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miércoles, 24 de octubre de 2018

#hemeroteca #postureo | De lo ‘hipster’ a lo paleto

Imagen: El País
De lo ‘hipster’ a lo paleto.
Sufrimos una modernidad que no transgrede un pimiento.
Sergio C. Fanjul | El País, 2018-10-24
https://elpais.com/ccaa/2018/10/24/madrid/1540360351_205177.html

En el siglo XIX a la burguesía europea elegante y enterada le flipaban las cosas misteriosas y exóticas procedentes del Oriente, así que artistas y mercaderes se dedicaron a imitar lo oriental de forma exagerada y bombástica para atender a esta demanda, estereotipando, de paso, lo auténtico oriental.

Igual que aquellos viajeros románticos ingleses que se introducían en la España profunda y volvían con fantásticos cuentos de bandoleros, brujas y gitanos, justo lo que sus compatriotas querían oír: lo pintoresco.

En Madrid, y por ende en España, ocurre lo mismo, ‘mutatis mutandis’, con lo moderno. Regreso de Nueva York, la cinematográfica capital donde se dictamina cómo han de ser las cosas en el resto del mundo, y he visitado los barrios hipergentrificados, hipotéticamente ‘cool’, como Greenwich Village o el SoHo, fundamentalmente dedicados ahora a la ‘boutique’ pija y al restaurante bien, rendidos a la exuberancia irracional inmobiliaria. En NYC hay la más absurda riqueza y muchísima miseria.

En Brooklyn está el barrio de Williamsburg, deslumbrante faro del moderneo ‘hipster’ global: qué tristeza comprobar que los restaurantes, los bares, las tiendas de segunda mano, las panaderías clónicas que invaden Malasaña, Chueca, La Latina, buena parte del centro de Barcelona, etcétera, y nos venden como vanguardia, son una copia insulsa e hipertrofiada, calcada punto por punto, pero peor, de lo ‘williamsburgués’. Igual que los orientalistas exageraban de forma un tanto ridícula lo que sus clientes querían que fuese Oriente, el moderneo patrio exagera y plastifica, en busca del mayor beneficio, lo que allí se inventa.

Hay quien llama innovación a la burda imitación. “Creo que en España se ha entendido mal lo que significa ‘cool’”, me dice una vecina de allá, “aquí significa más desenfadado o relajado que moderno: no hay tanto ‘postureo’”. En Williamsburg, en efecto, no hay tanta impostura: al menos tienen la legitimidad del pionero; entre tanto ‘hipsterismo’, y desplazamiento de la población más pobre, y aumento de la desigualdad social, y revanchismo urbano, se encuentra alguna diminuta, muy diminuta, verdad, e incluso alguna ambición política al fondo de alguna librería perdida. Williamsburg no es un modelo a seguir, pero aquí ni siquiera sabemos seguirlo sin ‘horterizarlo’ y ‘turistificarlo’. El ‘hipster’ madrileño se parece más al Bob Esponja de la Puerta del Sol que a su ideal platónico neoyorquino.

Sufrimos una modernidad que no propone nada, que no critica nada, que no transgrede un pimiento, solo enfocada al ejercicio de la apariencia y de la compraventa. Una modernidad prosistema, aliada de las marcas y las franquicias, cómplice del negociete turístico e inmobiliario, de la destrucción de la ciudad, de la precariedad laboral. Una joven derechina ‘avant garde’, genuinamente madrileña, que ha obrado el milagroso salto del acróbata: decirse moderna y ser paleta.

domingo, 13 de agosto de 2017

#hemeroteca #libros #sociologia | La vergüenza de ser moderno, documentada por un antropólogo

Imagen: El Diario / Iñaki Domínguez
La vergüenza de ser moderno, documentada por un antropólogo.
Iñaki Domínguez presenta ‘Sociología del moderneo’, un libro divertido e irónico que trata de explicar germen del hipster en España. El autor define a los primeros modernos españoles como transgresores intelectuales, mientras que los actuales serían "cínicos representantes de un fin de ciclo".
Rubén Lardín | El Diario, 2017-08-13
http://www.eldiario.es/cultura/libros/antropologo-Inaki-Dominguez-documenta-verguenza_0_670883076.html

Ser moderno es una cosa muy antigua, una aspiración y una condena que nadie sabe bien en qué consiste. Para el moderno de ley, el que dormía en una tinaja, ser moderno implicaba una ruptura, una actitud contestataria, un plantarse en el centro mismo de su tiempo para comprenderlo y presentar resistencia.

Para el moderno contemporáneo, sin embargo, ser moderno estriba en todo lo contrario: una sumisión ciega al tiempo en marcha, una obediencia a los ritmos e inercias de la sociedad de consumo y una completa ausencia de valores espirituales. Ser moderno es hoy, más que ser, parecer.

En su primer libro, Iñaki Domínguez, licenciado en Filosofía y doctor en Antropología Cultural (Barcelona, 1981), trata de explicar cuáles son las dinámicas sociales y los procesos culturales que han llevado a expandirse a una subcultura que basa su identidad en la máscara, la apariencia y el acatamiento de dogmas, y en cuyo contexto resulta difícil establecer relaciones profundas ya que las aptitudes individuales carecen de utilidad comercial.

Modernos de pueblo
Domínguez, que juega al despiste definiéndose como moderno reinsertado, fecha el germen del moderneo en la España del tardofranquismo, cuando el crecimiento económico promovió el auge de las universidades y se dio al aperturismo turístico. Antes localiza el protohipster en figuras como la de Ramón Gómez de la Serna, pasa a definir constelaciones estéticas donde se irá afincando el moderneo por venir y se planta en los tiempos modernos detallando los planes de especulación urbanística que en los años 90 lograron reinventar zonas antes degradadas como Malasaña en Madrid o el Raval en Barcelona.

Hablamos de barrios donde el provinciano desplazado a la capital, casi siempre por estudios, anhela vivir para allí disolverse como individuo, trascender el yo y sentirse por fin cosmopolita. Un proceso de redefinición de la identidad según manden los cánones.

Los distingos de clase quedan disueltos frente a la evidencia: aunque la conducta del moderno es a menudo idéntica a la del pijo, en el sentido en que ambos se conducen llevados por la estulticia y una conciencia aturdida, no es necesario provenir de una clase alta para incorporarse a un colectivo que todavía ofrece múltiples avatares sin oficio ni beneficio.

Por otra parte, cada vez es más común el perfil entre el moderneo y el pijo-progre de derechas, e incluso lo que antes se llamaba el vividor. Domínguez nos descubre a personajes que son parodia de sí mismos como Brianda Fitz-James Stuart, nieta de la duquesa de Alba que ejerce de pinchadiscos, bloguera, ilustradora, diseñadora y un largo etcétera de profesiones simbólicas y "creativas".

El perfil del moderno contemporáneo
El moderno contemporáneo sería un individuo que entrega su vida a una pulsión de consumo, donde obligación y devoción se pretenden indistinguibles. El trabajo, por tanto, ha de considerarse fuente de placer, algo que se sostiene en teorías dementes como que cada individuo posee un don, o en sofismas como que la creatividad, valor dudoso y sin embargo en alza, es una vocación.

El auge de embaucadores como los ‘coach’ personales estaría directamente relacionado con la idea neoliberal de que la motivación y la responsabilidad personal son la única fuente del éxito o el fracaso. Esa es, según Domínguez, otra de las emanaciones del pensamiento positivo tan caro a los modernos, cuyo imperativo es echar a dormir la conciencia crítica y nunca poner la realidad en tela de juicio.

En ‘Sociología del moderneo’ se relaciona esa idea del trabajo vocacional con una "promoción del consumo en el terreno de la educación", donde se ofrecen cursos y másteres relacionados con profesiones creativas para las que en realidad no existe demanda. Para cuando lo descubran, los postulantes siempre podrán reciclarse en algunas de las nuevas ocupaciones precarias vinculadas a la publicidad, como la de SEO o ‘community manager’, o integrarse en el ámbito de la restauración, que hoy cuenta con gastrobares, locales ‘brunch’ o restaurantes ecológicos donde una barba bien recortada y unos tatuajes ‘ad hoc’ llegan a valorarse más que una eficiencia real como camarero.

La cultura y el lenguaje
El moderneo se quiere una bohemia apócrifa en cuya implantación es clave la prensa de tendencias, que tiene la función de acomodar el discurso –vacío– a las necesidades del mercado en tiempo real. La idea de "cultura", además, funciona como coartada intelectual para el que carece de ella, con lo cual sería la materia más dúctil a esos propósitos.

Aunque no es más que un subterfugio para eludir ilustrarse, ejercer de cultureta sigue funcionando como sinónimo de moderneo. Para seguir esa vía bastará con visitar la exposición que ponga La Casa Encendida, mirarse dos pelis de David Lynch, subir un libro a Instagram y acudir de vez en cuando a un recital de poesía al que nunca llamaremos de esa manera, porque para qué si podemos llamarlo ‘spoken word’ y así en el anglicismo redefinir y revalorizar nuestro entorno, lo mismo una magdalena reencarnada en ‘muffin’ que un infeliz que no es que corra sino que hace ‘running’ en el centro urbano.

Según Domínguez, esos filtros lingüísticos serían análogos a los que se aplican sobre las fotografías para distorsionar la realidad y así dotarla de supuesto glamur. Lo mismo ocurriría con la apreciación por parte del moderno de los objetos llamados ‘vintage’, en los que, lejos de ser entendidos como los entendía el modernista Valle-Inclán, como depositarios de una fuerza que oponer al tiempo, "se busca la autenticidad a través del artificio".

En su afán de zafarse de la mediocridad que le rodea, el moderno rechaza mitos y tradiciones, reinterpreta objetos y espacios y en un triple salto mortal se hace aún más moderno que el moderno al uso cuando se salta las normas del moderneo tradicional, conducta que, según Domínguez, explicaría fenómenos como la apropiación de los bares castizos, sea el Palentino en Madrid o la proliferación de vermuterías en zonas muy concretas de Barcelona.

La familia y uno más
La trampa final del moderneo es también un logro apoteósico de su sistema: incorporar la descendencia a los efectivos del moderno. Ahora la familia puede ser unidad de consumo y seguir siendo "alternativa". Para ello basta con calzarle al bebé una camiseta de los Ramones, ponerle un nombre exótico y llevarlo al SonarKids. "Cuando uno integra a sus hijos en un discurso de este tipo se convierte en moderno de nivel superior. (…) Todo ello refleja un ulterior desarrollo del narcisismo occidental en el que los hijos ya casi no se distinguen de sus padres, sino que son una prolongación identitaria de los mismos".

‘Sociología del moderneo’ se abre hablando de las dificultades de fijar un análisis semejante en tanto en cuanto la modernidad se define por encontrarse todavía en transcurso. Sin embargo, las conclusiones hacia las que nos conduce la lectura parecen bien fundadas: mientras los primeros modernos españoles fueron transgresores intelectuales o disidentes, los actuales serían "cínicos representantes de un fin de ciclo", productos de la globalización y cómplices directos del estancamiento cultural que padecemos.

Iñaki Domínguez, que entrevera en el texto su experiencia de hombre rijoso y saludable, explica todo esto en un ensayo riguroso y lleno de humorismo, sentido común y alguna que otra nota brillante a pie de página. Un libro divertido e irónico que elude la descalificación pero que tiene el talento para entrelinearla, que se ciñe a modales académicos para darse la posibilidad de burlarlos y que acaba por resultar una auténtica trampa para modernos. O sea, una lectura que puede salvarles.

lunes, 12 de junio de 2017

#libros #sociologia | Sociología del moderneo

Sociología del moderneo / Iñaki Domínguez.

Santa Cruz de Tenerife : Melusina, 2017 [06-12].
166 p.

/ ES / ENS/ Libros / Antropología social / Consumismo / Gentrificación / Hipster / Identidades / Postureo / Sociología
📘 Ed. impresa: ISBN 9788415373483 / 14,90 €

[.es] Estudiar la subcultura del moderneo resulta crucial si queremos expandir nuestro horizonte de libertad. Se trata de un fenómeno de masas que tiene cada vez más presencia en nuestras vidas. Aunque en España surge en los sesenta, sus iniciados se han multiplicado en los últimos tiempos, adquiriendo un protagonismo cada vez más destacado en la vida social y cultural. Este ensayo analiza los fundamentos y manifestaciones del moderneo actual: la necesidad de distinción en un mundo masificado, la gentrificación, la búsqueda de autenticidad, la construcción de una imagen basada en el consumo, la proyección de la identidad a través de filtros mediáticos y la preeminencia del dogmatismo en un marco de supuesta libertad de conciencia.