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martes, 16 de abril de 2024

#hemeroteca #consentimientosexual | Clara Serra: “Legislar el sexo con arreglo al deseo es la vía directa al punitivismo”

Clara Serra: “Legislar el sexo con arreglo al deseo es la vía directa al punitivismo”
En ‘El sentido de consentir’, la filósofa defiende que el concepto de consentimiento es precario y ambiguo. Pese a su utilidad jurídica para hacer leyes, argumenta, no puede convertirse en la receta mágica mientras se obvia una conversación más profunda sobre la ética del deseo.
Patricia Reguero Ríos | El Salto, 2024-04-16
https://www.elsaltodiario.com/violencia-sexual/clara-serra-legislar-sexo-arreglo-al-deseo-es-via-directa-al-punitivismo

Clara Serra //
“Cuando se trata de consentimiento, no hay límites difusos” es la frase que encabezaba una campaña de ONU Mujeres que en 2019 defendía la claridad de este concepto que en España ha acompañado el debate en torno a la Ley Orgánica de Garantía Integral de la Libertad Sexual aprobada en 2022. Pero, para la filósofa Clara Serra, el consentimiento es precario y ambiguo. Esa es la línea base de ‘El sentido de consentir’ (Anagrama, 2024), un libro de poco más de cien páginas donde Serra aborda el origen de esta discusión en los feminismos y esboza su propuesta de un consentimiento jurídico y limitado.

Investigadora, activista y profesora, Serra es una de las voces feministas que ha alertado del punitivismo que conllevan las tesis con las que se ha defendido la ley del solo sí es sí que, pese a tener algunas medidas necesarias, se asienta en una confianza total en el contractualismo en su parte penal que ha conducido a medidas nada emancipadoras para las mujeres, argumenta. Serra cree que ha faltado en este proceso un debate político y profundo sobre el consentimiento. Y que no es tarde para que este debate pueda darse.

P. Tras estos meses de presentaciones desde que en enero se publicó 'El sentido de consentir', ¿dirías que el asunto del consentimiento suscita interés? ¿O es un tema que se da por debatido y cerrado?

Creo que el interés que ha suscitado el libro tiene que ver con varias cosas. En primer lugar, con que a pesar de que el consentimiento ha estado muy presente en los debates mediáticos, creo que no se ha abordado el debate político en su profundidad y eso era uno de los motivos principales para escribir el libro. Mucha gente tiene la sensación de que se ha pasado por encima del debate, de que se ha instalado un cierto mensaje, unos ciertos lemas, pero sin dar más profundidad al asunto y sin abordar sus aristas. Más allá de nuestro contexto en particular, creo que el consentimiento es un tema de nuestro tiempo que desborda por completo las fronteras del contexto español. Ahora está debatiéndose en Francia, o hay unas una serie de propuestas europeas, y creo que la perspectiva dominante que yo discuto en el libro es una perspectiva que Europa va a tratar de proponer a todos los países. Porque hay una perspectiva oficial, que muchos organismos van a asumir y, en ese sentido, el debate va a estar abierto en general en las democracias liberales y en el contexto europeo especialmente.

P. Partes de que el consentimiento, que ha servido de base a decisiones legislativas, es un concepto ambiguo.

Sí, aunque esto tiene varios sentidos. Por un lado, yo discuto un discurso oficial que persistentemente, al mismo tiempo que define el consentimiento, insiste en que es un concepto clarísimo y que todo el mundo entiende igual, cosa que yo quiero plantear que debe ser sometida a crítica. Lo que oculta esa insistencia en la claridad del consentimiento es una batalla política; está encubriendo que hay un debate político en juego y que “consentimiento” puede estar significando cosas diferentes y, por tanto, que en su nombre se pueda estar defendiendo proyectos políticos diferentes, incluso diría que confrontados. En el debate español se ha eclipsado un debate político feminista que nos precede. Una de las primeras cosas que pretendo es sacar a la luz una memoria y una historia feminista donde el consentimiento ha sido objeto de las mayores controversias. Si vamos en nombre del feminismo a “defender”, y lo pongo con todas las comillas, el consentimiento, hagámoslo haciéndole justicia a los debates feministas que nos preceden, donde las posiciones han sido radicalmente contrarias y donde se muestra muy bien que, en nombre del consentimiento, se pueden defender cosas muy distintas. Este es el primer sentido del que yo quiero discutir.

En segundo lugar, una vez delimitadas las diferentes posiciones posibles, yo argumento que el consentimiento merece ser defendido, y tiene que ser defendido, como una herramienta jurídica necesaria y que necesitan las leyes, pero no como una receta mágica. Defender el consentimiento como algo imperfecto, precario, que no sirve para todo y que tiene límites me parece muy legítimo. Parece que, o se defiende el consentimiento y se lo convierte en una especie de panacea que resuelve todo, o se lo impugna por completo. Mi posición es que tiene límites.

En ese sentido, yo discuto dos cosas. Una, un discurso de invalidación del consentimiento ligado a un feminismo que yo creo que es un feminismo abolicionista, podríamos decir, un feminismo de la dominación que considera que las mujeres están siempre secuestradas y nunca saben muy bien lo que quieren. Ese es un feminismo que impugna la voluntad de la trabajadora sexual, pero que yo creo que impugna la voluntad de las mujeres en muchos aspectos. Y, segundo, otra línea por la cual hay discursos actualmente muy ‘mainstream’ que están diciendo que consentir garantiza un sexo placentero, gratificante, deseado, que garantiza un encuentro satisfactorio.

Es una especie de idealización total del consentimiento. A mí me parece que el consentimiento es una delimitación de la violencia. Pero más allá de que el sexo no sea violento, el sexo puede ser malísimo, puede ser una mierda, y no ser violento... Discuto esa especie de sacralización, a mi juicio superingenua, por la cual el consentimiento se ha convertido en una promesa de felicidad, en una lógica hiperneoliberal del contrato, donde parece que la libertad de los sujetos depende de que contratemos cosas.

P. Hemos venido escuchando, explicando, que el consentimiento llega al debate en España como respuesta a la necesidad de adaptar nuestra normativa al Convenio de Estambul de 2011, un documento que sirve de guía en Europa para el abordaje de la violencia contra las mujeres. Pero una de las primeras cosas que haces en el libro es recoger una genealogía del debate que se remonta a varias décadas atrás, hasta los años 90 en Estados Unidos.

Sí, la propia expresión “solo sí es sí”, exactamente así, es una expresión que lleva oyéndose en el contexto norteamericano muchísimo tiempo. La hemos importado, y quería llamar la atención sobre el hecho de que hemos sido poco críticos con esto. Porque las izquierdas y los feminismos tenemos desde hace tiempo una posición crítica con respecto a las culturas que dominan otras culturas por razones coloniales o por razones imperialistas y que se imponen sobre otras, pero ha habido poca crítica sobre qué tipo de cosas se importan en el debate sobre las violencias de la sociedad norteamericana, que está en una situación de dominio cultural. Por ejemplo, el ‘MeToo’, que procede de EE UU, viene de una sociedad muy concreta, con una mirada sobre el sexo muy concreta. Creo que la sociedad norteamericana tiene perspectiva mucho más puritana del sexo que, por ejemplo, las culturas latinoamericanas y creo, por cierto, que el ‘MeToo’ viene de una determinada clase social. Localizar la geografía de las ideas y los viajes de las ideas me parece de lo primero que tendríamos que hacer cuando tenemos este tipo de posiciones. Como decía Rita Segato, el ‘MeToo’ vale en un sentido mientras que en otro sentido puede estar adherido a determinadas posiciones puritanas de una sociedad como la norteamericana que no es la nuestra, no es la sociedad latinoamericana.

El solo sí es sí viene del contexto norteamericano y esto ha sido ocultado. Vayamos allí y miremos entonces cuáles son los debates allí. Y entonces veremos que no es para nada algo que haya tenido una posición uniforme del feminismo. Una gran parte del feminismo norteamericano ha hecho desde hace bastante rato unas críticas muy profundas de esa perspectiva, entendiendo que va acompañado de una serie de cosas dudosamente emancipatorias.

P. Tú reclamas el “no es no” cuando el discurso dominante es el del “sí es sí”. ¿Qué supone ese salto de un lema a otro y por qué tú dices estar más en el “no lo sé”?

Cuando se dice “no es no”, lo que se dice es que tenemos que tener la posibilidad del rechazo, de rechazar una oferta, o un deseo masculino o una proposición masculina. ¿Quiere eso decir que cuando no decimos que no es un sí? No lo creo. Igual es un “no sé”, un “estoy viendo” o un “ya veremos”. Me parece importante que exista para las mujeres la posibilidad de no saber, porque la posibilidad de descubrir cosas en el sexo va ligada a que no se nos pida saber siempre de antemano si sí o si no. El terreno del deseo de la exploración sexual, que es eso a lo que no se nos ha permitido acceder realmente, va de la mano de un cierto relax: igual no lo sé, igual tengo derecho a no saberlo, igual yo no tengo por qué ir al terreno sexual con absoluta claridad y teniendo que clarificar lo que quiero y lo que no quiero. El lema de “solo sí es sí” lo que nos promete precisamente es claridad, se dice que es un lema más seguro para las mujeres porque todo lo que no sea un no clarísimo es un clarísimo sí: pero es que esa clarificación acaba posándose en nuestros hombros y nos hace responsables.

Y es como decir que ahora las mujeres vamos a decir clarísimamente “sí” y que la única manera de que el sexo no sea delito es que la mujer clarifique exhaustivamente su deseo. Y yo estoy muy de acuerdo con algunas autoras que están preguntando si eso es liberador para nosotras o si se nos está haciendo a nosotras ser las depositarias de la responsabilidad de que, para no ser violentadas, para estar a salvo de la violencia, para que el Estado nos proteja, tengamos que llegar a la relación sexual con una transparencia total y pudiendo verbalizar nuestro deseo. Creo que no va por ahí la cosa.

Me parece que es mucho mejor un marco en el que las mujeres podamos decir que no, en el que podamos rechazar, refutar al otro. Me parece importante para que, mientras no digamos que no, no tengamos que decir qué deseamos. Hay que construir un mundo en el que la mujer pueda decir lo que no quiere para que, mientras tanto, pueda no tener que saber lo que se quiere y, por tanto, investigar lo que sí quiere.

¿Pero estamos en un mundo en el que la mujer pueda decir lo que no quiere? Yo creo que aquí está el trabajo político. El mundo está lleno de obstáculos para que las mujeres no podamos expresar libremente una negativa. El análisis feminista ha de partir de esta constatación. En este mundo es muy difícil para las mujeres y para otros sujetos subalternos decir que no. No solamente porque nuestro “no”, a veces, no se tiene en cuenta o no se respeta por condiciones estructurales, sino que en un mundo donde tienes menos poder, donde tienes menos dinero o donde tienes menos estatus somos menos libres para decir que no en el terreno sexual o en cualquier otro.

Ahora bien, me parece imprescindible para las izquierdas plantear si un feminismo de la emancipación es ese que renuncia a la ampliación del campo del no. Porque se nos está vendiendo como progreso y como paso adelante una especie de renuncia y de cambio de tercio. Se dice que es más seguro asumir la imposibilidad del no, y por lo tanto que vamos a cambiar de juego. Me parece bastante preocupante: la libertad de la mujer y de cualquiera va ligada a la posibilidad del rechazo. No creo que tenga ningún sentido decir que tú eres libre de elegir una cosa cuando no eres libre de rechazar otra, sea un trabajo, una familia, un novio, un marido o una tradición. La posibilidad del rechazo para mí es inseparable de la libertad en un sentido emancipador. Se nos dice: asumamos que las mujeres no podemos decir que no y trabajemos en un marco de protección. Eso me parece la renuncia del feminismo de la emancipación. Una vez dices que decir que no es imposible, ya no trabajas por hacerlo más posible. Esto es una derrota. ¿Hay que cambiar el mundo para que decir que no sea más fácil? Sí, pero esto nos compromete con toda una tarea política.

Al mismo tiempo, quiero decir que, aunque a mí me parezca que el marco de la emancipación sexual va ligado a la posibilidad de la negativa, me parece que cuando hay coacción y violencia, esas condiciones han sido truncadas. En determinadas circunstancias, tú ya no eres libre para decir que no. No eres libre para decir que no en un portal donde cinco hombres se te imponen amenazantes. Y no eres libre para decir que no si un tipo que se llama Dani Alves te encierra en un baño y no te deja salir. Y el derecho tiene que saber muy bien reconocer dónde eso ha sido vulnerado.

Lo que me parece preocupante es que el discurso diga, no ya que en el portal de La Manada no se pueda decir que no, sino que en general, en el mundo en el que vivimos, no se puede decir que no, que es lo que presupone el cambio de lema. Allí donde no se puede decir que no, y estoy comprometida con la necesidad de que el derecho identifique a veces esas circunstancias, no sé en qué sentido un sí salva la situación. Allá donde no se puede decir que no, el sí es inválido. El caso de Dani Alves no es una agresión sexual porque ella no haya dicho que sí, el caso de Dani Alves es una agresión sexual porque ese tipo ha construido unas circunstancias y una situación en la que ya no se puede decir libremente ni que no ni que sí.

P. Un problema que identificas es el de mezclar violencia y poder. Se banaliza lo que es violencia porque si todo es violencia nada lo es. En un caso como el de Dani Alves, ¿se puede hacer esa distinción?

Estamos en un contexto en el que cuando sale un caso como ese, un montón de gente sale a decir solo sí o sí. Pero este caso es muy nítidamente claro con respecto al Código Penal precedente; ahí sí hay violencia. De hecho, es un caso más nítido que el de La Manada, donde hubo un debate acerca de si se trataba de una intimidación ambiental o un abuso de poder, de si se entraba dentro de la categoría de intimidación o de prevalimiento. En el caso de Dani Alves, el Código Penal anterior a eso es clarísimo. Si un tipo que te encierra en un baño y tú das muestras de querer salir y el tipo no te deja, es un caso donde hay violencia y es un caso de agresión sexual.

Lo que pasa cuando se confunde el poder con la violencia es no solo que el poder empieza a parecer violento, sino que la violencia empieza a difuminarse y no la localizamos bien. Por eso defiendo el consentimiento, porque ha sido ese criterio que ha servido para delimitar el poder de la violencia. ¿Qué distingue una lógica proderechos a la trata y la explotación de la prostitución? Que en un caso no hay consentimiento y en el otro sí. Y que no haya consentimiento en el caso de la trata quiere decir evidentemente que hay violencia, hay un grado de violencia, o de coacción o de intimidación por el cual esa mujer no está en condiciones de dar un sí libre. Es muy peligroso confundir el poder con la violencia, porque el poder está por doquier. En un análisis feminista estructural, no podemos decir que ninguna de nosotras esté a salvo del poder.

Pero claro, si lo confundimos, entonces la violencia está por doquier. Y, si la violencia está por doquier, entonces todo es asunto del Código Penal, porque evidentemente el derecho penal tiene como objetivo, y ha de tenerlo, la persecución de la violencia, su delimitación y su respuesta. En la lógica de un cierto feminismo, se empiezan a difuminar en poder la violencia con lo cual pasa que la prostitución voluntaria es igual de coactiva y violenta que la trata, y esa distinción carece por completo de sentido.

A ese feminismo le dará igual que en una relación sadomasoquista la mujer diga que ha consentido. Dirán: “No, este sexo es violento y por tanto es delito”. A eso nos lleva la confusión del poder con la violencia. Si queremos no acabar ahí, entonces hay que saber que, en condiciones de desigualdad de poder, no obstante, puede haber consentimiento y por tanto, no violencia. Luego, la desigualdad de poder no puede ser el argumento por el cual se invalida el consentimiento. No se puede decir: “Ella tenía 30 años menos que él, hay una gran desigualdad de poder”. Y a mí me parece que en el debate español hemos ido adoptando una cierta lógica de difuminación entre la violencia y el poder.

P. Diría que las trabajadoras sexuales tienen mucho que enseñar sobre el consentimiento y lo han estado diciendo en todo este proceso. Empezaba preguntándote si el debate estaba cerrado, pero también creo que la propuesta del PSOE para “prohibir el proxenetismo en todas sus formas”. El texto propuesto pasa por reformar el artículo 187 del Código Penal, que actualmente solo castiga la obtención de lucro de la prostitución si ha habido “explotación”, que pasaría a castigarse para quien “promueva, favorezca o facilite la prostitución de otra persona, aun con el consentimiento de la misma”. ¿Qué pueden enseñar las trabajadoras sexuales sobre el consentimiento? ¿Por qué vale todo consentimiento excepto el de ellas?

Se va a volver a abrir, efectivamente. Y diría, además, que va a entrar en el debate el porno, un tema que se está abriendo por el lugar, digamos, más posible, que es el de los menores. Que el porno supone un problema para los menores, es algo con lo que estoy de acuerdo. Pero también creo que algunas posiciones feministas quieren prohibir el porno no porque sea malo para los menores, sino porque consideran que es malo en general. Pero se usa el tema de los menores como una vía de entrada a esas posiciones donde hay también una posición de invalidación del consentimiento de la actriz porno.

Y el tema del trabajo sexual hace emerger este este asunto. La gran paradoja de nuestro momento es esta por la cual todo el mundo dice defender el consentimiento y todo el mundo dice hay que “poner el consentimiento en el centro”, con esta fórmula repetida que sugiere algo así como que el consentimiento no solo ha de ser necesario, sino suficiente. Y estas posiciones las están defendiendo las mismas personas que van a traer una propuesta legislativa de invalidación del consentimiento de las trabajadoras sexuales. Es clamorosa la contradicción.

Yo quería parar un momento y preguntarnos a qué estamos llamando consentimiento. Si una posición va a decir que algo es delito, aun cuando la mujer consienta, lo que está en el centro ahí no es el consentimiento. Será otra cosa. Será considerar que eso es tan malo como para que el consentimiento de la trabajadora sexual dé igual. Será considerar que hay un abuso. Pero el consentimiento no está siendo el criterio.

Por otra parte, estoy de acuerdo en que las trabajadoras sexuales pueden decir sobre el consentimiento es muy interesante para el feminismo, no solamente en el sentido de reclamar la validez de su consentimiento frente al Estado, sino porque creo que una trabajadora sexual nos diría también otras cosas como que cuando una consiente no es porque lo desee profundamente, sino que puede ser por otras cosas, y que puede ser por dinero.

Fijémonos en esto. Es algo que se reclama, pero no es algo que las trabajadoras sexuales conviertan en algo así como lo que lo que da cuenta de su deseo erótico profundo. Te diría una profesional: “No, perdona. Yo defiendo que se valide el consentimiento. Pero después que ningún feminismo me imponga que ese consentimiento tiene además que ser mi profundo deseo.

P. Hablas con ironía de un “consentimiento entusiasta”.

Es que el feminismo que está reivindicando el consentimiento también está diciendo una cosa sobre lo que debería ser el consentimiento de las trabajadoras sexuales con la que tampoco estoy de acuerdo, que es que debería ser entusiasta, que debería ser deseoso, deseante, ligado al placer sexual. ¿Por qué? ¿Por qué el consentimiento o nos lo cargamos o tiene que convertirse en una especie de receta de felicidad y de placer y de deseo profundo? Lo que está ocurriendo es una especie de transmutación del sentido del consentimiento.

El consentimiento en una lógica anterior, en todo texto jurídico se suele nombrar junto a la palabra “voluntad”: se habla, por ejemplo, de la voluntad del paciente en el contexto de un consentimiento informado médico. Y la palabra voluntad nunca ha venido, definida por el deseo. Yo me puedo casar sin ganas, pero nadie se plantea invalidar ese matrimonio por eso. Es como si esa noción de voluntad, que siempre ha sido la del consentimiento, estuviera dando paso a otro sentido de consentir. El sentido de consentir se está transformando, está dando lugar a una cosa que me parece que tiene más que ver con el deseo que con lo que clásicamente podríamos decir que es la voluntad de alguien. Y algunos organismos consideran que esto es un paso adelante: a mí me parece que debe ser discutido.

Soy súper partidaria de que, en general, hagamos las cosas con deseo, y más si se trata del sexo, pero me parece que igual no nos estamos dando cuenta de que este debate lo estamos teniendo en términos legislativos, legales, penales, en términos de políticas del Estado. Si vamos a darle al consentimiento la noción de deseo, que tengamos muy claro que le estamos diciendo al Estado que tiene legislar el sexo con arreglo al deseo de los sujetos. Para mí, esto es la vía directa a una perspectiva punitiva de la ley. Yo no quiero que la ley tenga nada que ver con mi deseo. Yo no quiero que la ley crea que conoce mi deseo. Yo no quiero que la ley me exija conocer mi deseo. Y yo no creo que los sujetos muchas veces lo sepamos, mucho menos que lo sepa un tribunal. Entonces, el debate sobre el punitivismo, a mi juicio, está aquí.

Y más allá del caso español, lo que es problemático es una filosofía que muchas veces va en la letra pequeña. Yo en el libro quiero discutir lo que me parece que son presupuestos filosóficos no explicitados, que están sobrevolando. Es el debate que un feminismo no punitivo, tiene que tener: si la ley pretende legislar delitos en función de los deseos profundos de las personas, les estamos dando un poder ilimitado a las leyes.

P. Acabas concluyendo que el sentido de consentir que se ha impuesto es neoliberal, reaccionario y es punitivista, algo que afirmas en un contexto en el que este debate ha estado liderado por un Ministerio de Igualdad de izquierdas, y además de una fuerza a la izquierda del PSOE. ¿Qué crees que ha pasado para que se imponga esto?

La tarea de la filosofía es recorrer la coherencia de las ideas, y yo he querido mostrar esas líneas. Alerto de la posible deriva. Pero no estoy discutiendo con una ley en concreto, porque me parece que habría que hilar mucho más fino con respecto a los distintos aterrizajes de esto. Dicho de otra manera, una ley puede tener una filosofía y luego, en su concreción, llevarla más o menos a cabo de manera más o menos coherente. Lo que me parece más preocupante de la ley del solo sí es sí es el discurso con el que se ha defendido. Porque si entráramos en la materia de la ley, primero diría que hay una gran parte de lo que esa ley propone que me parece defendible: todo lo que no es lo penal, y que lamentablemente no ha sido de lo que más se ha hablado. Ahora bien, la filosofía que esta ley deja, el discurso con el que se la ha defendido, me parece que conlleva un tipo de perspectiva, a mi juicio, muy peligrosa.

Yo acuso a unas ideas de llegar de conducirnos hacia unos lugares peligrosos. Creo que se ha defendido ciertas cosas sin ser muy conscientes de su origen y de a qué han conducido en otros lugares. Por eso creo que es importante que abramos este debate. No es cosa de arrojar todo por la borda con respecto a una ley de la que no he querido entrar en su contenido, sino una filosofía sobre el sexo, sobre el consentimiento, que tiene consecuencias jurídicas, penales, sociales y políticas de largo alcance. Quizás ese es el debate de los próximos años. ¿Estas puertas que abrimos, a dónde nos pueden llevar?

P. Tú llegas a explicar cómo el consentimiento en Estados Unidos está en el mismo centro de la división del feminismo. ¿Crees que eso es extrapolable al contexto español?

Creo aquí que progresará este debate, pero que no lo ha habido. El feminismo se ha dividido fundamentalmente, al menos a nivel más mediático, por la cuestión trans, aunque a mi juicio estas dos cuestiones están vinculadas. Lo que hay en el fondo de la posición de un feminismo contrario a los derechos trans es una acusación de que las personas trans son esclavas de un sistema y de una ideología de género y, por tanto, no saben lo que quieren, que es la acusación que se les hace a las trabajadoras sexuales. El feminismo del PSOE es muy coherente con respecto a esto.

P. Es decir, que el sí de una trabajadora sexual no vale igual de la misma forma que que no vale el sí de una persona trans.

Exacto. Y también hay una discusión sobre el consentimiento aquí, con respecto a la cuestión trans, la hormonación y muchas decisiones de estas. Hay un feminismo muy coherente que siempre opta por invalidar la voluntad de los sujetos, acusándoles de no saber lo que quieren y ser cómplices del poder y de la estructura, aunque no lo sepan. Ese debate se ha tenido poco con respecto a la violencia sexual y algunas hemos querido hacer ver que algo de ese debate tiene que darse, que una cierta posición de victimización total de las mujeres es peligrosa en el terreno de la de la violencia sexual. Que cuando se asume la imposibilidad de decir que no, se está asumiendo una premisa donde creo que lo coherente es la posición abolicionista: si tú asumes la imposibilidad de decir que no, y eres coherente, tienes que cargarte el sí.

Por eso creo que la única manera de defender la validez del sí de la trabajadora sexual y de muchos otros sujetos es el horizonte en el que esos sujetos puedan decir que no; esa es la cuestión que no ha aparecido tanto en el debate, pero está aquí como un elefante en el salón. La llegada de una ley abolicionista por parte del Partido Socialista, y ahora ya no con Podemos, lo va a hacer emerger mucho más.

P. La salida de tu libro es cercana a otro título, 'Ceder no es consentir' (Ned Ediciones, 2023), de la psicoanalista francesa Clotilde Leguil, que también reflexiona sobre la ambigüedad del consentimiento. Sin embargo, el debate francés es diferente en el sentido de que se plantea en torno al consentimiento sexual de las personas menores de edad. ¿Cómo dialogan vuestros libros?

Hice el prólogo a ese libro y me pareció muy importante advertir de la diferencia de contextos, porque si no podríamos estar transportando posiciones que no son hermanas. La pregunta interesante para los feminismos es esta: si defendemos el consentimiento, ¿cuál es el punto de apoyo para que podamos decir que estamos defendiendo algo que no es encubrir una cesión? Lo que diría el feminismo de la dominación es que todas las que defienden el consentimiento están validando la cesión de las mujeres en poder de los hombres. Hasta ese punto el debate es confrontado. Pero algunas queremos defender el consentimiento sin que se convierta en una manera de encubrir o de legitimar lo que más bien es una cesión ante el otro.

Francia viene de una tradición que no quiso legislar el sexo por considerar que era una intromisión ilegítima del Estado el imponer una edad de consentimiento sexual. Esto no solo lo defendieron Jacques Derrida o Foucault, lo defendió Simone de Beauvoir. Nosotras estamos en un momento en el que, en la sociedad española, donde debatimos del consentimiento de las mujeres, y Francia está en una situación de debate sobre el consentimiento de las mujeres menores de edad. Ojo, porque si lo transportamos podemos estar tratando a las mujeres mayores de edad en España como las menores de edad y eso es una de las cosas que yo quería decir en mi libro, que no puede ser así.

Ahora bien, como diálogo con el libro, Clotilde Leguil defiende la ambigüedad del consentimiento, defiende la oscuridad del consentimiento porque es una psicoanalista y porque sabe que, en realidad, aunque el derecho tenga que tratarnos como sujetos que saben lo que quieren, por ejemplo, cuando firmamos un consentimiento médico, ella sabe, como psicoanalista, que el sujeto es mucho más opaco para sí mismo de lo que la ley reconoce el Estado.

Entonces, a mí me parece valiente que como feministas podamos pensar el consentimiento desde ahí. Y me parece muy problemático que al decir que el consentimiento es complejo o ambiguo se considere que se rechaza. Ambas lo defendemos, pero con sus dificultades. Mi preocupación es más jurídica, y Clotilde Leguil lo piensa desde el psicoanálisis. A ella le da un poco igual que una cosa sea delito o no, y me parece muy importante que esta posición exista. Hay un sentido ético del consentimiento en el que el consentimiento sí que tiene que ver con el deseo. Un sujeto puede decir: “¿Por qué le valió con un frío sí y le dio igual mi deseo?”. Los feminismos se tienen que hacer esta pregunta porque creo que muchos de los malestares del sexo tienen que ver con esto. Ahora bien, lo que creo es que eso no se resuelve en un tribunal y eso no va a poder ser resuelto por la ley penal.

P. En el libro mencionas a El Xocas, el ‘influencer’ que explicó en su canal su “técnica” para ligar, que consistía en tratar de tener relaciones con mujeres “colocadas”. Los comentarios en su canal de Twitch desataron una serie de análisis sobre si esto era delictivo. ¿Dirías que El Xocas es un imbécil y no un delincuente?


Lo que vengo a decir es que, si creemos que todo tipo machista es un delincuente, al final nos va a pasar que si no es un delincuente no es un machista. Y no: es que puede seguir siendo machista y una persona deleznable y una persona que debe ser criticada y ante la que tenemos que tener herramientas las mujeres para identificar lo que no es aceptable, pero no porque me lo valide un tribunal. Si se solapa en el terreno ético y el terreno jurídico, no nos volvemos una sociedad más despierta y más abierta a pensar el patriarcado sino una sociedad más sorda a ciertas cosas.

Una de las cosas que hace la película ‘How to have sex’ es mostrar cómo una de las relaciones sexuales que ocurre, ocurre con ella diciendo que sí, lo que no resuelve que el tipo sea un imbécil y que allí haya pasado algo que no debería haber pasado. Hay formas de tratar mal al otro que pasan por utilizarlo y por desoír su deseo, y esa es una conversación sobre el sexo que tenemos que tener. Lo que me preocupa es que una conversación donde todo está emburruñado nos ha hecho pensar que una herramienta de una ley penal nos va a solucionar estos problemas. Eso no solo no es así, sino que está impidiendo que se abra una conversación que tenemos pendiente y que tiene que ver con la ética de la sexualidad, con el machismo y con la utilización del otro. En una ética feminista de la sexualidad, el deseo del otro es importante, y una gran parte de las maneras de utilizar y tratar mal a la otra persona es pedirle su frío sí y en realidad utilizar a la otra persona de una manera en la que eso genera un daño… pero es que esta es otra conversación diferente a la que hemos tenido en España.

miércoles, 6 de marzo de 2024

#hemeroteca #consentimientosexual | Clara Serra: «Abogo por sacar el deseo de lo penal»

Clara Serra //

«Abogo por sacar el deseo de lo penal»
Lucía Tolosa | Ethic, 2024-03-06

https://ethic.es/2024/03/entrevista-clara-serra/

Sostiene la pensadora Geneviève Fraisse que el consentimiento es una bella figura de nuestra complejidad humana, entre sombra y luz. La filósofa Clara Serra (Madrid, 1982), autora de varios libros como ‘Leonas y Zorras’ o ‘Manual ultravioleta’, y actual investigadora en la Universidad de Barcelona, recupera la idea de la intelectual francesa en su último ensayo, ‘El sentido de consentir’, en la colección Nuevos Cuadernos de Anagrama, donde analiza filosóficamente el concepto del consentimiento y cuestiona la asunción del «solo sí es sí» en detrimento del «no es no». Serra, que se trasladó a la ciudad condal tras finalizar su etapa política en la Asamblea de Madrid, invita a los lectores a reflexionar sobre las fisuras y las paradojas del consentimiento.

P. En su ensayo defiende que la sexualidad, como el deseo, es un lugar opaco donde existen infinitos matices. ¿Estamos usando el consentimiento como un contrato rígido para solucionar todos los problemas?

El consentimiento es el criterio jurídico que permite delimitar la violencia sexual, ahí no puede haber matices. Lo que defiendo es que un campo penal que garantice la distinción entre la violencia y el sexo se consigue más con un «no» que con un «sí». En un contexto de intimidación, el sí no significa nada y debe ser invalidado. Cuando en un caso mediático como la violación de ‘La Manada’ se utiliza el lema del «solo sí es sí», me parece un error, porque el hecho de que una mujer diga que sí coaccionada por cinco hombres no sirve jurídicamente para delimitar nada. Abogo por sacar el deseo de lo penal para que la justicia proceda con clarificación y para que no penalice a las víctimas. Recuerdo un juicio en el que el juez ponía en duda la violación porque la mujer había lubricado, y otro reciente de un menor en el que se remarcaba que había tenido una erección. Da igual que haya habido deseo si no hay capacidad de consentimiento. Si intentamos clarificar el deseo y meterlo en el terreno penal, enturbiamos todo.

P. ¿El deseo es una noción incómoda para el consentimiento?

Es importante no mezclar ambos conceptos, porque el deseo excede la lógica del contrato que requiere el consentimiento. Si depositamos demasiadas expectativas en el consentimiento como si este fuera a salvarnos de un sexo incómodo, desagradable o incluso doloroso, estamos idealizando una herramienta que no sirve para eso. Si defiendo el lema del «no es no» es, entre otras cosas, porque resguarda mucho más el deseo. Te permite decir que no a ciertas cosas, pero no te obliga a saber de antemano qué es lo que quieres. Cuando nos obligan a emitir un «sí» alto y claro se nos impone la carga de saber lo que deseamos con exactitud. Hay una idea del deseo muy neoliberal en el hecho de concebir el sexo como un contrato donde ambas partes tienen todo estipulado.

P. ¿Considera que la Ley del Solo Sí es Sí, con la que ha sido muy crítica, impone una visión neoliberal del sexo y las relaciones?

Una ley es un texto jurídico complejo, en el libro me centro en la parte filosófica. Creo que la ley, que tiene cosas valiosas y otras mejorables, evidencia una corriente de fondo y una mirada sobre la sexualidad que desborda por completo cualquier texto jurídico. Hoy en día impera un discurso neoliberal sobre el sexo que yo localizaría en la pretensión de garantizar un pacto sexual donde se da por hecho que el sujeto es autosuficiente, porque se conoce a sí mismo, sabe lo que quiere y expresa en todo momento cómo obtener placer, y por lo tanto interactúa con otros de una manera fácil. Esta idea es muy naif, porque el deseo implica inevitablemente una oscuridad y vincularse con alguien supone asumir una incertidumbre. A menudo desconocemos lo que deseamos y lo descubrimos a través del otro, y en esa exploración no podemos recurrir al consentimiento para garantizar que nuestras relaciones sean plenamente deseadas. Una mujer puede consentir y después tener una relación sexual malísima y desagradable.

P. Esto conecta con la tesis de la psicoanalista y filósofa Clotilde Leguil, que afirma que en todo encuentro sexual estamos expuestos a un trauma o daño, y que debe ser abordable lejos de los tribunales.

Una parte de esos posibles daños tienen que ser competencia del Estado siempre y cuando se atribuyan a la violencia sexual, debemos ser protegidas de ese peligro. Sin embargo, una de las derivas de cierto discurso neoliberal es tratar de asegurarnos que las relaciones sociales pueden estar exentas de cualquier riesgo. Se dice que el amor no debe doler, pero ¿cómo no va a doler? El amor duele, igual que la amistad, porque estamos poniendo en manos de otro una parte importante de nosotros mismos, y ahí el Estado no puede protegernos. Clotilde Leguil es una autora que me gusta porque, como psicoanalista clínica, sabe que muchos de los traumas de sus pacientes nunca serían validados por un tribunal, pero eso no erradica el malestar, la decepción o la angustia. No podemos asumir que todo daño se resuelve con recetas penales, me gustaría que el feminismo recuperase espacios éticos donde abordar estas cuestiones, lugares donde plantearse qué supone la traición o la utilización del otro, sin necesidad de recurrir al Código Penal.

P. Critica las corrientes puritanas que juzgan el deseo de las mujeres, y pone de ejemplo la frase que se repitió a raíz del caso de La Manada: «Ninguna mujer desearía acostarse con cinco desconocidos en un portal». ¿Se está moralizando el terreno sexual?

Para una parte del feminismo, si una relación es consentida pero no es deseada, deberíamos considerarla agresión sexual, y eso puede empantanar todo. Asumir que el criterio para que algo no sea violencia es que haya sido deseado, le damos al Código Penal la capacidad de acceder a nuestros deseos y nos puede conducir a una deriva peligrosa. Lo feminista no es limitar nuestro deseo, sino permitirnos hablar y escribir de ello sin sentir culpa o vergüenza. Cuando se afirma que el deseo de las mujeres garantiza un límite a la violencia, se presupone la bondad del deseo femenino, como si no pudiera ser igual de agresivo que el del hombre, se nos limita y además se nos impone la obligación de desear bien. Lo más interesante de liberar el deseo de la obligación de ser bueno es precisamente reivindicar que existe también la voluntad. Una mujer adulta debe tener la posibilidad de elegir sin que nadie la juzgue.

P. Menciona en su ensayo la película ‘Elle’, donde una mujer sufre una agresión sexual y posteriormente fantasea con una violación. ¿No es conflictivo que la cultura patriarcal y la desigualdad emerja en la sexualidad?

El deseo está atravesado por el poder, tiene sombras y refleja a veces las dinámicas de poder, por eso no debe de ser el criterio jurídico para juzgar un delito de violencia sexual. En la película queda claro que la protagonista ha sido violada, pero lo interesante es que a medida que avanza la trama, ese sexo violento al que no ha consentido se vuelve deseado por ella. Puede resultar incómodo ver a una mujer independiente y poderosa deseando ser dominada, pero eso no invalida la agresión inicial que ha sufrido. De hecho, cuando elige denunciar a su violador, está anteponiendo a su deseo el hecho de que hayan violado su voluntad. Hay que permitir que las mujeres se enfrenten a sus propias contradicciones, aceptar que pueden tener deseos que conecten con fantasías ocultas que están condicionadas por relaciones de poder, y por tanto darle voz a su voluntad. En un mundo patriarcal, tanto la voluntad como el deseo tienen sombras, pero nadie debe decidir por nosotras. Si queremos conservar la noción jurídica de violación, esta solo puede ser entendida como una vulneración de la voluntad, no una violación del deseo. Lo contrario es invalidar nuestra mayoría de edad.

P. Últimamente se habla de la relación entre la pornografía y la violencia sexual. ¿Qué opina de la iniciativa del Gobierno para regular el acceso de los menores al porno?

Me preocupa que vayamos a un debate social en el que la cuestión de los menores empiece a ser un argumento para la prohibición del porno también para los mayores de edad. Hay una parte del feminismo que quiere prohibirlo porque le parece que es dañino y que configura una sexualidad violenta, y ahí discrepo. Cuando se aboga por censurar el porno para evitar cualquier violencia, pienso que ese era el argumento por el cual una parte de la izquierda, incluso del feminismo, quiso prohibir el voto a las mujeres. Se decía que las mujeres eran muy conservadoras, que tenían una manera tradicional de mirar al mundo y que votarían lo que les dijera el cura o el marido. Aunque las mujeres voten a la derecha o condicionadas por su entorno, tienen derecho al voto porque nadie puede decidir por ellas. Con el porno sucede lo mismo, un adulto es capaz de distinguir entre realidad y ficción.

P. ¿En este debate tendría que estar más presente la educación sexual?

A veces buscamos arreglar cualquier problema de forma ingenua cuando decimos que con educación sexual se resuelve todo. Me gusta lo que sostiene Agustín Malón, un sexólogo que ha escrito un libro sobre el consentimiento y que ha reflexionado mucho sobre el tema de los menores. Creo que tiene razón cuando dice que no hay una política realmente seria de educación sexual en España y que la izquierda se engaña un poco con esta solución, como si fuéramos a instruir a los jóvenes en la sexualidad sin hacer previamente una selección ética y moral de lo que debe ser un sexo malo y un sexo bueno. ¿Vamos a hablar de sadomasoquismo a los menores de edad? Lo dudo mucho. Hay que tener en cuenta que el sexo también tiene algo de secreto y pudoroso, y es normal no querer hablarlo con tus padres o en clase, y es algo que cada adolescente va conociendo cuando le toca. Tenemos un problema de acceso al porno con los menores, pero hay que preguntarse cómo lo abordamos.

P. En los últimos años, por cuestiones como la Ley Trans o la prostitución, parece que el movimiento feminista está cada vez más dividido. Sin embargo, si se echa la vista atrás, los debates han existido siempre.

El feminismo siempre ha tenido distintas corrientes que se han enfrentado políticamente, en el tema de la prostitución y en muchísimos más, y me parece que esas peleas han sido fundamentales. Ahora llamamos feministas a señoras que se pelearon hasta el punto de poner en cuestión si había que dar el voto a las mujeres. Lo que veo negativo no es el desacuerdo sino la hostilidad, y esta no la ubicaría en el feminismo sino en un síntoma de nuestra época y nuestra sociedad. Hay una gran polarización y cabreo político que desemboca en linchamientos y descalificaciones que no llevan a ningún lado, pero eso no es causa del feminismo. La sexualidad siempre ha sido un campo de desacuerdo.

P. ¿Diría que el movimiento feminista ha sido instrumentalizado políticamente en los últimos años?

Ha sido secuestrado por un clima político de mucha pelea institucional, y viciado por la derecha y la extrema derecha. Las críticas ultrapunitivas distorsionan el debate y han llevado a la sociedad a creer en la solución de una ley penal dura y con un discurso alarmista. Insisto en que la reflexión es cómo restaurar espacios donde pongamos el foco en lo ético, las demandas feministas no tienen que terminar en una reforma penal. El lema «hermana yo sí te creo» es necesario, pero en un proceso penal no se va a creer a nadie, se va a obligar a todo el mundo a demostrar los hechos y se va a poner en cuestión y en tela de juicio a quien acusa. En una terapia, como afirma Clotilde Leguil, lo que necesita una persona que ha sufrido un trauma sexual es tener delante a alguien que crea su historia, pero en un juicio esto no puede ni debe de ser así. La acusación debe ser sometida a crítica y se va a buscar cualquier debilidad y fallo que sobresalga.

P. En el ámbito legal, una parte del feminismo critica el machismo que impera en la judicatura y las vías revictimizadoras del sistema penal. El lema «hermana yo sí te creo» pasa por dar credibilidad a la víctima.


El sistema penal no es el lugar donde dirimir este tipo de cuestiones. El código penal está pensado para ver si se mete a un sujeto en la cárcel con todas las garantías, y si la víctima lo pasa mal en el proceso, le da exactamente igual. La jurista Carme Guil, que preside la sección española del Grupo Europeo de Magistrados por la Mediación (GEMME España), promueve, entre otras cosas, la «justicia restaurativa». Muchas veces se pone en cuestión la palabra de las mujeres, y ahí es donde podríamos poner el foco, en crear nuevos espacios de escucha y acompañamiento. Para resolver los prejuicios machistas, creo que la educación es mucho más útil que los delitos penales.

P. Precisamente, con las acusaciones al director Carlos Vermut, ha habido reacciones que ponían en cuestión la palabra de las denunciantes y se ha criticado que recurran a los medios de comunicación en lugar de a los tribunales. ¿Ve problemática esta elección?

Me pareció interesante un hilo del juez Joaquim Bosch donde explicó que la condena penal no es la única respuesta posible, que una víctima puede preferir simplemente que se conozcan los hechos y se produzca un reproche social, y están en su derecho porque existe en nuestro ordenamiento jurídico la posibilidad de defenderse de una acusación falsa. Sin embargo, la denuncia pública es, a veces, un síntoma de que otras cosas fallan. El ‘Me Too’ evidencia bien el estallido del resultado de años de silencio, de impunidad y colaboración, y se ve claramente que no han existido los mecanismos para abordar bien la cuestión. Cuando estos casos salen, como el de Vermut, siempre me siento un poco incómoda porque no solo están expuestas las personas a las que se acusa, sino también las que denuncian. Aunque sean anónimas, ellas van a leer lo que la sociedad opina de sus testimonios. Si pensamos a partir de casos particulares de personas con nombres y apellidos, estamos jugando con una materia muy sensible.

P. En el libro menciona el término «cultura de la violación», un concepto que causó polémica cuando lo utilizó la exministra Irene Montero en el Congreso para referirse al PP. ¿Ve problemático el uso del concepto?

Es útil y a la vez problemático cuando se lleva a cierto extremo. Es innegable que existe una cultura donde se legitima la violencia y se vulnera la voluntad de las mujeres, y en ese sentido el uso del concepto es necesario, porque demuestra que estamos ante un problema estructural que tiene que ver con un sistema y con una educación colectiva. El problema es que, si lo llevamos al extremo, asumimos que estamos ante un problema que solo tiene que ver con la estructura social y que el individuo no tiene elección. Hay que colocarse en una posición intermedia, en la que, al mismo tiempo que analizamos esto como un problema estructural, seguimos considerando que el sujeto tiene una elección y por tanto una responsabilidad. En este sentido, el agresor debe responder ante la justicia, pero no vamos a cambiar el mundo llevándole a juicio. Si el problema es estructural, el derecho penal no va a solucionarlo, porque los problemas estructurales no se pueden abordar en un tribunal. Me parece un poco preocupante poner tanto énfasis en que estamos ante un problema cultural y a la vez apostar radicalmente por la solución penal. La solución está esperándonos en otro sitio.

P. ¿Qué soluciones podrían plantearse para paliar la «cultura de la violación»?

La penal desde luego que no, y creo que volcar todo en los castigos es la constatación de que no la estamos cambiando mucho. El derecho penal individualiza la culpa y la exterioriza con respecto al cuerpo social, por tanto, es ineficaz para combatir las desigualdades de poder. Si estamos ante un problema estructural, creo que en el terreno de la educación o del debate hay muchas más opciones de cambiar la mirada colectiva. La derecha siempre ha defendido que los problemas se solucionan con recetas penales precisamente porque ignora lo estructural y piensa que no hay condiciones que llevan a las personas a hacer ciertas cosas. Siguiendo esta lógica, el individuo que comete delitos es enteramente responsable porque es la causa de esos males. Para la derecha, un robo no tiene nada que ver con la pobreza, simplemente es un suceso aislado. La izquierda entiende que existe la desigualdad económica y el patriarcado, por eso no tiene sentido creer que un problema social puede abordarse en un juzgado. Si el problema es cultural, la solución no puede ser penal.

jueves, 11 de febrero de 2021

#hemeroteca #libertadsexual | La regulación sexual de un gobierno “feminista”


La regulación sexual de un gobierno “feminista”.

Moral victoriana, exceso punitivo y fortalecimiento del proyecto neoliberal
Laura Macaya | ctxt, 2021-02-11
https://ctxt.es/es/20210201/Firmas/35024/ 

El feminismo se encuentra actualmente en una peligrosa coyuntura que puede derivar en la desaparición del mismo como fuerza política liberadora. Varios elementos están contribuyendo a ello, pero quizás uno de los más destacables es su tendencia al punitivismo y a la defensa de los intereses de las clases más privilegiadas y conservadoras. Esto ocurre ante la mirada desorientada y atemorizada, no solo de parte del feminismo, sino también de otros movimientos políticos emancipatorios. Debido, en parte, a la imposición de una “cierta lógica inquisitorial” (Nuria Alabao y Emmanuel Rodríguez) se amedrenta a quienes podrían articular un necesario disenso mediante la amenaza victimista de ser acusados de complicidad con el sexismo o de no pertenecer a la categoría identitaria adecuada.

Tal es el caso de la dificultad para impugnar de forma contundente el actual anteproyecto de Ley Orgánica de Garantía Integral de la Libertad Sexual –en trámites antes de ser discutido en el Congreso–, una medida que, amparándose en demandas feministas, sigue la senda neoliberal del incremento punitivo.

Esto no significa que no hayan aparecido voces críticas. Juristas feministas como Laia Serra, Patsili Toledo o Maria Luisa Maqueda han puesto el acento en los problemas que presenta el anteproyecto. Sobre todo, se han centrado en el aspecto de la desautorización de las voces de las trabajadoras del sexo ya que tipifica como delito el proxenetismo no coactivo y la tercería locativa –el alquiler de espacios para el ejercicio de la prostitución–, lo que acabará dificultando, todavía más, el desarrollo seguro de la actividad, en lugar de intervenir para fortalecer unos derechos laborales inexistentes.

Ahora bien, no es de extrañar que las personas que están siendo capaces de articular un discurso crítico sean mayoritariamente profesionales del derecho puesto que una de las características de los actuales modelos punitivos es que cualquier problema social queda remitido a los marcos de la gestión estatal del conflicto. Esto sirve como elemento disuasorio añadido que desautoriza implícitamente las críticas que provengan desde contextos no jurídicos, como pueden ser los de los movimientos y organizaciones políticas de base. La ley penal dispone de una potente capacidad performativa, es decir, construye las formas en las que entendemos la realidad social. A su vez, este procedimiento se oculta y hace parecer inevitables decisiones políticas basadas en la preservación de la estructura social como, por ejemplo, la remisión de cualquier problemática social a la resolución penal. Esto limita el campo de discusión a los marcos de lo posible, es decir, a los marcos de la política criminal y el derecho estatal, que además se autolegitiman mediante discursos que, con frecuencia, resultan complejos y excesivamente técnicos para la mayoría de la población.

Por ello es imprescindible sumar voces críticas que, desde las organizaciones políticas de base, analicen los problemas originados por las medidas legislativas que, como ocurre con este anteproyecto de ley, refuerzan el punitivismo y el puritanismo sexual poniendo en riesgo la supervivencia de muchas mujeres y colectivos “vulnerabilizados” y disciplinando a toda la población según los valores morales de las clases dominantes.

Estado punitivo, sujetos frágiles

Uno de los elementos más característicos del anteproyecto de Ley Orgánica de Garantía Integral de la Libertad Sexual ha sido un supuesto cambio de paradigma, según el cual, los delitos sexuales deben fundarse en la falta de consentimiento y no en el medio empleado para doblegarlo. En este sentido, el nuevo articulado establece que “todo acto que atente contra la libertad sexual de otra persona sin su consentimiento” será considerado agresión sexual, eliminando la distinción actual entre abuso y agresión.

A pesar de lo limitado del término, el consentimiento es el elemento indispensable para establecer acuerdos sociales y políticos en la definición de lo que es considerado una agresión sexual o un acto sexual en el que se vulnera la voluntad de otra persona. Ahora bien, una cosa es establecer el consentimiento como elemento cuya falta define un ataque sexual y otra muy distinta es decidir que la vía penal es la más adecuada cuando se producen actos sexuales no consentidos, sean estos de la intensidad que sean. Esto último es una decisión política, pero que debido al uso expansivo del sistema penal y a los “sentidos comunes” actuales se presenta como la única posible.

Desplazar la importancia de la lesividad de los medios comisivos, es decir, desplazar la importancia de la intensidad o gravedad de los medios que se emplean para doblegar el consentimiento, supone ampliar las conductas que pueden ser incluidas bajo el delito unificado de “agresiones sexuales”. A mi entender, un feminismo no punitivo debería abordar la complejidad de la sexualidad, el consentimiento y el deseo en otros contextos educativos, políticos, comunitarios y relacionales. Y debería reservarse el ámbito penal para los casos en los que la voluntad se doblega mediante actos graves y altamente lesivos como aquellos en los que existe violencia, intimidación o anulación de la voluntad con fines de atentar contra la libertad sexual de otra persona. Todo ello con la finalidad de minimizar el campo de lo penal y tender a una progresiva intervención mínima del mismo puesto que, como ha afirmado Maqueda, “la lógica propia del sistema penal –que es la de un sistemático incremento de la represión– tiene efectos sociales contraproducentes y perversos, como por ejemplo la expansión del control estatal” y el refuerzo de un sistema de “intolerancia selectiva” hacia los delitos cometidos por las poblaciones más vulnerables y transgresoras. El criminólogo Adam Crawford se pregunta, respecto a las supuestas proclamas de tolerancia cero con el delito, ¿dónde está la “tolerancia cero” de los delitos administrativos, el fraude comercial, la contaminación ilegal de las empresas o los delitos contra las personas trabajadoras? Efectivamente, como ha venido apuntando la criminología crítica, el funcionamiento de la justicia penal es altamente selectivo y se dirige de forma casi exclusiva contra las clases populares en base a los criterios racistas y clasistas de las sociedades neoliberales.

Por otra parte, el anteproyecto de ley incorpora una definición de consentimiento, entendiendo que no existirá cuando “la víctima no haya manifestado libremente por actos exteriores, concluyentes e inequívocos conforme a las circunstancias concurrentes, su voluntad expresa de participar en el acto”. Esta forma de expresar el consentimiento es la plasmación jurídica del conocido lema feminista “solo sí es sí” mediante el que se elimina la necesidad de articular una respuesta negativa, porque solo cuando se afirma la voluntad es un acto consentido.

Esta definición de consentimiento no solo aumenta la punitividad sino que además lo hace a costa de fragilizar e infantilizar la sexualidad de las mujeres. Según esta formulación, interpretar un silencio como una conformidad para participar en un acto sexual puede ser constitutivo de un delito de agresión sexual. De nuevo, un exceso punitivo que el feminismo no debería admitir en su nombre. Y no porque sea deseable que, en cualquier caso, se desoigan los deseos de la pareja sexual, se ignoren sus gestos y se prescinda de la empatía, sino porque es cuestionable que deba utilizarse el código penal para evitarlo. Además, un amante no empático puede disgustar a algunas personas, pero creo que es urgente dejar de aceptar que se denomine como violencia, y mucho menos como delito, actos de tan baja entidad que incluso pueden ser fruto de malos entendidos debido a la construcción patriarcal de la sexualidad femenina y masculina. Todo ello abona un campo amplio para los castigos desproporcionados, la criminalización de determinadas conductas sexuales, mayoritariamente masculinas, pero no en exclusiva, y refuerza los valores patriarcales de la sexualidad femenina.

Rearticulación victoriana
La exposición de motivos del anteproyecto explicita que el acceso efectivo de las mujeres a la libertad sexual ha estado condicionado por los roles de género establecidos en la sociedad patriarcal. Pero a pesar de ello, el texto no hace más que reincidir en esos mismos roles mediante la victimización y la visión infantilizadora de la sexualidad femenina.

Al incorporar conductas de tan baja entidad al Código Penal se incapacita a las mujeres para establecer un límite sexual o articular una negativa, pero además, se incide en la visión de una sexualidad femenina pasiva, emotiva y necesitada de protección. Si solo un sí explícito puede ser interpretado como voluntad para participar en el acto sexual, cabe entender que de partida las mujeres no desean sexo, reificando la visión patriarcal de que para las mujeres el sexo es algo secundario, vinculado a la emotividad y a la búsqueda de otros intereses más elevados como el amor o la pareja estable.

Esta visión sacralizada y frágil de la sexualidad femenina impregna todo el texto y el establecimiento como delito del “acoso sexual callejero” o la negación de la capacidad de decisión de las trabajadoras sexuales son buena muestra de ello. Esto resulta problemático porque constriñe la libertad sexual de las mujeres, debido a la capacidad performativa de la ley penal. Pero además es mucho más preocupante si tenemos en cuenta que este disciplinamiento sexual resulta útil a los intereses neoliberales de acumulación de capital.

Para entender la relación que esta construcción de la sexualidad femenina tiene con el punitivismo y la defensa de los intereses neoliberales es necesario partir de una determinada mirada respecto a la utilidad de la pena en nuestro derecho. Como han apuntado José Cid y Elena Larrauri, en los actuales sistemas de control, el aumento del punitivismo no se produce en correlación con los índices de delito. Además, la principal justificación de la pena –la prevención general o inhibición mediante amenaza de castigo– no se ha demostrado empíricamente eficaz, es decir, el aumento de la penalidad no ha supuesto cambios significativos en cuanto a los índices de violencia contra las mujeres, por poner un ejemplo. Es por ello, que siguiendo las formulaciones de la criminología crítica feminista podemos señalar otros fines latentes de la pena, como la construcción de un mal colectivamente reconocido como tal, la transformación de los modelos culturales y la preservación de un determinado orden socio-económico.

La regulación penal tiene un efecto disciplinador sobre los sujetos a los que interpela, a los cuales no solo representa, sino que principalmente constituye. Esta interpelación es, por una parte, difusa, promoviendo determinados valores culturales, es decir, disciplinando a toda la población en base a los criterios morales de las clases dominantes. Pero también es una interpelación concreta al exigir determinadas características a los sujetos que acceden a los sistemas de justicia. La reiterada desprotección y cuestionamiento a las víctimas que no cumplen con los mandatos hegemónicos de la feminidad es buena muestra de ello. Por otra parte, la constitución de un sujeto femenino sexualmente infantilizado, débil y necesitado de protección, promovido por el anteproyecto de ley, es imprescindible para la preservación de la estructura de clases. Los valores patriarcales de la sexualidad femenina son necesarios para la preservación de la familia, institución que, como afirma Nuria Alabao, es indispensable para obtener trabajadores listos para ser explotados gracias a los trabajos reproductivos desarrollados gratuitamente, principalmente por mujeres.

La moral sexual victoriana estableció a las mujeres ya en el siglo XVIII, como las garantes de la familia, a costa de constreñir su sexualidad con la finalidad de contener los irrefrenables deseos sexuales masculinos. La disciplina obrera, necesaria para el trabajo fabril y el enriquecimiento de la burguesía, debía garantizarse mediante la reclusión de la sexualidad al ámbito de la familia heterosexual y el disciplinamiento de los deseos que podían resultar peligrosos para una determinada economía política. De esta forma, las mujeres debían mostrarse sexualmente inapetentes y temerosas de la sexualidad para no provocar los deseos masculinos, bajo la amenaza de la violencia o el estigma para las incumplidoras.

La libertad sexual de las mujeres, el desafío a las políticas del terror sexual y a la corrección sexual femenina, así como las disidencias sexuales de otros sujetos feministas, suponen poner en riesgo la continuidad de la familia como institución necesaria para los intereses capitalistas.

Se ha evidenciado que los Estados con mayores índices de redistribución de la riqueza y los derechos tienen menores índices de encarcelamiento. Todo parece indicar que, a más inversiones sociales, menos delitos. Como ha señalado Loïc Wacquant, el debilitamiento del Estado social se relaciona con el fortalecimiento y la glorificación del Estado penal y, por tanto, un Estado más punitivo supone una menor inversión en prestaciones sociales y servicios públicos y universales. Muestra de ello es cómo la puesta en práctica de las leyes contra la violencia de género acaba pivotando principalmente sobre el desarrollo de las medidas penales o cómo se tiende a incorporar delitos para impedir el desarrollo del trabajo sexual. Todo ello es una decisión política, pero, además, como ha apuntado Miren Ortubay, “cambiar la letra del Código Penal resulta –a corto plazo– mucho más barato que poner en marcha los recursos y servicios necesarios para proteger y reparar a las víctimas” o articular un marco de derechos laborales para las trabajadoras sexuales. Para el neoliberalismo punitivo la familia sigue siendo necesaria, más si cabe, como depositaria de las funciones que el Estado deja de cubrir a sus ciudadanos. Es por ello que, como ha apuntado Verónica Gago, el neoliberalismo necesita aliarse, ahora más que nunca, con las fuerzas retrógradas de la extrema derecha al compartir objetivos estratégicos de normalización y gestión de la obediencia que continúen garantizando una institución clave para la acumulación de capital: la familia y los valores asociados a la misma.

Un feminismo de clase tiene la obligación de incorporar los intereses de las personas migradas, de las trabajadoras precarias, de las sindicadas, de las putas, de las trans, de las encarceladas, de las desocupadas y de las disidentes sexuales. Esto no se consigue excluyendo a las partes menos insertables del colectivo, aliándose con el punitivismo y los intereses de las élites económicas o disciplinándonos según sus valores. Si este es el camino, debemos informarles, que no cuentan con nosotres.

viernes, 10 de julio de 2020

#hemeroteca #feminismo #abolicionismo #trans | Notas para pensar y hacer políticas feministas hoy

Imagen: El Diario / Manifestación feminista //

Notas para pensar y hacer políticas feministas hoy.

El movimiento feminista seguirá construyendo sus debates, como nunca ha dejado de hacer. Apuesto, con muchas compañeras, por un feminismo intergeneracional y con memoria, abolicionista e interseccional.
Beatriz Gimeno | El Diario, 2020-07-10
https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/notas-pensar-politicas-feministas-hoy_129_6096764.html 

El movimiento feminista está hoy afrontando algunos debates de fondo que me interesan como feminista y que me llevan a aportar mi visión, que es compartida por muchas de las compañeras con las que desarrollo mi activismo, mi trabajo y mis militancias. Creo que los debates argumentados en el feminismo son imprescindibles, necesarios y que ayudan a pensar. Al menos, a mí me ayudan. Nadie piensa en soledad y nadie piensa bien tampoco rodeado de opiniones que coinciden al cien por cien con la propia. Nadie piensa bien sin leer o escuchar a gente que opina diferente. Quien, como yo, disfrutaba de los debates argumentados en las redes, no puede sino lamentar que estas se hayan convertido en un nido de insultos y gritos en el que a cualquiera que piensa diferente se le insulta y en la que los matices están de partida excluidos, así como, parece, cualquier pensamiento complejo. Seguramente son dinámicas que las redes sociales favorecen, pero también son dinámicas sociales y políticas alentadas por ciertos sectores a los que dicha polarización favorece. En la polarización suele ganar (a corto plazo) quien más simplifica la realidad, quien la describe en blanco o negro, quien es capaz de construir un enemigo común, quien pone a competir con eficacia al penúltimo contra el último y, sobre todo, quien saca ventaja política de dicha polarización. En el feminismo pasan muchas cosas, pero la actual polarización no es en nada diferente a la polarización política general. En el feminismo pasa lo mismo.

Las profundas fracturas que han aparecido en el feminismo español en el momento en que este parecía más fuerte no responden a una única causa. Es verdad que hay una pugna por la hegemonía dentro del feminismo; sería extraño que no fuese así. En política, la lucha por la hegemonía, por el poder en definitiva, siempre está presente pero la disputa por la hegemonía en el movimiento feminista supera y desborda las militancias partidarias, aunque, obviamente, los partidos juegan aquí un papel. La disputa en el feminismo tiene que ver con la aparición incontenible de un feminismo joven, surgido de las carpas del 15M, que se transformó en el 8M, y que vino a hacer el relevo generacional que las más veteranas llevábamos mucho tiempo deseando. Este se produjo por fin y desbordó a los partidos tradicionales y los límites institucionales. El feminismo institucional, representado desde siempre por el PSOE y ahora también por Podemos, se vio con las calles llenas de jóvenes que iban por libre, desbordando también las agendas de los partidos y, de paso, antiguos y consolidados liderazgos. Esto, que ha convertido la convivencia y el aprendizaje entre generaciones en una de las fortalezas del movimiento feminista, ha generado también muchas tensiones. Nadie pierde su espacio sin pelearlo.

Algunas feministas creen ver en el momento actual una repetición de las llamadas "guerras del sexo", una guerra cultural de los 70 y 80 vivida en EEUU fruto de un momento muy concreto de la historia política norteamericana; pero a veces más que describir la situación parece que la desean. La comparación no es pertinente, nada regresa de la misma manera y mucho menos a un mundo tan diferente de este actual. Las actitudes sociales frente a la sexualidad, herencia de un puritanismo bien conocido, han dado lugar a una legislación y a políticas sobre el sexo completamente diferentes aquí y allí (hay estados en los que todavía existen prohibiciones sobre determinadas prácticas sexuales realizadas en la intimidad; y en cuanto a la prostitución, el prohibicionismo y el castigo a las prostitutas han sido las únicas políticas -junto con la regulación- que se han puesto en práctica).

Desde aquellas guerras ha llovido mucho y el mundo es otro bien diferente. La prostitución y la pornografía se han transformado en otra cosa (al menos en parte) y también lo ha hecho la crítica feminista que las conceptualiza. La conversión de prostitución y pornografía en una mega industria global y sus consecuencias en la economía mundial, así como la creación de un mercado global de cuerpos femeninos que necesita utilizar mujeres pobres como materia prima, ha hecho emerger un abolicionismo fuertemente anticapitalista, mucho más preocupado por un cambio social que combata el sistema prostitucional que por el punitivismo. El abolicionismo actual ha construido una teoría crítica capaz de describir a la prostitución como una institución fundadora de un sistema de dominación, de explicar sus vínculos con el neoliberalismo global y las consecuencias sociales que dicha institución tiene en la construcción de la igualdad entre mujeres y hombres; es decir, se ha puesto el foco en su funcionalidad o, como dice Fraser, en los significados que codifica. La mirada se ha vuelto hacia el sistema prostitucional en su conjunto y hacia los hombres y su irresponsabilidad respecto a la deshumanización y cosificación de las mujeres.

La prostitución no es, en efecto, la única cuestión que nos divide a las feministas. Estamos hablando de una teoría crítica, de una práctica política, que explica y combate la desigualdad de la mitad de la humanidad; una humanidad que vive en pueblos y ciudades, que es rica y mayoritariamente pobre, que es indígena en México, negra en EE.UU, gitana en Madrid o blanca en Sydney, que trabaja por un salario o que trabaja de manera gratuita, que es funcionaria o limpiadora, que lucha por la tierra en Nigeria o que lucha por el derecho a sindicarse en Bangla Desh. Una teoría crítica, por tanto que necesariamente, tiene que interseccionar con otras teorías críticas que buscan explicar el mundo y combatir la desigualdad. El debate intrafeminista ha sido teóricamente muy rico y nos ha hecho ir construyendo ciertos consensos con los que avanzar. Siempre estamos en movimiento pero avanzamos más cuando somos capaces de construir consensos internos y sentido común hacia el exterior.

El feminismo que surge del movimiento mundial de indignación que recorre el mundo en 2011 da lugar a la Cuarta Ola que convierte el feminismo en el movimiento social más masivo de los últimos tiempos, y es fruto de consensos mayoritarios. Se caracteriza por una agenda que puede que no sea nueva (nada en la desigualdad de las mujeres puede serlo del todo) pero que sí lo es en cuanto a la masiva adhesión que genera. Por una parte es mayoritariamente autónomo no sólo de los partidos, también de la Academia. En segundo lugar es de raíz claramente anticapitalista (incluso aunque no se enuncie de esta forma). Es decir, es profundamente consciente de que la opresión de las mujeres está basada en la división sexual del trabajo y sus consecuencias, con la división de la esfera público/ privada y la asunción en esta última del trabajo gratuito de los cuidados. Está más preocupado por el suelo pegajoso que por el techo de cristal. El feminismo de la Cuarta Ola sabe que así no podemos seguir porque así no se puede vivir.

La tercera cuestión sobre la que este feminismo se levanta es la denuncia de las violencias sexuales, la enormidad de su extensión. No hace falta explicar la importancia de movimientos como el Me Too o las reacciones a la sentencia de La Manada. Es el feminismo de la indignación. Después de décadas de igualdad formal, las jóvenes comprueban cada día que están muy lejos de ser efectivamente iguales. Que las violencias sexuales nos atraviesan a todas, que la desigualdad relacionada con la división sexual del trabajo (eso que parecía tan antiguo) está plenamente vigente y que el patriarcado encuentra formas muy efectivas de reforzarse. Y hay que decir que una gran parte de este movimiento (en mi opinión la mayoría) es muy crítico con el sistema prostitucional, lo que significa un enorme cambio dentro del feminismo, puesto que antes del 15M el feminismo institucional era mayoritariamente abolicionista mientras que el feminismo autónomo (con todas las objeciones que se quieran poner) era mayoritariamente regulacionista. No se puede negar el cambio: vueltas hacia las cuestiones estructurales, las jóvenes perciben claramente la línea que une violencia patriarcal, desigualdad y capitalismo con la prostitución. Este feminismo consigue meter en la agenda política el tema de la crisis de los cuidados y de la necesidad de poner la vida en el centro, tal y como las economistas feministas llevaban tiempo exigiendo.

Y sin embargo, estas cuestiones clave en la Cuarta ola desaparecen en la actual polarización del debate en el movimiento feminista, cuyos polos en conflicto tratan de introducir una agenda mucho menos ambiciosa y conservadora; se está produciendo un repliegue que busca una vuelta a los 80 saltándose la última década. En esta vuelta quienes pierden influencia (y poder) tienen mucho que ganar. Es una vuelta a las disputas identitarias y por el reconocimiento que ya estuvieron sobre la mesa con el debate Fraser/Butler en el que Fraser, sin negar la importancia del reconocimiento para las minorías oprimidas, introduce la cuestión de la redistribución sin la que la igualdad es imposible. Redistribución no sólo de dinero sino de tiempo, de valor social, de valor simbólico, de cuidados, igualación en la ciudadanía. Derechos de reconocimiento, obviamente, porque sin ellos se vive en la humillación. Derechos de redistribución, porque sin ellos no se puede vivir.

Estoy, pues, de acuerdo en que la cuestión de la prostitución no es la única que nos divide pero en completo desacuerdo con que la cuestión de los derechos de las personas trans y la de la prostitución, o los vientres de alquiler, sean cuestiones siquiera relacionadas entre sí, como quieren situarnos quienes buscan polarizar. Ni lo son ahora, ni lo han sido nunca por más que aquí, tanto las defensoras de la regulación de la prostitución como las contrarias a los derechos de las personas trans, deseen poder construir espacios que no se comuniquen para evitar las fugas, es decir, para reagrupar las filas y hacerlas crecer en torno a un enemigo común, algo que es una estrategia bien conocida en toda práctica política; además de que sirve para construir espacios de liderazgo. Esta polarización pretende que todo el feminismo se posicione o bien como contrario a los derechos trans y abolicionista o bien como queer y regulacionista de la prostitución. En esa polarización no hay nada que ganar. El movimiento abolicionista es diverso y en absoluto contrario a los derechos de las personas trans. De hecho, conocidas feministas radicales como MacKinnon o Dworkinn han dejado clara su postura favorable a los derechos de las personas trans y su inclusión en el feminismo como sujetos. No son las únicas. Muchas mujeres trans son feministas radicales y abolicionistas. Es especialmente interesante el movimiento abolicionista trans surgido en Latinoamérica de las enseñanzas de mujeres trans que ejercieron ellas mismas la prostitución, como Lohana Berkins. Muchas feministas transinclusivas somos también críticas con la teoría queer. No es este el lugar para analizar un corpus teórico muy extenso, diverso y complejo pero para las feministas radicales la teoría queer yerra a la hora de describir el patriarcado; esto es, el poder. Pero, sobre todo, al asumir que el poder emana del lenguaje, deja muy poco margen para la lucha contra ese mismo poder. El lenguaje instituye al sujeto, el lenguaje lo deconstruye y el poder se pierde en esa operación. En opinión de muchas feministas, la teoría queer no define bien al patriarcado y en ocasiones parece que lo reduce prácticamente a la heteronormatividad, por no hablar de la imposibilidad de traducirla a políticas públicas.

Una gran parte del abolicionismo, en el que con muchas compañeras me incluyo, es actualmente partidario de un abolicionismo no punitivista, transinclusivo, que aporte propuestas concretas desde un compromiso firme con los Derechos Humanos y claramente crítico con el sistema que construye y refuerza la división sexual del trabajo (la prostitución, por cierto, es una de las máximas expresiones de esta división sexual). Quienes creemos que la abolición de la prostitución es uno de los mayores retos feministas (y de la humanidad en su conjunto) de este siglo sabemos que para ganar el abolicionismo tiene que abrirse a todas las personas abolicionistas y no excluir a nadie que lo sea. Esta experiencia de transversalidad por un objetivo común es lo que le hará ganar. Cuanto más se cierre, cuanto más excluya a personas abolicionistas, con las que se pueden compartir o no otras cosas, más se alejará de convertirse en hegemónico dentro del feminismo. No hay nada más ventajoso para el regulacionismo (que siempre se presenta unido) que romper el abolicionismo en uno de sus mejores momentos, y lo mismo para el feminismo.

El movimiento feminista seguirá construyendo sus debates, como nunca ha dejado de hacer. Apuesto, con muchas compañeras, por un feminismo intergeneracional y con memoria, abolicionista, interseccional, hermanado con las luchas LGTBI y que ponga el foco en la lucha contra las violencias machistas tanto como en la redistribución de la riqueza, del tiempo y de los cuidados. Un feminismo con autonomía y procesos propios, que desborde partidos e instituciones aunque entienda la virtud de aunar esfuerzos desde todos los ámbitos y generando complicidades y alianzas entre todos ellos. Los debates del movimiento feminista no pueden ser la excusa para erosionar su enorme fortaleza y hegemonía en nuestra sociedad. No podemos dejar pasar la oportunidad de construir en común y con sororidad un mundo y un país más feminista, que tendrá que ser, necesariamente, sin cosificación y mercantilización de las mujeres y las niñas.

Beatriz Gimeno. Directora del Instituto de la Mujer.

lunes, 12 de agosto de 2019

#hemeroteca #musica #censura | No me irriten el pussy

Imagen: Catalunyaplural / Fotograma del videoclip 'Booty', de C. Tamgana
No me irriten el pussy.
Dar por hecho que un hombre hablando de sexo duro debe resultar vejatorio para las mujeres supone poner en juego la idea patriarcal de que la sexualidad de las mujeres es ética y emotiva. Aludir a que las canciones de C.Tangana son sexistas o incluso promueven la violación culpabiliza a las miles de seguidoras a las que les ponen (y mucho) sus letras y que, en su inmensa mayoría, no son chicas inocentes que buscan ser sometidas por el macho alfa.
Laura Macaya Andrés | Catalunyaplural, 2019-08-12
https://catalunyaplural.cat/es/no-me-irriten-el-pussy/

Justo hacía unas horas que hablaba con una amiga, en broma pero en serio, de que quizás la música ‘trap’ era el nuevo punk. Compartimos algunas imágenes subidas a redes sociales por algunas divas del trap en las cuáles ellas, entre orgullosas y desafiantes, mostraban sus cuerpos tatuados, agujereados, cubiertos de escasas redes, tangas, máscaras de cuero, rodeadas de otras personas de estéticas igualmente incomprensibles para muchxs. Cuerpos excesivamente feminizados, putizados y no todos ellos podían identificarse con lo que cualquiera de nosotras identificaríamos con una Mujer.

Poco antes publiqué una entrada en Instagram, esa red amable y mezquina que vuelve nuestras vidas miserables al compararse con las de lxs demás, en la que aludía a la identificación que en ocasiones sentía con la masculinidad de C.Tangana. Tenía el objetivo de ironizar sobre el esencialismo que seguía imperando respecto a las cualidades de la masculinidad, la cual era objetable cuando era encarnada en un cuerpo leído hombre, mientras se ocultaba cuán despreciables o potentes podían ser también esas masculinidades cuando éramos nosotras quienes las llevábamos a cabo.

En la conversación con mi amiga ella dijo algo que me pareció excepcional respecto a los paralelismos entre el trap y el punk: parece que están gritando porque de otra forma nadie escucharía una mierda de lo que dicen. Y esos gritos podrían ser sin duda sus masculinidades y feminidades hiperbólicas, la pantomima de masculinidades que reducen a las mujeres a “booty”, mientras ellas no dejan de autodenominarse como “bitches” y muestran sus traseros al aire moviéndose en ejercicios imposibles. A pesar de todo ello, hacía mucho tiempo que no veía feminidades tan empoderadas. Feminidades que han convertido la falta y el estigma en potencia y que parecen azotar los culos de la izquierda bienpensante.

Esa misma izquierda bienpensante que en las recientes horas se ha servido de la supuesta promoción que hace C.Tangana de la cultura de la violación para censurar su actuación en las fiestas de Bilbao. El Ayuntamiento ha reculado, tras programar al trapero, ante el “aluvión de críticas” y un supuesto clamor social que ha recabado más de 10.000 firmas para prohibir su actuación.

La prohibición del consistorio, promovida por la petición de plataformas ciudadanas pero también de otros grupos municipales de izquierdas, me resulta profundamente problemática en varios aspectos.

El más evidente es el uso de la censura y la prohibición, elementos más propios de la cultura punitiva y de castigo que de aquellos movimientos que pretenden la transformación social, como puede ser el feminismo. No me parece especialmente complicado entender que la censura no transforma absolutamente nada, ni en las personas que son seguidoras del cantante, ni en la reflexión que podría pretenderse que hiciera el mismo, ni en la imperante cultura machista.

Pero además el uso de estrategias punitivas lo único que consigue es legitimarlas y abonar el campo para usarlas en cualquier otro sentido, mientras que culpabiliza de las violaciones o del sexismo a las personas individuales a quien se censura, obviando la complicidad estructural e institucional en la pervivencia de los valores machistas. Hasta aquí la crítica básica al uso de las estrategias punitivas por parte de los movimientos de liberación.

Ahora bien, como feminista me es imposible pasar por alto otra cuestión que es más difícil de visibilizar debido al imperante puritanismo sexual que ha promovido una parte de la izquierda y del feminismo. La cuestión que me parece más urgente y más peliaguda de abordar es la de si, más allá de las formas, el fin es legítimo, si la acción que produce la censura es realmente antagónica al feminismo.

Desde algunos feminismos se podría aducir que la censura no es una estrategia válida, pero que es incuestionable que el mensaje que promocionan las canciones de C.Tangana u otrxs traperxs, es sexista, poco o nada feminista y que debiera transformarse la cultura y los mensajes que la “chavalería inconsciente” reproduce y que tanto mal produce en las mujeres. El problema es que algunas feministas albergamos nuestras dudas ante tales afirmaciones.

Dar por hecho que un hombre hablando de sexo duro debe resultar vejatorio en si mismo para las mujeres supone poner en juego la consabida idea patriarcal y puritana de que la sexualidad de las mujeres es una sexualidad ética, emotiva, pacífica y no contradictoria. Aludir a que las canciones de C.Tangana son sexistas y que necesitan un filtro feminista o incluso que promueven la violación, culpabiliza a las miles, millones de seguidoras del cantante a las que les “ponen” (y mucho) sus letras y que, en su inmensa mayoría, no son chicas inocentes que buscan ser sometidas por el macho alfa.

Con estos mensajes se culpabilizan las sexualidades transgresoras de las mujeres, transgresoras porque transgreden los dogmas implícitos de los placeres éticos femeninos. La culpabilización de los deseos sexuales de las mujeres desempodera a las mismas en la priorización del placer, la libertad sexual y el descubrimiento de sus propios límites e impone normativas sexuales ficticias que poco o nada entienden de la configuración de los deseos.

La fuerza, la potencia, la agresividad, el sexo casual y explícito son características atribuidas tradicionalmente al hombre, pero que pertenecen a todas las personas. Al denigrarlas, no sólo se les niega a los hombres, sino que se desaprueban y se prohíben para todo el mundo (Badinter, 2004)* bajo el riesgo de ser tildadx de poco o nada feminista.

Todo ello contribuye a que las mujeres tiendan a priorizar el factor “riesgo” en su sexualidad, el cual conduce a la constricción sexual y al miedo, mientras que olvidamos que la búsqueda responsable del placer y la experimentación son la clave para el empoderamiento sexual de las mujeres y la lucha por la defensa de sus libertades sexuales.

Por otra parte, también resulta problemático el resbaladizo concepto de “cultura de la violación” en sus actuales usos, extendidos a cualquier conducta supuestamente sexista. La cultura de la violación hace referencia a todos aquellos actos que legitiman y normalizan la violencia sexual, como pueden ser los cuestionamientos a las víctimas, los relatos culpabilizadores a las mismas, etc.

Al culpar a Tangana de promover la cultura de la violación se equipara una canción, una explicitación de una fantasía a una práctica violenta, de la misma forma que, desde algunos feminismos, se argumenta que la pornografía es la teoría de la violación o que incluso incita a ella. Pero como dice Paloma Uría, «la pornografía responde en realidad a las fantasías sexuales, al deseo y no al orden de la realidad y del acto»**.

Todo ello sin entrar en los prejuicios clasistas y edadistas que hay implícitos en la condena no solo a C.Tangana, sino también a toda la cultura de la música trap, en la cual chicos, chicas y chicxs de diversas corporalidades y clases sociales gritan, como en el punk, ante un público que de otra forma no les hubiera escuchado.

Si desde el consistorio bilbaíno han considerado que esta era la mejor idea para proteger a las mujeres de sus propias cadenas, a mi parecer van muy desencaminadxs en sus iniciativas. Por una parte, no coincido con la reprobabilidad que se le atribuye a algunas de las letras de C.Tangana, pero tampoco creo que las mujeres solo debamos/podamos escuchar (leer, visionar, etc.) contenidos de ética intachable.

El ministro de cultura en funciones ha afirmado no aprobar la censura pero entenderla “al estar relacionado con temas de género” dando a entender una idea cada vez más popular: ante mensajes que puedan resultarnos incómodos a las mujeres, o al menos a una parte de ellas, es necesario aplicar la censura, el escrache o la desaprobación, acciones que no hacen más que ahondar en la clásica y patriarcal idea de la frágil emocionalidad femenina a la cual la más mínima desavenencia en el lenguaje o la acción puede impactarla de forma fatal.

Nadie viola por escuchar determinada letra, al igual que nadie mata por consumir muchos videojuegos. Desconocer el funcionamiento multicausal de la violencia y atribuir cualquier acción masculina al afán de dominación va en detrimento de pensarnos como sujetos responsables, que actúan y experimentan, siendo esta la base del empoderamiento sexual de las mujeres. Por favor, no me irriten el pussy, lo tengo clean.

* Badinter, E. (2004) Por mal camino. Madrid: Alianza Editorial
**Uria, P.(2018) El largo camino del feminismo: dogmas y disensos

Laura Macaya Andrés. Laura Macaya Andres és militant anarcofeminista i especialista en violències de gènere. Des de l’àmbit de l’atenció i la consultoria de polítiques públiques treballa específicament per a combatre les violències de gènere cap a les feminitats transgressores i en la promoció d’abordatges interseccionals i empoderadors cap a les mateixes.

lunes, 22 de julio de 2019

#hemeroteca #vestimenta #sexismo | Vueling deja en tierra a una pasajera por su ropa: la aerolínea dice que llevaba bañador, ella que era un ‘body’

Imagen: El País / Vestimenta 'inadecuada' para Vueling
Vueling deja en tierra a una pasajera por su ropa: la aerolínea dice que llevaba bañador, ella que era un ‘body’.
La joven llevaba puesta una prenda de licra escotada, una falda y deportivas.
Lucía Bohórquez | El País, 2019-07-22
https://elpais.com/economia/2019/07/22/actualidad/1563792277_721152.html

Una joven granadina de 24 años, Laura C., ha denunciado que la aerolínea Vueling le prohibió este domingo embarcar en un avión que cubría la ruta Palma-Barcelona al considerar que llevaba una vestimenta inadecuada. La joven alega que iba vestida con un body negro, una falda y unas zapatillas y que las dos azafatas de tierra que le permitieron cruzar la puerta de embarque son las que minutos después le prohibieron la entrada a la aeronave cuando se encontraba con su pareja haciendo cola en la pasarela de acceso al avión, según se puede ver en un vídeo que la hermana de la afectada ha colgado en su perfil de Twitter. La compañía defiende por su parte que la pasajera iba en bañador y que su comportamiento fue "abusivo", razón por la cual decidió dejarla en tierra.

Laura C. explica que el domingo a primera hora de la mañana se disponía a viajar a Barcelona junto a su pareja para pasar el día en la ciudad y regresar en el vuelo de la noche. Ambos acudieron al mostrador de facturación una hora y media antes de la salida del avión para verificar la condición de residente balear de su pareja y sacar las tarjetas de embarque. La joven relata que ambos pasaron los controles de seguridad con total normalidad y que los problemas comenzaron cuando se abrió la puerta de embarque.

“Cuando estaba haciendo cola vi miradas entre una azafata y la otra que estaban en los mostradores. Al llegar mi turno la trabajadora que me atendía me dijo que así no volaba y que fuera y me comprara algo. Yo le dije que tenía el fular para taparme y me dijo que ni con el fular”, relata Laura, que llevaba un body negro de tirantes, una falda y unas zapatillas. La azafata finalmente le comprobó la tarjeta de embarque y la dejó pasar para embarcar en el vuelo. Sin embargo, cuando se encontraba a punto de entrar en la aeronave haciendo cola, la empleada le dijo que no iba a acceder al avión.

Todo lo que ocurrió después fue grabado en vídeo por la pareja de Laura, que recogió las imágenes que horas después se hicieron virales en las redes sociales y que adelantó el domingo el diario Ideal. En ella se escucha a una de las azafatas de tierra decir “tú no vas a embarcar en el vuelo” para acto seguido escuchar las protestas de algunas personas que se encontraban en la cola y que defendieron a la mujer. “¿Cómo no va a poder volar? Si no molesta a nadie”, se oye decir a otros viajeros. Las imágenes finalizan con la llamada de la azafata a la Guardia Civil, que asegura que los dos viajeros estaban intentando entrar al avión cuando el comandante les había denegado la posibilidad de volar.

Fuentes de la Guardia Civil confirman que las unidades del aeropuerto recibieron una llamada del personal de Vueling en la que se requería a los agentes acudir a la puerta de embarque por un problema con dos pasajeros. Confirman que desde la aerolínea comunicaron que se había denegado el embarque a estos dos viajeros por “vestimenta inadecuada”. Los agentes acudieron a la puerta para escoltar a la pareja y acompañarla fuera de la zona de seguridad hasta el mostrador de la aerolínea para pedir la hoja de reclamaciones.

“Iba en bañador”
Vueling afirma que las condiciones de transporte de pasajeros se aplican de forma igualitaria a hombres y mujeres y que están diseñadas “para defender y proteger la seguridad de todos sus pasajeros y para regular su comportamiento en beneficio de todos”. En un tuit la compañía recuerda que puede denegar el acceso a pasajeros cuya conducta no se adapte a dichas condiciones e insiste en que Laura C. “iba en bañador”. “La respuesta a la petición de la agente de asistencia en tierra ha sido abusiva y es la única razón por la que se ha decidido llamar a la autoridad competente y que no volase”, reza el mensaje.

Fuentes de la compañía subrayan que la mujer no se quedó en tierra por lo que llevaba puesto, sino por el “comportamiento de menosprecio hacia la gente que hacía su trabajo”. Explican que la mujer “llegó en bañador” y que se le pidió que se cubriera, cosa que la pasajera hizo pero que una vez entrada en el finger se volvió a destapar y empezó una discusión con el personal de la aerolínea que se vio obligado a llamar “a la Guardia Civil porque la situación se puso extrema”. ¿Y si hubiera sido un chico en lugar que una chica? A la pregunta, la aerolínea contesta que un bañador de hombre tipo pantalón pasa, pero no un slip. “Pero no se le expulsó por eso”, insisten desde la compañía, “sino porque empezó a comportarse de una manera no correcta”.

Unos hechos que niega la joven afectada, que insiste en que no iba en bañador y que en ningún momento se produjeron ni empujones ni situaciones de tensión. Laura C. también subraya que en ningún momento fue “maleducada” con las empleadas. La joven tiene previsto presentar una reclamación ante la dirección general de Consumo del Gobierno balear para denunciar todo lo ocurrido y poder recuperar el importe del billete de un vuelo que finalmente no pudo coger.

Facua denuncia a la compañía ante AESA
Laura Delle Femmine

La asociación Facua-Consumidores en Acción ha presentado una denuncia contra Vueling ante la Agencia Estatal de Seguridad Aérea (AESA) y la Agencia Catalana de Consumo (donde tiene su sede social la compañía) por lo ocurrido, algo que considera una “denigración machista”. “No hay justificación legal ni de seguridad [que respalde el comportamiento de la aerolínea]”, comenta Rubén Sánchez, portavoz de la organización. En un comunicado difundido este lunes, Facua recuerda que, según las leyes comunitarias, la denegación de embarque sólo está excusada en caso de "razones de salud o de seguridad o la presentación de documentos de viaje inadecuados”. “Motivos que no se dan en este caso”, concluye el escrito, que añade que “las condiciones contractuales del todo ambiguas recogidas en los contratos de adhesión no pueden justificar esta situación y siempre su interpretación debe ir a favor de la parte más débil, el consumidor”.

Sánchez insiste en que se trata de una “discriminación de carácter machista”, “un absurdo” que no se debe repetir y que compara con la denuncia, hace unos días, de una mujer estadounidense a la que los empleados de la aerolínea holandesa KLM le pidieron que se tapara para amamantar a su hija. Hace menos de un mes, una mujer británica denunció que fue expulsada de un vuelo de EasyJet por llevar una blusa escotada y transparente.