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lunes, 22 de febrero de 2021

#hemeroteca #queer | ¿Una teoría ‘queer’ anticapitalista?

Imagen: Nueva Tribuna

¿Una teoría ‘queer’ anticapitalista?

Antonio Antón | Nueva Tribuna, 2021-02-22

https://www.nuevatribuna.es/articulo/sociedad/teoria-queer-anticapitalista-feminismo/20210222123139184873.html 

Existe una pluralidad analítica y teórica sobre lo queer. En el plano descriptivo, la propia palabra ha ido adquiriendo distintos significados. En su sentido literal inicial significa lo raro, extraño o no habitual. Hasta mitad del siglo XX se utilizaba para designar a las personas homosexuales de forma despectiva (‘maricón’, ‘bollera’). Pero a partir de las décadas de los sesenta y setenta, con los procesos de liberación sexual y orgullo gay, fue tomando un significado positivo y de afirmación de los grupos homosexuales de gais y lesbianas. En una acepción amplia se refiere a las personas distintas respecto de las normativas e identificaciones mayoritarias heterosexuales y ‘cisgénero’, es decir, a los colectivos LGTBI. ‘Queer’ adquiere un sentido de disidencia o transgresión frente a la normatividad de sexo/género dominante.

No obstante, en la medida que se va produciendo cierta normalización (en EE. UU. y Europa) de la vida y los derechos de las personas homosexuales, particularmente la regulación del matrimonio igualitario, lo ‘queer’ va adquiriendo un sentido más restrictivo. Así, se referiría a lo diferente no solo a la heteronormatividad sino también a la homonormatividad, es decir, quedaría solo lo bisexual e intersexual o, bien, lo transexual y transgénero. De esa forma, la Q de ‘queer’ puede representar al conjunto de LGTBI (a veces con más letras) o solo a personas distintas a esos colectivos o con otras características específicas que hace que se añada la Q.

Desde el punto de vista realista o pragmático, y dadas las grandes dificultades vitales de esos colectivos, la dinámica más transformadora e integradora es poner en primer plano la solidaridad y la defensa de sus derechos inmediatos desde su realidad concreta. Es el sentido del reciente manifiesto de ‘feministas por los derechos de las personas trans’ o la nueva ley para la defensa de sus derechos que está elaborando el Ministerio de Igualdad.

En el plano teórico hay distintos enfoques sobre lo ‘queer’; o sea, hay pluralidad de interpretaciones. La más elaborada es la postmoderna, sobre todo, a partir del pensamiento de J. Butler (ver Judith Butler y la pertenencia al feminismo). Existen posiciones intermedias entre posestructuralismo y estructuralismo marxista. Intentan conciliar, de alguna manera, el feminismo y la teoría ‘queer’ con posiciones anticapitalistas, materialistas o de clase social, desde enfoques marxistas no economicistas o más heterodoxos. Al mismo tiempo, se dan posiciones más realistas y multidimensionales y distanciadas del pensamiento idealista posmoderno y del determinismo esencialista.

Una perspectiva anticapitalista interesante, con sesgos troskizantes, es la de Nancy Fraser (‘Capitalismo. Una conversación desde la Teoría Crítica’ y ‘Los talleres ocultos del capital. Un mapa para la izquierda’) a la que le dedico un capítulo de mi libro “Identidades feministas y teoría crítica” para destacar sus aportaciones y sus límites. Cabe citar también a Lynne Segal (‘¿Por qué el feminismo? Género, Psicología y Política’) al integrar la mirada feminista y de clase social en el marco capitalista o la de Raewyn Connell (‘Género desde una perspectiva global’, junto con Rebecca Pearse). Me voy a detener en el enfoque marxista ‘queer’ de Holly Lewis (‘La política de todes. Feminismo, teoría queer y marxismo en la intersección’), con la influencia de ideas gramscianas y luxemburguistas, al mismo tiempo que feministas y ‘queer’. Me centro en varios aspectos teórico-políticos relacionados con un marco global y los límites del enfoque no binario y el concepto de normatividad.

El marxismo ‘queer’ de Lewis
Lewis hace una descripción histórica muy amplia e ilustrativa de los procesos feministas y ‘queer’ y su conexión con otros movimientos sociales, en particular, con el marxismo y la lucha anticapitalista. Cabe resaltar tres conclusiones (de las diez que explica) del marxismo ‘queer’, como lo denomina ella, para explicar sus aportaciones e insuficiencias.

La primera dice: ‘El modelo interseccional de la opresión debe ser reemplazado por un modelo unitario y relacional’. Acepta que el feminismo interseccional es un avance respecto del modelo dual de capitalismo/patriarcado (movimiento de clase y de género) pero según ella es insuficiente. Afirma que el racismo y el sexismo son procesos sociales dentro de una matriz material que sería la explotación capitalista. Pero la clase social la asienta en las relaciones económicas de la extracción de valor, según la versión marxista convencional. Así, aunque defiende que su centralidad sería táctica no moral, le sigue dando una prioridad en la articulación de los procesos emancipadores. Pero es la gente trabajadora la que está cruzada por los diferentes tipos de opresiones e identidades, sean de clase, de género o étnico-nacionales… en realidades, interacciones y procesos identitarios complejos y múltiples.

Por tanto, tal como explica E. P. Thompson, la clase social (trabajadora) debería abordarse como una relación sociohistórica y multidimensional de subordinación y desposesión, conformada procesualmente a través de la experiencia de la pugna de las capas subalternas frente a los poderosos, el capitalismo patriarcal o el ‘orden social institucionalizado’ (Fraser). En ese sentido, existen convergencias o intersecciones entre los movimientos económicos-sindicales (mejor que obreros) con otros procesos de lucha (feminista y antirracista) e identificaciones colectivas en la formación de un sujeto, como dice, unitario y relacional.

La segunda conclusión para comentar es la siguiente: ‘ser queer/trans no es reaccionario ni revolucionario’. Aquí lo expone con su autoridad desde su afirmación ‘queer’ o de ‘queerizar’ el marxismo y la cultura en general. Se desliga positivamente del determinismo sexual o de género criticando la idea (también generalizada en el marxismo determinista respecto al carácter revolucionario del proletariado) de que por la realidad de subordinación las personas y grupos sociales generan una conciencia y una actitud determinada, en este caso transgresora respecto a normativas y posiciones sociales dominantes.

Desde el determinismo no se valoran el conjunto de dinámicas estructurales, mediaciones institucionales y de poder y su interacción con las experiencias sociopolíticas y culturales de la gente que condicionan la relación entre realidad objetiva, conciencia y acción, entre estructura y agencia. Con ello la autora diferencia el sexo y el género de una práctica igualitaria-emancipadora que es la que definiría su actitud transformadora y su identidad sociocultural, feminista o ‘queer’, como persona o grupo social solidario y progresista.

Por ejemplo, desde la teoría crítica y relacional podemos distinguir cuatro planos: el feminismo como sujeto sociopolítico y cultural, junto con la conciencia e identificación feminista como sentido de pertenencia colectiva; la realidad del género, en ese caso femenino, con su papel social subordinado y la variedad de feminidades (y masculinidades); sus características biológicas de sexo (cis o trans), y las opciones sexuales heterosexual-homosexual (ocho según la escala de Kinsey, incluyendo formas mixtas y lo asexual).

También desde el movimiento de liberación homosexual se pueden diferenciar los cuatro planos con distintas expresiones: el de la opción sexual, como experiencia vital; el grado de conciencia o identificación expresado a través del ‘orgullo’ gay (o lesbiano); su papel social o estereotipo de género, y los propios colectivos LGTBI como movimiento o actor social específico con una dinámica y un proyecto liberadores y en alianza con el feminismo.

En lo ‘queer’, a falta de cuatro denominaciones distintas los cuatro significados se suelen integrar en el mismo significante, dándole un carácter más polisémico: realidad, conciencia o enfoque y sujeto... ‘queer’, en este caso no binario, indeterminado o distinto a las opciones mayoritarias de sexo, género y actor social. Sin embargo, no profundiza en esa senda de distinguir los distintos planos y analizar su interacción, y todavía le pesa cierta inercia estructuralista.

Igualmente de interés es su idea de rebajar la capacidad transformadora o anticapitalista de la acción contra la normatividad de sexo o de género: ‘El argumento de que el capitalismo prospera gracias a la normatividad ignora el hecho de que también prospera con la diversidad, el pluralismo, la moda y los nichos de mercado’, concluyendo que ‘es algo romántico pensar que puedes cambiar el mundo por medio de la diversidad sexual, la autoexpresión creativa y los vínculos comunales. Pero no puedes’. En ese sentido remarca que las personas trans e intersexuales también están marcadas por el género y que ‘no debieran ser utilizadas como una bandera de posibilidad radical para un futuro nuevo, posgénero’.

Está bien ese escepticismo sobre las posibles potencialidades transformadora de una opción sexual o de género si no van acompañados de un proceso colectivo (e individual) de cambio relacional, institucional y de poder, que es lo fundamental en los procesos igualitarios y emancipadores, en la conformación de sujetos sociopolíticos. En ese sentido, insiste en que ‘la cultura queer no es anticapitalista’ (desde su idea de qué es serlo), y ‘tampoco lo es ‘queerizar’ la cultura’. Por tanto, es positivo su rechazo al mecanicismo.

Sin embargo, es unilateral y excesiva su valoración de que ‘oponerse a la normatividad es un gesto político vacío’. Por un lado, es realista al relativizar la importancia de la normatividad como marco disciplinario del poder (según Foucault) que somete la individualidad y cuya oposición y la ausencia de normas sería central para emancipación individual y colectiva. Por otro lado, vence su inercia determinista de sobrevalorar los cambios estructurales y económicos, infravalorando la autonomía y la mutua interacción de las transformaciones socioculturales, normativas o de prácticas sociales de los propios actores respecto de los cambios político-institucionales; es su apuesta, todavía poco precisa, de ‘queerizar’ el marxismo.

Polarización dialéctica frente a fragmentación postmoderna
La tercera de las conclusiones de Lewis por resaltar es: ‘el binarismo no es el problema y el pensamiento no binario no es la solución’. Comparto la critica a esa idea, eje fundamental para la actual ola cultural posmoderna. Alude a que no solo hay realidades dicotómicas, con el conflicto entre dos polos (por ejemplo entre racismo y antirracismo, o entre el poder establecido y las mayorías populares) sino que el propio relativismo posestructuralista también conforma nuevas polarizaciones, por ejemplo ‘cis’ / trans, binario / diverso o uniforme, normativo (hetero u homo) / ‘queer’. No entro en las diferentes fundamentaciones filosóficas entre el pensamiento dialéctico (polarización de contrarios, actualizado por Hegel, Marx y Laclau), la metafísica racionalista de la uniformidad (o linealidad) y la fragmentación liberal o postmoderna; ni tampoco en la crítica a la virtualidad del justo medio y el centrismo aristotélico (o confuciano) o de las terceras vías socioliberales.

Aquí lo que interesa destacar es que existen realidades con polos en conflicto (o antagónicos), con dinámicas de dominación y subordinación y, por tanto, de igualdad y emancipación, cuya respuesta supone una confrontación para superar la injusticia de la desigualdad y la discriminación y garantizar la igualdad y la libertad.

En particular, estamos hablando de la polarización binaria o dinámica dicotómica entre feminismo y machismo (como orden estructural de poder y privilegios), muy expresivo en consignas como “¡Feminismo pa’ adelante; machismo pa’ atrás!” Ese binarismo antagónico sí refleja una realidad a superar y favorece una estrategia transformadora; el horizonte es que un polo debe vencer al otro y neutralizarlo como grupo de poder dominador, aunque con una alternativa universalista igualitaria emancipadora o de derechos humanos.

A diferencia de esa polarización podemos decir que en otras dicotomías no hay antagonismo, como entre masculinidades y feminidades, heterosexualidad y homosexualidad, normatividad y ‘queer’, incluso entre hombres y mujeres en el plano personal. Por mucho que haya privilegios en los primeros componentes, no son los enemigos irreconciliables de los segundos. Las desventajas hay que atajarlas con firmeza, pero son de diferente carácter cuando hablamos del machismo imbricado con el orden social establecido y la imposición de unas relaciones desiguales. Este sí es el enemigo y no caben opciones intermedias, solo contundencia transformadora y pedagogía activa; sin embargo, el pensamiento no binario no acierta en su análisis y la estrategia de superación. Es decir, de acuerdo con Lewis, el pensamiento no binario no es la solución; tampoco el binario como regla generalizada.

Por tanto, no toda la realidad es lineal, fluida y simplemente diversa y fragmentada, como defiende el pensamiento posestructuralista; ni tampoco uniforme, estática y rígida, como señala el esencialismo, o exclusivamente dicotómico como explica el pensamiento dialéctico rígido.

Los derechos humanos o los valores republicanos de igualdad, libertad y solidaridad aportan una orientación universalista para la acción colectiva y el comportamiento individual. Pero la elección de la confrontación o la cooperación, así como su combinación, dependen del sentido de la realidad y su contexto. No siempre lo mejor es la conciliación o, bien, la pugna. Dicho con las virtudes clásicas: unas veces hay que priorizar la fortaleza (firmeza) y la justicia y otras la prudencia (sabiduría) y la templanza (entereza), por mucho que las cuatro expresen una finalidad ética y hay que saber combinarlas.

El marco para la acción feminista es, por un lado, la polarización (binaria) con el adversario patriarcal-capitalista, siendo problemáticas las vías intermedias o conciliadoras, y, por otro lado, la cooperación (interseccional y unitaria) con los aliados de las capas subordinadas o, bien, con aspectos no antagónicos, como la distinta normatividad sexual o de género. En esos casos son negativas las tendencias sectarias y excluyentes.

No tiene sentido generalizar un método de pensamiento (no binario) y una estrategia (diversa e inclusiva), válidos parcialmente para algunos campos (como la normatividad sexual o de género) a otros ámbitos y aspectos en los que prima la polarización de posiciones y la pugna transformadora como en el movimiento feminista frente al orden social machista. Tampoco está justificado para demostrar la supuesta superioridad intelectual o identitaria, destacando lo aparentemente nuevo (post o trans) y desplazar la relevancia del enorme problema de la desigualdad de género y la importante tarea de fortalecer un feminismo igualitario y una dinámica liberadora de los colectivos LGTBI, críticos y transformadores. En ese sentido, junto con Lewis, hay que diferenciar lo LGTBI y lo ‘queer’, así como la defensa de sus derechos, de una interpretación no binaria y discursiva que es específica solo de una corriente ideológica: la postmoderna.

En definitiva, los procesos de identificación y activación feminista se conforman en base a la dinámica binaria de polarización por el cambio de las relaciones sociales desiguales y dominadoras, expresadas con especial agudeza en la violencia machista y los mecanismos segregadores. El enfoque no binario es incapaz de explicar la profundidad de la realidad desigual y apoyar una estrategia transformadora eficaz. Pero esa polarización binaria absoluta, aplicada a otros campos (de género, sexo u opción sexual, por no hablar de otros tipos de relaciones interpersonales) generan dinámicas sectarias y excluyentes. Más, cuando distintas identidades de género o normatividades sexuales pueden ser legítimas y complementarias y forjar trayectorias unitarias o cooperativas frente a adversarios comunes y aun con disensos y conflictos parciales. La solución es la combinación de esa firmeza transformadora igualitaria-emancipadora con el respeto y la tolerancia a la diversidad y el pluralismo de las opciones vitales de cada persona y grupo social.

En resumen, hay un intento de superación, por una parte, de ideas posmodernas y, por otra parte, del estructuralismo mecanicista y excluyente, a través de un feminismo (o una dinámica ‘queer’) social y relacional, ni determinista ni solo cultural (o idealista). A pesar de los límites de pensadoras interesantes como Holly Lewis, este esfuerzo por superar las deficiencias de esas posiciones extremas esencialistas y posestructuralistas, buscando enfoques más multidimensionales e interactivos constituye una vía fructífera para elaborar un feminismo (y una teoría ‘queer’) transformador, en el marco de una teoría social crítica y realista y una dinámica igualitaria y emancipadora.

viernes, 18 de septiembre de 2020

#libros #feminismo | Identidades feministas y teoría crítica

Identidades feministas y teoría crítica / Antonio Antón Morón.

[S.l.] : Dyskolo, 2020 [09-18] / Nueva ed. amp.
207 p.

/ ES / ENS / Libros / Feminismo / Identidades / Interseccionalidad / Sociología
🔓 Ed. digital: Open Access / Rebelión
https://rebelion.org/nueva-edicion-ampliada-del-libro-identidades-feministas-y-teoria-critica/ 

[.es] Esta nueva edición de ‘Identidades feministas y teoría crítica’, tiene un doble plano, analítico y teórico. Por una parte analiza las características de la nueva ola feminista en España, sus causas, el contexto sociopolítico y cultural y su impacto transformador. Por otra parte, explica los diferentes enfoques teóricos, en particular, los debates sobre el sentido de las identidades feministas y su relación con la formación del sujeto feminista. Los dos aspectos se entrecruzan en sus cinco capítulos.

El primero, ‘Feminismos e identidades’, detalla el refuerzo de la conciencia y la participación feministas y el significado de las identidades como procesos relacionales y de reconocimiento propio y ajeno. El segundo, ‘Feminismos, interseccionalidad e identificaciones’, parte de un análisis sociológico de los distintos electorados y su grado de afinidad feminista, así como de la activación feminista, para profundizar en los procesos de identificación y su interseccionalidad.

El tercero, ‘Acerca del pensamiento de Nancy Fraser’, se centra en una valoración crítica de su feminismo y su teoría alternativa, con algunas conclusiones estratégicas y un anexo al final. El cuarto, ‘Sujeto y cambio feminista’, analiza las tendencias y el contexto del cambio feminista y las contrasta con la formación de las identidades feministas. Y el quinto, ‘Sujeto feminista: ni esencialista ni posmoderno’, desde el análisis de los tres ejes de la acción feminista y la existencia de dos grandes corrientes del movimiento feminista, la socioliberal o formalista y la crítica o transformadora, explica los fundamentos teóricos que están detrás de los debates sobre el sujeto feminista, desde un enfoque crítico, relacional y sociohistórico.

viernes, 15 de marzo de 2019

#hemeroteca #feminismo #identidades | Diversidad identitaria e interseccionalidad

Imagen: Público / Manifestación 8M en Barcelona
Diversidad identitaria e interseccionalidad.
Antonio Antón | Público, 2019-03-15
https://blogs.publico.es/dominiopublico/28103/diversidad-identitaria-e-interseccionalidad/

La diversidad identitaria y su distinta combinación es un tema complejo con gran importancia interpretativa y normativa, particularmente, para la teoría feminista. Existe diversidad individual y grupal respecto de los géneros, clases sociales, naciones y civilizaciones, y también en el interior de estos. La posición social de la persona, su experiencia relacional, su comportamiento y su cultura forman parte e interactúan con su conformación identitaria, su pertenencia colectiva y su subjetividad. Todo ello, sin caer en el extremo del constructivismo subjetivista, culturalista o voluntarista, es decir, idealista, al infravalorar los condicionamientos de las estructuras económico-políticas y los contextos sociohistóricos en los que actúan los seres humanos y los diversos grupos sociales y de poder.

Las mujeres (las personas en general) no tienen solo una identidad de género sino un conjunto de identidades que conforman una suma de identidades parciales y cuya combinación, implementación, reconocimiento (propio y externo) y jerarquización interna se desarrolla según los momentos y contextos. El concepto mujer no se define solo por su especificidad diferenciada del hombre, ya sea en el plano biológico-sexual y de capacidades reproductivas, en el del género (femenino) o sus funciones y culturas (o estereotipos) diferentes de las de los hombres. El conjunto se podría englobar en el concepto de identidad de género (femenino). Pero ello no agota la realidad y la identidad de las mujeres, ya que hay que incorporar el resto de las posiciones y relaciones sociales que también forman parte de su situación e identidad, aunque algunas de ellas sean comunes con las de los hombres. Esas otras identidades (étnico-nacionales, de clase...) son inseparables de la identidad de género en las mujeres concretas; o, dicho de otra forma, su identidad de género interacciona con ellas formando su identidad de mujer (o persona).

Hay que superar un debate convencional sobre la polarización, muchas veces mal planteada, entre la ‘especificidad’ de las mujeres y la ‘genericidad’ de ellas como personas, en que esto último, lo común, no se considera ‘propio’ sino ajeno o impuro, contaminado por los hombres. La identidad de género se suele construir sobre lo primero, pero queda pendiente integrar en la identidad de las mujeres esa otra parte de su vida, bien con una actitud flexible del significado de identidad de género, bien con la simbiosis o interacción de otras identidades de las mujeres mismas (étnico-nacionales, de clase...). Así, esa otra realidad e identidad, aunque sea similar o compartida con los hombres no por ello es menos suya. La cuestión tiene un impacto sociopolítico inmediato.

Respecto de los colectivos LGTBIQ+, en la medida que comparten con el feminismo la oposición a la heteronormatividad impuesta y la rigidez de la separación en dos géneros exclusivos, como dice Judith Butler ('Deshacer el género'), hay campos comunes. Más controversias existen para salvaguardar la autonomía feminista en relación con las dinámicas compartidas o solidarias y su relación con otros sectores oprimidos y sus trayectorias reivindicativas, en particular los derivados de la raza u origen étnico-nacional, por no citar los clásicos de la relación con el resto de los movimientos sociales, las clases trabajadoras o la izquierda política. Todo ello vuelve bajo el paraguas de la cooperación, las estrategias compartidas y la interseccionalidad. Pero aquí se aborda solo un aspecto particular.

¿La igualdad entre mujeres no es igualdad de género?
El interrogante es: ¿La defensa de la identidad de género lleva solo a superar la desigualdad de género, es decir, a conseguir un estatus igual con los varones de su misma categoría social y deja al margen la desigualdad entre las propias mujeres? Si es así, ese feminismo sería insuficiente, sobre todo, para las mujeres más subordinadas en distintas esferas.

Por ejemplo, según datos de la encuesta 40db (El País, 4/03/2019) el objetivo de la lucha feminista más mayoritario (53,3%) es Eliminar el techo de cristal (los obstáculos para el ascenso profesional de la mujer) -los siguientes son: Aumentar y visibilizar la lucha contra la violencia de género (52,3%), Empoderar a la mujer frente al acoso y las agresiones sexuales (41%), Romper con los estereotipos de género (40,8%) y División igualitaria del trabajo doméstico (35,5%)-. Pues bien, precisado el sentido de la pregunta referida a conseguir el ascenso profesional en paridad con los varones no tiene mucho problema, favorece a ‘todas’ las mujeres y es transversal; refleja el gran apoyo cívico por la igualdad de género, modificando la situación de desventaja o discriminación de las mujeres respecto de los hombres.

Pero conviene precisar dos matizaciones importantes dada la estratificación de la sociedad y, por tanto, de la posición de los hombres a la que se quiere igualar la de las mujeres: una, su insuficiencia para las mujeres precarizadas o subordinadas (también en relación con el origen étnico-nacional), cuyo objetivo se podría expresar mejor como despegarse del ‘suelo pegajoso’; dos, la pertenencia paritaria de una élite femenina en el grupo de poder tiene elementos contraproducentes para la igualdad entre mujeres y la propia emancipación del conjunto de ellas.

Por un lado, millones de mujeres, en su mayoría jóvenes, ¿se tienen que conformar con un estatus de precariedad, subordinación y explotación laboral igual que la padecen la mayoría de los hombres, sobre todo jóvenes y minorías étnico-nacionales? ¿Es suficiente conseguir similar trayectoria precaria que la de sus colegas varones? La gran reafirmación feminista de las mujeres jóvenes demuestra que no se conforman con esa perspectiva limitada. Quieren más mejoras para sus trayectorias sociolaborales, mayor igualdad global.

Si se refiere al acceso femenino a las capas medias o al empleo cualificado ese horizonte de igualdad de género es algo más completo y estimulante, al contar con mayor reconocimiento y estabilidad profesional previos.

Ahora bien, en la tercera situación, la de la pertenencia al bloque de poder, ese objetivo también se refiere al acceso de las mujeres de la élite a ese poder establecido (institucional y económico); es decir, en las élites dominantes, aunque sean mixtas, existe una infrarrepresentación femenina y se pide una paridad en su composición personal. Ello es positivo y se corrige una discriminación por razón de sexo-género; incluso se puede valorar el efecto simbólico y de arrastre para el resto de las mujeres que puede tener esa victoria (muy significativa entre famosas o lideresas en el ámbito político, económico o cultural). Esa perspectiva con una visión neutra de las jerarquías institucionales es atractiva por el tirón de la movilidad ascendente deseada. Pero, desde una interpretación del conflicto social o del antagonismo (sea de oligarquía/pueblo o élites dominantes/clases trabajadoras), resulta que el bloque de poder actual de carácter neoliberal y regresivo y con tendencias autoritarias es el causante, entre otras cosas, de la consolidación de la precariedad, la desigualdad social y el recorte de derechos sociales y laborales que afectan a millones de mujeres (y también varones).

Ese grupo de poder (capitalista) es también patriarcal, en la medida que favorece e instrumentaliza la segmentación y división existente en la sociedad y, específicamente, de las mujeres y entre las mujeres. O sea, el objetivo de que el núcleo dominante, el llamado 1% de arriba (y la colaboración del 20% superior), sea paritario y se rompa ese techo de cristal que dificulta esa igualdad con los varones de la élite es positivo, pero conlleva un elemento contraproducente: amplía la desigualdad entre las mujeres (poderosas y populares) y corresponsabiliza a las élites femeninas en el incremento de la desigualdad, la subordinación, el empobrecimiento y la división con la mayoría de las mujeres (y el resto de la sociedad), mientras las unifican con los intereses y demandas de los hombres poderosos. La aparente solidaridad de género, con aspectos comunes compartidos de discriminación y violencia machista, que deja entrever la ambigüedad semántica de eliminar el techo de cristal respecto de la cúpula del poder, deja paso a la polarización de intereses, actitudes e identidades en la pugna por la igualdad social en sentido amplio; o sea, en todas las facetas humanas de las mujeres, incluso su desigualdad con las mujeres de la élite dominante. Por ello, el feminismo del llamado 99% (o del 80% popular) no debe reducirse solo a la igualdad de género, en sentido restrictivo, sino a la emancipación e igualdad de las mujeres y su realidad vital multidimensional.

El enfoque de la interseccionalidad
En este sentido, el enfoque de la interseccionalidad ayuda a superar las rigideces o unilateralidades de la separación analítica de distintas categorías formales (precarias, blancas, emigrantes, europeas…). Su abstracción y diferenciación entre sí y respecto de la realidad pueden servir para analizar o clasificar aspectos o componentes específicos; pero sin explicar su interacción e intersección no permiten valorar el conjunto de las características de las mujeres concretas de un determinado grupo social y los aspectos comunes que comparten o que les dividen frente a otras mujeres y el resto de la realidad social y del poder. O sea, es imprescindible una tarea interpretativa de la pertenencia múltiple a distintas situaciones de opresión y/o privilegio, a sus conexiones internas según qué ámbitos, que permita una comprehensión (que diría Weber) del conjunto, desde sus interacciones y la evolución de sus distintas combinaciones en el propio sujeto individual o colectivo.

Pero, para evitar quedarse en una simple constatación atemporal o formalista de la existencia de la diversidad o la multiplicidad de opresiones e identidades y su suma mecánica, hay que dar un paso analítico e interpretativo que explique la situación concreta de las mujeres (y cada grupo social). Y, sobre todo, que valore su dinámica social, su práctica relacional y su comportamiento sociopolítico. Es decir, su desarrollo práctico, su experiencia y su interpretación son variados y, al mismo tiempo, están focalizados o han priorizado unos aspectos y no otros, según qué coyunturas, oportunidades y aspiraciones.

Por tanto, se debe explicar su posición global de subordinación/dominación, según qué contextos, y cómo se conforma su identidad de identidades y su adaptabilidad e implementación concreta. En consecuencia, una visión interseccional e interactiva de la diversidad y las polarizaciones (dialéctica) facilita el análisis de la variada y compleja articulación de sus procesos de identificación, con sus conexiones y, sobre todo, permite explicar mejor los ejes de su selectiva y adecuada actuación y las ‘luchas de fronteras’ (producción/reproducción, origen étnico-nacional, relación medioambiental...).

Es interesante la reflexión de Judith Butler sobre la conveniencia de deshacer los géneros, para hacer frente a la diferenciación esquemática o rígida de los sexos y opciones sexuales. No obstante, me centro en el plano sociológico del papel social y relacional de la diversidad, la intersección y lo común que construyen identidad, frente a la idea esencialista del ‘ser mujer’, como elemento compartido a partir de una base fija biológica o estructural.

Esa superación de la división esencialista identitaria hay que aplicarla a la identidad de género, para darle un sentido más amplio que enlace con el conjunto de la problemática de las mujeres no solo con lo que les diferencia de los hombres, sino de sus múltiples y diversas opresiones y lo común (o intersección) entre ellas y el resto de los seres humanos. De un feminismo de la diferencia, y sin desconsiderarla, se amplía a un feminismo de la igualdad y lo común. La identidad específica de género tiene muchos fundamentos relacionales, históricos y civilizatorios. Lo que hay que eliminar es la relación de desigualdad y desventaja, no necesariamente todos los aspectos de diferenciación voluntaria no discriminatoria. En ese sentido, es una tarea identitaria que recomponer en la medida que se avanza en el horizonte de la igualdad y no expresa la profundidad de esa dicotomía desfavorable y la acción por superarla. La identidad de género no desaparece, sino que cambia su carácter y se ligaría más a una identidad cívica como ser humano igual y libre.

Por tanto, la identidad de género (o ‘del’ género femenino) no solo debería abordar la igualdad entre ambos géneros sino combatir también la desigualdad entre mujeres y su problemática más general en su especificidad femenina.

En resumen, la existencia de ese bloque de poder genera mayor desigualdad y precarización para la mayoría de las mujeres. Por tanto, aunque se mejore la participación femenina en el mismo y se conserven componentes transversales comunes, al estar aquellas mujeres también marginadas o en desventaja respecto de los valores y posiciones de los varones de su grupo de poder, se abre una brecha de intereses, confianza y solidaridad entre las mujeres. El feminismo y su cultura igualitaria se debe generalizar con el apoyo preferencial a las mujeres vulnerables, que son la mayoría de las capas populares. Sus demandas tienen más que ver con superar el suelo pegajoso que en romper con los techos de cristal de las élites que impiden su pertenencia paritaria en el poder. Por tanto, es necesario romper todos los techos de cristal, pero especialmente los de los escalones bajos y medios que afectan a las capas trabajadoras y profesionales. Y cuidar, como dice Nancy Fraser, que los vidrios de los techos de cristal en torno al poder que rompen las mujeres que aspiran a ser de la élite no les caigan encima y los tengan que recoger las mujeres que limpian los suelos pegajosos.

Antonio Antón. Profesor de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid