Mostrando entradas con la etiqueta 20151201-MUJ. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 20151201-MUJ. Mostrar todas las entradas

viernes, 18 de marzo de 2016

#hemeroteca #arte #mujeres | Feministas

Feministas.
Lo importante no es lo que se ha conseguido, sino lo que aún queda por lograr, y en el caso de las mujeres es mucho.
Estrella de Diego | El País, 2016-03-18
http://cultura.elpais.com/cultura/2016/03/16/babelia/1458130375_177060.html

Hace semanas coincidí en una mesa redonda con la directora de un museo que, contestando a una cuestión planteada por mí —cómo en muchos foros las mujeres aún teníamos que esperar a ser invitadas—, explicó — con la suficiencia del discurso más conservador— que las cosas habían cambiado tantísimo que ahora éramos nosotras las que invitábamos —hasta se permitía el matrimonio homosexual, argumentó—. No sé qué pensaría el público, pero a mí me pareció que estaba haciendo el trabajo sucio al discurso reaccionario que nos repite “lo habéis conseguido” para impedir que sigamos luchando. Es posible que esta directora de un museo por otro lado fuera del circuito de “los grandes museos” —y no es un hecho negativo, si bien habla de dónde se permite el acceso a las mujeres, desde dónde “invitamos”— no se haya preguntado si los logros parecen proporcionales al esfuerzo.

Seguramente no recordaba que las mujeres cobramos un menor salario, que no podemos hacer turismo ni salir en Nochevieja “solas”, que en los conflictos armados somos el arma más sofisticada… Así que aquí me tienen, otro día de marzo —porque el día 8 no va a ser el único en que hombres y mujeres reflexionemos juntos sobre nuestro futuro compartido—, pensando el camino larguísimo que queda por recorrer para que incluso algunas mujeres en puestos de responsabilidad no sean víctimas de las estratagemas del discurso hegemónico que quiere hacernos creer que “todo va bien”. Como en esos momentos de desánimo total busco consuelo en alguna exposición o leyendo a mis poetas favoritas, he regresado a la muestra dedicada a la Residencia de Señoritas para conmemorar su centenario. Era una asignatura pendiente en la Residencia de Estudiantes que está desarrollando una magnífica labor para reconstruir su propia historia.

Recorriendo las salas queda patente la presencia de estas mujeres vanguardistas —y feministas, conscientes de sus opciones—, gritos en busca de formas alternativas de aproximarse al mundo. Eran las maneras radicales con las que la residente Maruja Mallo sorprendía aún en el Madrid de la década de los ochenta, cuando contaba sus andanzas con Dalí y Federico, quien le quitó un novio al decirle que parecía un príncipe ruso, solía referir la artista gallega. De Concha Méndez a Josefina Carabias, pasando por María de Maeztu —figura esencial del relato— o Victoria Kent, ese grupo privilegiado de mujeres decidió ponerse a pensar en una España mojigata y bastante alejada de la modernidad. Las fotos y documentos expuestos los desvelan en clase, leyendo, disfrazadas y actualísimas, protagonistas de cierto cambio de paradigma que se respira entre el fascinante material de la muestra comisariada por Almudena de la Cueva y Margarita Márquez Padorno.

No obstante, son las artes visuales las que llaman más poderosamente la atención. Es la generación de “nuevas mujeres” —intelectuales y desenvueltas como las pinta Rafael Pellicer en ‘Las universitarias de 1934’—, artistas excluidas por la historia, pese a su calidad y originalidad. La propia Mallo, Ángeles Santos, Delhy Tejero —autora de unos maravillosos dibujos ‘déco’—, Francis Bartolozzi, Victorina Durán o Menchu Gal van desfilando ante los espectadores gracias a la sólida investigación de Idoia Murga, quien ha partido de la pregunta que todo discurso feminista riguroso debe hacerse. Al final lo importante no es lo que se ha conseguido, sino lo que aún queda por lograr, y en el caso de las mujeres es mucho, pese a las opiniones de aquellas que se engañan dando por hecho que, porque ellas tienen poder —un poco—, el mundo está en orden.

domingo, 14 de febrero de 2016

#hemeroteca #mujeres #historia | Maestra, icono y feminista


Maestra, icono y feminista.
La vida de María de Maeztu Whitney revive de la mano de su sobrina nieta, María Josefa Lastagaray, que rememora en un libro la historia de esta gasteiztarra, que rindió su vida en sacrificio por la formación de la mujer.
Agurtzane Salazar | Noticias de Alava, 2016-02-14
http://www.noticiasdealava.com/2016/02/14/araba/la-prestigiosa-familia-de-los-maeztu-maestra-icono-y-feminista
 
Hay vidas que son historia y que requieren de una novela haciendo cierto el dicho de que la realidad muchas veces supera la ficción. Cuando a María Josefa Lastagaray (Bilbao, 1948) le relataban en casa todas las hazañas que había logrado la hermana de su abuela materna, la gasteiztarra María de Maeztu (1881-1948), en sacrificio por la formación de la mujer, supo que no se podían quedar sólo en meras anécdotas familiares, máxime cuando su intensa vida como pionera del feminismo y de la pedagogía moderna quizás no haya sido suficientemente conocida, tal y como reconoce Lastagaray, nieta de Ángela, una de los cuatros hermanos que tuvo la gran pedagoga vasca e icono de la liberación de la mujer. Ello le quedó bien claro a raíz de la publicación de su tesis ‘Los Maeztu’ (‘Los Maeztu: una familia de artistas e intelectuales’), presentada en 2010 en la Universidad Autónoma de Madrid, con la que se doctoró en Historia del Arte y en la que descubrió que la biografía de su tía abuela se merecía más que un capítulo aparte, un hecho que en 2015, con motivo de la celebración del centenario de la fundación de la Residencia de Señoritas, de la que su tía abuela fue fundadora y directora, animó a Lastagaray a escribir el libro ‘María de Maeztu Whitney. Una vida entre la pedagogía y el feminismo’ (Editorial La Ergástula).

La reconstrucción de su historia, contada a lo largo de 375 páginas, lleva al lector a conocer a una nueva María, que gracias a la documentación inédita, ha llegado a sorprender hasta a la propia autora del volumen, con un redescubrimiento de “toda su vida completa porque, aunque familia que somos, muchos trabajos que realizó no los conocía y los he encontrado en los archivos”, confiesa esta doctora en Historia del Arte, quien tras graduarse en Artes Aplicadas, diplomarse en Profesorado de Educación General Básica y licenciarse en Filosofía y Letras, ha ejercido como profesora en diversos centros. Una formación, de la que sin duda, hubiese estado orgullosa su tía abuela, ya que “los estudios que debía realizar” era una de las particulares lecciones que daba tanto a su única sobrina que vivía en Bilbao, como al resto de féminas del mundo. “La primera tarea a realizar es la de preparar a nuestras mujeres y claro está que yo confío como único y exclusivo medio en la educación, que le dará fuerza para descubrir nuevos mundos, no sospechados hasta ahora”, explicaba María, una mujer “de carácter y femenina al mismo tiempo, de palabra fácil, figura menuda, rubia, de ojos azules”, que abrió brecha en el frente de la instrucción femenina. “Recordando lo que se decía en mi familia, los pilares de su personalidad fueron corazón y cabeza”, matiza su sobrina nieta, quien pese a que no tiene ningún recuerdo personal, al nacer justo el mismo año que murió María, sí que sabe que su tía abuela era una persona “muy cercana en el trato, que se preocupaba de sus hermanos y madre continuamente”.

Y no sólo por sus familiares. Basta con ver las imágenes en blanco y negro de su funeral para darse cuenta de la conmoción en la sociedad que supuso la pérdida de esta mujer, querida y admirada por sus alumnos, quienes el 16 de enero de 1948 organizaron su última despedida en la iglesia madrileña de San Fermín de los Navarros. María fallecía el 7 de enero de ese mismo año, aunque para la llegada de sus restos mortales hubo que esperar hasta el 9 de febrero, fecha en la que tras un largo viaje desde Mar del Plata (Argentina), llegó su cadáver a Estella, lugar en el que se la enterró en su cementerio municipal, tras un recibimiento en el que no faltaron autoridades y loas en torno a su figura. “En el cincuentenario de la residencia, testimonio de gratitud. Colegio Mayor Santa Teresa de Jesús de la Universidad de Madrid”, reza su epitafio en el mausoleo familiar, donde reposan también su hermano Gustavo y su madre. Volvía así de su exilio la hermana del célebre periodista y pensador Ramiro de Maeztu y la pedagoga que siempre añoró su trabajo vinculado a la República y que nunca llegó a recuperar tras el estallido de la Guerra Civil. Algo que era inaceptable para alguien como ella, una de las activistas que más han contribuido a trazar un camino real en la igualdad de géneros. “Soy feminista. Me avergonzaría de no serlo porque creo que toda mujer que piensa debe sentir el deseo de colaborar como persona en la obra total de la cultura humana”, dijo María en 1925.

Pero la historia de María no se explica sin contar la de su padre, el ingeniero Manuel de Maeztu Rodríguez, un hacendado cubano de origen vasco, ni, sobre todo, sin la de su madre, Juana Whitney, una señorita inglesa educada en Niza. La pareja, acostumbrada a una posición económica holgada por las posesiones de don Manuel en Cuba, parece que viajó a España en 1873 con el deseo de conocer la tierra de los antepasados de él. De esta manera llegaron a Vitoria, donde residía un hermano de Manuel, Ramiro de Maeztu Rodríguez, y donde nacerán sus cinco hijos: Ramiro, el mayor, en 1874, y después, Ángela, Miguel, María y Gustavo, criados todos ellos en la capital alavesa, en el seno de un hogar en el que recibieron una educación moderna, cosmopolita y liberal. Todo ello en un ambiente de opulencia, con profesores particulares, de idiomas, de música, de esgrima, de dibujo, en el que no faltaron sirvientes, coches y caballos. “En la familia se hablaba el francés. Como los padres se conocieron en París educaron a sus hijos en ese idioma. La madre al ser inglesa predispuso a sus hijos hacia el inglés, idioma que lo hablaron sólo María y su hermano Ramiro. María también estudió alemán para cursar, durante un año de 1912 a 1913, estudios neokantianos en Marburgo (Alemania)”, matiza su sobrina nieta.

La temprana muerte del padre en Santa Clara (Cuba) en 1898, unida al fin de los negocios familiares en aquella isla caribeña, abrió una nueva etapa, marcada a partir de entonces en torno a la figura de la madre, Juana, una mujer fuerte y decidida que desde ese momento se hará cargo de la situación, como ejemplo de superación y carácter emprendedor. “La ruina familiar motivó el traslado a Bilbao, donde la madre Juana, creó la Academia Anglo-Francesa, que era un colegio donde María colaboró en un principio cuando se hizo maestra”, añade la autora del libro. Este centro para señoritas se abrió primero, en la calle Berastegi y luego en Obispo Orueta, en el magnífico edificio que hoy es el del Departamento de promoción Económica de la Diputación vizcaína. “La madre también era una mujer adelantada para el Bilbao en el que vivió, así como lo fue su hermana Ángela, que también ayudó en esa academia”, agrega Lastagaray.

María aprendió del ambiente intelectual que se respiraba en la familia que ella también debía seguir con sus estudios, en una época en la que la cultura era algo reservado esencialmente a los hombres. En 1900 las cifras hablan por sí solas. Un 71,4% de las mujeres eran analfabetas, mientras que en los hombres era el 55,8%. Pero ella formaba parte de esa excepción que comenzó a luchar por algo distinto. Una vez cursada la primera enseñanza y motivada tal vez por la dedicación de su madre a su academia bilbaína, se inclinó a los estudios de Magisterio. Los realizó en la Escuela Normal de Maestras de Vitoria, con nota final de sobresaliente, de manera que en 1898 ya era maestra de primera enseñanza. Y es en estos años cuando María debió de ayudar a su madre en la academia, al igual que su hermana Ángela.

En 1902 María consiguió una plaza por oposición en Santander pero pronto pedirá el traslado a Bilbao. Allí, en una pequeña escuela del distrito de Las Cortes, en “el barrio más pobre”, como decía su querido hermano Ramiro, ejerció su primera profesión de maestra, donde comenzó a practicar sus ideas educativas innovadoras con sus pequeñas alumnas: clases al aire libre, no memorización, fuera castigos, colonias y una preocupación estética-higienista nada habitual en la España de la época.

Pero María necesitaba aprender más. Como afirmó en varias ocasiones para ejercer el magisterio, era menester una formación más amplia que la de la escuela normal. En concreto, afirmaba: “La letra con sangre entra, siempre que se entienda que se trate de la del maestro. El eje de la educación no puede ser cualquiera”. Ello la impulsó en 1907 a obtener en Vitoria el grado de Bachiller con la calificación de sobresaliente y premio extraordinario a la sección de letras. Fue entonces cuando se matriculó como alumna no oficial en la Facultad de Filosofía y Letras de Salamanca, donde fue alumna del entonces rector de la universidad, Miguel de Unamuno, con el que siempre mantendría una excelente relación. En 1909 pidió traslado de expediente a Madrid y ese mismo año ingresó en la primera promoción de la recién creada Escuela Superior de Magisterio, de la que era profesor José Ortega y Gasset. En esos primeros años madrileños la joven vitoriana recibió la influencia de algunos institucionistas, como Francisco Giner de los Ríos (1839-1915), creador y director de la Institución Libre de Enseñanza en 1876, un movimiento intelectual que guió la labor educativa de María, al plantear una enseñanza activa, libre de castigos y de memorizar textos.

Ya en 1907 María era una de las primeras solicitantes de pensión para ampliar estudios fuera de España, en un momento en el que en el exterior se estaban llevando a cabo muchas renovaciones de enseñanza. Estos viajes internacionales nunca los abandonó, al asistir a todos los foros y conferencias donde fue reclamada.

Su obra En 1915 comenzó a funcionar en Madrid la Residencia de Señoritas, un proyecto de la Junta que intentaba trasladar a España los ambientes culturales de los ‘colleges’ ingleses, y por el que María, como directora de la misma hasta 1936, será siempre recordada. “En 1915 empezó con cinco únicas alumnas en la Residencia de Señoritas que querían estudiar para luego trabajar, y seis años después ya eran ciento treinta”, detalla la escritora. Cuando pasaba por Madrid alguna personalidad de relieve María invitaba a dar conferencias a la residencia, tal fue el caso de Marie Curie, y de figuras españolas como Federico García Lorca y José Ortega y Gasset. Se trataba de una idea nueva sin precedentes en la enseñanza pública española que se convirtió en una plataforma esencial para la mejora de las perspectivas profesionales, intelectuales, culturales y sociales de las féminas. “Era una mujer inteligente y muy trabajadora, empeñada en mejorar la educación desde los cursos elementales de Primaria y, como digo, hacer que la mujer estudie y ocupe puestos de responsabilidad en la sociedad”, recalca su sobrina nieta. De ahí su empeño en impulsar la Residencia de Señoritas. “Digo esto -aclara Lastagaray- porque, como también era muy ocurrente, decía en confianza a su secretaria Eulalia Lapresta a principio de los años veinte respecto a ‘su obra’ (así llamaba al trabajo de directora de la residencia): “No podemos descansar, sobre todo cuando hemos emprendido la lucha de mover la Puerta de Alcalá”.

De hecho, en su lucha por la dignificación de la mujer, María también asumió la dirección de Primaria del Instituto-Escuela en 1918, compaginándola con su trabajo al frente de la Residencia de Señoritas. Y, en línea con su militancia feminista, fundó en 1926 la primera asociación de mujeres de España, el Club Lyceum Femenino, con el principal objetivo de defender los intereses morales y materiales de la mujer, que causó gran polémica en su época al llamar a sus integrantes “féminas excéntricas y desequilibradas”. “Crearon ese club de inmediato éxito y aunque una minoría les criticaba estuvieron muy orgullosas de crearlo sin miedos a las represalias, que no fueron tantas”, subraya su sobrina nieta.

Sin embargo, aquellos movimientos renovadores desaparecieron de pronto por la contienda civil, que se llevó consigo para siempre tanto el trabajo de María de Maeztu en España como a su querido hermano Ramiro, a quien las milicias republicanas fusilaron un 29 de octubre de 1936. María no quería quedarse en una tierra en la que no le dejaban ser lo que ella quería y por eso puso rumbo a Buenos Aires, en homenaje a su hermano Ramiro, como reflejo de las convicciones ideológicas que defendía en la obra de él, ‘En defensa de la Hispanidad’. “Entendí que mi puesto no estaba allí (en alusión a las ofertas que María recibió de EEUU), sino en nuestra América, en la América hispana, a la que debía llevar el mensaje que un día mi hermano Ramiro había puestos en mis manos”, escribía la vitoriana en 1945. En esa parte del ‘charco’, en concreto, a partir de 1937, María retomará parte de sus actividades como docente y conferenciante.

Un apunte. Las claves
En la saga destacaron el célebre escritor Ramiro y su hermano, Gustavo, afamado pintor afincado en Estella


Quien siembra, recoge y no cabe duda de que el hincapié que pusieron los Maeztu en la labor educativa de sus hijos dio enormes frutos. Uno de los primeros en recogerlos fue el hermano mayor, Ramiro (Vitoria, 1874 - Aravaca, 1936), quien llegó a ser periodista, escritor y pensador. Fue en él en el que se apoyó la afamada pedagoga María (Vitoria, 1881-Mar del Plata, 1948) desde joven y quien la protegía y admirada. Ramiro fue quien la puso en contacto con intelectuales de la época, como el escritor Miguel de Unamuno y el filósofo y ensayista José Ortega y Gasset. Sin embargo, la fatalidad se cruzó en su destino cuando las milicias republicanas le fusilaron en las primeras fases de la Guerra Civil, un 29 de octubre de 1936. Su asesinato asestó un duro golpe para la familia y parte de ella desde entonces se refugió en Estella, donde desde ese mismo año fijaron su residencia tanto la madre, Juana de Whitney, junto a uno de sus cinco hijos, Gustavo (Vitoria, 1887-Estella, 1947), el pequeño de la casa, quien formó parte activa del grupo de pintores vascos del primer tercio del siglo XX y quien poco antes de morir donó a esa localidad navarra parte de su colección, que hoy en día se encuentra en el museo que lleva su nombre y que en su día fue el antiguo palacio de los Reyes de Navarra. La saga familiar se completa con otros dos hermanos más, Ángela y Miguel, quienes también contaron con vocación intelectual. Ángela ayudó junto con su madre en la creación del Academia Anglo-Francesa en Bilbao. Fue la especialista en francés, además de impartir bastantes asignaturas. Mas tarde regentó un colegio propio, aunque sólo durante siete años porque se casó. Miguel, en cambio, estudió Comercio en la capital vizcaína y se dedicó a los negocios.

viernes, 15 de enero de 2016

#libros #mujeres #historia | María de Maeztu Whitney : una vida entre la pedagogía y el feminismo

María de Maeztu Whitney : una vida entre la pedagogía y el feminismo / Mª Josefa Lastagaray Rosales.
Madrid: La Ergástula, 2016 [01-15]
380 p.
Colección: Historias de la Historia
ISBN 9788416242146 / 25 €

/ ES / ENS / BIO
/ Educación / Historia – Siglo XX / María de Maeztu / Mujeres / Mujeres – Historia / Testimonios / Vida intelectual

María de Maeztu Whitney (Vitoria, 1881 - Mar del Plata, 1948) fue una figura fundamental para la educación de la mujer de principios del siglo XX en España. Con una temprana vocación por la enseñanza apoyada desde el seno familiar, María destacó por su tenacidad y deseos de conocimiento que la hicieron convertirse en una de las pedagogas más relevantes de nuestro país. La creación de su Residencia de Señoritas en 1915 es un hito para la mujer española que hasta ese momento no había tenido la oportunidad de formarse fuera del hogar. La faceta personal y familiar de María de Maeztu, que hasta el momento había sido poco estudiada, se muestra en este libro como un factor determinante en su vida.

María Josefa Lastagaray Rosales (Bilbao, 1948) es licenciada en Geografía e Historia, especialidad en Historia del Arte, por la Universidad Autónoma de Madrid (1988), institución en la que obtiene su doctorado en Historia y Teoría del Arte en abril de 2010 con la tesis titulada ‘Los Maeztu: una familia de artistas e intelectuales’. Tras graduarse en Artes Aplicadas (1979) y diplomarse en Profesorado de Educación General (1982) ejerce como profesora de primaria y secundaria (Ciencias Sociales) en colegios privados y públicos (1989 - 2001). Ha impartido diversos cursos y conferencias relacionadas con la Historia del Arte y sobre la familia Maeztu. Asimismo ha colaborado en diversas publicaciones, destacando el estudio introductorio del libro recopilatorio de artículos de Ramiro de Maeztu sobre la Primera Guerra Mundial titulado ‘Crónicas de la Gran Guerra. Inglaterra en Armas y otras visitas al frente’, publicado por La Ergástula en 2014.

martes, 8 de diciembre de 2015

#hemeroteca #mujeres #historia | Las mujeres que intentaron sacar a España de las cavernas

Imagen: Yorokobu / María de Maeztu
Las mujeres que intentaron sacar a España de las cavernas.
Mar Abad | Yorokobu, 2015-12-08
http://www.yorokobu.es/mujeres-progresistas/

Parecía que España iba a ser por fin un país moderno como Francia o Inglaterra. Empezaba el siglo XX y muchas mujeres querían ser independientes. No les interesaba pescar un buen marido. Querían estudiar, trabajar fuera de casa y ser libres. Algunas lo consiguieron por ellas mismas, a codazos con la sociedad. Otras, como Victoria Kent, Maruja Mallo o Josefina Carabias, lo aprendieron en la Residencia de señoritas. Pero el sueño acabó a balazos y el dictador Francisco Franco volvió a recluirlas en la habitación de ‘las labores propias de su sexo’. Eso era cocinar, lavar, coser y cuidar de los niños.

El afán de libertad que trajo el siglo XX no era nuevo. Las escritoras Emilia Pardo Bazán, Concepción Arenal o Carmen de Burgos ya lo intentaron en la segunda mitad del XIX. Doña Emilia, como la llamaban entonces, se había liberado de las cadenas de la familia bien vista y se lanzó a los brazos de todos los amantes que quiso. Los de Benito Pérez Galdós o los de Lázaro Galdiano. La novelista pedía que los hombres y las mujeres pudieran hacer las mismas cosas. Aunque eso era una extravagancia. La moral de la época dictaba lo contrario. En voz del escritor Juan Valera y Alcalá Galiano: «la mujer que pretende tornarse independiente del hombre actúa en pecaminosa rebeldía contra los decretos de la Providencia».

Esas consignas empezaron a oler a rancio entre algunos círculos intelectuales. A Echegaray, Castelar, Giner de los Ríos o Galdós no les gustaba ese mundo partido en dos. Ellos estaban a favor de que las mujeres entraran en la Academia y, por eso, en 1889, comenzaron a pronunciar el nombre de Doña Emilia como aspirante a la institución. Ella estaba conforme y escribió:

«Si a título de ambición personal no debo insistir en postular para la Academia, en nombre de mi sexo creo que hasta tengo el deber de sostener, en el terreno platónico, y sin intrigas ni complots, la actitud legal de las mujeres que lo merezcan para sentarse en aquel sillón, mientras haya academias en el mundo».

Pero la Academia estaba dominada por la moral de la época y no la admitió. Los estatutos eran categóricos. El saber era cosa de hombres.

Emilia Antonia Socorro Josefa Amalia Vicenta Eufemia Pardo Bazán y de la Rúa-Figueroa no se desanimó. Al contrario. La aristócrata con siete nombres pensó que tenía que hacer ver a otras mujeres que los hombres les impedían entrar en las instituciones del conocimiento, la política e incluso la diversión.

En 1892, la coruñesa fundó la publicación ‘La biblioteca de la mujer’ para hablar de estos temas pero, conforme avanzaban los números, se fue desanimando. Esperaba que sus referencias a obras como ‘La esclavitud femenina’, de John Stuart Mill, hicieran ver a otras jóvenes que vivían como sombras de los hombres, detrás del telón de su función, pero eso no ocurrió.

La periodista, decepcionada, decidió terminar la colección con recetas de cocina. «Cuando yo fundé ‘La biblioteca de la mujer’, era mi objeto difundir en España las obras del alto feminismo extranjero (…). He visto, sin género de duda, que aquí a nadie le preocupan gran cosa estas cuestiones, y a la mujer, aún menos. Cuando por caso insólito, la mujer se mezcla en política, pide varias cosas distintas, pero ninguna que directamente, como tal mujer, le interese y convenga», escribió entonces. «Aquí no hay sufragistas, ni mansas ni bravas. En vista de lo cual, y no gustando de luchas sin ambiente, he resuelto prestar amplitud a la sección de economía doméstica de dicha Biblioteca, y ya que no es útil hablar de derechos y adelantos femeninos, tratar gratamente de cómo se prepara escabeche de perdices y la bizcochada de almendra».

Pero ella no era mujer de fogones. Pardo Bazán siguió en su empeño. En 1905 el Ateneo de Madrid le concedió el carné de socia. Era la primera mujer que entraba en la institución y La Época lo contó así:

«La inteligencia no tiene sexo, y la de la señora Pardo Bazán es de aquellas que no solo honran a la Corporación que le abre sus puertas, sino al país entero, que la mira como a uno de sus más insignes hijos».

Ese periódico dio un paso valiente para la época. Afirmó que una mujer también podía ser inteligente. Lo que aún quedaría pendiente era atreverse a llamarla por su género: «como a una». Pero por aquel entonces el mundo era aún, en sus formas y su lenguaje, aplastantemente masculino.

El pensamiento de los miembros del Ateneo estaba varios años por delante del resto de la población. Las publicaciones francesas y británicas que leían en sus salones formaban a las clases intelectuales más progresistas del país. Un año después de que Pardo Bazán entrara con voz y voto en la institución fue nombrada presidenta de la sección de literatura. En 1910 consiguió el puesto de consejera de Instrucción pública y, seis años más tarde, la cátedra de Literatura contemporánea y Lenguas neolatinas de la Universidad Central de Madrid.

Fueron hombres los que mejor acogieron las ideas de Pardo Bazán. Y, paradójicamente, algunos de ellos trabajaron más por la liberación femenina que muchas mujeres. La novelista siempre contó con el apoyo del pedagogo Francisco Giner de los Ríos. El director de la Institución Libre de Enseñanza fue quien mostró a la autora algunas de las referencias que marcarían su pensamiento feminista. En la publicación ‘Don Francisco Giner. Crónica de Madrid’, la autora escribió:

«Era Giner resueltamente feminista. Todo lo que atañía al mejoramiento de la condición de la mujer le interesaba en el más alto grado. Por él conocía yo la famosa obra de Stuart, ‘La esclavitud femenina’, que tanto influyó en el movimiento feminista de Inglaterra, y que hice traducir y publiqué en castellano, cuando creía que pudiesen aquí importarle a alguien tales asuntos».

En 1915, el palacete de Madrid donde estaba la Residencia de estudiantes se quedó pequeño para tanto varón. Ese año los hombres empezaron el curso en las instalaciones de la calle Pinar y en octubre, el edificio de la calle Fortuny se transformó en la Residencia de señoritas. Lo estrenaron 30 jovencitas que preparaban su ingreso a la universidad o que ya cursaban estudios superiores en las facultades, la Escuela Superior del Magisterio, el Conservatorio Nacional de Música o la Escuela Normal. También podían residir allí mujeres que se dedicasen al estudio «privadamente», «sin aspirar a un reconocimiento oficial de estudios», según recoge la ‘Memoria’ de la Junta del año de su constitución.

En aquella residencia montaron bibliotecas, laboratorios y archivos para que las chicas pudieran estudiar. Durante todo el año había un programa de conferencias, lecturas de poemas, conciertos, enseñanza de idiomas, actividades deportivas y excursiones para completar la formación académica. Ese espíritu y cientos de documentos, cartas, fotografías, libros y pinturas que quedan de la institución se muestran en la exposición ‘Mujeres en vanguardia’ desde finales de noviembre hasta el próximo 27 de marzo. La exhibición, comisariada por Almudena de la Cueva y Margarita Márquez Padorno, está en el edificio de la Residencia de Estudiantes de Madrid.

La asistencia a las conferencias era obligatoria. La Residencia de señoritas siempre fue más estricta que la de los varones. El control también fue más intenso. Era habitual entonces exigir a una dama comportamientos más recatados que a un caballero, pero, además, había una fuerte conciencia de que tenían que aprovechar esa oportunidad. Muy pocas mujeres podían acceder a esa formación y ellas tenían que convertirse en un ejemplo para las demás. Eran las primeras mujeres que echaron a arder su delantal y las llamadas a liderar un nuevo país más igualitario.

Eso exigía un talante enérgico, valiente y decidido. Así era la persona que dirigió esta institución desde su inauguración, en 1915, hasta septiembre de 1936. María de Maeztu Whitney, a la que sus alumnas llamaban María la brava, dedicó todos esos años a que «las españolas siguieran el camino que las mujeres habían iniciado en otros países». Este era el propósito de la residencia, según indicó la directora en una entrevista con la periodista y antigua residente Josefina Carabias.

Maeztu se refería a Estados Unidos, Inglaterra, Francia y Alemania. La maestra veía con admiración el protagonismo que las mujeres empezaban a cobrar en esos países y conocía bien el método de enseñanza estadounidense. Antes de dirigir la residencia, había estudiado en Leipzig y Marburgo (Alemania), con una beca de la Junta para la Ampliación de Estudios, y había sido profesora en el Instituto Internacional que fundó Alice Gordon Gulick para promover la educación de las jóvenes españolas. En el International Institute for Girls in Spain, como se llamaba en inglés, aprendió métodos pedagógicos muy avanzados para la época que luego aplicó en la Residencia de señoritas.

La maestra se esforzó en que las jóvenes que pasaran por ahí no solo fueran más cultas. También quería hacer de ellas personas con iniciativa. Las asociaciones de alumnas debían organizar actividades lúdicas e incluso ellas mismas podían ofrecer conciertos y recitales. Maeztu viajaba con frecuencia y le gustaban las costumbres y tendencias de países más democráticos y progresistas como los anglosajones. «La directora veía con buenos ojos estas veladas que prolongaban el té que ella misma imponía a media tarde», escriben Almudena de la Cueva y Margarita Márquez Padrono en un artículo titulado ‘Una habitación propia para las españolas’.

Pero, a la vez, era consciente del riesgo que suponía intentar esquivar las tradiciones más recalcitrantes del país y, antes de cada fiesta, supervisaba la lista de invitados que acompañaban a las chicas, que en su mayoría, procedían de familias acomodadas con una mentalidad liberal. «Esta estricta supervisión era el arma que María de Maeztu esgrimía contra quienes pudieran recelar del ambiente de la institución que dirigía».

La directora pensaba que la estancia en otros países era una parte fundamental de la educación de una persona. A partir de 1917 estableció un programa de intercambio con colleges femeninos de EEUU y las españolas comenzaron a completar sus estudios en el extranjero.

Al año siguiente, un real decreto aprobó la creación de un centro educativo que pretendía desarrollar nuevos métodos de enseñanza. Era el Instituto-Escuela y desde la Junta para la Ampliación de Estudios llamaron a María de Maeztu para dirigir la Sección Primaria. La vitoriense tenía una reputación excelente como pedagoga y nunca tuvo miedo a cuestionar los métodos tradicionales. Tanto era así que su frase más recordada hoy es la que pronunció en la Universidad de Oviedo sobre su experiencia como maestra:

«Es verdad el dicho antiguo de que la letra con sangre entra, pero no ha de ser con la del niño, sino con la del maestro».

En el Instituto-Escuela de Segunda Enseñanza había una sección preparatoria para niños y niñas, y un internado y un programa de clases para alumnas de bachillerato. «No había libros de texto, sino un cuaderno de trabajo donde los alumnos anotaban las explicaciones del profesor», explica la escritora Antonina Rodrigo, en Mujeres olvidadas. «No se estudiaba de memoria. Siempre que era posible, las clases se celebraban al aire libre. Se hacían excursiones y mucho deporte. La enseñanza de la lengua castellana se estudiaba con ejercicios especiales de dicción, de vocabulario, de lecturas, de recitación, de redacción, de literatura, de narración y composición. La geografía con prácticas de cartografía y construcción de mapas en relieve, de arcilla y de cartón. Las lecciones de historia se enriquecían con las visitas al Museo Arqueológico, al del Prado, al del Arte Moderno y, sobre el terreno, en los lugares históricos. El estudio de las matemáticas se facilitaba con toda clase de material capaz de dar amenidad a la asignatura. La biología, la botánica y la zoología no solo se estudiaban en las colecciones del instituto. También con excursiones al campo y visitas al Parque Zoológico y al Museo Nacional de Ciencias Naturales».

El verano de 1936 los edificios de la Residencia de señoritas quedaron vacíos, como cada año en esas fechas. Las educadoras y las alumnas estaban de vacaciones cuando una noticia sangrienta irrumpió en el país. A mitad de julio un grupo de militares liderados por el general Franco, Emilio Mola y José Sanjurjo dio un golpe de estado contra el gobierno republicano de Manuel Azaña. María de Maeztu volvió inmediatamente a Madrid.

El levantamiento parecía ir en serio y María la brava abandonó su cargo en el mes de septiembre. En esos 21 años al frente de la institución, la Residencia de señoritas había crecido de 30 a casi 300 estudiantes. Y ya no estaban en un solo edificio. Eran doce en la ciudad de Madrid.

La Residencia de señoritas no fue el primer intento de instruir a las mujeres en España. En 1870, el religioso y docente Fernando de Castro y Pajares fundó la Asociación para la Enseñanza de la Mujer. El grupo de catedráticos que creó el proyecto pedagógico de la Institución Libre de Enseñanza (ILE) seis años después también pretendía lo mismo.

En esa época las mujeres no eran bien vistas en la universidad. No había servido de nada lo que dejó dicho Alfonso el Sabio en el siglo XIII. Las mujeres, según sus dictados, podían estudiar lo que quisieran con una excepción: la carrera de Leyes. Pero nadie hizo caso al monarca y hasta 1893 no entró una mujer en la universidad. Ese año María Goyri escribió a la Dirección General de Instrucción Pública para solicitar una autorización que le permitiera matricularse en la facultad de Filosofía y Letras de Madrid. El permiso fue concedido.

La noticia causó un estruendoso revuelo en la Academia. Al entregar su matrícula, el secretario le advirtió:

–Cierto que no existe ninguna disposición que le impida conseguir su deseo. Ahora bien, yo no me hago responsable de lo que pueda ocurrir.

La universidad era territorio viril. El claustro de profesores, temeroso, estableció que un bedel acompañara a la chica en todo momento mientras estuviera dentro del edificio. Entre una clase y otra, Goyri no podía quedarse en los pasillos con sus compañeros. El ordenanza la acompañaba a la antesala de los profesores y ahí, a solas, pasaba los descansos entre una clase y la siguiente. La periodista Josefina Carabias relató en un artículo de Estampa, en 1933, que en las aulas, situaban una mesa supletoria para ella, a varios metros de distancia de las de sus compañeros.

La primera mujer que fue a la universidad en España fue profesora de Literatura durante los primeros cursos de la Residencia de señoritas. La hispanista, esposa del filólogo Menéndez Pidal, llevaba años escribiendo a favor de la independencia de la mujer. El debate venía con fuerza de países como Francia e Inglaterra. En España, Emilia Pardo Bazán y Concepción Arenal lideraban la polémica. Goyri se sumó a ella. En 1892 defendió a las dos escritoras gallegas y seis años después comenzó a publicar una columna en la Revista Popular titulada ‘Crónicas femeninas’.

Ahí apoyó el trabajo de la mujer fuera del hogar y su participación en la sociedad en igualdad de condiciones que los hombres, según la historiadora Antonina Rodrigo. «Hay que hacer cotizar el valor intelectual y práctico de la mujer para que aporte su valiosa colaboración a la sociedad», escribió Goyri.

Algo empezaba a cambiar. En 1909 abrieron la Escuela de Estudios Superiores del Magisterio y ahí las mujeres no eran mal vistas. Un año después el Gobierno derogó la normativa que exigía a las alumnas un permiso especial para matricularse en la universidad.

El camino que emprendieron Pardo Bazán, Concepción Arenal, María de Maeztu, Victoria Kent, Maruja Mallo o María Goyri comenzaba a transformar a las señoritas de este país. Muchas eran cultas, atrevidas y autosuficientes. Pero el futuro con el que soñaban derrapó el verano de 1936. El levantamiento militar venía con la consigna contraria. La España que surgió después de la victoria fascista arrastró a las mujeres a un tiempo castrador.

En 1940 el Gobierno de Franco volvió a abrir la residencia pero esta vez se llamó Colegio Mayor Santa Teresa de Jesús. Ya nada tenía que ver con los valores de las mujeres que se atrevieron a cortarse el pelo y subir el corte de sus faldas. Pilar Primo de Rivera, la fundadora de la Sección Femenina de la Falange, nombró directora a una persona de su confianza, Matilde Marquina. La hija del dictador Miguel Primo de Rivera tenía otros planes para la institución y para la mujer. La española a la que quisieron casar con Hitler tenía una visión de su género mucho más perversa. Esta:

«Las mujeres nunca descubren nada. Les falta, desde luego, el talento creador, reservado por Dios para inteligencias varoniles. Nosotras no podemos hacer nada más que interpretar, mejor o peor, lo que los hombres nos dan hecho».

sábado, 5 de diciembre de 2015

#hemeroteca #mujeres #historia | La cuna del feminismo madrileño cumple cien años

Imagen: El Diario
La cuna del feminismo madrileño cumple cien años.
La exposición 'Mujeres en Vanguardia' recorre la historia de la Residencia de Señoritas, coincidiendo con el centenario de su creación. Dirigida por María de Maeztu, por ella pasaron Maruja Mallo, María Zambrano o Victoria Kent.
Belén Remacha | El Diario, 2015-12-05
http://www.eldiario.es/cultura/feminismo/feminismo-principios-siglo-XX-puertas_0_459154576.html

"La Residencia de Señoritas no ha sido la consecuencia, sino la causa, de que haya tantas muchachas en la Universidad". Lo afirmaba orgullosa la filósofa María de Maeztu, quien fue directora de la institución durante sus 21 años de vida, en una entrevista de 1933 en la revista Estampa con la periodista y residente Josefina Carabias. Se podría añadir que la conocida como Residencia de Señoritas fue, además, el lugar donde se gestaron muchos de los avances en materia de igualdad que se desarrollaron durante la Segunda República.

Prácticamente todas las mujeres que destacaron en la cultura y política de España de las primeras cuatro décadas del siglo XX estuvieron vinculadas de un modo u otro a esta institución. Durante sus 21 años de vida la Residencia alcanzó grandes logros formativos y materiales (en veinte años pasó de tener espacio para treinta alumnas, a doce edificios para unas trescientas). Mientras la Residencia de Estudiantes masculina ha obtenido gran notoriedad histórica por albergar a Federico García Lorca, Salvador Dalí, Severo Ochoa o Luis Buñuel, su rama femenina, menos conocida, hizo lo propio con mujeres como Victoria Kent o Matilde Huici. Entre la plantilla del profesorado figuraban Maruja Mallo o María Zambrano.

Coincidiendo con su primer centenario, la Residencia de Estudiantes y Acción Cultural Española ha sacado a la luz más de 400 documentos, libros, fotografías y obras de arte buscando rendir un homenaje a la institución, además de dar a conocer al gran público este lugar clave para el feminismo e intelectualismo español. En la propia Residencia y hasta el 27 de marzo, 'Mujeres en Vanguardia' recorre toda su historia, desde los años previos a su creación hasta el destino de sus alumnas y profesoras, tras su cierre en plena Guerra Civil. A todos los documentos les acompañan diferentes obras plásticas de artistas muy vinculados a la institución como Mallo, Helena y Joaquín Sorolla, o Delhy Tejero, o que retratan a alumnas y profesoras de la época.

Mujeres de vanguardia
El objetivo de la exposición, como declara la organización en su catálogo, es también recrear y transmitir el ambiente que se vivió en la Residencia durante aquellos años. Tanto el grupo femenino como el masculino (fundado en 1910) fueron creados por la Junta de Ampliación de Estudios. "La Residencia de Señoritas no se basó en un hecho, sino en una suposición. No era, pues, un negocio que se montase para aprovechar las circunstancias favorables. Era un sacrificio que hacía la Junta de Ampliación de Estudios para animar a las mujeres españolas a seguir el camino que habían iniciado en otros países", declaraba María de Maeztu en la mencionada entrevista con Carabias. Fue el primer centro oficial de formación superior de la mujer creado en España.

La fundación de la Residencia estuvo precedida por la creación de organismos que defendían la igualdad de oportunidades en la educación de las mujeres en una sociedad en la que ésta todavía era una utopía, como la Asociación para la Enseñanza de la Mujer, la Institución Libre de Enseñanza o el International Institute for Girls in Spain. Pero junto con el impulso de la JAE y de Maeztu, hubo sobre todo dos circunstancias que propiciaron el desarrollo del modelo residencial femenino: la creación en 1909 de la Escuela de Estudios Superiores del Magisterio, y el acceso libre de las mujeres a las enseñanzas universitarias tras la derogación en 1910 de la Real Orden que les exigía permiso y acompañamiento especial de un tutor.

Una historia truncada por la guerra
Así pues, la Residencia de Señoritas abrió sus puertas en los números 28 y 30 de la calle de Fortuny, antes ocupados por el grupo masculino, en octubre de 1915. Estaba dirigida tanto a jóvenes que realizasen estudios superiores o se dedicasen privadamente al análisis de archivos o bibliotecas, como a las que quisieran aspirar a un enriquecimiento cultural sin reconocimiento oficial. Entre sus actividades incluía clases, en la que la disciplina era mucho mayor que en su homóloga masculina, y actividades sociales y lúdicas relacionadas con el deporte, el ocio e incluso los viajes. En sus instalaciones destacaban la biblioteca y el Laboratorio Foster fundado en 1920, por el que pasaron alumnas residentes y científicas como Dorotea Barnés o Rosa Herrera Montenegro.

Las conferencias, privadas y públicas, como en la Residencia masculina, también tuvieron un lugar esencial: además de acoger intervenciones de Ramiro de Maeztu, Pedro Salinas, Miguel de Unamuno o Federico García Lorca (presentando el entonces inédito ‘Poeta en Nueva York’), también impartieron charlas mujeres como Clara Campoamor, Isabel Oyarzábal o Victoria Ocampo.

La trayectoria de la Residencia de Señoritas fue paralela a la de la Residencia de Estudiantes, también al ver truncado su recorrido por el inicio de la Guerra. En julio de 1936 casi todas las estudiantes se encontraban fuera de la Residencia por las vacaciones escolares. Las pocas que quedaban fueron desalojadas, y los edificios empleados durante el conflicto como hospital, enfermería, hogar de acogida o instituto de enseñanza media. En septiembre, María de Maeztu presentó su dimisión.

Acabada la Guerra, se hizo efectivo el decreto de 1938 que disolvía todos los centros de la JAE. En 1940, el patrimonio de la Residencia de Estudiantes femenina y masculina pasó a depender de un Patronato de que formaba parte el Ministerio de Educación Nacional, que convirtió la Residencia de Señoritas en el Colegio Mayor Teresa de Cepeda. Los destinos de las residentes y profesoras que no se adherieron a la rebelión, e incluso de la directora, se diseminaron entre el exilio en América (en lo que ayudó mucho a algunas los programas de intercambio de la Residencia, gracias a los cuales hicieron contactos en otros países a donde pudieron huir) y el ‘exilio interior’, condenadas a cambiar la formación que encontraron en las ‘habitaciones propias’ de las residencia por el silencio intelectual que conllevó tener que encerrarse en sus casas. La Guerra se llevó por delante, también, la cuna del feminismo español de principios del siglo XX.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

#hemeroteca #mujeres #historia | Las mujeres que eligieron ser cultas para ser libres

Las mujeres que eligieron ser cultas para ser libres.
‘Mujeres en Vanguardia’ celebra el centenario de la Residencia de Señoritas con 400 piezas que resumen su historia.
Lorena G. Maldonado | El Español, 2015-12-02
http://www.elespanol.com/cultura/20151202/83741653_0.html

Fueron mujeres en una época en la que a la mujer sólo se le dejaba ser hembra. Niñas bien, iconos pop, sexo fuerte intelectual. Se arremangaron las faldas y se colaron en fiestas reservadas a la testosterona: atriles, laboratorios, escaños. Ya no querían ser musas. Ahora, ellas con la témpera, con la ley, con el tomo de filosofía, con el poemario. Las chicas de la Residencia de Señoritas -cara B de la mítica de Estudiantes- eligieron ser cultas para ser libres.

Fue en 1915 cuando la pedagoga y humanista María de Maeztu inauguró el primer centro oficial español para fomentar la formación superior de la mujer adoptando a 30 alumnas entusiastas. Se instalaron en el hotelito de la calle Fortuny (en Madrid) que habían ocupado sus compañeros antes de que se les quedara pequeño y se mudaron a los Altos del Hipódromo. Su actividad didáctica fue frenética, pero, además, Maeztu se encargó de perfilar a la joven moderna de comienzos del siglo XX ofreciéndole deportes, viajes, conferencias e incluso intercambios en colleges estadounidenses (para disgusto de las autoridades católicas del momento, que se hacían el rosario de ida y vuelta para que las niñas no sacaran los pies del tiesto).

La directora contó con el apoyo de Alberto Jiménez Fraud -su homólogo en la residencia masculina-, de la Asociación de Educación para la Mujer -creada en 1879 por Fernando de Castro- y con el International Institute for Girls in Spain, que aportó proyección extranjera e ínfulas de unas libertades que aquí no habían aterrizado.

Mujercitas vanguardistas
Las chiquillas no tenían más de 16 años y ya eran peligrosas: algunas incluso soñaban con ir a la Universidad. Sabían que la emancipación había que trabajarla de dentro hacia fuera. “Al principio fue complicado: se requería de un permiso paterno para poder acceder, y María de Maeztu, para tranquilizar a los tutores, quiso hacerles ver que la madurez académica no era incompatible con los parámetros de una vida moral”, explica Almudena de la Cueva, comisaria de la exposición Mujeres en Vanguardia, que celebra el centenario de la residencia.

“Impuso horarios a las internas y, al observar la reticencia de ciertos padres a que las niñas durmieran allí, no hizo obligatorio el internado. También había quien temía que sus hijas pisaran las aulas de la Universidad, así que la directora concertó un método por el que algunas de las señoritas recibían clases preparatorias en la Residencia y sólo iban a las aulas a examinarse”. Maeztu se movía por atajos para edificar su “casa de muchachas aplicadas al estudio”, y bien dejó claro que no deseaba “un casino de intelectuales ni un plantel de sufragistas”. Su afán por inculcarles “un hondo sentimiento de honor, dignidad y espíritu crítico” provocó que fueran la semilla de todo lo conquistado después: luchadoras con hábito a las que no les estorbaban los pechos.

Había algo de rebeldía en esas niñas de pelo corto y abrigo largo que irrumpían en las clases acompañadas de un profesor y ocupaban pupitres apartados de los varones. Mujeres extravagantes hacia adentro que un día firmaban su matrícula universitaria y otro ondeaban un título con su nombre, sin que ningún novio les prestase el apellido. Estudiar las hacía sexys -por autónomas- sin necesidad de ser hermosas, y ese germen académico se extendió muy pronto: “Llegaron tantas que Maeztu empezó a dividirlas en grupos, y al poco, las clases se expandieron por edificios cercanos”, sostiene De la Cueva.

Al cierre del centro, en 1936, ya eran 300 por promoción. La muestra Mujeres en Vanguardia -organizada con el apoyo de Acción Cultural Española (AC/E)- puede verse desde hoy hasta el 27 de marzo de 2016 en la Residencia de Estudiantes. Acoge más de 400 documentos, libros, fotografías, archivos sonoros y obras de arte de instituciones como el Museo Sorolla, el Reina Sofía, la Fundación José Ortega y Gasset-Gregorio Marañón o la Biblioteca Nacional de España, entre muchos otros. La Residencia de Señoritas se constituyó como un ecosistema independiente, un ring del pensamiento moderno que entrenaba a sus chicas para convencer fuerte ahí afuera. Y sus combatientes, tanto profesoras como alumnas, fueron de excepción.

De tal maestra tal alumna
Hubo docentes de la potencia artística y experimental de Maruja Mallo, pintora surrealista codeada allá en París con René Magritte, Max Erns, Joan Miró o Paul Éluard -el propio André Breton compró en 1932 su obra espectral Espantapájaros-. Sufrió por Rafael Alberti, influyó en Miguel Hernández, fue precursora del arte pop estadounidense y García Lorca aseguró que “toda la belleza del mundo cabía en su ojo”. O María Goyri, ávida investigadora humanista. Un informe franquista, en 1937, la tildó de “persona de gran talento, de gran cultura, de una energía extraordinaria, que ha pervertido a su marido [Ramón Menéndez Pidal] y a sus hijos; muy persuasiva y de las personas más peligrosas de España. Es sin duda una de las raíces más robustas de la revolución”.

También Zenobia Camprubí impartió clases en la Residencia. Mamó del feminismo estadounidense durante sus años universitarios en Columbia y lo trajo aquí como una víscera caliente para liderar el Lyceum Club Femenino. Fue escritora de ego compatible con su amor a otro escritor -Juan Ramón Jiménez-, por quien se desdobló en traductora, secretaria y agente. María Zambrano -Premio Príncipe de Asturias y Premio Cervantes- fue profesora de Filosofía de las niñas; Gabriela Mistral y Clara Campoamor colaboraron en su aprendizaje. Hasta Marie Curie acabó alojándose unas noches en la institución después de una conferencia.

Con estas influencias, no es raro que el centro pariese alumnas como las pintoras Delhy Tejero y Menchu Gal; la periodista pionera Josefina Carabias, la abogada Matilde Huici o la mismísima Victoria Kent, que reformó todo el sistema penitenciario y fue la primera mujer española en intervenir en un consejo de guerra. Por las obras de estas mujeres arrolladoras -y por las de otras anónimas gigantes- pasea ‘Mujeres en Vanguardia’.

Pausa y legado
Cuando todo comenzaba a parecer posible, llegó la Guerra Civil como una apisonadora. “María de Maeztu presentó su dimisión tras el fusilamiento de su hermano Ramiro a manos del bando republicano”, suspira la comisaria. “El Comité de residentes y antiguas residentes se trasladó a Valencia siguiendo al gobierno de la República, pero allí la idea ya no sobrevivió”. Muchas de ellas emigraron, otras soportaron un “exilio interior que duró varias décadas”. Unas pocas regresaron siendo “auténticas desconocidas”. “Se habían formado con unas expectativas que fueron truncadas”, recuerda la experta. La Residencia de Señoritas pasó a llamarse Colegio Mayor Santa Teresa de Jesús y fue liderada por Matilde Marquina García, miembro de la Falange.

Nada fue en vano, sin embargo. “Dejaron un férreo legado. Sólo era cuestión de volver a la carga”, sonríe De la Cueva. Y así lo hicieron sus hijas, y las hijas de sus hijas, que han colaborado, gustosas, en la exposición. A pesar de que en España nunca hayamos tenido presidenta del Gobierno. A pesar de la herencia de la Ley Sálica para acceder a la Corona. A pesar del embudo laboral que dificulta a la mujer alcanzar puestos directivos. A pesar de la brecha salarial. Cuentan que un día, un ministro del momento visitó la Residencia y, sorprendido por los métodos pioneros que empleaban, le preguntó a Jiménez Fraud: “¿Pero usted cree que esto es España?”. Jiménez le miró: “No, pero lo será”.

#hemeroteca #mujeres #historia | La casa de las habitaciones propias

Imagen: El País / Laboratorio Foster de la Residencia de Señoritas, hacia 1930
La casa de las habitaciones propias.
Una muestra repasa el poder transformador de la Residencia de Señoritas, creada en 1915 para potenciar el progreso de las mujeres. La institución alojó a una generación vanguardista.
Tereixa Constenla | El País, 2015-12-02
http://cultura.elpais.com/cultura/2015/12/01/actualidad/1448996007_465429.html

Hace un siglo, un grupo de privilegiadas decidió exhibir nucas, tobillos y neuronas. Se apuntaron a la Universidad y a partidos de hockey. Se vistieron de hombres y se empaparon de libros. Cultivaron el ensayo y el tubo de ensayo, la lingüística y la poesía. Se metieron en política. Se hicieron sufragistas, surrealistas y lo que hiciese falta. Para todo ello sirvió la Residencia de Señoritas, creada para espolear el talento y la formación de las mujeres, “una habitación propia para las españolas”, en expresión —citando a Virginia Woolf— de Almudena de la Cueva y Margarita Márquez Padorno. Ambas son comisarias de la exposición ‘Mujeres en vanguardia’, que desde ayer y hasta el próximo 27 de marzo repasa en la Residencia de Estudiantes, en Madrid, la corta y revulsiva historia de una institución que nació en 1915 y que, como tantas otras luces, se apagó durante la Guerra Civil.

Cuando los reformadores, embebidos del espíritu de la Institución Libre de Enseñanza, decidieron abrir ese año en la capital española un espacio para las jóvenes que querían seguir estudiando, solo habían pasado cinco años desde la ‘legalización’ de la presencia de las mujeres en la Universidad mediante una real orden. Antes asistían rodeadas de bedeles, tutores y asombros. Nada incoherente en un país donde el siglo XX se había estrenado con un analfabetismo femenino del 71%, 16 puntos más que el masculino.

Al frente de esa casa se colocó María de Maeztu (Vitoria, 1882 - Buenos Aires, 1948), una mujer que no se había cortado el pelo, pero que había segado sucesivos convencionalismos al matricularse en Filosofía y Letras y, más tarde, en Derecho.

Para captar la atmósfera de la época, donde convivían progreso y caspa, baste dejar constancia de la solemne reunión convocada en el Colegio de Abogados de Bilbao para impedir que Maeztu ejerciese tras licenciarse, hecho que recordó el lunes en la Fundación Ortega-Marañón María José Turrión, coeditora del libro ‘La Residencia de Señoritas’ (Ediciones Universidad de Salamanca).

Fue también De Maeztu, pedagoga de excelencia, quien en sus tardes de pensión populachera en Madrid concluyó que las mujeres necesitaban una habitación propia para avanzar, años antes de que Woolf lo reivindicase en su célebre ensayo homónimo (‘A Room of One’s Own, 1929’).

Logros y atmósferas
Se aliaron entonces el empuje de De Maeztu y el de los reformadores que pugnaban por transformar España por la vía de la educación. La Junta de Ampliación de Estudios decidió destinar el edificio que hasta entonces había ocupado la Residencia de Estudiantes en la calle Fortuny —actual sede la Fundación Ortega-Marañón— en la nueva Residencia de Señoritas. Durante 21 años fue una factoría de creatividad. Por allí pasaron, como residentes, profesoras o alumnas, mujeres que romperían tabúes en múltiples campos, como la filósofa María Zambrano, la diputada Victoria Kent, la jurista Matilde Huici, las pintoras Maruja Mallo, Menchu Gal y Delhy Tejero, la periodista Josefina Carabias, la escultora Helena Sorolla o la primera embajadora, Isabel Oyarzábal.

La exposición, organizada por la Residencia de Estudiantes y Acción Cultural Española, evoca logros, personajes y atmósferas a través de unas 400 piezas, que incluyen libros, cartas, fotos y obras de Maruja Mallo, Joaquín y Helena Sorolla, Ángeles Durán o Delhy Tejero. Algunas han permanecido fuera del ojo público durante décadas, como el moderno autorretrato de Marisa Roësset (1925). “Salvo algunas, muchas de estas artistas han sido silenciadas y obviadas del relato canónico de la historia del arte”, lamenta Idoia Murga, asesora artística de la muestra.

La guerra llevó a muchas al destierro, empezando por su directora, exiliada en 1936 tras el fusilamiento de su hermano Ramiro en una de las sacas irregulares en Madrid el primer verano de guerra. En Buenos Aires, con apoyo de Victoria Ocampo y Gabriela Mistral, intentó impulsar un proyecto similar, que no cuajó.

En 1939, se salieron con la suya los integristas que habían atacado la modernización del Lyceum o la Residencia con ahínco: “La sociedad haría muy bien recluyéndolas como locas o criminales, en lugar de permitirles clamar en el club contra las leyes humanas y las divinas”. La Sección Femenina reconvirtió el Lyceum en el Club Medina. La Residencia de Señoritas se transformó en 1940 en el Colegio Mayor Teresa de Cepeda. Las nucas, los tobillos y las neuronas se enviaron a la cocina.

sábado, 28 de noviembre de 2015

#hemeroteca #mujeres #historia | Las chicas de Maeztu

Las chicas de Maeztu.
Ellas fueron las pioneras, las que descerrajaron las puertas de un mundo vetado a principios del siglo XX. La Residencia de Estudiantes inaugura una exposición sobre su institución femenina con motivo del centenario: la Residencia de Señoritas fomentó en 1915 la formación superior de la mujer.
Loreto Sánchez Seoane | El Mundo, 2015-11-28
http://www.elmundo.es/cultura/2015/11/28/5658c9e2268e3e102c8b459a.html

Fueron el germen de todo. El todo que ahora pasa desapercibido por obvio. Desde las orlas mixtas de las universidades hasta el sufragio universal. Fueron ellas, las que ocuparon la primera Residencia de Estudiantes que a ellos se les había quedado pequeña, las que pusieron un pie en las aulas, las especialistas en Farmacia, Derecho, Filosofía... Fueron ellas las que se cortaron el pelo, se subieron la falda y empaparon su mente sin llevar por bandera el feminismo, sino la igualdad.

Eran las chicas de la Residencia, la de Señoritas, claro. La menos conocida de las dos instituciones que emanaban cultura y libertad durante las primeras décadas del siglo XX. Eran jóvenes desde los 16 años que no se conformaron con aprender lo básico sino que se metían en laboratorios, en bibliotecas, en despachos... incluso algunas en barcos trasatlánticos para cursar estudios en Estados Unidos.

Hablamos de 1915, cuando María de Maeztu adopta a las primeras 30 mujeres que quieren tener estudios secundarios e incluso ir a la Universidad. Juntas se instalan en el pequeño edificio de la calle Fortuny que antes había albergado la Residencia masculina. En una época en la que la Cultura, la Medicina o la Filosofía se escribían en masculino, ellas eran verdaderas estrellas del rock. Así nos las describen Almudena de la Cueva y Margarita Márquez, comisarias de 'Mujeres en vanguardia', exposición organizada con Acción Cultural Española (AC/E) que se inaugura esta semana.

Pero abrir este pequeño centro llevó décadas de conversaciones y esperanzas en una sociedad más madura. Fernando de Castro y su Asociación de Educación para la Mujer creada en 1870 incitó a Francisco Giner de los Ríos y su Institución Libre de Enseñanza a luchar con más fuerza por este derecho. Aunque Alberto Jiménez Fraud creó la primera Residencia en 1910 (la de Lorca, Dalí, Buñuel...), no sería hasta cinco años más tarde cuando las mujeres duermen en la suya. «No era del todo fácil. Seguía siendo una sociedad cerrada. Las chicas necesitaban el consentimiento paterno para poder acceder y María de Maeztu, pese a la libertad abrumadora del lugar para la época, tenía que imponer horarios y demostrar que no era un lugar de libertinaje», aseguran las comisarias, que han basado esta exposición en más de 200 documentos entre cartas, lienzos, fotografías y dossieres.

Por eso, Maeztu describe así la institución en sus inicios, hace 100 años exactos: «No quiero ni un cansino de intelectuales ni un plantel de sufragistas. Deseo una casa de muchachas aplicadas al estudio. Es compatible la elevación intelectual con el mantenimiento de las virtudes morales de la mujer española; su aumento de cultura racial y hondo sentimiento del honor y la dignidad». Una dignidad en mayúsculas ya que supuso el primer paso para la integración de la mujer. No se puede hablar de igualdad sin igualar la educación, y la Residencia de Señoritas, que la pedagoga dirigió desde su inicio hasta 1936, tenía ese objetivo: equilibrar la balanza.

En un periodo en el que las mujeres en la universidad eran una minoría silenciosa, el deseo de saber se convirtió en un virus contagioso. Entraron 30 chicas y durante sus 20 años de vida sus aulas llegaron a albergar a centenares de ellas en un solo curso, que pasaron como profesoras, alumnas o colaboradoras. Un gran porcentaje acabó en pupitres universitarios. «Marie Curie, con sus dos Nobel, fue a dar charlas en la Residencia de chicos pero pasó la noche en la de señoritas. Imagínense a una chica que sueña con ser científica y que sabe que Curie duerme en la habitación de al lado. No hay mayor motivación».

Al principio eran una rara avis. Estudiantes que tenían que ir acompañadas por el profesor a clase y que no compartían mesa con sus compañeros varones. «A medida que la Residencia cogió fuerza y prestigio e incrementó su número de alumnas, las Universidades empezaron a naturalizar la situación. Ya no había dos clases».

Muchas de estas chicas no tenían permiso para dormir en la Residencia. «Lo que hizo Maeztu fue no hacer obligatorio el internado. Muchas señoritas iban a clases preparatorias y volvían a sus casas. Además, como los padres eran reacios a su asistencia a las aulas universitarias, crearon un método para impartir clases en la Residencia y que sólo tuvieran que ir a examinarse», comentan Almudena y Margarita. Las recogía un autobús para asistir a los exámenes y así la toma de contacto era mínima, pero había toma de contacto. Una de las muchas y maravillosas triquiñuelas que Maeztu ideó para conseguir el objetivo. «Si muchas de ellas quizá no alcanzaron a ponerlo en práctica (ir a la Universidad), al menos lograron transmitir ese espíritu a su entorno y a sus descendientes».

Otras, en cambio, llegaron a conseguir becas de intercambio con colleges estadounidenses. Algo que en las primeras décadas del s. XX era impensable. «El International Institute for Girls in Spain que se asentó en Madrid a principios de 1900 fue fundamental para la Residencia. Ayudó con medios materiales, programas de intercambio y con condiciones muy ventajosas en edificios y profesorado».

Así, poco a poco y una a una, podemos hablar de nombres que sin Maeztu, sin Jiménez Fraud, nos serían desconocidos y que ahora suenan con una fuerza revolucionaria: Zenobia Camprubí, Victoria Kent, Josefina Carabias, María Zambrano o Maruja Mallo como algunas de sus alumnas o profesoras; y Clara Campoamor, Concha Méndez o Gabriela Mistral como cooperantes en la Institución dando clases magistrales o impartiendo conferencias.

Dos de ellas (una ex alumna y una conferenciante) fueron las diputadas cabreadas del Congreso el famoso 1 de octubre de 1931. Las dos mujeres que se engancharon en una conversación que ha llegado hasta nuestros días: el voto femenino en España. Eran Victoria Kent y Clara Campoamor, fervientes feministas con posturas opuestas sobre el sufragio femenino. Kent negó el derecho de voto a las mujeres, considerando que la Iglesia votaría por todas y cada una de ellas. Tenía al Partido Socialista soplándole en la nuca. Las palabras con las que Campoamor respondió a Kent han pasado a la Historia. Venció, y las mujeres ese día fueron un poco más libres, un poco más iguales. La dignidad en mayúsculas.

Libertad, poder político, poder intelectual, poder de independencia. Todo parecía posible y llegó la Guerra Civil. La Residencia se trasladó a Valencia con la intención de sobrevivir. Cuando el hermano de Maeztu fue ametrallado ella sólo tuvo una opción: el exilio, igual que su compañero Jiménez Fraud. «Las Residencias cerraron. La de señoritas se transformó en el Santa Teresa, también para mujeres pero no tenía nada que ver», explican las comisarias.

Muchas chicas salieron escopetadas. España no era un lugar para ideas propias. Algunas acabaron en los colleges con los que mantenían una gran relación. Otras en Latinoamérica o Francia. El resto se mordió la lengua de puertas hacia fuera. El país retrocedió. Lo hizo para todo, pero los derechos de la mujer siempre se desinflan con más facilidad.

Pero es difícil olvidar la libertad. Esas mujeres fueron la semilla que germinó en 1977, cuando nadie dudó que en España la política era cosa de dos. No dudaron de las palabras de Campoamor, cuando defendió que «sólo hay una cosa que hace un sexo solo: alumbrar; las demás las hacemos todos en común, y no podéis venir aquí vosotros a legislar, a votar impuestos, a dictar deberes, a legislar sobre la raza humana, sobre la mujer y sobre el hijo, aislados, fuera de nosotras». Tampoco hubo duda, en la segunda mitad del s. XX, de que las mujeres, aunque en minoría, podían ir a la universidad. «En sus casas hablarían de ello. Una vez una mujer me comentó que cuando era muy pequeña (principios de los años 30) veía en las revistas a estas mujeres de pelo corto, maquilladas y con carreras universitarias. Eran sus heroínas, su referente. Y eso no se olvida».

Las modernas de la Residencia
Lourdes Ventura


María de Maeztu Whitney (Vitoria, 1882-Buenos Aires, 1948) aglutinó las fuerzas de las mujeres españolas que exigían una educación superior, allá por 1915. Fue ella, pedagoga, intelectual y luchadora incansable quien dirigió la Residencia de Señoritas desde 1915 hasta 1936, en el filo de la Guerra Civil. Hermana del filósofo Ramiro de Maeztu, su madre, Juana Whitney, era hija de un diplomático inglés y ya había fundado una escuela femenina. María estudió Magisterio en la Escuela Normal de Vitoria y Filosofía y Letras en Salamanca. Amiga de Unamuno y discípula de Ortega y Gasset, se especializó en Pedagogía y pronto destacó por sus ideas reformistas en materia de educación femenina. Cuando la Junta de Ampliación de Estudios que gestionaba la Residencia de Estudiantes, decidió crear su equivalente femenino, no tuvo ninguna duda a la hora de nombrar a María de Maeztu como su directora y fundadora. Que no nos confunda en el nombre del centro pedagógico, el apocado término de señoritas. Las generaciones que pasaron por la Residencia de la calle Fortuny representaron la vanguardia de las mujeres ilustradas de tres décadas de nuestra historia. Pedagogas como Juana Moreno, Carmen Castilla o Carmen Isern, científicas como María García Escalera o Cecilia García de Cosa, políticas como Victoria Kent o juristas como Matilde Huici, fueron residentes que marcaron el rumbo de muchas universitarias que irrumpieron, aunque acompañadas por los profesores, en las aulas anteriormente reservadas a los varones. La onda expansiva de reivindicaciones feministas que representó la Residencia y sus incontables conferencias abiertas al público, fue calando en las mujeres españolas más avanzadas. Cierto que las modernas que se movían en torno a la Residencia procedían de clases medias ilustradas, con facilidades para el estudio, familias cultas, políticamente liberales y de tradición krausista. Muchas de ellas hablaban idiomas, habían viajado y estaban al tanto de las novedades internacionales. María de Maeztu comprendió que la situación de inferioridad de las mujeres estaba vinculada a la falta de educación y a la carencia de perspectivas profesionales. En 1910 había en España un 70 por ciento de mujeres analfabetas. La Residencia pretendía formar a profesoras, a intelectuales y a científicas con el propósito de atender a la futura formación de todas las mujeres. El movimiento pedagógico liderado por María de Maeztu sirvió de guía espiritual de una generación pionera y feminista que luchó para que las mujeres alcanzarán la enseñanza secundaria y universitaria. Los nombres más interesantes de las intelectuales y políticas de esas décadas estuvieron vinculadas a la Residencia. Maruja Mallo, Concha Méndez, Isabel Oyarzabal, Anita Gasset, Antonia Suau, Clara Campoamor, Elena Fortun, Zenobia Camprubi, María Moliner. Para compartir experiencias comunes, innumerables profesoras extranjeras dieron conferencias invitadas por María de Maeztu. Marie Curie durmió en la Residencia femenina, aunque su ponencia fue en la Residencia de Estudiantes. Y Victoria Ocampo tuvo un gran éxito en una conferencia sobre Harlem. Pero a lo largo del tiempo, también poetas como Salinas, Lorca, Alberti, dieron sus recitales entre algarabía y algún escándalo. Ortega y Gasset, Bergamín, Zubiri, Maeztu, Baroja, Unamuno, fueron invitados habituales. La experiencia de la Residencia de señoritas dio lugar en el año 1926 a la creación del Lyceum Club, también de la mano de María de Maeztu , con su compromiso pedagógico con las mujeres siempre en activo.