Mostrando entradas con la etiqueta Ley Mordaza. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ley Mordaza. Mostrar todas las entradas

martes, 16 de julio de 2024

#hemeroteca #politica #controlsocial | Díaz anuncia un acuerdo con el PSOE para derogar la Ley Mordaza

Activistas de No Somos Delito en una concentración frente al Congreso, noviembre 2022 //

Díaz anuncia un acuerdo con el PSOE para derogar la Ley Mordaza

Además de una reforma de la ley de publicidad institucional, la vicepresidenta segunda adelanta que el paquete de regeneración que anunciará Sánchez incluirá la reforma de una ley del PP utilizada para acallar la protesta social.
El Salto, 2024-07-16
https://www.elsaltodiario.com/leyes-mordaza/diaz-anuncia-un-acuerdo-psoe-derogar-ley-mordaza

Se acerca un acuerdo para lanzar el paquete de regeneración democrática del que el presidente Pedro Sánchez lleva hablando desde el parón de cinco días para reflexionar sobre su posible dimisión. La vicepresidenta segunda, Yolanda Díaz, ha declarado en la mañana de este 16 de julio que el PSOE y Sumar han llegado a un acuerdo para derogar la Ley Mordaza y para lanzar una ley que impida las subvenciones públicas a los llamados pseudomedios, aparatos de propaganda de la extrema derecha sustentados en ‘fake news’, inflados y sostenidos por ayudas institucionales, sin apenas visitas.

Según declaró la ministra de Trabajo, el presidente presentará este miércoles a las 9h una reforma de la ley de publicidad institucional: “Quienes vulneren los códigos deontológicos en el ejercicio del periodismo serán privados de subvenciones y financiación pública”. La reforma de la ley que regula la publicidad institucional, que ya tiene más de dos décadas, se enmarca en la reciente regulación europea lanzada el pasado marzo, que va mucho más allá de la normativa española y exige a los gobiernos una mayor regulación y transparencia del dinero público recibido por cada medio.

Desde Sumar han presionado para incluir la postergada derogación de la Ley Mordaza en el paquete de regeneración, uno de los puntos del acuerdo de la primera investidura entre Unidas Podemos y PSOE, y también entre Sumar y PSOE tras el 23-J. “La petición de Sumar para la derogación de la ley mordaza se consuma”, dijo Díaz a su llegada a la reunión de ministros de Trabajo y Empleo de la Unión Europea en Bruselas. Según el portavoz de Sumar, Ernest Urtasun, la derogación de la Ley Mordaza es una “medida esencial” dentro del paquete de regeneración democrática.

La reforma fracasada de 2023
En marzo de 2023, fracasó el intento de reforma de la Ley de Seguridad Ciudadana, más conocida como Ley Mordaza, después de que EH Bildu y ERC votaran en una ponencia en contra de una reforma que se limitaba a eliminar algunos puntos de la norma de Mariano Rajoy pero que mantenía buena parte de su articulado. A pesar de que se derogaban algunos de los “aspectos más lesivos” de la ley de 2015, como las previsiones contra el derecho de manifestación, la cuantía de las sanciones o la grabación de imágenes de agentes, la reforma dejaba fuera las devoluciones en caliente de migrantes o la utilización de balas de goma.

Además de estos dos asuntos, la reforma presentada por Gobierno de coalición mantenía intactas, según denunció No Somos Delito, la presunción de veracidad de los agentes de policía, la no objetivación de las acusaciones de desobediencia o las sanciones por falta de respeto a los agentes. Según de Interior, entre 2015 y 2020 más de un tercio de las sanciones de la ley se debieron precisamente a las acusaciones de resistencia o desobediencia, y a las de faltas de respeto a los agentes.

“El Gobierno prometió derogar la Ley Mordaza, no retocarla de manera leve”, criticó entonces EH Bildu. Una crítica compartida por el propio Podemos, que acusó al PSOE de haber dejado caer la reforma de la ley por su falta de ambición, según palabras de Pablo Echenique.

En la nueva propuesta de “derogación” de la Ley Mordaza volverán a estar presentes estos puntos calientes y la viabilidad de la iniciativa dependerá del alcance de las reformas.

Y TAMBIÉN…
>
Reforma de la Ley Mordaza: game over

La negativa del PSOE a reformar los artículos que han supuesto un tercio de las sanciones de la ley mordaza o a prohibir las devoluciones en caliente termina con el recorrido del proyecto en esta legislatura.
Diego Sanz Paratcha | El Salto, 2023-03-14
https://www.elsaltodiario.com/ley-seguridad-ciudadana/reforma-ley-mordaza-game-over-psoe-represion-sanciones

miércoles, 16 de septiembre de 2020

#hemeroteca #homofobia #iglesia | Los activistas que se manifestaron contra los cursos para "curar la homosexualidad" del Obispo de Alcalá se enfrentan a penas de hasta cuatro años de cárcel

Público / Protesta contra la LGTBIfobia del Obispado de Alcalá //

Los activistas que se manifestaron contra los cursos para "curar la homosexualidad" del Obispo de Alcalá se enfrentan a penas de hasta cuatro años de cárcel.

La denuncia, interpuesta por la asociación Abogados Cristianos, se refiere a lo sucedido en abril de 2019, cuando salió a la luz las terapias que el Obispado de Alcalá de Henares realizaba para reconvertir la homosexualidad.
Guillermo Martínez | Público, 2020-09-16
https://www.publico.es/sociedad/lgtbifobia-activistas-manifestaron-cursos-curar-homosexualidad-obispo-alcala-enfrentan-penas-4-anos-carcel.html 

Organizar cursos y editar una guía para intentar revertir la homosexualidad parece estar extinto de consecuencias legales para el Obispado de Alcalá de Henares; no así mostrar repulsa ante ello. Siete personas están llamadas a declarar en los juzgados de la ciudad complutense por una querella interpuesta desde Abogados Cristianos en la que les acusan de un delito contra la libertad de conciencia y los sentimientos religiosos y otro delito de incitación al odio. Una concentración en la Catedral-Magistral del municipio en repulsa de Juan Antonio Reig Pla, obispo de la ciudad, derivó en la entrada de varios de los activistas al templo, en donde corearon distintos cánticos contra la institución católica. Ahora se enfrentan a una pena de prisión que puede llegar a los cuatro años y una multa económica que podría alcanzar varios miles de euros.

La querella remitida desde la entidad religiosa, conocida en la localidad madrileña por haber denunciado el despliegue de la bandera LGTBI en su Ayuntamiento hasta que un juez desestimó la retirada del emblema, pedía abrir diligencias contra los acusados por cuatro delitos, aunque el magistrado instructor solo han admitido dos de ellos. "Al final, el juez va a investigar los tipos penales que más se ajustan a la pretensión de Abogados Cristianos. Teniendo en cuenta que son una asociación en defensa de la cristiandad, este es el tipo penal correcto para ellos. De hecho, aunque no deja de ser totalmente anacrónico, es la figura jurídica que ha guiado a la Fiscalía en este tipo de casos", comenta Diego Herchhoren, abogado y activista.

"Vosotros, fascistas, sois los terroristas"
Fernando de la Fuente, viceportavoz de Jueces para la democracia (JplD) y experto en derecho penal, agrega que en este tipo de procedimientos es importante discernir entre lo ofensivo o la incitación al odio. "Que los gritos no hayan gustado a un sector de la congregación religiosa o a esta entidad en concreto no significa directamente que exista un delito de odio, así que habrá que analizarlo teniendo en cuenta las circunstancias en las que se produjeron", en sus propios términos. "Por ahora, y con total respeto a la investigación judicial en curso, las expresiones sí pueden parecer ofensivas para quien las recibe, pero difícilmente se podrán encuadrar en un delito de odio", agrega el magistrado.

Tal y como consta en la querella interpuesta desde la entidad cristiana, a la que ha tenido acceso Público, algunos de los gritos proferidos dentro del templo fueron "fuera de Alcalá", "¿sois menores? Es pal Obispo pa que te viole" y "vosotros fascistas, sois los terroristas". Según el escrito, también manipularon canciones religiosas "para vejar los sentimientos religiosos de los feligreses allí congregados, precisamente para rezar y/o acudir a misa, como por ejemplo «alabaré, alabaré, alabaré al maricón»". Pocos días después de los sucesos, la Conferencia Episcopal avaló los cursos para revertir la homosexualidad y mostró su "afecto" hacia Reig Plá.

Penas de prisión y multas económicas
El delito contra los sentimientos religiosos del que se les acusa a los siete investigados podría conllevar una pena económica de entre 8 y 12 meses, aunque en caso de no poder hacer frente a ella se traduciría en un día de privación de libertad por cada dos días de impago. Según el letrado, las cuantías mínimas oscilan entre los 3 y los 30 euros por días, "eso depende de la discrecionalidad del juez, que es bastante amplia y hay casuística para todos los gustos, así que habrá que esperar con qué contundencia quiere sancionar lo ocurrido". Es decir, en el mejor de los casos los acusados tendrán que pagar 720 euros, y en el peor 10.950.

Por otro lado, el delito de odio es el más grave de los dos. Aquí las penas de prisión oscilan entre 1 y 4 años. Además, también podría acarrear una multa económica para los investigados. "Aunque no se puede ver la cuantía que reclaman hasta el auto de procesamiento, hay que tener en cuenta que Abogados Cristianos se erige como una asociación en defensa de las creencias cristianas, una especie de asociación de consumidores del ámbito católico, así que tiene derecho a percibir cierto resarcimiento económico por los posibles delitos cometidos", explica el abogado.

"Es curioso cómo imputan un delito de odio a una actuación que no deja de ser una respuesta a otro delito de las mismas características, como el que supone para el colectivo homosexual que se les trate de enfermos. La imparcialidad del órgano judicial que admite a trámite este caso es nula. Hay una intencionalidad de sancionar, no al promotor del odio contra los homosexuales, sino a quien se manifiesta en contra de los preceptos de la Iglesia. Esto no deja de ser una expresión más del poder que tiene la Iglesia Católica en los diferentes estamentos de la sociedad española en general y en el órgano judicial en concreto", analiza el letrado. Así pues, la sola admisión a trámite de la querella, con la "pena de banquillo" que supone para los siete acusados, no deja de ser un hecho aleccionador para el conjunto de la ciudadanía. "Lo que se transmite a la sociedad es que la palabra de la Iglesia va a misa", reflexiona Herchhoren.

Controversia con el delito de ofensa a los sentimientos religiosos
En este sentido, el viceportavoz de JplD comenta que "no se trata de que si se investiga una cosa se tiene que investigar la otra, pero por mucho que se tenga un cargo eclesiástico hay cuestiones que pueden llegar a atentar contra preceptos constitucionales como la igualdad o la libertad sexual". Desde su punto de vista, será esencial atender a las circunstancias en las que se produjeron los hechos; por ejemplo, si los cánticos se profirieron durante la celebración de una eucaristía.

De la Fuente añade que son conscientes de que este colectivo de Abogados Cristianos actúa permanentemente ante cuestiones de este tipo, la ofensa a los sentimientos religiosos. "Es un delito que en pleno siglo XXI confronta de forma muy directa con el principio de libertad de expresión. Además, un aspecto que podrá tener en cuenta el juez es qué motiva la protesta sin exculpar la comisión del delito como tal, porque no es lo mismo que los activistas lleven a cabo determinadas acciones sin ningún tipo de provocación que con una provocación previa", narra el juez.

El caso cuenta con una particularidad. Como mínimo, tres de los denunciados por Abogados Cristianos ya fueron penados mediante una denuncia formulada por agentes de policía que se encontraban en la zona por los hechos que ahora les imputan. Tuvieron que pagar una multa administrativa contemplada en la denominada Ley Mordaza. Pese a ello, esto no incurriría en el precepto conocido como "non bis in ídem", es decir, una persona no puede ser juzgada por los mismos hechos dos veces. "En este tipo de casos lo que ocurre es que la vía administrativa queda paralizada hasta que se resuelva la penal, que es la que prevalece, aunque eso no quita que se tenga en consideración durante el proceso judicial", concluye el viceportavoz de JplD.

El caso aún se encuentra en fase de instrucción, unas diligencias previas entre las que se encuentra la testificación de los siete acusados que tendrán que ir al Juzgado de Instrucción Nº3 de Alcalá de Henares en donde serán interrogados dentro de un mes. Habrá que esperar un tiempo para ver si la justicia determina que esos gritos dentro de la Catedral de la localidad complutense en contra de la enésima pronunciación del Obispo de la ciudad contra el colectivo LGTBI son constitutivos de delito.

lunes, 4 de mayo de 2020

#hemeroteca #saludpublica #controlsocial | Pandemia securitaria

Imagen: ctxt / Control en Maryland, Estados Unidos
Pandemia securitaria.
Es posible que nuestra relación con la crisis sanitaria tenga menos que ver con la solidaridad que con los mandatos de una moral de excepción basada en el miedo, la sumisión a la autoridad y la construcción del otro como amenaza.
Pablo Pérez Navarro | ctxt, 2020-05-04
https://ctxt.es/es/20200501/Firmas/31842/coronavirus-estado-de-excepcion-inflacion-securitaria-pablo-perez-navarro.htm

Como en las grandes revoluciones, la pandemia impone su propio calendario. De ahí que parezcan tan lejanas las protestas que, desde Hong Kong hasta Chile, pasando por Irán, Italia, Francia, Ecuador, Líbano o Haití, entre otros lugares, atravesaron el globo en 2019, exigiendo democracia, justicia distributiva o ambas cosas a la vez. El contraste entre las multitudes y las calles vacías se extiende como un velo ‘vintage’ sobre el recuerdo de los levantamientos populares y, también, sobre los estados de excepción declarados para hacerles frente. Torciendo la balanza del lado de los segundos, los estados de emergencia, alarma, calamidad, catástrofe, de sitio y de excepción propiamente dichos han acallado las calles con unos niveles de apoyo social que resultaban impensables, por motivos obvios, hace tan solo unos meses.

Al mismo tiempo, la ubicua presencia de las fuerzas de seguridad nos resulta demasiado familiar, como si no mediaran apenas distancias entre el presente escenario y el de la represión del desorden público. Pensando en esta disonancia, y tomando en serio la tradición de la teoría crítica que, desde Walter Benjamin hasta Jasbir Puar, nos advierte de la vocación de todo estado de excepción por convertirse en norma, cabe preguntar, ¿en qué estado se encuentra la normalización de esta ola global de estados de excepción? Que la crisis sanitaria ha producido un cambio en la percepción social de la labor de las fuerzas de seguridad en los más variados extremos del espectro político parece evidente, pero ¿queda algún espacio de legitimidad para la pregunta por las relaciones entre la represión de la protesta urbana y la securitización de la salud pública? ¿Son los virus, acaso, contrarrevolucionarios?

Securitización global de la salud
Como primera aproximación, cabe señalar que la inflación securitaria de la respuesta sanitaria parece estar lejos de haber sido improvisada. Así lo sugiere el hecho de que en septiembre de 2019 se divulgaran a bombo y platillo las directrices de la Junta de Vigilancia Mundial de la Preparación ante el riesgo de que la liberación por causas naturales, accidentales o deliberadas de un virus respiratorio letal con alta transmisibilidad pudiese segar millones de vidas y frenar la economía mundial hasta en un 5%. Dos meses después, los diferentes gobiernos iniciaban una suerte de competición a la hora de implementar todo tipo de toques de queda, confinamientos obligatorios, y otras respuestas autoritarias a la crisis de la Covid-19. Vaya por delante, en este punto, que hago mía la reflexión de Eve Kosofsky Sedgwick sobre las epistemologías conspiranoicas cuando señalaba la irrelevancia del origen del sida para la crítica de una política institucional que resultaba, por sí misma, inequívocamente genocida. Aunque en este caso, más que la desidia, llame la atención la amplitud de un enfoque punitivista, ampliamente militarizado y refrendado por los mismos gobiernos para los que (dicho sea de paso) la muerte de cerca de un millón de personas al año por el VIH continúa siendo poco menos que irrelevante.

Por supuesto, es posible que la influencia del citado organismo sea secundaria y que se limite a reflejar algo así como un estado general de la respuesta a las crisis sanitarias. Lo que parece innegable es que sus preocupaciones se corresponden bastante bien con un escenario en el que, mientras el ejército estadounidense despliega sus tropas por toda Europa en coordinación con la OMS, la movilidad de pacientes entre países vecinos enfrenta serias limitaciones por falta tanto de recursos materiales como de acuerdos, según los casos. Los diferentes gobiernos, por su parte, parecen haber tenido pocas dificultades en sumarse a un paradigma securitario en el que encuentran una estrategia de compensación, tanto material como simbólica, a las deficiencias de la respuesta sanitaria propiamente dicha. Lo tardío de las medidas implementadas, en particular, parece uno de los principales motores del grado de autoritarismo dirigido contra la población, que contrasta además vivamente con la timidez demostrada a la hora de poner al sector privado al servicio de la salud pública.

Sobre esas premisas, el estado de excepción ha demostrado su capacidad para extender su inhóspita lógica a la relación social, traduciendo las divisiones sociales en diferentes grados de aislamiento, de exposición al riesgo del contagio u otras violencias implícitas en la dimensión territorial de las cuarentenas. No es un problema limitado a regímenes de trayectoria autoritaria como Hungría o Turquía, donde la extensión del estado de alarma se usa ya como arma para limitar a libertad de expresión y perseguir la disidencia política. Tampoco de aquellos que han decidido traspasar los límites de acción de las fuerzas de seguridad, como Filipinas o El Salvador, donde masificar las prisiones o autorizar a las fuerzas de seguridad a disparar a matar forma parte del menú para proteger a la población de los efectos de la pandemia. Por el contrario, las mutaciones del estado de excepción se amoldan con facilidad al paisaje global de las democracias, resituando a los cuerpos en las intersecciones de diferentes regímenes de excepcionalidad racial, de clase, genérica y sexual. Los días alternos en que hombres y mujeres pueden pisar las calles en Perú o Panamá proporcionan un ejemplo gráfico, entre otras cosas, por su manera de poner en riesgo a una parte de la población trans. Resulta igualmente ilustrativa, en este sentido, la situación de los pueblos indígenas y afrodescendientes de América Latina, que hacen frente a la Covid-19 en condiciones de vulnerabilidad que se ven seriamente agravadas por el despliegue de las fuerzas armadas en sus territorios, como han denunciado ya más de cien organizaciones de Ecuador, Colombia, Brasil, Argentina, Chile, Venezuela, México, Uruguay, Guatemala, Paraguay, Haití y Bolivia.

En el caso de España, convertida en uno de los centros de la tormenta sanitaria y, también, de la securitaria, la cuarentena con gastos pagados de las turistas del hotel en Tenerife y el hostigamiento policial y las amenazas de desproporcionadas multas a las familias gitanas en la Rioja marcó el tempo de una cuarentena en la que las variables raciales y de clase se adaptan con facilidad a las nuevas coordenadas biopolíticas. Pensemos si no en el contraste entre los vuelos de repatriaciones y las deportaciones tras el cierre de fronteras, así como en las denuncias del incremento de la presión policial en barrios migrantes y periféricos.

Todo ello a la par que el imperio de la ley mordaza ha encontrado una renovación inesperada de su papel en el ordenamiento del espacio público cuyos efectos, como bien sabemos por años de lucha en las calles, distan de distribuirse homogéneamente en el conjunto de la población. Así, en un contexto de restricciones a la circulación sin parangón en el contexto de las cuarentenas europeas –por cuantía de las sanciones y porque hasta los confinamientos más duros contemplaron siempre alguna posibilidad de desplazamiento en las inmediaciones del domicilio– el Ministerio del Interior ha llegado al límite de recomendar la gradación de las sanciones en función de la actitud más o menos resignada de quien recibe la multas, en una insólita celebración del punitivismo moral de la ley mordaza. Sin olvidar, por último, las inéditas fracturas abiertas durante la escalada entre quienes teletrabajan y quienes lo hicieron fuera de casa y también, en la desescalada, según la posición que ocupen en unos cálculos de distribución de riesgos no exentos de grandes dosis de paternalismo estatal.

La lógica belicista ha venido a dotar de un aura de civismo a la estigmatización de diversos colectivos que sufrió en primer lugar la población de origen asiático y de la que el panóptico vecinal para el escrutinio de desplazamientos y actitudes constituye ahora su expresión más sofisticada. A nadie escandaliza ya, como consecuencia, que la policía pueda irrumpir en un domicilio privado donde un grupo de personas se habría reunido para tener sexo mientras que se considera perfectamente legal abandonar el domicilio para congregarse en misa. La ausencia de medidas para mitigar los efectos del arresto domiciliario de la infancia parece igualmente difícil de entender, por su parte, sin tener en cuenta su generalizada percepción como amenaza de transmisión asintomática. Incluso la preocupación por la protección de la tercera edad se ha visto algo más que empañada por la desidia letal de las residencias privadas o las piedras lanzadas contra un autobús que transportaba ancianos a una residencia en La Línea. Poco sorprende, en ese contexto, que se redacten protocolos señalando el valor social de la persona enferma como criterio de admisión en las unidades de cuidados intensivos, invitando al equipo médico a sumarse a la moral de excepción propia de los estados totalitarios. Si algo define al estado de excepción es, precisamente, la quiebra del principio democrático según el cual todas tenemos el mismo valor social o el derecho, al menos, a ser tratadas como si lo tuviéramos.

El espacio de la protesta
Sería un error ignorar las formas en que el espíritu de cooperación se abre paso, contra viento y marea, en el contexto de crisis. Su rastro resulta evidente en la disposición del personal sanitario a trabajar en condiciones penosas y de riesgo por la falta de recursos, en la producción en red de material sanitario o en la organización vecinal para suplir a unos servicios sociales diezmados por los recortes, por citar solo algunos ejemplos. No obstante, es posible que nuestra relación general con la pandemia tenga mucho menos que ver con la solidaridad que con los mandatos de una moral de excepción basada ante todo en el miedo, la sumisión a la autoridad y la construcción del otro como amenaza. Pensemos si no, para ilustrar este extremo, que la cifra de migrantes muertos en el Mediterráneo desde 2014 supera a la de muertes combinadas por Covid-19 entre España e Italia a finales del mes de marzo, sin que ello pareciera quitarnos demasiado el sueño. El contraste entre nuestra tolerancia ante una respuesta institucional que, en un caso, criminaliza los rescates y, en el otro, extrema las precauciones, no habla demasiado bien de nuestra empatía con la población más vulnerable. Lo hace bien alto, más bien, del imperio de una moral de excepción llamada racismo.

Este último contraste guarda relación, en mi opinión, con una dimensión metafórica de la enfermedad y la muerte que, como explica Susan Sontag al respecto del sida, sobrepasa con creces el campo de lo estrictamente sanitario. En el caso de la Covid-19, la amenaza pandémica se presenta como una guerra contra un mal absoluto, divorciada de cualquier punto de referencia por comparación con otras enfermedades, otras pandemias, otros factores de riesgo y otras tragedias humanitarias. La pedagogía epidemiológica brilla por su ausencia en el discurso mediático, contribuyendo a crear una pura y simple sensación de pánico poco dada al pensamiento crítico y muy favorable al refugio autoritario. Como resultado, lo ominoso de la pandemia cercena nuestra capacidad de pensar que las alternativas sean siquiera posibles, compensando así con creces la pérdida de confianza en las instituciones señalada en las directrices de la referida Junta como obstáculo a superar en periodos de alerta sanitaria.

Sin lugar a dudas la desconfianza existe, hunde sus raíces en el ciclo iniciado por la Primavera Árabe y se extiende hasta levantamientos mucho más recientes. Y parece estar, además, de sobra justificada teniendo en cuenta que la violencia estatal desplegada como respuesta a dichas protestas ha venido a respaldar la multitud de procesos de ajustes, recortes y privatizaciones que conducen al estrecho margen de maniobra con que enfrentamos la presente crisis. En ese sentido, el avance de la agenda neoliberal es el telón de fondo que explica la prolongación de la primacía de lo securitario desde los escenarios de protesta hasta los de pandemia. Dicho de otro modo, el autoritarismo desplegado en la defensa del orden público y la securitización de la salud global forman parte de uno y el mismo estado de excepción, que además se extenderá, previsiblemente, durante un austericidio pos-Covid-19 en el que perderemos, literalmente, la cuenta de las bajas. Mientras dure, discutiremos sobre los medios y las estrategias, sobre la mejor forma de protegernos a nosotras mismas y a las más vulnerables de entre nosotras, sobre cómo articular la condena de la violencia con la urgencia de responder ante ella. La batalla decisiva será, sin embargo, la que libremos para recuperar el espacio de la protesta.

Pablo Pérez Navarro
es filósofo, investigador del Centro de Estudios Sociales (CES) de la Universidad de Coímbra (Portugal) y profesor visitante de Estudios Queer/LGTBI - Género y Sexualidades en la Universidad Federal de Minas Gerais.

martes, 28 de abril de 2020

#hemeroteca #saludpublica #controlsocial | Covid-19: la patológica búsqueda de la seguridad

Imagen: Público / Málaga
Covid-19: la patológica búsqueda de la seguridad.
Francisco Miguel Fernández Caparrós · Filósofo y abogado | Público, 2020-04-28
https://blogs.publico.es/dominiopublico/32470/covid-19-la-patologica-busqueda-de-la-seguridad/

Lo estamos viendo día tras días desde que se decretó el estado de alarma: la pandemia del covid-19 ha hipertrofiado todos los mecanismos y medidas coercitivas de las que dispone el Estado sin necesidad de crear un régimen sancionador excepcional 'ad hoc'. En su lugar, la norma que decretó el estado de alarma se remite a las leyes que habitualmente emplean las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad y que se pueden resumir en dos opciones: Código Penal y Ley de Seguridad Ciudadana (la conocida como ‘Ley Mordaza’). Los resultados de adoptar unas medidas de confinamiento tan severas junto con la aplicación a discreción de normas que han sido criticadas desde su promulgación, entre otras razones por vulnerar los principios constitucionales más elementales, están siendo alarmantes. En términos cuantitativos, en el momento en que escribo este artículo el Ministerio del Interior ha recibido más de 740.000 propuestas de sanción y se han detenido a cerca de 6.700 personas desde la activación del estado de alarma. En términos cualitativos, son numerosos los casos registrados por organizaciones de defensa de los derechos humanos en los que se denuncia un uso excesivo de la fuerza y violencia empleada por distintos cuerpos policiales. ¿No había otro camino a seguir que el establecimiento de unas medidas restrictivas tan extremas?, ¿no había -no hay- más alternativa que el Código Penal y la Ley Mordaza?

La emergencia del Estado soberano y las expresiones del punitivismo
Se han dado distintas respuestas a estas preguntas. Una de las más conocidas y que más fortuna ha hecho entre la familia de las distintas izquierdas es la que ha dado el filósofo italiano Giorgio Agamben. Recientemente, en una entrevista en la que le interrogaban sobre si nos encontramos ante una nueva forma de totalitarismo, el autor de ‘Homo Sacer’ sostenía que "estamos viviendo el fin de un mundo, el de las democracias burguesas, basado en los derechos, los parlamentos y la división de poderes, que está dando paso a un nuevo despotismo que, en lo que respecta a la omnipresencia de los controles y el cese de toda actividad política, será peor que los totalitarismos que hemos conocido hasta ahora". La respuesta de Agamben está hecha con un trazo demasiado grueso y no sin razón su actitud ha sido calificada de frívola. Desde luego, estamos viviendo un momento de excepcionalidad jurídica que pone en riesgo el núcleo duro de los derechos y principios consagrados en las constituciones posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Ahora bien, ¿en qué posición nos deja aceptar el escenario del filósofo italiano? ¿Acaso darlo por hecho no supone asumir una derrota, menospreciar los mecanismos del Estado de Derecho que aún quedan en pie y, todavía peor, renunciar a toda posibilidad de transformación posible?

Ante estas mismas preguntas, Paz Francés, profesora de Derecho penal de la Universidad [Pública] de Navarra y autora del excelente libro ‘¿Se puede terminar con la prisión?’, ha dado una respuesta mucho más serena y matizada. Según Francés, las medidas punitivas adoptadas tanto en un plano horizontal -la denuncia entre individuos- como vertical -desde el Estado hacia los individuos- no son sino la precipitación de algo que ya se encontraba en la sociedad. El uso del miedo, el lenguaje bélico, la explosión sancionadora o la normalización del encierro son expresiones de una misma pulsión punitiva. Ahora bien, siguiendo el camino apuntado por Francés creo que es oportuno preguntarse sobre las raíces de algunas de las expresiones punitivas que señala y, tal vez aún más importante, si éstas son o no irreversibles. Paz Francés ofrece algunas pistas al respecto a las que volveré enseguida, aunque antes me gustaría dar un pequeño rodeo alrededor de otro texto que ilumina un aspecto distinto de este asunto.

La búsqueda patológica de la salud
David Cayley, pupilo y entrevistador de Ivan Illich, reflexionaba en un largo y sugerente texto sobre la actual pandemia en diálogo con la obra del pensador austríaco. En su exposición de la obra de Illich, Cayley explica cómo una de las cuestiones que más le preocupó al autor de ‘Némesis Médica’ fue los efectos contraproducentes que provocaba una exacerbación del papel de la medicina en las sociedades posindustriales europeas. Según Illich no era nada descabellado pensar que en un determinado momento "la intervención médica comenzaría a derrotar a sus propios objetivos, generando más daño que bien". A ese fenómeno lo denominó ‘iatrogénesis’, una ‘hybris’ biomédica que de manera simultánea despliega sus efectos en el plano clínico, social y cultural. Más allá de los conocidos "efectos adversos" de la práctica clínica, la iatrogénesis social y cultural han cristalizado en una honda transformación antropológica que, según nos cuenta Cayley, tiene que ver con la expectativa de que "todo sufrimiento puede y debe ser aliviado de inmediato", con la concepción de la propia muerte como una derrota y, en definitiva, con la "búsqueda patológica de la salud" que tiene su apéndice más visible en la obsesión por evitar cualquier tipo de riesgo. Este proceso de erosión y descomposición antropológicos es el que el filósofo Santiago Alba Rico ha analizado desde sus primeros escritos y que ha identificado en ‘Ser o no ser (un cuerpo)’ con "la muerte de las tres facultades "neolíticas" -la razón, la imaginación y la memoria- y el fin de la "mesopotamia" de la evolución, desde donde podía hallarse aún un camino hacia la democracia y la igualdad". Así, una de las consecuencias más agudas de esa preeminencia de la práctica médica, en especial en los momentos de crisis, es que se sustrae a las reglas ordinarias de la justicia ya que, según Illich, "a quien se le asigna el control sobre la muerte deja de ser un humano ordinario [...]. El tiempo y el espacio comunitario reclamados por la empresa médica ‘resultan tan sagrados como sus homólogos religiosos y militares’".

En todo caso, la relación que sugiere Illich entre el papel de la medicina y los militares, entre esa búsqueda patológica de la salud y, añado, de la seguridad, es una de las tensiones que con más fuerza está emergiendo durante esta pandemia. A este respecto no es casual que Adrian Vermeule, profesor de Derecho constitucional de la Universidad de Harvard y uno de los mejores conocedores de la obra de Carl Schmitt, haya propuesto aprovechar las actuales circunstancias para dar un paso adelante hacia "un gobierno autoritario del bien común" dirigido por una poderosa administración y sustentado, entre otros ideales, en la salud y la seguridad. Ahora bien, este irrefrenable deseo de seguridad destinado a prevenir todo riesgo, ¿era inevitable? En absoluto. En el caso de nuestro país tiene un largo recorrido.

Hacia un Derecho penal de la peligrosidad e inseguridad
En los primeros años de este siglo, después de los atentados del 11-S y de la Guerra contra Irak, el Partido Popular se esforzó en situar la seguridad ciudadana como una de las principales preocupaciones de la opinión pública. De hecho, el lema de campaña que emplearon los populares en las elecciones municipales de 2003 fue precisamente "Menos impuestos, más seguridad". La Ley Orgánica 11/2003, aprobada dentro del Plan contra la delincuencia elaborado durante el segundo mandato de Aznar, dibujaba algunas de las principales líneas maestras de la política penal de las próximas décadas que nada tenían de inevitables, sino que respondían a una voluntad política muy concreta. Uno de los objetivos declarados en la Exposición de Motivos era el fortalecimiento de la seguridad ciudadana. La culminación de esa transformación del ordenamiento jurídico culminó con la modificación del Código Penal y la aprobación de la Ley Mordaza en el año 2015. Tal vez, por ser telegráfico en cuanto a las incontables críticas a las que ha sido sometida esta ley, es oportuno recordar que el Consejo General del Poder Judicial calificó ambas propuestas como un ejemplo de "Derecho penal de la peligrosidad" ya que "desde los axiomas de este derecho, la seguridad se convierte en una categoría prioritaria en la política criminal, como un bien que el Estado y los Poderes públicos han de defender con todos los medios e instrumentos a su alcance".

Como han analizado Ignacio González y Manuel Maroto, estas reformas legislativas han tenido, en relación con el ciclo de protestas iniciado en 2011, un triple propósito: generar un efecto desaliento respecto a las movilizaciones sociales, introducir una fuente adicional de recaudación y "difundir la percepción de que la protesta en los espacios públicos no es un derecho, sino una actividad molesta, que por lo tanto se grava para compensar al Estado". En este sentido, el endurecimiento progresivo del Código Penal y la construcción de un Derecho administrativo sancionador desbocado no ha tenido que ver con un aumento de la criminalidad, sino con el tipo de respuesta que se ha querido articular ante la profunda inseguridad social y vital que generó la crisis económica de 2008 entre amplias capas de la población. González y Maroto ofrecen un dato terriblemente ilustrativo sobre lo que Loïc Wacquant ha llamado la construcción de un Estado penal y es que entre los años 2012 y 2013 el gasto en material antidisturbios y de protección policial aumentó un 1780% en 2013, pasando de 173.670 a 3,26 millones de euros. Esta transformación del Estado, junto al incomparable número de sanciones que se han impuesto durante la vigencia del estado de alarma, refuerza la idea de los autores respecto a que, en comparación a Estados Unidos, el proceso de transformación penal de los Estados europeos se muestra de forma más evidente si ponemos nuestra atención en las Fuerzas y Cuerpos Seguridad antes que en las cárceles (sin minusvalorar el papel que desempeñan en nuestra sociedad las prisiones o los Centros de Internamiento de Extranjeros).

¿Apología de la inseguridad?
Lo que he intentado mostrar hasta aquí es que, por tentadora que resulte la idea de explicar con esquemas totalizantes y mecánicos los riesgos ante los que nos encontramos, no deberíamos ceder a ese impulso. Por un lado, porque bajo explicaciones totales solemos perder de vista detalles importantes. Por otro, porque en muchas ocasiones nos dejan en el mismo lugar del que partíamos; un lugar que con frecuencia suele ser impotente y minúsculo. Por otra parte, también he querido mostrar que esta pulsión de seguridad que nos invade como anverso de eso que Ivan Illich llamó la "patológica búsqueda de la salud" tiene unas raíces muy concretas que, en síntesis, tienen que ver con una política penal y sancionadora de signo expansivo y conservador; un patrimonio compartido tanto por el Partido Popular como por el PSOE que ha hipertrofiado, siguiendo a Wacquant, el brazo derecho del Estado.

Sin embargo, a riesgo de sonar ingenuo, no creo que debamos renunciar a articular un programa que anule este deseo de seguridad y que se materialice en transformaciones concretas como son, sin ánimo de ser exhaustivo, acabar con la Ley Mordaza, cerrar los Centros de Internamiento de Extranjeros, derogar la prisión perpetua o reivindicar el papel de la justicia restaurativa.

Se trataría de una apología de la inseguridad, entendida como la necesidad de asumir la vulnerabilidad intrínseca a la vida y renunciar al riesgo cero, pues esto último supone el verdadero riesgo en términos sociales y antropológicos. Se trataría de cambiar la mirada con la que nos enfrentamos al mundo y dejar espacio a la duda razonable que precede al juicio sin justicia, desbocado e inmediato, del otro como un peligro potencial. Esta pandemia nos está dejando escenas de denuncia desde los balcones y excesos policiales en las calles. También muestras de apoyo entre vecinas, vivas por la sanidad pública y mensajes de ánimo a desconocidos. Ante un horizonte securitario desafiado por perseverantes signos de fraternidad y esperanza el futuro permanece abierto.

[Este artículo no habría sido posible sin los comentarios y correcciones de Maribel y Santi al borrador inicial. Gracias por la paciencia; gracias por el impulso]

lunes, 20 de abril de 2020

#hemeroteca #saludpublica #punitivismo | Expresiones punitivas en la emergencia de la COVID-19

Imagen: La Marea
Expresiones punitivas en la emergencia de la COVID-19.
"La naturalización del encierro en el abordaje de esta y futuras pandemias nos llevará a una concepción de la libertad que necesariamente se transformará y será transformada", reflexiona la autora.
Paz Francés Lecumberri | La Marea, 2020-04-20
https://www.lamarea.com/2020/04/20/expresiones-punitivas-en-la-emergencia-de-la-covid-19/

Son muchas las dimensiones desde las que se puede analizar esta emergencia de la COVID-19: económicas, culturales, geopolíticas, desde la biopolítica, desde los feminismos... como excelentemente y en tiempo record han hecho, entre otros, Agamben, Butler, Preciado, Galindo (1) o Jiménez Franco. Yo quisiera centrarme exclusivamente en una dimensión muy concreta, en la dimensión de la respuesta punitiva a este acontecimiento y en un lugar específico, el Estado Español, si bien algunas de las reflexiones bien puedan servir para otras realidades territoriales.

Trataré de exponer cómo, a mi parecer, se relacionan algunas de las decisiones para el abordaje de la emergencia de la COVID-19 con la cuestión del abordaje del delito, de la pena y más ampliamente con la cultura sociopolítica basada prácticamente en exclusiva en lógicas del castigo y sus dispositivos. Creo que pensar la cuestión desde esta perspectiva es fundamental ya que los abordajes a esta emergencia se están dando desde este lugar, es decir, desde las prácticas que ya tenemos como sociedad. Con estas prácticas, con estas herramientas, estos bagajes, son con los que estamos tortuosamente transitándola (Así también Rodríguez Alzueta). La pregunta que me hago es: ¿acaso era/es posible otro modo de afrontar la pandemia al modo en que lo estamos haciendo? Considero que la respuesta es negativa porque las medidas que se han adoptado para afrontar esta crisis –en sus distintas dimensiones– no son casuales. Son simplemente el reflejo y resultado de la sociedad que tenemos. De las prácticas sociales que concurren en la respuesta a la COVID-19 algunas son más evidentes y otras no tanto. Nombraré y ejemplificaré aquellas prácticas sociales que se pueden reconducir en sentido amplio a expresiones punitivas y su presencia en la respuesta a esta crisis, apuntando algunas semejanzas o relaciones entre la respuesta a la emergencia y esas lógicas punitivas. En este sentido quisiera mencionar la concurrencia tanto de prácticas punitivas horizontales, es decir, entre miembros iguales de la sociedad basadas fundamentalmente en la cultura de la delación (que se enmarcan en el llamado control social informal) y las verticales o estatales, más claramente enmarcables en prácticas de castigo, abuso y hostigamiento –control social formal–.

La primera expresión que tiene una relación estrecha con el abordaje del delito es el manejo del miedo. El miedo a la pena, a la cárcel, al crimen, a la policía es un elemento fundamental de lo punitivo. De este modo lo punitivo utiliza el miedo en distintas dimensiones. El miedo a la exclusión social de las personas y la posibilidad de ser etiquetadas en la categoría de delincuentes para someterlas a su control. También se usa el miedo al crimen y al criminal y a lo diferente, fomentando en el común de la gente una alarma permanente para justificar el castigo y el control que conlleva. Por último se encuentra el miedo a la pena, la pura retribución, que como teoría preventiva justifica la existencia misma del castigo. En la emergencia de la COVID-19, el miedo está siendo también una parte nuclear al menos en tres dimensiones: el miedo a enfermar, el miedo a ser sancionado y el miedo a ser etiquetado no por delincuente sino por irresponsable. Estos miedos nos llevan a otras expresiones punitivas: el manejo del concepto “del otro”, el lenguaje de la guerra y la exacerbación de las sanciones. Me detendré en ellas.

El concepto de otredad está siendo manejado de forma muy evidente en esta crisis. Del mismo modo que el estigma recae en el delincuente y desde ahí se establecen las diferencias entre quienes cumplen las leyes y quienes no, entre quienes están presas y quienes están libres, entre víctimas y delincuentes, etc.; en esta emergencia el binarismo está extremadamente presente y todos los días acontecemos en los medios de comunicación a todo un elenco de casos que da cuenta de distintos ejemplos de personas incumplidoras e irresponsables. Es más, en las ruedas de prensa diarias de actualización de la situación ‘sanitaria’ el espacio para expresar los datos policiales de personas incumplidoras, sancionadas o detenidas es enorme. Se ofrecen datos específicos sobre actuaciones policiales que dan cuenta en detalle de los números pero también de actuaciones irresponsables atribuyendo en muchos casos características concretas a las personas que desobedecen. En contraposición se hiper elogian los comportamientos ejemplares de la policía y de personas “cooperadoras” con las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, estableciendo claras líneas divisorias en los atributos de unas personas y otras.

El lenguaje de guerra, no solo porque son mandos policiales quienes tienen una presencia indiscutible en esta emergencia ‘sanitaria’, sino porque se ha extendido a toda la población, nos lleva también a ciertas semejanzas con los lenguajes político-sociales de abordaje del delito (3) (4). La «guerra contra el virus», «la guerra contra la pandemia», «derrotaremos al virus», «héroes y heroínas de esta batalla» o «ganaremos la batalla al virus» son algunas de las expresiones que emulan las bien extendidas de «guerra contra el crimen», «guerra contra las drogas», «guerra contra el delincuente», «la batalla contra los agresores»... La puesta en escena militar, en sí mismo el despliegue militar –y por supuesto policial– en todos los municipios como nunca antes se había visto en democracia, hace de esta emergencia una cuestión de orden público de primer orden y como tal se está abordando. Esto es una realidad a la vista de los acontecimientos. Frente a los comportamientos «irresponsables», expuestos del modo descrito por los altos mandos de las Fuerzas de Seguridad del Estado y también por medios de comunicación, la canalización para una indiscutible sanción es perfecta. Se debe decir que las posibles sanciones a imponer por no cumplir con las restricciones del Estado de alarma en España son las más altas de todo Europa y que es el país que, hasta el momento, y con los datos que se conocen, más sanciones –y más duras– ha impuesto de los países de nuestro entorno más cercano. En ningún momento se planteó que pudiera ser posible apelar a la responsabilidad y razonabilidad de las personas en el cumplimiento de las medidas impuestas y que la policía sirviese al interés de que las personas, en caso de salir, fuesen dirigidas a sus casas. Se decretó el estado de alarma y en el Decreto se remitió para la imposición de las correspondientes sanciones a lo dispuesto en las leyes. ¿Qué leyes son esas? Básicamente la Ley de Protección de la Seguridad Ciudadana, bien conocida como Ley Mordaza. Desde el principio se escucharon voces advirtiendo que no era automático encajar las conductas de incumplimiento de las medidas de restricción del confinamiento a los supuestos de desobediencia de la Ley de Seguridad Ciudadana y menos todavía a un supuesto de desobediencia del Código Penal. Hace pocos días así lo ha mostrado la propia Abogacía del Estado cuestionando las multas por desobediencia si no hay una advertencia previa del agente y la persona no atiende a la advertencia. Sin embargo, cada día se sancionan a más de 20.000 personas con multas de entre 600 a 30.000 euros y cientos son las detenidas. ¿Nos estamos parando a pensar detenidamente en la gravedad de esta situación?
El Ministerio del Interior, a pesar de las objeciones jurídicas que se suscitan en la aplicación de la Ley de Protección de Seguridad Ciudadana, ha dado instrucciones internas para que se utilice para sancionar a las personas incumplidoras prioritariamente esa ley “ya que es un instrumento ágil”. Esto lo dice el mismo ministro –Fernando Grande-Marlaska– que hace pocos meses anunció que una de las prioridades del Gobierno era derogar la Ley Mordaza. Pero no se trata solo del número de sanciones y personas detenidas, se trata también de los abusos de poder que están ejerciendo las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, del escarnio público al que someten a muchas personas a las que se les para, supuestamente saltándose el confinamiento. Estos hechos han sido algunas veces filmados y por ello conocidos. Casos de violencia extrema de la policía deteniendo a una mujer que corría por su ciudad mientras los vecinos vitorean la hazaña; violencia frente a personas que van en bicicleta; violencia frente a chicas y chicos jóvenes que están en la calle, violencia frente a personas con claros signos de sufrimiento mental... y los casos no son pocos. Por tanto, en esta emergencia, como en el abordaje del delito, también están presentes, las más claras y oscuras prácticas de hostigamiento, tanto por el número de sanciones como por la forma de intervención.

Otra dimensión punitiva que quería mostrar es la práctica del ‘chivato’, la del ‘policía de balcón’, la del ‘vecino’, la de ‘la vieja del visillo’, es decir, las prácticas de delación, cualquiera que sea el nombre que le queramos dar. Estas prácticas que parecían mayormente desterradas de nuestras vidas, están emergiendo de forma importante: personas que llaman a la policía porque hay una persona paseando, porque ha sacado tres veces al perro, porque están unos niños jugando en las zonas comunes del edificio, porque la vecina ha tenido visita de la familia, gritos desde los balcones con insultos a quienes van por la calle o gritos de “vete a tu casa”, “irresponsable”.

Otras se expresan poniendo piquetes en los accesos a pueblos, para blindar el municipio. Estas lógicas punitivas que antes denominaba horizontales, entre iguales, están adquiriendo una relevancia particular en el mantenimiento del miedo, del control, en posibilitar la intervención de mecanismos punitivos formales y lejos de ser expresiones solidarias, como se trata insistentemente de transmitir por los medios de comunicación, no son más que la expresión informal de un ejercicio de autoridad, en este caso de quienes se consideran que tienen la autoridad moral frente a quienes incumplen y la más antigua forma de escarnio público.

Para ir finalizando quisiera terminar con la expresión tal vez más evidente de la relación entre las prácticas punitivas y el abordaje de la crisis: el uso del encierro. Es sorprendente cómo se ha asumido que la solución a la crisis sanitaria sea el encierro, habiéndose dado una normalización nunca antes conocida de la contención y distanciamiento del cuerpo como solución a una emergencia. Es más, estamos ante el desarrollo del autoencierro o autoconfinamiento «por responsabilidad». Así, del mismo modo que la cárcel es comprendida por sus defensores como un mal necesario, también el encierro, la cárcel-casa, es un mal necesario debido al virus. De este modo, el encierro en las casas es entendido como algo irrefutable, incuestionable mientras no haya una alternativa, del mismo modo que la cárcel es irrefutable no teniendo –“por el momento”, se suele decir– alternativas. Sin embargo, ni se puede afirmar que el confinamiento ha funcionado –está funcionando– y mucho menos que la prisión esté siendo la solución a la criminalidad. La naturalización del encierro en el abordaje de esta y futuras pandemias nos llevará –nos está llevando– a una concepción de la libertad que necesariamente se transformará y será transformada.

Ello, pienso que inevitablemente, tendrá una incidencia en la comprensión de la pena privativa de libertad en el largo plazo. Veremos de qué modo. Son distintas las voces que consideran que esta situación puede ser un punto de inflexión para que comience un proceso empático con las personas presas e incluso para que se den transformaciones en la pena privativa de libertad donde se amplíen derechos. Yo no soy tan optimista más allá de que las nuevas tecnologías se introduzcan en las prisiones y/o en nuevas formas de castigo, pues lo carcelario está muy consolidado. No obstante, habrá que intentarlo y aprovechar esta emergencia en ese sentido. Lo que sí se puede decir hoy mismo es que la cárcel y otros espacios de encierro parecen menos irrefutables que ayer (5). En el Estado Español prácticamente se han vaciado los CIE y se han dado excarcelaciones de personas presas, lo que nos pone de frente a la realidad de que se está utilizando el mecanismo de la prisión y en general del encierro (6), más de lo que tal vez sea necesario, es decir: hay opciones de excarcelación y de semilibertad en casos donde, hasta hace pocas semanas, no se veían. Es cierto que el Estado Español ha excarcelado a pocas personas presas, lo cual está siendo denunciado por colectivos sociales. Sin embargo, en todo el mundo, se están dando excarcelaciones masivas sin objeciones porque es la recomendación dada por la OMS y el Consejo de Europa.

Para conluir, quisiera nombrar la importancia de los medios de comunicación en la transmisión de todas estas lógicas sociopolíticas, en la deformación de la legalidad y en la exacerbación del autoritarismo y la mano dura: exactamente igual que frente al delito.

Como decía al inicio del texto, estamos transitando esta emergencia con las prácticas que tenemos como sociedad y algunas de ellas están tristemente emergiendo con una gran clarividencia. Con todo lo anterior, aceptar y naturalizar la práctica del aislamiento como medida-solución, aceptar y naturalizar la suspensión de derechos fundamentales en nombre de la emergencia y aceptar y naturalizar la ocupación del espacio público por la policía no es un buen síntoma y debe ser revisado siempre. Por supuesto, no se trata –no es lo que se está tratando de decir aquí– de irracionalmente considerar que no hay que tomar medidas ante una situación de pandemia. En lo que se insiste es en evidenciar algunos de los elementos de por qué no se ha respondido de otro modo a la pandemia, en repensar las medidas adoptadas y sus consecuencias cuando queda implicada la afectación de derechos básicos. Hemos cedido sin apenas preguntar y desde el miedo prácticamente todos nuestros derechos fundamentales. ¿Dónde están los límites? ¿Hasta dónde estamos dispuestas a renunciar? Evidenciarlo nos puede permitir pensar en cambiar otras formas de abordaje de emergencias en el futuro –porque vendrán– y esto es siempre rico y necesario y no una “irresponsabilidad”.

Sin embargo, me temo que más bien al contrario, esta circunstancia se está aprovechando para componer consensos amplios que refuercen precisamente estas lógicas, sentando las bases con las respuestas de hoy, para todas aquellas que puedan venir mañana y peor todavía que esas lógicas y prácticas se sigan perpetuando en el resto de espacios y de toma de otras decisiones, siempre permeables al concepto del castigo y todo lo que a él es inherente.

*Paz Francés Lecumberri es profesora contratada doctora (interina) de Derecho Penal en la Universidad Pública de Navarra y miembro de Salhaketa Nafarroa.

(1) Una compilación de artículos publicados por estos autores y otros, sin perjuicio de otras publicaciones que han hecho después se puede encontrar en el trabajo colectivo Sopa de Wuhan. Pensamiento contemporáneo en tiempos de pandemias, Ed. ASPO (Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio), 2020.
(2) Rodríguez Alzueta, Esteban: ‘Delación social y policiamiento de la cuarentena’, en el seminario virtual ‘Pensar la crisis. El Estado y la comunidad frente a las emergencias’, organizado por la Asociación pensamiento penal.
(3) Diego Zysman Quirós en el seminario virtual ‘Pensar la cárcel después de la pandemia’, organizado por la Asociación pensamiento penal, 14 de abril 2020.
(4) Santiago López Petit en ‘El coronavirus como declaración de Guerra’, en: ‘Sopa de Wuhan’, Ed. ASPO (Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio), 2020, p. 55.
(5) Brandariz, José Ángel, en el seminario virtual ‘Pensar la cárcel después de la pandemia’, Organizado por la Asociación pensamiento penal, 14 de abril 2020.
(6) Sobre los CIE y su vaciamiento y su impacto futuro se expresa Ana Ballesteros Pena en el seminario virtual ‘Pensar la cárcel después de la pandemia’, Organizado por la Asociación pensamiento penal, 14 de abril 2020.

miércoles, 15 de abril de 2020

#hemeroteca #saludpublica #trabajo #poblacionmigrante | ¿Papeles para todos? La crisis sanitaria y social espolea la demanda de regularización

Imagen: El Salto / Asentamiento en Palos de la Frontera tras el incendio del 14-12-2019

¿Papeles para todos? La crisis sanitaria y social espolea la demanda de regularización.
El estado de alarma y sus consecuencias más inmediatas ha puesto sobre la mesa la demanda de regularizar a las personas migrantes. La tensión entre una mirada desde la garantía de derechos humanos y otra utilitarista define el debate y las políticas.
Sarah Babiker | El Salto, 2020-04-15
https://www.elsaltodiario.com/coronavirus/papeles-para-todos-la-crisis-sanitaria-y-social-espolea-la-demanda-de-regularizacion-

Ayer, 14 de abril, 47 chabolas en Palos de la Frontera amanecían hechas ceniza y envueltas en olor a plástico quemado. Un incendio, se sospecha que intencionado, acababa con las viviendas, las pertenencias, la documentación de unos 200 jornaleros migrantes —la mayoría de ellos en situación irregular— que residen en el asentamiento más grande de la provincia de Huelva.

“Ahora se encuentran en una indefensión total”, contaba Antonio Abad, del Colectivo de Trabajadores Africanos, quien recordaba que no es la primera vez que arde este asentamiento de chabolas hechas con material totalmente inflamable: el pasado 14 de diciembre otro incendio acabó con la vida de un joven marroquí. “Ya le hemos pedido repetidas veces a la subdelegación del gobierno instalaciones para estas personas”, advertía ayer el activista desde allí.

A primera hora de la tarde las previsiones no eran buenas: las demandas de una solución habitacional de emergencia no parecía haber encontrado respuesta. “Se han reunido el alcalde y la subdelegación del gobierno. Hay un centro de día cerca, de ACCEM que está cerrado por el estado de alarma. Han acordado reabrirlo, y a través del ropero municipal con prendas donadas, facilitar ropa a las personas afectadas”, comentaba Abad, quien aún no sabía si los residentes del asentamiento incendiado podrían pernoctar allí o en otra instalación y calificaba el centro de ACCEM como inadecuado para la pernocta, dado el escaso espacio, preguntándose por qué no hay un protocolo de emergencia para estos casos.

El Colectivo de Trabajadores Africanos pedía el pasado 3 de abril una regularización masiva para la campaña de la fresa. Que con el cierre de fronteras faltaban manos para trabajar en el sector agrícola era un hecho del que la patronal agrícola venía ya alertando. En respuesta a esta situación el gobierno aprobaba el pasado 7 de abril el decreto 13/2020. Entre otras medidas, el texto permite contratar a trabajadores migrantes con un permiso de trabajo que termine entre el 14 de marzo y el 30 de junio —se trataría pues de una prórroga a quienes estaban en situación regular antes del estado de alarma—, y a jóvenes extutelados en situación regular de entre 18 y 21 años.

“La regularización planteada en el decreto no va a solucionar nada, no va alcanzar a más de un 1%. Una regularización de verdad podría permitir a la gente encontrar vivienda, un contrato de trabajo, salir de los asentamientos”. Abad defiende que la regularización sería favorable para toda la sociedad, sin embargo, la invisibilidad de estos trabajadores migrantes “no beneficia a nadie más que a este marco de explotación instalado en el campo y amparado por las administraciones, a través de la impunidad”.

El campo ha sido escenario de un paradigma utilitarista de la migración. El modelo de contratación en origen que cada año trae a miles de jornaleras desde Marruecos solo durante la temporada en el sector, da muestras año a año de esta concepción de la migración como mano de obra disociada de los derechos y necesidades de las personas. Para la abogada Pastora Filigrana es esta visión utilitarista la que define el recién aprobado decreto.

“La población migrante sin papeles que forma parte de estas grandes bolsas de trabajadores que se van moviendo como temporeros en las diferentes campañas va a seguir ahí y la patronal va a seguir usando esa mano de obra para la recolección y para la producción”, señala Filigrana. Un colectivo que vive, describe, en una situación de profunda precariedad, sustituyendo jornaleros que faltan e incapaces de saber cuándo trabajarán o no. “La patronal siempre juega con esta mano de obra de reserva para abaratar salarios y para manejar la conflictividad social porque siempre hay alguien que está en una situación peor que puede hacer el mismo trabajo por menos dinero”, señala. El escenario está así muy lejos de la regularización que pedían los jornaleros, y esto tendrá consecuencias: “Va a seguir siendo un trabajo sumergido del que se va a beneficiar la patronal en un momento en el que también le va a venir bien no tener que pagar seguros sociales y ahorrar en gastos de salario”, considera la abogada.

Una campaña (todavía) sin respuesta
Ayer 14 de abril aún no había ninguna respuesta por parte de presidencia o los ministerios a la carta que un día antes 112 colectivos y organizaciones habían hecho llegar al gobierno exigiendo la regularización urgente de toda la población inmigrante en situación irregular en el Estado, una situación que afectaría a 600.000 personas en el país, según los números que manejan. Esto reportaba a El Salto Dolores Jacinto, integrante de AIPHYC (Asociación Intercultural de Profesionales del Hogar y los Cuidados) de València y una de las portavoces de la iniciativa que fue difundida en redes el mismo lunes, situando la demanda #RegulariciónYa en el trending topic.

“Las personas migrantes y racializadas vemos cómo, además de ser un colectivo que sufre en gran medida la precariedad, gran parte queda desprotegida y no son ni tan siquiera mencionados en los discursos del gobierno ni tampoco tenidos en cuenta en las medidas”, explica Jacinto. Es el caso de su colectivo, el de las empleadas del hogar: “No se pensó en las empleadas del hogar en las primeras medidas, y después, se abandonó a las empleadas sin papeles que se han quedado en un limbo y sin poder empezar a tramitar la documentación para regularizar su situación”.

Para Jacinto, además del acceso a recursos, lo que implica la demanda de regularización es el reconocimiento como personas, “como ciudadanas que residen en este país”. Mientras esperan una respuesta del gobierno, los 112 colectivos que han promovido la campaña se reunían telemáticamente la tarde de ayer para consensuar los pasos a seguir. Desde el inicio del estado de alarma, las redes antirracistas y pro derechos de las personas migrantes no han parado de organizarse y funcionar. La formación de un Comité de Emergencia Antirracista es muestra de ello.

Desde que empezara el estado de alarma los actores que se articulan en el movimiento antirracista han estado atentos a las agresiones xenófobas y los eventuales abusos de autoridad relacionados con la crisis sanitaria y social. En SOS Racismo Madrid, cuentan con una Oficina de Información y Denuncia. Aunque siguen trabajando, ahora que su local está cerrado, que hay menos gente en la calle, y que las personas tienen más miedo, ha bajado el número de incidentes registrado. El Comité de Emergencia Antirracista también recoge este tipo de denuncias.

Marita Zambrano, integrante de SOS Racismo, cuenta que la mayoría de denuncias que reciben en tiempos de normalidad tienen que ver con abusos policiales. “Mucha gente acude a nosotros porque les han multado o llevado al calabozo por desobediencia. A través de la ley mordaza la policía tiene una figura que protege la autoridad lo que justifica por ejemplo las redadas por perfil racial”. Ahora, ante la masiva presencia de fuerzas de seguridad en las calles Zambrano apunta a que el miedo se habría incrementado. “En nombre de la seguridad se están vulnerando muchos derechos civiles de todas nosotras en general, pero se agrava cuando eres una persona racializada y mucho más si no tienes papeles”.

Para Zambrano ahora, más allá de la cuestión policial, lo que alarma a la gente son necesidades inmediatas que tiene que ver con el techo, la comida. “Se habla mucho de que no se va a dejar a nadie atrás y eso indigna más porque sabes que eso no es así, porque somos nosotras las que nos quedamos atrás en estas políticas sociales donde no nos toman en cuenta”.

La activista contrapone en este sentido la decisión que ha tomado Portugal —que regularizará a quienes habían solicitado el permiso de residencia antes del estado de alarma— con las medidas tomadas en España. A pesar de los límites, dice, el de Portugal “es un pequeño paso, sobre todo por el carácter de solidaridad que plantea detrás, porque lo han planteado con el fin de garantizar los derechos de los ciudadanos”, mientras en el estado español, “está la indignación que han generado las medidas del gobierno con la presentación del decreto 13/2020 que no tiene en cuenta la realidad de los migrantes. Son políticas totalmente utilitarias, mercantilistas, y completamente insolidarias”.

Portugal y no solo

“Regularización amplia y extraordinaria de todas las personas migrantes que viven en territorio español, independientemente de los requisitos que impone la Ley de Extranjería”. Esta es la primera demanda de la carta enviada al gobierno. El objetivo trasciende en gran medida la decisión tomada en Portugal. El decreto luso otorga la residencia a quienes la habían solicitado antes del estado de alarma. Organizaciones sociales daban la bienvenida a la iniciativa del gobierno, agradeciendo que sus demandas hayan sido escuchadas, sin embargo plantean dudas en cuanto a los procesos burocráticos y sobre todo destacan que será mucha gente la que se quedará afuera, todas aquellas personas que no han presentado documentación en el SEF (Servicio de Extranjeros y Fronteras), muchas de ellas desempleadas.

No hace falta salir del país para encontrar otros procesos de regularización extraordinaria. En 2001 bajo el gobierno de Jose María Aznar, y en 2005 bajo la presidencia de José Luis Rodríguez Zapatero fueron miles las personas migrantes que obtuvieron la residencia a través de estos procesos, en épocas, eso sí, de crecimiento económico con demanda de mano de obra.

La regularización extraordinaria de 2005, la última, fue objeto de duras críticas por parte de la oposición, que apelaba continuamente al “efecto llamada” para señalar una causalidad entre el expediente de regulación y la creciente llegada de migrantes a las Islas Canarias. Esta regularización no solo se topó con la oposición conservadora nacional sino que el gobierno tuvo que afrontar las dudas de otros países del espacio Schengen,

Quince años después, el debate sobre la regularización de migrantes en plena crisis sanitaria y social sin precedentes va más allá de la península. El pasado 12 de abril, en Francia, 104 diputados firmaban una tribuna exigiendo medidas como las portuguesas. En Italia también se debate la regularización extraordinaria de miles de trabajadores invisibles.

Y TAMBIÉN…
El movimiento antirracista exige que se regularice a la población migrante.

Mediante una carta dirigida al Gobierno y una campaña en redes sociales, grupos antirracistas y proderechos de la población migrante urgen a regularizar la situación administrativa de todas las personas que se encuentran en el país. Los colectivos entienden que, en estado de alarma, la protección de toda la población pasa por su acceso a la ciudadanía.
El Salto, 2020-04-13
https://www.elsaltodiario.com/coronavirus/el-movimiento-antirracista-exige-que-se-regularice-a-la-poblacion-migrante
Los jornaleros sin papeles de Huelva piden una regularización masiva para la recogida de la fresa.
El cierre de la frontera con Marruecos ha puesto en peligro la campaña de recogida del fruto rojo. Miles de jornaleros sin permiso de trabajo, que sobreviven en los asentamientos de Huelva reclaman a tres ministerios que lleven a cabo una regularización masiva.
El Salto, 2020-04-03
https://www.elsaltodiario.com/agricultura/el-colectivo-de-trabajadores-africanos-pide-una-regularizacion-masiva-para-la-recogida-de-la-fresa

domingo, 29 de marzo de 2020

#hemeroteca #saludpublica #crisissociales La tormenta perfecta de autoritarismo

Ilustración de Martín Elfman
La tormenta perfecta de autoritarismo.
La crisis sanitaria amplía el poder policial en nuestras instituciones y normaliza el acoso social. Tenemos una patrulla ciudadana tras cada visillo. La España de los balcones es el país de los chivatos de terraza.
César Rendueles | El País, 2020-03-29
https://elpais.com/elpais/2020/03/27/opinion/1585301613_468266.html

‘Marea roja’ es una película de 1995 cuyo argumento gira en torno al conflicto que estalla en un submarino atómico norteamericano entre el capitán de la nave y el segundo de a bordo, en el contexto de una crisis internacional que amenaza con desencadenar una guerra nuclear. Al poco de empezar la misión se produce un incendio en el submarino. Mientras los equipos de emergencia tratan de sofocar el fuego, el capitán pide al resto de la tripulación que realice unos ejercicios de combate. Su ayudante se desespera hasta el límite de la insubordinación ante lo que le parece una irresponsabilidad en una situación crítica. Cuando todo acaba, el capitán le explica que ese era el momento idóneo para hacer unas maniobras, lo más parecido que cabía imaginar a las condiciones de estrés y caos que se dan en una batalla real.

La respuesta al incendio del coronavirus está siendo no solo una movilización general de todos los recursos sanitarios públicos, sino también de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado e incluso el Ejército, con atribuciones sin precedentes en la historia de nuestra democracia. Seguramente son medidas inevitables, pero plantean desafíos evidentes por lo que toca a la salvaguarda de las libertades ciudadanas y al mantenimiento de los límites legales del uso de la fuerza por parte del Estado. Hay gente a la que la preocupación por un problema como ese, mientras miles de muertos se amontonan en las morgues, le resulta irresponsable y frívola. El deterioro de la democracia puede parecer un fenómeno transitorio y, sobre todo, un precio a pagar razonable en el contexto de una catástrofe sin parangón. En mi opinión, las cosas son justo al contrario. La fortaleza del Estado de derecho se demuestra en los momentos de crisis. Pensar que los derechos civiles son para cuando nos los podemos permitir es sencillamente no creer en los derechos civiles. Si en algún momento necesitamos que funcionen los mecanismos de control de las fuerzas de seguridad es cuando les otorgamos poderes extraordinarios. Y con frecuencia las pérdidas en libertades no son transitorias, sino que dejan secuelas en las instituciones y la cultura política de un país. De hecho, España sufre un déficit histórico, heredado del franquismo, en lo que respecta a la supervisión ciudadana del monopolio de la fuerza por parte del Estado. Se trata de un problema que se acentuó en el contexto de la lucha antiterrorista, cuando cualquier duda sobre las actuaciones judiciales o policiales era interpretada como un signo de deslealtad o complicidad con la violencia.

¿De verdad es razonable que la policía haya impuesto 150.000 sanciones relacionadas con el coronavirus en 12 días (el triple que en Italia en un mes)? Además, hay indicios razonables de que la vigilancia policial del confinamiento está deparando, como mínimo, algunos abusos de poder no meramente anecdóticos. En las redes sociales proliferan los vídeos y testimonios que documentan los excesos policiales y, sobre todo, un repertorio asombroso de arbitrariedades. Hace unos días, el administrador de una cuenta de Facebook que reúne a una gran cantidad de policías (tiene más de 130.000 seguidores), lanzaba un mensaje de alarma que resume bastante bien el problema: “Os pido calma y mano izquierda, compañeros. (...) Esto se ha convertido en una cacería absurda, en un descontrol de macarrismo uniformado. Somos policías”. Es comprensible que los agentes estén abrumados por una tarea gigantesca y que en ocasiones la tensión o el cansancio les lleven a cometer errores. Tampoco estoy sugiriendo de ningún modo que sea una pauta generalizada. El problema es el clima de impunidad que ampara esas conductas minoritarias.

Porque lo cierto es que muchas personas justifican e incluso jalean los abusos de poder. Esta especie de masoquismo ciudadano, de subordinación entusiasta, forma parte de un fenómeno más amplio de normalización del linchamiento social. Las personas que vigilan desde la ventana de su casa a sus vecinos y acosan a quienes salen a la calle por un motivo que no les parece apropiado se han convertido en el paisaje social de muchos barrios durante el confinamiento. Esta especie de comunitarismo represivo era bastante previsible, en realidad. A menudo, las catástrofes aumentan la cohesión, pero al precio de un incremento de la coacción social. El resultado es que ahora tenemos una patrulla ciudadana tras cada visillo. La España de los balcones era el país de los chivatos de terraza. Los medios de comunicación han señalado que muchas veces las víctimas del acoso balconero son, en realidad, personas que disfrutan de alguna excepción legal al confinamiento: niños con trastornos de la conducta, enfermos que necesitan caminar por prescripción médica o personas que salen de su domicilio para ayudar a familiares dependientes. Incluso ha llegado a surgir alguna iniciativa para que quienes tienen derecho a salir a la calle durante el confinamiento lleven una prenda distintiva que los vecinos al acecho puedan reconocer desde sus ventanas. Como si el problema fuera la puntería de los chivatos. Tal vez aún más estremecedora es su falta de empatía cuando aciertan, su incapacidad para preguntarse qué puede haber llevado a alguien a quebrantar el confinamiento arriesgándose a una multa y a los reproches de sus vecinos. Hay mucha gente imprudente e insolidaria, sin duda, pero hay también personas desesperadas, que viven muy solas y están asustadas, hacinadas en pisos diminutos o en situaciones familiares insostenibles, con problemas graves de ansiedad...

La resaca que dejará la ampliación del poder policial en nuestras instituciones combinada con la normalización del acoso social puede producir una tormenta perfecta de autoritarismo. En especial, porque se solapa sobre una tendencia aún no generalizada, pero sí creciente hacia la normalización de la democracia iliberal en nuestro país. Es un proceso que tiene hitos legales, como la Ley de Partidos y la ley mordaza, pero en el que también está desempeñando un papel destacado el Poder Judicial. La Audiencia Nacional parece haberse especializado en la persecución de supuestos delitos de opinión completamente triviales. Del mismo modo, en el contexto de la crisis catalana hemos asistido a una intensísima movilización judicial de dudosa compatibilidad con la separación de poderes. ¿Qué ocurrirá cuando se levante el confinamiento y la catástrofe económica que se avecina empiece a dar lugar a movilizaciones laborales o sociales? ¿Jueces y policías se dejarán arrastrar por la inercia represiva creada durante el estado de alarma? ¿Se seguirá apelando a la excepcionalidad de la situación y a la unidad frente a la catástrofe? ¿Continuarán las metáforas bélicas para exhortarnos a acatar las decisiones del Gobierno?

En muchos lugares del mundo la derecha radical se está imponiendo como una alternativa al derrumbe de la globalización neoliberal, ofreciendo una promesa de orden y retorno a los viejos buenos tiempos anteriores a la Gran Recesión. Las inmensas conmociones económicas que va a desencadenar la pandemia del coronavirus son un escenario perfecto para una extrema derecha capaz de conjugar un programa económico posneoliberal con una gestión inteligente del rencor social y el miedo colectivo. En realidad, un país en cuarentena se parece mucho a las distopías políticas de la nueva ultraderecha: el Ejército en la calle, llamamientos a la unidad nacional, limitación del poder autonómico, comunitarismo represivo y ruedas de prensa en ‘prime time’ a cargo de un general cuyos comunicados parecen un diálogo desechado de ‘La escopeta nacional’.

César Rendueles es profesor de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid.

domingo, 13 de octubre de 2019

#hemeroteca #abolicionsimo #transexualidad | Sánchez promete abolir la prostitución, aprobar la eutanasia y más derechos a los transexuales en su primer año de Gobierno

Imagen: Burgos Conecta
Sánchez promete abolir la prostitución, aprobar la eutanasia y más derechos a los transexuales en su primer año de Gobierno.
Buscará la abstención de PP y PSOE con un acuerdo para garantizar la integridad territorial y el apoyo de UP con una agenda de calado social.
Paula de Las Heras | Burgos Conecta, 2019-10-13
https://www.burgosconecta.es/nacional/sanchez-quiere-investidura-diciembre-20191013112110-ntrc.html

Un programa de Gobierno netamente progresista para convencer a las fuerzas a su izquierda de que merece la pena firmar un acuerdo de legislatura y al menos cuatro pactos de Estado para que el PP y Ciudadanos se avengan a no obstaculizar su investidura. El «plan antibloqueo» que de forma tan grandilocuente anunció el pasado miércoles Pedro Sánchez, y que este domingo dio a conocer su partido, tiene en la práctica poco de novedoso. Los objetivos del líder del PSOE siguen siendo los mismos que antes de que el 24 de septiembre se publicara el decreto de disolución de las Cortes y convocatoria de nuevas elecciones el 10 de noviembre; un Ejecutivo en solitario respaldado desde fuera por Unidas Podemos (y Más País) que no nazca con el estigma del apoyo implícito o explícito del independentismo. Pero ahora se da poco más de un mes para lograrlo.

En caso de ganar las elecciones, Sánchez presentará una propuesta a cada una de las demás fuerzas políticas en el plazo de 48 horas y empezará a negociar una investidura que, a su juicio, debería poder celebrarse en la segunda quincena de diciembre. En el documento distribuido bajo el ambicioso título 'Plan para avanzar y vencer el bloqueo', los socialistas ofrecen varias pistas de lo que con toda probabilidad pondrán sobre la mesa. Para populares y liberales, fundamentalmente, un «acuerdo de defensa de la democracia española, de la Constitución y de la integridad territorial para asegurar una respuesta unitaria frente a cualquier tentativa unilateral de ruptura del orden constitucional». Para los partidos de izquierdas, una agenda social, medioambiental y económica.

Entre las medidas que el líder del PSOE se compromete a poner en marcha en sus primeros seis meses de Gobierno estarían así la aprobación de la eutanasia; la reforma del Código Penal sobre delitos sexuales para que «todo lo que no sea sí sea no»; una ley de transición energética y otra de plásticos de un solo uso, y el inicio del proceso para hacer la educación de 0 a 3 años universal. En el primer año, además, promete abolir la prostitución, una ley de vivienda (que nada dice de intervenir el mercado como exige Podemos), una ley de protección del usuario de servicios financieros, la reforma de la ley mordaza o la ampliación de derechos para las personas transexuales.

El texto también habla de derogar «los aspectos más lesivos» de la reforma laboral aprobada por el PP en 2012, en plena crisis. Sin embargo, a esta eterna reivindicación hay que ponerle matices. En una entrevista en 'El Español', este domingo, el presidente del Gobierno en funciones defiende que en todo caso habría que preservar la «flexibilidad» del modelo, que ha permitido que el empleo crezca en tasa interanual a un ritmo superior al de la economía.

Concentrar el voto
En realidad, Sánchez sabe que para que las negociaciones para la investidura lleguen a buen puerto más importante que sus propuestas serán la presión que tendrán todos los partidos políticos para evitar unas terceras elecciones en un clima de hartazgo ciudadano, su propia disposición a ceder y su fuerza. Y de eso se trata ahora, de dejar claro que el PSOE seguirá siendo el único que pueda formar gobierno para apelar al voto útil; una estrategia que, según las encuestas, todavía no parece funcionar.

«Si tenemos una mayoría suficiente el 10 de noviembre habrá gobierno en diciembre y pediremos al presidente del Congreso que no haya vacaciones parlamentarias en enero porque tenemos que aprobar el techo de gasto y presentar los presupuestos generales del Estado en el primer trimestre del año», dijo en un acto en Alcorcón en el que volvió a apelar a la concentración del voto como modo de evitar la parálisis institucional. Su mensaje ahora es complejo porque, aunque defienda los acuerdos transversales, para mejorar los resultados del 28 de abril necesita no sólo arañar votos a Podemos y a Cs sino movilizar a sus propios votantes. Y lo que puede ganar por un lado con la idea de la estabilidad lo puede perder por el otro.

En su mitin, Sánchez aseguró que no irá a ninguna parte «con partidos que se alían con la ultraderecha» para intentar contrarrestar los ataques de Pablo Iglesias, que lo sitúa en el mismo bando. Pero el PSOE sí defiende alcanzar con las fuerzas de la derecha un entendimiento tanto en materia territorial como de pensiones (un «nuevo» Pacto de Toledo) y financiación autonómica. Además, propondrá la reforma del artículo 99 de la Constitución para modificar el sistema de investidura.

NOTA DE IGLU: En un principio diferentes medios del Grupo Correo publicaron esta noticia con este titular, que después modificaron por este otro: “Sánchez plantea pactos a izquierda y derecha para ser investido en diciembre”.