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martes, 16 de enero de 2018

#hemeroteca #acososexual | Salgamos del barro, queridas

Imagen: El País / Fotograma de la serie 'Glow'
Salgamos del barro, queridas.
Que cada una permita, desee, haga y deshaga lo que quiera. Pero sin ceder terreno, ni retrasar la lucha, que bastante agotadora es ya.
Isabel Valdés | El País, 2018-01-16
https://elpais.com/elpais/2018/01/12/mujeres/1515756646_397123.html

A nadie se le ocurre pensar que toda una grada vaya a estar de acuerdo con el árbitro en un partido de fútbol, que a todos los asistentes a un festival les guste el mismo concierto y la misma cerveza o que todos los cuñados se pongan de acuerdo en la cena de Nochebuena. Pasa exactamente lo mismo con las discrepancias entre las feministas, que son como las que existen entre los políticos, los taxistas, las familias numerosas o los actores: habituales y necesarias.

La historia está llena de ellas. A Catharine MacKinnon nunca le pareció bien el feminismo liberal de Betty Friedan; a Betty Friedan acabó pasándole factura su relación con Gloria Steinem (y la rivalidad entre ambas, a la que después se sumó Bella Abzug, es épica); a Gloria Steinem le trajo problemas Germaine Greer por algunas cuestiones relacionadas con el derecho al aborto; y a Germaine Greer se le atragantó el liberalismo sexual de Kathy Acker.

Es hasta absurdo (por evidente) tener que apuntar que ser mujer no implica pensar, sentir o creer en algo concreto o de una forma determinada. Y menos mal. La pluralidad, los debates, las corrientes y las contracorrientes, los movimientos, las teorías y los términos... Todos y entre todos han dado forma a los millones de feminismos que hoy existen, tantos como mujeres que creen en esta lucha por la igualdad; sin uniformes, eso sí, y de forma individual. Cada una con su pasado, sus rutinas, sus trabajos, sus amores y sus fobias, sus series de televisión preferidas, su gusto u odio por el chocolate, la ciencia ficción o los canguros, sus ganas y su pereza. Cada una, de su padre y de su madre, sí, porque ser mujer no implica llevar bajo el brazo una guía del feminismo perfecto, como no implica saber planchar camisas o hacer puchero.

No se trata de abrir un paraguas gigante bajo el que meter a todas las mujeres —la alienación y el progreso no se llevan del todo bien—, ni se trata de construir un redil con obligaciones, prohibiciones, permisos o decálogos. Pero después de unos cuantos siglos de lucha feminista, se presupone el conocimiento y la adhesión a algunos conceptos básicos e indiscutibles, entre ellos que las mujeres son propietarias exclusivas de sus cuerpos, sus deseos y sus voluntades, y que los hombres, bajo ningún concepto, pretexto o excusa, tienen derecho a traspasar cualesquiera que sean esos límites.

Ha sido eso, en gran parte, lo que ha herido a tantas y tan hondo. El manifiesto que impulsó Catherine Millet hace justo una semana y que apoyó Catherine Deneuve (con disculpa posterior incluida, lo hizo el pasado domingo en Libération) junto a un centenar de artistas e intelectuales francesas oponiéndose al movimiento #MeToo, es agarrar las últimas décadas de lucha y tirarlas a la basura. Se suponía que eso ya estaba más que masticado y digerido, se suponía que la diferencia (abismal) entre acoso y seducción estaba clara, y que lo que nos había convertido en “pobres indefensas bajo el control de demonios falócratas”, como apuntaba aquel texto, era precisamente esa falta de discernimiento masculino entre deseo, propiedad y derecho sobre el cuerpo de las mujeres —algo que el caso Weinstein ha puesto bajo dos lupas, la nuestra, por supuesto, y lo que es más importante, también la de ellos—.

Sorprende, entristece e inquieta, claro, que todavía haya ciertas mujeres a las que también les cueste distinguir, y que además usen la potencia del altavoz público que su trabajo y su trayectoria les proporciona. Tenemos, todas, derecho a decidir dónde están esos límites, y cada una tendrá los suyos, faltaría más. Si a Deneuve, Millet o Gloria Friedmann no les incomoda el roce de un pene en su muslo o una mano en su culo sin invitación previa, están, por supuesto, en su derecho, pero es irresponsable afirmar y firmar que eso no es acoso, ni agresión, ni violencia sexual, que no pasa nada y que se nos está yendo de las manos, que corremos el riesgo de pasarnos de la raya con este tema.

Este tema, que es el de decidir quién quiero que me toque, qué, cuándo y dónde, es uno de los más importantes y viejos del feminismo. No parece muy sensato hablar de “caer en el exceso” cuando la cuestión es la libertad para decidir qué hacemos con nuestros cuerpos y qué pueden hacer los demás. Aclarado eso, tampoco parece muy sensato seguir en este barro: ensucia, confunde y despista, divide. En la libertad inherente al propio feminismo, que cada una permita, desee, haga y deshaga lo que quiera. Pero sin ceder terreno, ni regalar victorias, ni multiplicar batallas, ni retrasar la lucha. Bastante agotadora es ya.

El manifiesto con el que Caroline de Haas contestó a Catherine Deneuve
Aquel argumento viejo y confuso sobre la galantería, esa especie de borrado de los límites, ha indignado durante la última semana a miles de mujeres en todo el mundo: activistas o menos activistas, las redes sociales, los medios de comunicación, teóricas, analistas y políticas como Ségolène Royal, la secretaria de Estado para la Igualdad de Género de Francia, Marlène Schiappa, o la exministra de los derechos de la mujer y senadora del Oise, Laurence Rossignol. Y fue eso lo que hizo que Caroline de Haas decidiera escribir un manifiesto que diera respuesta a la tribuna contra lo que el centenar de firmantes llamó “puritanismo sexual”. Para de Haas no hay nada sorprendente en esos argumentos: “Lo triste es que estas personalidades utilizan su visibilidad en los medios para difundir ideas muy antiguas y completamente falsas sobre la igualdad, el feminismo o la violencia. Y envían el mensaje de que las mujeres son en parte responsables de la violencia que sufren. Esto es lo que los agresores intentan hacer creer. Una mujer nunca es responsable de la violencia que sufre. Nunca”.

La pelea contra esos argumentos ya polvorientos tienen más que ver con la convicción que con el sexo y, según la feminista francesa, la educación temprana solucionaría parte del problema. “La gran mayoría de las mujeres y los hombres desconocen cuán masiva es la violencia en nuestra sociedad. En Francia, más de 200 mujeres son violadas diariamente. 200. Mientras no tomemos conciencia de esto, no tendremos éxito en la lucha”. Para de Haas solo hay una forma de dar la pelea: “No dejar pasar ni una”. Intervenir, dice, convencer y transformar a las mujeres y hombres que nos rodean y convertirlos en activistas contra la violencia. “Somos millones. Si todos lo hacemos, podemos cambiar el mundo”.

Puedes leer, a partir de aquí, el manifiesto.

Cada vez que los derechos de las mujeres avanzan, que las conciencias se despiertan, aparecen las resistencias. En general, suelen hacerlo con un "es cierto, por supuesto, pero ...". Este 9 de enero, tuvimos un "el #Metoo estuvo bien, pero ...". La verdad es que no hay nada nuevo en cuanto a los argumentos utilizados. Los encontramos en el texto publicado en Le Monde, alrededor de la máquina de café en el trabajo o en una comida familiar. Esta tribuna es un poco ese colega incómodo o el tío pesado que no se entera de lo que está pasando.

"Podríamos ir demasiado lejos". En cuanto la igualdad avanza, aunque sea medio milímetro, unas cuantas almas buenas nos alertan inmediatamente de que podríamos caer en el exceso. Exceso, justo en eso estamos, sí. Ese el mundo en el que vivimos. En Francia, cada día, cientos de miles de mujeres son víctimas de acoso. Decenas de miles de agresiones sexuales. Y cientos de violaciones. Cada día. La caricatura es obvia.

"Ya no podemos decir nada". Como si el hecho de que nuestra sociedad tolere -un poco- menos que antes los comentarios sexistas, como los racistas o los homófobos, fuera un problema. "Bueno, la verdad es que era mejor cuando podíamos tratar a las mujeres de zorras tranquilamente, ¿eh?" Pues no. El lenguaje influye en el comportamiento: aceptar insultos contra las mujeres significa permitir la violencia. Dominar el idioma es señal de que nuestra sociedad progresa

"Es puritanismo". Hacer pasar a las feministas por reprimidas, incluso por mal folladas: la originalidad de quienes firman la tribuna es ... desconcertante. La violencia afecta a las mujeres. Todas las violencias. Pesan en nuestras mentes, nuestros cuerpos, nuestros placeres y nuestras sexualidades. ¿Cómo vamos a imaginar, aunque solo sea un momento, una sociedad libre en la que las mujeres dispongan de sus cuerpos y de su sexualidad plena y libremente cuando más de la mitad de ellas afirman haber sufrido violencia sexual?

"Ya podemos ligar". Las mujeres que firman la tribuna mezclan deliberadamente una relación de seducción, basada en el respeto y en el placer, con la violencia. Mezclar todo es muy práctico, así se puede meter todo en el mismo saco; básicamente, si el acoso o la agresión no son más que un flirteo cansino, no es en realidad tan grave. Se equivocan. Entre ligar y acosar no hay una diferencia de grado, sino de naturaleza. La violencia no es una “seducción aumentada". En uno, consideramos al otro como un igual, respetando sus deseos, sea quien sea; en el otro, como un objeto disponible, sin hacer ningún caso de sus propios deseos o su consentimiento.

"La responsabilidad es de las mujeres". Quienes firman la tribuna hablan sobre la educación que se les debe dar a las niñas para que no se dejen intimidar. Por lo tanto, a las mujeres se las responsabiliza de no ser atacadas. ¿Cuándo pondremos la responsabilidad de no violar ni agredir sobre los hombres? ¿Qué pasa con la educación de los niños?

Las mujeres son seres humanos. Como el resto. Tenemos derecho al respeto. Tenemos el derecho fundamental de no ser insultadas, silbadas, agredidas ni violadas. Tenemos el derecho fundamental de vivir nuestras vidas con seguridad. En Francia, en Estados Unidos, en Senegal, en Tailandia o en Brasil: y eso no es lo que sucede hoy. En ninguna parte.

Muchas de ellas suelen denunciar rápidamente cuando los machistas son hombres de barrios de la clase trabajadora. Pero una mano en el culo, cuando la pone alguno de su entorno, es "derecho a molestar". Esta especie de ambivalencia da cuenta del feminismo que defienden.

Con ese texto, intentan volver a bajar esa pesada tapa que ya habíamos empezado a levantar. No lo conseguirán. Somos víctimas de la violencia. No nos da vergüenza. Ya nos hemos puesto de pie. Fuertes. Entusiasmadas. Decididas. Terminaremos con las violencias sexistas y sexuales.

¿Los cerdos y sus cómplices están preocupados? Es normal. Su viejo mundo está desapareciendo. Muy lentamente -demasiado lentamente- pero inexorablemente. Algunas reminiscencias polvorientas no cambiarán nada, aunque hayan sido publicadas en Le Monde.

sábado, 13 de enero de 2018

#hemeroteca #acososexual | Yo te acoso, ‘moi non plus’

Imagen: The New York Times / Catherine Millet
Yo te acoso, ‘moi non plus’.
Gabriela Wiener | The New York Times, 2018-01-13
https://www.nytimes.com/es/2018/01/13/yo-te-acoso-moi-non-plus/

Quizá haya sido la cara de Catherine Deneuve la más compartida junto al manifiesto firmado por cien francesas contra el #MeToo, pero puedo reconocer sobre todo el sello inconfundible de la otra Catherine, la Millet, en casi todo el texto. Me juego un brazo a que fueron los aportes de la escritora los que consiguieron imprimirle a la carta su estilo de curiosa amalgama ideológica, entre una suerte de feminismo prosexo, negacionismos varios y justificaciones que harán las delicias del cínico #NiUnoMenos: “El flirteo insistente o torpe no es un delito, ni la galantería una agresión machista”, dicen.

Conozco esa retórica. ‘La vida sexual de Catherine Millet’ hizo por mí en 2001 lo mismo que ‘Los diarios de Anaïs Nin’ en 1994. Las francesas, cada una a su tiempo y en feliz progresión, me corrompieron, me legitimaron, me sacudieron de encima los prejuicios, me hicieron ver que allí donde los otros me habían colgado el estigma de la libertina, en ese mismo dolor estaba mi poder y mi redención. Que, como lo hace un hombre, yo podía ser agente de mi cuerpo y mi sexualidad. Que podía dejar de ser la envilecida Justine y convertirme en mi propio Marqués de Sade. Millet, en particular, me inoculó el orgullo de la promiscuidad, fue la mano de la que me cogí en el sopor conyugal para que me enseñara el camino al bosque o al jardín de los suplicios en busca de otros placeres, a veces sin sentimientos, ni miedo ni frío ni culpa, hasta sin deseo.

¿Por qué, entonces, algunas de las nociones más repulsivas de los libros y entrevistas de Millet —“antipuritanismo”, “libertad sexual”—, que fueron en su día revolucionarias para mí, se usan ahora contra las feministas autoerigidas, según ellas, en nuevas guardianas de la moral y “fiscales autoproclamados” que estarían instalando un “clima de sociedad totalitaria”? ¿No tuvieron que luchar antes unas cuantas de ellas para que Millet y yo, y cualquiera, puedan “disfrutar de ser el objeto sexual de un hombre” si nos da la gana? Ser puritana es, más bien, propugnar una sexualidad congelada en el tiempo, en la que el hombre es quien toma, hace y deshace, y la mujer es la que espera y cede. En suma, la libertad sexual y el derecho a la seducción que idealizan las francesas es la del hombre, no la nuestra.

Hay, además, en el documento, frases tan a lo Millet, como “la pulsión sexual es por naturaleza ofensiva y salvaje”, que pretenden sustentar un discurso en el que “los incidentes [sic] que pueden afectar el cuerpo de una mujer no alcanzan necesariamente su dignidad”. ¿Realmente están diciendo las firmantes que el cuerpo puede ser ofendido sin perjuicio de la persona, porque lo importante es que “nuestra libertad interior es inviolable”?

Volví a transitar de una escritora francesa a otra. La ‘Teoría King Kong’ de Virginie Despentes hizo por mí en 2007 lo que no había hecho ninguna: enseñarme, precisamente, a enarbolar una libertad sexual que no se basa en una dependencia del otro, en la que ese otro es casi siempre un hombre, seductor, coqueto, inoportuno, al que hay que complacer o comprender.

Despentes y otras feministas nos enseñaron, precisamente, a no victimizarnos, a desobedecer en minifalda para que la noche siga siendo nuestra, desafiando el hecho de que la mitad de las mujeres en el mundo han sido violadas alguna vez. Se trata de enfrentar la violencia de quienes culpan a las mujeres de ser agredidas o de estar muertas. Aún más sabiendo que la que pesa sobre una indígena pobre en Latinoamérica no es la misma violencia que puede ejercerse sobre las chicas de #MeToo, o las fundadoras de influyentes revistas de arte, como Millet, o las leyendas del cine galo, como Deneuve.

Sin embargo, a estas cien francesas no se les ha ocurrido mejor idea que trivializar las agresiones, sin dedicar una sola línea de reconocimiento a las víctimas. Detrás de esta omisión, está todo su programa: lo que les falta de empatía respecto de las acosadas les sobra de indignación por las que deben ser, a sus ojos, falsas víctimas (“yo no te creo”, parecen decirles), las que han arruinado la reputación de un puñado de honorables que solo cometieron un desliz. La carta se firma en la tierra en la que nació Dominique Strauss-Kahn, un violador que si no fuera por una valiente mujer que se atrevió a denunciarlo habría sido el presidente de Francia. Pero esa es una aguja en un pajar de impunidad.

En este momento histórico, cuando parece que hay algún amago de hacer justicia a las mujeres —y eso incluye al #MeToo de las hollywoodenses—, a este centenar de europeas ni siquiera les ha dado por el feminismo ‘mainstream’. Desde sus pedestales un poco rancios, señalan los excesos cuando lo que se requiere es tolerancia cero. En lugar de dejar que ese puñado de perpetradores se protejan solos —medios, poder y privilegios les sobran—, ellas han asumido la defensa pública de sus carreras y de su arte impoluto, alertando sobre un feminismo que odia a esos hombres y al sexo. Lo que ese feminismo rechaza, en realidad, es el acoso en todas sus intensidades y la vuelta al ‘statu quo’. Hoy que por fin podemos llamar a las cosas por su nombre —acoso es hostigamiento, persecución callejera, violencia verbal, tocamientos indebidos e insistentes mensajes no deseados—, otras mujeres, sin una pizca de empatía, intentan deslizarnos eufemismos como “libertad para importunar”.

Sugerir que las impulsoras de las últimas campañas contra el acoso responden, además, a intereses ultraconservadores o religiosos, como se intenta en el comunicado, es hacer exactamente eso que denuncian: tratar a quienes se han atrevido a alzar la voz como subordinadas sin pensamiento propio, cuando es precisamente esa voz que ya no calla la nueva revolución. Acusarlas de victimizarse, cuando son más fuertes que nunca, y no están paralizadas en la queja o el sufrimiento, sino que proponen soluciones para frenar la violencia, es un despropósito que solo puede explicarse por el miedo al cambio inevitable.

Llevamos años sangrando para que se entienda de una vez que ‘No es No’. ¿Vamos a relativizarlo otra vez? “Delatar al cerdo” —el homólogo francés del #MeToo— no es odiar al hombre y al sexo, estimadas Catherines, es solo delatar al cerdo.

#hemeroteca #machismo | Catherine Millet: “Hay que dejar de creer que la mujer siempre es una víctima”

Imagen: El País / Catherine Millet
“Hay que dejar de creer que la mujer siempre es una víctima”.
Catherine Millet, escritora y crítica de arte, impulsora del manifiesto de 100 mujeres francesas contra el movimiento #MeToo, denuncia sus métodos y consecuencias.
Álex Vicente | El País, 2018-01-13
https://elpais.com/cultura/2018/01/12/actualidad/1515761428_968192.html

Su manifiesto ha logrado sembrar el caos en Francia y parte del extranjero. La escritora y crítica de arte Catherine Millet (Bois-Colombes, 1948), autora del superventas ‘La vida sexual de Catherine M.’, es una de las cinco impulsoras de la tribuna opuesta al movimiento #MeToo, firmada por 100 personalidades de la cultura francesa, encabezadas por la actriz Catherine Deneuve, la cantante Ingrid Caven o la editora Joëlle Losfeld. Millet denuncia que este movimiento, al que tilda de “puritano”, favorece un regreso de la “moral victoriana”. Ella defiende “la libertad de importunar”, incluso en el sentido físico, que considera indispensable para salvaguardar la herencia de la revolución sexual. Así lo relata en su despacho parisino, un cuarto lleno de catálogos amontonados en el que no deja de sonar el teléfono, desde el que dirige la revista ‘Art Press’, que cofundó en 1972.

Pregunta. ¿Esperaba las violentas reacciones que ha suscitado su texto?
Respuesta. En absoluto. Solo quisimos reaccionar ante la palabra de las feministas radicales, que era la única que leíamos en la prensa. Nos resultaba molesto, porque no era un punto de vista que compartiéramos y porque, a nuestro alrededor, conocíamos a muchas mujeres que opinaban lo mismo. A mi entender, no te quedas traumatizada durante años porque un hombre te haya tocado un muslo... Se trataba de contar que todas las mujeres no reaccionamos igual ante gestos que podemos considerar groseros o fuera de lugar.

P. Se les ha reprochado su falta de solidaridad con las demás mujeres...
R. A un hombre no se le pide que comparta las opiniones del resto de varones del planeta. Eso es imposible. No estamos diciendo que nos parece bien que violen a las mujeres, sino que señalamos los derrapes que ha tenido ese movimiento. Por ejemplo, poner en tela de juicio a ciertos hombres por hechos bastante mínimos, que han tenido consecuencias graves en sus carreras. Se ha constituido un tribunal público en el que ni siquiera se les ha dejado defenderse. De repente, tuvimos la sensación de que todos los hombres eran cerdos. Hay que meterse en la piel de quienes han padecido violencia sexual, pero también pensar en los hombres que han sido víctimas de acusaciones muy rápidas y con consecuencias graves en sus vidas profesionales.

P. Subrayando las disfunciones del movimiento y no sus aciertos, ¿no se arriesgan a hundir esa toma de conciencia sobre la violencia sexual y los abusos de poder, que su propio manifiesto considera “necesaria”?
R. ¿No dicen las feministas que se ha liberado la palabra? Pues, si es así, nuestra palabra vale lo mismo que la suya. La censura que ha podido provocar este caso me parece ridícula. Me parece muy grave que se borre a un actor de una película [Kevin Spacey, sustituido por otro actor en ‘Todo el dinero del mundo’ tras ser acusado de agresiones sexuales]. Son métodos que me recuerdan a los del estalinismo…

P. Su tribuna habla de “una ola purificadora” que terminará instalando “una sociedad totalitaria”. ¿No es un poco excesivo?
R. Precisamente, me cita una frase que escribí yo. En todo texto polémico hay una parte de exageración, pero lo asumo totalmente. Veo aparecer un clima de inquisición, en el que cada uno vigila a su vecino, como sucedía en los regímenes soviéticos, y luego lo denuncia en las redes sociales. Todos los rincones de la sociedad están bajo vigilancia, incluida nuestra esfera íntima…

P. ¿No son esas acusaciones el resultado de una justicia imperfecta, a causa de las prescripciones y de la falta de pruebas?
R. De acuerdo, pero no es el mejor método. Si cada ciudadano se toma la justicia por la mano, regresaremos a los tiempos del Lejano Oeste. La justicia tiene defectos y es innegable que se le escapan cosas, pero vivimos en una sociedad que acepta que es ella la encargada de juzgar y no un tribunal popular. En eso soy radical.

P. Se la ha acusado de antifeminista. ¿Lo es?
R. Si hablamos de ese feminismo en concreto, sí que me posiciono en contra. Pero hoy existen varias corrientes feministas... Yo me siento más cercana a las feministas que integran el sexo en su discurso, que suelen ser más jóvenes que yo, que a quienes expresan, a través del movimiento #MeToo, posiciones radicales que nunca he compartido, ni ahora ni durante los años 70. El feminismo sigue estando muy justificado en el entorno social. Por ejemplo, en cuanto a la igualdad salarial. Y también milito por esa igualdad en la libertad sexual, eso va por sentado…

P. También se les reprocha que casi todas sean blancas y burguesas. Que defiendan, al fin y al cabo, una postura elitista.
R. Sí, nos han reprochado que no tomemos el metro. En realidad, yo lo tomo varias veces al día. Cuando era más joven, alguna vez vino algún hombre a frotarse contra mí en los transportes públicos, y no por eso me morí ni me convertí en una impedida… En realidad, entre las firmantes del manifiesto hay una mezcla generacional y de orígenes. Por otra parte, las mujeres que nos atacan también son intelectuales y universitarias, igual que nosotras. Catherine Deneuve debe de tener un modo de vida algo distinto, pero las demás somos bastante parecidas a quienes nos atacan…

P. ¿Considera que el famoso “derecho a importunar” que defiende el texto es más importante que el derecho a no ser importunado?
R. Es que son dos cosas que van juntas... Cuando un hombre te molesta, tienes la libertad de decirle que deje de hacerlo. Una tiene la capacidad de decir que no. Por otra parte, importunar es una palabra bastante leve. No es lo mismo que acosar, ni mucho menos. Alguien te puede importunar fumando a tu lado en un lugar público…

P. No es el mismo grado de intrusión que tocar a alguien.
R. Sé que se nos reprocha mucho esa palabra, pero que la gente abra el diccionario... Mire, se lo voy a buscar… [busca la definición en su tableta]. Importunar es sinónimo de molestar, fastidiar, incomodar, sacar de quicio…

P. ¿Pero entiende que existan mujeres que no quieran ser importunadas cuando pasean por la calle o van en metro?
R. No. Creo que hay un margen en que el comportamiento de los demás puede desplegarse sin que sea considerado un delito. A ti te puede parecer desagradable y te puedes quejar, pero no por eso es un delito... Y, como tal, no quiero que esté regulado, ni por una moral superior ni por la ley. Hay que aceptar que existen impertinentes en la vida. Esas mujeres parecen aspirar a una sociedad utópica y regulada hasta el más mínimo detalle, donde un hombre deberá tomar precauciones antes de dirigirse a una mujer. La codificación de nuestras relaciones es imposible, a no ser que nos convirtamos en robots.

P. Sostiene que ese derecho a importunar es indispensable para garantizar la libertad sexual. ¿En qué sentido?
R. En una relación entre dos individuos, siempre hay un momento borroso y ambiguo, en el que alguno de los dos no tiene muy claro lo que quiere… Cuando me ha intentado seducir un hombre, a veces he sentido una atracción que no era lo suficiente grande para ceder de inmediato. Un momento de duda… A veces terminas cediendo y otras, no. Mientras que esas mujeres dicen que un no siempre es definitivo, yo creo que hay matices. A veces, los hombres tienen una oportunidad si insisten una segunda vez…

P. Denuncian un regreso a la moral victoriana. De nuevo, ¿no es un poco exagerado, en una sociedad donde la sexualidad resulta omnipresente?
R. Hace tiempo que creo que, cuanta más libertad hay en el discurso y en la circulación de las imágenes, más se crispan sectores que la consideran molesta, por lo que su reacción se vuelve cada vez más violenta. Lo sorprendente es que esta voluntad de censura ya no proceda de círculos extremadamente conservadores, sino de mujeres que se consideran feministas. No sé si vio a las dos chicas que pidieron al Metropolitan de Nueva York que descolgara un cuadro de Balthus: eran dos jóvenes modernas y probablemente de izquierdas…

P. Son casos puntuales, que ya tenían lugar mucho antes del movimiento #MeToo. Pintores como Balthus o Schiele, al que también se refiere su texto, llevan décadas generando escándalos. ¿No toman la excepción como si fuera la regla?
R. Sí, pero yo creo que hay que reaccionar con rapidez, porque los efectos en la realidad pueden ser inmediatos. Fíjese en ese profesor estadounidense despedido por mostrar imágenes del siglo XVIII, probablemente algo libertinas, a sus alumnos… ¡Algunos de sus padres las habían considerado pornográficas!

P. “Lamento mucho no haber sido violada, porque así podría dar fe de que una violación también se supera”, dijo en diciembre. Su frase ha generado un escándalo inmenso. ¿Se arrepiente de haberla pronunciado?
R. No. Fue una formulación algo ligera y cómica, pero solo porque no quería enmarcarme en una excesiva gravedad. Al tener la vida sexual que he tenido, en la que he contado con muchos compañeros distintos –algunos de ellos, perfectos desconocidos–, siempre he dicho que, si me hubiera encontrado en una situación de violación, no me habría defendido. Así habría tomado menos riesgos, porque lograría neutralizar la violencia del agresor. Si la violencia de ese acto me hubiera trastornado, creo contar con la suficiente capacidad moral para superar ese hecho e intentar olvidarlo. Esa es mi respuesta personal. Hace poco leí una entrevista con una abogada que había sido violada de joven y que desaconsejaba a sus clientas denunciar e ir a juicio, porque eso solo te hace prisionera del sufrimiento. Salvo en casos donde haya consecuencias físicas graves, yo creo que la mente logra vencer al cuerpo.

P. ¿No cree que una violación también tiene consecuencias psicológicas?
R. Existen para algunas mujeres, pero no para todas. Hay que dejar de creer que la mujer siempre es una víctima. Puede ser víctima de ese acto en un instante, pero también puede encontrar en ella la capacidad de reaccionar…

P. Una de las firmantes del texto, la filósofa Peggy Sastre, es autora de un ensayo titulado ‘La dominación masculina no existe’. ¿Está de acuerdo con eso?
R. Existe, pero no en todas partes. En nuestra sociedad, a día de hoy y en la clase media, las mujeres cuentan con un gran poder. En la esfera doméstica, a menudo son ellas quienes imponen su voluntad dentro de la pareja, a causa de la culpabilidad de los hombres jóvenes y al hecho de trabajar y ser económicamente libres…

P. Entonces, ¿dónde persiste la dominación masculina?
R. Voy a echar balones fuera... Ha habido tantos progresos en las últimas décadas… Si comparo mis posibilidades con la vida que tuvo mi madre, en una sola generación hemos ganado mucho. Pero a las feministas les sigue interesando hacernos creer que nuestra sociedad es únicamente patriarcal. Eso no es verdad. Yo creo que también existe un matriarcado…

P. Para usted, ¿el patriarcado es cosa del pasado?
R. Digamos que está seriamente mermado.

martes, 9 de enero de 2018

#hemeroteca #libertadsexual | Cien artistas e intelectuales francesas contra el “puritanismo” sexual

Imagen: El País / Catherine Deneuve
Cien artistas e intelectuales francesas contra el “puritanismo” sexual.
Un manifiesto firmado por la actriz Catherine Deneuve o la escritora Catherine Millet se opone al movimiento #MeToo.
Álex Vicente | El País, 2018-01-09
https://elpais.com/cultura/2018/01/09/actualidad/1515513768_647890.html

En Hollywood, el movimiento ‘Time’s Up’, apoyado por más de 300 actrices, logró teñir de negro la ceremonia de los Globos de Oro en protesta contra las agresiones sexuales. En Francia, un colectivo formado por un centenar de artistas e intelectuales tomó este martes la dirección contraria al firmar un manifiesto opuesto al clima de “puritanismo” sexual que habría desatado el caso Weinstein. La tribuna, publicada en el diario ‘Le Monde’, está firmada por conocidas personalidades de la cultura francesa, como la actriz Catherine Deneuve, la escritora Catherine Millet, la cantante Ingrid Caven, la editora Joëlle Losfeld, la cineasta Brigitte Sy, la artista Gloria Friedmann o la ilustradora Stéphanie Blake.

“La violación es un crimen. Pero la seducción insistente o torpe no es un delito, ni la galantería una agresión machista”, afirman las autoras de este manifiesto. “Desde el caso Weinstein se ha producido una toma de conciencia sobre la violencia sexual ejercida contra las mujeres, especialmente en el marco profesional, donde ciertos hombres abusan de su poder. Eso era necesario. Pero esta liberación de la palabra se transforma en lo contrario: se nos ordena hablar como es debido y callarnos lo que moleste, y quienes se niegan a plegarse ante esas órdenes son vistas como traidoras y cómplices”, defienden las firmantes, que lamentan que se haya convertido a las mujeres en “pobres indefensas bajo el control de demonios falócratas”.

Entre las impulsoras del manifiesto se hallan personalidades que ya habían expresado opiniones opuestas a este movimiento, cuando no abiertamente contrarias a ciertas luchas del feminismo. Por ejemplo, la filósofa Peggy Sastre, autora de un ensayo titulado ‘La dominación masculina no existe’, o la escritora Abnousse Shalmani, que en septiembre firmó una columna donde describía el feminismo como un nuevo totalitarismo. “El feminismo se ha convertido en un estalinismo con todo su arsenal: acusación, ostracismo, condena”, dijo en el semanario ‘Marianne’. Por su parte, la periodista Élisabeth Lévy ha tildado de “infecto” el movimiento iniciado por etiquetas como #MeToo o #balancetonporc (“denuncia a tu cerdo”). En un registro más moderado, Deneuve también se opuso a este fenómeno a finales de octubre. “No creo que sea la forma más adecuada de cambiar las cosas. ¿Después qué vendrá? ¿'Denuncia a tu puta'? Son términos muy excesivos. Y, sobre todo, creo que no resuelven el problema”, declaró entonces. También Millet, crítica de arte y autora del relato autobiográfico ‘La vida sexual de Catherine M.’, se ha opuesto repetidamente a un feminismo “exacerbado y agresivo”.

Las firmantes aseguran que las denuncias registradas en las redes sociales se asimilan a “una campaña de delaciones y acusaciones públicas hacia individuos a los que no se deja la posibilidad de responder o de defenderse”. “Esta justicia expeditiva ya tiene sus víctimas: hombres sancionados en el ejercicio de su oficio, obligados a dimitir […] por haber tocado una rodilla, intentado dar un beso, hablado de cosas intimas en una cena profesional o enviado mensajes con connotaciones sexuales a una mujer que no sentía una atracción recíproca”, dicen en la tribuna. También advierten el regreso de una “moral victoriana” oculta bajo “esta fiebre por enviar a los cerdos al matadero”, que no beneficiaría la emancipación de las mujeres, sino que estaría al servicio “de los intereses de los enemigos de la libertad sexual, como los extremistas religiosos”.

Efectos en la cultura
El manifiesto alerta también sobre las repercusiones que este nuevo clima podría tener en la producción cultural. “Algunos editores nos han pedido […] que hagamos a nuestros personajes masculinos menos 'sexistas', que hablemos de sexualidad y amor con menos desmesura o que convirtamos 'los traumas padecidos por los personajes femeninos' en más explícitos”, denuncian las firmantes, oponiéndose también a la reciente censura de un desnudo de Egon Schiele en el metro de Londres, a la petición de retirar un cuadro de Balthus de una muestra del Metropolitan de Nueva York o a las manifestaciones contra una retrospectiva dedicada a la obra Roman Polanski en París.

“El filósofo Ruwen Ogien defendió la libertad de ofender como algo indispensable para la creación artística. De la misma manera, nosotras defendemos una libertad de importunar, indispensable para la libertad sexual”, suscriben las cien firmantes del manifiesto. “Como mujeres, no nos reconocemos en este feminismo que, más allá de la denuncia de los abusos de poder, toma el rostro del odio a los hombres y a la sexualidad”, concluyen. El texto generó este martes malestar entre las asociaciones feministas en Francia, que lo atacaron en las redes sociales. “Indignante. A contracorriente de la toma de conciencia actual, algunas mujeres defienden la impunidad de los agresores y atacan a las feministas”, declaró la asociación ‘Osez le féminisme’.