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lunes, 24 de octubre de 2022

#libros #queer #cultura | Voces transgresoras: una memoria ‘queer’ de la cultura insumisa

Voces transgresoras: una memoria ‘queer’ de la cultura insumisa / Juan Argelina, Eduardo Nabal.

Tres Cantos, Madrid: Bohodón Ediciones, 2022 [10-24].
254 p.

/ ES / Libros / ENS / Cine / Cultura LGTBI / LGTBI / Literatura / Memoria histórica / Queer / Transgresión

📘 Ed. impresa: ISBN 9788419404121 / 16,00 €
📝 Cita APA-7: Argelina, Juan, & Nabal, Eduardo (2022). Voces transgresoras. Una memoria ‘queer’ de la cultura insumisa. Tres Cantos: Bohodón Ediciones.


[.es] Voces transgresoras es un recorrido crítico por la historia reciente de la creación literaria y cinematográfica que ha supuesto una reacción contra las normas heteropatriarcales y excluyentes en lo sexual, racial y sociopolítico, presentes en nuestras relaciones sociales desde las revoluciones burguesas del siglo XIX. El género, la clase, la sexualidad, la edad, la capacidad, la etnia o la condición de migrante, han sido factores de marginación y segregación en un contexto de supremacía occidental del mundo.

‘Voces transgresoras’, un nuevo libro para el otoño, de Juan Argelina y Eduardo Nabal
Eduardo Nabal | Cuerpos Periféricos en Red, 2022-08-16

https://cuerposperifericosenred.com/2022/08/16/voces-transgresoras-un-nuevo-libro-para-el-otono-de-juan-argelina-y-eduardo-nabal/

Con ‘Voces trangresoras’ Juan Argelina y yo hemos querido rastrear, o más bien poner en evidencia, todas las manifestaciones culturales con proyección sociopolítica que se adelantaron o pusieron su granito de arena en la conformación de las líneas de fuga queer. Es decir, seguir el fascinante y, en ocasiones, pedregoso terreno en que las voces que, desde la literatura, el cine o la historia, se han adelantado antes de Stonewall a la explosión del sujeto LGTB tradicional.

No estamos descubriendo nada, pero hemos tratado de destapar algunas figuras de la escritura, la gran pantalla, el teatro o la performance, ya mucho antes de Stonewall, que se ubicaron en los márgenes de la cultura oficial. Pero son los ejemplos los que aclaran la idea: la prosa rompedora de Genet, el teatro surrealista de Lorca, las pioneras de Willa Cather o las mujeres de Carson McCullers, que nunca se amoldaron a los binarismos de género ni a las normas sociales de su tiempo; fueron las piedras que fueron formando este camino hacia la explosión del sujeto sexuado tradicional, algo que es necesario más que nunca en estos tiempos de conservadurismo revisionistas y gestos reaccionarios.

El Berlín de Klaus Mann, los niños de Henry James, el futuro distópico que trazan las narrativas de la ciencia ficción tejida por las feministas negras, todo ha tenido un pasado y tiene un futuro a pesar de la reacción esencialista. Wilde y el lenguaje teatral, las jóvenes airadas, los viajeros en el tiempo y el espacio de la política sexual y la geopolítica de la disidencia intentan ser abordados en las páginas de ‘Voces trangresoras’, afianzando la cuestión de la explosión del sujeto hombre/mujer, blanco/negro, colonizador/colonizado desde las primeras voces que se erigieron como lejos del lenguaje heteropatiarcal, muchas veces también sostenido por el movimiento LGTB más “conservador”, o ahora por los grupos de mujeres que excluyen a otras mujeres.

La resistencia al fascismo, la descolonización de las mentes, el mestizaje, el ‘no lugar’ señalado desde Mary Shelley a Jeannette Winterson como una brecha en el lenguaje del amo. Es decir, que ‘lo queer’ ni nació ayer ni tiene un punto de localización o sujeción, sino que tanto las escritoras negras en la fronteras, las escritoras bajo la República Española como la herejía que van esbozando las diferentes formas de escribir la historia y de cuestionar instituciones invisibles nos llevan a un espacio lúdico, de creación poética, de imagen en movimiento, pero también de primeras brechas de combate frente al monolito de la ya temible “normalización”.

‘Voces transgresoras’ nace de compartir muchas lecturas, visionados, revisiones, impresiones y navegar por distintos momentos clave desde tiempos lejanos hasta el estallido de Stonewall, cuestionando también aspectos como el eurocentrismo o la colonización cultural. Una apuesta en la que esperamos se embarquen numerosos lectorxs, ya que el viaje merece la pena.

Aclaración: este es un viaje tan apasionante como accidentado, ya que no tratamos de la cultura LGTB antes de Stonewall, sino de aquellos deslices en las subculturas y, también, en el canon que han ido haciendo florecer la herejía queer.

lunes, 28 de diciembre de 2015

#hemeroteca #transfobia | Suicidio en Navidad

Imagen: Burgos Dijital / Concentración en recuerdo de Alan, Burgos, 2015-12-27
Suicidio en Navidad.
Juan Argelina | Burgos Dijital, 2015-12-28
http://burgos-dijital.blogspot.com.es/2015/12/suicidio-en-navidad_28.html

No pudiste más, ¿verdad? Ansiedad, angustia, impotencia, sensación de abandono, soledad, autonegación... Todo se convirtió en rabia por no ser lo que los demás querían que fueses, y tras los insultos, vejaciones, humillaciones y agresiones que soportaste, llegaron las fatales preguntas: ¿Vivo lo que realmente quiero vivir? ¿Debo resignarme a continuar sometido, vaya donde vaya, a la violencia cotidiana? Al final el miedo venció a las ganas de seguir luchando, y ante ti se abrieron las puertas de la muerte como única salida a lo insoportable.

No has sido el único adolescente en tomar esta trágica medida, en poner fin a una vida a la que ya no veías sentido. Solo tengo que echar un vistazo a las cifras del Instituto Nacional de Estadística para comprobar el número: 125 jóvenes entre 10 y 24 años se suicidaron sólo en 2010, y muchos de ellos se sintieron frustrados, como tú, Alan, ante la incomprensión de aquellos que sólo vieron en ti a una víctima, a un monstruo desnaturalizado, impulsados por el odio propio de la ignorancia de una sociedad repleta de represiones y marcada por las consignas de la herencia religiosa y de un mercado que sólo emite mensajes en género binario.

Ser transexual ha sido tu estigma. No quisiste ocultarte y has pagado el precio de tu valor al exponerte tal cual eras, pero tu sacrificio demuestra el fracaso de tus agresores, el del sistema mismo en el que vivimos. Todos los que nos comenzamos a sentir diferentes durante los inicios de nuestra socialización en la escuela, aprendimos que para sobrevivir había que callar, mentir, reprimir nuestros impulsos y simular ser como los otros, sobre todo cuando tu autoestima frente al conflicto de identidad te arrastraba a la debilidad, al mundo "femenino", en una etapa de configuración de roles fuertemente unidos a la sexualidad.

La mente infantil y adolescente es una esponja que absorbe las actitudes y las conductas de los mayores. Cuando todo es blanco o negro, bueno o malo, masculino o femenino, ... cuando los signos de pertenencia a un grupo definido vienen determinados por categorías impuestas por un sistema de valores muy riguroso (familia patriarcal, heterosexualidad normativa, superioridad masculina y machismo generalizado) y sobre todo cuando la educación obligatoria no ofrece apenas garantías para intentar revertir esos "valores", la presencia de elementos que distorsionan ese sistema siempre es vista como un peligro, y se atacan sin piedad. Parece que la legislación no basta. Pero si hasta un juez te había permitido cambiar tu nombre en el DNI. No fue suficiente. Ni el amor de tu familia lo fue. La sociedad no cambia sólo a golpe de decisiones judiciales o administrativas. Ayuda, si, pero la realidad es mucho más cruel. Desde la política las grandes palabras no se han traducido en hechos, y nuestra educación sigue siendo pobre en generar conductas de respeto y conseguir una transición positiva entre la adolescencia y la madurez adulta.

Desgraciadamente, el bullying sigue siendo el mal general de nuestras escuelas, y sus víctimas se pueden sumar a las de la violencia machista, pues las actitudes que lo provocan bien pudieran estar en el origen de ésta.

El acoso sistemático a lo largo del tiempo no sólo tiene verdugos y víctimas, también tiene testigos y colaboradores. Y ahora que el ciberespacio ha entrado en la intimidad de todos, y que las redes sociales han ocupado y multiplicado la capacidad de relacionarse, también ha aumentado la presión sobre la autoestima respecto al efecto de impunidad que da el uso de la tecnología como intermediaria en la comunicación.

Facilita de hecho que alguien crea que puede someter a otro sólo por el hecho de haber encontrado en él una debilidad de la que se puede aprovechar. Imagino que éste también pudo haber sido el caso de Alan.

El agresor siempre piensa que es impune y que nada va a pasar. No es consciente de las consecuencias de sus actos, ya que ha entrado en una vorágine psicopatológica que el entorno escolar no ha sido capaz ni de prever ni de corregir. El resultado es que la víctima acaba adaptándose al maltrato hasta el límite del suicidio, como en este caso. Pero además, el suicidio por bullying tiene, en mi opinión, en esta época, un añadido muy siniestro en el sentido institucional: estas muertes cuestionan notablemente el sistema.

Ahora, como nunca antes, la familia tradicional ha estallado, presa de una gran conmoción social, donde aparecen tergiversados los derechos humanos, donde parece que los transgresores tienen más derechos que las víctimas (es la víctima del acoso la que se cambia de centro escolar como si fuera un apestado), ya que, aparentemente, no hay sanción; donde todo se explica como un derecho individual (lo colectivo, lo colaborador, queda relegado frente a lo competitivo e individualista), donde todos quedamos perplejos ante la violencia. Esto horada los procesos de identidad. Quizás ésta sea la peor herencia de este proceso político que termina.

Muchos jóvenes que se han confiado y han expuesto su identidad se sienten absolutamente abandonados y a la deriva. No comprenden por qué se les ha mentido cuando se les prometieron garantías de libertad y seguridad y se encuentran en medio del horror de la incomprensión y la tortura social, especialmente en una etapa tan difícil de adaptación y crecimiento físico y psíquico.

Los jóvenes que sobrevivirán a esta situación se darán cuenta del proceso hipócrita y corrupto a que nos han sometido los delincuentes que nos han gobernado en esta última época, y que han propiciado el deterioro de nuestra educación y el clima de violencia que se vive en nuestros centros escolares. Ellos son, en última instancia, los responsables de estas muertes, ya que son los inductores de un proceso de identidad devastado.

domingo, 28 de junio de 2015

#hemeroteca #orgullo | Orgullo gay, fiesta y homofobia

Imagen: Zoozobra
Orgullo gay, fiesta y homofobia
Juan Argelina | Zoozobra, 2015-06-28
http://zoozobra.com/orgullo-gay-fiesta-y-homofobia/

Ahora que, aprovechando el aniversario de los acontecimientos de Stonewall este 28 de junio, el Tribunal Supremo de Estados Unidos ha declarado legal el matrimonio entre personas del mismo sexo en todo el país, conviene advertir cómo la apariencia de este progreso social va unida, no a la normalización de una conducta, sino a la defensa y a la conservación del sistema de valores familiares propio de la sociedad de consumo tradicional, mal que le pese a los sectores cristianos integristas. La ampliación del concepto de familia es el resultado lógico de la necesidad de cubrir nuevos espacios de mercado no resueltos por parte del capitalismo. La moralidad solo es útil al sistema mientras mantiene a raya a sus posibles enemigos, y amplía sus límites cuando es necesaria la “socialización” de sectores antes marginados.

Un vistazo al excelente libro de Geoffroy Huard, “Los Antisociales”, una historia de la homosexualidad en Francia y España entre 1945 y 1975, nos enseña cómo tanto en dictaduras como en democracias, las legislaciones penales no sólo reprimían la expresión de la homosexualidad como escándalo público, sino que iban ligadas a una educación basada en la procreación como idea básica de una sexualidad heterosexual destinada a regenerar sociedades castigadas por el desastre demográfico de la guerra y necesitadas de una rápida reconstrucción. Había que evitar que el buen ciudadano heterosexual fuera “contagiado”, y por tanto, se fomentaba la homofobia institucionalizada. Se hablaba del factor antisocial de aquellos elementos “frustrados” afectivamente e incapaces patológicamente de integrarse en el sistema. Por tanto, no solo había que “heterosexualizar” obligatoriamente al macho, sino también establecer claramente sus diferencias con respecto al sexo opuesto, con el objetivo de marcar bien los roles entre el hombre-padre y la mujer-madre, al tiempo que se inducía a la gente a pensar que un individuo “normal” debía vivir en un medio heterosexual homogéneo.

Según la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social de 1970, la homosexualidad se relacionaba con la vagancia y la delincuencia. Un médico forense examinaba al detenido y emitía un informe que avalaba las decisiones judiciales. Estos “expertos” consideraban la homosexualidad como un peligro para la sociedad, y los efectos perversos de sus dictámenes han venido reproduciendo un estado de alarma que se ha interiorizado en la mentalidad conservadora de varias generaciones. Tanto es así que en 2005, el catedrático de Psicopatología de la Universidad Complutense Aquilino Polaino Lorente, citado por el PP en la Comisión de Justicia del Senado para analizar las repercusiones de la ley que permitió el matrimonio entre personas del mismo sexo en España, aseguró que “las personas con conducta homosexual” padecen “una psicopatología“, consecuencia de haber sido educados por padres “hostiles, alcohólicos, distantes” y por madres “sobreprotectoras“, y rechazó la adopción por parte de las parejas del mismo sexo al considerar que ese entorno condicionaría la orientación sexual del niño.

Según Polaino Lorente, la homosexualidad “se suscita” en los hijos adoptados por gays o lesbianas. Esta mentalidad conservadora, propia de la tradicional política de diferenciación obligatoria de sexos, chocaba ya en aquel momento con la necesidad del sistema económico de incluir al homosexual dentro de los marcos institucionales establecidos. Otra cosa bien distinta es querer habilitar espacios de libertad fuera de las instituciones (cosa, por cierto, que siempre ha existido). Lo que hace 20 años era revolucionario, ahora está integrado. La lucha ya no se orienta hacia la defensa de nuevos tipos de unidad familiar, sino a la libertad del individuo por decidir su propia orientación y conducta sexual sin categorizaciones, y por tanto hacia el combate contra la homofobia largamente incubada durante tantos años de represión.

Desde la hemeroteca dos noticias sobre la homofobia en el mundo procedentes de lugares bien diferentes: el asesinato de un activista gay en Uganda, y la censura de una foto en la que Elton John y su marido muestran a su bebé en la portada de una conocida revista norteamericana. Ahora que en nuestra bien desarrollada sociedad hemos acabado acostumbrándonos al viejo discurso etnocéntrico sobre la inferioridad de culturas ajenas a Occidente, aunque ya no se le llame así por ser “políticamente incorrecto”, y a que la globalización lo engulla todo como una nueva forma de imperialismo cultural, nos parece casi lógico y natural que en las “salvajes” tierras de africanos o musulmanes se produzcan atroces violaciones de derechos humanos y el integrismo se desarrolle, produciendo efectos devastadores, desde el genocidio de Ruanda hasta las ejecuciones de adolescentes gays en Irán y lapidaciones de mujeres en Nigeria o Arabia Saudí. Por tanto una noticia más sobre el asesinato de un conocido activista homosexual en Uganda no debería sorprendernos más que las declaraciones homófobas de un Mugabe o las redadas antigays de Marruecos o Egipto, del mismo modo que asociamos el fundamentalismo al islam o a otras religiones del Tercer Mundo, cuyas culturas, ya digo, como en los mejores tiempos del colonialismo, se nos antojan atrasadas y destinadas en justicia a ser “redimidas” por el progreso de nuestra civilización.

Pero he aquí que un viajero acostumbrado a vivir precisamente entre “salvajes”, que hace ya tiempo que regresa a su cómodo mundo occidental con menos frecuencia, y que precisamente por ello es capaz de observar nuestro desarrollo como sociedad más objetivamente, se da cuenta de la creciente merma de libertades que vamos sufriendo durante los últimos años, con su consecuente aumento de prohibiciones y obsesiones con la seguridad y “protección” de derechos, creando un nuevo fundamentalismo cultural, silencioso, sin algaradas, que llega a formular, por ejemplo, la excusa de la “protección a la familia o a la infancia” para censurar una fotografía de Elton John y su pareja con su hijo en la portada de una revista.

Se puede decir que no son comparables los dos casos, el de Uganda con el de EEUU, por la atrocidad del primero y lo anecdótico del segundo, que ya hace tiempo que no se persigue a los homosexuales por aquí, y que si la historia de la revista ha llegado a ser noticia, es precisamente por el escándalo que ha producido, y que por ello se ha corregido inmediatamente. Pero aún admitiendo este argumento, no deja de ser cierta la fragilidad de la línea que separa la defensa de ese pretexto con su contrario. Desde hace tiempo hemos normalizado la presencia de cámaras de seguridad en todas partes, consideramos a los fumadores como apestados, caemos en las redes del consumo con una facilidad que pasma (aunque la crisis nos ha dado una buena bofetada), somos más moralistas que nunca (y por tanto más hipócritas), comemos telebasura hasta hartarnos, y todos seguimos las normas dictadas por los señores de la estética (obligándonos a seguir dietas y a estar constantemente en forma).

La inducción es claramente efectiva, y ha conseguido que la mayoría de la población sea fiel a un sistema insaciable. A esto también le podemos llamar fundamentalismo: nuestro sistema de creencias es firme porque no prevé alternativas, aceptamos su funcionamiento, con todas las cargas e inconvenientes que conlleva, y, a diferencia de los musulmanes, que sí se han rebelado contra sus gobiernos, nosotros nunca nos atreveremos a decir una palabra en contra. Seguro que, a pesar de las protestas contra la actitud del establecimiento que censuró la portada de la revista con la foto de Elton, hubo muchos que pensaron que no estaba mal, que se estaba obrando con un razonamiento acorde al derecho a defender al más débil, partiendo de la base de que siempre se puede ser algo homófobo siempre que haya que salvaguardar un bien mayor; igual que se recortaron derechos fundamentales como la libertad de expresión, la privacidad de las comunicaciones, o la presunción de inocencia, cuando se convenció a la población de que su seguridad estaba en juego. Es tremendamente triste ver la facilidad de manipulación que existe. ¡Y nos sorprendemos de los extremistas suicidas cuando nosotros llevamos largo tiempo suicidándonos con una precisión lenta y calculada! Recuerdo un excelente cómic de Ralph König, en el que sobre la barra de un bar gay se producían dos conversaciones paralelas, o mejor dicho una conversación entre tres jóvenes que charlaban sobre lo aburridos que estaban de divertirse, y el monólogo de un viejo marica que pensaba en voz alta sobre cómo la homofobia cotidiana le había jodido la vida. No puedo dejar de escribir sus últimas frases:

“Hoy en día todos quieren ser jóvenes y guapos y bailar cada noche… ¡Todo menos pensar y tener inquietudes políticas, y mientras tanto los neonazis están preparando el terreno!

Algunos tendrían que haber experimentado lo que era antes… ¡Cuando de repente se abrían las puertas y aparecía la policía y te pedía los documentos! Uno no se sentía seguro ni siquiera en su propia casa, ya que los vecinos podían ver cómo traías visitas masculinas. Por eso había que ir con mucho cuidado y sin hacer ruido, si no, te rescindían el contrato del piso. ¡Así de sencillo! ¡Entonces no había discotecas con zonas nudistas, ni drogas, ni aros en la nariz…! ¡Pero de aburrirnos no nos aburríamos!”

Pensamos que hemos vencido los prejuicios homofóbicos de nuestra sociedad porque ya tenemos ley de matrimonio gay, los guetos se han convertido en templos del consumo, las celebraciones del orgullo gay atraen a las mejores marcas, y las discos ofrecen macrofiestas cada fin de semana, cuando la verdad es que, ante nuestros ojos el mercado se ha convertido en la religión oficial, mucho más agresivo que el peor de los integrismos, con el que no se juega, y que un día nos alaga como clientes necesarios, y otro, en un hipotético futuro, nos puede volver a hundir en el ostracismo. La misma mentalidad que ha censurado la foto de portada, y que ha cedido ante el escándalo, no desaparecerá si no abandonamos la seguridad que hemos creído conseguir. Como dice Zygmunt Bauman:

“Las libertades de los ciudadanos no son propiedades adquiridas para siempre; no se trata de pertenencias que se encuentran seguras en cuanto se guardan en cajas fuertes privadas. Están plantadas y arraigadas en el sustrato socio-político y éste ha de ser fertilizado a diario; si no reciben los cuidados debidos día tras día (en forma de acciones informadas a cargo de un público entendido y comprometido), acaban secándose y desintegrándose.

El pasado tiende a ser despiadada y sistemáticamente destruido, lo que hace que la redención de las esperanzas sea sencillamente imposible desde el momento en que los individuos son reducidos a una mera secuencia de experiencias instantáneas que no dejan rastro o cuyo rastro, mejor dicho, es odiado por irracional, superfluo y “superado” en el sentido más literal de la palabra. Cuando los individuos han quedado así reducidos, es improbable que traten de hallar seguridad en la esperanza (es decir, en una causa que todavía no se ha materializado en realidad)… Quienes no tienen un mínimo control sobre el presente no serán capaces de reunir el coraje necesario para controlar el futuro… El estado de precariedad reinante hace que el futuro en su conjunto resulte incierto y, por tanto, impide toda previsión racional, y anula ese mínimo de esperanza en el futuro que se necesita para rebelarse…

Desairado y frustrado a diario, el individuo halla un refugio para su narcisismo personal en el narcisismo colectivo: una promesa de seguridad que resulta inevitablemente engañosa en lo que a la salvación de esa individualidad gravemente herida respecta…

El mundo quiere que le engañen… No es que las personas se traguen el cuento, como se suele decir, es que desean que les engañen; sienten que sus vidas serían completamente insoportables si dejaran de aferrarse a satisfacciones que no lo son en absoluto.

En el relato que hizo Lion Feuchtwanger de las aventuras de Ulises, los navegantes transformados en cerdos por el hechizo maligno de Circe renunciaban a recuperar su forma humana cuando se les daba la oportunidad: cómodamente descargados de toda preocupación gracias a la comida que, aunque frugal, recibían regularmente y sin condición alguna, y gracias al refugio (mugriento y maloliente, pero gratuito) que les proporcionaba la pocilga, no estaban dispuestos a probar una alternativa que era más emocionante, sí, pero también más inestable y arriesgada.