domingo, 3 de mayo de 2026

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Una manifestación del Orgullo Crítico de Madrid //

Dos maricones, tres lesbianas, una bisexual y la importancia de colectivizarse

Paco Tomás | Público, 2026-05-03

https://www.publico.es/opinion/columnas/dos-maricones-tres-lesbianas-bisexual-importancia-colectivizarse.html

A Isabel Díaz Ayuso no le gusta que los gais, lesbianas, bisexuales, trans y demás identidades afectivo-sexuales y de género estemos unidas. Ella, que opina que el Orgullo LGTBIQ+ es “un secuestro mediático” que hay que “estar aguantando” durante todo un mes, que ha legislado contra nosotros permitiendo que las torturas de conversión -o sea, curarnos de nuestra homosexualidad o identidad de género- NO sean delito penal, nos anima a que dejemos de colectivizarnos. Que mejor un gay por aquí, una lesbiana por allá, pero nada de ir juntas a ninguna parte. 

Cuando Ayuso, o cualquier otra persona, dice eso lo que está haciendo es lo mismo que hizo la clase empresarial, a principios del siglo XIX, cuando los obreros comenzaron a organizarse en sindicatos para luchar contra las jornadas laborales inhumanas, los bajos salarios y el empleo infantil. Que los obreros se unieran para luchar por sus derechos fue recibido por los empresarios, en los años de la revolución industrial, como una amenaza a sus ingresos económicos, preocupándose ante la idea de que sus trabajadores, a los que consideraban su propiedad, se atrevieran a reclamar derechos y desafiar su autoridad.

Un individuo es más fácil de someter, de asustar, de coaccionar, que un grupo. Colectivizarse no es otra cosa que darle un peso político a nuestra unión para así, juntes, mejorar nuestra vida. Eso hizo el asociacionismo gay y lésbico en los años posteriores a las revueltas de Stonewall. Negar su existencia y su relevancia en la sociedad actual es invisibilizar una lucha histórica.

Otra cosa es que esa lucha tuviera la repercusión mediática que tiene ahora. Que hubiera jóvenes adolescentes maricas, en los años 70 y 80 en España, que supieran de la existencia de estos colectivos y decidieran unirse a su causa, que no era otra que lograr derechos y libertades para todos ellos. Yo mismo, a finales de los años 80, como chico marica de veinte años, ni siquiera tenía conciencia de la existencia de colectivos LGTB. Ni siquiera existía el concepto de comunidades LGTB porque eso llega en los años 90 al procurar hacer más inclusivo el movimiento homosexual de los 70.

En 1970, Francesc Francino y Armand de Fluviá fundan, en la clandestinidad, la agrupación AGHOIS, que dos años después pasaría a denominarse Movimiento Español de Liberación Homosexual (MELH). A mitad de los años 70 ya existían frentes de liberación en diferentes ciudades españolas, como el FAGC, EGHAM [i.e. EHGAM] o FHAR, e incluso ellos se dieron cuenta de la necesidad de colectivizarse para lograr que su voz se escuchase porque, por separado, no tenían tanta fuerza. Y se creó, en 1977, la COFLHEE, la Coordinadora de Frentes de Liberación Homosexual del Estado Español. Y hasta 1992 no nace la Federación Estatal de Gais y Lesbianas, porque en ese momento aún no se habían sumado las personas trans ni las bisexuales. 

Recuerdo que, a mediados de los años 90, el diputado Jorge Trías Sagnier, que era el interlocutor del PP con las entidades activistas LGTB en la estéril negociación por una ley de parejas de hecho, le dijo a Pedro Zerolo y a Mili Hernández: “Vosotros sois cuatro y os lleváis muy bien con la prensa”. Que es como decir que sois dos maricones y una bisexual, o dos travestis y tres lesbianas, y punto. Hubo que colectivizarse, salir a las calles en el Orgullo, que vieran todos los que éramos, para que dejaran de ningunearnos.

A partir de ahí se inicia un camino en la lucha por los derechos de las comunidades LGTBIQ+ con importantes logros, como el matrimonio igualitario y la adopción, y considerables errores, como permitir que el capitalismo más voraz devore la reivindicación y convierta nuestra historia -no olvidemos nunca que cada 28 de junio estamos celebrando una revuelta contra el orden establecido- en un simulacro de fiesta de interés turístico regional.

Un sindicato, una cooperativa, una asociación, incluso un club de fans, es una manera de colectivizarse, de crear comunidad. Sentir que estás solo en el mundo es una realidad contra la que lucha esa colectivización. Hasta encontrar esa familia elegida, las personas afines con las que creas tu grupo de amigos con los que salir de fiesta, sentarte en un banco, ir al cine o montar una banda de música, es un modelo de colectivización, porque son gente que te protege y te sustenta cuando las cosas van mal. 

Y eso es algo que el liberalismo, que ya sabéis que es el hijo psicópata del capitalismo, rechaza. De ahí que sea un pensamiento filosófico, económico y político que abogue por el individualismo. Que busque cómplices que crean que su exclusivo bienestar es lo único por lo que merece la pena luchar, que su visión del mundo se reduzca a su estricta costumbre, que si ellos no han pasado hambre esa sea una prueba de que no hay hambre en el mundo, que sus privilegios sean incuestionables, que la empatía no les incumba porque eso les hace endebles y que si un fondo buitre te echa de tu casa, la culpa sea tuya por no haberte esforzado lo suficiente para poder comprarte una.

Pensar que formar parte de una comunidad es asumir un pensamiento único es un grave error. De hecho, somos varias comunidades, con realidades muy diversas, incluso dentro de cada comunidad, con las que a veces se discute al confrontar los distintos puntos de vista. Pero también sabemos que solo el colectivo, la comunidad, el grupo, podrá salvarnos. Porque el individualismo responde a la idea de que solo se progresa desde la competencia, despreciando el interés colectivo. Y dos maricones y una bisexual serían invisibles si no tuvieran alrededor a millones de maricones, lesbianas, bisexuales, personas trans, haciendo piña.

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