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viernes, 7 de octubre de 2016

#hemeroteca #libros #testimonios | Fernando Grande-Marlaska: “Tengo miedo, pero no me mediatiza”

Fernando Grande-Marlaska: “Tengo miedo, pero no me mediatiza”.
El magistrado de la Audiencia Nacional ha perdido al ser que más amaba. Con esta carga ha escrito el autobiográfico ‘Ni pena ni miedo’.
Luisgé Martín | El País, 2016-10-07
http://elpais.com/elpais/2016/10/06/icon/1475750296_832926.html

Este no ha sido un buen año para Fernando Grande-Marlaska. Sobre todo por la muerte de su madre. Pero conserva inalterable la fuerza de carácter y ese idealismo a contracorriente que guía el libro que acaba de publicar, ‘Ni pena ni miedo’. “Siento pena y tengo miedo, como todos, pero nunca me han paralizado ni han mediatizado mis decisiones. Eso es lo que resume el título del libro. Tengo miedo al sufrimiento, a perder a seres queridos. De niño, tenía miedo a que mi madre muriera mientras yo no estaba. En verano, con 12 o 13 años, cuando me iba a un campamento o cuando me fui a Irlanda, me asustaba que al volver mi madre hubiera muerto”.

Fernando Grande-Marlaska (Bilbao, 1962) empezó a lo grande, instruyendo por azar el caso del asesinato de los marqueses de Urquijo, y ya nunca se apartó de lo importante: sustituyó a Baltasar Garzón en la Audiencia Nacional, y desde ese puesto administró asuntos capitales. Instruyó casos contra ETA y dictó autos nada complacientes con la izquierda abertzale, dirigió la intervención judicial de Fórum Filatélico, y cayó sobre sus espaldas el enredo del Yak 42. Desde 2012 es presidente de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional y desde 2013, vocal del Consejo General del Poder Judicial. Grande Marlaska tiene un entusiasmo que no sabe esconder ni en los peores momentos.

Su madre -además de Gorka, su marido– es la persona central de su vida. Cualquier hilo de la conversación –la justicia, los valores, la política– acaba en ella. “Mi madre ha sido fundamental para mí, en lo bueno y hasta en lo malo. Cuando le conté que era gay, con 35 años, no lo aceptó y me aparté de ella. Estuvimos cinco o seis años sin hablarnos, pero incluso en ese tiempo ella era mi referente: ante cualquier duda, siempre me preguntaba qué pensaría ella al respecto, cómo actuaría. Cuando reanudamos la relación, sin embargo, no pude evitar pasarle factura por su incomprensión. La relación no volvió a ser como antes, pero yo la miraba y me daba cuenta de que esa señora ya anciana seguía representándolo todo para mí. Que yo, en buena medida, era esa señora y que no la cambiaría por nada”.

Marlaska acepta sin vergüenza las propias contradicciones de su vida. Habla de sí mismo con un pudor que no pierde nunca la dignidad. No mueve mucho las manos, no hace aspavientos, no enfatiza, pero en su voz aparece de vez en cuando una emoción sosegada que no deja lugar a dudas de que está diciendo lo que piensa de verdad, sin fingimiento. He estado con él otras veces, en situaciones menos formales, y siempre he encontrado en su rostro huesudo la misma expresión quijotesca.

“Sí, es verdad que me entrego a todas las causas perdidas, me he dado por primera vez cuenta de ello al escribir el libro. Y me siento orgulloso, de cómo he actuado en distintos momentos de mi vida con la lucha gay, con la igualdad de género, con la violencia terrorista… Pero esa actitud es algo que yo he mamado, y por eso le doy tanta importancia a la educación. Yo tuve la suerte de que mi madre, que era en cierta medida conservadora, predicara constantemente el respeto al otro, fuera quien fuera. Y por eso tengo una aversión patológica a cualquier tipo de injusticia”. Le pregunto –al juez– qué es para él la justicia: “La justicia consiste en dar a cada uno lo suyo. Lo que merece como ser humano. Y ante todo mantener su dignidad. La dignidad es la clave”.

Él es un hombre satisfecho, con la sensación del deber cumplido. “Parece vanidoso, pero sí, siento orgullo por lo que he logrado. Y creo que es fundamental el episodio en el que me enfrenté a mi familia para poder seguir con Gorka y para poder seguir siendo coherente. Ese hecho es determinante en la construcción de mi personalidad. Haber tenido esa adversidad y haberla sabido enfrentar fue una suerte en mi vida, porque me ayudó a ser una persona diferente. De otra manera seguramente habría sido mucho más débil de carácter. Yo siempre digo que los malos momentos, aunque sean muy instructivos vitalmente, son eso: malos. Prefiero no tenerlos, pero cuando de todas formas existen, hay que sacar lo que hay en ellos de positivo. Por eso no cambiaría nada de mi biografía. Fíjate, no cambiaría ni esos seis años dolorosos de separación de mi madre. A día de hoy, tal y como estoy construido, todo lo que me ha pasado en la vida tiene algo aprovechable”.

Su vida, contada como una novela, parecería la de un héroe empecinado: homosexual en tiempos homófobos, librepensador en una sociedad sectaria, republicanista en una época de terrorismo nacionalista. Él, sin embargo, cree que ese relato le honra más de lo que merece: “No he sentido que haya tenido que luchar en todo momento por ser quien soy. Salvo tal vez en el conflicto familiar, donde sí tuve que echar un órdago, en el resto de los asuntos yo he seguido siendo siempre el que quería ser. Cuando sentí la presión nacionalista y la amenaza de ETA, Gorka y yo tomamos la decisión de irnos a Madrid sin dramatismo y sin heroicidades. Simplemente creímos que así no podíamos seguir viviendo”. Le hago ver que ha tenido que quemar muchas energías en todas esas batallas y responde con decisión, casi con disgusto: “Eso es verdad, pero esas energías las ha quemado mucha gente. En una lucha y en otra. No es una singularidad mía. Yo he ido siendo lo que quería ser, dentro de lo que la vida te permite”.

El libro es un texto ensayístico en el que repasa todos los asuntos que le preocupan. Entreverada en todo eso está la historia de su vida y algunas anécdotas que le definen bien. Cuenta, por ejemplo, que hasta que no cambió las gafas por las lentillas no fue una persona sociable, que se retraía en el trato con los demás. Y cuenta que en 1981, después del intento de golpe de Estado, cuando tenía 18 años, le escribió al Rey agradeciéndole su actitud y pidiéndole una foto dedicada. La recibió a través de Sabino Fernández Campos.

“En ese momento yo era un friqui. Viví la Transición como algo absolutamente entusiasmante. Me sabía el nombre de todos los partidos que se presentaban a las elecciones, de sus líderes, de los cabezas de lista. En el 81 ya era un poco mayorcito, pero estaba aún cerca el franquismo, y aquella noche sentí que todo se iba a la mierda, que todo volvía a los infiernos, al oscurantismo. Y de repente apareció la imagen del Rey y le escribí. No sé por qué, no hubo reflexión, mientras salía la idea de mi cabeza estaba cerrando el sobre y enviándolo”. Y se ríe: “Si lo hubiera pensado más, a lo mejor me habría dado vergüenza y no lo habría hecho”.

Cuando le pregunto si algún día le gustaría dedicarse a la política, vuelve a responder sin componendas ni ambigüedades: “Me gusta la cosa pública. Si me preguntas si me iría a la empresa privada te contesto enseguida que no”. Y lo repite tres veces, con énfasis: “No, no. No”. Luego continúa hablando: “Pero a la política, sí. Primero haría falta que alguien pensara que yo podría hacer algo distinto a lo que hago ahora y que yo tuviera el convencimiento de que soy capaz de lograr lo que se me propusiera. Pero me gustaría asumir nuevos retos, y creo que los que amamos la cosa pública estamos para eso. Tomaría en consideración el problema de las puertas giratorias, que es un tema importante y relevante, pero esa duda nunca me frenaría”.

Le gusta la cosa pública porque sueña con un país mejor. “Son tiempos tristes, muy tristes, y creo que hace falta todavía reivindicar la Ilustración. A aquellos pensadores de la segunda mitad del XVIII, Diderot, Voltaire o Rousseau. Si a muchos ciudadanos de hoy les expusiéramos lo que ellos pensaban les parecería revolucionario”.

Pero es solo moderadamente optimista: “La educación es la clave de todo. Una educación seria, abierta, en valores que refuercen la ética pública, que es la que nos permite luego tener nuestra ética privada. Lo que pasa en España es que cada uno traslada su ética privada a la esfera pública, ese es el problema, y ahí es donde tiene que intervenir la educación: inculcando valores antes de que los prejuicios se instalen. Muchos de los que se ocupan de la educación tratan de perpetuar sus privilegios para impedir que todo cambie. Dicen: ‘Es que ustedes quieren adoctrinar’. Pues sí, queremos adoctrinar en valores que nos definen a todos como miembros de una cultura occidental”.

Hace una pausa, mira hacia el infinito y reflexiona: “Pero tú y yo no vamos a llegar a ver esos cambios. Ojalá, pero creo que no”.

sábado, 1 de octubre de 2016

#hemeroteca #libros #testimonios | Cuando Grande-Marlaska le dijo a su familia que era homosexual

Imagen: El Mundo / Fernando Grande-Marlaskoa, Nativel Preciado y Gorka
Cuando Grande-Marlaska le dijo a su familia que era homosexual.
Su madre "se agarró de los pelos, se metió en la cama vestida y estuvo 15 días sin salir". Lo cuenta en su autobiografía, 'Ni pena ni miedo'.
Cote Villar | El Mundo, 2016-10-01
http://www.elmundo.es/loc/2016/10/01/57ee25f9e2704e3d018b4609.html

"He sido un hombre con suerte, creo. Bueno, según... Si se entiende que no es buena suerte la incomprensión total del entorno familiar más próximo a la hora de desvelar mi identidad sexual". Ésta es una de las primeras reflexiones que se hace Fernando Grande-Marlaska (54) en su autobiografía 'Ni pena ni miedo' (Editorial Ariel), donde hace un ejercicio de nudismo sentimental impactante y a ratos conmovedor. Aunque el presidente de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional habla de muchos otros asuntos (su experiencia como juez, su amor por los animales, la necesidad de un pacto de Estado por la Justicia o el terrorismo), LOC entresaca los fragmentos más personales del libro, en los que explica cómo fue su traumática salida del armario, cuando ya era un adulto, y cómo esa opción sexual le llevó a estar más de seis años sin mantener relación con la persona que más quería en el mundo: su madre.

De hecho, todo el libro parece un diálogo con esa madre recientemente fallecida, un reconocimiento de los errores mutuos, un exorcizar las culpas tras años de desencuentros. La madre, que tenía un taller de costura en casa, mujer independiente y de ideas abiertas, fue sin embargo la persona que menos entendió la diferencia en Grande-Marlaska. "En fin, había que contárselo a mamá [...] Creí que había que hacerlo y lo hice, eufórico por mi recién estrenada relación con Gorka [...] Se lo dije mientras tomábamos apaciblemente café después de comer el día 3 de febrero (¡ay, la memoria!). Yo tenía 35 años... se dice pronto. Su reacción fue la peor posible: se agarró de los pelos, se metió en la cama vestida y estuvo quince días sin salir". El magistrado fue a visitarla todos los días durante dos semanas, pero la madre no reaccionaba. "Rompí con todos ellos, con toda mi familia [...] Fue una ruptura muy dolorosa, sobre todo porque nunca había vivido presiones familiares de ningún tipo, ni religiosas ni ideológicas. Por eso el chasco fue mayúsculo. Y ese estado de cosas duró desde 1998 hasta 2004".

La reacción de la familia de su marido fue mucho más natural. Emociona leer cómo, pocas horas después de fallecer la madre de Gorka, encontraron "una nota manuscrita en la que con mano temblorosa, pocos días antes de su muerte, indicaba su deseo de que yo [Grande-Marlaska] figurara como miembro de la familia en todos los actos derivados de su fallecimiento: esquela, funeral, etc: 'Fernando y Ciro, ya ven que no les pongo apellido. Yo siempre los he querido como hijos, pero vosotros veréis lo que hacéis, no os quiero comprometer en nada. Sabéis que a todos os llevo en mi corazón...'".

Paternidad
Aunque hoy es un activista conocido de los derechos de la comunidad LGTB, el magistrado reconoce en el libro que a él mismo le costó asumir y reconocer su propia identidad sexual. "A eso de los nueve o diez años empecé yo a tener una vaga conciencia de mis apetencias sexuales. Aún no era una atracción erótica, pero sí que sentía algo especial. Y no debía vivirlo yo como algo muy normal, de otro modo habría sido más natural [...] Tenía la necesidad, por ejemplo, de llamar por teléfono a algún compañero de colegio muy especial para mí y buscaba un pretexto escolar para hacerlo, aunque de sobra sabía yo que lo que quería era charlar un rato y escuchar su voz". Durante años, "se impuso más la represión". Hasta los 25 años. "En febrero de 1988 me trasladé a Madrid, a la escuela judicial. Aquella fue una época fantástica [...]. Por entonces me declaré gay por primera vez".

Fernando Grande-Marlaska relata entonces sus primeras relaciones (incluso con un hombre que hoy tiene mujer e hijos), hasta la llegada de Gorka a su vida, del que ya no se ha separado. "Le conocí en enero de 1998 [...] En la entrada del bar me topé con un amigo que iba con otra persona. Ya se iban. Me lo presentó, nos miramos y decidimos entrar los tres a tomar algo [...] Estuvimos charlando y me pareció una persona interesante. No siempre es fácil topar con gente interesante en ese ambiente. Una semana después ya vivíamos juntos Gorka y yo. Lo que se llama vulgarmente un amor a primera vista". Por aquella época, Grande-Marlaska estaba tramitando la adopción de un niño, un proyecto que dejó aparcado para siempre por la fuerte convicción de Gorka, que es profesor, de que no quería ser padre. Se casaron en 2005.

Los pasajes más emotivos, sin embargo, son los últimos, cuando vuelve a conversar inconscientemente con la madre (mientras escribía el libro, ella estaba muriéndose): "Al cabo de ese tiempo fue ella quien volvió. Fue ella quien, como siempre había pasado, entendió que aquella ruptura no podía ser [...] Lo que siguió fue una incomprensión cerril por mi parte de lo esencial del cambio de actitud de ella, que pasó así de ser verdugo a ser víctima [...] Gorka no pasó a ser un peaje que debía abonar cada vez que quería ver a su hijo, no, pasó a ser un hijo de quien incluso (y luego lo he sabido con certeza) se enorgullecía". Justo a tiempo.

martes, 13 de septiembre de 2016

#libros #testimonios | Ni pena ni miedo : un juez, una vida y la lucha por ser quienes somos

Ni pena ni miedo : un juez, una vida y la lucha por ser quienes somos / Fernando Grande-Marlaska.
Barcelona : Ariel, 2016 [09-13].
248 p.
ISBN 9788434424043 / 19,90 €

/ ES / BIO
/ Aceptación / Derechos / Homosexualidad / Parejas / Relaciones familiares / Testimonios

‘Ni pena ni miedo’ es toda una declaración de principios y de intenciones. Proviene de un geoglifo que el poeta chileno Raúl Zurita instaló en el suelo del desierto de Atacama. Habla del pasado y del porvenir. Es un lema de resistencia que significa que el miedo a las consecuencias de nuestros actos no debe paralizar nuestras decisiones futuras, que hay que ser consecuente con lo que creemos y defendemos. Y es el lema que Fernando Grande-Marlaska lleva tatuado en la muñeca, señal de compromiso con una idea: que sus propias vivencias se correspondan con esta filosofía de la vida. Unas palabras que le acompañan tanto en lo personal como en lo profesional.

Esta es una obra plagada de informaciones inéditas y reflexiones personales. Grande-Marlaska habla, por supuesto, de su infancia, de su familia, de su llegada a la vida profesional, de cómo su trabajo como juez le ha puesto a menudo en contacto con realidades duras que había que resolver o cómo su condición de gay casado le ha obligado a afrontar dolorosas tesituras que han hecho de él un hombre más duro de lo que hubiera deseado ser… Pero sobre todo, incide mucho en el ideario de alguien que en estos momentos de zozobra alza la voz en la defensa de una revolución ética que ponga fin a la corrupción, a la violencia de género o al maltrato animal, entre otras causas que defiende apasionadamente. Y todo esto lo cuenta aquí con honestidad, de forma espontánea pero firme, sin sentir pena ni miedo por las decisiones que ha tomado a lo largo de su vida.