Mostrando entradas con la etiqueta 1966. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 1966. Mostrar todas las entradas

viernes, 19 de julio de 2019

#hemeroteca #ocionocturno | Ricardo Urgell: “No he vuelto a entrar en Pachá, tanto es el dolor que siento”

Imagen: La Vanguardia / Ricardo Urgell
Ricardo Urgell: “No he vuelto a entrar en Pachá, tanto es el dolor que siento”.
Conocido como ‘el arquitecto de la noche’, construyó el mayor imperio de ocio nocturno que haya habido, de Sitges a Macao, de Ibiza a Dubái, bajo la imagen de las cerezas. Su sueño sería poder comprar más tiempo.
Andrés Guerra | La Vanguardia, 2019-07-19
https://www.lavanguardia.com/gente/20190718/463530240749/ricardo-urgell-pacha.html

Ricardo Urgell (Barcelona, 1937) nació en una familia acomodada de la calle Escipió, en Sant Gervasi. Con bisabuelo, abuelo y tío abuelo que fueron reconocidos pintores y un padre ingeniero y fabricante de motos, él se adentró en la veintena estudiando Arquitectura y regentando un negocio de esquí acuático que le permitía ligar mucho e ir ganando algo de dinero. Supo cuál era su vocación escuchando ‘Black is black’ en la sala Tiffany’ de Sitges y en 1965 se asoció a Tito Clarasó para abrir su primer negocio, Tito’s, en la famosa “calle del Pecado” de la misma localidad. Se sintió más vivo que nunca. Así, junto con su hermano, José María ‘Piti’, convirtió una casa labriega en una discoteca, matriz del imperio que estaba por venir. Era 1966 y había nacido el primer Pachá .

Les costó un millón y medio de pesetas de la época y no quedó dinero ni para aire acondicionado, por lo que en verano se veían obligados a rebajar la temperatura regando el tejado. El primer día hicieron una caja de 34.400 pesetas, un dineral, según explica el mismo Ricardo en el documental ‘El arquitecto de la noche’, que Miguel Bardem realizó para Canal+. Desde aquella primera vez, a lo largo de los siguientes casi 52 años, Ricardo Urgell fue creando negocios: dos hoteles, un espacio tan indescriptible como Lío y otras 114 discotecas, 106 de ellas bajo la franquicia de las cerezas, convirtiéndose así en el empresario que más locales de ocio ha generado en el mundo. En abril de 2017 vendió Grupo Pachá por 290 millones de euros. Hoy, solo el mar mitiga la melancolía que merodea su merecido descanso.

P. ¿Cómo era la primera Ibiza que usted conoció?
R. Llegué aquí en 1968 como turista. La isla era un lugar perdido, en aquel momento solo se conocía Mallorca. Volví en 1970 y fue cuando se me ocurrió abrir Pachá. Todos me decían que estaba loco, pues aquí había nada más que cuatro hippies y cuatro colgados. Entonces solo estaba el Lola’s, que debía ser dos veces esta oficina. Aquí donde ahora estamos [playa d’en Bossa] solo había agua; la tierra empezaba justo donde hoy se levanta Pachá. Delante había una marisma. Busqué inversores, compré el terreno y lo construí como una casa ibicenca. Alrededor no había ningún edificio. A los cuatro años comenzaron a construir y se le llamó ‘Ibiza la Nueva’. Luego llegó la especulación. De esto hace 45 años.

Imagen: La Vanguardia / Así nació Pachá Ibiza en 1973
P. ¿Por qué le atrapó tanto la isla como para quedarse a vivir en ella?
R. Lo más importante de la vida es descubrir lugares nuevos y aquella Ibiza tenía un sabor especial que se ha llevado el viento. El mundo cada vez tiene menos color y sabor. Esto te lo dice un viejo, pero solo el viejo ve lo que fue y lo que es, por lo tanto, tiene mejor valoración de la realidad. Yo soy mediterráneo y es aquí donde me gusta estar, donde nacen las raíces de Occidente. No me gusta vivir en grandes ciudades; prefiero Ibiza, porque tiene campo y mar y unos valores muy significativos dentro de la joya que son las Baleares. Ojalá fuesen más islas, porque por donde pasa el hombre no crece la hierba. Vamos deteriorándolo todo y cuando llegas a los 80 años es cuando notas esa falta de sabor. Volviendo a tu primera pregunta, ¿sabes qué es lo más vulgar del mundo? Un rico que representa, el que quiere que se sepa y por eso va con un barco enorme que ni le importa ni entiende, pero tiene que representar y gastar mucho para que lo vean.

P. La Ibiza que mezclaba glamour y bohemia, aquella que ayudó a construir, está en peligro de extinción por el empuje de un turismo enfocado a millonarios. ¿Cómo prevé su evolución?
R. De niño, en la Costa Daurada, mirábamos a los turistas diciéndonos “mira, mira”. Eran extranjeros. Nuestro país se liberó de la pobreza merced al turismo, gracias al que hemos comido caliente y aún hoy vivimos de ello; es nuestra primera industria. Durante mi vida he dado muchas vueltas por muchos lugares turísticos y escogí Ibiza por su personalidad fuera de lo común. La Ibiza actual refleja el mundo actual, en que se han perdido los sabores. Yo he vivido mucho la noche y antes tenía más corazón, más cachondeo, era más simpática. Hoy es un mundo de borregos: todo el mundo lleva barba y un iPhone.

P. ¿Se ha perdido ese sabor también en el trato con las personas?
R. En las personas, en las relaciones, en los amores. Cuando uno ha tratado a miles de personas en la noche lo percibe, porque la noche es más verdadera que el día. Tú vas al despacho de un notario por la mañana y lo ves con su corbata. Compáralo a cómo se comporta por la noche. Ahí lo tienes. Como empresario he sido quien ha tenido al mismo tiempo más discotecas del mundo y he conocido muchos lugares a través de mis franquicias. Bien, pues cada vez es todo más vulgar, ya no distingues un lugar de otro.

P. ¿Ha sido muy crápula trabajando tantos años en la noche?
R. No. Yo he vendido más droga que nadie en el mundo. ¿Cuál es la verdadera droga? El alcohol; lo otro es de broma. Y es la legal. Con el porrito no pasa nada y los de la coca van todo el rato como nerviosos pero el borracho es siempre el más inaguantable. Bueno, nunca he caído en nada de eso; en septiembre cumpliré 82 años y, como ves, me he cuidado. Jamás he abusado del alcohol y las drogas me sientan fatal, las he probado porque hay que saber qué son las cosas. Pero nunca caí en el vicio y la perdición, lo que me excitaba era el negocio. Siempre iba mal de dinero, lo que ganaba lo invertía.

P. Pero el crapulismo también incluye sexo. ¿Cómo ha ido ese tema?
R. (Risas) Bueno, eso… Lo que más nos gusta son las mujeres. No he sido ligón, más bien me han ligado siempre. Tenía 29 años cuando abrí el de Sitges. Imagínate.

P. ¿Qué tipo de adrenalina sentía cuando abría el siguiente local? ¿Qué le aportaba esa voracidad de negocio?
R. El título de ‘arquitecto de la noche’ lo escogí yo porque de joven estudié Arquitectura, aunque como era un vago, no aprobaba. Lo dejé y me dediqué a esto. Más que llevar las discotecas me gustaba hacerlas y ver su éxito. Me convertí en empresario obligadamente y cuando vendí el grupo tenía 1.600 empleados. Siempre he querido proteger a la gente que trabajaba conmigo. No he tenido un criterio político sino social: quieres que tu gente esté a gusto y si está bien pagada y contenta, también funcionan mejor. Incluso si lo miras de modo egoísta es positivo. Pues bien, esa fue la clave del éxito.

P. Parte sustancial de ese éxito es la imagen de Pachá, una de las marcas más conocidas de la industria de los clubs, si no la que más. ¿Cómo nacieron las cerezas?
R. Al comenzar a funcionar, me llamó el abogado y me dijo: “Oye, hay que ponerle un nombre a la sociedad”. Le dije “Pues ponle el nombre de una fruta, ponle Manzana”, pensando en el Apple Records de los Beatles de aquella época. Cuando dimos de alta otra sociedad para la discoteca Equilibrio de Barcelona, volvió a preguntarme y le respondí: “Ponle Cerezas” y mi grafista diseñó un par de cerezas con hojitas para esa sociedad. A todo el mundo le encantó y como el logo de Pachá era un ojo muy raro que no me gustaba nada, lo cambié. El nombre de Pachá fue una sugerencia de mi mujer para que viviese como tal, sin embargo, he vivido como un currante.

P. ¿Cómo vendía la marca Pachá? ¿Qué transmitía a sus inversores?
R. No la vendía, hacía. Y la respuesta era éxito: los inversores vinieron a mí. Al principio no pensaba que montaría toda esta película, pues ni hacía promoción ni publicidad. No me importaba. Alcancé nombre por el éxito. Inauguré Madrid el 23 de abril de 1980 y fue un éxito rotundo; en la historia de la ciudad no ha habido una discoteca de mayor éxito. A consecuencia de ello, se movieron las demás provincias. Hablábamos y yo les diseñaba el proyecto. Durante mucho tiempo estuve viajando entre Madrid, Barcelona e Ibiza todas las semanas hasta que se lo vendí a Pedro Trapote en 1997. Hoy conservo más amigos en Madrid que en Barcelona, donde desgraciadamente se han muerto todos.

P. ¿Tiene la sensación de que en los años 70 e incluso 80 una estrella del rock o un actor se relacionaba más estrechamente con el resto de clientes que en la actualidad?
R. Todo era muy cercano, efectivamente. Yo he tenido trato y relación con muchísimos famosos pero también es cierto que en la noche las relaciones son superfluas. Claro que he saludado a Mick Jagger en Pachá pero era hola y adiós. En esta película queréis que os dé motivos y titulares, ya que todo lo que motiva es el morbo. En fin, los contadores de la historia sois los periodistas y para resultar interesante hay que llevar las cosas a los extremos, que el público está aborregado, sin criterio propio. Te habla un viejo que concluye reflexiones sin querer.

“De mayor quiero ser Ricardo”, dice David Guetta –el DJ más famoso del mundo– en el documental ‘El arquitecto de la noche’, de Miguel Bardem. Llegar a los 82 años en un estado físico y mental tan formidable habiéndose dedicado al negocio del ocio nocturno solo se explica por una paradoja: a Ricardo Urgell (que presume de “ser el discotequero más viejo del mundo”) no le interesan ni la música electrónica, ni las drogas de síntesis ni la bebida. Solo jugar a ser Dios. Así construyó su mayor imperio. “Todos le quieren porque no ha pisado a nadie y yo lo adoro porque el mundo de la noche, esa superficialidad, no ha matado a su niño interior”, afirma su mujer, María Chaver. Ricardo ha tenido tres hijos (Hugo, Ricardo e Iria) y siempre ha ido de la mano de su hermano, Piti, el primer DJ estrella y creador de la legendaria fiesta ‘Flower Power’. Hoy disfruta echando de comer a sus muchas gallinas en la soberbia casa de campo que posee en la isla o saliendo a navegar en El Baile, un velero con el que ha cruzado el Atlántico hasta en seis ocasiones. Solo le duele una cosa: no poder comprar más tiempo.

P. ¿A qué cree que obedece ese aborregamiento?
R. A la pérdida de valores y a que tenemos demasiadas cosas. Cuando era niño bajaba con la criada a comprar al colmado. Había diez tomates, diez cebollas, diez patatas y ahora en el súper hay miles de m2 para escoger. Todo queda diluido en la cantidad. Tradúcelo al mundo del ocio: Ibiza sigue siendo el sitio más de moda del mundo. Si te suena algún otro, de EEUU por ejemplo, es porque ellos lo venden todo mejor. Pero te aseguro que en los años en que yo tuve el Pachá de Madrid, le daba mil vueltas al Studio 54 de Nueva York.

P. ¿Por qué cree que la marca España no funciona como debiera?
R. Tenemos una desgracia: la prensa no da el apoyo necesario. Soy catalán, ni separatista ni leches en vinagre; en ese sentido te digo que España podría haber sido mucho más importante de lo que es. Yo no soy de banderas, he tenido tres mujeres gallegas, con hijos y toda la película. Soy de Barcelona pero no me emociona demasiado. Conocí Madrid por primera vez en 1956 y me pareció un pueblo. Continué yendo después y en 1978 comencé con el proyecto de Pachá Madrid y ya era otra ciudad. De ese año a 1997 en que lo vendí, cambió muchísimo más. Todo el mundo aprovechó para trincar, ya me entiendes. Mira, a mi padre le tocó hacer la guerra del lado de Franco no porque fuera facha sino porque cuando estalló, estaba en el Estado Mayor en Burgos. Después de la guerra, mi madre le dijo muchas veces: “José María, fulanito y menganito se han aprovechado y tú para haber luchado del lado de Franco, no te has aprovechado nada”. Bien, para eso había que ir a Madrid.

P. ¿Dónde se sitúa políticamente? ¿Se ha llevado mejor con un color que con otro?
R. Nunca he votado, a ningún partido. Todo es una pantomima, como una película en la que se aplauden unos a otros. Tengo mi propio criterio, muy socialista, pero muy complicado de llevar a cabo. ¡Qué voy a votar si no los conozco! Nací en 1937, en plena Guerra Civil. Recuerdo la posguerra. Nunca me ha interesado la política, solo mi complicada visión social.

P. Su holding fue adquirido por el grupo británico Triatlantic Capital Partners y he leído dos cifras como cierre del trato, entre 350 y 500 millones. ¿Cuál de las dos está más cerca de la realidad?
R. Se vendió en 290 millones. Yo soy el discotequero más viejo. La vida tiene un plazo y llegó el momento en que mis hijos no estaban por la labor, no han sido aficionados a la noche y a la discoteca. Así que pensé “Vende”. Ahora hace dos años y me ha dolido mucho. Era mi juguete. De algún modo me arrepiento, pero si lo pienso bien, es lo que debía hacer. Me gustaría vivir 160 años pero… ¡Ay, si pudiésemos comprar el tiempo! Lo vendí con todo el dolor del mundo pero los herederos estaban de acuerdo. Me quedé muy triste. Solo mi hija ha quedado vinculada al negocio. Durante tantos años he comprobado una cosa: la mujer trabaja mejor que el hombre. Es más concreta y eficiente; nosotros somos niños toda la vida. Seguimos jugando a soldaditos y a cochecitos.

P. ¿Le inquieta cómo evolucionará el negocio sin usted?
R. (Pausa) Los fondos de inversión no saben. Miran solo números, sin alma ni corazón. Luego vuelven a venderlo por más de lo que lo compraron. Funcionan así. Yo no quiero saber nada aunque de vez en cuando me reclaman para que les dé opinión y en este negocio hay que ser dictatorial. Una orden, solo una. Me duele porque si supieran llevar a más lo que les he vendido… Por ejemplo, estuve con el actual CEO hace unos días y es muy buen chico pero lo primero es conocer el lugar, la isla, saber con quién tienes que competir. Y solo habla inglés.

P. ¿Cómo se despidió de su juguete, con una gran fiesta final o prefirió cerrar la puerta silenciosamente?
R. Desaparecí. Era tanto el dolor. Lo vendí el 7 de abril de 2017 y aunque paso cada día por delante, no he vuelto a entrar jamás. Ni en Pachá ni en Lío. Por un lado he hecho bien, porque la vida tiene un plazo pero por otra, me siento huérfano. Lo que más feliz me hacía era disfrutar el éxito, el dinero es secundario.

miércoles, 3 de julio de 2019

#hemeroteca #lgtbi #memoria | Estados Unidos: Cinco manifestaciones LGTBQ que sentaron el precedente de Stonewall

Imagen: Vice / Protesta en Black Cat Tavern, Los Angeles, 1967
Cinco manifestaciones LGTBQ que sentaron el precedente de Stonewall.
‘Si no puedes reunirte en sitios públicos sin riesgo de que detengan, no puedes vivir tu vida’.
Denio Lourenco | Vice, 2019-07-03
https://www.vice.com/es/article/d3nenv/manifestaciones-lgtbq-antes-de-stonewall

Han pasado 50 años desde aquellas trágicas y calurosas noches de junio de 1969, cuando los clientes del Stonewall Inn se rebelaron contra la policía durante una violenta redada. Lo que empezó como un ataque espontáneo a un bar gay de Nueva York terminó convirtiéndose en varias noches de disturbios por las calles de Greenwich Village.

Está bastante extendida la opinión de que de aquellos episodios nació el actual movimiento de lucha por los derechos del colectivo LGTBQ. Aunque es innegable que las protestas de Stonewall representaron un punto de inflexión para el movimiento, hay que destacar que no fueron en absoluto los primeros conflictos entre el colectivo LGTBQ y la policía.

A principios de la década de 1950, comenzaron a crecer las protestas de hombres y mujeres homosexuales y de personas transgénero que luchaban por sus derechos civiles. Desde entonces, en Estados Unidos los historiadores han registrado más de treinta manifestaciones, sentadas, protestas y disturbios del colectivo LGTBQ en los años previos a Stonewall.

En este artículo mencionamos cinco de las protestas más importantes que también convendría recordar.

Los disturbios de Cooper’s Do-Nuts, Los Ángeles, 1959

En mayo de 1959, varios clientes del colectivo LGTBQ del café Cooper’s Do-Nuts, en Los Ángeles, se rebelaron contra un grupo de policías que los acosaban durante una redada. En aquella época el travestismo era ilegal, hecho que la policía aprovechaba para llevar a cabo redadas y arrestos de ‘drag queens’ o personas transgénero en este tipo de establecimientos. Y eso fue exactamente lo que hicieron.

Aquella noche, agentes de la policía de Los Ángeles detuvieron a dos ‘drag queens’, dos trabajadores sexuales y un homosexual que ligaba con otros clientes, según las informaciones. Uno de los arrestados era el novelista John Rechy, que relató el incidente en su debut literario ‘La ciudad de la noche’, hoy todo un clásico. En una entrevista con la historiadora Lillian Faderman, Rechy recuerda que los presentes lanzaron vasos de café, donuts y basura a los agentes hasta que él y los otros arrestados lograron huir.

Ocurrido diez años antes de los disturbios de Stonewall, este episodio se considera uno de los primeros alzamientos LGTBQ de los que se tiene constancia en Estados Unidos.

La sentada del restaurante Dewey’s, Filadelfia, 1965

Inspirándose en gran medida por el movimiento contra la segregación racial, con episodios como el boicot de autobuses de Montgomery de 1955 o la sentada en el restaurante Woolworth, el activismo político del colectivo LGTBQ adquirió un tono mucho más contestatario durante la década de 1960.

“El movimiento homófilo de los 50 se fortaleció durante los 60 y los 70, y el colectivo LGTBQ empezó a reunir el valor necesario en aquel periodo de importantes movimientos sociales”, señala Marc Stein, profesor de Historia de la Universidad Estatal de San Francisco. Un ejemplo de ello es la primera sentada LGBTQ de la que se tiene constancia, el 25 de abril de 1965 en el restaurante Dewey de Filadelfia. El local se había convertido en un punto de reunión de personas del colectivo de la ciudad, pero aquella primavera, los empleados empezaron a negarse a servir a todos los clientes que parecieran gais o de género no conforme. Aquel 25 de abril, se negó el servicio a unas 150 personas por este motivo, según el libro de Stein 'City Of Sisterly And Brotherly Loves: Lesbian And Gay Philadelphia, 1945–1972'. Sin embargo, tres adolescentes decidieron que no se marcharían.

Llamaron a la policía y los tres jóvenes fueron arrestados. Posteriormente también fue detenido Clark Polak, un líder del movimiento de defensa de los derechos de los homosexuales de Filadelfia que había intervenido para ayudar a los chicos a conseguir un abogado. A los cuatro se les imputó un delito de conducta desordenada.

Una semana más tarde, el 2 de mayo de 1965, otras tres personas protagonizaron una nueva sentada como protesta por las detenciones. De nuevo, los propietarios del restaurante llamaron a la policía. Esta vez, sin embargo, los agentes admitieron que no tenían excusa alguna para echar a esas personas del establecimiento. A partir de este suceso, los propietarios de Dewey’s accedieron a dejar de discriminar a las personas LGTBQ.

Los disturbios de Compton’s Cafeteria, San Francisco, 1966

En agosto de 1966, los encargados de Compton’s Cafeteria —un establecimiento nocturno de San Francisco que frecuentaban muchos homosexuales y trabajadoras sexuales— y la policía acosaron a un grupo de mujeres transgénero y ‘drag queens’. La comunidad LGTBQ de la ciudad respondió a las agresiones protagonizando disturbios durante dos noches.

No era la primera vez que los clientes del Compton’s habían tenido enfrentamientos con la policía, pero aquella noche la clientela decidió que no soportaría más abusos. “La policía maltrataba a personas trans y ‘drag queens’ con total impunidad. Muchas veces las obligaban a desnudarse y las registraban, las acusaban de algún delito menor y les dispensaban un trato vejatorio”, relata Susan Stryker, directora del documental de 2015 sobre aquel episodio, ‘Screaming Queens’. “Nunca había habido resistencia efectiva al acoso policial hasta lo de Compton’s”.

La protesta empezó con unos piquetes pacíficos contra el servicio cada vez más discriminatorio que dispensaban en Compton’s, pero la policía intervino cuando la tensión fue en aumento. Según los relatos de aquella noche, un agente intentó detener a una de las mujeres trans y ella le echó el café en la cara. Fue entonces cuando se desató el infierno. En ‘Screaming Queens’, Amanda St. Jaymes recuerda que los platos y los muebles volaban por el local. La pelea se trasladó a la calle, donde decenas de personas trans, drag queens y gais plantaron cara a la policía y rompieron los cristales de los ventanales del restaurante.

Aunque de menor envergadura que los de Stonewall, que se produjeron tres años después, los disturbios de Compton’s sirvieron como revulsivo para que la comunidad LGTBQ del distrito de Tenderloin comenzara a organizarse. Durante los meses posteriores al incidente, el colectivo creó una red de servicios de apoyo médico y social para personas trans que a su vez llevó a la creación de la Unidad Nacional de Asesoramiento par Personas Transexuales estadounidense, a finales de la década de 1960.

Imagen: The New York Times / Acción de Mattachine Society en Julius' Bar
Protesta de Mattachine Society, Nueva York, 1966

Otra manifestación decisiva para la comunidad LGTBQ fue la del Julius' Bar, en Nueva York. Por aquel entonces, era habitual que los encargados de los bares se negaran a servir a personas gais, trans y de género no conforme.

Aunque ninguna ley aprobaba explícitamente esta discriminación, los bares tenían derecho a negarse a servir a clientes “problemáticos”, y en esa época, ser homosexual era motivo suficiente para que la gente te considerara problemático. El 21 de abril, Dick Leitsch y otros dos miembros del capítulo neoyorquino de la Mattachine Society, una de las primeras organizaciones pro derechos de los homosexuales estadounidense, se propusieron cambiar aquello.

Con la idea de llamar la atención sobre esta regulación, el grupo se dirigió con cuatro periodistas al Julius' Bar, donde días antes habían arrestado a un hombre por llevar a cabo “actividad gay”. Cuando llegaron, el camarero les sirvió unas copas. Sin embargo, como el mismo Leitsch recuerda en un episodio del podcast Making Gay History, cuando se identificaron como homosexuales, el camarero puso la mano sobre uno de los vasos y dijo: “No puedo serviros si sois gais. Ya lo sabéis”. Ese momento fue capturado en la ya icónica foto del fotógrafo Fred McDarrah, que posteriormente fue publicada en el periódico para el que trabajaba.

“Somos gais y solo queremos que nos sirvan comida y alcohol; somos pacíficos y queremos seguir siéndolo”, respondieron ellos. “Por favor, atiéndenos”.

“Para Dick, las encerronas eran el principal problema con el que debían lidiar los activistas a favor de los derechos de los gais. Si no puedes reunirte en espacios públicos sin peligro de que te detengan, no puedes vivir tu vida”, asegura Eric Marcus en Making Gay History. “Si eras hombre gay en Nueva York en esa época, corrías el riesgo de ser víctima de un agente de paisano, que hacía lo posible por conseguir que bajaras la guardia y mostraras interés por él. En aquel entonces, un arresto de ese tipo podía suponer la ruina personal, profesional y económica de muchos”.

La protesta terminó en dos demandas que acabaron con la práctica de retirar licencia de venta de alcohol a aquellos establecimientos que sirvieran a clientes LGTBQ, medida que a su vez favoreció la proliferación de bares para gais en la ciudad y propició el compromiso del alcalde de Nueva York, John Lindsay, para poner fin a la práctica de las encerronas en los bares gais por parte de la policía. Si bien estos ardides policiales no desaparecieron por completo, al menos se redujeron considerablemente.

Disturbios del Black Cat Tavern, Los Ángeles, 1967

La Nochevieja de 1966, el recién inaugurado Black Cat Tavern, en Sunset Boulevard, estaba repleto de personas LGTBQ preparadas para dar la bienvenida al nuevo año. Hasta que unos agentes de la policía secreta, que habían estado esperando entre la multitud, empezaron a arrestar a clientes por besarse cuando dieron las doce. Esa noche, golpearon violentamente a los presentes y detuvieron a 16 personas, dos de las cuales escaparon.

Según el relato de ‘Gay L. A.: A History of Sexual Outlaws, Power Politics, And Lipstick Lesbians’, de Faderman, la policía persiguió a los hombres calle abajo hasta el bar New Faces, en Sanborn Avenue. Una vez allí, los agentes agredieron al propietario del club y apalearon a sus dos camareros hasta dejarlos inconscientes. Uno de ellos, Robert Haas, sufrió un desgarro en el bazo como consecuencia de la paliza. Cuando se recuperó, tuvo que enfrentarse a una acusación por un delito de lesiones menores a un agente de la policía. Más tarde, a seis hombres se les imputaron cargos de conducta lasciva por lo sucedido aquella noche.

Seis semanas después de los disturbios, el 11 de febrero de 1967, 200 personas se reunieron en el Black Cat para organizar un piquete pacífico frente al club como protesta contra los acosos y la violencia policiales.

La protesta la organizó un grupo llamado P.R.I.D.E. (Personal Rights in Defense and Education), responsables también de la publicación de un boletín titulado ‘Los Angeles Advocate’ que acabó convirtiéndose en una revista de distribución nacional que todos conocen como ‘Advocate’.