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miércoles, 30 de diciembre de 2015

#hemeroteca #sufragismo #feminismo | Sufragistas

Imagen: Google Imágenes / Fot
Sufragistas.
Lidia Falcón | Público, 2015-12-30
http://blogs.publico.es/lidia-falcon/2015/12/30/sufragistas/

La película del mismo título que acaba de estrenarse en los cines españoles nos cuenta en imágenes, por bendita primera vez, la epopeya de las sufragistas inglesas que en reclamación de su derecho al voto lucharon durante 70 años para lograr convencer a los diferentes legisladores de su Majestad británica de que también eran seres humanos.

Lo hicieron en las peores condiciones que puede hacerlo una clase en lucha, es decir no solo se enfrentaron a los patronos, a los gobiernos y a las fuerzas de represión que cargaron con toda crueldad contra las rebeldes, sino, más penosamente, contra sus propios maridos, padres, hermanos, amigos y colegas. No solo la policía las hirió con porrazos y disparos en las manifestaciones callejeras, en los intentos de huelga y en el enfrentamiento con los empresarios, sino que fueron víctimas sistemáticamente de los abusos sexuales y violaciones de los patronos y de sus “compañeros” de trabajo, y de la tiranía de sus maridos, que la ley permitía.

No solo sufrieron físicamente los golpes y las heridas y la alimentación forzada mediante sistemas medievales que les insertaban a la fuerza gomas en la nariz y en la boca por las que mediante un embudo les introducían alimentos líquidos, sino también fueron maltratadas psicológicamente mediante las humillaciones, los insultos y el menosprecio de sus familiares y de los otros obreros. No solo fueron heridas en su cuerpo sino también en su alma, en su dignidad, lo que no ha sufrido nunca el Movimiento Obrero, que a pesar de sus derrotas ha sido siempre respetado, hasta por sus enemigos. Durante 78 años los periódicos del muy poderoso Imperio británico no las mencionaron por otro nombre que el de “las locas”.

La película relata la decisión tomada por un pequeño grupo de obreras –y eso que siempre se ha intentado desprestigiar al Movimiento Feminista de aquella época acusándolo de elitista y formado por señoras burguesas- de lanzarse a realizar algunas acciones violentas, ante la imposibilidad de lograr por medios pacíficos que la Cámara de los Comunes aprobara una nueva Ley electoral que permitiera el sufragio a las mujeres. En el momento de la película las inglesas llevaban cincuenta años desarrollando una campaña legal, mediante manifestaciones, asambleas, reuniones, escritos, artículos de prensa, conferencias, debates en el Parlamento, sin que obtuvieran ningún avance en sus pretensiones.

Ni los testimonios que algunas obreras deponen en una Comisión del Parlamento sobre la explotación y el maltrato que sufren –comienzan a trabajar en la lavandería a los siete años– conmueve el pétreo corazón de los señores diputados ni del Presidente del Gobierno. Es esta nueva negativa y el fracaso que conlleva la que las induce a quemar buzones de correos y la casa de veraneo del Presidente.

Son tantas las vejaciones, la descarnada explotación que sufren, las enormes diferencias de salario con los obreros, los partos sobrellevados en la propia lavandería –la protagonista nace de tal guisa, y los bebés se escondían en el suelo entre las máquinas–, las enfermedades que padecen y la escasa expectativa de vida que tenían las lavanderas, que aquella breve explosión de violencia es minúscula en comparación con la que el poder ejerce impunemente contra ellas. Y Emily Davidson llega al propio sacrificio cuando se tira sobre uno de los caballos del Derby real en plena carrera, esgrimiendo la pancarta de “Votes for Women”, muriendo en el acto.

Gracias repetidas debemos darle a la directora y a todo el equipo que ha llevado al cine esta pequeña parte de la heroica epopeya que vivieron las sufragistas inglesas, ya que ningún otro director ni productor se ha sentido nunca emocionado por la gesta de las mujeres, tantos como invierten fortunas en relatarnos estupideces machistas y batallas masculinas que son las únicas que merecen su reconocimiento.

Así mismo las mujeres estadounidenses lucharon para conseguir el sufragio desde 1848, como se reclama en el Manifiesto de Séneca Falls de ese año, hasta 1920 en que finalmente se les “concede”. Setenta y dos años de reclamaciones, manifiestos, marchas imponentes, presentación de enmiendas en el Congreso, artículos, mítines, conferencias. Como las inglesas, tres cuartos de siglo en los que muchas fueron barridas por la caducidad de la vida, encarceladas, apartadas de la familia y de su inserción social, abandonadas por el marido o expulsadas del domicilio conyugal, a las que se les quitó la potestad sobre sus hijos, los padres las repudiaron y el patrono las despidió de su trabajo. Se vieron en la miseria, durmiendo en la calle, recogidas en alguna iglesia por curas más compasivos que los políticos, y viviendo de la ayuda que les prestaban las asociaciones que luchaban por obtener el estatus de ciudadanas.

Debemos a estas mujeres, y a nuestras precursoras españolas, que no por ser menos y menos arriesgadas, dejaron de sufrir marginación y exclusión social, insultos y desprecios por su defensa del feminismo, todo nuestro homenaje, nuestro agradecimiento, la imprescindible necesidad de que se investigue y se relate con veracidad la epopeya de nuestras antepasadas, que lograron cambiar la situación de servidumbre que padecían las mujeres de sus países, y cuyas ventajas hoy disfrutamos sus nietas y sus bisnietas. Lamentablemente la película olvida en sus letreros finales a España donde en 1931 la II República aprobó el derecho a votar y ser votadas para las mujeres.

Pero sobre todo les debemos proseguir la tarea iniciada por ellas, en muy peores condiciones que las que sufrimos nosotras. Porque cierto es que hoy podemos votar –si el marido nos lo permite, y solo lo que este dice, como vi que sucedía en las primarias de Sevilla y en las elecciones en Madrid-, que existen leyes laborales y derechos civiles que explicitan la igualdad de derechos entre el hombre y la mujer, pero no se quien puede estar tan engañado que piense que no se producen explotaciones, abusos y desprecios contra las mujeres por serlo y contra las obreras por su condición. Sin tener en cuenta –que es mucho no tenerla- la montaña de asesinadas que se ha formado en estos últimos años, y de apaleadas, violadas y abusadas.

En otro artículo, El mapa de la explotación femenina daba unos retazos de la situación laboral de las olivareras de Andalucía, de las plataneras de Canarias, de las camareras de hotel en toda España, de las limpiadoras industriales y domésticas, de las obreras en las fábricas textiles, en las industrias conserveras, en las del tabaco, en las de explosivos, pero a ellas hay que agregar decenas de otros sectores productivos que padecen iguales sufrimientos e injusticias.

Porque ya es hora de visibilizar las explotaciones de las amas de casa, y para ello nada mejor que comenzar con la sentencia recientemente dictada por el Tribunal Supremo contra la empresa Uralita por la contaminación de asbesto sufrida por las esposas de los obreros, al lavarles la ropa de trabajo.

He aquí una escandalosa –si este país fuese capaz de escandalizarse por algo– prueba de la explotación que padece la mujer que sólo realiza el trabajo de su casa.

Esposas y madres que invierten de 50 a 90 horas semanales en las tareas de fregado, lavado, compra, cocinado, limpieza, alimentación y cuidado de hijos y mayores, sin disponer ni de salario ni de días de descanso ni de vacaciones ni de seguridad social ni indemnizaciones por accidentes o enfermedad común ni jubilación. Solamente la esclavitud tenía las mismas condiciones de trabajo. Y además comparten, como las esposas de los trabajadores de Uralita, muchos de los riesgos laborales de sus maridos, sin que hasta esta histórica sentencia se les haya reconocido, ni en la legislación ni en las declaraciones políticas ni en las tareas sindicales.

Obreras, campesinas, empleadas de servicios, mineras, secretarias, esposas y madres, la mayoría de las mujeres en España siguen padeciendo similares explotaciones a las que denuncia la película Sufragistas.

Y nosotras, sus nietas y bisnietas, ¿estamos a la altura de aquellas heroicas pioneras? Nosotras, las dirigentes de grupos feministas, las políticas de diversos partidos, las profesoras universitarias, las técnicas de igualdad (ahora hasta les pagan), las asistentes sociales, las participantes en tertulias, las escritoras y las politólogas, ¿nos ocupamos realmente de las miserias que padecen nuestras hermanas? La opresión social, el acoso sexual, las diferencias salariales, ¿son motivo principal de nuestras denuncias, escritos, tertulias, asambleas, conferencias y cursos? En las Universidades, ¿no se dan más cursos acerca del amor cortés y el simbólico de la madre que sobre la explotación laboral femenina? ¿No están más interesadas las más mediáticas de las feministas en legalizar la prostitución y divagar sobre la teoría queer?

Y en cuanto a las estrategias actuales para remover las conciencias de los políticos y lograr que aprueben las imprescindibles leyes contra el terrorismo machista, sobre la igualdad salarial y la protección en el trabajo, ¿qué pensamos hacer desde el Movimiento Feminista, aparte de reunirnos las siempre convencidas y cabildear con los partidos, algunas con el único propósito de conseguir un hueco en los sabrosos despachos del Parlamento, del Senado y de los Ayuntamientos?

¿Cuántas serían hoy las decididas a quemar los buzones de correos y la residencia de veraneo de Mariano Rajoy en protesta y denuncia de las injusticias y explotaciones que están sufriendo las trabajadoras?

Y que las feministas no arguyan que hoy las mujeres no viven como hace dos siglos, porque muchas, varios millones, lo siguen haciendo, y quienes se escandalicen con mis declaraciones son las señoritas que comen cada día, disfrutan de piso, coche, vacaciones y empleo remunerado, e investigan y escriben estúpidas tesis doctorales sobre el pornoterrorismo –que les publican los señores, encantados con esta deriva del feminismo.

Porque aquellas, las que no saben si comerán cada día, apaleadas primero por el padre y más tarde por el marido, las despedidas del empleo y desahuciadas de su casa, después de ser abusadas sexualmente por el empleador, que arrastran consigo varios hijos mocosos y descalzos, de refugio en refugio, no han notado mucha diferencia de su situación con la de sus abuelas. Y aún más triste, quizá las de hoy estén viviendo peor que sus madres.

#hemeroteca #sufragismo | No estamos histéricas, es que somos peligrosas


Imagen: Público
No estamos histéricas, es que somos peligrosas.
Noelia Adánez | Universidad del Barrio, Público, 2015-12-30

http://blogs.publico.es/universidad-del-barrio/2015/12/30/no-estamos-histericas-es-que-somos-peligrosas-por-noelia-adanez/

En la película ‘Sufragistas’, muy merecidamente comentada en estos días, el inspector de policía que persigue hasta el acoso a la joven Maud Watts, le espeta en uno de sus interrogatorios una frase cargada de significado político, que condensa lo que sin duda fue un punto de inflexión en la lucha de las sufragistas en el Reino Unido. Le dice algo así como “vosotras no sois simplemente locas o histéricas, como muchos piensan, sois sujetos peligrosos, tan peligrosos como los anarquistas” (lo cuento de memoria; la cita no es textual). De esta manera, al separar el diagnóstico de la actividad de las mujeres comprometidas con la lucha por el sufragio de la sociología naturalista que explicaría su comportamiento como una desviación de la norma, el antipático inspector otorga carta de naturaleza política a la lucha de las mujeres.

Es decir, las mujeres no se comportan movidas por pulsiones o estímulos íntimos, privados, conectados con sus inefables úteros, sino que aparecen en el espacio público ejerciendo una violencia organizada y finalista. Su violencia no es expresiva, no se trata de un ataque de histeria colectiva, sino que cumple el propósito de publicitar una reivindicación mediante el recurso a un lenguaje que, hasta entonces, solo habían hablado los hombres: el lenguaje de la violencia. Las Sufragettes, sufragistas radicales, lideradas por la carismática y decidida Emily Pankhurst, lucharon denodadamente por forzar la escucha y aceptación de una reivindicación que tenía una larguísima (sorprendentemente larga) historia en Reino Unido. Cincuenta años de debate recurrente no habían servido para saldar la reivindicación del sufragio femenino en favor de las mujeres. Fue el martirio político de Emily Davison y las marchas por su memoria, el desenlace ¿final? de una obra representada en varios actos, muchos de los cuales estuvieron atravesados por violencias que iban más allá de las “tradicionales” opresiones. Las sufragettes fueron brutalmente reprimidas. Las filmaciones y fotografías de las cargas policiales son estremecedoras. Las mujeres eran golpeadas en la cara y en el vientre; marcadas por tanto y quizá afectadas en su trayectoria reproductiva. La perpetua parálisis física de Lady Constance Lytton debió ser una gota en un mar de mujeres dañadas físicamente y psicológicamente heridas. Los encarcelamientos y las alimentaciones nasogástricas “en vivo” hicieron el resto.

Dos pares de preguntas:

¿Cómo llegó el inspector de policía a la convicción de que las mujeres actuaban movidas por algo diferente a sus histerizados úteros? ¿Qué observa este servidor público que le hace pensar que estas mujeres en lucha son sujetos peligrosos, son en suma sujetos políticos?

¿Qué condiciones se dan para que algunas mujeres perciban que el único modo de hacerse escuchar es la violencia? La violencia que estas mujeres ejercen no es revanchista, no atentan contra personas y desde luego no atentan contra sus agresores. Sufren las agresiones (malos tratos, violaciones, abusos, humillaciones) en privado y se comprometen con un movimiento que se expresa en público de manera violenta con el propósito de lograr el voto. Pero ¿qué experiencia las conecta? No son mujeres a priori politizadas, como muy bien retrata el personaje protagonista. Son mujeres que se reconocen en experiencias opresivas, ferocemente deshumanizadoras y que se dejan llevar por la idea de que quizá, ellas y sus hijas pueden aspirar a una vida diferente. Se dejan llevar por una aspiración…

¿Por qué la sociedad británica queda conmocionada con el martirio de Emily Davison, la mujer que en un acto de desesperación fanática se arroja a los pies de un caballo en presencia de Su Majestad el Rey de Inglaterra, pero convive con el martirio diario de miles de mujeres en fábricas, lavanderías o lupanares y, por supuesto, familias, sin que les tiemblen las plumas de sus adornados sombreros tardo-victorianos?

Es fácil comprender que las segundas violencias tienen un contexto. La primera no. Al carecer de contexto, se convierte pronto en una monstruosidad. Los atentados terroristas poseen esa capacidad de impactar. Son actos de violencia descontextualizada, frías exhibiciones del poder de sus perpetradores, de la debilidad de sus víctimas. El suicidio de Emily es un tipo de “atentado” menos frecuente, pero con igual capacidad de epatar. Solo que la relación se invierte. La víctima se victimiza hasta la agonía. Y su martirio aspira a agitar las conciencias. Lo que ocurre es que, en este caso, no podemos suponer que las conciencias estuvieran del todo dormidas. Como señalé, la clase política británica llevaba décadas debatiendo sobre el sufragio femenino. Desde los primeros promotores de estos discurso, mujeres y hombres (alas!) como Milicent Fawcet y el matrimonio Stuart Mill, había habido un buen número de forzados debates parlamentarios sobre el asunto. Que el sufragio femenino se concedió después del martirio de la Srta. Davidson es un hecho, que lo que intentaba reparar la clase política británica con esta medida eran las violencias simbólicas sufridas por las mujeres, especialmente por las mujeres de clases subalternas, también.

Nosotras, mujeres del siglo XXI, tenemos ya reconocido el derecho a la igualdad del sufragio activo; no así del pasivo. Pero es cierto que no existen barreras LEGALES a nuestra participación en la política, en la gestión de lo público. ¿Qué sucede con las violencias, reales y simbólicas? O dicho de otro modo, ¿cómo es posible que las experiencias que nos hacen integrarnos en una identidad femenina, adoptar puntos de vista feministas, sigan ligadas a opresiones, injusticias y violencias? Reformulando la pregunta en un sentido intencionadamente ingenuo: ¿por qué no se han abolido las diferencias de género con todas las terribles consecuencias que históricamente llevan aparejadas? Habrá quien responda rauda con el mantra del patriarcado. Por mi formación de historiadora y mi énfasis en la prospección histórica más que en la interpretación estructural de tipo retrospectivo, siento cierta desconfianza hacia este tipo de explicaciones. Hablar del patriarcado como ese gran mal que evoluciona en el tiempo sin que se conmuevan sus cimientos es tan desmovilizador como pensar que no hay lucha posible fuera de los movimientos de masas. Porque, y esta es también una pregunta interesante, sucede que el feminismo, que interpela directamente a la mitad de la especie humana, no ha sido nunca un movimiento de masas. ¿Este rasgo le ha restado fuerza y capacidad de impactar? ¿No han logrado nunca las mujeres, en alianza con otros movimientos, sus objetivos como colectivo diferenciado? ¿Será que los feminismos suelen, al participar de otras luchas más amplias, trasladar la impuesta subalternidad femenina a la protesta? ¿Por qué las feministas no logramos transversalizar nuestros debates? ¿Es esto un síntoma de nuestra debilidad? Creo que no, pero … continuará.

domingo, 13 de diciembre de 2015

#hemeroteca #sufragismo | Sufragistas: histéricas, feas y (muy) amargadas


Imagen: El Periódico
Sufragistas: histéricas, feas y (muy) amargadas.
El filme 'Sufragistas', que se estrena el viernes y en el que aparecen Meryl Streep y Helena Bonham Carter, rescata del olvido a un colectivo a menudo olvidado y brutalmente caricaturizado. El movimiento británico, que se radicalizó antes de la Primera Guerra Mundial, fue reprimido y estigmatizado, y dejó un puñado de enseñanzas a las siguientes generaciones.
Núria Marrón | El Periódico, 2015-12-13
http://www.elperiodico.com/es/noticias/sociedad/sufragistas-histericas-feas-amargadas-4744220

Aquel 10 de marzo de 1914, la periodista y sufragista Mary Raleigh Richardson escondió un cuchillo de carnicero entre sus ropajes y, a paso ligero, se acercó a 'La Venus del espejo' de Velázquez que colgaba en la National Gallery de Londres. Cuando el vigilante vio que una dama de aspecto menudo y respetable se liaba a cuchillazos contra el lienzo, del susto se cayó literalmente de la silla. Así que en lo que el hombre tardó en recuperar la compostura, a la activista le dio tiempo de propinar siete cortes limpios que, dicho sea de paso, fueron reparados sin problemas.

El suceso, adivinarán, fue descrita por la prensa como el desvarío aislado de una histérica que no podía soportar la belleza femenina. ¿Acaso las sufragistas no eran tipas feas y frustradas porque «no habían hallado en un hombre el amor ni en la sociedad un hogar seguro y confortable donde vivir y soñar»?, se preguntaban a diario los columnistas. Sin embargo, el 'acuchillamiento', descrito de forma melodramática por 'The Times' como si se tratara del cuerpo de una mujer -«el golpe más grave fue una herida cruel en el cuello»-, tenía más que ver con la política que con el psicoanálisis barato. El suceso era la respuesta a la detención, el día anterior, de Emmeline Pankhurst, líder de la Women's Social and Political Union (WSPU), el ala radicalizada del sufragismo que, tras décadas exigiendo sin éxito el voto femenino, dijo que ya iba siendo hora de pasar a la acción. «Hechos, no palabras» pasó a ser la proclama-fetiche.

Misoginia asfixiante
Y ya iba siendo hora, según Pankhurst y sus seguidoras, porque la primera petición que se había tramitado ante el Parlamento databa de 1832. Porque ya en 1866, el economista y filósofo liberal John Stuart Mill impulsó una nueva enmienda firmada por 1.500 mujeres que se apuntalaba en argumentos tan 'locos' para la época como que «si la libertad es buena para el hombre lo es también para la mujer». Y porque todas las campañas, exposiciones, charlas y banquetes que se organizaron en adelante se estrellaron siempre contra el mismo lugar: el desdén de sus señorías.

La misoginia, cabe decir, era totalitaria y asfixiante. En plena revolución francesa, Olympe de Gouges escribió la 'Declaración de los derechos de la mujer y la ciudadanía' y acabó en la guillotina. Y para las cabezas pensantes del siglo XIX, de Hegel a Schopenhauer y de Nietzsche a Kierkegaard, la mujer era o bien esa mano invisible que te lavaba los calzones en casa o bien «objetos de fabulación» (palabras de Nietzsche) etéreos, de larga melena y aspecto tísico que no podían hecer otra cosa que morir de amor.

A ras de suelo, estos delirios tenían traducciones muy prosaicas: las obreras cobraban dos tercios menos; las rentas y posesiones pasaban a ser del marido al casarse; los señores podían infligir malos tratos amparados en las prerrogativas maritales; los padres ostentaban la patria potestad de los hijos e incluso podían darlos en adopción sin el consentimiento de la madre, y las sospechosas de ejercer la prostitución eran cazadas literalmente en la calle y sometidas a pruebas periódicas de enfermedades venéreas mientras los clientes entraban y salían cómodamente de los burdeles.

Las urnas como medio
Las mujeres, muy involucradas en el abolicionismo, fueron arañando parcelas educativas, pero todos estos agravios civiles se erigieron en «un muro contra el que dos generaciones de mujeres chocaron una y otra vez -explica la filósofa Amelia Valcárcel-. Y llegó un momento en el que comprendieron que, sin voto, todo lo demás no podría cambiarse". El sufragio no era "la única preocupación, pero acabó uniendo las expectativas de renovación social, moral, política y hasta vital", afirma la investigadora en estudios de género Laia Fernández, que pone estas coordinadas al sufragismo: "Se desarrolló en un periodo de ebullición política, científica y social que constituyó la transición de la Inglaterra victoriana a la eduardiana y donde se pretendía la consecución de la ciudadanía, que excluía a un porcentaje de hombres y a todas las mujeres. Pero el desafío al orden patriarcal se percibía con mucho más temor que el de las clases trabajadoras". En 1897 nació el National Union of Women's Suffrage Societies, el flanco moderado. Y en 1903 llegó el turno de la WSPU de Pankhurst, que aumentó el voltaje de sus protestas en 1912, cuando el Parlamento desestimó las propuestas encaminadas a aprobar el voto femenino.

Lo cierto es que el tutorial contestatario de este grupo provocó escisiones, cogió por las solapas al Gobierno y anticipó un repertorio de acciones que han llegado hasta hoy. «Nos traen sin cuidado vuestras leyes, caballeros, nosotras situamos la libertad y la dignidad de la mujer por encima de esas consideraciones y vamos a seguir esa guerra como lo hicimos en el pasado, pero no seremos responsables de las propiedades que sacrifiquemos o de los perjucios que sufran-dijo Pankhurst-. De todo ello será culpable el Gobierno que, a pesar de admitir que nuestras peticiones son justas, se niega a satisfacerlas».

En un pulso desigual pero feroz con el poder, las sufragistas del WSPU se entrenaron como guerrilla urbana y practicaron el arte marcial jiu jitsu para defenderse de cargas brutales y detenciones masivas; se encadenaron en las verjas de edificios públicos; organizaron escraches a miembros del Gobierno; hacían pintadas en las que exigían «voto para las mujeres, castidad para los hombres», y apedrearon escaparates de comercios.

«141 actos de destrucción»
También se encaramaron a los tejados con megáfonos, boicotearon la representación del cuerpo femenino en los museos, echaron ácido en los buzones, se escondieron en órganos para sabotear actos, cortaron hilos de telégrafo y, cuando doblaron sus acciones violentas, atentaron con artefactos contra casas de campo vacías, estaciones, puertos y pabellones que nunca buscaron ni se cobraron víctimas. En junio de 1913, Emily Davison murió al ponerse frente al caballo del rey Jorge en el derby de Epsom. Y en marzo de 1914, en Glasgow, libraron una batalla campal con la policía. Los agentes dispararon balas de fogueo y las mujeres, que se defendían a paraguazos de los golpes de porra, contestaron lanzando macetas y sillas. Los primeros meses de aquel año, la prensa inventarió hasta «141 actos de destrucción».

«Las sufragettes, como despectivamente se llamó a las activistas radicalizadas, eran mujeres de su tiempo y no se inventaron la acción directa -explica la historiadora Elena Fernández-. Sin embargo, sí tenían un gran sentido del espectáculo y olfato mediático para llamar la atención de la prensa y presionar al Gobierno. Cabe decir que tanto las sufragistas moderadas como las combativas eran rupturistas al máximo, teniendo en cuenta la mentalidad de la época».

En este sentido también abunda Laia Fernández: «El belicismo de las 'suffragette's sorprende e incomoda a la sociedad patriarcal, acostumbrada a la pasividad y buena conducta femenina y, al mismo tiempo, llama extraordinariamente la atención de un público ávido de historias sorprendentes. Así, encontramos a las buenas feministas, aquellas que no militan y son pacientes, y pueden trabajar con y como los hombres, y las malas, o feas o lesbianas o feminazis que buscan transformar la sociedad y dan mucho miedo a las estructuras patriarcales, que temen perder el control. Pero cuidado con las polarizaciones: ocultan que las bases eran versátiles y muchas veces superaban las diferencias políticas o estas, para ellas, no estaban tan claras. Han sido los estudiosos a quienes les ha interesado mostrarlas divididas para menospreciarlas».

Brutal represión
Y a todo esto, ¿cómo reaccionó el poder? Pues primero las ignoró y luego basculó entre la burla y la represión brutal. Las cargas eran tremendas. Y tras las detenciones, las sufragistas, que exigían estatus de presas políticas, siguieron huelgas de hambre contestadas con alimentación forzosa, una técnica que les provocó secuelas muy graves. Tal fue así que se aprobó la ley el Gato y el Ratón, por la cual se estableció que, cuando el estado físico de las presas (ratones) fuera grave, serían puestas en libertad por la autoridad (el gato) y, una vez recuperadas, volverían a ser detenidas y encarceladas. Y así ad infinitum.

Las críticas, imaginarán, les llovían de todas partes. Los antisufragistas decían que el voto femenino convertiría el Parlamento en una especie de folletín sentimental y mataría el amor, la familia e incluso «la virilidad del imperio británico». Pero también recibieron reveses del movimiento obrero, que a menudo las tachó de panda de burguesas solo interesadas en acceder a los privilegios masculinos. «Es cierto que había muchas señoras acomodadas, pero también que el movimiento creció de forma exponencial a finales del siglo XIX y principios del XX y que también había obreras –dice Elena Fernández–. Sin embargo, las mujeres de clases populares tenían urgencias como qué podían preparar para cenar o cómo pagarían su habitación insalubre. Y, claro, tenían menos educación y tiempo para la política, entre el trabajo y la casa. Además, también hubo activistas que prefirieron enrolarse en partidos y sindicatos de clase».

Primera Guerra Mundial
Luego llegó la primera guerra mundial y, además de poner en barbecho la lucha, sumó nuevas escisiones, incluso alrededor de la chimenea de las Pankhurst. Mientras Emmeline apoyó la contienda, pensando que si las mujeres estaban a la altura no les podrían negar luego el voto, su hija Sylvia, socialista y pacifista, abominó de esta estrategia. Al final, las mayores de 30 años pudieron votar a partir de 1918 y, 10 años más tarde, lograron que se equiparara la edad a la de los hombres: 21. Sin embargo, para esa fecha ya quedaba meridianamente claro que los derechos políticos no iban a transformar por sí solos las vidas de las mujeres. 

¿Pero sumó o restó a la causa el radicalismo de WSPU? Hay consenso en que todo contribuyó en un movimiento general que se sostuvo durante décadas y logró alianzas internacionales. Pero también es cierto que, aunque las acciones combativas fueron usadas para criminalizar la lucha y menospreciar a las 'suffragettes' en la historiografía, aquellas mujeres dieron una imagen pública inusual –«organizadas, creativas, transgresoras, beligerantes y solidarias», apunta Laia Fernández– y anticiparon el feminismo de acción de grupos actuales como Pussy Riot. Muy a su pesar, también acusaron tics perversos que han llegado hasta hoy. Primer tic: la reticencia masculina a renunciar a sus privilegios. Y segundo tic: sirvan estas ilustraciones para cerciorarse de que, como hace un siglo, si se quiere desacreditar a una feminista no hace falta rebatir argumentos: a menudo basta con caricaturizarla vieja, fea y (muy) insatisfecha.

viernes, 13 de noviembre de 2015

#hemeroteca #sufragismo | Agrupación de mujeres violentas: la olvidada historia de las sufragitsu

Imagen: Google Imágenes / 'Suffragitsu'
Agrupación de mujeres violentas: la olvidada historia de las sufragitsu.
El estreno de ‘Sufragistas’ recupera una parte inédita del movimiento sufragista: su cuerpo de protección. El cómic 'Suffragitsu' narra el uso de artes marciales de las llamadas Amazonas feministas.
Lucía Lijtmaer | El Diario, 2015-11-13
http://www.eldiario.es/cultura/feminismo/Agrupacion-violentas-olvidada-historia-sufragitsu_0_451105977.html

"Tenemos que enfrentarnos a la policía, aún no lo hemos hecho. La policía sabe jiu-jitsu. Os recomiendo que aprendáis jiu-jitsu. En el futuro, no vengáis a las reuniones sin palos. Ya no sirve fingir. Tenemos que luchar".

Estas palabras no pertenecen a un líder guerrillero que venga a la mente de inmediato. Forman parte de las declaraciones al New York Times de la líder del movimiento sufragista Sylvia Pankhurst y son de 1913. ¿Feministas armadas con palos, dominando las artes marciales? Parece ficción, y ahora lo es gracias al estreno de ‘Sufragistas’, la película que detalla las luchas feministas a principios de siglo en el Reino Unido, pero también forma parte de la historia moderna, poco alumbrada por la opinión pública.

‘Sufragistas’ promete ser el estreno de la temporada: la película, plagada de estrellas -está protagonizada por Meryl Streep, Carey Mulligan y Helena Bonham-Carter- narra a través de diversas historias la realidad de la lucha sufragista, el movimiento reformista social, económico y político que promovió la extensión del derecho a votar y a participar de la vida política a las mujeres, abogando por el "sufragio igual" y por tanto reivindicando la abolición de la diferencia de capacidad de votación por género.

‘Sufragistas’ arroja algo de luz sobre una parte de la historia silenciada: se pone de manifiesto su carácter internacional, la relación de la lucha con el movimiento obrero -la película, centrada en el activismo feminista en Inglaterra, sigue a una protagonista apaleada por los efectos de la Revolución Industrial-, y el escarnio público al que se sometió a las activistas sufragistas. Aisladas de sus familias, ridiculizadas por la prensa -eran comunes las caricaturas en los principales medios de comunicación- y convertidas en gran medida en proscritas, sufrieron también una constante represión policial.

Las sufragitsu
Y ahí es dónde entra el jiu-jitsu: el arte marcial japonés, introducido en Gran Bretaña en 1898, estaba considerado un deporte adecuado para las mujeres, se entendía como femenino y grácil, ya que no resulta agresivo ni requiere fuerza, sino habilidad y una adecuada distribución del peso para ganar al oponente. Ante la creciente represión contra los movimientos sufragistas, estos crearon un brazo armado de resistencia: las llamadas Sufragitsu, Guardaespaldas o Amazonas, encargadas de proteger al resto de militantes frente a las fuerzas del orden.

El paso del activismo pacífico a la guerrilla y la desobediencia civil, promovida por una de sus líderes, Emma Pankhurst, respondía a otra táctica gubernamental represiva: la ‘Cat and Mouse Act’, el ‘Acta del Gato y el Ratón’, según la cual, la manera de contrarrestar las huelgas de hambre dejaba de ser la controvertida alimentación forzosa, sino que la sufragista era liberada hasta que recuperaba lo suficiente su salud y volvía a ser apresada. De ahí el juego del gato y el ratón. El papel de las sufragitsu era impedir la captura de sus compañeras, y para ello eran entrenadas en espacios secretos, hacían acopio de palos bajo sus largas faldas y usaban las tácticas de autodefensa.

Las amazonas sufragistas se convirtieron en un reclamo para la prensa que propagó su causa e, inmediatamente, se alzaron como símbolo de la radicalización del movimiento. Su historia, como la de las propias sufragistas, quedó relegada tras el estallido de la Primera Guerra Mundial, y solamente ahora con la revisión histórica, reaparece. Tal es el interés que han despertado que recientemente el guionista Tony Wolf y el dibujante Joao Vieira han creado la novela gráfica ‘Suffragitsu’, dónde narran una versión alternativa de la historia basada en la sociedad secreta de las guardaespaldas sufragistas.

El silencio ante la autodefensa
Las amazonas sufragistas no han sido las únicas en utilizar la autodefensa contra la agresión. De hecho, esta práctica es un reclamo constante en las luchas feministas. L.A. Jennings, estudiosa de la lucha femenina, analiza como esta se retrotrae incluso al propio ejército: en el siglo XVIII en Dahomey, las mujeres eran guerreras con cantos propios: "Debemos conquistar cada población que ataquemos / O enterrarnos en sus ruinas".

Por otro lado, Martha MacCaughey, principal teórica sobre la autodefensa feminista, explica la falta de información y el silencio sobre estas prácticas: "La noción de la pasividad como una cualidad eminentemente femenina explica que la violencia ejercida por mujeres, incluso en la autodefensa, sea considerada una práctica impropia". Y por tanto, invisible. Ahora el cine blockbuster y la novela gráfica devuelven una parte de la historia que había quedado olvidada.