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sábado, 1 de julio de 2023

#hemeroteca #literatura #trans | Alana Portero: "No digo que el PSOE haya prendido la mecha de la transfobia, pero sí ha aportado parte del combustible"

la Sexta / Alana Portero //

Alana Portero: "No digo que el PSOE haya prendido la mecha de la transfobia, pero sí ha aportado parte del combustible"

Su ópera prima, 'La mala costumbre' (Seix Barral), está protagonizada por una niña transexual que se abre a la vida en el Madrid obrero y LGTBI+ de los noventa.
Sumergirse en el mar y abrir los ojos. Una experiencia desagradable: el agua turbia y las pupilas, incendiadas, en salazón. O una vivencia extraordinaria, incluso iniciática: el descubrimiento, en el fondo, de todo aquello. Alana S. Portero (Madrid, 1978) supo mirar en las profundidades de San Blas y en el interior de sí misma para, años después, brindarnos un relato que es un pecio que guarda un tesoro, 252 monedas de brillantina que no de oro, la revelación de una mujer a la que todos ven pero no saben mirar.

‘La mala costumbre’ (Seix Barral) podría ser, en la superficie, una novela trans obrera, aunque sencillamente —si bien ahí, en la naturalidad y en la verosimilitud, reside su grandeza— es la vida de una niña que observa y procesa el mundo a través de sus ojos, que terminan escocidos, pero también relumbrantes. Tal vez Alana sea un faro. Quizás ella aclare el agua, ilumine la noche, nos oriente en la costa y, lo más importante, nos trace el rumbo, que para los de secano es camino.

P. San Blas, años ochenta. Paro y dos heroínas: el caballo y la bravura de las mujeres.

Eran importantísimas, porque el tejido del barrio lo conformaban ellas. Me apetecía mucho contar la historia de las asociaciones vecinales y la historia política de aquellos años, con unas luchas sostenidas por ellas. Eran una presencia constante, vigilante, cuidadora y fundamental.

P. Entonces, el PSOE recluta a líderes vecinales y, de una manera más o menos sutil, descabeza la lucha en los barrios, pero ganándose el voto de sus gentes.

Sí, el PSOE jugó a eso: si quieres saber cómo es un españolillo, dale un carguillo. Funcionó maravillosamente, aunque tampoco los puedes culpar de asumir esos cargos, porque venían del barrio. En principio, los aceptaron con toda la buena voluntad, pensando que tendrían la oportunidad de cambiar las cosas, pero entraron en la rueda de la política institucional y todo se acabó. La distancia que se genera entre la alta política y el pueblo es insalvable y cada vez mayor. Desde arriba no se escucha a los de abajo y desde abajo tampoco se les oye a ellos.

P. ¿Ha percibido una fagocitación política de la lucha social en tiempos más recientes?

Podemos surgió del 15M. Entraron para cambiar las cosas desde las instituciones, pero inevitablemente la política fagocita. No podemos obviar que se han producido cambios y que han conseguido dotar de cierta honestidad a la alta política, aunque no escapan a sus inercias.

P. Una novela trans, pero también obrera. En este caso, no se atomizan las causas, pues usted también reivindica a la clase trabajadora.

Además, cuando se ve esa atomización, siempre se hace desde la mala intención. Eso presupone que las personas racializadas o LGTBI+, sea cual sea su apellido sociopolítico, no trabajan, no comen, no viven y no tienen que luchar por sus derechos laborales.

Pensar que eso que llaman luchas parciales —que no lo son, porque constituyen el centro de la vida de muchísimas personas— debilitan a la clase obrera es pensar que hay una unicidad de la clase obrera y que, entre otras cosas, vindican una identidad de la clase obrera.

No se me ocurre nada más identitario y cerrado que eso: defender que la clase obrera es una y que todo lo demás son aderezos, molestias o entretenimientos. Una frivolidad asquerosa y malintencionada, que además no sirve para nada y es una inutilidad intelectual.

P. Tiene una pluma refinada y una voz poderosa, que resulta auténtica y verosímil, una de las virtudes de La mala costumbre.


Me he esforzado mucho en escribirla con lo máximo que daba mi capacidad literaria. Tengo 44 años y he esperado hasta ahora, porque antes no podría haberlo hecho. Yo no tenía capacidad literaria para escribir la novela que quería. Necesitaba seguir madurando como escritora. Hay gente que tiene más talento y que con veinte años es capaz de escribir textos increíbles. No es mi caso. Yo necesitaba madurar y aprender.

En ese sentido, el columnismo me ha ayudado muchísimo a sintetizar, a ser mucho más clara y a bajar a la tierra lo poético. He trabajado mucho para conseguir una voz genuina, mía y reconocible, con ese punto de madurez y de verosimilitud.

P. Había escrito poesía, pero ¿hay alguna novela previa guardada en el cajón?


Hay muchos intentos, aunque yo antes que escritora soy lectora. Y una sabe cuando no está funcionando...

P. La novela impactó en la Feria del Libro de Fráncfort y será traducida a once idiomas: ¿a qué atribuye el éxito?

Las lógicas editoriales a ese nivel se me escapan. Quiero creer que es una cuestión multifactorial. Por una parte, hay un trabajo muy bueno de mi agente, María Cardona, quien ha sido muy hábil. Por otra, es inevitable que haya una coyuntura sociopolítica y cultural que quizás favorezca leer con otros ojos algo que contiene una disidencia de género y sexual.

En realidad, quiero pensar que también hay bastante universalidad en la novela y que hay muchas personas que se pueden reconocer en ella sin necesidad de ser una mujer trans de mi edad. El feedback más importante que recibo es de mujeres mayores que yo, de diferentes barrios, que están disfrutando mucho ese retrato barrial, porque se reconocen en él. En principio, no deberían tener nada que ver conmigo, pero en realidad nos parecemos muchísimo.

P. Da un salto de San Blas al centro y, concretamente, a su corazón, que sería Chueca. Describe un Madrid que el lector conoce, pero que con su trazo sencillo cobra otra forma, primero desde el descubrimiento y después desde la aceptación. Es decir, pese a los pesares, suscribe una declaración de amor a la ciudad.

Eso lo he escrito con mucho cariño y cuidado. Como quien cuenta una leyenda o un sueño que se te va olvidando y, cuando te despiertas, empieza a hacerse jirones en tu cabeza: ese es el Madrid que yo quería contar. Casi no tienes herramientas para describirlo, por eso tiene que ser sencillo, porque vas atrapando recuerdos y sensaciones, aunque en realidad ya no existe o no lo ves.

Para mí, que venía de un barrio, ir al centro era como viajar a otra ciudad. San Blas, en los ochenta, quedaba lejos de Madrid. Por la distancia, pero también desde un punto de vista social, porque eran dos mundos muy diferentes. Era mi manera de contar esa llegada a un jardín de las delicias prometido y salvaje en el que no sabías lo que podía pasar.

P. La protagonista sale de San Blas y deja atrás a sus padres. Una relación sin duda marcada por ellos, pero, sobre todo, por una sociedad impermeable a todo lo que no fuese hétero y macho. Y eso le provoca un sufrimiento que encoge el corazón.

Es la historia de las gestiones de esos silencios tan herméticos, que se producían y que se siguen produciendo en muchas familias. No tienen nada que ver con el amor ni con el rechazo, porque los padres de la protagonista la quieren muchísimo y ella se siente muy querida y protegida por ellos, pero no saben comunicarse. Es más, se les ha extraído la posibilidad de hacerlo, entre otros motivos, por las jornadas de trabajo monstruosas, que los dejan sin ganas ni energías.

Sin embargo, ellos adoran a su hija y ella, a sus padres. Yo quería contar esos silencios, que se convierten en unos muros invisibles que no hay dios que los tire abajo. Sin embargo, da igual, porque el amor, el cariño y los cuidados los atraviesan, aunque la comunicación se vuelve imposible.

P. Un amor mudo, ciego —porque a veces los padres no quieren ver—e incluso rudo, ya que no saben hacerlo de otra manera. ¿Eso ha cambiado? ¿También la aceptación de un hijo LGTBI+?

Ha cambiado drásticamente. Lo que pasa que es un cambio muy frágil y endeble que, como estamos viendo actualmente, no está para nada interiorizado. Sí que se ha producido, simplemente por la visibilidad y por la cantidad de información disponible. Ahora es muy difícil no tener las herramientas para comunicarse con una infancia o con una adolescencia LGTBI+. Hemos ido a mejor y ese cambio es importante, pero me parece muy quebradizo y no estamos tan lejos de perderlo.

P. De cría, ¿se sintió querida?

Mi familia siempre ha sido extraordinariamente cariñosa, protectora y, a su manera, muy comprensiva. A mis padres quizás les costaba ponerles nombre a las cosas, pero no las ignoraban. Vamos, nunca me han ignorado. He tenido mucha suerte en ese sentido.

P. ¿Y usted cuándo le puso nombre?

Fue un proceso paulatino, porque había varios armarios de los que salir y primero tenía que atreverme yo. Digamos que al final de mi adolescencia y, sobre todo, en la veintena.

P. ¿Cree que su novela debería ser leída en los centros educativos para que los jóvenes puedan entender a las personas trans?

Yo no tengo esas aspiraciones, porque la educación me parece algo muy serio. Tampoco sé si poseo la capacidad para influir de esa manera, pero los lectores y las lectoras me lo repiten a menudo. Y también me han dicho que entendieron cosas que no comprendían antes. Es importante no analizar tanto, así como escribir menos ensayos y artículos, e incorporar las vidas a la cultura.

P. Precisamente, esta es una novela de aprendizaje, para la protagonista y para los lectores, que consigue eso: comprender a una niña que debe esconderse para sobrevivir, aunque ese encierro termine ahogándola.

Lo importante es contar las cosas con naturalidad. Cuando lo haces así, te das cuenta de que la situación, en este caso trans, se parece muchísimo a otras en las que un niño, o un adolescente, o una persona adulta se siente frágil y asustada.

Hay demasiados armarios de los que salir, no solo los LGTBI+, porque muchas personas esconden cosas que les dan vergüenza y que no se atreven a contar, o tienen miedo de que les rechacen si conocieran sus ambiciones.

Por ello, narrar la historia de una manera natural, sin pasarse con el trauma ni negar la dureza, pero incorporándola a la vida normal y corriente, ayuda a entender que somos tan mediocres o brillantes como cualquiera.

P. De hecho, la novela podría interesarles a distintos tipos de lectores y lectoras, pues en el fondo es la vida a través de los ojos de una niña. Una visión terrible y fascinante a la vez.

Yo trataba de escribir una novela de crecimiento clásica, cambiando las coordenadas que estamos acostumbradas a leer. Porque las novelas de crecimiento más famosas están protagonizadas por jovencitos aristócratas centroeuropeos, que no se parecen en nada a ninguna de nosotras, o de chavales neoyorquinos que atraviesan Estados Unidos en un autobús de Greyhound Lines.

En mi caso, establezco una coordenada madrileña, obrera, femenina, trans y callejera. Una vida con la que es difícil no empatizar, porque se parece a la de cualquier persona de barrio que intenta descubrir quién es.

P. El bus del galgo, todo un símbolo. En ese sentido, la novela está trufada de referencias a mitos y a personas LGTBI+, así como a iconos trans, que no dejan de ser otras diosas. ¿Los espejos son fundamentales?


En ‘La mala costumbre’ hay mucho viaje a través del espejo y mucha Alicia en el país de las maravillas. La protagonista está continuamente enfrentándose al espejo y lo atraviesa por la noche. Es decir, se coloca al otro lado y se convierte en el reflejo que desea por la mañana. Como un espejo en dos tiempos: por la mañana está delante y por la noche, detrás.

La búsqueda de ese reflejo es muy común en los chavales de barrio, con sus pósteres de futbolistas y grupos musicales pegados en las paredes de sus cuartos. Así, en mi libro hay un tono de santoral y de idolatría, casi de fetichismo de la imagen, que es consustancial a mí, porque pienso en esos términos y me ha marcado mucho. Veo un poco la vida a través de ese mundo de la estampita, de la hornacina y de las figuras sublimes.

P. No es una novela autobiográfica, pero ¿cuánto ocupa o pesa la historia de su vida?

Mucho menos de lo que parece. Los elementos personales son parte del andamiaje, sobre todo al principio del libro, porque me cuesta crear mundos que no conozco. Entonces, necesito un poco de suelo firme y he usado algunos elementos de mi vida, aunque muchos menos de los que parecería.

Cuando Bret Easton Ellis presentó en Madrid su última novela junto a Lucía Lijtmaer, dijo que contiene un 50 o un 60% de su vida real. Sin embargo, nadie se refirió a ‘Los destrozos’ como una autobiografía, como sí ha ocurrido con ‘La mala costumbre’ por estar escrita en primera persona —como la de Ellis— y por ser mujer y trans.

Es un prejuicio inevitable con el que tenemos que cargar: parece que todo lo que escribimos tiene que ser confesional. Y no es el caso: mi vida ha sido bastante más fácil que la de la protagonista.

P. De hecho, durante el auge neonazi de los noventa, usted era muy joven.

Yo eso lo viví, porque siempre he andorreado por la calle... y he corrido mucho delante de esa gente. Incluso estaban activos en mi barrio.

P. ¿Cómo explica la proliferación de neonazis en barrios obreros? ¿O precisamente por eso...?

Precisamente por eso. El desencanto es un catalizador del odio importantísimo. Como te descuides y no estés pendiente de ello, es el caldo de cultivo ideal. La frustración y la desatención producen una sensación de abandono muy grande y de descreimiento hacia las instituciones. Los barrios obreros fueron paulatinamente abandonados, ya desde los ochenta, pero la dejadez sigue ahí, aunque sea con diferentes máscaras.

P. ¿Quién o qué es hoy la clase obrera? ¿El migrante, la empleada del hogar, el trabajador precario, la cuidadora...?

Y el teleoperador con una carrera universitaria, la persona que barre las calles, el profesor mal pagado... Todos ellos somos la clase obrera, pese a que algunos reniegan de ella o incluso ni saben que lo son. Incluso muchos que se consideran de clase media son de clase obrera, porque su posición es muy frágil. Solo unos poquitos euros los separan de pasarlo verdaderamente mal.

P. O un título, aunque no les dé de comer. Una educación, por cierto, que recibieron gracias a unos sacrificados padres que quizás ellos no les podrán dar a sus hijos.

Efectivamente. Por eso, hoy la clase obrera es cualquier persona a la que se le extrae la plusvalía y el tiempo.

P. No tuvo miedo a desnudarse en la novela, ¿pero temió que fuese interpretada como una autobiografía?

No, porque soy consciente y estoy convencida de que, aunque no es una autobiografía y ni siquiera una autoficción, todas las personas que escribimos ficción ponemos mucho de nosotras. Si tuviera miedo a ese tipo de exposición, habría abierto una mercería.

P. Precisamente, la exposición es uno de los fuertes de la novela.

Claro. De hecho, es un intento de ser honesta y una manera de llegar a un pacto íntimo con el lector y la lectora: "Yo me expongo, no me importa que interpretes esto como si fuese mi vida y, si te sirve pensarlo así y te ayuda a que el libro te llegue más adentro, me parece bien". El resto no me preocupa.

P. ¿Cómo ve la llegada de Vox a las instituciones?

Con espanto, con incomprensión y con preocupación. Estábamos acostumbradas a los turnos del bipartidismo y a una derecha que, en un momento dado, nos parecía democrática —aunque no estoy segura de que lo fuese—, pero Vox es el fascismo; un fascismo que se pone el uniforme y levanta el brazo; los terrores políticos que asolaron este país y Europa. Eso es Vox, ni más ni menos: el modelo húngaro derramándose sobre nosotros y nosotras. Insisto: siento muchísima preocupación y el tiempo dirá si había que preocuparse tanto o no. Porque lo veo como la llegada material del fascismo a las instituciones, del fascismo de siempre, del fascismo puro y duro.

P. ¿Algunos tránsfobos y homófobos también llevan máscara?

Soy muy contraria a la narrativa del maricón reprimido o de la persona transexual que se vuelve cruel, porque eso implica volcar otra vez la responsabilidad de toda esa violencia sobre nosotros y nosotras. Es un odio directo, sin más. No veo a un Ortega Smith armarizado que nos quiere pegar un tiro porque tiene terror anal y deseos anales. Es sencillamente un tipo que detesta todo lo que no sea él y que no tiene ningún problema en aplicar la violencia contra lo que odia o contra lo que le parece diferente.

P. Hay un episodio atroz que el lector puede presentir a medida que va pasando las páginas...

Está hecho adrede, porque coincide con un momento de gran euforia de la protagonista, justo cuando se descuida... Quería describir cómo andamos por la calle tanto las mujeres como las personas LGTBI+ que son muy visibles, porque no te puedes despistar... El lector acompaña a la protagonista y sabe a ciencia cierta que, tarde o temprano, le va a pasar algo.

P. El centro de Madrid y el de otras ciudades parecen espacios amigables o seguros, pero ¿son en realidad un oasis o un espejismo? Sin ánimo de demonizar ni de tropezar en el prejuicio, ¿sería más realista una visión panorámica que alcanzase también los barrios y los pueblos?

La capacidad para ir ocupando el 100% del espacio público con tranquilidad no existe para nosotras. Afortunadamente, es obvio que se ha ampliado, pero te aseguro que esas chicas que van de la mano por la Gran Vía luego se la sueltan en algunas calles, sean de su barrio o de su pueblo. Ni siquiera en los sitios seguros estamos completamente protegidas, porque la violencia, aunque sea verbal o simbólica, es constante.

P. ¿Duelen más las hostias de los cabestros o las políticas tránsfobas?


Unas son consecuencia de las otras. Lo que se propone desde arriba decanta muy rápido hacia abajo. Cuando un representante político te ha llevado a su terreno y de repente propone cosas así, tú la sientes como legítimas, por eso ambas duelen. Ha habido una grandísima irresponsabilidad por parte de las figuras políticas públicas. Es algo que se les ha acabado escapando de las manos y que han utilizado de una manera terrorífica, de modo que ha permeado un discurso que hace cinco años no existía.

P. ¿Por qué han sido tan atacadas las políticas del Ministerio de Igualdad, incluso desde el Gobierno? ¿Ha fallado algo? ¿Quizás la comunicación?


El PSOE aspiraba al Ministerio de Igualdad. De alguna manera, no sé si como ministra pero sí como influencia, Carmen Calvo lo quería para ella. En 2017, estaba a favor de la autodeterminación de género. Sin embargo, desde que en el reparto le cayó a Podemos, el Ministerio ha sido el saco de boxeo y el gran muñeco de paja. Además, ha funcionado, aunque probablemente ciertas políticas de comunicación podrían haber sido mejores.

P. A su juicio, una cuestión de egos.

Desde luego. Casi todas estas cuestiones de las políticas del odio tienen muchísimo que ver con las poltronas y con la pérdida de privilegios. Por ejemplo, muchas profesoras y catedráticas universitarias que han arremetido como bestias contra la ley trans han tenido miedo de perder su cátedra o su sillón, o de tener que compartirlo. Esto, a nivel político, ha funcionado así.

​​P. A la postre, ha sido una disputa que ha fragmentado al movimiento feminista.


Claro. Pero yo, como víctima de esa narrativa, no me voy a equiparar a mis agresoras. Es decir, yo no puedo aceptar la carga de haber dividido el feminismo. Solo acepto la carga de haber sido agredida de manera pública, junto a las mías, durante los últimos años. Yo simplemente estaba en mis espacios de siempre, militando y haciendo lo mismo de siempre, cuando de repente unas señoras nos han dicho que nosotras no deberíamos estar ahí.

En realidad, es una división mucho más pequeña de lo que parece, entre un feminismo elitista y otro de base. Las manifestaciones del 8M de corte tránsfobo o transmisógino eran muy pequeñas y las transinclusivas, gigantescas. Cuando una milita en espacios feministas, la inclusión de las mujeres trans es lo normal.

P. ¿Lo achaca a una cuestión generacional?

No, lo achaco exclusivamente al poder. El activismo transfeminista viene de la calle y está muy conectado con cosas muy callejeras. Y a las académicas y a las mujeres que están en despachos y ocupan puestos, eso no les gusta ni les hace ninguna gracia.

P. ¿Quiere decir que antes vivían más tranquilas?

Claro que sí. Además, se ha envenenado el debate de una manera terrorífica. La transfobia no solo parte de Vox y el PP, sino también del PSOE. Es una responsabilidad compartida, la diferencia es que desde la derecha te lo esperabas. No digo que el PSOE haya prendido la mecha de la transfobia, pero sí ha aportado parte del combustible.

P. La música es un flotador para la protagonista y usted invita a que la lectura sea acompañada con una lista de canciones en Spotify: un subidón festivo.

‘La mala costumbre’ pretende ser un canto a la vida o a las ganas de vivir. Es una chavala que está peleando como una cabrona por su derecho a ser feliz, a ser ella misma y a vivir. Se encuentra con muchos obstáculos y con mucha oscuridad, pero patalea como una desgraciada hasta conseguirlo.

P. ¿Y a usted la ha acompañado la música?

Mucho. Muchísimo.

P. ¿Y la literatura y las artes?


Todo. Han sido mi asidero, mi diversión, mi confesionario y mis momentos de placer más maravillosos.

P. Tuvo que haber buceado a pulmón para encontrar ciertos pecios o tesoros, como Orlando, de Virginia Woolf, cuya representación teatral acaba de ser censurada por Vox en Valdemorillo.

¡Hace falta ser patanes! Estoy convencida de que los políticos que han censurado Orlando en Valdemorillo no se han leído la novela, ni saben de qué va.

P. Ha sido reconocida por el Ministerio de Igualdad con un premio Arcoíris "por la excelencia con la que da visibilidad a las mujeres trans en todo su trabajo y muy específicamente en su novela, 'La mala costumbre'". Su discurso, dirigido "a ti, que me odias", ha impactado. Una oda a la resistencia.

Quise huir del victimismo: "No te lo voy a poner tan fácil". Quieren imponer la narrativa del lobo, es decir, ese mensaje de que cuando lleguen [al poder] se nos va a acabar prácticamente la vida. Bueno, eso primero habrá que verlo, porque formamos parte de unos colectivos de lucha y de resistencia.

También quise dejar al descubierto las carencias de las personas que odian: "Todo ese odio tú no lo puedes verter mirándome a los ojos. Es más, cuando me pegas una paliza, no me estás mirando a la cara".

Se odia casi siempre algo que no se conoce y que han construido susurrándote al oído. Se odia a un muñeco de paja. Se odia la idea que tienen de lo que es una persona LGTBI+, racializada o trans. Insisto: se odia la idea, no la realidad. "En el fondo, si te sientas conmigo, probablemente nos parecemos mucho. Y si nos ponemos a hablar de la España imperial, te puedo dar un montón de conversación".

Al final, son símbolos de ignorancia, de patanería y de la defensa de unas ideas que se alejan muchísimo de las realidades que creen que están defendiendo. Hace falta ser muy simple para odiarme sin haberse sentado nunca conmigo... "Busca los motivos, porque yo no te los he dado".

P. La novela está colmada de referencias a mitos. Elija uno contemporáneo.

Las profesoras de la Segunda República. Para mí se han convertido ya en mitología, porque son un símbolo de sabiduría y generosidad. Son diosas tutelares de todo lo bueno de este mundo, de la mezcla de la sabiduría y el amor.

P. ¡Cuántas maestras destinadas en pueblos tuvieron que vivir con sus tías, primas o cuidadoras!

Unas cuantas... El compañero o la compañera, el amigo o la amiga, el ama de llaves, la persona que limpia...

P. Y la criada del cura.


¡Por supuesto! Esos juegos del escondite son una cosa muy triste, pero muy nuestra.

P. ¿Nueva novela a la vista? ¿Quién la protagonizará?

He empezado un proyecto que no está muy alejado de ese mito moderno del que acabo de hablar.

P. ¿Con los pies en la tierra y ambientada en la época contemporánea?

Sí, pero no va a estar localizada en Madrid. Será una novela que mira hacia atrás, a la época de la guerra civil.

P. Una referencia, en todo caso, reciente, porque tampoco hemos cambiado tanto desde los tiempos de Sócrates, cuando los jóvenes respondían a sus padres, tiranizaban a sus maestros y despreciaban la autoridad, que diría el filósofo.


De hecho, no hemos cambiado casi nada. Cuando una estudia historia, se da cuenta enseguida. Solo hay que ver los márgenes de los códices de los escribas y de los notarios: cuando se aburrían de escribir, pintaban pollas, monos y gente bebiendo y escupiendo.

P. De ahí a la latrinalia, esas pintadas en las paredes y las puertas de los baños de los bares, gasolineras y demás aseos públicos, que también remiten a tiempos pretéritos.

Efectivamente. En Roma hay una enorme tradición de pintadas callejeras y de grafitis en los burdeles y los baños públicos.

sábado, 10 de junio de 2023

#hemeroteca #literatura #trans | ‘La mala costumbre’: las hermosas vencidas como referente

El País / Alana S. Portero //

‘La mala costumbre’: las hermosas vencidas como referente

La prosa adquiere el peso de la poesía en la primera novela de Alana S. Portero, que narra el aprendizaje de una mujer trans en el Madrid de los ochenta
Carlos Pardo | babelia, El País, 2023-06-10 *** [MyNews]
https://elpais.com/babelia/2023-06-10/la-mala-costumbre-las-hermosas-vencidas-como-referente.html 

“A menudo la gente olvidaba que los yonquis eran hijos de alguien y las putas también eran madres, hijas y hermanas”, reflexiona en un momento la protagonista de 'La mala costumbre', primera novela de Alana S. Portero (Madrid, 1978). La narradora se ha criado en San Blas, un barrio de clase obrera del este de Madrid donde conviven en los años ochenta trabajadores, limpiadoras, prostitutas; un territorio en el que la heroína entra como una forma perversa de control social. Y podríamos decir que la potencia de ‘La mala costumbre’ (y esa rara gracia de ser a la vez “primera novela” y muestra condensada de una mirada propia) está en su doble recorrido en el tiempo, una bidireccionalidad que constituye la esencia de cualquier buena novela de formación.

Por un lado, es la historia de una niña que nace con un nombre impropio, “Alejandro”, y el lento y largo proceso de toma de posesión de su identidad. Un aprendizaje que sortea la culpa, el autodesprecio y la enfermedad, y que rechaza cualquier sencilla construcción narcisista: “Ser hombre, ser mujer, no ser ninguna de las dos cosas es algo que no puede experimentarse ni construirse a solas”. La identidad es un difícil reconocimiento, ser para otro a través del deseo. Pero también, en este caso, identidad es la búsqueda de la protagonista, en sentido contrario, de unos modelos de mujer. “En mi vida sólo he conocido la perspectiva de pasado”, escribe la narradora cuando decide comenzar sus estudios de Historia, y esta frase sirve para señalar su búsqueda de una genealogía propia, profundamente macarra y con la potencia subversiva del anacronismo: esa que abarca la vida plebeya y marginal del Madrid obrero de los ochenta y a sus “hermosas vencidas”, como las prostitutas trans de los alrededores de los cines Luna (en alguno de los capítulos más emocionantes de la novela); o como la Peluca, antigua estraperlista y ahora, ya vieja, caricatura amarga, bruja temida y burlada. “No me equivocaba al elegirla como referente”, escribe la narradora. “Aprendí que a las mujeres que viven a su manera y que llevan la vida marcada en la cara, bien visible, se las suele cubrir con el manto del patetismo y de la burla porque se las teme”.

Es éste un punto fundamental en la escritura de Alana S. Portero: la apuesta por una poética con un pasado fuerte y coherente, una tradición “inmoralista” que sabe vivirse y escribirse más allá de los clichés estilísticos y éticos de nuestro presente. Una corriente que actualiza el decadentismo finisecular en un cierto dandismo de barrio, que bebe tanto de Valle como de Genet, de una cierta lírica de lo deforme, a la vez cruda y compasiva. Un estilo que mantiene la rara frescura de la mejor literatura juvenil por su claridad y por su disonancia respecto a la doble moral de una época.

No es azaroso que esta poética se manifieste, ante todo, en los retratos de personajes, siempre con una teatralidad muy medida. O en aquellos capítulos más condensados que Portero le dedica, por ejemplo, al barrio de Chueca en los primeros noventa. Por momentos, la prosa adquiere el peso de la poesía, su seducción rítmica, y la potencia del alegato. Nunca suena cursi ni didáctica: antes bien, es consciente de su potencial y de sus posibilidades desde la literatura, porque en ‘La mala costumbre’ vida y literatura son dos hermosas ficciones inseparables.

viernes, 9 de junio de 2023

#hemeroteca #literatura #trans | Alana S. Portero: “Tenemos derecho a la fantasía de la transformación y el brillo”

El Salto / Alana Portero //

Alana S. Portero: “Tenemos derecho a la fantasía de la transformación y el brillo”

La autora debuta en novela con ‘La mala costumbre’, una cálida fábula femenina, trans y obrera, es decir, con vocación universal.
Ignacio Pato | El Salto, 2023-06-09
https://www.elsaltodiario.com/literatura/entrevista-alana-portero-novela-mala-costumbre

Para quienes procedemos del secano, como la escritora Alana S. Portero (Madrid, 1978), existe una imagen del verano que podemos ver con los ojos cerrados. No suenan las olas del mar. Sí la radial, la cucharilla contra el vidrio templado de un plato apurando el helado del súper y la chicharra como artista residente. Se romantiza fácil esa postal costumbrista. En ella, la picadora de emociones que hoy aturde con varias últimas horas al minuto y momentos históricos con vitaminas fugadas en días nos da una tregua. Es un escenario de relax tramposillo.

Pensemos primero en esas radiales. No descansan porque, como recuerda Portero, en determinados barrios siempre hay algo estropeado o que amenaza jubilación pendiente de arreglar. Son calles y bloques donde se conoce bien el sudor y el reloj. Dice la leyenda que los inuits tienen 'nosécuántas' palabras para la nieve. Pues a golpe de ventilador, abanico y un Hola! enrollado no se les caerían la calufa, flama, calda, torraera y el resistero de la boca. Sus habitantes también dominan a Cronos supliendo el carbono 14 con intuición: el año de la polca, la pera, la picor, la quica, maricastaña, catapún o la tos pueden ser a veces dataciones que despiertan recuerdos de lo más concreto.

Sigamos con el helado. Quien dice un corte de vainilla y chocolate, dice una tajá de melón. De momento, ni uno crece en el congelador ni otro en el cuenco frutero. Hay que ir a comprarlos, pero antes de eso hay que pensarlos; hay que preverlos para después proveerlos. A ese cuidado de tareas nunca tachadas del todo, el ingrediente del cariño no le quita su condición de trabajo no pagado. Cuando atardece en esas cocinas, lo sabe Portero, la certeza de que habrá un mañana, una mesa, un plato y un “¿te parto más pan?” huele a guiso cociendo a fuego lento para el día siguiente.

La pobre chicharra tiene mal nombre. Su canto de caja arenosa es reclamo de apareamiento pero en la ciudad de interior también puede actuar como recordatorio de una cárcel estival, asfalto borroso. Un sonido de sonajero como el que lleva en el mandil una madre fusilada. Holgazana de fábula, hablar como una chicharra es hacerlo en exceso según los académicos de la lengua. La expresión, sin pruebas ni dudas, descarga su peso más en las mujeres. Dramáticas, metomentodo y con un palique excitado por cuernos y enfermedades ajenas, así se las ha pintado mientras se arrancaba de la Historia una página más incómoda y verídica. La de las que tuvieron que empezar a llamar “colorado” al “rojo”. Las de la voz dormida. Las acusadas de no callar como justificación para empujarlas, ya sí, al silencio sin mordaza, el que verbaliza mil agobios cotidianos negados de conformar uno suficientemente existencial con un “voy tirando”.

En su primera novela, 'La mala costumbre' (Seix Barral, 2023), Alana S. Portero construye el viaje de crecimiento de una niña de barrio obrero atrapada en un cuerpo que no sabe habitar. Lo hace, la escritora, con muñeca de baterista de jazz: cálida, firme y un poco médium. Con los pies en la dirección y guardia que se necesitan lo mismo para escapar de la tormenta que para pausar el desastre y marcarte un musical. Instintivamente apretamos y soltamos la mano de su protagonista según sus necesidades. Nuestros ojos son su arnés. Descubrimos que las fábulas están para pervertirlas. La mala costumbre es uno de esos libros que te hacen llegar tarde a los sitios, pero a la cita con una reina se viene puntual.

El libro tiene una dosis equilibrada de ternura y crudeza. No te hunde en un sofá. Contagia ganas de comprender radicalmente al mundo y a las personas.

Es un libro en el que pasan cosas tristes, pero que no tiene intención de serlo. Es la historia del crecimiento de una vida y en ella se juega todo el tiempo con las ideas de resistencia, de soportar la oscuridad y de búsqueda incesante de la luz. La protagonista nunca se rinde a la imposibilidad de hacer material lo que imagina y siente para sí misma. Pelea. Esta es la historia de alguien que lo tiene bastante difícil pero tira para adelante. Está escrito con esa intención. En esas vidas de las que se dice que están en los márgenes, que no creo que sean los márgenes de nada, sino el centro de mucha gente, hay espacio para vivir, soñar y ser feliz.

¿Hasta dónde estabas dispuesta a buscar dentro de ti al escribir?

Hasta el final. La novela no es una autobiografía, pero sí está tejida con elementos que tienen que ver conmigo, del mismo modo que lo está gran parte de la ficción que leemos. Personalmente, no concibo escribir sin exponerme. Me gusta que la escritura y la lectura consiguiente sean un acto íntimo entre una y otra parte y esa intimidad se consigue más fácilmente si estás dispuesta a poner algo de ti. Eso me viene del teatro. Si no vas a ir hasta el final, no lo hagas. Lo contrario me parece hasta burgués, fíjate lo que te digo. Un poco meterse en el agua sin querer mojarse. Crea con todas las consecuencias.

Reivindicas tu derecho a la ficción, un concepto interesante que puso sobre la mesa la escritora argentina Camila Sosa Villada. Las etiquetas de literatura feminista, LGTBI, autoficción o confesional estrechan el marco creativo. Para los hombres queda reservado lo universal y, no menos importante, la imaginación.

Es una manera de empequeñecer nuestro trabajo. Todo lo que escribe una mujer, si además ella tiene unas condiciones políticas o socioeconómicas concretas, sea lo trans o la clase, no tiene por qué ser confesional o autoficción, que son etiquetas que se suelen utilizar para dejar caer que no hubiera otra cosa que contar. Como si tus condiciones materiales fueran tu única vida y no pudieras imaginar y tener derecho a contarlo. Como si no tuvieras derecho a ir más allá de lo que te pasa, que es lo que hace cualquier persona que fabula. Que tengamos que estar encerradas en coordenadas de hiperrealidad me parece horrible y está calculadísimo contra quién se hace. ¿Por qué los relatos decimonónicos o de principios de siglo pasado son universales y la historia de una mujer de clase obrera no? ¿Por qué eso último tiene que estar en una cajita de música para chicas y para llorar entre nosotras? Creo que lo que le pasa a la protagonista de 'La mala costumbre' es más universal que lo que, por ejemplo, le ocurre a Arthur Schnitzler en 'Relato soñado'.

Uno tiene la sensación de que la novela está escrita por alguien que aprendió a la fuerza a saber mirar y descifrar el mundo desde muy pequeña. ¿Marcó eso tu inclinación a escribir?

Hay un momento que sí comparto con la protagonista. Estar en la vida pero no vivirla. Ser siempre espectadora de todo y protagonista de nada. Ver pero no tocar. Eso te da una perspectiva inigualable y crea un mundo interior gigantesco que por algún lado tiene que salir. Estás obligada a leer, a intentar buscar referentes, historias que te apelen porque lo que tienes alrededor no lo hace. Tu mundo es el de las palabras, la imaginación, de aquello que se desea pero no se lleva a cabo. Eso, creo, te convierte en una observadora más o menos sagaz.

En el libro, la protagonista aprende desde niña a controlar la ilusión. En un momento concreto, que debería ser solo de felicidad, se le aparecen fantasmas que parecen recordarle que nunca merecerá del todo algo bonito.

Es un aprendizaje muy duro. Entiendes que quienes son como tú reciben correctivos durísimos. Desde cualquier vida condenada a habitar una zona violenta de la existencia hay una pertenencia silenciosa a una genealogía del dolor, el miedo y la derrota que está llena de fantasmas. Piensas en personas que has llegado a conocer o historias que te han contado y eso no te abandona nunca.

Un viejo principio horizontalista recomienda “matar a tus ídolos”. Leyéndote pensaba que quizá eso no es tan fácil cuando tu propia existencia no tiene referentes. Entran entonces en juego Madonna, Morrissey o Eugenia la Moraíta. ¿Cómo de importante es la genealogía para las vidas trans?

Fundamental. Suele además ser una genealogía secreta, clandestina, que nadie te enseña ni es obvia. En la búsqueda del referente pop hay dos cuestiones. Una es la falta de narrativas en las que poder proyectarte. Todo niño o niña puede hacerlo en un héroe deportivo o una actriz, pero ciertas vidas, sobre todo en la época en la que sucede la novela, solo existían para la burla. Ese mundo de divas y estrellas cumple una función un poco religiosa. Necesitas una potencia superior a la que encomendarte. Quizá los referentes que viven en tu barrio acaban machacados y tú no quieres acabar así. Quieres la fantasía de la transformación completa y del brillo absoluto. Tienes derecho a quererlo. Por otra parte, el imaginario pop actúa como una sublimación de tus necesidades que a la vez está impoluta, que nadie puede tocar ni quitar de tu pared. No sabes nada de estas estrellas, solo conoces esas fotos superproducidas y es ahí, mirando la foto de Prince, por ejemplo, donde vuelcas todos tus silencios. No se diferencia en nada de cualquier fantasía infantil o juvenil de escapar de tu vida o de imaginar algo grande para ti. Luego la vida ya te va colocando en tu sitio, pero todo el mundo tiene derecho a fantasear.

Sobre sus encuentros con Lorraine Hansberry, la primera dramaturga afroamericana en estrenar una obra en Broadway, la cantante Nina Simone dijo “nunca hablábamos de hombres o de ropa, sino de Marx, Lenin y la revolución: charla de chicas de verdad”. Quizá para ciertas vidas en barrios obreros hablar de chicos o de moda también es político.

Claro. Es que si hablar de eso fuese hacer el tonto, que no lo es, todo el mundo tiene derecho a hacer el tonto. Ser obrera no significa que tengas que estar preocupándote todo el día por entender cuánto hay de político en tu situación, cómo se enfrenta aquello y que eso ocupe tu ocio y tus sueños. Es importante saber de dónde vienes, pero es que eso se aprende enseguida. Luego puedes formarte, pero yo no tardé nada en entender la importancia de la asociación vecinal porque les veía. Claro que es político que las chicas obreras reclamen su parte de la fantasía, su conversación exenta de peso. Eso también tiene que ver con evitar la profecía autocumplida de la tristeza. Tu existencia ya es política, así que respira, que es importante.

El libro desnuda tanto los mecanismos estructurales de la desigualdad como la responsabilidad cotidiana de perpetuarlos. Incluso acuñas un concepto elocuente: el piquete machista, cordón formado por hombres que pretende aislar a agresores protegiéndoles. ¿Algunos no paran de decir lo que les gustan las mujeres cuando en realidad las detestan?

Sí. Hay un tipo de masculinidad que se retroalimenta de sí misma y que basa su existencia y su poder en huir de lo femenino y en que las mujeres sean seres pasivos y sometidos. Eso está clarísimo. No hay nada que le guste más a esa masculinidad brutal que otro hombre que se comporta igual al que poder seguir.

'La mala costumbre' pone el acento en esos detalles que hablan de vidas obreras tanto como la plusvalía. Por ejemplo, ese grupo de atención e intervención comunitaria formado por vecinas adjetivadas como cotillas. O los garbanzos en remojo que de noche garantizan que hay un mañana, arte menor hasta que llegaron los cocineros estrella. Dos tareas empequeñecidas asociadas a las mujeres.

El empequeñecimiento de la presencia de las mujeres es una de las tradiciones primeras y últimas de la cultura patriarcal predominante. Los barrios mantuvieron su pegamento gracias a las vecinas. Los hombres hacían su trabajo, muchos podían ser maravillosos y estaban dispuestos a partirse la cara para defender los derechos de todo el mundo. Pero el pegamento eran las mujeres. Eran quienes estaban pendientes unas de otras, de la casa, quienes preguntaban al marido enfermo qué tal estaba y a las vecinas qué necesitaban de la compra, las que se preocupaban de si había algún niño solo por la calle. Las mujeres han sido el gran pegamento obrero que no aparece en los relatos épicos de lucha. Sin un plato de comida encima de la mesa no vas a ningún sitio. Eso hay que planificarlo y más con recursos limitadísimos. Es un trabajo ímprobo. Compartir la comida es algo que también sucedía mucho. Los cuidados y el alimento, en este sentido, han sido un buen ejemplo de redistribución. Uno a partir del cual se puede escribir otro 'El capital'.

El trabajo, hoy en expansión de horarios, roba tiempo a la vida, uno precioso en el caso de mujeres como la protagonista de la novela. El pan y las rosas, sí, pero también sería bonito fantasear, o necesario exigir, el tiempo para no tragar el pan sin masticar y cuidar las rosas con la calma que merecen.

Esta era una idea central del libro. La mala gestión de la comunicación verbal pero la maravillosa gestión de la simbólica que hay en esa familia tiene que ver con el tiempo que robó a nuestros padres y madres el hecho de haberse matado a trabajar. Quizá no supieron aprender a comunicar los detalles de las cosas, sin embargo tienen un amor en bruto que lo sustituye. Pero sí, nos quitaron la capacidad de comunicarnos con eficiencia y de pasar tiempo compartido, que es clave para conocernos. Nuestros padres no nos conocen tanto porque estaban trabajando. Me interesaba hacer literatura con esa comunicación sin comunicación: cómo se gestionan esos silencios, que son consecuencia de una extracción de tiempo y energía, cómo se sustituyen por un lenguaje simbólico con el que se hace lo que se puede.

En tu novela hay una de las declaraciones de amor a Madrid más emocionantes y honestas que he leído, y no será por que últimamente no se hable de ella. De San Blas al Figueroa, una ciudad con verdades esquivas y múltiples. “Una muere madrileña del mismo modo que muere trans”, reconoce la protagonista. Supongo que te duele ver la ciudad convertida en una especie de partida de Los Sims que un sociópata ha dejado a medias.

Me duele mucho. Amo Madrid. Es mi casa. La ciudad se ha convertido en un franquiciado, un lugar hecho no para quien lo vive sino para quien lo visita desde unas condiciones muy concretas. Madrid no está en venta; ya está vendida. Es hostil, invivible, a excepción de algunos barrios. Me da mucho miedo porque es terreno conquistado, pero también creo que Madrid tiene una enorme tradición de resistencia. Confío en ese espíritu.

Quizá alguien no espere que en tu novela haya fútbol. Los aficionados críticos deberíamos aceptar que fue una puerta de entrada a la extrema derecha para muchos críos. Y reconocer que el patio, ocupado a balonazos contra toda compañera o compañero que quisiera jugar a otra cosa, es uno de los primeros espacios en que aprendemos a socializarnos en desigualdad.


El fútbol, en tanto ha sido entendido como el gran catalizador de ocio y pasiones masculinas, está impregnado de toda esa masculinidad impuesta. Es un lugar que ha sido y sigue siendo hostil para muchas personas. Sigue siendo impensable que un jugador de primera división salga del armario. Estamos en 2023 y eso sigue yendo muy despacio. Siempre lo he vivido como la masculinidad imponiendo sus criterios sobre aquello que te tiene que apasionar o no. Lo que significó para mí es quedarme con menos hueco allí donde tenía que jugar o ser ridiculizada por no tener la habilidad que había que tener. Es complicado para mí verlo con otros ojos. Además, políticamente el fútbol fue una trituradora en los años 90. Chavales del barrio que empezaban en el gallinero y terminaban en el fondo sur. Sé que hay otras narrativas sobre el fútbol y no hay que perder la esperanza con nada.

Al patio, y a los 80 y 90, décadas en las que transcurre la novela, se ha mirado a menudo con nostalgia. Veíamos a Laura Winslow a la hora de comer, pero a Lucrecia Pérez, que no era un personaje de ficción, la mataron por ser migrante y precaria. Fue solo un año después del asesinato de Sonia Rescalvo, mujer trans. En este país el lema nostálgico de mayor calado no es “la insumisión acabó con la mili”, “recuperamos las calles frente a la extrema derecha” o “hicimos huelgas generales”, sino “Yo fui a EGB”. Algo obligatorio, meramente descriptivo y en singular. Quedan olvidadas vidas como la de la protagonista de 'La mala costumbre'.

Me resulta ridículo el discurso de la nostalgia. Los 80 fueron la puerta de entrada al liberalismo más brutal y la década del aplastamiento obrero. Es como si Reagan te estuviera dictando de qué seguir hablando. Solo se puede hacer ese discurso desde el privilegio de quien entonces tenía una vida tranquila. Es una manera absurda de no hacer el mínimo esfuerzo por comprender el tiempo que te ha tocado vivir, pero ni el del pasado ni el del presente, porque eso implica un desdén por el hoy y la gente joven. Solo puedo sentir una especie de lástima intelectual por una persona que ha hecho del símbolo de sus mejores recuerdos el bollycao. Pues vale. Un bollo industrial hecho de mal chocolate y peor pan. Si nos vamos a poner así, acuérdate mejor de tu madre poniéndote un trozo de chocolate. Incluye lo humano. Es que tengo la sensación de estar viendo publicidad con toda esa nostalgia basada en productos. Retropublicidad, un concepto ridículo.

Hablemos del precio del armario. Un aislamiento, un estado de tensión que fomenta, leemos en la novela, puerilidad e inseguridad en relaciones próximas, quizá incluso desconfianza. “El armario me había hecho egoísta”, llega a decir la protagonista. ¿Una sociedad auténticamente preocupada por el bienestar emocional y la salud mental colectiva debería ser una sociedad radicalmente igualitarista en cuestiones de género?

Absolutamente. Pensaba que estábamos en ese camino y me he dado de bruces con una realidad que no es tan así. Se ha retrocedido mucho. El punto de partida es que deberíamos ser iguales y que nadie debería vivir encerrado o encerrada en sí misma sea cual sea su condición más allá de lo identitario y lo sexual. El precio del armario nunca vas a poder pagarlo. Compromete la salud mental para siempre. Muchos aspectos de la vida no se van a desarrollar con el desparpajo necesario. No entender eso es no entender nada. Que una persona tenga que callar aquello que es más importante para ella, aquello que constituiría la base de sus relaciones personales, es una tortura socialmente aceptada que sigue existiendo.

¿Cómo ves el presente en estos términos?

Lo veo frágil. Hemos empeorado en un espacio muy corto de tiempo. Se han vuelto a poner conversaciones encima de la mesa que estaban ya apagadas. Está la basura evangélica importada que infecta el mundo de una manera peligrosísima. He entendido que las conquistas eran frágiles y yo no las tenía porque lo fueran tanto. Pero creo que hay esperanza, hay muchas personas muy comprometidas con seguir adelante.

¿Se recordará en unos años este Ministerio de Igualdad como un oasis de normalización democrática?

Si la Historia es justa sucederá que entenderemos el valor político de este ministerio y unas acciones transformadoras que son de las más importantes en este país en mucho tiempo. Por su enfoque, las dificultades que ha afrontado y el correctivo tan descomunal al que se le ha sometido. Hay que recordar que Bibiana Aído ya se llevó lo suyo en su día. El ataque a base de infantilización e insultos de clase, físicos y políticos contra Irene Montero y su equipo es diario y cruza todas las fronteras a la vez.

¿El verdadero éxito de este libro es que acompañe a quien abra sus páginas en busca de refugio, que sirva de empujón hacia un futuro mejor?

Me encantaría que fuese así. Que contribuyera a una narrativa de esperanza, que llevase magia a vidas que quizá no la tienen. Había muchas intenciones en el libro, pero para escribir una ficción que me satisfaga tengo que intentar despojarme de las intenciones. Tengo que concentrarme en lo que quiero que les pase a los personajes. Y cuando escribes con honestidad, no puedes esconder las intenciones.

Tu primera novela se va a traducir como mínimo a ocho idiomas. ¿La mala costumbre te ha cambiado la vida?

Del todo. Ha cambiado mis condiciones materiales drásticamente. Me permite dedicarme solo a escribir. Estoy muy contenta y abrumada, y un poco asustada también. Lo que está pasando con la novela era algo impensable, no tenía imaginadas estas coordenadas vitales. Por la edad que tengo, me había puesto el piloto automático de seguir sobreviviendo hasta que fuera. Me ha cambiado la vida por completo.

domingo, 14 de mayo de 2023

#hemeroteca #literatura #rans | Abandonar la máscara y el armario

Alana Portero //

Abandonar la máscara y el armario

Alana S. Portero ofrece en 'La mala costumbre' la confesión serena de una mujer trans que ha tenido que caminar mucho en su propia ciudad hasta encontrar el camino seguro
Mey Zamora | La Vanguardia, 2023-05-14
https://www.lavanguardia.com/cultura/culturas/20230514/8959139/alana-portero-seix-barral.html 

La primera novela de Alana S. Portero (Madrid, 1978), ‘La mala costumbre’, recoge la confesión serena, tras años de turbulencias internas y de fortificaciones externas, de una mujer trans que ha tenido que caminar kilómetros y kilómetros en su propia ciudad para encontrar el camino seguro donde habitar su identidad. La protagonista de esta historia crece en los años ochenta del siglo pasado en el barrio de San Blas de Madrid. Es un espacio de pisos humildes de treinta y cinco metros cuadrados donde vive gente deslomada por horas de trabajo, un no lugar donde las violencias se viven puertas adentro o se precipitan por la ventana y donde la drogadicción purga muchos futuros.

La narradora explica cómo va modulando una doble versión de sí misma. Esa dualidad irá definiéndose en la adolescencia y en la juventud como las dos caras de la jornada -el mundo de día y de cubrir las apariencias; de noche con otra vestimenta y maquillaje-. Resultará un trabajo esforzado de interpretación sin tregua que la obligará a saltar de un plano a otro, midiendo siempre las maneras, sus actuaciones y expresiones. Esa rutina de ponerse una máscara nada más poner el pie en el suelo acabará desfigurándola y llevándola a una soledad y a un desespero existencial demoledor (“carne de vías de metro”).

Y a pesar de lo expuesto este libro traspira esperanza. Hay naturalidad y firmeza en la voz protagonista, que al final de las páginas ha sobrepasado la treintena y que tiene puntos de concomitancia con la biografía de la autora (mujer trans, de clase obrera, dedicada al teatro y a la defensa de los derechos LGTBIQ+). Recoge la fortaleza de quien respira por fin en la superficie tras años de haber lidiado con pesos atados al cuerpo.

Este relato parece cocido a fuego lento, sin premura ni precipitación. Comparte con ‘La malas’, de la argentina Camila Sosa, la temática. Son obras literarias de iniciación con personajes marcados por la angustia, el miedo, el dolor y la vergüenza. Portero ha sabido escoger qué quería contar y cómo con un estilo descriptivo y nítido. Ha controlado los tiempos y el tono, que huye de estridencias y proclamas. Es un libro realista –el de Camila Sosa también pero más descarnado y con toques mágicos- que indaga en el interior y lo confronta con el exterior, como una especie de juego de espejos.

El entorno social de esta novela se consigue con unas pocas pero certeras pinceladas que pintan un lienzo costumbrista del barrio y sus habitantes. En él están representados los padres –él, callado; ella siempre trajinando-, los guisos de cuchara, el vecino a lo Tino Casal, la solidaridad ejercida de forma recia y contenida y los silencios, que son muchos.

En ese pequeño mundo destacan personajes como Margarita, transexual, entregada al cuidado de su madre y que resultará un faro para la protagonista: “Era una punzada de realidad llamando a la puerta. Una confirmación de lo que no quería ver ni saber”. De su mano surgen algunos de los episodios más conmovedores de esta historia. Lo mismo ocurre con otras figuras de la noche en Chueca ( “la promesa de un mundo mejor”) donde habitan Antonio, Eugenia, Cartier o Paula, un universo donde encontrará un trato digno y humano (“Nadie sabe lo que ama una familia travesti”). La construcción de esos personajes es otro acierto.

‘La mala costumbre’ es una narración intimista, delicada, desasogante, tierna y cruda a la vez. Trata de una mujer trans que derriba el armario donde buscaba cobijo y se ocultaba del mundo para empezar a construirse; habla también de la familia como refugio, como espacio de cuidado y acogida –brilla la luminosa presencia del hermano–; de la factura que pasa la vida sin descansos y de la buena gente, sin importar qué nombre tengan, dónde trabajen o cuál sea su apariencia.

sábado, 13 de mayo de 2023

#hemeroteca #literatura #trans | Alana S. Portero: “Es muy fácil ser sobrio cuando todo está hecho a tu medida”

Vanity Fair / Alana S. Portero //

Alana S. Portero: “Es muy fácil ser sobrio cuando todo está hecho a tu medida”
La mala costumbre, el debut narrativo de la escritora, dramaturga y directora escénica madrileña, es un brillante conjuro literario que confirma que los mal llamados márgenes conforman el núcleo de muchas otras vidas que no se suelen contar.
Darío Gael Blanco | Vanity Fair, 2023-05-13
https://www.revistavanityfair.es/articulos/alana-s-portero-la-mala-costumbre-novela-debut

Llevamos años pudiendo disfrutar de la pluma ágil, mordaz y tierna de Alana S. Portero en medios como Vogue España, El Salto Diario, Agente Provocador y eldiario.es o en su Patreon, pero ahora debuta en la ficción con una novela que triunfó en su puesta de largo en la Feria del Libro de Frankfurt, meses antes de publicarse. Desde entonces, ya son once las editoriales que han adquirido sus derechos y por el momento será traducida al menos a ocho idiomas. Tras su publicación el 3 de mayo, 'La mala costumbre' (Seix Barral) no ha dejado de cosechar críticas excelentes y demostrar que las altas expectativas de sus lectores estaban más que justificadas.

Alana me recibe de riguroso negro en la biblioteca y antigua Casa de Fieras del Retiro, en una suerte de aula con un imponente escritorio sobre el que descansa un ejemplar. Lleva un camafeo de Mar del Valle y bromea con que, entre su look y el escritorio a nuestra derecha, guarda cierto parecido con Emilia Pardo Bazán. Parece escuchar atentamente nuestra charla la estampita de santo Domingo Savio que forma parte de la cubierta obra de Roberta Marrero, artista y escritora a la que admira desde hace mucho tiempo y que “apela a casi todos mis fetiches estéticos y culturales”. Al igual que muchos otros habitantes disidentes de la noche dosmilera madrileña, “yo la buscaba muy a menudo en sus pinchadas. Era para mí esa esfinge a la que aspirar, ese ángel en el que te quieres convertir”. Y matiza, bajándola del pedestal, que al fin y al cabo deshumaniza: “es una artista admirable e inteligentísima. Una mujer ejemplar, en el buen y en el mal sentido”.

Si la cultura trans existe (que lo hace, pero no en singular), este libro aúna a dos de sus principales figuras en España. Pero esta delicada 'bildungsroman' nacida de la purpurina y el asfalto tiene múltiples facetas, más allá de iluminar y llenar de matices las vidas trans con información de primera mano, acercándolas a la experiencia de cualquiera. La clase es, junto al autodescubrimiento, uno de los principales ejes de una novela con mucha conciencia de clase a través del tamiz de la autora y sin rastro de la abultada épica condescendiente que se empeña en obviar toda experiencia más allá de ciertos hombres que desempeñan ciertos trabajos. Es una novela en la que abunda el puchero, las obras que son amores a falta de mejores palabras, en la que se ponen de relieve los aciertos y las contradicciones de la solidaridad entre vecinos y familiares, de sus límites y elasticidades. Al mentar sus influencias en este sentido, recurre a una anécdota de la escritora Ursula K. Le Guin, que al recibir la noticia de que había ganado uno de sus primeros premios “su manera de celebrarlo fue salir un momento a respirar a la parte de atrás de su casa y mirar el cielo porque estaba reventada de atender su hogar”. O a Toni Morrison, que iba esbozando sus historias mientras cargaba con las bolsas de la compra. Pero también halló inspiración en las “escritoras a las que conozco personalmente, que están vivísimas y son jovencísimas, que sé que se matan a trabajar y escriben cuando pueden, que es robándole horas a la noche”.

Otro de esos ejes es Madrid, el de las calles de San Blas y la Chueca y Malasaña previas a la gentrificación. “Esta es mi carta de amor a Madrid, una ciudad fea pero con gancho”, matiza sonriendo. “La idea de que Madrid es una especie de club privado para ricos en la que vienes y se te tritura es un relato interesado. Yo no digo que no tenga su traslación real porque aquí se pasa mal, sí. Madrid fue destruida durante la Guerra Civil y a Madrid se le aplicó un correctivo tremebundo que explica en parte que se haya decantado por ciertas cosas. El Madrid obrero, el de las luchas vecinales de finales de los 70 y los años 80, tuvieron que destruirlo y erradicarlo a través de la droga. Pero es una ciudad con un espíritu de lucha enorme, mucha magia y sitios por descubrir, así que me parece injustísimo que al final se piense en ella como un sitio donde solo hay franquicias de tapas”. Al hacer de San Blas su “Macondo particular”, Portero nos ofrece a través de sus páginas un imaginario mucho más cercano que el de los grandes autores del canon, y es que al fin y al cabo, “¿A quién te pareces más, a la protagonista de 'La mala costumbre' o a ese señor austrohúngaro que escribía de maravilla pero tocaba la campanilla para que le trajeran el café? Yo eso no lo he visto en mi vida, pero gente como ella, sin necesidad de ser trans, he conocido a mucha”.

Se nota su paso por las tablas en su manera de expresarse y en los diálogos vívidos de la novela. Pero también en su manera de sublimar las estructuras del teatro, la épica y los mitos griegos, con sus “oráculos que te empujan a seguir, esas mujeres que cumplen la función de las Moiras y te muestran por un instante el hilo del destino, que te cuentan quién eres, te hacen trizas y te dan alegrías a partes iguales”. Pero aplicado al contexto de la protagonista, esas son mujeres, como en el caso de las trabajadoras sexuales trans, a las que se empuja a los márgenes pero que “son el centro de la existencia de mucha gente”: “hacer literatura con ellas me parecía un acto de justicia, necesitaba contar sus vidas coronándolas con magia, con ficción de la mejor que yo fuese capaz de trenzar. También quise hacer un homenaje a esa generación que se llevó la peor parte de la Ley de peligrosidad social y que fue arrasada por el SIDA". Su formación como historiadora medievalista se hace notar en las numerosas referencias que intercala con un santoral mucho más pop ("igual que me he criado leyendo mitología, me he criado leyendo el ¡HOLA! y el Pronto", puntualiza), y con “nuestra cultura [LGTB+] de encontrarnos referentes en lugares donde en principio nadie los busca”.

Tiene todo el sentido, pues, que la protagonista con un pasado de niña confinada en las imágenes y mundos de ficción que le permitían ser quien era únicamente a escondidas del mundo exterior, se nutra con los mitos de transformación griegos, “mitos de seres que evolucionan, que cambian, que seducen adoptando otras formas corporales. Algo con una lectura muy directa para la cultura LGTB, pero también para cualquiera que haya fantaseado con ser otra cosa, con ser algo más o simplemente con cambiar de alguna manera”. También que los resignifique o devuelva a su ductilidad original, la de todas las culturas milenarias que engrandecen el juego, el disfraz y los cuerpos que supuestamente no son posibles, algo rabiosamente queer desde nuestro prisma actual.

Portero lleva años construyendo y reconstruyendo, a través de sus artículos, genealogías trans y queer que nos han sido arrebatadas o a las que se ha tratado de despojar de su importancia. En 'La mala costumbre' lo hace trazando una urdimbre de redes de resistencia y cuidados, primero de un mundo que excluye en un principio a su protagonista, pero del cual siempre ha formado parte: el de la sororidad entre mujeres machacadas por el peso del patriarcado y de la clase, pero que en ocasiones abren el gineceo para recibir a las más desterradas. Y más adelante, el de las familias elegidas a golpe de epifanías y encuentros mágicos, maniobras de supervivencia, observación atenta y puro ingenio. Pero incluso en la masculinidad más normativa, marcada por la grisura y un disciplinamiento salvaje, hay lugar para esos cuidados, ya se manifiesten en la protección discreta pero constante de un hermano o en un padre que se quita la comida de la boca para dársela a una hija trans a la que no entiende. Y es que “no hace falta entender nada cuando se es una persona decente”, sintetizaba la autora en su presentación en Madrid, el pasado 10 de mayo. Precisamente en esa presentación, en la que estuvo acompañada por la ministra de Igualdad Irene Montero, esta última aludía a algo que Portero retrata de forma magistral: las "rupturas del pacto de caballeros" que abren una grieta y posibilitan otras maneras de cuidar y de relacionarse

Abunda también el humor en las páginas de este debut literario que se siente cómodo en lo camp y lo reviste de cierta solemnidad inherente a todo exceso, máxime cuando supone una respuesta a la tiranía de lo que la normalidad considera apropiado. Tan cómoda está en ciertas contradicciones esta “taurina antitaurina”, que sabe “mucho más de toros de lo que me gustaría” y que considera la tauromaquia una práctica aberrante, que no duda en reconocer abiertamente su fascinación por todo lo que tenga que ver con la realeza o el “chafardeo real”, como a ella le gusta decir. “Desde siempre he sentido un amor incondicional por la escenificación de las cosas, hasta el punto de haberme dedicado al teatro, y aquello me parece un teatro llevado al paroxismo, una manera de tratar de mantener la magia, pero que ya no funciona muy bien”. Ciñéndonos a la cultura, más allá de cuestiones tan relevantes como su legitimidad en un escenario actual, “lo camp y lo monárquico están íntimamente unidos. Es una pura teatralización que no puede revestirse de normalidad, porque la monarquía es una anormalidad que pertenece a los cuadros. Así que vístemela como tal. Ya que mantenemos la jefatura de Estado, ponte la corona, el armiño, dame oro, dame teatro”.

En la novela hay también muchos destellos de aparente frivolidad, de performance, rituales y liturgias más o menos ceremoniosas sin las que muchas personas cercenadas por la norma no se pueden construir ni contar a sí mismas, a falta de otras herramientas a las que al fin estamos empezando a tener acceso. Y en todo ello hay un respeto infinito y una hondura propia de quienes han tenido que valerse de estos artificios para aspirar a algo más que sobrevivir. “Es muy fácil ser sobrio cuando estás seguro en tu vida, cuando todo está hecho para ti y toda la fenomenología universal está hecha a tu medida. Pero cuando la cotidianidad no está hecha para ti, te queda fantasear y lo camp no es más que fantasía, teatralización y juego. Al final es un proceso de descubrimiento a través de la tragicomedia, el exceso, la fábula, el asombro, la picardía... ¿Cómo no va a tener hondura eso? Si es pura búsqueda y experimentación, llevada además hasta sus últimas consecuencias. Eso únicamente se puede ver ridículo desde la seguridad y sobriedad y de quien lo tiene todo a su alcance. Quien lo vea ridículo en realidad lo que nos está ofreciendo es una carta de privilegios, un ‘yo no necesito florituras para estar feliz porque no me hace falta’. Bueno, no te hace falta a ti, que lo tienes todo a tu alcance, pero hay muchas personas que necesitan esto que pertenece por derecho a las personas que lo tienen difícil. Y es un orgullo pertenecer a ese mundo. Es una auténtica alegría”, resuelve, acomodándose la melena.

A pesar de sus tablas, a Alana aún le cuesta acostumbrarse a ser entrevistada, a ser el foco de atención desde su faceta como autora, transitar la rueda promocional y leer las primeras reseñas que celebran su obra y aplauden su talento. En el clamor de la presentación en su Madrid natal hubo vítores y aplausos constantes, lágrimas de emoción, pañuelos ennegrecidos por el rímel y una cola de firmas que se prolongó hasta el horario de cierre. No es que haya nacido una estrella, lo que sucede es que esa estrella al fin tiene acceso al escenario y los camerinos que se merece. Este libro es la primera estancia del hogar que Portero nos ofrece, un aquelarre luminoso alrededor de una mesa camilla. Y yo os animo a poneros vuestras mejores galas y participar de él.