Ante
la repetición de mantras como “tener hijos es un deseo, no un derecho” o
“no alquiles vientres, adopta”, invito a incluir en la agenda
asignaturas pendientes para la promoción de la diversidad familiar y de
los derechos sexuales y reproductivos.
Aclaración
previa: este artículo no pretende convencer a nadie a favor de la
regulación de la gestación subrogada ni en contra del alquiler de
vientres. Entre otras cosas porque yo misma no tengo una posición
definida. Sí que tengo clara mi desconfianza hacia una regulación que
favorezca el bien común y el respeto a los derechos sexuales y
reproductivos. Lo que pretendo es alertar contra argumentos de brocha
gorda que están abundando en los medios.
Resulta inevitable
establecer paralelismos con el debate de la prostitución. Entre otras
cosas, porque el discurso feminista más visible, el de #NoSomosVasijas,
contextualiza la gestación subrogada en la violencia patriarcal que
explota y mercantiliza los cuerpos de las mujeres para satisfacer deseos
ajenas. Frente al riesgo de reproducir la misma polarización, el mismo
desencuentro estéril, animo a una actitud abierta a la reflexión y el
diálogo para poder encarar mejor un debate de una complejidad
abrumadora.
Más allá de las soluciones concretas ante la
realidad de que miles de familias que han recurrido a la gestación
subrogada en el extranjero (o que la han llevado a la práctica de manera
informal dentro de nuestro país), creo que es interesante utilizar el
debate del momento para abordar cuestiones que no están en la agenda, ni
tan siquiera en la del feminismo. De eso va este artículo.
1. Asumir la infertilidad como un problema social
Uno
de los mantras más repetidos en este debate es que “tener hijos no es
un derecho, es un deseo”. Esta afirmación, que a priori yo también
comparto, se utiliza para deslegitimar a las familias de intención que
reclaman una regulación de la gestación subrogada. Hay quien va más allá
y juzga ese deseo como “narcisista”. Esos juicios psicoanalíticos no
suelen incluir comentarios empáticos hacia las huellas emocionales que
dejan (especialmente en las mujeres) años intentando un embarazo sin
éxito, los resultados negativos en tratamientos invasivos y los abortos
espontáneos.
Tener hijos no es un deseo como otro cualquiera. Es
un mandato social de primer orden. Es el destino que se sigue
presuponiendo para todas las personas. Nacer, reproducirse, morir. Ley
de vida, nos siguen diciendo. No querer tener hijos sigue siendo algo
muy cuestionado socialmente (cuando eres heterosexual, porque cuando
sales del armario ya nadie te advierte de que se te va a pasar el
arroz); no poder tener hijos sigue siendo un estigma. Y el estigma de la
esterilidad está fuertemente ligado a la construcción de los géneros.
En el imaginario heteropatriarcal, la fertilidad es una virtud central
en las mujeres, y en los hombres.
La narrativa de los soldaditos compitiendo para conquistar el óvulo
explica que muchos hombres presuman cuando dejan embarazada a su pareja
a la primera. Un hombre estéril es, en este imaginario, menos hombre.
Decimos que cuando a una mujer (a una hembra, en realidad) se le extirpa
el útero, queda “vacía”.
Otro reproche a las familias de
intención es que son gente que no sabe encajar la frustración. Si no
puedes tener hijos, no puedes y punto. Ha ocurrido toda la vida. Pero la
dificultad para tener hijos no es un problema individual y biológico.
Como dice Silvia Nanclares,
autora de la novela sobre maternidad tardía '¿Quién quiere ser madre?',
“la infertilidad es una patología social, un síntoma de nuestra
sociedad”. Sigue Nanclares: “El Estado ha contribuido a ello, con la
toxicidad ambiental, permitiendo que la alimentación nos dañe, con la
precariedad laboral por la que ninguna mujer de 35 años se atreve a irse
de baja para tener un hijo. Por eso creo que podemos pedir cuentas al
Estado: no es que me haya quedado rezagada sino que nada me lo estaba
facilitando”.
España es el tercer país del mundo líder en
tratamientos de fertilidad, lo cual denota que tenemos un desaguisado
importante respecto a la reproducción. Es paradójico: tener hijos es un
mandato social que, al mismo tiempo, resulta cada vez más difícil de
cumplir. No todo es culpa del Estado y sus políticas austericidas. El
desajuste entre madurez vital y biológica tiene un componente cultural
importante. Incluso cuando las condiciones económicas acompañan, la
mayoría de personas no nos sentimos “preparadas” para tener hijos hasta
bien entrada la treintena. Silvia Nanclares afirma que “si se crea un
proyecto social donde la maternidad gozase de reconocimiento, creo que
comenzaríamos antes”. Y añade: “También tenemos un tomate muy gordo con
el discurso del disfrute, de querer acumular experiencias, que entra en
contradicción con lo que significa cuidar”. No sé si prestigiar la
maternidad y los cuidados en clave feminista sería la clave, pero no
estaría de más darle una vuelta.
En vez de culpabilizar a las
familias y agravar el estigma de la infertilidad con un nuevo estigma
(familias narcisistas que explotan a mujeres), creo que convendría ver
cómo podemos resquebrajar un sistema capitalista, productivista,
incompatible con la vida, que boicotea la reproducción y los cuidados
para ofrecernos, en el último minuto, una solución mercantilizada a
nuestros problemas de fertilidad.
2. Repensar la adopción
Está
circulando por Facebook un vídeo en el que una portavoz de Ezker Anitza
(Izquierda Unida en Euskadi) argumenta su posicionamiento contrario a
la gestación subrogada y dice: “Estamos dispuestas a trabajar para que
la adopción se agilice y sea el camino para que se cumplan los deseo de
los padres y de las madres, y también se cumpla el derecho, la
necesidad, de los niños y de las niñas que están buscando un hogar”.
La Red Estatal contra el Alquiler de Vientres (RECAV) también defiende la adopción como la alternativa a la gestación subrogada.
Creo que esta argumentación conlleva el desconocimiento, o al menos la
omisión, sobre la realidad de la adopción. Es un relato simplista y
edulcorado en el que urge hilar más fino.
En primer lugar,
resulta incoherente que las mismas personas que se oponen a “comprar
bebés alquilando vientres de mujeres”, banalicen lo que implica la
adopción, obviando que las lógicas colonialistas, racistas y clasistas
que operan también en este ámbito. En Guatemala, por poner el ejemplo en
el que puedo aportar datos, se estima que antes de la aprobación de una
Ley de Adopciones en 2007, 35.000 bebés fueron vendidos a personas
extranjeras por un precio medio de 25.000 dólares; un negocio lucrativo
basado en la trata. Con precedentes como éste, ¿en serio alguien cree
que lo que hay que hacer es "agilizar" que las familias españolas
dispongan de niñas y niños para adoptar?
20.000 familias que
tienen el certificado de idoneidad en España (basado, por cierto, en
criterios en los que también opera la clase social) y sin embargo, hay
una media de 3.000 adopciones anuales.
China
y Etiopía, dos de los países en los que más adoptaban las familias
españolas, han cerrado la puerta a las adopciones internacionales,
promoviendo la adopción nacional. ¿Es una mala noticia que los países
del Norte tengan cada vez más dificultades para adoptar a criaturas de
los países de lo que algunas siguen llamando "tercer mundo"?
Además,
se pasa por alto que los países en los que España tramita adopciones no
aceptan a las parejas homosexuales (salvo que prueben a que una de las
dos personas lo solicite como familia monoparental). Dicho sea de paso,
esta traba también está presente en varios de los países en los que se
permite la gestación subrogada, así como la exigencia de que las parejas
heterosexuales estén casadas.
Tanto en adopción internacional como en nacional,
las solicitudes se han desplomado
porque las criaturas adoptables son las que tienen más de 6 años o
alguna "necesidad especial": discapacidad, enfermedad crónica, VIH... El
reproche de que pocas familias acepten ese perfil resulta injusto en un
país en el que se ha desmantelado la sanidad pública y la ayuda a la
dependencia, que suspende en educación en la diversidad, y en el que el
trabajo de cuidados (incluido el emocional) recae sobre todo en las
mujeres.
En el caso de la adopción nacional, las activistas
antirracistas alertan de los sesgos racistas y clasistas que tienen los
servicios sociales cuando deciden que una familia no es apta para cuidar
a sus criaturas. Esos sesgos conllevan que las familias gitanas y
migradas estén más expuestas a perder la patria potestad de sus
criaturas.
Pasado el boom de las adopciones por parte de
familias españolas, este puede ser un buen momento para una reflexión
más profunda. Alicia Murillo (que, como madre de acogida permanente,
habla con conocimiento de causa) está resumiendo bien en su Facebook el
error de recomendar a la ligera la adopción a las personas con problemas
de fertilidad:
Hola. La adopción es la medida que se toma para
darle una familia a un menor, no para darle un menor a una familia.
Gracias. Nos vemos y tal...
Cada vez que le dices a una mujer
estéril o en tratamiento de fertilidad que adopte, un angelito pierde
sus alas y te las tira desde el cielo apuntando bien a ver si te puede
dar de lleno y abrirte una brecha por lo bocazas, inoportunx e
inconsciente que eres.
3. Promover la diversidad familiar
Según
un estudio que Cadena Ser difundió a bombo y platillo, la gestación
subrogada por parte de parejas heterosexuales goza de mayor aprobación
social que cuando la familia de intención es homoparental o
monoparental. Podríamos pensar que la gestación subrogada supone una
grieta en el modelo de familia tradicional nuclear, pero vemos cómo los
relatos que predominan refuerzan el modelo heteronormativo.
La
ciudadanía empatiza con el drama de que una pareja heterosexual no puede
tener hijos. En el caso de los homosexuales, podríamos pensar que esa
imagen de la pareja con hijos “propios” es normalizadora, pero en el
discurso del feminismo movilizado contra el “alquiler de vientres”,
también asoma la homofobia cuando se asocia la gestación subrogada con el capitalismo rosa
o cuando se considera que los activistas gays no tienen que participar
en el debate feminista porque son “hombres opinando sobre el cuerpo de
las mujeres”.
En todo caso, me interesa apuntar a otras
direcciones, a los elementos que frenan crianzas alternativas. En un
debate feminista sobre gestación subrogada celebrado recientemente en
Bilbao, salió la cuestión de por qué los maricas y las bolleras no
llegamos a acuerdos para tener hijos juntos. Desde la perspectiva de las
lesbianas, que es la que me corresponde, las sentencias favorables al
hombre que dona semen a sus amigas lesbianas y después reclama la patria
potestad han provocado que muchas descarten esta opción. Las
asociaciones LGTB (al menos la que yo he consultado) advierten de que
sólo es buena idea si todas las partes están de acuerdo en que sea una
coparentalidad. Pero esa fórmula no goza de reconocimiento
institucional.
Por ahora, en España no es posible inscribir en
el Registro Civil a un bebé con dos madres y un padre, con dos madres y
dos padres, o con dos padres y una madre. Es más, cuando las que van a
inscribir al bebé son dos madres, se exige que estén casadas y que
aporten un certificado que demuestre que el bebé ha sido concebido por
inseminación u otra técnica de reproducción asistida en un centro
público o en una clínica privada. No se trata de resignarnos sino de ver
cómo lograr el reconocimiento a la diversidad familiar que introducen
las personas que mantienen relaciones poliamorosas, fórmulas de
cocrianza, etc. Podemos desobedecer.
Dos mujeres de Alicante han conseguido inscribir a su bebé sin cumplir ese requisito, alegando su derecho a la intimidad.
Cuando
se habla de regular la gestación subrogada aceptando sólo la altruista,
realmente dudo de que esto se haga de manera que propicie nuevos
modelos familiares. Me gustaría imaginar crianzas en tribu en las que la
gestante no es necesariamente la madre legal pero sí una persona
involucrada emocionalmente en ese proyecto. Pero me temo que, si
prospera lo de la gestación altruista, va a ser una nueva trampa para
pagar menos a las mujeres por un servicio que compromete su salud física
y emocional.
4. Prestar atención a la industria de la reproducción asistida
En
las marquesinas, en el metro, en fachadas de edificios en obras: la
omnipresente publicidad de las clínicas de fertilidad demuestra el
estado boyante y en alza de esta industria. España es uno de los países
que lideran este sector no sólo debido al problema de fertilidad que he
expuesto en el punto 1, sino porque se realizan técnicas que en otros
países no están permitidas, como el método ROPA en el caso de las
parejas de lesbianas (una pone el óvulo y la otra lo gesta). El debate
de la gestación subrogada debería servir para revisar las condiciones en
las que las mujeres donan óvulos. Por cierto, llamarle “donación” es un
eufeminismo, dado que la motivación principal de las mujeres es
económica. La investigadora Beatriz San Román señala que llamarle
“donación” permite ofrecer condiciones económicas peores a las mujeres,
ya que no se las paga sino que se las compensa por las molestias. San
Román se pregunta en las citadas jornadas en Bilbao si no ocurre otro
tanto cuando se aboga por permitir la gestación altruista con
compensación económica.
Antes de llegar a la gestación
subrogada, hay mucha tela que cortar. Las clínicas empiezan a anunciar
la ovodonación (implantar a la mujer un embrión que la clínica conserva
de anteriores pacientes) como la técnica definitiva, con mayores tasas
de éxito que la fecundación in vitro. Resulta que en España hay unos
230.000 embriones sobrantes de la fecundación asistida, en la que se hormona a las mujeres para que produzcan más gametos y así aumentar las probabilidades de éxito.
El
feminismo bien podría revisar los mensajes de las clínicas de
fertilidad dirigen tanto a las donantes potenciales (mujeres precarias
que son desinformadas y en las que se apela a su solidaridad; lo mismo
que ocurriría con la gestación subrogada) como a las mujeres solas o con
problemas de fertilidad, a quienes se les promete un embarazo que no
está ni mucho menos asegurado (si os fijáis, los anuncios no se dirigen a
las parejas de lesbianas, aunque seamos un nicho de mercado
importante).
Si vamos a permitir que se abra un mercado en el
que la industria de la reproducción asistida salga fortalecida, bien
debemos empezar a prestar atención a sus mensajes y prácticas. Si nos
oponemos a él, igualmente debiéramos preocuparnos por el impacto que
esta industria tiene en el cuerpo de las mujeres y su papel en este
desaguisado de la infertilidad que he apuntado anteriormente.
Nota:
Para este artículo me he basado en lo que he aprendido en jornadas
feministas de investigadoras como Sara Lafuente Funes y Beatriz San
Román, y de personas que me han aportado mucho desde su conocimiento
situado, como Edu Hurtado y Emi Arias.