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viernes, 29 de abril de 2022

#hemeroteca #transfobia #terf | Laura Freixas: “Acogí la existencia de las personas trans con simpatía, pero han invadido nuestros espacios”

El Diario / Laura Freixas //

Laura Freixas: “Acogí la existencia de las personas trans con simpatía, pero han invadido nuestros espacios”.

Aprovechamos la publicación de su libro '¿Qué hacemos con Lolita?' para hablar con la escritora de cultura y machismo, pero, sobre todo, de sus posicionamientos sobre las personas trans y el anteproyecto de ley que contempla la autodeterminación de género .
Ana Requena Aguilar | El Diario, 2022-04-29
https://www.eldiario.es/sociedad/laura-freixas-acogi-existencia-personas-trans-simpatia-han-invadido-espacios_128_8928084.html

Laura Freixas (Barcelona, 1958) publica nuevo libro. En ‘¿Qué hacemos con Lolita?’ (Huso Editorial), la escritora continúa con una de sus grandes líneas de trabajo: la invisibilidad de las mujeres en la cultura. Freixas habla en esta entrevista de la creación literaria, de las ideas nocivas que están en nuestro inconsciente más profundo y ejercemos sin darnos cuenta, de la maternidad y de novelas “maravillosas” pero machistas. Pero ese es solo el principio de una larga conversación en la que habla de feminismo. Y de la Ley Trans y de la autodeterminación de género, una cuestión que desde hace meses es uno de los temas centrales de la disputa feminista y en el que Freixas ha jugado un papel muy activo entre quienes sostienen una posición transexcluyente y crítica con el proyecto.

P. En este libro, como en sus anteriores trabajos y columnas, radiografía el machismo y la misoginia en la cultura, especialmente en la literatura. Cuenta que efectivamente hay cosas que van cambiando, pero otras parecen inmutables.

Porque el patriarcado tiene miles de años y está profundamente enraizado en todo, no es solo una cosa superficial que se puede arreglar con unas cuantas leyes, con que las mujeres votemos o vayamos a la universidad, sino que está en nuestro inconsciente más profundo y consiste entre otras cosas en ideas que, precisamente porque nunca las hemos formulado en voz alta, no sabemos que tenemos y sin embargo ejercemos.

P. Como cuenta en su relato, en los años 90 se escuchaban cosas que seguimos aguantando ahora. Por ejemplo, que la literatura escrita por autoras es literatura de segunda o la justificación de que hay menos autoras editadas, premiadas o destacadas en suplementos literarios porque tienen menos calidad. ¿Cómo es posible?

Asumimos por ejemplo que una historia de hombres es una historia universal y que habla de toda la humanidad, mientras que una historia de mujeres es una historia que solamente concierne a las mujeres. La idea de la universalidad de lo masculino y también esa idea de, ‘a priori’, superior calidad e interés de lo masculino, y de lo femenino como algo particular y de menor alcance.

P. Celebraba hace poco que hay un ‘boom’ de libros sobre la maternidad.

Sí, y es maravilloso porque eso tiene consecuencias políticas. Hacer un relato es la primera forma del poder; tener la palabra. El patriarcado es una sociedad en la cual el relato lo hacen principalmente los hombres. La ausencia del relato de las mujeres devalúa nuestras experiencias.

P. Cuando nos dicen frases como 'ya tengo muchas autoras que escriben de esto' o nos condenan a ser autoras de un libro y ya, ¿nos están aplicando un machismo que nos aparta de la literatura?

Otra de las ideas que no cuestionamos porque ni somos conscientes de ellas es la de que todas las mujeres son idénticas, como decía Celia Amorós. Como si los hombres fueran todos distintos y las mujeres fueran todas la misma. Esa idea de que una representa a todas nos perjudica. En cuanto a que las mujeres desaparecen: hay una discriminación que se traduce en un malestar difuso de las mujeres, algo que tú no sabes muy bien qué es, pero que te hace sentir menos reconocida, peor tratada... A mí un editor me dijo una vez: “No te quiero ofender, Laura, pero reconozcamos que a ti te leen mujeres”. Es esa idea de que las mujeres somos un público de segunda, que te degrada. Eso te va minando.

P. En ‘¿Qué hacemos con Lolita?’ habla mucho de la crítica que se le puede hacer a la cultura y que, sin embargo, cuando viene del feminismo se entiende necesariamente como censura. ¿Lo es?


Existe la idea de que la cultura es incuestionable por definición y de que si la empiezas a cuestionar desde un punto de vista político y ético, se derrumba todo el edificio. Yo creo que no, reconozco los valores estéticos. Acabo de releer ‘La cartuja de Parma’ y es un libro muy machista que sin embargo es una novela maravillosa. ‘Lolita’ lo es. Pero ¿por qué no podemos señalar su machismo?

No ayuda el clima de polarización en el que estamos, con una cultura de la cancelación, donde parece que no hay diálogo en muchos temas, sino dos campos enfrentados, cada uno en su trinchera y al parecer intentando acallar al otro. Lo que hay que hacer es poner la obra en su contexto. En todas las épocas hay batallas culturales y en todas hay distintos relatos y hay una evolución histórica. La relación entre hombres y mujeres no está fuera de la historia ni responde al esquema que muchas veces se nos ofrece, que es que antes todo era horrible para las mujeres y ahora, todo maravilloso. No, hay avances, retrocesos, hay nuevos temas que aparecen... Se trata de explicar qué se está jugando en cada lugar en cada momento.

P. El feminismo está sufriendo también esa aparente polarización, al punto de que para desacreditar algunas posiciones se quiten carnés de feminismo. ¿Negar el feminismo de otras no es un tipo de cancelación que nos aplicamos?

Hay que distinguir la cancelación de la crítica radical. Cancelar no es criticar, es impedir que el otro hable, es cesarle, prohibir que publique su libro, amenazarle con una sanción o que no pueda ejercer su trabajo... Pero hacer una crítica, una enmienda a la totalidad, ¿por qué no? Que cada una ponga sus argumentos encima de la mesa. Por ejemplo, sabemos que el feminismo a lo largo de toda su historia ha sido abolicionista de la prostitución. De hecho, el sufragismo nace del abolicionismo de la esclavitud y de la prostitución. Mary Wollstonecraft en el siglo XVII ya era abolicionista. Afirmar que el feminismo es abolicionista tiene una argumentación detrás que se sostiene, la cuestión sería poder hablar de eso.

P. Angela Davis, Silvia Federici, Rita Segato, Siri Hustvedt, Gloria Steinem o Margaret Atwood tienen discursos transinclusivos. Algunas de ellas, incluso, como Davis o Federici, no son abolicionistas o bien tienen discursos abolicionistas con muchos matices. ¿No son feministas? ¿Hasta qué punto nos hacemos daño si no podemos nombrar como feminista a alguien que ha tenido una contribución relevante en algún campo desde el feminismo solo porque no compartamos su postura sobre algún tema?


No quiero descalificar a las personas ni la labor que pueden haber hecho en otros ámbitos. Pero las ideas regulacionistas de la prostitución a mí me parece que no son feministas, salvo si se consideran como una etapa necesaria en un horizonte de abolición. Pero es que no lo veo; solo veo una aceptación implícita de la prostitución.

Yo no descalifico personas. Si la ministra consigue que se sancione a quienes acosan a las mujeres que abortan, yo aplaudo. Pero mi intención no es descalificar a las personas, sí criticar las ideas, y algunas me parecen un auténtico Caballo de Troya del patriarcado.

P. Una de las críticas que se le han hecho a usted ha sido precisamente por exponer en redes sociales a personas concretas, con sus perfiles personales. Personas trans que estaban haciendo su transición, por ejemplo.


Si alguna vez he expuesto a alguna persona trans, lo siento. Es verdad que una vez expuse a una persona. Me equivoqué, quité el tuit. Recuerdo que me indignó la frivolidad, pero no tenía que haberlo hecho. Lo quité, me disculpé... pero vamos, que de eso hace años. Yo lo que veo desde mi campo son insultos, amenazas y sanciones, como la de Carola López Moya [una psicóloga inmersa en un proceso sancionador de la Junta de Andalucía y a la que acusan de promocionar y apoyar las terapias de conversión]. Veo mucha más agresividad del otro lado hacia nosotras.

P. Muchas personas trans y feministas transinclusivas también denuncian recibir mucha agresividad.

Ya, pero me gustaría verlo, porque por ejemplo las agresiones a los trans no son de feministas. Quien pega palizas no son ni mujeres ni feministas. ¿Pero a quién se acusa de transfobia? Solo a las mujeres feministas, no a los hombres.

P. ¿Afirmaciones como no considerar a las mujeres trans mujeres o llamarlas 'hombres con falda' no implica una agresividad que puede incluso incitar al odio?


No, me parece opinable. De hecho, la opinión de que el sexo es binario e inmutable es una opinión que científicamente tiene argumentos. Lo que me parece más difícil es sostener la otra. Pero eso no significa censurar a las personas. Los católicos creen que resucitarán y que tienen alma y yo no lo creo, pero como personas les respeto.

P. En un tuit suyo reciente decía: “La tierra gira, la sangre circula, las mujeres trans son hombres”. ¿No considera a las mujeres trans mujeres?

No, en absoluto.

P. ¿No supone eso cuestionar la existencia de las personas trans?

No es cuestionarlas, esas personas existen y deben tener los mismos derechos que cualquier ciudadano o ciudadana. Por supuesto el derecho a llevar barba, ponerse o quitarse pechos o lo que quieran. Hubo una mesa redonda en la que hablando de 'nosotras, las mujeres' hablaban Elizabeth Duval, Marina Sáenz... y entonces yo puse un tuit que decía: “Hombres con falda nos explican cosas”.

P. ¿No cree que esa frase puede resultar ofensiva para esas personas que nos están diciendo que son mujeres?

No. Opino que son hombres y tengo argumentos sólidos para pensarlo. Y no comentaría eso si no invadieran nuestros espacios. ¿Por qué pasa eso con las mujeres trans y en cambio nadie dice que los hombres trans son mujeres con barba? Pues porque no están atacándonos ni invadiendo nuestros espacios ni hablando en nuestro nombre.

P. ¿Qué es una mujer?

Una hembra humana adulta.

P. Buena parte de la sexología a día de hoy dice que el sexo es un espectro que va más allá de lo binario y que no solo se basa en los genitales, también en las hormonas, el ADN...

No hay un espectro, hay hombres y mujeres.

P. ¿Qué características tiene que tener una mujer? ¿Tiene que tener vagina, útero y ovarios? ¿Qué pasa si no tiene alguno de esos elementos?

Cromosomas XX.

P. Entonces, si alguien tiene cromosomas XY y dice que es mujer...

Entramos en otro terreno, que es el de los sentimientos.

P. ¿No es contradictorio ese relato basado en la biología con la frase de Simone de Beavouir “No se nace mujer, se llega a serlo”?

Se ha interpretado mal la frase de Simone de Beavouir. Del libro y de la época en que lo escribe se desprende que lo que ella dice no es lo que dice Judith Butler ni mucho menos. Ella no pone en duda que nacemos biológicamente mujeres sino que desde el punto de vista de género llegamos a serlo. El género sí que se construye, la biología no. Cuando dice “se llega a serlo” obviamente eso no significa que existan dos identidades, un cerebro rosa y uno azul y entonces tú descubres lo que eres o lo eliges... Esa es una parte de la ‘vulgata queer’ que no me queda clara, si quienes la comparten consideran que es algo que se elige, que se descubre dentro de sí... Hay un sistema y dentro de ese sistema hay cierto margen de negociación pero es un sistema, no un supermercado donde tú eliges ser de los rosas o de los azules. Yo me puedo sentir hombre pero no me puedo ir de putas, por ejemplo, por más que yo me sienta hombre. No puedo ser obispo.

P. También ha habido y hay muchos razonamientos que se basan en lo animal, lo biológico y lo científico para justificar comportamientos machistas y roles de género o estereotipos, como que los hombres tienen más deseo. La ciencia también afirmaba hace dos siglos que las mujeres éramos cavernosas e histéricas.


Por supuesto, pero eso es el género, lo que hay que deconstruir, pero el sexo es una realidad. Y el género es lo que el patriarcado le pone al sexo. Tenemos que deconstruir el género, pero intentar hacerlo negando la realidad del sexo es anticientífico y, además, es inútil porque el patriarcado siempre va a saber quiénes son los seres a los que va a elegir para la prostitución o el alquiler de vientres.

P. Precisamente, las mujeres trans tienen una tasa de paro altísima y una enorme presencia en la prostitución.

En cuanto a la explotación reproductiva, no. En cuanto a la prostitución, francamente no lo sé, porque no sé qué estadísticas hay, dado que la condición de trans no es una condición legalmente reconocida que nos permita hacer estadísticas sobre tasas de suicidio, de desempleo, etcétera. Tanto en la ley de 2007 como en el anteproyecto de Ley Trans, la persona que cambia de sexo no se convierte oficialmente en una persona trans, sino en una persona de sexo contrario, y se borra su historial.

P. Lo que sostienen muchas teóricas es que los conceptos 'hombre' y 'mujer' también se han construido, que el hecho de que ciertas características y condiciones físicas ordenen la manera de dividirnos y clasificarnos es una decisión cultural, imprescindible para que después el patriarcado sobreponga el género.


Pero una división construida en base a una realidad. La realidad es que hay espermatozoides y óvulos y no hay un tercer tipo de gametos. No tenemos un poquito de espermatozoides y un poquito de óvulos...

P. La realidad es que desde hace siglos sabemos que hay miles de personas que nos dicen que su identidad no corresponde con el sexo asignado a su cuerpo por la ciencia.

Interpretamos ahora con criterios de hace pocos años unos fenómenos anteriores que entonces no significaban esto. Es decir, ¿Catalina de Erauso se sentía hombre? No lo sé. Pero me parece que para embarcarse, ser soldado y acostarse con mujeres tuvo que vestirse de hombre, pero eso para mí no significa que fuera hombre en un sentido que además no me queda muy claro. Hoy diríamos que era lesbiana.

P. Yendo entonces a la actualidad. Si hay cientos de miles de personas en todo el mundo reivindicando su identidad, diciéndonos que esto está pasando, ¿por qué cuesta tanto entender que esta manera de categorizar causa malestares?

Claro que causa malestares, pero eso es lo que lleva diciendo el feminismo mucho tiempo.

P. Mucha gente pide que sus genitales no condicionen su categorización.

Claro, las feministas. Yo no quiero que mis genitales me aboquen a cuidar gratuitamente a mi familia, me hagan vivir con miedo a las agresiones sexuales y rebajen mis oportunidades profesionales, pero eso no quiere decir que yo sea hombre.

P. Pero hay muchas personas que nos están diciendo que sí lo son.


Le estáis dando al verbo ser un sentido que no sé cuál es. Si yo te digo 'soy una niña de diez años', ¿tú me vas a creer?

P. ¿Existe un movimiento internacional de personas reivindicando que son niñas de diez años, o miles de personas reivindicando ser orientales, o un movimiento de personas que pidan ser reconocidas como negras?

No, que yo sepa no. Pero desde hace 2.000 años, miles de millones de personas, jugándose el tipo en muchos casos, han afirmado que Dios existe, han alzado iglesias y catedrales y algunas se han dejado comer por los leones por su convicción. ¿Eso es un argumento para justificar la existencia de Dios? No.

P. Decía antes que el ser trans entra en el terreno de los sentimientos. ¿Ser lesbiana, gay, bisexual o hetero es también algo que se siente?

Es un deseo.

P. Para despatologizar la homosexualidad se tuvo que desmontar esa idea de que lo normal era ser heterosexual. La ciencia avalaba la idea de que la heterosexualidad era lo natural. Hubo que deconstruir principios que también eran científicos y que situaban lo hetero como lo universal, ¿cuál es la diferencia con este caso?


Que uno es una realidad material y lo otro no.

P. ¿Cuál es la realidad material de la homosexualidad?

La orientación sexual no afecta a la realidad, afecta a los deseos y conductas. Tenemos que distinguir entre realidades materiales y otras que son emocionales o espirituales.

P. ¿Cuál es la diferencia entre su posición y la de Vox, el PP, Hazte Oír o la Conferencia Episcopal?

Que la derecha cree que el sexo biológico existe y de él se derivan ciertos comportamientos y sentimientos. Nosotras creemos que el sexo biológico existe y que de él no se debe derivar ningún comportamiento y ningún lugar en la sociedad.

P. Eso es básicamente lo que dicen también muchas personas trans y una parte de la teoría ‘queer’. ¿No ve contradictorio querer abolir el género y cargar contra quienes están difuminando las fronteras entre lo que se entiende por masculino y femenino, por hombre y mujer?

Yo no veo que estén difuminando las fronteras, desde luego no más que el feminismo.

P. Sin entrar en si más o menos, ¿no están luchando por abolir el género quienes precisamente están transgrediendo cada día los límites del género?

Creo que sí, una parte del movimiento trans está transgrediendo las fronteras del género y otra parte las está imponiendo de nuevo con una posición absolutamente reaccionaria. Allí donde la derecha dice 'a este sexo le corresponde un comportamiento y unos gustos', el movimiento trans dice 'a este comportamiento y gustos le corresponde un sexo' pero ambos, la derecha y una parte del movimiento trans, quizá la menos sofisticada, está diciendo lo mismo: tiene que haber correspondencia entre el cuerpo de niña y el gusto por el rosa. Se está divulgando una forma de pensamiento ‘queer’ súper simplificado.

P. Pero usted reconoce que no es la mayor parte del movimiento ‘queer’.

Es una simplificación de la teoría pero es la que se está difundiendo y teniendo consecuencias. ¿No os preocupa que haya una futura generación de futuras 'Keira Bell'?

P. Le preocupan las consecuencias de la hormonación, los tratamientos y las cirugías. ¿No encuentra una contradicción en oponerse a una ley que precisamente quiere que deje de ser obligatorio hormonarse y operarse para obtener el cambio registral del sexo?

Esta ley, cuando criminaliza lo que llama terapias de conversión, está abocando a medicarse y operarse a quienes en lugar de eso podrían consultar a psicólogos, y criminaliza a los mismos psicólogos. Si no hay diálogo o terapia posible, ¿qué significa decir 'sí, eres trans'?

Creo que no es verdad que esta ley despatologice, porque dedica mucho espacio a todos los tratamientos que van a estar en la cartera de la seguridad social, criminaliza la alternativa, que es una terapia psicológica para poder hablar o preguntarte si has sido víctima de abusos... Aunque efectivamente no requiere tratamientos para el cambio de sexo, es una ley muy orientada al tratamiento hormonal y quirúrgico.

P. El proyecto de Ley Trans contempla el cambio del sexo en el DNI sin necesidad de pasar por un tratamiento hormonal ni quirúrgico...

Pero contempla toda una cartera de servicios y tratamientos.

P. La norma recoge y ordena todos los tratamientos que están contemplados en la cartera del Sistema Nacional de Salud.

¿Y la criminalización de las terapias, qué le parece?

P. El texto de la ley no dice que una persona no pueda consultar y hablar en terapia sobre sus dudas, conflictos o confusiones alrededor de su identidad u orientación, sino que prohíbe la oferta de terapias de 'conversión' o de 'cura' de la homosexualidad o la transexualidad, que no están tipificadas como enfermedades, y que es algo que ya contemplan muchas leyes autonómicas.

A mí no me parece mal que alguien se haga preguntas sobre su identidad, sus deseos, sus conductas, sus creencias... Me parece que es normal empezar una terapia sin prejuzgar cuáles han de ser sus resultados. Lo único que se debe sancionar son los métodos brutales tipo electroshocks. Pero los métodos, no el contenido.

P. Volviendo al proyecto de ley, ¿por qué es crítica con la norma por eliminar como requisito imprescindible para el cambio de sexo la existencia de tratamientos hormonales o cirugías?

Porque hace que la palabra sexo se vacíe de contenido. Porque cualquiera puede entonces sin ningún requisito, no de forma excepcional y motivada, cambiar su sexo registral. Eso tiene consecuencias: por ejemplo, que el nadador que ocupa el puesto 400 se declara nadadora y pasa a ocupar el puesto número 1; o en las cárceles, que el preso que se declara mujer pasa a una cárcel donde puede violar a mujeres; que en la lista paritaria contarán como mujeres los que digan que lo son, como ya ha pasado en México. Bastan muy pocos hombres para atemorizar y discriminar a todas las mujeres.

Pero más allá de todos estos casos, si además la categoría sexo deja de tener significado alguno, no se va a poder hacer ninguna política pública de igualdad de los sexos o estadísticas por sexo.

P. La génesis de ese pensamiento es entender que las mujeres trans no son mujeres...

Porque si la mujer no es hembra humana adulta, entonces no significa nada. En una sociedad ideal, el sexo no tendría más significado que el biológico, pero no estamos en esa sociedad, sino que existe una desigualdad importantísima basada en el sexo y por mucho que una mujer trans diga que es una mujer, si la violan no va a tener el problema de quedarse embarazada.

P. Si una mujer de 80 años es violada tampoco tendría ese problema concreto. A la variable mujer se le suman siempre otras: la edad, la procedencia, la clase social, el color de su piel...

Pero todas las mujeres sufrimos el riesgo de agresión estadísticamente mucho mayor que los hombres. Si el concepto sexo deja de ser relevante, no se puede luchar contra eso.

P. Desde 2006 existe una orden de Instituciones Penitenciarias que habilita la posibilidad de que las personas trans, incluso sin tener la rectificación registral en el DNI, puedan ir a una cárcel conforme a su sexo sentido, después de una valoración individual de cada centro. No tenemos constancia de que haya habido ninguna ola o alertas de violaciones.


Pero cuando esta ley se apruebe, esas personas serán legalmente mujeres y no se podrá discriminar contra ellas impidiéndoles ir a una cárcel de mujeres. Y al vestuario de mujeres podrá entrar un señor. Fragmentar el sujeto político de las mujeres hasta el infinito a lo que nos lleva es a la impotencia para cambiar las cosas.

P. ¿Admitir la diversidad dentro del sujeto mujeres es fragmentar? Ha pasado otras veces en la historia, que el feminismo hacía referencia a un tipo de mujer muy concreta y dejaba fuera a muchas otras, a sus necesidades y reivindicaciones. Betty Friedan llamaba a las lesbianas y sus reivindicaciones 'la amenaza lavanda'. Es la crítica que muchos feminismos han hecho en las últimas décadas: que hace falta ampliar el sujeto porque muchas mujeres no se han sentido representadas.

Y hay muchas otras, como Nataj el Hamchi o Mimunt Hamido que, siendo africanas de origen musulmán, dicen que el feminismo sí les representa.

P. En cuanto a su argumento sobre el riesgo para las listas paritarias, y las cuotas o la paridad en consejos de administración, ¿no parece absurdo que un hombre quisiera hacerse pasar por una mujer cuando no paramos de mostrar los datos que hablan de los techos de cristal, de la masculinización de las altas cúpulas de la política y de la empresa privada? Es evidente que los hombres lo tienen mucho más fácil todavía para ascender, ¿qué hombre va a querer ser mujer en este mundo solo porque sí?


El hombre que declarándose mujer y poniéndose falda va a ocupar la portada de una revista como la CEO mejor pagada de EEUU, porque va a tener una relevancia que como hombre no tendría. Una cosa es ser mujer y otra es ser hombre que se dice mujer, no es lo mismo. Es mucho más fácil cambiarte de sexo legal que hacerte una carrera eclesiástica.

P. Esas afirmaciones parecen obviar las evidentes dificultades y penalizaciones que las personas trans sufren en nuestras sociedades. Pareciera que hacer una transición o ser trans fuera sencillo.

¿Eso qué tiene que ver? ¿Por qué una mujer que ha perdido una medalla a la que aspiraba legítimamente tiene que pagar que Lia Thomas en su vida privada sea discriminada, cosa que no sabemos?

P. Sabemos que el paro es elevadísimo entre las personas trans, por ejemplo, que se están fomentando protocolos internos en las empresas para evitar discriminación y facilitar transiciones, que se les exige un ‘passing’ y que si no cumplen, pagan una penalización.

No lo sé, no estoy segura. ¿Qué estudios hay sobre eso?

P. Los propios sindicatos UGT y CCOO han avalado esas cifras y esas dificultades. El colectivo trans critica que se hable de su situación como si fuera una frivolidad.

Hasta ahora no lo ha sido pero con esta nueva ley lo puede ser.

P. Esta sospecha permanente sobre las personas trans y sus vidas, esa duda sobre sus experiencias, su palabra, sus problemas... ¿no es lo mismo que nos han hecho siempre a las mujeres?

Eso no quita que algunos hombres que se identifican como mujeres, aunque sean pocos, basten para cambiar las reglas del juego en desfavor de las mujeres.

P. La OMS insta a despatologizar la transexualidad, la legislación nacional e internacional camina hacia la autodeterminación de género... ¿Cuál es entonces para usted la salida?

Que avancemos hacia una sociedad feminista en la cual tener sexo biológico no prejuzgue tus posibilidades, tu manera de vestir. Me parece estupendo que se maquillen, se pongan falda o lo que quieran pero no veo por qué tienen que ser considerados mujeres. Si el sufrimiento de esas personas hace que su única posibilidad de no sufrir esa disforia sea el cambio de sexo, se puede aceptar de forma excepcional y con requisitos. Dicen que no van al baño de hombres porque les pueden agredir, pero claro, si van a nuestros baños nos pueden agredir a nosotras.

P. Tenemos baños separados, vestuarios separados, pero sabemos perfectamente que muchos hombres no piden permiso para agredirnos o violarnos. Nos siguen, nos acechan, se sienten con la potestad de hacerlo... Esa realidad ya existe.

Pero tenemos espacios seguros para que eso no pase, en nuestros vestuarios no entran. En definitiva, la solución es la ley de 2007, que ha funcionado. No lo digo yo, lo dice la doctora Isabel Esteva, que ha dirigido durante veinte años la Unidad de Transexualidad de Andalucía.

O que nos propongan otra cosa, pero desde luego esto no.

P. Precisamente lo que cuentan las personas trans es que las pruebas que se les hacen en esas unidades son tremendamente machistas, les hacen encajar en estereotipos sobre lo que es hombre o mujer para que les consideren así. Preguntar '¿te gusta el rosa?' o '¿siempre has querido llevar falda?' ¿no es reforzar el género?

Sí, pero si ser mujer no significa tener un cuerpo biológico de mujer y tampoco significa que te guste el rosa, ¿qué significa?

P. ¿No reforzamos el género nosotras llevando pendientes, pintándonos los labios, habiendo sido a veces sumisas y complacientes en nuestras relaciones con los hombres? Mientras aspiramos a esa sociedad de la que habla, donde el sexo no importe, y mientras nosotras seguimos performando así nuestro género –por gusto, por obligación, por inconsciencia, por rutina...–, ¿las personas trans tienen que esperar para poder ser lo que son?

Yo lo que les pido no es que no se pongan pendientes sino que no por eso se llamen mujeres.

P. Pero es que esas personas también afirman que son mujeres y hombres. ¿Ellos refuerzan el género y nosotras no?

No, porque tú eres periodista, yo escritora y eso supone transgredir el género tal como lo recibimos de nuestras madres, y llevamos pendientes pero llevamos pantalones.

P. En su libro ‘A mí no me iba a pasar’ hizo una revisión de su vida con perspectiva de género, hizo autocrítica, repasó eventos importantes de su biografía con mirada violeta. ¿Cree posible que le suceda lo mismo en el futuro respecto a esta posición?

Al principio acogí la existencia de personas trans con curiosidad, simpatía y esperanza. Y hubiera sido estupendo si no nos hubiéramos encontrado con esa agresividad que tienen hacia las feministas y con esa invasión de nuestros espacios. Y yo lo siento, porque ‘a priori’ tengo simpatía por las personas trans. Pero cuando me encuentro con lo que le pasa a JK Rowling, a Carola López Moya o cosas de estas, ¿cómo les voy a tener simpatía?

P. ¿Y que en una manifestación del 8M haya proclamas como “fuera rabos de nuestros lavabos” no puede hacer que muchas otras personas se sientan agredidas?


No me gusta eso, como no me gusta el grito 'Aborto porque me sale del coño'. Es degradar el feminismo. Pero creo que permitir que haya hombres en nuestros baños, vestuarios o cárceles es más agresivo, porque nos pone en peligro.

martes, 12 de abril de 2022

#hemeroteca #gestacionsubrogada #justicia | “Yo gestaría”

Google Imágenes / Javier Cámara //

“Yo gestaría”.

Laura Freixas | La Vanguardia, 2022-04-12

https://www.lavanguardia.com/opinion/20220412/8193225/gestaria.html 

¿Recuerdan la campaña “Yo gestaría”? Consistía en vídeos de mujeres que se grababan a sí mismas diciendo: “Yo gestaría para ayudar a alguien a formar su familia”, “Yo gestaría por alguien a quien quiero mucho”, “Yo gestaría para aportar mi granito de arena en una sociedad que a veces da asco”... La organizó la asociación Son Nuestros Hijos en el 2018, el año en que Ciudadanos presentó una proposición de ley para legalizar la gestación subrogada (GS).

Aquel intento no prosperó, debido al fin de la legislatura. Pero el asunto sigue en el candelero. Hoy por hoy, España no permite la GS... pero si se hace en el extranjero, una instrucción de la Dirección de Registros y Notariado emitida en el 2010 permite inscribir al bebé como propio. O permitía: la semana pasada, el Tribunal Supremo se pronunció en contra, tanto de la inscripción como de la GS en sí. Porque implica, dicen, “daño al interés del menor y explotación de la mujer”.

Pero ¿acaso la mujer no tiene derecho a disponer de su cuerpo? ¿No habíamos quedado en que “Nosotras parimos, nosotras decidimos”?, un lema feminista en favor del aborto que Son Nuestros Hijos usó en defensa de la subrogación. ¿Y la libertad?

¿Qué libertad? La de quedarnos embarazadas como y de quien queramos, las mujeres ya la tenemos. Los contratos de GS lo que hacen es precisamente restringirla, concediendo a los “padres de intención” el derecho a tomar todas las decisiones. “Se obliga a la mujer”, señala el Supremo, describiendo el contrato tipo en estos casos, “a someterse a tratamientos médicos que ponen en riesgo su salud; se regulan cuestiones como la interrupción del embarazo o la reducción embrionaria [aborto selectivo en caso de embarazo múltiple], cómo será el parto (por cesárea), qué puede comer o beber, se le prohíben las relaciones sexuales, se le restringe la libertad de movimiento y residencia” (los contratos estipulan adónde puede o debe desplazarse y en compañía de quién), y así sucesivamente. La cosa llega al punto de que si entra en coma, la decisión sobre si debe seguir o no con vida queda en manos de quien ha contratado su embarazo.

Y que, por cierto, ni siquiera necesita aportar material genético propio. Cada vez más personas encargan un bebé simple­mente pagando: compran óvulos y espermatozoides y alquilan una “gestante”. Es el caso de la mujer a la que se refiere la sentencia del Supremo, española que contrató a una “gestante” en México. Aunque la subrogación sea ilegal en su país de residencia, en este caso España, saben que el chantaje al que someten al Estado: el niño o niña ya existe, necesita papeles... es eficaz, o lo ha sido hasta ahora.

¿“Libertad”? ¿En nombre de la “libertad” se puede encargar un bebé, como quien encarga un mueble comprando la madera y los clavos y alquilando un ebanista? No permitimos la “libertad” de renunciar a vacaciones o al salario mínimo, ¿y vamos a legalizar contratos que ponen en manos de terceros (gratis o pagando, el contrato es el mismo) la vida sexual, la alimentación, la decisión de abortar, la de morir? Pero ¿qué es esto?

Esto es esclavitud. Que una sociedad civilizada no puede tolerar, aunque se hiciera libremente, como no toleraríamos un pacto por el que alguien, por ejemplo, pidiera un préstamo y se obligara, en caso de no reembolsarlo, a darle un bebé a su acreedor o a ser su esclavo durante nueve meses. No es cuestión de “regularlo para evitar abusos”: el abuso es el objeto mismo del contrato.

La campaña “Yo gestaría” terminó, pero la actitud subyacente continúa. En televisión, redes sociales, prensa, en el teatro, en discursos políticos... nos presentan a “parejas españolas angustiadas esperando que nazca su bebé en Ucrania”, a famosos que exhiben su felicidad tras “ser padres por vientre de alquiler”, a “familias diversas” que, solo por serlo, ya son incuestionables. Por todas partes oímos solamente la voz de los “padres” contratantes, nunca de la de las madres contratadas, las llamadas “gestantes” (por supuesto, las de “Yo gestaría” nunca gestaron; solo se colgaron la medalla). Los cuales, claro, nos dan una visión de azúcar, puesta de sol y violines, para hacer digerible la esclavitud, al menos la que se ejerce lejos, a nuestras escrupulosas conciencias.

Así estaban las cosas cuando vino el Tribunal Supremo a recordarnos que la gestación subrogada es por definición “inhumana y degradante” para la madre y el menor, “tratados como simples mercancías”. Ya era hora. Bienvenido sea ese pistoletazo en el concierto.

viernes, 2 de julio de 2021

#hemeroteca #trans #transfobia #terf | Laura Freixas: "Me da mucho más miedo la Ley Trans que Vox"

Imagen: El Español / Laura Freixas //

Laura Freixas: "Me da mucho más miedo la Ley Trans que Vox".

La escritora y feminista Laura Freixas publica 'Saber quién soy', un diario en el que reflexiona sobre qué es el éxito tanto profesional como personal.
María José Fuenteálamo | El Español, 2021-07-02
https://www.elespanol.com/mujer/actualidad/20210702/laura-freixas-da-miedo-ley-trans-vox/593191162_0.html 

De adolescente, a la escritora Laura Freixas (Barcelona, 1958) le encantaba ser la primera de la clase. En parte, asegura, por “ser mejor que los chicos”. Le habían contado que estaba bien que ellos se fueran de picos pardos pero ella debía llegar virgen al matrimonio. Y aguantarse porque esas eran las normas. “Percibía que los chicos tenían ventajas sociales y mi venganza era esa: aquí donde valemos por nuestros méritos y jugamos limpio, aquí gano yo”, nos cuenta.

Laura Freixas transmite paz, la paz intelectual de quien analiza en qué batallas se mete y argumenta sus opiniones desde el estudio, la investigación y la reflexión. Porque sabe la escritora que no se puede tener todo claro siempre. A veces, uno no sabe ni qué busca. Es una de las premisas del diario que acaba de publicar, ‘Saber quién soy’. Es la tercera entrega de los mismos y son tres años, de 1997 a 1999 de su vida, en los que, abierta en canal, se plantea qué es el éxito: tanto en lo profesional como en lo personal.

En esas fechas está a punto de publicar su primera novela y terminar la segunda. Teme a la crítica. En lo familiar, tiene una niña y, en busca de un segundo hijo, se dice felizmente casada. Pero a ratos no es feliz. A veces se siente encerrada, resignada a ser “una maruja”, mientras se recuerda a sí misma, casi sin cesar, que es escritora. Freixas va descubriendo cómo el patriarcado, y no ella, conduce su vida. Sus dudas son el germen de una lucha interior contra las propias convicciones y objetivos.

A calzón quitado aparecen la envidia -la suya propia- entre escritores, su dependencia económica del marido y la crisis de los 40. Y hay viajes y encuentros con otros escritores como Trapiello y Martín Gaite. Visitas a la Moncloa de Aznar e incluso sueños con Umbral. Todo en un texto que huele a reflexiones prerrevolución. Pero claro, sus lectores juegan con ventaja porque saben lo que pasó después.

Estamos en 2021, en el Café Gijón, frente a la Biblioteca Nacional a la que suele acudir a escribir. Hablando del hoy y del ayer, la escritora e intelectual feminista que acuñó el concepto de ‘maruja de lujo’ con su ‘A mí no me iba a pasar’ en 2019, mira a su yo de hace 20 años.

¿Sabe quién es ahora Laura Freixas? “Ahora sí”, contesta con rotundidad. Y nada de identidad monolítica, asegura. Para empezar, ampliación de su DNI: nació en una familia burguesa catalana -de la que no quiso ‘heredar’ su estilo de vida-. Su familia materna, “castellana y pobre, emigró a Cataluña en los años 30”. Unas raíces que, dice, le han ayudado a “ver las cosas de otro modo. Además, posee la nacionalidad francesa por su matrimonio. Pero se define también como mediterránea, occidental... Y, sobre todo, escritora. “Mi identidad me la he ido construyendo a lo largo de muchos años y ahora te diría que soy escritora, cosa que siempre deseé pero que me ha llegado mucho tiempo llevarlo a la práctica”.

Y consagrada. Es del 10% de los autores de este país que vive de ello: de escribir libros y artículos, de dar talleres y conferencias... Es, además, investigadora y fundadora de la Asociación Clásicas y Modernas que trabaja por la igualdad de género en la Cultura. Feminista de renombre, su firma consta en una carta enviada a Moncloa junto a otras históricas del movimiento, en contra de la Ley Trans. “Mi compromiso con el feminismo, creo, no me quita ninguna libertad estética”, asegura.

De sus tres diarios publicados, éste, afirma, en el que más habla del mundo editorial. Amigas que ganan premios, tejemanejes en la concesión de los más comerciales, machismo... Y una pregunta, ¿qué es el éxito? Freixas intenta buscar su propia respuesta. ¿Son los premios, son las ventas, es lo que cree tu familia? Más que el “el brillo y el dinero” -la apreciación sirve tanto para lo editorial como para lo familiar- dice, “es encontrar el camino propio”. Y la senda de la autenticidad, asegura, implicaba “pagar un precio”. A ella le costó, por ejemplo, su matrimonio.

Pregunta.- ¿Y ha conseguido el éxito?

Respuesta.- Sí, creo que sí. Creo que he cometido errores pero que afectan más a mi carrera que a mi obra. Me podía haber ido mejor en la carrera editorial o peor, pero lo fundamental es que escribo lo que yo quiero escribir.

Escribir de lo que ella quiera, como lema de vida. “Soy narradora, diarista, autobiógrafa, ensayista a ratos...”. Y no es, nos dice, ni poeta ni dramaturga, aunque que le encanta el teatro. Lo sabemos por sus diarios -donde recoge algunas críticas- y por sus redes sociales.

Pero, ¿qué es un diario? “Para mí el diario es un momento de introspección, de soledad, de aclararme yo misma. Es lo más parecido a una sesión de psicoanálisis. Y sí, pensaba que algún día podía publicar algo. Pero también que serviría como materia prima muy en bruto. Pero he visto que su valor es precisamente ese, que esté bruto”. ¿Y ha quitado cosas? Sí, ha cambiado nombres y fechas. Y repeticiones: “Porque como el psicoanálisis, cuando tienes un problema le das muchas vueltas. Pero lo válido de un diario está en las contradicciones, en las dudas...”.

P- Hay quien aparece con nombres y apellidos, como Trapiello y Lucía Etxebarría, ¿cómo se hace eso al publicar? ¿Se les avisa?

Tengo dos reglas: tomo decisiones una por una, según los casos. E intento ser justa. Porque cuando escribes un diario eres juez y parte. Puedes abusar de tu poder: puedes contar las cosas haciendo quedar mal a otros. He cambiado muchos nombres, fechas y lugares para evitar indiscreciones. A Lucía se lo he mandado, con una dedicatoria que dice ‘con aprecio, entonces y ahora’.

Amistades en el mundo editorial pero también encontronazos. Y la envidia que no se oculta. “Sí, hablo de la mía propia, que de esa se habla poco”. Ella, desde las primeras páginas: “En una sesión con mi psicoanalista que me dice que si no fuera tan envidiosa yo no tendría tanto miedo a la envidia de los demás”. Eso lo puedo decir ahora, asegura “porque ya lo he superado, si no, no me atrevería. Ése es un poco el secreto”.

P.- Pero, ¿no se escribe por envidia?

No, no lo creo. Aunque quizá sí haya algo de sentimiento de rivalidad. A mí me gusta ganar. Igual que tener razón en una discusión.

P.- ¿Pero eso es algo innato?

No, yo creo que no es innato. Si yo hubiera sido un hombre de la clase dominante, si además de ser como soy blanca burguesa heterosexual y no sé qué más, si además hubiera sido hombre no habría tenido esta furia, esta rabia y estas ganas de ganar. Porque no me habría hecho falta.

Bueno, ahora tal y como está el negocio, podría convertirse en hombre. Y nos vamos acercando al anteproyecto de la Ley Trans que ella ha estudiado. Aprobado esta misma semana en el Consejo de Ministros, llega en un momento en el que hay voces machistas que no se esconden. ¿Por qué? “Como decía Susan Faludi, en su libro 'Backlash', (en español 'Reacción'o) es una respuesta antifeminista. Ella habla, ya en los 90, de esa reacción ante la posibilidad de que las feministas puedan conseguir su objetivo, la igualdad. Mientras las mujeres están marginadas, invisibilizadas y machacadas, no son competencia y se puede ser galante y condescendientes con ellas y simpatizar con su causa”.

P.- Y así, quizá que el machismo sea más combativo. ¿Podría ser una buena señal para el feminismo?

Es una prueba de que las feministas avanzamos, pero también es una amenaza para nosotras. Porque ahora el machismo ha encontrado la ºexcusa perfecta que es la del colectivo trans, que es hablar en nombre de un colectivo discriminado. Un colectivo que sirve de pretexto para cuestionar los avances en igualdad.

P.- ¿Falta información sobre la Ley Trans? ¿Es un tema complejo y confuso?

Es un tema complejo y confuso y, en parte, voluntariamente confuso. Hay gente interesada en que no entendamos lo que está en juego. Se repite mucho que los derechos trans son derechos humanos, sin precisar quiénes son los trans ni a qué derechos nos referimos. La bomba de esta ley es la libre elección de sexo. Se juega entre la elección de género y sexo y con la idea de autodeterminación como si fuera una idea de libertad. Esta confusión en parte es deliberada. Y este apelar a los Derechos Humanos y a los derechos de un colectivo actúa como un chantaje emocional. Hay que atender a los sufrimientos de este colectivo, pero esta ley no se dirige al colectivo transexual. Esta ley no parte de que hay un colectivo que sufre y que no ve respetados sus derechos al que hay darle esos derechos. Esta ley establece que el sexo se elige. Lo cual es una barbaridad científica y legal y políticamente e ideológicamente tiene consecuencias.

P.- ¿Quién gana aquí?

El patriarcado, porque desmonta todas las políticas de igualdad y de protección de las mujeres. Por ejemplo, el hecho de que mujeres y hombres compitan en distintas categorías es una forma de igualdad: porque es igualdad tratar de forma diferente a los que son diferentes. Nuestros cuerpos son diferentes y por tanto es igualdad cuando se ponen diferentes requisitos para entrar en el cuerpo de bomberos. Tenemos un entramado de leyes que protege a las mujeres contra la violencia. Se establecen duchas y vestuarios separados para niñas y mujeres. Hay leyes contra la discriminación salarial, de paridad en los jurados, en las listas electorales... Pero, ahora, al mismo tiempo, un solo artículo de una Ley dinamita todo esto y lo vuelve papel mojado. La cuestión no es que haya más o menos personas que se declaren mujeres -porque que mujeres se declaren hombres no amenaza a los hombres-. Tampoco sus motivos: la cuestión es que el sexo se vacía de contenido. Y si además el género no es binario, se vuelve electivo y el sexo no existe, ¿cómo tendrás estadísticas para establecer políticas contra la discriminación?

Y entramos en los estereotipos de género. Esos contra los que el feminismo lleva siglos luchando. Laura Freixas considera que la Ley Trans “los sacraliza”. Así lo desarrolla: “Se refuerza eso de que ser mujer es llevar tacones y pintarte los labios. Que eso es la verdad de ser mujer. Cuando sabemos que la discriminación que ejerce el patriarcado se establece por el sexo biológico. Los fetos de niñas que se abortan en china o en la India, se basan en el sexo biológico. La mutilación, la trata, se hace con mujeres. El patriarcado sabe muy bien quiénes son las mujeres”.

P.- Suena a uno de los peores enemigos del feminismo.

Me da mucho más miedo esto que Vox. Con la derecha conservadora sabemos quiénes son, sabemos cuáles son sus argumentos. Y aunque ya les hemos vencido, no impide que puedan volver. Pero esta es una más de las llamativas convergencias entre la izquierda y el neoliberalismo. Es sacralizar la libertad individual, ese razonamiento en el que parece que cada persona está sola en el mundo.

P.- Vamos a convertirnos en un país en el que se puede exigir sexo y no nacionalidad.

Sí, la nacionalidad es un poco lo mismo. No puedes elegirla. Es un buen paralelismo. Yo puedo sentirme alemana, pero, primero, no me puedo sentir alemana de forma innata porque el concepto de alemán es un concepto social. Y con el concepto de género pasa lo mismo. No es una elección individual, sino dentro de una sociedad que le atribuye un significado. Yo no puedo ser alemana sin consultar a la nación alemana. Porque les afecta. La cuestión no es si un deportista tiene derecho individual a sentirse mujer, la cuestión entre otras, es si las mujeres con las que competirá tienen algo que decir. Me parece escandaloso que no se consulte a las mujeres.

P.- Estamos viendo que empiezan a darse más premios a mujeres. Pero, ¿cuántos harían falta para alcanzar la igualdad?

Se están dando más premios a mujeres que hombres que antes, pero no creamos que esa es una evolución natural. Es el fruto del activismo y la crítica de mujeres y asociaciones de mujeres del mundo de la cultura que han señalado la injusticia de los premios que se han dado hasta ahora. Si esa presión desapareciera, la inercia patriarcal nos llevaría a un crecimiento desproporcionado de premios a hombres. Es falsa, aunque sea muy consoladora, la idea de que el tiempo nos lleva a la igualdad. Hay es una pugna continua, como en todo. También sería ingenuo pensar que la historia nos lleva a que cada nación tenga un estado, por ejemplo. No es verdad, nada está escrito.

Recuerda además Laura Freixas que hay “dos tipos de premios: los comerciales y los institucionales, el Planeta y el Cervantes”. Y los importantes, concreta, son los institucionales, “porque son lo que pasan a la historia”. Y lo que importa, insiste, “es romper esta inercia con la cual la historia se escribe sin mujeres”.

P.- Nos vamos a San Sebastián: el Festival de Cine ha decidido eliminar la distinción actor/actriz. ¿A favor, en contra o nos debería dar igual?

Yo estoy en contra. Los hombres dirigen mucho más que las mujeres, como el 80%. Más del 80% de los guiones los escriben hombres. Y más de la mitad de papeles principales los tienen hombres. Quizá el año que viene no, porque está muy reciente, pero si hay un solo premio de interpretación, aunque sólo sea por razones estadísticas, a la larga, en 20 años, los hombres serán muy mayoritarios.

¿Cómo romper esa inercia?, se pregunta ella misma. “Que haya dos premios, aunque sea relativamente injusto, porque las mujeres con menos papeles tendrán más opciones a ganar un premio, es la forma de ayudarlas en sus carreras”. Incide en que “las carreras de las actrices son más difíciles”. Lo explica: “Hay menos papeles para ellas y además suelen ser representación de fantasías masculinas: joven guapa sexy”.

Con los años, “contrariamente a los actores, van perdiendo posibilidades profesionales, hay menos papeles para mujeres de 50 que para chicas de 20”. Eso, insiste, “hay que romperlo y que haya un premio específico para mujeres ayuda”. Y, es más, plantea más caminos por la igualdad: “Yo votaría para que hubiese un premio a la mejor directora. El día que la mitad de las mujeres las dirijan mujeres, quizá ya no será necesario. Pero mientras, la forma de impulsar sus carreras es tener un premio”.

domingo, 8 de noviembre de 2020

#hemeroteca #trans #transfobia #terf | Acusan al Gobierno de querer «borrar» a la mujer de la lucha feminista con la Ley Trans


Acusan al Gobierno de querer «borrar» a la mujer de la lucha feminista con la Ley Trans.

Ocho activistas históricas firman una carta abierta en la que denuncian que se quiere invisibilizar el sexo femenino.
Doménico Chiappe · Colpisa | La Voz de Galicia, 2020-11-08
https://www.lavozdegalicia.es/noticia/sociedad/2020/11/06/acusan-gobierno-querer-borrar-mujer-lucha-feminista-ley-trans/00031604685552601814431.htm 

«¿Pero a ti qué te importa que una mujer tenga pene?», le preguntaron a la escritora Laura Freixas, una de las ocho mujeres que han luchado desde hace varias décadas por la igualdad de género, y que han dirigido una carta abierta al Gobierno para debatir la conocida como Ley Trans. Estas mujeres, que han elevado la misiva al ámbito público para que quien quiera la suscriba en internet, acusan al Ministerio de Igualdad de querer «borrar» a la mujer de la lucha feminista.

Parece un contrasentido pero, según se desprende de los argumentos de las firmantes, desarrollar la idea de que el género se puede elegir, sin nada más que la voluntad del momento, inicia una peligrosa senda de invisibilización hacia lo que es el «sexo» femenino. Diferenciar los conceptos «género» y «sexo» es la primera cuestión que desarrollan Freixas, Angeles Alvarez, Marina Gilabert, Alicia Miyares, Rosa María Rodríguez Magda, Victoria Sendón de León, Juana Serna y Amelia Valcárcel, algunas de ellas con carrera política en el socialismo. La Ley Trans «minimiza» la «opresión para las mujeres, hace el juego a la visión patriarcal y misógina, y perpetúa la opresión», alertan quienes han pedido «una y otra vez» una reunión con la ministra de Igualdad Irene Montero, sin éxito. Mientras tanto, la carta ha logrado 3.000 firmas en 24 horas, según Freixas.

Recomiendan las firmantes evitar la «confusión» de conceptos. El sexo, dicen, es la «realidad biológica constatable», mientras que el género es una «construcción jerárquica de los estereotipos sexuales que ha fundamentado la desigualdad y la opresión». Las feministas explican que ellas no van contra el sexo, que es la naturaleza del cuerpo. Van contra el género, una imposición cultural. Mientras que las leyes Trans, tanto la que abandera Montero como otras «aprobadas en diversas comunidades autónomas», parecen combatir el sexo.

Ante la estrategia de entremezclar a las personas trans con las mujeres, en la carta se denuncia la existencia de una «neolengua» que «invisibiliza» y «borra a las mujeres con la excusa de la inclusividad». Empieza por proscribir el uso del vocablo «mujer», sustituido por 'cuerpos feminizados' o 'cuerpos menstruantes'. En ese léxico se tiene como una «ofensa» hablar de vaginas, reglas y embarazos, y a las madres se les llama 'progenitor gestante' y al sexo, 'género sentido'. La Ley Trans presenta los estereotipos como una «opción elegible», según interpretan las feministas. «El sexo es un dato objetivo en sus aspectos genético, gonadal, hormonal, anatómico y genital. No puede hablarse de 'autodeterminación del sexo' como ejercicio de la libre voluntad».

Conducta coactiva
Aunque abogan por la libertad de elección sexual o estética, las firmantes afirman que aprobar el cambio de sexo desde la infancia sin pasar por un proceso psicológico previo, como estiman las nuevas leyes, no cambia la realidad española. «La diversidad elegible no subvierte nada por sí misma». «Pretender que el ser mujer u hombre es una mera elección desdibuja la realidad material del sexo, justo aquello que determina el género en que se nos socializa».

Se muestran preocupadas por las consecuencias futuras de «encaminar» a los menores hacia «bloqueadores de pubertad», una vez que se les etiqueta como «niños y niñas trans» a aquellos que disienten con la «normativa de género». «Creemos necesario un acompañamiento que contemple acciones de apoyo y autoafirmación». Prosiguen: «Es preciso investigar los efectos a largo plazo de la hormonación y medicalización, así como prever un posible cambio de parecer en el futuro, con el añadido de la imposibilidad de revertir acciones quirúrgicas y hormonales agresivas». La Ley Trans genera una conducta «coactiva» del Estado contra la infancia y los profesionales de la salud, acusan.

Además, peligran derechos que las mujeres de su generación han conquistado: «la defensa de las mujeres, el mantenimiento de los espacios reservados, las cuotas, las ayudas, la diferenciación por sexos en competiciones deportivas, o los datos desagregados por sexo para analizar el comportamiento social o tomar medidas frente a las desigualdades entre los sexos», enumeran. Y concluyen. «Negar la relevancia del sexo y encaminarnos hacia una supuesta autodeterminación de éste según el género elegido, colisiona con las leyes de igualdad y de violencia de género».

lunes, 9 de julio de 2018

#hemeroteca #ecofeminismo | Mujer, urbanismo y ecología

Imagen: El Salto
Mujer, urbanismo y ecología.
El urbanismo actual responde al proyecto patriarcal y hegemónico, condicionando nuestras vidas en las ciudades que habitamos. Oihane Ruiz Menéndez propone una nueva forma de urbanidad: que nos permita construir urbanismo desde un pacto social y transformar las ciudades en algo radicalmente distinto, para poder enfrentar los sistemas de opresión que nos atraviesan.
Oihane Ruiz Menéndez. Arquitecta urbanista | El Salto, 2018-07-09
https://www.elsaltodiario.com/saltamontes/mujer-urbanismo-y-ecologia

Hace poco escuché a la escritora Laura Freixas esta afirmación de Simone de Beauvoir: “la sociedad ha decidido dar prioridad al sexo que mata por encima del sexo que da vida”

Como tan bien apunta Freixas en esa misma entrevista, “el problema fundamental para que las mujeres nos integremos en la cultura, de igual a igual, que evidentemente no lo estamos desde ningún punto de vista, es la identificación en la cultura patriarcal en la que vivimos entre el varón y el ser humano. Es decir, lo masculino se considera humano y lo humano se confunde con lo masculino, mientras que lo femenino no es visto como realmente humano, sino como algo parcial, la desviación de la norma, lo distinto, o lo que solo es para mujeres y solo interesa a mujeres. Mientras, las experiencias masculinas representadas en la cultura, incluso, las más exclusivamente masculinas como el hacer la guerra, son vistas como experiencias universales.”

Me parece oportuno empezar con estas palabras una reflexión en torno al urbanismo, la ecología y la lucha de las mujeres (que a mi entender es, en esencia, la lucha por la vida).

La posición de las mujeres en los debates públicos
Como resultado de una de las síntesis analíticas del patriarcado (enfoque parcial e interesado de la realidad, aunque a veces no sea explícito) las propuestas que provienen de mujeres son entendidas como parciales, y las que provienen de hombres, como universales. Así, en la esfera pública (política) del urbanismo actual es hegemónico el proyecto patriarcal y capitalista, pero con la perversión de ser urbanismo universalizable.

Las arquitectas con conciencia feminista conformamos una voz y un dique de defensa de la ciudad igualitaria. La propuesta feminista a la ciudad no es parcial, no habla de la ciudad de las mujeres, sino de una transformación radical de la estructura de pueblos y ciudades. El proyecto de ciudad feminista es, sobre todo, una invitación a construir una nueva urbanidad fundamentada en un pacto social. 

La ciudad feminista plantea conflictos relacionados con la violencia (que tiene vertientes machistas, de clase, racistas, etc.), con las condiciones de salubridad, con la protección y los derechos de la infancia, con los cuidados y las dependencias, con la mezcla de usos y ritmos, con la protección de quien vive y convive, con el derecho a la ciudad y al acceso a la participación urbana (no como consumidoras, sino como sujetos activos). Un ejemplo de esta forma de entender el urbanismo es el trabajo de Franziska Ullmann en Viena, donde introduce parámetros comunitarios en el diseño de un barrio. Ella llama "los ojos de la ciudad" a conectar espacios de trabajo (cocina) con parques y patios de juego para fomentar autonomía de la infancia. También introduce la mezcla de perfiles y los apartamentos para personas mayores dependientes junto a estudios de jóvenes para fomentar el cuidado y las sinergias informales.

Se nos vende el urbanismo hegemónico como único posible: se nos comunica que todo planteamiento fuera de sus parámetros mercantiles y especulativos, simplemente, no es viable.

Urbanismo como pacto social
Bien, pues nosotras negamos la mayor: no solo lo que se materializa en el contexto urbano es ciudad. La ciudad es un constructo cambiante, es fruto de una urbanidad que se constituye como pacto social. Afirmamos que, en esta evolución permanente, queremos ser sujeto protagónico y que basta ya de decidir en despachos cerrados llenos de señores el devenir de nuestras vidas. 

La praxis urbana que defendemos, de la que habitualmente solo se ve la cara activista-feminista, es la única respuesta posible al contexto de declive en torno al proyecto de ciudad. Porque, a pesar de la violencia y desprecio de la administración, escuelas de arquitectura y sobre todo de la empresa privada, nosotras sabemos mirar y ver, sabemos que la vida asoma. 

La soberbia de los habituales “gestores de la ciudad”, de la gerontocracia instaurada en la profesión, se nutre de falsos debates. Es el caso, por ejemplo, de todo el desarrollo de las smart cities. Un debate hueco para vender una ciudad más tecnológica, más demandante de energía. Un modelo que fomenta mayor división de clases y mayor individualismo. Se considera más "eficiente"... pero no en clave de resiliencia o de adaptación a los retos de la crisis ecológica y climática. No: se trata de hacer mejores "coches", para no dejar de usarlos.

Pese a todo, o precisamente por lo nítido de la ausencia de propuestas para resolver las cuestiones trascendentales de nuestro tiempo, ante este aburrimiento y somnolencia que parece azotar a la disciplina urbana, resistimos abriendo brechas que nos permiten determinar escenarios de esperanza y transformación. Nosotras, por ejemplo, hicimos el inventario de vivienda vacía en Larrabetzu, Bizkaia, que sirvió, entre otras cosas, para que dichas viviendas computaran como "oferta de nueva vivienda" en el nuevo Plan General del municipio. Este inventario se realizó en auzolan (trabajo colectivo), entre mujeres del pueblo y estudiantes de arquitectura. Nosotras creamos espacios comunes, plazas, patios, recorridos urbanos, equipamientos... trabajando con la infancia, con mayores, comerciantes, asociaciones... generando mapas de voces, relatos, vivencias y necesidades. Trabajando los conflictos, rescatando las bellezas y emociones vividas por cada comunidad.

En las últimas décadas hemos dedicado miles de horas a explicar en foros amplios nuestro enfoque feminista, y sin embargo, no puedo decir que este recorrido haya sido del todo satisfactorio. Hemos “conseguido” que normativamente se establezca la necesidad de redactar Informes de Impacto Ambiental e Informes de Impacto de Género. Y aunque haya casuísticas que instrumentalmente hayan tenido un impacto muy llamativo, desde un enfoque radical (de raíz), el incluir la “parcialidad de las mujeres” no solventa el problema de fondo. No está sirviendo para cuestionar la estructura patriarcal intrínseca del planeamiento y los debates urbanos: esta situación de “mirada a posteriori” o “correctora” nos sitúa en esa parcialidad, marginalidad y particularidad de la que hablaba Freixas.

Transformar la ciudad para enfrentar el futuro.

El derecho a la ciudad, recordando al geógrafo marxista David Harvey, no es solo la posibilidad de adquirir mayores cuotas de soberanía en la ciudad actual, lo que hoy vemos como ciudad, sino el derecho a transformar la ciudad en algo radicalmente distinto.

Tal vez sea oportuno empezar a preguntar a responsables y técnicos del “urbanismo neutro”; en foros de reflexión de urbanismo, bienales y congresos repletos de varones, ¿cuáles son los proyectos de referencia que les permiten mantener y/o defender sus privilegios en este contexto de relativa ofensiva feminista? o, ¿cuáles son las claves para mantener al arquitecto en la élite profesional? Desde 1932 solo se ha premiado a una mujer con el premio Nacional de Arquitectura y en los premios de Arquitectura Española del Consejo Superior de Colegios de Arquitectura de España solo a dos mujeres ex aequo con sus parejas (y socios). 

Ser urbanista feminista es ser urbanista activista, y defender un proyecto ideológico o político claro. Igual que quien blinda el urbanismo capitalista y/o patriarcal, defiende un proyecto claro que apuesta por mantener privilegios de clase, raza y género. 

Una de las claves que tendremos que aprender lo más rápido posible es la de reconocer el conflicto ideológico (proyecto social), para generar una resistencia clara a las propuestas urbanas segregadoras y elitistas, propuestas urbanas que yo vinculó a la “cultura de la muerte”. 

Hemos aprendido que solo desde la emoción podremos trasformar, hemos vivido procesos en los que lo que ganamos se queda en cada cuerpo, en comunidades y relatos, ampliando horizontes de posibilidad. Estamos armando una ideología por la vida, nuestra vida, y en ese nuestra incluirnos, sumarnos, contextualizarnos, medirnos, y, defender y fortalecer nuestras interdependencias. 

Sabemos que la ciudad es probablemente principio y fin de nuestra capacidad de articulación de una propuesta que plantee los problemas adecuados para generar la suficiente tensión como para invertir los procesos de acumulación, artificialización, segregación, expulsión, contaminación, etc. Todo esto será o no será, y probablemente este dilema se resuelva en la ciudad.

Sabemos que hay urbanidad, vida urbana, a pesar de su ciudad. Hemos aprendido de Lefebvre y Jane Jacobs que el derecho a la ciudad se conquista y se defiende construyendo un proyecto y una praxis común. Y en esto, ponemos en el centro nuestro derecho a la vida: pactando y constituyendo un nuestro más allá de – y tal vez precisamente, desde- los sistemas de opresión que nos atraviesan.

Y TAMBIÉN…
El colegio Presentación de María rechaza el traslado propuesto por el Consistorio.
El centro escolar cree que su reubicación en “parcelas lejanas” sería negativo para el alumnado, procedente de Gros y Egia.
Carolina Alonso | Noticias de Gipuzkoa, 2018-07-12
http://www.noticiasdegipuzkoa.eus/2018/07/12/vecinos/el-colegio-presentacion-de-maria-rechaza-el-traslado-propuesto-por-el-consistorio
Antton Longarón. Última generación al frente de la tienda Confecciones Longarón: “Me entristece saber que voy a ver el cierre de la tienda familiar, un comercio fundado en el año 1886”.
Antton Longarón nos recibe en Confecciones Longarón, una de las tiendas con más solera de Tolosa. Recuerda los avatares de toda una vida detrás del mostrador.
Marta San Sebastián | Noticias de Gipuzkoa, 2018-07-10
http://www.noticiasdegipuzkoa.eus/2018/07/10/vecinos/tolosaldea/me-entristece-saber-que-voy-a-ver-el-cierre-de-la-tienda-familiar-un-comercio-fundado-en-el-ano-1886

domingo, 18 de marzo de 2018

#hemeroteca #feminismo #censura | Nuevas inquisiciones

Ilustración de Fernando Vicente
Nuevas inquisiciones.
El feminismo es hoy el más resuelto enemigo de la literatura, que pretende descontaminarla de machismo, prejuicios múltiples e inmoralidades.
Mario Vargas Llosa | El País, 2018-03-18
https://elpais.com/elpais/2018/03/16/opinion/1521215265_029385.html

Trato de ser optimista recordando a diario, como quería Popper, que, pese a todo lo que anda mal, la humanidad no ha estado nunca mejor que ahora. Pero confieso que cada día me resulta más difícil. Si fuera disidente ruso y crítico de Putin viviría muerto de miedo de entrar a un restaurante o a una heladería a tomar el veneno que allí me esperaba. Como peruano (y español) el sobresalto no es menor con un mandatario en Estados Unidos como Trump, irresponsable y tercermundista, que en cualquier momento podría desatar con sus descabellados desplantes una guerra nuclear que extinga a buena parte de los bípedos de este planeta.

Pero lo que me tiene más desmoralizado últimamente es la sospecha de que, al paso que van las cosas, no es imposible que la literatura, lo que mejor me ha defendido en esta vida contra el pesimismo, pudiera desaparecer. Ella ha tenido siempre enemigos. La religión fue, en el pasado, el más decidido a liquidarla estableciendo censuras severísimas y levantando hogueras para quemar a los escribidores y editores que desafiaban la moral y la ortodoxia. Luego fueron los sistemas totalitarios, el comunismo y el fascismo, los que mantuvieron viva aquella siniestra tradición. Y también lo han sido las democracias, por razones morales y legales, las que prohibían libros, pero en ellas era posible resistir, pelear en los tribunales, y poco a poco se ha ido ganando aquella guerra —eso creíamos—, convenciendo a jueces y gobernantes que, si un país quiere tener una literatura —y, en última instancia, una cultura— realmente creativa, de alto nivel, tiene que tolerar en el campo de las ideas y las formas, disidencias, disonancias y excesos de toda índole.

Ahora el más resuelto enemigo de la literatura, que pretende descontaminarla de machismo, prejuicios múltiples e inmoralidades, es el feminismo. No todas las feministas, desde luego, pero sí las más radicales, y tras ellas, amplios sectores que, paralizados por el temor de ser considerados reaccionarios, ultras y falócratas, apoyan abiertamente esta ofensiva antiliteraria y anticultural. Por eso casi nadie se ha atrevido a protestar aquí en España contra el “decálogo feminista” de sindicalistas que pide eliminar en las clases escolares a autores tan rabiosamente machistas como Pablo Neruda, Javier Marías y Arturo Pérez-Reverte. Las razones que esgrimen son tan buenistas y arcangélicas como los manifiestos que firmaban contra Vargas Vila las señoras del novecientos pidiendo que prohibieran sus “libros pornográficos” y como el análisis que hizo en las páginas de este periódico, no hace mucho, la escritora Laura Freixas, de la ‘Lolita’ de Nabokov, explicando que el protagonista era un pedófilo incestuoso violador de una niña que, para colmo, era hija de su esposa. (Olvidó decir que era, también, una de las mejores novelas del siglo veinte).

Naturalmente que, con ese tipo de aproximación a una obra literaria, no hay novela de la literatura occidental que se libre de la incineración. ‘Santuario’, por ejemplo, en la que el degenerado Popeye desvirga a la cándida Temple con una mazorca de maíz ¿no hubiera debido ser prohibida y William Faulkner, su autor, enviado a un calabozo de por vida? Recuerdo, a propósito, que la directora de La Joven Guardia, la editorial rusa que publicó en Moscú mi primera novela con cuarenta páginas cortadas, me aclaró que, si no se hubieran suprimido aquellas escenas, “los jóvenes esposos rusos sentirían tanta vergüenza después de leerlas que no podrían mirarse a la cara”. Cuando yo le pregunté cómo podía saber eso, con la mirada piadosa que inspiran los tontos, me tranquilizó asegurándome que todos los asesores editoriales de La Joven Guardia eran doctorados en literatura.

En Francia, la editorial Gallimard había anunciado que publicaría en un volumen los ensayos de Louis Ferdinand Céline, quien fue un colaborador entusiasta de los nazis durante los años de la ocupación y era un antisemita enloquecido. Yo no le hubiera dado jamás la mano a ese personaje, pero confieso que he leído con deslumbramiento dos de sus novelas —‘Voyage au bout de la nuit’ y ‘Mort à Crédit’— que, creo, son dos obras maestras absolutas, sin duda las mejores de la literatura francesa después de las de Proust. Las protestas contra la idea de que se publicaran los panfletos de Céline llevaron a Gallimard a enterrar el proyecto.

Quienes quieren juzgar la literatura —y creo que esto vale en general para todas las artes— desde un punto de vista ideológico, religioso y moral se verán siempre en aprietos. Y, una de dos, o aceptan que este quehacer ha estado, está y estará siempre en conflicto con lo que es tolerable y deseable desde aquellas perspectivas, y por lo tanto lo someten a controles y censuras que pura y simplemente acabarán con la literatura, o se resignan a concederle aquel derecho de ciudad que podría significar algo parecido a abrir las jaulas de los zoológicos y dejar que las calles se llenen de fieras y alimañas.

Esto lo explicó muy bien Georges Bataille en varios ensayos, pero, sobre todo, en un libro bello e inquietante: ‘La literatura y el mal’. En él sostenía, influido por Freud, que todo aquello que debe ser reprimido para hacer posible la sociedad —los instintos destructivos, “el mal”— desaparece sólo en la superficie de la vida, no detrás ni debajo de ella, y que, desde allí, puja para salir a la superficie y reintegrarse a la existencia. ¿De qué manera lo consigue? A través de un intermediario: la literatura. Ella es el vehículo mediante el cual todo aquel fondo torcido y retorcido de lo humano vuelve a la vida y nos permite comprenderla de manera más profunda, y también, en cierto modo, vivirla en su plenitud, recobrando todo aquello que hemos tenido que eliminar para que la sociedad no sea un manicomio ni una hecatombe permanente, como debió serlo en la prehistoria de los ancestros, cuando todavía lo humano estaba en ciernes.

Gracias a esa libertad de que ha gozado en ciertos períodos y en ciertas sociedades, existe la gran literatura, dice Bataille, y ella no es moral ni inmoral, sino genuina, subversiva, incontrolable, o postiza y convencional, mejor dicho muerta. Quienes creen que la literatura se puede “adecentar”, sometiéndola a unos cánones que la vuelvan respetuosa de las convenciones reinantes, se equivocan garrafalmente: “eso” que resultaría, una literatura sin vida y sin misterio, con camisa de fuerza, dejaría sin vía de escape aquellos fondos malditos que llevamos dentro y estos encontrarían entonces otras formas de reintegrarse a la vida. ¿Con qué consecuencias? El de esos infiernos donde “el mal” se manifiesta no en los libros sino en la vida misma, a través de persecuciones y barbaries políticas, religiosas y sociales. De donde resulta que gracias a los incendios y ferocidades de los libros, la vida es menos truculenta y terrible, más sosegada, y en ella conviven los humanos con menos traumas y con más libertad. Quienes se empeñan en que la literatura se vuelva inofensiva, trabajan en verdad por volver la vida invivible, un territorio donde, según Bataille, los demonios terminarían exterminando a los ángeles. ¿Eso queremos?

martes, 9 de enero de 2018

#hemeroteca #machismo | ‘Normalidad’ y género

Imagen: El País / Rosa Chacel
‘Normalidad’ y género.
No comentar el sexo de los que gobiernan, ganan premios o ingresan en la Academia ocultaría que el poder y los recursos los siguen acaparando hombres.
Laura Freixas | El País, 2018-01-09
https://elpais.com/elpais/2018/01/08/opinion/1515426685_614695.html

Las mujeres están siendo víctimas de una paradoja, asegura Javier Marías en un artículo reciente (Paradoja, El País Semanal, 25-12-17). Y es que después de haber luchado mucho para ser juzgadas “con normalidad”, sin que se tuviera en cuenta su sexo, ahora no hacen más que hablar de eso: de su sexo. Hacen listas de escritoras olvidadas; publican artículos protestando de que haya tan pocas ministras o académicas; escriben libros que tratan solo sobre su sexo... Las mujeres, en fin, parecen empeñadas en recordar que lo son, y eso, según Marías, las perjudica.

Como autora que soy, desde hace más de veinte años, de libros y artículos sobre este tema, y cofundadora de una asociación para la igualdad de género en la cultura (Clásicas y Modernas), me siento aludida por el artículo y me gustaría, señor Marías, contestarle.

Coincido con usted en que existe, en este asunto, una paradoja, pero no la que usted señala, sino otra: la de la “normalidad”. Pues “normalidad” es, en su artículo, el concepto clave. ¿Y en qué consiste? Muy sencillo, según usted: en que se juzgue a las mujeres “exclusivamente por su calidad”. Respuesta impecable, desde luego, si no fuera por una pequeña cuestión previa: ¿qué es “calidad”?... No tratándose de ciencias exactas, calidad será lo que guste a quienes juzgan. ¿Y quiénes son? Quienes hacen crítica en los suplementos, componen las Academias, ostentan cátedras... Y que pertenecen, en un 80% aproximadamente, al mismo sexo (adivinen cuál). Por cierto, qué curioso: ese 80% de críticos del mismo sexo, eligen reseñar libros cuyos autores pertenecen, también en un 80%, al sexo en cuestión. Por razones de calidad, claro, exclusivamente.

Esa es la “normalidad” imperante, en lo cuantitativo. Fijémonos ahora en lo cualitativo. Elogia usted a las mujeres que “no esperan favores y jamás lloriquearían”. Ensalza a Rosa Chacel, que “no sentía ningún complejo” y cuando fue candidata a la Academia “no le gustó tener que disputarse el sillón con otra mujer”. Está claro que para la “normalidad” de la que se hace usted portavoz, ser mujer es algo que rebaja. Competir con una de ellas es degradante y provoca admiración y sorpresa la que no está acomplejada por serlo.

¿”Normalidad”? Ocurre en las artes lo mismo que en cualquier otro ámbito: el sujeto supuestamente neutro, “normal”, en realidad es masculino. En lo laboral, por ejemplo, se concibe al trabajador como alguien siempre disponible, porque no asume cargas familiares. En arte, una obra “normal” es la que trata de la guerra o la caza de ballenas: aunque todos los personajes sean masculinos, nadie dirá que su autor “habla solo de su sexo”; se entiende que trata de la condición humana, pues el patriarcado confunde lo masculino con lo humano. Cuando las mujeres hacemos arte sobre las experiencias femeninas, en cambio, eso no se considera “normal”, sino “de mujeres”. Ahí está la paradoja: en reclamar una “normalidad” consistente en hacer como si el sexo no existiera..., mientras se mantiene un 'statu quo' en el que quienes juzgan pertenecen muy mayoritariamente a uno de los dos sexos, y aplican criterios sexuados.

En ‘Paradoja’, Marías aplica un modelo de argumentación al que ya nos tiene acostumbradas: lo ha utilizado en Trabajo equitativo, talento azaroso (20-11-16), Más daño que beneficio (25-6-17) o Lo terrible de estos crímenes (10-12-17). Consta de dos partes. En la primera, presentándose como “feminista” (sic), proclama su indignación ante la desigualdad. En la segunda, procede a explicarnos (con la especial legitimidad que le otorga su condición de feminista) en qué se equivoca el feminismo. Desigualdad, dice, la hubo... pero nunca afectó a las de verdad buenas (‘Más daño...’); la desigualdad laboral es inaceptable... pero la que se da en el ámbito artístico constituye un misterio insondable que no debemos criticar, ni intentar entender siquiera (‘Trabajo equitativo...’); los crímenes machistas son terribles... pero individuales: como sociedad, poco podemos hacer, de modo que casi mejor no hacer nada (‘Lo terrible...’). ‘Paradoja’ aplica el mismo esquema y aspira al mismo objetivo: que dejemos de criticar. Que el sexo de quien gobierna, gana premios o ingresa en la Academia “no sea objeto de comentario”.

Buena idea. Si no lo comentamos, no nos daremos cuenta de que el poder, el reconocimiento y los recursos los siguen acaparando hombres. El silencio es, qué duda cabe, la mejor manera de mantener intacto el ‘statu quo’, con sus jerarquías y sus privilegios. Pero mucho me temo, señor Marías, que no le vamos a hacer caso.

Laura Freixas es escritora. Su nuevo libro, ‘Todos llevan máscara. Diario 1995-1996’, saldrá en febrero en la editorial Errata Naturae. Es presidenta de honor de la asociación Clásicas y Modernas.

jueves, 16 de noviembre de 2017

#hemeroteca #mujeres #literatura | Las mujeres y la literatura

Las mujeres y la literatura / Virginia Woolf ; prólogo de Laura Freixas ; traducción de Marta Gámez Márquez y Violeta Sánchez Esteban.
Málaga : Miguel Gómez Ediciones, 2017 [11-16].
172 p.
Colección: Ítaca
ISBN 9788494773013 / 16 €

/ ES / EN* / ENS
/ Literatura - Historia y crítica / Mujeres en la literatura

Que Virginia Woolf es una maravillosa novelista, todo el mundo lo sabe; pero no siempre somos conscientes de que esta maravillosa novelista es también una maravillosa cuentista, diarista, autobiógrafa y ensayista. La calidad de sus ensayos (en el sentido inglés, que incluye los artículos), como los que ocupan estas páginas, es evidente: por algo se han traducido a tantas lenguas, por algo se siguen editando. Pero ¿en qué consiste, exactamente?, ¿cuál es su secreto? Yo creo que es doble. Por una parte, el impecable razonamiento que los sostiene, tan cartesiano, tan bien trabado; por otra, la engañosa suavidad de su envoltorio. ¡Qué estilo tan natural, tan sencillo! ¡Qué elegante ironía! ¡Qué tono coloquial pero mundano, como de charla en un salón!... La frase que mejor define, para mí, los ensayos de Virginia Woolf, es la famosa imagen con que Bernadotte (un militar francés convertido, en 1818, en rey de Suecia) explicaba cómo había que gobernar a los franceses: «Una mano de hierro en un guante de terciopelo». – Laura Freixas

Virginia Woolf (Adeline Virginia Stephen, 1882-1941) fue una figura representativa en la sociedad literaria de Londres. Formó parte del círculo de Bloomsbury, un conjunto de intelectuales británicos destacados en el terreno artístico y social, y se sitúa entre los grandes renovadores de la novela moderna. Pionera en la reflexión sobre la condición de la mujer, la identidad femenina y las relaciones de la mujer con el arte y la literatura, Virginia Woolf perfeccionó en sus obras el monólogo interior mediante el que se pretende representar los pensamientos de un personaje en su forma primigenia, en su fluir inconsciente. Escribió, además de varias novelas, una serie de ensayos acerca de la condición de la mujer en los que destacó la construcción social de la identidad femenina y reivindicó el papel de la mujer escritora.