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miércoles, 15 de enero de 2020

#hemeroteca #television #heteronorma | La isla de la heteronorma

Imagen: Pikara / Grabación de 'La isla de las tentaciones'
La isla de la heteronorma.
El programa ‘La isla de las tentaciones’ es un catálogo de toda la mierda que nos tragamos en nombre del amor romántico y la heterosexualidad cuando los medios de comunicación son el embudo.
Irantzu Varela | Pikara, 2020-01-15
https://www.pikaramagazine.com/2020/01/la-isla-de-la-heteronorma/

Mónica Naranjo ha devenido en presentadora y está -espero que peleando contra la vergüenza ajena- lidiando con un programa, ‘La isla de las tentaciones’, de esos en los que ponen a un montón de gente que se cree muy lista -porque no lo es- y que se cree muy guapa -porque cree que es lo que importa- en los que la edición de los vídeos permite fingir que estás presenciando historias con el más mínimo interés, cuando estás presenciando el anodino espectáculo de la estupidez humana.

La fórmula es sencilla: cinco parejas “ponen a prueba” su relación, permaneciendo separadas unos días, en una villa caribeña, con un grupo de personas que pretenderán tentarlas. La gracia está en presenciar cómo se tambalea o se consolida la fortaleza de las parejas. O eso parece.

Pero este programa de mierda es un gran cañón de mierda heteruza y reproductora de la peor mierda del “romanticismo” (esa cosa que legitima que querer a alguien significa tener poder sobre esa persona y que causa la mitad de los feminicidios).

Y os cuento por qué.

El programa se basa en una serie de dogmas sacados de la manga de la heteronormatividad, según los cuales todo está bien como está y si no has encontrado a tu media naranja que te trate como a una princesa, cambia de frutero, rarita.

Dogma 1. Lo normal es ser heterosexual
Cinco parejas y las cinco son heterosexuales. Que es casi de agradecer, si lo pienso, porque en estos programas, en las pocas ocasiones en las que aparecen personas que muestren la mínima disidencia sexual suelen ser clichés que cumplen con los estereotipos que asustan a los heteros, pero aspiran al mismo tipo de relaciones que ellos. Maricas y (menos) bolleras emplumadas que dan penica y ternurica porque quieren quererse y casarse, como la gente.

Ni por ampliar audiencias se les ha ocurrido meter a alguna tentadora de heterocuriosas entre ellas o a algún tentador de heteroflexibles entre ellos. No vaya a ser que en directo se nos caiga eso de que a la gente normal le gusta la carne o el pescado (las pollas o los coños, vamos).

Dogma 2. Las personas normales son payas y blancas
Entre las veinte personas “tentadoras” hay varias racializadas -pero no mucho- (más entre ellas que entre ellos, ¡oh, sorpresa!) y migradas, por aquello de ponerle un poco de “salsa” y de «exotismo» a las tentaciones. Pero las personas “normales”, esas que han ido al programa a demostrar que El Amor Todo Lo Puede, son bien blancas, bien payas y bien españolas. Como tiene que ser. Y así queda bien clarito quiénes son las personas decentes, las de casarse y llevar a cenar a casa de tu madre, y quienes vienen “de fuera” a quitarnos lo que es nuestro.

Me encantaría escuchar las quejas de las personas que han creado el ‘casting’, protestando porque no tiene nada que ver con el racismo, que salió así, que el público tiene que sentirse identificado, que no ven colores, ven personas. Bueno, no.

Dogma 3. Los cuerpos normales son delgados y musculosos

Poca gente de la que sale en la tele se parece a las personas que andamos por la calle. Pero es que en este programa, los cuerpos son prácticamente idénticos, sin grasa, sin vello, sin cicatrices, sin diversidades, con las curvas obligatorias y los músculos de enseñar. Eso le quita hasta un poco la gracia, porque resulta difícil explicar diferencias evidentes entre esa cuadrilla de guerreras y guerreros de terracota, que parecen haber salido de una “cadena de montaje”. Como si no hubiera gente gorda, baja, con lorzas, con cicatrices, con brazos lacios, con tripa, sin culo, con pieles lánguidas, con pelos, sin pelo, con prótesis, con chepa. (O con tatuajes bonitos, porque de verdad, qué espantos.) Como si esas personas no se enamoraran, no follaran, no pusieran en peligro la pareja de nadie. Como si nadie quisiera verlo.

Dogma 4. Todas las parejas están en peligro
Vamos, que el amor de tu vida y tu media naranja y mi vida comienza cuando te conocí, pero tu proyecto vital está a unos días en un ‘resort’ hortera con un montón de maromos o maromas de irse al carajo. Todas y todos los participantes están con la mejor persona sobre la faz de la tierra, pero se cagan de miedo de pensar que ese ser maravilloso y celestial pueda pasar unos días tomando el sol y mojitos (porque les van a dar alcohol como si fuera una fiesta en mi casa, ya te lo digo) con gente depilada que va al gimnasio y respira.

La pregunta es ¿pero qué hace esta gente en su vida? ¿No viajan sin su pareja? ¿No salen de juerga por separado? ¿No trabajan? ¿No conocen gente por su cuenta?
La respuesta es no.

Dogma 5. La única alternativa a la monogamia es la traición
No he tenido que consultar a mi bola, ni leer a Deleuze, para entender que, si te vas a un programa en el que vas a conocer a gente por separado y eso te parece una prueba para tu amor, te has planteado que, en algún momento, una de los dos se folle a alguien. Y, a la vez, te parece que eso es lo peor que puede pasar. Entonces, ¿para qué vas? Si crees que existe la posibilidad de que alguna de las dos personas rompa con la exclusividad, ¿de verdad crees que la mejor opción es que lo graben, te lo pongan, y a la vez que tú se entere tu prima la del pueblo, tu vecino, y decenas de miles de personas desconocidas?

¿Has oído hablar del poliamor, de la negociación, de las parejas abiertas, de los pactos construidos entre personas que deciden cumplir sólo lo que han elegido prometer? Pareciera que el programa se ha construido sobre la obligatoriedad de la exclusividad sexual. Pero no es verdad. La gracia está en que quienes no tienen pruebas de que su pareja les ponga los cuernos (o -al menos- no las tienen también sus vecinos) se rían de cómo sufren quienes descubren lo idiotas que fueron cuando se creyeron que su amor -el suyo sí- era eterno.

Dogma 6. Los chicos tienen empresas y las chicas, su belleza
Y las chicas tienen 20 y los chicos 30. Ahora que ya se puede decir que esa chorrada de que las mujeres somos de Venus y no entendemos los mapas y los hombres son de Marte y no escuchan es una horterada, también hay que decir que es una perpetuación -velada pero eficaz- de los estereotipos sobre la masculinidad y la feminidad que están detrás de las desigualdades entre mujeres y hombres y, por tanto, de la violencia machista; lo que mola son los mismos estereotipos, pero con flecos nuevos.

Ellas (me refiero a “las otras”, las señoras que han sido seleccionadas para “tentar” a los incautos enamorados) son el ideal femenino: veinteañeras, modelos, ‘influencers’, presentadoras (de programas inexistentes). Mujeres jóvenes, bellas y complacientes. Con profesiones (a veces inventadas) que garantizan que su belleza es incuestionable. O que no tienen muchas más cualidades, quién sabe. Ellos (me refiero a “los otros”, los señoros que han sido seleccionadas para “tentar” a las incautas enamoradas) son el ideal masculino: treintañeros, empresarios, surferos. Hombres maduros y activos. Chulazos que hacen cosas. ¿Qué más se puede desear?

Por si te quedan dudas, varias de ellas dicen “yo soy una princesa” (y no hay constancia de que, por consanguinidad o como consortes, aspiren a ejercer la jefatura de ningún estado anacrónico) y alguno de ellos dice “soy Thor” (y no hay mazo a la vista).

Dogma 7. Una novia es una propiedad, un novio es un premio
Para ver a un hombre heterosexual comportándose como si la mujer con la que comparte proyecto vital fuera de su propiedad, algunas sólo tienen que abrir un ojo por la mañana. Pero, para las que hemos perdido la costumbre de la cohabitación hetero, o para las que nunca la encontraron, resulta chocante ver cómo chavalotes jóvenes, con su crestita y sus ‘tatoos’, hablan como «cromañones» de “sus” mujeres. Esos seres frágiles e inconscientes de su voluptuosidad, como las orquídeas. A las que ellos tienen que proteger, que no cuidar. Es “su” novia y, como decía Pancho en Verano Azul, cuando se enamoró como un quinceañero (que lo era) de Bea, “que ni el viento la toque”. Pues diría que te has equivocado de programa, chato.

Ellas no. A ellas les ha tocado el premio. Ese tío guapo y fuerte y listo (!), que han tenido la suerte de que las elija, es quien las hace especiales, ‘queribles’, importantes, distintas. Y por eso, uno de ellos, diciéndole a su novia la cosa más romántica que le puede decir un hombre a una mujer (que es, precisamente, la mayor mierda patriarcal que te puede decir un tío), va y le suelta: “No tienes rival”. Que, no os confundáis, amigas, no significa que eres la mejor mujer que hay sobre la faz de la tierra, que eso es una cosa que no te crees ni los primeros días, cuando todo es follar y endorfinas y no tienes ni hambre; sino una expresión misógina y antisororidad como pocas, que viene a decir “tú no eres como las demás”. “Las demás”, o sea “las mujeres”, no molan. Pero tú (y mi madre, ningún machista sin su Edipo), sí.

Dogma 8. Las demás mujeres son tus enemigas, sobre todo las solteras
Porque no hay premio para todas, chicas.

Los chicos majos y buenos y limpios y trabajadores y musculados y tatuados y con los huevos depilados no abundan. Aunque viendo este programa, pareciera que sí. Por eso, que todas lo sabemos, que no hay hombres para todas, la vida es una ‘ginkana’ para encontrar un hombre que te elija para que le chupes los huevos depilados. Y, una vez que lo has encontrado, una batalla como la de Beatrix Kiddo (¿cómo?, ¿que no has visto Kill Bill?) para espantar a todas las lagartas que van a hacer todo lo que puedan para robártelo. Y ser ellas las que le chupan los huevos.

Por eso ya casi todas las “legítimas” (las que pueden demostrar, de momento, que han sido elegidas al menos una vez) han dicho, en referencia a las diez mujeres que han sido seleccionadas para tentar a “sus” electores: “No es su prototipo”. Primero, cayendo en ese error de mierda de confundir “tipo” con “prototipo”, como si tuvieran enfrente a Terminator II. Y, segundo, dando a entender que su propio mayor mérito es responder a las expectativas de su elector, construidas antes de haberlas conocido. Y que su mayor miedo es que aparezca otra que las responda mejor. O que cambie las preguntas.

A ver, ¡par favar!, ¡que una de las parejas se conoció porque ella respondió “correctamente” a un cuestionario de “novia perfecta” que el elector había elaborado!

En resumen, aventuro que este culebrón caribeño, sin personas LGTBI, ni gordas, ni modelos de pareja diversos, ni pelos en el cuerpo, va a acabar con todas esas parejas. Y nos va a ofrecer un espectáculo de normalización del control, de la desconfianza, de la falta de empatía y de los celos. Y, cuando las feministas queramos enseñar nuestros cuerpos diversos, quitarnos o dejarnos los pelos, follar con quien y en los marcos que nos dé la gana, nos preguntarán que qué tiene que ver el feminismo con eso.

Irantzu Varela. Periodista y feminista. Coordinadora de Faktoria Lila, presentadora de Aló Irantzu en Pikara Magazine y creadora de El Tornillo en La Tuerka TV y Público. Lo mejor que le han regalado últimamente es una katana.

miércoles, 27 de enero de 2016

#hemeroteca #heterocuriosidad | El mercado de los heteroflexibles... y lo que surja

Imagen: The Guardian
El mercado de los heteroflexibles... y lo que surja.
Aparecen nuevas aplicaciones para relaciones entre hombres que no se definen necesariamente como homosexuales. Examinamos qué es la heteroflexibilidad, una idea cada vez más presente entre aquellos que se niegan a las etiquetas.
Lucía Lijtmaer | El Diario, 2016-01-27
http://www.eldiario.es/cultura/fenomenos/mercado-heteroflexiblesy-surja_0_477702623.html

“Estoy cansado de que me intenten chatear torsos desnudos y egos con patas”, dice Brad. “Nada como un lugar dónde poder construir una buena amistad y si se tercia, algo más”, explica Zach.

Ambos son usuarios de BRO, la nueva app que está trayendo de cabeza a los medios anglosajones, por cómo se presenta: “La app permite que los hombres chateen, se hagan colegas y construyan relaciones sin el miedo de que sus sexualidades se etiqueten, algo que muchos hombres que cuestionan sus sentimientos admiten que les impone y les dificulta para ser ellos mismos.” Esta explicación fue suficiente para generar curiosidad, puesto que no se presentaba como una app gay.

Los medios comenzaron a hacerse eco y se sucedían titulares sobre la app como método para “ayudar al outing” de los hombres dudosos, o para “ que los hombres heterosexuales mojen con otros hombres heterosexuales”. Y así se generó la discusión. ¿Es necesaria una app como esta? ¿Por qué?

BRO no es el primer ejemplo de un servicio tecnológico para los hombres que se definen como heterosexuales pero practican sexo con hombres. Existe el precedente de Whisper, una aplicación destinada al público general en la que la gente puede postear mensajes anónimos -en un formato muy similar al de un meme- y que fue aprovechado por hombres para explicar sus experiencias homosexuales en la red. ¿La particularidad? La gran mayoría recordaban experiencias en la universidad, antes de casarse con mujeres.

¿Es entonces una nueva app indefinida un ejercicio de marketing? Un representante de BRO advertía a Verified Gay que “la principal razón por la que la app no identifica a sus usuarios como homosexuales, bisexuales o 'en fase de exploración' es que no creemos que eso importe. La app no es para conectar a gente que quiera mantener relaciones sexuales, sino para establecer conexiones duraderas, ya sea amistades o relaciones a largo plazo”. Aún así, como no dejaron de reseñar desde BRO, los medios siguieron en sus trece: “Los medios dicen que nuestra app es algo que no es realmente”, explicaban en sus redes sociales, a lo que un usuario respondía: “Está bien vivir en una escala de grises, yo conozco a muchos tíos que no tienen una preferencia específica”.

Lo cierto es que hace tiempo que ronda la polémica en torno a una nuevo discurso con respecto a la definición sexual. Este año, el best seller de la activista queer Jane Ward 'Not Gay: Sex Between Straight White Men' (“sexo entre hombres blancos heterosexuales”) ponía sobre la mesa una práctica más común de lo que se quería creer: que los hombres que se autodefinen como heterosexuales mantienen prácticas homosexuales más a menudo de lo que la gente piensa. Y las cifras acompañan: en un reciente estudio del centro de control de enfermedades estadounidense Centers for Disease Control and Prevention, un 1,9% de los hombres se define como homosexual y un 2% como bisexual, pero 6,2% de los encuestados han mantenido relaciones homosexuales, con lo que 2,3% de este porcentaje es de hombres que se identifican como heterosexuales.

Del down-low a los heteroflexibles
Nacía así una etiqueta contra la etiqueta: los heteroflexibles, que se caracterizan por una actividad homosexual limitada a pesar de una orientación fundamentalmente heterosexual que se considera distinta de la bisexualidad. Una vez más, la definición no venía exenta de polémica. El activista LGTB Zach Stafford argumentaba en The Guardian: “Me parece bien que un hombre tenga relaciones sexuales con otro hombre sin tener que usar una etiqueta. Eso sí, como hombre homosexual que ha sufrido violencia expícita por serlo, comprobar que los hombres que perpetúan esa violencia ejercen los mismos actos sexuales que yo y demuestran lo 'hetero' que son, resulta repugnante y homófobo”.

Stafford argumentaba, además, desde una posición concreta. Como hombre negro, hacía hincapié en la hipocresía que genera el tabú de la homosexualidad en Estados Unidos, también aquejado por incesantes capas de significado en relación a razas y religiones. El término down-low, por ejemplo, de uso común entre la comunidad afroamericana, está asociado a los hombres negros que se definen como heterosexuales pero tienen algún tipo de actividad homosexual -generalmente en secreto o sin conocimiento de aquellos que le rodean-. De la misma manera, la expresión “no homo”, de cierta notoriedad en el hip hop estadounidense, se originó en Harlem para aclarar una orientación heterosexual después de cualquier afirmación que pueda oler a homosexualidad.

La fluidez en las prácticas sexuales viene ahora acompañada de cierta libertad en etiquetas que resultan, para muchos, restrictivas. Las apps como Grindr están llenas de hombres que se consideran heterosexuales, por lo que queda claro que una nueva generación de hombres y mujeres asumen que categorías como gay o hetero no tienen necesariamente mucho que ver con las prácticas sexuales. Son también categorías políticas y conceptuales.