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miércoles, 28 de marzo de 2018

#hemeroteca #iglesia | La virgen de Garabandal se aparece en el cine

Imagen: El País / Conchita, Mari Loli, Mari Cruz y Jacinta, las 'visionarias' de Garabandal
La virgen de Garabandal se aparece en el cine.
Un grupo religioso mantiene en la cartelera el ‘milagro’ ocurrido en 1961 en Cantabria y pide ayuda para “llevar la bendición” al mundo.
Juan G. Bedoya | El País, 2018-03-28
https://elpais.com/cultura/2018/03/27/actualidad/1522145696_681474.html

En ‘Los jueves, milagro’, la película de Luis García Berlanga, de 1957, las fuerzas vivas de un pequeño pueblo español deciden seguir el ejemplo de Fátima y Lourdes para progresar gracias a las apariciones de la Virgen. Se inventan un milagro. Será los jueves. Cuatro años después, el 18 de junio de 1961 era domingo en todo el mundo cristiano, pero sobre todo en San Sebastián de Garabandal, un pequeño pueblo perdido en las montañas cabuérnigas de Cantabria. Ese día, por la tarde, cuatro niñas, Conchita, Mari Loli, Mari Cruz y Jacinta, se alejan de las casas para coger unas manzanas en la huerta del maestro. Son hijas de agricultores y ganaderos. Gente pobre en un poblado pobre. También ellas pastorean cabras o vacas cuando vuelven de la escuela. Aquella tarde de domingo va a cambiar su vida para siempre, también la de Garabandal. Cuando regresan con las manzanas en la mano, arriba del camino que llaman La Calleja, suena un trueno. En el cielo no hay nubes. ¿Remordimiento por la fruta robada? No era eso. Conchita, la mayor, cae de rodillas. No se mueve. Las otras quieren echar a correr, pero caen también junto a Conchita. Se les ha aparecido un ángel, dijeron más tarde.

Era el Arcángel San Miguel, precisaban. Dijeron que no les habló. Ellas nada le dijeron. Cuando vuelven en sí, confundidas y temerosas, corren a refugiarse detrás de la Iglesia. Lloran. Lo cuentan. Días más tarde, será a la Virgen a quien dicen ver. Trae a un niño en brazos, viene acompañada de dos ángeles y hace una profecía amenazante, como “último aviso porque, dice la aparecida, “muchos cardenales, obispos y sacerdotes van por el camino de la perdición, y con ellos llevan a muchas más almas”.

Desde la creencia en esas apariciones marianas, un grupo de entusiastas ha hecho en apenas 27 días de rodaje una película con ánimo militante y con protagonistas aficionados pero solventes. Se acaba de estrenar con el título ‘Garabandal. Solo Dios lo sabe’ y es digna de ver para creyentes y devotos de la Virgen, pero también para quienes quieran conocer cómo se produjeron los hechos en aquella España nacionalcatólica, ensotanada y sombría. Desde esa perspectiva, la película es un documento sobresaliente.

Uno de los convencidos del origen sobrenatural de Garabandal es el exministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, experto en apariciones marianas como señala la web oficial de la película. El exministro se pronunció en términos elogiosos hacia ella. La misma web pide ayuda para promocionar el filme: “Tenemos muy claro que ‘Garabandal, solo Dios lo sabe’ no es un proyecto económico [...] Nuestras decisiones no se toman en función de obtener un beneficio económico, sino con el único deseo de llegar a cada rincón del planeta donde Nuestra Madre del Cielo quiera decirles a sus hijos que les ama y que desea su salvación. Por eso hemos abierto una nueva campaña de donativos [...] Si pueden ayudarnos a llevar la bendición de Nuestra Madre a los confines del mundo, lo agradeceremos de todo corazón”.

Llevan ya unos 25.000 espectadores y va estrenándose por toda España. Para tener una referencia con que comparar el impacto, la empresa promotora, Mater Spei A. I. E, ha subrayado en un comunicado de prensa esta curiosidad, según sus datos: “En 2017 se exhibieron 257 películas españolas, de las que solo 45 superaron los 20.000 espectadores, y en 2016 se exhibieron 243 películas, y de ellas solo 43 superaron los 20.000 espectadores”. Belén Garde, Teresa Carrasco, Miriam Rodríguez y Blanca Cogolludo interpretan a las cuatro niñas de las apariciones.

El relato es fiel a los hechos (así los llamó la prensa de la época). Desde aquel domingo de 1961, el vecindario entra en ebullición, situación que dura los cuatro años en los que se dan las supuestas apariciones. La entonces provincia de Santander se conmociona. Llegan visitantes de todo el mundo. El obispo no sabe qué hacer. El sargento de la Guardia Civil que ejerce de comandante de puesto en Puentenansa, cabecera de la comarca, se alarma. “Si ahora suben a Garabandal doscientas personas y hay lío, ¿qué pasará cuando sean seis mil, o veinte mil?”.

Un psiquiatra de película
Qué hacer cuando todo el mundo católico empieza a hablar de que en Garabandal se está apareciendo la Virgen y hay unas niñas que levitan, hablan al cielo con palabras que nadie conoce, ni ellas mismas, caen de rodillas sobre las rocas sin hacerse daño o caminan en éxtasis hacia delante y hacia detrás por las callejuelas o campo a través, con la cabeza totalmente alzada, sus ojos fijos en lo alto, sin caer ni tropezar. Eso se veía. Eso creían ver.

Al pueblo llega un psiquiatra de armas tomar, para analizar a las videntes y ver si respondían al dolor, si estaban realmente en éxtasis. Era un personaje también de película. Se llamaba doctor Luis Morales, descreído, famoso ahora por haber tratado como interna, casi una prisionera, a Leonora Carrington, la escritora y pintora británica, huida en 1942 desde París a México, donde se nacionalizó, espantada de los nazis. Su paso por las manos de Morales, ingresada a la fuerza por el padre, lo contó en sus memorias, con detalle. Se titulan ‘Memorias de abajo’. Elena Poniatowska cuenta su vida en ‘Leonora’. Aquel sanatorio en Santander es hoy un enorme espacio verde, con el nombre de Parque del doctor Morales.

San Sebastián de Garabandal está desde entonces en el mapa del catolicismo romano. Cada día llegan peregrinos al pueblo, sobre todo de Estados Unidos, donde se casó y vive Conchita, la vidente más mediática. Y llueve el dinero. Entre los donantes y creyentes destacaron muy pronto la exitosa escritora Mercedes Salisachs, cuñada de José Antonio Samaranch, que arrastra a otros ricos burgueses catalanes; los galleteros Fontaneda, y alguno de los Domech, de Jerez. Entre todos construyeron una coqueta capilla en el lugar de las apariciones y una cruz luminosa traída de Portugal.

Profecías y niñas pobres
Pero Garabandal han ido cayendo en el olvido pese a creerse que el cardenal Ratzinger, más tarde papa Benedicto XVI, estuvo convencido de la veracidad de los milagros cuando era nada menos que prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Pese a todo, el Vaticano congeló el caso. “No consta”, han dicho con la boca pequeña.

Al margen del respeto que merecen quienes creen en apariciones y milagros, con la devoción a una Virgen nueva siempre llegan negocios y masas. Como las supuestas apariciones de Garabandal hay veinte mil en todo el mundo, de las que solo doce están ‘reconocidas’ por el Vaticano. Las protagonistas son niñas pobres e ignorantes, como en Fátima. En Garabandal son pastoras de doce y once años que estudian en una escuela unitaria destartalada. Y siempre hay profecías, la mayoría de las veces sombrías, amenazantes. En Garabandal, las niñas recogieron dos: la primera, en 1961; la segunda, el 18 de junio de 1965.

En Lourdes, las apariciones dieron paso a la proclamación del dogma de la inmaculada concepción. En Fátima, los pastorcillos recibieron tres secretos, uno de ellos pronosticando un atentado mortal al Papa. Lo padeció Juan Pablo II. No falleció. En Garabandal, según Conchita, la Virgen trajo primero este mensaje: “Hay que hacer muchos sacrificios, mucha penitencia, visitar al Santísimo, pero antes tenemos que ser muy buenos. Y si no lo hacemos nos vendrá un castigo. Ya se está llenando la copa y si no cambiamos nos vendrá un castigo muy grande”.

El obispo de Santander lo calificó de importante. No tuvo la misma actitud ante el segundo mensaje, cuatro años más tarde, que recibió Conchita, según Conchita. La Virgen llegaba con un ultimátum. “Como no se ha cumplido y no se ha dado mucho a conocer mi mensaje del 18 de octubre de 1961, os diré que este es el último. Antes, la copa se estaba llenando, ahora, está rebosando. Muchos cardenales, obispos y sacerdotes van por el camino de la perdición, y con ellos llevan a muchas más almas. A la Eucaristía cada vez se le da menos importancia. Debéis evitar la ira del buen Dios sobre vosotros con vuestros esfuerzos. Si le pedís perdón con alma sincera, Él os perdonará. Yo, vuestra Madre, por intercesión del Ángel San Miguel, os quiero decir que os enmendéis. ¡Ya estáis en los últimos avisos! Os quiero mucho y no quiero vuestra condenación. Pedidnos sinceramente y nosotros os lo daremos. Debéis sacrificaros más. Pensad en la Pasión de Jesús”.

Todo eso se decía en vísperas del Concilio Vaticano II, del que Conchita no tenía ni idea. Juan XXIII lo iba a desautorizar, quizás intencionadamente, en su discurso de apertura, denunciando a quienes son profetas de catástrofes y ven al mundo con ojos amenazantes. Un año más tarde, su sucesor, Pablo VI, recibía a Conchita en el Vaticano y le daba la bendición: "Es necesario dar a conocer esos mensajes. Conchita, yo te bendigo, y conmigo te bendice toda la Iglesia", proclamó. Para entonces, el cardenal Ottaviani, el inquisidor que precedió a Ratzinger, había llamado a la vidente a Roma y ordenado una investigación a fondo, enviando un delegado a Garabandal. Nunca se supo el resultado, salvo que Roma acabó archivando el caso con un famoso “No consta”. Algunos creen que hay motivos para resucitarlo ahora, con sus mensajes amenazantes y sombríos.

viernes, 11 de agosto de 2017

#hemeroteca #mujeres #historia | La locura española de Leonora Carrington

Imagen: El País / Leonora Carrington en 2007
La locura española de Leonora Carrington.
La artista y escritora surrealista cruzó los Pirineos para ayudar a su amante judío Max Ernst y acabó en 1940, atada de pies y manos, en un psiquiátrico en Santander.
Javier Martín-Domínguez | El País, 2017-08-11
https://elpais.com/cultura/2017/08/10/actualidad/1502356957_260944.html

El intento de conseguir un salvoconducto para Max Ernst, confinado en un campo de concentración en Francia, llevó a su amante Leonora Carrington a entrar en España recién acabada la guerra civil. En lugar de conseguir liberarlo, fue ella la que acabó encerrada en un sanatorio psiquiátrico de Santander, dirigido por el doctor Luis Morales. De aquella peripecia, más surrealista que la filosofía de sus propios protagonistas, quedó un relato tan real como alucinante escrito por la propia Carrington, que pretendía ser una mera catarsis y acabó publicado como ‘Memorias de abajo’. Un texto fundamental en la historia del surrealismo.

Ahora que celebramos el centenario de la artista británica finalmente afincada en México se reconstruye su desvío español, tanto mental como geográfico, en un curso de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo en el mismo Santander y en breve en el Hay festival de Segovia.

Leonora y Max Ernst se habían conocido en el restaurante Barcelona de la londinense Beak Street, con Man Ray, Lee Miller y los Eluard. Fueron amantes en Paris, donde André Breton la adoptó como “una de los suyos”, y se fueron a una casita de campo donde ambos produjeron una importante obra, incluido el autorretrato de ella ‘La posada del caballo del alba’. El avance nazi sobre Francia destruyó el idilio amoroso y artístico que Carrington y el pintor alemán desarrollaron en la localidad francesa de Saint Martin d'Ardeche. Tras ser arrestado él por segunda vez, una atribulada Carrington viaja en coche a España, vía Andorra, para buscar en Madrid una salida para Ernst.

En las entrevistas que mantuvimos hace una década en su casa de México, Carrington reconocía haber estado afectada por lo que llamaba un “síndrome de guerra”, perturbada, físicamente disminuida, mentalmente debilitada. Pero fueron sus salidas de tono político en el Madrid del año cuarenta lo que llevo a las autoridades españolas, con el cónsul británico y con la aquiescencia de su potentado padre a encerrarla primero en un convento y después a trasladarla en coche al norte. Le administran tres veces luminal y una inyección en la espina dorsal: anestesia sistémica. Han vencido su resistencia. La entregan, como un cadáver, al psiquiátrico del doctor Morales, una casa jardín en Valdecilla. Su destino no buscado. Es atada de pies y manos. Medicada con cardiazol, equivalente al electrochoque. Una caída al abismo. Una locura forzada.

Medio año duró su encierro español, un episodio del que se negaba a hablar, “porque aún me produce mucho dolor”, según me confesó cuando ya había cumplido los 90. Fue el doctor Pierre Maville quien le aconsejó escribir sobre su cruda experiencia. “No sé cuánto tiempo permanecí atada y desnuda. Yací varios días y noches sobre mis propios excrementos, orina y sudor, torturada por los mosquitos, cuyas picaduras me pusieron un cuerpo horrible: creí que eran los espíritus de todos los españoles aplastados, que me echaban en cara mi internamiento, mi falta de inteligencia y mi sumisión. La magnitud de mi remordimiento hacía soportables sus ataques. No me molestaba demasiado la suciedad”. Terminó manejando la sórdida situación con una inteligencia prodigiosa, convirtiendo el escenario de su encierro en una especie de mapa prodigioso, con sus símbolos y constelaciones que le permitían buscar la salida a su caída en el hondo pozo de la locura.

El de Carrington puede inscribirse entre los casos de mujeres sometidas por haber ejercido su libertad sin límite. Gracias a la escritura —una maldición que salva, en palabras de Clarice Lispector— Carrington exorcizó sus males. En la clínica leyó a Unamuno, hizo horóscopos diarios para el doctor Morales, que acabo prendado de su inteligencia. Con una señorita de compañía abandonó Santander en tren rumbo a Lisboa, con parada en Ávila. “Era Nochevieja. Hacia un frío intenso. Paramos en Ávila, donde nació Santa Teresa. Había un tren largo con muchos vagones cargados de ovejas que balaban de frío. Era espantoso. Los españoles pueden ser atroces con los animales. Recordaré aquella ovejas sufriendo hasta el día que me muera. Era como el infierno.”

Más lúcida de lo que aparentaba, Carrington dio esquinazo a su protectora y en Lisboa se fue en busca del periodista y poeta mexicano Renato Leduc, que hacía funciones de secretario de embajada. Se casaron y dejó de estar a merced de la voluntad de su padre, o de Max Ernst, que también acabó saliendo de Marsella hacia el exilio vía Lisboa, de la mano de la millonaria Peggy Guggenheim. Tras un tiempo con el grupo surrealista reunido en Nueva York, la pareja marcha a México. Pese a su divorcio Carrington se quedará allí —en el país del surrealismo natural según su protector, André Breton— hasta el fin de sus días. Incluida hoy en el grupo de mujeres artistas surrealistas de Latinoamérica, su pintura está entre las más cotizadas, y sus relatos mantienen la frescura y las sorpresas de textos adobados por un profundo surrealismo.

En su casa de la colonia Roma, acabó rodeada de españoles, incluido el médico que asistió sus partos, José Horna, y su mujer la fotógrafa Katy, más su inseparable compañera en el arte y la vida, la ilustradora y pintora Remedios Varo. También trató a Luis Buñuel que la cita en sus memorias. “Un día, cuando llegamos a casa de un tal Mr. Reiss donde nos reuníamos regularmente, Leonora se levantó de súbito, entró en el baño y se dio una ducha completamente vestida. Después, chorreando, regreso a la sala, se sentó en una butaca y me miro fijamente. 'Eres un hombre apuesto', me dijo en español tomándome del brazo. 'Te pareces enormemente a mi guardián', del psiquiátrico de Santander". El desvío español en su viaje vital marcó para siempre el destino de la última surrealista.

La hechicera hechizada cumple 100
Cuando se definió en 1945 como “un viejo topo que nada bajo los cementerios”, la pintora y escritora Leonora Carrington aún no había cumplido los treinta. Su vida ya daba entonces para varias novelas. De hecho, además de sus cuentos y ficciones, ya había publicado sus ‘Memorias de abajo’ un par de años antes. La artista viviría hasta los 94. Pero a Carrington, la rebelde hija de un magnate textil de Lancashire, que fue expulsada de varios internados antes de empezar a estudiar pintura en Florencia y en Londres, siempre le gustó la penumbra. Puede que así pueda explicarse que haya permanecido en buena medida oculta, en la sombra, dentro del mundo anglosajón. Un primer destello reciente llegó en 2015 con la exposición de su obra en la Tate Liverpool, pero ha sido al cumplirse el centenario de su nacimiento, este año, cuando su magnética figura ha recibido un nuevo impulso. Si Elena Poniatowska rindió homenaje a la historia de su buena amiga en ‘Leonora’ en 2011, ahora ha sido una sobrina lejana, Joanna Moorehead quien ha indagado en la atribulada vida y rico imaginario de la artista en la biografía ‘The surreal Life of Leonora Carrington’. Moorehead, que descubrió de forma azarosa en 2006 el parentesco y corrió a conocer a Carrington a México, hace hincapié tanto en el idilio de la artista con Max Ernst como en su paso por Nueva York, antes de instalarse definitivamente en México, primero con Renato Leduc y más adelante con el húngaro Chiki Weisz, padre de sus dos hijos.

En los años ochenta dejó la escritura, pero un nuevo volumen reúne la más amplia selección de sus cuentos hasta hoy, prologados por la novelista Sheila Heti. Otra novedad editorial en el mercado anglosajón es una nueva antología de textos académicos. ‘Leonora Carrington and the International Avant-garde’ analiza a la polifacética “hechicera hechizada” —como fue definida por Octavio Paz—, y trata de desentrañar los significados de su rico y fantástico mundo desde nuevos prismas. En el libro, también se incluyen los recuerdos de la A a la Z que de la pintora tiene la novelista Chloë Aridji. La surrealista incluida por André Breton en ‘Antología del humor negro’ (1940), ya escribió que “si la vieja dama no puede ir a la Laponia, entonces la Laponia debe venir a la vieja dama”. Cámbiese el lugar geográfico por Reino Unido y todo tiene sentido.

viernes, 4 de agosto de 2017

#hemeroteca #mujeres #literatura | La losa y la pluma: escritoras frente a la locura


Imagen: El Mundo / Leonora Carrington
La losa y la pluma: escritoras frente a la locura.
Con la participación de Marta Sanz, Olvido García Valdés o José Sanchis Sinisterra, un curso de verano de la Universidad Menéndez Pelayo reflexiona la próxima semana, a partir de textos autobiográficos y en clave de género, sobre el impacto de la locura (real o impuesta) en la construcción de la identidad de autoras como Leonora Carrington, Sylvia Plath, Alejandra Pizarnik o Virginia Woolf.
Fernando Díaz de Quijano | El Cultural, El Mundo, 2017-08-04
http://www.elcultural.com/noticias/letras/La-losa-y-la-pluma-escritoras-frente-a-la-locura/11070

Se ha contado millones de veces: Virginia Woolf se llenó el abrigo de piedras y se sumergió en el río que pasaba junto a su casa. Sylvia Plath metió la cabeza en el horno y abrió la espita del gas. Dicen ahora los expertos que ambas tenían trastorno bipolar. Alejandra Pizarnik se tragó 50 pastillas de barbitúricos y a ella le adjudican hoy trastorno límite de la personalidad. Puede sonar frívolo o morboso, pero la locura y las tendencias suicidas nos fascinan, especialmente en los casos de personas de excepcional valía literaria o artística, porque sus obras dan testimonio de ese monstruoso universo desconocido para la mayoría.

El surrealista Max Ernst quedó magnetizado por Leonora Carrington, a quien veía como alguien que había logrado traspasar la frontera de la locura y regresar con noticias del otro lado. Antes de emigrar a México, la artista de origen británico fue recluida contra su voluntad en un centro psiquiátrico de Santander, como tantas otras mujeres excepcionales. Muchas sufrían auténticas patologías psiquiátricas. En otros casos, como en el de Carrington, resulta muy complicado poner nombre a la mezcla de angustia e inestabilidad emocional que invadía sus mentes y sus cuerpos, a ese colapso nervioso impulsado por la presión social, las imposiciones familiares o el horror de la guerra.

Otro caso similar fue el de Teresa Wilms Montt, escritora chilena que tuvo una vida llena de sobresaltos. Intentó quitarse la vida por primera vez cuando su esposo consiguió internarla en un convento al descubrir su infidelidad. Acabó consumando su suicidio algunos años después, por la profunda depresión que le causó reencontrarse con sus hijas en París y perderlas de nuevo al poco tiempo.

Las cinco autoras mencionadas y bastantes más serán objeto de estudio y debate la semana que viene precisamente en Santander, en un curso de verano de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo titulado '¿Una maldición que salva? Escritoras y locura' y dirigido por Carmen Valcárcel y Elisa Martín Ortega. El seminario concebido por estas dos profesoras de la Universidad Autónoma de Madrid, que utilizará como material de análisis todo tipo de textos autobiográficos -memorias, cartas, diarios o autoficción- se nutre del proyecto de investigación que ambas llevan a cabo sobre la materia. Se abordará la locura como "una etiqueta externa, impuesta desde fuera", sin considerar relevante si las autoras realmente padecían o no una enfermedad mental, explica Martín Ortega.

"En muchos casos la escritura se convierte en el ámbito de expresión de una imaginación sin límites, un escudo contra la dictadura moral y el conformismo. Nos interesa incidir en expresiones literarias que gravitan en torno al yo y a partir de las cuales sus autoras intentan crear una nueva identidad propia, no definida desde fuera por los parámetros sociales y culturales", señala Valcárcel.

El curso reúne a investigadores, psiquiatras, filólogos y creadores, entre ellos la escritora Marta Sanz, la poeta Olvido García Valdés, la escritora y psicoanalista Lola López Mondéjar, el cineasta Javier Martín-Domínguez (autor del documental 'Leonora Carrington. El juego surrealista') y el dramaturgo José Sanchis Sinisterra, que clausurará el curso con una dramatización basada en Memorias de Abajo, donde Carrington narró su estancia en el psiquiátrico de Santander.

En clave de género
La conexión entre literatura y locura se trató hace tres años en otro curso de verano de la UIMP, en el que participaron escritores como Gustavo Martín Garzo, Juan José Millás y Ricardo Menéndez Salmón, pero en este caso se ha apostado por un enfoque de género. "Se ha escrito mucho últimamente sobre creación y locura y se han celebrado muchos cursos en torno a esta cuestión porque es muy interesante, pero este tipo de experiencias límite en mujeres no ha recibido la misma atención que en el caso de los hombres, y el propio concepto de locura tampoco se ha aplicado de la misma forma a ambos géneros", opina Martín Ortega. "Ante un diagnóstico psiquiátrico, el estigma social y la pérdida de autonomía era mayor en las mujeres que en los hombres", señala la codirectora del curso.

Marta Sanz reconoce su fascinación por las figuras de Woolf, Plath y Pizarnik: "Me da la impresión de que sus suicidios, más allá de la patología mental, tienen mucho que ver con la presión y la dificultad de vivir su diferencia -su inteligencia- como desventaja en un contexto patriarcal", opina. La escritora madrileña contribuirá a quitarle a las afecciones mentales ese halo sublime que les otorgó el romanticismo. El punto de partida de su charla será su último y autobiográfico libro 'Clavícula', una suerte de diario del dolor físico -reflejo de otras dolencias emocionales, públicas y privadas, individuales y colectivas-, que la autora pretende aliviar a través del ejercicio de la escritura. "En este libro confluyen algunos de los asuntos que se van a tratar a lo largo del curso: el nudo que se establece entre enfermedad, explotación, peso cultural, creatividad y mujeres".

A Sanz le interesa especialmente "la relación entre el cuerpo y el texto" en la literatura escrita por mujeres. "La literatura como encarnizamiento es una idea terrible y magnífica de Marguerite Duras. Los textos se rompen sintáctica, genérica, lingüísticamente porque esa fractura estilística es una forma ideológica que aspira a reflejar el dolor del cuerpo concreto de una mujer que escribe: una mujer en la que muchas mujeres pueden reconocerse. Y muchos hombres progresistas y sensibles, también", opina.

¿De qué nos salva la literatura?
La pregunta que da título al curso -¿Una maldición que salva?- procede de un verso de Clarice Lispector, una autora que no se suicidó ni tuvo enfermedades mentales reconocidas, pero que indagó insistentemente en el dolor emocional. Al verso se le añade aquí un interrogante porque el curso pone en entredicho esa afirmación. Es cierto que en algunos casos la escritura fue una salvación literal. Las directoras del curso ponen como ejemplo a la escritora neozelandesa Janet Frame, que iba a ser sometida a una lobotomía que se canceló al concedérsele un importante premio literario. En otros casos, la salvación nunca llegó. No llegó para Woolf, no llegó para Plath, no llegó para Pizarnik.

Tampoco llegó la salvación para la escritora y pintora alemana Unica Zürn, que se tiró por la ventana de su apartamento de París; ni para la artista cubana Ana Mendieta, que se quitó la vida de la misma manera, aunque ella no padecía esquizofrenia como la primera. Como recuerda la poeta Olvido García Valdés, las dos creadoras han recibido mucha menos atención mediática y académica que sus parejas, el fotógrafo surrealista Hans Bellmer y el poeta y escultor minimalista Carl Andre.

García Valdés, Premio Nacional de Poesía en 2006, hablará en el curso de Zürn, de Mendieta, de Lispector y de Leopoldo María Panero. La poeta ha incluido a Panero a pesar de ser un hombre porque "es nuestro poeta loco más insigne" y al mismo tiempo tenía "una lucidez extraordinaria para escribir de todos estos asuntos". De hecho, García Valdés editó en los años noventa, junto a Miguel Casado, un libro que recogía todos los artículos del autor sobre literatura, locura y su conexión con otros ámbitos de la existencia, titulado ‘Y la luz no es nuestra’, que más tarde reeditó Huerga y Fierro. "Leopoldo María Panero decía que la locura no es una enfermedad, sino el mayor de los aplastamientos sociales, y que los que la padecen no son locos sino enloquecidos, ya que la locura es una reacción normal ante acciones de jaque mate familiar y social", señala García Valdés. Para Valcárcel, en el caso de todas estas escritoras el aplastamiento que conduce a la marginalidad lo provoca una losa triple: el sambenito de la locura, el oficio de la literatura y el hecho de ser mujer.