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lunes, 16 de marzo de 2020

#hemeroteca #trans #testimonios | Elizabeth Duval, escritora y activista trans: "En redes sociales podemos pasar de la despreocupación a la histeria brutal en un momento"

Imagen: El Diario / Elizabeth Duval
Elizabeth Duval, escritora y activista trans: "En redes sociales podemos pasar de la despreocupación a la histeria brutal en un momento".
La escritora y activista trans publica su primera novela, ‘Reina, escasas semanas después de lanzar también su primer poemario ‘Excepción’.
Francesc Miró | El Diario, 2020-03-16
https://www.eldiario.es/cultura/entrevistas/Entrevista-Elizabeth-Duval_0_1006499556.html

"Tú, lectora, abres ‘Reina’. Eres el tipo de persona que, por principios, ya no espera nada de nada, pero crees que encontrarás aquí un texto autobiográfico firmado por una voz emergente que identificas con la generación Z", escribe Elizabeth Duval en su primera novela.

Apela así al potencial lector o lectora para replantear las expectativas que este haya construido sobre el libro que ella ha escrito. Y aprovecha, acto seguido, para iniciar un monólogo irónico sobre lo generacional, tuteando a quien la lee: "No tienes muy claro dónde está la frontera entre lo millennial y la generación Z, ni si dicha frontera existe, y esta es una de las cuestiones que esperas que el texto te aclare según te vayas sintiendo más o menos identificada".

La primera novela de Elizabeth Duval, publicada por Caballo de Troya, es una autoficción escrita por una estudiante de doble grado en Filosofía y Letras Modernas en la Universidad de la Sorbona en París. Pero también es un artefacto que especula sobre qué es la autoficción, cuáles son sus limites, y qué papel juega el lector en todo el asunto.

P. En ‘Reina’ planteas un juego con los límites de la autoficción y el rol del lector. A este, le dices, por ejemplo, que si buscaba en este libro experiencias trans en primera persona, no las va a encontrar. ¿Querías romper con las expectativas que genera un libro como este?

R. Sí, es algo deliberado, porque me parecía que el interés estaba en subvertir precisamente eso. No podría haber escrito otro texto distinto, no podría haber escrito un texto de memorias sobre cómo me afecta en el día a día el hecho de ser trans. Porque no tendría material, tampoco, para escribirlo.

Ser trans es para mí una ligera desviación rutinaria, pero que no supone más y no podría elaborar un texto sobre algo que no supone algo tan importante para mí en el momento presente. Aunque sabía que la gente iba a buscar eso. También sabía que parte del marketing y del proceso mediático iba a llevar a eso, con lo que yo quería subvertirlo. Y eso se ve muy claro en las últimas páginas del libro en la que se listan las expectativas posibles que el lector se habrá formado del libro.

P. ‘Reina’, sin embargo, también es una crónica del tiempo en el que vives. Hablas del incendio de Notre-Dame, del 8-M o de las manifestaciones de los chalecos amarillos. ¿Cómo equilibrar la parte de 'diario de Elizabeth Duval' con esa parte también más política?

R. Fue escribiendo la segunda mitad del libro, y fue algo muy deliberado. Tuve que controlar mucho lo que decía, cuándo lo decía y en qué orden lo hacía, queriendo provocar respuestas muy específicas.

En el momento en el que te planteas escribir en presente, conforme vas viviendo distintas experiencias, también se transforma una parte de tu concepción de las cosas que estás viviendo. Organizar un dispositivo literario para convertir tu vida en una autoficción, evidentemente hace que vivas tu vida de una manera distinta. De forma más novelesca.

P. Decías que sabías que el hecho de ser trans iba a condicionar la recepción que tuviese tu libro. Otra de los factores que van a condicionar cómo se reciba es tu edad. Naciste en el 2000, y eso se utiliza tanto para hablar de ti como 'voz de una generación', como para criticarte porque 'solo tienes veinte años'. ¿Cómo llevas esa ambivalencia?


R. Bueno, es que está este concepto de lo 'generacional' que la verdad no me interesa mucho. Se habla de 'generación z', pero a mí me parece que estos conceptos a veces invisibilizan otras estructuras sociales que para mí son más importantes. Para mí tiene mucha más repercusión en nuestras vidas las cuestiones de género o de clase, que la cuestión generacional.

P. El filósofo Ernesto Castro llamaba la atención sobre la lectura que hacías de los ensayos de Paul B. Preciado. Afirmas en ‘Reina’ que "sus artículos son el equivalente alternativo-posmo-radical al discurso del rey en Nochebuena". ¿En qué sentido?

R. Creo que hay una diferencia entre la posición de enunciación de los primeros ensayos de Preciado, respecto a la que pueda tener ahora. Mi crítica en muchos momentos es una crítica no tanto a cómo él se posiciona o cómo él hable, sino también a cómo es percibido. A la posición de privilegio que a él se le otorga y desde la cual habla. De ahí lo de que tiene la grandilocuencia de un hombre.

Inherentemente, esto cambia sus textos también, porque el texto no es solamente lo escrito sino también su contexto. La cuestión pragmática que hay detrás. Parece como que Paul B. Preciado fuera una figura intocable en torno a estos temas, pero que para mí tenía muchos aspectos que era necesario tratar, necesario hacer una labor distinta.

P. En febrero participabas en una charla con Marina Garcés. La filósofa catalana afirmaba en una entrevista, en este periódico, que hoy "en lugar de ciudadanos, somos clientes de nuestras sociedades", y que "tenemos que volver a pensar que lo público somos nosotros". Hoy este debate se ha vuelto a abrir en la sanidad por la crisis del coronavirus. ¿Estás de acuerdo con la aseveración de Garcés?


R. Sí, estoy de acuerdo. Y puede que no se deba tanto a concepciones individuales que tengamos cada uno, sino a cambios sistémicos. Por ejemplo: los recortes en la sanidad pública en Madrid, y cómo eso ha cambiado el mapa de la sanidad en una Comunidad Autónoma, que hoy vive una crisis debida al coronavirus. Esto influye en esta visión de clientelismo de bienes básicos. Influye en que el ciudadano se considere antes consumidor que ciudadano, antes consumidor que miembro de una sociedad. Y contribuye, de alguna forma, al aislamiento y al individualismo más bruto, a la desconexión en los afectos y la pérdida de valor de lo grupal. Para mí, los afectos son lo único que nos salva de la vorágine del consumo.

P. Al hilo del tema sanitario: el otro día comentabas que "la preocupación por el coronavirus era una preocupación pequeñoburguesa". ¿A qué te referías exactamente?


R. Hay dos cuestiones en esto: por una parte están las inquinas y rencillas personales que hacen que se pelee en diagonal en redes. Y por otra: probablemente me pude expresar mal en lo que dije. Pero no me refería a que fuera una preocupación típica de pequeños burgueses, sino a que es una preocupación a escala global y ligada a un instinto de conservación que tiene un componente hipócrita.

Me explico: hace apenas unos días, cuando la situación en Italia era gravísima, estábamos todos aquí, haciendo mofas sobre todos estos temas en Twitter. Pero, de repente, cuando nos sucede a nosotros y no a un país vecino, es algo sobre lo que no se puede bromear ni hacer ironías. Se ha convertido en el tema más serio a tratar, y con razón. Pero la preocupación es siempre por lo más cercano, lo nuestro y de los nuestros. No hay una conciencia cívica que vaya más allá de nuestras fronteras, hay una conciencia de conservación del pequeño grupo. Y que yo dijese aquello no implica que condene esa conciencia de conservación. Mucha gente interpretó aquello como que yo estaba diciendo a la gente: "Salid a las calles, celebrad y bebed". Que no era en absoluto mi mensaje e intenté aclararlo, aunque me llamaban psicópata, irresponsable y recibiendo un aluvión de violencia. Porque no sé, creo que hay un momento en el que como figura pública, cualquier cosa que digas será usada en tu contra.

Hubo gente que incluso decía que yo estaba proponiendo una cosa malthusiana. He leído un tuit esta mañana que dice que lo mío es "posmo nazismo en estado puro". ¡Hostias! ¡Cuánto odio! Y qué incapacidad para reconocer la ironía en unas declaraciones en las que digo "preocupación pequeñoburguesa" y acto seguido "qué ganas de empezar la cuarentena voluntaria y leerme todos los seminarios de Lacan". Evidentemente hay un componente irónico ahí, porque no todo el mundo puede hacer cuarentena voluntaria. Muchísimos trabajadores no tienen capacidad para hacerlo, y sobre eso sí me disculpé, por si mi tuit podría haber ofendido a esa gente trabajadora que no tenía otra. Pero mi intención no era esa, era sarcástica.

P. Hay un pasaje en el libro, relacionado esto, en el que describes cómo asististe al incendio en Notre-Dame. Afirmas con respecto a esto: "he pasado muy rápido, como por Burke viene estipulado, del horror infinito a la absoluta indiferencia. No hay apreciación estética más profunda."¿Cree que las redes sociales han cambiado nuestra percepción de las crisis? ¿La forma de vivir el miedo?

R. Sí, totalmente. Lo que incrementa, sobre todo, es la rapidez. La necesidad de estímulos constantes, cambios y velocidades que provoca esos cambios. En las redes sociales puedes pasar de la despreocupación y el goce a, de repente, el miedo y la histeria más brutal. A de ahí a la judicialización del otro y la dinámica de chivo expiatorio y el linchamiento.

Y es en parte inevitable, pero también muy triste. Esto ha ocurrido también, por ejemplo, en todos los debates actuales sobre el sujeto del feminismo, el género y la gente trans, donde no hay realmente oportunidad para un debate genuino sobre cuestiones de género, sino simplemente un lanzamiento colectivo de dardos envenenados y piedras.

P. ‘Reina’ parece preocuparse tanto por representar una realidad como por cómo es representada. Jugando al juego de Magritte y aquello de 'esto no es una pipa'. ¿Crees que la posmodernidad, en el sentido de preocuparse más por la forma que por el fondo, ha dejado tocada la literatura contemporánea?

R. No, no lo creo. No creo que el posestructuralismo haya hecho 'daño' a la literatura contemporánea, me parece que ha abierto vías de interpretación. No me parece tampoco una forma de deslindarse de la realidad. En ‘Reina’, en muchos momentos, se habla de cuestiones como los chalecos amarillos, o se ven participaciones en manifestaciones. Pero para mí sí que existen esferas autónomas en una sociedad.

Me parece que la esfera cultural no es lo mismo que la esfera de lo político, aunque lo cultural sea político. Esto lo criticaba en ‘Excepción’ [poemario de la autora publicado por el sello Letraversal]: el mundo no se cambia a través de los libros, de los textos o de la literatura. La política no se ejerce por el texto y no tiene por qué ser necesariamente comprometida. Igual que no me gustaría que la poética se viera comida por la política.

Recuerdo muy recientemente cuando Ada Colau decía, en la entrega de unos premios de novela negra, que estaría bien que los escritores denunciasen de la situación de los precios del alquiler en Barcelona en sus textos. Me parece que puede hacerse, pero la situación no va a cambiar porque los escritores escriban sobre eso. Si se hacen novelas en torno a ese asunto será porque existe una preocupación genuina social, y saldrá como tema o cuestión que preocupa. Pero no se puede hacer un vínculo estricto de causalidad.

P. Casi al final de ‘Reina’, escribes: "No puedo envolver absolutamente todo con la palabra, reducir todos y cada uno de los componentes de la existencia a su posición en esta dialéctica vital entre sujeto y predicado: la vida es irreductible." ¿Tiene sentido, entonces, la autoficción? ¿Tiene sentido Reina?

R. Es que ‘Reina’, yo lo digo siempre, es una autoficción contra la autoficción. Hay una página que parodia abiertamente a Vila-Matas en 'París no se acaba nunca'. Hay un cuestionamiento real de la 'literatura del yo' y la autoficción, tomado desde la ironía y la crítica. Creo que la sinceridad en la 'literatura del yo' es muy complicada. Y que, aunque haya momentos de sinceridad, un texto nunca es del todo sincero porque siempre construye ficción en alguna medida.

miércoles, 4 de abril de 2018

#libros #cronicas | Ciudad Princesa

Ciudad Princesa / Marina Garcés.
Barcelona : Galaxia Gutenberg, 2018 [04-04].
256 p.
Colección: Ensayo.
ISBN 9788417088873 / 16,90 €

/ ES / ENS
/ Barcelona / Catalunya / Ciudades / Crónicas / Movimientos sociales / Política / Resistencia / Testimonios

‘Ciudad Princesa’ es un relato en primera persona en el que se cuentan una serie de vivencias políticas entre octubre de 1996 y octubre de 2017, desde el desalojo del Cine Princesa en Barcelona hasta el referéndum del 1 de octubre. El hilo del relato es: ¿qué hemos aprendido? Por eso habla desde el singular de quien vive y se transforma con cada una de las situaciones recogidas y desde el plural de los nosotros que le dan sentido.

‘Ciudad Princesa’ es una crónica de ciudad que recoge una visión de lo que han sido los movimientos sociales que despertaron en la Barcelona postolímpica y en otras ciudades europeas y que se conectaron con las protestas y los movimientos del mundo global hasta hoy. De la ciudad-marca a la globalización neoliberal y sus crisis: ¿cuáles son los mapas vividos de las resistencias?

‘Ciudad Princesa’ es un ensayo de pensamiento en el que los problemas filosóficos y políticos, así como las ideas que los atraviesan, van al encuentro de las vivencias concretas en las que se enraízan y de las que provienen. El problema del nosotros, la cuestión del compromiso, la relación entre vida política y ciudad, la crisis de los horizontes revolucionarios, etc., son elaborados aquí desde la evolución de una vida que descubre la complicidad, la experiencia colectiva y la amistad.

jueves, 15 de febrero de 2018

#hemeroteca #filosofia | Marina Garcés, la filósofa insumisa

Imagen: El Mundo / Marina Garcés
Marina Garcés, la filósofa insumisa.
Marina Garcés es la pensadora de la insumisión y de los movimientos sociales. Ha llevado la filosofía más allá del mundo académico. Flamente Premi Ciutat de Barcelona, en abril publicará 'Ciudad Princesa', un libro de lucha a pie de calle.
Marías Néspolo | El Mundo, 2018-02-15
http://www.elmundo.es/cataluna/2018/02/15/5a85d83b268e3eb5778b4615.html

Encontrar un hueco en la agenda de Marina Garcés (Barcelona, 1973) no es tarea fácil. Hay que abrirse camino entre los tribunales de doctorado en los que participa y las clases que dicta como profesora en la Universidad de Zaragoza, el tiempo que dedica a sus hijos o al colectivo alternativo de pensamiento crítico Espai en Blanc, sin contar con el que destina a su incesante producción filosófica con obras como ‘Un mundo común’ (2013), ‘Filosofía inacabada’ (2015) o ‘Fora de clase’ (2016), además de los diversos proyectos colectivos de experimentación cultural, social y pedagógica en los que se implica.

La polémica pregonera de las pasadas fiestas de la Mercè y reciente Premi Ciutat de Barcelona por el breve y contundente ensayo 'Nueva ilustración radical' (Cuadernos Anagrama, 2017) también colabora en los medios y no sólo escritos. El próximo domingo aparecerá en la pantalla junto a Jordi Évole en un Salvados dedicado al odio y los linchamientos en la red. «Creemos que Twitter es la barbarie y un infierno, pero es nuestro infierno. Esos taques de odio atávico, oscuro e irracional responden a marcos ideológicos y a un argumentario político. Representa el escenario de las guerras que tenemos abiertas en nuestra sociedad», apunta.

Algo de todo eso sabe la pensadora de la insumisión y de los movimientos sociales que las redes tildan de radical y antisistema. Lo cierto es que su formación debe tanto a Gilles Deleuze como a las luchas a pie de calle. De eso trata su próxima obra, ‘Cuidad Princesa’ que Galaxia Gutenberg publicará poco antes de Sant Jordi. «Es un relato en primera persona, una crónica de ciudad y un ensayo en el que repaso los aprendizajes de mi escuela política en el ciclo de luchas que va desde el desalojo del Cine Princesa en 1996 hasta el 1-O, que no entraba en el guion original», explica. Y esta conversación no sólo debe robar tiempo a la corrección de galeradas, sino a nuevos aprendizajes. Marina Garcés no tiene un minuto libre y, sin embargo: «He comenzado a tomar clases de piano», confiesa. «Es mi gran desacato», dice con una sonrisa de niña traviesa.

P: ¿Qué representa Espai en Blanc en su trayectoria?
R. Para mí la filosofía como práctica está vinculada no sólo al mundo académico, sino también al mundo de los movimientos sociales y de la cultura como territorio de experimentación, contestación y compromiso. Espai en Blanc, como tal, lo fundamos en 2002 en las grietas de la Barcelona post olímpica como un territorio donde experimentar nuevos formatos y maneras de relacionarnos con el pensamiento. Reúne gente de edades y disciplinas muy diversas, no es un grupo de militancia cerrado, sino más bien una sucesión de proyectos que nos vinculan en torno a un pensamiento experimental, práctico y colectivo. Nuestras prácticas van de jornadas y tertulias anónimas, a documentales, microvídeos, investigaciones en entornos reales. En los últimos años hacemos ‘El Pressentiment’, una hoja volante en la tradición obrerista, entre el cartelismo y el panfleto, cuyos primeros 50 números publicamos el año pasado en Edicions Bellaterra. Los presentimientos surgieron con el 15-M; el lugar de recubrir con discursos lo que estaba pasando que fue la gran tentación de los partidos políticos, nosotros dimos un paso atrás y abrimos un espacio para otro tipo de palabras.

P. ¿No le da miedo quedar institucionalizada con el Premi Ciutat de Barcelona?
R. Yo intento pensar en desviación y esas derivas siempre dan miedo. Confío en que mi recorrido sea lo bastante consistente como para no quedar atrapada. Si no tuviera mis vínculos colectivos con los lugares reales de compromiso, la captura institucional -o editorial como autora también- sería un riesgo mayor. Protegerse en los márgenes a veces suele esconder la actitud autocomplaciente y purista del intelectual que no se ensucia las manos. Se trata de saber atravesar los lugares. Mi relación con la filosofía es una declaración de compromiso con este mundo y también con mi ciudad y su gente. Participo en la vida cultural de Barcelona desde la independencia y por eso el premio no me sitúa ni me molesta, porque no es mi argumento de legitimación.

P. ¿Le sorprendió la polémica de su pregón de la Mercè?
R. Sí, porque fue un pregón muy crítico con muchos aspectos y lo que provocó mi linchamiento en Twitter fue la referencia que hice, desde un humanismo compasivo, a los terroristas muertos en Ripoll. Cuando mencioné las diversas ausencias que había dejado el 17-O como herida abierta en la Mercè, también añadí la ausencia de unos chicos de Ripoll que nos dejaban unas dudas que pensar. La muerte en el doble sentido, las que habían causado y las suyas, nos dejaban un interrogante como sociedad: '¿Qué hacemos con esas muertes?' Eso provocó todo tipo de acusaciones empezando por un comunicado del PP.

P. ¿Le molesta que se la encasille como filósofa antisistema?
R. Nos damos prisa por etiquetar, por colgar siglas y banderas a todo el mundo. Mi pensamiento es saboteador de códigos. Cualquier etiqueta, como cualquier intento de codificarnos, me molesta, porque es un ejercicio de poder. Pero eso forma parte de las consecuencias que tiene hacer una filosofía que no se resguarda en las zonas de confort. La clave es confiar en que podemos seguir saboteando cualquier etiqueta.

P. ¿Asistimos a un boom filosófico en la ciudad?
R. Coinciden un cambio de generación y de época con el solapamiento de varias crisis: económica, política, de marco epistemológico y de civilización. Cuesta mucho imaginar futuros tanto a nivel urbano como planetario. Eso provoca una revitalización de la filosofía porque tenemos que ir a las raíces de los problemas para pensar hacia adelante. Y aquí además se da la emergencia de una generación que no nos hemos formado bajo el franquismo. Todo eso conecta con festivales como el Barcelona Pensa o la propuesta de Joan Subirats de crear una gran bienal de filosofía en la ciudad. Lo importante es superar la dualidad entre el saber de expertos inaccesible y el producto divulgativo porque la filosofía no es eso. Los problemas filosóficos son difíciles pero hay distintas estrategias y maneras de aproximación. La filosofía académica se ha dedicado a acomplejar a la gente con tecnicismos, a crear monopolios del saber y jerarquías. Y los templos de sabios y expertos producen más desigualdad. Yo concibo la palabra filosófica como antijerárquica, que interpela donde chocan el saber y el no saber con el cuestionamiento y la crítica. La filosofía es una forma de emancipación continua y esa potencia igualitaria que tiene es la que procuro activar.

P. Esa relación entre saber y emancipación es la hipótesis central de 'Nueva ilustración radical'...
R. Nadie tiene la receta de una vida mejor y más digna, pero si dejamos el saber en manos de expertos que nos solucionen los problemas reforzamos el sentido tecnocrático del poder y cerramos nuestro campo de participación política, epistemológico, cultural y humano. El saber los construimos juntos de manera recíproca. Nuestra emancipación de las formas de vida tutelada depende de eso, de reemplazar el universal proyectivo de la modernidad, el saber de los planificadores de futuro, por un saber recíproco, por un universal que elaboremos de forma recíproca, entre singularidades, identidades, epistemologías y formas de vida diversas.

P, Esta nueva ilustración radical tiene tanto de programa como de manifiesto y panfleto...
R. Exacto, es un libro encrucijada y semilla. Son apuntes y esbozos de líneas abiertas en distintas conferencias que marcan el programa de investigaciones por venir. Se trata de responder a los estados emocionales de la angustia y el miedo que alimentan el vacío de las filosofías apocalípticas que dominan nuestro tiempo. La crisis de la modernidad se ha convertido en sinónimo de crisis de la crítica. Recuperar el espíritu de la ilustración es recuperar su actitud crítica, no su proyector modernizador del siglo XVIII en cuyas ruinas vivimos. Mi preocupación es que no caigamos en la renuncia antropológica de esta actitud crítica. Una crítica radical en el cruce entre incredulidad y confianza. Se trata de poder declararnos incrédulos e insumisos frente a los dogmas de nuestro tiempo sin perder la confianza de que está en nuestras manos el hacer y rehacer las formas de vida que queremos en este mundo.

P, ¿De ahí la deriva política del texto?
R. Para mí todo es política, en el sentido amplio. Reapropiarnos de la potencia del pensamiento es la propuesta para la politización de la vida. El compromiso pasa por devolver a cada cual la potencia común del cuestionamiento crítico que nos emancipa individualmente. Levantar la cabeza y declararnos insumisos a los dogmas y las formas de opresión. Es una tarea singular y radicalmente común, porque nos implica y concierne a todos.

P, ¿Y el procés no ha generado algo similar?
R. Sí, mi diagnóstico es positivo, más allá de la historia política e institucional que ahora está en un callejón sin salida, muy dramático. Es un salto cualitativo más allá del pacto de la Transición, que resulta incomprensible institucionalmente. El espíritu de autodeterminación colectiva, en busca de un nuevo consenso, ha abierto una nueva situación política y eso es lo que da más miedo. El referéndum, más allá de su validez o no jurídica, fue un acto de autodeterminación colectiva en sí mismo. La pregunta que hay que hacerse es cómo el inoperante sistema de partidos sigue teniendo la fuerza suficiente como para desactivar un proceso colectivo. Y el gesto radicalmente permanente sería darnos cuenta de que el estado de excepcionalidad no es un paréntesis o un desvío, sino algo permanente que nos está haciendo aceptar como normales cosas que no lo son, como la presión o la autocensura.