocupantes que nos han llegado las últimas semanas: agresiones LGBTI-fóbicas de todo tipo y, incluso, un asesinato homófobo que ha sacudido nuestras sociedades y ha generado horas y horas en las tertulias sobre qué es y qué no es homofobia, mientras el activismo debatía sobre cuál era la mejor manera de hacerle frente a la LGBTI-fobia. Asimismo, vivimos la urgencia del reconocimiento de los derechos de las personas trans, materializado en el debate en torno a la aprobación de la ley trans y de derechos LGBTI, con sus aciertos y sus carencias.

Ante estas urgencias, algunos colectivos lo han confiado todo a la acción legislativa. Parece que con la aprobación de la ley trans ya no habrá sufrimiento en el colectivo trans y la autodeterminación de género será una realidad, independientemente de quien seas y de donde vengas. Esto evidentemente es tan falso como que con la ley del matrimonio igualitario se llegó a la plena igualdad LGBTI o con la ley catalana 11/2014 contra la LGBTI-fobia se erradica toda violencia hacia las personas LGBTI. Las leyes LGBTI, al igual que las leyes contra las violencias que sufren las mujeres, están pensadas desde determinados espacios, determinadas clases sociales y a menudo los legisladores y legisladoras tienen en mente una idea concreta de mujer o persona LGBTI, con una extracción socioeconómica determinada. Un claro ejemplo lo encontramos en la misma ley trans aprobada por el Consejo de Ministros, que olvida las personas migradas, en parte debido al bloqueo que supone la ley de extranjería. Por lo tanto, ¿cómo resolverá los problemas de la comunidad trans migrada y precaria del Raval el hecho de que las personas con ciudadanía española puedan modificar una casilla del DNI? Esta problemática la ha señalada recientemente la activista trans Dean Spade en una entrevista, cuando dice que «debemos evitar leyes que sean sólo simbólicas, que no ofrezcan ayudas, que sólo sirvan para personas de alto estatus o que lo tengan más fácil, que es lo que hacen la mayoría de leyes». La activista estadounidense concluye que «debemos pensar soluciones que vayan más allá de tener la palabra ‘trans'» – o LGBTI, añado yo – «escrita en ellas».

Con todo esto no quiero decir que no sea un gran paso una ley que facilite la burocracia a las personas trans y prohíba las terapias de conversión de la homosexualidad y las cirugías de reasignación bebés intersex. De hecho, es un avance enorme. Pero hay una LGBTI-fobia que no se ve, que es más cotidiana y menos tangible y que constituye la otra agenda urgente para el colectivo LGBTI. Vivimos en un país donde 1 de cada 10 mujeres trans han experimentado el sinhogarismo. Las causas son muchas, pero las principales son el rechazo familiar y la LGBTI-fobia de los arrendadores de viviendas. Junto a este dato, pienso también en todos los jóvenes LGBTI que han vivido un año y medio de pandemia obligados a pasar a convivir con padres que no los respetan, privados de espacios de socialización seguros debido a la emergencia sanitaria y las terribles consecuencias que esto haya podido tener en la salud mental de esta parte de la población. Esta es la LGBTI-fobia menos visible, la que no abre informativos, pero que tiene que ver con cuestiones estructurales. La que provoca las altas tasas de desempleo de personas trans o que el 72% de las personas LGBTI vuelvan al armario en su entorno laboral por miedo a acabar despedidos.

Por eso, desde hace un año, un sector del activismo LGBTI reclamamos otra agenda urgente para el colectivo LGBTI, en alianza con colectivos sociales, sindicatos y redes como la Red Renta Básica. Reclamamos una agenda de transformación, que garantice la supervivencia de todo el colectivo y de toda la sociedad, sin dejar a nadie atrás. Es una agenda menos identitaria, pero que recoge el hilo de las primeras protestas LGBTI cuando por la Rambla un grupo de mujeres trans llevaban la pancarta «nosotras no tenemos miedo, nosotras somos». Este «ser», esta existencia, sólo es posible si garantizamos las necesidades materiales de todas las personas LGBTI y, por supuesto, de todo el resto de personas precarias de este mundo. Por eso propuestas como las de una Renta Básica Universal desde una perspectiva de redistribución de la riqueza, sin que esta suponga recortar otros derechos ya la que todo el mundo tenga acceso es una medida con una capacidad de transformación enorme por el colectivo LGBTI. El desarrollo de una Renta Básica de estas características supondría una herramienta para sacar de la precariedad a muchas personas trans, para empoderar a las personas LGBTI y que no tengan que volver a los armarios por miedo a perder el empleo y, acompañada de otras políticas de garantía de vivienda, pondría herramientas para no tener que sufrir situaciones de LGBTI-fobia dentro del hogar.

Evidentemente, la RBU no es una varita mágica que acabe con todos los problemas, pero sí una parte de una agenda emancipatoria más amplia para acabar con toda esta LGBTI-fobia que no se ve. Otra agenda urgente, que incluye también la regularización de todas las personas migradas y el fin de la ley de extranjería, políticas que hagan de la vivienda un derecho real, la reducción de la jornada laboral y la garantía del derecho a cuidar y ser cuidado en condiciones de dignidad. Sólo así podremos construir sociedades más libres para todos.

David Jiménez.
Activista LGBTI a favor de la Renda Bàsica Universal. Filòleg, comunicador i militant de Crida LGBTI.

lunes, 12 de agosto de 2019

#hemeroteca #musica #censura | No me irriten el pussy

Imagen: Catalunyaplural / Fotograma del videoclip 'Booty', de C. Tamgana
No me irriten el pussy.
Dar por hecho que un hombre hablando de sexo duro debe resultar vejatorio para las mujeres supone poner en juego la idea patriarcal de que la sexualidad de las mujeres es ética y emotiva. Aludir a que las canciones de C.Tangana son sexistas o incluso promueven la violación culpabiliza a las miles de seguidoras a las que les ponen (y mucho) sus letras y que, en su inmensa mayoría, no son chicas inocentes que buscan ser sometidas por el macho alfa.
Laura Macaya Andrés | Catalunyaplural, 2019-08-12
https://catalunyaplural.cat/es/no-me-irriten-el-pussy/

Justo hacía unas horas que hablaba con una amiga, en broma pero en serio, de que quizás la música ‘trap’ era el nuevo punk. Compartimos algunas imágenes subidas a redes sociales por algunas divas del trap en las cuáles ellas, entre orgullosas y desafiantes, mostraban sus cuerpos tatuados, agujereados, cubiertos de escasas redes, tangas, máscaras de cuero, rodeadas de otras personas de estéticas igualmente incomprensibles para muchxs. Cuerpos excesivamente feminizados, putizados y no todos ellos podían identificarse con lo que cualquiera de nosotras identificaríamos con una Mujer.

Poco antes publiqué una entrada en Instagram, esa red amable y mezquina que vuelve nuestras vidas miserables al compararse con las de lxs demás, en la que aludía a la identificación que en ocasiones sentía con la masculinidad de C.Tangana. Tenía el objetivo de ironizar sobre el esencialismo que seguía imperando respecto a las cualidades de la masculinidad, la cual era objetable cuando era encarnada en un cuerpo leído hombre, mientras se ocultaba cuán despreciables o potentes podían ser también esas masculinidades cuando éramos nosotras quienes las llevábamos a cabo.

En la conversación con mi amiga ella dijo algo que me pareció excepcional respecto a los paralelismos entre el trap y el punk: parece que están gritando porque de otra forma nadie escucharía una mierda de lo que dicen. Y esos gritos podrían ser sin duda sus masculinidades y feminidades hiperbólicas, la pantomima de masculinidades que reducen a las mujeres a “booty”, mientras ellas no dejan de autodenominarse como “bitches” y muestran sus traseros al aire moviéndose en ejercicios imposibles. A pesar de todo ello, hacía mucho tiempo que no veía feminidades tan empoderadas. Feminidades que han convertido la falta y el estigma en potencia y que parecen azotar los culos de la izquierda bienpensante.

Esa misma izquierda bienpensante que en las recientes horas se ha servido de la supuesta promoción que hace C.Tangana de la cultura de la violación para censurar su actuación en las fiestas de Bilbao. El Ayuntamiento ha reculado, tras programar al trapero, ante el “aluvión de críticas” y un supuesto clamor social que ha recabado más de 10.000 firmas para prohibir su actuación.

La prohibición del consistorio, promovida por la petición de plataformas ciudadanas pero también de otros grupos municipales de izquierdas, me resulta profundamente problemática en varios aspectos.

El más evidente es el uso de la censura y la prohibición, elementos más propios de la cultura punitiva y de castigo que de aquellos movimientos que pretenden la transformación social, como puede ser el feminismo. No me parece especialmente complicado entender que la censura no transforma absolutamente nada, ni en las personas que son seguidoras del cantante, ni en la reflexión que podría pretenderse que hiciera el mismo, ni en la imperante cultura machista.

Pero además el uso de estrategias punitivas lo único que consigue es legitimarlas y abonar el campo para usarlas en cualquier otro sentido, mientras que culpabiliza de las violaciones o del sexismo a las personas individuales a quien se censura, obviando la complicidad estructural e institucional en la pervivencia de los valores machistas. Hasta aquí la crítica básica al uso de las estrategias punitivas por parte de los movimientos de liberación.

Ahora bien, como feminista me es imposible pasar por alto otra cuestión que es más difícil de visibilizar debido al imperante puritanismo sexual que ha promovido una parte de la izquierda y del feminismo. La cuestión que me parece más urgente y más peliaguda de abordar es la de si, más allá de las formas, el fin es legítimo, si la acción que produce la censura es realmente antagónica al feminismo.

Desde algunos feminismos se podría aducir que la censura no es una estrategia válida, pero que es incuestionable que el mensaje que promocionan las canciones de C.Tangana u otrxs traperxs, es sexista, poco o nada feminista y que debiera transformarse la cultura y los mensajes que la “chavalería inconsciente” reproduce y que tanto mal produce en las mujeres. El problema es que algunas feministas albergamos nuestras dudas ante tales afirmaciones.

Dar por hecho que un hombre hablando de sexo duro debe resultar vejatorio en si mismo para las mujeres supone poner en juego la consabida idea patriarcal y puritana de que la sexualidad de las mujeres es una sexualidad ética, emotiva, pacífica y no contradictoria. Aludir a que las canciones de C.Tangana son sexistas y que necesitan un filtro feminista o incluso que promueven la violación, culpabiliza a las miles, millones de seguidoras del cantante a las que les “ponen” (y mucho) sus letras y que, en su inmensa mayoría, no son chicas inocentes que buscan ser sometidas por el macho alfa.

Con estos mensajes se culpabilizan las sexualidades transgresoras de las mujeres, transgresoras porque transgreden los dogmas implícitos de los placeres éticos femeninos. La culpabilización de los deseos sexuales de las mujeres desempodera a las mismas en la priorización del placer, la libertad sexual y el descubrimiento de sus propios límites e impone normativas sexuales ficticias que poco o nada entienden de la configuración de los deseos.

La fuerza, la potencia, la agresividad, el sexo casual y explícito son características atribuidas tradicionalmente al hombre, pero que pertenecen a todas las personas. Al denigrarlas, no sólo se les niega a los hombres, sino que se desaprueban y se prohíben para todo el mundo (Badinter, 2004)* bajo el riesgo de ser tildadx de poco o nada feminista.

Todo ello contribuye a que las mujeres tiendan a priorizar el factor “riesgo” en su sexualidad, el cual conduce a la constricción sexual y al miedo, mientras que olvidamos que la búsqueda responsable del placer y la experimentación son la clave para el empoderamiento sexual de las mujeres y la lucha por la defensa de sus libertades sexuales.

Por otra parte, también resulta problemático el resbaladizo concepto de “cultura de la violación” en sus actuales usos, extendidos a cualquier conducta supuestamente sexista. La cultura de la violación hace referencia a todos aquellos actos que legitiman y normalizan la violencia sexual, como pueden ser los cuestionamientos a las víctimas, los relatos culpabilizadores a las mismas, etc.

Al culpar a Tangana de promover la cultura de la violación se equipara una canción, una explicitación de una fantasía a una práctica violenta, de la misma forma que, desde algunos feminismos, se argumenta que la pornografía es la teoría de la violación o que incluso incita a ella. Pero como dice Paloma Uría, «la pornografía responde en realidad a las fantasías sexuales, al deseo y no al orden de la realidad y del acto»**.

Todo ello sin entrar en los prejuicios clasistas y edadistas que hay implícitos en la condena no solo a C.Tangana, sino también a toda la cultura de la música trap, en la cual chicos, chicas y chicxs de diversas corporalidades y clases sociales gritan, como en el punk, ante un público que de otra forma no les hubiera escuchado.

Si desde el consistorio bilbaíno han considerado que esta era la mejor idea para proteger a las mujeres de sus propias cadenas, a mi parecer van muy desencaminadxs en sus iniciativas. Por una parte, no coincido con la reprobabilidad que se le atribuye a algunas de las letras de C.Tangana, pero tampoco creo que las mujeres solo debamos/podamos escuchar (leer, visionar, etc.) contenidos de ética intachable.

El ministro de cultura en funciones ha afirmado no aprobar la censura pero entenderla “al estar relacionado con temas de género” dando a entender una idea cada vez más popular: ante mensajes que puedan resultarnos incómodos a las mujeres, o al menos a una parte de ellas, es necesario aplicar la censura, el escrache o la desaprobación, acciones que no hacen más que ahondar en la clásica y patriarcal idea de la frágil emocionalidad femenina a la cual la más mínima desavenencia en el lenguaje o la acción puede impactarla de forma fatal.

Nadie viola por escuchar determinada letra, al igual que nadie mata por consumir muchos videojuegos. Desconocer el funcionamiento multicausal de la violencia y atribuir cualquier acción masculina al afán de dominación va en detrimento de pensarnos como sujetos responsables, que actúan y experimentan, siendo esta la base del empoderamiento sexual de las mujeres. Por favor, no me irriten el pussy, lo tengo clean.

* Badinter, E. (2004) Por mal camino. Madrid: Alianza Editorial
**Uria, P.(2018) El largo camino del feminismo: dogmas y disensos

Laura Macaya Andrés. Laura Macaya Andres és militant anarcofeminista i especialista en violències de gènere. Des de l’àmbit de l’atenció i la consultoria de polítiques públiques treballa específicament per a combatre les violències de gènere cap a les feminitats transgressores i en la promoció d’abordatges interseccionals i empoderadors cap a les mateixes.

jueves, 10 de enero de 2019

#hemeroteca #transexualidad | Miquel Missé: “La transexualidad ha pasado de reivindicar el derecho a operarse a casi reivindicar el derecho a no hacerlo”

Imagen: Catalunya Plural ( Miquel Missé
“La transexualidad ha pasado de reivindicar el derecho a operarse a casi reivindicar el derecho a no hacerlo”.
¿Qué mensaje envía la sociedad a las personas trans? ¿El malestar que sufren es un malestar individual o colectivo? ¿Es necesaria la modificación del cuerpo para ser aceptado en nuestra sociedad? ¿Hay que cambiar el imaginario colectivo? Hablamos con Miquel Missé, activista trans y sociólogo, con motivo del lanzamiento de su nuevo libro "A la conquista del cuerpo equivocado".
Maria Antònia Frau | Catalunya Plural, 2019-01-10
http://catalunyaplural.cat/es/la-transexualidad-ha-pasado-de-reivindicar-el-derecho-a-operarse-a-casi-reivindicar-el-derecho-a-no-hacerlo/

Desde siempre, el discurso más extendido sobre transexualidad afirmó que el malestar de las personas trans reside en el cuerpo y, además, que es un problema individual que debe solucionar cada persona. Miquel Missé, sociólogo y activista por los derechos trans, ha editado varios libros donde habla sobre la transexualidad y cuestiona el modelo binario de género y los roles impuestos por la sociedad, como ‘El género desordenado: criticas en torno a la patologización de la transexualidad’, editado junto con Gerard Coll-Planas o ‘Transexualidades. Otras miradas posibles’. Ahora vuelve con un nuevo libro ‘A la conquista del cuerpo equivocado’, en el que reflexiona sobre el malestar que se atribuye al cuerpo de las personas trans y propone cuestionar este discurso extendido y hegemónico sobre la transexualidad.

P. En tu nuevo libro pones en cuestión la idea del cuerpo equivocado, ¿A qué te refieres?
R. El principal imaginario alrededor de la transexualidad está muy centrado en que el malestar que las personas trans tenemos se resuelve modificando nuestro cuerpo. Esta idea la hemos asumida e incluso la hemos reivindicada desde el propio colectivo trans. Lo que propongo en el libro es que entiendo perfectamente la necesidad de modificar el cuerpo porque nuestra sociedad es muy rígida con lo que es aceptable de ser hombre o mujer. Yo mismo modifico mi cuerpo pero es muy importante que en algún momento podamos cuestionarnos al servicio de quién están las modificaciones culturales. Tengo la sensación de que plantear el tema del cuerpo equivocado es una forma muy fácil para nuestra sociedad de desentenderse de que parte de nuestro malestar también se resolvería si se transformara el imaginario colectivo, lo que pasa es que es más fácil que nosotros modificamos nuestro cuerpo.

P. En 2018 la OMS dejó de considerar la transexualidad como un trastorno mental pero incorpora lo que llama “incongruencia de género” en el capítulo de “condiciones relativas a la salud sexual” junto a otros conceptos como “disfunciones sexuales”. ¿Qué supone esta redefinición?
R. Hay una pequeña mejora. Antes el trastorno de identidad de género era una categoría que estaba en un capítulo de la clasificación internacional de enfermedades llamada trastornos de comportamiento. El debate que había sobre la mesa era si había que sacar totalmente la transexualidad del manual. Desde una perspectiva despatologitzadora deberíamos sacarla, pero si pensamos en muchos países que no tienen sistemas sanitarios públicos y que necesitan que las aseguradoras tengan categorías médicas para cubrirte el proceso, si no existe el concepto, ¿por qué deberían darnos medicamentos o tratamientos hormonales?

La gran cuestión fue encontrar una definición que permitiera el acceso a la salud en diversos lugares del mundo pero que no fuera patologizadora. Se introdujo la categoría “incongruencia de género” en el capítulo “condiciones relativas a la salud sexual” donde hay varias situaciones que requieren acompañamiento médico pero no son enfermedades como, por ejemplo, un embarazo. La crítica que hago es que la categoría que proponen me parece problemática porque, de nuevo, establece que hay una manera congruente de articular cómo debe ser tu expresión, tu identidad y tu sexo. Se debe entender que era complicado y arriesgado hacer este cambio, está bien cambiar de un capítulo a otro, pero creo que el concepto no nos ayuda.

P. Actualmente se hace la distinción entre identidad de género y expresión de género. ¿Cuál es el significado de cada concepto?
R. El concepto género se subdivide en dos categorías: identidad y expresión. Es una gran riqueza que aporta al lenguaje y al imaginario porque diferencia que tú te identifiques como hombre, mujer, o en un género no binario, con el hecho de que tengas una expresión masculina o femenina. Hasta ahora parecía que cuando eras un hombre con una expresión muy femenina era porque necesariamente te sentías mujer. Sentirse mujer y ser femenino era el mismo. Ahora no es así y podemos explicar que los hombres pueden ser muy femeninos y ser hombres, que las mujeres pueden ser muy masculinas y sentirse mujeres.

Lo que hacemos es ampliar el abanico de posibilidades de expresión para la gente con una identidad determinada. El principal tema de la transexualidad es que el hecho de tener una expresión de género, unas identificaciones, unas aficiones y un imaginario que te identifica más con el género contrario, te lleva a la conclusión de que lo que está pasando es que tú no debes ser un hombre o una mujer. En cambio, si flexibilizamos muchísimo lo que es ser un hombre y que es ser una mujer, la transexualidad como necesidad disminuiría.

P. Afirmas que nos dicen que ser trans es nacer en un cuerpo equivocado. ¿Cómo definirías tú la transexualidad?
R. Definiría la transexualidad como la experiencia, el deseo o el fenómeno de querer vivir en una identidad de género que no es la que se te asignó al nacer. En algunos casos esto implicará también modificar el cuerpo, en mayor o menor medida, y en otros puede que no. Para mí tiene que ver con la necesidad de vivir con otra identidad de género para sentirte reconocido por la sociedad.

P. ¿Crees que modificar el cuerpo es la solución?
R. Modificar el cuerpo puede ser la solución para un individuo en un momento concreto y puede ser una solución entre comillas, porque después deberíamos ver si realmente modificar el cuerpo transforma nuestro malestar o lo que realmente hace que estemos mejor es el proceso de empoderamiento y autoestima corporal.

Debemos aspirar a más, por ejemplo: aunque a algunas mujeres les ayude hacer autodefensa para sentirse más seguras, lo que resuelve es que los hombres no agredan. Más allá de que modificar nuestro cuerpo nos haga sentir mejor, lo que realmente resuelve el problema de fondo es que nuestra sociedad haga una revolución en la forma en la que entiende la identidad, el cuerpo y el género.

P. Hablemos de los menores transexuales. ¿Hasta qué punto podemos decir que un menor es trans o que es una niña masculina o un niño afeminado?
R. Es un debate muy complejo porque principalmente hay muchas familias que están intentando hacerlo lo mejor posible y es lo que hay que destacar. Hay una situación que es muy difícil de gestionar en relación a la familia extensa, en el espacio público, en la escuela o en el pediatra, que es cuando un niño o una niña expresa con mucha contundencia comportamientos de género o identificaciones que no son las que se esperaban.

Una de las complejidades cuando se habla de menores trans es que hay muchas familias que se sienten cuestionadas. No se trata de culpar a nadie pero hay que poner en cuestión el paradigma de la transexualidad infantil como un paradigma explicativo de por qué los niños y las niñas a veces hacen esto.

Debemos pensar formas mucho más amplias porque lo que está pasando tiene que ver más con la rigidez de género y la poca libertad para expresarse, que con el hecho de que claramente haya unos niños que tengan una situación especifica de no concordancia. Nuestro trabajo es conseguir que los niños tengan otros imaginarios posibles.

P. En tu libro “Transexualidades. Otras miradas posibles” questionas la patologización de la transexualidad y planteas otras maneras de entenderla. ¿Cuáles serían esas miradas?
R. Básicamente es intentar explicar la cuestión trans desde otro paradigma que lo que propone es que la transexualidad no me ha pasado a mí individualmente, sino que es algo relacional y colectivo y, por tanto, para que a mí se me haya ocurrido que yo soy trans ha habido muchos elementos culturales que me han influido en esta decisión. Para mí tiene más que ver con una cuestión estructural que una cuestión biológica.

P. En este mismo libro dices que “Los médicos dejaban de ser médicos y pasaban a convertirse en guardianes del sistema binario hombre / mujer”. ¿A qué te refieres?
R. La gran batalla es transformar la hegemonía que tiene el imaginario biomédico. A pesar de vivir en una sociedad que parece que ha hecho una auténtica revolución en relación a su imaginario feminista, en muchos contextos los grandes expertos en temas de sexo, género y sexualidad siguen siendo los médicos. Debemos conseguir transformar también su imaginario, flexibilizarlo… Además, un trabajo muy importante es visibilizar y promover otros modelos y referentes de hombres que tienen expresiones femeninas y de mujeres que tienen expresiones masculinas. Hay que hablar de que no todo el mundo nace macho o hembra y que no todo el mundo se identifica como hombre o como mujer.

La población trans es muy rica y diversa y se aleja de la normatividad que la visibilidad mediática propone. No hay que rechazar la riqueza de la que partimos porque es inspiradora. Lo más importante es poblar el imaginario colectivo con una gran riqueza de posibilidades de existencia para que la gente sea más libre. Habrá gente que seguirá diciendo que hay una línea entre lo normal y lo patológico, entre la forma correcta y esperable de vivir el género, etc. Mientras esta gente dice eso, vamos llenando el imaginario de todos de muchas formas de existencia hasta que al final su posición quede totalmente relativizada.

P. También hablas del concepto transexualidad normativa, ¿te refieres a la que impulsa el discurso médico?
R. Tiene que ver con los mandatos de la transexualidad. Por ejemplo, aceptar que eres una persona trans pero tienes que pasar totalmente desapercibido, lo que se dice la cultura del passing de la que hablo en el libro. Hay una presión para pasar desapercibido o desapercibida y cuando no se te nota que eres una persona transexual, eres premiado. Por ejemplo, yo vengo a hacer esta entrevista y llevo una camiseta compresora que hace que mi pecho no se note y eso tiene un premio socialmente. Si viniera sin esta parecería trans, por eso si pienso en sacármela siento que la gente me aceptará menos.

Cuando no haces una transición completa según esta normatividad trans, parece extraño. Debemos hacer mucha pedagogía sobre que el objetivo no es que yo pase de A a B sino que yo encuentre mi sitio en la línea entre los dos puntos. Para mí el empoderamiento trans pasa porque yo sepa que si no me pongo esta camiseta compresora, la gente también me premiará. Pero ahora lo que siento es que me tengo que hacer una mastectomía. No está valorado lo difícil que es decir que no me quiero operar. Hemos pasado de un paradigma de reivindicar el derecho de operarse, que nos ha costado mucho, a un paradigma casi de reivindicar el derecho a no operarnos.

P. ¿Cuáles son las consecuencias sufridas por mirar la transexualidad desde una mirada médica y patologizadora?
R. La principal consecuencia la sufrimos la gente trans porque vivimos toda la vida pensando que somos nosotros los que tenemos un problema y que debemos solucionarlo. El momento principal de malestar es al principio, cuando piensas que no eres como los demás, que hay algo que no encaja. Este padecimiento es muy duro y es inaceptable que yo haya tenido que pasar momentos en mi vida donde pensaba que mi existencia no era correcta.

El principal problema del modelo patologizador es que individualiza y responsabiliza del malestar a la persona ya su cuerpo. Se emite un mensaje afirmando que yo soy el responsable de estar mejor, pero toda la sociedad tiene la responsabilidad. La cuestión es si podemos educar nuestra mirada para respetar la riqueza de cuerpos posibles y la manera de vivir el cuerpo de la gente.

P. Al final, ¿”el cuerpo equivocado” es un tema que nos interpela a todas?
R. Todos los cuerpos están equivocados, no hay ninguna que esté bien. Lo que pasa es que se habla mucho del cuerpo de las personas transexuales porque requiere un cambio de sexo. La propuesta del libro es apelar a las alianzas entre la gente. Yo soy trans y quizás tú no lo eres pero estás entendiendo perfectamente lo que te estoy diciendo y te puede molestar y puedes rebelarte. Cabe preguntarse a quién le interesa que haya presión corporal, que nos queramos modificar el cuerpo y que siempre estemos un poco a disgusto. Nos tenemos que hacer cargo de que esta manera de vivir el cuerpo es profundamente desigual y violenta.

P. ¿Una manera de reconquistar el cuerpo es interpelar a la sociedad?
R. Si, reconquistar el cuerpo, lo intento explicar en el libro, no es culpabilizar a la gente que se opera diciendo que no lo reconquistará. Es casi un estado mental o una posición. Por ejemplo, partiendo de la base de que la gente se depila por presión estética y porque si no, no se ve bien, lo importante es tomar conciencia crítica. Tú te puedes depilar porque es una norma sexista que está apuntalando los mitos de la belleza femenina, no porque tu cuerpo esté mal; lo sabes y todo así lo necesitas pero no es que tú seas una loca que no aceptas tu pelo, sino que hay presiones sociales que afectan tu autoestima. Es aquí donde debemos señalar.

viernes, 20 de abril de 2018

#hemeroteca #interdependencia | Judith Butler: “Es más fácil mantener la lucha cuando sabes que no estás solo: dependemos de los demás”

Imagen: Catalunya Plural / Judith Butler
Judith Butler: “Es más fácil mantener la lucha cuando sabes que no estás solo: dependemos de los demás”.
Yeray S. Iborra | Catalunya Plural, 2018-04-20
http://catalunyaplural.cat/es/la-resistencia-no-es-pasiva-sino-una-existencia-activa-y-una-forma-de-decirle-al-otro-no-me-vas-a-destruir/

Judith Butler, filósofa post-estructuralista, ha patentado desde los años noventa casi todo lo que sabemos sobre feminismos y teoría queer, pero desde hace un tiempo ha ampliado su pensamiento a la filosofía política y la ética. Su teoría sobre la interdependencia, que recibió un aplauso entusiasta del CCCB, pone a dialogar perspectiva de género, ecologismo y clase. Desde la interdependencia auspicia nuevos modelos de solidaridad y de resistencia, un llamamiento a la lucha por los derechos sociales desde la no-violencia.

“Gracias por venir a mi charla”. Judith Butler (Cleveland, 1958) predica con el ejemplo: los cuidados no están solo en el mundo de las ideas, sobre su atril desde hace casi tres décadas, también los pone en práctica fuera de la tarima. La americana, que abraza un té como si éste tuviera propiedades milagrosas (afrontará una tarde maratoniana de conversaciones con la prensa), hace ni veinticuatro horas que ha agitado al auditorio del Centre de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) –lleno hasta los topes– y su teatro, con casi 300 jóvenes haciéndole preguntas, pero es ella la que despacha cumplidos.

Si bien el trato cercano tiene poco o nada que ver con la figura de rockstar con la que se le ha relacionado, su proyección no tiene igual en la academia (ni fuera de ella): la cola para ver su conferencia el martes daba casi la vuelta a la manzana e incluso se habilitó una sala con streaming en el CCCB para seguir la charla. La gente, además, quedó para verla en las librerías de la ciudad. ¿Pero de qué venía a hablar Butler en el ciclo “Somos adultos”? De algo sencillo pero paradójicamente en el olvido: el uno sin el otro, no somos nada.

Butler ha patentado desde los años noventa casi todo lo que sabemos sobre feminismos (y sobretodo sobre teoría queer), pero desde hace un tiempo ha ampliado la paleta de su pensamiento a la filosofía política y la ética. Su teoría sobre la interdependencia, que recibió un aplauso entusiasta del CCCB (aquí la conferencia completa) y en las redes sociales, pone a dialogar perspectiva de género, ecologismo y clase. Desde la interdependencia auspicia nuevos modelos de solidaridad y de resistencia, un llamamiento a los derechos sociales desde la no-violencia.

P. La idea que sostuviste en tu conferencia, la interdependencia, combina teoría de género, clase y ecologismo. Pero básicamente nos dice algo sencillo: no somos nada sin el otro.
R. Así es. Llevo años intentando desarrollar una forma de pensar en quién somos sin el individualismo. Eso implica no usar de forma instrumental a la otra gente, ni tampoco el medio ambiente. Trato de repensar nuestra pertenencia social, que no es necesariamente nacionalista o determinada por el territorio, sino que tiene un fuerte carácter global.

P. El martes decías: “Nacemos dependientes, y eso nos hace iguales”. ¿En qué punto se manifiestan entonces las desigualdades?
R. Los niños son dependientes, radicalmente dependientes de los cuidados. ¿Y quién cuida a quien necesita ser cuidado? ¿Qué género? La división laboral de los cuidados, de los trabajos en la casa, es muy clara… La desigualdad de género se manifiesta desde muy pronto. Pero esa división, esa desigualdad, se mantiene en muchas más formas en la vida: cuando las mujeres entran al mercado de trabajo ya son trabajadoras, pero no reconocidas. Y por tanto, cuando acceden al empleo, están devaluadas desde el inicio.

P. Desde el principio se construye el patriarcado. La gran “ficción”, decía usted. El hombre como auto-suficiente y la mujer como apoyo.
R. Lo que es divertido, y tenemos que verlo con cierto humor, es que el hombre que es autosuficiente es dependiente y que la mujer que da apoyo tiene que ser fuerte para dar ese apoyo, por lo que hasta cierto punto realmente tiene que ser autosuficiente. Hay un diálogo irrenunciable.

P. Si un hijo matara a su madre estaría matándose a si mismo en cierto sentido. Es fácil de ver con ese ejemplo, uno de los más aplaudidos en su lectura. ¿Por qué esa correlación no se da con el resto de personas? ¿No dependemos igual, en esencia, el uno del otro?
R. Es muy real que no podemos nada sin el otro. El niño y la madre nos permiten ver que la dependencia existe. Y que hay quien la quiere negar, a quien le enfada. La realidad es que todo lo que hacemos en nuestra rutina, desde beber agua hasta ir caminar por una carretera, depende de la gente haciendo su trabajo en empresas o instituciones. Personas que se aseguran que el agua sea bebible, el aire respirable o las calles transitables. Pero bebemos tan rápido, respiramos tan rápido o caminamos tan rápido que muchas veces olvidamos que dependemos de los otros para esas actividades, dependemos de las estructuras sociales. Además, bajo nuestra economía esas estructuras han sido vendidas a empresas privadas. ¿Quién cuida el agua, el aire o el asfalto? Todo lo hemos vendido. Y tenemos que preservarlo, así como los servicios públicos. Las democracias sociales están basadas en ellos: pensar los unos en los otros, hacer un mundo habitable.

P. Nos dicen las teorías liberales que debemos ser independientes. ¿Usted propone lo radicalmente opuesto, que aceptemos que somos dependientes?
R. Sí. Pero no es ser dependiente de cualquier forma. Bajo el régimen liberal mucha gente ha incrementado su dependencia con los bancos, contrayendo una deuda enorme. [Ríe] Una deuda que nunca podrá pagar y que definirá su vida. Eso le permite al banco una persecución, arrebatar una casa, e incluso privar de libertad, llevar a alguien a la cárcel.

P. ¿Esta interdependencia nos tiene que llevar a repensar la solidaridad?
R. La solidaridad siempre es bonita, o a veces –al menos– lo es. Hay ejemplos buenos de ella. Pero me gustaría decir que la solidaridad también incluye conflicto y poder. No tienes que amar necesariamente a la gente con la que estás en solidaridad. Solidaridad no siempre es amor, puede ser odio e indiferencia. Y otros sentimientos destructivos. Especialmente cuando hay intereses. Tratar de seguir siendo solidario cuando hay un conflicto o agresión no es fácil, pero a veces es muy necesario.

P. ¿Qué otras opciones hay para articular políticamente esta interdependencia?
R. Si las provisiones básicas de vida están mercantilizadas, los movimientos de resistencia de privatización o contra el monopolio del capitalismo y la destrucción del medio ambiente harán llamamientos de cómo debemos pensar el mundo fuera de este mercado.

P. Dice que somos interdependientes, también entre regiones. ¿Tiene sentido seguir pensando en independencias nacionales hoy día?
R. Hay muchas razones por las que las naciones se forman y porqué estas son importantes en la historia de la decolonialización. Pero a la vez cada región está conectada la una a la otra por las fronteras, los mercados y las poblaciones… Vecindad. Siempre hay relaciones entre naciones. Por lo que las naciones se definen en parte por las relaciones con otras naciones. Nunca son autosuficientes. Entiendo porqué la gente está interesada en la independencia, pero las naciones dependen totalmente del reconocimiento de las otras naciones para existir como tal. Hay una interdependencia desde el principio.

P. ¿Entonces hay que intensificar los acuerdos entre regiones o buscar esa independencia? Sabe usted que en Catalunya se vive un proceso en la segunda línea.
R. Los americanos siempre nos hemos sentido muy libres de ir a cualquier parte del mundo y decir lo que deben hacer. No quiero ser otra americana machacona. [Ríe] Pero le contaré, tómelo medio en broma, lo que una vez hablaba con un periodista israelí. ‘Nos vamos a divorciar de los palestinos. Construiremos una pared así… Es un absoluto divorcio, no tenemos nada que hacer con ellos’, me comentaba él. Mi respuesta fue que el problema con el divorcio es que, lamentablemente, te lleva a una relación a largo plazo. Un divorcio no es acabar con una relación, sino al contrario, es entrar en otra, y en su peor versión. No pasa siempre, pero en general sí. Tu seguirás necesitando intercambio, por tiempo, con tu relación.

P. Usted dice que los Estados, las leyes, pueden ser violentas. ¿Conoce los hechos alrededor del referéndum del 1-O?
R. Sí.

P. El Estado dice que hubo violencia en algunas movilizaciones ciudadanas. ¿En qué momento un acto de resistencia pasa a ser un acto de violencia?
R. Hay que tener cuidado y ver quién decide qué es violencia. Los actos no violentos, como votar, deberíamos estar de acuerdo todos en esto, o una protesta, o cantar una canción… No son violencia. Si alguien es acusado de violento por haber votado o aceptado un resultado tras una votación, o por dar una visión política en contra del estado nacional, o cantar una canción contra la monarquía… Deberíamos preguntarnos realmente si el término violencia está siendo mal usado. ¿Es violencia? ¿O más bien una forma de objeción que amenaza el poder del Estado? Necesitamos volver atrás y decir que esto no es violencia, terrorismo… Esto es una decisión democrática. Solo el Estado puede usar la violencia, por lo que al final criminaliza formas de violencia que son resistencia y que pueden ser un problema para él porque afectan al mismo poder. Necesitamos saber siempre quién está nombrando la violencia y para qué.

P. ¿Esa criminalización del Estado puede ser una excepción para la acción directa?
R. Yo acepto que la confrontación física es parte de un movimiento de resistencia, cuando la resistencia es contra el Estado. No es un método violento. Tu puedes resultar herido por el Estado, por la policía –y siempre hay lugar para la defensa propia– pero es posible desarrollar métodos para confrontar. Y son diferentes al ataque.

P. El cuerpo es el primer lugar para contener esa rabia, aseguraba el pasado martes.
R. En los movimientos de resistencia, las personas forman barreras humanas. Los cuerpos como barrera. Y reciben la fuerza, la violencia. Pero amarrando los brazos son fuertes. Hay confrontación, pero paran el golpe juntos. Al final todos están soportando a los otros a lo largo de la barrera. Eso es un ejemplo de los cuerpos sintiendo la violencia pero no actuando de forma violenta.

P. Esa resistencia no violenta, ¿no lleva a la frustración a los grupos de presión?
R. Los movimientos no violentos sienten frustración y opresión, y las acciones violentas siempre son opciones cuando sienten fuertemente la frustración. Pero si eres parte de los movimientos de solidaridad tienes una red en la que puede transformar esa frustración en algo más grande: la paciencia radical. Convertir algo en una lucha de largo alcance. Hay luchas que necesitan un largo tiempo, como el feminismo. O los derechos LGTBI. El calentamiento global. Palestina. Todas luchas de largo recorrido. ¿Cómo estás en ellas, cómo las vives? Hay que aprender a no actuar en base a imposibles, porque hay que mantener una mirada de largo alcance, con perspectiva. E ir renovando la lucha, los objetivos.

P. Si sentimos la injusticia, ¿no hay algo de violencia hacia uno mismo si la dejamos pasar?
R. La resistencia no es pasiva sino una existencia activa, y una forma de decirle al otro: no me vas a destruir. Voy a seguir aquí. No me vas a mover. Voy a hacer una demanda política. Tu me estás amenazando con tu violencia, pero no voy a correr. Porque voy a persistir. Esta es una posición fuerte. Es la posición final.

P. Aunque escasea la paciencia hoy día…
R. Si te violentas, te convierten en el criminal que ellos ya pensaban que eres. Deben haber movimientos de solidaridad y un ‘ethos’ que mantenga la resistencia colectiva para sentir que somos parte de una estructura más grande, que no estamos solos. Es más fácil mantener la lucha cuando sabes que no estás solo. Dependemos de los demás.

viernes, 23 de febrero de 2018

#hemeroteca #trans #activismo | Miquel Missé: “Con algunas políticas trans pensamos que estamos haciendo una revolución cuando estamos poniendo un parche”

Imagen: Catalunya Plural / Miquel Missé
Miquel Missé: “Con algunas políticas trans pensamos que estamos haciendo una revolución cuando estamos poniendo un parche”.
Miquel Missé es uno de los activistas –también ejerce de sociólogo– que articuló la primera manifestación por los derechos trans en Barcelona. Han pasado diez años y, si bien reconoce cambios desde entonces, advierte, el riesgo de dejar en segundo plano un objetivo que, a su entender, el movimiento trans debe priorizar: deshacer el esquema de género binario que fuerza a algunas personas a cambiar de identidad para vivir con menor malestar.
Meritxell Rigol | Catalunya Plural, 2018-02-23
http://catalunyaplural.cat/es/con-algunas-politicas-trans-pensamos-que-estamos-haciendo-revolucion-cuando-estamos-poniendo-parche/

“Basta de disforia de género”. Esa era la exigencia que encabezaba la primera manifestación por los derechos de las personas trans en Barcelona. Diez años después, algunas de las que participaron en ella se han rejuntado para organizar ‘Una revuelta trans*’, un reto no cortoplacista que, mientras se gesta, da nombre a la jornada que Can Batlló acoge este viernes y durante el sábado. “Teníamos la sensación de que algunas de las perspectivas políticas que planteábamos hace diez años habían sido absorbidas por otros discursos que las han suavizado mucho y que han hecho que pierdan parte de lo que queríamos decir”, explica el activista y sociólogo Miquel Missé (Barcelona, 1986), una de las personas que ha recorrido y nutrido la última década de activismo trans en la ciudad.

Cuestionar el modelo de género binario, que clasifica a las personas como hombres o, por oposición, como mujeres, es una aportación del movimiento trans que, considera Missé, no debe quedar sepultada en la estrategia para conseguir políticas públicas garantes de derechos del colectivo. “Creo que hay que hacerse las preguntas al revés: no tanto qué podemos hacer para que la gente haga la transición en mejores condiciones, sino cómo es que alguna gente necesita transitar para vivir en esta sociedad”, reivindica.

P. ¿Cómo valoras los progresos que ha logrado el movimiento trans en la última década?

R. El recorrido de la historia de un movimiento social no es unidireccional y, o bien progresa, o bien va hacia atrás. Creo que ha cambiado el escenario. Hay una visibilidad mucho mayor, hay mucha más gente trans que se acerca al activismo, los discursos de la despatologización están mucho más presentes en la agenda política y, ahora, es un consenso absoluto y lo políticamente correcto. Cuando nosotros lo propusimos hace diez años no lo era. ¡Para nada! También ha cambiado el hecho que algunos sectores del movimiento trans hayan cogido una deriva mucho más institucionalizada. Es una estrategia que nosotros habíamos descartado. Hay elementos que pueden ser interesantes para conseguir algunos de los objetivos políticos que nos proponíamos. Muchas cosas se han logrado y otras muchas han tomado una deriva que no compartimos.

P. Entre las logradas, ¿las principales serían la ley 11/2014 contra la LGTBIfobia y, a raíz de la despatologización que establece, el nuevo modelo de atención a la salud de las personas trans?

R. Los dos elementos que planteas no creo que sean significativos. No niego que la institucionalización posibilita algunas cosas, pero, en este caso, hace cuatro años que existe la ley y clama al cielo su incumplimiento. La ley contra la LGTBIfobia dice, por ejemplo, que en Cataluña no tiene que haber ninguna administración de salud pública que haga un acompañamiento a personas trans desde una mirada patologizante y, hoy en día, sabemos que continúa existiendo [la Unidad de Identidad de Género (UIG) del Hospital Clínico, anteriormente llamada Unidad de Trastornos de Identidad de Género]. La Consejería de Salud hizo una declaración diciendo que aquí ya no se patologiza, que tenemos un nuevo modelo, pero nadie ha visto el documento del nuevo modelo. Continúa vigente un modelo patologitzador, sin que el Departamento de Salud se posicione. El movimiento ha presionado para que las instituciones se vean obligadas a hacer este tipo de declaraciones públicas, pero tanto una como la otra que me has dicho son todavía declaraciones de intenciones. Está muy bien que al menos ahora tengan la intención de hacerlo. ¡Antes ni siquiera tenían la intención! Son golpes de efecto que generan muy buena imagen a los líderes políticos que los defienden, pero me pregunto hasta qué punto son transformadores.

P. ¿Hace diez años, cuál era la demanda principal del movimiento?

R. La despatologizacion, con una crítica más profunda a cómo se pensaba la identidad trans. Creo que ha habido una generación de activistas trans que, aquello que conseguimos, que fue colocar la despatologización de las identidades trans en la agenda, han sabido administrarlo de una manera que ha forzado a las instituciones a tomar decisiones. Y está claro que ha habido muchas cosas que hace diez años planteábamos y eran inimaginables. ¡Y ahora son vigentes! Ahora bien, una vez se han hecho las demandas y la administración ha dicho ‘sí, sí’, como, realmente, esto modifica las bases, no lo tengo tan claro…

P. ¿Cuestionar el binarismo de género es lo que criticas que se ha debilitado en los últimos años de lucha trans?

R. Hay una explosión de gente que se identifica como no binaria, pero no siempre lo conecta con una crítica más estructural, sino con un abanico de posibilidades de identidades con las cuales te puedes identificar. A la vez que hay un gran aumento de gente que habla del no binarismo, el hecho trans que se ha hecho más visible es el más ‘normalizado’. ¿Cuál es la gente que tiene visibilidad y más éxito social dentro de la comunidad trans? ¿Cuál es la gente que se presenta como referente positivo? En general, la gente que tiene una vida o un pasar por el género con el que se siente más ‘conseguido’, entre unas grandes comillas. De aquí la presión por el ‘passing’, la presión por pasar desapercibido.

P. ¿Crees que se tienen que focalizar los esfuerzos del movimiento en este frente? ¿Lo ves como prioritario para las personas trans?

R. No sé si para la gente trans es prioritario. Sería osado decirlo. A mí lo que me interesa aportar tiene que ver con esto, porque creo que el sistema en el que vivimos absorberá el hecho trans y lo convertirá en una opción más del catálogo que una persona puede consumir. El hecho trans no tiene que servir para reforzar las categorías de género, sino para pensarlas críticamente y ponerlas en cuestión. En los últimos cinco años, sobre todo, y en nuestro contexto relacionado con la emergencia del discurso de los menores transexuales, han reavivado discursos esencialistas, con los que nosotros habíamos sido muy críticos. Hace diez años era imposible que invitaras a un psiquiatra a hablar del tema trans. Reivindicábamos mucho que los médicos no tenían la expertesa para hablar de esto y que el hecho trans no es biológico ni esencial. La alianza con el transfeminismo reforzó mucho esta crítica. Y, de golpe, con la emergencia de estos nuevos discursos, vuelves a ver elementos como ‘el cerebro trans’, la sexuación del cerebro antes de nacer, y dices, ¿que estamos haciendo? Nos preocupa muchísimo como están apareciendo, presentados como muy progresistas, discursos con un fundamento esencialista y sexista.

P. Las persones organizadoras de la jornada expresáis preocupación, también, por la institucionalización del movimiento. Ahora bien, una parte importante del activismo trans y de la ciudadanía en general puede apreciar como un éxito haber conseguido más presencia a las instituciones para luchar contra la transfòbia. ¿Qué parte de sombra veis en un escenario de auge de las políticas trans?

R. La instrumentalización. Se ha aprobado una ley, de la que se ha hecho mucha propaganda, pero no se desarrolla. ¿Quién gana aquí? Seguramente la organización política que se pone la medalla de decir que hace esto ha sacado un cierto rédito. ¿Es proporcional al que ha sacado la población LGTB? No. Segundo elemento: los movimientos pierden bastante el control, a no ser que tengas alguien liderando la institución que esté en diálogo y con interés de ir a la raíz. Tercera razón: fomenta el identitarismo, las parcelas de políticas públicas. ¿Tenemos que abogar por unas políticas trans o bien por hacer que la crítica del movimiento trans sirva para transformar la institución, en lugar de para hacernos un departamento? ¿Estamos pidiendo un cajón o una puesta en cuestión de las normas de funcionamiento?

P. Lo que criticas permite conseguir objetivos concretos, que es el que buscan las entidades del movimiento trans…

R. Este es el dilema eterno sobre cómo vamos más deprisa, si consiguiendo estas pequeñas cosas o intentando hacer un cambio más estructural. Es un dilema muy difícil de resolver. Yo soy muy respetuoso con la gente que elige otras estrategias políticas para conseguir cosas. A alguna gente nos parece interesante tener en mente que hace falta una crítica más estructural. Estamos entrando en una dinámica de normalizar el hecho trans, de convertirlo en una casilla más, sin poner en cuestión cosas que son fundamentales. No nos pensemos que con algunas políticas trans estamos haciendo una revolución cuando estamos poniendo un parche.

P. A pesar de contar con políticas LGTB, ¿detectas transfòbia en las administraciones?

R. Pensarnos como una población que se divide en hombres y en mujeres, con unas determinadas corporalidades que presuponemos, en sí mismo es una forma de violencia. La institución participa en ello al construir el binarismo de género. Participa en ello cuando da por supuesto que la gente tiene que ir a lavabos diferentes porque ha nacido con cuerpos diferentes. A mí no me sirve de nada que me digas que tenemos unas políticas trans si, con todo el resto de políticas, estás fomentando una idea del cuerpo determinada, una idea de la identidad fija, rígida, exclusiva y excluyente. Todo lo que a mí me está generando malestar en esta sociedad lo continúas alimentando. Lo único es que, cuando yo decido hacer una transición de género, me ayudas a hacerla. Pero no pones en cuestión nada de lo que a mí me ha llevado a tomar esta decisión. Que haya gente tan, tan, tan incómoda con su identidad que necesite cambiarla te está diciendo algo de las identidades de partida: que son rígidas y limitadas. ¿Que me haces políticas para acompañarme en la transición de género? Muy bien. Pero yo querría que hagas políticas para que la gente no sintiera malestar por haber nacido con el cuerpo que ha nacido. Creo que es muy perverso hacer políticas a posteriori, para la gente que ha ‘fracasado’ en la gestión de su propio cuerpo, en una sociedad que es profundamente hostil con la diversidad. Transformar imaginarios pasa para promover otros referentes culturales y tendrían que intervenir todas las políticas públicas para conseguirlo.

P. ¿Hay identidades trans excluidas en la relación con las instituciones?

R. Y tanto. Todas menos las más normalizadas. Desde una perspectiva interseccional es muy evidente. La gente que está más en los márgenes, con falta de recursos o dedicada a una ocupación excluida, se beneficia poco de ellas. Corrientes críticas del movimiento LGTB dicen que las ganancias que hemos conseguido benefician a un sector muy concreto del movimiento. Si haces una ley antidiscriminación a favor del colectivo LGTB, ¿quién acabará pagando una multa o yendo a la prisión por LGTBfòbia? Pues probablemente no será la Iglesia Católica. Al final, gente de las clases más populares y con menos recursos es la que seguramente acabará pagando la multa por homofobia… ¿Y es la gente culpable de la homofobia? No. Es mucho más estructural. Dean Spade, un activista y jurista norteamericano, explica como este tipo de legislaciones acaban recayendo sobre gente que es vulnerable, a la vez que no favorecen la gente más vulnerable del colectivo. Tenemos que darle unas vueltas si queremos hacer una política que la beneficie.