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sábado, 11 de noviembre de 2023

#hemeroteca #malditismo | Jon Mirande Aiphasorho, entre el olvido y la sospecha

Fotograma del documental de Josu Martinez con cuartillas, fotos y libros de Jon Mirande //

Jon Mirande Aiphasorho, entre el olvido y la sospecha

Mirande, un bosquejo. La película del cineasta e investigador Josu Martinez deja entrever los misterios que rodean al autor de 'Haur besoetakoa'
Begoña del Teso | El Diario Vasco, 2023-11-11
https://www.diariovasco.com/culturas/cine/jon-mirande-aiphasorho-olvido-sospecha-20231111074231-nt.html 

En septiembre, cuando volvieron a preguntarle sobre la proyección en el Zinemaldia de 'No me llame Ternera', Jose Luis Rebordinos respondió: «Ha habido películas mucho más complejas. Hemos puesto una sobre Jon Mirande, que era un nazi y expresa, a través de un actor y sus cartas, sus ideas, y nadie ha montado follón». En el prólogo a la edición de sus trabajos escogidos (Mensajero, 1976) Xabier Lete escribió: «Al publicarlos pagamos, en parte, la deuda contraída con su memoria (...). Era estilista a más no poder y su imaginación, totalmente libre; dos exigencias innegociables para dejar un legado valioso en la literatura».

Karlos del Olmo dramaturgo y poeta, traductor al euskara de 'Bajo el volcán' de Malcolm Lowry, obtuvo en 1999 el premio de teatro Toribio Alzaga por su obra 'Jon gurea, Parisen hatzana'. Amaia Elizalde Estenaga, doctora en literatura, remarcó en su tesis doctoral una «ruptura absoluta con las convenciones de la sociedad, sacando a la luz aquello que, aun imaginado, no se podía decir ni se debía escribir». Gabriel Aresti aseguró que hasta los más miopes habrían de ver que lo que todos tomaron por una historia perversa y pervertida era, es en realidad, «un último y enloquecido grito de rebelde libertad; un aullido desesperado contra una sociedad intolerante». Txomin Peillen, que titula 'Poète parisien' su trabajo de investigación y recopilación publicado por Euskaltzaindia en 2012, sabe que fue siempre maldito y maldecido por «haberse reconocido de extrema derecha y anticristiano» pero también «un innovador solitario». En un País Vasco que «tras haber estado sometido a un clero puritano se había vuelto revolucionario».

Toda esa gente, Rebordinos, Elizalde, Aresti, Del Olmo y los demás se refieren a la misma persona, a la misma criatura, al mismo ser: Jon Mirande Aiphasorho, nacido en 1925 en París, de padres suletinos, y encontrado muerto en su habitación a primeros del año 1973, rodeado su cuerpo de botellas y restos de barbitúricos, descomponiéndose, sus fluidos vitales derramándose ya. Habría fallecido el 28 de diciembre del 72. En su buzón, la carta sin abrir en la que su hermana Simone le invitaba a la cena de Nochevieja.

Jon Mirande. Autor de 'Haur besoetakoa', bella, desesperada, pura y muy erótica historia de amor entre Thèrese, una muchacha de no más de 13 años y su tío y padrino. Escrita hacia 1959 pero no publicada hasta 1970, todos pensaron, aún sin leerla, en la 'Lolita' de Nabokov (1955), que Mirande, por más que, conocedor de unas dos docenas de lenguas (muertas, vivas, célticas, indoeuropeas, germánicas más hebreo, bretón y árabe), fuera traductor de Keats, Saki y Poe al euskara, ni tenía referencias sobre ella ni había leído.

Amaia Elizalde subtituló su tesis sobre esa 'nouvelle', como la llamaba el autor, 'modernitate ukatua-la modernité liérarie niée (negada) de Jon Mirande'. Buscaba con ella tres objetivos: situarnos ante la modernidad que representó 'Haur besoetakoa', colocarnos ante la negación-prohibición que recibió entre las gentes del euskara y del País Vasco y analizar el por qué de ese repudio. La tesis se abre con un poema de Koldo Izagirre musicado por Imanol en 1986. 'Nire euskaltasuna pekatu bat da. Eta ez du mea- kulparik'-mi condición de vasco es un pecado que no tiene mea-culpa alguna'.

Pero ese Jon Mirande, cuyo nombre e ideología (nunca declarada en sus escritos ni proclamada ante las multitudes, solo comentada en sus cartas, publicadas por Susa en 1995, en antología de Patri Urkizu) se convirtieron en buenos titulares del pasado Zinemaldia, existió más allá de 'Haur besoetakoa' aunque nunca dejó de dolerse por tanta incomprensión: «Euskaldun ispiritu ertsiontzat gauza ez oituak eta berriak idaztea margaritas ad porcos botatzea da». 'Escribir cosas nuevas o inusuales para el estrecho espíritu vasco es como tirar margaritas a los cerdos». Una película descubre esos poliedros. Ese caleidoscopio humano, político, familiar, artístico. Busca hasta al humilde funcionario que fue. Nunca quiso un trabajo para ir subiendo de escalafón. Solo para sus viajes. Para su tabaco. Su alcohol. Sus libros (de mitologia, de religiones, de química, de genealogía y matemáticas. También el 'Mein Kampf' de Hitler, también obras del más que peligroso Louis Ferdinand Céline). Sus discos (Wagner, Mahler, Narciso Yepes; el 'Oriamendi' carlista de Baleztena, el 'Eusko Gudariak, de Gárate, el 'Cara al sol' de Tellería más... Juliette Greco). Al contador de chistes sádicos (el de la niña que tocaba la armónica con una hoja de afeitar...).

El escritor que en un soneto proclama su esperanza de poder escoger su propia muerte. El primer autor que escribió en euskara sobre la homosexualidad, el onanismo o la felación. En realidad, fue el primero hasta en poner esas palabras negro sobre blanco. Mirande es aún un incómodo desconocido y sus libros, difíciles de encontrar. 'Haur besoetakoa', su 'best seller'. Las cartas, 'Gutunak' (la base misma del armazón teórico y fílmico de 'Mirande, film bat egiteko zirriborroa') acaso continúan en el catálogo de la editorial. Esas cartas donde se lee. «Reflexiono sobre mi vida. No siento ni odio ni arrepentimiento. Solo asco...».

Poliédrico, sí. Repudiado. Incomprendido. No casaba en ninguno de los esquemas de la 'vasquidad', la 'euskaldunidad'. Mitxelena no se atrevió a publicarle por miedo a que los financiadores de su revista dejaran de aportar dinero. Un misionero escribió indignado desde África en 1953 a 'Euzko Deya' por un artículo de Mirande en el que se hablaba de un renacer panteísta y pagano entre los vascos. Peor aún, «intenta rimar en vascuence esos pensamientos suyos impúdicos, sucios».

Poliédrico. Conocedor de todos los dialectos del euskara, defendió el batua antes de que existiera. Jon gurea, Parisen hatzana. Jon nuestro. Que estás (estuviste) en París. Entre las sombras.

Estremo del documental sobre Jon Mirande en Zinemaldia //

Alain y Christian Angelie, sobrinos del 'intelectual improductivo'

En la foto del estreno vemos al actor Peio Berterretxe, a la doctora en literatura Amaia Elizalde y a los sobrinos del autor del poema 'Jauregi hotzean'. Son hijos de su hermana Simone y ya colaboraron con Txomin Peillen en la recuperación de la memoria de Mirande. Ellos quienes encontraron el cadáver. Ellos quienes, de niños, tuvieron incluso algo de miedo a aquel tío taciturno y amable. En su funeral, de cuerpo presente, vieron, aterrados, cómo el líder de los filonazis bretones hacía el saludo hitleriano frente al ataúd. Recuerdan a su madre acercándose al altar a pedir excusas al sacerdote oficiante. Tampoco olvidan cuántos papeles quemó Simone cuando hubieron de vaciar el piso de Jon. Creía ella que serían escritos personales. Seguramente fueran poemas, ensayos, cartas literarias. Sí, sabían que escribía. Pensaban que habría publicado algún artículo en algún periódico. Algún poema. Nada más. No, en las reuniones familiares no hablaba de política. Ni de religión. Sí, para ellos era un 'intelectual improductivo'. Ahora saben que produjo una revolución. En el euskara. Y en este país.

Más que una película, un 'dispositivo fílmico', un 'artefacto brechtiano'
El filme del autor de 'Bizkarsoro' tiene actor, sonidista, montadora y director de fotografía, pero no es una 'película'
Begoña del Teso | El Diario Vasco, 2023-11-11
https://www.diariovasco.com/culturas/cine/pelicula-dispositivo-filmico-artefacto-brechtiano-20231111074222-nt.html

Y sin embargo, el documental de Josu Martinez Albizu, cineasta, doctor en comunicación audiovisual, autor de 'Irudiz eta euskaraz. Gure hizkuntzaren zinema. Gure zinemaren hizkuntza', historia del cine vasco con un punto de melancólica y esperanzadora ironía, desprende un sabroso e hipnótico toque de película de detectives, siendo el investigador el mismo Josu y la pieza a descubrir las sombras, claroscuros, misterios, alegres tristezas y obras perdidas de Mirande. Es Martinez quien define este 'Film bat egiteko zirriborroa' como el 'bosquejo' de una investigación que no se concluirá jamás. De hecho, producida por Tentazioa y Gastibeltza, que lucharon a brazo partido para convencer a instituciones transnacionales de apoyar un trabajo sobre un simpatizante de los nacionalistas bretones filonazis, acaba con el hallazgo insospechado de un ¿último? poema de Mirande.

Dice Martinez también que es un 'artefactobrechtiano'. Hay un (gran) actor, Peio Berterretxe. Pero no encarna al escritor. El guion ha cogido las cartas del escritor de negro humor y sus palabras fluyen a través del cuerpo y la voz del comediante.

lunes, 8 de junio de 2020

#hemeroteca #testimonios | Bastarda, fea y extrema: buscando a Violette Leduc, la escritora olvidada

Imagen: El Confidencial / Violette Leduc

Bastarda, fea y extrema: buscando a Violette Leduc, la escritora olvidada.

Capitán Swing edita en español la obra cumbre de esta escritora francesa, radical e irreverente, olvidada a pesar de haber conseguido el aplauso de Beauvoir, Camus o Sartre.
Marta Medina | El Confidencial, 2020-06-08
https://www.elconfidencial.com/cultura/2020-06-08/violette-leduc-la-bastarda-capitan-swing_2620627/ 

"Mi fealdad me aislará hasta la muerte", se lamenta Violette Leduc en su segunda novela, 'L'Affamée', escrita en 1948. "Hubiera querido nacer estatua y soy babosa en mi propio estercolero", prosigue en 'La bastarda', su obra más afamada, por la que ganó el premio Goncourt en 1964 y que ahora reedita en castellano Capitán Swing, como una labor de memoria de una escritora incómoda que, a pesar de haber sido ensalzada y reconocida por Albert Camus, Simone de Beuvoir, Maurice Sachs, Jean Genet y hasta Sartre se perdió en el desierto del ostracismo desde su muerte en 1972 hasta que el cineasta Martin Provost la recuperó en 2013 en su película 'Violette'. Leduc no escribe: vomita. En cada una de sus líneas queda plasmada la rabia, el desprecio por sí misma, la desesperanza.

"Se dice que ya no existen autores desconocidos: poco menos que cualquiera podría hacerse editar", escribió Beauvoir en el prólogo original. "Pero, justamente, la mediocridad abunda y la buena semilla se ahoga bajo la cizaña. El éxito depende, en la mayor parte de los casos, de un golpe de suerte. La mala suerte, a su vez, tiene sus razones. Violette Leduc no quiere agradar, no agrada y hasta aterroriza". Ella fue a quien le entregó el manuscrito de 'La asfixia' en 1945 y, en gran parte su descubridora.

Beauvoir hoy se sorprendería, sin duda, del panorama editorial. Y Leduc, probablemente, lo hubiese intentado dinamitar todavía con más énfasis. La mayor parte de la obra de Leduc es autobiográfica. Pero 'La bastarda' lo es más. Porque ahonda en las raíces de su personalidad y su pluma extremas, nacidas, precisamente, de su condición de bastarda en Arrás, una pequeña ciudad al norte de Francia, en 1907. La escritora entremezcla el relato de su familia y su infancia con el proceso de escritura, con duras sentencias y autoflagelaciones, con lo que crea una sensación de presente continuo, de borbotón de ideas, de un intento desesperado de tomar aire. Por un lado, siente que nunca ha sido amada. Por otro, considera difícil poder amar. Cuando una la lee, uno piensa en la capacidad de ordenar y desordenar ideas al mismo tiempo. "Tengo miedo de morir y me desgarra estar en el mundo", comienza 'La bastarda'. Y esa sensación de vivir en la perpetua contradicción impregna la prosa de Leduc.

La historia de Violette comienza mucho antes de su nacimiento. Empieza con el matrimonio de su abuela Fidéline, su verdadero referente materno: la relación de Leduc con su madre es tormentosa y determinará las que la escritora tenga a lo largo de su vida. Después, el relato de las visicitudes de una familia que sufre tanto de pobreza como de enfermedad. Trabajos mal pagados, estancias con las monjas, tisis y embarazos fuera del matrimonio en una sociedad extremadamente conservadora. "Es en tu vientre donde vivo la vergüenza de antaño, tus pesares. Dices que a veces te odio. El amor tiene innumerables nombres", le dedica a su madre Bérthe. Ella, joven, se había quedado embarazada de un joven de la alta burguesía de la ciudad cercana de Valenciennes y él se había negado ya no solo a reconocer, sino tan solo a conocer a la niña.

La bastarda. Así se define. La bastarda, la losa que pesa desde el nacimiento. Desde el apellido. Leduc nació temiendo al sexo masculino, porque su madre solo contaba 'historias de terror' sobre ellos. Todas las mañanas me ofrecía un terrible regalo: el de la desconfianza y la sospecha. Todos los hombres eran unos canallas; ningún hombre tenía corazón. Me miraba con tanta intensidad durante su exposición que me preguntaba a mí misma si yo era o no un hombre. No había ninguno que compensara a los demás. Abusar de una: he ahí su finalidad. Yo tenía que comprender y no olvidarlo nunca. Unos cerdos, todos unos cerdos". Cuenta Leduc que vivió en permanente temor al mañana. Que hasta la forma de alimentarse tenía que ver con las carencias de su madre y los miedos que esta le había inoculado. "Morir de hambre es lo más difícil del mundo", escribe.

En la obra de Leduc también está muy presente su sexualidad. Tanto que tuvieron que censurar varios pasajes explícitos de 'Ravages', su novela de 1955, por subidos de tono. Era demasiado obscena y precisa. Había que suprimir el erotismo y mantener la afectividad. Descripciones de penes. De abortos. Y, sobre todo, escenas lésbicas altamente inapropiadas para la época. Aquel rechazo lo tomó como una afrenta personal. Sentía, que tras aquello, no volvería a escribir. Sin embargo, a su muerte en 1972, había publicado una decena de libros. Y otro más se publicaría después de su muerte.

En 'La bastarda', la autora desvela sus primeros amores, mayoritariamente con mujeres, entre los que se encuentra Hermine, un amor que le costó la expulsión del colegio en 1926 por "malos hábitos", como dicen en los periódicos. "Hay seres que son nuestro mayor riesgo: Hermine era ya mi riego y mi dureza", describe Leduc uno de los primeros encuentros con la maestra.

Leduc es la marginalidad hecha persona. Bastarda, pobre y fea, amante de mujeres y de hombres homosexuales y proabortista. Pero también parte de ese paisaje del París nocturno donde se puede encontrar azarosamente con Robert Bresson, "la sombra, de tamaño mediano, que venía todos los días con su abrigo de paño beis"; la montadora Denise Batcheff, "morena, bajita, elegante, femenina, impecable" y, sobre todo, el hombre que le cambió la vida y la empujó a publicar: el escritor Maurice Sachs. Leduc lo describe como un hombre con boca de mujer, una barbilla como la bolsa de un campesino de Brueghel, llena y dadivosa, un hombre risueño y agudo, pero también inalcanzable.

Las conversaciones sobre arte y literatura, entrelazadas con encuentros en las tascas parisinas, borracheras, casas de moda, hoteles y bohemia. Y también soledad. Y luego, la vuelta al campo. La sensación perpetua de fracaso. "Siempre seré una exiliada. Envejecer es perder lo que se ha tenido. Yo no he tenido nada. Fracasé en lo esencial: mis amores, mis estudios. Amar la luz. Tenía 16 años y preferí el resplandor de la vela sobre un libro. Tengo 37 y prefiero el sol sobre un acantilado de tiza". Poco a poco, Leduc vuelve al catálogo y al imaginario colectivo. Su malditismo, siempre atractivo, su 'punkismo' vigente y su proximidad a Beauvoir, Sartre y compañía la rescatan, casi medio siglo después, del ostracismo de los insumisos.

lunes, 21 de enero de 2019

#hemeroteca #transgresion | Eduardo Haro Ibars, un ‘maldito’ que te marcó más de lo que crees

Imagen: Google Imágenes / Eduardo Haro Ibars
Eduardo Haro Ibars, un ‘maldito’ que te marcó más de lo que crees.
Rubén Caravaca Fernández | El Asombrario, 2019-01-21
https://elasombrario.com/eduardo-haro-ibars-maldito-marco-crees/

En este repaso de Rubén Caravaca a las múltiples formas de las Culturas Invisibles, hoy el autor se detiene en un escritor/periodista agitador que marcó decisivamente sus primeras lecturas: Eduardo Haro Ibars. Fallecido en 1988 con solo 40 años, hijo del famoso periodista Eduardo Haro Tecglen, iluminó desde un ángulo totalmente distinto –el que denominamos ángulo maldito de la vida, desde la más absoluta libertad ideológica, sexual y de adicción a las drogas, a menudo desde el filo del abismo- aquellos años de nuestra Transición sobre los que tanto tenemos que volver ahora para mirarlos de otra manera. Nos acercamos a él a través del libro ‘Cultura y memoria a la contra. Artículos en las revistas Triunfo y Tiempo de Historia (1975-1982)’, que proyecta bien su figura y pensamiento.

Siendo muy joven, ahora me expulsarían de clase con total seguridad, me convertí en un ferviente lector de ‘Star’, ‘Ajoblanco’, ‘Ozono’, ‘Disco Express’, ‘El Viejo Topo’, ‘Bicicleta’ y sobre todo ‘Sal Común’; todavía conservo ejemplares de aquellos años, era “mi prensa”, aquella que me mostraba otros mundos que todavía me eran lejanos.

Con el mismo entusiasmo devoraba ejemplares de la colección ‘Los Juglares’ (Ed. Júcar) que dirigía Mariano Antolín Rato, del que hablamos hace un tiempo por aquí, y los de Las Ediciones La Piqueta, cuyo responsable era el amigo Juan Pablo Silvestre, singulares panfletos donde nos contaban ‘de qué va…’ ‘El Rollo’ (Jesús Ordovás), ‘El Rock Macarra (Diego A. Manrique), ‘La Política’ (José Manuel Costa), ‘Las Comunas’ (Pepe Ribas) o ‘Las Drogas’ (Eduardo Haro Ibars). Este último había publicado con anterioridad ‘Gay Rock’ (1974) en ‘Los Juglares’, escribiendo habitualmente en ‘Triunfo’, revista que ojeábamos en casa de un compañero de clase, cuya hermana -ya universitaria- la adquiría si no era secuestrada.

Los escritos de Ibars nos aproximaban a realidades vetadas para gente de nuestra edad: sexo, drogas, rock and roll, que queríamos y necesitábamos conocer.

Con el paso del tiempo vi su pluma en canciones de grupos como la Orquesta Mondragón o Gabinete Caligari, posiblemente el mejor grupo de la famosa movida. Precisamente con Jaime Urrutia y su hermano Eugenio, integrante también de Ciudad Jardín y Glutamato Yeyé, dieron vida a un proyecto musical casi efímero, Gelatina Dura, nombre extraído de uno de sus versos: “allá tras las montañas de gelatina dura”, mientras que otro hermano, Alberto, tocaba en Lo Prohibido.

Más adelante indagué, por vínculos familiares, sus textos sobre Tánger; leía los que publicaba en ‘Liberación’, que echó a andar por el empeño del recientemente fallecido Andrés Sorel; en ‘La luna en las ciudades’, suplemento de ‘La Luna de Madrid’, o ‘Combate’, órgano de expresión de la Liga Comunista Revolucionaria (LCR), junto a aquellas poesías donde las drogas eran protagonistas, una de las muchas semejanzas con Leopoldo María Panero.

Junto a Chicho Sánchez Ferlosio y Agustín García Calvo representó, sin comprender del todo a ninguno de los tres, ni falta que hacía, a esas figuras admiradas por su espíritu libre, controvertido, crítico, opuesto; escasamente reconocidas, más allá de situaciones propias de la sociedad del espectáculo.

Hace un par de años, Postmetrópolis Editorial publicó ‘Cultura y memoria a la contra. Artículos en las revistas Triunfo y Tiempo de Historia (1975-1982)’, de Eduardo Haro Ibars, edición y estudio introductorio a cargo de Aránzazu Sarría Buil.

Más de 300 páginas en las que leer e intentar comprender los mundos del escritor madrileño. Selección clasificada por partes. Una primera, ‘Filiaciones’, que incluye su producción para la revista ‘Tiempo de Historia’ (1975-1982), en dos capítulos: ‘De lo sublime’ y ‘Creación y política’. La segunda nos acerca a algunos de los textos publicados, entre 1978-1980, en la revista ‘Triunfo’, donde contaba con su propia sección, ‘Cultura a la contra’, ordenados por capítulos: ‘A vueltas con la contracultura’, ‘Lo marginal: sensibilidad y alteridades’ y ‘Madrid, o la calle entre creación y distopía’.

Su lectura nos acerca a mundos tan diversos como los de Drácula, Oscar Wilde, Julio Verne o Artaud. A la brujería, a la homosexualidad, al fascismo como fascinación. A Tom Wolfe, André Bretón, Diego Abad de Santillán. Textos que ayudan a conocer al autor más allá de movidas, fascinaciones coyunturales o enfoques mediáticos que también están presentes.

De obligatoria lectura son ‘Punks y punkettes, salid de vuestras alcantarillas’, ‘El desmadre como ritual’, ‘Pornografía’ o ‘Bajar al metro’, que nos muestran al artista en su salsa: cosmopolita, diverso, transgresor sin eludir temas: reseñando el terror por el resurgir del fascismo, algo muy presente en la actualidad, mostrando la calle y el metro como espacios de vida, convivencia, construcción. Dada su prolífica creación es de suponer que la selección debió ser compleja.

Aránzazu Sarría Buil, además de recopilarlos, realiza un estudio preliminar que centran lectura y autor. Recopilación agrupada en pensamientos, no en fechas o calendarios, para “ayudar a comprender las preferencias temáticas del autor en su manera de acercarse al tiempo histórico”. Lectura imprescindible, plausible, acertada alejándose de muchos escritos que hablan de creadores, sin mostrar ni difundir mínimamente las obras a las que hacen referencia.

“Cuando trato de ser realista, y proclamo a los cuatro vientos que todo va mal, y que todo irá a peor todavía, se me llama derrotista, pesimista y desesperanzado. Por desgracia, la realidad me da continuamente la razón. Y siguen matando chavales por las calles, y se restablece la censura en el cine -aunque haya perdido su nombre, y sea una censura más vergonzante y no menos vergonzosa- y se prohíbe el derecho a manifestarse. A mí todo esto me recuerda décadas anteriores y negras; mucho me temo que vamos a caer de nuevo en el aburrimiento, en la grisura, en el espacio físico y moral que imperaba en nuestro papá Franco, que es también el papá de estos chicos que hoy nos gobiernan y nos mandan, y que encima dicen que nos representan”. (‘El decenio que viene’. Revista Triunfo, 883. 29/12/1979). Artículo publicado hace casi cuatro décadas. Su autor nos dejó hace 20, y hoy está tan vigente como muchas de sus manifestaciones.

Hay que volver a leerle, conocerle. Valorarle como persona, como escritor, más allá de lazos familiares, innegables y sustanciales. Mientras tanto, podemos escuchar algunas de las canciones basadas en sus textos, como esta de Gabinete Caligari o ‘Ponte la peluca’, de la Orquesta Mondragón.

lunes, 23 de octubre de 2017

#hemeroteca #testimonios | El desorden del abismo

Ángel Vázquez
El desorden del abismo.
Seix Barral recupera la novela maldita de Ángel Vázquez, 'La vida perra de Juanita Narboni'.
Luis Antonio de Villena | El Mundo, 2017-10-23
http://www.elmundo.es/cultura/literatura/2017/10/23/59ee3a5ae5fdea2f568b4577.html

Emilio Sanz de Soto, que fue nuestro tangerino oficial, el testigo lúcido de toda una época y gran amigo mío, iba a ‘Oliver’ (casi un pub literario y nocturno) en los años 70 acompañado, a menudo, de un hombre triste, muy poco hablador y con aire de funcionario gris. Ese hombre cordial pero casi mudo, con grandes gafas, que estuvo muchas noches sentado a mi lado bebiendo, apenas si tenía conversación, por más que Emilio en ciertos momentos hiciera por animarlo... Me han preguntado: ¿Conociste entonces a Ángel Vázquez, el autor de ‘La vida perra de Juanita Narboni’? Lo conocí y estuve muchas noches a su lado, era el hombre dipsómano y triste que acompañaba aquellas noches dichas a Emilio Sanz, que sí tenía una conversación amenísima.

Eduardo Haro Ibars, buen amigo, que no estaba allí aquellas noches, pero que había pasado su adolescencia en Tánger, donde su padre fue el último director del ‘diario España’, me había hablado alguna vez de Vázquez como escritor nada desdeñable, homosexual y hombre raro (alcohol, drogas) muy conocido en la ciudad por su extranjerismo de sí propio, y por ser el hijo de Mariquita la sombrerera, una señora que hacía sombreros para damas en la época mejor de Tánger, pero que terminó alcoholizada y con la cabeza ida, cuando aquel viejo negocio de los sombreros femeninos se vino abajo, a la par que el brillo del Tánger Internacional se marroquinizaba.

Según el propio Vázquez (muy consciente de que su mundo desaparecía lentamente; ya ha desaparecido) el habla de Juanita Narboni -pasaporte británico por gibraltareña, pero en verdad andaluza- está tomado del de las hebreas pobres que hacían tertulia con su madre hablando en yaquetía, un español de base sefardita, con arabismos y algún galicismo, pero español muy expresivo básicamente. Esa lengua casi desaparecida queda en el monólogo interior y exterior de Juanita Narboni.

Porque en Tánger hubo hebreos sefarditas ricos o muy ricos (como los Salama o los Benarroch) que mandaban a sus hijas a colegios católicos de monjas españolas, hubo una colonia internacional de millonarios -los menos, como Bárbara Hutton-, una colonia de artistas, cuyo eje fue la pareja Bowles -Jane casi siempre más querida que Paul- y junto al mundo esencial islámico pobre, otra colonia -la más antigua, la más integrada- de españoles y judíos pobres. A ese grupo (que hablaba el yaquetía, además de otras lenguas) pertenecían Vázquez, su madre y su abuela. Eduardo Haro Tecglen decía que para entender la singularidad de Ángel Vázquez bastaba saber que su nombre era a medias un pseudónimo. ¿Ángel Vázquez? Sí, porque él en verdad se llamaba Antonio, pero (creía) cambió el Antonio por Ángel para no coincidir con no sé qué torero de fines de los 50.

Creo que mediando 1976, más o menos, Emilio me dio una novela editada en Planeta y que no llamaba mucho la atención, ‘La vida perra de Juanita Narboni’ de Ángel Vázquez. Emilio me dijo: «Ángel me la ha dado para ti. Está dedicada. Él es sobrio, pero ha dibujado debajo una pequeña palmerita y eso quiere decir que te tiene por buen amigo, porque si no, nunca hace el dibujito». Lo agradecí mucho, pero no leí entonces la novela, y por esas fechas dejé casi por entero de ver a Ángel. Se había vuelto a su mismidad alcohólica en el cuarto pequeño que ocupaba en una vieja pensión, cerca de Atocha, en Madrid. Otro día de 1980, supe por Emilio que Vázquez había aparecido muerto en su cuartucho, tras mucha ingesta de coñac, y tras haber quemado un par de novelas que no logró terminar. En ese momento sí que, de veras, sentí mucho la muerte de un creador fracasado, olvidado, pobre y borracho, que tampoco desconocía alguna droga. Y entonces sí me puse a leer mi ejemplar de ‘La vida perra...’, que me encantó. Una singular obra maestra que iba a tener éxito enseguida, pero que inicialmente pasó inadvertida.

Me quedé con las ganas de haberle dicho a Ángel cuánto me había gustado su novela, y acaso comentarle mi interés por sus dos únicas anteriores novelas (una Premio Planeta 1962) que hablaban del Tánger internacional, acaso con algún pudor, y que para Eduardo Haro quedaban por debajo de ‘La vida perra’ pero no estaban en absoluto mal. Eran (las leí años después) ‘Se enciende y se apaga una luz’ (1962) y ‘Fiesta para una mujer sola’ (1964).

Esas novelas, junto a ‘Juanita Narboni’ y al tomo de relatos (11 piezas) que publicó Pre-Textos en 2008, ‘El cuarto de los niños y otros cuentos’, con prólogo póstumo de Emilio Sanz, y que abarca, desde los finales 50, toda la trayectoria literaria de Vázquez, componen una obra completa corta y singular de un maldito que nunca hizo demasiado ruido y que tuvo realmente una vida perra.

Vázquez era un español de Tánger y hay que haber conocido aquello para apreciar el matiz. Nacido en junio de 1929, autodidacta tras haber terminado el colegio (no tuvo dinero para estudiar más), vivió esencialmente en Madrid desde 1965, pero era un español de fuera de España, de aquella ciudad que fue mágica de libertades y vicios y donde Vázquez se movía como pez en el agua, junto a sus tres más protectores amigos, Emilio Sanz de Soto, Eduardo Haro Tecglen y Jane Bowles, quizá hecha de la misma fibra.

Para comprender bien a ese ser introspectivo, solitario, alcohólico y homosexual, hay que citar algunas de las cartas suyas que conservó Emilio. En una le dice: «Yo también soy un corrompido. Sin fe en Dios, egoísta y sin ninguna confianza en mí mismo. Homosexual, alcohólico, drogado, cleptómano...». O cuando le escribe a Jane (lesbiana) sobre sus gustos sexuales: «Odio a los efebos de esta playa de Tánger, al que el rico turista anglosajón ha convertido en un prostíbulo dorado y al aire libre. Lo mío son los militares ya maduros y sin graduación, los curas a la española, barrigudos y catetos, y los que riegan las calles de noche encapuchados en sus uniformes amarillos». Ese era el extraño Ángel, hijo de una ciudad perdida y de una madre que se perdió, Mariquita la sombrerera, de la que hay rasgos y habla en esa gran novela final que es ‘La vida perra de Juanita Narboni’. Sí, gran novela. Pero pobre y maravilloso Ángel, que la pagó con su propia vida, acaso como la mayoría de los malditos. Muerto en una habitación sola.