Mostrando entradas con la etiqueta Jan Morris. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Jan Morris. Mostrar todas las entradas

lunes, 12 de julio de 2021

#hemeroteca #trans #testimonios | Jan Morris: La mejor escritora trans de la historia no habla de lo trans

Imagen: El Confidencial / Ian Morris //

La mejor escritora trans de la historia no habla de lo trans.

Jan Morris cerró su carrera literaria con dos diarios encantadores y una autobiografía que solo debía publicarse después de su muerte.
Alberto Olmos | El Confidencial, 2021-07-12
https://blogs.elconfidencial.com/cultura/mala-fama/2021-07-12/escritora-trans-jan-morris_3175796/

Cuando uno busca en Google una lista de escritores transgénero, se encuentra algo muy parecido a una lista de escritores jóvenes, modernos y sofisticados. Abundan el color electivo, en el cabello o en los labios, la pose risueña, el 'look' calculado y la sensación de querer desesperadamente venderte algo. Esto quiere decir que la mayoría de autores trans que censa Google son contemporáneos nuestros, indistinguibles en sus actitudes e intenciones de cualquier otro artista o 'influencer' que luche por un lugar en el espacio público. En medio de tal despliegue performativo sobresale, sin embargo, una autora de apariencia anticuada y nombre sencillo, Jan Morris, seguramente la primera gran escritora transexual conocida.

Después de algunos meses completando la lectura de su obra, me he hecho con sus diarios últimos, unos cuadernos de ideas que escribió y publicó pasados los 90 años de edad. Nacido en 1926 como James Morris, en 1972 se desplazó de Inglaterra a Marruecos para someterse a un cambio de sexo en una clínica ilegal en la ciudad de Casablanca. Con 46 años, empezaba su vida como mujer escritora, que, tras unos primeros meses de aclimatación social y familiar, desembocó en una llamativa diferencia con su vida anterior, de no pocos años, como hombre escritor: en nada. Jan Morris siguió escribiendo literatura de viajes y eso fue todo. Siguió viviendo con Elizabeth, su mujer desde los veintipocos años, y tratando con sus hijos, editores, amigos y compañeros de profesión. Salvo el breve y extraordinario 'El enigma' (1974), donde narraba en detalle su paso por el quirófano en Marruecos, y su vida como hombre antes de ello, Jan Morris no tuvo nunca nada que decir sobre los trans. Ni siquiera en sus últimos años ha tenido nada que decir sobre lo trans.

Lo cotidiano como inspiración
'In my mind's eye. A thought diary' (2018) y 'Thinking again' (2020) recogen las anotaciones que la autora se obligó a hacer diariamente desde que cumplió los 90 años. Aún no traducidos al español, constituyen la entrega final de un escritor/escritora que hizo del viaje y la historia el eje central de su trabajo. Curiosamente, a mí Jan Morris me interesa sobre todo metida en su casa de Gales, sin tema para escribir más allá de las ovejas que ve por la ventana y con todo el mundo recorrido en sus 90 años de vida reducido a las cuatro habitaciones de su mítica y centenaria casa, bautizada como Trefan Morys y a la que dedicó un libro entero, 'La casa de una escritora en Gales' (National Geografic, 2001).

Los diarios nos muestran a una nonagenaria que, con sus dificultades y antipatías, se maneja en internet y sigue la actualidad, motivo por el cual resulta más sorprendente que no nos obsequie con su opinión sobre el auge de las nuevas identidades sexuales ni, en concreto, sobre la condición transexual. No menciona el asunto ni una sola vez.

Este mutismo, perfectamente discutible, me ha resultado admirable. Siendo pionera en la aventura vital del cambio de sexo, Jan Morris no da lecciones, consejos, no hace campaña ni política, como si ser mujer fuera para ella tan evidente y soberano que ni se acordara de que una vez fue hombre, y de que por tanto tendría mucho que decir sobre la transición entre sexos y sobre el debate actual acerca del asunto. Quizás ese sea el futuro ideal para la transexualidad: que no sea preciso explicársela a los demás.

Lo llamativo es que en estos libros la autora no elude los asuntos identitarios, pues sí hay una identidad particular que la obsesiona, la enamora y por la que está dispuesta a luchar: su país, Gales, y su otro país, Inglaterra, uno por parte de madre y otro por parte de padre. Sobre Gales, donde vive, tiene ideas muy similares a las que podemos encontrar en los catalanes menos victimistas, pero igualmente reivindicativas y seductoras. Y sobre Inglaterra, echa de menos Gran Bretaña y el Imperio, y observa con conmiseración la decadencia de eso llamado Reino Unido, marbete que no le acaba de convencer.

Pero lo adictivo de sus diarios, fuera de estas coordenadas, es el día a día de una viejecita culta y cándida, entregada a tareas menores y a la anotación en su diario de las postrimerías del vivir. “Cuanto más vivo, más amo mi biblioteca”, nos dice. Asidua a los diccionarios, le gusta emplear palabras extrañas e inventarse adverbios, y asegurar al lector que esas palabras existen, o deberían. Confiesa su pasión por enviar cartas al director del 'Times', su periplo de una mañana entera por medio Gales buscando su tarjeta de crédito, su desconocimiento de quién es Harry Potter, su afición por la mermelada o la recepción de cartas de liquidaciones de sus editores en las que constata un beneficio para ella de cero libras. Aunque a veces lo menciona, nada importa que Jan Morris fuera soldado en la II Guerra Mundial, que acompañara como reportero la primera expedición que coronó el Everest o que viviera aventuras por medio mundo y conociera a grandes hombres y mujeres del siglo XX. Al final de una vida, solo quedan los dolores de levantarse por las mañanas con 90 años y los paseos y las compras y contestar 'e-mails' y hacer el té, y todo eso lo cuenta Morris fantásticamente en estas páginas. "What is Netflix?", escribe en 2019.

El lema y motor de su vida fue “be kind” (sé amable), y hasta cuando consulta algo a Siri, el asistente personal para Mac, le da las gracias. Dejó un libro preparado para después de su muerte (que finalmente se produjo en noviembre del año pasado), 'Allegorizings', de momento solo publicado en Estados Unidos. Esperemos que pronto los tres títulos acaben en las librerías españolas, junto a una reedición a mi modo de ver indispensable de su obra maestra, 'El enigma'.

domingo, 14 de febrero de 2021

#hemeroteca #trans | Nacer en un cuerpo equivocado

Imagen: El País / Jan Morris

Nacer en un cuerpo equivocado.

Hace dos días un niño trans de once años en Pamplona fue agredido por un grupo de chavales que decidieron castigarle por su condición. Eso es lo que ha de importarnos.
Elvira Lindo | El País, 2021-02-14
https://elpais.com/opinion/2021-02-13/nacer-en-un-cuerpo-equivocado.html 

Hay muchas cosas que una cronista no sabe, pero que quiere aprender, a no ser que decida enrocarse en sus viejos principios como si fueran una tabla de salvación. Algunas de esas realidades que ignora la cronista están estrechamente ligadas a su edad porque su niñez se remonta a los años 60 y se educó en un país sin apenas inmigración en el que negros, latinos, indios o chinos se definían por el retrato jamás individualizado que hacían de ellos las películas americanas. Tampoco había más fervor que el católico, ni más condición que la heterosexual. Éramos un país uniforme. Una de las primeras sorpresas que nos saltaban a la vista cuando respirábamos el oxígeno de un país extranjero era la diversidad callejera; la segunda, la constatación al regresar a España de lo mucho que aquí nos parecíamos unos a otros, de la uniformidad social. Los cambios se han ido produciendo más deprisa de lo que los jóvenes alcanzan a ver porque ellos han crecido en una sociedad compleja, pero creo que la gente mayor reaccionó sin dramáticos aspavientos y con alegría a una realidad mutante. Llegaron la ley del divorcio, la del aborto, las que afectaban a la soberanía de las mujeres, la descriminalización de los homosexuales primero, la aceptación legal del matrimonio homosexual después, por último, la eutanasia. Todo en tan poco tiempo que cabe en la vida de esta cronista nacida en los 60. Pero la realidad sigue desafiándonos más allá de nuestras convicciones y nos exige una posición sincera e individual. Uno de los debates más enconados de estos tiempos está provocado por el proyecto de ley trans. Se diría que hay que escribir cubriendo con matices lo que se piensa. Lejos de mí esa intención. Dejando a un lado mi ignorancia generacional, he tratado de ponerme al día escuchando con amplitud de mente, sin prejuzgar a personas que han vivido un dolor para mí desconocido, a la escritora Jan Morris, por ejemplo, que narró magníficamente el dolor que desde niña le provocaba ser una mujer atrapada en un cuerpo equivocado: “No cambié de sexo —decía en una de sus últimas entrevistas—, realmente absorbí uno en el otro. Hay un debate ahora mismo sobre esto, pero nunca fue blanco o negro. Es una suerte de instinto. Casi una cuestión de espíritu”. Hace dos días, un niño trans de 11 años en Pamplona fue agredido por un grupo de chavales que decidieron castigarle por su condición. Eso es lo que ha de importarnos. Escuchar nos conduce a entender que no es un capricho, ni desde luego una patología, aunque necesita de comprensión en el seno familiar y social. ¿Contempla eso la ley o deja solo al niño y su familia con el peso de la decisión? Eso es lo que me pregunto. No acabo de comprender por qué quienes están en contra de esta ley ofrecen razones tan extraordinarias e improbables, como que alguien se cambie de sexo para ir a una cárcel de mujeres, para entrar en sus baños y violarlas o para cubrir cuotas femeninas de los consejos directivos. ¿De verdad conocen la triste realidad de estos seres humanos destinados a la marginalidad? ¿Alguien cree que las mujeres vamos a ver borrada nuestra condición por integrar a personas históricamente excluidas?

Hay algo que ha dificultado la comprensión de este asunto y quiero decirlo: el lenguaje académico. Los derechos humanos se defienden con el lenguaje del pueblo, comprensible, directo. De qué sirve engolfarse en una jerga destinada a un público universitario. Hemos de hablar para cualquier criatura que se encuentre a disgusto con el sexo con el que nació. El discurso ha de ser comprensible también para su padre, su madre, su entorno, sea este cual sea. Cuanto más oscura y antipática sea la defensa de estos derechos civiles menos efectividad tendrá. Es un porcentaje pequeño de la población que precisa que protejamos su vulnerabilidad, que los acompañemos en un camino tortuoso. De eso se trata.

viernes, 20 de noviembre de 2020

#hemeroteca #trans #inmemoriam | Fallece a los 94 años Jan Morris, la viajera que llegó hasta ella misma

Imagen: El País / Jan Morris con Dick Cavett, 1974

Fallece a los 94 años Jan Morris, la viajera que llegó hasta ella misma.

Nacida James, pionera de la defensa de los derechos transexuales, escribió algunos de los mejores libros de viajes contemporáneos como los que dedicó a Venecia, Hong Kong o Trieste.
Jacinto Antón | El País, 2020-11-20
https://elpais.com/cultura/2020-11-20/muere-jan-morris-escritora-viajera-historiadora-y-pionera-trans.html

“Cuando muera titularán ‘muere la escritora transexual Jan Morris’”. Lo auguraba ella misma, resignada, paseando por el jardín de su legendaria casa, Trefan Morys, un antiguo ‘cottage’ reconvertido cerca del río Dwyfor, en Gales. Sostenía que ella era mucho más que su ‘conundrum’, su enigma, como denominó al anhelo que la hizo sentirse siempre mujer y decidir finalmente “completarse”, como decía. Y es cierto que Jan Morris, nacida James Humphry Morris en Clevedon, Somerset, Inglaterra, en 1926 (aunque de padre galés y fervientemente galesa de corazón) y fallecida hoy a los 94 años, fue cantidad de cosas más: soldado (oficial del 9º regimiento de Lanceros de la Reina), periodista (miembro de la expedición de 1953 al Everest, dio en exclusiva la noticia de la conquista de la cima por Hillary y Tenzing; también cubrió el juicio a Eichmann), historiador (autor de la gran trilogía sobre el imperio ‘Pax Britannica’), novelista (‘Hav’) y sobre todo una de las escritoras de mayor sensibilidad de nuestro tiempo.

Adscrita a la literatura de viajes, en la que está considerada una de sus voces más representativas, con libros tan sensacionales por su calidad, agudeza y lirismo como los que dedicó a Venecia (RBA, 2008, probablemente su obra más conocida), Hong Kong, Nueva York, Oxford o Trieste, sus títulos figuran sin discusión entre los grandes clásicos del género. En ‘Un mundo escrito’ (RBA, 2007) recopiló algunos de sus mejores textos de viajes. Su último libro publicado es una especie de diario, ‘In My Mind’s Eye’ (Faber and Faber, 2018) y quizá el mejor para acercarse a ella ‘Pleasures of a Tangled Life’ (Barrie & Jenkins, 1989).

Con todo, su obra más conmovedora seguramente sea la que dedicó a explicar la historia de su transformación, su más portentoso y valeroso viaje: aquel en el que llegó hasta ella misma. ‘Enigma’ (RBA, 2011) es un libro hermosísimo en su sinceridad y humanidad que debería ser de lectura obligatoria y que describe con un poder de conmoción inigualable el proceso que siguió Morris para devenir lo que siempre, desde la infancia, bajo el piano de su madre, había sentido que era: una mujer. Durante 35 años de su vida, Jan Morris habitó incómoda un cuerpo de hombre, otros 10 los pasó en un “estado intermedio”, como lo llamaba, con tratamiento hormonal, hasta que en 1972 (había que tener mucho valor entonces) dio el paso decisivo y se sometió a una operación de cambio de sexo en Casablanca.

Convertida en Jan, continuó con la que era su esposa, Elizabeth Tuckniss, con la que había tenido cinco hijos (“lo más cercano a ser madre era ser padre”, decía) y con la que siguió viviendo tras su reasignación de género, en una ejemplar historia de amor. Cuando viajaban juntas a partir de entonces lo hacían como cuñadas. “No hay grado de intimidad que no hayamos experimentado a lo largo de los años”, decía Jan. Elizabeth, la dulce y amable Elizabeth por la que tanto se preocupaba Jan, la sobrevive. Por imperativo legal tuvieron que divorciarse al no reconocer entonces el Reino Unido el matrimonio entre personas del mismo sexo, pero volvieron a casarse en 2008, al cambiar la ley, en un acto de empecinado amor.

Alta, fuerte, enérgica y decidida, con un gran sentido del humor y una cultura inabarcable, Jan Morris era una mujer de gran coraje que conservaba rasgos que suelen atribuirse a la masculinidad como conducir a gran velocidad (viajar con ella por las estrechas carreteras galesas era una experiencia terrible) o leer historia militar. Toda su vida tuvo una fijación por el iconoclasta Lord del Almirantazgo Jack Fisher, al que dedicó una biografía, y por el acorazado japonés 'Yamato', al que consagró uno de sus últimos libros ‘Battleship Yamato. Of war, Beauty and Irony’ ('Acorazado Yamato, sobre guerra, belleza e ironía', Liveright Publishing Corporation, 2018), un raro ensayo en el que latía la sensación de que ella, como el inmenso buque de guerra imperial, era algo fuera de escala, quimérico, como le gustaba definirse a sí misma.

Los barcos –le encantaban, tenía la casa de Trefan Morys llena de ellos– le dieron desde la infancia el primer impulso para viajar. Sus primeros grandes viajes vinieron con la carrera militar y luego con el periodismo, con el que llegó hasta la base del Everest (otro de sus libros célebres, ‘La coronación del Everest’, Gallo Nero, 2015, es el dedicado a contar la expedición que conquistó la cima más alta del mundo y cómo consiguió la exclusiva y darle la noticia al mundo). Decía que viajar era para ella como respirar, y además un gran placer. No podía concebir la vida sin viajar ni el viajar sin escribir. Desde luego su experiencia tuvo algo difícil de superar para cualquier otro escritor del género: viajó como hombre y como mujer, y en varios de sus libros, como el de Venecia, late esa increíble aventura de poder comparar lo que es viajar desde la óptica de ambos sexos. Sostenía que, contrariamente a lo que muchos pueden pensar, es más fácil y seguro viajar como mujer, pues te ayudan las mujeres de todas partes y no eres vista, recalcaba, como un peligro, lo que suele pasar con los hombres.

Venecia, “una obra de arte, llena de melancolía”, era su lugar favorito. En cambio, no le gustaba mucho París. Viajó por España, con su mujer, en los años sesenta, y escribió un libro sobre la experiencia. Convirtió Gales en su patria y le dedicó hermosas páginas (“mi pie izquierdo es viajero y el derecho está arraigado profundamente en la tierra de Cymru”, Gales, decía).

Soportaba pacientemente que le preguntaran por su cambio. “Mi naturaleza es la misma”, explicó en una entrevista con quien firma estas líneas en 2007. “Pero he cambiado porque la percepción de los otros hacia mí es diferente. Como no me tratan igual, cambia mi relación con el mundo. No soy otra persona, aunque algunas cosas se han hecho más suaves, más delicadas, y estoy contenta de que sea así. No sé si esas características diferentes de mi personalidad se deben al cambio o a la edad, si naturalmente habrían llegado igual. Insisto en que yo siempre he sido la misma por dentro. Tras la operación, intrínsecamente no cambié. Mis opiniones y mis amores son los mismos”.

Cerca de su casa, la escritora me mostró el lugar junto al río donde habían decidido enterrarse juntas ella y Elizabeth. Bajo el epitafio en galés: “Aquí yacen dos amigas, al final de una vida”. Creía en el amor y en la bondad, en la fidelidad a las personas, y a la tierra; y en la amistad, y en las bromas. Cuando la invité a casa en Barcelona –ciudad que no le gustaba nada, por cierto– me respondió con un guiño. “No sabes lo que haces, un día llamarán a tu puerta y seré yo”. Ella, grande, paradójica, inabarcable en su total naturaleza, admirable, querida. Ya no podrá ser. Jan Morris se ha marchado, la viajera que llegó más lejos que nadie: hasta el corazón de ella misma.

#hemeroteca #trans #inmemoriam | Muere Jan Morris, la periodista que anunció la conquista del Everest

Imagen: El Periódico / Jan Morris

Muere Jan Morris, la periodista que anunció la conquista del Everest.

Inventó un código para que su diario supiera la noticia antes que la competencia.
El Periódico, 2020-11-20
https://www.elperiodico.com/es/internacional/20201120/muere-jan-morris-la-periodista-que-anuncio-la-conquista-del-everest-8214393 

La periodista británica Jan Morris, que dio al Times la exclusiva sobre la conquista del Everest, murió el viernes a los 94 años, anunció su hijo en un comunicado.

"Esta mañana a las 11H40, la autora y viajera Jan Morris comenzó su viaje más largo. Deja atrás a su compañera de toda la vida, Elizabeth", declaró Thomas, citado por la BBC.

Morris, que cambió oficialmente de género en 1972, saltó a la fama por haber transmitido a su redacción la histórica exclusiva de la conquista del Everest en 1953, gracias a un mensaje cifrado. En aquel entonces, existía una feroz competencia entre diarios pero el Times era el único que tenía a un periodista en la expedición, el exsoldado James Morris, que a sus 27 años, descubría el alpinismo.

Mensajeros locales se encargaban de llevar a pie sus mensajes a través de la montaña, pero temiendo que sus artículos fuesen interceptados por su competencia, la reportera transgénero inventó un código: "Malas condiciones de nieve" quería decir "se venció al Everest". "Viento aún molesto" significaba "el intento de vencer al Everest ha sido abandonado". Cada alpinista tenía igualmente su nombre en código.

Hillary y Tenzing llegaron
Así, el 31 de mayo de 1953, Morris enviaba un mensaje en apariencia anodino: "Malas condiciones de nieve, por lo que la expedición ha abandonado el campo avanzado el 29 y espera mejoras si todo va bien". Para los iniciados, el mensaje cobrara otro sentido: "Everest, vencido el 29 de mayo por Hillary y Tenzing".

Al día siguiente por la mañana, la gran multitud que esperaba la coronación de Isabel II conocía en la primera edición del Times que dos hombres habían plantado la bandera británica en el "techo del mundo".

Varios años después de esta exclusiva, Jan Morris abandonó el periodismo para dedicarse a la literatura. Escribió más de cuarenta libros, incluido obras de historia del imperio británico y, sobre todo, mucha literatura de viajes.

Y como mujer transgénero, la escritora oficializó su transición en 1972, adoptando definitivamente el nombre de "Jan", en una época en la que la transición no era menor hazaña que la de Hillary y Tenzing. Plasmó su trayectoria vital en la obra autobiográfica 'Enigma'. Además de su compañera de toda la vida, Elizabeth, con la que se casó y divorció siendo hombre, y se volvió a casar siendo mujer, deja a cinco hijos.

viernes, 1 de enero de 2016

#hemeroteca #transexualidad | El viaje alucinante a los dos sexos

Imagen: Jot Down / Jan Morris
El viaje alucinante a los dos sexos.
Mar Padilla | Jot Down, 2016-01-01
http://www.jotdown.es/2016/01/viaje-alucinante-dos-sexos/

Jan Morris, desde su pequeña casa de Gales, debe mirar la tele, asombrarse y sonreír —o lamentarse, quién sabe— al observar las cuitas de Maura Pfefferman, la protagonista transexual de la serie Transparent. Probablemente Jan sacude su blanca melena —tiene casi noventa años ya—, mira a su mujer, Elizabeth, y rememora por un instante, una vez más, su viaje alucinante, iniciado tantas décadas atrás. Un periplo extraordinario el suyo: el que va de un sexo a otro. De eso hace ya mucho tiempo, en el siglo pasado. Era cuando se llamaba James y solo tenía dos certezas absolutas: una era que quería ser escritor, y la otra era que en realidad era una mujer.

James Humphrey Morris, nacido en Somerset en 1926, fue una persona valiente: cruzó una de las más determinantes barreras de la biología, corrigió a la naturaleza y adoptó el sexo que le correspondía, transformándose en Jan Morris. Y, como escritora de abrumador talento que es, durante un tiempo centró su escritura en este viaje. El resultado fue 'Conundrum' (publicado en 1974, editado recientemente por RBA como 'El enigma'), un libro donde narra su metamorfosis. Uno de esos libros excepcionales que cambian la vida, de obligada lectura para entender lo que es la verdadera libertad y, a su vez, la urgente necesidad de respetar la libertad de los otros.

«Por favor, Dios, conviérteme en niña», rezaba James una y otra vez durante su infancia. En casa, en el barrio, en el colegio, veía a los demás enteros, de un trazo, mientras que su imagen le devolvía una mirada difusa e incompleta. En algún momento llegó a pensar que quizás lo que pasaba es que todos los chicos, en verdad, querían ser chicas. Durante años convivió con la ambición de escapar de la masculinidad y sumergirse en la feminidad, y en ese largo viaje hasta llegar a su verdadera identidad, la persona Morris cuenta momentos definitivos. Uno de ellos fue su paso por Oxford, una fortaleza contra la intolerancia que le formó como persona y le salvó de perder la cabeza. Allí se le grabaron a fuego dos grandes verdades: una es que no hay normas, y la otra es que todos somos diferentes. En esa etapa, formó parte de un coro y estuvo varios años visitando asiduamente la catedral de la ciudad. Allí descubrió que era un sitio perfecto —majestuoso y lleno de sombras— para envolver un enigma como el suyo. Fue allí donde se forjó su coraje para asumir que era un hombre en cuanto al sexo y una mujer en cuanto al género, y donde entendió que solo sería una persona completa cuando las dos entidades, por fin, se ajustaran. Un pensamiento que le mantendría ocupado las cuatro décadas siguientes.

También aterrizó en el Lancing College Officers Training Corps, pero los únicos placeres que recuerda con luminosidad son los paseos en bici cerca de la frontera galesa, y las horas de roce, mano a mano, con algún muchacho perfectamente masculino. Disfrutó su papel femenino en los romances platónicos, pero no así de la cercanía sexual. No le repelía, pero estéticamente le parecía fallido: «Me sentía equivocadamente equipado», afirma. Al conocer el sexo llegó a la conclusión de que «todo el tema del cuerpo, los órganos y demás parafernalia era mucho menos importante» de lo que le habían dado a entender. También entendió que ser madre —«el mejor oficio del mundo» según su criterio—, le estaba vedado. Pero no se amilanó: su deseo era tal que, al no poder ser madre, decidió que algún día acabaría convirtiéndose en padre. Con estas disquisiciones en la cabeza, decidió entrar en el ejército británico en calidad de impostor, donde pronto averiguó que el mundo de la soldadesca le gustaba mucho. Se sentía como una chica disfrazada de joven soldado, rodeada de hombres hasta donde llegara la mirada. Como una espía, la vida entre miembros del ejército le confirmó lo que ya sabía: que no era uno de ellos. Allí comprendió, según cuenta, hasta qué punto la sexualidad condiciona la vida de los hombres. En todo caso, su postura de observador, casi de antropólogo, del mundo masculino fue un aprendizaje fundamental para desarrollar su escritura.

Hombre de mundo

No nos engañemos: en aquella época, sobre el papel y en la calle, James era un ser humano que irradiaba masculinidad en su porte y en sus ocupaciones. Fue oficial del 9.º Regimiento de Lanceros Reales de la Reina, sirvió en la Segunda Guerra Mundial y después ejerció de periodista en varios medios, entre ellos en la Agencia de Noticias Árabes. Como en su momento Oxford, El Cairo, donde estaba dicha agencia, fue otra ciudad fundamental en su camino: entre sus gentes sintió por vez primera un aire de aceptación que se mantuvo con él en todos los países árabes que visitó y que, a largo plazo, tuvo un efecto importante en la decisión que años más tarde iba a tomar. El otro medio donde trabajó James y que le dio fama fue el Times, donde en 1953 narró al mundo la hazaña de Edmund Hillary y Tensing Morgay en el Everest. Se convirtió entonces en una estrella periodística: cubrió guerras, terremotos y encuentros de alta política, y logró entrevistar a Adolf Eichmann, al Che Guevara y a Kim Philby. No obstante, conforme pasaba el tiempo se dio cuenta de que adoraba viajar pero empezaba a detestar su condición de hombre de mundo. Reflexionó sobre todo aquello que se identifica con la hombría y decidió darle la espalda: había llegado a la conclusión de que para él lo más importante era la vida privada. Antes, se había enamorado y casado con Elisabeth —su amiga, su confidente, su amor para el resto de sus días, fuera como hombre o mujer— y estaba formando una familia. James optó entonces por abandonar el periodismo y sus obligaciones públicas y sociales, dedicarse a los suyos y escribir solo sobre lo que le apeteciera: los viajes que quería hacer, las ciudades que quería visitar.

Como tantas cosas en su extraordinaria vida, esto también lo consiguió: se convirtió en un reputado escritor de libros de viajes, comparado con los más grandes, como Bruce Chatwin. A sus cuarenta años era ya un autor plenamente establecido, y se embarcaba a escribir una ambiciosa historia del Imperio británico. Esa obra monumental corrió pareja a los tres hitos en la metamorfosis de su identidad: empezó el primer volumen —‘Heaven´s Command’— firmando como James Morris; el segundo —‘Pax Britannica’— fue escrito en los años de ambigüedad sexual, y el tercero —‘Farewell the Trumpets’— ya lo firmó como Jan Morris.

El cielo abierto
En esos tiempos pasó periodos de grave depresión debido a su identidad equívoca, que empeoraban conforme cumplía años. «Si no voy a poder ser yo mismo entonces no seré, parecía gritar mi inconsciente», escribe. Aunque creía que el autoanálisis es, a menudo, un error, un camino eterno de especulaciones, seguía ahondando en su situación y documentándose hasta la saciedad. Al otro lado, en el ángulo opuesto a sus disquisiciones y sufrimientos, apenas empezaba a despertar la percepción social del sexo, tan mezquina y reprimida, de hace seis décadas. Eso no le amilanó, y James dio con la clave: leyó en las bibliotecas que hasta el siglo XVIII la sexualidad era algo fluido, dinámico, hasta llegar a la época victoriana y transformarse en algo rígido, considerándose una desviación biológica todo lo que no fuera implacablemente masculino o femenino. Un día encontró un libro de los años treinta que explicaba una historia como la suya: ‘Man into a Woman: an Authentic Record for a Change of Sex’, escrito por Lili Elbe (antes Einar Mogens Wegener, sobre cuya vida se basa ‘La chica danesa’, el libro de David Ebershoff, ahora reconvertido en película del mismo nombre, protagonizada por el gran actor Eddie Redmayne). Lili fue la primera persona transexual en someterse a una cirugía de reasignación de sexo. Morris descubrió que no estaba sola en su enigma. Descubrió que la clave era que los médicos no sabían lo que le pasaba a personas con ese problema pero, «típicamente, se negaban a reconocerlo», subraya Morris. Lo que ellos consideraban una fantasía era una realidad: ella, como Einar Mogens Wegener antes, era una mujer atrapada en un cuerpo de hombre. No obstante, ningún médico admitió su ignorancia, y tuvieron que pasar años hasta que en Nueva York conoció al doctor Benjamin. Fue la primera persona que le habló de la transexualidad y que pronunció las palabras mágicas: «si no se puede encajar la convicción con el cuerpo, entonces debe encajarse el cuerpo a la convicción». El cielo abierto: sus plegarias podían convertirse en realidad.

En aquel momento, tras tantos años de sufrimiento, decidió pasar a la acción y convertirse en mujer. Empezó en 1954 y lo hizo «con una sensación de agradecimiento, como un viajero perdido que finalmente encuentra el camino correcto», relata. Pasaron muchos años de metamorfosis hasta la cirugía, pero el proceso de cambio de sexo lo vivió como una reconciliación. Empezó con un tratamiento hormonal y con el tiempo, fue transformándose en un hombre de apariencia cada vez más saludable, más joven, hasta ir pareciéndose a un hermafrodita sin edad aparente. Fue un cambio gradual, «como Jekyll y Hyde a cámara lenta», lo describe. Pero cuanto más femenina se sentía, más feliz estaba. El proceso empezó con una lenta erradicación de los elementos masculinos: no solo el pelo, los músculos, «sino también algo más intangible, una especie de capa de resiliencia acumulada, como un escudo que, a su vez, amortigua las sensaciones del cuerpo. Era como perder una capa de algún tipo de aerosol mágico que impacta poderosamente en ti mismo y, en cierta medida, te aísla del exterior». Confiesa Morris que desprenderse de algo así lo vivió como una liberación y, a la vez, con la sorpresa de la aparición de una sensación de vulnerabilidad, desconocida hasta entonces: «Empecé a sentir mucho más el frío y el calor y, por extensión, todos los estímulos de la vida y del mundo entrando en mí».

Una simple falda
Además de parecer más joven, con los años fue ganando presencia femenina: pechos, caderas, el pelo más liso, los movimientos más ondulantes. Se transformó, según sus palabras, «en la más perfecta figura mitológica: mitad monstruo, mitad divina». El proceso trajo momentos de desespero, de vergüenza, pero consiguió no perder la cabeza: «Aprendí a protegerme del mundo, a ignorarlo». Sabía que la cirugía la acabaría rescatando, y que llegaría un momento en el que por fin podría vivir la vida desde el otro lado. Un día se puso una falda por primera vez: «Para mí era algo simbólico. Los travestidos se excitan sexualmente vistiendo ropa del sexo opuesto, y su placer proviene de saber que hay un falo escondido entre los pliegues del vestido», explica. En cambio, para alguien como ella, nacida en el sexo equivocado, ponerse una simple falda y salir a la calle fue una sensación de alivio.

Poco a poco empezó a explicar su situación, a amigos, a colegas y a conocidos. El paso más difícil era ante sus hijos —no tanto por ellos como por sus compañeros de escuela— pero, asombrosamente, explica que resultó más sencillo de lo esperado. Quedaba el paso final, la operación de cambio de sexo: un acto muy extraño en aquellos tiempos, alegal y con implicaciones.

En 1972, aproximadamente seiscientas personas en Estados Unidos vivieron una operación de cambio de sexo, y fueron ciento cincuenta en Inglaterra. Morris decide que es su momento y da el paso: vuela hasta Marruecos y le esperan en un hospital de Casablanca. En la sala de operaciones, cuando le ponen la anestesia, se queda un rato a solas antes de caer inconsciente: en ese momento, antes de que sea demasiado tarde, se levanta y corre al espejo a mirarse por última vez como hombre. Sabe que cuando vuelva a buscar su reflejo será, por fin, una mujer. Al despertar de la operación no se podía mover, pero a pesar de ello se sintió absolutamente feliz. Estuvo dos semanas en la clínica, un tiempo que le ayudó a acostumbrarse a su nuevo cuerpo, a sentirse «deliciosamente limpia», afirma. En la clínica se encontró con otras en su situación: «Caras enjutas, de dolor, grotescas, con maquillaje y, a la vez, irradiando felicidad. A la espera de nuevas perplejidades, con dudas agónicas, pero sintiéndonos seres puros y verdaderos por unos días». A pesar del dolor de la recuperación, su nueva situación le daba una maravillosa sensación de calma. Cada mañana se sentía resplandeciente por su liberación.

De vuelta a Gran Bretaña, la primera prueba de fuego era su pueblo de Gales y todo fue relativamente bien. Más abrupto fue fuera de allí, cuando empezó a vivir las diferencias entre los dos sexos. Morris afirma que muchos hombres empezaron a tratarla como si fuera una menor: «Descubrí que muchos de ellos mantienen a las mujeres alejadas, que las consideran, en general, menos informadas, menos capaces, menos seguras de sí mismas». Notó que se convertía «en una persona privada a la que le importaba mucho menos la opinión de los demás, más autosuficiente, menos gregaria que siendo hombre» y que a la mayoría de hombres les resulta imposible de entender «la condición de atracción y confianza instantánea que se da entre mujeres que acaban de conocerse». Dicho esto, cree que la sociedad en general es más educada con la mujer y que viajar siendo fémina es más fácil que siendo hombre, porque despiertan menos recelos. Entre otras cosas, sintió crecer su sinceridad, sus dotes observadoras.

Más cerca de la verdad
Morris era, al fin, una mujer madura de su tiempo —recordemos que eran los setenta del pasado siglo— a todos los efectos. Y hace una reflexión: «El juego entre dos tiene más que ver con la personalidad que con el sexo: desde mi infancia he llegado a la convicción de que el estado humano que más se aproxima a la perfección son las mujeres de cierta edad, inteligentes, buenas y saludables, sin los imperativos del sexo y con inquietudes creativas». No obstante, en otro momento recuerda, en un breve trazo melancólico, su aventura del Everest, cuando, atrapada en el cuerpo de un joven atlético, bajó a llamar al periódico para dictar el reportaje cantando, pletórico, lleno de energía y aire animal.

Sobre su viaje alucinante subraya que ha aprendido que lo bueno es más resiliente que lo malo, que el amor, la suerte y la resolución le salvaron del suicidio en los momentos más negros. «Creo en la importancia primordial de la bondad. Algo que me parece, no una abstracción, sino una energía positiva bien real. La bondad y el amor: con ellos puedes afrontarlo todo. Y si amas con fuerza, lo haces todo tuyo», le confesó hace años al gran periodista Jacinto Antón.

En ‘Conundrum’ explica que a veces le preguntaban si echaba de menos algo de su vida como hombre. Y la respuesta es sí: «poder escoger el vino, o que mi opinión sea tomada en cuenta, por ejemplo», pero afirma que no se ha arrepentido jamás de todo lo hecho y todo lo vivido. Jan Morris —nos la imaginamos en su casa de Gales, rodeada de nietos, con su mujer Elisabeth— no se hace películas y sabe que no es una persona cualquiera: «Soy una especie de alegoría. Tanto hombres como mujeres se sienten a gusto conmigo, se abren en total confianza. Y es normal; al fin y al cabo, pertenezco a ambos grupos», sentencia.

*Dedicado a Alan, a su madre Ester, al colectivo Chrysallis (asociación de familias de menores transexuales) y a todos los que son como ellos: valientes que han luchado y luchan por vivir la vida en libertad. 
 
Y TAMBIÉN…
Jan Morris, sin viaje de novias.

La escritora y su esposa pasaron su segunda luna de miel en casa.
Jacinto Antón | El País, 2008-06-08
http://elpais.com/diario/2008/06/08/agenda/1212876001_850215.html
El viajero era ella.
Jacinto Antón | El País, 2007-07-06

http://elpais.com/diario/2007/07/08/eps/1183875350_850215.html

jueves, 6 de octubre de 2011

#libros #transexualidad | El enigma

El enigma / Jan Morris ; traducción de Ana Mata Buil.
[Conundrum. Faber and Faber, 1974]
Barcelona : RBA, 2011 [10-06].
224 p.
/ ES / Libros / Mujeres trans / Testimonios / Trans / Transexualidad
📘 Ed. impresa : ISBN 9788490061169

[.es] James Morris aparentemente tenía una envidiable carrera como escritor, periodista, militar y viajero. Se había casado y había llegado a tener cinco hijos. Pero se sentía incompleto, insatisfecho con su cuerpo. Y es que desde que tenía cuatro años había sido consciente de que su cuerpo no debería ser el de un hombre. Porque él se sentía una mujer. A mediados de la década de 1960 empezó a hormonarse, dando así el primer paso de un lento y angustioso proceso que culminaría en 1972 con un viaje a Casablanca, donde finalmente iba a someterse a cirugía y alcanzar sus anhelos. ‘El enigma’, uno de los primeros libros que abordaron abiertamente el tema de la transexualidad, es el heroico relato de esa dura pero deseada metamorfosis a la que se sometió James para conseguir el aspecto externo de la Jan que siempre fue en su interior. Un testimonio valiente y honesto, escrito por una autora con sobrado talento para emocionar sin caer en el melodrama y para transmitirnos con franqueza sus sufrimientos y sus alegrías.

 

viernes, 6 de julio de 2007

#hemeroteca #testimonios | El viajero era ella

El viajero era ella.
Jacinto Antón | El País, 2007-07-06
http://elpais.com/diario/2007/07/08/eps/1183875350_850215.html

Cuando la gran escritora de viajes Jan Morris (Clevedon, Somerset, Inglaterra, 1926), decana y maestra indiscutible del género reverenciada por Chatwin, Thubron o Theroux, aparece frente a la taberna Las Plumas (Tafarn Y Plu) en esta limpia mañana en el pueblecito de Llanystumdwy, en el corazón de Gales, puro qué verde era mi valle, entre el mar y las montañas de Yr Eifl -en las que destaca la cima del Yr Wyddfa, el Snowdon-, uno no puede dejar de sorprenderse. La ya octogenaria autora, de la que ahora se publica en España Un mundo escrito (RBA), un maravilloso compendio de medio siglo de viajes e historia, llega conduciendo su propio automóvil, un moderno y deportivo Honda. Saca la cabeza, hace seña de que se la espere y pisa a fondo para dar la vuelta al final de la calle, ignorando olímpicamente el cartel de "Conduzca despacio, por favor" (en galés, "Gyrrwch yn araf").

Es cierto que Morris, de 81 años y con nueve nietos, es una abuelita muy especial: fue oficial del exclusivo 9º Regimiento de Lanceros Reales de la Reina (los Delhi Spearmen, con 12 cruces Victoria ganadas durante el motín de los cipayos), formó parte de la expedición de 1953 que conquistó por primera vez el Everest (Morris dio al mundo la noticia de la llegada a la cima), trabajó como corresponsal de guerra y ha escrito una de las mejores historias del Imperio Británico -la espléndida trilogía 'Pax Britannia' (Faber & Faber)-, amén de la única biografía del almirante lord Jacky Fisher ('Fisher's face', Viking, 1995). Y es que esta viajera ha viajado a sitios impensables, cruzado arduas fronteras: durante 35 años de su vida, Jan Morris fue un hombre, James Humphry Morris, y otros 10 los pasó en un "estado intermedio", como lo llama ella -a veces le decían en unos lugares que debía ponerse corbata, y en otros, el mismo día, que no podía entrar con pantalones-, con tratamiento hormonal, hasta que en 1972 dio el paso decisivo y se sometió a una operación de cambio de sexo en Casablanca (todo el proceso, incluidas las partes más escabrosas, lo explica en uno de los libros más conmovedores y hermosos que jamás se hayan escrito sobre la condición humana, 'Conundrum' (F&F, 1974). Siempre supo que era una chica en el cuerpo equivocado. Lo sintió por primera vez a los cuatro años bajo el piano de su madre cuando ésta tocaba a Sibelius. Lo seguía sintiendo entre los oficiales de su regimiento de lanceros, donde vivió su oculta feminidad como "un espía en un cortés campo enemigo". Cada noche de su vida hasta culminar su cambio rezó para que éste se produjese y expresó ese recóndito y vehemente deseo a cada estrella que vio caer.

Jan Morris aparca el coche y se acerca con una gran sonrisa en su rostro grande aureolado por una cabellera un punto salvaje. "¿Le gustan los coches?, a mí me apasionan". Es obvio que es consciente de los azoramientos iniciales que pueden sufrir sus interlocutores, y espera a que uno se decida a darle un apretón de manos o besarla. Y quien firma estas líneas opta impulsivamente por ambas cosas. Una vez, en su periodo intermedio, un taxista de Fiji le preguntó directamente: "¿Es usted un hombre o una mujer?", y cuando ella, bajando los ojos, le contestó: "Una madura, respetable y rica viuda inglesa", él le puso la mano en la rodilla con un "¡justo lo que buscaba!". Viste Morris más que casual: unos vaqueros apretados y gastados y una camiseta de rayas que le da un pertinente aspecto de gondolero fondón (uno de sus más célebres libros, editado por Península, es precisamente 'Venecia'). Calza zapatitos de colegiala -aunque ahí cabrían los pies de varias colegialas-. Jan Morris nos tiene que guiar hasta su legendaria casa, Trefan Morys, en una zona de pastos y bosques cerca del río Dwyfor, rico en salmones, y lo hace, previa visita a la casa museo de Lloyd George, donde trabaja uno de sus hijos, advirtiendo jocosamente: "El sendero es un poco agreste, por suerte lleva un coche alquilado". Es difícil seguirla. En el camino, un conejo se ha quedado mirando el paso de la escritora con ojos desorbitados.

Trefan Morys, de la que ha escrito la autora en un libro delicioso, 'La casa de una escritora en Gales' (RBA, 2002), son las antiguas y espaciosas caballerizas de una antigua mansión convertidas en residencia por Morris y su mujer, Elizabeth Tuckniss -con la que ha tenido cinco hijos y con la que ha seguido viviendo, en una ejemplar historia de amor, después de su cambio de sexo (aunque divorciados por imperativo legal)-. Aparcamos los coches en el abigarrado jardín, desbordante de vegetación, y ahí en la puerta de la casa está Elizabeth, menuda y encantadora, con el té preparado y preparada también ella para soportar los interrogantes que indefectiblemente se abren en los ojos de las visitas. Cuando se le entrega a Jan Morris el ramo de flores comprado como gesto propiciatorio en Criccieth, la escritora se lo da a su vez, en un elocuente gesto, a Elizabeth. La suya era una relación que parecía imposible, más aún porque Morris no le ocultó nada desde el principio. Pero ha funcionado de una manera que ya querrían muchos matrimonios convencionales. Para Morris hay una explicación sencilla: el amor y la amistad. Tuvieron hijos -"lo más cercano a ser madre era ser padre", ha escrito inapelablemente Morris-, y esos hijos, a cuya madurez esperó Morris para explicarles su naturaleza y operarse, le siguen profesando, recalca, cariño y respeto. Durante un tiempo, cuando él empezó a vivir abiertamente como mujer, la pareja se hizo pasar por cuñadas.

Morris dirige una visita por las estancias de las dos plantas de la casa, que es un verdadero museo biblioteca, con las paredes forradas de libros -una rápida mirada arroja tesoros como una primera edición de Cabool, de Burnes, Charge to glory!, de Blunt, o la historia del 9º de Lanceros- y pleno de objetos sensacionales: un trozo del caño en que bebía el semental Justin Morgan (1793-1821), el primero de esa estirpe mítica de caballos, los Morgan Horses (¡cómo le gustaría el detalle a Fernando Savater!); una de las butacas de madera (de 1912) con las que los galeses premian a sus bardos, preciosas maquetas de las famosas e indómitas Western Ocean Yatchs -las goletas del vecino Porthmadog (Morris las ha colocado sobre las vigas transversales en la planta de arriba)-, cuadros (Venecia, un viejo Dreadnought -quizá el HMS Inflexible de Fisher-, el célebre retrato que le hizo a la escritora Arturo Di Stefano en 2005 con un aire a lo Hockney), fotos, el relieve de piedra de un león alado veneciano, el "último" milano rojo galés disecado (la especie se ha recuperado) o una lechuza que monta guardia cerca de la mesa del escritor y que remite a la leyenda galesa de Blodeuwedd, la mujer hecha de flores por un mago y convertida luego en esa ave nocturna -la historia está en el Mabinogi, uno de los libros favoritos de la autora-. Morris se excusa y entra en el lavabo. Y uno siente un extraño embarazo. En el único dormitorio de la vivienda hay una sola cama. Sobre ella, en un lado, hay un libro sobre la guerra naval en el Índico, obviamente, el libro que Jan Morris está leyendo; en el otro, una novela romántica.

Morris se muestra amable y divertida. Pero observa al visitante con profunda atención. Tras el velo desenfadado brillan una inteligencia aguda y una comprensión de lo humano que hacen pensar en Tiresias, el adivino que cambió de sexo al contemplar a dos serpientes apareándose y al que los dioses hicieron árbitro de la peliaguda cuestión de quién disfruta de más placer en el amor, si el hombre o la mujer (estableció que la mujer, y eso le granjeó el odio de Hera) -en el jardín de Trefan Morys, por cierto, hay serpientes-. La entrevista se desarrollará en varias fases. El tema de la transexualidad tardará en aparecer. No hay ningún tabú impuesto, pero simplemente es difícil lanzarse al asunto de entrada, darle una palmada en el hombro a Morris y espetarle algo así como "qué, ¿dónde ha dejado el lancero su lanza?". Sentados en el espacioso salón, la escritora acaricia a su gato Ibsen y muestra la foto del felino de otro gran escritor de viajes, su amigo Patrick Leigh Fermor.

¿Cuál es el personaje que más le ha impresionado de los que ha conocido en su vida de periodista, escritora y viajera, y de los que habla en ese compendio de historia del siglo XX que es 'Un mundo escrito'? ¿Edmund Hillary, Che Guevara, el nazi Adolf Eichmann [cuyo juicio cubrió para 'The Guardian'], Irving Berlin, Guy Burgess, Kim Philby, Jruschov, Haile Selassie, el sultán de Omán, el cazanazis Wiesenthal, Bruce Chatwin...?
J. G. Link.

¿Quién?
Joseph Gluckstein Link. Era peletero oficial de la reina de Inglaterra, escribió un importante libro sobre las pieles y fue director de la Hudson's Bay Company. Pero era más que eso. Escribió una serie de novelas policiacas experimentales en las que ponía pistas dentro de los libros, pañuelos con sangre y cosas así. Fue jefe de escuadrilla de la RAF en la II Guerra Mundial. También sabía mucho de vinos alemanes. Y sobre todo, era la mayor autoridad en Canaletto. Fue el comisario de la gran exposición en el Metropolitan en 1989.

¿Y le impresionó más que Eichmann?
¡Y era mucho más amable! Sí, es la persona que más he admirado en mi vida. Todo lo que uno puede pedir en un hombre. Voy a hablar de él en Alegorizaciones, el libro que preparo y que se publicará tras mi muerte.

Ya que estamos, dígame algo de Eichmann.
Es una figura pálida en mi memoria. Llevaba meses en manos de los israelíes cuando lo vi. La vida había escapado de él. Más que la banalidad del mal, expresaba aburrimiento. Hablaba del asesinato de los judíos como podría haber hablado de fútbol. No me pareció en absoluto una figura satánica, sino blanda, tediosa y vulgar.

¿Y qué le pareció el Che?
Lo conocí cuando sólo era Ernesto Guevara, presidente del Banco Nacional de Cuba. No era una figura muy impresionante, parecía un funcionario.

Vaya, ¿y Hillary? Los vio bajar, a él blandiendo el piolet en señal de triunfo, y a Tenzing, aquel glorioso día, el 29 de mayo de 1953, en el Everest.
Hillary es realmente un héroe. Y a la vez, un hombre sencillo. Se hizo famoso de un día para otro, pero eso no le gustó. Ha pasado el resto de su vida dando las gracias al pueblo sherpa por su ayuda y ayudándolos, para pagar su deuda con ellos. Perdió a su mujer y a su hijo en un accidente de avión. Le admiro mucho, aunque no como a Tenzing. Tenzing es una figura más trágica. Era como un príncipe, ¿sabe?, intensamente glamouroso; cuando vino a Europa era tan maravilloso como un unicornio. Todos estaban fascinados con él. No sólo era hermoso, sus maneras...

Usted debió de saber el primero quién de los dos había llegado antes a la cima. Estaba allí, los vio bajar.
Esa cuestión me la han formulado un millón de veces. No les pregunté.

Pues no es de buen periodista, si me permite que le diga.
Aún pienso que no es lo importante. Tenzing nació en una tienda de piel de yak, ¿lo sabía? Era imposible tener más desventajas en la vida. Pasó de ahí al gran mundo, y estuvo con reyes sin perder el sentido común, como diría Kipling. En la fiesta en el campamento base tras el descenso me dio una foto suya con unos perros tibetanos, y me la firmó. Luego caí en la cuenta de que eso era lo único que sabía escribir, su nombre. Debo de tener la foto por aquí.

¿Se acuerda de usted mismo en la montaña, ese joven apuesto, decidido y musculoso, "más ritmo que melodía", que era entonces y que aparece en su libro 'Coronation Everest'?
¿Cómo voy a olvidarme de mi vida? Estar ahí, en el Everest, me dio una buena historia. Mi ambición me llevó allí, eso y que en The Times todos eran demasiado mayores para apuntarse a algo así. Con la gente de la expedición, y de las anteriores, hemos seguido viéndonos, nos reunimos en un pub en Pen Ysyrwd.

¿Cree que Mallory e Irving lo consiguieron antes que Hillary?
Conocí a Odell, el último que los vio subir aquel 8 de junio de 1924. Él creía firmemente que habían hecho cima, tenía un convencimiento espiritual. Comimos juntos un sándwich y casi me convenció.

No parece que en general le hayan impresionado mucho los personajes a los que ha tenido la suerte de conocer.
Mire, sinceramente, nadie como mi peletero o como Jack Fisher, al que no conocí, pero reina en mi panteón particular.

El almirante lord Fisher (1841-1920), creador del acorazado, que acuñó la frase "Think in oceans". Tiene usted un busto suyo de bronce en la terraza y una gran foto en su armario. ¿Por qué Fisher?
No le importaba lo que pensaran los otros, era brillante en su oficio, iconoclasta, egocéntrico, la más notable personalidad en la Royal Navy desde Nelson, y un hombre divertido. Me fascina desde la primera vez que vi su foto. Su cara... Pasando revista a la Flota británica, le preguntaron al sultán de Marruecos qué le había impresionado más -todos esos acorazados-, y dijo: "El rostro del almirante". La mitad de mí está enamorada de él, y la otra mitad quisiera ser él.

Hábleme de su impulso de viajar.
Cuando era pequeño, los barcos me fascinaban, quería ver adónde iban. Pero el viajar en realidad empezó con el ejército y la guerra. Así comenzó todo. A los 17 años ya estaba en el ejército, y el ejército me hizo viajar, todo un Grand Tour de uniforme: Italia, Egipto, Palestina, Malta, Austria. Era oficial de inteligencia en mi regimiento y tenía que observar y escribir informes. Luego llegó el periodismo, como corresponsal seguí viajando -recorrí el mundo- y escribiendo no ficción. No tengo ninguna filosofía del viaje como algunos colegas escritores. Viajar es simplemente parte de mi vida, como respirar. Es un gran placer, uno de los mayores. Pero siempre escribo, no viajo sin escribir.

¿No hay algo más?

¿Metafísico? No. No era un deseo de escapar, si se refiere a eso. Aunque con el tiempo he pensado que quizá mi vocación viajera, ese incesante vagabundeo, tenga que ver con un afán de búsqueda, mi aspiración a la unidad, a la totalidad de mí misma.

¿Cómo se hizo escritora?
Creo que siempre lo he sido. Después de dos décadas de periodismo empecé a escribir libros. Llegó de una manera natural. He pasado la vida mirando cosas y observando su efecto en mí. Y he dedicado lo mejor de mí a escribir libros.

Sus libros son maravillosos. Capturan el alma de los lugares con una mezcla de sensibilidad, experiencia personal, visión periodística para el detalle y profundidad histórica, sin olvidar el humor. Lo que dice de Venecia, Trieste, Nueva York... pero también de Ayers Rock, de Marienbad... es inteligente y hermoso.
Mis mejores libros son más históricos que topográficos. Trato de describir el detalle, pero a la vez ofrecer una visión impresionista, general, del lugar.

Sus dos preciosas novelas sobre Hav, esa ciudad que ha inventado y que es todas las ciudades que usted ama, con su leyenda del trompetero, su torre china inspirada en los preceptos del 'feng shui', las supuestas visitas de Marco Polo, Napier, Nijinski y Hitler, hacen pensar en Calvino y en Ursula K. Leguin.
¿De verdad? Admiro a Calvino, no había pensado en la relación con 'Las ciudades invisibles'.

Colin Thubron, el autor de 'En Siberia', dice que hay que viajar solo.
Completamente de acuerdo. Has de ser totalmente egoísta y cultivar una suerte de indolencia útil. La mejor forma de relacionarse con un lugar es deambular, sola, con las antenas desplegadas.

Ha dicho usted que es más fácil viajar como mujer, debe saberlo.
Mucho más fácil. Las mujeres de todo el mundo te ayudan, son más solidarias. Una mujer despierta menos recelos en cualquier sitio.

Ha regresado a los lugares que visitó.
Me gusta volver, aunque a veces te llevas una gran decepción. La frescura ha desaparecido. Ahora he tenido problemas para escribir otra vez sobre Oxford, uno de mis lugares favoritos.

Quizá no sea culpa del lugar, quizá era nuestra propia juventud lo que nos enamoraba de los sitios, como decía Conrad.
Tiene que ver con la edad, sí, pero no sólo. He estado en Nueva York cada año desde hace 50 y nunca he tenido problema para escribir con frescura de la ciudad. Es parte del lugar también.

¿Cuál es su lugar favorito?
Venecia. Es una obra de arte. Mi actitud va cambiando hacia ella. Me gusta su melancolía, lo que tiene de imperio perdido. Es incluso epítome de eso, no creo que sea sólo una ciudad. Cuando reemplazaron los caballos de San Marcos por copias me pareció que la magia se iba ?además, los nuevos los situaron mal, con una orientación diferente, mirándose entre ellos?. Pero no tardé en descubrir que Venecia, llena de turistas, era bella de otra manera, una eficiente máquina comercial, lo que, si se piensa bien, no está tan alejado de lo que siempre fue. Trieste me emociona quizá más, pero es más árida. Venecia está plena de imágenes para cristalizar.

¿Y el lugar que menos le ha gustado?
Indianápolis. Tampoco me gusta mucho París.

Uno de sus libros de viajes, 'Spain', está dedicado a España.
Viajamos por todo el país Elizabeth y yo en 1964, en una camioneta VW. Llevábamos a nuestro hijo Mark. En algunos sitios nunca habían visto un niño tan rubio y le llamaban "el ángel", nos facilitó mucho la comunicación. Mi hijo Henry vive ahora en España.

No tiene una gran opinión de Barcelona.
Me parece que hay algo duro en ella, poco humano. Y no me gusta Gaudí. En Barcelona, por cierto, me encontré en la calle con Margaret Thatcher, imagínese.

¿Es fetichista?, de los lugares quiero decir.
¿Si me traigo cosas? No me lo puedo permitir, tengo la casa muy llena, como ve. Sí lo soy de los libros firmados, me emociona poseer algo que ha pasado por las manos del autor.

Sorprende, precisamente en usted, el interés por lo militar.
Me gusta la estética y las cualidades militares, la amistad, el sentido del honor. Por supuesto, no la violencia, soy una suerte de pacifista-anarquista. No lo pasé mal en el ejército, conservo amigos.

Su regimiento era muy 'chic'.
Más el de mi hermano: estuvo en el 21º de lanceros.

El de la carga en Omdurman.
Sí, pero después.

Todos esos barcos de la casa, los de las vigas, el junco chino, los pesqueros, el catamarán cingalés, el acorazado... ¿Significan los barcos para usted algo especial?
Le explicaré una cosa que escribo en mi libro póstumo. Me veo a mí misma como una alegoría de tres barcos que dominaron mi juventud. Tres transatlánticos. El Normandie, bello y femenino, una nave coqueta y consciente de sí misma. El Queen Mary, aburrido pero sólido. Y el United States, fuerte, rápido, brillante. La gracia del Normandie, lo bien hecho y británico del Queen Mary, la fuerza, digna de un buque de guerra, del United States.

¿Cómo conjuga su cosmopolitismo de impenitente viajera con su hondo nacionalismo galés, su amor a Cymru (Gales)?
Lo vivo como un privilegio. Soy muy afortunada por tener ambos sentimientos. Necesito viajar, pero a la vez, a menudo me enfermo de añoranza por mi país, Gales. Mi pie izquierdo es viajero, y el derecho lo tengo bien arraigado en la tierra oscura y húmeda.

Es hora de ir a comer. Jan Morris declina como un absurdo la idea de llevarla y decide que iremos en su propio coche (!). No tranquiliza que recuerde que hace poco la pararon por exceso de velocidad. Conduce por un paisaje tan victoriano que hasta tiene cisnes. Durante el trayecto, uno puede observarla a conciencia y viene a la cabeza aquella confianza suya de que un día saldría del detestado cuerpo de hombre, su crisálida, "si no convertida en mariposa, al menos transformada en una presentable polilla".

Llegamos a un extravagante lugar llamado Portmeirion, junto al mar. La gente que la conoce la trata con absoluta naturalidad. Durante la comida -ella elige y prueba el vino-, su conversación está llena de observaciones interesantes. Del edificio de Foster en Hong Kong (uno de los mejores libros de Morris es el dedicado a la ciudad -Penguin, 1997-), dice que cuando lo miras por el interior desde abajo parece Piranesi. Habla de la caída de Singapur en manos de las tropas de Yamashita. O de Micky Burns, escritor, poeta y comando, pillado por los nazis en el raid de Saint Nazaire y enviado a Colditz, ¡desde donde se graduó en Oxford por correspondencia! -por cierto, poseía un ejemplar de Mein Kampf que le dedicó Hitler cuando era corresponsal de The Times-. Burns era amigo de Bertrand Russell, que, subraya Morris, estuvo aquí, en Portmeirion. Hablamos de Dylan Thomas, y cuando uno se pone estupendo -el vino blanco y tanto castillo y tanto Gales- y recita aquello de "Rage, rage against the dying of the Light" poniendo voz de Richard Burton, se muestra en desacuerdo: "No me gusta combatir con rabia, en ningún caso, ni ir sin gentileza". Ella prefiere a R. S. Thomas, poeta de Cardiff y clérigo panteísta, al que conoció bien, pues vivía cerca de Trefan Morys y lo veía deambular por los bosques observando pájaros hasta que casi enloqueció. Chatwin surge en la conversación. Eran amigos. "No tanto como se decía", se ensombrece. En un momento de la charla, Morris señala hacia un hotel y dice: "Ahí estuvimos Elizabeth y yo cuando murió nuestra hija de dos meses". Y uno recuerda el conmovedor pasaje en Conundrum en que Jan evoca la muerte de la pequeña Virginia, cómo Morris y su mujer se tendieron en la cama como en el poema de Emily Dickinson y pasaron la noche sin dormir, con las manos entrelazadas, escuchando cantar a un ruiseñor y llorando.

Háblenos de su 'conundrum', su enigma, su interrogante.
Mi naturaleza es la misma. Pero he cambiado porque la percepción de los otros hacia mí es diferente. Como no me tratan igual, cambia mi relación con el mundo. No soy otra persona, aunque algunas cosas se han hecho más suaves, más delicadas, y estoy contenta de que sea así. No sé si esas características diferentes de mi personalidad se deben al cambio o a la edad, si naturalmente habrían llegado igual. Insisto en que yo siempre he sido la misma por dentro. Tras la operación, intrínsecamente no cambié. Mis opiniones y mis amores son los mismos.

¿Le molesta hablar de este tema?

Sinceramente: me aburre. En Estados Unidos, nadie me pregunta. En Gran Bretaña, aún alguien. Para mí es algo ya remoto, antediluviano. Todo lo que tenía que decir lo escribí en 'Conundrum', hace treinta años. Pero aún la gente, sobre todo los hombres, esperan revelaciones. No deja nunca de sorprenderme la importancia que los hombres conceden al sexo físico.

Me conmovió mucho leer que se hacía algunos reproches; sobre todo, el choque que podía haber causado a otros, supongo que a Elizabeth y a sus hijos.
Pero no me reprocho el cambio, ni por un momento. No había otra manera.

¿Qué es lo que mueve y determina su vida y su trabajo?
Hay una base ética en ambos, creo en la importancia primordial de la bondad. Algo que me parece no una abstracción, sino una energía positiva bien real. La bondad y el amor. Con ellos puedes afrontarlo todo. Y si amas con fuerza, lo haces todo tuyo, las cosas, las ciudades, tu tierra o al almirante Fisher.

De vuelta a casa, Morris, que tiene el hábito de ir silbando bajito, se prepara para las fotos. Desaparece para volver con unos leves toques de maquillaje. La escritora es muy gentil, y se deja retratar gustosamente en el banco del jardín, bajo las rosas silvestres. Según la incidencia de la luz, sus rasgos parecen más o menos femeninos. Morris ha escrito que durante su periodo de ingesta de hormonas, cuando desarrolló pechos y otras características de mujer, pero no la habían librado aún de su "parafernalia", sus molestas e inelegantes "protuberancias" masculinas, se veía como un ser híbrido, "una quimera", al bañarse desnuda en su pequeño lago solitario de las Glyders. Ahora, la escritora irradia una extraña y límpida magia: es Titania o la Dama del Lago o aquella legendaria Blodeuwedd. Y se la ve completamente feliz. Así que un cuerpo de hombre puede ser un estorbo, un lastre repulsivo del que librarse... una verdadera lección de humildad para todos nosotros. Cuando sus visitantes se marchan, Morris, la gran viajera, les despide en el jardín, con verdadera pena. Se queda con Elizabeth, con sus fantasmas, sus ciudades amadas y su insondable misterio. Uno siente que ha quedado mucho por decir y se le hace un raro nudo en la garganta. Ya no hay estrechar de manos, el beso es esta vez sin reservas y nos vamos de Trefan Morys colmados de bendiciones, de alguna manera renovados y sin duda diferentes.

'Un mundo escrito', de Jan Morris, está editado en España por RBA.