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domingo, 29 de marzo de 2020

#hemeroteca #saludpublica #crisissociales La tormenta perfecta de autoritarismo

Ilustración de Martín Elfman
La tormenta perfecta de autoritarismo.
La crisis sanitaria amplía el poder policial en nuestras instituciones y normaliza el acoso social. Tenemos una patrulla ciudadana tras cada visillo. La España de los balcones es el país de los chivatos de terraza.
César Rendueles | El País, 2020-03-29
https://elpais.com/elpais/2020/03/27/opinion/1585301613_468266.html

‘Marea roja’ es una película de 1995 cuyo argumento gira en torno al conflicto que estalla en un submarino atómico norteamericano entre el capitán de la nave y el segundo de a bordo, en el contexto de una crisis internacional que amenaza con desencadenar una guerra nuclear. Al poco de empezar la misión se produce un incendio en el submarino. Mientras los equipos de emergencia tratan de sofocar el fuego, el capitán pide al resto de la tripulación que realice unos ejercicios de combate. Su ayudante se desespera hasta el límite de la insubordinación ante lo que le parece una irresponsabilidad en una situación crítica. Cuando todo acaba, el capitán le explica que ese era el momento idóneo para hacer unas maniobras, lo más parecido que cabía imaginar a las condiciones de estrés y caos que se dan en una batalla real.

La respuesta al incendio del coronavirus está siendo no solo una movilización general de todos los recursos sanitarios públicos, sino también de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado e incluso el Ejército, con atribuciones sin precedentes en la historia de nuestra democracia. Seguramente son medidas inevitables, pero plantean desafíos evidentes por lo que toca a la salvaguarda de las libertades ciudadanas y al mantenimiento de los límites legales del uso de la fuerza por parte del Estado. Hay gente a la que la preocupación por un problema como ese, mientras miles de muertos se amontonan en las morgues, le resulta irresponsable y frívola. El deterioro de la democracia puede parecer un fenómeno transitorio y, sobre todo, un precio a pagar razonable en el contexto de una catástrofe sin parangón. En mi opinión, las cosas son justo al contrario. La fortaleza del Estado de derecho se demuestra en los momentos de crisis. Pensar que los derechos civiles son para cuando nos los podemos permitir es sencillamente no creer en los derechos civiles. Si en algún momento necesitamos que funcionen los mecanismos de control de las fuerzas de seguridad es cuando les otorgamos poderes extraordinarios. Y con frecuencia las pérdidas en libertades no son transitorias, sino que dejan secuelas en las instituciones y la cultura política de un país. De hecho, España sufre un déficit histórico, heredado del franquismo, en lo que respecta a la supervisión ciudadana del monopolio de la fuerza por parte del Estado. Se trata de un problema que se acentuó en el contexto de la lucha antiterrorista, cuando cualquier duda sobre las actuaciones judiciales o policiales era interpretada como un signo de deslealtad o complicidad con la violencia.

¿De verdad es razonable que la policía haya impuesto 150.000 sanciones relacionadas con el coronavirus en 12 días (el triple que en Italia en un mes)? Además, hay indicios razonables de que la vigilancia policial del confinamiento está deparando, como mínimo, algunos abusos de poder no meramente anecdóticos. En las redes sociales proliferan los vídeos y testimonios que documentan los excesos policiales y, sobre todo, un repertorio asombroso de arbitrariedades. Hace unos días, el administrador de una cuenta de Facebook que reúne a una gran cantidad de policías (tiene más de 130.000 seguidores), lanzaba un mensaje de alarma que resume bastante bien el problema: “Os pido calma y mano izquierda, compañeros. (...) Esto se ha convertido en una cacería absurda, en un descontrol de macarrismo uniformado. Somos policías”. Es comprensible que los agentes estén abrumados por una tarea gigantesca y que en ocasiones la tensión o el cansancio les lleven a cometer errores. Tampoco estoy sugiriendo de ningún modo que sea una pauta generalizada. El problema es el clima de impunidad que ampara esas conductas minoritarias.

Porque lo cierto es que muchas personas justifican e incluso jalean los abusos de poder. Esta especie de masoquismo ciudadano, de subordinación entusiasta, forma parte de un fenómeno más amplio de normalización del linchamiento social. Las personas que vigilan desde la ventana de su casa a sus vecinos y acosan a quienes salen a la calle por un motivo que no les parece apropiado se han convertido en el paisaje social de muchos barrios durante el confinamiento. Esta especie de comunitarismo represivo era bastante previsible, en realidad. A menudo, las catástrofes aumentan la cohesión, pero al precio de un incremento de la coacción social. El resultado es que ahora tenemos una patrulla ciudadana tras cada visillo. La España de los balcones era el país de los chivatos de terraza. Los medios de comunicación han señalado que muchas veces las víctimas del acoso balconero son, en realidad, personas que disfrutan de alguna excepción legal al confinamiento: niños con trastornos de la conducta, enfermos que necesitan caminar por prescripción médica o personas que salen de su domicilio para ayudar a familiares dependientes. Incluso ha llegado a surgir alguna iniciativa para que quienes tienen derecho a salir a la calle durante el confinamiento lleven una prenda distintiva que los vecinos al acecho puedan reconocer desde sus ventanas. Como si el problema fuera la puntería de los chivatos. Tal vez aún más estremecedora es su falta de empatía cuando aciertan, su incapacidad para preguntarse qué puede haber llevado a alguien a quebrantar el confinamiento arriesgándose a una multa y a los reproches de sus vecinos. Hay mucha gente imprudente e insolidaria, sin duda, pero hay también personas desesperadas, que viven muy solas y están asustadas, hacinadas en pisos diminutos o en situaciones familiares insostenibles, con problemas graves de ansiedad...

La resaca que dejará la ampliación del poder policial en nuestras instituciones combinada con la normalización del acoso social puede producir una tormenta perfecta de autoritarismo. En especial, porque se solapa sobre una tendencia aún no generalizada, pero sí creciente hacia la normalización de la democracia iliberal en nuestro país. Es un proceso que tiene hitos legales, como la Ley de Partidos y la ley mordaza, pero en el que también está desempeñando un papel destacado el Poder Judicial. La Audiencia Nacional parece haberse especializado en la persecución de supuestos delitos de opinión completamente triviales. Del mismo modo, en el contexto de la crisis catalana hemos asistido a una intensísima movilización judicial de dudosa compatibilidad con la separación de poderes. ¿Qué ocurrirá cuando se levante el confinamiento y la catástrofe económica que se avecina empiece a dar lugar a movilizaciones laborales o sociales? ¿Jueces y policías se dejarán arrastrar por la inercia represiva creada durante el estado de alarma? ¿Se seguirá apelando a la excepcionalidad de la situación y a la unidad frente a la catástrofe? ¿Continuarán las metáforas bélicas para exhortarnos a acatar las decisiones del Gobierno?

En muchos lugares del mundo la derecha radical se está imponiendo como una alternativa al derrumbe de la globalización neoliberal, ofreciendo una promesa de orden y retorno a los viejos buenos tiempos anteriores a la Gran Recesión. Las inmensas conmociones económicas que va a desencadenar la pandemia del coronavirus son un escenario perfecto para una extrema derecha capaz de conjugar un programa económico posneoliberal con una gestión inteligente del rencor social y el miedo colectivo. En realidad, un país en cuarentena se parece mucho a las distopías políticas de la nueva ultraderecha: el Ejército en la calle, llamamientos a la unidad nacional, limitación del poder autonómico, comunitarismo represivo y ruedas de prensa en ‘prime time’ a cargo de un general cuyos comunicados parecen un diálogo desechado de ‘La escopeta nacional’.

César Rendueles es profesor de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid.

viernes, 1 de marzo de 2019

#hemeroteca #transfobia | La trágica historia de Sara, la chica transexual de un pueblo de Albacete maltratada y retenida por sus padres

Imagen: El Cierre Digital / 'Sara' y Esperanza Escribano
La trágica historia de Sara, la chica transexual de un pueblo de Albacete maltratada y retenida por sus padres.
Esperanza Escribano, activista que la acogió en su casa, denuncia la falta de ayuda institucional que ha recibido.
Joel Calero | El Cierre Digital, 2019-03-01
https://elcierredigital.com/sucesos/482810881/sara-trans-maltratada-secuestrada-padres.html

Su padre la encerró en un cuarto y la golpeó durante días cuando Sara le dijo que iba a realizarse el cambio de sexo integral. Esperanza Escribano, activista por los Derechos Humanos y responsable de Asuntos Sociales de Contigo Somos Democracia por Albacete, denuncia la falta de ayudas de las instituciones y asegura que la responsable del Instituto de la Mujer, Mercedes Márquez, no dice la verdad.

Dentro de la comunidad LGTBI las personas trans son uno de los colectivos que más sufren discriminación y rechazo por parte de la sociedad. En muchosrelaciones fami países los derechos y el reconocimiento a las personas trans son mínimos o nulos y sufren discriminación de todo tipo. En América Latina, por ejemplo, el 80 por ciento de las transexuales mueren antes de los 35 años, según un informe elaborado por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

En España, aunque se ha avanzado mucho en los últimos años, el colectivo trans sigue siendo discriminado y en muchos casos desprotegido institucionalmente. Es el caso de Sara (nombre ficticio para proteger su identidad), persona trans de un pueblo de Albacete que lleva 23 años sufriendo maltrato psicológico por parte de sus padres, que no aceptan la condición de su hija. Así lo cuenta la Tribuna de Albacete en un artículo firmado por Virgilio Liante, donde relata su caso y cómo denunció a sus padres por haberla secuestrado.

Su padre amenazaba con pegarse un tiro y su madre aseguraba que si a él le pasaba algo Sara, que ahora tiene 28 años, lo llevaría siempre en su conciencia. Así pasaron los años sin que pudiera expresar de verdad quién es, bajo amenazas y chantajes de su progenitor, quien le advertía de que iba a raparle el pelo si salía a la calle con ropa de mujer y le pegaba para reprimir sus deseos de mostrarse tal y como es.

Pasión por aprender
Para romper con el acoso y maltrato que sufrió en su pueblo, en el colegio y en el ámbito familiar y continuar con su vida, Sara se mudó a Albacete para cursar la carrera de Humanidades y allí hizo buenas amigas. Su pasión por aprender y por la lectura le ayudaron a sobrellevar los traumas de su infancia.

Pero el 12 de octubre, cuando tomó la decisión de llevar a cabo el cambio de sexo integral y se lo comunicó a su padre, este reaccionó llevándola a su pueblo natal, encerrándola en la casa y golpeándola durante varios días, provocándola “un estado de estrés y ansiedad insoportables”, según la denuncia que interpuso. Su madre no intervino, pero justificaba el comportamiento de su padre.

Sara ya había ido al médico, recomendada por sus amigas, y tras realizarle un estudio le dijeron cuál era su condición y ella decidió que iba a dar el paso. Por entonces ya estaba en contacto con Esperanza Escribano, activista por los Derechos Humanos y responsable de la Secretaría de Asuntos Sociales y de Contigo Somos Democracia por Albacete, quien llamó a las autoridades policiales al enterarse de que Sara estaba retenida y sufriendo palizas por su padre. Esperanza acogió desde entonces a Sara en su casa y le ayudó a salir adelante.

“El día que la recogí venía sin calcetines, sin ropa, sin casi poder hablar. Para decirte hola ni te miraba a la cara y tardaba diez minutos”, asegura Escribano.

No han recibido ayudas
La directora del Instituto de la Mujer, Mercedes Márquez, afirmaba en el artículo que se habían puesto en marcha todas las herramientas legales de la Junta a disposición de la víctima, pero Esperanza Escribano asegura para El Cierre Digital que no es verdad. "No se ajusta a la verdad. Lo que se ha puesto en marcha por parte de la junta es nada, literalmente. Hemos solicitado una paga de 485 euros que puede solicitar cualquier persona con problemas, pero la Junta no ha tramitado nada especial para este caso. Además, hasta finales de marzo Sara no puede cobrar este dinero", denuncia Escribano.

Lo que dice Márquez con respecto a las fundaciones y colectivos dedicados a la ayuda de personas en situaciones similares a la de Sara tampoco es del todo cierto. Así, afirma que “ni la Fundación Daniela ni Chrysallis se encuentran en Albacete, por lo que es difícil que pueda acudir a ellas para solicitar ayuda y, además, Chrysallis no atiende a personas transexuales mayores de 18 años”.

Y es que, desde septiembre, desde que Sara se encuentra en casa de Esperanza, no ha recibido ningún tipo de ayuda social ni para sufragar su tratamiento. "Está tomándose una medicación para su tránsito, que son casi 40 euros mensuales, y necesita ir a terapia, necesita tratamiento psicológico y terapéutico por las graves secuelas que le han provocado durante todos estos años”.

“Es una chica con un corazón enorme”

A pesar del calvario que ha sufrido, Sara ha conseguido terminar su carrera y progresa poco a poco en sus relaciones sociales, pero tiene unas secuelas graves “como cualquier mujer anulada y maltratada”, apostilla Escribano, quien solo tiene buenas palabras para describirla.

“Sara tiene un corazón enorme, tremendamente generoso. Es una chica que tiene muy claro sus limitaciones y sabe que tiene que pelear mucho”, asegura y añade que “su pasión por la historia y la lectura le han salvado la vida. No la lectura de postureo, la de enriquecerse como persona”.

Tiene en mente encontrar un trabajo y hacer un máster y su sueño es dedicarse a la pedagogía para poder ayudar a los demás y a las personas que han vivido situaciones similares a ella. “Es tremendamente educada y dulce. Es muy buena persona, cree que sus padres todavía pueden comprender su condición y aceptarla y, a pesar de todo lo que ha sufrido, piensa en cuidar de sus padres cuando sean mayores y no puedan valerse por sí mismos” relata la activista.

Ya desde pequeña se sentía mujer y su interés en mostrarse tal y como es le llevaba a ponerse bragas o a maquillarse, actos que, en un pueblo como el suyo donde hay muchos prejuicios, suponían ser víctima de acoso y humillaciones. Esperanza Escribano comenta que “ella es muy femenina y en el colegio sufrió mucho bullyng. Siempre le decían que si era amanerado o gay”. Así, Sara llegaba a pintarse las uñas de los pies en invierno para que la gente no pudiera verlas. Era su pequeño acto de rebeldía y una reivindicación de lo que en realidad era ella.

Ahora Sara ha comenzado a progresar en su vida, aunque aún le queda un largo camino por recorrer y es necesario que reciba el tratamiento y las ayudas necesarias para ello. "Se relaciona más y tiene menos miedo a salir. Le cuesta un poco hablar, pero en casa sí que se suelta más. También está empezando a echar currículums y sale con algunas amigas, pero, como no se le han puesto desde el principio los bloqueadores, su aspecto físico no es el deseado aún”, asegura Escribano.

A día de hoy, los padres se niegan a hablar, tanto con los médicos y psicólogos como con Esperanza. Y siguen chantajeando a Sara diciendo que se van a morir si se cambia el nombre y que vuelva con ellos.

La responsable de Asuntos Sociales de Contigo Somos Democracia por Albacete asegura que los Servicios Sociales aún no han hecho nada para ayudar a Sara y ni si quiera se han puesto en contacto con ellas. Además, pide que se implante un protocolo de emergencia para estos casos.

sábado, 12 de mayo de 2018

#hemeroteca #transfobia | Se llamaba Thalía

Imagen: El Salto / Plataforma Trans en el Congreso
Se llamaba Thalía.
El silencio que rodea la muerte de Thalía me enfurece, apela a lugares de mi propia existencia que no quiero revisitar, apela a la vergüenza, apela al olvido, apela a la futilidad de una vida convertida en sombra.
Alana Portero | El Salto, 2018-05-12
https://www.elsaltodiario.com/opinion/se-llamaba-thalia

Le he cortado el cuello a mi ilusión,
la colgué de un semáforo ciego.
Patricia Heras

Le he cortado el cuello a mi ilusión. Pero no se ha dado cuenta, muere y resucita continuamente, conmigo. Muere cada vez que pierdo a otra hermana, renace cuando veo cómo las demás siguen adelante.

El viernes de la semana pasada veo en redes que Thalía, una chica trans de diecisiete años, vecina de Móstoles, ciudad en la que vivo, se ha quitado la vida. “Acoso social”, “presión”, leo estas palabras en los comunicados con los ojos inundados en lágrimas y la garganta llena de angustia. Me sorprenden, ese día y los siguientes, las breves notas que aparecen en prensa y lo parecidas que son entre ellas, como si un teletipo hubiera estado pasando de redacción en redacción y a nadie le interesase más allá del evento disruptivo que supone la muerte de una adolescente. Aunque hasta para morirse haya diferencias de atención.

Llevo muy mal el silencio. Para mí, lejos de ser un elemento de paz supone una imposición, algo que me he pasado la vida ejercitando para no descomponer el petimetre masculino que me había construido y sobrevivir otro día más. En este caso, el silencio que rodea la muerte de Thalía me enfurece, apela a lugares de mi propia existencia que no quiero revisitar, apela a la vergüenza, apela al olvido, apela a la futilidad de una vida convertida en sombra.

Me niego, pasando por encima de cualquier consideración institucional o personal, a no pronunciar su nombre, a que se la lleve la lluvia de sucesos, a que sea un teletipo, un comunicado o dos tuits.

“Acoso social” y “presión” funcionan en este caso como espantajos a los que escupir la ira momentánea y relajar con ello la responsabilidad institucional y la personal. El sistema no es un ente, lo formamos personas y lo moldeamos con nuestros actos. “Acoso social” y “presión” son la rebaja aséptica de la violencia. Y no podemos deshacernos de esa responsabilidad simplemente cambiándole el nombre y encomendándonos al sistema como quien le pide buena cosecha a la virgen.

Acoso social y presión son los insultos y las burlas diarias que Thalía tuvo que soportar en sus centros de estudio sin que nadie ejerciese una acción directa y contundente para evitarlo. Acoso social y presión es que esto no tenga consecuencia alguna en ese entorno más allá de la vibración del espectáculo. Que nadie se haga cargo de una muerte. Que nadie acabe de entender que la negación o la exposición brutal de la identidad de una persona, de una niña, acarrea consecuencias insalvables, que no es algo que se pueda seguir escondiendo debajo de la alfombra, porque la alfombra apesta y el suelo está negro.

Las tasas de ideaciones suicidas entre adolescentes trans cuadruplican las del resto y la consumación de las mismas, las triplican. La pulsión de muerte no se lleva dentro tan alegremente, esto no es una fantasía jungiana en la que poéticos arquetipos poseen nuestra alma y nos manejan como a títeres lisiados. No, Thalía ha vivido en un mundo diseñado para expulsarla o someterla a cualquier precio, ha vivido diecisiete míseros años rodeada de estímulos tan lacerantes que jamás cicatrizan —eso lo sé bien sin haberla conocido—, estímulos sociales, educativos y narrativos. Valores culturales y estéticos que consisten siempre en apartar y exponer. Actitudes generalizadas que convierten a una persona en un tema, en un muñeco de barro que puede pisarse, manipularse y adaptarse a la comodidad o el odio del interlocutor. El vacío o el maltrato de la identidad de género en el currículo escolar, consintiendo así la perpetuación de la ignorancia, la deshumanización y la crueldad.

Las bromas sexistas y transmisóginas sin importancia que se dicen o se dejan pasar, las ficciones que nos caricaturizan sistemáticamente, los gags de travelos, los señores vestidos de señoras en cine y televisión, las deformaciones ignorantes o malintencionadas con la que la norma ha decidido entendernos, todas estas prácticas violentas se han convertido en certezas a fuerza de ser hegemónicas. Certezas que oprimen hasta la asfixia total.

El valor necesario para enfrentar eso a mí me costó reunirlo tres décadas de vacío, tristeza, dolor e inercia. Todavía no estoy segura de saber manejarlo. Ella lo miraba al rostro con diecisiete años. Eso, además de ser una lección de coraje, la convierte en parte de nuestra genealogía y no podemos permitir que el silencio se lleve por segunda vez a una de las nuestras. A nuestra pequeña hermana con nombre de musa.

Descansa poderosa, Thalía, lo siento tanto.

domingo, 6 de mayo de 2018

#hemeroteca #trans #inmemoriam | La Plataforma Trans lamenta el suicidio de Thalia, adolescente trans de 17 años

Imagen: Ara / Plataforma Trans en el Congreso
La Plataforma Trans lamenta el suicidio de Thalia, adolescente trans de 17 años.
Estos hechos ponen de manifiesto, para esta plataforma, lo desgarrador de las encuestas que afirman que más del 80% de los y las menores y adolescentes trans piensan en suicidarse, que más del 40% lo intentan y que desgraciadamente lo consiguen cerca del 7%.
AraInfo, 2018-05-06
http://arainfo.org/la-plataforma-trans-lamenta-el-suicidio-de-thalia-adolescente-trans-de-17-anos/

Thalía una joven trans de Móstoles de 17 años se suicidó el pasado viernes. La Plataforma Trans ha querido transmitir su dolor ante este fallecimiento y asegura que “cuando se empieza a vivir, cuando más ganas, energías, ilusiones se tiene, una adolescente trans, ante la gran presión social, se siente sin fuerzas para seguir adelante”.

“Sentimos un gran dolor como iguales que nos provoca esta reiterada y lamentable forma con que los jóvenes trans gritan al mundo, que esta sociedad está enferma si no es capaz de crear condiciones culturales, sociales y participativas, donde todas y todos quepamos y donde el derecho a ser, sea un derecho que vertebre la convivencia social”, comentan.

Estos hechos ponen de manifiesto, para esta plataforma, lo desgarrador de las encuestas que afirman que más del 80% de los y las menores y adolescentes trans piensan en suicidarse, que más del 40% lo intentan y que desgraciadamente lo consiguen cerca del 7%.

Cabe señalar, que el rechazo familiar, el acoso escolar, del entorno, los obsoletos y patologizantes modelos de atención sanitaria, son las causas de estos “asesinatos” sociales e institucionales.

“Por ello es necesario subvertir la relación que las familias, sociedad y la clase política tienen con las personas trans. Hay que dar urgentemente una respuesta transversal e integral a todas las situaciones y ámbitos donde las personas trans son objeto de discriminación; la educación, atención sanitaria, inclusión laboral, el deporte y la identidad legal, han de proteger el derecho a la identidad sexual y expresión de género”, declara Mar Cambrollé, presidenta de la Plataforma Trans.

“Es insuficiente una reforma de la Ley 3/2007 para el cambio registral del nombre y sexo de las personas. El nombre en un DNI es necesario, pero ello no es una herramientas para despatologizar las identidades trans, ni para garantizar la protocolos y normas que pongan fin al acoso social”, añade, Cambrollé.

Desde la Federación Plataforma Trans, hacen un llamamiento a la responsabilidad política, una vez que la propuesta de Ley sobre la protección jurídica de las personas trans y el derecho a la libre determinación de la identidad y expresión de género, no ha sido vetada por el PP, exhortamos a que dicha propuesta de ley sea llevada al pleno del congreso para que se vote su trámite y pueda ser aprobada.