Mostrando entradas con la etiqueta 9788433998194. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 9788433998194. Mostrar todas las entradas

miércoles, 8 de noviembre de 2017

#hemeroteca #testimonios #homosexualidad | Luisgé Martín: "Me sentía como una cucaracha por ser homosexual"

Imagen: BBC / Luisgé Martín
"Me sentía como una cucaracha por ser homosexual".
Las impactantes memorias de Luisgé Martín, el escritor español que llegó a pensar que ser gay era una terrible enfermedad.
Guillermo D. Olmo | BBC, 2017-11-08
http://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-41836985

"Me sentía como una cucaracha por ser homosexual". Este es el dramático recuerdo que el escritor español Luisgé Martín guarda de su adolescencia en los años que siguieron al franquismo.

Entonces, los homosexuales en España y muchos otros países eran vistos como enfermos o pervertidos, por lo que muchos optaban por esconderse o intentar negar su sexualidad.

Sufrían en silencio por saberse rechazados y no aceptarse a sí mismos, la paradoja de ser, como este escritor, un gay homófobo.

En su libro autobiográfico "El amor del revés" recoge una experiencia con la que pueden identificarse los muchos gais, lesbianas, bisexuales y transexuales (LGBT) que hoy día sufren violencia y discriminación en muchos lugares.

Según los datos de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, en los tres primeros meses del año, se produjeron 41 crímenes contra personas LGBT en la región.

En estos entornos hostiles se sienten, como Martín en su adolescencia, bichos raros detestables a los ojos del mundo. Y a los suyos propios.

Según él, lo peor era el dolor de creer que "nunca podrían amar, ni ser amados".

BBC Mundo conversó con el autor, pocos días antes de que participe en el Hay Festival de Arequipa, Perú.

-En su libro recuerda de su adolescencia que veía su orientación sexual como "una enfermedad que no nace en los testículos, sino en el corazón". ¿Están las sociedades que no reconocen los derechos de las personas LGBT enfermas del corazón?

-(Ríe levemente) Es una buena forma de verlo. Sin duda. Las sociedades tienen que protegerse a sí mismas y todos entendemos que hay conductas que pueden ser socialmente patógenas. Todos aceptamos que la pederastia tiene que estar penalizada. Pero con la homosexualidad, durante años de los que ahora empezamos a salir, se nos ha convencido de que era una cosa dañina, cuando era inofensiva. Eso es lo que hace que sea la sociedad la que realmente está enferma, la que supura el pus de la intolerancia y la que hace que haya gran parte de sus integrantes que vivan bajo mínimos.

-¿Tiene cura esa enfermedad social de la intolerancia?

-A estas alturas ya podemos tener claro que, sin ninguna duda, la gran receta es la visibilidad. Lo único que ha conseguido que los homosexuales saliéramos del pozo hasta estar hoy donde estamos es decir "yo soy homosexual" desde cualquier lugar que uno ocupe en la sociedad.

Ha sido la única forma de demostrar a nuestros padres, a nuestros compañeros de trabajo, de colegio, etc. que no éramos gente con rabo y con cuernos, que no olemos a azufre, que no éramos enfermos. En definitiva, que lo único que queríamos es que nos quisieran.

Lo que realmente ha conseguido romper las barreras es que desde todos los ámbitos de la sociedad, no solo desde el mundo del arte o de la música, haya jueces, arquitectos, ingenieros, gente de toda condición que diga públicamente que es igual que todos los demás, con la única diferencia de que se enamoran de personas de su mismo sexo. Yo quería que un libro como "El amor del revés" ayude a desmontar toda esa mitología terrible sobre los homosexuales.

-Cuenta en su libro como en la España de aquellos años estrellas como Miguel Bosé o Pedro Almodóvar se travestían, pero evitaban afirmar públicamente su orientación sexual. ¿Al joven atormentado que usted era entonces le hubiera ayudado que estos personajes populares dieran un paso adelante?

-Sí, sin duda. Ha habido un juez en España, Fernando Grande-Marlaska, que ha cumplido una función esencial. Una persona absolutamente de orden, que no muestra ninguno de los estereotipos históricos del gay, como él, hubiera entonces ayudado al chaval que yo era, que estaba convencido de que los homosexuales eran pervertidos que vivían en ratoneras.

Es que entonces ni siquiera los personajes como Almodóvar o Bosé, que coqueteaban con la pose homosexual, admitían públicamente serlo cuando estaba en juego su reputación social. Corremos el riesgo de olvidarnos de estas cosas, que pasaban hace 30 años, que en términos históricos es nada.

-Esa extravagancia de la que hacía gala Almodóvar, a la que tradicionalmente se ha asociado la imagen de los homosexuales, ¿ayuda o perjudica?

-En aquellos tiempos, ayudaba y perjudicaba a la vez. Yo ahora soy muy partidario de la extravagancia, no personalmente porque no es mi manera de ser. Pero sí creo que las marchas del orgullo gay tienen que ser cómo son. Hay que reivindicar el disfraz, el travestismo, en un sentido amplio, casi metafísico. No hay que uniformar las sociedades.

Este año salió un libro titulado "Elogio de la homosexualidad" en el que se afirma que los gais nos vemos obligados contra nuestra voluntad a madurar antes porque nos enfrentamos muy jóvenes a los estereotipos de la identidad, a las convenciones sociales. Desde esa perspectiva, es fundamental que cada uno se comporte como le dé la gana. En España ayudó mucho alguien como Boris Izaguirre, un marica, que hacía de marica en la tele, sacando toda la pluma. La gente se rió de él durante un tiempo, pero finalmente consiguió desterrar el tópico.

Yo mismo, cuando era absolutamente homófobo, me horrorizaba al ver esas marchas y me preguntaba por qué no podían ser gente normal. Hay que reivindicar que hay muchas formas de normalidad.

-Recuerda el daño que le hicieron en su niñez y su adolescencia los sacerdotes del colegio de Madrid en el que estudiaba, a los que describe como "sacerdotes trogloditas". ¿Estamos libres ya de sacerdotes trogloditas?

-No creo. La información que llega de la jerarquía eclesiástica es terrible. En España, cada vez que habla un obispo tiembla todo el mundo. Lo que pasa es que en España ya da un poco igual. Ni siquiera los creyentes compran ya esos mensajes, pero en América Latina sigue primando la fe, a los sacerdotes se les hace más caso.

-En una frase que se interpretó como un giro en la postura católica sobre este tema, el Papa se preguntó "quién es él para juzgar".

-El Papa está siendo en casi todo una bendición. Es verdad que este es un Papa que nos gusta más a los no católicos que a los católicos, al menos que a los católicos tridentinos.

-¿Le parece esa declaración suficiente?

-En esto confieso que soy una persona muy mayor. Soy muy consciente de que hay determinadas cosas que es imposible que cambiaran a la velocidad que nos gustaría. No puedo esperar que un Papa cambie de repente toda la doctrina. Se supone que también se está terminando con la discriminación de los homosexuales en el seno de la iglesia. Son pasos que se tienen que ir dando poco a poco, pero que necesitan un principio. Ese principio ya se ha dado.

-¿Cree que la responsabilidad de esos religiosos que les hicieron tanto daño a los jóvenes cuya educación tenían encomendada, a los que hicieron culpabilizarse por ser cómo eran, se depurará algún día?

-No. Los que me educaron a mí deben haber muerto ya todos. A nivel institucional, eso no se depurará admitiendo el error, sino cuando la red educativa de la iglesia asuma una educación absolutamente liberal y acepte que la homosexualidad no es una opción, sino una condición respetable y normal.

-¿Cree que alguno de los "sacerdotes trogloditas" de su niñez tomó alguna vez conciencia del daño que le estaban haciendo?

-Eso es entrar en el terreno de la especulación. Yo no lo sé, porque bastante tenía con observarme a mí mismo. Pero diría que no, que se veía como algo completamente normal predicar contra eso que se tenía por tan monstruoso, contra algo de lo que se decía que el diablo estaba detrás.

-¿Esas cosas siguen ocurriendo? ¿Todavía hoy hay adolescentes a los que se les inculca que el diablo está detrás de la manera en la que sienten su sexualidad?

-No me cabe la menor duda de que sigue ocurriendo. Supongo que en Latinoamérica mucho más, sobre todo, en zonas donde operan determinados integrismos mucho peores que el católico. Las iglesias evangélicas de Centroamérica son de una homofobia terrible. En realidad, es un problema de todas las religiones, de esa necesidad que hay de constreñir moralmente a las personas para marcar a través de la disciplina su fidelidad.

-En su obra traza un paralelismo entre usted y el protagonista de "La metamorfosis" de Kafka. Dice que se sintió una cucaracha, que tardó años en aceptarse a sí mismo y empezar a sentirse como un hombre. Rememora incluso "la primera vez que pronuncié en voz alta las palabras terribles: 'Soy homosexual'". ¿Qué efecto tuvo ese momento crítico para usted?

-Después de mucho tiempo, ya no me podía esconder más ante mí mismo. Ese fue un momento trágico. Tengo que reconocer ante mí mismo que soy un enfermo. Porque me habían convencido de que los homosexuales eran enfermos. A partir de ese momento, tenía que poner en marcha todos los mecanismos para tratar de esconderme.

-Con su libro ha hecho una aportación desde la literatura. ¿Se considera un activista por los derechos de los homosexuales?

-Sí, no uno a tiempo completo, pero sí un activista. Cuando me piden que participe en coloquios o que ayude a alguna asociación lo hago encantado. Creo que de estas cosas uno nunca se salva solo, no se salva hasta que no lo haga la sociedad entera. Aunque sea por egoísmo, debo contribuir a eso en la medida que yo pueda.

-Cuenta que a menudo sentía el deseo de no estar vivo. ¿Qué les diría a los jóvenes LGBT que hoy día puedan sentir lo mismo por la incomprensión en sus comunidades?

-Les diría que, aunque ahora no lo crean, de ahí se sale. La edad nos enseña que de todo se sale. Incluso cuando ya tenemos 40 años, si nos diagnostican una enfermedad o nos separamos de nuestra pareja, caemos en la angustia y tendemos a pensar que no hay salida. Es falso. Hay salida.

También para los muchachos de 18 ó 20 años que hoy sufren por su orientación sexual. Que sepan que hay mucha gente, como hice yo, que superó aquello y luego ha tenido una vida absolutamente normal. Puede que ahora no lo sientan, pero que lo sepan. Es un proceso lento, de aprender a quererse a uno mismo, de aprender a no aceptar lo que los demás dicen que tú eres, sino a averiguar qué eres realmente. Cuando llegas a la conclusión de que tú eres una persona a la que hubieras querido abrazar, seguramente alguien acabará abrazándote.

-Muchos de ellos quizá se vean como usted entonces, como cucarachas.

-Es muy difícil. Lo único que está claro, que no hay forma de refutar, es que uno no puede vivir en contra suya. Si yo tuviera que dar un consejo sería que cuanto antes se asuma que uno tiene que vivir con naturalidad lo que es, mejor.

-El problema es que hay mucha gente que se encuentra con entornos hostiles, con sociedades cerradas, con familias conservadoras...

-Claro, por eso decía que no hay una receta mágica. Hay que ver cuáles son las posibilidades, el contexto, pero la solución nunca es engañarse a uno mismo. Menos aún, eso que ha hecho tanta gente de casarse con una persona del otro sexo de la que no estaba enamorada, con lo que lo que consiguieron fue no arruinar una vida, sino dos. Eso es de una crueldad tal, que no creo que tuviera perdón divino si realmente hubiera cielo o infierno. Cualquier alternativa que uno pueda planear, con el ritmo que uno pueda, es la que hay que tomar. Una de las opciones más recurrentes es la de cambiar de ciudad.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

#libros #testimonios | El amor del revés

El amor del revés / Luisgé Martín.
Barcelona : Anagrama, 2016 [09-21].
280 p.
Colección: Narrativas hispánicas.
ISBN 9788433998194 / 18,90 €

/ ES / BIO
/ Aceptación / Crónicas / Homofobia / Homosexualidad / Testimonios

‘El amor del revés’ es la autobiografía sentimental de un muchacho que, al llegar a la adolescencia, descubre que su corazón está podrido por una enfermedad maligna: la homosexualidad: «En 1977, a los quince años de edad, cuando tuve la certeza definitiva de que era homosexual, me juré a mí mismo, aterrado, que nadie lo sabría nunca. Como la de Scarlett O’Hara en ‘Lo que el viento se llevó’, fue una promesa solemne. En 2006, sin embargo, me casé con un hombre en una ceremonia civil ante ciento cincuenta invitados, entre los que estaban mis amigos de la infancia, mis compañeros de estudios, mis colegas de trabajo y toda mi familia. En esos veintinueve años que habían transcurrido entre una fecha y otra, yo había sufrido una metamorfosis inversa a la de Gregorio Samsa: había dejado de ser una cucaracha y me había ido convirtiendo poco a poco en un ser humano.»

‘El amor del revés’ es la historia de un camino de perfección que trata de poner al descubierto, sin clichés y sin moralismos, la intimidad desnuda de alguien que de repente se siente apartado de las normas sociales y trata de sobrevivir entre ellas. El autor cuenta su propia vida con una sinceridad a veces hiriente: el descubrimiento de su condición sexual, los primeros amores juveniles, los problemas psicológicos derivados de su inadaptación, la terapia conductual que realizó para cambiar sus inclinaciones ‘enfermas’, la exploración del sexo, las primeras relaciones afectivas, los contactos con el mundo gay y el descubrimiento progresivo y tardío de la felicidad, «el valor exacto de la ternura».

Es también el retrato de una sociedad infectada por la intolerancia y por el prejuicio, que busca enfermedades imaginarias para marcar su propio territorio moral. Hasta ahora Luisgé Martín había ido filtrando detalles de su biografía en sus novelas. En este libro convierte en objeto de la narración su propia vida, ejemplar en el sentido clásico del término: sirve para vislumbrar a través de ella las debilidades y las grandezas de la naturaleza humana; sus miserias, sus ambiciones y sus logros. El resultado de su empeño es una obra de una franqueza arrolladora y una calidad literaria excepcional que rememora décadas de máscaras, tanteos y exploraciones, en un trayecto primero doloroso y después liberador hacia el conocimiento de uno mismo. Un retrato íntimo y sin velos, una portentosa contribución a la literatura autobiográfica.

martes, 20 de septiembre de 2016

#hemeroteca #libros #testimonios | Luisgé Martín evoca en "El amor del revés" la aceptación de su homosexualidad

Imagen: El Diario / Luisgé Martín
Luisgé Martín evoca en "El amor del revés" la aceptación de su homosexualidad.
EFE | El Diario, 2016-09-20
http://www.eldiario.es/cultura/Luisge-Martin-evoca-aceptacion-homosexualidad_0_560994852.html

El escritor madrileño Luisgé Martín evoca, "sin ningún tipo de disfraz", el "melancólico" proceso de aceptación de su homosexualidad en su más reciente libro, "El amor del revés" (Anagrama).

"Me enfrenté a la melancolía de haber perdido mi juventud, de no haber tenido una juventud normal. Habría querido tener un primer amor a los 17 años, tener una vida sexual normal", ha precisado hoy Martín en una rueda de prensa y en posteriores declaraciones a Efe.

En su relato, escrito desde sus "venas y vísceras", el autor revive aquel momento de su adolescencia en que se dijo aquellas "palabras terribles" por primera en voz alta: "Soy homosexual".

"En 1977, a los quince años de edad, cuando tuve la certeza definitiva de que era homosexual, me juré a mí mismo, aterrado, que nadie lo sabría nunca", ha afirmado.

Pero lejos de mantener esa "promesa solemne", en 2006 contrajo matrimonio con otro hombre ante 150 invitados, incluyendo familiares y amigos de infancia.

Martín, "como los grandes héroes literarios", había "atravesado todo tipo de peligros y de tentaciones" que le hicieron vivir una transformación, como aquella del personaje central de "La metamorfosis", de Franz Kafka, asegura.

"En esos 29 años que habían transcurrido entre una fecha y otra, yo había sufrido una metamorfosis inversa a la de Gregorio Samsa: había dejado de ser una cucaracha y me había ido convirtiendo poco a poco en un ser humano."

"El amor del revés" es un libro autobiográfico sobre la homosexualidad, pero además -ha subrayado el autor- habla sobre el amor y la búsqueda "obsesiva y enfermiza" del protagonista de alguien con quien compartir su vida.

El escritor reconstruye sus memorias desde lo dramático, a partir de un diario personal y viejas cartas, en una obra que aleja su pluma de la ficción y por primera vez desnuda su alma.

A pesar del tono melancólico de la obra, Martín ha indicado que éste "ha sido un proceso de escritura bastante feliz" y ha asegurado que se trata "del libro de mi vida", que marca un antes y un después en su biografía literaria.

"No hay nada que esté callado por razones existenciales", ha afirmado el autor sobre su libro, que refleja además un mundo "intenso y desgarrado" de la juventud.

Martín, nacido en 1962, estudió durante 11 años en un conocido colegio de curas en Madrid y hoy señala a la Iglesia como responsable de "administrar nuestra sexualidad" y de, en su caso, haber "ocupado" su identidad.

"Yo estaba rodeado en todo momento de esa religiosidad que decía que la homosexualidad es una perversión, una enfermedad, una monstruosidad y, por lo tanto, está en mi cerebro antes de que yo pueda combatirlo", ha dicho.

Martín ha admitido que, aunque su libro no busque polemizar, algunas personas puedan escandalizarse con su obra en un país en el que -ha considerado- hay un retorno del "conservadurismo" y "unos valores rancios" que -añade- buscan "callar algunas cosas que no se deben de callar, porque están en la vida de todos".

Luisgé Martín, autor de "La mujer de sombra", "La misma ciudad" y "La vida equivocada", ha sido galardonado con el Premio Ramón Gómez de la Serna de narrativa, el Vargas Losa de relatos, el Antonio Machado, así como el Premio Llandes de viajes.

lunes, 19 de septiembre de 2016

#hemeroteca #libros #testimonios | Luisgé Martín: “Me arrepiento de haber sido homófobo”

Imagen: El País / Luigé Martín
Luisgé Martín: “Me arrepiento de haber sido homófobo”.
El escritor firma una descarnada confesión sobre el tortuoso camino que recorrió hasta aceptar su homosexualidad.
Maribel Marín | El País, 2016-09-19
http://cultura.elpais.com/cultura/2016/09/15/babelia/1473935723_563854.html

Luisgé Martín (Madrid, 1962) sintió a los 15 años que había un amor del derecho y otro del revés y lloró al descubrir que a él le había tocado el que cerraba las puertas de su felicidad. Hoy es radicalmente anticlerical y no demasiado religioso, pero entonces se arrodillaba y rogaba a Dios que le gustaran las mujeres: “Le pedía que en mis pensamientos impuros solo hubiera chicas”. Pero Dios no atendió sus plegarias y aquel joven se prometió a sí mismo que nunca nadie sabría que es homosexual.

Hoy, Martín, escritor, agente y crítico literario en este periódico, está felizmente casado con Axier. Con él contrajo matrimonio hace 10 años ante 150 invitados en la primera gran traición pública a ese juramento. La segunda se titula, claro, ‘El amor del revés’ y es una descarnada confesión sobre el sinuoso camino que recorrió hasta que se aceptó tal cual es. O dicho a su manera, hasta que dejó de ser una “cucaracha” y se convirtió en ser humano.

—¿El libro nace más de una necesidad personal o del afán de ayudar a quienes están en esa situación?

—Creo poco en el altruismo del escritor, lo cual no quiere decir que no sea capaz de intentar abrir caminos y ayudar a los demás. Pero este libro nace principalmente de la necesidad de contarme a mí mismo y dar sentido a ese episodio largo de mi vida que fue tortuoso y desconcertante.

Martín concede esta entrevista en su casa una calurosa tarde del agosto madrileño. En su despacho, lleno de libros, se ven a primera vista varios ejemplares de esta biografía sentimental que condensa años de mentiras, miedos y contradicciones. El escritor se desprende en ella de las máscaras que llevó y habla de la negación de su homosexualidad y de sus fracasados intentos por “curarse”; de las visitas a los urinarios públicos para observar el comportamiento de otros gais; de su primera relación sexual sin preservativo en aquellos años de inconsciencia en los que “los más felices” murieron de sida; de sus amores obsesivos de juventud, su terror a ser rechazado, sus incursiones en los cuartos oscuros de locales gais, la distancia que le separaba de su familia…

—¿La escritura le ha resultado dolorosa?

—Soy de los que sufren escribiendo y, sin embargo, he creado esta historia en estado de felicidad literaria. Reconstruir documentalmente esa parte de mi vida, desempolvar cartas, el diario, volver a ver a gente para recordar detalles… me ha resultado no sé si liberador pero sí constructivo.

—¿No se ha interpuesto el pudor?

—Es posible que tenga la sensación de que esa persona ya no soy yo, porque si no, efectivamente, no me atrevería a contar cosas que me avergüenzan, como que fui a un tarotista a que me ordenara la vida. Pero siempre tuve claro que ‘El amor del revés’ tenía que ser un libro confesional. Y que ya que lo era no podía ser pudoroso, sino sincero. La sinceridad es uno de los grandes valores olvidados en literatura.

El autor de ‘La vida equivocada’ y ‘Los amores confiados’, “escritor por azar”, conquistado para la causa por Dumas, Dostoievski y Cortázar, no nació ‘cucaracha’. Se hizo ‘cucaracha’ en una sociedad enferma de intolerancia que, entonces mucho más que ahora, marginaba a las minorías. Y eso que él jamás sufrió burla o escarnio alguno en su entorno. Hijo primogénito de un ingeniero y un ama de casa, este escritor y lector compulsivo —empieza unos 100 títulos al año y los apunta en un Excel— creció en el seno de una familia que él define como “religiosa pero no beata”, prototípica del “franquismo sociológico”. Pasó sus primeros años en San Viator, un reputado colegio de curas del barrio de Usera. De puertas afuera, el centro, en cuya revista ya firmó sus primeros artículos, tenía fama de progresista. Pero sus aulas no estaban libres de “clérigos trogloditas” que equiparaban masturbación a asesinato: “Al cometer ese acto impuro salen del cuerpo [seres humanos microscópicos] y quedan muertos. Ya no sirven para lo que tienen que servir. Y tú te conviertes en un asesino”, escribe que les decían. En una atmósfera así, difícil confesar que te mueres de deseo tras rozar deliberadamente los genitales de un compañero durante un recreo…

—¿Cuánto culpa de su sufrimiento —y el de otros homosexuales de su generación— a la educación religiosa?

—Absolutamente todo. No soy nada antirreligioso. De hecho, creo que la religiosidad forma parte de la órbita intelectual de cualquier persona inquieta y curiosa. Pero sí soy anticlerical. Creo que la Iglesia hoy, en 2016, en Alcalá, en Getafe, en Valencia…, sigue teniendo ministros que son, algunos de ellos, delincuentes y otros descerebrados. Y todos ellos, con púlpito, siguen teniendo eco en la gente aunque por fortuna no tanto como hace décadas. Esos curas, a los que les ha salido un Papa rana que no pone el foco en las alcobas, son los que al final mantienen esa homofobia que está en las escuelas. La Iglesia es una pieza fundamental de esto y lo será de la desactivación.

—Acaban de denunciar a una web que ofrece terapias para “curar” a homosexuales y aún hay agresiones a gais…

—La homofobia no desaparecerá pero sí el trauma de la vida imposible, de cercenar el amor, la obligación de vivir fingiendo, casándote con una mujer aunque te gusten los hombres. De esas y otras situaciones disparatadas he querido dejar testimonio. En 2000 yo no pensaba que me pudiera casar —el PP ha tenido que tragarse esa ley—, pero los acontecimientos fueron desbocándose y en España eso se lo debemos a Pedro Zerolo y José Luis Rodríguez Zapatero, porque aquí no había un movimiento gay más potente que en Francia ni la sociedad era más permisiva. La educación sigue siendo una asignatura pendiente, y falta una ley que endurezca los castigos de odio, pero socialmente ya no hay marcha atrás. No hay forma de que convenzan a mis sobrinas, que han convivido con sus tíos con naturalidad, de que ser gay es una perversión del demonio.

Martín, hoy licenciado en Filología Hispánica y director de la revistaEñe, no podía soñar con esta realidad cuando ingresó en el instituto, donde dice haber descubierto la libertad, el idealismo de izquierdas y a Cortázar. En aquellas aulas se enamoró tres veces de otros tantos chicos y tres veces guardó el secreto porque la ‘cucaracha’ había empezado su metamorfosis pero aún se resistía a aceptarla. Leía enciclopedias médicas, artículos divulgativos sobre homosexualidad, ensayaba las caladas para parecer masculino al fumar, se convencía a sí mismo de que le gustaban las mujeres hasta que la realidad se le imponía implacable… Tenía un miedo irracional a ser descubierto y rechazado que solo confesaba en cartas que, a veces, no llegaba a enviar, y en un diario que un día apareció con el candado sospechosamente abierto.

—¿Le ayudó la escritura?

—Me ahorró muchos psicólogos, deseos de intento de suicidio y mucho sufrimiento. Yo no habría podido sobrevivir sin escribir, sin leer y sin ver cine.

Hay un pasaje en el libro que da cuenta de esa angustia expresada en escritos íntimos que le tuvo alejado de su familia. Martín lloraba su secreto en la habitación y sus padres, preocupados, entraron a hacerle preguntas. “Concibieron las causas más extraordinarias, pero no llegaron a imaginar nunca la verdadera”, lamenta. “Siempre he recordado aquel episodio como una prueba del desconocimiento y del oscurantismo que había en la sociedad española en esos tiempos acerca de la homosexualidad: mis padres, que no tenían prejuicios singulares ni profesaban ideologías excéntricas, eran capaces de creer que yo era un asesino antes de pensar que me sentía atraído sentimental y eróticamente por los hombres”. “Mi familia”, dice, “no estaba preparada para comportarse de otra forma en este entorno homófobo. Jamás pensé en pedirles cuentas por no ayudarme”.

Martín llegó a someterse a tratamiento con una psicóloga que le prescribía como terapia para “curarse” elegir chicas y seducirlas. La última se llamaba Ángeles y la despidió a la puerta de un autobús. Fue, escribe, su “último instante de heterosexualidad”. Desde entonces, y hasta que llegó Axier, se dejó ir, se convirtió en asiduo de los anuncios de contactos, buscó sexo en locales gais, se resarció del tiempo perdido con más de 200, 300 chicos. Hasta montó una agencia matrimonial para homosexuales. Las máscaras que se había ido quitando poco a poco durante sus años de universidad cayeron definitivamente entonces. ¿Cómo ocurrió? Fue todo un proceso que no podría entenderse sin dos vivencias que tuvo durante aquellos años. Una tiene que ver con la literatura y la libertad y sucedió en París en 1981. Una noche de diciembre se cruzó con un chico y se atrevió a sostenerle la mirada. Es la primera vez que se sintió libre y fue, en parte, gracias a Cortázar, que les había invitado a él y a un amigo a entrevistarle en su casa, después de que lo pusieran a caldo en un fanzine por atender solo a los medios poderosos.

El otro es un episodio de desengaño. Martín se enamoró de un tal Arturo. Irracionalmente, porque solo le conocía de vista. Pero sufrió tanto al no ser correspondido que llegó a pensar que “vivir era un acto innecesario”. “Fue el momento en el que el dolor fue más lacerante y estuvo más quintaesenciado”, recuerda. “Si hubiera habido algún modo de suicidio para cobardes, seguramente me habría apuntado”.

—Ha escrito que este libro es un inventario de arrepentimientos y mentiras. ¿De qué se lamenta más?

—De haber sido lo suficientemente débil y vulnerable como para aceptar lo que no debería haber aceptado, de haber perdido tantos años de mi vida, de haber dejado pasar tantas ocasiones de ser feliz. Me arrepiento también de haber sido homófobo en el modo en el que son homófobos los homosexuales. De haber aceptado que se trataba de seguir en las catacumbas y llevar una vida discreta, de asumir que no hacía falta hacer exhibicionismo, que la pluma era una mamarrachada… Todas esas tonterías que se siguen diciendo, incluso desde púlpitos homosexuales. En cualquier caso, lo del arrepentimiento es una forma retórica de hablar porque en el fondo uno debería arrepentirse cuando cree que ha tenido la opción real de hacer otra cosa y yo no tengo la sensación de haber podido hacerlo.