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jueves, 6 de marzo de 2025

#hemeroteca #feminismo #islamofobia | La liberación según Margaret Thatcher

'No tenemos un velo de tontas', mani en Soria, 2018-03-08 //

La liberación según Margaret Thatcher

El debate sobre el velo no es un debate sobre el velo sino un ejercicio de poder, un abuso del mismo, una demostración de quién manda aquí, de quién tiene derecho a opinar sobre todo y quién no tiene derecho a hablar.
Brigitte Vasallo | El Salto, 2025-03-06
https://www.elsaltodiario.com/opinion/debate-velo-hiyab-escuelas-islamofobia-columna-brigitte-vasallo

Voy a empezar quitando un tema de encima de la mesa: para la gente que entrará a los comentarios de este artículo, o a mis redes, para mandarme a leer a Nawal as Sadawi como si fuese un castigo o una plaga de langostas, aclaro que la he leído, que incluso la conocí personalmente, y que discrepo con su análisis de las cuestiones del cuerpo porque, además de decir que el velo es patriarcal, también dice que los tacones son una forma de esclavitud y que el velo posmoderno es el maquillaje. Y yo, que ni uso hiyab ni tacones ni maquillaje, creo que el patriarcado no está en las cosas sino en su ejercicio, en el método y el contexto, y que analizar los objetos como si fuesen buenos o malos es un callejón sin salida: resultón, pero sin salida.

Este, en cualquier caso, no es artículo sobre el velo sino sobre la intervención del Estado en el cuerpo de las mujeres.

El debate en Europa sobre el hiyab está construido sobre trampas discursivas. Para las que pensamos que el patriarcado se sustenta en la universalidad —el ‘pater’ de la palabra es dios, el Estado y el padre, ese triunvirato, decidiendo en función de su propio y único criterio sobre la vida de los y las demás—, el debate sobre el velo corresponde a quien lo vive y solo a ellas: las musulmanas de práctica, de contexto, de herencia. Lo contrario, por mucho que lo hagamos las mujeres, es patriarcal en su estructura.

Ante los artículos de mujeres musulmanas a favor o en contra del velo nos corresponde leer, escuchar, agradecer que compartan su pensamiento con nosotras, aprender. Sé que muchas feministas saltarán aquí: ¿cómo que no tengo derecho a opinar? Seguramente este es el abismo más infranqueable entre dos maneras de entender la liberación: considerar que un cuerpo liberado es un cuerpo que hace lo que yo personalmente creo correcto, un cuerpo que me obedece porque mi opinión vale más y vale para todo el mundo, o considerar que todes vivimos en condiciones de posibilidad y que nuestro trabajo es, si acaso, ampliar esas posibilidades para que nuestras elecciones, las de cada cual, tengan un catálogo lo más amplio posible.

El debate sobre el hiyab, sea como fuere, viene con otra trampa en forma de falacia de correlación y que consiste en presentar dos ideas como necesariamente ligadas cuando lo tramposo es, justamente, esa correlación. En este caso, se plantea el rechazo al velo y su prohibición como correlativas, como si fuesen una sola cosa, cuando en verdad son dos temas bien diferentes. Y, por la misma lógica, se entiende el rechazo a la prohibición como un apoyo al velo cuando, de nuevo, son dos cosas distintas. Shirin Ebadi, Fatema Mernissi o Mona Eltahawy, por citar algunos nombres, se han posicionado contra el velo, contra las políticas de los Estados obligándolo y también contra las políticas de Estado prohibiéndolo.

El deseo de legislarlo se sustenta en una muy arraigada concepción de que el velo es patriarcal ‘per se’, que es violencia machista. Y ahí se entra en una discusión acalorada y apasionada sobre la defensa de las mujeres en contra de ellas mismas, defenderlas castigándolas. Esta postura se fundamenta en la ignorancia respecto a la genealogía de las políticas contra el hiyab en Europa, que tienen sus raíces contemporáneas en la colonización europea del norte de África y de Oriente Medio. En Argelia, el ejército francés organizaba amplias campañas para obligar a las mujeres a sacarse el velo, porque el cuerpo de las mujeres, su conquista, forma parte de las conquistas territoriales como forman parte de ello las violaciones en contexto de guerra. Esa es la genealogía que heredamos las feministas blancas europeas y esa es la historia de la que debemos hacernos cargo. Otra cosa que solo se puede explicar a través de los mecanismos del racismo es la ira contra las mujeres musulmanas con hiyab que son consideradas, al mismo tiempo, como víctimas de ese mismo hiyab. Incluso si ese fuera el caso, ¿qué sentido tendría castigar a la persona que sufre violencia? Cuando estamos hablando de adolescentes en los colegios, niñas de 12, 13 y 14 años que son expulsadas de clase por llevar velo ¿esa expulsión las estaría favoreciendo? Cuando la edad escolar obligatoria son los 16, ¿qué pasa después con esas chavalas si realmente están en situación de violencia? ¿Las mujeres violentadas no tienen derecho a estudiar? ¿Se castiga con esto al supuesto padre maltratador, o al dios maltratador, o se está castigando a la niña?

Francia lleva 150 años de guerra contra las mujeres con velo, pero no hay estadísticas que demuestren que las expulsiones de las escuelas, que han sido muchas, hayan reducido la violencia machista. ¿Se está estudiando el fracaso escolar de las chavalas que se ven envueltas en esos follones? ¿Qué supone para una adolescente ser expulsada del colegio a mitad del curso, como ha sucedido en España en numerosas ocasiones? Me sorprende, la verdad, no ver más voces alzándose: esto no es opinar sobre el velo, es decir alto y claro que castigar a las musulmanas en nombre de los derechos del resto de las mujeres no nos hace más libres, que no en nuestro nombre. Es lo que llamé ‘purplewashing’ hace años, cuando aún pensaba que decir las cosas en inglés las hacía más comprensibles y no menos.

En el feminismo blanco, sin duda, tenemos un problema especialmente grave y desesperante de supremacismo. Es el feminismo del mandar, el feminismo que quiere sustituir el patriarcado por una panda de mujeres haciendo de señores, unas Margaret Thatcher como si eso cambiase algo fundamental y no solo contingente. ¿No todo el feminismo blanco es así? No, amigas, no todo, pero no vamos a hacer aquí un #notall con el panorama desolador que tenemos. Desgraciadamente, sin embargo, la cuestión de la islamofobia traspasa la blanquitud e incluso en contextos donde está muy elaborada la cuestión del racismo, la islamofobia encuentra sus grietas pues forma parte del racismo, pero tiene sus propias lógicas. Una de ellas es creer que el Islam es una especie de ideología, y que quien la “escoge” tiene que asumir las consecuencias, mientras que el racismo y la racialización son cuestiones estructurales que no dependen de la voluntad de la persona. Es una hipótesis. Curiosamente esa idea del Islam es islamófoba en sí misma.

Laicas son las escuelas, no las personas
Ligado con esto está la cuestión de la laicidad, algo que nos carcome el entendimiento en los movimientos sociales de izquierdas de todo tipo. Pero de nuevo hay una confusión: laico tiene que ser el Estado y sus instituciones, no sus ciudadanos; laica tiene que ser la escuela, no las personas que la integran. Precisamente lo que hace la laicidad es garantizar que nadie impone su religión a los y las demás, una imposición que no sucede con el simple ejercicio de la propia identidad.

Paradójicamente, si es la laicidad la que impone su ser laico al alumnado, la laicidad está ejerciendo de religión, otra Margaret Tatcher. La escuela y el Estado están lejos de ser laicos, pero estamos gastando las energías en discutir si las alumnas musulmanas tienen derecho a ser ellas mismas y recibir educación reglada o tienen que escoger entre los estudios y la propia identidad, nada menos. Si de verdad nos preocupan tanto las musulmanas como se podría deducir del volumen de este debate, debería preocuparnos más la islamofobia y menos su ropa.

Este no es un artículo sobre el velo. Porque el debate sobre el velo tampoco es un debate sobre el velo sino un ejercicio de poder, un abuso del mismo, una demostración de quién manda aquí, de quién tiene derecho a opinar sobre todo y quién no tiene derecho a hablar.

Tuve la suerte de coincidir hace unos meses con Suhaiymah Manzoor-Khan: sus trabajos, en multitud de formatos, son de una clarividencia emocionante. En ellos afirma que la islamofobia no es una fobia sino una forma de gobierno y elabora todo un pensamiento relativo a la ininteligibilidad y las posibilidades (epistémicas) que se abren tanto al ser vista como al no ser vista. Manzoor-Khan decía en aquella ocasión que la islamofobia también interviene y persigue su propia relación personal e íntima con lo divino. Y eso no me parece poca cosa tampoco. Aunque yo, personalmente, ni lleve tacones, ni crea en dios.

domingo, 7 de enero de 2024

#hemeroteca #homonacionalismo | El arcoíris no dejaba ver las bombas: así se ha desmoronado el 'paraíso gay' construido por Israel

InfoLibre / Un soldado israelí con el arcoíris en Palestina //

El arcoíris no dejaba ver las bombas: así se ha desmoronado el 'paraíso gay' construido por Israel

Las exitosas políticas homonacionalistas que el Estado de Israel lleva promoviendo durante años, con el Festival de Eurovision de 2019 como paradigma, saltan por los aires con la guerra de Gaza. "Israel ha conseguido convencer de que es el gran defensor de los derechos humanos y LGBTI en Oriente Medio, cuando en realidad el único objetivo es desviar la atención de sus políticas más sangrientas", explica la escritora y activista Brigitte Vasallo.
Ana Fuente Díaz | infoLibre, 2024-01-07
https://www.infolibre.es/politica/palestina-bombas-son-color-arcoiris_1_1680209.html

En 2019, el Festival de Eurovisión se trasladaba a la ciudad de Tel Aviv tras la victoria de la representante israelí, Netta, en su anterior edición. Las voces críticas no tardaron en hacerse oír, pidiendo incluso el boicot al evento, pero poco podía hacerse, la maquinaria propagandística del Gobierno israelí ya estaba en marcha.

Desde el comienzo de la emisión, se sucedieron imágenes de paisajes idílicos, bailes, risas, niños y adultos de todas las etnias con sonrisas de oreja a oreja y, sobre todo, mucha presencia del colectivo LGBTI. Este continuo bombardeo de positividad y defensa a ultranza del amor al prójimo tenía una intención clara: demostrar a los espectadores que Israel es el hogar de la más absoluta diversidad.

El caso de Eurovisión es solo uno de los muchos ejemplos en los que utilizar la defensa de los derechos de las personas del colectivo LGTBI es muy rentable como campaña de marketing. Esta práctica –también conocida como ‘pinkwashing’– se enmarca dentro de una serie de políticas homonacionalistas que el Estado de Israel lleva promoviendo durante años como una forma más de tapar el colonialismo muchas veces criminal –Sudáfrica acaba de pedir a la Corte Internacional de Justicia que actúe contra Israel por genocidio–que impone sobre Palestina.

Según explica a infoLibre Izat El Amoor, sociólogo experto en cuestiones LGBTQ en Palestina, “el homonacionalismo es el uso de la tolerancia hacia las personas LGBTQ –o la falta de ella– como herramienta para evaluar y producir legitimidad y capacidad de soberanía nacional para un estado o un pueblo determinado”.

Israel “ha desplegado en su máximo esplendor” este tipo de técnicas, asegura Brigitte Vasallo, escritora y activista contra la islamofobia y el homonacionalismo. Esta estrategia busca mejorar la imagen del Estado hebreo y posicionarse internacionalmente como un “paraíso gay”. Utilizar el término “gay” en este caso, en lugar de otros más amplios como ‘queer’ o directamente LGTBI, no es ningún accidente. Tal y como explica Vasallo, este es el público objetivo al que Israel busca llegar: “Hombres homosexuales con vidas capitalistas y alto poder adquisitivo”.

A través de estas campañas, el país utiliza cuestiones como la orientación sexual u otras como la participación de las mujeres en el ejército –que vende como un logro feminista–, como herramientas para justificar sus políticas de colonización y agresión militar en Oriente Medio. “Estas son las estrategias que propician la violencia”, continúa Vasallo, y han logrado trascender las fronteras israelíes y convencer a gran parte del público internacional de que Israel es efectivamente el gran defensor de los derechos humanos y LGBTI en Oriente Medio, cuando en realidad el único objetivo es desviar la atención de sus políticas más sangrientas. Sin embargo, como señala el politólogo Alberto López, "en el conflicto entre Israel y Hamás nada tienen que ver los derechos LGBTQ".

La base del problema es, ni más ni menos, la islamofobia de las sociedades occidentales, que habrían encontrado en Israel a su gran aliado en Oriente Medio. Para El Amoor, “estas representaciones surgen en apoyo a la típica imagen de que los palestinos están asociados con el terrorismo, retratándolos como no aptos para la libertad y la autodeterminación”. La defensa de los derechos de las personas LGTBI no es, en este contexto, más que una moneda de cambio.

Pero estas prácticas no se ciñen únicamente al conflicto palestino-israelí, sino que son una realidad extendida en las sociedades occidentales. En su artículo ‘Instrumentalmente inclusivo: la psicología política del homonacionalismo’, coescrito junto a Stuart J. Turnbull-Dugarte, López señala cómo el homonacionalismo se utiliza también en países como España o Reino Unido para crear una línea divisoria con los inmigrantes, especialmente los musulmanes, presentándolos como antiLGTBI.

Se busca distanciar a la población de grupos no deseados, fomentando la polarización y la adhesión a ciertos valores nacionalistas y capitalistas. Este apoyo es “poco sólido y puede cambiar”, asegura López, ya que no se fundamenta en opiniones reales de los individuos, sino en un apoyo selectivo que sirve como mero mecanismo de defensa. “La población tiene mucho más claro quién son los grupos que le gustan y los que odian, que sus propios valores y cuáles son sus verdaderas posiciones", afirma el experto.

Aunque estas mismas técnicas han intentado reproducirse utilizando otras luchas sociales como puede ser el feminismo, “nada funciona tan bien como el homonacionalismo”, asegura. Aunque la explicación a este fenómeno no tenga una única respuesta, López cree que podría basarse en una cuestión de presencia: “Mientras que a las mujeres se les acepta su existencia, aunque es muchas ocasiones de manera muy limitada, la población LGTBQ carece totalmente de existencia.”

Independientemente de la realidad a la que se enfrentan las personas LGTBI en Palestina por motivo de su género u orientación sexual, la deshumanización consecuencia de la violencia sistemática a la que se enfrenta el país hace que “no tenga ningún sentido analizar ninguna de las estructuras humanas”, afirma Vasallo. Además, El Amoor recuerda que, “mientras los palestinos vivan bajo ocupación y bajo un sistema militarizado de opresión, no tendrán una verdadera oportunidad de abrirse y comprometerse con los derechos ‘queer’” y añade que “los palestinos homosexuales ni siquiera piden ser salvados, no por el colonialismo militarizado que busca borrar a sus familias y a sus comunidades”.

Este fenómeno no solo afecta negativamente a las poblaciones musulmanas, sino que también tiene graves consecuencias para el colectivo LGBTI. De acuerdo con Daniel Valero, activista por los derechos del colectivo, este tipo de tácticas les despolitizan, creando una imagen unificada y asumible para la mayoría de la sociedad de lo que supone ser LGTBI. “Nos hace olvidar la lucha y las problemáticas que tenemos todavía delante a través de un chantaje en el que se te perdona que seas una persona disidente, pero solo si te unes a los valores nacionalistas, capitalistas e incluso a las acciones bélicas”, afirma. El homonacionalismo pone al colectivo “en una perspectiva en la cual van de la mano con el odio”.

Además, López advierte que caer en estas prácticas "hace que se baje la guardia en cuanto a la defensa de las personas LGBTQ", ya que "el homonacionalismo edifica un apoyo al colectivo siempre condicionado a cuestiones antiinmigratorias".

viernes, 14 de abril de 2023

#hemeroteca #identidades | Xornada terceira: chámase galegofobia

As dúas Marías //
Xornada terceira: chámase galegofobia

Brigitte Vasallo · Xornal dun retorno | Praza, 2023-04-14

https://praza.gal/opinion/xornada-terceira-chamase-galegofobia 

O primeiro shock que tivo a catalanor comigo foi verme comer fillogas no patio do colexio de monxas. Premonitorio, foi o primeiro shock de moitos que ía levar a catalanor comigo, pois afortunadamente saíulles ra esta fillas de migrantes desagradecida, esta filla de migrantes esixente por enriba das súas posibilidades. “Las hijas de las criadas venidas a más” como dis a Juana Dolores, outra ra afortunada. Unha catalanor que, malia a quen lle pese, tamén é miña. Son a regras do xogo iste das identidades, e xúrovos que non as inventei eu.

Debía ter 5 ou 6 anos e na casa, nese consulado apócrifo de Chandrexa de Queixa en Barcelona, recibíramos sangue por correo. Este dato tería que comprobalo cos meus curmáns, mais agrádame tanto a idea, gardo con tanto agarimo esa memoria, que prefiro non arriscar a desmentila. Sexa como fora, eu recordo o paquete de correos, cartón e corda, dereito dende a matanza chegando á tristeza de Barcelona, á soidade de Barcelona, ulindo a aldea e a verán. O cofre do tesouro que contía as dúas xoias da coroa: os chourizos cebuleiros da tía Concha, os incomparables, e a botelliña de sangue, esa ambrosía. Para facer fillogas, ditas asi en queixalao, con “g” e sen geada.

Ese foi, a hora do almorzo no colexio de monxas, o primeiro shock que eu recorde que levaran comigo (seguro que houbo outros, porque 6 anos de vida dan para facer moito mal). Mais foi tamén a primeira implantación en min, que eu recorde, da vergonza da orixe, de ver nos ollos das compañeiras esa mirada de noxo, de reprobación, de superioridade, de exotismo cara unha orixe que tiña que ser escondida, disimulada para protexela a ela das miradas que a malentenden... e para protexerme a min do estigma que leva con ela.

Escribo isto porque empecei o dia atopándome de cara cun vídeo dos madrileños Carne Cruda que tentaba de ser retranqueiro sen saber que para retranca hai que valer, como para todo; o vídeo “celebraba” o aniversario da chegada de Feijoo a Madrid falando da emigración galega (sorpresa!) e facendo iste camiño: Feijoo, Rajoy, Franco como paradigma dos migrantes galegos a Madrid. Como vos quedades? A meirande parte dos comentarios ao vídeo eran, claro está, contra Galicia, pero é que a cousa estaba servida en bandexa.

A galegofobia, como outras fobias políticas, vai diso: trazar unha liña interesada entre as partes que serven ao discurso discriminador e facer delas un todo. Si hai que pasar por enriba dos miles de migrantes galegos que construíron Madrid, pásase e punto; si hai que pasar por enriba da colonización de Galicia por parte do Estado (España capital Madrid), pásase; si hai que pasar por enriba do feito que Feijoo é un inimigo de Galicia que vendeu o territorio aos oligopolios eléctricos, pásase; si hai que pasar por enriba do feito que Rajoy foi declarado ‘persona non grata’ en Pontevedra, pásase; si hai que pasar por enriba do feito que Franco fixo un xenocidio en Galicia, nun Estado que está, aínda hoxe, negando a memoria histórica, pásase, que carallo! Pásese mentres choriqueamos pola memoria histórica sen entender que a revisión das relacións entre territorios, tamén dende o simbólico, forma parte de facer esa memoria histórica. Pásase por onde se teña que pasar para alimentar e beneficiarse do prexuízo.

Mentres que a fobia as arañas, as abellas ou aos aviós trátase coma unha reacción patolóxica do individuo, as fobias políticas son unha forma de violencia estrutural, na súa parte simbólica, cara un grupo humano feitas sempre, sempre, dende unha posición de poder. Non son reactivas, mais son a causa e o efecto da discriminación secular cara grupos concretos. Por eso non ten sentido falar de brancofobia por parte de grupos racializados senón de xenreira política coma reacción a séculos de violencia. Iso é outra cousa. Por iso non ten sentido falar de heterofobia cando poboacións ou individuos non heterosexuais estamos ata a cona (real ou figurada) de termar co sistema e aínda ter que aguantar políticas públicas paternalistas que nos victimizan en lugar de sinalar a quen xenera o problema. Menos educar nas escolas ao respecto das minorías de xénero e mais educar no pensamento crítico cara ao tinglado de xénero enteiriño, diría eu. Xa verías qué risa.

Non pensedes que falo dende un púlpito, dando un responso como dis meu primo Juan (el si sabe de retranca): aquela nena do patio de colexio que son eu, viviu moitos anos na galegofobia, exercéndoa tamén. Non hai dominación sen a complicidade dos dominados, como ben explicou Fanon. E aos dominados convéncesenos que somos culpables da nosa dominación. Desmontar iso é un traballo de media vida, desmontar e reparar, de deixar de rirlle as gracias ao amo, e chamarlle á cousa polo seu nome: é galegofobia.

E mandarlles os eólicos de retorno a Madrid: iso sí sería retranqueiro.

miércoles, 14 de julio de 2021

#hemeroteca #homofobia #politica | Samuel, mañana

Google Imágenes / 'Coruña contra la homofobia' //

Samuel, mañana.

Hoy no es como el día antes de que lo mataran. Hoy somos otra cosa. Y antes de seguir con nuestras agendas aprovechando el impulso de la visibilidad, habría tal vez que pensar si es el momento de nuestra agenda o es el momento de la agenda de Samuel.
Brigitte Vasallo | Pikara, 2021-07-14
https://www.pikaramagazine.com/2021/07/samuel-manana/

A Coruña, después del asesinato de Samuel no es la misma ciudad. No puede ser la misma ciudad.

Estas palabras las pronunció Claudia Delso hace unos días en el pleno del Ayuntamiento de esa ciudad, justo antes de que la alcaldesa la mandara callar. Este no es un lugar donde venir a expresar emociones, le dijo.

En un tono bastante jodido, añado yo.

Pero antes de ser callada, Claudia Delso tuvo tiempo de decir cosas importantes. Una de ellas: que lo que se dice, y lo que no se dice desde las instituciones y demás altavoces, importa. Otra: que hoy, A Coruña, después del asesinato de Samuel no es la misma ciudad. No puede ser la misma ciudad.

La vida y la muerte no son la misma cosa aunque formen parte de lo mismo. Hace una semana en esa ciudad, en el paseo marítimo, delante de mucha gente, asesinaron a palos a Samuel Luiz Muñiz gritándole maricón. Samuel fue asesinado.

La vida y la muerte no son la misma cosa. Hay ahí una línea abismal, hay ahí la distancia insondable entre el ser y el no ser de Fanon. Por esa distancia insondable entre lo uno y lo otro, entre la posibilidad de existencia y la posibilidad de inexistencia, el asesinato de Samuel no se enmarca en un cúmulo de violencias, no es una violencia más, sino que es otro tipo de violencia, es la violencia paradigmática, el abismo, la irreparabilidad absoluta. El asesinato de Samuel es otra cosa. Y me preocupa que lo narremos como una violencia más, porque igual que engloba, igual que contextualiza, también minimiza, también ningunea. Su asesinato forma parte de una violencia que no es aislada, pero hoy A Coruña no es la misma ciudad y hoy, nosotras no deberíamos ser las mismas.

La homofobia no es el móvil de un asesinato. Si buscamos eso, pocas veces lo encontraremos. La homofobia es el marco que permite que cualquier cosa sirva de excusa para acabar con una vida marica. Como lesbiana visible mucho antes incluso de ser lesbiana, como marimacho, conozco perfectamente el mecanismo. ¿Por qué te ha gritado el guardia de seguridad? ¿Por qué se ha puesto agresivo contigo este tío si tú ibas por la calle sin hacer nada? ¿Por qué te han pegado un puñetazo a la salida del metro? ¿Pero lo conocías de algo? Llevo toda la vida contestando a estas preguntas, realizadas de buena fe pero sin entender nada. Buscando tal vez en mí el detonante, en algo que yo haya hecho más allá del mero hecho de existir. Pero no hay otro por qué. Mi existencia es lo que hace que alguien se permita descargar su ira conmigo y es lo que hace que me escoja a mí para descargarla, y no a cualquier otra persona.

Es tu energía, Brigitte, concluyen a menudo... obviando que “mi energía” se llama pluma.

Tal vez los y las asesinas de Samuel no lo conocían con anterioridad, pero fue la homofobia lo que les permitió tratar su cuerpo como un objeto inmerecedor de vida, como si al estar vivo desafiase las categorías, ofendiese las categorías. La homofobia es el factor deshumanizador que hace posible todo lo demás. Que hace que fuese Samuel la víctima elegida y no cualquier otra de toda la gente que pasaba por allí.

Y sí, los asesinos pueden tener amigos maricas. También los feminicidas dicen amar a sus compañeras.

Este no es un lugar donde venir a expresar emociones, le dice la alcaldesa de A Coruña a Claudia Delso, en un tono bastante jodido, paradójicamente bastante emocional, de una emocionalidad violenta, de una emocionalidad siniestra. La muerte no es cualquier cosa. El asesinato no es cualquier cosa. Cualquier muerto ilustre tiene su momento de panegírico en cualquier ayuntamiento que quiera apropiarse de su nombre. ¿Por qué a la alcaldesa de A Coruña le parece que hablar de Samuel, incluso 30 segundos más allá del tiempo reglamentario, es algo inaceptable? ¿Por qué hace callar justamente al cuerpo lesbiano de la Delso? Ando leyendo a Sara Ahmed estos días, y solo puedo pensar en la felicidad y el voluntarismo. La aguafiestas que viene a romper la promesa de felicidad, que viene a señalar que la ciudad no puede seguir siendo la misma, porque ya no lo es, porque ya es otra cosa, y que esa cosa hay que atenderla, hay que parar máquinas, hay que escuchar cómo se siente la ciudad después del asesinato de Samuel. Y la Delso es la bollera voluntariosa que no se rinde. Se calla, sí, pero no se rinde: esa imagen suya dejando el micro con todo el dolor y toda la rabia es una imagen que ya es nuestra. Una imagen que va a seguir hablando.

Si Samuel Luiz Muñiz hubiese sido asesinado por ser blanco o por ser payo, ¿hubiese habido espacio para hablar de él, incluso saltándose unos segundos el turno de palabra? ¿Si hubiese sido asesinado por español? ¿Y por gallego? ¿Si hubiese sido asesinado por ser hombre, o por ser personal sanitario? ¿Y si lo hubiese matado ETA? ¿Y Al-Qaeda? Todas estos supuestos habrían merecido un tiempo extra y la fotogénica emocionalidad de la alcaldesa. Samuel habría sido de ella, como ella. Pero no es el caso. Lo que viene después del asesinato sigue siendo parte del todo. Homofobia también es eso.

La ciudad ya no es la misma. ¿Y nuestras ciudades, están siendo las mismas? Sé que estos días estamos diciendo que todas somos Samuel, y entiendo la frase. Y aún así, me preocupa que de ser tanto todas Samuel nadie acabe siendo, ni siquiera él. Nos están matando a todas, sí. Pero nos están matando cada vez que lo matan a él, que es el que ha sido asesinado. Hay infinidad de grupos, también políticos, pero no solo, “aprovechando” el momento para sacar a la luz temas importantes de su agenda previa. Los temas son importantes, pero el momento es un asesinato y “aprovechar” hace que la frase sea jodida. Hoy no es como el día antes de que lo mataran. Hoy somos otra cosa. Y antes de seguir con nuestras agendas aprovechando el impulso de la visibilidad, habría tal vez que pensar si es el momento de nuestra agenda o es el momento de la agenda de Samuel. No sé si estamos preguntado suficiente a su entorno qué necesita. Qué necesitan en A Coruña, qué necesitan sus compañeres, que necesitan les compañeres allá, que necesitan en el contexto, y cuál es su agenda. La agenda de Samuel. El ‘timing’ de los debates es importante también. Y que lo que se dice, y lo que no se dice desde las instituciones y demás altavoces, importa. Y mucho.

sábado, 27 de marzo de 2021

#hemeroteca #lenguaje | Las palabras también tienen fronteras

Imagen: Anfibia / Brigitte Vasallo

Las palabras también tienen fronteras.

Academia, traición de clase y feminismo.
Brigitte Vasallo | Anfibia, 2021-03-27
http://revistaanfibia.com/ensayo/las-palabras-tambien-tienen-fronteras2/

"Las intelectuales de origen obrero que conquistamos la palabra pública hemos tenido que camuflarnos", escribe Brigitte Vasallo y argumenta por qué el lenguaje pulido le resulta como un peaje para el ascenso social. También aporta experiencias -feministas y transformadoras- que ofrecen una reparación, abrazan los recorridos diversos y entienden que los discursos serán accesibles o no serán. Vasallo es una de las conferencistas de nuestro programa de formación Feminismo Futuro.

Soy la primera generación de personas alfabetizadas de mi familia. La primera generación que lee y escribe y que, además, lo hace con fluidez, con tanta fluidez que ha devenido normal hacerlo, que apenas tiene importancia hacerlo. La primera generación que puede leer un periódico sin atrancarse, que puede escribir una nota sin que las manos se le pongan tensas por el esfuerzo de redondear las letras y sin que el resultado sea fonético más que otra cosa, inteligible por los pelos, si es que llega a serlo. La primera generación que no siente vergüenza al dejar esas notas, porque sabe que nadie se burlará de los garabatos que imitan a letras.

En mi familia se hizo un esfuerzo grande para que yo estudiase. Un esfuerzo extraño e incómodo porque, cuanto más estudiaba yo, más me empoderaba en mi rareza, más me agenciaba de ese ser-yo extraño y marimacho que mi familia no quería ni ver. Cada vez que yo entraba en casa con libros bajo el brazo, una escena cotidiana desde que tuve dinero propio, me recibían con la frase “¡para qué otro libro con todos los que ya tienes!”, como si un libro fuese un jersey o unos zapatos, como si tener libros no llevase, necesariamente, a descubrir más y más libros, a querer más, incluso a ambicionarlos. Un esfuerzo doloroso, también, porque se pasó de rosca: tanto estudié que entendí que yendo por libre aprendía mejor. Volaba más, volaba más lejos. Estudiar dejó de ser el medio para convertirse en el fin. Aprender como lugar de existencia... pero sin interés alguno por los títulos, por los certificados. El sueño de ascenso social depositado en mí se alcanzó en formas que no eran ascenso social para ellos: el capital cultural, el capital social, el capital sexual. Pero no llegó el dinero, que era el ascenso que aprendieron a valorar a fuerza de pasar un hambre tal como suena. Lo repito para escribírmelo despacio: pasar hambre.

Porque yo también soy la primera generación de toda mi estirpe que no ha pasado nunca hambre.

La lengua de origen
Las que venimos de la miseria y estamos en lugares de palabra, las que hemos conquistado la palabra pública gracias al esfuerzo colectivo de nuestra gente, hemos tenido que camuflarnos infinitamente. Hemos tenido que renunciar a nuestros dejes, acentos y pronunciaciones, a nuestros referentes e imaginarios para poder alcanzar ese lugar de palabra, para romper a cabezazos los infinitos techos de vidrio y de cemento que íbamos encontrando a nuestro paso. Y, en algún momento de este recorrido, el disfraz se nos ha quedado enganchado a la piel, nos hemos creído ese disfraz, nosotras mismas hemos interiorizado el asco de clase y hemos comprado su ascenso social. Hemos hecho una metamorfosis de clase mucho más allá del ejercicio camaleónico necesario para el camino.

Escribimos con términos superlativos para y en la academia: es el precio que tenemos que pagar para que nuestra palabra sea escuchada, valorada, publicada, y para que logre encontrar las vías de la propia representación en los lugares de representación. Camuflamos nuestros dejes y acentos para lograr espacios inverosímiles, y silenciamos nuestro proceso de desarraigo, lo contamos de pasada, como si fuese una anécdota dolorosa y no una violencia sistémica. Compañeras obligadas a cambiar sus acentos en las escuelas de teatro con la excusa de una corrección impuesta por los de siempre, por los que tienen el poder de decidir qué es correcto y qué no. Compañeras locutoras que reciben mensajes en las redes corrigiendo su dicción porque no es una dicción burguesa, bajo la excusa de cuidar el idioma a fuerza de desterrarnos de la palabra. El lenguaje esdrújulo, infinitamente técnico y perfectamente pulido, abrillantado, no es solo una barrera de clase, sino también un parapeto. Es la manera en que las clases culturalmente poderosas se atrincheran en su poder y esquivan, de paso, un diálogo posiblemente fructífero pero tal vez humillante, con la gente de la miseria.

Ese es nuestro peaje para alcanzar esos lugares.

Y, a veces, llegamos a la palabra. Pero el asco de clase es un asco persistente y conservamos el miedo a ser descubiertas, las impostoras del síndrome infinito, y nos llenamos, también, del orgullo infinito de las nuevas ricas culturales. Así que seguimos escribiendo, hablando y relatándonos como si ya no fuésemos lo que somos. Queriendo haber sido, en pasado.

Y seguimos escribiendo, hablando y relatándonos con esas palabras superlativas que nuestra gente no entiende.

Soy consciente de que lo hace todo el mundo, soy consciente del poder que conlleva cada uno de esos términos y del riesgo que supone dejarlos de lado. Pero este texto no está dialogando con todo el mundo: este texto es una carta a mis compañeras de clase. Nuestra presencia en los espacios de palabra es contra-natura, pero no es un accidente: es el resultado de la lucha constante por la supervivencia de las nuestras, un esfuerzo tal vez no nombrado, tal vez no consciente en lo individual pero evidente en lo colectivo. Sacarnos una a una del espacio de miseria, arrancarnos de ahí, empujar a cada generación para ver si alguno de los eslabones logra salvarse. Así que lo nuestro no es lo de “todo el mundo”. Cada término superlativo innecesario, cada concepto que alcanzamos y que no devolvemos a las nuestras traducido a un lenguaje sin tecnicismos es una traición a nuestra gente, a nuestra historia, al esfuerzo que no ha empujado hasta aquí. Es una traición de clase, ridículamente evitable, además.

Y mientras escribo me vuelve a la memoria una de las experiencias feministas más transformadoras de las que he vivido en los últimos años. Tuve la suerte inmensa de ser invitada al Primer Congreso de Feminismo Romaní por la Asociación Gitanas Feministas por la Diversidad y, compañeras, no sé si os lo he agradecido suficiente aún. Solo en ese espacio, y en un Congreso Islámico al que me invitaron compañeras y compañeros de Ceuta, he visto compartir mesa de manera totalmente natural a personas en todo el espectro del recorrido académico: desde algunas que no habían tenido acceso a la lengua escrita hasta personas con varios doctorados. Y la accesibilidad de los discursos, de todos ellos, me marcaron definitivamente. Ese es el camino, esa es la manera, eso es lo justo. Esa es la reparación.

A mi padre de acogida le debo el concepto de la traición, que él mismo recibió de su padre escogido. Es un concepto que me horrorizaba pero que al final, la vida y la muerte de él me han hecho entender. La traición, como el humor, hacia arriba. No hacia donde duele, sino hacia donde hace daño. Traicionar la clase impostada y desdoblarnos las veces que sean necesarias pero recordar siempre no solo con quién estamos hablando sino para quién lo hacemos.

domingo, 14 de marzo de 2021

#hemeroteca #lenguaje | Brigitte Vasallo: "Admiro a Belén Esteban: no le da la gana de refinarse, ha asaltado la casa del amo"

Imagen: El Español / Brigitte Vasallo

Brigitte Vasallo: "Admiro a Belén Esteban: no le da la gana de refinarse, ha asaltado la casa del amo".

La investigadora presenta 'Lenguaje inclusivo y exclusión de clase': “Los términos se resignifican: podemos autodenominarnos ‘bollera’ con orgullo y al tiempo denunciar cuando nos lo llaman los fascistas”.
Lorena G. Maldonado | El Español, 2021-03-14
https://www.elespanol.com/cultura/20210314/brigitte-vasallo-admiro-belen-esteban-no-refinarse/565444613_0.html 

En ‘Lenguaje inclusivo y exclusión de clase’ (Larousse), la escritora e investigadora feminista Brigitte Vasallo (Barcelona, 1973) pone de manifiesto “las trampas del sistema para hacernos creer que por el hecho de ser nombradas estamos incluidas en el discurso” e invita a luchar por el lenguaje, “una lucha totalmente legítima y necesaria”, aunque haya que asumir cuanto antes que cambiando el lenguaje no cambiará la realidad.

Esta reyerta, apunta, no es sólo lingüística, “es política”, y denuncia que con el lenguaje inclusivo “no estamos fuera de este sistema, sino desgraciadamente tan dentro como cualquier otro grupo, idea o colectivo”. Este es un ensayo -con tintes personales- donde las preguntas son tan importantes como las respuestas. Es un libro que plantea quién incluye a quién pero, sobre todo, ‘en dónde’ y ‘para qué’. Es un libro que celebra a Belén Esteban como “mujer de barrio que usa su propia vida para escribir”. Es un libro que pone el dedo en la llaga. Y en la de la lengua también.

P. Recuerdo una columna fabulosa de Marta Sanz que decía algo así como “la lengua del opresor también es la mía y la necesito para hablarte”. De ahí parte la primera pregunta que quiero hacerte, ¿podemos revolucionar algo desde un lenguaje que han empleado colonizadores y machistas históricos; nuestros grandes opresores?
R. El lenguaje es un espacio común, porque es precisamente eso: una herramienta que tiene que ver con ser y estar en relación a aquello que no eres tú. Y no contiene solo palabras, sino todo lo que nos presenta y nos comunica fuera de nosotras mismas. Es algo así como un proceso, consciente o no, de des-ensimismamiento. El conflicto que tenemos abierto con el lenguaje no tiene que ver tanto con el lenguaje mismo como con su apropiación.

¿A quién pertenece el lenguaje e incluso a quién pertenece la lengua? ¿Quién dicta qué palabras existen y cuáles no, aún cuándo las estemos diciendo? ¿Qué existencia puede haber para una palabra más allá que el ser dicha? Pero sobre todo, y aquí entramos en la línea difusa y preocupante, ¿quién decide qué significan las palabras? Y lo apunto porque cualquier discusión sobre qué significa un término debe tener en cuenta que las palabras no son unívocas y que son relaciones y contextos. Si no fuese así no podríamos resignificar los términos, ni estos podrían ser capturados como hace, por ejemplo, el capitalismo con el feminismo al ponerlo en un anuncio de cualquier cosa.

P. Así que nos han intentado engañar, otra vez. ¿Por qué ser nombradas no significa ser incluidas?

R. Porque una enumeración puede ser tan cosificante como un silencio. Porque lo que está en juego cuando cruzamos los ejes de la desigualdad es el acceso a la producción de discurso y los métodos que tenemos que incorporar para alcanzar esa acceso. Qué peaje tenemos que pagar para poder escribir libros que se publiquen, qué palabras técnicas tenemos que usar para contestar entrevistas y que las lectoras tomen en serio el contenido y no lo dejen de lado por causa de la forma. Sin todo eso, la inclusión es una gran máquina devoradora, una rueda infinita que nos transforma a las formas burguesas, a las formas del amo y nos permite solo hablar a través de su voz.

P. ¿Quién nos incluye y dónde cuando hablamos de ‘lenguaje inclusivo’?
R. No tengo una respuesta para eso, no creo que la haya. Lo que me parece interesante de esa pregunta es que amplía la cuestión de la inclusividad que parece abocada a ser cerrada por el logro de una fórmula mágica que, como un abracadabra, nos haga existir. Pero no funciona: cuando un fascista habla de “la mujer” yo no me siento interpelada, a pesar de que es la categoría política que uso para nombrarme.

Por otro lado, conocemos la fórmula aquella que dice “cambiarlo todo para que no cambie nada”. Hay una materialidad del poder que va más allá de lo simbólico, aunque contiene lo simbólico. Y en ese sentido veremos antes al fascismo hablar en femenino o en neutro que desocupando esa materialidad del poder. Incluso haciendo cálculos en la variedad de esa materialidad: recordemos cuando el Front National francés incorporó a hombres gais blancos con ochocientos apellidos franceses en un cálculo, acertado desgraciadamente, para mantenerse en el poder.

P. Hablas de la clase social y la clase cultural, del fenómeno ‘clase’, en verdad, que construye nuestro discurso. ¿Cómo se elabora?

R. Propongo entender la clase cultural como un acto performativo, es decir: una cosa que no existe fuera de su representación, de su encarnación. Las diferencias de clase cultural no son las diferencias en conocimientos, títulos o sabiduría, sino diferencias en la apariencia a través del lenguaje que utilizamos, las forma en que nos movemos, el deje con el que hablamos, hasta la comida que comemos… La clase cultural no es más que una forma de refinamiento burgués que nos han vendido como elevación de espíritu o algo así. Por eso nos da miedo alguien vestido con harapos pero no alguien con traje, que es quien tiene el poder de jodernos la vida.

P. Mencionas a Belén Esteban en el libro. ¿Me pondrías un par de ejemplos en lo que respecta a la pregunta anterior?
R. Belén Esteban viene de pobre, como yo, y ha hecho un ascenso social totalmente exitoso en todos los aspectos. Sin embargo no es considerada alguien de clase alta porque no se ha refinado, porque no le ha dado la gana de refinarse, que es algo que admiro intensamente. Se ha resistido a parecerse al amo y ha hecho directamente un asalto a la casa del amo. Se ha saltado el peaje, lo ha dinamitado.

Y además lo ha hecho de una forma novedosa, porque las que venimos de pobre siempre hemos sido alentadas a entretener al amo. Pero Belén Esteban hace entretenimiento para las clases populares. No soy tan naif como para pensar que Tele5 sea un elemento revolucionario, pero sí me parece señalable que lo que hace ella sea denominado telebasura y la ingente cantidad de mierda que produce Netflix nos parezca bien.

P. Si el desdoblamiento o la enumeración te parecen poco efectivos, ¿cómo crees que podríamos elaborar un lenguaje verdaderamente inclusivo?
R. Aclaremos algo: este no es un libro contra el lenguaje inclusivo, sino sobre el lenguaje inclusivo. Nunca he dicho que no me parezcan efectivos. Yo de hecho, en todos mis textos, utilizo una variante de recursos que incluyen el desdoblamiento, la enumeración, el femenino y diversas fórmulas del neutro... Todas aquellas fórmulas que señalen nuestro desacuerdo con la representación me parecen no solo lícitas, sino loables. Pero me interesa más esa tensión que un intento de resolverla encontrando, de nuevo, una fórmula única.

P. Desde Vox, últimamente, han llamado ‘vicepresidente’ a Carmen Calvo y ‘diputado’ a Carla Antonelli. ¿Cómo contratacar?
R. Me parece especialmente grave lo que está viviendo Carla Antonelli y le mando todo mi aprecio y agradecimiento. El masculino que le aplican a ella es tránsfobo, algo distinto al que se aplica a Carmen Calvo.

Una de las propuestas del libro apunta a lo que se viene denominado semiocapitalismo, o capitalismo de las ideas por hacerlo más autoexplicativo. He trabajado desde ahí para entender qué significa la visibilidad y la representación en un contexto donde el espacio simbólico está capturado por y para un capitalismo que nos quiere encerradas en lo simbólico como nos encierra en una cadena de producción de una fábrica. Y qué consecuencias tiene en la transformación de la realidad ese encierro en lo simbólico y esa fe, porque casi es una cuestión de fe, de que cambiando lo simbólico lo real se verá modificado.

P. ¿Por qué canales fluye la subalteridad de la que hablas? ¿Cómo podemos hacernos conscientes de que también es una voz política y usarla?
R. Recogiendo y dialogando con propuestas de Gayatri Chakravorty Spivak y de Rita Segato he querido pensar la cuestión de la subalternidad desde el eje de clase. Me preocupa que entendamos los ejes de la desigualdad como algo excluyente y no complementarios (interseccionales, sería la palabra exacta). Analizar desde la clase no significa que la clase no tenga racialización ni tenga género ni tenga desigualdad en la capacitación.

Pero quería analizarlo desde el contexto del ascenso social de las que venimos de familias pobres y, gracias al esfuerzo colectivo, tenemos acceso a la formación reglada. Cómo esa formación no solo nos da los títulos sino que nos exige que nos alejemos tanto de las formas de nuestra clase social que se convierte en un mecanismo de traición de clase.

P. ¿Qué tal el uso de la ‘e’ para referirnos a personas de género no binario o personas de las que no conocemos su género?
R. Yo personalmente utilizo la -e cuando hablo de un grupo con variedad de géneros porque me parece la expresión menos confusa. Y lo utilizo cuando alguien lo usa para autodenominarse. En el libro, sin embargo, propongo una reflexión sobre eso que nombras “género no binario” y que deberíamos poder diferenciar entre personas que habitan sistemas sexo-género no binarios, y que por tanto su género no es binario, y personas que habitan el sistema sexo-género binario de manera disconforme o no polarizada. No pongo en cuestión lo que sienta cada cual, sino el término que ha sido acuñado y que creo que tiene connotaciones coloniales problemáticas que sería interesante observar.

P. Hay sectores del feminismo transinclusivo que señalan que igual sería pertinente buscar una nueva palabra que no fuese “madre” para incluir también en ella a los hombres gestantes. Una activista la formó al decir que ‘madre’ era una palabra ‘fascista’. ¿Estás de acuerdo?

R. Las palabras no son nada más allá de lo que hacemos con ellas, por eso los términos pueden resignificarse y denominarnos bollera con orgullo y al tiempo denunciar cuando nos lo llaman los fascistas. Cuando afirmamos de manera categórica qué es o qué no es una palabra estamos obviando la parte relacional y contextual de las palabras y las estamos encerrando, de nuevo, en un significado único y universal, cosa que me parece problemática como método.

P. ¿España o Estado Español?
R. Yo en general lo denomino Estado español: es una situación administrativa, no le reconozco más entidad que esa. Pero no son equivalentes exactos: cuando decimos, por ejemplo, “la España de la Transición”, no nos estamos refiriendo únicamente a los aparatos de estado sino a algo más amplio, así que depende del uso que le vaya a dar.

P. ¿Trabajadoras sexuales o prostitutas?
R. Lo que ellas consideren adecuado y dignificante en cada ocasión.

P. ¿Por qué hay más de 50 cultismos para llamarnos ‘putas’ a las mujeres?
R. Aquí enlazaríamos con el quién incluye a quién y dónde (sonríe).

jueves, 11 de marzo de 2021

#libros #lenguaje #politica | Lenguaje inclusivo y exclusión de clase

Lenguaje inclusivo y exclusión de clase / Brigitte Vasallo.
Barcelona : Larousse, 2021 [03-11].
158 p.

/ ES / Libros / ENS / Clasismo / Discriminaciones / Feminismo / Lenguaje / Lenguaje inclusivo / Poder / Política
📘 Ed. impresa: ISBN 9788418100994 / 16,90 € 

«Este debería ser un libro sobre lenguaje inclusivo. Y lo es. Como también es un libro que se pregunta quién incluye a quién y dónde», dice Brigitte Vasallo. Este texto investiga sobre el lenguaje inclusivo, no a partir de las palabras, sino a partir de los métodos de producción del discurso y de las restricciones de acceso a esa producción. Con la clase social como eje principal aunque no excluyente del análisis, Vasallo explora por un lado, la movilidad social a través de los registros lingüísticos y por otro, los límites del poder de la enunciación, la existencia política en la invisibilidad mediática, y la paradoja de la inclusión de lo subalterno en lo hegemónico en la era del capitalismo de la vigilancia y de la información. Desde esta conjunción de elementos, la autora plantea la problemática de la inflación aplicada al campo de la comunicación, y suma una línea de pensamiento a añadir a los trabajos realizados en el contexto de la emancipación del lenguaje y a través del lenguaje.

Después de tantos años de estudios sobre el lenguaje inclusivo y tantas guías de buenas prácticas, la autora apunta que la perspectiva es errónea porque el malestar entre el lenguaje normativo y la emancipación de género no pertenece al campo de la lingüística, sino al campo de la política. Y no puede resolverse apelando a la corrección de la lengua o a la norma.

👤 Brigitte Vasallo (Barcelona, 1973) es escritora, investigadora y «feminista» entre comillas. Se ha convertido en una de las voces insignia del pensamiento actual y de la comunicación desde la perspectiva de género y de clase. Desde la construcción de la alteridad, de la violencia y el capitalismo, trasciende para llevar más allá los estudios de género aplicados al uso del lenguaje y abre una puerta a nuevas orientaciones. Colabora en diferentes medios de comunicación y eventos nacionales e internacionales; participa también como docente en diferentes másteres y congresos. Ha publicado ensayos como ‘Pensamiento monógamo, terror poliamoroso’ (2018) y ‘Mentes insanas. Ungüentos feministas para males cotidianos’ (2020) y la novela ‘Pornoburka’ (2013). Sus trabajos han sido traducidos a diferentes lenguas (árabe, inglés, italiano y portugués, entre otros).

miércoles, 13 de febrero de 2019

#hemeroteca #relacionessociales | Brigitte Vasallo: "La monogamia no es una práctica, es un sistema opresor"

Imagen: El Diario / Brigitte Vasallo
Brigitte Vasallo: "La monogamia no es una práctica, es un sistema opresor".
La escritora ha publicado 'Pensamiento monógamo. Terror Poliamoroso': "En nuestros recorridos amorosos a veces hay un momento en que te paras y dices cómo he llegado yo aquí, cuándo he tomado yo estas decisiones. Muchas las tomamos por defecto". "Una de las cosas importantes sea cual sea la forma relacional que te apetezca, te convenga o sea posible es bajarle el volumen a la pareja. Si todas las redes de apoyo se basan en lo sanguíneo y en la pareja quedan muy reducidas", señala. "Como feminista, hay que dejar de echar balones fuera. La masculinidad, sí, tenemos que hablar de eso, pero vamos a ver nosotras qué responsabilidad colectiva tenemos y podemos tomar", dice sobre la construcción de relaciones.
Ana Requena Aguilar | El Diario, 2019-02-13
https://www.eldiario.es/sociedad/Brigitte-Vasallo_0_867563606.html

'Pensamiento monógamo, terror poliamoroso' (editorial La Oveja Roja) es el último libro de la escritora, activista LGTB y feminista Brigitte Vasallo. Su mezcla de reflexión, crítica y propuesta para desmontar "la pirámide de la monogamia" va por la tercera edición y llena las librerías en las que se presenta. Poco antes del 14 de febrero, aterriza en Madrid para criticar los discursos fáciles sobre el amor y politizar el sexo y los afectos. La monogamia es el sistema, pero las alternativas, como el poliamor, no son necesariamente la solución. No, defiende Vasallo, si las lógicas y valores sobre las que se construyen las relaciones siguen siendo las mismas.

"Hay mucho que plantearse y que desmontar: cuánto tiempo le dedicas a tu pareja y cuánto a tus amigas, si antes de irte a vivir con tu pareja te has planteado si te apetece vivir de otra forma, por ejemplo, con tus amigas aunque parezca que eso solo se puede hacer a los veinte. Si hay espacio para irte de viaje con otras amigas, y no solo con tu pareja... Si desmontamos todas estas cosas, luego, que folles con alguien o no acaba teniendo poquísimo peso, pero hay que quitarle ese peso a través de cuestionar todo el entramado", explica. ¿Por qué nos cuesta cuestionar en voz alta los valores sobre los que se construye una pareja, poner sobre la mesa la exclusividad sexual o afectiva, contar incluso que nos va mal en nuestra relación? "Porque nos va la identidad en ello", defiende. Vasallo carga también contra un modelo de poliamor en el que todo es ideal. "En el poliamor también se puede sentir celos, posesión... En poliamor parece que como te has metido ahí, todo vale. Y no".

P. En el libro no solo habla de monogamia como tal, sino de identidad y de pensamiento monógamo, ¿qué son?


R. Analizo de qué manera este sistema amoroso que nos fija una distribución de nuestros afectos y alianzas se traslada a otras facetas de nuestra construcción de comunidad, si es que se traslada, y creo que sí. El pensamiento monógamo consiste en formar grupos, que son grupos también de salvación y protección: hacer una patria o un grupo activista o una pareja no es una frivolidad, sino que vivimos un mundo muy duro en el que necesitamos tener comunidades y las hemos ido montando así.

Montas esa comunidad a la que te agarras como salvación creyendo que ahí no va a haber desigualdades, porque es la promesa que nos hacen, y que esa identidad va a ser superior a todas las demás y va a estar confrontada a todas las demás. El pensamiento monógamo crea esas identidades, jerárquicas, es una entidad supremacista, enfrentada a las demás. Entendemos que si algo nos gusta tiene que ser para casarte para toda la vida, tienes que comprarte todo el 'pack' para siempre. No pensamos en si nos interesa hacer una alianza puntual.

P. Dice que no es solo la construcción de dos personas, sino la construcción de unos valores e ideas que ni siquiera cuestionamos... ¿qué cosas damos por hecho cuando construimos nuestras relaciones en pareja?

R. Para empezar, que tenga que ser en pareja, y cuando digo pareja, forzando la gramática, no me refiero a que sean dos personas, pueden ser tres o cinco. Damos por hecho que la idea es que los amores y deseos tienen que llevar la proyección de pareja entendiendo eso como generar esa identidad conjunta, esa fusión entre dos personas o entre más, incluso. No nos cuestionamos el recorrido de la pareja, la escalada: si nos gustamos y va bien damos por hecho que vamos a hacer pareja, vamos a vivir juntos...

Muchos y muchas en nuestros recorridos amorosos hay un momento en que te paras y dices cómo he llegado yo aquí, cuándo he tomado yo estas decisiones, porque hay muchas que hemos tomado por defecto, como el único camino que se nos ha enseñado que es válido, que nos irá bien, que nos llevará a una estabilidad emocional, aunque estamos viendo constantemente que no necesariamente lleva a eso. Es necesario que visibilicemos el sistema para que precisamente podamos tomar decisiones.

P. Pero esto es difícil de explicar o de entender cuando hay tantas cosas que damos por hecho o que creemos que son naturales: lo que una siente cuando se enamora, el deseo que parece irrefrenable, la sensación de que no podemos tomar decisiones sobre lo que sentimos... ¿Es eso mentira, podemos tomar decisiones sobre nuestros deseos y afectos?, ¿tenemos que entrenarnos para hacerlo?


R. Totalmente, estamos entrenadas por el sistema para tomarlas de una manera concreta. La gente siempre me dice 'yo siento eso' como si el hecho de sentir algo justificara su naturalidad e incontrolabilidad. Yo pongo un ejemplo: imaginemos que caminamos por un cementerio por la noche, la sensación que tenemos es de miedo, aunque no tengamos ninguna experiencia de un muerto que se haya levantado de la tumba para hacerte nada a ti o a alguien. Lo que sentimos también está muy mediado por narrativas o fantasías que tienen un contenido social. Así que claro que sentimos esas cosas pero podemos vivirlas de otras maneras que nos vayan a ser más sanas y más colectivas. Además si el deseo es algo que nos invade y nos lleva, esto relacionado con la cultura de la violación es un discurso problemático.

P. Repensar, entonces, el deseo o cuestionarlo...

R. Creo que una de las razones de que el deseo haya quedado fuera de la toma de decisiones es que ha quedado previamente fuera de los espacios de politización porque tradicionalmente se trabajaba sobre las cuestiones 'importantes' en términos patriarcales, como la economía. Nuestra afectividad es importante y lo atraviesa todo, hay que ponerla de manera política sobre la mesa.

P. Su crítica la hace no solo a la monogamia sino a las alternativas como el poliamor. En su libro alerta de que pueden reproducirse exactamente la misma escalada de ideas y decisiones en relaciones no monógamas. Una de las cosas que plantea para huir de ello, sea cual sea nuestro tipo de relación, es precisamente cómo sería tomar conciencia de nuestras decisiones o decidir pensando en todas las personas de la red afectiva.

R. Sí, una de las cosas que me parecen importantes sea cual sea la forma relacional que te apetezca, te convenga o sea posible es bajarle el volumen a la pareja. Eso significa construir las formas sociales que nos permitan bajarle el volumen, que no se ponga tanto en juego entorno a la pareja precisamente por la cuestión de las violencias, de la confrontación femenina, por poder hacer redes que sean más amplias... Si todas las redes de apoyo se basan en lo sanguíneo y en la pareja necesariamente quedan muy reducidas.

P. Cada cierto tiempo nos encontramos con estudios científicos que buscan una especie de validación científica sobre la monogamia o respuestas sobre si ya en el pasado nos relacionábamos de esta manera, ¿por qué esta obsesión por buscar respuestas biológicas a esta forma social de relacionarnos?


R. Si te fijas estos estudios científicos tienden ir a reforzar lo hegemónico. No he leído artículos de resonancia que digan que lo normal es el lesbianismo, o que el capitalismo no es natural. Son conclusiones racistas también, porque hay muchos grupos humanos que no tienen relaciones exclusivas, entonces, ¿qué decimos?, ¿que esos grupos son genéticamente diferentes o inferiores? Viene a reforzar la tesis de la antropología que venimos arrastrando, que la familia heterosexual, burguesa, eurocéntrica es lo normal y lo demás son atrasos.

En el momento en que se impuso la monogamia de forma sistémica -porque la monogamia no es una práctica, es un sistema-, es decir, el momento en que otra posibilidad de vida desapareció, fue el momento de la implantación del capitalismo y de la primera expansión colonial y genocida de Europa. Todos estos sistemas van construyéndose juntos. Pensar que la familia nuclear es una forma superior de relación también hace pensar que esta forma cultural que genera esta familia también es superior.

P. Sostiene que la monogamia no es una práctica, sino un sistema, ¿un sistema opresor?


R. Todos los sistemas lo son en tanto que sistemas porque un sistema se define porque no hay otras alternativas, porque todo te lleva ahí necesariamente, así que en tanto que eso ya es opresor. Si luego hacemos recuento de cuántas violencias hay en nombre de esa forma de amor, pues no solamente es opresor, sino que nos genera violencias. Eso no quiere decir que tu pareja sea en concreto una forma de opresión o que alguien me oprima a mí porque tenga una pareja exclusiva. No va de las soluciones individuales a los problemas colectivos, va de que precisamente el sistema no nos deja otra alternativa.

Como feminista, hay que dejar de echar balones fuera. La masculinidad, sí, estupendo, tenemos que hablar de eso, pero vamos a ver nosotras qué responsabilidad colectiva tenemos y podemos tomar.

P. Dice que es evidente que la exclusividad sexual no funciona, pero que nos seguimos empeñando en aplicarla. No solo eso, sino que está socialmente sacralizada. ¿Por qué?

R. La exclusividad sexual en la pareja la seguimos practicando porque la necesitamos, porque cuando hemos construido la relación a partir de todos esos parámetros, cuando hemos construido esa identidad conjunta, la exclusividad casi viene dada. A partir e ahí aceptar que esa persona, cuya relación con ella te da un valor personal, social, construye tu identidad, es muy difícil aceptar que vaya con otra persona. En mi opinión para abordar el tema de la exclusividad habría que abordar la forma en la que antes construimos las relaciones. Creo que la exclusividad no la podemos desmontar así como así para no pasarlo mal y no hacerlo pasarlo mal a los demás.

P. ¿Por ejemplo?, ¿qué hay antes de la exclusividad que tendríamos que desmontar?


R. La manera en la que construimos la pareja. Por ejemplo, todas esas sensaciones físicas que atribuimos al 'amor o pasión verdadera', ponerlas sobre la mesa y alejarnos un rato. Y pensar si eso es lo que realmente queremos vivir: ansiedad, falta de concentración, de sueño, no comes o comes demasiado... todo porque te has encontrado a alguien que te gusta y que tú le gustas. ¿Realmente es necesario estar ahí de esa manera o hay otras formas? Pensar en cuánto estamos poniendo de nuestra parte para que eso sea así, cuánto hay de autosugestión, cuántas cosas que no nos gustan en la otra persona dejamos de lado porque queremos seguir enganchadas a esas sensaciones. Ver esas cosas no es quitarle interés o emoción a una relación, es quitarle riesgo. Me preocupa, por ejemplo, por qué no nos vamos de las relaciones cuando llegan las violencias. Tejer redes nos facilitaría la huida, también hablar de las culpas, construir juntas las líneas de fuga. Mucho criticar el amor romántico pero luego cogemos nuestras redes sociales y es pura propaganda del amor romántico. También le estás mandado mensajes a las demás así, de mira el amor romántico es una mierda pero yo he triunfado en ese mandato.

P. Habla de que tendemos a aplicar dos modelos: o la lógica romantizante de las relaciones de pareja o la lógica del sexo casual, ¿hay que deconstruir eso o construir algo en medio?

R. El discurso poliamoroso menos politizado quizá insiste mucho en 'esto es amor, no es solo sexo'. Entiendo de dónde viene pero también es problemático. Porque no vamos a criminalizar el sexo, vamos a ver como el sexo puede ser cuidadoso y a construir las condiciones para que lo sea. Y al mismo tiempo ver cómo desromantizamos los afectos y construimos de otra manera.

P. Metamor es una de los conceptos que cree que puede marcar la diferencia entre un tipo de relaciones y otras, ¿por qué esa es una de las diferencias?, ¿qué significa?

R. El metamor es la palabra poliamorosa que utilizamos para hablar de la o las otras relaciones de una persona que tiene relación contigo. Seríamos metamores, dos personas que están vinculadas ambas a una tercera. Para mí lo que hace que una relación pueda entenderse como monógama o no es cómo es esa relación entre los metamores. Si es una relación de cooperación, en la que todo el mundo quiere el bien común, eso es un cambio de dinámica. Si es una relación de competición por ver quién se lleva un trozo más grande del pastel, es lo mismo de siempre con otro nombre. La cooperación se tiene que dar entre todas.

P. Hay gente que se suele sentir muy atacada con este tipo de entrevistas o artículos en los que se cuestiona la monogamia o el amor romántico. Puedo imaginar algunos de los comentarios cuando se publique esta: "Yo vivo en pareja porque quiero", "no veo por qué me tienen que decir que estoy eligiendo un modelo opresor" o "he comprobado que si quieres de verdad no te apetece follar con otra persona". ¿Qué les diría?

R. Esto no va de quién está más oprimida, va de que todas hacemos lo que podemos. Pero esto sí que va de que hay un sistema que nos rige a todas y que estamos todas dentro de ese sistema. Visibilizar el sistema es útil, no tenemos que tenerle terror. Y si después de haberlo visto, es lo que te va bien, estupendo. Entender lo que nos pasa, lo que vivimos y cómo viene regido no creo que pueda ser nocivo para nadie.

miércoles, 28 de noviembre de 2018

#hemeroteca #relacionessociales | Brigitte Vasallo: "Hay que proponer un movimiento terrorista del amor que ponga en riesgo el sistema"

Imagen: Público / Brigitte Vasallo
Brigitte Vasallo: "Hay que proponer un movimiento terrorista del amor que ponga en riesgo el sistema".
La feminista y escritora Brigitte Vasallo publica su nuevo libro ‘Pensamiento monógamo, terror poliamoroso’, donde analiza el sistema monógamo y cómo la alternativa planteada, el poliamor, puede ser más de lo mismo si solo cambiamos el número de personas involucradas en la ecuación.
Sara Plaza Serna | Público, 2018-11-28
https://www.publico.es/culturas/brigitte-vasallo-hay-proponer-movimiento-terrorista-amor-ponga-riesgo-sistema.html

Brigitte Vasallo es de esas voces tan necesarias como incómodas dentro del feminismo. Clara, directa y crítica con un movimiento que para ella es casa, defiende la necesidad de dinamitar todo lo construido hasta ahora en materia de amor. También en lo que respecta al poliamor o la idea neoliberal que nos han vendido como la alternativa guay y progre a las relaciones monógamas.

Su nuevo libro, ‘Pensamiento monógamo, terror poliamoroso’ (ed. La oveja roja), analiza este difícil entramado y pone sobre la mesa conceptos como jerarquía relacional, cadáver emocional o amor Disney.

Brigitte nos recibe una mañana lluviosa de domingo para conversar sobre un tema al que no se ha prestado atención por ser eminentemente “femenino”, pero que vertebra nuestro día a día y articula muchas de las violencias machistas que vivimos actualmente: el amor.

P. Una de las principales críticas que se leen en el libro es la concepción neoliberal del poliamor basada en el consumo de cuerpos y relaciones. Parece que nos la han colado.

R. El sistema nos la ha colado por dos lados: a través del amor romántico, identitario, cerrado, confrontacional; pero también en la manera de desmontarlo a través del poliamor porque hay una corriente que es neoliberal.

Realmente lo que ha conseguido el sistema es que las resistencias a algo que hemos detectado que es violencia sean: o quedarte en eso y disimular y hacer ver que eso no es violencia, etc. o irnos a otra cosa que es no sé si peor, pero desde luego no es mejor.

El libro no pretende ir contra las no monogamias en absoluto ni contra la monogamia. Es un libro que intenta poner sobre la mesa en qué se basa cada cosa y qué estructuras están cruzadas, de forma que cuando decidamos tener un tipo de relación u otra lo hagamos de manera consciente y sabiendo qué partes de todo esto contribuyen a la violencia.

P. Habla de los cadáveres emocionales que deja este consumo de relaciones y personas. Nos cuesta mucho salir de ahí, cuidarnos, escucharnos y hablar... por qué es tan difícil.

R. No creo que sea difícil, creo que no nos da la gana. No creo que sea difícil cuidar a tus exparejas sin que eso te lleve a extremos de aceptar violencias. Creo que hay espacios muy sencillitos de cuidados. Solamente hay que comerse un poco el ego y no dejarse llevar por dinámicas del “amor Disney” en las que todo explota.

Las experiencias que yo considero bonitas y que han sido un éxito, hayan durado lo que hayan durado, siempre han sido experiencias fáciles. Lo complicado es lo otro, cuando te metes en la confrontación, te pones a hacer triquiñuelas extrañas para ver cómo ganas terreno a la otra. Todo eso es complicado. Cuando las rupturas se han dado bien hay una sensación de que realmente es muy sencillo hacerlo lo más fácil posible. Una ruptura siempre es dolorosa, pero se puede no añadir sufrimiento.

Sin embargo, en las formas de amor que tenemos actualmente, donde en nuestras vidas emocionales hay muchas parejas, la solución es cargarte tus relaciones anteriores, hacer un campo de minas y un destrozo emocional muy bestia. Es lo que pasa fuera de los ambientes feministas y que lleva en muchos casos a los feminicidios; y con esta idea neoliberal del poliamor estamos en la misma dinámica, lo que pasa es que un poco más disimuladita.

P. Cuenta que estas críticas al poliamor le han costado ataques y vetos en determinados círculos. ¿No estamos preparadas para la autocrítica?

R. La autocrítica está mal llevada siempre. Es muy fácil cuando te critican desde fuera porque entonces es el enemigo externo y lo tienes identificado como tal. Esto forma parte del pensamiento monógamo: los otros te critican, pero para eso son los otros.

Pero cuando desde dentro se intenta hacer una autocrítica siempre es muy mal recibida. Para mí esta crítica es una forma de cuidados. Cuando yo miro con lupa dinámicas feministas es porque para mí el feminismo es casa. A mí no me interesa criticar a los otros. A mí lo que me interesa es que para cuidar los espacios que entendemos como casa hay que poner una mirada crítica, radical, política dentro de ese movimiento.

P. En el libro mantiene que la jerarquía relacional es el eje principal de la monogamia, no la exclusividad. ¿A qué se refiere con esta nueva definición?

R. La monogamia ha estado mal definida. Para mí es un sistema organizador de nuestros afectos y vínculos sociales que sitúa en la cumbre al núcleo reproductor de manera identitaria. Ese núcleo es el más importante a nivel afectivo. Esto es peligroso porque es un núcleo que nos aísla, y cuando se dan violencias (y es fácil que se den por la propia dinámica de construcción de ese núcleo) te has quedado con pocos recursos en el entorno por esa dinámica de aislar, de jerarquizar, de priorizar, etc. Ese núcleo lo que hace es que las amistades, el vecinaje, etc. no se tenga en cuenta en tanto que relaciones.

Cuando queremos romper la monogamia pensamos que es suficiente con tener dos relaciones paralelas, que a menudo son dos relaciones casi monógamas en paralelo. A mí me parece más radical estar pendiente de si tu vecina, que hace varios días que no la ves, está bien, si se ha caído, si está atendida. Eso me parece romper la monogamia, porque de repente quiebras esa jerarquía y la idea de que tu pareja es lo más importante, luego vienen las amigas y la vecina ni siquiera forma parte de tu red cuando necesariamente forma parte de ella, pero no lo queremos ver.

P. ¿Esta jerarquía es la que nos hace competir, la que determina nuestra valía en función de las parejas que tengamos?

R. El coche que tienes define un poco qué lugar social ocupas. Esto, que es algo súper patriarcal, se nos ha colado también en los amores. En función de la pareja que tienes vales más o menos en el mercado y dependiendo de cuántas parejas tienes vales más o menos en el mercado. Al final estamos construyendo un hipermercado de los afectos y, desde luego, este no es el camino si creemos que esto tiene un potencial revolucionario.

P. Habla de esa amiga que viene a recogerte cuando estás mal y la que se queda contigo en casa llorando. ¿Es la amistad un ejemplo de cómo podríamos hacer las cosas mejor en las relaciones sexo afectivas?

R. Sí, pero tenemos el sistema tan sumamente metido que a veces ni siquiera vemos nuestra red. A veces nos sentimos solas porque no hay una pareja o porque hay un proyecto de pareja que se ha roto y, en realidad, es el momento en el que estás más acompañada porque está todo tu entorno pendiente de ti, están preocupados y te están haciendo un acompañamiento muy bonito. Es un núcleo que está ahí a las duras y a las maduras sin hacer esos cálculos tan extraños que el pensamiento monógamo nos ha metido: cuánto tiempo vamos a estar juntos, cuánto cuidado vas a invertir ahí... Cosas que tienen que ver más con el lenguaje bancario que con nuestras vidas.

P. Dice que no pretende buscar atajos ni dar soluciones, pero siempre nos queda esa pregunta de qué podemos hacer, cómo cambiamos nuestra forma de desear y relacionarnos.

R. Igual que no se nos ocurre acabar con el capitalismo de un día para otro porque sabemos que eso no va a pasar y porque los atajos no sirven, con los amores pasa lo mismo. No vamos a encontrar soluciones de un día para otro ni vamos a tomar decisiones personales e individuales que acaben con el sistema, pero sí creo que hay muchas cosas que se pueden hacer en nuestras vidas desde la cotidianeidad. 

La pareja es un refugio porque vivimos en un mundo en el que si te pasa algo y te quedas en casa nadie se va a acordar de ti, quien se acuerda de ti es tu familia sanguínea o tu pareja. Tenemos que desmontar eso, pero tenemos que ir creando las condiciones sociales para que eso se pueda ir desmontando. Lo que están consiguiendo estos movimientos neoliberales es romper las comunidades ya de por sí hiperreducidas. Somos individuos que vamos a nuestra bola y ese es el triunfo último del neoliberalismo. Hay que revertir esas dinámicas desde los gestos pequeños y desde los gestos comunitarios. Hay que construir todas esas redes para poder desmontar todo esto.

P. A las mujeres nos va la vida en ello, además...

R. Literalmente. Uno de los problemas de todo este sistema y de los amores Disney es cuando llega la violencia. El enganche emocional y tóxico es tan rápido que cuando llega la violencia ya no nos podemos ir. Y nos quedamos todas, yo también me quedo atrapada. Seguimos creyendo que a través de los cuidados, del amor, todo se puede y todo se resolverá. Colectivamente tenemos que ponernos las pilas mucho con esto, no solamente educando en temas de maltrato, tenemos que montar una autodefensa feminista que consiste en ver cómo hacemos realmente para poder huir, cuáles son los mecanismos para tener la capacidad emocional para apartarnos cuando llega el momento y para pedir ayuda y dejarnos ayudar, acompañar y proteger por la red afectiva.

P. Hay en el libro un paralelismo entre el concepto de monogamia y el de patria y pone el ejemplo del conflicto catalán.

R. El pensamiento monógamo lo intento sacar de las relaciones sexo afectivas para ver de qué manera condiciona la manera de construir cualquier identidad. La idea de estado-nación está construida bajo este concepto. Son identidades confrontacionales, excluyentes y jerárquicas. Mi bandera es mejor por x motivos.

Lo que ha pasado entre España y Catalunya es la construcción de dos identidades bajo una bandera, como si fueran una pareja: con identidades monolíticas cerradas donde unos son una cosa y los otros la opuesta, directamente confrontados. Pues nosotros construimos la pareja de la misma forma: para llegar a ese núcleo superior, el resto de gente son enemigos o amores desechables y nuestra relación hay que protegerla de una manera identitaria y guerrera.

La suerte, y la desgracia, de ser charnega como yo es que en realidad no tienes lugar. Recibimos charnegofobia en Catalunya y catalanofobia en España, por lo que te das cuenta de cómo va cambiando la identidad que te atribuyen según te vayas moviendo unos kilómetros.

P. Termina el libro con lo que podría considerarse un manifiesto sobre el terror poliamoroso. ¿Qué es exactamente?

R. Va en varias direcciones: una es el terror que tenemos a hablar de esto, el terror que se genera cuando pones la palabra no monogamia o poliamor sobre la mesa. Y es un terror que yo entiendo, sobre todo en el mundo heterosexual donde los hombres están educados en dos líneas contradictorias: por un lado, tienen que ser fieles porque las relaciones exclusivas así nos lo piden, pero por otro tienen que ganar los chupipuntos de ser conquistadores. No sé cómo combinan eso, pero mi visión no va por ahí.

Yo propongo que esto sea un movimiento terrorista, no en el sentido patriarcal de poner bombas por ningún sitio, eso no soluciona nada. Sino que sea un movimiento o una forma de vivir que ponga en riesgo el sistema. Cuando ves que en cualquier periódico de derechas o programa inofensivo pueden hablar de poliamor te das cuenta de que esto no pone en riesgo a nadie. Es una broma casi del sistema. Hay que llevar esto a la raíz: cómo construimos relaciones, cómo hacemos la exclusión, cómo hacemos la confrontación entre mujeres... Esto sí es problemático para el sistema. Las experiencias que van a la raíz son las que no vamos a leer porque ahí sí se pone en riesgo la mirada capitalista, patriarcal, racista, colonial, etc. de construir el mundo.

jueves, 15 de noviembre de 2018

#hemeroteca #relacionessociales | Pensamiento monógamo, terror poliamoroso

Pensamiento monógamo, terror poliamoroso / Brigitte Vasallo.
Madrid : La Oveja Roja, 2018 [11-15].
220 p.
ISBN 9788416227242 / 17 €

/ ES / ENS
/ Afectividad / Amores / Identidades / Monogamia / Poliamor / Relaciones amorosas / Relaciones sociales

El pensamiento monógamo, parte estructurante de nuestras relaciones sociales, será aquí analizado en un ensayo que cruza tanto lo académico como la narración encarnada. Este libro es una investigación histórica sobre la centralidad de la monogamia en nuestras construcciones amorosas y sus mecanismos de imposición. Es una conceptualización del pensamiento monógamo y un análisis de su influencia en las formas de organización colectiva, desde la pareja hasta el Estado-nación o los grupos activistas. Y es un narración encarnada de los propios fracasos amorosos, así como un afilado cuestionamiento de un poliamor que no desborda el constructo monógamo y que pone el acento solo en la acumulación. Este ensayo bastardo desmonta nuestras formas de relación desde las bases, en un intento de detener la confrontación para hacernos ingobernables: ni un cadáver emocional más en nuestras vidas, ni privadas, ni colectivas.

martes, 25 de abril de 2017

#hemeroteca #homonacionalismo | Por las grietas homófobas del homonacionalismo

Imagen: Pikara
Por las grietas homófobas del homonacionalismo.
Brigitte Vasallo | Pikara, 2017-04-25
http://www.pikaramagazine.com/2017/04/homonacionalismo/

La Nación Bélica Colonial ya no siempre es abiertamente homófoba: acepta a los gays si son normales, si son muy hombres, si son “de los nuestros”. Ese “de los nuestros” sirve para construir Así construye un “los otros”; sujetos y los pueblos criminalizados utilizando los derechos LGTBI como excusa. Israel es un ejemplo paradigmático pero hay otros más cercanos.

Eliad Cohen es un productor, actor, modelo y empresario gay israelí fichado por el programa Supervivientes de Tele5, en su edición de 2017. Su presentación ha sido clara y rotunda: después de tres años en el ejército israelí (sic) está acostumbrado a pasar hambre y frío, y quiere normalizar la imagen “del gay”, lejos de la ‘stravaganza’. Algo parecido a lo que afirmaba el presidente de Cogam Jesús Grande, al declarar que “el World Pride irá más allá de la imagen de la marica loca encima de una carroza”.

Del homonacionalismo, concepto acuñado por Jasbir Puar en 2007, circulan varias definiciones: es un marco de asociación entre el nacionalismo bélico e imperialista y el homonormativismo (esos gays “normales” que no son maricas locas y que, por lo tanto y en consecuencia, van al ejército como cualquier hombre muy hombre), y es también un movimiento de captura por parte de esa misma nación bélica de los derechos LGTB en favor de políticas coloniales y racistas. Un ejemplo es la manera en que los periódicos de ultraderecha españoles, como Libertad Digital, La Razón, no dudan en publicar artículos y editoriales acusando a países como Arabia Saudí o Irán de homófobos y defendiendo, por lo tanto, la política bélica de la extrema derecha y acusando a partidos como Podemos de cómplices con la homofobia por criticar intervenciones militares en Oriente Medio. Y, sin duda, la trampa interesada del lenguaje en estas últimas semanas, como me apunta Dani Ahmed, de denominar “campos de concentración para homosexuales” a los centros de internamiento de Chechenia, pero llamarlos “centros de internamiento para Extranjeros”, CIE, cuando los campos de concentración están en España. Chechenia ha sufrido dos décadas de ataque genocida por parte de Rusia ante el que quedamos indiferentes todxs, incluso la población LGTB que nunca pensamos que aquellos asesinados también fuesen ‘queer’. Anna Politkóvskaya fue asesinada por su posicionamiento contra Putin y contra esa guerra, y por haber sido la reportera del terror en Chechenia. Entre los asesinados actualmente en Siria, Iraq o Yemen hay población ‘queer’ que no está recibiendo nuestra solidaridad. Si no son masacrados bajo la identidad LGTB, sus muertes no nos interpelan.

Propongo añadir a estas definiciones el análisis del homonacionalismo como una alianza entre el racismo inherente a la Nación Bélica Colonial y la homofobia/transfobia, un parámetro imprescindible que se está perdiendo en el discurso y que, de hecho, también es inherente a la Nación Bélica. Como bien ha demostrado Ochy Curiel, ésta es esencialmente heterosexual. La homofobia relacionada con el homonacionalismo, sin embargo, ya no aparece bajo el discurso tradicional homófobo/tránsfobo sino a través de un discurso que lo es igualmente, pero bajo formas homonormativas.

La homonormatividad parte de una brecha de aceptación dentro de la Nación Bélica Colonial: te dejamos pertenecer, te otorgamos la posibilidad de existencia, pero a cambio, serás bueno, serás “normal”. Y serás nuestro. Este “ser bueno” incluye dejarse de carrozas y stravaganza. El nuevo ciudadano gay, la nueva ciudadana lesbiana y trans performarán una ciudadanía modélica para hacerse perdonar esa anomalía de su deseo e identidad.

En Estados Unidos se libró una batalla legal en torno al matrimonio de personas del mismo sexo que nos da muchas de las claves del fenómeno del homonacionalismo. La misma noche en que Barak Obama ganaba sus primeras elecciones, un referéndum denominado Proposition 8, desmantelaba en el Estado de California el derecho al matrimonio para personas del mismo sexo. Este referéndum fue llevado a juicio ante la Corte Suprema de Estados Unidos. La comunidad LGTB tuvo como representante a Ted Olson, antiguo abogado del mismísimo George Bush. ¿Cómo un abogado ultra-conservador se erigía como defensor del derecho al matrimonio de los y las parias de la nación? Él lo explica con claridad: “El matrimonio es un valor conservador. Dos personas que se quieren, que quieren vivir juntas en una relación estable, ser parte de una familia, de un vecindario y de nuestra economía, debemos desear que se unan en matrimonio”.

El derecho de existencia, por lo tanto, no es incondicional. Los heterosexuales pueden subirse a las carrozas y ser extravagantes hasta la náusea, pero no los gays. Las heterosexuales pueden tener amantes de una noche, pero las lesbianas tenemos que querernos toda la vida para demostrar que “lo nuestro” es válido. Las personas cis podemos estar en contra del trabajo o, simplemente, ser orgullosamente vagas. Pero cuidado con las personas trans: tenéis que contribuir dócilmente a la economía para demostrar vuestro derecho a ser, simplemente.

Este contrato entre la Nación Bélica Colonial y las periferias sexoafectivas es una promesa de protección: por fin podéis estar tranquilos. Mientras os portéis bien, seréis de “los nuestros”. Simultáneamente, este “ser de los nuestros” genera su binario opuesto. Los otros. La maquinaria homonacionalista promueve entonces la imagen de los gais, lesbianas y personas trans aceptables, que lanza simultáneamente un mensaje ineludible para los, las y les inaceptables. Jóvenes, guapos (normativamente), delgados, blancos, de clase media (cuando no alta), con funcionalidades tan normativas como su guapura, consumistas y despreocupados. Despolitizados y desplumados. El gay aceptable es un chico sano lo bastante machote como para no poner en riesgo la masculinidad hegemónica. La lesbiana aceptable es una chica mona e inofensiva que pueda servir al deseo masculino heterosexual. La persona trans aceptable es la persona con passing. La persona bisexual aceptable es la que se decide por una u otra cosa y deja de dar la tabarra. Todos seculares y emparejados de dos en dos, nada de 'cruising', ni de látex ni de cosas raras. Nada de ‘stravaganza’. Nada de pluma. Y, por supuesto, nada de clase, nada de raza, nada de situación administrativa, nada de nada.

Este movimiento se aprovecha para construir la alteridad. “Nosotros” (que somos blancos, ricos, con funcionalidades normativas, consumidores, nacionales) somos gayfriendly y “nuestro” opuesto (que está racializado, que es pobre, que es inhábil, que ni consume ni produce, y que es extranjero/extraño) es homófobo. Y no solo homófobo, sino claramente heterosexual. Porque el imaginario de la persona ‘queer’ racializada, musulmana, extranjera, crip, pobre (empobrecida), migrada desaparece, sencillamente, del mapa. Si acaso su única posibilidad de existencia de cara a la Nación será pasar por taquilla y pagar el precio de la aceptación: si renuncias al islam, te aceptamos como gay. Si no pones sobre la mesa la raza, te aceptamos como lesbiana. Si podemos redimirte y pasearte por nuestras ferias, te aceptamos como trans. Si podemos usarte para generar racismo y/o xenofobia, aplaudiremos incluso que te visibilices como bisexual. Todo ello, siempre de la perspectiva de víctima salvada: alguien orgullosamente ‘queer’ y orgullosamente musulmán no le interesa a nadie.

Israel, volviendo a nuestro primer invitado, el Superviviente Eliad Cohen, es el ejemplo paradigmático de cómo se asienta este marco de pensamiento en la política real. El país se publicita, desde hace unos años, como un paraíso LGTB, en una estrategia que se denomina 'pinkwashing' (lavado de cara rosa). Tel Aviv fue declarada como el destino más “gay-friendly” en el año 2011. El representante de Israel en Eurovisión el año pasado fue Hovi Star, abiertamente gay. Cantaba el tema ‘Made of stars’ y las estrellas del videoclip eran drones. Los mismos drones israelíes, recordemos, que asesinan en Gaza. Ni más, ni menos. Y, a menos que creamos que la homosexualidad es un vicio blanco-burgués (que todo tipo de opiniones hay en el mundo), en Gaza también hay población ‘queer’ bajo el fuego de esos mismos drones ‘gayfriendly’. Así, como Europa o como Estados Unidos, Israel es ‘gay-friendly’ (y uso aquí el “gay” masculino genérico con toda mi mala leche) solo para los gais que le interesan. Esos que le son útiles para justificar la violencia. Esos aceptables. Esos que, claramente, no son palestinos en resistencia y que son utilizables para fines publicitarios.

El análisis del ‘pinkwashing’ no puede reducirse a Israel. Su ejemplo es tan absurdamente burdo que es útil para entender, pero no caigamos en el Allilandia. En Francia, el Frente Nacional no solo tiene como vicepresidente a un gay desarmariado, sino que Matthieu Chartraire, Mister Gay para quien no lo conozca, presume de su carnet de socio fascista que recibió, dice, “como regalo de Navidad”. En el Estado español, la cúspide del Partido Popular asistía a la boda (gay) de Javier Maroto, exalcalde de Gasteiz bien conocido por su islamofobia, con fotos de familia incluidas en la prensa nacional. Mientras tanto, el Gobierno central negaba la reproducción asistida a “mujeres sin pareja varón” a través de la Orden Ministerial 2026/2014.

¿Que la población LGTB es racista?
El homonacionalismo se nos cuela por todas las rendijas. Y, sin embargo, el análisis y la resistencia necesitan de brocha fina. Porque en su denuncia se está colando la LGTBfobia a borbotones. Las poblaciones que hemos resistido a la heteronormativización somos poblaciones en peligro en todo el mundo: ese es el hecho. Del mismo modo que el machismo es transversal y, al mismo tiempo, hay que analizarlo de manera contextual, la LGTBfobia también lo es. Y, efectivamente, la identidad LGTB es colonial y colonizadora (la identidad, que no las prácticas ni los deseos) pero no lo es más ni menos que la identidad heterosexualidad, igualmente colonial y colonizadora.

Por otro lado, el homonacionalismo señala de qué manera un derecho de existencia está siendo instrumentalizado en favor del racismo, la xenofobia y la islamofobia. Traducir esto a la idea de que la población LGTB está siendo racista es también homófobo. Entre nosotrxs hay tantos racistas como entre las personas heterosexuales. Y, teniendo en cuenta que somos una minoría cuantitativa y cualitativa, el problema no somos nosotrxs. Si acaso, nosotrxs somos la trampa, el instrumento.

Así, del mismo modo que no pueden entenderse las violencias de género de una comunidad atenazada por el racismo (y, tratar de entenderlo sin prestar atención a la herida del racismo es racista en sí mismo), no pueden entenderse las violencias raciales en una comunidad acuciada por la LGTBfobia (y, tratar de entenderlo sin atender a la herida de la LGTBfobia es LGTBfóbico en sí mismo). Somos una población más vulnerable al miedo que otras, y tan llena de mierda como cualquier otra. Lo cual no es una excusa: es una constatación necesaria para afirmar que no se puede entender el homonacionalismo sin atender a la homofobia. Y no se puede entender sin descentrarse del marco homonacionalista que identifica lo ‘queer’ con su representación interesada: las personas que no encajan en la heteronormatividad no son solo Eliad Cohen y sus amigos plumófobos.

Es el homonacionalismo en sí mismo lo que ha creado el secuestro de nuestras identidades en favor de eso. De esos. Reafirmarlos como paradigma de una comunidad que ni siquiera es comunidad, que aglutina un universo de personas cruzadas por mucho más que por su orientación y con inmensas desigualdades y diferencias, solo alimenta la LGTBfobia por un lado, y el racismo por otro.

Del mismo modo que los racializados heterosexuales no son homófobos ‘per se’, como consecuencia de la racialización, los homosexuales, personas ‘queer’ y trans blancas tampoco somos racistas ‘per se’, como consecuencia de nuestra orientación sexual e identidad de género. En cualquier caso, es la heterosexualidad la que hace al homófobo, como es la blanquitud la que hace al racista. Pero aún ahí, nuestra construcción identitaria está cruzada por muchas violencias específicas. Creer en determinismos biológicos o en la imposibilidad de resistir a una construcción social que nos quiere racistas u homófobos es extremadamente peligroso. Porque entonces no hay solución, no hay agencia, y en el fondo nadie es culpable ni responsable de nada: todo somos lo que nos toca ser. Pero las personas ‘queer’ tenemos una ventaja, y es nuestra experiencia de no ser lo que nos tocaba ser. Tenemos experiencia en traicionar a nuestras familias, a nuestra genética, a nuestra educación… ¿cómo no vamos a saber traicionar a nuestra raza, aún cuando esa raza venga con el privilegio de la blanquitud, si ya hemos traicionado todos los privilegios posibles?

Hace justo 30 años, Gloria Anzaldúa escribía en su imprescindible ‘Borderlands / La Frontera’: “Como lesbiana no tengo raza, mi propia gente me desprecia; pero soy todas las razas porque lo queer de mí está en todas ellas”.

La idea de lo 'queer' como espacio más allá de la raza ha sido un negocio tan malo como la idea de lo homosexual como espacio más allá del género. En el primero, la blanquitud hegemónica se lo ha comido todo, en el segundo, la masculinidad hegemónica ha arrollado con todo. Para que esos espacios sean posibles, hay que realmente articular la raza, el género y la clase. Ésta última, apunto, camuflada en discursos indescifrables y piruetas intelectuales que desactivan y desprecian a los activismos que no tienen acceso a toda esa parafernalia. Un acceso que la Academia bloquea a través del lenguaje mismo y de precios bochornosos para sus congresos y publicaciones, y que reproducimos en las asambleas a través del victimismo de las esdrújulas y el campo de minas de la comunicación. El privilegio del acceso debería conllevar la obligación de traducir la teoría al lenguaje y las realidades cotidianas, y la paciencia de repetirla y compartirla las veces que sean necesarias, por muy cansino que resulte. Porque la única manera de articularlos es mirarlos a la cara, entender las violencias, de qué manera interactúan e interseccionan y asumirlas.

La diferencia solo es un problema para el fascismo, que nos quiere idénticas y hegemónicas. Pero la diferencia, parafraseando a M'Bembe, es la condición básica del ser humano. En todos los grupos habita la diferencia y en esa misma diferencia habitan las armas de un sistema que es violento de por sí y que nos posiciona en lugares sociales no solo diferentes, sino desiguales. El análisis del homonacionalismo debe entender todas las desigualdades que operan. Y la resistencia al homonacionalismo solo es posible a través de la comprensión y la denuncia tanto del sistema heteronormativo como del pensamiento racial y la brutalidad de ambos que, lejos de ser excluyentes, forman parte de lo mismo.