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domingo, 20 de enero de 2019

#hemeroteca #musica #culturagay | El día en que el hombre blanco hetero montó una orgía de odio

Imagen: El País / Steve Dahl (c)
El día en que el hombre blanco hetero montó una orgía de odio.
Hace 40 años un locutor de 24 años congregó a 50.000 personas en un estadio de béisbol de Chicago. ¿El objetivo? Quemar vinilos de 'música disco'. ¿Lo que ocurrió? Algo que nos puede recordar a lo que vivimos hoy.
Iñigo López Palacios | Icon, El País, 2019-01-20
https://elpais.com/elpais/2018/10/31/icon/1540993693_556708.html

Allí estaba todo. Blancos contra negros, heterosexuales contra homosexuales, rockeros contra fans de la ‘música disco’, conservadores contra progresistas. Una especie de aquelarre de odio. Ocurrió hace 40 años, pero hoy algunos fantasmas de aquello han vuelto a aparecer.

El de 1979 fue el último verano de la ‘música disco’. Su final fue inesperado y repentino. Se achaca a algo que se llamó Disco Demolition Night. Pero para entenderlo hay que hacer un poco de historia.

La ‘música disco’, un estilo nacido a mediados de los setenta como una reivindicación de la libertad, se había convertido en moda a partir del estreno de 'Fiebre del sábado noche' en 1977, y finalmente en apisonadora todopoderosa. “El ‘disco’ en los setenta se rebela contra el rock de los sesenta. Es la antítesis del aspecto ‘normal’, los sentimientos reales, la seriedad, las canciones confesionales, la sinceridad, las pretenciosidad y el dolor de la anterior generación. El ‘disco’ es artificial y exagerado. Adora la fantasía, la moda, la frivolidad y la diversión. La década de los sesenta fue despiadada y romántica; el ‘disco’ es elegante y artificial, valora la forma más que el fondo, la acción más que el pensamiento. Los años sesenta fueron un viaje mental (marihuana, ácido). El ‘disco’ es un viaje físico (quaaludes, cocaína). En un ‘trip’ de los sesenta veías a Dios en un grano de arena; en un viaje ‘disco’ ves a Jackie Onassis en Studio 54”, escribía el periodista Andrew Kopnick en ‘The Village Voice’ en 1978.

Entre diciembre de 1978, cuando 'Le freak', de Chic, llegó a lo más alto de las listas de sencillos desbancando un dueto de Barbra Streisand y Neil Diamond, hasta la última semana de agosto de 1979, todos los número uno estadounidenses salvo uno fueron canciones ‘disco’. Y en aquel momento un número uno significaba cientos de miles de ejemplares despachados. Todo el mundo hacía ‘disco’: los Rolling Stones lanzaban ‘Miss you’ y Rod Stewart 'Do you think I´m sexy?' Había álbumes de música clásica en versión disco y hasta los teleñecos lanzaron dos álbumes ‘disco’. En EE. UU. se habían abierto 20.000 discotecas que necesitaban novedades continuas. “Inflar a artistas faltos de talento con una dosis de cháchara se convirtió en norma de la industria discográfica durante el ‘boom disco’”, escribe Peter Shapiro en el fundamental ‘La historia secreta del disco’, editado en español por Caja Negra.

El éxito comercial, sostiene Shapiro, había significado el fin de la relevancia artística, pero sobre todo social, de un movimiento que había dado voz a colectivos marginales. La música ‘disco’ había nacido como la forma de expresión de gais, latinos, negros, mujeres... Había unido a las ‘trans’ que habían salido a la luz tras los disturbios de Stonewall de 1969, con los militantes de la Costa Oeste. A las ‘drags’ con las feministas. Era un negocio que movía miles de millones de dólares, pero también era el triunfo de los despreciados por la mayoría blanca.

Ese dominio fue extremadamente mal asumido por aquellos a los que desbancó. Y así surgió la ‘discofobia’. Un fenómeno que unía a los fans de Judas Priest y AC/DC con los punks y los fanáticos del country. “’Discofobia’ es la revuelta de los chicos blancos que opinan que la música ‘disco’ apesta”, resumía ‘The Village Voice’ en otro artículo de 1979.

Así estaban las cosas cuando un día, Michael Veeck, jefe de marketing de uno de los grandes equipos de la liga estadounidense de béisbol, los Chicago White Sox, escuchó en la radio de su coche a un locutor de 24 años, Steve Dahl (California, 1954), jurando odio eterno a la ‘música disco’. Meses antes, Dahl había dimitido de otra emisora el mismo día en que el director le informó de que solo se programaría ‘música disco’. Utilizó su nuevo programa en otra estación para vengarse de su antiguo jefe, y lo que es más importante, del sonido ‘disco’. Para Dahl la ‘música disco’ transformaba a las masas en muertos cerebrales que bailaban.

Aquel chaval aprovechó la ira latente. Y la ‘discofobia’ pronto se difundió por todo el país.

A Veeck, que amaba el espectáculo tanto como odiaba el ‘disco’, se le ocurrió contar con Dahl para montar lo que llamaron Disco Demolition Night (La noche de la demolición de la ‘música disco’). La idea era sencilla: el 12 de julio de 1979 todo el que trajera un vinilo de ‘música disco’ para ser destruido entraría en Comiskey Park el estadio de los White Sox, por menos de un dólar para ver el partido del equipo de Chicago contra los Detroit Tigers.

Hasta el anuncio del evento la venta no había ido especialmente bien. Pero, gracias al apoyo de Dahl en la radio, las 50.000 entradas se agotaron. El día del partido fuera del estadio había unas 15.000 personas sin entrada, pero con vinilos de Donna Summer, Chic o Village People dispuestos para lanzarlos a la hoguera.

Cuando llegó el descanso y Steve Dahl salió al campo vestido con ropa militar y un micrófono, las gradas estaban llenas de borrachos. “Pedían sangre a gritos como romanos en el Coliseo", escribe Shapiro. Y fue un circo romano. A la vista de la turba había un contenedor lleno de discos, unos 10.000, aseguran. Dahl contó hasta tres y, entonces, explotó. Trozos de vinilo volaron por los aires, cubriendo todo el campo. Aquello desató la histeria colectiva. El público invadió el campo eufórico, incontrolable. Gritaban, se abrazaban como si efectivamente hubieran ganado una guerra. Incluso encendían sus propias hogueras para quemar más vinilos. Solo la aparición de la policía a caballo consiguió despejar el campo.

Solo hay que ver las imágenes para darse cuenta del tipo de persona que participó en aquel disturbio. Abrumadoramente hombres blancos jóvenes, muchos de ellos con camisetas donde se lee: "Disco sucks" (La música disco apesta). Desde ese momento, la interpretación de aquel fenómeno se ha dividido en dos grupos. Muchos lo ven como una fiesta homófoba y racista. Según esa visión, al quemar los discos ardían metafóricamente sus fans. Entre los que lo niegan está su mismo organizador. “Estoy cansado de defenderme de las acusaciones de ser un homófobo y racista por estar al frente de Disco Demolition. Fue solo una acción concreta. Ni racista, ni antigay. Solo niños meándose en un género musical. Eligieron permanecer fieles a las bandas que proporcionaron el telón de fondo a sus vidas”, escribió Dahl.

Quizás resulte familiar el argumento. Volver al momento en que eran grandes. El hombre blanco hetero se había sentido de repente marginado. “Para los homosexuales, el ‘disco’ pudo ser parte de una agenda de inclusión. Nuestro rechazo fue solo una acción impulsiva. Queríamos declarar que nuestra música nos importaba, que no íbamos a ir a ningún club que no respetara nuestras raíces. Es el derecho de cada generación a declarar: 'Así soy yo'. Reclamamos el derecho de bailar a nuestro ritmo, incluso si es solo sacudiendo la cabeza. No se planeó hacer daño a nadie, nadie fue herido”, añadió Dahl.

En resumen: el macho alfa se siente amenazado porque cree que se está arrinconando su cultura. Se siente víctima de una ‘invasión’. Pero, aseguran, no tienen nada contra los colectivos que están detrás de lo nuevo, en este caso, la ‘discofobia’, los negros y los homosexuales. Ese es un dato irrelevante, afirman. El problema no es quién sino qué. Lo que hacían (los falsetes, los zapatos de plataforma, las boas de plumas) simbolizaba para ellos que EE. UU. se había vuelto un país débil y blando. Y no iban a dejarlo pasar así como así.

El Disco Demolition Night ocupó las noticias durante días. Pronto surgieron imitadores por todo el país que exhibían con orgullo su odio a la ‘música disco’. Y aquello significó un cambio en los gustos del público. En agosto de 1979, un mes después del Disco Demolition Night, la canción de pop enérgico 'My sharonna, de The Knack', conseguía el puesto número uno en las listas de sencillos. La ‘música disco’ volvió a las catacumbas de las que saldría años después convertido en ‘house’. Pero esa ya es otra historia. La sociedad también estaba cambiando. En 1980, el demócrata Jimmy Carter perdía la presidencia frente al republicano Ronald Reagan y empezó la revolución conservadora.

Steve Dahl, el locutor de radio que provocó aquel aquelarre, tiene hoy 64 años, tres hijos y nueve nietos, y vive a las afueras de Chicago. Lleva casado desde 1978 (¡un año antes de su día de gloria!) con Janet, una abogada ya jubilada. También ha librado una dura batalla contra su alcoholismo. En 1995 dejó de beber definitivamente. Dahl ha seguido ligado a la radio durante 40 años. Ha tenido una carrera discreta con algún pico, como el programa ‘Steve and Garry Show’, con el cual consiguió entrar en el National Radio Hall of Fame. Actualmente dirige The Steve Dahl Show, un programa de rock, deportes y entretenimiento.

A día de hoy, no se ha arrepentido de aquel Disco Demolition Night. 

Y TAMBIÉN…
Cómo una noche de lluvia, rechazo y cocaína creó la canción disco más exitosa de la historia.
El grupo Chic utilizó, hace 40 años, la rabia que tenía por no poder entrar en Studio 54 para componer en media hora una pieza seminal del pop, 'Le Freak'. La banda acaba de publicar nuevo álbum.
Guillermo Alonso | ICON, El País, 2018-10-23
https://elpais.com/elpais/2018/10/02/icon/1538488551_875345.html

jueves, 4 de octubre de 2018

#hemeroteca #homofobia | 'Escipión Maricón'

Imagen: El Diario / 'Escipión Maricón'
'Escipión Maricón'.
Maricón es una palabra que se ha venido utilizando en los últimos siglos para designar al hombre “afeminado, pusilánime y manejable”, y que ha servido para despreciar a hombres homosexuales y de talante o ademanes feminizados. Y si a todo esto añadimos, además, que si realmente conocieran la Historia, sabrían que las relaciones homoeróticas en aquellos tiempos estaban completamente naturalizadas.
Mar Tornero | El Diario, 2018-10-04
https://www.eldiario.es/murcia/murcia_y_aparte/Escipion-Maricon_6_821427851.html

Escenario: Fiestas de Cartagineses y Romanos. Living History: miles de cartageneros del Siglo XXI recreando hechos acontecidos hace más de 2000 años en la ciudad de Cartagena. Tropas y Legiones poniéndose en el papel de los protagonistas de entonces, con sus generales, soldados, damas y demás transportados con sus trajes, estandartes y armamento a la época en la que matarse por el dominio de una ciudad era algo habitual. Así se recrean los diferentes actos, entre rituales, batallas y sucesos significativos.

Y por supuesto, hay desfile, en el que se recorren las calles exhibiendo tan trabajado derroche de creatividad. No falta detalle, de los pies a la cabeza, cualquiera puede trasladarse en el tiempo y observar a hombres y mujeres de ahora como si hubiéramos retrocedido dos milenios. Salvo en una cosa..., se llaman “maricones” unos a otros, en un intento de provocar, tratando de hacerse el más fuerte, el más valiente, el más viril de todos. Y aquí es donde se les cae abajo todo el escenario. Cuánta mezquindad hace falta para creer que aquellos hombres de entonces encontraban en la guerra la virilidad. En realidad ignoran que más bien era el honor. Y hay muy poco honor, o ninguno, en llamar a tu contrario “maricón”. Un insulto de procedencia machista.

Maricón es una palabra que se ha venido utilizando en los últimos siglos para designar al hombre “afeminado, pusilánime y manejable”, y que ha servido para despreciar a hombres homosexuales y de talante o ademanes feminizados. Es decir, lo contrario a “macho”, “machote”, “viril”, “hombretón”. Es una palabra que se ha venido utilizando, y aún persiste, para hacer bullying en colegios e institutos provocando grandes sufrimientos. Maricón es una palabra que utilizan algunos para definirse a sí mismos como macho alfa en comparación con otro. Ese macho capaz de todo y a quien nada se le pone por delante, que vive por encima del bien y del mal, que se levanta un metro por encima del suelo para contemplar la inferioridad de mujeres y hombres que no son tan hombres como él, porque de un mamporro pueden tirar abajo a cualquiera, porque el mundo les pertenece, son guardianes de todo y pueden doblegar a todo bicho viviente, ya sea otro hombre, una mujer, un oso o un ejército. Son muy machos, son muy fuertes y follan mucho y a muchas. Y aquellos que no habitan en el mundo de tamaña virilidad son maricones.

Bien... Pues ahí tenemos a algunos elementos de tropas y legiones llamándose “maricones” unos a otros en pleno siglo XXI por las calles de una ciudad supuestamente moderna. Y no solo no sienten vergüenza, sino que se vienen arriba. Y no les preocupa que haya niños escuchando, o personas gais que reciben aquello como una puñalada en el centro mismo de su ser. No les preocupa que mañana sus hijos vayan al colegio e insulten a sus compañeros con esa misma palabra, y que quizá provoquen un sufrimiento gratuito. No les preocupa que la lucha del colectivo LGTBI por sus derechos como personas se vea mermada por su estupidez. No son conscientes de su mezquindad.

Y si a todo esto añadimos, además, que si realmente conocieran la Historia, sabrían que las relaciones homoeróticas en aquellos tiempos estaban completamente naturalizadas. Y no, quienes luchaban en tropas y legiones no hacían ostentación de su hombría tal y como lamentablemente la hemos conocido siglos después.

Qué pena hacer de una actividad popular tan interesante un acto tan mediocre y mezquino. Qué pena, qué ignorancia y qué peligro. Ignorancia porque desconocen lo que es ser hombre, que nada tiene que ver con desplegar la fuerza bruta. Y peligro cuando vivimos una época en la que el machismo sigue asesinando mujeres en ese ejercicio de ser hombre, y cuando todos los esfuerzos posibles son pocos para erradicar esta mentalidad “tan varonil”, y tan destructiva. Cuánta deconstrucción hace falta todavía de una identidad, la de ser hombre, envuelta en tanta ruindad.

viernes, 2 de febrero de 2018

#hemeroteca #plumafobia #homonormatividad | Contra la plumofobia

Imagen: GCN
Contra la plumofobia.
“Tratan lo femenino como algo inferior y negativo porque, por encima de todo, son hombres que disfrutan de los privilegios que eso les ofrece, como estar económica, política, social y culturalmente por encima de las mujeres.”
Rubén Serrano | PlayGround, 2018-02-02
https://www.playgroundmag.net/lit/plumofobia_27616185.html

Salir de fiesta gay por Barcelona se ha convertido en una jungla de bíceps y abdominales. Al mismo tiempo, quedar con un chico es toda una odisea. Antes de la cita, tienes que cumplir unos requisitos casi siempre imprescindibles: “Busco machos”, “Solo tíos que se comporten como tíos”, “No quiero locas ni princesas”. Y yo frente a este panorama —con cara de niño, cuerpo endeble y un poco de amaneramiento— me doy cuenta de que formo parte de una espectáculo en el que ni estoy invitado ni soy bienvenido.

La llamada plumofobia, o el rechazo a hombres que muestran actitudes o comportamientos femeninos, ha infestado la comunidad gay de arriba abajo. Según un estudio de la revista gay británica Attitude, el 41% de los encuestados piensa que los chicos femeninos dan una mala imagen del colectivo LGTB+ y un desolador 71% ha afirmado que un hombre con maneras del sexo opuesto no les excita lo más mínimo.

Al contrario de lo que muchos piensan, la plumofobia no tiene nada que ver con homofobia entre gais, sino con los conflictos que generan los roles de género dentro del colectivo.

Partiendo de esa base, en la cultura popular a los gais todavía se nos representa como chicos delgados, con poca vergüenza, afeminados y con dotes para el entretenimiento. Para acabar con este estereotipo, parte del colectivo homosexual está forzando y exagerando actitudes varoniles para demostrar que también son masculinos, a pesar de besarse y acostarse con hombres. ¿Cómo estamos llevando esto a la práctica? Copiando los roles normativos propios de un hombre heterosexual y adaptándolos al mundo gay.

El primer paso es la apariencia física. Construir una imagen de macho alfa requiere de incontables horas en el gimnasio y de un fondo de armario donde reinen la ropa deportiva y complementos que sexualicen nuestra masculinidad, como arneses de cuero.

Esa estética de macho bruto inspirada en Tom of Finland debe traducirse en un comportamiento viril, dominante, autoritario y violento; una fachada que después lucen, sobre todo, en ciertos locales de ambiente gay donde las pelucas y la purpurina no están permitidas. Allí solo son admitidos como miembros del selecto club aquellos homosexuales que hagan gala de una hombría ibérica.

Por inercia, cada vez que vemos a un gay con ciertas formas femeninas asociamos que posee características tradicionalmente vinculadas a las mujeres: son sensibles, sumisos, débiles y frágiles. Para plantar cara al desafío que la pluma supone para nuestra frágil masculinidad, algunos han optado por menospreciarlos con insultos sexistas como “marica loca” o “esta es una pasiva”, usando siempre el femenino de forma peyorativa.

Si hay miembros del colectivo gay que humillan a otros homosexuales que expresan libremente su feminidad en lugar de respetarlos es porque se identifican antes con el patriarcado que con el colectivo LGTB+. Tratan lo femenino como algo inferior y negativo porque, por encima de todo, son hombres que disfrutan de los privilegios que eso les ofrece, como estar económica, política, social y culturalmente por encima de las mujeres.

Siguiendo este juego de jerarquías un gay afeminado está peor considerado que un gay que ha asumido las reglas patriarcales y que hace gala de su poder. Y así, al convertirnos en replicantes del heteropatriarcado, que censura todo lo que no exuda masculinidad, nos contagiamos del machismo que gobierna nuestra sociedad. Por ese motivo cada vez escucho más entre mis amigos perlas misóginas como “este local está lleno de chochos, qué asco” o “no me gusta que haya tías aquí, no me siento cómodo”.

Qué curioso querer destruir un estereotipo construyendo otro hipermasculino que tampoco representa a toda la comunidad homosexual. Qué curioso que ahora los gais penalicemos a lo femenino cuando de pequeños con quien más seguros nos sentíamos era con mujeres. Qué curioso que nos exijamos entre nosotros comportamientos masculinos, que era justo lo que nos pedían en el colegio antes de darnos un empujón o de llamarnos “maricones”. Qué curioso que pidan esa actitud los mismos hombres que en su infancia guardaban su sexualidad en el armario para evitar ofensas y humillaciones.

Muchos argumentarán que se trata de gustos; no obstante, hay que ir a la raíz y ser conscientes de que esas filias esconden tintes discriminatorios. Si pones en tu Grindr “negros no” estás siendo racista, si pones “no me van chinos” o “paso de latinos” estás siendo xenófobo, si tienes escrito “solo delgados” estás siendo gordófobo. Por tanto, dar de lado a un chico porque sea femenino es plumofobia aderezada con machismo y trazas de misoginia.

Esta apología de la masculinidad me ha provocado debates internos. La presión social por aparentar “ser un hombre de verdad” me hizo llegar a adoptar actitudes varoniles, como apuntarme a un gym para muscularme o comprarme un chándal de Nike para salir de fiesta. Sin embargo, toda esa apariencia se traducía en citas frustradas o en lágrimas al salir de la discoteca a las 6 de la mañana porque yo no estaba siendo yo; yo estaba siendo otro para complacer a unos robustos hombres con los que deseaba estar y demostrarles que también soy masculino. Había caído en la trampa.

¿Por qué un colectivo tan discriminado como el gay imita los patrones que tanto daño nos han hecho? ¿Por qué nos estamos convirtiendo en opresores con miembros de nuestra propia comunidad? Han sido esos gais con vestidos de lentejuelas y tacones los que han salido a la calle a visibilizarnos y a reivindicar nuestros derechos. Si ahora estos gais convertidos en Popeyes y anuncios de Calvin Klein se pueden casar, adoptar o besarse en medio de la calle es por el trabajo que esos “gais femme” han hecho.

¿Qué harán por la comunidad LGTB+ estos gais cómplices del machismo? No podemos dejar que un rol de género condicione nuestros sentimientos y defina nuestro día a día. Tenemos que ser inclusivos con nosotros mismos. Si algo he aprendido tras estos meses intentando clonar actitudes "masc4masc" es que la pluma es inofensiva, la masculinidad tóxica no.