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jueves, 2 de diciembre de 2021

#hemeroteca #lesbofobia | Dolores Vázquez en el corazón de la LGTBIfobia

Jot Down / Dolores Vázquez //

Dolores Vázquez en el corazón de la LGTBIfobia.

Alejandro Zambudio | Jot Down, 2021-12-02

https://www.jotdown.es/2021/12/dolores-vazquez-corazon-lgtbifobia/ 

Sintetizar el documental que recientemente HBO ha estrenado sobre el caso de Rocío Wanninkhof produce miedo. El caso a estas alturas es conocido por todos: la noche del 9 de octubre, en el pueblo malagueño de Mijas, Rocío Wanninkhof, una chica de diecisiete años, había desaparecido. De repente, Mijas, como Alcasser en su día, se convirtió en pasto de los medios de comunicación, que con curiosidad foránea, como quien se acerca a examinar las costumbres y los modos de vida de los colonos de una tierra ignota, se concentraron en el pueblo. El caso se había hecho masivo. El espectáculo había comenzado. En las sociedades marcadas por el modo de producción capitalista avanzado, el espectáculo lo es todo, tanto en su indefinición y en su concreción absoluta. Es la forma en que nos relacionamos a través de las imágenes que se construyen desde los grandes medios de comunicación. Es el modo en que asistimos a la degradación de la sociedad y el buen gusto. Pero nos encanta. Como sujetos pasivos nos encanta, nos permite por un lado ver cómo son otros quienes trabajan y se ensucian las manos al mostrarnos esa construcción artificial y dirigida del mundo. Es la contradicción entre la razón y nuestras vísceras. De ahí que el seguimiento de los casos judiciales más relevantes a través de los medios de comunicación sea el fiel reflejo de lo que somos.

Rocío Wanninkhof desapareció un 9 de octubre de 1999. Las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado decidieron dejar pasar un tiempo prudencial por si se trataba de una chiquillada, pero no. Debido a la presión de Alicia Hornos, madre de Rocío, emprenden la búsqueda de Rocío, a quien encontraron muerta el 2 de noviembre después de tres semanas de búsqueda. Se investigó a su entorno, empezando por su novio y por la madre. Los primeros días, como se cuentan en la producción, fueron infernales. No se encontraban indicios, mientras la opinión pública presionaba. Teníamos una chica desaparecida y, en medio, ante la lentitud del proceso, la necesidad de encontrar un culpable. Dolores Vázquez era una presa fácil: tranquila, silenciosa y distante. Poco dada a participar del ambiente del pueblo. Para más inri, había mantenido una relación sexoafectiva con Alicia Hornos y, claro, eso era un caramelo demasiado tentador para no explotarlo. Nunca hubo pruebas de cargo sólidas contra Dolores Vázquez, solamente conjeturas. Dolores Vázquez, desde el primer momento, tuvo que probar su inocencia, haciendo el trabajo de la acusación. Las únicas pruebas que tenían contra ella eran unas sábanas y unas mantas cuyos análisis de ADN reflejaron que no eran de su propiedad. Y, pese a todo, el juez de instrucción cometió la barrabasada de decretar la prisión preventiva para ella.

El documental es excelente en ese aspecto. No es una aberración de las que hace Netflix como los documentales de Alcasser, Nevenka Fernández o Marta del Castillo. La pluralidad de testimonios, de voces, le da a la producción muchísima riqueza. Alicia Hornos consigue desde el primer momento hacernos partícipe de su delirio. Veinte años después del caso, aún sigue creyendo que fue Vázquez quien mató a su hija, como Mario Conde, que casi treinta años después, cree que su entrada en prisión se debió a una confabulación de Felipe González y del PSOE.

Mención especial merece el abogado de Vázquez: Pedro Apalategui y su enorme labor tanto jurídica como humana, entablando con su clienta una relación personal que aún perdura. Basó su defensa en la inexistencia de pruebas de ADN que incriminasen a su defendida durante la diligencia de inspección ocular y en la utilización del indicio por parte de la acusación para solicitar la prisión preventiva. Apalategui, un abogado curtido en batallas de esta índole, fue el encargado de hacer, en la medida de lo posible, de Dolores Vázquez una Sócrates serena esperando la acusación de los sofistas.

El análisis de los miembros del jurado es otro de los grandes momentos del documental, con la entrevista a dos de sus miembros. El primero de ellos, visiblemente asustado y con cara de «tierra, trágame», admitió que Vázquez estaba condenada de antemano. Otra de las integrantes salió con el rostro cubierto de la vergüenza que sentía. Los juicios con jurado son el error: no hay juez que no tiemble cuando tiene que acomodar los trámites del proceso para que este sea enjuiciado por el tribunal del jurado. Pedro Apalategui tembló literalmente cuando se enteró. El principal problema de los jurados en este tipo de procesos es que se les pide que no se dejen llevar por prejuicios, que actúen con imparcialidad y que olviden que son padres por un momento. A grandes rasgos, les piden que dejen de ser personas.

Tony King: el estrangulador de Holloway

Mientras Dolores Vázquez se encontraba en prisión preventiva, empezó la maniobra de desgaste para arrancarle una confesión. Javier Pérez Royo, catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad de Sevilla, declaró en el documental que el trato que recibió Dolores Vázquez fue «degradante» y que incluso «podría haber sido constitutivo de un delito de torturas». La policía no paró de amedrentarla en el centro penitenciario de Alhaurín de la Torre. Dolores Vázquez parecía el personaje de una novela de Juan Madrid. Mientras estaba en la cárcel, Vázquez sufría los insultos de otras presas, algún funcionario de prisiones se apiadó de ello e intentó animarla. Pero la cárcel acaba matando el alma poco a poco.

Su caso dio un giro radical cuando encontraron el cadáver de Sonia Carabantes, desaparecida en Coín en agosto de 2003. El cuerpo presentaba signos de lucha. En el forcejeo, Sonia arañó al asesino. Los restos biológicos arrojaron que coincidían con la saliva de una colilla del lugar donde mataron a Rocío. Cecilia King dio la voz de alarma y denunció a su marido. La misma noche del asesinato de Carabantes, King apareció con cortes en la cara y en los brazos. La mujer comenzó desmontar sus excusas sobre los arañazos o sus contradicciones sobre el lugar en el que se encontraba cuando encontraron el cadáver de Carabantes. Habló con una amiga sobre sus dudas y puso su hipótesis en conocimiento de los investigadores. Las sospechas se dirigían ahora contra Tony Alexander King: el estrangulador de Holloway.

King cumplió condena en el Reino Unido y el juez le concedió la libertad condicional. La legislación británica le permitió el derecho a poder cambiar su apellido. El juez británico que le condenó en 1986 consideró que su comportamiento criminal estaba inducido por sus «deficiencias o incapacidades sexuales». Era impotente. Y después de que le concedieran la condicional se trasladó a la Costa del Sol. King, un individuo chulesco, arrogante, de escasa capacidad de autocontrol y que fanfarroneaba sobre sus relaciones con la mafia, se convirtió en uno de los hombres más peligrosos de Europa para la Interpol. Las autoridades españolas actuaron con notoria negligencia. El Ministerio de Interior dirigido por Ángel Acebes ignoró la información que le facilitó en 1998 la policía británica sobre el historial delictivo de Tony King en el Reino Unido. Acebes declaró que, puesto que las autoridades británicas no habían solicitado su extradición, no lo consideraban un peligro.

Dolores Vázquez fue excarcelada después de quinientos diecinueve días en prisión preventiva. Su letrado le aconsejó que ofreciera ruedas de prensa dando su versión de los hechos. La misma opinión pública que la había condenado quizás pudiera presionar a favor de su absolución. La prensa había convertido su domicilio en un centro de peregrinación, como la mansión en la que vivía Roman Polanski con Sharon Tate, o el piso en el que Mark David Chapman mató a John Lennon. A instancia de su letrado, Vázquez daba ruedas de prensa en las que no paraba de defender su inocencia. La opinión pública acudía como las moscas a la fruta, intentando roer cada uno de sus huesos y sus entrañas para debilitar sus defensas. Tony King fue finalmente condenado a treinta y seis años de prisión por los crímenes de Rocío Wanninkhof y Sonia Carabantes en noviembre de 2005.

El mito de la lesbiana pérfida

El aspecto más controvertido y, al mismo tiempo, más interesante del documental, fueron las declaraciones de Beatriz Gimeno hablando del mito de la lesbiana insidiosa. A Dolores Vázquez la masculinizaron para que no pareciera mujer desde los medios de comunicación. No había nada reseñable en la actitud de Dolores Vázquez porque no daba pábulo a ello: subía y bajaba del coche o de la furgoneta que la trasladaba al juzgado. No se encaraba con nadie, a diferencia de Tony King, que sí mantenía una actitud de chulería con los medios de comunicación. Su linchamiento mediático cumplió varios fines, pero el principal fue el de reproducir el papel de la lesbofobia en las sociedades liberales: servir de régimen de control de la sexualidad de las mujeres poniendo muchas de las herramientas utilizadas secularmente para subordinarlas a los dictados de la heteronormatividad. La construcción de Dolores Vázquez como personaje está sacudida por el mito de la representación de la lesbiana y por la ansiedad misógina que se proyecta hacia lesbofobia. La imagen que se tiene de las lesbianas está hecha para satisfacer los deseos y necesidades del mundo heterosexual, nunca de las lesbianas. Beatriz Gimeno escribió un excelente libro sobre el caso de Rocío Wanninkhof titulado ‘La construcción de la lesbiana perversa’, en el que analizó el discurso de la homofobia en los medios de comunicación y su impacto en Dolores Vázquez.

La homofobia dentro de los sistemas liberales propone formas de discriminación mucho más sutiles que las tradicionales: se trata de pregonar cierta tolerancia hacia el colectivo LGTBI siempre y cuando acepten su papel secundario dentro de la sociedad. Aceptamos la homosexualidad siempre y cuando se ciña al ámbito privado. No nos gusta que los hombres con 'pluma' y las mujeres 'machorras' hagan manifestaciones de cariño en público. Para ello, hay que usar el armario: la herramienta de control de la sexualidad del colectivo LGTBI y de su silencio. El armario proyecta subjetividades controladas por el sistema patriarcal. Del mismo modo que el patriarcado juega con la dicotomía santa vs. puta en la manifestación de la conducta sexual de las mujeres heterosexuales, el armario delimitó el papel entre las «buenas lesbianas» y las «malas lesbianas» durante décadas.

La negativa por parte de los jueces, del fiscal y de los medios de comunicación que hicieron la cobertura de ver a una familia lesbiana obstaculizó la comprensión del caso. Solo Toñi Moreno, dentro de la prensa, puso de su parte e intentó devolverle la honra a Dolores. El papel de Alicia Hornos fue fundamental en la construcción del mito de la lesbiana pérfida. Alicia se muestra como un ser de luz: una mujer que sufre por amor y se siente herida. La lesbofobia implica construir una imagen tan negativa de la lesbiana que haga imposible que la ciudadanía pueda identificarse con ella. De ahí que Alicia Hornos emergiera como la Caperucita seducida por el Lobo Feroz. Papel que aún sigue desempeñando en su alteración morbosa de la realidad.

El tratamiento de la LGTBIfobia por parte de los medios de comunicación de la época fue un ejemplo de mala praxis, como sucedió en su momento con el caso Arny. El caso Arny fue uno de los más sonados de la década de los noventa e implicó a varios famosos como Jesús Vázquez o Jorge Cadaval en una presunta trama de corrupción de menores en el bar Arny, en Sevilla. Las pesquisas policiales y judiciales averiguaron que se trató de un montaje ideado por los sectores más clasista de la sociedad sevillana en su caza de brujas particular contra el colectivo gay. La sociedad, para saldar cuentas con Jesús Vázquez, lo encumbraría después como uno de los personajes más relevantes de la España de los noventa.

Con Dolores Vázquez ni siquiera hubo disculpas. Después de que se demostrase su inocencia, nadie se retractó desde los medios de comunicación. El machismo también juega un papel fundamental aquí, porque esta la homofobia opera según los constructos hegemónicos de género, mandatos en los que la sexualidad masculina es valorada y apreciada, la femenina está denostada. Mientras los gays son 'sujetos' de consumo, las lesbianas son objetos de consumo, análisis que la propia Gimeno detalla en su libro. Si el lesbianismo se construye sobre el tópico de la mujer masculinizada en el aspecto físico, también se elabora desde la atribución de un remarcado carácter desequilibrado. Los medios de comunicación subrayaban que la acusada no tenía un carácter femenino: ni gritó, ni lloró, ni se comportó como una «histérica», convirtiéndose en la Jean-Claude Romand —el protagonista de 'El adversario' de Emmanuel Carrère— española. Además, ni siquiera fue indemnizada por parte del Tribunal Supremo por el manifiesto error judicial.

Entrando en el aspecto jurídico, el caso de Dolores Vázquez también puso de manifiesto la escasa operatividad de los jurados en España. Veintiséis años después de su entrada en vigor, la experiencia no ha podido ser más desalentadora. Los fracasos del modelo español han sido resonantes. Demasiada responsabilidad y, además, se paga poco y mal a los miembros del jurado. El jurado no educa en valores democráticos, sino que más bien acaba con ellos, porque sus miembros llegan más que intoxicados por el ruido de los medios de comunicación a las sesiones de juicio oral. Lo idóneo sería apostar por un modelo escabinado, con un juez de carrera u otro experto en derecho penal guiándolos y resolviendo sus dudas. Tampoco entiendo que el jurado sea un deber para los ciudadanos, puesto que colisiona frontalmente con el artículo 125 de la Constitución, que remarca que la participación ciudadana en la Administración de Justicia es un derecho.

Casos como el de Rocío Wanninkhof, José Bretón o Marta del Castillo presentan errores de instrucción importantes: en el de Marta del Castillo se actuó tarde y mal. Se descubrió que los protocolos con los que contaba la policía brillaban por su ausencia; en el de José Bretón, la policía científica infringió la cadena de custodia, mezclando huesos de animales con los restos óseos de Ruth y José. La prisa por cerrar la instrucción de este tipo de casos da lugar a soluciones precipitadas y a agujeros de gran calado en las investigaciones. Por si fuera poco, la poca cultura que hay en este país de respeto al sumario —siempre hay alguien que los acaba filtrando— dificulta las investigaciones. Nada le queda a Dolores Vázquez de aquellos años salvo un ictus que le dio debido al sufrimiento padecido durante el proceso. El mismo que todavía Alicia Hornos le niega.

lunes, 20 de agosto de 2018

#hemeroteca #identidades #musica | Canadá: «Rosalía ha desacralizado los símbolos, que es lo contrario de apropiárselos».

Imagen: Jot Down / Parte del equipo de la productora CANADA
Canadá: «Rosalía ha desacralizado los símbolos, que es lo contrario de apropiárselos».
Álvaro Corazón Rural | Jot Down, 2018-08-20

https://www.jotdown.es/2018/08/canada-rosalia-ha-desacralizado-los-simbolos-que-es-lo-contrario-de-apropiarselos/

Para todo el que haya visto el vídeo de Rosalía de «Malamente» va a ser difícil olvidar las imágenes del toreo con motos o el nazareno skater descalzo en una tabla con clavos en la lija. Ese es el objetivo de la productora CANADA, trabajar el impacto de la imagen. Tanto ha sido así que su último clip ha generado una polémica importante en las redes sociales y medios digitales por la iconografía empleada. Se ha acusado a la artista de apropiación cultural y a los autores del vídeo de glorificar la tauromaquia y exhibir símbolos castizos que no serían del gusto de una nueva izquierda. Pero la controversia es diminuta al lado del currículum de esta productora, que es una marca de prestigio dentro y fuera de España y en su división musical, Canadá Editorial, afrontan el reto de ser la discográfica de artistas que se suponía que no necesitaban discográfica. Hablamos con Alba Barneda, Nicolás Méndez, Lope Serrano, Alba Blasi y Borja Rosal.

¿Cómo se elaboró el clip de Rosalía?

Nicolás Méndez: Cuando escuchamos la canción vimos que iba a ser bastante pelotazo, por esa razón nos metimos. Vimos que iba a funcionar y ser un éxito. Lo que no esperaba era la controversia. Ella venía con un imaginario muy marcado y definido. El disco está muy pensado en ese sentido, gira alrededor de un mismo tema, está basado en una novela que trata sobre el mal querer, como se llama el disco. El amor enfermo, el que hace daño y mata. Ella bebe del flamenco, es lo que ha estudiado, la novela viene de ahí y por eso está contextualizada en ese entorno. Ella quería hacer una cosa española y con referentes españoles. Lo que hicimos fue buscar imágenes alrededor de los conceptos de la sumisión y el amor dañino e intentar contextualizarlas dentro de esta imaginería española. Las imágenes del toreo vienen de eso, nos parecía una descripción muy gráfica de una relación muy intensa, es pura metáfora. Porque el torero tiene una relación muy profunda con el toro, en esa dirección solamente, pero cuando oyes a toreros hablar se refieren al toro con respeto y amor al animal, es lo que más quieren del mundo, los crían y tal, pero luego se meten en un ruedo y lo matan o el toro los mata a ellos. Hay sangre por medio. Todo esto es perfecto para describir una relación dañina. Pero todo esto Rosalía ya lo tenía en la cabeza, nos mandó un documento con imágenes. Nos habló de Cristina García Rodero, de Bigas Luna. Hay una foto clásica de un encierro en la que se ve al toro por detrás. La gente, delante de él, está subida a rejas y parece que se está agarrando a sus cuernos. Con esa imagen hice la del toro mecánico que en el clip mete a Rosalía en el camión. Esa foto me la pasó ella; Rosalía nos entregó fotos de Cristina García Rodero para que hiciéramos el clip.

Pero todo tiene un toque moderno.

NM: La idea era quitarle lo folclórico.

Lope Serrano: Desacralizarlo. Rosalía ha desacralizado los símbolos, que es lo contrario de apropiárselos. Es una visita al mito totalmente honesta. La haces desde tu posición en el siglo XXI, pero no reproduces el cliché; tomas lo que entiendes.

NM: El nazareno también está ahí por eso, pido perdón a los nazarenos, pero me parece que su relación con Dios es un poco tóxica. Amas a Dios, un amor muy hondo y verdadero, que al mismo tiempo te lleva a hacerte sangre. Inicialmente, cuando pensaba cómo hacer el vídeo, vi el ritual de los empalados de la Vera, en Extremadura. Una procesión que se prohibió en el siglo XVII. La gente salía con un palo atado con una cuerda que le atravesaba de lado a lado por detrás de la nuca. Van con corona de pinchos, descalzos. Salían a la calle así, pero al prohibirse la gente siguió haciéndolo por su cuenta, por penitencia, por agradecimiento, cada uno con sus razones, y siguen saliendo desde su casa a partir de las doce de la noche de manera anónima, con la cara tapada y con cadenas haciendo ruido para avisar a otros posibles penitentes con los que se puedan encontrar… Va mucha gente a ver cómo hacen un vía crucis por todas las cruces del pueblo. Intentamos ir a rodar cómo se vestía uno, con su familia, con los chavales. Lo que hacía Cristina García Rodero, ir a buscar fiestas tradicionales a los pueblos. Nos fuimos por allí un poco a lo ‘Callejeros viajeros’ (risas) porque salen de manera anónima y es muy difícil dar con ellos. Al final encontramos uno, nos citó de madrugada, y resulta que cuando iba a salir se puso a llover. No pudo salir, porque con el agua la soga se dilata y es peligroso. Y nos volvimos sin nada. Cero metros rodados.

Todo ha salido de la artista.

LS: Cuando el artista tiene una voz es más fácil darle imágenes. Tienes que crearlas y pensarlas, ese es el arte, pero si te guía el artista esas imágenes serán mejores y más precisas. En este caso, ella tenía una voz clara.

¿Cómo habéis llevado la polémica que se ha desencadenado?

LS: La gente puede decir lo que quiera, pero lo del apropiacionismo me parece una crítica perezosa, impaciente, que necesita estigmatizar de manera muy rápida y tiene que ver con la facilidad que hay ahora para poner nuestra opinión en internet. El apropiacionismo no es lo que ha pasado en este vídeo.

Se ha dicho que el flamenco pertenece a una minoría oprimida y ella, que no es gitana ni andaluza, lo ha utilizado para triunfar.


NM: La identidad es un asunto muy importante que la gente se toma muy a pecho. Ahora, meter una canción o un videoclip en este debate como si esto fuera la causa o provocase este tipo de confusiones me parece algo de otro planeta.

LS: Parece que la identidad es algo que solo puede ser genuino e inmutable. A no ser que hayas nacido en el lugar donde tiene origen esa expresión, no puedes interpretarla. Si te mezclas con otras identidades parece que esté mal…

NM: Parece que oprime esa identidad, que humilla. Pero si un colectivo tiene problemas de minusvaloraciones o lo que sea será por otras cuestiones, no porque haya un videoclip. Toda mezcla yo creo que es positiva. No me quiero meter mucho en este asunto porque habrá cosas que no entiendo, pero hacer sociología con un videoclip diciéndole a un artista lo que puede o no puede hacer, lo que debe o no debe hacer, creo que es un camino muy peligroso. Si hay un problema de identidad debe debatirse en otros foros y otros sitios, no a raíz de un videoclip, que es un hecho artístico.

LS: También hay que ver si el artista es frívolo o no. ¿Es frívola Katy Perry cuando se disfraza de animadora?

NM: ¿Pero no puedes hacerlo de manera frívola?

LS: Sí, pero entonces eres frívolo, que no está mal. Marilyn Monroe era frívola y era maravillosa. Igual que Jerry Lewis, que era un genio. Ahora, que no puedas vestirte con distintos ropajes… ¿Por qué no? Eso nunca puede estar mal.

NM: También, si ofende, es que hay un problema que está ahí de alguna manera.

LS: Pero a mí no me parece que Rosalía sea frívola. Lo ama. Ama lo que hace.

Alba Barneda: Lo trata con respeto.

NM: Lo tiene dentro por las razones que sea, porque lo ha estudiado, porque ha vivido allí cinco años, porque ha leído mucho o porque lo ha visto en YouTube, pero lo tiene dentro. ¿Pero por qué puedo sacar una 'cheerleader' en un clip y no pasa nada?

Porque esto rige con las culturas minoritarias, ocurre cuando la cultura predominante toma algo de la pequeña y oprimida para fines poco nobles.


NM: Pues hablemos del capitalismo entonces, que se apropia de todo. ¿Tienes talento? Ven, que lo vendo. De eso se trata. En esa rueda estamos metidos.

LS: Lo importante es si el artista lo siente o no lo siente. Si es ‘tastaolletes’, como se dice en catalán, alguien que cada día quiere ser otra persona distinta y no te interesa por frívolo o insustancial. O a lo mejor te encanta porque admiras cómo pasa de, por ejemplo, Ziggy Stardust a otra movida. Pero si ves que el artista lo siente ¿qué hay de robo en eso? Si es todo honestidad.

Lo curioso es que la política oficial del franquismo hacia el flamenco era la de restringirlo a la expresión musical de una minoría étnica, hubo un antes y un después tras la guerra. Y ahora esa postura, en 2018, es la de la izquierda pata negra.


NM: Además eso, es triste que este moralismo, este trato tan condescendiente y paternalista con el artista venga de la izquierda «tolerante» explicándole al artista lo que está haciendo sin darse cuenta.

En eldiario_es decía Dina Bousselham que la idea de España que transmitía el vídeo pertenecía a la narrativa del franquismo.


LS: Hay una España que queremos y se supone que todo ha de obedecer a esa España que queremos. Pues bueno, no sé, tío. A lo mejor es que idealizas tanto la España que quieres que después te das de bruces con la realidad, donde todo es más versátil, más ecléctico y mutable.

NM: Pero hacer sociología a ese nivel ¡con un videoclip! Ni siquiera con una película de Saura o…

LS: Lo cierto es que tampoco es que estemos indignados. Estamos flipando, pero muy contentos.

Lo de la apropiación en sí es una apropiación también, porque es una idea gestada en Estados Unidos que importarla no siempre tiene sentido.

LS: De un sentimiento de culpa nace una voluntad de reparación igual de intensa que esa culpa.

AB: Es que Estados Unidos tiene su realidad y trasladar esos conceptos aquí, que hay otra realidad distinta… Pero esta no es la primera vez, en otros proyectos también nos han pasado cosas relacionadas con la apropiación cultural. En un vídeo tuvimos que cambiar los peinados en posproducción para evitar problemas de apropiación cultural en Estados Unidos, porque se iba a emitir allí también. Yo alucinaba, fue hace unos años y no había oído hablar todavía de eso, pero allí ya estaban muy sensibles. No obstante, no creo que el fenómeno se pueda enfocar de la misma manera en Estados Unidos y en Europa.

En vuestra página de Facebook había gente quejándose de que habíais glorificado la tauromaquia.

NM: Es no saber mirar las cosas. La obra puede ser mejor o peor, pero es lo que es. Las imágenes están en función de una narrativa, no de una apología. También sale un atropello. ¿Eso quiere decir que estemos glorificando la inseguridad vial?

AB: Imagina que la Dirección General de Tráfico nos hubiera dicho algo (risas).

LS: Poner un desierto no quiere decir que quieras quemar un bosque.

En vuestro clip de Scissor Sisters salía un tipo cortando leña, igual estáis en contra de los árboles.


LS: ¡Amamos la deforestación!

NM: Cuando algo funciona siempre hay alguien a quien le ofende. Si a uno le gusta, siempre hay alguien que se significa frente al otro diciendo que lo odia.

LS: España de todos modos es un país de mucha tertulia, de mucho debate, de hablarlo y criticarlo todo. Lo quiero ver así.

NM: En internet el discurso que no responde a la verdad, el más ruidoso, es el que más se propaga. Es como lo que dice Eduardo Inda, que pone mierda y la gente la repite y la repite. Es más fácil hacer propaganda de lo que no existe que hacer algo bien y venderlo. Requiere menos esfuerzo.

Para un anuncio de ropa de Stella McCartney también habéis recurrido al flamenco.


AB: Lo dirigió Manson, que es el que hizo «De plata» con Rosalía en Los Ángeles, un vídeo que también tuvo bastante ruido. Aquí hizo este pequeño ‘fashion film’ con Stella McCartney Kids y encontró a esta niña que es una maravilla. Habíamos visto vídeos de ella en YouTube y era increíble. Y, efectivamente, también hubo una aproximación al imaginario del flamenco, ya que el proyecto nos llegó de la mano de la plataforma multidisciplinar A Flamenco Catharsis.

En España no hay una gran tradición de videoclips.

NM: El mercado español no es muy amplio. En la televisión pasa lo mismo y con los libros igual. Si vas a vender una serie o un libro intentan que agrade al máximo número de personas, porque si vas solo a un sector es tan pequeño que no es rentable.

LS: En Estados Unidos dan premios en los Grammy a categorías como música country y cristiana. Cuanto más rica es una sociedad, más específica puede ser la cultura. Aquí la industria cultural, la moda y la música florecieron en los ochenta, pero de una manera muy raquítica.

Sin embargo, ahora el videoclip está en auge, antes estaba restringido a programas minoritarios y DVD.

AB: Ahora mismo, y se ha visto en el caso de Rosalía, el vídeo es muy importante, fundamental. Estamos en una cultura visual. La gente consume imágenes aparte de música. La plataforma más usada para escuchar música es YouTube.

NM: Es que ahora haces un videoclip y lo ve todo el mundo. Antes no los veía ni dios.

LS: Ni nosotros.

NM: Los veían cuatro gatos, entre nosotros. Ahora un chaval de veinte años hace un clip y lo ven miles.

AB: Lo que ha cambiado es que las productoras se interesan por los clips. Antes éramos solo nosotros, pero ahora están invirtiendo todas y han dado más valor a sus directores. Han visto que hacer clips no es tirar el dinero, sino todo lo contrario. Ahora hay muchos directores españoles haciendo vídeos para gente de fuera, algo impensable antes.

NM: No pensamos ni que nos fuera a ocurrir a nosotros. Hicimos el del Guincho y de ahí surgió el primer internacional, que fue el de Scissors Sisters, que fue el que nos situó.

Muchos de vuestros clips tienen un toque erótico.

LS: Intento que el erotismo sea una manifestación tan natural como otras cosas que me gustan.

NM: De la misma manera que retratas un árbol de forma bonita, puedes hacer lo mismo con el cuerpo de un chico o una chica.

LS: Que no tienen por qué ser los genitales, el erotismo puede estar en un hombro. También la sexualidad puede ser oscura, con miedo… Como todo.

No sé si habrá habido muchos ‘cunninlingus’ en la historia del clip como en el que le hicisteis a Tame Impala.


NM: Queríamos establecer una relación de dependencia, de amor, entre un chico y una chica. Nos preguntábamos cómo hacer que ese chico estuviese desde el principio colgadísimo con ella.

LS: Era más narrativa, mostrar lo enganchado que estaba a ella.

NM: Acaba el ‘cunninlingus’ diciéndole «I love you». Podrían decirse eso mientras brindan con champán, pero preferimos que fuese después de comerle el coño.

Y en el de Beck la caballera que rescata al príncipe, por fin un cambio de roles.

NM: Pues eso estaba puesto al revés. Lo escribí yo y lo cambió Beck. Fue la única corrección que dio cuando recibió la propuesta, que fuese una chica el caballero en lugar de un chico.

Lo más genial de ese vídeo hay que atribuírselo a él entonces.

NM: (Risas) Quedó buenísimo. Yo partía de una foto de una tía de los años cincuenta megaborracha en una fiesta, en un club alemán, pero cuando él propuso cambiarlo vi que era mucho mejor.

¿Qué metodología tenéis para crear un vídeo?

LS: Funciona de muchas maneras, la canción tiene que calar, tiene que meterse dentro de ti. Intentar que la canción dé una respuesta visual en ti, es un poco sinestésico; una respuesta inconsciente a lo que estás escuchando, que no es una receta para el éxito, pero es un punto de partida. Otras veces solo ves imágenes, que es un poco alienante porque no es lo mismo ver imágenes en un libro que en la pantalla. Y después a veces utilizas ideas de otros proyectos o entornos que te gustan. El proceso de creación es algo bastante incontrolable en términos de escritura. No es nunca igual. En Tame Impala había una letra de alguien que estaba jodido porque le había dejado la novia y aparecía por ahí un tal Trevor que nadie sabía bien quién era. Decías: «Esto tiene pinta de triángulo interesante, oye ¿y si Trevor es un gorila?». Y así fuimos…

La referencia yo la entendí más por el hombre lobo de ‘Teenwolf’.

NM: Sí, pero hay una película de Nagisa Oshima del 86 en la que Charlotte Rampling se enamora de un gorila. ‘Max, mon amour’. Una señora burguesa que vive en París con su marido en una casa de la hostia, el marido les pilla follando, la de Dios…

LS: Lo bueno del videoclip es que te deja usar la imaginería de una manera muy sugerente. Haces que a la pelota le salgan pelos, que el campo de baloncesto venga de un vómito de sangre. Como no estás sometido a una narrativa, puedes hacerlo.

NM: En un clip tienes que estar pendiente de que la gente no lo cierre a los treinta segundos, pero no está tan sujeto a las normas clásicas de la narrativa. Hay que generar expectativas, usar armas narrativas para que el espectador se quede hasta el final, pero son solo tres minutos con lo que es relativamente más sencillo que en géneros más largos y exigentes.

LS: No es tanto prosa como poesía.

Los guiños a clásicos del cine son frecuentes.

NM: En Scissors Sisters había mucha buñuelada. De él tomamos hasta el tono de ‘El fantasma de la libertad’, ‘La vía láctea’, ‘Belle de jour’… Ese tono irreverente y un sentido del humor con el que siempre nos hemos sentido muy identificados. Buñuel para mí es lo máximo.

LS: Era un tío que desacralizaba, pero con un gran respeto a la liturgia y a la iconografía. Odiaba a los curas, pero respetaba la religión como fenómeno.

NM: Era un bromista nato, y en ‘Mi último suspiro’ cuenta que su última broma fue, en su lecho de muerte, con toda su familia reunida, pedir un cura.

LS: Era un burgués, pero no era hipócrita. No soportaba la autoridad ignorante de aquellos curas brutos, amaba la libertad, pero no podía renegar tampoco de sus raíces. Su mamá le pagó todo hasta que empezó a hacer películas. Más allá de todo esto y del respeto que le tenemos, empezó a hacer cine mudo con una fuerza visual y metafórica descomunal. Y eso son videoclips. Son lenguajes colindantes.

NM: Es algo que tiene más que ver con la poesía que con la prosa. Y en España hay pocos directores que no vengan de la escritura. Saura es uno de los pocos que venía de la imagen.

LS: Trueba una vez me dijo que para él el cine era un género literario más. Hay mucho director de cine español, como Gutiérrez Aragón, García Sánchez o Mario Camús que llegaban a la imagen a través de la idea.

NM: Scissors Sisters estaba lleno de imágenes de Buñuel, pero en el vídeo de Rosalía, cuando está en el camión, es Peter O´Toole subido al tren en ‘Lawrence de Arabia’.

LS: O Nicolas Cage en ‘Corazón Salvaje’.

NM: Esa era la imagen que yo tenía, que son las que te quedan porque te han seducido cuando las has visto. Con Godard nos pasó lo mismo, cuando lo vimos con veinte años nos alucinaba.

LS: Era un tío del que los directores de fotografía decían que sabía más que ellos. Tenía algo que conmovía, era una persona encerrada en sí misma, con problemas de relaciones, era muy emocional e intelectual y todo le salía muy bonito; muy bonito en los sesenta, claro. Era como alguien encerrado en una sensibilidad y con una necesidad constante de manifestarse, durante doce años hizo una película o dos al año. Me fascina.

¿Cómo empezó Canadá?

LS: Éramos tres amigos, como la película de Chevy Chase. Nico, Luis Cerveró, que dejó CANADA en 2013, y yo éramos muy amigos, trabajábamos como realizadores. Compartíamos una sensibilidad, videotecas, DVD, vivíamos juntos, salíamos de fiesta y eso, éramos muy amigos. Sobre todo compartíamos la infelicidad que produce el trabajo al ser humano, así que decidimos unirnos para, bajo un nombre común, trabajar por nuestra cuenta. Para crear todo esto necesitábamos a alguien para ponerlo en marcha y ahí nos fuimos a buscar a Alba. Era 2007. Todavía guardo el ticket de El Corte Inglés de la primera reunión. Salía el nombre del camarero: Jorge Pérez.

NM: A mí me tocó venirme desde Madrid. El nombre de CANADA tiene un origen formal: tres sílabas con la misma vocal y distinta consonante, como nosotros, que éramos tres directores con sensibilidades similares pero con un elemento diferenciador. Y también porque Canadá es un país que nos parecía representativo de la cultura con la que nos sentíamos identificados. Es un país muy extenso, con zonas inexploradas y salvajes pero al mismo tiempo muy civilizado. Es americano, pero también tiene cultura europea, francesa. Un país con pocos enemigos, es amable. Y es sonoro.

LS: Cogimos este almacén, que llevaba abandonado desde los ochenta, y lo convertimos en nuestra oficina.

NM: Lo rehicimos entero.

Teníais una estructura de cooperativa o colectivo.

NM: Fundamentalmente lo que queríamos era trabajar con los clientes sin pasar por las agencias y… jamás lo conseguimos (risas). En ningún proyecto.

AB: Pensábamos que con internet sería posible. Con Mango, por ejemplo, que no va con agencias, hicimos cosillas. Pensábamos que habría un filón en las empresas que no van con agencias, pero no lo hubo. Era cuando internet era gratis, ahora no, ahora hay que pagar para estar en internet.

NM: No conseguimos hacer prácticamente nada y tuvimos que vivir de hacer anuncios con agencias. Seguíamos trabajando con el nombre de CANADA dentro de otras productoras. El dinero que ganábamos lo invertíamos en la empresa.

LS: En madalenas.

NM: Hacíamos buenas guerras de madalenas, porque como ahora vienen envueltas en plástico, no se desmigajan. Así estuvimos dos años, como una especie de estudio de un director que era CANADA, produciendo material deficitario hasta que logramos que lo que hacíamos se viera fuera y se amplió nuestro mercado.

¿Eso fue por el videoclip de El Guincho?

AB: Ese fue el punto de inflexión

NM: Lo vio poca gente, pero en todas partes.

LS: Fue como, hostia… ¡Estamos en el mundo!

AB: Hacíamos clips de cuatro mil o cinco mil euros y de repente con Scissors Sisters fue un cero más. Ahí entró Óscar Romagosa, productor ejecutivo y pasamos a ser una productora. Aquí ha sido a la inversa, de un director ha salido una productora y no de una productora un director, como es habitual.

Le dijisteis que no a Madonna.

AB: Nos lo pidieron de un domingo para un lunes

LS: No es que le dijéramos que no a Madonna, es que no podíamos. Fue imposibilidad. Estuvimos los tres en tres ordenadores distintos a ver qué se nos ocurría y no se nos ocurrió nada.

AB: Los proyectos megagordos son así, te lo piden para el día siguiente y rodar en una semana. Es para decirles: «Venga, tío».

NM: El otro día mandaron una canción de The Carters, el proyecto de Beyoncé y Jay Z, que era para rodar en seis días en París. Nosotros tardamos normalmente dos meses en preparar un clip. Lo intentamos, enviamos una propuesta a ver si decían que sí, pero nos respondieron: «They don’t likeit» y se acabó. Para que hagamos un clip se tienen que dar muchas circunstancias. Puede que acabemos de grabar uno, que haya llevado dos meses, y no podamos hacer otro porque es un gasto, es una inversión para la productora. Puede llamar no sé quién, quien sea, que nosotros no nos metemos en otro fregado. Llegan canciones todos los días. Un día enviaron los Rolling Stones, también pidiendo una propuesta de un día para otro, y nosotros estábamos en Los Ángeles. Paul McCartney lo ha hecho dos veces. De Beyoncé han llegado varias. Encima con presupuestos de cien mil dólares, que son ridículos.

LS: Cien mil dólares se los gasta Beyoncé en pasta de dientes.

NM: Para una producción que mueve a sesenta personas calcula solo en sueldos lo que puede ser. Ellos juegan también a que a ti te interesa, porque hacerle un vídeo a Beyoncé te da una visibilidad que… Luego sí que es verdad que se aumentan los presupuestos, pero el de Madonna que hizo Megaforce, que son unos franceses muy buenos, nos contaron que empezó con doscientos mil y acabó en setecientos de los que trescientos mil se fueron en peluquería de ella. Con peluquería me refiero a sus tres asistentes, la ropa y tal. Pero pueden permitírselo, Tame Impala vinieron con treinta mil euros y luego nosotros ponemos mucho más, porque un clip no cuesta eso, evidentemente.

En el de Phoenix había horror vacui, los músicos hacían de todo y pasa todo lo posible. ¿Qué pudo costar eso?


LS: No sé si es realista decirlo. Una cosa es lo que cuesta y la otra lo que vale. La cifra que te podamos dar no representa tampoco lo que vale. Siempre llega pasta, pero tú pones más.

AB: Hacer un clip es nuestra publicidad en el fondo, luego vienen clientes a buscar eso que hemos hecho en el vídeo musical.

MN: Si sale bien, te da para un año trabajando.

Pero de dónde salió la idea de hacer… todo.

MN: La canción iba sobre ser lo más ‘cool’ posible, por eso hacen tantas cosas.

Siempre ponéis algo ‘vintage’ en vuestros vídeos, desde los muebles en el clip de She&Him, las patillas del primer tipo que sale en el de Scissor Sisters…

LS: Lo que ocurre es que lo antiguo permanece: si ves un mueble de los años veinte, ahora te parecerá de los años veinte, pero entonces era del presente. El presente pasa desapercibido en el presente. Dentro de veinte años lo que pasaba en 2018 será totalmente 2018, pero ahora no lo ves. Ahora solo detectas lo que puedes etiquetar como de los ochenta o como setentero. Lo antiguo está connotado y lo contemporáneo todavía no.

En el de Vogue, sale ahí un Volvo antiguo también.

NM: También ocurre que, por ejemplo, cuando fui a comprarme un coche, me encantaba un Honda que resultó ser del 96. Y si ves el de ahora es que es horrible. Son también los gustos que tienes.

LS: También había cosas feas antes, pero sobrevivieron las bonitas. Selección natural que nos afecta a todos.

Vuestro sello discográfico tiene cuatro mil seguidores en YouTube, el canal de Vimeo de la productora tiene 144 000 ¿Por qué mantenéis la discográfica?

LS: No la montamos para hacer dinero, sino para hacer discos. Dos objetivos opuestos. Tanto que ya no hacemos discos, pero llevamos a los artistas que nacieron al amparo de la marca. Tenemos una pulsión un poco fetichista y nos gustaba la idea de sacar vinilos más que cedés. Para mí, por poner una metáfora un poco cursi, el sello es un pulmón. Al no ser una idea para forrarte, es un entorno que es bueno dentro de una empresa. Hay que trabajar para que no haya pérdidas, su contexto es la supervivencia, pero son más libres, la gente joven se acerca, se hacen fiestas. Es una vía de salida y de contacto con la juventud, que es fundamental para nosotros. Y no lo hacemos porque creamos que nos va a dar ‘followers’ entre los jóvenes, sino porque nosotros empezamos con esto siendo jóvenes y nos pasábamos la vida en los bares.

AB: Nuestra conexión con la música era evidente, hacíamos videoclips, por eso quisimos involucrarnos más. Porque haces un vídeo y al final termina siendo un link. Curramos mogollón y solo queda una url. Tener el objeto lo veíamos como algo bonito. Canadá Editorial es como otro mundo. La gente de la música se sorprende al descubrir que luego también hacemos anuncios y viceversa.

Montáis las famosas fiestas Marabú.

NM: Empezaron en la sala Marabú, por eso tienen ese nombre. La discográfica la llevan Borja Rosal, Alba Blasi y Juan Cervantes, les pedimos que intentaran sacar provecho a la infraestructura que teníamos. Su trabajo diario era intentar vender discos, lidiar con grupos, organizar los conciertos y como era difícil ganar un sueldo decente así, organizamos también las fiestas.

AB: La primera fiesta se llamó Nueva Época porque se hizo en la sala Nueva Época. También queríamos rescatar sitios por los que no habíamos salido, pero siempre habían estado ahí. Salas de rollo latino o donde iba gente mayor a bailar, pero que eran muy chulas. Queríamos recuperarlas.

NM: Al final, el sello es más que nada la oficina de ‘management’ de los artistas.

¿Cómo pudisteis fichar a Bad Gyal?


Borja Rosal: En el Marabú dio uno de sus primeros conciertos y ahí nos conocimos. Ella no necesitaba un sello exactamente, sino una plataforma de desarrollo.

AB: Muchos medios querían contactar con ella y no sabían cómo, y como yo llevo prensa de otros artistas y conozco a los periodistas, me llamaban a mí. Le empecé a pasar entrevistas a Bad Gyal y ahí surgió la relación. Fue todo muy natural y al final los artistas siempre necesitan a la prensa.

Se ha dicho que era una estrella que no necesitaba discográfica, que estaba cambiando el sentido de la industria porque con YouTube le bastaba.

FC: Al final lo que se ha construido es una oficina que hace de sello, le llevamos el ‘management’.

AB: A la palabra discográfica le tienen pánico. Rechazo. Siempre ha estado esa idea de que las discográficas les sacaban el dinero y esta generación se dio cuenta de que por ellos mismos podían llegar lejos autoeditándose. Pero cuando tienen repercusión, un artista necesita una estructura. Otros artistas no, siguen tirando solo de YouTube. Pero ella sola no puede con todo lo de derechos digitales, ‘royalties’, etc…

FC: Esta generación de música urbana que está llegando al ‘mainstream’ ahora, cuando hablan de no estar en una discográfica, a lo que se refieren es a no estar en una multinacional.

AB: Aparte, ahora a ella le viene mejor hacer un ‘story’ en su Instagram, que lo ven de golpe setenta mil personas, que dar una entrevista en la radio. Por otro lado, a una artista que ha llegado tan lejos ella sola no vas a llegar y a decirle: «Ahora te vamos a cambiar el estilismo». Nos limitamos a seguir su línea, amplificar sus ideas, etc… Ella gusta y tiene muy claro lo que le gusta y lo que no.

Al modelo de negocio de la discográfica que crea un producto se le ven las grietas.

FC: En parte sí.

AB: En el ámbito ‘mainstream’ ya verás ahora que ha triunfado Rosalía como saldrán de repente dos Rosalías más en Universal o Sony. El mercado ha funcionado así, buscando hacer artistas que se parezcan a los que triunfan en lugar de localizar talento y desarrollarlo.

De los vídeos de C. Tangana y Bad Gyal que hay colgados en vuestras redes me llama la atención que se les vea fumar y beber alcohol de esa manera, incluso hablan de drogas y salen ahí bolsas y rayas de cocaína, como eso de «no tengo tiempo para gramear» de C. Tangana, o en «Candela» de ella.

AB: Candela lo hizo Manson. Estaba Red Bull detrás, se llevaron a Bad Gyal a Jamaica para hacer unas ‘master class’ con un coreógrafo jamaicano. Nos contrataron para grabar un documental, pero aprovechamos para sacar también un clip. El de C. Tangana también es de Manson. A veces nos ha pasado que si hay una marca nos ponen unas condiciones. Pero las marcas que van a buscar a alguien como C. Tangana no son El Corte Inglés.

NM: Cuando hicimos el vídeo de Beck pusimos a una chica fumando y el representante de Capitol Records vino y nos dijo: «Esto Beck no lo querrá». Pero lo metimos y entró.

LS: Nosotros hacemos lo que el artista hace. Si él fuma y bebe y sus letras van de eso, pues eso sacamos.

AB: C. Tangana hace lo que le da la gana y tiene a todo el mundo acercándose a él. Solo ha cambiado que en el «Antes de morirme» hablaban de follar y tal, cosas que no pueden salir en ‘Los 40 principales’. Luego «Mala mujer» es igual de gamberro, con su rol y tal, pero no dice follar y en ‘Los 40’ está. Son censuras absurdas, tampoco puedes enseñar un pezón en Facebook. Mucha gente acusa a C. Tangana de haberse vendido al ‘mainstream’, pero sigue haciendo vídeos atrevidos. Yo creo que hace lo que quiere y ahora todas las marcas se quieren acercar a ellos.

A la hora de estar en contacto con la gente de veinte o veinticinco años, que decís que os da frescura. ¿Hacéis ‘scouting’ por YouTube?


NM: Intentamos estar al loro de lo que hacen los jóvenes e intentamos que entre sangre fresca en CANADA.

AB: Los equipos de producción jóvenes pueden tener poca experiencia, pero tienen una energía que hace que las cosas se hagan de otra manera. Por eso seguimos intentando estar conectados con las nuevas generaciones y traer a gente que acaba de terminar sus estudios.

El noventa por ciento de realizadores que contratáis no tienen pasado en otras productoras.

NM: Casi siempre buscamos gente joven que no tenga carrera.

AB: Nos gusta coger gente con su personalidad, pero que le falte todavía, y que crezca aquí con nosotros.

En TV3 se parodió vuestra modernidad, se considera que pertenecéis a un mundo ‘hipster’, pero ¿qué es lo ‘hipster’?

LS: Tengo la sensación de que lo ‘hipster’ es una palabra que utiliza alguien desde una perspectiva un poco provinciana cuando encuentra algo que no es capaz de entender. Ve algo joven, moderno, retro o lo que sea y lo llama ‘hipster’ y se queda tan tranquilo. Es algo con una connotación despectiva, cargado de desprecio.

NM: Me parece curioso, porque estamos al día de las cosas que suceden, pero nuestras referencias son clásicos. Cuando hablábamos de los vídeos de Rosalía, hablábamos de Saura, de su ‘Carmen’, de Bigas Luna…

LS: Parece también que el ‘hipster’ es un apropiacionista (risas) de lo retro, el que va a la biblioteca, toma un libro de algo antiguo y se pone barba porque pensaba que se iba así en los setenta. Si ese es el hipsterismo, nosotros no somos así. Somos contemporáneos a nuestra propia vida, de niños los ochenta, y luego los noventa, que tenías referencias culturales pero no te preocupabas de qué época era cada una.

Tenéis una oficina en Londres. ¿Qué diferencias hay allí comparado con España en este negocio?

LS: Estar en la capital de mundo que inventó el capitalismo y luego España, que se resistió de alguna manera… (risas) En términos generales, para empezar, las agencias de Londres son más arriesgadas. Tienen un diálogo menos jerarquizado y menos hermético con la gente que contratan, con los realizadores y las productoras. Es un diálogo más al mismo nivel. Porque no consideran que tengan que hablar contigo en un idioma distinto, te dicen lo que quieren, generalmente buenas ideas, y tú trabajas siguiendo esa senda. Hay más naturalidad.

NM: Vienen a buscar algo diferenciador, sea lo que sea. Eso no pasa tanto en España. En la industria de la publicidad en España, que es de lo que nosotros vivimos, lo que impera es el miedo y el conservadurismo. Aquí todo el mundo trabaja en una especie de mini pánico porque piensa que le van a echar.

LS: Y el miedo al de arriba se convierte en menosprecio al de abajo.

AB: Nosotros que trabajamos con directores jóvenes, nos cuesta a veces venderlos porque no tienen anuncios en su currículum. Igual han hecho videoclips y cortos, es un tío que sabe, pero no lo quieren para un anuncio porque no ha hecho anuncios. O si quieres hacer un anuncio de coches, te dicen que es que nunca ha hecho coches. Pero algún día tendrá que hacer el primero ¿no?

NM: Aquí no nos los coge nadie, los mandamos a Londres, allí sí ven que son buenos, los contratan, hacen tres anuncios y entonces sí que los quieren en España. De hecho, es que aquí nunca se fijaban en los videoclips que teníamos, lo veían como cosas raras. Sin embargo, en Londres en lo que se fijan es en eso. Allí no querían saber nada de nuestros anuncios.

AB: Un director que en España lleva tres años intentando meter algo, que tienes tú que gastarte dinero en su trabajo, de repente va a Londres, le cogen y le dan un presupuesto razonable.

NM: Porque se arriesgan, si ven que tiene un elemento diferenciador le cogen para dejarle hacer.

LS: Pero tampoco es jauja.

NM: Sí, pero son conscientes del riesgo que implica. Si quieres hacer algo bueno, siempre tiene que estar en el límite de que sea una mierda.

LS: Son más cosmopolitas, si ven algo fuera que pueda enriquecer la cultura británica, lo toman. Eso sí que es buen apropiacionismo. Integra la diferencia y el talento. España es más homogénea y más pacata.

NM: Al final, el miedo se traduce en que no te dejan trabajar. Están encima de ti, hay falta de confianza. Los que te dejan trabajar, que en España también te los encuentras, son después los que más éxito tienen.

LS: Luego, en lo malo, en el mundo anglosajón son demasiado simpáticos y un poco falsos. Todo es ‘amazing, amazing’ y luego resulta que lo que tienen delante es una pared pintada.

La magia hoy día está en la sala de posproducción, es una frase vuestra.

LS: Antes si a Buster Keaton se le caía una casa encima tenía que estar ahí, atento al hueco de la ventana, para que se le cayese, porque se le caía en sentido literal. Eso ahora lo haces en la mesa de posproducción. Antes el cine se llamaba cine de atracciones, cogían y te electrocutaban un elefante y se grababa, o se hundía un barco. Luego esa ilusión, que era verdadera, se falsificó. Pero sigue habiendo de todo, Zemeckis rodó una película entera con un fondo verde y luego la hizo en posproducción. Wes Anderson, sin embargo, prefiere poner todo delante de la cámara.

Lo relacionabais con las redes sociales, donde nos damos posproducción a nosotros mismos.

LS: Bueno, lo que la gente hace ahora en las redes sociales ya se hacía antes. La gente se maquillaba para parecer más guapa, hombres incluidos, en el siglo XVIII. Lo que pasa es que ahora el salón donde se juega a las cartas en ‘Barry Lyndon’ es todo. Es tu cuarto, es tu casa, es todo, todo, todo. Pero la vanidad que criticamos hoy en día es la misma de hace siglos. Los seres humanos son muy parecidos, cambian las condiciones, que también cambian al ser humano, pero no me atrevería a decir que antes éramos menos presuntuosos y más elegantes y ahora menos.

viernes, 24 de noviembre de 2017

#hemeroteca #historia | Ferrocarril de la muerte al fin del mundo

Imagen: Jot Down / Tren de suministros para población prisionera deportada a Siberia
Ferrocarril de la muerte al fin del mundo.
Octavio Domosti | Jot Down, 2017-11-24

http://www.jotdown.es/2017/11/ferrocarril-al-fin-del-mundo/

Si hoy en día escuchamos a alguien hablar del «Ferrocarril de la Muerte», en principio pensaríamos en nazis o en una novedosa instalación de un parque de atracciones, aunque si también nos facilitaran el nombre oficial del tramo (Salejard-Igarka) afinaríamos más la localización y, seguramente, hasta aventuraríamos con gran seguridad el momento histórico. En efecto, se trataba de un tramo ferroviario de la URSS en tiempos de Iósif Stalin.

Con el objetivo de unir por tren Moscú con las zonas más alejadas de Siberia y así cohesionar el territorio, construir bases nucleares apocalípticas, extraer materias primas y reducir el número de reclusos, Stalin envió a unos cien mil prisioneros a construir ese tramo en unas condiciones dantescas y aquello se saldó como todos imaginamos. El dictador de formidable mostacho, ya sea porque era un megalómano mesiánico o un psicópata (en general, lo primero implica lo segundo), o porque tenía todos sus ahorros invertidos en funerarias, entre 1949 y 1953 se apuntó otras decenas de miles de muertes a su abultada cuenta particular en la construcción de casi 700 km de los 1300 km del trazado total. En cuanto murió Stalin y se enfrió lo suficiente el cadáver como para no temer que pudiera mandar a nadie más a Siberia, los dirigentes soviéticos pararon en seco la construcción, no solo por motivos humanitarios, sino porque aquello estaba siendo un sinsentido.

En la época veraniega, el armamento de vía se hundía bajo su propio peso en un fangal, sin siquiera pasar material móvil, y la habitual precisión milimétrica que exige el ferrocarril en aquel trazado se tornaba en métrica por los movimientos del suelo tanto en planta como en alzado: la vía quedaba como una cuerda en un bolsillo. Hoy en día aún se puede fotografiar lo que queda de algunos tramos que están desapareciendo lentamente en el terreno como si aquello fuera la digestión de un sarlacc. La causa de este desastre se debía al permafrost que, como su propio nombre indica, es una capa del suelo que está permanentemente congelada. Sobre esta franja se encuentra el suelo propiamente dicho que en el periodo invernal también está congelado al estar en contacto con hielo y nieve y que, cuando llega el tiempo cálido, el deshielo mezcla y forma un barro bastante espeso. Contrariamente a lo que nos indica el sentido común, las cargas que el ferrocarril transmite al terreno no son tan altas como podríamos sospechar: si cada rueda soporta 10 toneladas de carga, el balasto transmite a la plataforma en torno a 1 kilo por centímetro cuadrado (un terreno normal para cimentar se suele considerar que soporta 2 kilos por centímetro cuadrado). Pero es que cuando el suelo prácticamente fluye como el chocolate a la taza, cualquier peso es excesivo: los carriles y traviesas sobre aquel terreno se comportaban como un cuchillo sobre gelatina. En vista de este desastre, tuvieron que pasar unos cuantos años antes de que alguien volviera a plantearse un ferrocarril faraónico sobre el permafrost.

Bovanénkovo
Entre 1958 y 1964, un equipo capitaneado por el geólogo Vadim Bovanenko redactó un estudio de los recursos minerales de la península de Yamal, situada algunos cientos de kilómetros al norte de la infausta Salejard-Igarka y por encima del círculo polar ártico, donde se concluía que en el subsuelo se encontraban bolsas colosales de gas. Hoy en día se estima que los yacimientos de Yamal llegarán a suministrar del orden de trescientos sesenta mil millones de metros cúbicos de gas al año: es un número tan grande que se pondría mejor en contexto con el ‘emoji’ de la bailaora flamenca que con campos de fútbol.

En 1971 se confirmaron las predicciones del estudio y se descubrió uno de estos yacimientos, que se nombró Bovanénkovo como homenaje póstumo al geólogo que había descrito su ubicación. La explotación de estos gigantescos recursos necesitaba en primer lugar de vías de comunicación para acceder e instalarse y ya, con el tiempo, se iría viendo cómo extraerlo, porque se consideraba demasiado caro con la tecnología disponible en aquel momento. Con este fin comenzaron las obras de la línea férrea a mediados de los años ochenta, con más voluntarismo que certeza puesto que no estaba muy claro cómo iban a resolver con éxito lo que les supuso la ruina en el Salejard-Igarka. En ello estaban cuando la historia llamó a la puerta: la URSS se desmoronó y la construcción del ferrocarril, como tantas otras cosas, entró en un periodo convulso hasta que finalmente se paró. Del trayecto Moscú-Bovanénkovo estaban construidos unos 2400 kilómetros, pero faltaban los casi seiscientos kilómetros más complicados, los que estaban más al norte.

La situación cambió con Vladímir Putin en el poder, cuando declaró proyecto estratégico nacional la explotación de los yacimientos de gas en «el fin del mundo», que es lo que significa Yamal en la lengua local. A través de Gazprom, el gigante gasístico estatal-privado ruso, se retomó el asunto englobándolo bajo el bilbaíno nombre de «Megaproyecto Yamal», donde, además de gasoductos, puertos, instalaciones para la extracción y demás parafernalia industrial, también se encontraba la finalización de la vía férrea que lo comunicaría con Moscú con la ejecución del tramo Obskaya-Bovanénkovo-Karskaya, de unos 572 kilómetros de longitud. Este ferrocarril era vital para llevar provisiones, equipos técnicos, materiales de construcción y personal a los distintos yacimientos de la península, por lo que su construcción se priorizó a todos los niveles, siendo el primero de todos el investigador. Que sí, que allí había gas para dar y tomar, pero el terreno natural sobre el que debía circular el ferrocarril seguía siendo uno de los peores posibles, con comportamientos muy variables a lo largo del año, con diferentes acciones del agua tanto sólida como líquida y, aun siempre con un frío atroz, con variaciones de temperatura de en torno a cincuenta grados entre verano e invierno: en definitiva, el sueño de todo ingeniero en una cálida noche sufriendo una digestión muy pesada y con un tipo dándote martillazos en las rodillas.

La solución que dieron los investigadores rusos consiste en un sistema de aislamiento térmico combinando espuma de poliestireno y geotextiles con capas de arena húmeda que a temperatura ambiente rápidamente se congelan y endurecen. Protegiendo además los laterales del terraplén con siembras y geotextil, con incontables drenajes transversales para evitar que las aguas del deshielo queden retenidas por el efecto dique, y con el esfuerzo de unos siete mil quinientos trabajadores en las tremendas condiciones climáticas invernales de Yamal, han conseguido que la plataforma se mantenga en su sitio y con suficiente consistencia durante todo el año.

El puente sobre el Yuribéi
Otro de los grandes hitos ingenieriles de esta línea es el cruce del ferrocarril sobre el río Yuribéi. En la época fría, el río ocupa un canal natural de entre doscientos y trescientos metros y permanece helado, pero con el deshielo de junio y julio, y debido a las grandes planicies de Yamal, el cauce pasa a tener de tres o cuatro kilómetros de anchura, ocupando toda la llanura de inundación.

Los ingenieros diseñaron un puente con una vida útil de cien años, una cifra desorbitada o muy optimista para este entorno. Dado que hay dos cauces típicos (el invernal y el de deshielo), se dieron dos soluciones distintas: el cauce invernal se salva con dos vanos de unos 110 metros de luz cada uno, materializados con clásicas celosías tipo Warren con montantes verticales, mientras que la llanura de inundación veraniega se cruza con 107 tramos de unos 34 metros de luz cada uno también con estructura metálica, hasta completar un total de 3,9 kilómetros de longitud de puente. La mayor parte de la estructura metálica se construyó en taller y se llevó a obra por carreteras heladas en medio de ventiscas de nieve, operación digna de un especial del programa ‘Transportes imposibles’. En esta tipología de vigas metálicas no hay nada extraordinario, aparte de que si en España ya hay que prever condiciones especiales de ejecución por debajo de 4 grados de temperatura, imagínense materializar esta estructura en un lugar en donde el mercurio solo alcanza esa cifra en los días más calurosos del año. Si llega.

Lo más destacable del puente sobre el Yuribéi, el autoproclamado más largo del mundo por encima del círculo polar ártico, es su cimentación en nuestro amigo el permafrost. Unas pilotadoras tremendamente potentes y resistentes para trabajar a tan baja temperatura perforaron el terreno congelado hasta llegar a 40 metros de profundidad en el mismo. Los pilotes de entre 1,2 y 2,4 metros de diámetro quedaban firmemente empotrados y, mediante un procedimiento llamado estabilización térmica, se congelaron conjuntamente con el permafrost formando una estructura monolítica pilotes-terreno natural como si fuera un peine del revés. Después, sobre la cabeza de los pilotes se colocaban los cargaderos en los que finalmente se apoyaron las vigas metálicas antes mencionadas. Por si el proceso no era suficientemente complicado, Gazprom consiguió finalizar la construcción del puente en solo 349 días, si lo prefieren más de diez metros de avance de puente al día, una cifra espectacular, insistimos, en un entorno como la península de Yamal.

Viaje con nosotros
El tramo Obskaya-Bovanénkovo-Karskaya es propiedad de Gazprom y en principio solo es usado por sus trabajadores, aunque es posible hacer una ruta turística en tren desde Moscú. Es raro que alguien pague los más de tres mil euros que cuesta el viaje en el llamado Yamal Polar Express a un lugar donde lo único que podemos hacer los occidentales es extraer gas o morirnos, pero ya saben, hay gente para todo. Lo que no vamos a negar es que el viaje tiene cierto sabor de aventura, sobre todo cuando te enteras de que el tren lleva un vagón de rescate con una enorme grúa de 150 toneladas por si hay un descarrilamiento o un atrapamiento, o de que hay un generador diésel de reserva para que los pasajeros no mueran congelados mientras se solventa alguna posible avería.

El trayecto dura un día (la velocidad está limitada a 40 km/h) y, como se aprecia en el documental ‘Trenes extremos: los trenes de hielo de Siberia’, se hace muy largo porque el paisaje es desolador en invierno, sin árboles ni vegetación, todo cubierto de nieve y hielo. Y no tienes ni la posibilidad de emborracharte porque Gazprom, en un riguroso control de accesos por seguridad, prohíbe subir al tren con bebidas alcohólicas. Lo único que te puede alegrar un poco al mirar por la ventanilla son los renos que pastorean los duros y pacientes nenets, la etnia indígena de Yamal, que solo se han quejado del ferrocarril porque algunos de sus renos se han roto la pata con la vía férrea.

martes, 21 de noviembre de 2017

#hemeroteca #memoria #franquismo | Los críticos musicales del franquismo y la creación del «buen gusto» español

Imagen: Jot Down / Coros y Danzas de la Sección Femenina 'Madridejos'
Los críticos musicales del franquismo y la creación del «buen gusto» español.
Álvaro Corazón Rural | Jot Down, 2017-11-21
http://www.jotdown.es/2017/11/los-criticos-musicales-del-franquismo-y-la-creacion-del-buen-gusto-espanol/

Hace dos años comentamos con el historiador del flamenco Juan Vergillos el impacto que tuvo la Guerra Civil en este género musical. Según explicó, era el arte más popular de España y se codeaba con las vanguardias de los años veinte y los treinta, pero tras la guerra hubo un cambio radical. El régimen se ocupó de despolitizar el flamenco y lo convirtió en un «fenómeno étnico». Antes, había sido un género precursor de la canción protesta de los años sesenta, abordaba temas sociales de actualidad y no faltaron fandangos republicanos con loas a la bandera tricolor.

Este año ha salido un libro que abunda en esa fractura, la que se produjo en la música española tras la guerra, pero hace referencia a la música clásica. Lo ha publicado Eva Moreda Rodríguez, de la Universidad de Glasgow. Se titula ‘Music Criticism and Music Critics in Early Francoist Spain’ (Oxford University Press, 2017) Su lectura me ha dejado fascinado. Como todo el mundo sabe, la figura del crítico musical siempre ha sido controvertida, quizá solo la del crítico de cine ha podido serlo más, y es realmente divertido, de reír por no llorar, descubrir que las manías y obsesiones típicas de estos plumillas también estuvieron presentes en un proceso de gran magnitud y terribles consecuencias como fue la implantación del Estado franquista en los años cuarenta.

Cito, por ejemplo, a uno de los primeros en desfilar por estas páginas. Joaquín Turina, que admitía que la guerra había dejado un vacío en la producción musical española, pero subrayaba que había sido para bien, porque en la II República el arte se estaba deshumanizando con tanta innovación y tendencias ‘avant-garde’. Proclamó: «La victoria de nuestros soldados ha barrido, al menos en el ámbito de la música, toda esa confusión». Se conoce que al hombre no le gustaban esos que hoy se conoce como modernos.

Parte de ese supuesto sindiós de música vanguardista venía por el Grupo de los Ocho. No eran muy numerosos, como su propio nombre indica, pero tuvieron su importancia. Me cuenta Moreda: «irrumpieron en la escena musical española en los años veinte con ganas de cambiarlo todo de arriba abajo y a menudo con una cierta arrogancia». Pero la clave fue que con la llegada de la República, uno de ellos, Salvador Bacarisse, entró en la Junta Nacional de Música de la República junto a otros personajes cercanos al Grupo, como Adolfo Salazar y Óscar Esplá. Y durante la guerra, tres miembros de los Ocho integraron el Consejo Central de Música de la República y otro compositor cercano, Gustavo Pittaluga, fue diplomático.

«Por estos motivos, se asoció la música de vanguardia a la ideología de izquierdas», sentencia la autora, «así, el Grupo de los Ocho se convirtió, aunque de manera velada, en una especie de símbolo de lo que gran parte del ‘establishment’ musical del primer franquismo no quería, tanto musical como políticamente». El vacío que dejaron estos músicos y sus instituciones, como la Residencia de Estudiantes o Unión Radio, esperaban que se llenase con compositores de tendencias tradicionales.

Del mismo modo, el crítico Antonio de las Heras se alegró de que la Orquesta Filarmónica de Madrid perdiera a la mayoría de sus miembros en la guerra porque se trataba de un grupo «que presidía Azaña y que tan marcado matiz izquierdista había en sus huestes», escribió. Nemesio Otaño, otro crítico, sostenía en sus textos que la vida musical de la posguerra era mucho más viva que la del 36, aunque luego, señala la obra, en sus cartas a Manuel de Falla escribió que, con la excepción de las visitas de Herbert von Karajan en 1941 y 1942, la vida musical de Madrid era «sencillamente mediocre».

La realidad era la que era. El propio Falla se negó a regresar a España y a un compositor como a Antonio José Martínez lo fusilaron. «Cuando reanudan la temporada orquestal en septiembre de 1939, se vieron desbordados para encontrar buenos directores de orquesta», explica la autora.

Al menos lo que sí que hubo fue crítica. En el III Reich, Goebbels la eliminó por considerarla un elemento perturbador del orden y creador de polémicas. En España no fue así, aunque se buscó, en palabras de Moreda, que fuera siempre una crítica positiva para apoyar la construcción del nuevo régimen.

Estéticamente se pervirtió el concepto de «hispanidad» que había habido hasta entonces, por norma general, en la cultura española. Los nuevos matices del concepto ahora eran falangistas. Había que restaurar el pasado edénico, aunque en un país como España no era fácil. Para unos músicos, dice la profesora, era volver a la música tradicional, para otros, a la antigua, y también había quien teorizó que la hispanidad era solo un espíritu, no una técnica.

Moreda pone un ejemplo: «Cuando Rodolfo Halffter vuelve a aparecer en los programas de conciertos en los sesenta con su música dodecafónica, que en principio nada tiene que ver con ninguna tradición existente en España, algunos críticos intentan buscarle la hispanidad en el hecho de que usa el dodecafonismo de forma sobria y comedida», cita.

Otra idea que se heredó fue la de la generación del 98 y su defensa de Castilla como la esencia de España, con la contrariedad de que en el extranjero se identificaba la esencia española con el folclore andaluz. «Contra el andalucismo hubo una cierta sospecha porque parece que fue el camino fácil para promocionar la música española en el exterior. Pero en el franquismo estos discursos se aplicaron mucho también a la música de Falla, cuyas obras de juventud son más andalucistas y las de madurez se consideraban más próximas a la austeridad del castellanismo», señala.

Algunos críticos arremetieron contra la música de los tablaos, como contamos aquí, aunque para Moreda conviene matizar que esa corriente proviene también del antiflamenquismo de principios de siglo de la aludida generación del 98 y no era un arrebato exclusivamente franquista, si bien en el nuevo régimen se continuó en esa línea.

Un exponente de esta orientación era el crítico Regino Sainz de la Maza, guitarrista burgalés, que promovía un regreso al pasado histórico español. Él volvió a España durante la guerra —estaba de gira— y su gesto fue elogiado como el del artista que abandona su carrera en el extranjero para aterrizar de vuelta en un país en el que ya no hay lujos, los cuales no necesitaba como el austero castellano que era, decía la propaganda.

Antes de la guerra, Lorca le dedicó un poema a Sainz de la Maza. Pero este, en su nueva piel, tras el 18 de julio, tuvo que cortar con todos sus amigos anteriores, algunos de ellos compositores de vanguardia. Desde entonces, en sus críticas destacaban las alegorías que empleaba con España. Escribía que las orquestas sonaban bien, pese a todos los desastres que había sufrido el país en la contienda, porque en España, venía a decir entre líneas, se superaban las dificultades. Era el discurso triunfalista del franquismo filtrado a través de la afinación de instrumentos de cuerda.

En uno de sus primeros artículos en ‘ABC’ celebró que el misticismo, la poesía épica y la canción tradicional florecían de nuevo en el español «ardiente y amorosamente». Y proclamaba el derecho de todo español a «entender» la música, ahora que por fin estaban libres de ese «miedo infantil» a no saber por qué era bueno lo que le estaban tocando si era demasiado moderno. Era un discurso antiintelectual que, insiste la autora, tampoco era exclusivo del franquismo o del fascismo, pero en esta etapa hizo coincidir a muchos de estos críticos.

Otro que antes de la guerra tenía amplitud de miras fue el crítico Federico Sopeña, pero luego se hizo falangista y, tras la contienda, abandonó Madrid para ordenarse sacerdote en el País Vasco. Ponía a Falla como ejemplo de humanidad y a Stravinski como muestra de lo contrario, toda una mención velada al régimen soviético, aunque valoraba su respeto por el «orden y la jerarquía».

Según otro plumilla, Antonio de las Heras, con su influencia, Stravinski había destruido los elementos raciales de nuestra música, que era en lo que se tenía que asentar. Hasta Rafael Sánchez Mazas, el cofundador de Falange, escribió que la música del ruso contenía «elementos revolucionarios, furia y crueldad».

En este ambiente, debía resultar refrescante leer a críticos como Joaquín Turina, comisario musical, que se permitía licencias como referirse al violinista Henryk Szeryng como «el pollo con la mano en el pecho» (en referencia al cuadro del Greco) por la postura que tomó al terminar el recital, o tachar un concierto de la Orquesta Sinfónica como «fabada» por su ambición de gustar a todo el mundo. Mientras que a Ernesto Halffter se atrevía a recordarle en una reseña que se estaba quedando calvo. No obstante, lo más hilarante a lo que llegaron estos plumillas, tanto Sainz de la Maza como Turina, fue a reseñar sus propios conciertos. A este respecto, me explica la autora: «Cuando se habla de estas prácticas se las minimiza con la excusa de que el mundo musical es muy pequeño y todos tienen que hacer de todo».

Un cura, también crítico musical, el aludido Nemesio Otaño, natural de Azkoitia (Guipúzcoa), pretendía construir la nueva España del futuro mediante el auge de la música militar, de la cual era estudioso. Durante la guerra, Nemesio Otaño vivió unos meses en territorio republicano en su pueblo, en el que se había refugiado tras la disolución de la Compañía de Jesús ordenada por la República. Estuvieron a punto varias veces de llevarlo a la cárcel de Ondarreta, pero las milicias nacionalistas vascas lo tomaron como prisionero para salvarlo hasta que llegaron las tropas fascistas.

Fue la autoridad más importante en los primeros años de franquismo. Él eligió la sintonía del parte de Radio Nacional. Y le compuso un himno al caudillo, de inequívoco título, «¡Franco! ¡Franco!», con música de Norberto Almandoz, otro cura guipuzcoano, este de Astigarraga.

Aunque lo más recordado fueron sus ímprobos esfuerzos por que la «Marcha de Granaderos» fuera adoptada como himno nacional. La también llamada «Marcha Real» había sido sustituida por el «Himno de Riego» en 1931 con la llegada de la República y el franquismo tardó un tiempo en decidirse por un himno hasta que volvió definitivamente al monárquico. A este cura se le asignó la misión de difundirlo hasta que fuese aceptado por la mayoría de españoles, lo que no fue fácil puesto que los primeros que se opusieron a un himno monárquico fueron los falangistas.

Divertido también fue el caso de otro crítico guipuzcoano, de Azpeitia, Ramón G. Amezúa, que promovía en los medios el regreso a la música sacra tocada como solo podía tocarse, con el único verdadero órgano español, concretamente, el que manufacturaba él en su fábrica de órganos.

De Maspujols, Tarragona, era el musicólogo Higinio Anglès. Antes de la guerra, se dedicó a promover la cultura catalana, era miembro del Institut d’Estudis Catalans y estaba interesado en la música catalana medieval y del Renacimiento. Tras el 18 de julio escapó al III Reich y no tuvo fácil regresar por los motivos aducidos, simpatías con el nacionalismo catalán. Lo logró finalmente gracias a informes favorables de Otaño y del prelado Isidro Gomá y un pacto: ostentaría la dirección del Instituto Nacional de Musicología, lo que servía al régimen para darse una pátina de prestigio, pues las investigaciones de Anglès eran reconocidas internacionalmente.

Moreda cuenta que siempre chocó con el centralismo franquista. En público no dejaba de mostrar gratitud con el régimen por apoyar sus investigaciones musicales, pero en privado se mostraba mucho más escéptico con las políticas de Otaño de controlar todos los aspectos de la vida musical española. En sus textos, no obstante, se encuentra un rechazo a la influencia foránea de la música local. No le gustaban los italianos que trajo Felipe V a su corte, a los que culpaba por la aparición de la zarzuela. Por su culpa, decía, no se pudo crear una verdadera ópera española. Y ponía como ejemplo a seguir a los Reyes Católicos, quienes, escribió, habían expulsado de su corte a todos los músicos extranjeros. Su empeño era demostrar que la música española auténtica venia directamente de los griegos y, entre medias, no había sucedido nada relevante. Ni siquiera la influencia de al-Ándalus. Estos puntos de vista coincidían con los del régimen de ensalzar la figura de la hispanidad como rasgo identitario existente desde la época visigótica. Gracias a los trabajos de Anglès, esta idea tuvo un desarrollo académico, al menos en lo musical.

En 1944, se creó un departamento de folclore del Instituto Español de Musicología. Para su dirección, Anglès seleccionó a Marius Schneider, un experto folclorista alemán que había huido del III Reich en 1944. Ellos iniciaron una campaña de recogida de canciones tradicionales por toda la Península en la que reunieron diez mil ejemplos. La intención de la política del régimen era contraponer el folclore español a las manifestaciones musicales urbanas. Tal y como lo explica Moreda: «Es una oposición que también encontramos con cierta frecuencia en los escritos de esta época, y de otras, porque se pensaba que los ritmos urbanos como el ‘jazz’ favorecían, debido sobre todo a los bailes que los acompañaban y los ambientes en que se interpretaban, una cierta inmoralidad, mientras que la música tradicional, la folclórica, preservaría estos valores morales».

No podían ni ver, en este caso escuchar, el ‘jazz’. Para el crítico Sebastián Méndez era «música negroide o extranjera». En ‘El Alcázar’ se criticó su auge en Bélgica en estos términos: «Toda la nación baila al compás de los ritmos importados de la selva».

Para Otaño, era un regreso a formas bárbaras de la existencia: «la música envilecedora, artística y moralmente, y también en esa forma insistente, machacona, del ‘jazz’ moderno y sus derivados, en cuanto supone una preferencia abusiva, no justificada (…) esas exóticas danzas de negros, producto de las selvas americanas, transformado artísticamente, muchas veces en el sentido peyorativo en cuanto a lo moral, por las orquestinas de los cabarets de la City (…) Si los americanos se precian de haber inundado el mundo con su folclore salvaje, hay que declarar que en punto a moralidad y buen gusto van retrocediendo a las cavernas primitivas»

‘Ritmo’ publicó en 1943 un editorial pidiendo directamente su prohibición: «Las alarmantes proporciones que ha ido adquiriendo la invasión de la música negroide, con sus interpretaciones profanadoras de las grandes concepciones, joyas de la orfebrería musical, son una seria amenaza a la cultura y a la civilización occidental». Más adelante, la cuestión pasó a ser de preocupación nacionalista y racial: «La influencia de la música negroide ha penetrado alarmantemente al alma sentimental o romántica del conglomerado latino (…). Son pocos los musicógrafos y autores que defendemos el hispanoamericanismo de la música autóctona. Dejemos a los negros que ejecuten, canten y bailen sus danzas africanas y purifiquemos indígenas y blancos nuestra música típica».

Francisco Padín, del ‘Diario de Cádiz’ y la revista ‘Ritmo’, fue aún más lejos y escribió: «No hay nada más opuesto a los rasgos masculinos de nuestra raza que esas dulces, decadentes y monótonas melodías que, como un lamento impotente, afeminan nuestras almas; no hay nada más deshonroso para nuestra dignidad espiritual que esos locos bailes».

No solo te volvías gay, también sumiso. Todo formaba parte de la conspiración del judaísmo internacional para domesticar a las naciones occidentales: «Da la casualidad de que España, Alemania e Italia son los grandes países musicales del mundo. ¿Por qué hemos de continuar rindiendo tributo a lo que se concierta bien con el alma de los negros y de los bárbaros de Norteamérica, pero hiere la sensibilidad de pueblos que hasta en su arte popular han llegado en el orden musical a cimas sublimes? Acábense ya los foxtrots de una vez. Forman parte del arsenal de almas judaicas puestas en juego para envilecer a las razas selectas, y no es pura necesidad la obstinación en seguir embruteciéndonos con ellos».

Aunque también había mucho de promoción personal en estas embestidas. No todo era política cultural. Moreda especifica: «las propuestas de los críticos para que se prohibiesen o regulasen determinadas prácticas musicales hay que leerlas entre líneas y no asumir que representaban la opinión del régimen así en abstracto. Incluso con algunos críticos que empezaban entonces su carrera da la impresión de que exacerban sus críticas para hacerse ver ellos mismos, como si quisieran ser más papistas que el papa, esto es, más franquistas que Franco».

El giro llegó en 1944, con la fundación de la revista ‘Ritmo y Melodía’, que defendía por primera vez el ‘jazz’ y géneros similares, pero desde la posición más pedante posible. Para ellos, el problema era que su público no la escuchaba como era debido, sino que solo la quería para bailarla. Los oyentes españoles eran: «un público amorfo, sin personalidad; naturalmente queremos decir sin personalidad jazzística». No sé qué es peor.

Al final, contra la influencia imparable de la música anglosajona y, al mismo tiempo, la proyección exterior y gran reputación que tenía el flamenco, la respuesta española fueron los grupos de Coros y Danzas de la Sección Femenina de Falange. Una promoción de la música local y tradicional que, además, tenía otro objetivo todavía mucho más marcado: combatir el separatismo.

Con estas actividades, pensaban, todos los españoles conocerían la música tradicional de todas las regiones del país, de modo que las considerarían como propias, erosionando las diferencias y fortaleciendo la unidad, explica el libro. Una famosa cita de Pilar Primo de Rivera, jefa de la Sección Femenina, resumía este espíritu: «Cuando los catalanes sepan cantar las canciones de Castilla; cuando en Castilla conozcan también las sardanas y sepan que se toca el chistu, (…) cuando las canciones de Galicia se conozcan en Levante; cuando se unan cincuenta o sesenta mil voces para cantar una misma canción, entonces sí que habremos conseguido la unidad entre los hombres y entre las tierras de España. Y lo que pasa con la música, pasa también con el campo, con la tierra: la tierra, que nos da el pan y el aceite, el vino y la miel. España físicamente estaría incompleta si se compusiera solamente del Norte o del Mediodía. Pero son incompletos también los españoles que solo se apegan a un pedazo de tierra».

Otro de los ideólogos de esto, Rodríguez del Río, también lo consideraba útil para sumergir al individuo en la masa. Incluso hubo elogios al aislamiento geográfico y los valles, porque habían mantenido la supuesta pureza de los pueblos con sus tradiciones inalteradas. Unas consideraciones que lo que ponían de manifiesto era el miedo al progreso y los cambios que entrañaba, como explica la autora: «En el fondo es la nostalgia y la preocupación frente a la industrialización, por precaria que fuese, aunque obviamente aquí se mezcla con otros aspectos de la ideología dominante».

Llegó a existir una doctrina teórica en los documentos de Educación Sindical que recomendaba estas músicas folclóricas para que los trabajadores se entretuvieran cantándolas juntos y no cedieran a «otras formas peligrosas de entretenimiento». No querían que se sumieran en el consumismo asociado al capitalismo que, por otro lado, era el sistema que promovía el régimen. Sin embargo, los autores de estas líneas de actuación se felicitaban de haber logrado con el franquismo que los trabajadores españoles no hubieran caído en el materialismo y estuvieran completamente ocupados con «aspiraciones espirituales». El colmo de este control lo encontramos cuando Rafael Benedito, director de la Masa Coral de Madrid, aseguraba que, juntándose para cantar música folclórica en su orfeón, habían surgido numerosos matrimonios, lo que dotaba a su coro de un profundo «significado moral».

La posterior llegada del desarrollismo, que inclinó al régimen por promocionar la música de vanguardia para darse una imagen de modernidad en el exterior, y la del ‘rock and roll’ echaron abajo todo este tinglado. Pero lo que es obvio es que la guerra supuso una ruptura con la cultura española, cuyos efectos nunca podremos valorar en su justa medida. Moreda sentencia: «Estos efectos se notan más tarde, como cuando Luis de Pablo y sus coetáneos en los cincuenta y sesenta se quejan de no haber tenido modelos de la generación que los precedía. No obstante, al hablar de los exiliados pienso que a veces se cae en una narrativa un tanto evolucionista: se asume que ellos iban a salvar la música española con su vanguardismo y que al exiliarse se perdió una oportunidad; esta es, por cierto, una narrativa que nace paradójicamente bajo el franquismo. Esta visión ignora que no todos los exiliados se posicionan de la misma manera con respecto a cuestiones de identidad nacional y modernidad política y musical, no todos eran el Grupo de los Ocho, aunque esto a veces se ignora».

miércoles, 9 de agosto de 2017

#hemeroteca #feminismo | June Fernández: «Se habla del feminismo como si fuésemos la censura»

Imagen: Jot Down / June Fernández
June Fernández: «Se habla del feminismo como si fuésemos la censura».
Bárbara Ayuso | Jot Down, 2017-08-09
http://www.jotdown.es/2017/08/june-fernandez-se-habla-del-feminismo-fuesemos-la-censura/

June Fernández (Bilbao, 1984) se despide con un reproche: «Al final hemos hablado más de feminismo que de periodismo», lamenta. No es una queja menor. Toda su trayectoria está marcada por la tensión entre ambos términos, por la imposible solución de esa fricción: o dicotomía, o dualidad.

Quienes la conocen poco se aproximan a ella con un interrogante en cada mano: «¿Esto es machista o no?», le inquieren. Para ellos June es la «feminista reguetonera», la cara detrás de la revista Pikara Magazine, o la «feminazi» censora. Ante ciertas miradas su faceta activista eclipsa y diluye todo lo demás. Por fuera, June viste la piel dura de quien acostumbra a ser diana de furias ajenas.

Quienes la conocen más sustituyen el interrogante por la exclamación: «¡Qué ganas de complicarse la vida!», le espetan. Conocen sus reportajes desde Cuba, Managua o El Salvador. Celebran los galardones que ha recibido como periodista y su militancia en diversas causas, pero continúan preguntándose si hace falta escoger siempre el camino más complicado. Más incómodo. Por dentro, June alimenta el mismo recelo que suele repetirle su madre: «A ver si los premios que te han dado tienen más que ver con el feminismo que con el periodismo».

«Soy lo que me dijeron que no fuera», dice, citando a la poetisa libanesa Joumana Haddad. Con '10 ingobernables. Historias de transgresión y rebeldía' (Libros del K. O.), su primera obra, June renuncia a hablar de June. Recopila las historias de otros que decidieron complicarse la vida: gente anónima, imperfecta, rebelde. De Orense y de Nicaragua. Gente que también hizo lo que le dijeron que no hiciera. A ella nadie le pidió que fuera incómoda.

Cuando te presentan el proyecto de escribir un libro, dices que no tienes ganas de hacer un libro de «pedagogía feminista». Además, aseguras que es difícil que te reconozcan como periodista al mismo nivel cuando haces periodismo con perspectiva de género. ¿Eso motivó que huyeras del término «feminismo» en el libro?

Sí, tiene que ver con ambas cosas. Por un lado, cuando yo terminé la carrera me abrí un blog, en el momento que estaban de moda, y me hice conocidilla en algunos ámbitos haciendo opinión. Un tipo de opinión en el que me expongo mucho, porque hablo en primera persona, y como lo personal es político, desde ahí es más fácil hablar de cómo vivo yo la sexualidad que hablar en términos generales. Fue una etapa de mi vida que no es que la dé por cerrada, sino que ya no me apetece tanto. Pero es cierto que es mucho más fácil que te reconozcan por lo que haces en opinión que por el reportaje que te has currado. Mi artículo del reguetón («Si no puedo perrear, no es mi revolución») debe tener más de cien mil visitas, por ejemplo. Esa cantidad la he conseguido solo con un reportaje en toda mi trayectoria. La crónica o el periodismo narrativo me parecía un género bastante nuevo, porque yo venía del periodismo diario, así que me pareció un reto estimulante. Luego sí que es cierto que ser «la feminista que explica que esto es machismo y por qué lo es» realmente supone un desgaste porque es lo que hago todo el día. Cuando eres feminista quedas con tus colegas no feministas a tomar una cerveza y el tema de conversación siempre es a ver qué opino de lo de Maluma, o de lo que esté de actualidad. Además, me llaman de un medio de comunicación para consultarme, etc. Así que la decisión de escoger este formato para el libro se basa en ambas cosas: en no querer encasillarme ahí ni hacer algo evidente que iban a leer probablemente los que ya están convencidos o ya leen a un tipo de autoras similares. Quería hacer algo más transformador, por eso está muy buscada la ambigüedad de no poner en el título nada de feminismo ni LGTBI. También fue una decisión en sintonía con la ilustradora, Susanna Martín, que quiso huir de la iconografía clásica de una tía emulando a Rosie la Remachadora, o yo qué sé.

El libro habla de muchas cosas y creo que cuando me conoces a mí extraes la lectura de que lo que lo unifica es la crítica a los mandatos de género y sexuales. Pero tengo la intuición de que, si no me conoces, habla de muchas más cosas: de movimientos sociales y políticos, de racismo, de clases, del mundo rural… Me atraía hacer algo muy abierto que pudiera leer gente que nunca se compraría un libro en el que pusiera «feminismo».

Pero incluso cuando te desvinculas del periodismo más opinativo, en el narrativo también decides hablar de aspectos personales. En una de las historias, en concreto, cuentas que tuviste una relación con su protagonista. ¿Por qué?

La verdad es que yo me puse a escribir como me salían las cosas y luego le iba dando vueltas. Dar ese dato por una parte me daba mucho pudor, pero por otra me parecía que venía a cuento explicarlo. Ese capítulo fue un poco distinto, porque en el resto de los protagonistas sí que hay unas entrevistas más o menos al uso, pero en el caso de Antar realmente no la hubo. Un día que charlé con él ya sabía que iba a ir en el libro, pero el resto de días no tenía ese «chip». Incorporé muchas cosas que había vivido con él, y si no decía que habíamos salido era difícil explicar temas que para mí aportan mucho. Como cuando les cuento a dos amigas que estoy saliendo con un chico trans y me contestan: «¿Eso no es complicarse la vida?». Fíjate que precisamente de ahí sale todo el libro, lo que une todas las historias.

Aunque no lo parezca, soy bastante pudorosa, no soy muy dada al periodismo gonzo en el que yo estoy en primera línea, pero ahí sí que sopesé, y pensé que cuando mi presencia aporta algo está bien incluirla.

Como mencionas, el libro lo componen una serie de historias de gente con la que te has ido topando por todo el mundo. ¿Qué ingobernable te has dejado fuera?

Más que por una criba, las historias se han seleccionado por cuestiones logísticas. Ha habido gente que me hubiera encantado… Porque soy consciente de que las historias que han sucedido en el Estado español son todas de personas blancas y payas. Conocí a una gitana hace un año que me hubiera encantado incluir, pero no la he vuelto a ver y era muy forzado. Así que las historias han salido de forma natural, pero yo creo que habrá segunda parte, porque ciertos perfiles quedaron fuera porque todavía no era el momento. Me suelen preguntar por qué he escogido a esta gente, y ahí mi presencia es inevitable, porque yo no he dicho «quiero estos perfiles, voy a llamar a asociaciones y contactarles», sino que esta es la gente con la que me relaciono yo. Creo que eso se nota en cosas como el grado de intimidad y de confianza con algunos personajes, y también, por otro lado, en que, si no me moviera con esta peña, mi mirada sería distinta. Hay gente que me pregunta: «¿De dónde sacas a gente tan peculiar?». Y no: esta es mi gente. Para mí peculiar es alguien del PP que va a misa todos los domingos y al que le gustan los toros.

Dices que estas historias suponen un reto contra tabúes y sectarismos de los lectores. ¿Qué hay de los tuyos? ¿A qué sectarismos te ha hecho enfrentarte?

Lo de los sectarismos nos lleva otra vez al tema de la pedagogía. Cuando hablo de hacer pedagogía feminista, creo que requiere de un discurso bastante simple y fácilmente digerible. Eso no me interesa tanto como las contradicciones, la complejidad, mirar algo desde puntos de vista distintos y no solo desde el feminismo. Por ejemplo, en el libro tuve dudas o incomodidades porque obviamente los personajes no siempre me caen bien, hacen cosas que no me gustan, o piensan cosas que chocan conmigo. Un ejemplo fue cuando me di cuenta de que El Ajero, este viejecito homosexual, es superxenófobo. Y me preguntaba si tenía que contar también que estaba todo el día poniendo a parir a los pakistaníes, y al final lo hice. Me atraía el hecho de que no fueran personajes perfectos, que fueran complejos, con sus fisuras, y no siempre estoy superalineada con su forma de pensar o de actuar. Lo que más me removió sucedió con doña Sebastiana, la mujer indígena. Creo que cuando vamos con un feminismo urbano y europeo hay muchas cosas que no entendemos. Es una mujer que (esto es un super-‘spoiler’), después de décadas de maltrato físico, psicológico y económico superbestia por parte de su marido, decide no dejarle. Yo lo que conozco de ella es que ha salido de la violencia y que se dedica a ayudar a otras mujeres, pero cuando le pregunto: «¿Cuándo dejaste a tu marido?», me dice que siguen viviendo juntos. Eso fue un choque de la leche, porque aquí el protocolo es que una maltratada va a la comisaría, pone una denuncia, se separa… Ahí me di cuenta de que en su contexto divorciarse no era una opción, y ella ha conseguido poner límites a su marido y vivir con ello.

Algunas historias se desarrollan en términos y realidades, como intersexualidad o cisgénero, que quizás hagan sentir perdido a un lector, como dices, no tan familiarizado, que es al que quieres atraer. ¿Cómo se hace encajar el tono?

Esa disyuntiva también la tengo escribiendo en Pikara, que tiene dos públicos, aunque en realidad son muchos más. Ahí hay una solución que se me ha ido un poco de las manos, y tiene sus detractoras, porque a veces superaban en extensión al propio texto, y son las notas al pie. En el tema de la interesexualidad he sido más consciente de que es algo que no todo el mundo conoce, y la propia Nicole es muy pedagoga. Con el caso de la transexualidad también creo que he incluido muchas notas para que la gente ampliase información según sus necesidades. Me gusta imaginarme que hay gente que hace lecturas de distinto tipo. Me hace mucha ilusión que haya algunos que me han hecho caso y se han ido a buscar vídeos de los protagonistas o han entrado a sus blogs. Que puedas leer el libro para centrarte en las historias y ya, o usarlas como pretexto, como puerta de entrada a esos temas. Hace poco la propia Amarna Miller ha destacado uno de esos pies de página sobre la transexualidad, sobre la decisión de operarse los genitales o no.

Y en cuanto a los medios de comunicación, ¿te has llevado alguna sorpresa o sientes que en general predicas a conversos?

No, la verdad es que no me he llevado ninguna sorpresa en ese sentido. Quizás el único el ABC Cultural, pero creo que su línea editorial es más abierta que la del resto del periódico. Es cierto que a raíz del libro los medios que me han entrevistado han sido bastante afines. Jot Down sí que me ha sorprendido un poco.

¿Por qué?

Porque en algún momento hemos hecho paralelismos desde Pikara con Jot Down que no han sentado bien. Soy consciente de que la presencia de mujeres en Jot Down ha ido creciendo con el tiempo, pero al principio la mayor parte de entrevistados eran hombres y también la inmensa mayoría de los columnistas. Nos irritaba mucho que cuando nombraban a Pikara nos definieran como una «revista para mujeres» o nos preguntaran por qué no había hombres en plantilla. Así que una vez comenté en Twitter esto mismo, pregunté si os definíais como «revista masculina» y contestasteis que no, que era para todo el mundo. E hice esa reflexión: que era curioso que en Pikara la presencia de hombres sea incluso superior a la de mujeres en Jot Down en ese momento, pero socialmente a vosotros no se os percibía como revista masculina y a nosotras sí como femenina. Y eso creó una sensación extraña de pique, aunque casi más entre la gente que metió cizaña. Así que me sorprendió el interés por vuestra parte, porque creo que mucha gente nos ve como medios antagónicos.

Pero ¿os molesta que Pikara sea definida como revista para mujeres?

Sí. Aunque con nuestras contradicciones, como punto de partida nos parecía muy importante no ser una revista para mujeres sobre temas de mujeres hechos por mujeres. Respecto al periodismo, nosotras publicamos a gente que nos traiga buenas historias, ahí el género de quien escribe no es un factor, y de opinión lo mismo. Entre las firmas habituales ahora tenemos a tres hombres: el crítico musical, un compañero de Golfxs con Principios y el tercero es José Luis Serrano, que es un escritor gay.

Esto en realidad es supercomplejo. Porque, por una parte, es normal que las mujeres sean las protagonistas del movimiento feminista, y es normal que en Pikara el protagonismo sea apabullantemente femenino, porque en el resto de medios de comunicación, según el informe global de medios, solo el 29 % de las protagonistas lo son. Nosotras tenemos muchos debates en torno a esto. Establecemos que en la revista en papel la portada siempre se dedique a una mujer, y ahí hay discusión. A mí sí que me gusta mucho destacar lo que publicamos sobre masculinidad, porque publicamos periodismo interesante para todo el mundo. Lo mismo que hay muchas mujeres que leen las secciones de deportes, aunque solo se hable de deportistas hombres, ¿por qué los hombres se tienen que sentir excluidos cuando leen Pikara?

¿No es un poco estéril este debate? Porque en general se limita a lo puramente numérico, lo cuantitativo por encima de otras cuestiones, como por ejemplo si quien dirige o toma las decisiones es una mujer, como es el caso en esta revista.

Hombre, es que con el monitoreo global de medios, uno de los datos que da todos los años es que el 9 % de las fuentes expertas en los medios de comunicación son mujeres. Y somos la mitad de la población. Así que yo creo que lo numérico es importante. Porque en este ejemplo, el de las fuentes expertas, lo que evidencia es en quién confías como periodista para que te explique lo que esté pasando. Con la muerte de Fidel Castro me fijé en el telediario de Televisión Española, los expertos que hablaban de ello eran todos hombres, blancos y, la mayoría, españoles. Tengamos en cuenta que la explicación que nos den de su muerte va a ser muy distinta según la persona. Sería un ejercicio interesante que todos los periodistas revisáramos en nuestra agenda qué tipo de fuentes tenemos a mano, porque al final siempre hay inercias. Si es la noche electoral, siempre se invita a los mismos analistas.

Yo creo que lo fundamental, aunque sea aburrido para mucha gente por el palabro, es el androcentrismo. Hablamos mucho de machismo, de sexismo, y hablamos muy poco de androcentrismo. En los medios de comunicación, cuando no hay ese chip femenino, se naturaliza que el mundo es el universo de lo masculino y por eso el fútbol, por ejemplo, tiene tantos minutos. Yo en mis talleres suelo poner un artículo vuestro como ejemplo.

¿Cuál?

«Los doce genios que han cambiado el mundo y tú sin saberlo». La primera lectura que suele hacer la gente es que todos son blancos, casi todos son estadounidenses y europeos, casi todos han estudiado en la Ivy League. De los doce solo hay dos mujeres, que son Melinda Gates que está ahí por ser filántropa, pero la pasta que tiene siempre se asocia a Bill Gates, y la primera directiva de IBM. A mí me parece superclave, porque en concreto ellas dos están por sus logros como mujeres en buena medida. En cambio, ellos son genios, no están ahí por haber superado barreras como hombres. En cambio, de la de IBM se destacaba sobre todo el ser la primera mujer en algo, no tanto su capacidad intelectual o logros. Así que los doce genios que están cambiando el mundo son todos occidentales, todos blancos, la inmensa mayoría hombres y todos del ámbito científico y tecnológico. Ahí se está viendo inconscientemente a qué le das tú visibilidad o a qué no. ¿Por qué un activista no cambia el mundo? ¿Por qué para ser genio…?

Porque no hay un criterio objetivable.

Sí, pero más que unos parámetros objetivos que nunca va a haber, tiene que existir un cuestionamiento de qué entiendo por genio y quién merece estar en una lista como esa. Hace poco un periodista hizo una lista de «los diez libros de periodismo que tienes que leer». Y todos hombres. Es aburrido estar siempre como Pepita Grilla, pero es que es así.

¿No es cansado estar siempre señalando? ¿Estar siempre con el dedo acusador?

Sí, lo es. También porque te ponen un rol como de andar tirando de las orejas, que es incómodo, porque hace que parezcas arrogante. A mí me ha pasado que en la boda de una de mis mejores amigas estuvieran dos colegas del novio preguntándome si esto es machista o no, tocándome un poco la moral con el «yo no soy machista ni feminista». A las tres de la mañana, con todo el mundo un poco bebido, uno decide quitarse la camisa y viene a preguntarme a ver si me parece machista. Y a ver, que yo estoy bailando. Lo de ser feminista a tiempo completo es pesado, pero es lo que tiene. Activismo a tiempo completo.

Y esa actitud reprobatoria, de señalar allí donde se produce machismo, ¿no temes que pueda resultar antipática a ciertos lectores?

Nosotras en Pikara hacemos gala de que somos periodistas, que publicamos periodismo que nos parece atractivo y de calidad no solo para gente interesada en representaciones de género o debates sobre feminismo. Nuestra pequeña frustración es que es rara la ocasión en la que te invitan a una charla a hablar de periodismo. Si te invitan a una mesa redonda siempre va a ser o sobre feminismo o sobre las mujeres en el periodismo.

Es un problema que afecta a muchas áreas profesionales y disciplinas. Muchas científicas también se quejan de que se destaque su papel siempre como «mujeres científicas» y no solo como «científicas».

Ya. Nosotras creemos que tenemos mucho que decir, por ejemplo, sobre periodismo digital. Tenemos un modelo que está funcionando, aunque es pequeñito, y por ejemplo tampoco nos han invitado nunca a una mesa sobre el futuro del papel, que es un debate muy habitual.

Ya que mencionabas la muerte de Fidel Castro, pasaste tiempo en Cuba y has escrito bastante sobre la realidad política de la isla. ¿Echaste de menos que te consultaran sobre ello?

Sí, sí me han consultado. Concretamente Juan Carlos Monedero. [Risas] Fue curioso, porque fue justo el día de mi cumpleaños; me llama un señor y me dice: «Oye, mira, que soy Juan Carlos Monedero y tenemos una tertulia en ‘La Tuerka’ sobre la muerte de Fidel y queríamos que intervinieras para hablar del feminismo en Cuba». Y este es un buen ejemplo de lo que estamos diciendo. Yo accedí, aunque te confieso que pensé que podía ser una broma de algún amigo, porque no conozco a Monedero de nada (y espero que no le moleste leer esto), pero él me contó que no habían conseguido que hubiera ninguna mujer en la mesa de debate y que por lo menos querían que entrase una por teléfono. Entonces, claro, mi primer pensamiento fue: ¿Por qué no me habéis llamado en primer lugar, en lugar de resolverlo telefónicamente? Y, si era porque no estaba en Madrid, que nos consultaran por lo menos sobre alguna analista que pudiera hablar de Cuba. Yo pido ese esfuerzo. Pero no: tenían a tres señores superprestigiosos y habituales de la prensa, y ya está. Luego ya me dijo que le interesaba mucho mi mirada sobre el feminismo en Cuba y mi mirada como mujer. Yo le insistí mucho en que yo podía hablar de los campos en los que había trabajado, que no ha sido solo el feminismo en Cuba, eso ha sido una parte mucho más pequeña. Quería hablar de la izquierda crítica, y sí, vale, del feminismo, pero también del anarquismo, del ecologismo, la participación ciudadana… Porque he trabajado en esos asuntos de participación real… Al final sí que me preguntó un poco de todo eso, pero incidía mucho en eso: «tu mirada como mujer y como feminista». Te encasillan, y es difícil.

¿Te gusta Margaret Atwood?

Sí, he leído el de 'Chicas bailarinas', la colección de cuentos.

En 'La maldición de Eva' dice: «Para las mujeres, definirse a sí mismas como indefensas y a los hombres como todopoderosos supone caer en una vieja trampa, evadir la responsabilidad y deformar la realidad. Lo contrario también es cierto; describir un mundo en el cual las mujeres ya son iguales a los hombres en poder, oportunidades y libertad de movimientos es una abdicación similar». ¿Qué te parece?

Pues tiene miga. Yo hago dos lecturas: efectivamente, socialmente a las mujeres se nos sigue construyendo como desvalidas, y eso es algo que se ve por ejemplo en los cánones de belleza. Ahí es superclaro. El canon de belleza masculino es estar cachas, que se asocia a estar fuerte y poder proteger en un abrazo de esos envolventes, y en las mujeres el canon es ser frágil, más lánguida, como que parece que te vas a romper.

Creo que Atwood se está refiriendo más a una crítica al feminismo en sí, a esa construcción de imagen de la mujer desde dentro.

Sí, eso es lo que extraigo en una segunda lectura. Que desde el feminismo podemos estar fomentando, sin querer, eso mismo que queremos combatir. Me preocupa un poco que, por ejemplo, en los medios y la violencia machista, hemos conseguido que se hable de ello, pero creo que muchas veces, cuando nos recreamos demasiado en las agresiones que vivimos las mujeres, el efecto puede ser paralizante, incluso. Con las agresiones sexuales estamos teniendo ese debate en el periodismo y en el feminismo. De repente, en el verano encendías la radio —por lo menos en el País Vasco— y casi todos los días había una noticia de que habían violado a una chica en San Fermín. En vez de decir «hemos conseguido no callarnos, ahora denunciamos», la sensación era de congoja. El resultado era que yo iba a casa de mi abuela y me decía: «Hija, ¿has escuchado las noticias? Es que ya las chicas no podéis salir por la calle». Así que, respecto a la frase de Atwood, te diría que el reconocerte como víctima tiene que ser una fase, pero cortita. La siguiente fase, que tiene que darse pronto, es ver cómo sales de ahí. Es algo que estuve pensando estos días con el tema del consentimiento sexual, porque Barbijaputa publicó un artículo con nosotras hablando del tema. A mí me parece importante que, si tienes un novio que sistemáticamente te presiona para follar sin ganas, seas consciente de que eso es una forma de violencia de bajo nivel. De que eres víctima entre comillas. Pero creo que, si nos quedamos ahí, en vez de preguntarnos cómo nos trabajamos el empoderamiento sexual, cómo trabajamos comunicar lo que queremos…

Respecto al tratamiento de la violencia de género en los medios de comunicación que has mencionado antes. Es evidente que en los últimos años ha aumentado la sensibilización y el tratamiento mediático ha cambiado. Pero desde entornos feministas se sigue reclamando que «no se trate a las mujeres asesinadas como un número», una consigna con la que nadie estará en desacuerdo. Pero, yendo a lo concreto, ¿cómo se hace eso? ¿Qué se está haciendo mal y se debería corregir?

Para empezar, creo que desde el feminismo se tiende siempre a la crítica superdestroyer a los medios sobre este tema, es verdad. La gente te dice: «Es que en los medios solo hablan con los vecinos…».

Pero ¿qué hay que hacer para informar mejor?

Hablar con más fuentes expertas. Por una parte, la rutina de preguntar en el vecindario es una rutina periodística que nos tenemos que cuestionar. Porque, además, se tarda más en ir a un vecindario que hablar con un experto que te dé una opinión valiosa sobre el tema. En el País Vasco, una antropóloga feminista, Mari Luz Esteban, ha abierto un debate interesante al respecto, sobre si no hay un peligro en la saturación mediática de la violencia machista. Y es cierto, porque ha sido un logro que los medios hayan empezado a entender que esto es un problema público, pero, por otra parte, si todos los días estamos con la noticia de una nueva asesinada, esto no nos aporta nada más que desmoralizarnos o la sensación de inevitabilidad, de que es una lacra o algo crónico. Yo no tengo recetas mágicas, pero estoy de acuerdo en que es un buen momento para pararnos y decir «venga, cómo hacemos esto». En las iniciativas de autorregulación en este tema se ha tocado un poco techo. El trabajo de Pilar López Díez con Público hace diez años es muy similar a procesos que he visto el año pasado. Hay cosas básicas: no consultar al vecindario, contar con fuentes expertas, no culpabilizar a la víctima diciendo que no había denunciado… Todos estos mantras en los que ya estamos. Hace falta un debate más amplio, y no solo con esto. Es como lo de los suicidios, donde existía el consenso de no informar, y luego llega la crisis y se empezó a suicidar gente. Yo incluso he escuchado mencionar que, si una mujer se ha suicidado después de años de violencia o por una agresión sexual, no se contabiliza como violencia machista. En definitiva, que hay que ampliar el debate porque sí que es cierto que hemos logrado sensibilizar sobre la violencia machista en los medios, ahora toca preguntarse cómo se aborda mejor, cómo se le da profundidad.

Hablábamos antes del tema numérico, y una cosa que se ve en el monitoreo es que las mujeres somos protagonistas solo del 28 % de las noticias, salvo en las noticias de violencia y criminalidad: ahí somos el 51 %. Y no solo relacionado con la violencia machista. En el periodismo internacional, somos el recurso de la madre llorando ante su niño muerto en la guerra y esos clichés de la mujer como víctima. A mí, y siempre doy la matraca con esto, me parece tan importante o más que el medio cambie toda su mirada androcéntrica que cómo lo hace en concreto cuando asesinan a una mujer. Porque si tienes una tía o un tío que informa superbien sobre la violencia machista pero las mujeres no estamos, la sociedad solo va a percibir que somos noticia cuando nos matan. Y eso es igualmente perverso. Hay que trabajar para que los medios se asuman como un actor que puede contribuir a la igualdad, más allá de cómo informan.

Pero al final cunde un poco la psicosis de «todo mal». De la crítica constante.

Sí, yo soy consciente de ello. Incluso cuando damos formaciones, reconozco que nos resulta más fácil señalar las malas prácticas que recoger las buenas, eso lo tengo superclaro. Pero incluso de temas tabú, donde hemos logrado cambiar la agenda. Hasta hace muy poco era muy raro oír hablar de acoso machista callejero, o el acoso en general, de eso no se hablaba. Por eso creo que a raíz de que un medio pequeñito como Pikara viralizase un contenido sobre esto con Alicia Murillo, grandes medios han hecho reportajes contando con ella o hablando de lo que hemos visibilizado. Y ahora lo ves hasta en Twitter, que medios generalistas se hacen eco de campañas como «Mi primer acoso», y se ponen a hablar de cómo es que desde niñas nos acosen por la calle.

Al hilo de esto, hay un observatorio catalán que se llama Origen, de tratamiento de la violencia machista en los medios. Mandan un apunte a la semana por e-mail, y no solo se destacan las cosas negativas, sino también las positivas. Y esto también es importante. Hacen falta críticas rigurosas y constructivas y no quedarse en el «Oh, Dios mío, qué machistas los medios».

¿Qué le dijiste a tu hermano, de trece años, cuando te preguntó qué era ser feminazi?

Le contesté que feminazi es una palabra que utilizan los machistas organizados para intentar quitarnos de en medio, ridiculizándonos, y tratándonos de locas y exageradas. Le pregunté si lo que yo hacía era comparable a lo que hacían los nazis, exterminar y discriminar. Para mí fue un contexto interesante, porque el término llegó hasta él porque una amiga suya estaba muy enfadada con las feministas porque habían ido a boicotear a un youtuber. Eso me llevó a un debate personal. Porque por un lado tenemos a un grupo de feministas jóvenes que saben que Dalas Review, un youtuber machista, va a dar una charla en su pueblo con un discurso superpernicioso, y ¿qué hacen? Porque si no hacen nada, mal. Y si montan el pollo, al final se ponen de culo a una legión de chavalas y chavales que le adoran.

Sobre los youtubers, o ese tipo de youtubers, tú planteas un «visionado crítico». Es decir, no optas por prohibir ni censurar lo que dicen. Imagino que habrá gente a la que le sorprenda escucharte decir que tienen derecho a hacer ese tipo de contenido.

Sí, para mí la opción es el consumo crítico. Yo no soy nada prohibicionista, eso para empezar. En Pikara hemos tenido estos debates de mano de Beatriz Gimeno, por ejemplo, que es alguien que tiene muy claro que, si intentas recortar la libertad de expresión prohibiendo los discursos machistas o xenófobos, va a tener un efecto boomerang. Estamos viendo cómo se ha hecho dimitir a Guillermo Zapata con la excusa de unos tuits supuestamente antisemitas.

Nosotras publicamos un artículo que hablaba del derecho a la blasfemia y al sacrilegio, porque, ¿cómo podríamos defender la libertad de sacar una procesión con un coño gigante y luego defender que Dalas Review no puede hacer un canal de YouTube porque es ofensivo? Entonces no podríamos estar publicando a Alicia diciendo que le gusta cocinar escroto a la brasa, por ejemplo. Yo entiendo que si vamos por la senda de penalizar los discursos del odio es muy complicado explicar por qué es válido un vídeo de otra ‘youtuber’, «Soy una pringada», diciendo «qué puto asco me dan los hombres heteros». Eso también puede ser interpretado como discurso del odio, aunque para mí no lo sea porque me parece que el humor es humor, y cuando se habla desde la resistencia, más. Una chica lesbiana joven metiéndose con los hombres hetero para mí no es lo mismo que hacerlo desde una posición de privilegio. Un juez que tenga que estimar a quién multa y a quién no… posiblemente las feministas saldríamos peor paradas. Además, se ha visto esto que digo: cuando se ha cancelado una función de un ‘youtuber’ en Bilbao, Wismichu, lo primero que yo he visto en los talleres es que están cabreadas con las feministas porque por su culpa no han podido verle. Yo no soy educadora, pero fomento el consumo crítico, que consiste en no decir a tu hermano o hijo o alumno «no veas esto» sin hacerle preguntas. «Y esto que ha dicho, ¿qué te parece?». Acompañar y darnos cuenta de qué discursos están ahí e intentar darles la vuelta.

Uno de los ‘youtubers’ que has mencionado suele sacar el tema de las supuestas denuncias falsas en los casos de violencia de género.

Sí, a mí también me gusta darles la vuelta a cosas que dicen algunos de ellos, como esta cuestión de las denuncias falsas por maltrato. Prefiero, en lugar de dar datos o de hablar del número, hacer otra cosa. En el último número de ‘Pikara’ he publicado un artículo en el que se explica que Amnistía Internacional ha encontrado que los hombres maltratadores están, de manera sistemática, denunciando a las mujeres. Se ha convertido en una estrategia habitual, e incluso en manuales del maltratador se aconseja hacerlo, se apuesta por las denuncias cruzadas. Hay que romper esos estados de opinión tan absurdos. Porque de repente hay una preocupación generalizada de que las mujeres denunciamos para joder a los hombres, cuando en realidad lo que está ocurriendo es que hay mujeres que están siendo condenadas, u hombres que están siendo absueltos, porque les sale bien la estrategia de decir «es que ella también me insultaba o también me pegaba». Hay que pasar de un feminismo reactivo, de estar todo el rato contestando «no, mira, las denuncias falsas son esto», a escoger qué temas nos preocupan y dónde nos queremos posicionar. Las denuncias falsas no son un problema y todas las instancias de este país lo están diciendo, y en cambio sí que es un problema que muchos agresores salen impunes porque están denunciando a sus parejas o exparejas a su vez.

Ya que has sacado el tema de los ‘youtubers’. ¿No te parece que hay un poco una paranoia ridícula en torno a esto? ¿Que está todo centrado en los dos o tres que hacen contenido cuestionable, dejando de lado otro tipo de usuarios que sí contribuyen a derribar barreras? Hay otros con muchísimos seguidores, líderes de jóvenes, que son lesbianas, o que…

Sí, sí, lo de visibilizar a las lesbianas me parece la hostia, porque además ‘youtubers’ como Yellow Mellow tienen una estética muy poco normativa, de bollera, podríamos decir. Y también me parece interesante el caso de Dulceida, una ‘youtuber’ de moda a la que siguen tías como que tienen una idea de femineidad muy limitada y de repente se casa con una chica. Es verdad que es un modelo muy de «boda de tus sueños» y encontrar a tu princesa y no sé qué, pero, joder, es muy positivo, ¡yo de adolescente no sabía que podía tener novia!

Y mira, incluso en Dalas y estos otros. Vi un vídeo de Wismichu en que se reía de peña que hacía recetas de cocina con fluido vaginal. Lo que pensé es que en mi pubertad el tema del fluido vaginal era supertabú, se hablaba de la primera vez que eyaculaban los chicos y ya. Hablar de flujo vaginal y que todo Cristo lo sepa ya es algo que me parece un puntazo. Y con el porno, lo mismo. Siempre está la matraca de lo pernicioso que es el porno y tal, pero yo creo que internet es la bomba, y puedes encontrar porno de lo que te dé la gana. Aunque tengo la duda de cómo se hace con gente muy joven, porque no me veo yo diciéndole a mi hermano: «Oye, mira, hermano, en lugar de ver este porno, por qué no buscas porno casero…». [Risas] Pero lo que quiero decir es que siempre estamos con el porno, el porno, el porno… y hay mogollón de porno casero que para mí es mucho más constructivo, y no hay toda la parafernalia de la industria. El otro día me contaba una mujer que tiene un hijo, no sé si de once años, que fue a casa preguntando qué era un ‘cunnilingus’ y cómo se hace. Que el chaval conocía ya las cosas con un nivel de detalle de flipar. ¡Hostia! Es que el ‘cunnilingus’ era la cosa más invisible del mundo y en todas las comedias estas que mencionaba antes lo habitual son mamadas y pajas todo el rato, y la masturbación femenina y el ‘cunnilingus’ sigue siendo muy invisible. Qué alegría que un chaval de once años sepa lo que es.

Sobre otro de los temas de constate debate: el papel del hombre en el discurso feminista. Tenemos reciente el «feminizar la política» de Pablo Iglesias…

El concepto de «feminizar la política», a mí no me gusta como término, pero aquí vuelve la pedagogía. Me gusta más «despatriarcalizar» la política, aunque soy consciente de que es un palabro que es muy difícil que cale. No es muy sexy.

«Feminizar» no me gusta porque me parece que nos hacemos un lío entre si yo soy femenina o masculina, y qué es que la política sea en femenino y qué en masculino. Me da mucha alergia todo esto. Por ejemplo, creo que Cristina Cifuentes es una mujer muy femenina, y la política que hace es muy patriarcal. O las políticas de Ciudadanos son todas muy femeninas y, salvo cuando denuncian el sexismo que ellas viven en primera persona, sus políticas son patriarcales. Así que creo que los términos nos meten en un pequeño lío, también porque asocia los cuidados a las mujeres… A ver, que no se trata de eso.

Por otro lado, suele escucharse mucho eso de «Sí, sí, poned a una mujer en el poder y ya veréis lo que pasa, como con Angela Merkel». Por poner a una mujer no se hacen políticas más feministas, ni se es más humana, ni más cuidadora ni menos tirana. Conceptualmente entiendo que lo que quiere decir el término de «feminizar la política» es que la política deje de estar regida por los valores tradicionalmente masculinos —la competitividad o ejercer poder sobre el otro— y pasar a un modelo que tiene que ver más con los valores que simbólicamente se asocian a lo femenino. Yo creo que sería interesante que Pablo Iglesias hablase de su rol, de cómo se plantea el liderazgo para que haya más mujeres en política. Para que hubiera un liderazgo femenino, él tendría que plantearse quitarse de ahí. Pablo Iglesias ejerce un liderazgo superpatriarcal porque es muy jerárquico, yo lo considero incluso agresivo, y puede que sea en parte por la beligerancia que todo el mundo ha proyectado sobre él. Pero para mí, incluso en su expresividad, es agresivo. Estoy pensando en la fotografía en la que él está con las piernas abiertas, por ejemplo. Salió diciendo «yo no soy un macho alfa», pero tiene unas formas… Así que en cuanto a la participación de los hombres en el discurso feminista me interesa más que debatan de su rol. Nagua Alba, la líder de Podemos en Guipúzcoa, ha publicado un artículo muy interesante sobre esto en una revista feminista, donde habla de los micromachismos que ella encuentra en política. Como mujer aún es un espacio hostil en el que es necesario estar, pero para transformarlo todo. Me parece un debate interesante, pero cuando los hombres participan de él se trata de revisar su rol, de hacer autocrítica y no en plan buenrollismo. Se trata de compromisos concretos, de qué cosas hacer para que el partido sea un partido feminista.

¿La única manera de que las mujeres conquisten espacios tradicionalmente dominados por hombres es que estos den un paso atrás?

A mí una iniciativa sobre esto que me gusta mucho es una de «Clásicas y Modernas», que propusieron el manifiesto de «No sin mujeres». Se trataba de pedir a hombres que no participasen en ningún espacio en el que se hubiera excluido a las mujeres. Si te nominan a un premio de no sé qué, si ves que todos los nominados son hombres, renuncias. Esto se ha hecho en Francia en el mundo del cómic, por ejemplo. En el Salón del Cómic de Angulema todos los nominados eran hombres y el colectivo de autoras protestó, y hubo varios autores que renunciaron a su candidatura diciendo que no querían estar ahí si a ellas se las excluía. Me parece que sería algo bueno, aunque es difícil. El día que alguien renuncie a un puesto de poder diciendo que no quiere ejercer ese privilegio mientras que las mujeres no participen… Sería una buena medida de presión y probablemente acabarían invitándolas.

Te lamentas de que una gran parte de la gente te siga conociendo como «la feminista reguetonera», pero ¿eres consciente de que te has convertido en una especie de autoridad en el tema, que se acude a ti cada vez que hay una polémica?

Estoy aburridísima de ello. Con el reguetón la sensación que me da es que desde el feminismo se critican más cosas, también se critica a Alejandro Sanz y demás, pero socialmente creo que todo el mundo sabe lo que hay. Si le preguntas a cualquiera qué opina del reguetón, «machista» va a ser lo que te digan, incluso gente que no tenga que ver con el feminismo. Pero con Alejandro Sanz no hay eso mismo, aunque incluso en sus declaraciones haga gala de un paternalismo alucinante, y de esa idea supertrasnochada de caballero andante. Esta cosa de que «el que maltrata a una mujer no es hombre, porque ella es más débil». Probablemente quien piensa así piensa que pegarse con un hombre por una mujer sí es válido. Y es igualmente machista.

Yo escribí lo del reguetón en mi blog un poco como desahogo personal, porque me presionaban mucho en mi entorno con el «¿Cómo es posible que siendo feminista te guste bailar reguetón?». También me gusta bailar bachata y nadie me lo dice… Para empezar, porque mucha gente en España piensa que la bachata es reguetón y la cumbia también.

Para mí hablar del reguetón es como el velo, que nos cuesta mucho menos identificar el machismo en expresiones culturales que no son propias de la nuestra. Eso, por una parte. Y, por otra, con lo de Maluma lo he ido pensando más y creo que el mismo modelo de sexualidad que canta él es el que nos inoculan en todos los lados. El otro día vi en un bar La Voz, y la puesta en escena en una canción de Enrique Iglesias era seis bailarinas y él pasando entre ellas, cogiéndolas, tirándolas… Es decir, que las críticas que se han hecho a Maluma de tratar a las mujeres como intercambiables, usarlas como reclamos sexuales, hablar del placer propio exclusivamente, es lo mismo que vemos en las comedias románticas de Hollywood, lo que vemos en cualquier anuncio de colonias. Fíjate los anuncios de perfumes de Paco Rabanne, la idea de que los hombres tienen el poder y pueden tener a una mujer cuando quieran, ¿por qué eso no escandaliza tanto como Maluma? O en las comedias, por ejemplo: la escena típica es una tía haciéndole una mamada a un tío, o una paja, como si fuera la única vía de hacer algo excitante para ellas. Es el mismo discurso. O el amor romántico: mal vamos si todavía no se ve que el que en una letra digan «eres mía, mía, mía» de Romeo Santos, o «para ti no soy nada», es exactamente lo mismo. Contar que todo eso es algo pernicioso va a ser mucho más difícil que explicar el «me las chingo a todas cuando quiero» de Maluma. A mí me parece que lo bueno que tiene el reguetón es que, en esta sociedad de lo políticamente correcto, por lo menos explicita el modelo de fantasías que tienen la mayor parte de los tíos. Es como poner el foco sobre el modelo de sexualidad que vertebra todo.

Pero a ti lo que te molesta es que se criminalice el género en sí, que se asuma que el reguetón es machista ‘per se’. Soléis señalar a otro tipo de grupos que no lo son, pero son minoritarios. ¿Entiendes que, si el 90% del género es machista, la gente piense simplemente que el reguetón lo es?

Con los ‘youtubers’ pasa un poco lo mismo, no se puede decir que la cultura ‘youtuber’ es machista. Esa cultura son unos códigos determinados, un lenguaje… Es cierto que quizás los más famosos son machistas, pero es un lenguaje que podemos apropiarnos, analizar, cuestionar… Yo qué sé. Y en ambos casos, ‘youtubers’ y reguetón, podemos encasillarnos en eso de «existe un reguetón feminista», pero es algo supernaíf, porque en realidad son cuatro grupos que solo consumimos las feministas organizadas. Me parece más constructivo visibilizar a gente con otros discursos, que no tienen por qué ser feministas. Cuando me han preguntado, he nombrado a Gente de Zona, que ahora se han hecho tan famosos y hacen algo tan comercialote que a mí no me interesa nada. Pero cuando empezaron en Cuba tenían unos ritmos de la hostia, con un orquestón superbueno… por eso, decir que es una mierda es insultar a todos los músicos que lleva Gente de Zona. Por mucho que la industria en sí tenga otra inercia.

Con el consumo cultural en general sucede que la gente reacciona mal cuando se critican sus gustos, porque identifican que, si llamas machista a su ídolo, les estás llamando machistas a ellos también. ¿Consumir contenido machista te convierte en un machista?

A mí personalmente no me gusta lo que te decía, la gente que se me acerca y me dice: «¿Esto es machista?». No se trata de mi categoría de si eres machista o no, porque todos podemos tener actitudes machistas, solo se trata de ser consciente de lo que consumes, de cómo lo consumes y de cómo lo interpretas, y qué influencia tiene en tu actitud cotidiana y tu imaginario y tal. Una de las preguntas que me hicieron en un artículo para El País fue: «¿Es machista abrir las piernas en el metro?», y algunas compañeras de las que consultaron decían que sí rotundamente. Yo no es que crea que lo es o que no. Es que hay que preguntarse por qué tú abres las piernas tanto y por qué yo tengo que estar así [se encoge]. Hay que ir a lo profundo en lugar de quedarse en recetas fáciles de «tú eres machista», preguntarse algo más: cuáles son mis referentes culturales, cómo me relaciono con mi cuerpo, y en todo eso el machismo qué tiene que ver, cómo me ha influido, cómo me condiciona. Es ahí donde creo que podemos llegar más a los hombres, para que se planteen si el modelo de sexualidad que les han vendido les satisface, les hace conectar bien con otras personas, o si esto de ver a las tías como «me las chingo a todas cuando quiero» tiene algún problema. ¿La peña se lo pasa bien follando con gente que no lo está pasando bien?

¿Sientes que en el feminismo se castigan más las contradicciones que en otros activismos?

Yo defiendo el derecho a las contradicciones: yo consumo mucha Coca-Cola y soy consciente de lo que representa Coca-Cola. Y, aun así, me parece bueno saberlo. Por eso cito la conciencia crítica. Es lo mismo con el tema del veganismo: yo he visto compañeras en Facebook que suben un plato de jamón, y desde el veganismo a mí me gustaría que todo el mundo tuviera la información de lo que representa la industria cárnica o de cómo se trata a los animales. Luego yo decido, según mis posibilidades y lo que estoy dispuesta a sacrificar, cuántos animales consumo en mi dieta. Esto es un poco lo mismo. Me parece importante tener claro que los mensajes que transmite el reguetón comercial son una mierda, mi objetivo es que todo el mundo sepa que son una mierda y que cuando lo escuchen no lo normalicen y digan «Hostia, qué fuerte esto que está diciendo». Y también en el indie o en otro género musical. Y ya luego, si tú te lo pasas bien o el ritmillo te gusta, o, mira, la letra te emociona aunque diga «sin ti no soy nada» porque todos nos hemos sentido así alguna vez, pues bien.

Respecto a la distinción habitual entre «feministas radicales» y feministas a secas, o ‘feminazis’, que piensan que el hombre es el enemigo, y las feministas, ¿cómo te sientes respecto a eso?

Es lo que hizo el alcalde de Alcorcón, hablar de las «feministas malas» y las «buenas». Es ese tipo de discurso que dice que Beyoncé y Emma Watson bien, y por otro lado estamos las ‘feminazis’, que estamos chaladas, que nos ponemos en tetas en las capillas y tal. Normal que seamos incómodas.

Yo veo supernecesario que haya una cara del feminismo más ‘mainstream’, que haga su función para que mucha gente tenga una puerta de entrada y diga «vale, se puede ser feminista y una diva del pop». Pero luego tiene que haber un feminismo radical, que es el que está empujando las luchas y confrontando. Porque al final hay un conflicto, el feminismo está disputando una hegemonía al patriarcado, blablablá, y toda la palabrería que ya sabemos. Pero existe una lucha, y es normal que ahí seamos incómodas y se nos parodie.

Al final es volvernos a ceñir a lo políticamente correcto. Somos buenas feministas cuando pedimos igualdad en los consejos de administración, cuando luchamos por que las mujeres estén más presentes entre las emprendedoras… Pero yo creo que hace falta un feminismo incómodo. Otra trampa que ha habido con esto es el término de «hembrismo». En su día se originó como una estrategia de pedagogía, y decíamos: «No, el feminismo no es lo contrario del machismo porque eso, en todo caso, sería el hembrismo». Y al final se ha extendido entre la gente que dice «es que están las feministas y luego están las hembristas», cuando ni siquiera existe un movimiento hembrista como tal. No hay un movimiento que defienda la supremacía femenina. Habrá tías que se pasen de frenada, y una forma suya de sobrevivir a toda una vida en un mundo de hombres es decir que están hasta el coño de los hombres. O el odio a los hombres hetero, que es una provocación y es una forma de confrontarlo.

Pero tú sí formas parte de ese feminismo incómodo, ¿incómodo es lo mismo que antipático?

Sí, es que al final yo misma caigo en esto. Cuando nos ponemos en plan «sí, puedes ser feminista y maquillarte», o «puedes ser feminista y posar en ‘YoDona’ divina», hay una parte que es así, es cierto. Pero también es una forma de volver a complacer, de ser la feminista que queréis que sea, y además es una forma de dar la espalda a tantas personas que nos expresamos de esta manera. Con el tema del maquillaje y los pelos y demás: tan importante es reivindicar que se puede ser feminista siendo femenina, como reivindicar que ser machorra no tiene nada de malo. A veces veo que desde discursos de ser feminista y femenina al final se está siendo superlesbofóbica, dando la espalda a la gente que reivindicamos los pelos, la gordura, ser incorrecta, hablar mal y decir que estoy hasta el coño de los putos hombres heteros de mierda, o yo qué sé.

Esto pasa en muchos ámbitos. Por ejemplo, se habla mucho de la heterofobia. ¿Cuántas veces hemos escuchado que los negros son los primeros que son racistas con los moros, y los moros con los chinos? Hay que entender que todos tenemos actitudes de poder en un momento dado, y que yo puedo estar defendiendo una causa y se me olvida que también estoy machacando otra. Pero hay que entender también que es un mecanismo de supervivencia. Que para los negros y las negras reírse de los blancos ha sido un mecanismo de resistencia y de empoderamiento, que eso no es racismo a la inversa. Nunca, en ningún espacio va a pasar, que una mujer y un hombre se avergüencen por morrearse. Yo he estado en fiestas de lesbianas en las que ha habido tíos y tías morreándose, ¿qué heterofobia va a haber?

¿Te parecen idóneas herramientas como el test de Bechdel para determinar si una película es machista o no? Porque presentan también muchos fallos, como el propio criterio histórico o el hecho de que no todos los personajes femeninos tienen que ser simplemente ejemplos de un género. Los hombres no lo son.

Bueno, es cierto que tiene sus fallas, pero tampoco es la única herramienta, existen otras complementarias. A mí me gusta mucho «la lámpara ‘sexy’ y el Post-it», que consiste en saber qué ocurriría si las figuras femeninas que hay en una serie o película fueran sustituidas por una lámpara ‘sexy’. ¿Eso alteraría la trama? Y las veces que las mujeres sí que dicen algo relevante para la trama, se sustituyen por esa lámpara con un Post-it.

El test de Bechdel me parece útil para tener la foto macro de que sistemáticamente en la industria del cine las mujeres estamos infrarrepresentadas. Y sobre las críticas que se le hacen, como la que dices del rigor histórico, es una cuestión de mirada. Por ejemplo, con la serie ‘Narcos’. El equipo de guionistas decide que el héroe va a ser el policía yanqui y el villano es Pablo Escobar. ¿Cuántas veces se ha contado su historia? Es normal que la mayoría de las series sean hombres, porque en la política todos eran hombres…

Y en el narcotráfico también.

Vale, pero tú decides a qué le das importancia y a qué no en la serie. Por ejemplo, el personaje de la esposa de Pablo Escobar es una mierda, no se indaga en su conflicto interior, parece que es la esposa abnegada, no se piensa que pueda tener conflictos o rupturas. Y la madre también. En uno de los primeros capítulos, me encanta la imagen de ella cosiendo chaquetas para esconder los paquetes de cocaína. Vale, pues si en lo público la mayor parte de los personajes eran hombres, ¿por qué no pones el foco en cómo lo vivía la madre, o en quiénes eran esas mujeres que sostenían el narcotráfico? Por ejemplo. También en Narcos, el personaje de la comunista acaba renegando del comunismo y diciendo que lo ha hecho todo por amor, ¡no me jodas! Y luego tienes ‘Juego de tronos’ que, con todas sus críticas, hace posible que una serie ambientada digamos que en la Edad Media tenga personajes femeninos fuertes que están presentes en todas las tramas y que tienen liderazgo. A mí no me gusta excusarlo todo en «qué quieres que le haga si todos los políticos son hombres». Bueno, pues enfoca la política de otra manera y cuéntame otra historia. Y, volviendo a ‘Narcos’, otra crítica clara es que en ningún momento sale el personal de servicio salvo cuando les asesinan a todos. Han estado ahí todo el rato, y es obvio que Pablo Escobar tiene un servicio impresionante, pero no se decide crear un personaje como la chica de la limpieza, por ejemplo. Todo lo que tiene que ver con las mujeres, en este caso ser trabajadora doméstica, no llama la atención o no es interesante. Pero bueno, el test no sirve para decir: «Esta película no pasa el test: ¡Machista!». Es que no somos la censura. Se habla del feminismo como si fuésemos la censura. Y no es eso. Es para que, si tú pillas un vídeo como los que hay en YouTube de Anita Sarkeesian con todas las películas que no pasan el test, para que te des cuenta, por ejemplo, de la cantidad de películas de dibujos animados que no lo pasan.

Hablando de referentes feministas, no te muestras muy partidaria de idolatrar demasiado a figuras que ya tienen mucha relevancia. En el mismo libro reivindicas la necesidad de buscar referentes menos conocidos que están luchando por la igualdad.

Mira, en ‘Pikara’ también hubo un momento de autocrítica, en la época en que salió una colección de Playmobil y Planeta DeAgostini de muñecos que representaban figuras de la historia. Como eran todo hombres, nosotras pedimos que la gente completara la lista con las mujeres que podían tener su muñequita. En un momento una activista, Negra Cubana, dijo: «Vale, ahora contad cuántas de las que habéis mencionado son blancas». Y, joder, estábamos haciendo lo mismo. Cuando hablamos de quiénes son nuestros referentes, hay algunos que parecen ya hasta un cliché, como Frida Kahlo. Y eso que es latinoamericana y se sale un poco del patrón. Pero, por ejemplo, ¿cuántas artistas hay cuyo legado se ha borrado? O la polémica que hay ahora con Elena Garro, la escritora. Para vender su libro han añadido una faja que decía: «Mujer de Octavio Paz, amante de Bioy Casares, inspiradora de García Márquez y admirada por Borges». ¿Cuántas conocíamos a esa escritora? Pues quedaré de analfabeta total, pero he de reconocer que yo no la conocía.

Yo soy la primera que soy consciente de que mis referentes periodísticos son mayoritariamente hombres, y que ahora me lo estoy trabajando para que no sea así. Pero en la universidad todo es Kapuściński, Leguineche, Gay Talese… Leyendo ‘Música para camaleones’ de Capote vi que contaba que su escritor/escritora preferida de todos los tiempos es Willa Cather. ¿Cómo es posible que todos conozcamos a Truman Capote y no conozcamos a su mayor maestra? Nosotras mismas tenemos que revisar cuáles son nuestros referentes, a quiénes encumbramos, a quiénes seguimos invisibilizando… Mi libro también va un poco de eso. De proyectar mi admiración hacia señoras rurales que no saben leer ni escribir, y que transgresión no es solo lo que hace Diana Pornoterrorista. También lo que hacen unas viejecitas de Orense manteniendo vivo un juego destinado a desaparecer. O que la teoría ‘queer’ no son solo Paul B. Preciado o Judith Butler, ambas blancas y occidentales… Lo que quería decir, respecto a los referentes, es que nos hacemos nuestras diosas del feminismo en lugar de hacer el ejercicio cotidiano de ampliar nuestros referentes culturales y artísticos. Por ejemplo, he conocido el trabajo de Niki de Saint Phalle, una escultora y pintora francesa, a raíz de una exposición en el Guggenheim, y que tiene un trabajo superpotente. ¿Por qué nadie habla de ella y estamos todo el rato con Frida Kahlo? Nos encanta crear iconos pop también en el feminismo.

Hay algo que has dicho antes, sobre tus amigos «no feministas». ¿Sabes que habrá mucha gente a la que sorprenderá que te relaciones con gente que no es de tu cuerda?, ¿que imaginan que os desenvolvéis en un entorno mucho más endogámico?

Sí, bueno, es que soy una persona humana de carne y hueso. [Risas] Pero claro que sí me relaciono con gente que no milita en el feminismo. Tengo amigas de la adolescencia que, cuando hablábamos de esto hace años, me decían que ellas nunca habían vivido el machismo. Una, en concreto, que es fisioterapeuta, decía que nunca se había sentido discriminada por ser mujer, y, a raíz de cositas que he escrito sobre acoso, de repente un día me cuenta que le ha pasado dos veces que un cliente en mitad de un masaje le ha pedido un «final feliz». Cosas que un hombre fisioterapeuta no vive. Y ha tenido problemas de acoso telefónico por parte de clientes que se empeñaban en preguntar por masajes eróticos. Tengo amigas que dicen que no son feministas, pero luego es a ti en confianza a quien cuentan que su novio un día, utilizando la marcha atrás, se corrió dentro como una forma de hacerla sentir vulnerable. Yo creo que en esa relación con ellas hay una distancia, que me digan «Joder, June, cómo te pasas» no me lo tomo a mal. Pero luego también hay un reconocimiento, especialmente por parte de las que son madres y me dicen que quieren que esté cerca de su criatura por las cosas que defiendo. Y con los chicos también, con ellos es una constante que, con los temas tabú, me digan que nunca les habían contado que a las tías desde niñas nos pasa eso de que nos siga un tío con la polla fuera. Por ejemplo. Creo que hay tíos que agradecen mucho tener cerca a feministas que les hablen de eso que a las mujeres nos han enseñado a tragar, a callar, o a esconder.

¿Por qué habéis decidido desactivar los comentarios en ‘Pikara’? Imagino lo que tiene que ser gestionar y digerir la cantidad de odio que recibís en ellos.

Para nosotras este tema es un quebradero de cabeza, y hemos acabado decidiendo cerrarlos todos y derivar a nuestro foro, que es un espacio más controlado para la comunidad. Para gente que quiera estar en un plan constructivo. Es un quebradero porque, por un lado, no puede ser que en un espacio amable y seguro como ‘Pikara’ una persona esté hablando de que la han acosado en un taxi y haya gente hablando de que «eso te pasa por guarra». Por otra parte, censurar nos parecía complicado. ¿Con qué criterio decides que un tío que se te pone a dar datos para demostrar que hay un matriarcado en el mundo es un ‘troll’ y no alguien que se está expresando libremente?

Con el de que esa es tu casa.

Sí, probablemente. Pero entre nosotras el umbral de tolerancia es distinto. En ‘Pikara’ hay colaboradoras que han vivido agresiones fuertes y que en este momento no están por la labor de que nadie las cuestione. Así que hemos ido restringiendo los comentarios y la solución ha sido montar un foro de debate, que está muy bien para intercambiar recursos. Y respecto a mí… Pues los episodios que más me han afectado son los que viví cuando era portavoz de SOS Racismo, así que no ha sido por el feminismo. Montamos una iniciativa para demostrar el racismo en los bares, que consistía en que en el mismo bar de noche entrasen dos chicos blancos, dos negros y dos marroquíes. Y, efectivamente, vimos que a estos últimos no los dejaban pasar, y a los negros mitad y mitad, y a los blancos siempre. Ahí lo que viví fue super-‘heavy’, gente diciendo: «Hay que enterarse de dónde vive esa puta para darle su merecido». La primera vez que me dijeron eso sí me asusté, porque Bilbao es pequeño y tal. Ahí viví todos los insultos posibles: «putita»…

Creo que es de esa época cuando dices que te llamaban «guarra batasuna» para insultarte. Que a un hombre habría bastado con llamarle «batasuno» para tratar de molestarle, pero a ti te añadían la coletilla.

Claro, así era. «Fea, bollera». Había otro que me decía que lo único que quería era «abrir la entrepierna de ninfas», un delirio… Dan ganas de hacer una colección. Pero lo más recurrente es «puta, bollera, fea». Y quien considera que soy guapa lo utiliza para sexualizarme y para decirme: «Cállate, que te voy a follar».

Después de esa primera fase ya se han metido más conmigo por mi blog, porque te expones más como bloguera que como periodista. Ya ha llegado un punto en que me da igual, que incluso lo retuiteo porque me hace gracia. A mí me influye lo de haber vivido en Centroamérica, por eso vivo con menos conflicto que otras compañeras el cibermachismo o ciberacoso. Porque, jo, yo me siento supertranquila, a mí nunca nadie me ha intentado agredir. Por una parte, entiendo que simbólicamente es una forma de violencia y que el objetivo es minar a la persona, porque el acoso es violencia, pero no tengo muy calibrado cuánta relevancia darle. No me quiero situar como víctima ni me apetece especialmente contar lo mucho que me llaman puta, porque me da igual, y porque a mí me limitan mucho más las formas de acoso cotidiano sutil que he tenido en la vida real.

Por ejemplo, una vez estaba haciendo un reportaje sobre mujeres en las tramas de corrupción, y llamé a una fuente que conservaba de cuando trabajaba en ‘El País’. Él no se acordaba de mí, era una persona muy relevante en un instituto de criminología, un hombre. Le llamé y le conté que necesitaba gente experta en género y criminalidad, y entonces me pidió el ‘e-mail’ para pasarme contactos. A la media hora me lo manda y al final me pone: «Me imagino que esto te parecerá muy machista, pero yo me ofrezco a dar masajes de los que describes en su blog», por un post que escribí sobre los masajes eróticos y tántricos. Joder, yo te contacto como profesional y ya siento todas tus babas inundándome, me doy asco a mí misma incluso. Eso es lo que nos han hecho a las mujeres, que cuando nos agreden además sentimos vergüenza y culpa. Lo que me estaba diciendo es que como yo tenía un blog en el que a veces hablaba de sexo, por eso soy una tía ligerita de cascos a la que puedes hablar de tus fantasías sin ningún pudor. Y me ha pasado varias veces, imagino que igual que a ti y a otras muchas periodistas.

Que me insulten a lo bruto en Twitter no me hace sentir vulnerable, pero sí que hubo una época en la que recibía bastantes mensajes de tíos diciendo: «Hola, me encanta lo que escribes, me pareces una tía muy interesante y además muy liberal…», y es como «bueno, ya veo por dónde vas». Que la gente se crea con el derecho de poder proyectar en ti esa lascivia a mí me hace sentir más incómoda que los insultos. Porque ya sabes que siendo una mujer pública, ya seas actriz o política, te van a llamar puta, bollera y fea. Y como coordinadora de ‘Pikara’ sí que ha habido momentos en los que me he sentido culpable porque, como relativizo mucho, a veces no me he preocupado tanto como debería. Brigitte Vasallo tuvo una campaña de acoso super-‘heavy’, también vinculando xenofobia y machismo. En el momento en el que hubo una oleada de denuncias por las violaciones en Colonia, escribió un artículo que se titulaba «Vienen a violar a nuestras mujeres», hablando un poco de cómo la misma sociedad que naturalizaba la violencia machista, de repente se alarmaba porque venían los de fuera y tal. Fueron días y días de insultos. Yo ahí pensé que estaría acostumbrada y que no le daría más importancia, y no, le afectó. El otro día amenazaron de muerte a Beatriz Gimeno, y no he hablado con ella de cómo le ha afectado, pero ahí sí me solidaricé. Ese mismo día nos tuitearon una pistola apuntándonos, y no me dio miedo. Pero, en cambio, cuando es acoso machista conecta mucho con mis experiencias cotidianas, y sí me remueve más.

También han pasado cosas graciosas, ¿eh? En la ‘burbuja_info’, que es tipo ‘Forocoches’, un tío propuso una vez intentar tumbar ‘Pikara’. Nosotras incluso avisamos a la empresa de ‘hosting’, pero horas después vimos que la gente no siguió el llamamiento, y le contestaban al instigador: «No tío, que juega el Madrid contra el Barça», o «Yo estoy superbien con mi novia viendo una peli». Los propios machirulillos no estaban para eso. Así que no son la mayor de las preocupaciones.

¿Qué te parecen las mujeres que no se identifican como feministas porque piensan que el término, o el movimiento, conlleva una carga negativa? Que sí comparten la lucha por la igualdad, pero piensan que el feminismo, tal y como está articulado, ha perdido el foco.

Yo no tengo mucha perspectiva histórica en esto, pero creo que siempre ha sido así: las feministas siempre hemos estado demonizadas. Ha habido gente que te sorprende con esto, Meryl Streep, por ejemplo, que protagonizó ‘Sufragistas’, dice eso. ¿No has aprendido nada de ese movimiento social que había que reivindicar? Sí que hay un estigma. Y creo que es importante intentar cambiar ese estereotipo, y decir bien claro que se puede ser feminista y reguetonera, que no estamos amargadas, yo qué sé, que disfrutamos de la vida y llevar el humor como bandera. En ‘Pikara’ cuidamos mucho una iconografía amable —aunque nos parezca muy bien también lo contrario—, con una Caperucita con katana. Está dispuesta a cargarse al lobo y no necesita que venga el cazador, pero al mismo tiempo es una figura amable y naíf. Yo me identifico mucho más con eso que con propuestas más radicales, como manifestaciones que ha habido aquí en el País Vasco en las que las mujeres van encapuchadas, con antorchas y con percusión y pancartas de «el miedo va a cambiar de bando». A mí esa propuesta me parece legítima, e interesante ver qué pasa con ese derecho a estar furiosas. Pero, para entrar a un público estratégico, veo más interesante lo que hacemos nosotras. Pero por más que intentemos gustar nos van a seguir demonizando, así que, si alguien tiene la necesidad de salir a la calle y decir «Machete al machote», pues bien.

Ya que has hablado las manifestaciones, ¿qué te parece que en manifestaciones contra la violencia machista se pida que no vayan hombres? ¿No se trata de un problema social que debería implicar a ambos sexos?

Lo que pasa es que entiendo un poco de dónde viene ese resquemor, y por qué se pide que no vayan. En Argentina hace poco se hizo superviral, en una manifestación contra la violencia machista. Salió de repente un tío con el torso desnudo y se hizo con el protagonismo en todas partes, en todas las portadas. Hay un miedo a ese eclipse y a que se apropien de tu lucha tíos que todavía no se han hecho el trabajo profundo, y entiendes el recelo. Lo que en mi entorno se suele hacer es intentar que el protagonismo lo tengan las mujeres y que los hombres acompañen y tal.

Por otra parte, creo que, así como las mujeres estamos demasiado acostumbradas a ser excluidas, parece que es mucho pedir que los hombres entiendan que en ese espacio nos apetece estar solas. En las fiestas pasa mucho. En una jornada feminista nos juntamos las tías y el ambiente es distinto, estamos solas ahí, las que son hetero no están con el chip de ligar o no viene el novio contigo… Y esta cosa de que cuando un espacio es mixto, para hablar de violencia machista, los tíos son poquísimos y, el día que dices «este espacio no es mixto porque necesitamos hablar nosotras», siempre salen como setas un montón de tíos queriendo unirse. Yo soy partidaria de crear espacios que sean inclusivos, porque los tíos tienen cosas interesantes que aportar, pero, bueno, entiendo que hay un recelo y una necesidad de estar solas. Eso pasa en todos los movimientos. Mira, con las gordas en el libro me pasó. Al principio me contaron que necesitaban crear un espacio propio porque, cuando se unían a un espacio feminista y hablábamos de gordofobia, enseguida las flacas se ponían a hablar de lo duro que es para ellas no encajar en la talla 38, y yo misma caí en eso. De las pocas veces que abrí la boca fue para decir «No, no claro yo también, mi familia me dice que estoy cogiendo peso…». Es que hay veces que las personas que viven una opresión concreta necesitan hablarlo entre ellas.

Pero una manifestación no es un debate. Es un símbolo de adhesión, de los hombres rechazando ese tipo de violencia también.

Yo es que, en general, en las manifestaciones que he estado se suele proponer que las tías estén delante, en primera fila, y que los tíos puedan ir y llevar sus pancartas, acompañándote. Y, además, creo que es importante dejar claro que son contadas las manifestaciones contra violencia machista en la que se plantea que participen solo mujeres.