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lunes, 5 de abril de 2021

#hemeroteca #masculinidad | Octavio Salazar: "A veces le dan más valor a lo que yo digo por ser hombre que a una compañera que lleva toda la vida en el feminismo"

Imagen: El Diario / Octavio Salazar

Octavio Salazar: "A veces le dan más valor a lo que yo digo por ser hombre que a una compañera que lleva toda la vida en el feminismo".

El catedrático e investigador Octavio Salazar publica 'La vida en común. Los hombres (que deberíamos ser) después del coronavirus', donde analiza la oportunidad para replantear el sistema que deja la pandemia.
David Noriega | El Diario, 2021-04-05
https://www.eldiario.es/cultura/octavio-salazar-feminismo-masculinidades-pandemia-hombres_128_7365717.html

El 14 de marzo de 2020 se decretó en España el primer estado de alarma por la pandemia del COVID-19. Durante meses, y hasta hoy, se ha limitado la movilidad con más o menos restricciones y durante semanas solo estuvo permitido salir para lo básico: trabajar si no era posible hacerlo desde casa e ir a la compra. En este largo año, nuestra forma de vivir y de relacionarnos ha cambiado como pocas veces antes lo había hecho. Al catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Córdoba e investigador especializado en igualdad de género y nuevas masculinidades Octavio Salazar todo este tiempo le ha servido para replantear en su libro 'La vida en común' (editorial Galaxia Gutenberg) qué sistema queremos tener cuando pase la crisis y qué hombres deberíamos ser después del coronavirus.

P. En el libro hace un resumen de cómo la pandemia ha afectado a los hombres y cómo hemos tenido que cambiar la dimensión pública por esa otra más privada a la que siempre han estado relegadas las mujeres. ¿Cómo cree que nos hemos adaptado a ese espacio cuando hemos construido nuestra razón de ser sobre lo público?


R. Toda esta experiencia que vivimos nos ha podido obligar a revisar las prioridades, las formas de organizar nuestras vidas, cómo nos proyectamos en lo público desconectándonos prácticamente de lo privado, cómo organizábamos los tiempos en función de nuestro trabajo y nuestra proyección profesional. De lo que no tengo datos es de si, efectivamente, nos ha servido de manera positiva o si nuestra memoria es muy corta e, inmediatamente, nos hemos incorporado a la normalidad. Esta crisis podría haber sido una magnifica oportunidad para que hombres y mujeres revisáramos cómo organizamos nuestra convivencia.

P. La pandemia ha hecho más visibles aquellas necesidades que estaban en el imaginario colectivo en un lugar secundario, como los cuidados o la parte emocional. ¿Cree que le hemos dado un valor real o nos hemos quedado en lo simbólico?

R. Más allá de que a nivel personal hayamos valorado muchísimo más lo que tiene que ver con los trabajos de cuidado y los sostenes emocionales, todo eso necesita unos compromisos colectivos y públicos. Ahí es donde no se han dado los pasos que se tenían que dar. Quizás algunas personas se hayan visto obligadas a replantear muchos aspectos de su vida cotidiana, pero no tengo tan claro que desde el punto de vista político se hayan priorizado estas cuestiones ante la urgencia de resolver la situación sanitaria y la económica.

P. Los cuidados también tienen una dimensión económica.

R. Ese es el cambio de paradigma que tendremos que plantearnos. Todas esas dimensiones de la vida que tradicionalmente no hemos valorado porque hemos entendido que no son productivas también son trabajo. Esas esferas tienen que ser prioritarias y estar en el foco central de las políticas económicas de cualquier gobierno. Por ejemplo, ¿qué está pasando en las ciudades? El debate fundamental está siendo la hostelería, los horarios de los bares, cómo pueden utilizar el espacio público... pero no se está debatiendo sobre cómo ese espacio tiene que ser repensado para que todos y todas podamos disfrutarlo de otra manera. No estamos pensando en las ciudades desde una dimensión humana por esa visión productiva economicista, incluso de los entornos urbanos. No está habiendo una reflexión sobre si las ciudades son accesibles, sostenibles, si garantizan niveles de salud e integridad física o si responden a las necesidades de las distintas generaciones que las habitan. Muchas de las medidas que se han ido adoptando durante la pandemia son muy cuestionables desde el punto de vista de cómo se han limitado las necesidades vitales.

P. ¿Cree que esas necesidades se han visto limitadas por la pandemia o que esas limitaciones ya existían?

R. Yo tengo la sensación de que pasa con los dos extremos de la vida: los niños y las niñas y las personas mayores. En el caso de los niños, medimos su interés en función del nuestro y del propio sistema, como si no fueran sujetos que tienen una serie de derechos. Por ejemplo, la escuela se mira para la conciliación, pero no pensando en el papel que tiene en el desarrollo del niño y de la niña. Y a las personas mayores las tratamos de una manera tremendamente proteccionista, como si no fueran sujetos capaces de tomar las decisiones que afectan a sus vidas. Como no son productivos para el sistema económico, no son ciudadanos de primera y están en los márgenes. Cada vez vamos a vivir más años y hay más personas en esa fase, por lo que tenemos que resolver qué lugar ocupan las personas cuando acaban con su edad "productiva".

P. En este verano, la ministra de Igualdad, Irene Montero, propuso un pacto de estado por los cuidados. ¿Lo ve factible?

R. En 2017 el Parlamento aprobó por una amplia mayoría un pacto de Estado contra la Violencia de Género y todavía estamos esperando que se traduzca en alguna medida efectiva. Me parece muy bien que haya un pacto, pero lo que hay que hacer es traducir esos grandes proyectos en medidas concretas, leyes concretas y que en la ley de Presupuestos se concrete que los cuidados son una cuestión prioritaria, que se creen infraestructuras para sostener esos cuidados, que se contrate a personal de manera digna.

P. En los últimos meses ha habido un 'boom' de teletrabajo, que en muchos casos ha terminado por ser una carga más para las mujeres: según diferentes estudios han visto alargadas sus jornadas, su actividad laboral se ha desplazado a la madrugada o han sido relegadas a los peores espacios de la casa. ¿Es el teletrabajo la mejor fórmula para favorecer un reparto más equitativo de las responsabilidades? ¿Hemos perdido una oportunidad de hacerlo?


R. Podría serlo si partiéramos de una situación de igualdad de oportunidades y de cómo nos situamos hombres y mujeres en el mercado laboral y en la corresponsabilidad, pero existe una tremenda asimetría. Desde esa asimetría de género, las mujeres son las que están soportando la peor parte. Sé por varias compañeras del ámbito universitario, sobre todo las que tienen hijos o personas dependientes a cargo, que el teletrabajo se ha convertido en un auténtico infierno, porque no hay separación entre el espacio de trabajo y el espacio de vida. Al estar en casa 24 horas al días, han estado disponibles para trabajar y para cuidar. Eso es una bola tremenda, que ha multiplicado el esfuerzo, la carga y la presión emocional. Para la mujer esto tiene el elemento añadido de que quedarse en casa supone verse condenada de nuevo al espacio privado, a no ser visible en lo público y no poder interrelacionarse y tener presencia.

P. En el libro hace referencia a la situación "perversa" que hace que para que muchas mujeres del mundo "más desarrollado" puedan desempeñar su carrera profesional son otras, en su mayoría mujeres migrantes, las que tienen que trabajar en condiciones cercanas a la servidumbre. Es un discurso de la activista Audre Lorde, que la actriz Daniela Santiago verbalizó el 8M y que generó muchísima polémica, sobre todo en redes sociales. ¿Por qué cree que ese discurso genera polémica dentro del feminismo?

R. Cuando analizamos cuál es la situación de las mujeres y por qué sigue habiendo desigualdad, hay muchos factores que interseccionan con el género y crean situaciones específicas de vulnerabilidad. A veces, desde determinados ámbitos del feminismo –léase académico, institucional o el adjetivo que queramos ponerle– tenemos una mirada muy estrecha sobre las múltiples realidades en las que se encuentran las mujeres. Soy el primero que entono el ‘mea culpa’, porque acabas muy condicionado por el mismo estatus que tú ocupas. Ahora más que nunca es necesario tener presente que hay un factor que tiene que ver con la clase y muchísimas cuestiones que tienen que ver con problemas de recursos económicos o de minorías que tienen más dificultades para conseguir un estatus de ciudadanía o las familias monoparentales, que enfrenan más dificultades. En todo ese contexto, las mujeres están doble o triplemente discriminadas y hay que ir incorporando esas miradas. Yo no entiendo porqué existe esa resistencia o se hacen esas críticas, porque justamente ahora hay que enfocar la cuestión con todas esas perspectivas.

P. La candidata de Más Madrid a las elecciones del 4M, Mónica García, dijo hace unos días que la política española estaba cargada de testosterona. Tampoco es raro ver en sede parlamentaria comentarios machistas, como el sufrido hace poco por la ministra Yolanda Díaz. ¿El clima político actual favorece que las masculinidades tradicionales se perpetúen?

R. Hay grupos políticos que han introducido en su proyecto la lucha contra el feminismo y contra leyes que suponen avances en igualdad. Estamos viendo cómo se convierte en opción política el ataque al feminismo y a conquistas que hasta hace poco tiempo entendíamos consensuadas. Ahora se ha abierto la veda y hay una postura muy exhibicionista del machismo. No hay ningún corte en decir una barbaridad. No solo lo hace un diputado en sede parlamentaria, sino que luego lo dice un ciudadano en Twittter, en un grupo de WhatsApp o en un debate en una cafetería. Parece que está de moda cuestionar a las mujeres y al feminismo y siempre hay una corte que te ríe las gracias. Es un punto muy perverso de involución.

P. ¿Dónde se rompió el ese consenso?


R. Es una reacción frente a los grandes momentos que el feminismo ha tenido en los últimos años, como las convocatorias del 8M, las movilizaciones en campañas como el #Metoo, la conciencia social en torno a las violaciones y las agresiones sexuales... Esta presencia absolutamente determinante del feminismo en la agenda pública ha provocado una reacción de sectores de hombres que ven eso como una amenaza y entienden que su lugar dominante se encuentra en peligro. Si a eso le añades la crisis económica y la situación de inseguridad, se genera el caldo de cultivo para que los discursos viscerales y populistas enganchen a más gente.

P. ¿Estamos los hombres dispuestos a renunciar a los privilegios inherentes a ser hombres?


R. Ahí es donde está uno de los grandes obstáculos con los que se encuentran las mujeres. En el siglo XX, las mujeres se han movido muchísimo con respecto a lo que era su estatus tradicional. No hay más que ver cuál era el papel de las abuelas de las mujeres que viven ahora. Los hombres estamos prácticamente en el mismo sitio respecto a nuestro lugar en la sociedad y nuestra forma de concebirnos como hombres. Ese cambio es muy difícil porque implica cuestionar el modelo tradicional que nos ha privilegiado siempre. Es una tarea difícil en la que tenemos que hacer renuncias y asumir responsabilidades que hasta ahora no hemos asumido. Nadie que está en una posición dominante quiere renunciar a ella tan fácilmente.

P. Siempre hablamos de renunciar a privilegios pero, ¿hace falta más pedagogía sobre lo que los hombres tenemos que ganar con el feminismo?


R. No me gusta enfocarlo como si fuera un juego de pérdida y ganancia, porque parece que estamos en una suerte de dinámica competitiva. Lo que hay que hacer es una pedagogía sobre si realmente queremos una sociedad que funcione democráticamente, de manera plena y donde todos podamos disfrutar mucho mejor de los derechos fundamentales que nos reconocen las leyes. El feminismo también puede ser emancipador para nosotros, porque gracias a él ya no tendremos que ser "tíos de verdad". Vamos a empezar a disfrutar y a desarrollar toda una serie de capacidades y habilidades que nos hemos negado por entender que no eran propias de lo masculino. Eso requiere un trabajo de concienciación progresivo, de mucho debate.

P. En el libro hace hincapié en la necesidad de contar con la visión y recuperar la voz de las mujeres. Sin embargo, aquí estamos: un hombre preguntando a otro hombre por un libro sobre cómo superar esa desigualdad estructural que sufren las mujeres. ¿Dónde está la línea entre ser aliados y el ‘mansplaining’?

R. Me lo planteo todos los días. Estamos en un alambre entre, por un lado, lo importante que es que haya hombres que podamos tener voz en estas cuestiones para llegar a otros hombres que nos pueden tomar más en serio que a las mujeres y, por otro, que ocupemos espacios que les corresponden a ellas. Yo me nutro de lo que piensan las mujeres, de lo que leo, de lo que mis compañeras me enseñan todos los días y con todo eso trato de dirigirme a los hombres. Creo que el papel que tendríamos que tener nosotros en el feminismo es trabajar con nosotros mismos, interpelar a los hombres y asumir ese protagonismo, sobre todo, en aquellos espacios que nos puedan generar incomodidad pero donde tenemos la capacidad de cambiar determinadas cosas.

Muchas veces, los propios medios parece que te prestan más atención cuando eres un tío, a pesar de que estás diciendo algo menos relevante o lo mismo que te dice mucho mejor una compañera. Yo colaboro en Córdoba con asociaciones de mujeres y ayuntamientos. En alguna ocasión desde los colectivos me han dicho: "Es que quiero que vayas tú, porque te toman más en serio". Lamentablemente, temo que es así: le dan más valor a lo que yo digo que a lo que dice una compañera que lleva toda su vida en el feminismo.


Y TAMBIÉN…
Octavio Salazar: urge construir un discurso alternativo a los movimientos anti igualdad.
Laura de Grado Alonso | Efeminista, 2021-02-02

https://www.efeminista.com/octavio-salazar-la-vida-en-comun-discurso-anti-igualdad/

martes, 2 de febrero de 2021

#hemeroteca #masculinidad | Octavio Salazar: urge construir un discurso alternativo a los movimientos anti igualdad.

Imagen: Efeminista / Octavio Salazar

Octavio Salazar: urge construir un discurso alternativo a los movimientos anti igualdad.

Laura de Grado Alonso | Efeminista, 2021-02-02
https://www.efeminista.com/octavio-salazar-la-vida-en-comun-discurso-anti-igualdad/ 

La crisis derivada de la COVID-19 ha supuesto para los hombres la oportunidad de deconstruir los modelos de masculinidad y replantearse su participación en la vida privada y en las tareas de cuidados, según explica el jurista y escritor Octavio Salazar en el ensayo “La vida en común. Los hombres (que deberíamos ser) después del coronavirus”, que publica Galaxia Gutenberg.

En la obra, escrita a modo de “terapia” para poder digerir lo que la sociedad estaba viviendo durante los primeros meses del estado de alarma decretado en marzo, el catedrático de Derecho Constitucional de Universidad de Córdoba (UCO) y miembro de la Red Feminista de Derecho Constitucional reivindica la necesidad de “poner los cuidados en el centro de lo público”.

El experto en igualdad de género y nuevas masculinidades, también autor de obras como “El hombre que no deberíamos ser” y “#WeToo: brújula para jóvenes feministas”, aboga, además, por transformar la forma de hacer política para que primen valores propios del feminismo como la horizontalidad, la cooperación o “la ética del cuidado”.

Tras el coronavirus queda un reto, o más bien, “una urgencia”, admite Salazar (Cabra, Córdoba, 1969), la de “construir un discurso alternativo a los movimientos reaccionarios anti igualdad” que cale en los hombres, y sobre todo, en los jóvenes. Algo en lo que los hombres próximos al feminismo, reconoce, “estamos fallando” y “es nuestra responsabilidad”.

P.- La crisis sanitaria provocada por el coronavirus ha generado muchos cambios, ¿en qué sentido ha puesto en jaque los supuestos de la masculinidad?

R.- Todo lo que hemos vivido en estos meses de pandemia ha puesto en evidencia qué partes eran mas frágiles de nuestro modo de convivencia y qué aspectos de nuestra vida en común estaban peor sostenidos desde lo público. Y al mismo tiempo, desde el punto de vista más personal e individual, todos los cambios pueden ser una oportunidad para que muchos hombres nos replanteemos cuáles son nuestras prioridades, de qué manera organizamos nuestros tiempos, cómo compatibilizamos nuestra vida pública con la vida privada, cuál es nuestro papel en la familia o de qué manera nos corresponsabilizamos con las mujeres.

P.- Durante los últimos años las mujeres se han incorporado al espacio público, pero los hombres, en cambio, no se han incorporado al ámbito privado del mismo modo. Y justamente a esto les ha obligado el confinamiento. ¿Cómo cree que ha influido en ellos?

R.- Un aspecto clave en la construcción de la masculinidad es la permanente necesidad que hemos tenido siempre los hombres de sentirnos activos, productivos y con presencia en lo público. Con la COVID-19 hemos sufrido un parón en ese papel de productores, de proveedores, de hombres públicos y, por lo tanto, esa identidad masculina se ha visto quebrada. Al mismo tiempo el espacio privado, que para nosotros siempre ha sido menos importante, se está convirtiendo en el lugar en el que pasamos más tiempo y nos vemos obligados a desenvolvernos en un espacio en el que antes solo pasábamos de puntillas.

Y luego, eso tiene que ir acompañado de una serie de medidas desde lo público que favorezcan que hombres y mujeres podamos compatibilizar todas esas facetas de nuestra vida. Hasta ahora el Estado se ha desentendido de determinados servicios o prestaciones porque ha visto que las mujeres y las familias sostenían las actividades de cuidados.

P.- En esta incorporación de los hombres a lo privado, ¿considera que, más allá de las tareas domésticas, falta que se responsabilicen de los cuidados emocionales?

R.- Totalmente. El sostén emocional de la familia siempre ha sido tarea de las mujeres y es prácticamente invisible porque no lo identificamos como tareas concretas, como planchar o hacer la comida. Los hombres habitualmente no hemos estado implicados en todas esas tareas que suponen un desgaste, una responsabilidad enorme y muchas veces hasta un sentimiento de culpa cuando sienten que han fallado. Y eso tiene que ver con cómo los hombres siempre nos hemos desvinculado de lo emocional.

En esta pandemia donde hemos sufrido, y seguimos sufriendo, un montón de consecuencias emocionales, creo que puede ser una magnífica oportunidad para que los hombres nos demos cuenta de esa vulnerabilidad que compartimos hombres y mujeres. Y de lo importante que es para cualquier ser humano ese elemento de los vínculos emocionales y del sostén a través de los otros y de las otras.

P.- Ve esta crisis como una oportunidad de cambio y el título del libro “La vida en común” es bastante revelador en cuanto a la alternativa que propone. ¿Cuál es el proceder y los retos a partir de ahora para alcanzar esa vida en común?


R.- Por un lado, hay que hacer un proceso de transformación personal y cada hombre tendrá que plantearse su deconstrucción personal, con su ritmo y sus etapas.

Pero además, hacen falta cambios estructurales que tienen que ver con poner los cuidados en el centro y que deberían convertirse en una tarea prioritaria desde lo público. Esto tendrá consecuencias económicas porque el modelo económico capitalista neoliberal que tenemos va en contra de todo esto. Es un sistema en el que prima el sujeto productivo, competitivo e individualista. Y yo aquí reivindico que somos seres necesitados unos de los otros por nuestra fragilidad y que tendremos que desarrollar políticas en lo social, en lo económico, en lo cultural que pongan la base en esa vida en común.

P.- En relación al papel de lo público y de la política, habla también en el libro de cierta masculinización en la manera de hacer política, ¿Qué papel tienen aquí las nuevas masculinidades para transformar esto?

R.- El poder sigue estando ocupado mayoritariamente por hombres y se sigue ejerciendo de manera muy masculina, con una concepción muy vertical del poder. Los hombres no vemos tanto el poder como una herramienta para transformar la realidad, sino como una especie de conquista, y esa idea es muy patriarcal. Y luego, tenemos una escasa habilidad para poder desarrollar estrategias colaborativas.

P.- En el libro comenta un obstáculo: que no se ha conseguido articular un discurso alternativo fuerte frente al auge de unas masculinidades reaccionarias. ¿Qué hace falta?

R.- La pandemia coincide con un momento global en el que hay una articulación de todas esas masculinidades reaccionarias que están construyendo un discurso anti igualdad que está creciendo en muchísimos países. Es muy fácil que ese discurso cale en hombres que sienten que su rol tradicional ya no sirve y tampoco tienen claro cuál es su rol alternativo o en hombres que no quieren perder su papel privilegiado.

Entonces, yo planteo la urgencia que hay de que seamos capaces de construir una alternativa a todo ese movimiento de masculinidades reactivas. Es fundamental que seamos capaces de lanzar otro tipo de mensajes, de decir que hay alternativas y que podemos construir otro tipo de sociedad mejor para todos y para todas. Y ahí es donde yo creo que estamos fallando los hombres próximos al feminismo.

P.- En su caso, que está muy cerca de los jóvenes, ¿Cómo ve que les está afectando esto?

R.- Hay una muy buena parte de chicos que están perdidos, ven que sus compañeras se posicionan como feministas, con un discurso muy rotundo y que han ido cambiando muchas percepciones de la realidad, mientras una gran mayoría de ellos se encuentran desubicados ante esas transformaciones. Y hay un grupo muy significativo que se siente incluso agredido por el feminismo y el discurso de igualdad lo ven como una especie de guerra contra ellos, entonces reaccionan afirmándose en el modelo más tradicional y machista.

Estamos fallando en cómo llegar a esos chicos y hace falta llegar a ellos. Estos años se ha trabajo mucho en materia coeducativa, se ha trabajo mucho con las chicas para que cambien determinadas concepciones, para que tengan otros modelos y otros referentes, pero con los chicos no se ha realizado el mismo trabajo. Es muy importante hacer este trabajo también con los chicos porque ahí estamos formando a las nuevas generaciones de hombres.

miércoles, 20 de enero de 2021

#libros #masculinidad | La vida en común : los hombres (que deberíamos ser) después del coronavirus

La vida en común : los hombres (que deberíamos ser) después del coronavirus / Octavio Salazar Benítez.

Barcelona : Galaxia Gutenberg, 2021 [01-20].
224 p.

/ ES / ENS / Libros / =Corona / Crisis sociales / Hombres / Masculinidad / Patriarcado
📘 Ed. impresa: ISBN 9788418526121 / 16,90 €

[.es] La crisis social y económica generada por la COVID-19 ha puesto al descubierto muchas de las heridas de un pacto de convivencia en el que los hombres disfrutamos de una posición dominante. La pandemia no ha hecho sino prorrogar lo que la crisis de 2008 y la extensión de las políticas neoliberales ya estaban generando en un mundo cada vez más desigual. La experiencia física y emocional vivida durante el confinamiento que supuso el estado de alarma, y las medidas que en los meses posteriores han limitado nuestras libertades personales y nos han situado en un precipicio personal y político nos alertan de los principales retos a los que se enfrenta un mundo todavía regido por leyes patriarcales y por una cultura androcéntrica. De aquí que esta crisis, justo cuando el feminismo se ha convertido en la teoría y en el movimiento global con más capacidad de movilización transformadora, nos ofrezca a los hombres una magnífica oportunidad para superar los lastres de la masculinidad omnipotente y (re)construirnos desde la dimensión emancipadora de la igualdad. Una transformación que sin cambios estructurales en lo social y en lo político, en la misma definición de la vida que compartimos y en las prioridades de las instituciones que nos representan quedará reducida a una mística de las nuevas masculinidades. Porque el reto, personal y político, es construir un nuevo proyecto de humanidad más sostenible e igualitario, apoyado más en los bienes comunes que en los deseos individuales. Un nuevo contrato, en fin, basado en la vulnerabilidad compartida y en nuestra necesaria interdependencia.