Mostrando entradas con la etiqueta Act_Up. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Act_Up. Mostrar todas las entradas

jueves, 29 de febrero de 2024

#hemeroteca #gais #vih #sida | Un libro frente a los estigmas y miedos del VIH

Fotograma de la película ‘The normal heart’, basada en la obra de Larry Kramer //

Un libro frente a los estigmas y miedos del VIH

Luis Maura | El Asombrario, 2024-02-29

https://elasombrario.publico.es/un-libro-frente-a-los-estigmas-y-miedos-del-vih/ 

Acaba de publicarse ‘La noche en que Larry Kramer me besó’, del estadounidense David Drake. Este monólogo teatral semiautobiográfico nos narra su viaje de autodescubrimiento como hombre gay, a la vez que describe los efectos de la crisis del sida en la década de los 80 y subraya la gran labor de los movimientos sociales para defender los derechos de las personas con VIH, y la importancia de pertenecer a una comunidad que lucha unida contra cualquier tipo de estigmatización. Algo que sigue siendo actual y necesario. La lectura de este libro me ha llevado a escribir este artículo; y confieso que me ha costado, porque es un tema del que no suelo hablar con nadie, pero...

Como no tiene nada de malo ni de raro y seguro que más de uno y más de dos han pasado por una situación similar, permitidme que os lo cuente.

Hace tiempo tuve una relación sexual de riesgo. Se me rompió el condón con un chico y, aunque él aseguraba “estar limpio”, el pánico se me instaló en el cuerpo. Por mucho que sepamos que uno puede hacer vida normal con VIH y que ‘indetectable es igual a intransmisible’, todavía somos muchos los que vivimos con el miedo a contraer el virus. Hemos dado grandes pasos como sociedad y cada vez es un tema menos tabú, pero el estigma, por desgracia, sigue ahí. Podemos hablar libremente sobre ello, pero confesar de manera pública que uno es VIH-positivo solo lo hacen unos pocos valientes. La gran mayoría, sin embargo, decide mantenerlo en secreto, porque en este país siempre hemos sido de llevar la procesión por dentro y de darle demasiada importancia al qué dirán.

Por eso tardé mucho en atreverme a ir al hospital a pedir la PEP (profilaxis posexposición), porque no quería sentirme juzgado. Más allá de la pereza que me generaba la idea de pasar varias horas en una sala de urgencias esperando a ser atendido, visualizarme contándoselo a un desconocido me provocaba un sentimiento de vergüenza y culpa. Podía confiar en la palabra del chico, pero, si había alguna posibilidad de contagio, por mínima que fuera, lo mejor era intentar ponerle remedio cuanto antes. La salud es siempre lo primero y, en caso de contagio, la detección precoz es vital.

Un amigo me recomendó hablar con Apoyo Positivo y fue gracias a ellos, que me calmaron y me aconsejaron sobre lo que debía hacer, que vencí mis prejuicios y me fui a un hospital a pedir la medicación necesaria.

Me gustaría decir que, una vez allí, todo fue a las mil maravillas, pero no sucedió así exactamente. Me atendieron con respeto, me pasaron a consulta muy pronto y la doctora fue educada y profesional. No obstante, la enfermera que me tenía que dar las pastillas, comenzó a tratarme de forma fría y distante después de escuchar la palabra “anal”. En la consulta, mientras yo intentaba sacar de su envoltorio las tres pastillas que tendría que tomarme cada día durante 28 días, apareció otro enfermero que, sin venir a cuento, empezó a hablarme: “Sabes que esta medicación solo se puede tomar dos veces en la vida. Esto no es cualquier cosa... Y que no puedes tomar alcohol”.

No sabía quién era ese tipo, de dónde había salido ni por qué me estaba mintiendo de manera tan descarada. Porque, como me ratificó Apoyo Positivo más tarde, sí que se puede tomar la PEP más de dos veces en la vida y no pasa nada por ingerir alcohol mientras estás tomando dicha medicación.

Con la tercera pastilla, mientras me metían prisa para que saliera, me pregunté: ¿Por qué mentirle a una persona que ya está asustada? ¿Cree que quiero volver a pasar este mal trago de nuevo? ¿Por qué juzgar a la persona que quiere hacer las cosas bien? ¿No se da cuenta de que si me vuelve a suceder algo así y le hago caso, tal vez me contagie y eso provoque que pueda infectar a más personas? ¿Qué pasaría si todo esto se lo dijera a un chaval de 20 años en vez de a mí?

Me hice los análisis de sangre pertinentes y me fui de allí con ganas de llorar, pero, a la vez, contento de haber vencido al monstruo que me había paralizado, ese que me señalaba como si hubiese cometido algún tipo de error fatal. Pero esto no lo conseguí por mí mismo, sino gracias a las conversaciones con mis amigos y a los consejos y buen hacer de Apoyo Positivo. Pude superar ese sentimiento de culpa gracias, en definitiva, a la sensación de comunidad.

De esto, entre otras cosas, habla ‘La noche en que Larry Kramer me besó’, de David Drake (Edgewood, Maryland, EE UU, 1963). El director, dramaturgo y actor estadounidense utiliza la metáfora del beso para hacer referencia al impacto que le produjo la obra 'Un corazón normal', de Larry Kramer, cuando la vio el día de su 22º cumpleaños: “Ese beso salió disparado de la boca de un cañón y explosionó mi alma en mil muertes con forma de lágrima; dejando mis ojos manchados por las huellas de mis dedos húmedos (...) con una sangre de tinta negra”.

Este monólogo teatral semiautobiográfico publicado por ‘Dos Bigotes’, traducido por el editor y escritor Pedro Villora y con prólogo del artista y profesor de arte José Villarrubia (que además es amigo íntimo del propio Drake), nos narra su viaje de autodescubrimiento como hombre gay, plagado de referentes musicales, a la vez que describe los efectos de la crisis del sida en la década de los 80. Se trata de una obra activista que subraya la gran labor de los movimientos sociales para luchar por los derechos de las personas con VIH, y la importancia de pertenecer a una comunidad que lucha unida, desde las revueltas de Stonewall del 1969 a todas las manifestaciones llevadas a cabo a finales de los 80 por el grupo de acción directa ACT UP , acrónimo de ‘AIDS Coalition to Unleash Power’ (“Coalición del sida para desatar el poder”), cuyo lema era “SILENCIO igual a MUERTE”.

En palabras del propio autor, asistir a la obra de teatro fue lo que le condujo a ACT UP: “Aquella experiencia fue la que me llevó a aceptar la verdad de mi vergüenza, la que me permitió aceptar la verdad y la bondad de mi esencia como hombre homosexual. Y, por último, la que me ha vinculado con mi tribu y con la furia que hizo brotar estas historias de mi alma queer”.

A veces parece que ya está todo hecho, que ya se ha hablado demasiado de este tema y que tanto activismo resulta innecesario, pero, lamentablemente, se trata de una afirmación falaz. Me gustaría rescatar una frase de la serie ‘Veneno’ (Javier Calvo y Javier Ambrossi, 2020): “De lo que no se habla, no existe. Y lo que no existe, se margina”. Por eso es importante que sigamos hablando de la crisis del sida de los 80, porque venimos de ese pasado de homofobia y discriminación en el que, a pesar de estar muriéndonos por lo que se llegó a considerar, con muy mala baba, la ‘peste gay’, nadie parecía dispuesto a mover un dedo. Es parte de nuestra historia y no debe caer en el olvido, ya que nos configura como colectivo.

De eso habla este monólogo y también ‘Un corazón normal’, de Larry Kramer, adaptada al cine en 2014 por Ryan Murphy, a quien también le debemos la creación de la serie 'Pose'. La misma temática aborda ‘Philadelphia’ (Jonathan Demme, 1993), primera película producida por un gran estudio en abordar el estigma del sida. Y más recientemente las películas francesas ‘120 pulsaciones por minuto’ (Robin Campillo, 2017), ‘Vivir deprisa, amar despacio’ (Christophe Honoré, 2018) o la serie de HBO Max ‘It’s a sin’ (Russell T. Davis, 2021).

No es malo echar la vista atrás si eso va a ayudarnos a coger impulso para enfrentarnos a la homofobia y al estigma del VIH que todavía existe en nuestra sociedad. Es importante que sepamos que, afortunadamente, hoy en día se puede vivir con VIH con total normalidad y que, cuando algunos vengan a señalarnos con el dedo con sus prejuicios absurdos y su rancia moral, seamos conscientes de que tenemos una comunidad detrás que nos respalda, esos ‘mil puntos de luz’ a los que hace referencia David Drake en su texto. La memoria nos guía, nos hace más fuertes y nos ayuda a combatir hombro con hombro. Por este motivo, la publicación de esta obra, por primera vez en español, después de más de tres décadas desde su estreno, es un pequeño y luminoso milagro.

lunes, 5 de febrero de 2024

#libros #gais #vih | La noche en que Larry Kramer me besó

La noche en que Larry Kramer me besó / David Drake ; prólogo de José Villarrubia epílogo de Pedro Víllora ; traducción de Pedro Víllora y José Villarrubia.

136 p.
Madrid : Dos Bigotes, 2024 [02-05].

/ ES / EN* / Libros / Literatura / ACT UP / Activismo / Gais / Larry Kramer / Teatro / Testimonios / VIH-Sida

📘 Ed. impresa: ISBN 9788412765731 / 17,95 €
📝 Cita APA-7: Drake, David (2024). La noche en que Larry Kramer me besó. Dos Bigotes.


Una de las primeras obras de teatro que subió a los escenarios la crisis del VIH/sida en la década de los 90. Publicada por primera vez en castellano cuando se cumplen más de tres décadas de su estreno, ‘La noche en que Larry Kramer me besó’ es un vibrante monólogo semiautobiográfico en el que el actor, director y dramaturgo David Drake nos relata su viaje de autodescubrimiento como hombre gay a la vez que describe los devastadores efectos de la crisis del sida, que asoló a la comunidad LGTBIQ+ en la década de los ochenta.

El autor aprovechó la ira y la frustración que dominaron el movimiento ACT UP y el impacto que le produjo ver sobre el escenario ‘Un corazón normal’ (‘The Normal Heart’) de Larry Kramer para escribir su propia obra activista, que interpretó en su estreno en el Perry Street Theatre de Nueva York en el mes de junio de 1992, unos días antes de su cumpleaños y del aniversario de los disturbios de Stonewall.

‘La noche en que Larry Kramer me besó’ permaneció en escena durante un año entero, lo que la convierte en uno de los monólogos más longevos de la Gran Manzana. Ha sido objeto de medio centenar de montajes en todo el mundo y se ha traducido, entre otros, al francés, griego y portugués. En el año 2000 fue adaptada al cine por Tim Kirkman y protagonizada por el propio autor.

David Drake nació el 27 de junio de 1963 en Edgewood, Maryland. Dramaturgo, director de escena y actor, logró un importante reconocimiento a principios de los noventa por escribir y protagonizar ‘La noche en que Larry Kramer me besó’. Esta obra logró, entre otros, el premio Obie y el Drama-Logue a la mejor interpretación en solitario. Fue también candidata en la categoría de mejor nueva obra en los Lambda Literary Awards. Además de su papel en la adaptación cinematográfica de esta obra, Drake hizo un pequeño papel en ‘Philadelphia’ (1993) de Jonathan Demme, primera película de Hollywood que abordó la epidemia del sida. En la actualidad, trabaja como director artístico del Provincetown Theater.

miércoles, 12 de enero de 2022

#libros #vih #artivismo | Nadie miraba hacia aquí: un ensayo sobre arte y VIH-sida

Nadie miraba hacia aquí: un ensayo sobre arte y VIH-sida / Andrea Galaxina.
Madrid: El Primer Grito, 2022 [01-12].
248 p.

/ ES / Libros / ENS / Act Up / Arte / Artivismo / LGTBI / Queer / VIH-Sida

📘 Ed. impresa: ISBN 9788409369782 / 18,00 €
📝 Cita APA-7: Galaxina, Andrea (2022). Nadie miraba hacia aquí. Un ensayo sobre arte y VIH/sida. El Primer Grito. 
🔓 Ed. digital: Open Access / E-Prints Complutense · UCM / 2022-12-13
https://eprints.ucm.es/id/eprint/75927/

‘Nadie miraba hacia aquí’ es un pequeño ensayo sobre la confluencia entre la última gran epidemia del siglo XX y el arte contemporáneo. Sobre cómo la marginación y el abandono al que fueron sometidas las personas que vivían con VIH/sida desató una corriente de rabia, denuncia y tristeza por la pérdida, que dio como resultado algunas de las obras más profundamente políticas y radicales de la contemporaneidad. Este ensayo es un acercamiento a este corpus artístico, a lxs artistas que lo crearon y a un contexto histórico que cambió para siempre la lucha LGTBIQ+ y el arte contemporáneo.

DOCUMENTACIÓN

>
El arte que salió de la rabia, llenó las paredes y acabó con el silencio sobre el SIDA.

Andrea Galaxina publica 'Nadie miraba hacía aquí, un ensayo sobre arte y VIH' que recoge la historia del activismo artístico y de guerrilla contra esta pandemia y la estigmatización que produjo.
Ángeles Oliva | El Diario, 2022-02-20
https://www.eldiario.es/cultura/arte/arte-salio-rabia-lleno-paredes-acabo-silencio-sida_1_8762175.html
>
El arte que rompió el silencio sobre el sida.

La epidemia de VIH durante los años 80 y 90 manifestó los peores síntomas de un tiempo y una sociedad que ya estaban enfermos. Numerosas propuestas entre el arte y el activismo político denunciaron desde la primera persona y en colectivo las respuestas ofrecidas por las autoridades. Lo hicieron mientras sus autores trataban de sobrevivir.
Jose Durán Rodríguez | El Salto, 2022-02-20
https://www.elsaltodiario.com/arte/el-arte-que-rompio-el-silencio-sobre-el-sida

miércoles, 3 de junio de 2020

#hemeroteca #vih #memoria | Pepe Espaliú y el «carrying» que merecemos

ABC / Acción 'Carrying' en Donostia, 1992-09-26 //

Pepe Espaliú y el «carrying» que merecemos

Hace casi 30 años Espaliú nos alertó de las desigualdades generadas por otra pandemia
Jesús Alcaide | ABC, 2020-06-03
https://www.abc.es/cultura/cultural/abci-pepe-espaliu-y-carrying-merecemos-202006030047_noticia.html 

El 26 de septiembre de 1992, coincidiendo con el Festival de cine de San Sebastián, Pepe Espaliú (1955-1993) daba por finalizado el taller que durante tres meses había realizado en Arteleku con su conocida acción ‘Carrying’. Transportado por parejas, su cuerpo enfermo pasaba de una a otra, entre brazos entrelazados y sin que el suelo tocase sus pies desnudos. No hubo lágrimas, pero si lluvia, pues el ‘Carrying’ quiso convertir el dolor en lucha, y la rabia, en amor.

Como recuerdo de las maneras de gestionar los cuidados a los enfermos de sida en Nueva York por parte de las comunidades queer negras y latinas desde los inicios de la pandemia, Espaliú idea ‘Carrying’ como acción simbólica, una acción en el sida , en la que es transportado (‘carrying’) y, al tiempo, cuidado (‘caring' por una grupo de personas que hacen de muletas de un cuerpo enfermo. Espaliú la realiza como finalización del taller «La voluntad residual. Parábolas del desenlace», en el que, entre otros, había invitado a John Greenberg , de Act Up, para dar una charla. Nombrar el sida, sacarlo a la calle, ocupar los medios, vencer el miedo, organizarse y actuar.

El 1 de diciembre, la acción se repetía en Madrid. Era el ‘Carrying’ de «los famosos», el que ocupó las portadas de los diarios, el que fijó el instante en el que la esposa del presidente del gobierno, Carmen Romero , portaba el cuerpo de Espaliú por las calles de Madrid hasta su entrada en el Museo Reina Sofía. Sólo hubo una parada en el trayecto. Frente al Ministerio de Sanidad, la cadena humana reclamaba que el gobierno actuase y tomase medidas para los que luchaban día a día con una enfermedad que no solo afectaba al cuerpo propio, sino al de toda la sociedad del mal llamado bienestar.

Cuando han pasado más de 25 años, y en un momento de colapso vital a causa del covid-19, han sido muchas las referencias cruzadas que se han intentado realizar entre la realidad de aquella época y la de estos momentos de incertidumbre. Frente a la distancia social, nuevas redes afectivas, y una diferencia fundamental: mientras que los enfermos de sida en los 80 tuvieron que organizarse ante la inoperancia y ocultamiento de la enfermedad por parte de las autoridades sanitarias, en la pandemia actual, es el trabajo humano de la sanidad pública la que está consiguiendo reducir los efectos mortales del virus y combatir con cuidados lo que el material sanitario muchas veces no puede cubrir.

¿Qué nos ha enseñado el ‘Carrying’ en estos años? ¿Cuál es el mensaje que esta acción tiene hoy? ¿Qué puede hacer el arte en un momento en que redes, medios e instituciones nos quieren convertir en puro entretenimiento? ¿Qué se quedó sin hacer? ¿Cuál es -por parafrasear a Crimp- el 'carrying' que merecemos hoy?

Lo que estaba por llegar
Este febrero, en ARCO, dentro del programa ‘It’s Just a Matter of Time’, una de las esculturas homónimas de Espaliú colgaba en el estand de García Galería casi como una presencia premonitoria de algo que estaba por llegar. Allí, la pieza hablaba de aislamiento y enfermedad, de ocultamiento y necesidad del otro . Se apagaron las luces de la feria y a los días fueron las camas, los goteros y respiradores los que ocuparon el lugar.

Hace 25 años, fueron otras luces las que se apagaron. Entre los fuegos artificiales de la Expo'92 y los Juegos de Barcelona, el ‘Carrying’ desvelaba que el sida era más que una simple enfermedad. Decía Espaliú, a propósito del mismo, que el hecho de que el enfermo fuera descalzo tenía que ver con la idea de contagio. «Está aludiendo a algo imposible: cómo estar en el mundo sin tocar el mundo».

Tras los días de confinamiento, ¿vamos a seguir queriendo no estar en el mundo? ¿Van a seguir prohibiéndonos tocar con las manos la piel de otros? ¿Seguiremos proyectando la ficción de un mundo inmune? ¿Qué va a hacer el arte? ¿Seremos la comunidad artística de una vez por todas una comunidad de cuidados? El ‘Carrying’ que merecemos está aún por construir. ¿Seremos capaces de hacerlo?

miércoles, 27 de mayo de 2020

#hemeroteca #inmemoriam | Fallece de neumonía Larry Kramer, dramaturgo y destacado activista del VIH

Imagen: La Vanguardia / Larry Kramer
Fallece de neumonía Larry Kramer, dramaturgo y destacado activista del VIH.
Kramer ha muerto después de haber padecido varias enfermedades durante buena parte de su vida adulta.
EFE | La Vanguardia, 2020-05-27
https://www.lavanguardia.com/cultura/20200527/481429109409/muere-larry-kramer-dramaturgo-autor-activista-vih.html

El dramaturgo y destacado activista del VIH Larry Kramer ha fallecido este miércoles en Manhattan (EE.UU.) a causa de una neumonía a los 84 años, según ha confirmado al New York Times su marido, David Webster. Kramer ha muerto después de haber padecido varias enfermedades durante buena parte de su vida adulta, ya que después de haberse infectado de VIH, contrajo una enfermedad del hígado que llevó a que tuviera que someterse a un exitoso trasplante.

Kramer cofundó en 1981 la organización Gay Men’s Health Crisis (Crisis Sanitaria de los Hombres Homosexuales), la primera que se creó para apoyar a personas contagiadas del virus de inmunodeficiencia humana, aunque más tarde se le echó de la misma por sus agresivas posturas, lo que le llevó a tildar a la entidad como una “triste organización de cobardes”. Después pasó a fundar el grupo Act Up, que organizaba protestas en las calles para exigir un impulso en la investigación de medicamentos para el sida y el fin de la discriminación contra los hombres y mujeres homosexuales, que llegaron a afectar el funcionamiento tanto de las oficinas gubernamentales como de Wall Street.

Al inicio de la década de los 80, fue uno de los primeros activistas en prever que aquella rara dolencia que se creía era una forma de cáncer entre los hombres homosexuales se extendería por todo el mundo como una enfermedad de transmisión sexual.

Uno de los expertos que entendió el mensaje de Kramer fue Anthony Fauci, el director del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas de EE.UU., después de que el escritor le calificara como un “completo idiota” en un artículo publicado en el San Francisco Examiner en 1988. Más tarde ambos se convirtieron en amigos, y Fauci dijo del activista que le ayudó a ver que la burocracia federal de EE.UU. estaba ralentizando la búsqueda de una cura para la enfermedad, y dijo que jugó un papel esencial en el desarrollo de tratamientos que prolongaban la vida de aquellos infectados por el VIH.

Nacido el 25 de junio de 1935 en Bridgeport (Connecticut) Kramer inició su carrera como escritor en Hollywood a los 23 años, en un trabajo como operador de teletipos en Columbia Pictures. Ese puesto le llevó después a perfeccionar los guiones escritos en el estudio. Su primer reconocimiento lo obtuvo como el escritor de diálogo de ‘Here We Go Round the Mulberry Bush’, una olvidada comedia sexual de adolescentes de 1968 y, al año siguiente, recibió una nominación a un Oscar por ‘Women We Love’, su adaptación de la novela de D.H. Lawrence.

Desde los primeros años de su trayectoria profesional, Kramer quiso explorar lo que significaba ser gay en EE.UU., lo que le llevó desde Hollywood a Nueva York, donde se estrenó con la obra de teatro ‘Sissies’ Scrapbook’ (1973) sobre un cuarteto de amigos, de los que uno era abiertamente homosexual. Más tarde, profundizó en el asunto en su primera novela, ‘Faggots’ (1978), cuyo protagonista basó en su propia persona y en el mundo del sexo, drogas y fiestas que predominaba por aquel entonces en la Gran Manzana, lo que fue recibido con rechazo por la comunidad gay.

Kramer escribió una de sus obras más destacadas ‘The Normal Heart’, en 1983, poco después de haber sido expulsado de ‘Gay Men’s Health Crisis’, cuando, inspirado por una visita al campo de concentración de Dachau, decidió contar el inicio de la crisis del sida a través de la vida de varios personajes afectados por la enfermedad. ‘The Normal Heart’ volvió a Broadway en 2011 en una nueva versión protagonizada por Joe Mantello y John Benjamin Hickey que ganó tres premios Tony, y después fue llevado a la televisión en 2014 por HBO bajo la dirección de Ryan Murphy y con la actuación de Mark Ruffalo, Matthew Bomer y Julia Roberts.

martes, 25 de febrero de 2020

#hemeroteca #arte #sida #memoria | Un virus en la institución: por qué el arte vuelve al sida

Imagen: El País / 'Ignorance = Fear', de Keith Haring (1989)
Un virus en la institución: por qué el arte vuelve al sida.
El homenaje de Arco a Félix González-Torres demuestra el creciente interés que museos e instituciones (y, ahora, también el mercado) demuestran por los años de la epidemia.
Álex Vicente | El país, 2020-02-25
https://elpais.com/cultura/2020/02/24/babelia/1582564844_427444.html

“Quiero ser un virus en la institución”, anunció Félix González-Torres en 1994, durante una conversación con el artista estadounidense Joseph Kosuth. “Todos los aparatos ideológicos se están replicando porque es así como funciona la cultura. Si funciono como un virus, un impostor, un elemento infiltrado, podré replicarme con estas instituciones”. En tres frases escasas, el artista cubano sentaba las bases de su práctica artística, pero también de su proyecto político. Uno de sus correligionarios en el Nueva York de los ochenta, Keith Haring –que nació un año después y murió seis antes que él, víctima de la misma enfermedad—, funcionaba, pese a las diferencias de forma, de una manera casi idéntica: adoptando los códigos gráficos del mundo capitalista para inocular en él ideas susceptibles de destruir su dogma blanco y heterosexual. Cada dólar gastado en los productos derivados que reutilizan los motivos de sus obras supone una victoria para su causa.

El homenaje a González-Torres que le dedica ahora Arco, que arranca mañana en Madrid, es sintomático del creciente interés que las instituciones –y, ahora, también el mercado— demuestran por una generación de creadores que, mientras el sida hacía estragos, cambiaron la manera de hacer arte y activismo político. En los últimos tiempos, los nombres de artistas como Nan Goldin, David Wojnarowicz, Mark Morrisroe, Dana Wyse o Zoe Leonard –que exigía “una persona con sida de presidenta” en una obra firmada en 1992— se han vuelto omnipresentes en museos y bienales de todo el mundo, a la vez que el legado de colectivos como General Idea o Group Material, que forzaron la conversión de los museos en espacios para el debate y el pensamiento, parecía cada vez más relevante en el contexto actual.

“No es una simple moda, sino una puesta al día, que sigue el paso de la cultura popular, donde la cuestión está más avanzada que en los museos. Siempre ha habido exposiciones sobre el sida, pero ha hecho falta un salto de generación para ver las cosas con perspectiva”, analiza la crítica de arte francesa Élisabeth Lebovici, que acaba de publicar 'Sida' (Arcàdia), que reúne sus ensayos sobre esta cuestión. La autora lleva años indagando en la relación entre el arte de los ochenta y noventa y las distintas formas de militancia que surgieron durante la epidemia. “Los activistas de la época fueron a buscar herramientas en el arte conceptual. Por eso, la lucha contra el sida empezó a usar la fotocopia, la instalación y la ‘performance’, produciendo una contracultura que se oponía a la representación mediática del enfermo de sida como un ser monstruoso”, señala Lebovici. El más conocido de todos fue el llamado ‘die-in’, variante del ‘sit-in’ de los ‘hippies’ que popularizó la organización Act Up. Los manifestantes se tumbaban en el espacio público y simulaban estar muertos, en una puesta en escena simbólica de las defunciones masivas que tenían lugar ante la indiferencia general.

Los museos y los investigadores llevan años regresando a este turbulento periodo y corrigiendo su deficiente representación. En 2015, una exposición itinerante, ‘Art AIDS America’, lanzó una mirada sobre la época en Nueva York y Los Ángeles. Pero, por bienintencionada que fuese, la iniciativa levantó protestas, recordando el difícil encaje de estas radicales propuestas en un contexto institucional: un colectivo organizó un 'die-in' en las salas de la muestra para protestar contra la ausencia de artistas negros, que consideraban sistemática en las instituciones del arte. En 2018, sucedió algo similar con una gran retrospectiva dedicada a David Wojnarowicz, que luego recaló en el Museo Reina Sofía de Madrid. Durante su paso por Nueva York, la muestra no gustó a Act Up, en la que militó el mismo Wojnarowicz, que murió de sida en 1992. La asociación acusó al museo de inscribir la epidemia del VIH en un pasado lejano y de no reconocer que seguía matando, mientras que la revista especializada ‘Frieze’ denunció que la muestra vehiculaba una versión “saneada” y “digerible” de la obra de Wojnarowicz, azote de la sociedad estadounidense que llegó a tildar a sus compatriotas de “esvásticas andantes”. ¿Era correcto hacer entrar en el canon occidental a un artista que escupía sobre él?

Los ejemplos abundan. Dos muestras recientes en Nueva York y Berlín han rescatado la figura del artista y director teatral Reza Abdoh, iraní establecido en Los Ángeles que murió en 1995 por complicaciones ligadas al sida. Al mismo tiempo, ‘Ángeles en América’, la obra que Tony Kushner estrenó en 1991, regresaba a Broadway, protagonizada por una estrella como Andrew Garfield. La Comédie Française de París, el gran templo del teatro público que fundó Luis XIV en 1680, acaba de incorporar ese texto a su repertorio, con un montaje del director Arnaud Desplechin. Mientras tanto, en Bruselas, el museo Bozar propone una retrospectiva dedicada a Keith Haring que presta atención a ese compromiso político que el ‘merchandising’ ha logrado disimular.

En España, existe la iniciativa del Anarchivo Sida, ambicioso proyecto de investigación que recopila prácticas artísticas y experiencias colectivas relacionadas con el VIH, atendiendo al espacio geográfico no anglosajón, a cargo del Equipo Re, formado por Aimar Arriola, Linda Valdés y Nancy Garín. El resultado ha sido visto, entre otros lugares, en centros como el Macba, en Barcelona, donde el proyecto se expuso en 2018 y 2019. "En nuestro proyecto museográfico figura la idea de releer la década de los noventa e introducirla en la narrativa del museo, que hasta hace poco estaba anclada en los setenta", explica el jefe de programas del Macba, Pablo Martínez. "Cuando se analiza ese momento histórico, es imposible no entender que el sida fue un acontecimiento fundamental, que afectó no solo a los artistas como individuos, sino también a sus formas de hacer. La crisis del sida reclamó una concurrencia pública del arte, un compromiso claro ante un conflicto concreto". Además, el genio individual y las prácticas en primera persona regresaron contra pronóstico, invalidando la muerte del autor enunciada por Roland Barthes y Michel Foucault. "Vuelve el yo, aunque sea un yo distinto al de antes. Ya no se puede entender como una entidad individual o atada al sujeto", añade Martínez.

Lebovici coincide en que esa primera persona fue "un yo plenamente político, como demuestran los casos de Wojnarowicz o González-Torres". A esta especialista, la presencia estelar de este último en Arco no le supone un problema, pero sí le genera ciertas dudas. "Nunca dijo que no quisiera vender su trabajo, pero puso condiciones drásticas: él no vendía bienes ni objetos, sino posibilidades", señala la crítica de arte. Es decir, las características de sus relojes de pared o el número de caramelos necesarios para recrear una de sus obras, pero nunca la instalación en sí. "Cuando esa potencialidad se reserva a quienes tienen el poder de comprar esas obras –es decir, un círculo reducido de coleccionistas e instituciones muy ricas— se produce una contradicción respecto a su concepción del arte", apunta Lebovici. Para Martínez, si el sida se infiltra incluso en una feria como Arco es porque nuestra época no es tan distinta a la que se enfrentó a aquella epidemia desbocada. "La era de la expansión del sida coincide con un momento ultraconservador, el del thatcherismo y el reaganismo, cuando se atacan los avances de las mujeres y los de las minorías negras y homosexuales. Hoy vuelven a estar en peligro las identidades subalternas", concluye. Y las lecciones de aquel tiempo remoto siguen siendo útiles.

domingo, 26 de mayo de 2019

#hemeroteca #arte #sida | Siguen las guerras culturales y del sida: David Wojnarowicz llega al Reina Sofía

Imagen: Vanity Fair / David Wojnarowicz
Siguen las guerras culturales y del sida: David Wojnarowicz llega al Reina Sofía.
Este artista y activista fue uno de los protagonistas del entorno cultural del East Village, en Nueva York. Aunque falleció con 38 años le dio tiempo convertirse en uno de los autores de referencia de su época.
Ianko López | Vanity Fair, 2019-05-26
https://www.revistavanityfair.es/cultura/articulos/llega-a-madrid-david-wojnarowicz-el-artista-y-activista-victima-del-sida/38370

Cuando el verano pasado se inauguraba en el Whitney Museum de Nueva York la exposición “David Wojnarowicz: History Keeps Me Awake at Night” la crítica alabó su calidad y relevancia, pero también hubo polémica. Para muchos era vital que al abordar la figura de David Wojnarowicz (1954-1992) se tuviera en cuenta que no solo fue un artista plástico, sino un activo militante por los derechos LGTBI y contra el sida, la pandemia que acabó segando su vida. Miembros de la organización ACT UP, dedicada a llamar la atención sobre el sida y promover los avances necesarios para su erradicación, llegaron a protestar ante las puertas del museo.

Bajo su perspectiva, la exposición incidía tanto en el retrato de un determinado lugar y tiempo –el barrio del East Village neoyorquino de finales de los 70 a principios de los 90- que parecía deducirse la idea de que la crisis del sida es hoy materia de historiadores más que de científicos y políticos, es decir, una cuestión del pasado: “El sida no es historia”, afirmaban en un manifiesto.

”La crisis del sida no murió con David Wojnarowicz. Cuando hablamos del VIH/sida sin admitir que aún hay una epidemia, la crisis continúa tranquilamente y la gente sigue muriendo”. El Whitney dio por concluida la cuestión incluyendo en la muestra una etiqueta adhesiva que reconocía la contribución de ACT UP a la lucha contra la enfermedad y sus consecuencias.

La exposición llega ahora al Reina Sofía (desde el 29 de mayo) con el mismo título (“La historia me quita el sueño”) y los mismos comisarios, David Breslin y David Kiehl, lo que hace pensar que se mantendrá el enfoque original. Pocos dudan de que se trata de uno de los eventos culturales de mayor calidad en esta temporada en Madrid, pero también se constata la expectación por comprobar si se reproducen las críticas recibidas en la versión neoyorquina.

David Wojnarowicz nació en New Jersey en 1954, en una familia disfuncional. Su padre, Ed, tripulante en embarcaciones de pasajeros, era un hombre alcohólico y violento y maltrataba a la madre y a los tres hermanos. Es conocida la anécdota de que en una ocasión les sirvió para cenar el conejo que hasta entonces había sido su mascota doméstica. David se trasladó con su madre a Nueva York, pero siendo aún adolescente se independizó para empezar una nueva vida que pasaba por ganarse el sustento en las calles. Se acostumbró a balancearse al borde del abismo vendiendo su cuerpo en los piers del este de Manhattan, mientras comenzaba a desarrollar un trabajo como escritor y artista plástico. Cantó en un grupo musical llamado 3 Teens Kill 4 (“Tres adolescentes asesinan a cuatro personas”), nombre que reproducía irónicamente un titular sensacionalista del New York Post. También trabajó como chico para todo en Danceteria, el mítico night club donde además de pincharse música se proyectaban vídeos, entonces una novedad. Con las experiencias recogidas en aquellos días (y noches) publicó un libro titulado “The Watefront Journals”, compuesto por una serie de monólogos de los personajes marginales con los que se cruzó.

Tras un breve viaje a París para visitar a su hermana Pat, que se había mudado a Francia, tomó contacto con la figura del poeta simbolista del siglo XIX Arthur Rimbaud, prototipo del artista maldito de vida breve y vertiginosa. De vuelta a Nueva York, a finales de los 70 realizó 'Rimbaud in New York', una serie fotográfica en la que varios de sus conocidos posaban realizando distintas actividades cotidianas en distintos entornos de la ciudad y con el rostro cubierto por una máscara de Rimbaud, como doble retrato íntimo y social, colectivo e individual, en el que el rostro del poeta francés le servía al mismo tiempo de disfraz y espejo.

En 1980 conoció a otra persona fundamental en su formación artística y emocional, el fotógrafo Peter Hujar. Era forzoso que de aquel encuentro surgieran chispas. Ambos compartían un historial de maltrato infantil y una irrupción precoz y conflictiva en la vida adulta. Pero Hujar tenía veinte años más, y había participado en 1969 en las revueltas por los derechos de la comunidad homosexual de Stonewall, por lo que poseía un robusto carnet de militancia. Además, había estudiado con el maestro de la foto de moda Richard Avedon y trabajado para publicaciones mainstream como GQ y Harper’s Bazaar antes de dedicarse en exclusiva a la fotografía artística.

Hujar vio en Wojnarowicz potencial como artista plástico, y fue él quien le convenció para que se aplicara en el dibujo y la pintura en lugar de centrarse en su vocación original como escritor. Que al inicio ambos se implicaran en una relación erótico-sentimental puede entenderse como una etapa breve y necesaria hacia una relación más compleja, que los convertía al mismo tiempo en amigos, hermanos, padre e hijo. El arte de Hujar, más estático y plásticamente sofisticado, tendía pese a su superficie moderna al pictoricismo de maestros como Avedon o Horst P. Horst, mientas el arte radical de Wojnarowicz resultaba más “sucio” estéticamente y performativo en su desarrollo.

Gracias a una dinámica escena creativa y a la abundancia de edificios abandonados, en aquellos días el East Village se convirtió en el nuevo SoHo: donde antes no se registraba más vitalidad que la de los siempre boyantes negocios de la droga y la prostitución, ahora (también) abrían galerías de arte y espacios alternativos. A la espera de la explosión gentrificadora por llegar, una comunidad de artistas hacían la guerra por su cuenta, lo que incluía nombres como Keith Haring, Nan Goldin, Jenny Holzer o Jean-Michel Basquiat.

En una breve visita a Madrid el año pasado con motivo de la exposición que la Fundación Loewe dedicó a las fotografías de Hujar y Wojnarowicz, la escritora Fran Lebowitz, amiga de los artistas, rememoraba el frenesí de aquellos días y bromeaba sobre la escasa importancia que entonces daba al trabajo de sus compañeros: “No paraban de regalarme sus obras. Llegó un momento que no me cabían en la basura, tenía que saltar encima del cubo para que entraran” (en una reciente subasta se vendían obras de Wojnarowicz por precios que se acercaban al millón de dólares).

Pero por aquel entonces empezaban a librarse dos grandes batallas cuyo fragor arrasó especialmente en aquel entorno. La primera tienen de hecho nombre de contienda militar: las llamadas guerras culturales enfrentaban al establishment conservador (la administración Reagan comenzaba en 1981) con el sector de los creadores, a menudo irreverentes en su enfoque cuestiones políticas y religiosas (recordemos el caso del Piss Christ de Andrés Serrano).

La segunda ofensiva a la que tuvo que hacer frente fue al estallido de la crisis del sida. En 1987, Hujar fallecería como consecuencia de complicaciones derivadas de la infección. Ese mismo año le esperaba el diagnóstico positivo al propio Wojnarowicz. Pero también era aquel el año en que se creaba la organización ACT UP, dedicada a llamar la atención sobre la pandemia y promover los avances necesarios para su erradicación, a la que Wojnarowicz se adscribió rápidamente. En los años siguientes combinó este activismo con un intenso proceso creativo, de manera que de algún modo ambas cosas –y su propia vida- se convirtieron en una misma. En ese tiempo realizó algunas de sus mejores obras, como el foto-collage 'One Day, This Kid'. En él vemos una imagen de él siendo niño –un niño de rasgos irregulares y poco clásicos, que parece anticipar al hombre que surgirá de él pero que en su sonrisa aún conserva una ingenuidad inconmovible- plantado ante un texto que afirma:

“Un día, este niño llegará a un punto en el que sentirá una división que no es matemática. Un día, este niño sentirá algo despertarse en su corazón, en su garganta, en su boca (...). Un día, este niño hará algo que provocará que los hombres que utilizan los uniformes de sacerdotes y rabinos, hombres que habitan ciertos edificios de piedra, exijan su muerte. Un día los políticos aprobarán legislación contra este niño (...) Todo esto empezará en uno o dos años, cuando descubra que desea situar su cuerpo desnudo sobre el cuerpo desnudo de otro chico”.

Wojnarowicz falleció en 1992, con 37 años. La misma edad a la que, casi un siglo exacto antes, lo había hecho Arthur Rimbaud.

Manuel Borja Villel, director del Museo Reina Sofía, resume a ‘Vanity Fair’ la importancia artística de Wojnarowicz: “Aunque con demasiada frecuencia se circunscribe su trabajo a un determinado contexto histórico de Estados Unidos, su obra es intemporal y resulta de enorme actualidad porque se instala en la tradición filosófica de la investigación y la defensa de las nociones de justicia e injusticia. Su labor artística y su activismo sirvieron para cuestionar un poder arbitrario y excluyente y para realizar una lúcida y cruda denuncia social y política del momento que le tocó vivir, y que a día de hoy sigue siendo completamente válida más allá de cualquier forma”.

Al hilo de la reflexión de Borja Villel, apuntemos que muchas de las cosas que consideramos parte del pasado siguen sucediendo hoy en día, o al menos extienden sus implicaciones al presente. Como sabemos, la crisis del sida no ha dejado de arreciar, aunque el número de víctimas no se acerque al de sus terribles inicios. Y las guerras culturales tampoco nos quedan tan lejos: en 2010, la National Portrait Gallery del Smithsonian en Washington cedió a las protestas de organizaciones católicas y retiró de una exposición temporal un vídeo de David Wojnarowicz llamado ‘A Fire in My Belly’ en el que se incluía un crucifijo recorrido por hormigas. Ir a ver ‘David Wojnarowicz. La historia me quita el sueño’ es un buen modo de recordar de dónde venimos y sobre todo dónde estamos ahora.

lunes, 22 de enero de 2018

#hemeroteca #cine #vih | Robin Campillo, cineasta: «Los musulmanes son los nuevos maricones»

Imagen: Google Imágenes / Robin Campillo
Robin Campillo, cineasta: «Los musulmanes son los nuevos maricones»
El virus de la inmunodeficiencia humana, en pantalla.
Nando Salvá | El Periódico, 2018-01-22
http://www.elperiodicodearagon.com/noticias/escenarios/los-musulmanes-son-nuevos-maricones_1258283.html

La tercera película de Robin Campillo, '120 pulsaciones por minuto', recuerda los primeros años de la epidemia del sida en Francia recreando las luchas de Act Up Paris, un grupo de activistas que usaron métodos de guerrilla para dar visibilidad y lograr una mayor implicación del Gobierno y las farmacéuticas en la lucha contra la enfermedad. Tras obtener el Premio Especial del Jurado en Cannes, la película acaba de estrenarse en nuestro país.

–¿Hasta qué punto es autobiográfica su película?
–Esencialmente, es la historia de mi juventud. Yo acababa de entrar en la escuela de cine cuando las primeras imágenes de la crisis del sida en Estados Unidos empezaron a aparecer en la prensa francesa a principios de la década de los 80. Esas imágenes brutales y esos titulares que anunciaban cómo los homosexuales serían barridos por el virus me dejaron totalmente paralizado por el miedo. De repente, el cine me pareció algo trivial. Después de todo, los directores que yo siempre había admirado, como Robert Bresson y François Truffaut, jamás se habían preocupado por asuntos como virus y enfermedades.

–¿Cómo reaccionó ante ese miedo?
–Me borré de la vida, por decirlo de alguna manera. Dejé de tener relaciones sexuales por miedo al contagio, incluso dejé de ver a mis amigos. Perdí mi juventud, mientras me llegaban noticias de gente cercana a mí que caía enferma. Afortunadamente, en 1992 entré en Act Up y poco a poco fui recuperando mi ánimo y mi espíritu creativo. Dejé de ser una víctima. La vergüenza de ser gay había sido reemplazada por la vergüenza de estar enfermo, pero gracias a Act Up y otros grupos el orgullo volvió a imponerse entre nuestra comunidad.

–La película habla de tragedia y muerte, pero está llena de humor y alegría de vivir.
–Éramos gente joven y nos estábamos muriendo, y lo que nos empujaba a luchar por sobrevivir no era la promesa de una familia y un trabajo, sino el placer del sexo y la música y las drogas y todo eso. Teníamos un gran espíritu hedonista que es inconfundiblemente gay, y que yo he querido reflejar en la película.

–¿Es un homenaje a los amigos que fueron víctimas y murieron?
–Sinceramente, me interesa más la gente que sobrevivió. Muchos seropositivos se volcaron en la lucha contra la enfermedad y en Act Up, y sus carreras quedaron en suspenso. Hoy en día muchos viven existencias precarias, algunos siguen sometidos a la medicación. Lo que más me emociona es todo lo que esa gente ha perdido. Si te preocupas demasiado por aquellos que murieron, te olvidas de los que siguen vivos.

–¿Sigue vinculado al activismo?
–Estoy bastante desconectado. En general, los movimientos políticos eran mucho más poderosos en los 90. Entonces no había internet, y para hacer ruido y crear confrontación había que salir a la calle. Hoy la gente se contenta con ponerse agresiva en Twitter. En la actualidad, la sociedad ha renunciado a la lucha política.

–¿No cree que se ha dado al sida por muerto antes de tiempo? Después de todo, siguen dándose casos.
–Y están aumentando en número, de hecho. Por eso me parece grotesco que la juventud esté dejando de usar el condón en sus relaciones sexuales. A nosotros los condones nos cambiaron la vida; gracias a ellos recuperamos nuestra vida sexual y nuestra alegría. Nunca me han gustado, pero los he usado siempre. Y comprendo el deseo de los jóvenes de tener sexo sin usarlos, pero me da miedo que piensen que están protegidos por arte de magia. Sinceramente, creo que las campañas de prevención deberían volver a activarse, al menos en mi país.

–¿Cómo describiría la evolución de la imagen que la sociedad tiene de la enfermedad?
–Cuando presentamos la película en el festival de Cannes, tuvimos la sensación de que todo el mundo se esforzaba por dejar claro lo mucho que apoyaba a Act Up. Era como si todos quisieran demostrar su implicación con la causa. Como si todos los franceses hubieran estado en Act Up del mismo modo que todos los franceses habían estado en la resistencia en la segunda guerra mundial. Mentira. En su día se nos despreciaba y se nos llamaba «maricones de mierda» en las calles. Es solo que ahora han encontrado un nuevo enemigo, la religión. Los musulmanes son los nuevos maricones.

sábado, 20 de enero de 2018

#hemeroteca #cine #vih | Robin Campillo: "Decidimos convertirnos en diablos, en maricas malos, y acabar con la ley del silencio del SIDA"

Imagen: Público / Robin Campillo
Robin Campillo: "Decidimos convertirnos en diablos, en maricas malos, y acabar con la ley del silencio del SIDA".
El cineasta recupera la memoria de la lucha contra el SIDA de los 90 en Francia en '120 pulsaciones por minuto', película política, combativa y, al mismo tiempo, humanista, poética, emocionante y con momentos de gran cine. Se alzó con el Gran Premio del Jurado en Cannes.
Begoña Piña | Público, 2018-01-20
http://www.publico.es/sociedad/120-pulsaciones-robin-campillo-decidimos-convertirnos-diablos-maricas-malos-acabar-ley-silencio-sida.html

"Me retiré de la vida. En 1983 dejé de tener relaciones sexuales, tenía miedo. No tenía idea de si estaba infectado o no. Muchos de mis amigos enfermaron. Viví una pesadilla". Son confesiones, del cineasta Robin Campillo, recordando los años más crueles y bárbaros del SIDA en Europa, un tiempo en el que empezó a pensar en hacer una película donde capturar "esa sensación de no estar muerto, pero de no estar completamente vivo". El resultado, '120 pulsaciones por minuto', una película combativa, política, tierna y con momentos de gran cine, ha llegado después de tres décadas. Y conmociona.

Gran Premio del Jurado en el Festival de Cannes, esta historia recupera la memoria perdida de la lucha contra el SIDA, pero, sobre todo, desde y para la mirada de este siglo XXI, rescata la liberación de pertenecer a "un colectivo feliz, aunque fuera muy duro porque la gente estaba muriendo". Activismo, movimientos asociativos, solidaridad y lucha, para tiempos muy difíciles, que Campillo retrata casi desde el tono documental al tiempo que utiliza el más hermoso lirismo para contar una historia de amor, para transmitir el dolor, la fatiga de la enfermedad, el miedo.

'120 pulsaciones por minuto', que participó en el Festival de San Sebastián en su Sección Perlas, narra el nacimiento del colectivo Act-Up en París, dos años después de su fundación en Nueva York en 1987. Colectivo de acción directa, se convirtió en una auténtica revolución, con sus miembros paseando por las calles carros con montañas de 'supuestos' cadáveres. En él sus miembros dejaron de ser víctimas y se transformaron en enérgicos luchadores. "Decidimos convertirnos en diablos, en maricas malos, y acabar con la ley del silencio del SIDA". La honestidad de Campillo, protagonista directo de aquello, y la humanidad casi invencible que transmite el actor Nahuel Pérez Biscayart (en el papel de Sean Dalmazo) reflejan lo grande y urgente de esta tragedia desde el mejor cine.

P. La película nace de su propia experiencia, pero los recuerdos se convierten en una especie de ficción con el tiempo, ¿cómo rememora ahora las sensaciones de entonces?
R. Recuerdo que estábamos muy enfadados por el silencio que había alrededor del SIDA, de los enfermos, del tratamiento… y me uní a Act-Up por esa rabia que tenía, como la mayoría, infectados o no. Decidimos convertirnos en diablos, en maricas malos, y acabar con la ley del silencio del SIDA. No queríamos ser víctimas y lo que menos nos importaba en ese momento era dar buena imagen de la homosexualidad.

P. Act Up en Francia tuvo muchísima fuerza…
R. En Francia ha sido el último movimiento político que ha expresado algo diferente. Con Act Up por primera vez unos enfermos transformaron la enfermedad en un objeto político. El movimiento es contestatario porque es muy legítimo, por eso tuvo una fuerza increíble, es lo mismo que pasa con el aborto. Las personas del movimiento no tenían tiempo, estaban débiles, aquello era una emergencia, pero también dio mucha fuerza. Para todos fue una lucha política muy poderosa y personal.

P. La dimensión política de la película ¿qué mensaje transmite al espectador de hoy?
R. La biopolítica de los activistas contra el SIDA tiene relación con la revolución de las comunas de 1948, con las últimas revoluciones del siglo XX. No es lo mismo defender los derechos de los animales que la lucha de las mujeres por el derecho al aborto, Act Up era como ésta última. No se trata de defender una causa, es una lucha. Por cierto, que en la película quiero mostrar la energía de las mujeres que participaron en el movimiento, lideraron el grupo, organizaron muchísimas acciones. Por supuesto, cometimos errores y eso también está en la historia. Se luchaba contra el SIDA y contra la moral intolerante. Hoy en Francia hay racismo por todas partes, violencia policial, hay una irrupción de la política rápida. Es un país reaccionario y ese fondo reaccionario ha estado siempre y siempre ha tropezado con la revolución de pensamiento de los movimientos sociales. Europa y Occidente están bastante apagados hoy. Necesitamos acción.

P. ¿Hay que reactivar el movimiento asociativo?
R. Al comienzo de Act Up, Didier Lestrade, uno de sus fundadores, explicó que tardaron seis meses en crear las bases del grupo. "Todos estos gais juntos, ¿cómo vamos a hacerlo?" Eso no era lo que más me interesaba en la película. Ahora, mucha gente joven cuando ve la película se emociona con la causa política, pero me doy cuenta de que necesitan un motivo. Si no necesitas luchar de un modo vital… Muchos jóvenes no conocen siquiera Act Up.

P. La película viaja entre lo colectivo y lo individual. ¿Ha sido complicado conseguir el equilibrio entre ambos?
R. Me ha dado mucho trabajo. Hice primero un guion de toda la primera parte, definí el elemento espacio tiempo, el anfiteatro blanco donde se crean las ideas, donde se reúne el colectivo. Toda esa gente hablando de las cosas que se podían hacer, de las acciones que iban a llevar a cabo… y eso tenía que mezclarlo con escenas con una atmósfera casi onírica. Estaban las ideas, el colectivo, pero también la discoteca, la fiesta, el lugar donde bailan, donde están fuera del mundo… Es como la vida, tenemos percepciones diferentes en distintos momentos. Tenía que conseguir la libertad de ir de un personaje a otro y comprender quién estaba en el centro en cada escena.

P. Parte del compromiso de la historia es con el dolor, con la enfermedad, con la soledad…
R. En la película enseño algunas partes de la enfermedad. Hubo personas que me advirtieron de que podría haber sido cine gore si me pasaba en esto. Esta enfermedad debilita a los enfermos, los afea y la pérdida de fuerza es lo peor. Todavía lloro al ver el cuerpo muerto de Sean (el personaje). Él asume esa fatiga que es terrible, la enfermedad. Con ello trato de enseñar lo terrible que es el fin de la vida, el dolor, la fatiga… Cuando estaba rodándolo me recordó a mi madre enferma y a los momentos de dolor interminables. Ella murió unos meses antes del rodaje y en el hospital, al mirarla, me acordaba de los amigos muertos en aquella época. Eso me revolvió mucho y volví a ese momento. Era importante reflejar la soledad del personaje central en la última fase.

P. Sean en el hospital, donde usted ha rodado una tierna, emocionante y maravillosa escena sexual. ¿Qué quiere contar?
R. Esa escena ha variado mucho, era más pornográfica al principio, aunque solo se iban a ver las caras de los actores. Lo que quería transmitir no era el sexo, sino que quería que el espectador se diera cuenta de que esa iba a ser la última vez que Sean iba a tener sexo. Me enternece mucho, Sean intenta masturbarse y no lo consigue. El de su amigo es un gesto de amor. Es muy dulce. Sean acaba emocionado y llorando y eso no era parte del guion, fue la reacción de Nahuel y de otros del equipo.

jueves, 18 de enero de 2018

#hemeroteca #vih #cine | ¡A las barricadas!

Imagen: El País / Fotograma de '120 pulsaciones por minuto'
¡A las barricadas!
Implacable, rigurosa, respetuosa, crítica, palpable y verdadera, la película abarca todos los ámbitos
Javier Ocaña | El País, 2018-01-18
https://elpais.com/cultura/2018/01/18/actualidad/1516298176_468824.html

La historia de la humanidad, centrada habitualmente en las grandes guerras, en los conflictos masivos, también está constituida por el estudio de los procesos sociales, de las pequeñas grandes revoluciones, transformadoras del presente y del futuro de los seres humanos y de sus sociedades. Esos gestos alejados de los estadistas, y agitadores del poder establecido, que acaban conformando verdaderas mutaciones y que, vistos en perspectiva, en su contexto y con un análisis objetivo de sus certezas y de sus complejidades, quedan articulados como materia de conocimiento.

Resulta sorprendente que en una misma semana se estrenen dos películas radicalmente opuestas en sus modos cinematográficos, aunque ambas formidables, y que puedan verse como objeto del saber, como gestos sociales individuales o de grupo relativamente pequeño, no demasiado lejanos en el tiempo, que es necesario analizar y conocer: la estadounidense ‘Los archivos del Pentágono’, sobre la libertad de prensa, y la francesa ‘120 pulsaciones por minuto’, sobre la lucha de la comunidad homosexual por evitar un desastre humano por la enfermedad del sida.

Centrándonos ya en ‘120 pulsaciones por minuto’, su director y guionista, el interesantísimo Robin Campillo, articula su película alrededor del movimiento Act-up París, con sus reivindicaciones sociales y médicas ante la pasividad de los poderes políticos, farmacéuticos y religiosos, en el cambio entre la década de los 80 y la de los 90. Implacable, rigurosa, respetuosa, crítica, palpable y verdadera, la película abarca todos los ámbitos. El activismo social, la crítica a las grandes empresas médicas y al gobierno de Mitterrand, con sus briosas reuniones, narradas casi en modo documental, a la manera de lo que hizo Laurent Cantet en ‘La clase’ (2008), coescrita no por casualidad por el propio Campillo. El retrato personal, individualizado; el amor, el deseo, la existencia en común, la emoción de vivir. El comportamiento sexual, esencial en este caso, explícito, sin cortapisas pero sin gratuidades, enérgico, a veces elegante, a veces abrupto, incluso con una mirada clave de uno de los protagonistas hacia la cámara, interpelando al espectador sobre su conducta. La vida familiar, con dos madres tan distintas, pero tan madres ambas, cada una en su estilo. El divertimento, las risas, el jolgorio, la amistad, la aventura. El dolor de la enfermedad, su inclemente avance, la tortura física, el rechazo social. Y, por supuesto, la muerte, con toda su crudeza.

Y todo ello con una mirada auténticamente personal, pero mostrando todas las aristas del problema, las desavenencias entre el grupo, sus excesos, los distintos modos de actuación, como en toda revolución. Y eludiendo las formas únicas del ‘cinéma vérité’, para abrazar también los detalles de estilo, los ralentís, los parones de sonido, el onirismo de un Sena ensangrentado, los interludios con música electrónica a todo trapo.

‘120 pulsaciones por minuto’ es una obra histórica, política y social. Pero no es solo un tratado. Es, al fin y al cabo, y fundamentalmente, una película. Una enorme película.

lunes, 8 de enero de 2018

#hemeroteca #vih #cine | Por qué es tan importante esta película para que no nos olvidemos del sida

Imagen: El País / Fotograma de '120 pulsaciones por minuto'
Por qué es tan importante esta película para que no nos olvidemos del sida.
'120 pulsaciones por minuto', de Robin Campillo, es una obra política, que también contiene una dolorosa y delicadísima historia de amor.
Beatriz Martínez | El País, 2018-01-08
https://elpais.com/elpais/2018/01/05/tentaciones/1515142738_376562.html

París, principios de los años noventa. En las discotecas se bailaba a ritmo de Jimmy Somerville mientras François Mitterrand presidía la República. La epidemia de sida era ya una terrible realidad que asolaba no solo al colectivo gay, sino que poco a poco se iba introduciendo en todas las esferas de la sociedad. Pero el Gobierno continuaba dándole la espalda, las compañías farmacéuticas no se mostraban colaborativas ante los avances que se iban produciendo en el campo científico y todavía existían muchos prejuicios hacia los enfermos que se encontraban marcados y estigmatizados en una sociedad que necesitaba tomar urgentemente conciencia. El sida no era solo cosa de gais, prostitutas e inmigrantes, como quería dar a entender el sector más reaccionario de la población. Se había convertido en una cuestión de salud pública. Y había que tomar partido de manera urgente.

Así surgió a finales de los ochenta la asociación militante Act Up. Su misión, luchar desde diferentes frentes para llamar la atención sobre los peligros de la enfermedad, entre ellos, que el Estado creara medidas preventivas contra el sida, así como denunciar la marginación a la que se veía sometido el colectivo homosexual, el de las prostitutas o los inmigrantes por parte de la sociedad y la falsa moral burguesa.

Siempre tuvieron claro que la única vía posible para hacerse escuchar era la del activismo más indómito y la provocación. No era momento de sentarse solo a debatir, había que salir a la calle y emprender acciones que tuvieran una repercusión no solo mediática, sino también social. Por eso su campo de acción abarcaba desde la presión a las farmacéuticas hasta el intento de introducir en las escuelas un plan de educación sexual. Pasando, claro está, por las imprescindibles manifestaciones callejeras para reclamar una serie de derechos que hasta el momento se encontraban silenciados.

Por aquella época un joven Robin Campillo ingresaba en Act Up-París. No podía permanecer indiferente sobre lo que estaba ocurriendo a su alrededor. Necesitaba información, saber de verdad qué estaba pasando, tomar partido y unirse a la causa. Era un momento de mucho miedo. Como él mismo ha declarado, la sensación en el ambiente era que todos iban a morir, que todos se infectarían, que nadie escaparía a la pandemia. Por eso la unión era tan importante.

Ese espíritu al mismo tiempo de guerrilla y de comunidad, de lucha y de camaradería está presente en ‘120 pulsaciones por minuto’, que se estrena el próximo 19 de enero. La película en la que el director vierte todas sus experiencias de juventud no solo para narrar desde un punto de vista pretérito lo importantes que fueron los inicios de la lucha contra el sida sino para certificar que esa batalla todavía no ha terminado y que todas las reivindicaciones de antaño, siguen siendo necesarias en el presente.

‘120 pulsaciones por minuto’ es una película política. También contiene una dolorosa y delicadísima historia de amor. Y precisamente la película se mueve en torno a esas dos esferas, entre lo público y lo privado. Por una parte, encontramos los debates donde se reúnen los militantes de la asociación. En ellos se discute a modo de asamblea cada una de las acciones que pondrán en práctica. Algunos miembros son impetuosos, más revolucionarios, otros prefieren el diálogo. Pero en cada una de las sesiones que filma Robin Campillo se percibe la impetuosa entrega de todos los participantes unidos por una causa común.

Puede que a muchos espectadores les suene la forma que tiene de filmar Robin Campillo estos momentos, muy cercana al estilo documental que practicó Laurent Cantet en otra obra de contenido social y humano tan importante como era ‘La clase’ (2008), ganadora de la Palma de Oro de Cannes. No es casual. Robin Campillo era el guionista de esa película. De esa y de todas las obras de Cantet a partir de la que sigue siendo su obra maestra ‘El empleo del tiempo’ (2001).

Quizás por esa razón aborda con esa precisión las escenas de grupo, como si su cámara se encontrara escondida y se limitara a registrar de manera transparente lo que ocurre, al mismo tiempo que capta cada pequeño detalle de ese grupo humano que se mueve de manera orgánica ante nuestros ojos.

Pero además de mostrarnos a todos esos personajes en su faceta comprometida, también seguimos los pasos de un joven, Sean, que lleva más de diez años siendo seropositivo después de haber sido infectado por su profesor de matemáticas en su primera relación sexual. Sean es nuestro vehículo en la narración. Y a través de él, de los ojos de ese fantástico actor que es el argentino Nahuel Pérez Biscayart (lo vimos en la española Todos están muertos), nos adentramos en la rabia, en la frustración y el dolor que implica la enfermedad, pero también nos contagia con su espíritu, con su energía, con sus ganas de comerse la vida a cada segundo. Su fuerza y también su fragilidad lo impregnan todo. Y resulta emocionante la manera tan extremadamente pudorosa, alejada de todo afán exhibicionista, con la que Campillo nos introduce en su intimidad, en su parcela más privada, no solo cuando lo vemos hacer el amor y se entrega a su amante, sino cuando nos abre su corazón y accedemos a sus miedos, a sus zonas más recónditas, a sus experiencias y a su pasado.

Hay una constante pulsión entre vida y muerte a lo largo de toda la película. Los personajes son conscientes de que cada momento puede ser el último y deben aprovecharlo al máximo. Por eso bailan en las discotecas, en la cabalgata del Orgullo. Ríen, se besan. El tiempo es precioso y preciado. A veces en la película ese tiempo parece que avanza muy despacio. En otras ocasiones prácticamente se detiene. Pero al final, todo se desarrolla demasiado rápido. Como en una pesadilla.

Historias en primera persona
Han sido muchas las películas que han girado en torno al sida. Aunque hacía tiempo que una no lo abordaba de una forma tan didáctica y necesaria. Precisamente durante el momento en el que transcurre la acción, principios de los noventa, comenzaron a proliferar las historias que giraban en torno a la enfermedad. Muchas de ellas se encontraban inscritas dentro del ‘queer cinema’ y continúan siendo icónicas, como es el caso de ‘Poison’ de Todd Haynes. Y dentro del propio cine francés todavía resulta difícil de superar los niveles descarnados y perturbadores de ‘Las noches salvajes’, que dirigió y protagonizó Cyrill Collard sobre sus propias memorias antes de fallecer. En ellas hablaba de su enfermedad, pero también de su irresponsabilidad a la hora de transmitir a sus amantes el virus por no utilizar protección sabiendo que era portador.

Era el año 1993. El mismo año en el que transcurre la película de Carla Simón que se ha convertido en la revelación de la temporada en nuestro cine. Se trata de otra obra de carácter experiencial. En ella la directora vierte los recuerdos que tiene de su infancia, cuando su madre falleció de sida y ella tuvo que adaptarse a una vida en la que fuera de su familia era tratada con un cierto temor. Tanto ‘120 pulsaciones por minuto’ como ‘Las noches salvajes’ o ‘Verano 1993’ están contadas casi en primera persona. Quizás sea la única manera de acercarse a un tema que puede tratarse a través de la alegoría, como bien demostró Haynes, pero que adquiere verdadero sentido cuando se hace a través de la experiencia vital más íntima, tanto física como emocional.

viernes, 1 de diciembre de 2017

#hemeroteca #vih | Moralismos, medicalización y lucha contra el SIDA: reflexiones desde el 1 de diciembre

Imagen: La Izquierda Diario / Acción antisida de Act Up
Moralismos, medicalización y lucha contra el SIDA: reflexiones desde el 1 de diciembre.
Desde el principio el VIH y el SIDA fueron cuestiones políticas. La película recién estrenada “120 pulsaciones por minuto” de Robin Campillo nos recuerda la historia de Act-Up París y su trayectoria de lucha.
Eduardo Nabal | La Izquierda Diario, 2017-12-01
http://www.laizquierdadiario.es/Moralismos-medicalizacion-y-lucha-contra-el-SIDA-reflexiones-desde-el-1-de-diciembre

No está mal refrescar la memoria de nuestras genealogías, ya que sin grupos es posible que el activismo “queer” o lo que queda de él nunca hubiera sido posible, reinventándose, trans-formándose.

Hoy día parece haberse desvanecido la idea de “los grupos de riesgo” aunque la “enfermedad social” del prejuicio y el estigma sigue llevando a la armarización de las personas seropositivas como “peligros potenciales”. Cuestiones como el racismo, la homofobia, la aporofobia (odio a la pobreza), el “pánico moral”, siguen surgiendo tras determinados gestos que aumentan en según qué ámbitos.

Hoy día la esperanza de vida parece haberse aumentado, aunque los recortes también han aumentado la diferencia entre los enfermos con posibilidades y los que tienen menos acceso a los recursos, entre la población migrante y la autóctona, entre la diversa y la uniforme. Pero la industria farmacéutica no parece detenerse en ningún lado y ha surgido la polémica sobre la “Profilaxis Pre-Exposición” también conocida como PrEP. Esta suerte de “condón químico” se emplea como medida de prevención y parece haberse popularizado, aunque su fama es mayor que su uso, todavía en el ámbito español.

Aunque la labor preventiva realizada va orientada hacia los cuidados personales y mutuos, hacia la lucha contra la ignorancia y el conocimiento de cuáles son las prácticas que conllevan riesgo y cuáles son más placenteras dentro del “safe sex”, nos lleva a enfrentarnos con un dilema. Se nos puede acusar de “moralistas” o “conservadores” por renegar de esta forma de sexo libre, “a pelo” y a la vez “seguro”, pero la forma en la que se está gestionando esta medicalización de la prevención, mediante el triunfalismo y un modelo de comunidad competitiva, virilizada y en la que se promociona la ignorancia no parece un modelo a aspirar.

Esto no quiere decir que el PrEP sea totalmente rechazable, no seré yo quien tire la primera piedra. Máxime cuando estas medicaciones pueden servir para neutralizar el virus o disminuir la carga viral, es decir cuando la medicina sirve a un fin terapéutico o para “aumentar la esperanza de vida”. El problema es que hoy por hoy, el PeEP se plantea como un medicamento elitista, solo preparado para gente con posibilidades y con un fin de conquista y trofeo, tal y como hemos visto algunas urbes occidentales.

La polémica está servida, aunque uno sigue apostando por el sexo seguro no por retrógrado sino porque la industria farmacéutica no ha demostrado, al menos al comienzo de esta enfermedad llena de connotaciones sociopolíticas, nunca ha sido un aliado fiable ni desinteresado.

sábado, 20 de mayo de 2017

#hemeroteca #cine #sida | De la lucha, la muerte y el amor en tiempos del SIDA

Imagen: El Confidencial / Nahuel Perez Biscayart en '120 battements par minute'
De la lucha, la muerte y el amor en tiempos del SIDA.
'120 battements par minute', el tercer largometraje de Robin Campillo, una reivindicación de la militancia contra el SIDA a principios de los 90, cala profundo en Cannes.
Eulàlia Iglesias | El Confidencial, 2017-05-20
http://www.elconfidencial.com/cultura/cine/2017-05-20/cannes-2017-sida-robert-campillo-ruben-ostlund_1385633/

La almibarada nostalgia de los ochenta y los noventa tiende a olvidar que aquellos también fueron los años del SIDA. Y que entonces todo estaba todavía por hacer. '120 battements par minute' tercer largometraje de Robin Campillo, que ha calado hondo en su presentación en el Festival de Cannes, deviene, desde la ficción, un ejercicio de memoria viva sobre el activismo del grupo Act-Up París, una de las organizaciones que luchó por la visibilización de la enfermedad y la articulación de políticas sanitarias, desde la prevención a los cuidados paliativos, que la combatieran de forma eficaz.

'120 battements par minute' arranca con una presentación de Act-Up París por parte de uno de sus militantes a los nuevos miembros del grupo en una de las reuniones semanales que dan cuerpo a la película. Campillo combina a lo largo del metraje la plasmación del activismo organizado de los integrantes de Act-Up con la experiencia cotidiana de vivir con el SIDA por parte de estos mismos protagonistas.

También guionista para otros directores, Campillo colaboró por ejemplo en 'La clase' de Laurent Cantet, y la forma de filmar los debates de grupo de los activistas recuerda la viveza, verosimilitud y realismo con que se desarrollaban las escenas en el aula en ese film ganador de la Palma de Oro en 2008. En los continuos encuentros de Act-Up no solo se reconstruyen las principales inquietudes, retos y luchas de quienes afrontaban el SIDA de forma política a principios de los noventa. También la diversidad de posturas y actitudes (diplomáticos, airados, negociadores...), las confrontaciones dialécticas (consenso versus enfrentamiento, Día del Orgullo festivo o militante...) y los perfiles variados que conformaban la organización (en la película vemos sobre todo gais jóvenes, algunas lesbianas y trans, contadas madres, ningún padre...).

Campillo plasma estas divergencias internas, por momentos críticas y dolorosas, no como una problemática sino como una característica intrínseca de una organización militante viva y heterogénea. De hecho, dos de los principales protagonistas del film (como película activista, el protagonismo es colectivo y no de ningún héroe individual), Thibauld (Antoine Reinartz) que representa a uno de los principales portavoces de Act-Up y Sean (Nahuel Pérez Biscayart), que encarna en el film el drama humano de sufrir la enfermedad, no sienten especial simpatía uno por el otro.

En otra escena, Nathan (Arnaud Valois) recuerda la primera vez que leyó sobre el SIDA. En un periódico mencionaban el caso de una pareja gay norteamericana y lo ilustraban con dos fotos, un antes y un después que mostraba los estragos físicos de la enfermedad. "Por una vez que la prensa hablaba de los homosexuales y era para decir que íbamos a morir". Fue también a principios de los noventa que surgió el New Queer Cinema, una corriente del cine indie sobre todo estadounidense que no solo llegaba para cubrir ese hueco entre el cine mainstream heteronormativo y el cine gay más marginal.

También combatía esa nueva estigmatización de la comunidad gay a causa del SIDA que en cierta manera representan films como 'Filadelfia' de Jonathan Demme: hablar de los gais, pero asociándolos solo a la enfermedad y la muerte. El tramo final de '120 battements par minute' sigue la última etapa de la enfermedad de uno de los protagonistas.

Campillo habla de la muerte, una constante en esos años del SIDA en Europa (y todavía una emergencia trágica en incontables países de todo el mundo). Sin por ello dejar de exponer la vida del mismo personaje: su forma de relacionarse y hacer el amor, su apasionado activismo, sus fricciones con otros miembros del grupo. Su muerte y su funeral se convierten también en una forma de activismo y reivindicación vital por parte de la comunidad que le ha acompañado en este último tramo de vida. A su manera, '120 battements par minute' transmite la misma sensación que escuchar a Jimmy Somerville: te entran ganas de bailar y luchar al mismo tiempo. […]

#hemeroteca #cine #vih | El pulso acelerado de la lucha contra el sida

Imagen: El País / Robin Campillo (3i) con el elenco de '120 pulsaciones por minuto'
El pulso acelerado de la lucha contra el sida.
El director Robin Campillo levanta aplausos en Cannes con ‘120 pulsaciones por minuto’, devastadora crónica del combate contra la epidemia del sida en Francia.
Álex Vicente | El País, 2017-05-20
http://cultura.elpais.com/cultura/2017/05/20/actualidad/1495297952_522533.html

A principios de los años noventa, cuando el sida llevaba una década haciendo estragos ante la indiferencia relativa de las autoridades políticas y los laboratorios farmacéuticos, los militantes de Act Up-Paris decidieron que ya no podían esperar más. No tenían más tiempo que perder, porque se estaban muriendo. Encadenaron entonces acciones cada vez más radicales contra quienes hacían perdurar el mutismo. Rociaron de sangre las ventanas de quienes preferían seguir mirando hacia otro lado. Cubrieron esos monumentos parisinos que dibujan indudables signos fálicos –el obelisco de la Concorde, por ejemplo– con preservativos gigantes. Soñaron con teñir el Sena de color púrpura. Y, a falta de conseguirlo, orquestaron protestas con cierto aspecto de performance artística, en las que se tumbaban por el suelo como si estuvieran agonizando. Su logo era un triángulo rosa acompañado de esta inscripción: “Silencio = muerte”.

Esa lucha, algo olvidada por una época que se esfuerza en creer en normalizaciones ilusorias, inspira una película presentada este sábado en el Festival de Cannes. Se titula ‘120 battements par minute’ (‘120 pulsaciones por minuto’) y es la tercera entrega del director Robin Campillo, guionista habitual de Laurent Cantet, que ya se llevó la Palma de Oro en 2008 con ‘La clase’. ¿Qué provoca esa pulso acelerado? Una mezcla de la adrenalina de la acción militante, los ritmos sincopados de la música electrónica y las noches orgiásticas de jóvenes condenados a una muerte prematura, pero que no renunciaron al hedonismo propio de los veinteañeros. En 1992, siendo un joven montador indignado por la inacción respecto a esta epidemia, Campillo se alistó en las filas de Act Up, fundada tres años antes siguiendo el modelo de la organización estadounidense del mismo nombre.

“Ya entonces pensé en rodar una película sobre el sida, pero no encontré la manera. En los últimos años, tenía la sensación de dar marcha atrás cada vez que llegaba la hora de afrontar el proyecto”, explicó el director en la rueda de prensa. Decidió que había llegado la hora de dejar atrás ese escollo. “El año pasado iba a rodar una película de ciencia ficción, pero cambié de opinión. Sentí que había llegado la hora de superar el miedo”, añadió.

Esta crónica transcurre en los primeros noventa, aunque no parezca, en absoluto, una cinta histórica o ubicada en un pasado rememorado con filtros retro. La ciudad no parece muy distinta a la de ahora. Sus protagonistas no hablan con un argot de otra época. Los debates sobre el militantismo son prácticamente los mismos que hoy. En los últimos treinta años las cosas han cambiado, pero puede que tampoco tanto. Ahí están los mismos desfiles en la plaza pública. Los mismos clubs donde suenan los mismos ritmos. La misma homofobia, puede que más sibilina. Y una ignorancia menor, pero todavía potente, respecto a una enfermedad que sigue matando año tras año.

“Desconfío del concepto de filme de época. Salvo el corte de los tejanos, no hay tantas diferencias. No quería caer en lo pintoresco. Prefería que el espectador la viera como si fuera parte del presente”, confirma Campillo. Solo una Game Boy traicionera y un himno añejo de Bronski Beat recuerdan que, en realidad, nos encontramos en otro tiempo. “Pero no rodé esta película por cuestiones de actualidad. Lo hice para recordar lo que fue esa unión de personas que nunca se habrían conocido si no fuera por el sida, lo que les permitió forjar un discurso y una potencia política”, afirma el director.

En el grupo había “hijos de peluquero y de director general”, como recuerda el director. Igual que en su reparto mezcla a estrellas locales, como Adèle Haenel, con anónimos que nunca habían actuado. De hecho, al principio de su película no hay ningún personaje principal, si no es la enfermedad. Solo un grupo de jóvenes en el que se acaban perfilando una pareja de protagonistas: el seropositivo Sean, que aboga por pasar a una acción más radical (a quien interpreta el argentino Nahuel Pérez Biscayart), y el seronegativo Nathan, recién llegado a la organización (el debutante Arnaud Valois).

A medida que avanza el metraje, de casi dos horas y media en total, la cinta abandona al grupo y encierra a esa pareja en un apartamento que hiede a muerte. Para evitar un exceso de lágrimas, Campillo se escudó en una relativa frialdad. “Yo he vivido cosas como las de la película. A mí se me murió un amigo. Y no es un momento en que te pongas a llorar. No es una emoción así de sencilla. Quise transcribir ese sentimiento yendo hacia la frialdad. En realidad, la emoción surge de ese lado glacial”, afirma el director.

Antes de ponerse a rodar, Campillo mandó el guion a Didier Lestrade, figura central en la lucha contra el sida en Francia, que cofundó Act Up y también fue su primer presidente, para que le diera su aprobación. “Quería saber si respetaba la historia del grupo. Le respondí que sí. En aquella época, nunca habría creído que nuestra experiencia terminaría convertida en una película que se estrenaría en Cannes”, recuerda al teléfono desde París.

“Act Up salvó la vida a miles de personas. Les aportó apoyo, amistad y catarsis”, asegura. “Fue como una terapia de grupo que nos familiarizó, siendo tan jóvenes, con conceptos como la muerte y el luto. Siempre lo comparo con ir al frente de batalla. Ahora vivimos como si fuéramos veteranos de guerra”. A juzgar por los aplausos que se han escuchado en Cannes, su combate es, desde este sábado, un firme aspirante a la Palma de Oro.