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domingo, 27 de abril de 2025

#hemeroteca #lgtbi #queer #musica | El folk español hace añicos el armario

El músico Dulzaro //

El folk español hace añicos el armario

Mondra, Dulzaro, Davide Salvado, Juanjo Bona o Rodrigo Cuevas exteriorizan la diversidad afectiva desde el amor por la tradición y la vida rural
Fernando Neira | El País, 2025-04-27
https://elpais.com/cultura/2025-04-27/el-folk-espanol-hace-anicos-el-armario.html 

Allá por 1999, al calor de la inopinada y colosal repercusión de su disco ‘Tierra de nadie’ (800.000 ejemplares vendidos), el gaitero electrónico asturiano José Ángel Hevia formuló una reflexión elocuente sobre los atuendos y actitudes estéticas de los músicos de filiación tradicional. “Los ‘folkies’ tenemos que cuidar más nuestra imagen. Muchos artistas siguen respondiendo al arquetipo del varón de barba desarreglada y jersey de pico”, anotaba.

Un cuarto de siglo después, la situación al respecto ha experimentado un giro copernicano, pero la sacudida de los armarios no ha sido solo literal, sino también metafórica. La generación que ha tomado el testigo de Hevia, Carlos Núñez, Berrogüetto, Budiño o Luar na Lubre no solo exhibe poses audaces, atrevidas y transgresoras; además, se ha convertido en un paradigma de la diversidad afectiva y una plataforma para la expresión y visibilización del colectivo LGTBIQ+. Los tataranietos de nuestros músicos de aldea y de tantos cantores y cantoras anónimos que transmitieron y preservaron todas esas coplas de procedencia secular y valor incalculable son hoy artistas orgullosos que se muestran tal y como son, sin ambages. Portadores de un mensaje de tolerancia y futuro a partir de un ideario tradicional.

El caso más visible y paradigmático es el del asturiano Rodrigo Cuevas, emblema ‘queer’ que ha sabido integrar la tonada asturiana, el revestimiento sonoro de la electrónica y un concepto de ‘performance’ que abraza la imaginería agrícola, el cabaret y la parafernalia folclórica. Pero Cuevas (Premio Nacional de las Músicas Actuales en 2023) no está solo. Los folcloristas gallegos Davide Salvado y Mondra, los zamoranos Ringorrango —con un matrimonio masculino entre sus integrantes—, el vallisoletano Dulzaro o el aragonés Juanjo Bona coinciden en tiempo y lugar como artistas arcoíris que provienen de la cultura rural y tradicional, o al menos se inspiran en ella, para desarrollar un discurso musical propio. Y a la nómina bien podemos agregar el nombre de Álvaro Lafuente, alias Guitarricadelafuente, de procedencia turolense e inspiración igualmente terruñera, aunque en su caso haya derivado en un sonido con menos trazas folclóricas e indisimulada carga homoerótica en sus vídeos musicales.

Dulzaro (Valladolid, 31 años), nombre escénico del cantante, pianista, compositor y productor Alberto Domínguez Buitrón, es un buen ejemplo de artista que lleva toda la vida reduciendo a añicos cualquier tipo de armario. El firmante del reciente ‘Ícaro’, un rutilante primer elepé de ‘folktrónica’ con fuerte aroma castellano, acostumbra a lucir faldas y demás prendas de corte femenino, además de reivindicar con su denominación artística un instrumento tradicional no pocas veces denostado. “La dulzaina posee un sonido muy identitario”, argumenta. “Se concibió para la plaza, la calle y el baile, tiene demasiado volumen en sitios cerrados, precisa de muy buenos pulmones y oído. Y siento que me va a acompañar toda la vida”. Y así, presumiendo sin rodeos de sonidos “antiguos” y hasta estigmatizados, Alberto/Dulzaro ha sido capaz de erigir coqueteos musicales tan suculentos como el de ‘Un labradorito’, donde él y el coruñés Mondra se intercambian piropos y requiebros nada tangenciales. “Una jota, dos muñeiras y tres charros te canté / Toda la noche bailamos y de ti me enamoré”, proclama uno. “Como tú eres tan gallego y yo soy tan castellano / nos envidia todo el pueblo cuando vamos de la mano”, le responde el otro.

“Me encantaba la idea de expresar un amor que también sucede en los pueblos”, recalca la nueva sensación folclórica vallisoletana. “Todos sabemos que la comunidad LGTBI está muy asociada al éxodo a las grandes ciudades, pero quería aportar un ápice de esperanza, mostrar con un poquito de comedia que en los pueblos también viven con naturalidad parejas de chicos o de chicas sin que nadie los juzgue. Y sin que tengan que huir a Madrid de Barcelona, que es muy triste”.

Desde el municipio coruñés de Teo, el propio cantante, bailarín y pandereteiro Martín Mondragón (Mondra, 26 años) toma el testigo mientras ultima la puesta de largo a principios de mayo de ‘De ronda’, su segundo elepé; un trabajo temático sobre “el arte de la seducción” que describe como “personal, íntimo, irreverente y desenfadado”. Martín recuerda que en todos los cancioneros e imaginarios populares han sido “constantes” las referencias a otras identidades sexuales. “Eran coplas cantadas en la intimidad, con un trato marginal. Lo interesante es que ahora nos las hemos reapropiado, les damos un nuevo sentido y les quitamos esa connotación tabú que a menudo tenían en origen”. En su caso, percibe una “relación muy potente” entre el amor por el folclore y la homosexualidad. “Vivir en este mundo con una identidad de género distinta de la heteronorma es un acto de resistencia en sí mismo”, argumenta, “y también lo es el hecho de escoger cantar las coplas de pueblos minoritarios en lenguas minorizadas. Son, en ambos casos, actos de disidencia”.

A Mondra no le ciega ninguna idealización de los entornos rurales, “donde, por cuestiones obvias, aún falta mucho trabajo por hacer”, pero matiza: “Al mismo tiempo creo que es un mundo muy agradecido con las identidades diversas, y la única manera de normalizarlo es habitando el mundo rural desde la diversidad”. Por eso se enorgullece de su creciente influencia como “referente escénico ‘queer’”, puesto que todo artista, agrega, “debe ser consciente de la importancia de transformar la realidad a través de su pequeña plataforma”.

Es el mismo posicionamiento que ha sostenido siempre el ya popularísimo Rodrigo Cuevas (Oviedo, 39 años), un folclorista de mirada panorámica que se autodefine como “moderna de pueblo” y que ha convertido en lugar de peregrinaje la aldeíta de apenas 15 habitantes donde reside, en el ya de por sí aislado concejo asturiano oriental de Piloña. Su salto a la vida campestre, hace ya una década, resultó sonado. “Me presenté uno por uno a los seis vecinos que encontré”, rememora, “plantifiqué una bandera arcoíris a la puerta de mi casa y me puse a trabajar en mi primer disco”.

Nadie torció el morro en Piloña. Y si lo hizo, disimuló muy bien. Al contrario, cada vez que acontece un concierto importante por tierras asturianas, los parroquianos fletan un autobús para asistir desde las primeras filas al espectáculo de su vecino más ilustre. Incluso alguno de ellos ha mantenido conversaciones muy cómplices con el autor de álbumes como ‘Manual de cortejo o Manual de romería’. Sobre todo, aquel señor “de más de setenta años” que le visitó para relatarle que había tenido que “guardar las apariencias” en sus años mozos y casarse con una mujer. “Luego se fue de emigrante a Ámsterdam para vivir su condición sexual de manera natural. Son ejemplos de regresión que ahora no podemos permitirnos de ninguna manera”.

A Rodrigo Cuevas tendemos a verlo como pionero en este folk que ha salido del armario para no volverlo a pisar, pero unos cuantos años antes ya andaba haciendo de las suyas el cantante y bailador Davide Salvado, un pontevedrés de Marín que acuñó el término “agrogay”. A 2015 se remonta su composición Muiñeira Maronda, un inequívoco ritmo tradicional que convirtió en un modernísimo relato sobre el ‘cruising’, el ligoteo anónimo al aire libre. Allí cantaba, en gallego y con intensa sensualidad: “Solo se canta a quien se pierde, y solo se pierde a quien se extraña / dando su cuerpo en el bosque entre hombres que se aman”.

Salvado, folclorista y criador equino, hombre “frívolo y místico a la vez”, desatiende por un momento la caballada para responder al teléfono desde Liulfe (Palas de Rei), la remotísima aldea del interior lucense donde fijó su morada veintitantos años atrás. “La conexión entre folk y otras orientaciones sexuales no es casualidad, sino más bien la consecuencia natural de algo más profundo. Cuando vives conectado con la tierra, con la tradición y con lo auténtico, también te conectas contigo mismo. El folclore, lejos de ser un disfraz, te lleva hacia lo esencial, y desde ese lugar es difícil sostener máscaras. Muchos de los que trabajamos con la música de raíz lo hacemos desde la verdad, y eso incluye mostrarnos tal como somos. La coherencia vital que no admite fingimientos”.

Salvado se enorgullece de la proliferación de artistas del colectivo, porque entre todos construyen una realidad cotidiana que ya no precisa siquiera de discursos militantes. “Cuando las personas LGTBI nos colocamos ahí, sin escondernos, en realidad estamos diciendo que también somos partes de la tradición y herederos de la memoria. Cuando eres parte visible del colectivo, cantar una copla, una alborada o una canción de siega equivale a reescribir el relato desde dentro, sin necesidad de pedir permiso”. ¿Y el machismo?, le interrumpimos. “Claro que existen mentalidades cerradas en el pueblo, pero no más que en otros entornos”, rebate. Y matiza: “De hecho, he sentido muchas veces más prejuicio o incomprensión en ciertos sectores del colectivo LGTBI más intelectualizado o urbano que entre los propios paisanos. Yo hoy me expreso como un aldeano más, con la certeza de que en el campo hay muchas formas de sabiduría, respeto y convivencia que a menudo se subestiman desde fuera”.

La albaceteña Carmen Toledo (Bogarra, 43 años), Karmento a efectos artísticos, es cantante, compositora y folclorista, pero también sexóloga en ejercicio desde 2001. Muy popular a raíz de que en 2023 concurriera al Benidorm Fest con ‘Quiero y duelo’, Toledo ha reflexionado mucho sobre las conexiones entre el arte, la sexualidad y los entornos rurales, y se confiesa “emocionada” con un panorama que, más que solo novedoso, constituye a su juicio una “revolución”. “La cultura siempre ha sido un espacio de expresión de la diversidad”, anota, “pero ahora se ha erigido en referente para que la sociedad aprenda a celebrar la diversidad como un valor positivo y de belleza, no como un castigo que merece ocultación”. Y a su juicio, buena parte del cambio proviene de un factor casi sociológico que comenzó a fraguarse hace no menos de tres décadas. “Con la marcha de las familias a las ciudades y la incorporación de la mujer al trabajo, los matrimonios necesitan más que nunca la red de los abuelos, abuelas, y hasta tíos y tías. El encuentro del nuevo folclore con la raíz proviene de ahí, de los nietos criados muy cerca de sus abuelos y que han aprendido el cuidado, el reconocimiento y el respeto hacia lo que te precede”.

Todo ello es mucho más evidente entre los artistas masculinos, puesto que la esfera lésbica, por la experiencia laboral de Karmento, “se mantiene en un lugar semioculto y semiestable en cuanto a su exposición pública”. Los chicos, en cambio, han logrado canalizar a través del arte “ese momento hermoso de la masculinidad gay en el que cualquiera es libre de expresarse como quiera; también pintándose los ojos, poniéndose flores en el pelo o teniendo pluma, porque cuentan con el respaldo de gente que los quiere y está dispuesta a luchar por ellos”. Y añade: “Es cierto que en los pueblos hay una normativa heredada en cuanto a heterosexualidad, familia nuclear o monogamia permanente, pero también es muy fuerte el sentimiento de pertenencia. Por eso, si Manuel es maricón o a Lucía le gustan las chicas está bien, aunque siga habiendo dificultades en la expresión pública”.

Los ejemplos ya no hacen ahora más que multiplicarse. Con sus apenas 21 años, el zaragozano Juanjo Bona ha colocado su pueblito de Magallón (1.050 habitantes) como epicentro inspiracional y creativo de ‘Recardelino’, un muy reciente debut discográfico en el que aplica las enseñanzas de la jota ―hace un par de años arrasó en el Jotalent de Aragón Televisión— a una canción de autor bisoña y sentimental en la que la elección de pronombres deja siempre claro que los destinatarios de sus amores y desvelos son también masculinos. Su televisivo noviazgo con Martín Urrutia, también concursante en la edición de 2023 de Operación Triunfo, hizo correr ríos de tinta, pero bastante más llamativa es, en realidad, la progresión estilística de un muchacho que se presentó a la tele proclamando su devoción por David Bisbal o Luis Miguel y que “renegaba” de la música tradicional antes de comprender que formaba parte de su “esencia”.

El folk sin miedo al qué dirán ya es, por lo que se ve, una realidad imparable. Y en esa tesitura es imposible no recordar al maestro Eliseo Parra (Sardón de Duero, Valladolid, 75 años), indiscutible pionero peninsular y profesor de canto y percusión de centenares de artistas jóvenes, entre ellos del propio Rodrigo Cuevas. Hace ahora dos años, cuando anunció su retirada de los escenarios, Parra explicó en EL PAÍS que nunca había ocultado a nadie su condición sexual porque tampoco había sufrido ningún rechazo en el entorno cultural ni campestre. “Me fui de casa a los 18 años”, explicó, “y jamás se me repudió por ser como soy. Cuando salía el tema de las novias en alguna conversación, simplemente, yo advertía con toda naturalidad: ¡uy, yo es que soy maricón!”. Algo que, como la música tradicional, existe desde siempre y nos sobrevivirá de por vida.
La rebeldía del rock hizo aguas frente a la causa arcoíris
También el rocanrol y las demás expresiones de la música popular tardaron una barbaridad en asumir la homosexulidad. Más allá del contraejemplo clamoroso de Little Richard, los artistas homosexuales o cómplices de la causa arcoíris debieron conformarse con la insinuación tácita o la connotación para mentes cómplices. Richard protagoniza con todo merecimiento la portada de ‘The secret public. How the LGBTQ+ aesthetic shaped pop culture: 1955–1979’ (ACE Records), reciente y fabuloso doble CD en el que el septuagenario escritor, crítico y presentador televisivo londinense Jon Savage recorre esta historia agridulce y fascinante a lo largo de 41 canciones. Dos horas y media en las que pasamos del recato pudoroso de los pioneros a la gran eclosión ‘queer’ de la música disco, con himnos tan clamorosos como ‘I was born this way’, de Carl Bean.

En el cancionero solo hay hueco para dos canciones rescatadas de los años cincuenta: el adelantadísimo ‘Tutti-frutti’, de Little Richard, y ‘Esquerita and the voola’, de aquel Esquerita que era aún más explícito, manierista y escandaloso que él. A partir de Joe Meek, Billy Fury o Frank D’Rone nos adentramos ya en los sesenta, década de esplendor musical en el que el armarizado público homosexual hubo de conformarse con las insinuaciones. La maravillosa Lesley Gore (‘It’s my party’, ‘You don’t own me’), tardó años en destaparse como lesbiana, mientras que la extraordinaria cantautora Norma Tanega, que vivió un intenso romance con Dusty Springfield nunca despegó del ‘underground’.

Todo sería muy distinto en cuanto las bolas gigantes de espejos comenzaron a girar y por las cabinas de los pinchadiscos desfilaron LaBelle (‘Lady marmalade’), Grace Jones (‘I need a man’), Michele (‘Disco dance’), o Sylvester (‘I need somebody to love tonight’). Pero en realidad, hasta la llegada del efímero y desdichado Jobriath ‘(I’maman’, 1973), un pionero que pagó cara su coraje explícito, no era nada sencillo relatar pasiones amorosas entre dos hombres, y mucho menos aún entre dos mujeres.

lunes, 4 de septiembre de 2017

#hemeroteca #festivales #lgtbi | ¿Qué es el 'agrocuir'? La lucha LGTBI llega a las aldeas

Imagen: El País / Los símbolos arcoíris en el Festival Agrocuir
¿Qué es el 'agrocuir'? La lucha LGTBI llega a las aldeas.
Este festival de Ulloa (Galicia) lleva cuatro años reivindicando la diversidad sexual y la defensa de la ecología en el rural.
Tentaciones, El País, 2017-09-04
https://elpais.com/elpais/2017/08/30/tentaciones/1504106108_339823.html

¿Qué tiene que ver la explotación de eucaliptos con los derechos del colectivo LGTBI en el rural? Aparentemente nada, pero en el Festival Agrocuir da Ulloa (Lugo) están muy comprometidos con las causas justas, apostando por una programación alejada del típico calendario de verano y con un mayor trasfondo social. Esta iniciativa surgió bajo el nombre de ‘Festival Agrogay’ para reivindicar la diversidad sexual en la aldea; cuatro años después, no solo ha aumentado el número de asistentes, el concepto también se les ha quedado pequeño. Hablamos con uno de sus organizadores, Adrián Gallero, sobre su última edición -dedicada al colectivo ‘trans’ y la defensa del bosque autóctono-, la situación del colectivo en el rural y las ideas que reivindican.

El festival acaba de cumplir cuatro años. ¿Cómo se os ocurrió montar esta iniciativa?

Decidimos organizar este festival para reivindicar y visibilizar la diversidad sexual en el rural. Creíamos que era algo muy necesario y que no se estaba haciendo en ningún sitio. Pero no solo eso, también queríamos aprovechar para reivindicar la defensa del patrimonio, la ecología o el feminismo.

Habéis pasado de ‘agrogay’ a agrocuir’. ¿A qué se debe este cambio de nombre?

El cambio de nombre creo que muestra nuestro propio proceso de aprendizaje. Nos dimos cuenta de que el término ‘agrogay’ –que nos gustaba mucho como sonaba-, no dejaba de ser un concepto que aludía a una sexualidad muy concreta. En Europa o en Occidente, en su mayoría, hace referencia al hombre blanco, de clase media alta y urbanita. Así que le cambiamos el nombre por ‘cuir’ para hacerlo más coherente con lo que proponemos: algo mucho más inclusivo, de lo que se puede sentir parte quien quiera, independiente de su orientación sexual o de si vive en la ciudad o en el rural.

¿Por qué habéis optado por escribirlo así en lugar de ‘queer’?

Lo pusimos en gallego para no utilizar el término inglés. Creemos que tiene una parte buena y una mala. La mala es mucha gente no sabe muy bien lo que significa la palabra queer y menos si la traducimos. La buena es que estamos visibilizando un concepto de vanguardia, en el que se está trabajando en todas partes. Es importante llevar esos términos al rural y no estar siempre veinte años por detrás.

Para la ocasión este año también habéis recuperado la bandera de ocho colores.

Está todo muy relacionado. En el año 78 se desprendieron de dos colores, el rosa y el azul claro. Justo los que representan al colectivo ‘trans’. Siempre ha sido el colectivo más expuesto y el más luchador, y, al mismo tiempo, el más vulnerable y al que más se ha dejado de lado. Recuperarla va en esa misma dirección: incluir a la gente que se va sintiendo fuera del colectivo gay, y que cada día es menos reivindicativo.

¿Cómo ves la situación del colectivo LGTBI en el rural?

Hasta hace tres años no existían iniciativas como estas, pero este verano nacieron varios proyectos similares en Galicia, lo que prueba que es necesario y que la gente está interesada. Estamos viviendo como en la propia comarca se nos está acercando mucha gente nueva y otras que están saliendo del armario.

¿Y a nivel nacional o internacional hay colectivos similares al vuestro?

Hace tiempo nos lo preguntamos, pero no tenemos constancia. En Extremadura, por ejemplo, hay una iniciativa de mujeres homosexuales en el rural, pero trabajan a nivel más asociativo y no tanto a nivel festival. Una de las cosas en las que estamos trabajando este año es en crear redes de contacto, ampliar estas redes de colaboración y comunicación dentro del territorio.

¿Y los eucaliptos qué tienen que ver con todo esto?

Siempre decimos que para ser ‘agrogay’ o ‘agrocuir’ simplemente hay que estar a favor de la diversidad sexual y el respeto por la naturaleza. Creemos que está muy relacionado porque al final, de lo que estamos hablando es de relacionarnos de una forma más sensible, en cuanto al tratamiento de las personas como del entorno. Siempre ha estado muy presente la reivindicación ecologista pero este año le dedicamos la edición al bosque autóctono frente al proceso de eucaliptación que estamos viviendo.

¿Qué diferencias crees que existen entre el colectivo LGTBI del rural y la ciudad?

En una ciudad es más fácil encontrar tu lugar. Lo que ocurre es que suele ser como un ‘getto’. Quizás suene exagerado, pero no deja de ser eso: vas a la ciudad, montas tu grupo de gente que se parece a ti y ya está. Puedes pasar tu vida sin preocuparte, sintiéndote parte de una de una comunidad, pero eso al final no es integración, ni convivencia con todo el mundo.

De entrada, en el rural eso es más difícil. El proceso de socialización es distinto, hay mucha menos gente y menos acceso a una oferta cultural. Cuando vas a un bar te encuentras con el alcalde, con tus amigos, con los vecinos... Al final si la gente ve que formas parte de la comunidad, que trabajas, o que te integras, todo el mundo te acepta. Eso es lo que le importa a la gente y no quien te guste. Quizás en la ciudad caes en más en las apariencias y te juntas con personas acordes a tus gustos.

Y a la hora de afrontar la programación, ¿qué criterios seguís?

Gira en torno al tema especial de cada año. Esta vez fue el bosque autóctono y la visibilización del colectivo ‘trans’, así que contamos con Rodrigo Cuevas y Mercedes Peón. Son dos personas muy ‘queer’, con unos proyectos en el que reivindican la defensa de la tierra, la naturaleza, la identidad sexual... Intentamos enlazar siempre contenidos y artistas.

martes, 17 de enero de 2017

#hemeroteca #vidarural #testimonios | Derribando armarios de paja y de hormigón

Imagen: El Diario / Ilustración de Emma Gascó
Derribando armarios de paja y de hormigón.
El 'sexilio' ha provocado que muchas personas LGTBI abandonen su pueblo y emigren a las ciudades. Con cinco años Elsa obligó, con su decisión y arrojo al gritar que es una niña, a que en su pueblo de poco más de 4.000 habitantes se hablara de transexualidad. ¿Existe más lgtbifobia en las ciudades que en los entornos rurales?.
Mª Ángeles Fernández | El Diario, 2017-01-17
http://www.eldiario.es/pikara/Derribando-armarios-paja-hormigon-lgtbi-pueblos_6_602699750.html

Carla Antonelli se tuvo que marchar de su pueblo, Güímar (Tenerife), en 1977 porque "en aquellos momentos se hacía impensable que una persona transexual pudiera desarrollar su identidad de género en un entorno rural"; tal cual lo recoge la Wikipedia. No volvió hasta 2009. La ahora diputada por el PSOE en la Asamblea de Madrid, primera mujer trans con un cargo de representación parlamentaria en el Estado español, recuerda que "sigue existiendo lgtbifobia en el entorno rural". De hecho, se podría hablar de ‘sexilio’, un término que explica la migración del campo a la ciudad de muchas personas debido a su identidad de género o de sexo. ¿Existe lgtbifobia en las ciudades? sería la pregunta obligada. La cuestión, por supuesto, no es cerrada.

Para abordar el tabú de ser persona lgtbi en un entorno rural, en el laboratorio de periodismo de Pikara, #PikaraLab, hemos creado el especial ‘Armarios de paja’. Porque Óliver, por ejemplo, cree que aunque en el pueblo no seas una persona anónima, y por tanto tu identidad de género o de sexo tampoco lo sea, en la ciudad las agresoras también pasan tan desapercibidas, como les ocurre a lesbianas, gays, transexuales, bisexuales o intersexuales. "Si me agreden en mi pueblo sé quién es y le voy a señalar", sostiene y defiende.

Las experiencias son múltiples, diversas, nunca unánimes, llenas de matices, peros y condicionantes. Son tantas como personas, como vidas. Sagrario es de Extremadura, como Óliver, y recuerda que no se puede comparar la situación de las lesbianas con la de los gais. Ellas sufren una doble o tal vez triple discriminación: mujer, lesbiana y de pueblo.

No hay estudios ni estadísticas, pero los géneros periodísticos habituales (entrevista, reportaje y crónica) y las nuevas herramientas (vídeos, diseño web o ilustraciones) nos han ayudado a indagar en un asunto poco tratado, aunque muy comentado. Lo que no se nombra no existe y la invisibilización de las personas lgtbi en entornos rurales no hace sino ahondar el problema.

Fue Elsa, de cinco años, quien obligó, con su decisión y arrojo al gritar que es una niña, a que en su pueblo de poco más de 4.000 habitantes se hablara de transexualidad. Y el aforo fue insuficiente. Los medios extremeños repicaron la noticia y por unos días la gente leyó sobre personas trans; sin tapujos y en una de las regiones más rurales. El debate ha saltado a medios de ámbito estatal por el caso, por ejemplo, de la hija del actor porno Nacho Vidal o por la excelente campaña publicitaria de la asociación de familias de niños, niñas y adolescentes transexuales Chrysallis Euskal Herria: ‘Hay niñas con pene y niños con vulva’.

Una valla publicitaria ha sido destrozada en la ciudad de Vitoria-Gasteiz. Y Facebook, punto de encuentro de activistas, urbanitas, ‘gentes’ de pueblo, modernas, retrógrados y el sinfín de fauna humana, ha bloqueado la imagen. Pues resulta que el salón de plenos del Ayuntamiento de Arroyo de San Serván se llenó para apoyar a Elsa y su familia. Su madre no sabe cómo se hubiera gestionado el caso de su hija en una urbe, pero el hablar con libertad ante su vecindario ha empoderado a la familia y, sin duda, a la niña.

Que en los pueblos existe mucha presión, que todo el mundo se conoce y que los rumores vuelan es cierto. Pero, ¿acaso no existe chismorreo en las ciudades o en colectivos de activistas más urbanitas? En ‘Armarios de paja’ hemos querido soplar bien fuerte contra los múltiples prejuicios y discriminaciones, apostar por la diversidad de voces y de fuentes para intentar trazar una radiografía lo más amplia posible sobre la cuestión.

¿Sabías que la fiesta del Orgullo también se celebra el pequeño pueblo gallego de Lalín?, ¿y que se hace con un cocido?, ¿o que en esta región, concretamente en Monterroso, existe un festival agrogay digno de estudio? Las organizadoras lo tienen claro: "Se distingue de la tradicional fiesta gay, centrada exclusivamente en el consumismo y en el ocio nocturno". ¡Derribemos los armarios, sean de paja, de cristal, de hormigón o comprados en la tienda de moda!