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lunes, 20 de septiembre de 2021

#hemeroteca #lesbianismo #vidarural | Marta, granjera y lesbiana: «Aquí, en la aldea, da igual con quién te acuestes»

La Voz de Galicia / Marta Álvarez //

Marta, granjera y lesbiana: «Aquí, en la aldea, da igual con quién te acuestes».

Es una de las promotoras del Agrocuir, una iniciativa que busca reivindicar el rural como un lugar de diversidad y respeto en Monterroso.
Carme D. Prol | La Voz de Galicia, 2021-09-20
https://www.lavozdegalicia.es/noticia/yes/2021/09/18/aldea-da-igual-acuestes/0003_202109SY18P24991.htm 

Cada vez más gente se muda al campo para disfrutar de un estilo de vida más tranquilo, sin embargo, estas no fueron las razones que llevaron a Marta Álvarez a trasladarse a Monterroso (Lugo) y hacerse granjera. Ella tomó la que llama la mejor decisión de su vida por amor, y desde la llamada Granxa Maruxaina y el festival de temática queer que nació ahí, el Agrocuir, ha transformado la comarca, haciéndola un referente de diversidad.

Marta llegó a la ciudad de Lugo para estudiar Empresariales, y allí encontró la «libertad total y absoluta», aunque ella ya había salido del armario como lesbiana en Vigo, su ciudad natal, con 16 años. «Tuve suerte y pude salir del armario muy pronto porque mi familia era muy progresista y lo aceptó, siempre hay alguien a quien le cuesta más, pero en ese sentido no fue un problema. Por otra parte, iba a un colegio de monjas y en general estaba más retraída», recuerda Marta.

Después de una época en Lugo, de la que no recuerda ningún tipo de discriminación por su sexualidad, Marta se mudó a Monterroso, el lugar de origen de su padre, que abandonó por la misma razón por la que ella llegó años después, el amor por una mujer. «Me enamoré de una chica de ahí. Mi padre conservaba la granja, que tenía alquilada, y un día las vacas se escaparon. Como yo estaba cerca, fui sola a buscarlas, y en ese momento decidí hacerme cargo de ellas. Al principio fue muy duro, pero fue la mejor decisión de mi vida», explica la granjera. La misión de Marta enseguida fue mucho más allá y se dedicó a «abrir puertas por todos lados». «Cuando llegué había como cuatro lesbianas declaradas, y ahora Monterroso es un referente de lo queer en el campo», asegura. Además, ella presume orgullosa de su profesión: «Una vez una amiga me dijo que le daría vergüenza contar que se dedica a cuidar vacas, tener un tractor... ¡Vergüenza ninguna, no sabía lo que ligaba yo con eso!», recuerda entre risas.

Marta desmiente que las aldeas sean lugares más cerrados en lo referente a la diversidad sexual: «Cuando me vine a vivir a la aldea mi madre me decía que estaba preocupada por si me rechazaban, pero con lo que he demostrado, con mi trabajo, tengo la alfombra roja puesta. Siempre habrá alguien que diga algo, pero, en general, no he notado ningún tipo de discriminación. Aquí todos somos familia y nos conocemos. Si tienes una buena actitud y eres buena persona, colaboras y ayudas, a nadie le importa con quién te acuestas. Además, lo bonito es que no estamos en un gueto, vas a uno de los bares y te encuentras con personas de todas las edades, así acaba siendo un sitio mucho más abierto. Yo siempre digo que el campo es vanguardia».

Fue con la llegada del Agrocuir cuando la aldea se revolucionó, cambiando su historia y la de Marta para siempre: «Surgió de otro festival que había hecho Braulio Vilariño, todo un referente para mí en la comarca. El conoció la granja por otra fiesta que organizamos, ya la había visto antes, pero fue la primera vez que era escenario de algo y me propusieron hacerlo aquí. Yo me metí de cabeza porque lo tenemos todo, somos rurales, yo tengo una granja y soy lesbiana. Nunca pensamos llegar adonde hemos llegado, de hecho, ya no se puede celebrar dentro de la granja porque hay demasiada gente y, lo siento mucho, pero las vacas son lo primero», explica Marta.

Otra de las razones para llevar a cabo una fiesta sobre diversidad sexual e identitaria -aunque tocan otros temas de cultura y ecología- era descentralizar fiestas como el Orgullo porque, indica, «nosotras vivimos aquí y somos queer, no tenemos que ir a Madrid o a Santiago para celebrarlo. Será mejor hacerlo aquí, que es donde vivimos y desarrollamos todo más allá de lo queer. También nos parecía que estas fiestas estaban tomando un rumbo capitalista y mercantilista, en las que tienes que consumir todo el rato, pagar una pasta para ir, vestir de una forma especial... Nuestra entrada es mínima, y aunque hay puestos de comida, puedes traer una nevera con tus cosas. Queremos ser abiertos para todos, no hacer del festival un negocio. Además, nuestro proyecto está concebido como una romería, no necesitamos la noche, tenemos actividades desde por la mañana. La respuesta del pueblo ha sido maravillosa, la gente mayor también participa y eso es lo que queremos, visibilización y naturalidad», explica Marta.

El hecho de hacer esta divulgación sobre diversidad sexual también ha dejado en Monterroso recuerdos bonitos de gente que, gracias al festival, se ha sentido menos sola: «Familias y niños del campo nos tienen como referente y han salido del armario con nosotros. En el primer año, en las últimas horas del festival, recuerdo que me vino a hablar un chico y me dio las gracias porque su hermano había salido del armario hacía poco y sus padres pensaban que era el único de la comarca. Cuando vieron el festival, con tanta diversidad, se tranquilizaron».

Aumento de agresiones
El crimen de Samuel Luiz, en A Coruña, puso el foco recientemente sobre las agresiones homófobas en Galicia y en España. Sobre esto, Marta señala que desde el colectivo Agrocuir sí han notado un aumento: «Hace unos meses, presentando una actividad en Lugo, un mapa sonoro sobre la diversidad en la ciudad, me insultaron por primera vez, diciendo que éramos unos inútiles y luego esas dos personas volvieron a pasar por el lugar con dos perros grandes y actitud amenazante. Después, hablando con los participantes, muchos habían vivido agresiones como tirarles comida en un bar», recuerda. El crimen de A Coruña tuvo gran impacto en Monterroso, que fue una de las primeras localidades gallegas en sumarse a las concentraciones en repulsa del crimen. «Hay mucho apoyo porque la gente sale a las calles y se nota, la homofobia parte de una minoría, eso está claro, pero siguen haciendo falta iniciativas como el festival, y no podemos dejar nuestra lucha», declara la granjera. Sobre los motivos por los que sucede esto, apunta que no sabe si es por «la entrada de la ultraderecha» o de «unos discursos que promueven de todo menos la libertad, pero tenemos que seguir reivindicando nuestras vidas. No somos nada nuevo, hemos existido desde siempre y aquí estaremos toda la vida», en este caso, desde la Granxa Maruxaina, que ha convertido Monterroso en un oasis de libertad al que no paran de salirle réplicas en otras aldeas: «Eso es lo más bonito, que cada sitio tenga su orgullo».

lunes, 9 de agosto de 2021

#hemeroteca #gais #sexilio | El éxodo gay

Imagen: El Diario / Manifestación pidiendo justicia para Samuel //

El éxodo gay.

¿Por qué se van? ¿Por qué nos vamos? ¿Por qué emigramos en bandada los maricas camino de Madrid al final de cada verano? ¿Qué ilusión hace que la capital parezca un lugar más adecuado donde vivir de modo diferente?
Ismael Ramos | El Diario, 2021-08-09
https://www.eldiario.es/galicia/exodo-gay_129_8205055.html 

Viajo en un autobús a las 9 de la mañana. Comienza agosto. Está lloviendo y voy vestido demasiado fresco con mi jersey de falso veraneante. Las 60 plazas del autobús van casi vacías en su totalidad. La ruta es Ribeira–Noia. A lo mejor resulta redundante decir que el autobús viaja vacío si cuento que bordeamos la costa del Barbanza. Mientras atravesamos carreteras secundarias parando en cada bar, tiendecita o cruce para que alguien (una sola persona, casi siempre jubilada) suba o se baje, entran en mi móvil cinco notificaciones de Grindr. "Hola!". "Hey". "Foto?". Son lo que la amiga de una amiga llama fruta de temporada. Será porque estoy triste o porque llevo meses enfadado, pero no dejo de pensar en que toda esta gente se marchará dentro de dos, tres, cuatro semanas y otros seguiremos ante estas idénticas vistas al mar y ligeramente más solos. La mayoría de ellos han nacido aquí, pero no son de aquí, no sienten que este sea su lugar. Es un fenómeno común. No me cabrea la soledad, sino el vacío, el silencio tácito en torno a por qué nos quedamos solos.

Le pregunto a A. (22 años) qué hará ahora que ha terminado la carrera. "Buscar un máster en Madrid". "Marcharme a Madrid". Hace meses, un amigo me confesaba: "Elegí mi carrera pensando únicamente en algo que pudiese estudiar lejos". Lejos es sinónimo de Madrid por supuesto, nunca de… Almería, por ejemplo. ¿Sobra precisar que todos los que hablamos somos gays? ¿Que el autobús va vacío? Independientemente del momento la historia se repite, hay un patrón.

No sé cuánto llevo pensando en esto. El autobús de línea pasa por delante de casas con jardín y huerta e imagino cuántas de ellas tendrán un dormitorio vacío consagrado a un hijo que regresa solo durante las vacaciones y sobre el que en unos hogares se hablará más y en otros, menos. Ese silencio espeso que cuesta hacer respirable. Por supuesto, sé bien que existe un éxodo económico, rural, tardocapitalista que afecta a los jóvenes. Ese hecho cuantificable de que todas las personas graduadas menores de 30 años se vayan a la capital o al extranjero. En Galicia somos tendencia. Pero sé también que, en el caso del éxodo gay, a esa precariedad juvenil se suma un no sé qué que la gente teme llamar miedo, violencia. ¿Escribo precisamente esto ahora porque ya es imposible no hablar de violencia?

Después del brutal asesinato de Samuel Luiz en A Coruña, El País entrevistaba a dos miembros de la asociación ALAS de la misma ciudad y titulaba: "Madrid y Chueca son una burbuja, un oasis. No todo es así". Inmediatamente le escribí a un amigo que había compartido la noticia en Twitter y contesté: "Madrid no es Chueca, igual que Santiago de Compostela no es el pub Tarasca o Noia, la cocina de mis padres". Los espacios seguros están en todas partes y los construye la comunidad. Y del mismo modo, en ese juego de cubos que van encajando, esos mismos lugares, independientemente de su tamaño, nacen contra el mismo miedo, son fruto de las mismas ganas de huir, están expuestos a la misma violencia estemos donde estemos. Por eso la ola de hermandad que cruzó el estado el pasado julio es tan importante, porque demuestra que podemos encontrar apoyo al cruzar la calle, que debemos mostrar ese apoyo.

Pero, ¿por qué se van? ¿Por qué nos vamos? ¿Por qué emigramos en bandada los maricas camino de Madrid al final de cada verano? ¿Qué ilusión hace que la capital parezca un lugar más adecuado donde vivir de modo ‘diferente’?

Existe todavía vinculada a las sexualidades disidentes la idea de que el anonimato que se puede encontrar en las grandes ciudades será redentor. También la teoría de que la distancia atenúa el dolor que querer vivir de acuerdo con nuestra condición sexual pueda causar en aquellos que no aceptan nuestra existencia y a quienes, pese a todo, seguimos queriendo (los demás nos dan igual, intentamos que así sea). El trauma. Siempre el trauma. El éxodo gay, al igual que cualquier otro tipo de movimiento migratorio masivo, tiene aparejado un trauma, un estigma, una herida histórica de guerra. Y le corresponde también, en contrapartida, a los lugares de destino de ese exilio una narrativa: primero presente en las novelas, en el cine, y ahora en Instagram, en la pornografía, en el ‘pride’. Ese relato, igual que tantos otros, es falso.

Ahora que tras la pandemia, e incluso antes, a través del movimiento de la España vaciada se ha hecho tan relevante la reivindicación de modelos alternativos de comunidad, deberíamos empezar a pensar que la opción política no es solo vivir en los márgenes, sino amar, bailar, besarse en los márgenes, desbordarlos. Pienso en el Festival Agrocuir da Ulloa, en la Asociación GOTAS y en tantas otras iniciativas que van de las aldeas a los pueblos y a las ciudades de provincia. Pienso en mi comunidad y en que, del mismo modo que alzamos la voz cuando nos tuvimos que marchar porque no había trabajo (sigue sin haberlo), alguien debería decir algo para que dejemos de marcharnos por miedo, por incomprensión, siguiendo el espejismo de una libertad que nos hace tristes a largo plazo o esclavos de un espacio cada vez menos amable, porque tampoco todos se marchan con las mismas condiciones socioeconómicas (pero eso, para otro día).

Me bajo del autobús en la última parada. Voy a pasar el fin de semana en casa de mis padres. Quizás quede con amigos, quizás conteste alguno de los mensajes. Saco el móvil y le envío un audio a mi hermana para contarle todo lo que he intentado escribir aquí. Contesta: "La vida es demasiado corta para querer ser heterosexual". Y tiene razón.

viernes, 6 de octubre de 2017

#hemeroteca #lgtbi #vidarural | Gina Gisbert: «El rural no es más homofóbico que las ciudades»

Imagen: La Voz de Galicia / Gina Gisbert
«El rural no es más homofóbico que las ciudades»
Forma parte de la asociación Agrocuir y hablará de cómo se vive la diversidad sexual en pueblos y aldeas.
Bea Costa | La Voz de Galicia, 2017-10-06

https://www.lavozdegalicia.es/noticia/arousa/cambados/2017/10/06/rural-homofobico-ciudades/0003_201710A6C5991.htm

Gina Gisbert es alicantina, vive desde hace ocho años en la comarca de Ulloa y forma parte de Agrocuir. Esta una asociación que nació para dar visibilidad a la comunidad LGTBI en el medio rural, y precisamente de eso va a hablar mañana en Cambados dentro del primer Simposio Internacional LGTBI de Galicia que se celebra en Exposalnés, de 10 a 14 horas, con entrada libre.

-¿Cómo surgió Agrocuir?
-Empezó en el 2015 organizando un festival para celebrar el día del orgullo gay, algo que solo se celebraba en las ciudades. Teníamos el lugar perfecto; la Granja Maruxa, una granja de práctica ecológica y con una dueña orgullosa de pertenecer a la comunidad LGTBI, y así nació.

-¿Qué esperan aportar desde la asociación?
-Nuestro objetivo es dar visibilidad a la comunidad LGTBI dentro del medio rural y poner nuestro grano de arena para eliminar la ‘ruralfobia’. Desde las ciudades, el medio rural es invisible, parece que no sucede nada, que está anclado en el pasado. Queremos ayudar a barrer estos prejuicios mostrando un rural diverso, activo y en vanguardia, presentar un medio en el que se puede y se debe vivir. Nosotros cohabitamos el rural, formamos parte de esta diversidad y la reivindicamos.

-¿Es más difícil exteriorizar la homosexualidad en un ambiente rural que en uno urbano?
-Creemos que no, cada medio presenta sus dificultades. Creemos que el problema tiene más que ver con la dificultad que acarrea ser homosexual en el lugar de donde es cada uno. Entiendo que para alguien de la comunidad LGTBI sea más difícil vivir de forma libre en su pueblo y que busque un lugar donde ser más anónimo. Nosotros no encontramos ningún problema aquí por nuestra orientación sexual. Es cierto que no tienes tanto anonimato, pero tienes la ventaja de que la gente te conoce y quizá no le importen tanto tus preferencias sexuales.

-Usted llegó a Lugo desde Alicante, ¿facilita eso las cosas?
-Quizá fue más fácil, pero encuentro otras dificultades porque la gente no te conoce y eso conlleva otros problemas. Pero hay gente como Braulio, que es de Palas de Rei, que siempre vivió su sexualidad abiertamente. El rural no es más homofóbico que las ciudades. Quizá los familiares rechazan más la diversidad sexual, no tanto por como sea cada uno si no por miedo a lo que a van a decir los demás.

-¿Simposios como el de Cambados siguen siendo necesarios en la España del 2017?
-Hacen muchísima falta, estamos viendo todos los días como hay casos de homofobia en este país, y en otros países. Hay estadísticas que indican que de cada cinco chicos que cometen suicidio por acoso en el colegio, cuatro forman parte de la comunidad LGTBI. En el rural hace mucha más falta porque es mucho menos visible esta realidad. Esta es una iniciativa maravillosa que ojalá se consolide y haya muchas más.

lunes, 4 de septiembre de 2017

#hemeroteca #festivales #lgtbi | ¿Qué es el 'agrocuir'? La lucha LGTBI llega a las aldeas

Imagen: El País / Los símbolos arcoíris en el Festival Agrocuir
¿Qué es el 'agrocuir'? La lucha LGTBI llega a las aldeas.
Este festival de Ulloa (Galicia) lleva cuatro años reivindicando la diversidad sexual y la defensa de la ecología en el rural.
Tentaciones, El País, 2017-09-04
https://elpais.com/elpais/2017/08/30/tentaciones/1504106108_339823.html

¿Qué tiene que ver la explotación de eucaliptos con los derechos del colectivo LGTBI en el rural? Aparentemente nada, pero en el Festival Agrocuir da Ulloa (Lugo) están muy comprometidos con las causas justas, apostando por una programación alejada del típico calendario de verano y con un mayor trasfondo social. Esta iniciativa surgió bajo el nombre de ‘Festival Agrogay’ para reivindicar la diversidad sexual en la aldea; cuatro años después, no solo ha aumentado el número de asistentes, el concepto también se les ha quedado pequeño. Hablamos con uno de sus organizadores, Adrián Gallero, sobre su última edición -dedicada al colectivo ‘trans’ y la defensa del bosque autóctono-, la situación del colectivo en el rural y las ideas que reivindican.

El festival acaba de cumplir cuatro años. ¿Cómo se os ocurrió montar esta iniciativa?

Decidimos organizar este festival para reivindicar y visibilizar la diversidad sexual en el rural. Creíamos que era algo muy necesario y que no se estaba haciendo en ningún sitio. Pero no solo eso, también queríamos aprovechar para reivindicar la defensa del patrimonio, la ecología o el feminismo.

Habéis pasado de ‘agrogay’ a agrocuir’. ¿A qué se debe este cambio de nombre?

El cambio de nombre creo que muestra nuestro propio proceso de aprendizaje. Nos dimos cuenta de que el término ‘agrogay’ –que nos gustaba mucho como sonaba-, no dejaba de ser un concepto que aludía a una sexualidad muy concreta. En Europa o en Occidente, en su mayoría, hace referencia al hombre blanco, de clase media alta y urbanita. Así que le cambiamos el nombre por ‘cuir’ para hacerlo más coherente con lo que proponemos: algo mucho más inclusivo, de lo que se puede sentir parte quien quiera, independiente de su orientación sexual o de si vive en la ciudad o en el rural.

¿Por qué habéis optado por escribirlo así en lugar de ‘queer’?

Lo pusimos en gallego para no utilizar el término inglés. Creemos que tiene una parte buena y una mala. La mala es mucha gente no sabe muy bien lo que significa la palabra queer y menos si la traducimos. La buena es que estamos visibilizando un concepto de vanguardia, en el que se está trabajando en todas partes. Es importante llevar esos términos al rural y no estar siempre veinte años por detrás.

Para la ocasión este año también habéis recuperado la bandera de ocho colores.

Está todo muy relacionado. En el año 78 se desprendieron de dos colores, el rosa y el azul claro. Justo los que representan al colectivo ‘trans’. Siempre ha sido el colectivo más expuesto y el más luchador, y, al mismo tiempo, el más vulnerable y al que más se ha dejado de lado. Recuperarla va en esa misma dirección: incluir a la gente que se va sintiendo fuera del colectivo gay, y que cada día es menos reivindicativo.

¿Cómo ves la situación del colectivo LGTBI en el rural?

Hasta hace tres años no existían iniciativas como estas, pero este verano nacieron varios proyectos similares en Galicia, lo que prueba que es necesario y que la gente está interesada. Estamos viviendo como en la propia comarca se nos está acercando mucha gente nueva y otras que están saliendo del armario.

¿Y a nivel nacional o internacional hay colectivos similares al vuestro?

Hace tiempo nos lo preguntamos, pero no tenemos constancia. En Extremadura, por ejemplo, hay una iniciativa de mujeres homosexuales en el rural, pero trabajan a nivel más asociativo y no tanto a nivel festival. Una de las cosas en las que estamos trabajando este año es en crear redes de contacto, ampliar estas redes de colaboración y comunicación dentro del territorio.

¿Y los eucaliptos qué tienen que ver con todo esto?

Siempre decimos que para ser ‘agrogay’ o ‘agrocuir’ simplemente hay que estar a favor de la diversidad sexual y el respeto por la naturaleza. Creemos que está muy relacionado porque al final, de lo que estamos hablando es de relacionarnos de una forma más sensible, en cuanto al tratamiento de las personas como del entorno. Siempre ha estado muy presente la reivindicación ecologista pero este año le dedicamos la edición al bosque autóctono frente al proceso de eucaliptación que estamos viviendo.

¿Qué diferencias crees que existen entre el colectivo LGTBI del rural y la ciudad?

En una ciudad es más fácil encontrar tu lugar. Lo que ocurre es que suele ser como un ‘getto’. Quizás suene exagerado, pero no deja de ser eso: vas a la ciudad, montas tu grupo de gente que se parece a ti y ya está. Puedes pasar tu vida sin preocuparte, sintiéndote parte de una de una comunidad, pero eso al final no es integración, ni convivencia con todo el mundo.

De entrada, en el rural eso es más difícil. El proceso de socialización es distinto, hay mucha menos gente y menos acceso a una oferta cultural. Cuando vas a un bar te encuentras con el alcalde, con tus amigos, con los vecinos... Al final si la gente ve que formas parte de la comunidad, que trabajas, o que te integras, todo el mundo te acepta. Eso es lo que le importa a la gente y no quien te guste. Quizás en la ciudad caes en más en las apariencias y te juntas con personas acordes a tus gustos.

Y a la hora de afrontar la programación, ¿qué criterios seguís?

Gira en torno al tema especial de cada año. Esta vez fue el bosque autóctono y la visibilización del colectivo ‘trans’, así que contamos con Rodrigo Cuevas y Mercedes Peón. Son dos personas muy ‘queer’, con unos proyectos en el que reivindican la defensa de la tierra, la naturaleza, la identidad sexual... Intentamos enlazar siempre contenidos y artistas.