Mostrando entradas con la etiqueta H-Vanity. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta H-Vanity. Mostrar todas las entradas

domingo, 17 de diciembre de 2023

#hemeroteca #trans | Nacha Sánchez (‘Vestida de azul’): "Llevaba 40 años esperando que alguien me llame por teléfono para decirme 'Oye, ¿estás viva?"

Nacha Sánchez //
Nacha Sánchez (‘Vestida de azul’): "Llevaba 40 años esperando que alguien me llame por teléfono para decirme 'Oye, ¿estás viva?"

40 años después del estreno del documental de culto, un equipo capitaneado por Valeria Vegas y los Javis retrata las vidas de sus protagonistas trans en Vestidas de azul, de Atresplayer. Nacha Sánchez es la única de ellas que sigue viva para verlo (y aparecer en la serie).
Darío Gael Blanco | Vanity Fair, 2023-12-17
https://www.revistavanityfair.es/articulos/nacha-sanchez-entrevista-vestidas-de-azul-serie

Cuando hace unas semanas conocí a Nacha María Sánchez, de 61 años, no pude evitar pedirle que me dedicase un ejemplar de 'Vestidas de azul', el ensayo de Valeria Vegas editado en 2019 por Dos Bigotes. Sin él no existiría tal y como es ‘Vestidas de azul’, la nueva serie producida por los Javis y por la propia Valeria (ejerciendo también de guionista) que se estrena hoy 17 de diciembre. Una suerte de secuela de su ya histórica ‘Veneno’, que en esta ocasión recurre a la ficción para explorar, retratar y homenajear las vidas de las protagonistas de ‘Vestida de azul’ (1983). Me llamó la atención su exquisita educación y su habilidad para ocupar el menor espacio posible pese a acaparar todas las miradas. Al despedirme me hizo entrega, no sin cierta ceremonia, de su tarjeta: una bandera trans con su nombre bien grande en una tipografía tan coqueta como ella. Los datos de contacto eran claramente lo de menos.

El mismo atrevimiento fan que tuve yo lo habría tenido cualquiera que también se conociese al dedillo el casi desaparecido (e hipnótico) documental original, ahora disponible en Atresplayer Premium. En el erial de representación trans que seguía siendo España hasta hace muy pocos años, esta rareza era una de las poquísimas cintas en las que fijarnos quienes estábamos sedientos de ver y conocer a las que nos precedieron, ya fuese dentro o fuera de las pantallas. Sus seis protagonistas, cinco de ellas mujeres trans (Josette detransicionó en los años 90) se dedican, en su mayoría, al mundo del espectáculo, al trabajo sexual o a ambos. A Nacha, un huracán rubio platino al que adora la cámara, le debe alguna de sus escenas más icónicas, como la de la conversación con el falso cura con el emotivo alegato (este sí, real) de nuestra protagonista o aquella descacharrante llamada con un cliente, también falso. Suyas son, a su vez, algunas de las ocurrencias más replicables, como aquel “bueno, cariño, esto no es El Corte Inglés, aquí no hay rebajas en enero” ante alguien que trataba de regatear el precio de sus servicios.

Y es que a Nacha ‘la Poderosa’ no la torea nadie. Ni con 20 o 21 años, cuando Antonio Giménez-Rico rodó el documental, ni ahora. “La tontería del poderío viene de cuando salíamos a trabajar por las noches. Yo siempre he tenido mucha suerte, y cuando acabábamos de trabajar nos juntábamos, nos íbamos a cenar a algún lado y cuando yo abría la cartera tenía una manía: contaba el dinero y me frotaba las manos diciendo ‘¡Ay, qué poderío!’... y de ahí me sacaron el apodo las chicas que venían de Canarias. La gente lo tomaba por otro lado... que ojalá, pero no. Yo no he tenido ni mansiones ni quince coches. Sí he tenido muy buenas casas en unos sitios fabulosos, unos pedazo de abrigos de pieles, unas joyas y unos vestidos de muerte. Pero todo eso con los años va pasando. Hay que seguir viviendo, ahora más humildemente. Cuando no había dinero, las joyas se vendieron, claro, así que el poderío se quedó en el Monte de Piedad", explica con el sentido del humor tierno y fiero de quien lo ha vivido casi todo, de ida y de vuelta, mientras me atiende por videollamada desde Vigo. Allí reside desde hace 17 años: “Yo no sé si es que son más abiertos de mente por lo mucho que han emigrado, pero aquí todo el mundo me trata bien y me respeta… la única queja que tengo es la pésima comunicación de la ciudad".

Su periplo vital y geográfico se inició en el madrileño barrio obrero de Embajadores ("¿Qué te creías, que yo era del barrio de Salamanca?", se chotea en un momento dado). Se marchó de casa a los 13 años y se vio abocada a ejercer la prostitución poco después. Me enseña un libro titulado ‘A través de los ojos de mi madre’, de Tania Navarro. “Yo tenía trece años cuando la conocí y era un crío que no sabía por dónde tirar. Me acogió y me dijo ‘tú ven aquí'. Ella y Laura Frenchkiss fueron mis maestras”. Otra más de tantas genealogías trans iniciadas al duro abrigo del asfalto. Inició su transición en Barcelona, pero cuando se rodó ‘Vestida de azul’ residía en Madrid y trabajaba con el resto de las protagonistas (excepto Josette) en las inmediaciones del Paseo de la Castellana, concretamente en las calles María de Molina y Almagro. Ha vivido en Austria, Suiza, Alemania, Italia, Francia, Portugal y “en España entera”. Cuenta que allá donde iba no socializaba únicamente con sus colegas españolas y solía salirle un novio lugareño, algo que, unido a la costumbre de ver la televisión y a su desparpajo ha facilitado que se defienda con soltura en cinco idiomas. Vivía en Italia cuando conoció a Cristina Ortiz ‘La Veneno’, con quien nunca trabajó pero sí mantuvo una gran amistad, mucho antes de nombrarse así. Cuando se enteró de que había iniciado su transición fue porque su hermana Tatiana Sánchez, que también es una mujer trans, la avisó de que la había visto por la tele. “Y allá que cogimos el coche y nos fuimos a verla”, cuenta con una sonrisa.

La que tuvo retuvo, y no solo me la encuentro maquillada, sino también inmersa en plena búsqueda de la mejor iluminación, taza de café en ristre. “Ay, hijo, es que me acabo de mudar y todavía la luz no me la conozco”, se excusa. Su vida diurna no se diferencia mucho de la de cualquiera de las mujeres de su quinta que la rodean: “Yo me levanto, limpio mi casa, hago la compra y mis cosas como cualquier señora. Esta mañana he ido a hacer unos recados y me he metido en la iglesia de Santiago de Vigo, que le tengo mucha fe, y me he sentado, he dado una vueltecita viendo a mis santos, les he hablado y les he dado las gracias. Allí me siento muy bien, muy tranquila y menos sola. No es que sea la más católica del mundo, porque después de la vida que yo he llevado, pues sería un poco incoherente, pero mis creencias las tengo y no necesito a ningún cura”.

Su espiritualidad llamó la atención de Giménez-Rico, que al enterarse de que un cura no quiso darle de comulgar escenificó una toma con un falso sacerdote que le soltó tales barbaridades que “hubo un momento en que dije 'mira, corta que al final me voy a levantar y le voy a pegar un guantazo. Giménez-Rico no nos daba un guion: nos envenenaba". Y a pesar de la ausencia de guion, era él quien controlaba la narrativa. En un coloquio-homenaje al que la invitaron en el marco del Festival de San Sebastián 2023, lo resumía así: “Nos llenó la cabeza de pajaritos y ninguno voló”. Después de ‘Vestida de azul’ trabajó con actriz “haciendo dos o tres cositas más", en Alma de mujer y ‘Pepe Carvalho’, pero hasta que Vegas manifestó y defendió su interés por ella y hasta su paso por ‘Vestidas de azul’, condensado en 17 sesiones en las que “todo el mundo me trató de maravilla”, se pasó "cuarenta años esperando a que alguien me llame por teléfono para decirme 'Oye, ¿estás viva?". Con todo, hace 40 años experimentó brevemente las mieles de la fama: en ese mismo festival conoció a John Travolta, que se alojó a un par de habitaciones, y a Eleonora Vallone. También “estuve con José Luís López Vázquez, José Sacristán, Maruja Torres... me fui con ellos de bares, como una banda de amigos, una gente muy bohemia y muy simpática. Con Mónica Randall cenamos todas las chicas y Giménez-Rico y al día siguiente nos entrevistó Pepe Navarro para su programa", recuerda, como quitándole importancia.

“Yo soy defensora de la prostitución libre, sin acoso y sin que nadie te obligue"
Volviendo a su presente cotidiano, de noche su mundo es uno mucho más estigmatizado, pero no por ello inusual ni indigno: “Cuando dan las siete de la tarde una se convierte en otra. Cojo mi espejo, mi maquillaje, mis pinturas y me voy... pues a trotar por el mundo. Yo sigo trabajando, a mi aire. Imagínate en qué [sonríe pícara]. No me veo vieja, ni fea ni ordinaria, lo que pasa es que ya no hay clientes ni dinero, pero miedo no tengo y algo de dinero gano. Pero una se hace mayor y los cuerpos cambian, ahora llevo peor las perversidades del frío. También estoy muchas veces sola y ya no queda la alegría que había cuando estábamos todas juntas en este trabajo. Porque es un trabajo, ¿eh? Y un gran servicio social". Al sacar el tema del estigma y la posible regulación, me responde sin ambages: “Yo soy defensora de la prostitución libre, sin acoso y sin que nadie te obligue". Y con derechos laborales, que ella también paga impuestos "como la que más”. Pero aunque las instituciones le den algún que otro disgusto, ahora sí que puede acceder a alguna pequeña ayuda, a pesar de los paternalismos y otros obstáculos. Un gesto que no repara toda una vida de discriminación y que ella procura devolver con creces colaborando con la Cruz Roja o con asociaciones trans y LGTBI viguesas como la Asociación Nós Mesmas o PVLSE.

Sea o no por la buena estrella que menciona al comienzo de nuestra charla, lo cierto es que de las cinco mujeres trans (entonces “transexuales” o “travestís”, según la terminología de la época) que protagonizaron el documental, ella es la única que está aquí para contarlo. La palabra “superviviente” sale a colación más de una vez a lo largo de nuestra conversación. Al ponerlo de relieve, responde: “Pues qué quieres que te diga, me da un poco de miedo aquello de ser la única superviviente. Tampoco quiero que a nadie le dé por pensar que hay que ser como yo, aunque me siento muy segura y creo que doy una imagen y tengo una manera de ser y de vivir muy respetable. Veremos cómo es la experiencia y la reacción de la gente, porque es muy fuerte que seamos dos. Penélope [Guerrero, la actriz que la interpreta] se ha comido a la Nacha de entonces y la ha resucitado”. Eso sí, reconoce que siente algunos celos, que no envidia, por lo que estará viviendo “porque claro, nosotras hicimos un documental, pero ellos han dado vida a nuestras palabras. Han hecho historia. Y yo eso no lo he podido vivir la primera vez porque no era mi momento, ahora es el de ellas. Eso sí, lo poquito que he hecho esta vez lo he hecho con todo mi corazón”.

Pero además es consciente de que su supervivencia también significa que es posible ser trans y vivir para contarlo: “Para mí es un orgullo haber llegado a los 61 años con salud y haciendo las cosas con bastante coherencia. Gracias a Dios en la vida lo he tenido todo, todo. Una familia maravillosa, dinero, joyas, lo que me ha dado la gana. Nunca me ha faltado de nada. He tenido gente que me quería muchísimo y gente que me odiaba también", esto último lo adereza con una carcajada.

Reconoce que le cuesta apañarse con el inclusivo y la terminología actual, pero usa el “todes” siempre que cae y asegura que muchas diferencias se quedan en el lenguaje porque todas las personas trans y no binarias “sentimos lo mismo”. Se alegra cuando le comento que yo también soy trans porque reconoce sentirse más a gusto al hablar “de igual a igual”, y me cuenta animada que incluso de joven conoció a algún hombre trans como yo "pero antes lo llevaban más escondido”. También es una firme defensora de no exigir ningún tipo de modificación quirúrgica para validarnos ni hacer de menos a quien no las acometa: “Que Dios me perdone, que esto que voy a decir es muy vulgar, pero yo no sé si eres transgénero ni si estás operada o no porque el coño no lo lleva nadie en la frente, aquí somos todas iguales".

Al hablar de sus difuntas compañeras de reparto, cuenta que “a la pobre Renée la martirizaba porque ella no servía para la prostitución, con Tamara me llevaba divinamente y cuando se volvió a Málaga para morir allí le regalé unos pendientes y antes de morir le dijo a su hermana que me los devolviese... no te digo más. A Eva, bueno, pues la ayudé mucho a marcharse a su pueblo y luego me arrepentí, porque aquello fue su perdición por culpa de las drogas. Y mi historia con la Loren fue una muy larga, muy larga y si empiezo no termino”. A Loren le está dedicado el primer episodio de la serie. En el estreno por todo lo alto del documental en San Sebastián, fue precisamente ella quien, al asomarse por el balcón del Hotel María Cristina, donde se alojaban, le dijo asustada: “Maricón, yo no bajo que nos está esperando la policía ahí abajo y nos llevan presas”. Rompe a reír al recordarlo, explicándome que resulta que en aquella ocasión estaban allí para escoltarlas hasta la alfombra roja. Y se emociona al rememorar el aplauso de más de diez minutos que les dedicó el público tras la proyección. Un recuerdo que contrasta con el mal trato recibido entonces por buena parte de la prensa.

En la emotiva escena final del primer episodio, que le da una vuelta de tuerca terapéutica a la escena en el Palacio de Cristal del documental, aparecen las siguientes palabras: “En memoria de Isabel Torres, Laura Frenchkiss y de todas aquellas cuya historia se quedó sin contar”. Afortunadamente, no es el caso de la de Nacha, que ve "un sueño hecho realidad” con el estreno de ‘Vestidas de azul’, una serie que además cuenta con muchas personas trans delante y detrás de las cámaras, como el director Ian de la Rosa. Nada que ver con la cinta original y su sesgadísima mirada. "Ya me verás en la serie, ya. Estoy divina", dice con una mezcla de orgullo y coquetería.

Nacha tiene alquilados dos trasteros repletos de recuerdos, enseres y prendas fabulosas. Y mucho, muchísimo por vivir y por contar. Aprendamos de nuestros errores y enamorémonos de ella y de su historia mientras lo pueda disfrutar. Larga vida a Nacha María Sánchez y a todas las que, como ella, sembraron el barro de azulejos para que no nos hundamos al caminar.

domingo, 24 de septiembre de 2023

#hemeroteca #maricas | Christo Casas: “Ser una marica mala es aceptar que aquello que nos han dicho que era lo peor de nosotras es lo mejor que podemos ofrecer al mundo”

Vanity Fair / Christo Casas //

Christo Casas: “Ser una marica mala es aceptar que aquello que nos han dicho que era lo peor de nosotras es lo mejor que podemos ofrecer al mundo”

Después de triunfar en la ficción con ‘El power ranger rosa’, el antropólogo y periodista conquense publica ‘Maricas malas’, un ensayo vibrante que desborda y cuestiona algunos de los mandatos más asentados en los discursos en torno a la cuestión LGTBQ+.
Darío Gael Blanco | Vanity Fair, 2023-09-24
https://www.revistavanityfair.es/articulos/christo-casas-maricas-malas-libro-ensayo

Christo Casas (Cuenca, 1991) es perfectamente consciente de cómo pueden sonar algunas de las premisas más disruptivas que desarrolla en ‘Maricas malas. Construir un futuro colectivo desde la disidencia’, como la de afirmar que el matrimonio igualitario fue una derrota. Y lo fue, sin duda, en el sentido de desactivar muchas reivindicaciones políticas necesarias y estrechar nuestros horizontes, entre otros resultados que ilustra con creces. Pero ni Casas ni su ensayo de debut buscan epatar ni ser carne de ‘clickbait’, sino tender la mano a todas aquellas personas cuyas necesidades y malestares no han quedado resueltos por una ley. Y tampoco por su institucionalización. Es decir: a todas. Y, de paso, ofrecernos un espacio seguro (pero no por ello inofensivo) en el que plantearnos nuevas dudas, ideas y propuestas de cara a los desafíos presentes y futuros. En el que, utilizando sus propias palabras y conceptos, mariconizarnos.

Recogiendo el testigo teórico de maricas malas tan ilustres como los inextinguibles Paco Vidarte y Shangay Lily, hallando asidero en autoras como Holly Lewis, Jasbir Puar, Alana S. Portero, Silvia Agüero, Donna Haraway o Gracia Trujillo y autores como Paul B. Preciado, Víctor Mora, Ignacio Elpidio Domínguez y Óscar Guasch, la propuesta de Casas analiza sin miedo, sin complejos y con mucha y muy buena pluma por qué la promesa de la normalidad tras la legalización del matrimonio igualitario ha contribuido a desvincular y capitalizar las vidas LGTBI+, convirtiéndolas en bienes consumibles y en partícipes de un sistema para el que nunca han sido ni serán lo suficientemente buenas.

Casas tiene muy claro su lugar de enunciación y, lejos de pretender que “marica” o “maricón” sean términos paraguas, lo que propone es que no sean esencialistas, que constituyan más una práctica accesible a todo el mundo que una identidad inmóvil. “No soy maricón, estoy maricón”, sentencia en uno de los momentos de la entrevista. Y explica que opta por reapropiarse de este término porque “a diferencia de lo homosexual o lo gay, tan limpio e higiénico, se solapa con lo obrero”, citando a Camila Sosa Villada y su ya célebre defensa de “travesti”, una palabra imposible de higienizar y despolitizar. Y es que “un maricón ni agradece la tolerancia ni pide permiso para serlo”.

El periodista es especialmente hábil y generoso a la hora de trazar y sostener conexiones que a más de uno se le antojarán improbables. Una buena muestra de ello es el peso de la influencia de Silvia Agüero y su propuesta (por otra parte, colectiva) de gitanizar el mundo. Parte de la fuerza arrolladora de este ensayo radica precisamente en su apertura hacia teorías y realidades que sin duda conectan y se solapan con lo ‘queer’, pero que desde el ‘mainstream’ se suelen presentar incluso como antagónicas, o cuanto menos jerarquizar, como en el caso de las personas discapacitadas o en situación de sinhogarismo.

Situando en nuestro contexto y recuperando el espíritu revolucionario que tan bien supieron cristalizar aquellas primeras manifestaciones del Orgullo que, partiendo de la de Barcelona en 1978 [i.e. 1977], rápidamente se replicaron y extendieron por el resto del territorio, el autor profundiza en nuestras genealogías sin sacralizarlas ni idealizarlas, exponiendo sus aciertos, errores y contradicciones. Con la distancia justa, cierto humor y sin un ápice de frialdad.

Y en este desbordamiento que trasciende de lo identitario, ¿cuáles son las “maricas malas” que más le inspiran? Una de ellas es Pepa Flores, porque “únicamente tenía que cantar (bueno, y haber padecido mucho maltrato infantil), pero de haber querido habría tenido la vida más que resuelta. Y entonces ella va y decide echarlo todo por la borda, lanzarse a la militancia comunista y morder con mala leche a los medios cada vez que le tienden la mano, y al sistema cada vez que le intenta acariciar el lomo erizado”. Otra es Sara Montiel, que le parece “una marica mala maravillosa” por su reivindicación de la sexualidad y promiscuidad femeninas en una época en la que hacerlo era harto complicado. Y tirando de un escenario mucho más actual, reivindica, “si es que ella está cómoda definiéndose así”, a Samantha Hudson y su manera de abrazar el fracaso y el esperpento.

Siguiendo su propia propuesta de ampliar y extender el ámbito de lo marica más allá de individuos concretos, Casas considera que “en cuanto a movimiento colectivo, yo creo que los sindicatos de inquilinos son una cosa muy marica mala, porque yo la reivindico mucho como algo que siempre hace lo inesperado, que no va a cumplir con el patrón y va a buscar alianzas donde menos te lo esperas. Y a mí me parece que el sistema inmobiliario español jamás se esperó que los inquilinos hicieran esas alianzas. Vivimos un momento de gran precariedad habitacional y de crisis de la vivienda drástico y los sindicatos de inquilinos, como el Sindicat de Llogateres, son un ejemplo de una unión, de una construcción de lazos y de puentes, no desde la identidad, sino desde la necesidad que tenemos en común todas las personas que los conformamos. Creo que este sería un buen ejemplo de cómo quiero construir puentes cuando hablo de amariconar el mundo, las relaciones y las luchas”.

Y además es uno que conecta directamente con una de las genealogías más recurrentes, idealizadas y manoseadas por el colectivo: las de las activistas Sylvia Rivera y Marsha P. Johnson, mucho más conocidas por su implicación en la revuelta de Stonewall que por su proyecto con el colectivo S.T.A.R (Street Transvestite Action Revolutionaries o Acción Travesti Callejera Revolucionaria), cuya principal finalidad era “habitar y dar vivienda a personas LGBT que se encontraban viviendo en la calle. En el libro explico que el sinhogarismo tiende a estar fuertemente atravesado por lo LGTBI, hay muchísimas personas que han sido expulsadas de sus hogares por salir del armario”. Según Casas, S.T.A.R. fue su proyecto más transformador, hasta el punto de demostrar su vigencia transformadora en lo que hoy en día conocemos como sindicatos y asociaciones de inquilinos.

Al abordar uno de los jardines más poblados del discurso en los últimos años, el conquense reconoce que la “trinchera de la identidad” ha sido necesaria durante mucho tiempo porque "había fuego cruzado y las víctimas íbamos a ser siempre nosotras, así que tocaba atrincherarse y justificar nuestra existencia, salvaguardarnos”. No obstante, considera que “ya somos una sociedad y un colectivo suficientemente maduros y asentados como para dar el siguiente paso, el de cuestionar la identidad y hablar de la práctica, que es lo realmente transformador. Porque lo identitario tú no puedes cambiarlo, pero si lo que pretendemos es transformar el mundo, lo que van a cambiar son prácticas y maneras de hacer las cosas, no las esencias”. En ese sentido le interesa mucho dar el paso de “dejar de hablar de quiénes somos y hablar de a dónde vamos, tender puentes y ver quién se suma en ese camino”.

Siguiendo ese hilo, según él “hay un potencial revolucionario en el hecho de que ser maricón no sea un compromiso de por vida, no has firmado ningún contrato para serlo”, explica, refiriéndose a volver a incidir más en las prácticas que en la identidad como algo inmóvil, incluso innato, sino como algo maleable y sujeto a posibles modificaciones. “Creo que hay un poco de miedo a aceptar esto, porque parece que hay quien cree que eso justificaría que la homosexualidad se puede corregir, pero el tema es que no hay nada que corregir porque está bien devenir bi, devenir trans, homo o hetero”, matiza.

Algo más que le preocupa del énfasis identitario es que “no nos da herramientas para hacer frente los nuevos discursos emergentes de la extrema derecha, que de hecho son super identitarios, en este caso del nacionalismo español, y que han entendido perfectamente de qué va eso de la identidad”, hasta el punto de utilizarla para hacerse “un lavado de cara presentándonos a un maricón, a una mujer o a una persona racializada como candidatos”.

Otra reflexión interesante de ‘Maricas malas’ es la que plantea la necesidad de tener espacios desde los que trazar estrategias, cuidarse y abordar debates que suelen ser utilizados como munición en contra de colectivos enteros, como es el caso del ‘chemsex’. "Esa es la parte que más me costó escribir del libro, porque aunque hablo en todo momento de abrir las puertas y dejar correr el aire, soy consciente de que hay ciertos debates que requieren de una privacidad, donde no estemos sujetos a la mirada hetero, que va a mirar con tres toneladas más de desprecio todo lo que hagamos, en comparación con cuando quienes lo hacen son ellos”.

Según este ensayo, mucho más sugerente que académico pese a la abundancia de referencias, la familia, la vejez, la crianza, la vivienda, los cuidados, los placeres, el trabajo, la cultura, la literatura, las masculinidades, el espacio público, las fiestas de tu pueblo... todo es susceptible de ser mariconizado, de beneficiarse de la mirada y la praxis queer. Y, en el caso de las personas, de encarnarlo. Pero la suya es además una propuesta multidireccional, y es que “los maricas también hemos de bollerizarnos, discapacitarnos, racializarnos y emprender este mismo viaje que yo propongo hacer al resto". Así, nos invita a encontrar nuestro propio estigma desde el que reivindicarnos y que compartir con los demás, colectivizándolo. “Yo me he vaciado. Ahora estoy dispuesto a llenarme de otras personas y otras experiencias”, concluye, con cierto alivio.

sábado, 13 de mayo de 2023

#hemeroteca #literatura #trans | Alana S. Portero: “Es muy fácil ser sobrio cuando todo está hecho a tu medida”

Vanity Fair / Alana S. Portero //

Alana S. Portero: “Es muy fácil ser sobrio cuando todo está hecho a tu medida”
La mala costumbre, el debut narrativo de la escritora, dramaturga y directora escénica madrileña, es un brillante conjuro literario que confirma que los mal llamados márgenes conforman el núcleo de muchas otras vidas que no se suelen contar.
Darío Gael Blanco | Vanity Fair, 2023-05-13
https://www.revistavanityfair.es/articulos/alana-s-portero-la-mala-costumbre-novela-debut

Llevamos años pudiendo disfrutar de la pluma ágil, mordaz y tierna de Alana S. Portero en medios como Vogue España, El Salto Diario, Agente Provocador y eldiario.es o en su Patreon, pero ahora debuta en la ficción con una novela que triunfó en su puesta de largo en la Feria del Libro de Frankfurt, meses antes de publicarse. Desde entonces, ya son once las editoriales que han adquirido sus derechos y por el momento será traducida al menos a ocho idiomas. Tras su publicación el 3 de mayo, 'La mala costumbre' (Seix Barral) no ha dejado de cosechar críticas excelentes y demostrar que las altas expectativas de sus lectores estaban más que justificadas.

Alana me recibe de riguroso negro en la biblioteca y antigua Casa de Fieras del Retiro, en una suerte de aula con un imponente escritorio sobre el que descansa un ejemplar. Lleva un camafeo de Mar del Valle y bromea con que, entre su look y el escritorio a nuestra derecha, guarda cierto parecido con Emilia Pardo Bazán. Parece escuchar atentamente nuestra charla la estampita de santo Domingo Savio que forma parte de la cubierta obra de Roberta Marrero, artista y escritora a la que admira desde hace mucho tiempo y que “apela a casi todos mis fetiches estéticos y culturales”. Al igual que muchos otros habitantes disidentes de la noche dosmilera madrileña, “yo la buscaba muy a menudo en sus pinchadas. Era para mí esa esfinge a la que aspirar, ese ángel en el que te quieres convertir”. Y matiza, bajándola del pedestal, que al fin y al cabo deshumaniza: “es una artista admirable e inteligentísima. Una mujer ejemplar, en el buen y en el mal sentido”.

Si la cultura trans existe (que lo hace, pero no en singular), este libro aúna a dos de sus principales figuras en España. Pero esta delicada 'bildungsroman' nacida de la purpurina y el asfalto tiene múltiples facetas, más allá de iluminar y llenar de matices las vidas trans con información de primera mano, acercándolas a la experiencia de cualquiera. La clase es, junto al autodescubrimiento, uno de los principales ejes de una novela con mucha conciencia de clase a través del tamiz de la autora y sin rastro de la abultada épica condescendiente que se empeña en obviar toda experiencia más allá de ciertos hombres que desempeñan ciertos trabajos. Es una novela en la que abunda el puchero, las obras que son amores a falta de mejores palabras, en la que se ponen de relieve los aciertos y las contradicciones de la solidaridad entre vecinos y familiares, de sus límites y elasticidades. Al mentar sus influencias en este sentido, recurre a una anécdota de la escritora Ursula K. Le Guin, que al recibir la noticia de que había ganado uno de sus primeros premios “su manera de celebrarlo fue salir un momento a respirar a la parte de atrás de su casa y mirar el cielo porque estaba reventada de atender su hogar”. O a Toni Morrison, que iba esbozando sus historias mientras cargaba con las bolsas de la compra. Pero también halló inspiración en las “escritoras a las que conozco personalmente, que están vivísimas y son jovencísimas, que sé que se matan a trabajar y escriben cuando pueden, que es robándole horas a la noche”.

Otro de esos ejes es Madrid, el de las calles de San Blas y la Chueca y Malasaña previas a la gentrificación. “Esta es mi carta de amor a Madrid, una ciudad fea pero con gancho”, matiza sonriendo. “La idea de que Madrid es una especie de club privado para ricos en la que vienes y se te tritura es un relato interesado. Yo no digo que no tenga su traslación real porque aquí se pasa mal, sí. Madrid fue destruida durante la Guerra Civil y a Madrid se le aplicó un correctivo tremebundo que explica en parte que se haya decantado por ciertas cosas. El Madrid obrero, el de las luchas vecinales de finales de los 70 y los años 80, tuvieron que destruirlo y erradicarlo a través de la droga. Pero es una ciudad con un espíritu de lucha enorme, mucha magia y sitios por descubrir, así que me parece injustísimo que al final se piense en ella como un sitio donde solo hay franquicias de tapas”. Al hacer de San Blas su “Macondo particular”, Portero nos ofrece a través de sus páginas un imaginario mucho más cercano que el de los grandes autores del canon, y es que al fin y al cabo, “¿A quién te pareces más, a la protagonista de 'La mala costumbre' o a ese señor austrohúngaro que escribía de maravilla pero tocaba la campanilla para que le trajeran el café? Yo eso no lo he visto en mi vida, pero gente como ella, sin necesidad de ser trans, he conocido a mucha”.

Se nota su paso por las tablas en su manera de expresarse y en los diálogos vívidos de la novela. Pero también en su manera de sublimar las estructuras del teatro, la épica y los mitos griegos, con sus “oráculos que te empujan a seguir, esas mujeres que cumplen la función de las Moiras y te muestran por un instante el hilo del destino, que te cuentan quién eres, te hacen trizas y te dan alegrías a partes iguales”. Pero aplicado al contexto de la protagonista, esas son mujeres, como en el caso de las trabajadoras sexuales trans, a las que se empuja a los márgenes pero que “son el centro de la existencia de mucha gente”: “hacer literatura con ellas me parecía un acto de justicia, necesitaba contar sus vidas coronándolas con magia, con ficción de la mejor que yo fuese capaz de trenzar. También quise hacer un homenaje a esa generación que se llevó la peor parte de la Ley de peligrosidad social y que fue arrasada por el SIDA". Su formación como historiadora medievalista se hace notar en las numerosas referencias que intercala con un santoral mucho más pop ("igual que me he criado leyendo mitología, me he criado leyendo el ¡HOLA! y el Pronto", puntualiza), y con “nuestra cultura [LGTB+] de encontrarnos referentes en lugares donde en principio nadie los busca”.

Tiene todo el sentido, pues, que la protagonista con un pasado de niña confinada en las imágenes y mundos de ficción que le permitían ser quien era únicamente a escondidas del mundo exterior, se nutra con los mitos de transformación griegos, “mitos de seres que evolucionan, que cambian, que seducen adoptando otras formas corporales. Algo con una lectura muy directa para la cultura LGTB, pero también para cualquiera que haya fantaseado con ser otra cosa, con ser algo más o simplemente con cambiar de alguna manera”. También que los resignifique o devuelva a su ductilidad original, la de todas las culturas milenarias que engrandecen el juego, el disfraz y los cuerpos que supuestamente no son posibles, algo rabiosamente queer desde nuestro prisma actual.

Portero lleva años construyendo y reconstruyendo, a través de sus artículos, genealogías trans y queer que nos han sido arrebatadas o a las que se ha tratado de despojar de su importancia. En 'La mala costumbre' lo hace trazando una urdimbre de redes de resistencia y cuidados, primero de un mundo que excluye en un principio a su protagonista, pero del cual siempre ha formado parte: el de la sororidad entre mujeres machacadas por el peso del patriarcado y de la clase, pero que en ocasiones abren el gineceo para recibir a las más desterradas. Y más adelante, el de las familias elegidas a golpe de epifanías y encuentros mágicos, maniobras de supervivencia, observación atenta y puro ingenio. Pero incluso en la masculinidad más normativa, marcada por la grisura y un disciplinamiento salvaje, hay lugar para esos cuidados, ya se manifiesten en la protección discreta pero constante de un hermano o en un padre que se quita la comida de la boca para dársela a una hija trans a la que no entiende. Y es que “no hace falta entender nada cuando se es una persona decente”, sintetizaba la autora en su presentación en Madrid, el pasado 10 de mayo. Precisamente en esa presentación, en la que estuvo acompañada por la ministra de Igualdad Irene Montero, esta última aludía a algo que Portero retrata de forma magistral: las "rupturas del pacto de caballeros" que abren una grieta y posibilitan otras maneras de cuidar y de relacionarse

Abunda también el humor en las páginas de este debut literario que se siente cómodo en lo camp y lo reviste de cierta solemnidad inherente a todo exceso, máxime cuando supone una respuesta a la tiranía de lo que la normalidad considera apropiado. Tan cómoda está en ciertas contradicciones esta “taurina antitaurina”, que sabe “mucho más de toros de lo que me gustaría” y que considera la tauromaquia una práctica aberrante, que no duda en reconocer abiertamente su fascinación por todo lo que tenga que ver con la realeza o el “chafardeo real”, como a ella le gusta decir. “Desde siempre he sentido un amor incondicional por la escenificación de las cosas, hasta el punto de haberme dedicado al teatro, y aquello me parece un teatro llevado al paroxismo, una manera de tratar de mantener la magia, pero que ya no funciona muy bien”. Ciñéndonos a la cultura, más allá de cuestiones tan relevantes como su legitimidad en un escenario actual, “lo camp y lo monárquico están íntimamente unidos. Es una pura teatralización que no puede revestirse de normalidad, porque la monarquía es una anormalidad que pertenece a los cuadros. Así que vístemela como tal. Ya que mantenemos la jefatura de Estado, ponte la corona, el armiño, dame oro, dame teatro”.

En la novela hay también muchos destellos de aparente frivolidad, de performance, rituales y liturgias más o menos ceremoniosas sin las que muchas personas cercenadas por la norma no se pueden construir ni contar a sí mismas, a falta de otras herramientas a las que al fin estamos empezando a tener acceso. Y en todo ello hay un respeto infinito y una hondura propia de quienes han tenido que valerse de estos artificios para aspirar a algo más que sobrevivir. “Es muy fácil ser sobrio cuando estás seguro en tu vida, cuando todo está hecho para ti y toda la fenomenología universal está hecha a tu medida. Pero cuando la cotidianidad no está hecha para ti, te queda fantasear y lo camp no es más que fantasía, teatralización y juego. Al final es un proceso de descubrimiento a través de la tragicomedia, el exceso, la fábula, el asombro, la picardía... ¿Cómo no va a tener hondura eso? Si es pura búsqueda y experimentación, llevada además hasta sus últimas consecuencias. Eso únicamente se puede ver ridículo desde la seguridad y sobriedad y de quien lo tiene todo a su alcance. Quien lo vea ridículo en realidad lo que nos está ofreciendo es una carta de privilegios, un ‘yo no necesito florituras para estar feliz porque no me hace falta’. Bueno, no te hace falta a ti, que lo tienes todo a tu alcance, pero hay muchas personas que necesitan esto que pertenece por derecho a las personas que lo tienen difícil. Y es un orgullo pertenecer a ese mundo. Es una auténtica alegría”, resuelve, acomodándose la melena.

A pesar de sus tablas, a Alana aún le cuesta acostumbrarse a ser entrevistada, a ser el foco de atención desde su faceta como autora, transitar la rueda promocional y leer las primeras reseñas que celebran su obra y aplauden su talento. En el clamor de la presentación en su Madrid natal hubo vítores y aplausos constantes, lágrimas de emoción, pañuelos ennegrecidos por el rímel y una cola de firmas que se prolongó hasta el horario de cierre. No es que haya nacido una estrella, lo que sucede es que esa estrella al fin tiene acceso al escenario y los camerinos que se merece. Este libro es la primera estancia del hogar que Portero nos ofrece, un aquelarre luminoso alrededor de una mesa camilla. Y yo os animo a poneros vuestras mejores galas y participar de él.

viernes, 23 de abril de 2021

#hemeroteca #trans #politica | Caitlyn Jenner anuncia su candidatura a futura gobernadora del estado de California

Imagen: Vanity Fair / Caitlyn Jenner

Caitlyn Jenner anuncia su candidatura a futura gobernadora del estado de California.

El clan Kardashian nunca ha tenido suerte en la política. Que se lo digan a Kanye West. Aunque igual esta vez la suerte cambia.
Claudio M. de Prado | Vanity Fair, 2021-04-23
https://www.revistavanityfair.es/sociedad/celebrities/articulos/caitlyn-jenner-anuncia-formalmente-su-candidatura-para-convertise-en-la-futura-gobernadora-del-estado-de-california/49801 

El clan Kardashian convierte en oro todo lo que toca. Bueno, todo menos una cosa: la política. A pesar de su poder mediático, y de sus conexiones con las altas esferas de Washington, ningún miembro de la familia ha logrado de momento triunfar en unas elecciones.

Que se lo digan a Kanye West y su ambiciosa candidatura a la presidencia de los Estados Unidos en los últimos comicios. Un proyecto megalómano que no solo le trajo una dura derrota en las urnas, sino también el principio del fin de su matrimonio con Kim Kardashian. Aún así, él sigue asegurando que volverá a intentarlo en 2024.

Aunque igual cuando lo haga le toca tener como adversaria a la madrastra de su todavía esposa, Caitlyn Jenner, que acaba de anunciar formalmente su candidatura para convertirse en la próxima gobernadora republicana del estado de California, actualmente en manos del partido demócrata.

“California ha sido mi hogar durante casi 50 años. Vine aquí porque sabía que cualquiera, independientemente de su origen o posición en la vida, podía convertir sus sueños en realidad. Pero durante la última década, hemos visto el destello del Estado Dorado reducido por un gobierno de partido único que coloca la política sobre el progreso y los intereses especiales sobre las personas” explica Caitlyn en un comunicado de prensa sobre las razones que la han llevado a dar este paso.

“Durante toda mi vida he sido un apasionado elemento disruptor para la sociedad, algo que he demostrado tanto ganando una medalla de oro en los Juegos Olímpicos mientras representaba a los Estados Unidos como ayudando a promover el movimiento por la igualdad”, defiende enumerando dos momentos claves de su vida: su carrera deportiva y el anuncio de su transexualidad en la portada de Vanity Fair.

“En California las pequeñas empresas han quedado devastadas debido al cierre excesivamente restrictivo. Toda una generación de niños ha perdido un año de educación y se les ha impedido volver a la escuela, participar en actividades o socializar con sus amigos. Los impuestos son demasiado altos, matan empleos, dañan familias y suponen una carga especialmente pesada para nuestras personas más vulnerables ”, relata sobre cuáles serán las líneas principales de su programa electoral, claramente conservador antes de pedir a sus fans que donen dinero para su campaña.

“En las próximas semanas daré mas información sobre mi candidatura. ¡Yo ya estoy dentro! Vale la pena luchar por California”, concluye sin que todavía nadie de su famosa familia haya mostrado el mínimo apoyo a esta nueva aventura.

Evidentemente, todavía es demasiado pronto para saber si tendrá éxito o se queda solo en una fantasía. Pero cuidado y nadie se lo tome a broma: así comenzó Arnold Schwarzenegger y acabó siendo uno de los gobernadores más queridos y admirados del país. Y es que en asuntos de política estadounidense, después de todo lo que hemos visto ya, no podemos dar nada por imposible.

domingo, 7 de febrero de 2021

#hemeroteca #gais #memoria | Antes de los Javis ya estuvieron los Costus: Enrique Naya y Juan Carrero, la carismática pareja de la Movida que vuelve

Antes de los Javis ya estuvieron los Costus: Enrique Naya y Juan Carrero, la carismática pareja de la Movida que vuelve.
Enrique Naya Igueravide y Juan José Carrero Galofré revolucionaron la capital con su pintura figurativa, plagada de iconos pop, sincretismo ideológico y un desconcertante mensaje (a)político. Una exposición en Madrid recupera ahora su legado.
Ianko López | Revista Vanity Fair, 2021-02-07
https://www.revistavanityfair.es/cultura/articulos/los-costus-enrique-naya-juan-jose-carrero-artistas-vida-obra/48688

De todos los relatos pequeños que integran el gran relato una y otra vez contado de la Movida, puede que el de Costus sea el más fecundo. Porque atraviesa una década fundamental en la historia de nuestra modernidad, y porque los hitos que lo jalonan –superación, auge, caída, enfermedad, muerte– responden sin desvíos al patrón demandado por la mitología del ‘show business’. De hecho, sorprende que no exista todavía un ‘biopic’ sobre esta pareja de pintores. O, por ser más específicos, que los Javis no se hayan interesado en dirigirlo, ya que podrían a través de ellos contar su propia historia con la ventaja extra de un final trágico. Pero luego iremos a eso.

El próximo 15 de febrero se inaugura en la galería madrileña Maisterravalbuena una exposición con obras de Costus, lo que para sus asiduos resultará sorprendente. Digamos que la apoteosis de ‘chochonismo’ que allí nos espera no es lo que suele encontrarse en este local de la calle Doctor Fourquet, más acostumbrado a artistas conceptuales europeos como A Kassen y Maria Loboda o a la exquisitez formal de Marisa Fernández y Jerónimo Elespe. Cuando le manifiesto mi pasmo a Pedro Maisterra (propietario de la galería junto con Belén Valbuena) él defiende su opción sin vacilaciones: “La exposición es un acercamiento al hecho cultural de la Movida. Además, la obra de Costus está en lugares más importantes de lo que se piensa. Pocos saben, por ejemplo, que el retrato que le hicieron a Carmen Polo forma parte de la colección ICO”.

Enrique Naya Igueravide (Cádiz, 1953 - Badalona, 1989) y Juan José Carrero Galofré (Palma de Mallorca, 1955 - Sitges, 1989), ‘in arte’ Costus, se conocieron en Cádiz, donde a mediados de los años setenta eran dos estudiantes de arte que encajaban mal con aquel entorno de provincianismo costero y familias conservadoras: ambos eran hijos de militares, e incluso un tío de Enrique estaría después involucrado en el golpe de Estado del 23-F.

Así que, convertidos en pareja sentimental, se fueron a Madrid, donde sí tenían su lugar, o se lo hicieron ellos. Llegaron en el momento justo para que su pintura figurativa, plagada de iconos pop, fuera saludada con entusiasmo en ciertos corrillos. Su enorme piso-estudio de la calle Palma, en el barrio de Malasaña, operó como central de operaciones de la Movida para alojar una especie de fiesta perpetua donde la gente entraba y salía a su aire, y entre tanta ida y venida ocurría de todo. “Era como una Factory a lo castizo”, sentencia Pedro, y hay poco que objetar a la comparación porque por aquel entonces la Factory de Andy Warhol era la medida de todas las cosas, el alfa y el omega de lo moderno. Y de eso iba el asunto en Casa Costus.

Por cierto, que la autoría del nombre de Costus es objeto de una disputa tan encarnizada como la de ‘La dama de armiño’. Muchos la atribuyen a Francisco Umbral, aunque el crítico musical Jesús Ordovás ha afirmado que fue él quien primero los llamó así. Julio Pérez Manzanares, autor de la biografía ‘Costus: You Are a Star’, señala en cambio a Fabio McNamara. “Costus” por costureras, porque Juanjo y Enrique trabajaban en sus cuadros sin descanso y con tanto mimo como las ‘petites mains’ sobre un modelo de alta costura. Julio añade otro dato interesante para comprender el fenómeno: “Fabio los llamaba las Costus, así, en femenino, pero ellos decidieron cambiarlo al masculino, porque a partir de cierto momento no se identificaban tanto con ese ‘las’”.

La Casa Costus puede apreciarse en todo su esplendor en ‘Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón’, primer largometraje de Almodóvar, y de hecho los artistas aparecen en una escena rodada allí junto a Carmen Maura, Alaska y el propio Fabio, mientras pintan algunos de los cuadros que –este dato interesará especialmente a los fetichistas– podrán verse en la exposición de Maisterravalbuena.

Ricardo Carrero, hermano de Juan, vivió un tiempo con la pareja, y hoy gestiona la página web dedicada a su memoria. Al habla por teléfono, evoca cuando, a finales de los setenta, Alaska fue de visita al chalé que su familia tenía en una urbanización de la costa gaditana: “Teníamos de vecinos a todos los terrys, los osbornes y los domecques. Pues allí vino Olvido, y nos fuimos con ella al mercadillo de los gitanos, y la que se armó porque ella llevaba unos leotardos no sé si de cebra o de pantera. Le dijeron de todo. Ellos eran los más modernos que había. ¡Y no sabes lo que era salir a ligar con Juan! Llegábamos a los sitios y todo era pase, pase, nos sacaban botellas de champán y nos rodeaban los chulos, que podías elegir al que quisieras. Siempre digo que los niños de hoy deberían estudiar la generación de la Movida como estudian la del 98 o la del 27”.

Poco después se fijó en ellos el galerista Fernando Vijande, que acababa de partir peras con su socia americana, Gloria Kirby, y estaba a punto de inaugurar en un garaje de la calle Núñez de Balboa su nueva galería, hecha a imagen y semejanza de lo último de Nueva York. Vijande estaba deseoso de extraerle todo el jugo a aquello que estaba pasando en Malasaña y alrededores sin mucho orden ni concierto y que era la primera manifestación genuina de modernidad en el país tras cuarenta años de dictadura. Buscaba su propia transvanguardia italiana y sus estrellas neopop neoyorquinas, y los encontró juntos y revueltos en aquella pareja gaditana llena de carisma.

Así que fue toda una declaración de intenciones que la primera exposición de Galería Vijande, inaugurada el 16 de octubre de 1981, se llamara ‘Chochonismo’ ilustrado y corriera a cargo del colectivo de artistas llamado Costus. Aquella fue una fiesta para recordar en la cosmogonía de la Movida, y también un inventario viviente de sus usos y costumbres. Todo el que fuera alguien –o que soñara con serlo– estaba allí. ¡Las paredes se llenaron de folklóricas, chulos y fauna del ‘¡Hola!’ en poses solemnes y colores ultrasaturados. Había muebles de la Casa Costus, y obras de Fabio y de Carlos Berlanga, y el catálogo oficial incluía un texto de Alaska, que, bajo el seudónimo de Angustias, se metía en la piel de una mujer que escribía una carta a un consultorio sentimental porque el hombre del que estaba enamorada no le hacía caso (Julio Pérez Manzanares me cuenta que no se trataba por completo de un ejercicio de ficción, ya que una Olvido Gara de 18 años vivía su particular calvario amoroso por culpa de Eduardo Benavente, líder del grupo Parálisis Permanente, que moriría dos años después).

Ese día supuso al mismo tiempo la cumbre de los Costus y el inicio de su cuesta abajo. Aunque en el catálogo se anunciaba una próxima exposición titulada ‘El Valle de los Caídos’, Vijande nunca volvería a exponer su obra. Y aún hoy no está claro por qué a Enrique y Juan les dio boleto su Mefistófeles del barrio de Salamanca. Pedro Maisterra lo atribuye a dinámicas normales entre artistas y galeristas (algo debe saber del tema tras casi dos décadas en la profesión): “Puede que se produjera un desencanto mutuo y que hubiera que tomar decisiones. De hecho Costus no son los únicos artistas que expusieron una sola vez con Vijande. Lo mismo le pasó a Juan Muñoz, con el que también tuvo su desencuentro”.

Pero algo más debió de pasar, porque a continuación los artistas se las arreglaron para pelearse con casi todos sus amigos, y la situación en Madrid se les volvió complicada. Julio Pérez me lo resume así: “Le entraron las típicas paranoias de artistas. Vijande se había quedado toda su obra, y tuvieron que ponerse a trabajar de cero y muy presionados. Además, empezaron a pensar que todo el mundo a su alrededor estaba allí por la jarana, y que no les dejaban pintar al ritmo que necesitaban. Y por último vieron que amigos suyos como Alaska o Almodóvar alcanzaban de repente mucho éxito mientras ellos iban más lentos. Un poco por todo, las cosas saltaron por los aires”.

Buscando nuevos aires precisamente se fueron a México, donde vivía Luis Sanguino, escultor del Valle de los Caídos –y tío de Juan–, muy bien relacionado en las altas esferas del país norteamericano. Pero esas altas esferas no debieron saber cómo manejarse con unas estrellas glam de acento gachupín, así que al cabo de unos meses regresaron a la casilla de salida.

En 1987, un lustro después de lo previsto, inauguraron al fin su anunciada El Valle de los Caídos, solo que no en la galería de Vijande, sino en la Casa de Vacas del Retiro. En esta serie, en la que habían estado trabajado durante todo aquel tiempo, pintaban a sus amigos (Fabio, Alaska, Bibiana Fernández/Bibi Andersen, o Lucía Dominguín junto a una Bimba niña) en un estilo expresionista que había entregado cierta fracción de frescura a cambio de una nueva solemnidad y un desconcertante mensaje político. Político a fuerza de militantemente apolítico. Este sincretismo ideológico lo encarnaba mejor que ninguna otra imagen un Tino Casal posando melena al viento ante la cruz del monumento franquista y portando una gran bandera roja: el cuadro se llamaba precisamente “Caudillo”. Y lo subrayaba el propio Enrique Costus en una intervención televisiva trufada de frases de antología: “Un día fuimos al Valle de los Caídos en un estado sobrenatural [risas], y los fachas tienen allí enterrado al dictador, el pobrecito”. O también: ”Nuestro pasado está ahí, que no lo borren”. Y por último: “Además, a nosotros [el franquismo] no nos afectó, porque éramos pequeños. Yo hijo de militar y él hijo de marino, pues qué voy a decir del franquismo yo”.

Y toca en este punto retomar el asunto de los Javis: agitar en la coctelera monjas y electro latino (‘La llamada’) o presentar el mundo de la telebasura desde una dinámica de atracción-repulsión (‘Veneno’) para deslizar la idea de que todas las opciones vitales son igualmente válidas no es nada demasiado nuevo. Más aún: podría defenderse que por su voluntad por agradar a un amplio espectro, su preocupación por ofrecer una imagen moderna e icónica y su papel de anfitriones de un microcosmos que aspira a ser percibido como la modernidad de su tiempo, los Costus fueron un claro precedente de los autores de ‘Paquita Salas’. La hipótesis no le suena mal a Pérez Manzanares: “Incluso hay una sensibilidad similar. Grace Kelly y Carmen Polo son para los Costus lo que Paquita para los Javis: iconos del pasado que rescatan pero al mismo tiempo contemplan con cierta condescendencia. De todos modos esto es muy paradigmático de algunas parejas artísticas gais. Pienso en Pierre et Gilles o Gilbert and George, que están dentro de la misma línea genealógica”.

El último año y medio de su vida fue especialmente complicado. Ricardo Carrero había alquilado con unos amigos un gran chalé en El Puerto de Santa María (lo que allí se conoce como “un recreo”), pero los amigos fallaron y en su lugar entraron Enrique y Juan, llevando consigo su ajuar de modelos, muebles y obras de arte. Ellos se instalaron en la planta baja y Ricardo en el primer piso.

Al poco tiempo, Enrique empezó a dar señales de que algo no funcionaba bien. “No sabíamos aún que tenía el VIH, pero se ponía malo cada dos por tres y discutía con todo el mundo”, recuerda Ricardo. “Estaba muy petardo, tanto que hasta yo me enfadé con él y me alquilé un piso”. Juan comenzó a acariciar la idea de separarse y se buscó una casa en Sitges. También salió varios meses de gira con Tino Casal –su función consistía en simular que tocaba los teclados y agitar su melena dorada mientras sonaba la música pregrabada–, dejando a Enrique solo y aislado en El Puerto. Un día se puso tan mal que hubo que ingresarlo en Cádiz, donde le hicieron pruebas, y entonces llegó el diagnóstico médico.

“A partir de aquello Juan se volcó en Enrique, y se fueron los dos a vivir a Sitges”, prosigue Ricardo. “Pero el dueño de la casa se había enterado de la enfermedad por la prensa y había cambiado la cerradura. Se fueron a un juzgado y les dijeron que tenían todo el derecho a entrar, así que llamaron a un cerrajero y allí se quedaron”. Enrique Naya fallecería por causas derivadas del VIH en la primavera de 1989. Un mes más tarde, Juan Carrero se quitaba la vida. “Él era portador sin desarrollar la enfermedad. Pero al ver el deterioro que había sufrido Enrique debió de decirse, yo de pasar también por esto ‘ni mihita’”.

Ricardo no ha olvidado el día en que conoció a Enrique, por 1974. Juan se lo había presentado como un amigo. “Le pregunté, Juan, ¿tú tienes algo con Enrique? Me dijo que sí. Y yo le dije, pues yo también soy gay. Parece increíble: éramos hermanos, vivíamos juntos, dormíamos en el mismo cuarto, pero no lo habíamos hablado nunca porque en aquellos tiempos de eso no se hablaba. Fue un día mágico, porque desde entonces no solo fuimos hermanos. Éramos amigos”.

jueves, 30 de enero de 2020

#hemeroteca #documentales | El loco, loco universo de El Palmar de Troya llega a la tele

Imagen: Vanity Fair
El loco, loco universo de El Palmar de Troya llega a la tele.
Antes de que se pusiera de moda tener dos papas, en la España de los 70 y 80 ya convivían el de Roma y el del Palmar de Troya. Ahora, una serie documental repasa la historia de esta peculiar organización religiosa.
Edu Bravo | Vanity Fair, 2020-01-30
https://www.revistavanityfair.es/cultura/entretenimiento/articulos/el-palmar-de-troya-historia-papa-gregorio/43136

El próximo día 6 de febrero a las 22 horas, Movistar+ estrenará ‘Bendita tú eres', el primer episodio de ‘El Palmar de Troya’, serie dirigida por Israel del Santo, que supone una nueva apuesta de la cadena de pago por las producciones de no ficción, después de la buena acogida de ‘ETA, el final del silencio’.

Con periodicidad semanal y a lo largo de cuatro capítulos de cincuenta minutos, los espectadores conocerán la historia de Clemente Domínguez y Manuel Alonso, de sus visiones marianas y del fenómeno religioso, inmobiliario y empresarial que crearon alrededor de ellas. Una aventura que comenzó como congregación religiosa, se convirtió en iglesia, protagonizó un sonado cisma en el catolicismo y acabó mutando en una secta.

Para ello, el equipo de las productoras 93 metros y 100 balas, liderado por el director Israel del Santo y el subdirector Daniel Boluda, han pasado tres años recopilando materiales que hasta el momento nunca había sido vistos ni oídos. Desde entrevistas a testigos presenciales, pasando por fotografías de archivos privados, películas domésticas de Super-8 y grabaciones de los éxtasis de varios de los videntes que afirmaban ver a la virgen, mucho antes de que Manuel y Clemente hicieran aparición en esta historia y la acaparasen en exclusiva.

Las niñas primero
Todo comenzó en 1968, cuando cuatro niñas que jugaban en un campo de El Palmar de Troya –pedanía de Utrera, provincia de Sevilla– afirmaron haber visto un toro con las astas verdes, un hombre ahorcado y una mujer de extraordinaria belleza. La noticia no tardó en extenderse por los alrededores, como tampoco tardaron los curiosos en acudir al lugar con el deseo de tener las mismas visiones que las niñas. Los más afortunados decían entrar en éxtasis, ver a la virgen, hablar con ella y, en ocasiones, sufrir estigmas.

A medida que pasaban los meses, las niñas que tuvieron las primeras visiones fueron desplazadas por esos nuevos videntes adultos, que acudían al lugar a cualquier hora del día o de la noche, acompañados de curiosos, místicos y periodistas, que comenzaron a prestar atención a las apariciones. Entre esos curiosos que llegaron en la tercera hornada se encontraban Clemente Domínguez y Manuel Alonso, dos amigos que, si se atiende al testimonio que Nazario Luque da en su libro de memorias ‘Sevilla y la Casita de las pirañas’, tenían otros intereses además de la religión. A mediados de los sesenta, el dibujante de Anarcoma no podía imaginarse que “aquel culo orondo” de Clemente, “que en los jardines de Murillo, a altas horas de la madrugada, asomaba entre unos pantalones bajados hasta las rodillas y una gabardina recogida por delante cuya abertura trasera se abría como las cortinas de un escenario ofreciéndose al viandante, llegara un día a posarse sobre el almohadón que cubría la silla gestatoria del papa Gregorio XVII”.

Además de los parques de Sevilla, Clemente y Manuel comenzaron a frecuentar el lugar de las apariciones y a grabar los mensajes que la virgen daba a otros videntes. Unos mensajes que, convenientemente transcritos con una máquina de escribir e impresos en octavillas, eran posteriormente comercializados por la pareja, que obtenía interesantes beneficios por la venta. A esos documentos se sumaron más tarde estampitas y otros recuerdos hasta que, un día, Clemente también comenzó a entrar en éxtasis y ver a la virgen.

Un tipo de fiar
Según explican varios testimonios incluidos en 'Bendita tú eres', Clemente rebosaba bonhomía, empatía y resultaba una persona fiable. Además, tenía una memoria prodigiosa para las fechas, los nombres y las situaciones pasadas, lo que le facilitaba su relación con los creyentes que asistían a sus éxtasis y que difícilmente dudaban de la veracidad de sus visiones, entre las que estuvo una que anunciaba curaciones milagrosas a las personas que bebieran o se bañasen un determinado día con el agua de un pozo cercano. La noticia llegó a ser publicada en los periódicos y, el día de la fecha indicada por la virgen a través de Clemente, mas de 40.000 personas fueron pasando por el lugar para probar ese agua milagrosa a cambio únicamente de la voluntad. Al finalizar la jornada, se contabilizaron varias curaciones y muchos miles de pesetas lo que, lejos de alegrar a Manuel y Clemente, les sumió en una gran inquietud.

Los terrenos en los que se venían produciendo las visiones desde 1968 eran privados y, en cualquier momento, el propietario podía poner fin a tan pío y rentable negocio. Por esa razón, Manuel y Clemente decidieron comprarlos. A pesar del alto precio solicitado por el dueño, los dos amigos pudieron hacerse con ellos gracias a la donación de 18 millones de pesetas realizada por una baronesa. A partir de entonces, dueños ellos del lugar, expulsaron del predio a los demás videntes y se quedaron en exclusiva con las visiones.

Como explicaban Israel del Santo y Daniel Boluda en la presentación de la serie, El Palmar de Troya no se entiende sin la coyuntura sociopolítica. Los movimientos de derechos civiles, el antibelicismo surgido por la guerra de Vietnam, el feminismo y otras demandas sociales provocaron que la Iglesia católica abordase una modernización que, entre otras cosas, cambió parte de la liturgia para hacerla menos solemne y más humana. Por ejemplo, oficiar las misas en el idioma del país y no en latín, hacerlo de frente a los fieles en lugar de dándoles la espalda, incorporar canciones populares a la misa y no comulgar directamente de la mano del sacerdote. En definitiva, unos cambios que, si se atiende a los mensajes de la virgen recibidos por Clemente, no convencieron demasiado a la Corte Celestial. Esta situación fue utilizada por la pareja para captar a los fieles más conservadores y retrógrados y dar un paso más allá en su estrategia: si la Iglesia católica estaba traicionando sus principios, no era la iglesia verdadera. Por tanto, se les abría la posibilidad de presentarse ante la sociedad como la única iglesia que defendía las esencias católicas.

De este modo y ayudados por un obispo vietnamita descontento con el trato que le había dispensado el Vaticano, Manuel y Clemente consiguieron ser ordenados sacerdotes católicos. Unos días más tarde, fueron promovidos a obispos, lo que les habilitaba para nombrar sacerdotes ellos mismos. En el plazo de unas semanas, El Palmar de Troya tenía sacerdotes y obispos suficientes como para extender su estructura por todo el mundo. De hecho, aprovechando que habían sido denunciados por la jerarquía religiosa sevillana, Clemente y Manuel se marcharon a Francia y Suiza donde, entre otras cosas, aprovecharon para recaudar fondos para la Congregación de los Carmelitas de la Santa Faz, que es como oficialmente se denominaron dentro de la Iglesia. Sin embargo, mientras regresaban de Francia por carretera, sufrieron un accidente de tráfico, a consecuencia del cual Clemente perdería la visión de los dos ojos.

El 'Wild Wild Country' cañí
En ese punto álgido es donde concluye el primero de los cuatro capítulos de El Palmar de Troya. Los otros tres narran la autoproclamación papal de Clemente, el cisma, el esplendor de la organización, su decadencia, las acusaciones de abusos sexuales y los últimos acontecimientos en los que se ha visto en vuelta la secta. Entre ellos destacan las tribulaciones de Gregorio XVIII, tercer papa palmariano, que se enamoró de una de las monjas de la congregación, se escapó con ella y, cuando se les acabó el dinero para vivir, decidió saltar el muro de la basílica y atracarla. Una acción que desencadenó una reyerta en la que se vieron implicados sacerdotes del Palmar y el antiguo papa, que acabó pasando una temporada en prisión.

De hecho, hasta que no fue liberado, el equipo de 93 metros y 100 balas no pudo entrevistar a Sergio Ginés María, antiguo Gregorio XVIII, que participa en el documental junto a otros adeptos que han abandonado la organización y que son las voces que mejor conocen lo que sucede dentro de la Basílica del Palmar. A pesar de que Israel del Santo y su equipo visitaron el templo, asistieron a algunos de los oficios y se entrevistaron con Pedro III, actual papa, la organización declinó participar en el documental.

Tras el pase del primer capítulo, ‘El Palmar de Troya’ es lo más parecido a un ‘Wild Wild Country’ español. No obstante, las diferencias entre ambas producciones son notables. La primera de ellas, de carácter presupuestario. Como puntualizaba su director Israel del Santo, la complejidad de la historia palmariana y sus cincuenta años de existencia son difícilmente resumibles en cuatro capítulos –dos menos que ‘Wild Wild Country’– que no llegan a los sesenta minutos. Ampliar la duración de la serie hubiera sido una buena solución para, por ejemplo, dar cabida a muchas de las entrevistas que se han quedado fuera del montaje final. En palabras de Daniel Boluda, solo se ha incluido un 1% del material disponible y, aunque esta cifra tal vez sea una exageración, hubo entrevistas que tuvieron que ser eliminadas en su totalidad. La segunda diferencia principal es que, en contra de lo que sucede con ‘Wild Wild Country’, ‘El Palmar de Troya’ no apuesta por el documental puro y duro, sino que opta por incluir dramatizaciones que, a pesar de su buena factura, no enriquecen la historia, al tiempo que restan fuerza (y metraje) a los testimonios personales, mucho más creíbles y potentes que cualquier explicación o apostilla visual.

En todo caso, desde el primer capítulo de ‘El Palmar de Troya’ queda claro que la serie marca un antes y un después a la hora de abordar este tema. Los trabajos posteriores que se hagan sobre el Palmar serán deudores de este proyecto no solo por la calidad de los materiales sino por el tacto al presentarlos y al tratar a los entrevistados. Como explicaba Del Santo, a diferencia de lo que han hecho los medios de comunicación en este medio siglo, el equipo de 93 metros y 100 balas no ha ido al Palmar a rodar todo lo posible en una mañana, sino que ha permanecido en el lugar tiempo suficiente como para que algunas entrevistas se hayan alargado durante días. Unas charlas rodadas con naturalidad y en las que los implicados, independientemente de lo increíble de aquello que cuentan, están tratados con absoluto respeto. En palabras de Daniel Boluda, “mucha de la gente que participa lo ha hecho venciendo la vergüenza que les provocaba que sus vecinos o sus parejas se enteraran de que habían creído en las visiones o habían estado dentro de El Palmar de Troya durante años”. No obstante, recordaba, “si se dan las circunstancias adecuadas, cualquier persona en un momento dado de su vida puede acabar formando parte de una secta de este tipo”. Amén.