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jueves, 7 de julio de 2022

#hemeroteca #homosexualidad #teatro #memoria | El estreno teatral de 1975 con el que la comunidad gay se visibilizó en Madrid y la reacción de la prensa

Estreno de 'the boys & the band' en el Off-Brodway en 1968 //

El estreno teatral de 1975 con el que la comunidad gay se visibilizó en Madrid y la reacción de la prensa

La obra de Mart Crowley, estrenada en 1968, se representó por primera vez en España el Teatro Barceló; supuso un acontecimiento importante para la comunidad homosexual y suscitó mucho debate social, con adjetivos muy gruesos en periódicos conservadores
Luis de la Cruz | El Diario, 2022-07-07
https://www.eldiario.es/madrid/somos/malasana/chicos-banda-estreno-teatral-comunidad-gay-visibilizo-1975_1_9144843.html

En septiembre de 1975 se estrenó en el céntrico Teatro Barceló de Madrid ‘Los chicos de la banda’, versión ligeramente adaptada de una exitosa obra de Mart Crowley. La obra había estrenado en el Off-Brodway en abril de 1968, no muy lejos de donde se producirían un año después los disturbios de Stonewall, lo que da noticia del tono social en el que se produjo su estreno. ‘Los chicos de la banda’ se vio envuelta desde el primer momento en un debate dentro de los ambientes de la militancia por la diversidad sexual sobre el alcance del libreto. Donde algunos vieron, y han seguido encontrando, una irrupción pública sin precedentes, otros apreciaron una visión estereotipada y reduccionista del gay; donde algunos adjetivaron como ‘revolucionario’, otros tildaron de ‘despolitizado’. En todo caso, el indiscutible éxito de la representación –se mantuvo dos años en cartel –, la convirtió en una obra de culto capaz de agitar el debate social, efecto que se reprodujo años después en su versión española y ofreció una ocasión perfecta para la irrupción pública de la comunidad gay madrileña.

El argumento de la obra es sencillo y, a la vez, muy funcional para dejar hablar a los personajes, que era lo que la coyuntura necesitaba. La historia nos da a conocer a un grupo de hombres homosexuales que viven en el Upper East Side de Manhattan. La trama transcurre durante el cumpleaños de Harold, al que sus amigos han organizado una fiesta desenfrenada que incluye la contratación de un trabajador sexual llamado Cowboy. A medida que se acerca la celebración, el anfitrión recibe una llamada telefónica de su antiguo amigo de la universidad, un hombre heterosexual casado. Habrá alcohol, conflictos internos, confesiones y, sobre todo, la afirmación pública de aquellos hombres.

Tal y como muestra Ramón Espejo en el artículo científico Los otros ‘chicos de la banda’: homosexualidad y teatro norteamericano en España, 1956–1975, algunos intentaron traer a España la obra desde poco tiempo después del estreno. En 1970, el dramaturgo Jaime Salom presentó una versión propia ante la censura que fue rechazando. Dos años después, fue rechazado un segundo texto. El cerco a la comunidad gay no se había relajado aun en aquellas postrimerías del franquismo. Muy al contrario, en 1970 entró en vigor la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación social, que abocaba a todos los damnificados por el reglamento al internamiento en cárceles u hospitales psiquiátricos, con penas de hasta cinco años.

En Latinoamérica, mientras, se estaban levantando algunas versiones que suscitaron mucho debate social. Se estrenó en 1970 en Buenos Aires, y en 1974 en México, bajo la dirección de la activista lesbiana Nancy Cárdenas, que se llevó la obra hacia la realidad del país azteca y consiguió programar la función tras una dura batalla con la censura del país. En Argentina, el Frente de Liberación Homosexual repartió un pasquín crítico en 1973, con motivo del estreno de la versión cinematográfica de William Friedkin.

Finalmente, se autorizó una versión hispana en 1975. ¿Algo estaba cambiando en España? Solo unos meses antes de la muerte del dictador, la obra de Crowley al fin podría representarse en nuestro país. Shangay Lily lo veía de esta manera en su libro 'Adiós, Chueca: memorias del gaycapitalismo': “La desesperación del tardofranquismo de aparentar cierta apertura, tolerancia y modernidad propició que la obra se estrenase por todo lo alto en el Teatro Barceló de Madrid”.

Andrés Kramer se hizo con los derechos del libreto y encargó la versión a Nacho Artime y Jaime Azpilicueta. En el reparto figurarían Manuel Galiana, Miguel Ayones, Andrés Resino, José Luis Pellicena o Joaquín Kremel.

La obra se estrenó al fin en septiembre en el Barceló, para trasladarse un mes después al Marquina. Aunque los ensayos se llevaron a cabo con secretismo por el miedo a la extrema derecha y a la censura, todo acabó transcurriendo con más normalidad de la esperada hasta sumar 600 representaciones aquella temporada.

Pero las previsiones de sus promotores no eran tan buenas, tal y como se narra en 'Confidencias de maestros de la escena': “El día del ensayo general la censura no encontró ningún problema para autorizar el texto y su representación. Pero al terminar el ensayo se acercaron a Juan José Alonso Millán, que era el empresario del Teatro Barceló en Madrid, y le dijeron: “Mire, nosotros no vamos a prohibirle la representación porque no tenemos nada en contra, pero que sepa que le van a quemar el teatro mañana”.

Según Ramón Espejo, “el montaje español se dirige ya a una sociedad a punto de desembarazarse de una dictadura de casi cuatro décadas. Incluso los más reacios a ver el tema con tolerancia y apertura de miras parecen coincidir en que es un debate que no puede posponerse por más tiempo”.

El hecho de que el montaje reciba tratamiento de evento convierte el estreno en un hito de la lucha por la diversidad sexual, aunque algunas palabras aparecidas en las críticas de los diarios de derechas también nos ayudan a situarnos de forma realista en el momento.

El crítico del diario católico 'Ya' “agradecía que el autor no buceara en lo escabroso y tratara de profundizar en personajes enfermos, necesitados de ‘un adecuado tratamiento a base de testosterona”, según rescata Espejo en su artículo.

Seguramente, la reacción más conocida fue la de la revista ‘Blanco y Negro’, que llevó el estreno a portada a través de un chiste, con el titular “El gay power español se desmelena”. En el editorial se trataba de presentar a los lectores la irrupción de un supuesto lobby gay, influido por la cultura norteamericana. El texto comenzaba así:

“Por la expresión ‘Gay Power’ se conoce en el mundo la influencia política de los homosexuales organizados y unidos. Esta minoría social, marginada según los que a ella pertenecen, tomada a guasa por muchos, considerada como peligrosamente perturbadora por otros, se ha organizado de forma muy eficaz en Estados Unidos, Francia, Alemania, Suecia, Inglaterra y varios países más. Dispone de periódicos, revistas, clubs, hoteles, cines especiales, centros comerciales y financieros... A través de una tupida red de enlaces internacionales, los invertidos han alcanzado una gran eficacia para el auxilio de unos a otros”.

Y continuaba con artillería pesada:

“Pues bien: creíamos que el ‘Gay Power’, el ‘Poder Homosexual’, tardaría en organizarse en esta España del machismo ibérico y del imperio hacia Dios, en la que tras la guerra civil se rindió culto a la virilidad. Sin embargo, casi de repente, y con motivo del estreno en un teatro madrileño de una comedia cuyos personajes son nueve sarasas, el ‘Gay Power’ español se ha desmelenado. Docenas de invertidos, haciendo alarde de su condición, asistieron al estreno. Nuestro subdirector, Adolfo Prego, hombre equilibrado y ecuánime, con muchos años de profesión sobre las espaldas, fue testigo presencial del espectáculo. Tuvo que atravesar el vestíbulo apartando a muchachos ahembrados y carininfos hasta llegar a su localidad. “Siendo la comedía muy estimable, el espectáculo estaba en el patio de butacas”, dijo en la Redacción de ByN Adolfo Prego. “La más varia muestra de maricas, cacorros y sodomitas se mostraban en grupos olorosos y rientes. Vestidos con prendas femeninas unos, acaponados otros, cazoleteros y maquillados no pocos, tal como los describe Pilar Trenas en su Agenda de este número, se exhibían allí los más afeminados personajes que concebirse pueda, tocados con atuendos ceñidos, sedosos y floreados y sin disimular ninguno su amariconamiento, sino, por el contrario, alardeando de él”.

Sin darse cuenta, algunas de estas críticas hostiles, u otras menos homófobas pero paternalistas, dejan memoria del carácter de acontecimiento que el estreno y las sucesivas representaciones de Los chicos de la banda tuvo en la incipiente Transición. La periodista Pilar Trenas, que tituló su crónica ‘El espectáculo estuvo en el patio de butacas’, por ejemplo, elabora una descripción –cargada de prejuicio y mala baba– que no deja lugar a dudas acerca del carácter visibilizador del acontecimiento para una comunidad que, hasta la fecha, había tenido que relacionarse alejada de los focos.

La obra, que recogía de alguna manera la apertura de miras sobre el tema que en el teatro había llegado a través de los dramaturgos norteamericanos en las últimas décadas a España –de Tennesse Williams a Arthur Miller–, dialogaba con las posibilidades de apertura de una época liminal y era reflejo de las luchas que llevarían al movimiento a montar las primeras jornadas del Orgullo. Después de 1975, llegarían muchas otras obras de temática gay, algunas más comerciales, como ‘La jaula de las locas’ (1977), y otras arriesgadas, como la ‘Contradanza’ de Francisco Ors, estrenada en 1980 en el Teatro Lara. Casi medio siglo después, tras haberse realizado otras representaciones del texto de Crowley y hasta una reciente revisión cinematográfica, lo que queda de aquella representación pionera de 1975 es haberse convertido en eslabón de la cadena de las primeras veces del movimiento LGTBTIQ+.

sábado, 22 de junio de 2019

#hemeroteca #lgtbi #orgullo | 50 años de Stonewall, los disturbios en los que nació el Orgullo

Imagen: El Periódico / Marsha P. Johnson y Sylvia Rivera
50 años de Stonewall, los disturbios en los que nació el Orgullo.
Idoya Noain | El Periódico, 2019-06-22
https://www.elperiodico.com/es/mas-periodico/20190622/50-anos-de-stonewall-el-dia-que-nacio-el-gay-power-7514741

Jay Toole es ella, él, ellas, ellos. Con cualquier pronombre se siente bien. En su gorra hay cosido un parche en el que, bajo el bordado de 'llámame', queda un rectángulo en blanco. Con un rotulador negro ha escrito dos palabras: 'Super butch' [marimacho]. Con orgullo.

Algo así era impensable en 1961. Fue entonces, cuando Toole tenía solo 13 años, cuando su padre, que aprovechaba los ingresos en psiquiátricos de su esposa para violar a la pequeña, le echó de casa al verla vestida con ropas propias de un chico. Liberarse de las agresiones sexuales, que también sufría por parte de su hermano, fue para Toole "lo mejor que podía haber pasado". Se marchó del Bronx, libre para ser quien quería, aunque en una sociedad que no la aceptaba. También, convertida en sintecho.

Su hogar pasó a estar en las calles del West Village. Su cama, un banco de Washington Square, a veces Christopher Park. Su modo de supervivencia: lo que fuera necesario. Y su nueva familia, otras 'butches', 'femmes', lesbianas, gais, 'trans' ("aunque entonces se les llamaba travestis") y, en definitiva, toda una comunidad de gente cuya sexualidad o género en aquella época era contestada con marginación, discriminación, acoso y maltrato. De la familia, la sociedad, las leyes y la policía.

Ahora Toole vuelve periódicamente a un Village cambiado. Con el grupo Tours de Justicia Social organiza visitas guiadas por el barrio que fue y sigue siendo epicentro de la comunidad queer. Muestra sus escenarios clave mientras va detallando cómo era la vida en esas calles donde lo mismo les perseguía, golpeaba o detenía la policía que grupos de hombres que convertían su odio en cacerías; en los bares que eran refugio y lugar de liberación; en los muelles, donde todo era más arriesgado y salvaje; en la Casa de Detención, la cárcel de mujeres ahora derribada y solo recordada en una línea en una placa donde tantas veces estuvo ingresada y sufrió, como muchas otras, los abusos de un médico.

La chispa de una revolución
Antes, Toole hacía los 'tours' gratis para niños y jóvenes; ahora cobra 12 dólares por persona, porque, a sus 71 años, la necesidad vuelve a apretar. Pero lo que realmente le mueve a compartir una generosa narración en la que no esconde los trapicheos, ni el comercio del sexo, ni adicciones que pasaron por la heroína y el crack, es su convicción de que "es importante mantener viva la historia y no dejar que la cuenten, reescriban, distorsionen o blanqueen otros".

Esa historia en primera persona, con su contexto, con sus detalles y sus grises, es más importante si cabe este año, cuando se vuelve la mirada al 50º aniversario de la rebelión en el Stonewall Inn, el bar entonces en el 51 y 53 de Christopher Street que Toole describe como "un auténtico antro, controlado por la mafia", como todos los locales que atendían a la clientela homosexual en Nueva York, con bebidas aguadas y caras, insalubres. "Casi no tenían agua corriente y si eras cliente habitual sabías que no convenía pedir nada en vaso".

Era también uno de los locales en los que, junto a una mayoría de hombres gay (los más acaudalados, sujetos a las extorsiones de la mafia para no arriesgarse a ser expuestos públicamente), se mezclaban algunos trans de piel oscura, lesbianas, jóvenes de la calle como Toole. Un buen 'juke box' y dos pistas de baile –junto a la opción tan escasa esos días de poder bailar agarrados lentamente– convertía el Stonewall en un oasis.

Es allí donde, la madrugada del 28 de junio de 1969, una de las redadas policiales habituales por entonces en locales a los que acudía la comunidad queer encontró una inusitada resistencia. Aquello actuó como chispa para prender la llama de una revolución que no ha vuelto a apagarse pero que tampoco ha culminado.

11 años de investigación
Aunque sigue habiendo lagunas y distintas versiones sobre algunos hechos concretos, la reconstrucción más documentada de lo que ocurrió aquella noche es la que realizó, tras 11 años de investigación, el historiador David Carter en su libro 'Stonewall' (2004), base del documental 'Stonewall Uprising'. Y ese trabajo es una de las mejores guías para repasar aquella noche, en la que a la 1.20 de la madrugada el subinspector Seymour Pine dio la orden por la que él y siete agentes del ya difunto Escuadrón de Moral Pública de la policía neoyorquina iniciaron la redada, la segunda de aquella semana en el bar.

Como de costumbre en esas operaciones, obligaron a los clientes que estaban dentro, unos 200, a alinearse y a enseñar su identificación, dispuestos a empezar los arrestos de empleados por venta ilegal de alcohol o de 'drag queens' y 'kings' que podían ser acusados de la "desviación sexual" que supuestamente representaba llevar tres prendas de ropa que no correspondieran al género asignado en el nacimiento.

No era la primera vez que se vivía una operación policial del estilo, ni en el Stonewall, ni en el barrio, ni en la ciudad ni en el país, unos EEUU donde, salvo en Illinois, el sexo entre adultos del mismo sexo con edad de consentimiento se consideraba "sodomía" y estaba ilegalizado; donde la "perversión" se consideraba ofensa suficiente para ser despedido de un empleo federal; donde la Asociación Americana de Psiquiatría clasificaba la homosexualidad como una enfermedad mental "sociopática" (clasificación que mantuvo hasta 1973) o donde, en algunas ciudades, si eras arrestado, veías publicado en los periódicos tu nombre, tu dirección o tu lugar de empleo.

Esa noche en el Stonewall Inn, no obstante, las cosas fueron distintas. En el interior, algunos se negaron a identificarse, y las 'drag', a que comprobaran su sexo. Quienes no habían sido detenidos no se marcharon rápidamente, como era habitual. Fueron congregándose frente al bar y a ellos se fueron sumando decenas y luego centenares de otras personas, incluyendo Toole, conforme la noticia de la redada se expandía como la pólvora de boca a oreja por el Village.

La tensión, que empezó a crecer dentro y fuera, explotó cuando una lesbiana detenida, que nadie ha conseguido identificar con seguridad, se resistió al arresto y logró escapar, esposada, del furgón policial. Así empezó una lluvia de monedas, objetos, botellas, piedras e insultos sobre la policía, obligada a retroceder y refugiarse de nuevo en el Stonewall, que siguió siendo atacado desde fuera. Se plantó también cara a los agentes antidisturbios que llegaron de refuerzo, obligados por la gente a serpentear con retiradas y regresos por las calles del Village.

La noche fue larga y preludio de varios días más de revueltas. Pero la verdadera revolución fue que una comunidad acostumbrada a vivir en el armario, a esconderse o a pagar el precio de la brutalidad o el acoso cuando no lo hacía, esta vez salió de las sombras y, unida, con violencia pero también con euforia y expresiones festivas de celebración, se atrevió a llenar las calles del Village de un grito a pleno pulmón: "¡Gay power!".

"Lo que hizo a Stonewall diferente no fueron los arrestos, nos arrestaban todos los días", recuerda Toole. "Lo que lo hizo importante es que todo el mundo, todas las distintas pequeñas comunidades, gais, lesbianas, trans, gente de color, heteros, jóvenes sintecho y activistas contra la guerra de Vietnam nos unimos como una sola para decir basta, para exigir que parara la brutalidad policial, la violencia contra nosotros".

El antes y el después
La rebelión de Stonewall fue un punto de inflexión pero no sucedió en el vacío. Ahora, el 50º aniversario está sirviendo para divulgar la historia de la revuelta –donde cada vez se reconoce más el impacto de personas como las transgénero de color Marsha P. Johnson y Sylvia Rivera, a las que se va a dedicar un monumento en Christopher Park–, pero también está ayudando a subrayar la importancia tanto anterior como posterior del movimiento de los derechos LGBTI+ [Lesbianas, Gais, Bisexuales, Trans e Intersexuales] en EEUU.

"Stonewall se ha convertido en la marca de gente que lucha contra la opresión policial y por la igualdad, pero es un error verlo como un acontecimiento aislado", recuerda el historiador Eric Marcus, autor del libro y el 'podcast' 'Making gay history'. "No marcó el principio del movimiento. Lo que la rebelión hizo fue crear una oportunidad para que los activistas, muchos de los cuales llevaban años en la lucha, canalizaran la energía que se desató y se creara una nueva fase, más expansiva y más militante".

Marcus recuerda, por ejemplo, que en 1950 cinco gais fundaron en Los Ángeles la Mattachine Society. Cinco años después, un grupo de lesbianas crearon Daugthers of Bilitis. Para mediados de los años 60 había manifestaciones públicas. Y en 1966 –el año en que se vivieron revueltas en el distrito Tenderloin de San Francisco tras una rebelión trans en la Cafetería Compton– hubo una convención en la que participaron unas 20 organizaciones del movimiento.

Cuando se produjo el alzamiento del Stonewall Inn, ya se contabilizaban unos 60 grupos, y por esa infraestructura existente, como explica el historiador, "fue posible organizarse y expandirse después. Y lo que solidificó el lugar de Stonewall en la historia fue, en el primer aniversario de los hechos, la marcha de protesta 'Christopher Street Liberation March', que fue hasta Central Park y se erigió en la mayor concentración LGTBI+ en el mundo hasta entonces".

De hecho, sin ese después hoy probablemente los disturbios de Stonewall no estarían tan destacados en los libros de historia; ni Barack Obama, en el 2016, habría designado Christopher Park, el bar (aunque es de propiedad privada) y las calles adyacentes donde se vivió la rebelión, monumento nacional, el primero dedicado a conmemorar la historia LGBTI de EEUU. Tampoco es probable que el actual comisionado de policía de Nueva York, James O’Neill, hubiera dado finalmente el paso, como hizo este mes, de pedir una disculpa por la redada: "Las acciones y las leyes eran discriminatorias y opresoras y por eso pido perdón".

Fricciones pasadas y actuales
El movimiento posterior a Stonewall no estuvo libre de fricciones, como tampoco lo está ahora. Hace cinco décadas se enfrentaron grupos que apostaban por una línea de asimilación con activistas, de renovado impulso, más cercanos en ideología y métodos a movimientos antiguerra o de poder negro. Eran grupos como el Gay Liberation Front, abiertamente antirreligioso, contrario a la familia nuclear, anticapitalista, antibelicista, antirracista y antipatriarcal, que planteaban métodos y objetivos más ambiciosos y radicales para avanzar en la lucha por la igualdad y la libertad que el matrimonio (legalizado por el Supremo en el 2015) o la posibilidad de servir en el Ejército (aceptada por Obama y ahora revocada por Donald Trump).

Sigue habiendo réplicas de tensiones y también sigue quedando mucha, demasiada, lucha por luchar. Solo en 20 estados hay leyes contra la discriminación LGTBI+. La actual Administración hace retroceder avances conseguidos. En los dos últimos años se han vuelto a incrementar las agresiones homófobas, y los mayores de una comunidad donde se rompieron y se siguen rompiendo muchos lazos familiares –y donde el sida hizo estragos en los 80– siguen siendo más vulnerables.

Hay además otros colectivos, especialmente los jóvenes que, como Toole hace seis décadas, hoy siguen siendo expulsados de sus casas. O los de los trans de color, que se siguen enfrentando a los mayores retos, las mayores amenazas a sus vidas. Quizá por eso en sus voces se escuchan los ecos más fuertes de un hartazgo como el que estalló en Stonewall.

Esa rabia se palpaba hace dos semanas en una manifestación para protestar contra la muerte –mientras estaba en régimen de aislamiento en la cárcel neoyorquina de Rikers– de Layleen Polanco, una joven encarcelada por no poder pagar una fianza de 500 dólares por un delito menor y la décima mujer transgénero muerta por causas violentas en lo que va de año en EEUU.

Violencia y dejación
En un acto donde solo se dio voz a personas trans, la indignación por la sensación de abandono de parte de la comunidad LGTBI+ y de políticos plagaba los discursos de la actriz de 'Pose' Indya Moore; de Kimberley McKenzie, que trabaja en el Sylvia Rivera Law Project y aseguró que "no hay motivo de orgullo", o de la activista Raquel Willis, que firmó una de las intervenciones más combativas. "No digo a nadie que tenga que empezar revueltas, pero tenemos mucho por lo que estar enfadados", decía. "A la mierda la respetabilidad, la asimilación, que nos digan que tenemos que ser como los cis, los heteros, los blancos, como todo el mundo... Somos como somos. Es nuestro deber luchar. Es nuestro deber ganar".

El domingo 30 habrá dos marchas en Nueva York, que este año acoge la celebración de World Pride por los 50 años de Stonewall. Una coalición de más de 100 organizaciones agrupadas bajo el lema "reclamar el Orgullo" ha preparado otra marcha que replicará la original de 1970, buscando el mismo recorrido y su espíritu reivindicativo. Consideran que la oficial, organizada por Heritage of Pride, con sus carrozas esponsorizadas y su acortado recorrido, se ha convertido en "una extravagancia corporativa que ignora las profundas luchas que aún libramos todo el mundo", en palabras del autor y activista Larry Kramer.

Es un lamento que comparte Toole, que cofundó el grupo Queers for Economic Justice, cuyo trabajo influyó en cambios legislativos que mejoraron los derechos de familias queer y transgénero sintecho en los refugios municipales y con cuyo nombre, junto al de la icónica activista transgénero Miss Major Griffin-Gracy, se ha bautizado un edificio neoyorquino que alberga a varias organizaciones LGTBI+. "Han vendido nuestra comunidad a las empresas, la ciudad y la policía. Lo suyo es un desfile, y los desfiles son para gente que tiene todos sus derechos. Yo marcho porque no tenemos aún todos nuestros derechos".

#hemeroteca #homosexualidad #memoria | Terenci Moix y el Gay Power

IMagen: La Vanguardia / Terenci Moix
Terenci Moix y el Gay Power.
El autor barcelonés fue pionero en proclamar abiertamente su homosexualidad.
Sergio Vila-Sanjuán | La Vanguardia, 2019-06-22
https://www.lavanguardia.com/cultura/culturas/20190622/463010050014/terenci-moix-y-el-gay-power.html

En 1972, Terenci Moix se encuentra en Nueva York acompañando a Núria Espert en la gira que la actriz y su grupo –al que pertenece el compañero de Terenci, Enric Majó– están realizando por el país.

El ya muy conocido, y joven, escritor barcelonés encuentra una mañana de octubre la Quinta Avenida cortada a la altura del Rockefeller Center. Se trata de una manifestación del colectivo homosexual, que avanza hacia la catedral de Saint Patrick para denunciar “la marginación poderosísima que la moral judía y cristiana ha sabido fomentar hasta extremos alucinantes”.

Terenci se mezcla entre los manifestantes, chicos y chicas de aire entre hippy y revolucionario, que comentan con él sus ideas.

En el recuento del episodio, el escritor consigna que el Frente de Liberación Homosexual americano había surgido en 1969, se celebran ahora cincuenta años, tras una redada policial en un bar de Greenwich Village. Pronto cobró auge y también empezó a dividirse en subgrupos a menudo enfrentados: unos, por ejemplo, estaban a favor del matrimonio, otros lo consideraban una trampa del enemigo, el establishment socio-cultural.

En cualquier caso, por encima de las contradicciones ideológicas del Gay Power, sus interlocutores “siempre insistían en la necesidad de ganar, de una vez, el derecho de ser considerados personas”. Así estaban las cosas hace medio siglo.

El episodio se halla recogido en ‘Terenci als USA’, que publicó Moix en Editorial Proa en 1974 y recupera ahora L’Avenç con prólogo de Borja Bagunyà. Es uno de los libros de viajes del autor, junto con el de Egipto que reelaboró una y otra vez, sus ‘Crónicas italianas’ –a mi gusto, el mejor- y el “romántico” que dedicó a Grecia, Túnez y México.

En ‘Terenci als USA’ la lucha gay por la despenalización y la asimilación, combinada con la de otros movimientos de vanguardia, los Black Panthers o el Women’s Lib, reaparece en capítulos como el dedicado a su estancia en San Francisco.

Con su inmensa simpatía, su pasión y su carácter arrollador, Terenci Moix fue probablemente el primer escritor español en proclamar sin complejos, y a los cuatro vientos, su homosexualidad. Lo hizo antes de la revuelta del Stonewall Inn, en libros pioneros como ‘La torre dels vicis capitals’ y ‘El dia que va morir Marilyn’, cuyo co-protagonista, Jordi, encarna toda la problemática de un muchacho gay crecido bajo el franquismo.

Terenci (1942-2003) era claro en su posicionamiento: “Nací a los años sesenta asumiendo que el amor entre hombres es una bendición y no el nefando delito que castiga la religión de los curas”, recapitularía en su libre de memorias ‘Extraño en el paraíso’.

Esta conciencia la elaboraría no solo como material autobiográfico sino también cultural en ‘Nuestro virgen de los mártires’, ‘No digas que fue un sueño’ (premio Planeta 1986) y otras narraciones ambientadas en la antigüedad griega o egipcia, en las que desarrolla estereotipos temáticos o iconográficos asociados al mundo homosexual.

Desde el máximo individualismo y sin querer representar más que a sí mismo, Moix actuó en la práctica como portavoz privilegiado del colectivo en los batalladores años setenta, y hasta su muerte en abril del 2003, en libros, artículos y programas de radio y televisión, combatió y polemizó con humor y con vigor por la libertad de costumbres, la dignidad LGTB y el respeto. Una herencia a reivindicar especialmente ahora que la intolerancia vuelve a asomar sus feas patas entre nosotros.