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jueves, 27 de octubre de 2016

#hemeroteca #mujeres #arte | Clara Peeters, la pintora de bodegones que ha cambiado la historia del Prado

Imagen: El Diario / Bodegón de Clara Peeters (1611)
Clara Peeters, la pintora de bodegones que ha cambiado la historia del Prado.
La pinacoteca nacional expone a esta pionera de los bodegones en el Barroco después de 200 años sin dedicar una muestra individual a una mujer.
J.M. Costa | El Diario, 2016-10-27

http://www.eldiario.es/cultura/arte/Clara-Peeters-primera-Prado-invento_0_573943541.html

Esta de Clara Peeters (¿1588 – 1658?) es la primera exposición individual que el Prado dedica a una mujer en sus casi 200 años de historia. Dejemos que esto cale un poco.

Que este ha sido tradicionalmente un mundo dominado por lo masculino se refleja en un terreno, el de las artes, donde no hay excusa de orden físico para que las mujeres no pudieran operar en pie de igualdad con los hombres. Algo que no ha sucedido, exceptuando quizá en la poesía. Y ni aún así.

Sin embargo, las mujeres pintoras existen desde siempre. En nuestra cultura al menos desde la antigua Grecia. Un ejemplo fue la pionera Anaxandra (siglo III a.C.), hija del también pintor Neakles y a la que Clemente de Alejandría mencionaba en un capítulo de su ‘Stromata’ llamado "Las mujeres son tan capaces como los hombres de la perfección". Por su parte, Plinio el Viejo ya había mencionado a Timarete, Eirene, Kalypso, Aristarete, Iaia y Olympias. Pero por mucho que lo dijeran Plinio y Clemente, el sistema no se dio por enterado.

Sobre todo durante la Alta Edad Media las mujeres, nobles o religiosas, tuvieron una parte fundamental en la creación de tapices e ilustraciones para libros. En la Baja Edad media se reforzó el dominio masculino, aunque aún pudo haber luminarias como la increíblemente polifacética Hildegard von Bingen (1089-1179) que escribía, hacía música (de la más interesante de la época) y en cuyos conventos las monjas llevaron una intensa actividad de iluminación de manuscritos. Según parece, poco antes de la imprenta de tipos movibles (hacia 1440) en ciudades como París la mayoría de las encargadas de este trabajo eran mujeres, nobles o religiosas.

Acercándonos a la época de Peeters, decir que con la difusión del humanismo y su idea de la igualdad básica de las personas, las pintoras disponían de una justificación intelectual para su actividad. Aunque entonces entraban en juego consideraciones de orden social para dificultar su acceso a la profesión.

El camino de aprendizaje en el arte (como en toda profesión organizada en gremios) pasaba por vivir como interno en el taller del maestro. Y hasta hace menos de un siglo, que una mujer abandonara el hogar paterno si no era para casarse o meterse monja estaba fatalmente visto. Que no sucedía, vaya. Debido a ello buena parte de las pintoras, incluida Peeters, eran a su vez hijas de pintores, en cuyo taller podían estudiar y practicar sin salir de casa. Y aún quedaba el problema de la temática. La enseñanza de la pintura incluía el dibujo de la figura humana masculina, muchas veces desnuda. Algo también impensable para una señorita de la época y un freno a su formación.

La primera gran pintora (reconocida) del Renacimiento fue Sofonisba Anguissola (1535 - 1625), hija de una familia de la baja nobleza de Génova. Sofonisba tuvo el suficiente prestigio como para ser reclamada por la corte de Felipe II, donde llegó a retratar al emperador y este incluso le buscó un marido de la alta nobleza y la dotó. Su hermana Lucia también fue una pintora notable.

En el Renacimiento se conocen la obra y la vida de otras pintoras como Lavinia Fontana, Fede Galizia, Diana Scultori Ghisi, Caterina van Hemessen, Barbara Longhi, Marietta Robusti, Plautilla Nelli, Levina Teerlinc e incluso una santa, Catalina de Boloña (Caterina dei Vigri). Casi todas hijas de pintores, como se comentaba más arriba.

El nacimiento del bodegón
En el Barroco, la época de Clara Peeters, aumentó todavía más el número de mujeres pintoras. Como la lista es larga, solo destacar a la más potente de ellas, Artemisia Gentileschi, de nuevo hija de un pintor. Hoy en día Artemisia está reconocida como una de las principales figuras del Barroco, hombre o mujer. Pero hasta hace bien poco apenas aparecía como mención en las monografías del periodo.

Luego la historia continuaría en tono similar, pero hay que detenerse en Clara Peeters y esta exposición. Se trata de una pequeña muestra en una única sala, pero en absoluto menor. Aparte de que la corte de los Austrias se interesara por ella, gracias a lo cual El Prado dispone de una buena representación de su trabajo, resulta que Peeters no es que fuera “tan buena como un hombre” (expresión estándar a través de los siglos), es que fue una innovadora y ayudó a crear un género que entonces nacía como tal y luego ha permanecido en la historia de la pintura hasta bien entrado el siglo XX. Hablamos de bodegones y naturalezas muertas.

Lo que comenzó como género definido en época de Peeters y en el que ella fue la principal iniciadora en los Países Bajos (tanto en Flandes como en Holanda) forma parte muy destacada del imaginario español. Blas de Prado y sobre todo Sánchez Cotán realizaron a principios del siglo XVII unos bodegones desnudos que siguen influyendo fuertemente en artistas del presente como José Maldonado, que los han referido de forma directa. Tras ellos vinieron van der Hammen, El Labrador, Ponce, Pradera, Deleito, Medina, Juan de Espinosa, por supuesto Zurbarán y de forma implícita Velázquez, hasta llegar a Meléndez o Goya.

Como vemos, todo hombres. Y sin embargo Clara Peeters desarrolló y valoró el género antes que la mayoría de los mencionados y que sus compatriotas. En esta exposición, comisariada por Alejandro Vergara (conservador jefe de pintura Flamenca y Escuelas del Norte del Prado), hay quince de sus treinta y una obras firmadas (además existen unas setenta y seis más o menos atribuidas) y aparte de un presunto autorretrato de 1610, está todo lo más interesante y/o conocido. Todas las datadas lo son entre 1610 y 1621, pero se especula con obras de 1627 e incluso más tardías.

El ajuar del alto bodegón
Mientras los bodegones de Sánchez Cotán (que tampoco se dedicó en exclusiva a ello) poseen un carácter simbólico que ha sido interpretado en numerosas ocasiones, los bodegones de Clara Peeters no parecen tener ese cometido excepto en detalles tan obvios como una cruz. Son, puede decirse sin el menor desdén, alta decoración.

Alta decoración surgida muy probablemente en una ciudad como Amberes, donde se supone trabajó Clara. Tras una crisis profunda debido a los vaivenes políticos, Amberes había vuelto a reverdecer bajo el gobierno imperial y muy contrarreformista, también en sentido estético, de la hija de Felipe II, Isabel Clara Eugenia. En aquella época ya existían los primeros marchantes, incluso internacionales y parece que la obra de Peeters encontró amplia difusión.

No es raro. Aparte el efecto Zeuxis (pintor griego cuyas uvas eran tan realistas que iban a posarse los pájaros para picotearlas), los bodegones, naturalezas muertas y algún florero que se han reunido en el Prado son la descripción de una época y un estrato social.

La vajilla, la cubertería y la cristalería que aparecen en estos cuadros son de alto ‘standing’. Copas, fuentes, jarras, cuchillos, platos en plata, oro, bronce, cerámica fina o porcelana kraak o de pasta blanda… Algunos de esos utensilios aparecen varias veces, lo cual indica que eran propiedad de la pintora quien, por cierto, se refleja en algunos de ellos. Además de esos objetos de lujo aparecen conchas exóticas o monedas, también señal de estatus. Es curioso que en tierras de lo textil apenas una de las superficies esté cubierta por un paño.

Símbolo de opulencia
Yendo a lo orgánico, hay bodegones de vegetales, quesos o dulces y naturalezas muertas de pluma y pescados. Las diferencias entre unas y otras son notables.

Mientras los vegetales, frutas, quesos o alimentos cocinados se presentan con el lujo mencionado, como si estuvieran ya sobre la mesa del comedor, las naturalezas muertas parecen más bien situadas en la cocina y casi no hay atisbo de ostentación. La espumadera o el colador son de cobre y las fuentes de loza. Eso sí, cuando se trata de caza de pluma suele aparecer también un halcón o un gavilán con apariencia de estar vivos, lo que viene a implicar nobleza porque solo lo nobles podían usar aves y perros para la caza.

Tratándose de los Países Bajos no podían faltar las flores, otro signo de opulencia y también de inversión. De hecho, una de las primeras burbujas del capitalismo, la llamada crisis de los tulipanes, sucedió en vida de Peeters. Tras un periodo superalcista desde los años 20 del siglo XVII en el que un solo bulbo llego a valer lo mismo que 24 toneladas de trigo, los precios se desplomaron en 1637 de un día para otro, generando una profunda crisis en toda la economía europea.

Patos, becadas, tórtolas o pichones habían aparecido ya en algún que otro bodegón (de Sánchez Cotán, p.e.) pero una innovación de Peeters fueron los pescados. Generalmente de río. En ellos prueba su maestría, que puede hacerse extensible a los quesos, los mazapanes, los higos secos… Y a la composición general. Puede que debido a estar limitada únicamente a este género, Peeters profundizara en él, innovara y logrará un mayor virtuosismo que casi todos sus compañeros masculinos. Su competidor local Frank Snijder (1579 –1657) pareció ir siempre por detrás de sus invenciones.

Los bodegones de Clara Peeters son el retrato de la sociedad emergente tras la Reforma y la Contrarreforma a través de objetos caseros. De la comida y sus utensilios. No es la grandiosidad de Rubens ni de van Eyck, sus presuntos vecinos de Amberes. Tampoco es necesario. Sin ella solo veríamos la parte oficial de la vida.

martes, 25 de octubre de 2016

#hemeroteca #mujeres #arte | El Prado reconoce a las mujeres pintoras

Imagen: La Vanguardia / Exposición sobre Clara Peeters en El Prado
El Prado reconoce a las mujeres pintoras.
La pinacoteca repara siglos de marginación de género con ‘El arte de Clara Peeters’.
Fernando García | La Vanguardia, 2016-10-25
http://www.lavanguardia.com/cultura/20161025/411295132418/clara-peeters-exposicion-museo-prado.html

Hace cincuenta años, unos bo­degones del siglo XVII colgados en El Prado llamaron poderosamente la atención de una pa­reja de estadounidenses aficionados al arte que andaba de visita por la capital española. Lo que más les intrigó de aquellas pulcras natu­ralezas muertas pintadas con el ­realismo más detallista fue el hecho de que llevaran la firma de una mujer –Clara Peeters–, hecho bastante insólito en el arte de la época.

A su regreso a Estados Unidos, los dos jóvenes norteamericanos, Wilhelmina Cole y Wallace F. Holladay, buscaron toda la información disponible sobre la tal Clara Peeters. Pero poco o nada pudieron averiguar de la pintora, salvo que ­vivió en Flandes, seguramente en Amberes, entre finales del XVI y el XVII. Lo mismo les sucedió cuando, azuzada su curiosidad por la propia desinformación, quisieron saber más, primero sobre las pin­toras contemporáneas a ella y después sobre las mujeres dedicadas al arte, en general. Después de años de indagaciones, el matrimonio de­cidió volcar sus resultados y ofrecerlos al mundo. Así nació en 1987, en Washington D.C., el National Museum of Women in the Arts (NMWA), tenido por el “único museo importante en el mundo dedicado exclusivamente al reconocimiento de las contribuciones creativas de las mujeres”.

Ahora, el NMWA es uno de los prestadores de la muestra El arte de Clara Peeters, que desde hoy y hasta el 19 de febrero puede verse en El Prado. Se trata de la primera ex­posición que la pinacoteca madri­leña, en sus 197 años de existencia, dedica a una mujer pintora. Un dato insólito que corrobora –y repara por la parte que le toca– el secular arrinconamiento de las artistas.

La historia de los fundadores del NMWA la supo hace sólo unos días el comisario de la exposición de El Prado, Alejandro Vergara, que la esbozó ayer durante la presentación de la muestra, organizada conjuntamente con el Museo Real de Bellas Artes de Amberes y a la que ambas instituciones dieron el mayor relieve. No en vano en el acto de apertura y explicación participaron el ministro de Cultura del Gobierno de Flandes, Sevn Gatz, el director de El Prado, Miguel Zugaza, y, por parte de la entidad patrocinadora, el presidente de la Fundación Axa, Jean-Paul Rignault.

Por lo que el comisario contó a periodistas e invitados, la preparación de la muestra implicó una investigación casi detectivesca cuyos frutos resultaron limitados respecto a la biografía de Clara Peeters pero fascinantes en lo que se refiere a su obra, así como al contexto social y cultural en que la produjo.

El punto de partida era el de un desconocimiento casi absoluto sobre una pintora a la que se atribuyen sólo 40 cuadros –cuatro de ellos originariamente en El Prado–, de los cuales los 15 mejores integran la exposición. Según Vergara, “la mayor parte” de los datos que aún hoy podemos hallar de la propia Peeters y de otras pocas mujeres artistas de entre el XVI y XVII –casi todas hijas de pintores– son “erróneos” o como poco dudosos. De ella en particular sabemos que su primera creación conocida data de 1607 y la última de 1621; que nació en torno al 1588 o 1590; que pintó para la aristocracia, con un pico de actividad en los años 1611 y 1612 y que, dada la amplia distribución de su obra en Europa, es probable que trabajara de manera “altamente profesional” y exportara piezas a través de marchantes.

La obra de Peeters y su contexto indican que fue una pionera en el campo de la naturaleza muerta, en el que es probable que se refugiara ante las limitaciones y los condicionantes sexistas que, entre otras cosas, impedían a las mujeres aprender las técnicas del dibujo anatómico a partir de modelos desnudos. Dentro de esa especialización en la pintura de bodegones con alimentos cocinados o a punto de echar a la cazuela, a ella se atribuyen los primeros que tienen como base el ­pescado: tema por demás idóneo cuando los días de ayuno de carne podían llegar a tres por semana.

Pescados, mariscos, dulces, quesos, conchas, alcachofas y aves de caza, todo ello reservado a las mesas de la más alta alcurnia; copas, platos, jarras, saleros y cuchillos de materiales siempre nobles y caros; manteles bordados en los mejores telares del mundo y hasta mesas de madera con calidad acreditada a través del correspondiente sello de fábrica aparecen pintados en los cuadros de Peeters con una precisión casi fotográfica.

Pero el realismo de la flamenca no es rutinario. Pues, de un lado, rompe con la tendencia idealista del renacentismo y en ese sentido señala a la pintora como una “vanguardista” que fue “a contracorriente”, destacaba ayer el comisario de la muestra. Y, de otro lado, la autora ejecutó cada obra con un esmero extraordinario en la composición y en el contraste de colores. Nada queda al azar en sus cuadros.

Peteers incluyó numerosos y minúsculos autorretratos –unas veces mostrando sólo la cabeza pero otras de medio cuerpo e incluso con pincel y paleta– en las superficie de las copas o las tapas de las jarras de sus bodegones. Era, creen los expertos e informaba ayer Vergara, su forma de reafirmarse como mujer pintora y de asegurarse un mínimo reco­nocimiento. Los autorretratos se aprecian en ocho de sus obras, seis de ellas presentes en la exposición.

Otro elemento de identificación y reivindicación de sí misma en un entorno que negaba toda visibilidad a las féminas dedicadas al arte es la presencia, en gran parte de las pinturas, de un cuchillo de plata rotu­lado con su nombre. En aquellos tiempos, este cubierto no se ponía en las mesas de comidas sociales, ­sino que eran los invitados los que tenían que llevar cada cual el suyo. La inscripción de un nombre en el cuchillo solía reservarse a su entrega como regalo de boda. Pero este es el único e insuficiente indicio de que la protagonista de la muestra de El Prado pudo estar casada.

Peeters no fue inscrita en el gremio de pintores de Amberes, pero hay un documento que la cita como artista de esa villa y seis de las tablas que empleó en sus cuadros tienen marcas que los sitúan allí.

El Prado levantó ayer en parte el velo que cubría a Peeters y, en ge­neral, a las mujeres artistas. Pero de una y de otras queda un mundo por saber y reconocer. Para empezar, el museo confía en que la muestra ­sirva para sacar a luz otros cuadros hasta ahora desconocidos de la misteriosa pintora de Amberes.

lunes, 24 de octubre de 2016

#hemeroteca #mujeres #arte | 200 años sin mujeres pintoras... hasta hoy. Clara Peeters rompe el tabú del Prado

Imagen: El Confidencial / 'Bodegón' de Clara Peeters
200 años sin mujeres pintoras... hasta hoy. Clara Peeters rompe el tabú del Prado.
La pintora barroca sigue haciendo historia cuatro siglos después y protagoniza la primera exposición de la historia de la pinacoteca nacional dedicada a una mujer.
Padro Campos | El Confidencial, 2016-10-24
http://www.elconfidencial.com/cultura/2016-10-24/museo-del-prado-clara-peeters-primera-exposicion-mujer-pintura_1279531/

El Museo del Prado tiene obra de más de 5.000 artistas hombres frente a 41 mujeres, a las que habría que sumar otras 12 contemporáneas, de las que atesora unas 70 obras. Solo siete están expuestas en sus colecciones. Mientras las mujeres cuelgan habitualmente de las paredes de los museos, pocas son las que firman los cuadros. Por eso, no es de extrañar que la historia del arte está tachada, y con razón, de machista. Han hecho falta 200 años para que el Prado se rinda a las mujeres. La pinacoteca nacional, aunque parezca increíble, dedica por primera vez una exposición en solitario a una pintora: Clara Peeters. Un nombre que quedará ya grabado en la historia de la pinacoteca y de la cultura de este país como una pionera en un mundo de hombres. Una simbólica paradoja para quien ya lo fue en los albores del siglo XVII y lo vuelve a ser en este XXI.

¿Y quién es Clara Peeters? Esta pintora fue una de las pioneras de la pintura de bodegones y un importante miembro de la pintura barroca flamenca. Como le ha pasado tantísimas grandes mujeres, su historia se difumina entre el patriarcado y los años. Su trabajo ha estado prácticamente borrado durante cuatro siglos por el mero hecho de ser mujer. No fue hasta los setenta cuando se empezó a recuperar la figura de una de las escasas mujeres que pudo dedicarse profesionalmente a la pintura en Europa en la Edad Moderna y a mirar con otros ojos a su obra.

Hoy solo se conservan y conocen (aunque desde el museo esperan que la lista aumente tras esta muestra) 39 obras de Peeters, y cuatro son del Prado. El hecho de que la pinacoteca tenga la mayor cantidad de sus cuadros ha impulsado esta exposición, que se puede ver del 25 de octubre al 19 de febrero, con 15 de sus naturalezas muertas. Alberto Vergara, comisario y jefe de Conservación de Pintura Flamenca y Escuelas del Norte del Museo del Prado, puntualiza que realmente no son 200 años los que han tardado la mujer en llegar al Prado porque las exposiciones temporales solo se hacen desde hace un par de décadas. "Eso hay que matizarlo porque estas exposiciones no se hacían antes y también llega cuando lo está pidiendo la sociedad", asegura.

La discreta reafirmación de Peeters
Rubens, Van Dyck o Jan Brueghel el Viejo son solo tres de los pintores flamencos que cualquiera conoce y, además, contemporáneos de Clara Peeters. Entre faisanes y quesos, alcachofas y cangrejos, peces y dulces, esta mujer de la que apenas se conocen datos, más allá de que desarrolló su producción en Amberes, quiso reivindicarse como pintora en las primeras décadas del siglo XVII. Lo hizo, por ejemplo, en una lujosa copa dorada (a la izquierda). De forma minúscula y detallada su rostro nos mira dejando clara su presencia. Con un tocado y un vestido de hombros altos o con pinceles y una paleta, pero clavando su mirada en el espectador, Clara Peeters reafirmó su condición de mujer pintora con nombre propio y rostro a través de, al menos, ocho autorretratos que se integran de forma casi imperceptible en sus bodegones.

Es, en palabras de Vergara, la manera en la que “discretamente se quiere mostrar. Es una forma de mostrarse y, después de ella, lo empezarán a hacer otros porque no era habitual. Se quiere enseñar pero con cuidado". Son sus pequeños guiños para seguir rompiendo esa opacidad impuesta a las mujeres. Las naturalezas muertas como manera de demostrar su afán artístico y la necesidad de romper barreras en un mundo masculino de una mujer que no es que fuera especialista en bodegones sino que fue una de las precursoras de este género en los Países Bajos. Una marca de agua, en definitiva, con la que reivindicar su valía, su condición ya no de pintora sino de mujer pintora y cortar ese silencio también a través labrados cuchillos de plata en cuyas hojas y empuñaduras se puede leer su nombre.

Pero Peeters no solo fue una vanguardista en su época por esta reivindicación femenina. Comienza a trabajar el bodegón, un género que aún no tenía la fuerza que adquirió en las décadas posteriores, y en el realismo o naturismo, que también empezaba a imponerse como una alternativa al idealismo de tradición renacentista. El hecho de que las naturalezas muertas fueran el género al que dedicó su producción también tiene que ver con ser mujer, ya que no era nada fácil acceder a la profesionalización en un mundo masculino y mucho menos a los talleres o los modelos, pero del mismo modo demuestra su espíritu emprendedor y su valentía. “Es bastante pionera, una persona que va contracorriente. Es valiente y vanguardista en el contexto de la época”, subraya Vergara. "Ser mujer no pintora sino profesional era algo muy difícil en la época. Se solía conseguir si eras aristócrata o hija de un profesional. No sabemos cuál era su caso porque no se conoce nada sobre su origen".

La pintura de Peeters es preciosista, detallista -sus autorretratos son una buena muestra de su maestría al pintar en una escala tan diminuta-, laboriosa y minuciosa en la descripción de las formas y las texturas; es elegante y sobria como requiere esa opulencia que retrata en unos cuadros que fundamentalmente estaban dirigidos a la élite rica flamenca. En sus bodegones se percibe su determinación por enfatizar la apariencia real de las cosas y la creencia de que puede ir más allá mostrando lo cotidiano y conocido.

Avanzada a su tiempo, Peeters también fue una precursora a la hora de dotar de forma y significado a sus suntuosas naturalezas muertas. Fue la primera artista que pintó peces en los bodegones. El primero que se conoce es 'Bodegón con pescado, vela, alcachofa, cangrejos y gambas' (1611). Y los coloca ahí, en ese afán por retratar la realidad, porque el pescado, y en especial el de agua dulce, era un alimento cada vez más común en las mesas de la época ante las imposiciones de ayuno de carne impuestas por al Iglesia. Además, introduce la caza, lujosos productos de exportación como el queso o alimentos tan exóticos en la época como las alcachofas.

A pesar de todo ello, la historia de esta pintora se pierde en la memoria del arte. Como explica Vergara, apenas hay datos sobre ella. Los escasos documentos atestiguan que nació en Amberes entre 1588 y 1590, que era unos diez años menor que Caravaggio (quien firmó el primer bodegón de la historia: 'Cesto con frutas', 1596), sus obras más tempranas e inexpertas datan de 1607 y 1608 y su mayor actividad tuvo lugar entre 1611 y 1612. Las mayores certezas sobre su carrera las aportan sus cuadros y, a través de ellos, se puede afirmar que gozó de reputación y éxito en la época.

"Basándonos en ellos -solo podemos saber quién compraba sus cuadros-, sabemos que tuvo éxito porque se hicieron con su obra dos de los más importantes coleccionistas de arte de la época", afirma el comisario. En el siglo XVII solo había seis lienzos documentados de la artista, dos de ellos los compró la Colección Real española y otros dos Diego de Mexía, el marqués de Leganés, a quien Rubens describe en una carta como “uno de los grandes expertos [en pintura] del mundo”. Ellos posaron sus ojos sobre una artista de la que se pierde su rastro y su nombre a partir de 1621 y que hoy vuelve a tener visibilidad para continuar abriendo las pesadas puertas del arte a las mujeres.

martes, 9 de agosto de 2016

#hemeroteca #mujeres #arte | Clara Peeters, protagonista en el Museo del Prado

Imagen: Hoyesarte / 'Mesa' (1611), pintura de Clara Peeters
Clara Peeters, protagonista en el Museo del Prado.
Hoyesarte, 2016-08-09

http://www.hoyesarte.com/evento/2016/10/clara-peeters-primera-mujer-protagonista-en-el-prado/

Tras su exhibición en el Museum Rockoxhuis de Amberes, el Museo del Prado (Madrid) acogerá desde finales de octubre una exposición dedicada a Clara Peeters (Amberes, h. 1594 - h. 1659), pintora flamenca especializada en bodegones y una de las pocas mujeres artistas activa en Europa durante la primera mitad del siglo XVII.

La muestra será la primera protagonizada por una mujer pintora en el Museo del Prado. ‘El arte de Clara Peeters’ reunirá una selección de las mejores obras de la artista, entre las aproximadamente 30 que se conservan en el mundo. Esta recopilación, similar a la que se ha presentado en la ciudad belga, incluye las cuatro importantes pinturas que pertenecen al Prado.

Con la presencia de este pequeño grupo de obras destacadas se quiere destacar los logros de esta dotada y delicada artista. Tanto en la exposición como en los materiales que la acompañarán se pondrá también el foco de atención en la situación de las mujeres artistas a principios de la Europa Moderna.

Elegancia y opulencia
La vida de Clara Peeters está llena de interrogantes. Hay datos que certifican que nació en Amberes en 1594. Hija del también pintor Jan Peeters, se casó con Hendrick Joossen en Amberes y se cree que se estableció en Ámsterdam (1612) y en La Haya (1617). Las mujeres de la época tenían prohibido dedicarse a la pintura, y sólo las niñas que se criaban en familias de artistas tenían la oportunidad de aprender el oficio.

Se supone que ese fue el caso de Peeters, un prodigio del pincel que desde los trece años firmaba cuadros. Fue la principal impulsora y uno de los máximos exponentes de la pintura del bodegón o naturaleza muerta de los Países Bajos. La pintora está considerada, junto a autores como Rubens o Van Dyck, una figura clave en la pintura barroca flamenca pero nunca alcanzó el reconocimiento de sus coetáneos por el hecho de ser mujer.

Peeters se caracterizó por el uso continuo de estampados, el retrato de banquetes lujosos con vajillas caras, aves, pescados y mariscos, motivos que posteriormente se hicieron populares, y su firma minuciosa en el canto de los cuchillos. Su trabajo tiene una gran elegancia, imponiendo los objetos contra un fondo oscuro.