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lunes, 24 de marzo de 2025

#hemeroteca #politica | La trampa de Daniel Bernabé

Daniel Bernabé //

La trampa de Daniel Bernabé

Es la trampa del capitalismo, amigos. Y de esa trampa no se vuelve siendo de izquierdas
Raúl Solís | Diario Red, 2025-03-24
https://www.diario-red.com/opinion/raul-solis/trampa-daniel-bernabe/20250323184314044566.html

Allá por 2018, Daniel Bernabé publicó un magnífico libro titulado ‘La trampa de la diversidad’ donde, básicamente, venía a decir que la izquierda o lo que quedaba de izquierdas había abandonado a la clase trabajadora en pos de las políticas de representación. Aunque su libro fue muy criticado por algunos sectores de los activismos, a mi juicio acertó en su tesis: los partidos progresistas que habían empobrecido a los sectores populares usaban las políticas de representación para ocultar su pacto con las élites económicas. O lo que es lo mismo, mientras se aprobaban leyes de matrimonio igualitario era imposible casarse porque la vivienda se había convertido en un objeto especulativo.

En su libro, Bernabé criticaba, aunque sin decirlo abiertamente -el ‘show business’ tiene esas claves-, al partido que mejor ha representado esta forma de hacer política jugando con la diversidad, siempre y cuando ésta no pusiera en cuestión los privilegios del poder concentrado. En ‘La trampa de la diversidad’, Bernabé le puso un espejo al PSOE y sirvió para criticar las décadas de arduo trabajo por convencer a los sectores populares de que su realidad era totalmente ajena a sus necesidades materiales.

Otra de las ideas que Bernabé desarrolló en su ensayo era que el neoliberalismo lo ha convertido todo en negocio y que los activismos y los discursos se acaban convirtiendo en productos susceptibles de ponerles precio, comercializados y asumidos por el capitalismo. Bernabé criticaba que el compromiso militante mutara en un acto de consumo, que los partidos o las causan sean productos y que las ideas o relatos ideológicos funcionen como una mercancía masturbatoria que no le cambia la vida a nadie, salvo a los sujetos que portan las banderas.

Piruetas de la vida. Daniel Bernabé, después de años abriendo caminos nuevos en El País o en la Cadena Ser, ha caído en su propia trampa, que no es la de la diversidad que criticaba en su libro, sino la de que el capitalismo es capaz de convertirlo todo en negocio, en producto o mercancía si al frente se encuentra con sujetos sin compromiso con lo colectivo.

El joven idealista de Fuenlabrada ha fichado por el PSOE para escribir discursos que nunca tomarán tierra, pero que al presidente del Gobierno le servirán para parecer que es de izquierdas sin tomar una medida de izquierdas. La trampa de la diversidad, amigos.

Hay otro libro, ‘Atraco a la memoria’, en el que, a modo de entrevista, el historiador Juan Andrade repasa con Julio Anguita su biografía política. En uno de los capítulos, Anguita recuerda que el odio de la progresía a la izquierda se fraguó en 1980, cuando surgió la crisis en el PCE de los renovadores, que no fue más que el paso del PCE al PSOE de un buen número de militantes que vieron que en el partido del puño y la rosa era más fácil obtener escaño que en el de la hoz y el martillo.

Desde los 80, el PSOE ha encontrado siempre a sus renovadores para atomizar y lanzar la idea de que no se pueden cambiar las cartas que el franquismo repartió en la mal llamada Transición. En los 90, a los renovadores se llamaron Nueva Izquierda y el diablo se llamaba Julio Anguita. En los 2000 no hubo necesidad de crear ninguna escisión porque, cuando atábamos los perros con longanizas, la izquierda está bien controlada en un rincón del tablero en el que Gaspar Llamazares no incomodaba los privilegios de nadie.

Luego llegó 2015 y Podemos metió a 69 diputados en el Congreso y puso nerviosos a los gerontócratas del régimen. Como la potencia era enorme y desconocida hasta el momento, hormonaron mediáticamente a Iñigo Errejón. La operación no salió como estaba prevista y se repitió con Yolanda Díaz y Sumar. Ahí estaba Daniel Bernabé en Matadero el día de la presentación por todo lo alto de Sumar. De hecho, se llegó a hablar de que formaría parte del equipo del Ministerio de Trabajo.

Compuesto y sin cargo, se tuvo que conformar con seguir siendo Chico Prisa. Todo cambió cuando Sumar cayó en desgracia en las europeas y el nuevo intento por cargarse a la izquierda que no se subordina al PSOE se avecinaba nuevamente fallido. Entonces, el de Fuenlabrada empezó a recitar los argumentarios de Ferraz con una dicción y pasión inmejorables delante de Ángels Barceló. De ir a manifestaciones contra la OTAN a defender el aumento del gasto militar de Donald Trump. La fe del converso.

Como en los 80 o en los 90, el PSOE ha empezado a guiñarle el ojo a Sumar. Siempre empieza por sus intelectuales orgánicos y sus ventrílocuos mediáticos. Bernabé ha caído en su propia trampa. ¡Él que criticaba la posmodernidad en su ensayo! Nada más posmoderno que ser protagonista de tu misma narración. El joven idealista de Fuenlabrada que, gracias a su amigo Antonio Maestre, empezó a escribir piezas para La Marea como freelance, ha sido fichado con la misma facilidad que se compra un producto o transporta una mercancía en el modelo del libre mercado. Es la trampa del capitalismo, amigos. Y de esa trampa no se vuelve siendo de izquierdas.

Y TAMBIÉN...
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El periodista Daniel Bernabé ficha por el Gobierno y se incorporará a la Secretaría de Estado de Comunicación

Según ha sabido Diario Red, el autor de “La trampa de la diversidad” será miembro en abril de la Secretaría de Estado de Comunicación (SEC)
Nacho Ramos | Diario Red, 2025-03-22
https://www.diario-red.com/articulo/espana/periodista-daniel-bernabe-ficha-gobierno-incorporara-secretaria-estado-comunicacion/20250322060000044447.html

miércoles, 24 de junio de 2020

#hemeroteca #diversidad #politica | Crítica de la crítica a la diversidad


Crítica de la crítica a la diversidad.

Bernabé no parece querer llegar a ninguna conclusión política tan fuerte como sus hipótesis, y de hecho su libro concluye limitándose a reconocer la trampa de la diversidad pero sin proporcionar herramientas para combatirla.
Alberto Garzón Espinosa · Coordinador federal de IU | El Diario, 2018-06-24
https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/critica-critica-diversidad_129_2762336.html 

El escritor Daniel Bernabé acaba de publicar 'La trampa de la diversidad', un polémico libro escrito con tanta brillantez como agudeza y que tiene el objetivo de confrontar con cierta visión política y social de la izquierda. El libro no aspira a ser un manual ni tampoco tiene pretensiones académicas, y quizás por ambas razones no siempre es fácil esclarecer cuál es la tesis principal del libro y cómo se combina con sus diferentes argumentaciones. La trampa de la diversidad es, ante todo, una gran queja ante el comportamiento reciente de una parte de la izquierda, que por otra parte nunca es señalada ni definida en términos claros.

El razonamiento del libro podría resumirse del siguiente modo. El neoliberalismo es un proyecto estratégico de las élites que ha utilizado al posmodernismo para desmantelar a la izquierda y para extender su amoralidad y cinismo como valores aceptables. Esto lo habría conseguido a través de dos mecanismos. El primero, usando reivindicaciones justas, como las del feminismo y la defensa de los animales, para blanquear valores culturales tales como el de la competitividad y el individualismo. De esa forma el neoliberalismo extiende la cultura del posmodernismo por todos los ámbitos de la sociedad sin que sea percibido como algo negativo sino, de hecho, todo lo contrario. El segundo, el neoliberalismo es la causa de la gran ficción de la clase media, una identidad aspiracional que fue fortalecida para que sirviera de guardia pretoriana al nuevo orden en detrimento de la clase trabajadora industrial. La consecuencia de todo ello habría sido doble. Por un lado, la política se ha transformado en un producto en sí mismo en la que las organizaciones políticas tratan de dar respuesta a unas identidades débiles y fragmentadas, haciendo que los movimientos críticos contemporáneos sean una herramienta inútil para los problemas cotidianos de la gente. Por otro lado, este proceso evita que hallemos esa identidad que nos lleve a la ideología de la acción política colectiva, esto es, a una identidad común de las víctimas del capitalismo y el neoliberalismo que nos permita conseguir objetivos políticos también comunes. En suma, la trampa de la diversidad es precisamente este proceso por el cual lo que aparentemente es bueno y justo, el reconocimiento de la diversidad, es usado por el neoliberalismo como arma para fortalecer su proyecto social y político.

Como se puede comprobar, Bernabé lanza varias hipótesis fuertes y muy polémicas. A mi juicio, la mayoría de ellas no quedan demostradas en su libro y hay razones fundadas para pensar que son erróneas. Además, pienso que asumir como cierto el argumento del autor conllevaría empujar a la izquierda a posiciones políticas inadecuadas. No obstante, antes de entrar en la crítica en sí, cabe hacer un apunte preliminar.

Bernabé no parece querer llegar a ninguna conclusión política tan fuerte como sus hipótesis, y de hecho su libro concluye limitándose a reconocer la trampa de la diversidad pero sin proporcionar herramientas para combatirla. Creo que es fácil imaginar por qué. Las políticas de la diversidad incluyen aspectos como abolir la tauromaquia o usar un lenguaje no sexista, de modo que negarle cierto grado de importancia sería equivalente a recaer en un discurso ortodoxo y economicista propio de la II Internacional. Y Bernabé trata de que esa no sea la conclusión. A pesar de eso, él mismo reconoce que «la hipótesis (...) de renunciar a las políticas de representación una vez que la diversidad se ha vuelto un producto identitario, podría parecer la respuesta más obvia para concluir este libro» (pp. 231). Por eso durante toda la obra recuerda que no es un libro contra la diversidad y que lo importante para él es encontrar alguna forma de compatibilizar las políticas de diversidad con las reclamaciones estructurales, que aparentemente se refieren a las del conflicto capital-trabajo. No obstante, Bernabé acusa directamente a la izquierda de padecer una sobrerrepresentación de la diversidad (pp. 238), y afirma claramente que las respuestas a la troika son más importantes que las políticas de la diversidad (pp. 234). Podría concluirse, en definitiva, que la aspiración de Bernabé es la de reducir el peso de las políticas de la diversidad en la estrategia de la izquierda. Sin embargo, lo que defenderé en estas líneas es que, efectivamente, la conclusión lógica de sus hipótesis y argumentos es precisamente la de no conceder importancia a las llamadas políticas de la diversidad.

Un problema metodológico

A pesar de que las hipótesis de Bernabé son muy fuertes, no hay claridad en las definiciones ni en los mecanismos causales que deberían fundamentar las explicaciones. Conceptos centrales como posmodernismo, neoliberalismo, clase media o diversidad son definidos de forma ambigua, como si fueran conceptos evidentes por sí mismos. Y nada más lejos de la realidad, pues se tratan de elementos cuya definición es imprescindible para que la explicación sea consistente.

De forma aún más gravosa, el argumento utilizado para combinar esos conceptos es preferentemente funcionalista. Los argumentos funcionalistas son circulares y la mayor parte de las veces teleológicos, y se puede percibir con claridad que eso contamina toda la obra. Como se sabe, el funcionalismo trata de explicar el comportamiento de las partes del sistema de acuerdo a las necesidades del propio sistema. Necesidades, claro está, que han sido preestablecidas de antemano y que tampoco quedan claras. Esto es un error muy habitual en parte de la tradición marxista, aunque fue duramente combatida en los años ochenta por autores tan diversos como los marxistas analíticos (John Elster, Erik Olin Wright...) y los marxistas estructuralistas (Louis Althousser, Nicos Poulantzas, Göran Therborn... ). El problema de este tipo de explicaciones es que no son legítimas, aunque sean de recurso muy fácil. De hecho, algunos las padecemos continuamente en el quehacer cotidiano, especialmente desde las posiciones más izquierdistas. Y es que hay cierto marxismo que es capaz de explicar la irrupción de Podemos, el ascenso de Ciudadanos, la derrota de Pedro Sánchez, la victoria de Pedro Sánchez, etc. todo a partir del mismo recurso: es funcional al sistema. ¿Por qué echaron a Pedro Sánchez? Porque el sistema lo necesitaba. ¿Por qué ganó Pedro Sánchez las primarias y la moción de censura? Porque el sistema lo necesitaba. Este tipo de explicaciones son ilegítimas.

Como decía, Bernabé cae en muchas explicaciones de este tipo, aunque más sutiles. Cabe recordar que no es lo mismo decir «el Estado es utilizado por la burguesía para reforzarse», lo que sería una descripción legítima, que «el Estado existe para reforzar a la burguesía», que sería una explicación funcionalista ilegítima. Y desgraciadamente las hipótesis de Bernabé tratan de explicar fenómenos sociales a través de argumentos funcionalistas que, como veremos, son ilegítimos.

Un ejemplo de este tipo de explicaciones se ve cuando Bernabé asegura que «las mujeres de clase media estadounidense debían fumar para que la industria tabacalera pudiera aprovechar los adelantos tecnológicos» (pp. 15), explicando una acción de un grupo social a partir de las necesidades de un sistema tecnológico-empresarial, o cuando afirma que «la clase media, que fue una ficción pensada para el control social, cumple eficazmente su función» (pp. 99). De forma similar el libro sugiere, como hemos visto, que el posmodernismo es una creación del neoliberalismo para acabar con la izquierda o que el feminismo y las políticas de la diversidad son funcionales al sistema y que por ello se explica, como mínimo, su moda. Especialmente llamativo es, como hemos visto, el papel de la clase media, que parece ser explicada también por la necesidad del sistema. Este modo de argumentar es erróneo y descarta explicaciones alternativas que están mucho mejor fundadas y que para empezar describen el cómo, es decir, el mecanismo por el cual las necesidades del sistema se vinculan con las acciones individuales.

Pero es que en la trampa de la diversidad apenas hay sujetos intencionales que sean definidos. Casi todas las explicaciones operan sin sujetos activos –una característica del argumento funcionalista-. Como ahora veremos con detalle, la clase media es un espacio inerte que fue creado y evoluciona sin capacidad de decisión de sus componentes. También existe la clase trabajadora, mitificada e identificada la mayor parte de las veces con los trabajadores industriales en un grupo homogéneo que tiene a su vez traslación cuasi-perfecta en sindicatos y partidos. Y no existen las clases dominantes: no está claro quiénes son éstas, qué tipo de unidad mantienen entre sí, cómo se ponen de acuerdo y dónde están en cada momento. ¿Cómo crearon la clase media? ¿Cómo se pusieron de acuerdo para utilizar el posmodernismo? ¿Estaban todos los que conforman las clases dominantes de acuerdo en esa estrategia? ¿Qué mecanismos usan para desactivar a la izquierda y cómo lo hacen? El sujeto de acción en esta parte es en todo momento el neoliberalismo y el sistema. Es una característica clara de explicaciones funcionalistas que, insisto, no me parecen válidas.

Como consecuencia de lo anterior, el único recurso que parece que Bernabé usa para dotar de coherencia interna a su argumento es el de la ideología dominante. Toda la obra parece sugerir algún tipo de versión de la tesis de la ideología dominante, según la cual el sistema es el que modela las creencias y pensamientos –no se describe cómo, más allá de vagas referencias al cambiante sentido común- de una parte de la sociedad –tampoco queda claro por qué a una parte y no a toda. Así, según la tesis de Bernabé el sistema es capaz de crear una identidad aspiracional en una parte de la clase trabajadora, lo que la convertiría en esa clase media aspiracional que es una ficción, mientras que no es capaz de llegar a otra parte de la clase trabajadora, que quedaría protegida de dichas influencias. Nada de esto queda claro cómo sucede y por qué.

Probablemente no sea el lugar para profundizar sobre las críticas a estos procedimientos explicativos, pero al menos sí debo hacer notar mi discrepancia con la ausencia de fuentes empíricas que apoyen las hipótesis. Por ejemplo, se asegura que las clases, y la sociedad en su conjunto, ha cambiado su modo de pensar e incluso sus valores, pero las fuentes utilizadas son indirectas y meramente culturales. En efecto, el apoyo de Bernabé es la interpretación de libros y películas, de los que extrae comportamientos generalizables al conjunto. Pero, entre otras dudas, ¿estamos seguros de que esas obras elegidas son reflejo de la sociedad en cada momento? La pregunta no es menor, porque tanto las hipótesis como el conjunto del espíritu del libro nos describe una sociedad que, invadida por el neoliberalismo, ha difundido con éxito valores basados en la competitividad y el individualismo. Y aunque eso suceda en determinadas obras de ficción, que probablemente operan más como casos extremos que como reflejos, en la realidad no parece observarse. En todas las encuestas recientes los españoles sitúan a la familia como la principal prioridad, por encima de los ingresos del hogar o del trabajo (una puntuación de 9,2 sobre 10 en el caso de la encuesta de valores humanos del BBVA de junio de 2013 y de 9,69 en el barómetro del CIS de octubre de 2016). Respecto al trabajo, es mayoritario en España el enfoque de que ha de permitir un equilibrio con la vida, por encima de ganar más sueldo (la citada encuesta de BBVA), y en todas las encuestas la ciudadanía española contesta que prefiere pagar impuestos y tener buen sistema de servicios públicos a pagar menos impuestos y tener peor o ningún sistema de servicios públicos. Todos estos datos se repiten continuamente y parecen desmentir la hipótesis sobre el triunfo del neoliberalismo cultural en nuestra sociedad, que es uno de los ejes del libro de Bernabé. Cabría hacer un examen más pormenorizado, pero este no es el lugar. Me limito a observar lo frágil de las fuentes en las que se apoyan las hipótesis del autor.

Al fin y al cabo, lo más probable es que el trabajador de reparto a domicilio trabaje a destajo y precariamente porque lo necesita para sobrevivir en un mercado ferozmente competitivo (que no es rasgo únicamente de la etapa posmoderna) y que no proteste ni se sindique sobre todo por dificultades estructurales y no tanto porque haya sido contagiado con el virus neoliberal de la competencia desenfrenada. En esto, creo que hay que ser mucho más ortodoxo y clásico de lo que lo es Bernabé, y debemos atender más a la dinámica y lógica del sistema y de sus instituciones concretas (mercados, reglas, etc.) que a los elementos culturales que, antes de servir para cohesionar como presupone toda lógica funcionalista, son contradictorios y abiertos.

Posmodernismo
El posmodernismo es uno de los ejes del libro, pero como hemos dicho es definido de forma vaga. No obstante, desde luego es obvio que aquí es entendido como creación cultural del sistema para acabar con la izquierda. Esto queda claro en los pasajes en los que se refiere a los nuevos filósofos franceses de los años setenta del siglo XX. Según Bernabé, quien en esto sigue a Perry Anderson, esos filósofos (Jean-François Lyotard, Michel Foucault, Jacques Derrida...) fueron lanzados a la fama por la burguesía francesa para evitar que el Partido Comunista Francés pudiera llegar al Gobierno aprovechando la ventaja de que «para hacer frente a los comunistas se debía contar con alguien percibido como afín a lo rebelde, no a lo conservador» (pp. 47).

Esta explicación del surgimiento del posmodernismo, o de su moda y difusión, descarta otras explicaciones alternativas que son mucho más rigurosas. Por ejemplo, que el posmodernismo fue una de las reacciones de la izquierda ante la crisis evidente tanto de los proyectos políticos realizados en su nombre como, sobre todo, del marco teórico historicista propio del marxismo. Es decir, los autores de la nueva izquierda francesa, incluidos bajo la etiqueta de posmodernismo, iniciaron un nuevo tipo de revisionismo de las tesis originales del marxismo. Un revisionismo diferente al de Bernstein o el de Lenin, pero revisionismo al fin y al cabo.

Cabe recordar, como hace también Bernabé, que el posmodernismo es una reacción contra el sentido de historicidad propio de la modernidad, es decir, con la idea teleológica y determinista de que las sociedades progresan de acuerdo a unas leyes inmanentes que garantizan su evolución hasta una meta final que ya estaba contenida en el inicio. Esa, la historicidad, es una característica no sólo del marxismo sino también del liberalismo y, en suma, de cualquier proyecto de modernidad. A partir de ese esquema teleológico, que Marx hereda de Hegel, el marxismo clásico elaboró y desarrolló determinadas trayectorias esperables del sistema económico y de la estructura de clases. Por ejemplo, Marx y después Kautsky y toda la II Internacional, teorizaron la polarización de clases entre la cada vez más rica burguesía y el cada vez más pobre proletariado. De la no realización de esas predicciones surge el primer tipo de revisionismo, el de Bernstein y la socialdemocracia alemana. Pero los autores clásicos también teorizaron que las sociedades socialistas sólo podrían construirse cuando las relaciones de producción capitalistas se hubieran desarrollado al completo, cosa que el revisionismo de Lenin también combatió posteriormente. Y tras el ascenso del fascismo, la extensión de la clase media, la II Guerra Mundial, la estabilización de la economía, el acceso a bienestar material por parte del proletariado, etc. el otro gran tipo de revisionismo que devino fue el de los autores posmodernos.

Efectivamente, según muchos de esos autores posmodernos «se creó una especie de presente continuo, donde se abandonaba el sentido de continuidad y por tanto de aprendizajes históricos o conclusiones para el mañana» (pp. 52), que suponía abandonar por completo los principios básicos de lo que se conoció como materialismo histórico. Todo ello es cierto, y la tendencia a abandonar el estudio de la economía política redujo notablemente la capacidad de estos autores de hacer una crítica rigurosa y sobre todo efectiva al sistema capitalista en su conjunto. Es el salto que ve bien entre el estructuralismo y el posestructuralismo. Pero también es cierto que entre muchas de sus obras pueden encontrarse lúcidos comentarios sobre el papel del lenguaje, de la cultura y de aspectos no economicistas de la sociedad.

En consecuencia, sería inapropiado no ver al posmodernismo como una reacción cultural ante las insuficiencias teóricas y prácticas del proyecto modernista del marxismo. Y es del todo arriesgado, y erróneo, limitarse a verlo como una reacción del sistema ante un hipotético avance definitivo del marxismo y sus instituciones. En primer lugar, porque idealiza el status del marxismo en aquellos años, que distaba de ser perfecto y masivo. En segundo lugar, porque contribuye a inhibir de posibles críticas a ese mismo marxismo al verlas como potenciales ataques de los enemigos de clase, en la peor de las tradiciones del dogmatismo marxista. En definitiva, conviene abandonar la explicación funcionalista por una basada en un análisis concreto de una realidad que distaba mucho de ser ideal.

Clase media

Operando con una metodología similar, Bernabé identifica a la clase media como un producto cultural del neoliberalismo y descarta entenderla como una realidad compleja que tiene causas económicas, sociales y culturales.

En realidad no queda claro en qué momento y por qué surge, para Bernabé, la clase media. En un pasaje se dice que en los años ochenta algunos votantes «anhelaban sentirse diferentes una vez que la perspectiva de transformar el mundo parecía posponerse indefinidamente» (pp. 70), sugiriendo que se trata de otra creación cultural del neoliberalismo para garantizarse la hegemonía política. Según esta interpretación, que se deduce de las páginas del libro, la clase media fue creada para contar «con la aquiescencia de una parte de la población entusiasmada por un nuevo espíritu de individualidad mientras que la izquierda era asediada por la duda posmoderna» (pp. 74). No obstante, Bernabé precisa que esos «nuevos votantes no querían formar parte de ninguna clase social, aunque de hecho lo fueran, ya que ser parte de una clase, una categoría dentro de la producción capitalista, no se elige» (pp. 71). Como se puede comprobar, si la descripción de Bernabé es cierta estaríamos ante un inteligente doble movimiento del neoliberalismo, que conseguía quitar a la izquierda una parte de su base social creando la clase media y al mismo tiempo creaba para el resto un producto de despiste llamado posmodernismo. Es improbable que las cosas sucedieran de ese modo.

La clase media no es una creación de la burguesía ni del neoliberalismo. De nuevo, es distinto decir que la clase media es la base social en la que se apoya el neoliberalismo que decir que la clase media se explica por su apoyo al neoliberalismo. Lo primero es legítimo y lo segundo no. La clase media es el concepto que se ha usado tradicionalmente para poner de relieve las insuficiencias del modelo dicotómico de capitalistas/trabajadores propio de la Economía Política clásica y especialmente del marxismo. Hace referencia, en todo caso, a realidades heterogéneas que no encajaban en ninguno de los dos modelos ideales señalados, y podían incluir desde el artesanado precapitalista o capitalista hasta el directivo de grandes empresas, pasando por el trabajador no manual de una empresa de servicios. En realidad, nunca ha existido en la estructura de clases un sistema dicotómico como el que se usa de forma abstracta en el estudio de la economía política clásica. Marx era consciente de ello, pero él pensaba que la dinámica del capitalismo llevaría a una polarización entre trabajadores y capitalistas, lo que haría que esos estratos intermedios desaparecerían absorbidos por algunos de los dos polos, particularmente hacia el de los trabajadores. Esa predicción no fue correcta, y de ahí devino la primera gran crisis del marxismo a principios del siglo XX. Fue la dinámica del capitalismo la que moldeó la estructura de clases en cada país, haciéndola más heterogénea y compleja de acuerdo a la propia estructuración de la división del trabajo. Más allá de cómo se defina la clase trabajadora, algo en lo que tampoco fue claro Marx, como tampoco Lenin o Gramsci, lo cierto es que la complejidad de la estructura de clases ha llevado a múltiples análisis con nuevas categorías económicas, sociales o culturales dentro del marxismo. Pero en la mayoría de esos estudios de clase desde una perspectiva marxista se considera a los estratos económicos que entran dentro del concepto de clase media como el resultado de la lógica del propio capitalismo y sus relaciones de producción, y en ningún caso se puede simplificar como una creación cultural. Entre otras cosas porque las bases materiales de esos sectores existen y es muy importante entenderla.

No cabe duda de que el sentimiento de pertenencia a la clase media es una construcción cultural que depende, de alguna manera, de las bases materiales de las personas referidas. Así, es más improbable que una familia de bajos ingresos se considere de clase media que una de altos ingresos, pero no es imposible. El hecho de que esto pueda suceder no es porque sea necesario para el sistema sino porque hay una encarnizada batalla cultural y política por la construcción de identidad, que como veremos ahora tampoco es una cuestión solamente de discurso. En 1992 el porcentaje de españoles que se consideraba de clase media era del 47,5%, mientras que en 2007 ese porcentaje era del 63,4%. En el peor momento de la crisis y los recortes, 2013, el porcentaje disminuyó hasta el 48,3% y actualmente es del 57,2%. Se puede suponer que estamos ante una evolución correlacionada con la actividad económica de nuestro país, lo que no parece que sea debido a la necesidad del sistema o el deseo de los gobernantes. Un problema adicional es que Bernabé parece defender que la clase media es una construcción que deviene, lógicamente, junto con el neoliberalismo. A mi juicio, como se ha podido deducir ya, esto no tiene mucho sentido. En 1974 el 55% de la población española se definía como clase media, lo que es un porcentaje similar al actual. Es cierto que es perfectamente posible definirse como clase media y clase trabajadora al mismo tiempo, y es una hipótesis a considerar que el porcentaje de gente que se define como clase trabajadora haya disminuido (desgraciadamente no tenemos datos), pero eso estará vinculado a otros problemas no abordados en el libro de Bernabé.

Idealización del movimiento obrero del siglo XX
En realidad, hay una idealización exagerada del movimiento obrero del siglo XX. Incluso refiriéndose a los años setenta, Bernabé dice que «hablamos de un contexto donde la organización sindical era abrumadora, donde la hegemonía de las ideas de izquierdas era prácticamente total en la sociedad» (pp. 47). En ninguna parte se apoyan con datos esta hipótesis y, de hecho, el resultado electoral de los partidos que eran de izquierdas no parece acreditar tales afirmaciones. Los partidos eurocomunistas tuvieron mejores resultados que los partidos que les sucedieron, por ejemplo, pero lo hicieron al coste de renunciar a muchos de los postulados básicos de la izquierda. Lo mismo se puede decir de los partidos socialdemócratas, convertidos ya de facto en los setenta y ochenta en partidos socioliberales. Pero incluso si nos remontamos a principios del siglo pasado, las propias instituciones del movimiento obrero –partidos y sindicatos fundamentalmente- siempre estuvieron fragmentadas, divididas y enfrentadas como consecuencia de discrepancias esenciales en diagnósticos y estrategias. De hecho, no es fácil identificar en la historia o en el presente cuál es la verdadera “idea de izquierdas” que ha de hegemonizar al resto. Parece todo el relato más bien una racionalización a posteriori.

En otra ocasión, Bernabé habla de que «si a mediados de los setenta existía una ideología realmente transversal a la cuestión de raza, nacionalidad, etnia o religión esa era la del socialismo, que en sus múltiples encarnaciones estaba presente en los Gobiernos o el juego político de todos los continentes habitados» (pp. 51), algo que parece avalar su hipótesis sobre la trampa de la diversidad pero que no es posible contrastar afirmativamente. ¿No será tal vez que eso sólo sucedía en la teoría, y tampoco por completo, y que en la práctica se dejaba fuera de lugar las reclamaciones del feminismo, ecologismo y otras demandas distintas a las del capital-trabajo, motivo por el cual surgieron después críticas desde dentro?

En general, todo el libro aborda el pasado pre-neoliberal de una forma cuasi-nostálgica y mitificada en la que el movimiento obrero parecía estar al borde de hacer la revolución, se autoidentificaba como clase trabajadora y luchaba en consecuencia, pero un montón de obstáculos creados por el neoliberalismo impidieron su realización. El propio Bernabé vincula claramente la derrota de la clase trabajadora a la irrupción de la clase media cuando afirma que «la identidad de clase trabajadora fue barrida por el concepto totalizador de clase media y rellenada por decenas de identidades frágiles, cambiantes, superficiales y sin una conexión real con la vida de los individuos» (pp. 183). Creo que se trata de una explicación poco realista, no fundada y que funciona como frágil sostén de sus hipótesis para explicar la situación actual de la izquierda.

Ultraderecha, discurso y conclusiones

En la misma línea que combina mitificación del movimiento obrero con argumentos funcionalistas, Bernabé da explicación al surgimiento del fascismo. En suma: el fascismo habría surgido en los años veinte y treinta para frenar la revolución roja. Entre otras cosas, dice el autor: «con el auge revolucionario izquierdista y sindical, los fascistas tuvieron que adaptar su mensaje al contenido obrerista, en ese momento el centro del tablero político» (pp. 176). Esto parece contradecir todos los hechos históricos, dado que el fascismo en ningún momento se adapta al mensaje obrerista sino que es mensaje y proyecto obrerista desde el principio. La figura de Mussolini, quien había sido dirigente comunista, ilustra a la perfección que no hizo falta ninguna adaptación. El fascismo es un proyecto en sí mismo, que desde luego fue preferido –y alentado posteriormente- por la burguesía frente al socialismo, pero que se explica por fenómenos distintos a los de la conspiración burguesa. El problema de esta forma de ver las cosas es que, de nuevo, el argumento funcionalista nos impide comprender las raíces y causas reales del fascismo. Tanto del pasado como del presente. Otras explicaciones del fascismo son más verosímiles, además de más materialistas. Ernest Bloch, por ejemplo, consideraba que el marxismo alemán había centrado su atención en el proletariado industrial, excluyendo al campesino de su proyecto y éste, desesperado como lo estaban todos los trabajadores en aquellos años de crisis económica, abrazó el fascismo. Karl Polanyi, en cambio, consideraba que el fascismo era un resultado natural, como también lo era el socialismo, ante la crisis económica que provocaba el desarrollo del libre mercado y que fuera uno u otro proyecto el vencedor dependía de batallas políticas. Pero en ningún caso se reducía el fascismo a un proyecto de reacción ante el socialismo sino ante los efectos negativos del capitalismo. Por eso la ultraderecha crece hoy en el norte de Europa, por razones materiales y culturales vinculadas al desarrollo capitalista, y no porque haya una revolución roja en ciernes.

Y desde luego, el problema no es únicamente de discurso. La sorpresa es mayúscula al comprobar que Bernabé tira de bagaje ortodoxo en múltiples campos (el esquema dicotómico de clases, el determinismo que le lleva a imaginar que la trayectoria normal tras la crisis era el crecimiento de la izquierda, una visión teleológica implícita en todo el libro...) pero que deviene en posmarxismo textualista a la hora de identificar las causas del crecimiento de la ultraderecha.

Así, Bernabé considera que «tras años en los que la izquierda, en vez de buscar qué unía a grupos diferentes y desiguales para encontrar una acción política común, pasó a destacar las diferencias entre esos grupos para intentar seducirlos aisladamente, el discurso de la ultraderecha encontró un asiento que parece respaldarlo» (pp. 186). Y concluye que «mientras que la izquierda no ha sabido articular un discurso que conjugue su defensa del multiculturalismo con estos conflictos (...) la ultraderecha ha sido lo suficientemente hábil para ampliar su base electoral haciendo que el mercado de la diversidad juegue en su favor» (pp. 199). En todo el capítulo dedicado a la ultraderecha actual el problema parece ser de discurso y no de una práctica política material. Y esto es importante, porque lo que está diciendo Bernabé, aunque no se atreve a llegar tan lejos explícitamente, es que hay que dejar de hablar tanto de diversidad y hablar más de clase trabajadora y de sus «problemas cotidianos». Todo esto es central.

En primer lugar, porque al situar el problema en el ámbito discursivo comete los mismos errores que los autores posmodernos a los que lleva criticando todo el libro, y descarta hacer referencia a la construcción de identidad que se hace a través de la praxis. Precisamente es ahí donde está la respuesta necesaria de la izquierda ante los retos actuales, pues es en la construcción de tejido social antifascista/socialista (la creación de ateneos, cooperativas, clubes, bares, bibliotecas, asociaciones de vecinos, etc.) donde residió la fuerza del movimiento obrero del siglo XIX y la vacuna contra el fascismo. Y es en esa práctica material donde no es necesario tener que elegir entre discursos de la diversidad y discursos de clase, puesto que en la práctica es posible combinar ambas expresiones.

En segundo lugar, porque incluso al terminar el libro no queda nada claro a qué se está refiriendo Bernabé con la cuestión de la diversidad. Examinados sus presupuestos metodológicos uno puede concluir, como he hecho yo, que se refiere a todo aquello que no sea el conflicto capital-trabajo y la cuestión material. Pero no queda nada claro qué integra “la diversidad” y qué no lo hace. ¿Por qué iba a ser menos material las políticas para dejar de consumir plástico que un nuevo convenio colectivo que reconozca el teletrabajo? ¿Por qué no se considera “problema cotidiano” el machismo o la homofobia si para millones de personas eso es precisamente el eje central de su contradicción con el sistema? ¿Por qué a una pensionista mujer y lesbiana le debe parecer más importante hablar de clase trabajadora que de feminismo y políticas de diversidad?

El problema es que, como avancé en las primeras líneas, la conclusión lógica de todos estos argumentos, y que se deriva también de las preguntas que acabo de lanzar, es precisamente la que no quiere aceptar Bernabé: que la política de la diversidad no es importante. Aunque no sea su pretensión, el libro de Bernabé es un instrumento útil para negar las políticas de diversidad. Aunque él afirma que se trata de negar sólo la instrumentalización que se hace de esas políticas, lo cierto es que podría decirse lo mismo de la tecnología, las instituciones, el lenguaje y así sucesivamente con todas las herramientas que, siendo buenas, pueden usarse también para el mal. Pero él ha escrito un libro llamado la trampa de la diversidad y no la trampa de la tecnología.

Y, en realidad, este es el motivo por el que tras terminar de leer el libro opté por hacer la crítica. Sabiendo que me dejaba muchas cosas en el tintero, que ya es suficientemente larga la crítica, y movido por el compatible respeto al autor, consideré necesario apuntar algunos comentarios que espero puedan servir para que la izquierda no recorra el camino que se sugiere lógicamente en todo el libro. Me gustaría, por el contrario, que los lectores de este y otros libros, evitaran las argumentaciones funcionalistas y trataran de explicar los mismos fenómenos que nos preocupan a partir de presupuestos metodológicos distintos y más rigurosos. Al fin y al cabo, Bernabé aborda problemas muy reales, muchos de los cuales no he tenido espacio para reseñar (como el del tipo de compromiso militante, la espectacularización de la política, el mercado de consumo en general, etc.) pero que requieren una respuesta adecuada y contundente de la izquierda. Pero, honestamente, creo que el planteamiento de este libro no ayuda a ello.

lunes, 24 de febrero de 2020

#hemeroteca #transfobia #lgtbifobia | La izquierda claudicante. Más allá de la expulsión del partido feminista

Imagen: Público / Cómo le duele a Daniel Bernabé la historia de Nico
La izquierda claudicante. Más allá de la expulsión del partido feminista.
Daniel Bernabé | Público, 2020-02-24

https://blogs.publico.es/otrasmiradas/29614/la-izquierda-claudicante-mas-alla-de-la-expulsion-del-partido-feminista/

El sábado 22 de febrero se conoció la expulsión del Partido Feminista de la coalición Izquierda Unida por "mantener posiciones contrarias a las aprobadas en los órganos de IU", tras aprobarlo su asamblea por el 85% de los votos, fundamentalmente por la oposición pública del partido de Lidia Falcón a la Proposición de Ley sobre la protección jurídica de las personas trans y el derecho a la libre determinación de la identidad sexual y expresión de género.

Legalmente, en cuanto a los estatutos internos de la coalición, la decisión parece impecable, ya que una organización vinculada a IU debe acatar los acuerdos internos y las posiciones aprobadas en los órganos de IU. Realmente, dentro de la coalición, hay un dilatado historial en el que las sucesivas direcciones han transformado acuerdos que no eran de su interés en papel mojado. Una de las premisas con las que Alberto Garzón, actual coordinador federal de IU y ministro de Consumo, llegó a jefatura de su organización fue que la anterior dirección no había aplicado los acuerdos refundación aprobados en la IX Asamblea Federal en 2008. La legalidad puede ser martillo de herejes en manos de quien la empuña.

El Partido Feminista es una organización política que data de 1981 cuya vinculación a Izquierda Unida se produjo en 2015, momento en que Cayo Lara era coordinador pero Garzón ya se perfilaba para encabezar la siguiente dirección. Sus perspectivas ideológicas no han variado desde el momento de la firma del acuerdo, sí la de la coalición de izquierdas que eliminó su área de la mujer en 2018 y ha ido aceptando, de forma solapada, la tendencia de preponderar el género sobre el sexo y la autodeterminación individualista del mismo.

La decisión de IU ha provocado durante el fin de semana una cascada de reacciones enfrentadas en redes sociales con una fuerte división dentro del movimiento feminista y en general en el ecosistema digital de izquierda. La Plataforma Trans ha manifestado su satisfacción por la expulsión y en palabras de su presidenta, Mar Cambrollé, se han felicitado por el "ejercicio de limpieza higiénica". Una expresión al menos cuestionable y de resonancias ultras en boca de alguien que, tras ser candidata en los anteriores comicios autonómicos por Adelante Andalucía y no obtener su escaño, opinó que "el transexual ha sufrido un 'apartheid'. Con Vox no será peor", tras los buenos resultados del partido de extrema derecha. Parece que la dureza expresiva siempre tiene objetivos prioritarios.

El Partido Feminista es una pequeña organización cuya líder, Falcón, no ha sido precisamente diplomática en sus artículos y comunicados acerca del debate que se está produciendo en el movimiento feminista sobre cuál es el sujeto político de esta ideología. Aunque la espita se ha abierto este fin de semana con la expulsión, este es sólo el inicio formal de las hostilidades, que ya se han manifestado en las asambleas feministas de la preparación del 8M de este año y de las anteriores citas. La regulación de la prostitución fue en este caso el objeto de conflicto ya que un par de activistas leyeron un manifiesto que afirmaba que "la revuelta será puteril o no será".

Probablemente para el gran público y los medios generalistas esta sea la primera noticia de tales divergencias en la izquierda. Lo cierto es que dentro del feminismo en especial, probablemente por ser uno de los movimientos más masivos en los últimos tiempos, existe una auténtica guerra civil cuyas disputas se han hecho sentir en los temas ya citados, la prostitución como una actividad económica más y la desaparición del concepto de mujer como sujeto único del feminismo, así como en el apoyo al vestir rigorista islámico como un ejemplo de empoderamiento y la llamada eufemísticamente gestación subrogada. Temas que no coinciden ni con la tradición ideológica de la izquierda ni con los postulados feministas y sí con la abundante literatura fabricada en los departamentos de género de las universidades norteamericanas.

No es casual que anglicismos como queer, que considera el género como una expresión cultural individual y elegible, o terf, un acrónimo que se utiliza como adjetivo punitivo contra las feministas que siguen considerando a la mujer el sujeto del feminismo, hayan salido a relucir de nuevo en las redes estos días. No es tampoco casual que en anteriores convocatorias del 8M hubiera manifiestos que citaran a una pléyade de colectivos en virtud de la diversidad, palabra fetiche en todo este embrollo, pero que olvidaran intencionadamente a la mujer, protagonista de este día de lucha del que ya se borró convenientemente el apellido de "trabajadora" para negar su inspiración de clase.

¿Cuál es el punto central del debate? Precisamente uno que inspira y recoge la propuesta de ley que Unidas Podemos presentó en marzo de 2018, la postergación del sexo masculino y femenino, especialmente este último, privilegiando una lectura del concepto de género basada no en las lecturas del feminismo clásico, sino en la teoría queer. Así el género pasaría de ser una construcción social que determinaría al sexo, con un fuerte componente machista, ya que atribuiría a las mujeres características negativas que el capitalismo aprovechó para facilitar su explotación económica, a una elección que los individuos realizarían libremente y que incluso podría ser cambiante por periodos y no se limitaría a la expresión cultural en sociedad del hombre o la mujer, sino a decenas de géneros que, como productos, el consumidor elegiría según sus apetencias.

No parece casual que muchas feministas tachen a esta teoría de misógina, al negar la realidad material de la mujer, hembra de la especie humana, y de neoliberal al transformar una construcción cultural impuesta socialmente en una mercancía que se ‘performa’. Así en el mejor de los casos la mujer pasa a ser un colectivo más de la diversidad y en el peor una incomodidad lingüística, que bajo la excusa de la transfobia, se hace desaparecer sustituyéndola por apelativos tan ocurrentes como "progenitor gestante" o "persona con vagina". Y esto, en un país donde la violencia machista es una lacra, debería ponernos en alerta de las consecuencias de estos experimentos llevados de los ensayos a las leyes sin una reflexión en profundidad.

Algunas expresiones utilizadas en redes por feministas contrarias a lo queer, como la de "hombres con falda" para referirse a los transexuales no parecen las más adecuadas, como tampoco lo son las constantes amenazas, en algunos casos de muerte, que estas feministas reciben por parte de autodenomidados ‘activistes’ trans. Los constantes ataques a estas feministas comparándolas con grupos ultracatólicos como HazteOír tienen como único objetivo su escarnio público, algo que estos grupos de radicales queer parecen dominar con gran soltura al manejarse en redes sociales bastante mejor que algunas líderes feministas de mayor edad, cuya lucha política en muchos casos se remonta al final del franquismo. Resulta cuando menos desconcertante que la izquierda abrace a los primeros y repudie a las segundas.

La propia propuesta de Ley de Unidas Podemos tiene aspectos que al menos deberían ser discutibles, más allá de confiar en dogmatismos posmodernos que a menudo no pasan de ser artillería publicitaria para engrandecer a exitosas conferenciantes. Asuntos como la autodeterminación de género implican, como recoge la propuesta de ley, que menores de 16 años que sean considerados intelectual y emocionalmente capaces puedan cambiar de sexo sin impedimentos, algo que a todas luces suena, al menos, como una abstracción difícil de mesurar. Así mismo la ley tendría consecuencias en las partidas presupuestarias destinadas a las políticas en favor de la igualdad de la mujer, que se basarían en unas estadísticas tan cambiantes como los deseos de los hombres que decidieran ser mujeres autoafirmándose como tal. Asuntos como el sistema penitenciario dividido en sexos o las competiciones deportivas quedarían de igual manera alterados significativamente.

Las personas transexuales tienen deficiencias en cuanto a sus derechos civiles, sufren agresiones por su condición y son sin duda un colectivo con graves problemas en el ámbito laboral. El Estado ha dado decisivos pasos adelante al incluir en la seguridad social los programas de reasignación de sexo, las facilidades para cambiar el nombre en documentos oficiales o ha invertido cuantiosas subvenciones a iniciativas de integración y asociaciones afines. Ninguna feminista se ha pronunciado en contra de estas medidas. Sí de que bajo el paraguas del avance de los derechos civiles LGTB se cuelen contradicciones que afecten sustancialmente a la mujer como sujeto político. Todos los ciudadanos deben tener los mismos derechos y obligaciones, ese es un principio demócrata que la izquierda debe apoyar, no por contra reducir a la mujer, algo más de la mitad de la población, a una identidad que compita en el mercado de la diversidad utilizando las monedas de los privilegios y las opresiones.

Los vientres de alquiler, la compra de mujeres en países pobres para que gesten como probetas humanas a niños que posteriormente les serán sustraídos tras un pago, es una de las consecuencias más indeseables de reducir a la mujer en una simple identidad. Son habituales las fotos de hombres posando con los críos, recién paridos de sus madres, vestidos de parturientas simulando ser ellos mismos el xadre, neologismo para no ofender tampoco su posible género alterno. Cuando algo tan concreto como ser una mujer se transforma en una abstracción cultural al gusto del consumidor, el mercado capitalista no duda en crear un nicho comercial más.

Efectivamente la ultraderecha está jugando sus cartas para aparecer como los únicos garantes de las familias, algo que parece no importarles tanto cuando se sitúan al lado de los recortes neoliberales al Estado del Bienestar. Lo extraño es que la izquierda ha asumido que su papel no es fomentar la igualdad, sino inmiscuirse en el inasible reino de la diferencia, precisamente lo que Margaret Thatcher proponía como modelo cultural para su restauración neoconservadora. Hace casi un par de años cuando publiqué mi libro ‘La trampa de la diversidad’ intenté advertir desde la prudencia y el respeto sobre las contradicciones que el progresismo se iba a encontrar en este camino. Recibí duros ataques personales y una indescriptible campaña de desprestigio. Hoy les toca a las feministas que han osado contravenir las modas ideológicas imperantes. La excusa siempre es la misma, llamar progreso a lo que no es más que individualismo, negocio y claudicación.

sábado, 1 de diciembre de 2018

#hemeroteca #diversidad #politica | Daniel Bernabé: "En general, el que vive de una forma individual es un desgraciado"

Imagen: Público / Daniel Bernabé
Daniel Bernabé: "En general, el que vive de una forma individual es un desgraciado".
El autor de 'La trampa de la diversidad', habla con 'Público' sobre el sorprendente éxito de su ensayo que ya va por la sexta edición. Los estragos del neoliberalismo en la izquierda, el individualismo vinculado a los mercados de consumo y las guerras culturales de la izquierda y la derecha ocupan el espacio central de esta entrevista.
Alejandro Tena | Público, 2018-12-01
https://www.publico.es/culturas/daniel-bernabe-general-vive-forma-individual-desgraciado.html

La izquierda siempre ha tenido una enorme necesidad de debate. Un ímpetu activo por el análisis. De esa clásica mirada crítica nació 'La trampa de la diversidad', un libro atrevido que pese a las críticas ha conseguido convertirse en uno de los ensayos de mayor éxito de 2018.

Su autor, Daniel Bernabé, viene de Fuenlabrada. Se ha acercado al corazón de Malasaña para hablar con Público sobre su libro, sobre las críticas y sobre los peligros sociales que esconde el neoliberalismo. El escritor y periodista, columnista habitual de La Marea, se sienta en una pequeña terraza de la histórica plaza del Dos de Mayo. El camarero trae dos cervezas. La grabadora se ha encendido y su voz crítica comienza a sonar.

P. ¿A qué se debe la buena acogida del libro?

R. Pues mira, evidentemente, el libro puede tener sus valores propios, pero, más allá de ello, es un libro que se lee fácil, es un libro directo y accesible. No es por mí, que no soy un tipo conocido, tampoco por la editorial. Eso indica que, antes de que saliera el libro, existía un tipo de preocupación de inquietud que el libro ha cubierto de alguna forma.

P. Sin embargo, ha provocado debates y críticas dentro de la izquierda ¿cómo lleva eso?

R. Bueno, con diferencias. Una cosa son los artículos y otra cosa son las campañas de desprestigio a través de las redes sociales. Este verano lo llevé muy mal, lo digo con total sinceridad. Lo llevé muy mal porque tenía que defenderme constantemente de cosas que yo no había escrito. Una vez que el libro comienza a venderse bien y a convertirse en un éxito a nivel comercial y que, además, determinados medios de comunicación prestigiosos, como Pepa Bueno en la Cadena SER, te invitan y te prestan su espacio, lo empiezas a llevar mejor. Dicho esto, ha sido complicado y duro. Respecto a las criticas académicas y más intelectuales, lo he llevado con cierta paciencia, porque creo que ha habido gente que no ha sabido comprender el libro.

P. ¿No han sabido o no han querido?
R. Buena precisión. Vamos a dejarlo en que ha habido gente que no ha sabido. Este es un libro que resulta incómodo porque plantea un cambio en la forma de entender como la izquierda tiene que enfrentarse a los problemas. Unas formas que lleva practicando desde hace veinte años. Quizá, por eso es incómodo.

P. También ha recibido comentarios halagadores de personajes conservadores como Juan Manuel de Prada.
R. Sí. Sé que esto que voy a decir es complicado de entender en un contexto de blancos y negros y de una vulgarización de la política, pero Juan Manuel de Prada es un conservador muy particular o, al menos como el me dijo, no es un conservador como tal. Él es un tradicionalista, es católico y es antineoliberal. En ese sentido nos parecemos, porque se pueden parecer perfectamente una persona de izquierdas como yo y una persona conservadora. Al final, determinados valores que tienden más a una cierta ordenación lógica de la sociedad, en contra de esta acracia económica en la que estamos inmersos, los pueden compartir determinadas personas que se sitúan en espectros políticos diferentes.

Por ejemplo, en una población vino a verme una concejala del PP a la presentación de mi libro. La señora al final vino y me dijo: "Oye, el caso es que algunas cosas que decías me parecían que tenían cierta lógica". Yo le dije: "Mira es que tú eres conservadora, no eres neoliberal". Le pregunté: "¿A ti te parece bien que desahucien a la gente de sus casas" y la señora me decía que no. "¿A ti te parece bien que el capital extranjero venga y se lleve a las empresas españolas?", además se lo planteas así y les matas. Hay una cierta nostalgia de un mundo ordenado en el que había una serie de valores, los cuales yo no comparto, que el propio neoliberalismo se está cargando. El neoliberalismo está yendo en contra de su propio orden liberal antiguo. Esto quiere decir que también hay muchas personas de derechas que no están sabiendo ver lo que está ocurriendo.

P. ¿Qué es la trampa de la diversidad?

R. Este no es un libro contra la diversidad. Lo he dicho en las cinco mil entrevistas y en el propio libro. La diversidad es un hecho que ocurre en nuestra sociedad. Ahora, como cualquier hecho, puede ser analizado y reinterpretado y enfocado hacia ciertos intereses. En este caso, toda la hegemonía cultural del neoliberalismo ha utilizado un cierto gusto por la diversidad para polarizarnos, atomizarnos y meternos en diversos compartimentos estancos que lo que nos impiden es trazar relaciones comunes y buscar un sujeto político común, que es algo básico para cambiar la sociedad. Se puede tener dinero y medios o puedes tener mucha gente. Evidentemente si tu no formas parte del poder no puedes tener dinero y medios y tienes que buscar a mucha gente que te apoye y eso es muy difícil de lograr cuando cada uno está en su compartimento estanco. Este libro no niega que existan problemas específicos para diferentes colectivos o para las mujeres, lo que afirma es que hay que buscar una serie de fortalezas comunes que hemos perdido.

P. El libro analiza desde una perspectiva crítica el papel de la izquierda en la sociedad actual, pero ¿es capaz de plantear alternativas?
R. No es ni mi objetivo, ni mi misión, en el sentido de que no soy un teórico y tampoco un activista. Yo soy periodista y escritor y mi función es contar lo que veo. Respecto a las alternativas, al final lo que planteo es que no podemos hacer política en el terreno del ámbito neoliberal aceptando sus reglas. Hay que plantear un escenario de guerra asimétrica donde se busquen las afinidades que antes teníamos y hemos perdido.

P. ¿Cuáles son esas afinidades?

R. Aquellas que están relacionadas con el conflicto entre el capital y el trabajo, porque al final esas son las que afectan a nuestra vida cotidiana de una forma más directa. Hay otras cuestiones que afectan también, pero que compartimos en menor medida. El hecho de que se hayan abandonado estas afinidades tiene mucho que ver con que la izquierda perdió sus herramientas y sus métodos para transformar la sociedad y se dedicó a gestionar lo que había, abandonando los sujetos políticos tradicionales por los sujetos políticos de la diversidad.

P. También habla de un pensamiento individualista sustentado en el consumismo.

R. Lo que intento es explicar que esto no se da de un día para otro. Es un viaje que lo que viene a decir es que nuestra relación con la política en los últimos cuarenta años ha cambiado y ha pasado a ser cada vez más consumista y aspiracional. Un modo que tenemos de relacionarnos con la política es simplemente como una forma de agregar algo a nuestra identidad, lo que nos impide hacer política en base a lo común, en favor de una política declarativa. Somos aquello que decimos en cuanto lo decimos, es decir, nos fijamos mucho en lo simbólico y en lo que únicamente nos afecta a nosotros. Con lo cual, llega un momento en el que es muy difícil buscar afinidades y herramientas de cambio concreto. Obviamente que sigue habiendo gente que sigue haciendo una política más comunitaria, pero este es un libro de tendencias que va apuntando hacia donde va el asunto.

P. La tesis de la mercantilización de la diversidad recuerda un poco a la teoría de Naomi Klein de 'La doctrina del shock'. ¿Se podría decir que este modelo de diversidad es una especie de latigazo o descarga que adormece a la gente?
R. Más que un shock, es lo contrario; una seducción.

P. ¿Un shock positivo?
R. Sí. La gran tragedia de nuestra época es que tenemos una ansiedad enorme por la representación. Por una representación cada vez más específica. Esto hace que nos sintamos muy poco afines a categorías generales y universales que engloben a mucha gente. Sentimos que esas categorías no nos valen y que definirse como clase trabajadora es algo vulgar. Tratamos de distanciarnos y decir "óomo voy a parecerme yo a ese". Entonces tenemos que ir diseccionando y buscando, casi como customizando, nuestra identidad en base a la política. Eso es estupendo, en el sentido de que nos sentimos representados, pero es tremendamente poco útil para construir afinidades. ¿Cómo construimos movimientos de masas, que son los que durante el siglo XX cambiaron las sociedades, cuando la gente es incapaz de juntarse o llorar con el que tiene al lado?

P. Este individualismo no sólo repercute en los procesos políticos, también ha cambiado el tejido social de los barrios, el apoyo mutuo y el contacto vecinal ¿no cree? Se me viene a la cabeza la mujer que se suicidó el otro día en Chamberí antes de ser desahuciada: nadie la conocía, vivía sola, sin familia...
R. Vivimos en una contradicción permanente. Tenemos una ansiedad enorme por convertirnos en individuos, específicos y aislados, pero no nos damos cuenta de que en esta sociedad la soledad es muy cara a todos los niveles, no sólo al económico. Es muy caro a nivel emocional y vital. Nunca ha sido tan caro vivir solo. ¿Por qué? porque nunca ha salido tan caro en el sentido de que en épocas anteriores al capitalismo y en etapas de desarrollo capitalista, sí podía haber huecos incluso para aquellos individuos excepcionales de clases más bajas. Hace poco veía una película de Michael Caine que venía a contar esto en los años sesenta. Cómo individuos de clase obrera, él mismo, aprovecharon el momento para crecer. Hoy en día es imposible. Es imposible porque está cerrado por completo, entre otras cosas, porque la potencia capitalista no tiene capacidad para desarrollar sus factores productivos. Con lo cual, a lo único que se dedica es a la especulación y para especular tienes que tener mucha pasta desde el principio. Toda esta mierda que nos han vendido de los emprendedores y las startups son todo mentira. Todo mentira. Nunca nos cuentan los emprendedores de dónde vienen y hacia dónde van. Nos han metido una ideología, una moral, una ética del individualismo que resulta que nos es imposible llevar a cabo. En general, el que vive de una forma individual es un desgraciado. Este es un barrio [Malasaña] lleno de desgraciados. He vivido aquí y sé de lo que hablo. Todo profesionales culturales que no van a ninguna parte. Gente que vive en unas condiciones realmente precarias. Tú debes saber bien de lo que hablo, con todo el tema de la comunicación y el periodismo. Al final no hay espacio como había antes para llevar una carrera periodística a buen nivel. Hay una gran contradicción entre ambos términos, entre lo que creemos que podemos ser, que es lo aspiracional, y lo que realmente somos.

P. Interpreta esto como una gran victoria de la derecha, pero ¿qué papel tiene la izquierda en toda esta decadencia?
R. La izquierda durante el siglo XX tiene un papel articulador. Es decir, las identidades son una mezcla compleja, entre lo material —lo que realmente se es— y una serie de mediaciones culturales. La izquierda también mediaba culturalmente, creando identidad y redes en las que la gente se podía integrar eficazmente y podía vivenciar su ideología. Es decir, tu eras comunista en cuanto que hacías comunismo diariamente; en tu barrio, en tu trabajo, en tu sindicato... No eras un comunista atomizado en Twitter. Tu vivencia de la política te hacía poder tener redes y poder desarrollar una conciencia mayor. Esto ocurría en multitud de sitios y algunas ciudades muy concretas del norte de Inglaterra, incluso en los ámbitos futbolísticos, donde estaba muy unido todo: sentimiento de clase obrera y de pertenencia a un club de fútbol. El problema es que la izquierda renuncia a eso y no se pregunta por qué la clase trabajadora le ha dejado de votar, centrándose en la clase media, a la cual ve como un granero de votos que puede tornarse hacia un lado o hacia otro. De ahí viene el mito de que el centro es el que decide las elecciones, cuando realmente quién decide las elecciones es la abstención. Lo que ocurre es que nadie se fija en la abstención y se da por normal que en España haya, en las últimas elecciones, once millones de personas que no fueron a votar. El PP sacó, si no me equivoco, siete millones de votos. Quien decide las elecciones no es el centro, como nos han hecho creer los politólogos, periodistas y analistas, quien las decide es la abstención. Es decir, la clase trabajadora que se siente absolutamente enajenada de la política. Por cierto, la ultra derecha va a hacer mella ahí. Ya lo está haciendo.

P. Podemos renunció a hablar de clase obrera y adaptó el discurso de clases a la época, hablando de un frente entre 'los de arriba' contra 'los de abajo' ¿Cree que si hubieran apelado a la clase obrera desde el principio habrían alcanzado mayor éxito político?
R. No. Esto no va de discursos. La política no es una ecuación cerrada en la que si yo digo 'X' consigo 'Y'. Pensamos que es así, pero no lo es. Izquierda Unida, si te fijas en sus campañas de finales de los noventa en adelante, son muy parecidas a las de Podemos, pero el contexto era diferente y los líderes eran diferentes. En esta pregunta que me haces, en el fondo, lo que se dirime es la cuestión de "o nos adaptamos a lo existente porque nos es imposible cambiarlo y nuestra única forma de actuar sobre la sociedad es poder tener una fuente de rutinas narrativas que nos consigan meter en el juego" o "planteamos una guerra asimétrica y nos salimos de su juego". Es verdad que no habría tenido un resultado mejor por apelar a la clase obrera en su discurso. Pero no va de eso, va de poder articular una política en base a experiencias comunes cotidianas. Ahí es dónde realmente se hace algo diferente donde el neoliberalismo no te puede robar la tostada. Si no, eres un producto más, lo que pasa es que te vendes de una forma diferente. Podemos tuvo cierto éxito, pero fue un éxito muy reversible, porque en el momento en el que al poder se le pasa toda esta tostada de la crisis y consigue poner en funcionamiento toda esa maquinaria, rápidamente revierte el asunto. Ahora, con el ascenso de la ultra derecha, ya no parece buena idea aquello de "no somos ni de izquierdas ni de derechas".

P. En estos cambios sociales y políticos, usted apunta a la industria tecnológica como una especie de factor decisivo a la hora de difuminar la conciencia de clase y potenciar el pensamiento individualista, ¿no cree que también tiene elementos positivos de cara a lo colectivo? El 15M, la Primavera Árabe o el movimiento actual de los 'Chalecos Amarillos' se ha gestado a través de las redes sociales.
R. Me acuerdo que tras el atentado del 11M salieron cientos de libros que hablaban del valor de los SMS para cambiar nuestras vidas. Visto hoy, nos suena hasta pueril ¿no?. Que podamos comunicarnos de una forma rápida tiene que tener importancia, sí. Tanto como que la ultra derecha ha aprovechado las redes sociales y la mensajería instantánea tipo Whatsapp de una forma más útil que la izquierda. Esto es así porque su mensaje es destructivo y de odio, mientras, el mensaje de construcción propio de la izquierda se presenta mucho más difícil de explicar a través de un mensaje de texto o un tuit. En ese sentido, tras 20 años de Internet popular, la suma de resultados es enormemente negativa. Funcionábamos mejor cuando nos organizábamos sin este tipo de cacharros. No digo que se pueda prescindir de eso, es imposible a estas alturas. Pero en los 70 se funcionaba de puta madre y no había ningún cacharro. La gente se organizaba en base a dos cuestiones sencillas: una ideología muy fuerte y unos métodos de participación permanente. Ahora tenemos una lógica de participación permanente en base a la nada. Todo el rato estamos participando, escribiendo opiniones, poniendo tuits. Nunca antes habíamos escrito tanto, pero lo hacemos de una forma muy fraccionada con la que es imposible enterarse de nada.

La velocidad y la rapidez también han sido confundidas con la vulgarización del mensaje y la falta de autoridad. Esto es importante porque la izquierda no se atreve a decir estas cosas, pero nos hace falta autoridad intelectual. No puede valer lo mismo la opinión sobre el holocausto de un centro de estudios de Mauthausen que la opinión que tenga un paleto de Wisconsin en Youtube. Pero desgraciadamente las dos opiniones parecen tener el mismo valor. Un chaval o una chavala puede recibir estas dos opiniones en la misma línea y el mismo nivel de autoridad y esto es muy problemático.

P. ¿Y cómo se lucha contra ello?

R. Puedes luchar contra ello utilizando las mismas armas... Ahora ¿tu como explicas la guerra de Siria? Es un tema hipercomplejo. ¿Se puede explicar como funciona el imperialismo, la guerra y las olas de refugiados de manera rápida? Yo no sabría hacerlo. Pero es muy fácil decir "los moros nos vienen a invadir" y jugar con esa idea tradicional. Yo creo, sin desmerecer a los youtubers que lo intentan explicar, que la única manera de luchar contra esto es integrar a la gente en la vida real. Es decir, es mucho más difícil que te creas esas mentiras cuando participas en actividades sociales, militas en un sindicato o en un partido político, que cuando estás tu solo. Al final, vamos otra vez hacia la atomización de la actividad política que pretende cambiar conciencias, pero de uno en uno. Ellos pueden hacerlo porque al final juegan en casa. Juegan con todos los prejuicios existentes en nuestra sociedad, pero la gente que quiere cambiar esto tiene que saber que es muy difícil hacerlo en su terreno de juego y con sus herramientas. Hemos pecado de arrogantes al pensar que podemos aprovechar a nuestro favor las cosas que surgen del neoliberalismo.

El Twitter, por ejemplo, no ha tenido nada positivo para la sociedad. Es más, lo único que ha hecho ha sido que nos encerremos en grupos de afinidad donde determinadas personas te dicen lo que quieres oír, propiciando que tu percepción del mundo sea muy sesgada. Me acuerdo que tras las elecciones generales salieron muchos chavales y chavalas jóvenes que no habían podido tener antes una experiencia política y que se preguntaban cómo era posible que Podemos hubiera perdido las elecciones, porque toda la gente que conocían eran afines. Claro, es que hay mucha más gente que tú no conoces, que no están en tus redes sociales o que, directamente, no están en las redes sociales.

P. Llaman la atención conceptos que utilizas como infantilización o puerilidad de la izquierda o la 'uberización' de Podemos ¿a que se refiere con ello?

R. El otro día iba por este barrio, que llevo en él desde que tengo 17 años, y empiezo a ver patinetes por todos lados. Entonces, en un tono provocador, digo que me cago en los patinetes y que, de Zipi y Zape, hemos pasado a ser los adultos los que llevemos estos patinetes. Semanas después de que yo escribiera sobre el tema, empieza a haber cierto movimiento que denuncia que las cosas no van bien con este tema. Por una cuestión: hemos eliminado el factor trabajo de la ecuación. Esos patinetes los coge la gente, se los lleva y los carga en su casa por cuatro duros. Es decir, una auténtica 'uberización' de las relaciones laborales. De esta forma, termina por desaparecer el factor trabajo de las empresas. ¿Por que a la gente le gusta? porque dicen que es un medio de transporte verde. Eso es la infantilización de la sociedad, que con que te pongan una etiquetita te creas que estás haciendo un bien por el mundo en el que vives. Ya está bien de eso.

Con la política está pasando un poco lo mismo. Carmena, que es una señora muy querida aquí, pero con su actitud de que ella es la que elige a los mejores está dando la sensación de que lo que dirige es una empresa. ¿Hacia quién responde ella? Porque nos quejábamos mucho en el 15M de los partidos políticos, pero al menos un partido tenía unas reglas de respuesta a sus direcciones ,¿frente a quién responde Carmena? Mi problema es que esta gente venía hablando de participación como algo esencial y al final ellos mismos se lo han cargado al decir que no se someten a primarias. Las primarias me importan un bledo, pero ellos son los mismos que insistían en que las primarias lo eran todo y ahora no las quieren. Me parece alucinante que nadie proteste por ello. A mí no me importa que la gente cambie de línea ideológica, pero me gusta que me expliquen las razones.

P. Quizá porque no hay un respaldo ideológico detrás.

R. Sí lo hay. Siempre hay ideología. Nadie carece de ideología, pero esta es una ideología de un progresismo muy particular que se dedica a crear grandes espectáculos como la inauguración de Gran Vía, que no tiene ninguna función social, más que generar un aumento del comercio porque la gente compra andando por la calle. Se nos vende como movilidad sostenible. Otra cosa es que estemos en un momento muy infantil donde con cuatro etiquetas nos puedan convencer de este tipo de memeces, que es lo que son. Que no nos vendan que es mejor para la gente. Es mejor para la gente que se nacionalice la banca, eso sí es mejor para la gente.

P. Habrá quien piense que sí hace falta un cambio para una ciudad más sostenible y sin contaminación.

R. Desde que han cerrado la fábrica de Coca-Cola en Fuenlabrada toda esa bebida entra en Madrid en camiones. Los trabajadores estuvieron calculando, creo que con ayuda de Ecologistas en Acción, la contaminación que se añadía a la ciudad con la entrada de camiones y vieron que aumentaba un tanto por ciento muy importante. Solamente con ese detalle te das cuenta de que estas medidas tienen un valor únicamente simbólico, en el sentido de que se hacen para fingir delante de tu electorado que sigues siendo progresista, porque ya no te queda nada más que hacer. Si eres incapaz de enfrentarte a Montoro con la deuda, si eres incapaz de enfrentarte a los mecanismos económicos que rigen esta ciudad como los precios del alquiler, ¿qué es lo que te queda? Esta es la política del sobrante, que consiste en hacer de nuestra debilidad virtud. Sé que es un discurso duro y desasosegante, pero es el que hay.

P. También habla de lo políticamente correcto y pone al cómico Ignatius Farray como ejemplo, ¿cree que el mercado de la diversidad ha dinamitado las posibilidades de un debate constructivo?
R. El problema en el debate es que la diversidad se ha sobrerrepresentado. Como no se pueden alterar las estructuras económicas nos hemos dedicado a insistir en otras políticas. Esto ha creado una sensación de hipocresía que nos puede hacer pensar: "no puedo decir esto, pero luego sí que va a seguir ocurriendo en el fondo". Me parece necesario el nombrar a la gente como quiera ser nombrada. No es de recibo utilizar un lenguaje machista o racista, eso que quede claro. Ahora, lo que yo digo es que si eso no va acompañado de medidas reales de cambio, al final se crea ese hueco asqueroso para que la derecha aproveche este asunto y salga con "lo políticamente incorrecto". Llegado un momento me es muy difícil mantener un discurso cuando constantemente este espacio progresista está permanentemente jugando a las guerras culturales, que son muy perjudiciales para los grupos que dicen defender. Lo que no es normal es que nos comportamos como la derecha. El espacio progresista hace lo mismo que la derecha con Dani Mateo y la bandera. La diferencia es que ellos tienen capacidades de coacción, van a un juzgado y te denuncian, y además ellos asustan, mientras que los progresistas no tienen ni medios de coacción ni asustan. Para jugar a las guerras culturales hay que tener las mismas capacidades, si no, mal asunto. La derecha no pierde ni una sola guerra cultural cuando se mete en ellas, cada vez que se mete nos arrasa porque, encima, la izquierda cede. Un ejemplo, los titiriteros. ¿Por qué no se les defendió?

P. En el plano cultural se ha mostrado muy crítico con O.T ¿Por qué?
R. Evidentemente prefiero que en un programa se hagan cantos a la tolerancia antes que se insemine el orgullo blanco. No tengo mayor problema con Operación Triunfo, que lo vea quien quiera y que lo disfrute quien quiera, pero que lo hagan como un programa de entretenimiento. El problema es cuando se empiezan a ver, haciendo de la debilidad virtud, unos grandes valores en un programa que es básicamente un negociazo para una empresa de contenidos televisivos privada. Una empresa que lo que hace es utilizar unos valores positivos para blanquear su espacio que en el fondo está preñado de valores neoliberales. A mí me molesta que haya partidos de izquierdas que aplaudan OT. Ahora ya no, en esta segunda edición no tanto y, sinceramente, aunque suene arrogante, creo que mi artículo algo tuvo que ver. Hay mucha gente en este país que se deja los cuernos en el ámbito de la literatura y de la música que no recibe ningún tipo de ayuda. Me sorprende la ceguera de los partidos de izquierdas de este país de no ser capaces, con sus cuentas, de recomendar una vez a la semana un libro o un disco de gente que no tiene las capacidades comerciales de llegar al gran público.

P. ¿Puede tener que ver con el hecho de que los partidos estén inmersos en una sociedad mercantilizada y eso, al final, es publicidad gratuita?
R. Cuando los líderes políticos hablaban de OT, a ellos les importaba un bledo el programa. Ellos, en el fondo lo que querían es normalizarse. Como no tienes capacidad para cambiar la sociedad lo que haces es parecerte a ella. Quien se puede parecer a la sociedad es Albert Rivera o Pablo Casado, que sí tienen capacidades para actuar sobre la sociedad. Ellos han conseguido transformar la realidad en base a sus líneas. Cuando la izquierda se quiere parecer a la sociedad, lo que hace es cimentar esa sociedad y darle cierta de legitimidad. De esta forma lo que pasa es que no se quiere tocar nada porque no quieres parecer contrario a los gustos de la gente. ¿Dónde están los cantos a la hegemonía y a Gramsci que se hacían unos años atrás en los partidos de izquierdas? Al final no se han cambiado ninguno de los resortes culturales de la sociedad sino que ha habido una adaptación. OT es una anécdota pequeña pero, en el fondo, resume muy bien cuál es nuestra relación con la política: hacer pensar que todo va bien porque en un programa de televisión se reconocen a los homosexuales. Es un problema porque en este país, los homosexuales que lucharon por ser reconocidos, no eran los mismos que están patrocinando la cabalgata del orgullo con Idealista. Era gente que se partía la cara y luchaba de una forma organizada. Para esa gente, todos mis respetos, pero lo que tenemos hoy son personajes que se aprovechan de la condición LGTB para hacer un negocio. No tengo que respetarles por una condición de clase.

viernes, 3 de agosto de 2018

#hemeroteca #activismo | La trampa de “La trampa de la diversidad”

Imagen: Diario Córdoba / Ptotesta feminista contra la senetencia a la Manada, Córdoba, 2018-04-26
La trampa de “La trampa de la diversidad”.
Juan Carlos Monedero | Comiendo Tierra, Público, 2018-08-03
https://blogs.publico.es/juan-carlos-monedero/2018/08/03/la-trampa-de-la-trampa-de-la-diversidad/

Este es un libro con algo de rencor de clase. ¿Y qué? ¿O es que no tienen rencor de clase -de clase dirigente- Pablo Casado o Albert Rivera y por eso quieren gobernar España? ¿No le vendría bien un poco de rencor de clase obrera a Pedro Sánchez cuando le dice al Ibex 35 ¡tranquilos que vais a seguir como siempre!? La hegemonía neoliberal no consiente que saques pecho con una mirada alternativa. Son los mismos que te gritan '¡Paracuellos!' cuando dices que qué hace un genocida con un mausoleo y también cuando hay una huelga de taxis. O que dicen que tienen derecho a comprarse un vientre. Será porque les funciona.

No es verdad que éste sea un libro contra la diversidad, sino contra la diversidad como trampa. Esto es, “cómo un concepto en principio bueno es usado para fomentar el individualismo, romper la acción colectiva y cimentar el neoliberalismo.”. Es decir, cómo cosas que a priori son positivas, como el esfuerzo o la excelencia son usadas por los pijos y los fachas para encubrir la explotación y la desigualdad de oportunidades. Cómo hemos regalado a la derecha la posibilidad de blanquear el egoísmo o la competitividad o cómo los derechos humanos pueden haberse convertido en la excusa para pisotear en muchos lugares del mundo los derechos humanos. Y también cómo la diversidad puede convertirse en una serie de televisión con cientos de temporadas donde estás enganchado al tiempo que te desconectas del mundo real. Porque eres tú quien le ha dicho a Netflix cómo te gustan las series y por eso las hace especial para ti.

El libro tiene la virtud de abrir un debate, lo que siempre es bueno, aunque también tiene el riesgo de que alimenta el más rancio comunismo de partido, ese que quiere vivir en la utopía inexistente del pasado, cuando había, supuestamente, “buenos obreros”. Es normal que la lectura que va a hacer mucha gente de este libro es que hay que regresar al pasado, ese en donde existía una clase obrera que iba al paraíso. Esa nostalgia la tiene también el autor y aunque dice que no es posible ni deseable, las conclusiones están servidas y son contradictorias: seamos cuidadosos con la fragmentación que hace la defensa de la diversidad, o exploremos alguna suerte de regreso al pasado. Ahí ha saltado el Coordinador General de Izquierda Unida, señalando que las hipótesis de este libro podrían llevar a “posiciones políticas inadecuadas”.

El libro tiene cuatro errores grandes y un descuido:

(1) el error del economicismo (hasta el surgimiento de Lutero explica Bernabé por el desarrollo del capitalismo), cuando el determinismo económico no lo defendía ni Marx. “Destrozaron nuestra identidad obrera y la rellenaron con una variedad diversa y fragmentada de identidades”. Y hay que preguntar ¿quién hizo eso? ¿No le estaremos concediendo demasiado poder a no se sabe muy bien qué tipo de Fu-man-chú que anda conspirando detrás de las puertas? ¿No será la cosa un poco más compleja? Claro que los capitalistas obran según el metabolismo del capitalismo. Pero aún no somos robots programados.

(2) el de no explicar las razones complejas de la crisis de la izquierda desde los 70 y basarlo todo en una conspiración del capital contra los logros de la clase obrera. Bernabé usa la palabra conspiración y eso le resta swing intelectual a sus argumentos. El ecologismo, el feminismo, el cristianismo de base, la crítica a cualquier poder, el pacifismo, la defensa de la libertad sexual, el decolonialismo son todas demandas a las que la izquierda tenía profundas dificultades para responder y se refugiaron en los movimientos sociales y cambiaron a los partidos.

(3) el error de no mencionar la creciente complejidad social, muy vinculada al desarrollo tecnológico y a los procesos de individuación y secularización. Las mujeres ya no llevan luto, los niños tienen derechos, ya no hay viudas alegres, no hay que llegar virgen al matrimonio, se intenta que el trabajo sea algo más que recibir un salario, somos más cosmopolitas, etcétera. La complejidad social es la que hace a los Estados nacionales muy grandes para gestionar algunas cosas y muy pequeños para gestionar otras. La globalización no puede despacharse como un truco del capital. Vamos, que estamos en el siglo XXI y la URSS se disolvió en 1991.

(4) por último, y quizá el error más injusto del autor, no entender que una parte importante del mundo que tenemos se ha logrado gracias a las luchas obreras, a los triunfos, a las victorias populares. Porque la correlación de fuerzas nunca está totalmente al lado del capital. Es decir, el mundo que tenemos tiene el rostro también de nuestras victorias, no solamente de nuestros fracasos. Es el error repetido del estructuralismo, que fía todo a estructuras rígidas y omnipotentes y renuncia a los actores sociales.

Y queda el descuido, que es despreciar todas las reflexiones que desde hace algunas décadas están buscando la síntesis superadora entre el reconocimiento y la redistribución, por ejemplo, los trabajos de Boaventura de Sousa Santos (cita Bernabé a Nancy Fraser, pero se le resiste citar a alguien que bordee el canon marxista). O toda la discusión acerca de los derechos de ciudadanía, civiles, políticos, sociales e identitarios, y cómo, frente a las ideas iniciales de autores como Marshall, estos derechos vienen juntos, no son jerarquizables y se pueden perder.

No son pocas las ocasiones en que en el libro se tira de brochazo y cae en el mecanicismo (como cuando dice que no puedes hacer de la opción sexual una identidad militante anticapitalista completa. ¡Claro que hay gente que puede ser homosexual 24 horas al día y mucho más en el caso del feminismo!). Esta parte del libro creo que es una manera de hacer un discurso más claro, no porque el autor beba de las fuentes estancadas del marxismo-leninismo soviético. Porque el autor sabe que él estaría en la cárcel de vivir en el Moscú de Stalin y tonto no es. Pero es que Bernabé está cabreado con la pérdida de una conciencia que metió tras la Segunda Guerra Mundial el miedo a los burgueses y con eso trajo lo más decente de las sociedades occidentales. Cabreado con que le hayamos regalado cuando se hundió la Unión Soviética de nuevo todo lo logrado a nuestros verdugos y tiramos al niño con el agua sucia. Llevamos un cuarto de siglo pidiendo perdón y Aznar, Blair o Bush, responsables de poner en marcha la guerra de Irak, donde se ha asesinado a un millón de personas viven gloriosamente, ensalzados y millonarios. Ensalzados hace nada por Pablo Casado, que se la pasa insultando a la izquierda y sus aledaños.

El problema de todo, dice Bernabé paradójicamente, es la conciencia (como venimos planteando desde hace algún tiempo, especialmente en nuestras sociedades saturadas audiovisualmente), en su caso, la conciencia perdida. El fin de la clase obrera vino de la mano del auge de las clases medias, que en realidad no lo eran del todo pero lo eran aspiracionalmente a través de modelos de consumo que eran los que marcaban el lugar deseado en el mundo. Es el auge del youtuber descerebrado frente al combativo joven recién llegado al mundo laboral. La competencia (cuando las clases medias son un producto de la cooperación obrera a través de los sindicatos y los partidos de izquierda), la productividad personal, el mundo como una lucha, el individualismo, valores funcionales al capitalismo financiero, se convierten en valores para los sectores populares. Que hacen running hasta morir (te haces fotos corriendo hasta cuando eres Presidente del Gobierno), pueblan los gimnasios, se endeudan, consumen cocaína, se creen mejores que sus colegas de trabajo y sus vecinos, votan a Ciudadanos o al PP o, añadiría yo, se creen los más rojos de todo el pueblo aunque sean vagos redomados y le echen la culpa de todo a que son unos incomprendidos porque se empeñan en defender la pureza de la radicalidad incontaminada.

La gente que critica Bernabé es esa para la que hicieron ese anuncio que rezaba: “La privación de sueño es la droga que has elegido. Tú debes de ser un emprendedor”. Como dice Bernabé: “No pasa nada por trabajar 12 horas al día, no dormir, no comer, porque tú no eres un vulgar trabajador, sino un emprendedor que compite con otros para alcanzar el éxito”. Como para no estar cabreado.

Llevamos algunos tiempo preocupados intelectualmente por dos cosas. Una, la confusión en un mundo donde han desaparecido los marcadores de certeza (es lo que conté en El gobierno de las palabras. Política para tiempos de confusión). Cuando teníamos las respuestas nos cambiaron las preguntas y en esa incertidumbre surgen los gramscianos monstruos. O dicho de otra manera, cómo el neoliberalismo no es un modo de producción sino un sentido común. Y por eso es tan complicado luchar contra él. La otra, la falta de mirada global de los problemas, la ausencia de ideologías integradoras, la supervivencia intelectual concentrada en el árbol cuando ni se ve ni se entiende el bosque. Lo que nos obliga a los politólogos a dibujar las constelaciones, el dibujo que une a las estrellas y propone un sentido, aunque sea en forma de archipiélago que une las islas dispersadas.

Esa fragmentación actual es la diversidad exacerbada que critica Bernabé. La pretensión, tan frívola, de concentrar todos los esfuerzos en una parcela de la vida dando por seguros que las demás parcelas van a seguir independientemente de nuestras acciones. Creer que nuestras identidades, tan relevantes para la emancipación, estás separadas de las demás identidades, entre ellas la de clase que condiciona (no determina: condiciona) todas las demás. Llevo tiempo intentando entender la parte de verdad que tienen todos los que protestan (porque protestan con un instinto que nace de la experiencia, de la praxis, aunque la teoría quiera decirles que están equivocados) e intentando ver cómo esas demandas no satisfechas pueden construir un cuerpo social transformador. Laclau propuso unir las demandas insatisfechas vaciándose y ligándose a un significante igualmente vacío. Boaventura de Sousa Santos, invitando a todas las demandas a traducirse entre ellas para encontrar el hilo que las una (que no puede ser otro que la idea de emancipación). Bernabé no es muy amable con todas esas peleas y les recuerda todos y cada uno de sus errores. Que es donde se pasa de frenada. No termina de ver que poner nombres a las cosas es mandar. Y que las luchas por reconceptualizar el mundo quitándoles el diccionario a los poderosos son un gran avance. Peca aquí de ese mal endémico de la izquierda que cree parecer más profunda cuanto más malhumorada está y pinta todo con contornos más oscuros. Paralizar al personal con discursos apocalípticos suele ser una conducta egoísta que, otra vez paradójicamente, es contrarrevolucionaria.

Es normal que este libro se haya ido en su interpretacion a los extremos (incluidos los necios que hablan sin habérselo leído). Pero las quejas ante las críticas tienen algo de exageradas (en la academía son cotidianas). Los ataques no son una rareza que se ha ganado este trabajo de Bernabé. Los periodistas creen que las cosas existen solo cuando les pasa a ellos. Por ejemplo, cuando les acosan desde los medios. Quizá por eso Bernabé no ha entrado, al analizar la diversidad, ni en el fútbol ni en el nacionalismo. Muy prudente.

Hay una lectura que es la que ha provocado la airada respuesta de Alberto Garzón a este libro, porque ha vuelto a dar aire a los que quieren vivir en el gueto de los que siempre tienen razón en el pasado. Esa provocación de meter el dedo en el ojo a las emancipaciones que no priman las cuestiones de clase está en el libro. Faltaría, sin embargo, ahondar un poco más en qué significan las clases sociales hoy (lo ha hecho Erik Olin Wright en 'Comprender las clases sociales') o dar alguna explicación de por qué se equivocan los jóvenes que no quieren tener el trabajo de sus padres. Porque seguramente hacen bien. De la misma manera que no explica las dificultades de militar y las ventajas de delegar. La militancia reclama misioneros patológicos, que decía Lorca, y es más sencillo que compartas más cuanto menos sean los objetos de la militancia. Es prácticamente imposible que un partido convenza hoy al 100% ni a sus votantes ni a sus militantes. Y pertenecer a una organización que no te convence completamente es un problema que no se resuelve a los que no abrazan esa nostalgía militante que expresa Bernabé (y que seguramente ni él cumple).

Bernabé dice que los pobres se han hecho clase media aspiracional. Es un problema si eso te aliena, pero no lo es si eso te hace avanzar. Si él ha podido estudiar -como yo- seguramente es porque nuestros padres tenían esa aspiración de que sus hijos prosperaran más que ellos. Por ejemplo, yendo a la universidad. De lo contrario, estaríamos repitiendo la tontería de que los padres quieren que sus hijos vivan con sus mismas penurias en pisos de 40 metros cuadrados. Y si hay cerca un vertedero o una fábrica contaminante mejor. Más allá de la ironía, eso no se sostiene, y menos en un contexto, además, donde ya no existe una alternativa simbólica al sistema capitalista como cuando existía la URSS. ¿No obliga eso a ser, de alguna manera, reformistas? ¿No debiéramos preguntarnos cuánto reformismo puede lograr cambios revolucionarios?

Bienvenido este libro. Porque nos regaña por discutir mucho de la cabalgata de Reyes y menos de la deuda externa, por convertir la política en un producto que quiere agradar, en una marca que tiene que gustar aunque sea impostando la voz y acariciando a todo el mundo. Bienvenido porque deja claro el intento de blanquear ideas como “competitividad” o “egoísmo” escondidas en la defensa de las opciones sexuales, de los animales o de la igualdad de las mujeres. Seamos al tiempo cuidadosos porque su enunciación de los riesgos de la diversidad obligarían a llamar otra vez a Paco Frutos a que viniera a liderar la izquierda. En cualquier caso, de su discusión, sin duda, vamos a salir todos más listos. “Si quieres llevar a un tonto a la ruina -dice Nassim Taleb- dale información”. Con tanta información debemos ser muy cuidadosos.