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miércoles, 14 de agosto de 2019

#hemeroteca #homosexualidad #testimonios | Abdelá Taia, el niño pobre que despertó la conciencia homosexual en Marruecos

Imagen. El País / Abdelá Taia
Abdelá Taia, el niño pobre que despertó la conciencia homosexual en Marruecos.
El primer intelectual en salir del armario en su país es hoy un narrador sólido y prestigioso cuya obra trata de averiguar cómo ser marroquí y homosexual sin dejar de ser ninguna de las cosas.
Carlos Primo | Icon, El País, 2019-08-14
https://elpais.com/elpais/2019/08/13/icon/1565692195_262018.html

Asegura Abdelá Taia (Salé, 1973) que cuando era niño nunca pensó en convertirse en escritor, pero mucho menos en motivo de escándalo. El primer intelectual marroquí en salir del armario asumió su destino como algo dado. “Ser escritor era un sueño de niño pobre”, explica con motivo de la publicación de ‘El que es digno de ser amado’ (Cabaret Voltaire), una novela que, como gran parte de su obra, comienza en el Marruecos de su infancia. “Los sueños eran cosas que sucedían en la tele. Sabía que nunca se cumplirían, porque era verdaderamente muy pobre. Incluso cuando, más tarde, conocí a un suizo, ligué con él, terminé mis estudios de literatura francesa en Ginebra, me fui a París y empecé a escribir, seguí empeñado en la escritura, pero sin pensar que pudiera interesar a nadie”.

Todo cambió en verano de 2005. La televisión marroquí produjo una serie sobre artistas marroquíes en el extranjero, y Taia protagonizó un documental de 30 minutos. “Fue sensacional”, recuerda. “La gente en Marruecos vio que era un buen chico, humilde, sin arrogancia, que hablaba bien francés y había escrito un libro. Yo representaba un motivo de orgullo porque en el vídeo salía en París, en el Barrio Latino, paseando por el Louvre... Eso, para los marroquíes, son cosas importantes. Y pensaron que había triunfado. Así que pocos meses después, en enero de 2006, salió mi nuevo libro, fui a presentarlo a Marruecos y dije que era homosexual”. Y entonces el héroe se convirtió en escándalo.

Hace más de dos décadas que Taia vive autoexiliado en París, donde ha escrito y publicado una decena de novelas en francés, la mayoría de ellas publicadas en español en la editorial Cabaret Voltaire. Pero el desgarro, asegura, sigue intacto. “Cuando hice pública mi homosexualidad pasé mucho miedo. Un miedo físico, en las tripas, en la piel. Porque, en mi cabeza, los medios siempre están del lado del poder. En los medios solo hablan los poderosos, los ricos y algunos intelectuales muy asentados que son evidentemente burgueses”, denuncia. “Yo era pobre, hablaba de homosexualidad, de la sociedad marroquí, de supervivencia y de literatura, y de que estaba muy solo. Es cierto que la prensa marroquí estaba esforzándose por hablar objetivamente del tema, pero yo seguía estando solo”.

La situación paradójica de la vivencia homosexual en Marruecos es uno de los temas centrales de su obra. “En mi adolescencia algunas películas de Almodóvar se consideraban como ‘porno soft’, así que podían verse en salas de cine erótico a las que todo el mundo iba. Fue ahí donde vi, en programa doble, ‘La ley del deseo’ y ‘Átame’, que fueron muy populares. Incluso recuerdo haber visto ‘La ley del más fuerte’ de Fassbinder o ‘Les nuits fauves’. Películas que hablaban claramente de la homosexualidad. En un cine marroquí, en 1992. ¿Cómo llegaron allí? Es un misterio... pero hoy sería impensable”.

Desde su exilio parisino, Taia ha seguido de cerca la evolución del movimiento LGTB en Marruecos. “Para mí hay dos épocas bien diferenciadas”, explica. “A partir de 2004 o 2005, cuando yo empecé a hablar, hubo un periodo en que se permitió a la gente expresarse. Los periodistas marroquíes hacían autocrítica y comenzaban a hablar de forma objetiva de los homosexuales, la asociación LGTB fundó una revista en árabe y, en cierto modo, había una brisa de cambio que casi siempre procedía de la clase media o baja, a la que yo pertenecía”. El cambio llegó tras la primavera árabe de 2011, una época “de inmensa conciencia política”. “Posteriormente la sociedad evolucionó de otro modo, pero recuerdo que en Marruecos, durante el movimiento del 20 de febrero, una de las cosas que se pedían era la despenalización de la homosexualidad. Estaba en el programa. Hoy estamos en otro periodo en el que ha quedado claro que el poder, en Marruecos, no quiere cambios. Y no hablo del gobierno ni de los islamistas, sino de las estructuras de poder en general. De todos los poderosos. Antes del islamismo ya había una ley que criminalizaba la homosexualidad. Sin ir más lejos, los socialistas marroquíes no hicieron nada para cambiarla cuando gobernaron”.

Sin embargo, explica, la rígida legislación no impide una cierta libertad que ha encontrado un canal natural a través de las redes sociales. “Desde hace unos años hay algunas superestrellas de Youtube que son LGTB. Varios de ellos son transgénero. Para los legisladores, no existen. Pero hablan a millones de personas”. En los últimos tiempos, el activismo de Taia se ha vuelto más intenso. Especialmente desde la publicación, a finales del mes de julio de este año, de una tribuna en ‘Le Monde’ donde abogaba a favor de la despenalización de la homosexualidad en Marruecos.

De ahí no es difícil saltar a otra cuestión espinosa: la del mito de Marruecos como paraíso homosexual, fomentado durante buena parte del siglo XX por occidentales que acudían al país magrebí atraídos por el la leyenda de la extrema liberalidad marroquí, especialmente de puertas adentro. “No sé si Marruecos es un paraíso homosexual, aunque quizás lo fuera para Paul Bowles, Tennessee Williams o Jack Kerouac”, responde. “Bowles me encanta, pero lo que dice sigue la estela del orientalismo y del colonialismo e incluso de una cierta depravación muy anglosajona que consiste en ir en busca de salvajes para experimentar el paraíso primitivo. Pero esa gente no hizo nada para ayudar a los marroquíes, y mucho menos para ayudar a los homosexuales marroquíes. Iban para tener sexo barato con jóvenes marroquíes y fumar hachís. Así de claro”. Le preguntamos por otro ardiente defensor de la cultura marroquí, Juan Goytisolo, a quien Taia conoció. “Bueno, es que Goytisolo era otra cosa. Siempre defendió la cultura árabe, la defendió por escrito, escribió muchísimo acerca de ella y se le atacó por ello. Y sus libros están tan impregnados de la estructura y la estética de la cultura árabe que creo que conocía la cultura árabe mejor que yo, por ejemplo. Goytisolo no tiene nada que ver con Bowles o Kerouac. Hay que ser justos con él”.

¿Qué hay entonces de esa afirmación de que la homosexualidad, en Marruecos, se practica pero no se menciona? “Todo ser humano tiene la necesidad de follar, y da igual que esté en Sudán o en Austria o en Marruecos o en Chile. Así que uno se las apaña a pesar de la ley, las prohibiciones y los tabúes. Hay tabúes en todas partes, incluso en el mundillo literario de París, donde hay muchos homosexuales casados y en el armario. Los tabúes están mucho más arraigados en el alma humana que la ley. Luego están la ley y el poder, y la gente en Marruecos no es tonta. Sabe que si habla abiertamente va a la cárcel o se expone a las críticas. La ley no les obliga a ser hipócritas, sino a protegerse y a protegerse de la mirada de los otros, que podrían denunciarlos al poder. Así que, en lugar de hablar de sociedades musulmanas homófobas, porque no se puede tratar a toda una sociedad de un modo tan esencialista, hay que señalar a la ley. Y preguntarse por qué el poder no quiere dar la libertad a sus individuos, que deben robarla como pueden. Y no lo digo para defender a Marruecos. Pero un escritor debe profundizar y entender el contexto en el que se mueven las personas. Después de las revoluciones árabes han pasado muchas cosas, y ya no se puede hablar de estas sociedades del mismo modo que antes, desde ese cómodo orientalismo”.

En ‘El ejército de salvación’ (2006), que él mismo llevó al cine en 2013, Taia narra su llegada como inmigrante a Suiza. En 'El que es digno de ser amado', la voz del protagonista, Ahmed, ya no es solo la del niño marginado, sino la de un hombre en busca de un arraigo imposible. “Cuando llegué a París, en 1998, no tenía miedo. Deseaba conquistar la ciudad como los héroes de las novelas de Balzac o de Zola. No temía a los burgueses ni a las editoriales. Contacté con todo el mundo, no tenía vergüenza, era casi un arribista. En Marruecos, cuando veía un marroquí rico, me volvía pequeño. Pero en París no me sentía pequeño. Así que pasé de largo por el racismo. El racismo contra los árabes y los musulmanes no me afectaba. La vida no era fácil, a menudo no tenía ni para comer, pero no era grave, porque estaba en París, una ciudad donde incluso podía cruzarme con Isabelle Adjani”, bromea.

“Pero llegó un momento en que la soledad y las dificultades se tradujeron en ataques de pánico”, recuerda. “Si me preguntas, te diría que no me siento un exiliado. A veces me deprimo, pero me acuesto, duermo, me levanto y ya está. Nunca me dura más de dos días. En mi cabeza no soy un exiliado, pero el cuerpo tiene otra consciencia que acaba imponiendo su verdad al espíritu”, apunta. “Mi cultura y mis lecturas de Voltaire o Proust me protegen, pero solo mentalmente. Mi cuerpo sigue vinculado sentimentalmente a la lógica de otra tierra. Y el cuerpo, curiosamente, pide límites, que no son los del racismo, sino los que se experimentaban en la tierra natal”. Ese es el tema central de su novela más reciente, cuyo protagonista, Ahmed, al igual que Taia, ha pasado ya la cuarentena. “Tiene el corazón seco", explica. "Ha ido a la universidad, tiene cultura, habla bien, tiene un novio francés y cumple todos los requisitos para sentirse libre en el sentido francés del término. Y se da cuenta de que para volverse libre ha tenido que matar una parte de él, igual que, en Marruecos, tuvo que sacrificar una parte de sí mismo para que no le violaran o mataran por ser homosexual”. En ese punto no es difícil reconocer en el personaje a un trasunto del propio autor. “Yo, por ejemplo, tuve que dejar de ser afeminado para que los chicos no me insultaran”, recuerda. “Para existir tuve que dejar de existir, en cierto modo. Es algo muy propio de la vivencia homosexual, en la que a veces lo esencial no debe ser nombrado y la verdad no debe ser dicha para sobrevivir. A veces hay que inventar un espacio en el que existir sin existir”.

La literatura más reciente de Taia aborda esas cuestiones en un doloroso proceso de examen de identidad que, asegura, no mitiga los dilemas internos. “No por convertirnos en artista o escritor se resuelve todo en nosotros”, responde. “Los problemas, las neurosis, las heridas siguen ahí. El arte no cura las heridas. Roba la vida del artista, pero no la cura. Estoy convencido de ello. Para mí no hay efectos catárticos en la escritura”.

domingo, 11 de junio de 2017

#hemeroteca #testimonios | Goytisolo: malas calles, hombres, grifa y soledades

Imagen: El Mundo / Juan Goytisolo con Ibrahim en un café marroquí
Goytisolo: malas calles, hombres, grifa y soledades.
Buscó su identidad sexual en las calles de Barcelona. Coqueteó con un colombiano y con Raimundo.. Después se enamoró de Monique Lange.
Luis Alemany | El Mundo, 2017-06-11
http://www.elmundo.es/loc/2017/06/10/593abc05268e3ecf538b45a4.html

No debió ser fácil querer a Juan Goytisolo, sentir algo más cálido que el respeto temeroso ante esa mezcla escalofriante de distancia altiva y frágil timidez que mostraba al trato. Pero tampoco es fácil dejar de sentir fascinación por una historia llena de contradicciones y de transgresiones que el propio Goytisolo contó en sus dos libros de memorias, saltando en la narración de la primera a la segunda persona.

‘Coto vedado’, su primer libro autobiográfico, apareció en 1985. Es probable que sus primeros lectores apenas recuerden partes del libro, 32 años después, como el relato de las soledades de un muchacho básicamente homosexual en la España de los años 50. Algunas escenas están narradas con tanta crudeza y nitidez que, al leerlas hoy, dan ganas de entregárselas a un cineasta. A André Téchiné, por ejemplo.

Madrid, invierno de 1953. Goytisolo ha dejado Derecho, convencido de que su destino es escribir. Ha terminado ‘Juegos de manos’, su primera novela, y ha salido de Barcelona sin gran cosa que hacer, un poco por hacer tiempo y un poco para alejarse de la semiquiebra de la empresa de su padre, José María Goytisolo Taltavull. En Madrid no tiene ninguna obligación, de modo que sale de juerga. Su barrio es Argüelles y su compañía es una pareja de estudiantes colombianos, borrachuzos y descarados, con facilidad para el sablazo y afición a los prostíbulos. Una noche, Goytisolo sale con Lucho, el preferido de los dos colombianos. Beben tanto que el guión de la noche se vuelve confuso.

Al final de la madrugada, 'algo' inesperado y sin determinar pasa a la puerta de una taberna. Algo grave. Al día siguiente, el rumor de que alguien, aparentemente desconocido, ha abusado de la confianza y la integridad de Lucho llega hasta Goytisolo, aunque el escritor no recuerda nada.

Da igual: la noticia cae sobre él como una sentencia: esa intuición que el joven siempre había guardado en algún rincón de su cabeza ya es una certeza: Goytisolo pertenece a la "tribu de los malditos" de la que hablaba Marcel Proust.

Pero Lucho no tiene nada que reprochar a su amigo barcelonés: no se ha enterado de nada o quizá sea que no es tan inocente. Siguen saliendo juntos, sigue siendo especialmente cariñoso con él. Una noche, se encierran en el reservado de un bar con dos prostitutas. Cenan, beben y, después, empiezan a acariciar y besar a las dos mujeres. El escritor, que siempre tendía a comportarse con desinterés con las mujeres, encuentra combustible para el coraje sexual: Lucho le mira mientras actúa. Y él mira a Lucho.

Días después, al final de otra juerga colosal, Goytisolo mete a su amigo en la cama para que duerma la borrachera. Desde las sábanas, el colombiano le llama, "ven aquí, quédate conmigo", pero Goytisolo, que no ha bebido como su amigo, sospecha que le han tendido una trampa, una prueba que demostrará que es homosexual. Se aleja de Lucho aquella noche y, pocos días después, se va de Madrid y vuelve a Barcelona.

Aquel es el último Goytisolo inocente, el tipo aún formal aunque un poco raro al que sólo le faltan unos días para encanallarse. En casa, le espera un viejo amigo suyo, Carlos Cortés, que ha pasado por la cárcel. Con él, Goytisolo habrá de conocer los bajos fondos: los travestidos, los traficantes, los proxenetas, los chaperos... El descubrimiento le entusiasma. Empieza a frecuentar el Barrio Chino, a fumar grifa y, por primera vez, a encamarse con hombres que encuentra en 'malas calles'. Pero aún no está preparado mentalmente para romper ese tabú. Sus primeros encuentros homosexuales son gélidos, poco satisfactorios. Goytisolo vuelve a pensar que, quizá, él también sea normal.

No tuvo esa 'suerte'. Durante el verano, Goytisolo se aficiona a un bar de la Barceloneta abandonado ante el mar y frecuentado por gente del arrabal: El Varadero. Allí, entre otros personajes pintorescos, reina Raimundo, un gitano analfabeto y ex presidiario, sin domicilio claro ni familia, fuerte, bigotudo y extremadamente viril. La historia de su vida cambia cada vez que Goytisolo la escucha pero su estampa y su carisma le fascinan. El molde de todos los hombres que habrían de atraer a Goytisolo durante su vida estaba guardado en Raimundo. "Nunca me verás con un escritor ni con un hombre educado", le dijo al escritor a Jaime Gil de Biedma, algunos años después.

Raimundo tampoco se acostó nunca con Goytisolo. Una noche, al final del verano de 1953, después de beber durante horas y de despedirse, el escritor se presentó en su chabola pero su amigo lo acostó cariñosamente como a un hermano pequeño que llega a casa bebido. Como Goytisolo había hecho con Lucho en Madrid. Para otoño, Juan estaba camino de París. Aunque, a la vuelta, frecuentó el Varadero durante años, Raimundo desapareció del mapa.

París es otro de los grandes escenarios en la vida de Juan Goytisolo. Pero lo que nos interesa no es el viaje de 1953, propio de un joven pobre, confundido y más interesado por los libros y el comunismo que por la vida alegre, sino el de 1956, el año en el que el escritor barcelonés dejó España para no volver nunca más que como visitante. Uno de los desencadenantes de aquel exilio fue el interés que mostraba por él el comisario Juan Creix (el jefe de la Brigada Político Social en Barcelona), un personaje ambiguo y novelesco que un día empezó a preguntar por los gustos sexuales de Goytisolo.

Saltamos ahora a otro libro, ‘Los Goytisolo’ (Anagrama, 1999), la biografía de la familia que escribió el mallorquín Miguel Dalmau. Allí, el nombre de Monique Lange aparece por primera vez en la página 305 como si fuera Jean Seberg cantando ‘New York Herald Tribune!’ en una película de Godard. Encantadora, sonriente, con el pelo corto, culta, desprejuiciada... Todo lo contrario que las mujeres con las que Juan había conocido e ignorado en España hasta entonces. Dalmau, de hecho, cuenta que, hasta entonces, Goytisolo sólo había tratado con mujeres en los prostíbulos.

Lange era otra cosa. Trabaja en Gallimard, la editorial más prestigiosa de Francia. Su jefe, Dyonis Mascolo, había recibido noticia de la existencia de los libros de Goytisolo y lo había citado para una entrevista y a Monique le tocó recoger a Juan. El flechazo. La felicidad. El sexo. El primer viaje a Barcelona... Y la maldición que, una noche de juerga, deja caer la bruja mala sobre los enamorados.

La bruja mala de esta historia es el escritor Jean Genet y la anécdota ha sido contada mil veces. Genet le dijo a Goytisolo ante su futura mujer: "¿Es usted maricón?". "He tenido algunas experiencias". "¿Experiencias? Así habla un pederasta inglés".

Lange nunca debió de ignorar que a Goytisolo también le gustaban los hombres. Esta semana, Javier Rodríguez Marcos hablaba de la carta en la que el español le explicaba, un poco enrevesadamente, cuál era su conflicto. Lange le contestó con un "te quiero, tengo ganas de verte" y la pareja echó a andar. Pero no todo fue sencillo: ‘Casetas de playa’, la novela más conocida de Lange, presentaba a una mujer, más o menos abandonada en una playa de Normandía, que piensa en su marido, un escritor español exiliado que busca los barrios rojos de París, igual que los toros persiguen el capote de los toreros. El relato es triste, pero el problema no es la transgresión; el problema es el carácter insondable del escritor español, los complejos y tormentos que se intuyen pero que nunca pueden llegar a ser planteados.

Insondable es una buena palabra para explicar a Juan Goytisolo gay, cuya historia empezó como si imitara ‘Los Buddenbrock’ de Thomas Mann, siguió como si fuera una novela de Boris Vian y acabó como en un texto de algún escritor tangerino de los legendarios años 50 y 60. Cuando Monique Lange se murió, en 1996, Goytisolo se instaló en Marrakech. Allí, durante muchos años, se hizo acompañar de Ibrahim, un hombre indescifrable que siempre paseaba en silencio, dos pasos por detrás del escritor, en las salidas por la ciudad. Ibrahim es un hombre grande, viril y bigotudo, algo así como el descendiente de Raimundo, el de la Barceloneta, aparecido al otro lado del Mediterráneo 50 años después.

Una familia con problemas entre hermanos
Tras la muerte de Juan Goytisolo, el libro ‘Los Goytisolo’, que reconstruye el árbol genealógico de la familia catalana, vuelve a estar de actualidad y ayuda a comprender la relación entre los hermanos. Juan, José Agustín y Luis vivieron una madurez con una relación complicada y con la sombra de la enemistad planeando. Ellos tres llegaron a la edad adulta con el pesar de la muerte del cuarto hermano, Antonio, que falleció en el 27 por una meningitis. Era el primogénito y a él le seguía José Agustín, a quien el padre se 'saltó' en la cadena de herederos para alzar a Juan como su hijo predilecto. Así lo contó Goytisolo en el libro: "Fue puenteado, sus ojos oscuros fueron comparados con los ojos claros de Antonio, y a José Agustín se le impidió ser el primogénito. El trato de mi padre hacia él, un trato de indiferencia y de no reconocimiento, explicaría las dificultades y tropiezos psicológicos con los que mi hermano se encontraría a lo largo de su vida". Ni Juan ni Luis acudieron al entierro de José Agustín esgrimiendo distintas excusas. Luis es el único que queda vivo.

sábado, 10 de junio de 2017

#hemeroteca #testimonios | Goytisolo en su amargo final

Juan y su ahijado Jalid, 2014
Goytisolo en su amargo final.
La imposibilidad de escribir y la necesidad de dinero para costear los estudios de sus ahijados deprimieron al escritor.
Francisco Peregil | El País, 2017-06-10
http://cultura.elpais.com/cultura/2017/06/09/actualidad/1497010964_177086.html

Hace tres años Juan Goytisolo apenas contaba con medios para subsistir. Le era imposible costear los estudios de sus tres ahijados, algo que se había convertido en su razón de vida. Le fallaban las fuerzas para emprender una obra de envergadura y en abril de 2014 escribió el siguiente documento: “Mi decisión de recurrir a la eutanasia a fin de no prolongar inútilmente mis días obedece a razones éticas de índole personal. Desaparecida la libido y con ella la escritura, compruebo que ya he dicho lo que tenía que decir. Tampoco mi cuerpo da para más. Cada día constato su deterioro y antes que ese declive afecte a mi capacidad cognitiva prefiero anticiparme a mi ruina y despedirme de la vida con dignidad”. Y seguía: “La otra razón de la eutanasia es la de asegurar el porvenir de los tres muchachos cuya educación asumo. Me parece indecente malgastar los recursos limitados de que dispongo, y que disminuyen a diario, en tratamientos médicos costosos en vez de destinar este dinero a completar sus estudios. Por todo ello, escojo libremente la opción más justa conforme a mi conciencia y respeto a la vida de los demás”.

Goytisolo escribía siempre a mano y a mano firmó el documento. Se lo pasó al ordenador la persona que solía transcribirle muchos textos, Rafael Fernández, un profesor del Instituto Cervantes de Marrakech que murió de cáncer ese mismo año. Goytisolo estaba obsesionado con la educación de sus tres ahijados: Rida, que ahora tiene 23 años, Yunes, también 23, y Jalid, 18. Rida es hijo de su gran amigo Abdelhadi y los otros dos son hijos de Abdelhaq, hermano de Abdelhadi. Todos ellos, más la esposa de Abdelhaq, vivían con Goytisolo en un antiguo hostal, que el escritor compró en 1997. Formaban lo que él llamó su “tribu” y su tribu lo cuidó hasta el final.

En 2004 comenzó a tener dificultades económicas. El entonces director del Instituto Cervantes, César Antonio Molina, le facilitó giras de conferencias en la institución e intercedió para que le encargasen cursos de verano. A partir de 2007 El País pasó de abonarle los 250 euros que cobraba por artículo a asignarle una mensualidad de 3.000 euros. El sueldo lo percibió en Marruecos hasta el último momento, aunque no escribiera. “Una vez descontados los impuestos, le llegaban 2.200 euros, lo indispensable para vivir”, señala alguien próximo. Las fuentes que aparecen en este artículo sin nombre y apellido solicitaron expresamente mantenerse en el anonimato.

En 2014 Goytisolo asumía que su cuerpo no daba para más. Tenía 83 años, pero lo peor quedaba por venir. Siete meses después de escribir el documento de la eutanasia, en noviembre de 2014, se anunció la concesión del premio Cervantes, el más importante en lengua española, dotado con 125.000 euros. El problema es que Goytisolo se había opuesto en varias ocasiones a ese galardón. En enero de 2001, tras anunciarse el premio para Francisco Umbral, Goytisolo publicó un artículo en este diario titulado 'Vamos a menos' donde criticaba “la putrefacción de la vida literaria española” y “el triunfo del amiguismo pringoso y tribal”.

Goytisolo terminó aceptando el premio y ese hecho le hundió más en su depresión. Porque continuaba sin fuerzas para escribir y era consciente de que se había contradicho al aceptarlo. Sus íntimos insisten en que ni le deslumbraron los focos ni le atrajeron los honores. Pero ahora que contaba con dinero para los muchachos ya no le encontraba sentido a seguir viviendo. La víspera del 23 de abril, fecha de la entrega solemne del premio en Alcalá de Henares, llamó en Madrid a un amigo para que lo ayudara a comprarse un traje. Solo disponía de una corbata y decía que no conjuntaba con la camisa. Cuando el amigo llegó al hotel le dijo que no tenía fuerza ni ánimo para salir a la calle. Su familia deseaba hacerse una foto con los reyes de España. Pero él estaba tan perdido que no solo se olvidó de la foto, sino que al concluir el acto reparó en que ni siquiera había saludado a los reyes en su discurso.

Fractura de fémur
“Nunca cometió la vileza de decir que aceptó el premio por dinero”, recuerda un allegado. En 2016, una persona que sabía de su depresión lo invitó a París a pasar unos días. Goytisolo le entregó el documento de la eutanasia. Tras leerlo, le dijo: “Como amigo te pido que no lo hagas. Porque estos muchachos, aparte del dinero, tienen derecho a tenerte ahí. No se trata solo de que les pagues la carrera. Dicho esto, si quieres seguir adelante, entonces vámonos a un notario y lo dejamos todo resuelto para tu sucesión”.

Pero Goytisolo no fue al notario. Esa misma noche de principios de marzo lo llamó Carole, hija de su esposa, Monique Lange, escritora fallecida en 1996. Carole tenía 56 años, se había separado de su marido y pidió una suma al escritor. Juan Goytisolo, que otras veces la había ayudado, en ese momento le dijo que no disponía de fondos. No obstante, quedaron para cenar al día siguiente.

Pero ese día, al mediodía, Goytisolo recibió la noticia de que Carole se había suicidado. “Esa noche estuve con él”, relata este amigo, “y fue horroroso. Estaba ausente, con cien años más encima. Apenas podía caminar. Decidió volver a Marrakech al día siguiente, sin esperar el entierro de Carole. La familia de Carole estaba muy ofendida por el hecho de que no se quedara al entierro. Pero Juan estaba hundido”. El autor de 'Juan sin Tierra' volvió a Marrakech. Tres semanas después, coincidiendo con la Semana Santa de 2016, se cayó al bajar las escaleras del café de la plaza Yemáa el Fna donde solía acudir cada tarde. Se fracturó el cuello del fémur. Ingresó en la Polyclinique du Sud, aunque su seguro solo tenía validez en el Hospital de Barcelona.

Como su empeño era gastar el mínimo dinero posible en sí mismo con tal de dárselo a sus ahijados, Goytisolo se empeñó en salir de la clínica al cabo de dos días. Los médicos se negaban, porque padecía insuficiencia respiratoria y flebitis. Y además, sufría unos dolores espantosos a causa de la rotura del fémur. Sin embargo, se marchó del centro. Y esa misma noche, en su hogar, quedó al borde de la muerte. El embajador de España en Rabat, Ricardo Díez-Hochleitner, y la cónsul honoraria de Marrakech, Khadija Elgabsi, lograron que la clínica lo readmitiera, aun sin pagar la garantía. Quienes lo vieron salir aquella noche de casa en camilla por los callejones de la medina aseguran que iba más muerto que vivo.

Goytisolo solo aguantó tres días en el centro médico. Sin embargo, lograron convencerle para que tratarse sus enfermedades con el seguro en España. Llegó a Barcelona en abril de 2016 y permaneció un mes internado. Varios amigos, miembros de su familia española, como su sobrina Julia —musa del poema 'Palabras para Julia', de José Agustín Goytisolo— y empleados de la agencia literaria Carmen Barcells se turnaron para cuidarlo en el Hospital de Barcelona y en un centro de rehabilitación. Con todo, él quiso regresar a Marrakech.

Estuvo varios meses con la movilidad bastante reducida. Y el 18 de marzo de 2017 sufrió un ictus cerebral. Entró por urgencias en la Clínica Internacional de Marrakech. “Los médicos me dijeron que lo más probable era que muriese a lo largo de la madrugada”, relata la cónsul honoraria de Marrakech, Khadija Elgabsi. “Sin embargo, por la mañana recobró la conciencia y me pidió hablar con su amigo José María Ridao”. Contactado por teléfono en París, el escritor y diplomático comenta que Goytisolo estaba un poco desorientado esa mañana. “Me contó lo mal que lo había pasado. Hablaba con una leve dificultad, pero su voz era firme”.

Una vez más, Goytisolo decidió marcharse. Dejó el hospital a los tres días, contra el criterio de todos los médicos. Dos días después de llegar a casa perdió el habla y a los cuatro, la capacidad de moverse. En la madrugada del pasado domingo falleció. Su compañero Abdelhadi nos explicaba horas después en su casa: “Últimamente tenía dificultades para respirar. Pero murió tranquilo, en su cama”.

Este es el drama que cargaba sobre sus espaldas el hombre ataviado con corbata verde a rayas que el 23 de abril de 2015, durante la lectura de su discurso, preguntó: “¿Cuántos lectores del Quijote conocen las estrecheces y miseria que padeció [Cervantes], su denegada solicitud de emigrar a América, sus negocios fracasados, estancia en la cárcel sevillana por deudas, difícil acomodo en el barrio malfamado del Rastro de Valladolid con su esposa, hija, hermana y sobrina en 1605, año de la Primera Parte de su novela, en los márgenes más promiscuos y bajos de la sociedad?”.

Goytisolo logró reparar, al menos, la injusticia social que padecieron todos los miembros y ancestros de su tribu, condenados a la pobreza y el analfabetismo. Hoy, Jalid ha concluido un ciclo de formación profesional, Rida estudia cine en Marrakech y Yunes ha terminado este mes en Francia una carrera de ingeniería.

lunes, 5 de junio de 2017

#hemeroteca #testimonios | Juan Goytisolo: La heterodoxia como religión

Imagen: El Mundo / Juan Goytisolo
La heterodoxia como religión.
Luis Antonio de Villena | El Mundo, 2017-06-05

http://www.elmundo.es/cultura/literatura/2017/06/05/59350da2e2704e3b328b4629.html

Era Juan Goytisolo Gay un hombre de aire levemente entre tímido y huraño. Como si temiera, pese a su valentía en tantas disidencias. Lo traté más cuando la publicación de ‘Coto vedado’ (1985), su primer libro de memorias, en cuya presentación participé. Afable, Juan sólo lo era con los incondicionales. El gran heterodoxo no llevaba bien la heterodoxia a su respecto. A mí siempre me pareció muy estrecha su interpretación o valoración de la literatura española (hay que añadir latinoamericanos, como Lezama, ahí más generoso) que iba del Arcipreste a Manuel Azaña, pasando por ‘La celestina’, ‘La lozana andaluza’ y Blanco White. Me dejo muy poco. De su generación hablaba de Gil de Biedma, porque fue un amigo juvenil.

Hermano de escritores, nacido en Barcelona el 6 de enero de 1931, todos sufren la muerte de su madre Julia, en 1938, a causa de un bombardeo franquista. Estudiante de Derecho que lo deja pronto, la disidencia de Goytisolo es antifranquista y a favor de muchas marginalidades, al ser él mismo homosexual. Dentro del realismo crítico de la época, publica su primera novela en 1954, ‘Juegos de manos’, seguida de ‘Duelo en el paraíso’ (1955) o de los cuentos -editados en Buenos Aires- de ‘Para vivir aquí’.

Harto de la España cerrada, se va a París, donde ya se instala en 1956. Tiene mucha suerte porque traba amistad y más, con Monique Lange, una escritora acaso minoritaria, pero mujer con un inmenso poder literario desde Gallimard. Es lógico que Goytisolo le estuviera siempre muy agradecido, pues por ella entra en contacto con su más admirado heterodoxo, Jean Genet, quien incita -incluso con bromas- a Juan para que ‘salga del armario’, como se cuenta en el librito ‘Jean Genet en el Raval’. Entre 1969 y 1975 ejerce como profesor de español en universidades de EEUU. Para entonces (con Benet y Martín Santos) se ha convertido en uno de los renovadores de la novela española con ‘Señas de identidad’ (1966) que inicia una trilogía que ahonda en la ruptura: ‘Reivindicación del conde don Julián’ (1970) y ‘Juan sin Tierra’ (1975), novelas de estilo conciso, lírico, roto, con saltos y cesuras... El camino será perfeccionado en ‘Makbara’ (1980), ‘Las virtudes del pájaro solitario’ (1988) entre otras, hasta el más homoerótico de sus libros ‘Carajicomedia’ de 2000. De 2008 es ‘El exilado de aquí y de allá’, su última obra.

La heterodoxia plural de Juan Goytisolo halla su centro en el mundo islámico, Tánger primero (aunque no era nada devoto de Bowles y compañía) y luego en Marrakech y en su célebre plaza de cuentacuentos, donde se instalará definitivamente en 1996, tras la muerte de Lange. El viaje de Goytisolo al mundo musulmán (véase su serie de televisión ‘Alquibla’ de 1988, dirigida por Rafael Carratalá) se amplía al sufismo, a los derviches giróvagos o al medineo, pero comienza en la antigua naturalidad para las relaciones masculinas. Juan vivía -y ha muerto- con la familia de su antiguo compañero, Abdelhadi, que no había sido el primero.

Supongo que seguiría con no escasa perplejidad la deriva islamista actual, lejos del Islam que conoció en París y en Marruecos a fines de los 60. Ensayista polémico, de ‘Furgón de cola’ (1976) a ‘Lucernario’ (2004), sus modelos hispánicos serán Luis Cernuda, Américo Castro, y antes Blanco White, todo un plantel de disidencias distintas. A partir de 2002, con el Premio Octavio Paz y en 2004 el Juan Rulfo empieza su reconocimiento latinoamericano e internacional de escritor comprometido sin partidos ni etiquetas. En España es muy conocido, pero no premiado. Alguna vez ha desdeñado los premios de aquí, pero el broche total de su carrera será el Cervantes en 2014, aunque años antes había dicho que no lo querría.

Su último opúsculo una pequeña colección de poemas, ‘Ardores, cenizas, desmemoria’ de 2012. Ya un tiempo en silencio ha sorprendido la noticia de su muerte en Marrakech, «por causas naturales» el 4 de junio de 2017. Poco después se ha dicho que será enterrado en Larache en un cementerio ahora civil, donde está Jean Genet y que cobijó a antiguos legionarios españoles. Amor a la marginación y afán heterodoxo siempre se echan de menos.

Juan Goytisolo, escritor, nació en Barcelona el 6 de enero de 1931 y murió el 4 de junio de 2017 en Marrakech.

#hemeroteca #inmemoriam | Amigos de las dos orillas del Mediterráneo despiden a Juan Goytisolo

Imagen: El País / Cementerio civil de Larache
Amigos de las dos orillas del Mediterráneo despiden a Juan Goytisolo.
Los restos del escritor fueron sepultados en el cementerio civil de Larache.
Francisco Peregil | El País, 2017-06-05
http://cultura.elpais.com/cultura/2017/06/05/actualidad/1496684469_396515.html

Un sol indulgente y cordial recibió a Juan Goytisolo en el cementerio civil de Larache, frente al océano atlántico y muy cerca de su amigo y referente literario Jean Genet. Para cumplir con su voluntad —Goytisolo no quería ni regresar a España ni ser enterrado en un cementerio cristiano—, sus amigos lo llevaron en su último viaje hasta esta ciudad, a media hora desde Tánger —donde le gustaba veranear— y a unas seis horas desde Marrakech, donde murió en la madrugada del domingo en su cama, a cinco minutos caminando desde la plaza de la Yemáa el Fnaa.

Allí estaban buena parte de los amigos de París y Marrakech que lo arroparon durante los últimos años. La cónsul honoraria de Marraquech, Khadija Elgabsi comentó: “Juan ha sido el mejor puente entre España y Marruecos. En la última etapa estaba muy triste porque El País le llegaba por correo tarde, solo una vez por semana. Me confesó: ‘Me da pena no poder leer mi periódico todos los días y no poder escribir’. Yo le dije: ‘Si quieres yo te traigo una grabadora y luego ya hay gente que pueden transcribirlo’. Y me contestó: ‘No, para mí la escritura va ligada a la mano”.

“Su fuerza”, añadió Elgabsi, “consistió en saber integrarse en un barrio complicado de Marrakech. Su grandeza fue adaptar la cultura que tiene a esa gente de la Medina y de la plaza que en su mayor parte es analfabeta. Hablaba el dariya, el árabe dialectal de Marruecos. Tenía una libreta para apuntar sus expresiones en dariya. Y las estudiaba por su interés de entender a la gente, de llegar a ellos. He conocido a muy pocas personas que tengan tanto interés por las causas perdidas. Nadie se pelea por algo donde no gana nada. Y sin embargo, él se empeñó en que la ONU declarase la plaza de la Yemáa el Fnaa Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad. A lo mejor si él no hubiera planteado esa batalla, hoy tendríamos un gran supermercado en la plaza. Él tenía la inquietud de mirar más allá, 40 ó 100 años más tarde. Y sabía involucrar a la gente. Él era muy amable, muy abierto y al mismo tiempo reservado. Tenía una combinación rara, pero era Juan”.

Alin Schulman, su traductora al francés desde hace más de 50 años, fue muy breve en sus palabras ante el féretro. Solo parafraseó unos versos de Federico García Lorca: “Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace, un español tan claro y tan rico en aventuras”. Justo antes de esas palabras, en el mismo poema, Lorca escribió: “La tristeza que tuvo tu valiente alegría”.

Schulman recordó que cuando lo conoció, de joven, Goytisolo era más hermético en su literatura y más egocéntrico como persona. “En los 12 últimos años Juan venía mucho a mi casa en París, al menos dos veces por año. Yo tenía la impresión de tener toda la biblioteca de autores españoles ahí delante de mí”. La traductora recuerda cómo fue cambiando el autor y el hombre a lo largo de medio siglo. “De joven era conversador y polemista. Pero lo de la polémica se le fue pasando un poco con la edad. En 2011 estaba muy alegre con la Primavera Árabe. Pero poco a poco se dio cuenta de que lo que él esperaba de ese movimiento al fin no llegó. Y ahí perdió también un poco del gusto por la polémica”.

“Con los años se fue haciendo mucho más humano”, añadió Schulman, “estaba más interesado en los demás. Al principio, como tantos jóvenes, era retraído, ensimismado, no pensaba más que en sí. Y después ya se preocupaba por los niños, los hijos, como él llamaba a los hijos de su compañero y del hermano de su compañero”.

En cuanto a su literatura, Schulman señaló: “Yo traduje al principio 'Don Julián' sin entender de qué se trataba esa novela. Tardé diez años en entenderla realmente. Mientras que el último, 'Telón de boca' (2003), es para mí el libro más bello de Juan, porque está toda la tristeza, está toda su relación humana con su esposa que acababa de morirse, su relación con Tolstoi. Una relación que ya no es política, es humana”.

El pintor Murabiti Mohamed, en representación de los artistas de Marrakech, comentó: “Le echaremos de menos, pero no solo en nuestra ciudad, sino en Marruecos. Para los intelectuales de Marrakech Juan era más que un escritor, un padre espiritual. No faltaba a ninguno de nuestros encuentros. Perdimos a uno de los nuestros”.

Desde Marrakech, el pintor Hassan Bourkia recordaba a este diario que su amigo Juan Goytisolo siempre estuvo al lado de los vencidos, ya fuera en España, en Bosnia, en Marruecos, en Turquía… “Él ha abierto muchas ventanas en Marruecos hacia la literatura en español y universal”.

Finalmente, su amigo íntimo y albacea, el escritor y diplomático José María Ridao leyó ante el féretro un párrafo de las últimas páginas de su autobiografía 'En los reinos de taifa': “El expatriado ha orientado sus pasos por el laberinto de la Alcazaba, cruzado jardines y espacios verdes del Marshan, alcanzado la plaza de la Maternidad y zigzagueado hasta el mirador altivo de la Jatifa. Un sol indulgente, cordial, invita a sentarse en las mesas distribuidas en la pendiente a lo largo de las terrazas floridas: nidos de espeso verdor, a cobijo de toda mirada indiscreta, en los que solitarios, grupos, parejas, fuman, leen, divagan, paladean un té con menta ovillados en la tibieza y ociosidad”.

En el libro de condolencias que el Instituto Cervantes de Marrakech abrió en la ciudad, alguien escribió: “Que la tierra le sea leve a Juan sin Tierra”.

#hemeroteca #inmemoriam | Juan Goytisolo, escritor libre y heterodoxo, muere en Marrakech

Juan Goytisolo, escritor libre y heterodoxo, muere en Marrakech.
Su vida nómada y universal se reflejó en su prolífica obra literaria con más de 150 títulos.
Carmen Sigüenza / Javier Lizón | Noticias de Gipuzkoa, 2017-06-05
http://www.noticiasdegipuzkoa.com/2017/06/05/ocio-y-cultura/juan-goytisolo-escritor-libre-y-heterodoxo-muere-en-marrakech

El escritor e intelectual Juan Goytisolo, fallecido en la madrugada del domingo en Marrakech, es uno de los nombres que han dibujado la cumbre de la literatura española, un autor cervantino con una voz crítica y heterodoxa, además de practicante de la incorrección política, desde que se exilió en París en 1956. Nacido en Barcelona en 1931, está considerado también un “interlocutor entre la cultura europea y la islámica”; no en vano, vivió en Marrakech desde los años ochenta.

Pero antes sus pasos le llevaron a EEUU, donde impartió clases en California, Boston y Nueva York. Una vida nómada y universal que también se refleja en su literatura. Carlos Fuentes lo consideraba como “uno de los mejores escritores del mundo”, y él mismo se había clasificado como alguien “anómalo como todo creador” y de “nacionalidad cervantina”.

Nacido en el seno de una familia vasco-cubana, Juan era hermano del poeta José Agustín Goytisolo, fallecido en 1999, y del también escritor y académico Luis Goytisolo.

Licenciado en Derecho por la Universidad de Barcelona, tras la publicación de sus dos primeras novelas, ‘Juegos de manos’ (1954) y ‘Duelo en el Paraíso’ (1955), se marchó a París, donde estuvo hasta 1969. Allí fue asesor literario de la prestigiosa editorial Gallimard, y conoció a la fallecida Monique Lange, la novelista y guionista con quien se casó en 1978 y quien introdujo en Francia a autores como Luis Goytisolo o Jesús Fernández Santos.

Autor de más de 50 títulos, la mayoría traducidos al inglés, Goytisolo cultivó la novela, el ensayo, la literatura de viajes, el cuento y las memorias, una creación marcada siempre por el compromiso y la libertad.

Títulos como ‘Fin de fiesta’ y una de sus obras míticas y de mayor impacto, ‘Señas de identidad’, y, tras ellas, ‘Juan sin tierra’, ‘Disidencias’, ‘Makbara’, ‘Paisajes después de una batalla’ y ‘Coto vedado’, donde habla abiertamente de su homosexualidad.

Asimismo, ‘Duelo en el paraíso’, ‘Reivindicación del conde don Julián’, ‘Crónicas sarracinas’, ‘Las virtudes del pájaro solitario’, ‘Carajicomedia’ y ‘Telón de boca’ dejan constancia de una obra que atraviesa géneros y fronteras.

Premio Cervantes
Reconocido con premios como el Nacional de las Letras, el Premio Formentor, el Europalia de Literatura, el Octavio Paz, el Juan Rulfo de Guadalajara (México), el Rachid Mimumi de París a la tolerancia y a la libertad, y el Nelly-Sachs (Dortmund, Alemania, 1993), Goytisolo siempre lamentó que la mayoría de los premios se los dieran fuera de España.

El Premio Cervantes, que recogió en 2015 en una solemne ceremonia en donde también mostró su lado iconoclasta, al ir vestido de traje de calle, en lugar del chaqué que sugiere el protocolo, puso el broche de oro a toda su carrera, vertebrada por su idea de la creación y también por un autor, Cervantes, quien en palabras de Goytisolo “fecundó la totalidad de la novela europea”.

En cuanto a la creación, Goytisolo fue siempre muy claro: “No hay corrección política. Ocurre lo mismo que con las fantasías sexuales de cada uno, que no tienen que pasar por ninguna corrección”, decía.

Su obra, prohibida en España por la censura franquista desde 1963, pasó por el realismo social de los 50, con un pensamiento muy crítico con el sistema burgués, y siguió en el trazo de una literatura moderna y muy heterodoxa que ha llegado hasta la actualidad.

Defensor de los derechos de las mujeres, de los homosexuales, de los desposeídos del Tercer Mundo y de todas las minorías, también dedicó varios ensayos a referentes suyos como Blanco White, Manuel Azaña o Américo Castro.

Goytisolo reivindicó también una transición cultural para España. “La Transición política cambió el rumbo de la sociedad española, pero no ha ido acompañada de una transición cultural”, recalcó en varias ocasiones el escritor, que en su discurso de agradecimiento del premio Cervantes hizo un guiño a Podemos, al decir: “Digamos bien alto que podemos”.

jueves, 31 de octubre de 2013

#libros #literatura | PornoBurka : desventuras del Raval y otras f(r)icciones contemporáneas

PornoBurka : desventuras del Raval y otras f(r)icciones contemporáneas / Brigitte Vasallo ; prólogo de Juan Goytisolo
Barcelona : Ediciones Cautivas, 2013
172 p.
ISBN 9788461661749 [2013-10]

/ ES / NOV / Open Access
/ Barcelona / Bisexualidad / Feminismo / Literatura / Sexualidad / Teoría queer
TEXTO COMPLETO | Perderelnorte.com 2015-04-13
http://perderelnorte.com/pornoburka/pornoburka/

“PornoBurka” es un corte de mangas ante la impostura como forma de vida, articulado sobre cuatro personajes: una pornoterrorista encandilada por su macho alfa, un español de provincias transmutado en argentino, una estrella del pop gay aunque bisexual y un artista xenófobo enamorado de un frutero pakistaní. El escenario, el barrio barcelonés del Raval, antiguo bajo fondo reconvertido en barrio de moderneo, emerge como metáfora de la sustitución de la vida en favor del espectáculo, de la ocultación de la mierda bajo la alfombra como lema.

En este clima, en el barrio aparece un burka. Y todos olvidan su propio hundimiento y se lanzan a salvarlo, a liberarlo sin preguntarse jamás qué hay debajo, sin atreverse a mirar: metáfora de la gran pornografía de la ocultación (no del cuerpo, sino del ser), del sometimiento a las servitudes (no de la cultura, sino de la pertenencia), de todos los ejercicios cotidianos del «soy» y «seré» en detrimento del «estoy siendo».

ENLACES
Perder el norte | PornoBurka

http://perderelnorte.com/pornoburka/
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DOCUMENTACIÓN
'Burkas' en el sexo ajeno
Brigitte Vasallo | Blog Eros, El País, 2013-11-08

http://blogs.elpais.com/eros/2013/11/pornoburka-desventuras-del-raval-y-otras-fricciones-contempor%C3%A1neas-in-progress.html

viernes, 31 de julio de 2009

#libros #jeangenet | Genet en el Raval

Genet en el Raval / Juan Goytosolo
Galaxia Gutenberg, Barcelona : 2009 [07]
160 p.
Colección: Ensayo
ISBN 9788481098259 / 19,50 €
/ ES / BIO / REC / ENS
/ Barcelona / Jean Genet / Historia - Siglo XX / Literatura / Raval / Testimonios

"Genet me enseñó a desprenderme poco a poco de mi vanidad primeriza, del oportunismo político, del deseo de figurar en la vida literario-social, para centrarme en algo más hondo y difícil: la conquista de una expresión literaria propia, mi autenticidad subjetiva". Esta confesión, extraída del segundo volumen de sus memorias personales, “En los reinos de taifa”, define bien a las claras la importancia que el autor de “Diario del ladrón”, tuvo, tiene y tendrá en la gestación de la obra y en la formación de la personalidad de Juan Goytisolo.

Los diferentes ensayos que componen este libro, escritos a lo largo de varios años, dan testimonio de esta amistad y lo dotan de una coherencia inusitada. Un artículo reciente sobre las andanzas del joven Genet en el barrio barcelonés del Raval, en los años treinta, da paso al capítulo del segundo volumen de memorias de Goytisolo. Una reflexión sobre el Genet más radical acompaña la lectura de uno de sus libros más importantes, 'El cautivo enamorado'. Completa el volumen un valioso documento inédito: un conjunto de cartas de Genet a Goytisolo, escritas entre 1958 y 1974.

SUMARIO
1 / Genet en el Raval
2 / El territorio del poeta
3 / Genet y los palestinos
4 / El poeta enterrado en Larache

El Raval de Juan Goytisolo
El escritor publica un libro con cartas inéditas del autor francés Jean Genet
Rosa Mora | El País, 2009-09-02
http://elpais.com/diario/2009/09/02/cultura/1251842403_850215.html

Jean Genet (París, 1910-1986), escritor maldito, primero, y que se rebeló contra el orden establecido tanto en lo social y político como en lo artístico y moral, marcó en el antiguo Barrio Chino de Barcelona un territorio moral: robo, prostitución masculina, humillaciones... "Caído en la abyección, Genet decide asumirla y convertirla en virtud suprema". 

Lo cuenta Juan Goytisolo (Barcelona, 1931) en Genet en el Raval (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores), que ayer presentó en la capital catalana. 

"Al horror que él sentía por la vanidad literaria le debo mi manera de ser. Genet, que distinguía entre literatura y vida literaria, cambió mi relación con la literatura". Goytisolo le conoció en París en 1955, en casa de Monique Lange, que durante un tiempo fue su esposa y siempre su amiga. 

“Genet en el Raval” reúne cuatro ensayos ya publicados. El primero, que da título al libro, apareció en el suplemento Babelia en enero de este año. “El territorio del poeta” pertenece a su volumen autobiográfico “En reinos de Taifa”; “Genet y los palestinos” procede de “Contra las sagradas formas”, y “El poeta enterrado en Larache” se incluyó en “El bosque de las letras”. 

Leídos en su conjunto dan una visión muy personal de Goytisolo sobre el escritor francés y su obra. “Genet y los palestinos”, por ejemplo, es un sugerente análisis sobre el libro póstumo “Un cautivo enamorado”, que fue incomprendido y rechazado por la crítica francesa. 

El escritor francés estuvo en Barcelona entre noviembre de 1933 y abril de 1934. Fue una experiencia iniciática, cuenta Goytisolo. Le entusiasmaban las “locas” españolas, decía que eran muy audaces. 

Goytisolo relata algunas anécdotas que no tienen desperdicio, como cuando después de mantener sexo con un carabinero le robó su capote, o cómo la primera vez que se vistió de mujer, con un traje de faralaes, se lo pisaron y se rompió. 

Genet recibió, un par de años antes de morir, el Premio Nacional de Literatura francés. "Le gustó aún menos que a mí [se refiere al Nacional de las Letras que le dieron en 2008]. Envió a un niño marroquí que trabajaba en un circo, vestido de acróbata, a recogerlo". 

Juan Goytisolo rechazó recientemente el Premio Internacional de Novela, dotado con 150.000 euros. "Estaba dotado por el régimen libio. Dicen que el dinero no tiene olor, pero para mí sí lo tiene". 

También La Rambla y el Barrio Chino fueron y son un territorio especial para Goytisolo. Empezó a frecuentarlo a partir de 1949. "En la Barcelona de aquella época en la que primaba el nacionalcatolicismo y se oprimía la cultura catalana, las únicas zonas interesantes eran las trastiendas de algunas librerías y el ahora llamado Raval, que era una zona de libertad. Recuerdo las canciones obscenas y anticlericales que se cantaban en el bar Cádiz. Cuando llevé a Monique no podía imaginar que en la España de Franco pudiera existir un islote de libertad como el del Barrio Chino". 

"Cuando estoy en Barcelona no se me ocurre otra cosa que pasear por La Rambla. Durante la última etapa de José María Aznar, cuando atacaba tanto a Cataluña, dije que si seguía así me haría independentista de La Rambla y del Chino". Goytisolo destacó, además, las "extraordinarias fotos de prostitución" que El País publicó ayer [por anteayer]. "No ha cambiado nada. La historia del Chino continúa. Las ordenanzas no sirven para nada". 

La guinda del libro son las cartas escritas por Genet a Goytisolo, entre 1958 y 1974. Son siete y son inéditas. La primera, de 1958, es de armas tomar. La encabeza así: Juana la Maricona, le llama "querido marica" y besa "suavemente sus bellos ojos claros". "Genet se dirigía así a los heterosexuales, con un tono entre peyorativo y burlón. Cuando, como se dice ahora, salí del armario, a Genet le pareció muy divertido y mostró cierta admiración". La tercera, de 1968, sobre la Primavera de Praga, muestra su peculiar opinión: "Ante la catástrofe nacional, el corazón de las putas se parte y vigoriza", dice entre otras cosas. 

"Genet era así en lo cotidiano". También solía llamarle el "concubino de Lange" o el "Hidalgo de Lange". ¿No le da cierto corte que se publiquen cartas como la de 1958? "Si a mi edad tengo vergüenza es que no he aprendido nada en la vida". 

La correspondencia de los años setenta se extravió en algunos de los numerosos viajes de Goytisolo. La séptima carta que se incluye en este libro apareció misteriosamente en la Universidad de Yale. El escritor aún no sabe cómo llegó allí. 

Otra parte de las cartas fue sustraída durante una exposición en Almería. "Se las llevó un cleptómano que tuvo la delicadeza de dejar fotocopias". ¿Ha intentado saber quién fue? "No, yo no hago de policía". 

DOCUMENTACIÓN
“Genet en el Raval”, de Juan Goytisolo: un poeta en el barrio chino
José Ramón Martín Largo | La República, 2013-05-21
http://www.larepublica.es/2013/05/genet-en-el-raval-de-juan-goytisolo-un-poeta-en-el-barrio-chino/
Genet en el Raval
Diego Medrano | El Comercio, 2009-10-24
http://www.elcomercio.es/20091024/cultura/genet-raval-20091024.html
Genet a Goytisolo: "¿Quiere traducir usted los Funámbulos, mi querido marica"
Cartas de “Genet en el Raval”, por Juan Goytisolo
El Cultural, El Mundo, 2009-09-04
http://www.elcultural.es/revista/letras/De-Genet-a-Juan-Goytisolo/25785
Juan Goytisolo publica “Genet en el Raval”
José A. Muñoz | Revista de Letras, 2009-09-02
http://revistadeletras.net/juan-goytisolo-publica-genet-en-el-raval/
Goytisolo ensalza el Raval 'rebelde' donde Genet robó y se prostituyó
El escritor ha presentado en Barcelona su libro 'Genet en el Raval'. En el Raval hay una 'continuidad histórica' con ese Barrio Chino de Genet. Recoge ensayos y correspondencia entre los dos escritores. Jean Genet subsistió mendigando, prostituyéndose y robando en la ciudad.
Rossi García | EFE | El Mundo, 2009-09-01
http://www.elmundo.es/elmundo/2009/09/01/barcelona/1251814219.html
Juan Goytisolo evoca el Barrio Chino de su juventud en “Genet en el Raval”
Europa Press, 2009-09-01
http://www.europapress.es/cultura/noticia-juan-goytisolo-evoca-barrio-chino-juventud-genet-raval-20090901145715.html
Juan Goytisolo repasa la vida de Jean Genet en su nuevo libro
Narra, en 'Genet en el Raval', las aventuras del escritor francés en la Barcelona de los años treinta
EFE | La Vanguardia, 2009-08-30
http://www.lavanguardia.com/cultura/20090830/53775253398/juan-goytisolo-repasa-la-vida-de-jean-genet-en-su-nuevo-libro.html
La santidad de Genet
La prostitución, el robo, la miseria y las humillaciones formaban parte de la cotidianidad en el Barrio Chino de Barcelona, en los años treinta, que Jean Genet narró de manera descarnada en Diario del ladrón. El escritor Juan Goytisolo, que conoció bien al autor francés, repasa la potente influencia que tuvo esa época en su obra posterior.
Juan Goytisolo / Jean Genet | Babelia, El País, 2009-01-03
http://elpais.com/diario/2009/01/03/babelia/1230943152_850215.html
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AUDIOVISUALES
TV3 | Genet al Raval
http://www.ccma.cat/tv3/alacarta/programa/Genet-al-Raval/video/4854431/
CatalanFilmsBD | Genet en el Raval
http://www.catalanfilmsdb.cat/es/producciones/documental-television/genet-en-el-raval/3457
Documental sobre las vivencias del escritor francés Jean Genet en Barcelona, ciudad en la que vivió de 1933 a 1934, cuando él tenía 23 años. A partir del libro homónimo de Juan Goytisolo y de los textos del propio Genet, el documental recorre los lugares que el escritor frecuentó, principalmente el Barrio Chino (hoy “El Raval”) y los cabarets y locales donde se reunían homosexuales y travestidos. Sus experiencias en la Barcelona más marginal de la época marcaría gran parte de su obra ("Querelle de Brest", "Diario del ladrón", "Nuestra Señora de las Flores").
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Y TAMBIÉN…
La Barcelona putrefacta de Jean Genet
Roser Messa Freixas | Cosas de Absenta, 2012-10-28
http://srabsenta.blogspot.com.es/2012/10/la-barcelona-putrefacta-de-jean-genet.html
Sant Genet, homosexual i màrtir
E. Cerdán Tato | El País, 2012-05-30
http://ccaa.elpais.com/ccaa/2012/05/30/valencia/1338390648_884734.html
Cuando Genet se prostituía en el Raval
El balcón, de Jean Genet, se desarrolla en un burdel de lujo, donde los tipos más vulgares van a materializar sus fantasías más secretas: ser un juez, ser un general o ser un obispo.
Antonio Astorga | ABC, 2010-04-06
http://www.abc.es/hemeroteca/historico-06-04-2010/abc/Cultura/cuando-genet-se-prostituia-en-el-raval_124669629586.html
Barcelona, entre Le Corbusier y Genet
El Macba presenta las obras de su colección que reflejan la dicotomía entre los dos creadores y la relación entre práctica artística y espacio urbano
Roberta Bosco | El País, 2012-06-06
http://ccaa.elpais.com/ccaa/2012/06/05/catalunya/1338922857_123625.html
MACBA | Le Corbusier y Jean Genet en el Raval
http://www.macba.cat/es/expo-le-corbusier

A partir del derribo de las murallas, Barcelona experimentó un cambio, una transformación social y urbanística, que dio lugar a la construcción de la ciudad moderna, una urbe que desde entonces ha sido practicada y vivida según las experiencias de cada individuo. “Abajo las Murallas” suponía un saneamiento y expansión de una Ciudad Condal que pedía a gritos crecer y evolucionar. Y así fue, cayeron los muros, y Barcelona progresó. Sus límites se fueron expandiendo con el Plà Cerdà y con la anexión de los pueblos del alrededor. Las fábricas humeantes del Raval empezaron a trasladarse al Poblenou, Plaza Espanya… Todos estos cambios urbanos, tienen implicaciones en la distribución y relación que se crea entre las diferentes capas de la sociedad, como por ejemplo la marginalización en zonas muy concretas de las clases más bajas o de los excluidos sociales, como pasó en el Raval, concretamente con esa área, conocida en la década de los años 30, como Barrio Chino o Distrito V. 

La exposición en el MACBA, Le Corbusier y Jean Genet en el Raval, precisamente nos habla de esta dicotomía entre dos formas de ver o experimentar el barrio. Si para Le Corbusier el objetivo es diagnosticar y reformar el Raval erradicando la degradación social, Jean Genet, en cambio, hace una exploración de los aspectos más marginales o abyectos del Barrio Chino, sirviéndose de sus calles como objeto de estudio para sus novelas, como en Diario de ladrón (1949). 

Así pues, la muestra plantea esta tensión entre, la modernidad asociada al racionalismo que percibe la ciudad como un proyecto y esos nuevos géneros periodísticos que hacen una representación de lo popular a través de la experiencia de la calle, creando en cierta manera también, un estigma. 

Este conflicto urbano, entre los principios reformistas del “Pla Macià” (1932-34) de Le Corbusier y la preferencia por lo procedente de las calles por Jean Genet, crea todo un discurso estético alrededor del Barrio Chino o Distrito V. Una oportunidad única de conocer los planteamientos urbanísticos y los entramados sociales de un barrio que fue y es objeto de relatos asociados a la nocturnidad y del submundo de las clases excluidas de la sociedad moderna.

sábado, 3 de enero de 2009

#hemeroteca #jeangenet | La santidad de Genet

La santidad de Genet
La prostitución, el robo, la miseria y las humillaciones formaban parte de la cotidianidad en el Barrio Chino de Barcelona, en los años treinta, que Jean Genet narró de manera descarnada en Diario del ladrón. El escritor Juan Goytisolo, que conoció bien al autor francés, repasa la potente influencia que tuvo esa época en su obra posterior.
Juan Goytisolo / Jean Genet | Babelia, El País, 2009-01-03
http://elpais.com/diario/2009/01/03/babelia/1230943152_850215.html

1932. España estaba cubierta entonces de vagabundos: sus mendigos iban de pueblo en pueblo, por Andalucía en razón de su buen clima; por Cataluña, de su riqueza, pero todo el país nos era favorable. Fui así un piojo con la conciencia de serlo. En Barcelona, frecuentábamos sobre todo la calle Mediodía y la del Carmen. Nos acostábamos a veces seis en un jergón sin sábanas y, al amanecer, íbamos a pordiosear por los mercados. Salíamos en banda del Barrio Chino y nos dispersábamos con un capacho bajo el brazo, pues las amas de casa nos daban más bien un puerro o un nabo que unos céntimos. A mediodía regresábamos y nos hacíamos la sopa con lo recaudado. Lo que voy a describir son los hábitos de la canalla.

Caído en la abyección, Genet decidirá asumirla y convertirla en virtud suprema. La escala de valores de la sociedad biempensante no será la suya sino dándole la vuelta: lo vil se transmutará en noble y lo noble en vil. El proceso de subversión íntima iniciado en el antiguo Barrio Chino barcelonés será largo y accidentado, y se plasmará en la siguiente década en sus primeras obras poéticas y narrativas escritas en la cárcel parisiense de la Santé. El joven inclusero, mísero e indocumentado se consagrará al robo, la prostitución y la mendicidad en su anhelo de alcanzar la dureza empedernida del criminal con la misma entrega de quien se inicia en los arcanos de una creencia mística y de su áspero camino de perfección espiritual.

Los piojos, escribe en Diario del ladrón, eran el signo más visible de su indignidad, tan representativos de su condición de paria como las joyas que adornan a aristócratas y burgueses de la de su estatus de gente guapa. Los harapos y las llagas amorosamente cuidados para atraer la conmiseración mudarán en su fuero interior la vergüenza en gloria. El orgullo necesario para enfrentarse al desprecio ajeno, sólido y resistente como esa roca que parte la corriente de un río, se afianzará en su voluntad de envilecimiento: su patria será la chusma, y él su cronista y cantor.

Las fechas de la estancia de Genet en España no pueden fijarse con exactitud. Aunque en Diario del ladrón habla de 1932, lo cierto es que, tras alistarse por primera vez en el ejército a su salida del reformatorio de Mettray y ser destinado como "jenízaro colonial" a Siria en 1930, de donde fue repatriado el siguiente año, firmó un nuevo contrato de alistamiento y fue enviado al Séptimo Regimiento de tropas indígenas de Meknés, en el que permaneció hasta enero de 1933. Ni la exhaustiva biografía de Edmund White ni la cronología establecida por Albert Dichy fijan claramente la duración de su etapa española. Probablemente ésta se extienda de noviembre de 1933 a abril de 1934. La única prueba documental de la misma es la carta dirigida a André Gide el 12-12-1933 en la que, después de pintar su poco brillante situación material ("estoy sin un céntimo en Barcelona, el cónsul es intratable, soy huérfano y vagabundeo de tasca en tasca"), solicita su ayuda y da como remite el Apartado de Correos de la ciudad.

Tras su iniciación en la querencia barcelonesa del antiguo Distrito Quinto, la carrera de ladronzuelo de Genet continuará, primero por Europa Central y luego en Francia, hasta la publicación de sus primeras obras, escritas en la cárcel, a mediados de los cuarenta. Un breve repaso a sus sentencias condenatorias, reproducidas en el libro de Albert Dichy y Pascal Fouché (Jean Genet. Essai de Chronologie), revela que su fascinación juvenil por el crimen y devoción por sus profesionales no le llevaron a emular sus hazañas sino de forma muy modesta. Junto a los "delitos" de vagabundeo —el equivalente de nuestra infame Ley de Vagos y Maleantes—, carencia de carné antropométrico de identidad o intento de viajar en tren con una tarjeta militar falsificada, leemos: substracción fraudulenta de una docena de pañuelos en los almacenes La Samaritaine; idem, de autógrafos en una librería de la Rue Bonaparte; hurto de una camisa de seda en los almacenes del Louvre; de un retal de sábana en el Bazar de l'Hôtel de Ville; de una billetera y una maleta, etcétera.

Su fallida carrera en el robo le condujo no obstante a su condición de gran escritor: a convertirse en esa bomba literaria descubierta por Cocteau y cuya potencia subversiva no tardaría en conmocionar a Sartre.

"Detrás del Paralelo se extendía un solar en el que los marginados jugaban a cartas (El Paralelo es una avenida de Barcelona paralela a las célebres Ramblas. Entre estas vías, muy amplias, un laberinto de calles estrechas, oscuras y sucias forman el Barrio Chino)".

Con estas palabras, propias de una pequeña guía para turistas, Genet nos introduce en lo que será para él en adelante su "territorio moral" —el del robo, prostitución masculina, traición, humillaciones, miseria—, vinculado para siempre a España y a su iniciática experiencia barcelonesa. Su aprendizaje en el mal, de la mano izquierda de su mentor, el manco Stilitano, será el de un pícaro de escaso oficio y exiguo beneficio: hurto en los cepillos de las iglesias, timos menores, demanda en el consulado de su país de un bono de repatriación hasta la frontera con el correspondiente billete de tren que venderá en la estación de Francia, prostitución con marinos extranjeros por un puñado de pesetas. Su acto más audaz consistirá en el robo de la esclavina de un carabinero en los muelles del puerto. Después de satisfacer los deseos de éste en su garita de guardia, aprovechará el momento en que va a lavarse en la pila de una fuente cercana para apropiarse de la prenda y huir envuelto con ella a su querencia del Barrio Chino. La modesta hazaña le engrandece a ojos de su mentor, a quien confía la venta de su botín en muestra de su devota sumisión (El carabinero burlado irá a buscarle a La Criolla pero, advertido del peligro, Genet "toma las del Paralelo" y desaparece por un tiempo del local).

Extramuros de los reformatorios en los que fue internado desde la adolescencia y de los cuarteles en los que a continuación se alistó, Genet hallará en la España convulsa de la época el punto en el que asentará su aventura estética y moral. El Barrio Chino barcelonés —el actual Raval— era la guarida ideal para las heces y detritus de la sociedad. La "librea de la miseria" de la que hablan irónicamente nuestros clásicos —esto es, los harapos, la mugre y las alpargatas usadas hasta la trama— identificaba a la hermandad de mendigos y rateros acampada en él. La galería de personajes genetianos —buscavidas, rufianes, prostitutas, pordioseros, desertores, travestidos— se amadrigaba en la espesura urbana del ámbito como quien se acogía anteriormente a lo sagrado y no difiere mucho del hampa sevillana que conoció Cervantes. El aura sacra del execrado Distrito Quinto guiará a Genet, como veremos, por los caminos de su peculiar santidad.

El Genet ramblero e hijo espurio del Paralelo se adentrará en el territorio de la ignominia resuelto a convertirse en objeto de desdén y de asco, en una busca de acendramiento íntimo que en otra ocasión comparé con la de los malamatís del Islam, a quienes Ibn Arabi situaba en la esfera más alta de los bienaventurados. Él y sus cofrades de la miseria lucirán a través de España, nos dice, "una magnificencia secreta, humilde y sin arrogancia". Su empeño se cifrará en "dar un sentido sublime a una apariencia tan Mísera". La soledad moral a la que aspira convertirá su destino en una conciencia irreductible de la que surge una obra luminosa y de perturbadora singularidad. La aspiración al crimen condenado por sociedad, asociada a la de la traición, adquirirá una dureza y fulgor comparables a los del diamante.

La admiración de Genet por las locas españolas que frecuentó en Barcelona y Cádiz apareció más de una vez en nuestras conversaciones. Eran las más audaces y provocadoras de Europa, decía, como reacción natural al rechazo que suscitaban. Asumían el oprobio de la opinión común con un ritual de disfraces, gestos y voces agudas que, a partir de la histeria, alcanzaba la sublimidad.

Cuando me adentré por primera vez en el Barrio Chino en 1949 de la mano de un compañero de universidad aficionado como yo a los libros y experto en las zonas desaconsejadas de la ciudad, La Criolla y los bares en los que anidaba la especie maldita no existían ya. La red de callejuelas que se extendía del Portal de Santa Madrona a la calle del Carme albergaba tan sólo numerosos prostíbulos a cinco pesetas por ficha y la miseria reinante no debía diferir mucho de la que conoció Genet. El célebre burdel de Madame Petite, en el que posiblemente se inspiró al componer Querelle de Brest ("La Feria", de Madame Lysiane), era una sombra de sí mismo y la progenie de las execradas en público (y apreciadas por algunos en privado) ocultaban su maquillaje, abanicos, peinetas y faralaes a los ojos del ciudadano "decente".

Una foto publicada recientemente en El País, en la que dos travestidos merodean por La Rambla, avanzada ya la noche, a la caza de un turista borracho a fin de desvalijarlo me trajo a la memoria un pasaje de “Diario del ladrón” en el que dos "mariconas" muy compuestas, de ojos admirables y cejas inmensas pasean por las cercanías de una vespasiana (así se llamaba en Francia a los urinarios públicos, de chapa circular de metal, despiadadamente demolidos por el alcalde Chirac) con un mono amaestrado en los hombros. A la señal de una de ellas, el mono saltaba de un brinco sobre el ligón de apariencia más burguesa y, aprovechando su confusión, le robaban la cartera.

La procesión fúnebre de las llamadas también Carolinas (valientes precursoras de las "gasolinas" parisienses de Mayo de 68) al emplazamiento de uno de los meaderos destruidos durante los disturbios callejeros de 1933 es uno de los momentos más bellos de Diario del ladrón:

Estaba cerca del puerto y del cuartel, y la cálida orina de millares de soldados había corroído su chapa de metal. Al constatar su muerte definitiva, las Carolinas con chales, mantillas, trajes de seda y chaquetillas ajustadas acudieron a ella en solemne delegación para depositar un ramo de flores rojas anudado con un crespón de gasa. El cortejo partió del Paralelo, torció por la calle San Pablo, bajó por La Rambla hasta la estatua de Colón. Eran las ocho de la mañana, el sol iluminaba la escena. Las vi pasar y las acompañé de lejos. Sabía que mi puesto estaba en la comitiva: sus voces heridas, sus gritos de dolor, sus gestos exagerados, se proponían atravesar el espeso desprecio del mundo. Las Carolinas eran grandiosas: las Hijas de la Vergüenza.

Llegadas al puerto, torcieron a la derecha en dirección al cuartel, y sobre la chapa herrumbrosa y hedionda del meadero público, sobre su chatarra muerta, depositaron las flores.

¿Qué cineasta de genio filmará algún día la escena con la bella precisión de un Visconti y el humor cruel de Fassbinder? El heroísmo tragicómico de las Carolinas merece un recordatorio y su inclusión en los breviarios de una nueva forma de santidad en los antípodas de la de Monseñor Escrivá y de la del fundador de los Legionarios de Cristo Rey. Genet se reprochó siempre, me dijo, su falta de arrojo. Permaneció junto a la multitud indulgente e irónica que acogía su duelo en vez de ocupar el lugar honroso que le correspondía.

Una de las páginas más bellas de Diario del ladrón es la del episodio del tubo de vaselina. Detenido en una redada y conducido con otros sospechosos a la comisaría del distrito (imagino muy bien la escena, pues el poeta Jaime Gil de Biedma y yo corrimos la misma suerte a fines de los cincuenta del pasado siglo, cuando callejeábamos de noche por el barrio, en el cruce de San Pau y Robadors), el policía que cachea a Genet le saca del bolsillo el lubrificante empleado para la penetración anal (que yo acostumbraba a llevar también en mis primeras incursiones por Barbés y la Gare de Nord): un tubo usado ya y cuya mera presencia en el lugar es la prueba palmaria de su pertenencia al gremio de las "mariconas" (Genet emplea siempre la palabra española, consciente de su brutal carga peyorativa):
"En medio de los objetos elegantes sacados de los bolsillos de los detenidos en esta redada, era el símbolo mismo del oprobio que se disimula con el mayor cuidado, pero el signo también de una gracia secreta que iba a salvarme pronto del desprecio […]. Estaba en el calabozo, y sabía que toda la noche mi tubo de vaselina sería objeto de burla —a la inversa de una Adoración Perpetua— de un grupo de policías […]. No obstante, me animaba la certeza de que este frágil y humilde objeto les resistiría y, por su simple existencia, derrotaría a todas las policías del mundo".

Invulnerable al insulto —pienso en el I'm completely dead to decency de T. E. Lawrence—, la comparación de la prueba concreta de su deshonra con el Santísimo Sacramento permitirá a Genet rehabilitar y ensalzar su vida de indigente en el Barrio Chino, y luego su erranza hasta Cádiz y San Fernando, mediante el recurso a los términos más sagrados y nobles. Su victoria verbal le llevará así a bendecir la miseria que la suscita y le imanta a una nueva forma de perfección moral:

Cuanto mayor sea mi culpabilidad a vuestros ojos, entera y totalmente asumida, mayor será mi libertad y más perfectas mi soledad y mi unicidad.

El encuentro con Stilitano, el serbio desertor de la Legión Extranjera francesa, marca un antes y un después en la vida de Genet y será el primer eslabón de una cadena de fascinaciones sucesivas por criminales o gente del hampa —los Harcamone, Bulkaen, Maurice Pilorge, etcétera—, elevados por él al altar de la excelencia y la gloria. Sus primeros robos en el Barrio Chino los dedicará, nos dice, a su fortaleza e impudor severos, a la singularidad de su brazo derecho amputado, cuya mano se pudre bajo un castaño en algún bosque de Europa Central. La fuerza irradiante de este muñón le galvanizará con una imantación similar a la que experimentará, cuarenta años después, por el sudanés Mubarak en los campos palestinos, cuando le pide que tenga su cigarrillo mientras se desabotona y orina tranquilamente junto a él: el timbre gutural de su voz es en ambos el de un sexo en erección.

Stilitano reúne en su persona el rigor del soldado, el aventurero, el sicario, el hampón. Aunque admite la intimidad física con Genet —los dos duermen en el mismo catre en un hotelucho del barrio— le niega el sexo. Desprecia a las "mariconas" y ejerce ocasionalmente de chulo. No obstante, para atraer a aquellas y a las prostitutas, sujeta con un imperdible un racimo con granos de celulosa y algodón en rama en el interior de la bragueta, de modo que abulte y la realce por pura provocación. Genet se encarga de la tarea, sin poder evitar el temblor de las manos mientras prende y desprende el racimo al comienzo y fin de la jornada de merodeo y cambalache. Un día, en vez de dejarlo sobre la estufa, como de costumbre no pude retenerme de guardarlo entre mis manos y llevarlo a mis mejillas. El rostro de Stilitano, encima de mí, se endureció.

—¡Suéltalo, cabrón!

Me había agachado para abrir la bragueta, pero la furia de Stilitano, como si mi fervor habitual no bastara, me hizo caer de rodillas, en la posición que mentalmente anhelaba. Con sus dos pies y su único puño me golpeó. Hubiera podido huir y me quedé allí.

Su delación posterior a la policía del amigo común a ambos, Pepe el Gitano, por su homicidio cometido en las cercanías del Paralelo, no rebajará la devoción de Genet por él: la revestirá al revés, nos dice, con los atributos luminosos de la traición.

Las numerosas referencias de Genet a La Criolla, el cabaré en donde se prostituía por devoción a Stilitano, no mencionan su ubicación en el Barrio Chino ni incluyen una descripción del local.

Nits de Barcelona, publicado en 1931, esto es, dos años antes de su venida a España —obra reeditada por Proa, con las ilustraciones de Oleguer Junyent y el prólogo de Josep M. de Segarra de la edición original—, subsana dicha laguna y nos procura una valiosa información. Su autor, Josep M. Planes, colaborador de la mítica revista Mirador y empedernido noctámbulo, fue asesinado el 24 de agosto de 1936 en la Arrabassada por unos pistoleros incontrolados de la FAI a quienes había consagrado un reportaje poco ameno semanas antes del levantamiento militar contra la República. Segarra esboza un sugerente retrato suyo y coincide con Planes en su aguda percepción de la ciudad durante el periodo que va de la dictadura de Primo de Rivera al 14 de abril: "Quienes más aprovechan la noche en Barcelona son los turistas, los ladrones, los poetas, las prostitutas, la gente que no tiene un centavo y la que dispone de dinero a espuertas".

La Criolla —escribe Planes— se encuentra en plena calle del Cid. El cartel luminoso que cuelga verticalmente de la fachada emborrona el pobre paisaje urbano con un resplandor rojizo […] inmuebles y personas comparten el mismo aire de miseria y nunca se sabe si la suciedad de las paredes viene de los hombres y las mujeres que se apoyan en ellos o viceversa […]. El gentío aglomerado en la calzada y las prostitutas e invertidos que se exhiben por las aceras flotan en este fondo bermellón decorativos y estilizados, como en las ilustraciones en las que debe de soñar Francis Carco para sus libros.

La calle del Cid (¡qué ironía el nombre del Campeador, mantenido hasta hoy en lo que queda de ella, entre el Paralelo y la avenida de Les Drassanes!) está entonces llena de basuras, soldados, prostitutas, marineros, mendigos. Cualquier navajero puede sacar de improviso su útil de siete filos y asaltar a los viandantes acomodados que se asoman a él. El local de La Criolla, una antigua fábrica textil reconvertida en cabaré, encubre la austera desnudez de sus columnas con un decorado chillón de palmeras ornadas con falsas pencas verdes, cocos, monos y negros de tebeo de Tarzán que le confieren un menesteroso esplendor tropical. Una orquesta de tangos ocupa el estrado, ensordece al cliente y contagia su furia a las parejas que bailan en la pista.

(Genet evoca en Diario del ladrón los aires de "Ramona" mas no la voz de Irusta —en realidad del trío formado por éste, Fugazot y Demare— mencionado por Planes, cuya música barriobajera arrasaba en los años anteriores a la Guerra Civil. En una vieja gramola de manivela con bocina exterior, escuché en mi niñez la canción citada por Genet —cuya letra me sé de memoria— y los discos del, en aquel tiempo en boga, conjunto argentino, no sé si epígono o antecesor de Gardel. Mi familiaridad retrospectiva con La Criolla sale así reforzada. Su repertorio musical acunó mis oídos en la Barcelona "decente" de los barrios altos).

Al trazar su pintura del cabaré, Planes señala la existencia, en la acera de enfrente —perdóneme el lector el involuntario juego de palabras—, del bar de Cal Sagristà, famoso, dice, por sus "invertidos" —la gente bien de la época empleaba dicha palabreja: ¡se hallaba aún muy lejos la era de la identidad gay!—, al que acudían jovencitos de labios pintados y cabello untado de gomina. Curiosamente, Genet no habla de él.

Actualmente, el remozado Carrer del Cid no evoca ni remotamente el de la cochambre y bullicio de setenta años atrás. Cuando el Ayuntamiento de Barcelona puso el nombre del escritor a la plazuela o jardincillo del otro lado de la avenida de Les Drassanes, fui invitado a pronunciar unas palabras en la ceremonia de su rotulación. Inútil decir que no acepté: temía que Genet, encolerizado, resucitase de su tumba en Larache y me abrumara con el peso de sus burlas e insultos. Su percepción a la inversa de los términos honor y deshonor es también la mía. Prefiero volver a la pintura cruel de Planes con la que cierra el capítulo de su libro: la calle desierta al amanecer tras el cierre de La Criolla, la luz lívida, la visión goyesca de dos viejas horrendas y de los tricornios de una pareja de la Guardia Civil. 

Los hurtos y trapacerías de los que viven Genet y Stilitano no bastan para sacarles de la miseria. Aunque el futuro autor de Diario del ladrón entrega a su "protector" las pocas pesetas que gana o sisa en los urinarios públicos, éste decide que se prostituya en La Criolla. Allí, la vestimenta femenina se impone. Algunos amigos españoles de Genet la llevan y le dan las señas de vendedoras de prendas de segunda mano. Si bien "resulta muy difícil", escribe, "acceder a la luz a través del pus y las llagas de la vergüenza", el dueño del cabaré le exige que se exhiba "en señorita". Tragándose el sonrojo y convirtiéndolo en una especie de dardo dirigido contra quienes se lo provocan, Genet va a La Criolla y es invitado, con otro travestido, a la mesa de un grupo de oficiales franceses. La dama que les acompaña le pregunta con afectada indulgencia si le gustan los hombres. Genet resiste el impulso de abofetearla y, para vengarse, sustrae la cartera a uno de los mílites.

Una de las páginas más bellas del Diario se sitúa durante el Carnaval, época en la que es más fácil disfrazarse sin llamar la atención. Tras robar un traje de faralaes y una blusa, a los que agregará su complemento de abanico y mantilla, Genet cruza el Barrio Chino para ir a la calle del Cid. Como última trinchera de defensa, conserva el pantalón bajo la falda. Pero, apenas llegado a la barra, la cola de su traje se desgarra. Un joven ha tropezado con sus encajes y, por más que pida excusas y le indique que cojea, la actriz trágica oculta en su interior aúlla "¡No se cojea en mis faldas!", con esa histeria que rompe con la fuerza de un géiser la dura corteza del mundo.

Humillado, Genet sale del local en medio de las risas de los clientes y de las Carolinas. Aunque, al releer el texto, su autor rectifique y precise en una nota a pie de página que el lance ocurrió en Cádiz, en donde también se prostituyó con ropas de andaluza, el prestigio de La Criolla sale indemne del lapsus. La teatralidad de la escena alcanza ese punto en el que vileza y orgullo se confunden. La falda, blusa, abanico y mantilla arrojados al mar componen un ceremonial esperpéntico del que el vagabundo cubierto de oprobio extraerá la fortaleza necesaria para enfrentarse a la crueldad e hipocresía de la sociedad biempensante: la de ayer, la de hoy y sin duda también la que nos sucederá al correr de los días.

Poco después de ello, Genet y Stilitano abandonaron su querencia barcelonesa en un tren de mercancías y buscaron un nuevo refugio en Cádiz.

"Nací en París el 19 diciembre 1910. Pupilo de la Asistencia Pública, no pude conocer nada más de mi estado civil. Cuando cumplí veintiún años, obtuve una partida de nacimiento. Mi madre se llamaba Gabrielle Genet. Mi padre es desconocido. Vine al mundo en el 22 de la Rue d'Assas".

Aunque en la Maternidad le negaron toda información sobre sus orígenes, la imagen de la madre oculta aparece de forma intermitente a lo largo de su obra. Genet se aferra a su apellido, el de Genêt d'Espagne o retoma con el que saludó Cocteau su volcánica irrupción en la literatura, para identificarse con el mundo vegetal y considerar, dirá, que todas las flores son de su familia. A través de ellas, se comparará con los helechos arborescentes de las ciénagas y soñará con las supuestas especies vegetales del planeta Urano, en una metempsicosis que le convertiría en un ser rastrero, como la chusma del Paralelo, sin otra compañía que la de los presidiarios de su raza.

Pero ese malditismo literario no se corresponde en modo alguno con su futura rebelión contra el orden establecido, tanto en el campo social y político como en el artístico y moral. La madre ausente será el punto de partida de su andadura por una cartografía literaria que culminará en su obra maestra, Un cautivo enamorado.

En Diario del ladrón, Genet evoca la imagen de una mendiga anciana, de rostro macilento; chato y circular como la luna, que le pide unas monedas. Su estampa humilde e hipócrita le induce a creer que acaba de salir de la cárcel. Una descuidera, piensa, e inmediatamente la asocia, en una ensoñación efímera, con la mujer que le abandonó en la cuna:

¿Y si fuera ella? me dije mientras me alejaba de la pordiosera. Si lo fuese, iría a cubrirla de flores y de besos. Lloraría de ternura sobre sus ojos de pez luna, sobre su cara obtusa y boba.

La visión de la madre del fedai Hamza, de quien fue huésped en el campo de refugiados palestinos de Irbid en 1970, es mucho más elaborada y compleja. La mujer, más joven que Genet, que le acoge en el lecho de su hijo, partido en misión de combate a los Territorios Ocupados por Israel, y le lleva a oscuras, de puntillas, creyéndolo dormido, una taza de café, se transforma, como la Mater Dolorosa de las estatuas, en la madre simbólica del escritor, la que vela por él, como en aquella noche sagrada, a lo largo de su vida: una fantasía, nos dice, acariciada desde la infancia, cuando el escritor tenía cinco años.

La estampa de Hamza y su madre —la suya y la del guerrillero palestino—, superpuesta en calcomanía a la de la Pietà y el Crucificado, enlazará sucesivamente con la de la Virgen portada en procesión por las Falanges maronitas libanesas y con la Virgen Negra del monasterio de Montserrat. "Dios, creador del cielo y de la tierra, debió de divertirse mucho esculpiendo sus rocas rojizas y faloides", nos dice Genet, que asistió en su vejez, en la abadía, a la conmemoración religiosa de Pentecostés, con música de Palestrina evocadora en su mente de Palestina. El abad, refiere en Un cautivo enamorado, besa a los fieles y él acepta su doble ósculo, pero no lo trasmite a su vecino, como es la norma, con lo que rompe la cadena de confraternidad.

En su correspondencia conmigo de aquella época —substraída por un cleptómano compulsivo, que tuvo no obstante la delicadeza de dejar una fotocopia, durante su exhibición en la Diputación de Almería—, describe su viaje por la España del tardofranquismo, se burla del aburguesamiento de Barcelona y refiere un ligue con un chapero que se dice estudiante de sociología, en las faldas del Tibidabo. Por estas fechas, ya no es el delincuente en el que soñaba ser cuarenta años antes sino el escritor voluntariamente marginal que busca primero en las Panteras Negras y luego en los fedayín la causa que le aleje de una Francia y una Europa de las que se ha distanciado para siempre.

Al final de Diario del ladrón, Genet anuncia una segunda parte que nunca escribió: se propone en ella, dice, "relatar, descubrir, comentar, los fastos del presidio íntimo que hallé en mí después de atravesar este espacio interior que he llamado España". Su deseo juvenil de cubrir el mundo con su progenie abominable cederá paso, tras su estancia en los campos de refugiados palestinos de Líbano y Jordania, a un retorno a su origen desconocido. "Esta última página de mi libro —escribe en El cautivo enamorado— es transparente". Transparencia que deja pasar la luz: su camino de perfección moral a través de vericuetos imprevisibles y por vías distintas de las de Juan de la Cruz y del derviche sufí Mawlana, le ha conducido a una subversiva y pagana forma de santidad.

Lecturas francesas
El "territorio moral" de Genet atrajo, después del alzamiento popular de la Semana Trágica y de la bonanza originada por la neutralidad española durante la Primera Guerra Mundial a numerosos escritores franceses, seducidos por el bullicio y promiscuidad del Barrio Chino.

- Paul Morand, “La nuit catalane” (1929)
- Montherland, “La petite infante de Castille” (1929)
- Francis Carco, “Printemps d'Espagne” (1931)
- Pierre Mac Orlan, La Bandera, (1931), “Rues secrètes” (1934)
- Jérôme y Jean Tharaud, “Cruelle Espagne” (1937)
- Georges Bataille, “Bleu du ciel” (1935)

La perspectiva adoptada por estos escritores, excepto el último, es muy semejante a la de los viajeros orientalistas en busca de color local (vicio, miseria, pintoresquismo) con todos los atributos del voyeur.
Entre los autores catalanes de la época, además de Planes, cabe citar a Josep Maria de Sagarra, Vida privada (1932). Con posterioridad a la Guerra Civil, el Barrio Chino tuvo dos minuciosos cronistas que desmitificaron la realidad descrita por los novelistas franceses antes citados: Sebastian Gasch, en Barcelona de nit (1956), y Lluís Permanyer, en Cites et testimonis de Barcelona (1993).

El libro mejor documentado sobre la estancia de Genet en el Raval es sin duda el de Jérôme Neutres, “Genet sur le routes du Sud” (Fayard, París 2002), que recomiendo vivamente al lector. J. Goytisolo