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viernes, 28 de junio de 2019

#hemeroteca #queer #identidades | Qué es ser ‘queer’

Imagen: El País / Orgullo en Portland, Oregón, 2019-06-16
Qué es ser ‘queer’.
¿Puede este término, que fue un insulto y está históricamente ligado a la subversión, servir como paraguas para todas las identidades LGTBIQ+?
Raquel Seco | El País, 2019-06-28
https://elpais.com/elpais/2019/06/28/ideas/1561722405_001524.html

Un panfleto circuló de mano en mano en la manifestación del Orgullo de Nueva York de 1990. Rezaba: “Cuando muchas lesbianas y homosexuales nos despertamos por la mañana, nos sentimos ‘enfadadxs’ y ‘asqueadxs’, no ‘gay’ [alegre, en uno de los significados de la palabra en inglés]. Así que elegimos llamarnos ‘queer’. Es una forma de recordarnos a nosotros mismos cómo nos percibe el resto del mundo. Es una forma de decirnos que no tenemos por qué ser personas ingeniosas y encantadoras que llevan vidas discretas y marginadas en el mundo heterosexual”. Queer Nation, una organización que luchaba contra la homofobia y la pandemia del VIH, firmaba el manifiesto, que ha pasado a la historia como una de las primeras reivindicaciones de la palabra ‘queer’.

El recorrido de ‘queer’ hasta aquella explosión de orgullo y reivindicación fue largo: en el siglo XVI, en inglés el término significaba raro, peculiar, extraño, y se vinculó al ámbito sexual desde el siglo XIX, principalmente referido a hombres. Uno de los primeros documentos al respecto es una carta del marqués de Queensberry, John Douglas, en 1894, en la que usó 'queer' con tono peyorativo para insultar a los homosexuales tras descubrir que su hijo tenía una relación con Oscar Wilde —el escritor acabó investigado y condenado por “conducta inmoral”, y tuvo que exiliarse a Francia—. Desde entonces se utilizó como insulto homófobo. No fue hasta las últimas décadas del siglo XX cuando el término empezó a ser reivindicado, entre otros, por Queer Nation, y cruzó fronteras más allá del mundo anglosajón. Aquel panfleto de 1990 continuaba: “Cuando se usa con otros gais y lesbianas, [‘queer’] es una forma de proponer que cerremos filas, y que olvidemos (temporalmente) nuestras diferencias individuales porque nos enfrentamos a un enemigo común más insidioso. ‘QUEER’ puede ser una palabra dura, pero también es un arma astuta e irónica que podemos robar del homófobo y usar contra él”.

Desde entonces, la teoría ‘queer’ ha tratado de explicar qué es ‘queer’ (en español, a veces escrito 'kuir' o 'cuir'), quién, cómo, o por qué se usa y a qué se refiere. El debate sigue abierto, porque el término se caracteriza por su fluidez y escapa las etiquetas. La pensadora Eve Kosofsky Sedgwick lo definió en los noventa como “una red abierta de posibilidades, lapsos, solapamientos, ausencias y excesos de significado cuando los elementos que constituyen el género o la sexualidad no son (o no pueden ser) forzados a un significado monolítico”. Refiriéndose solo al aspecto sexual, la antropóloga cultural Gayle Rubin retrató la división entre sociedad ‘respetable’ y ‘los otros’ con un diagrama (el “círculo mágico”, lo llamó) que sitúa en el centro las prácticas aceptadas (heterosexuales, monógamas...) y fuera las homosexuales, las promiscuas, las marginadas... eminentemente ‘queer’.

Pero el término engloba mucho más. Eleri Anona Watson, fundadora del Queer Studies Network (red de estudios ‘queer’) de la Universidad de Oxford, añade al teléfono: “Lo ‘queer’, para mí, no es definible en absoluto. Es un término indomable, radical, cambia con el tiempo y nadie se lo puede apropiar, desde el punto de vista filosófico y práctico. Ahí es precisamente donde reside su poder”.

Así que el viejo insulto ha mutado y se ha propagado sin parar en el último siglo y medio, y hoy su uso es común en el mundo académico y entre jóvenes. Los departamentos de estudios ‘queer’ se multiplican en las universidades y, en los medios, actrices, músicos y otros famosos salen del armario definiéndose no como homosexuales, sino como ‘queer’, y explicando que se sienten más cómodos con una definición fluida de su sexualidad. ¿Podría seguir creciendo el concepto hasta servir como paraguas para todas las identidades no heteronormativas? En un ensayo de la revista 'The Atlantic' el pasado febrero, el periodista Jonathan Rauch defendía que la letra Q (de ‘queer’) engloba “todas” las minorías sexuales, mientras que LGTBIQ+ (lesbianas, gais, transexuales, bisexuales, intersexuales y ‘queer’) acaba inevitablemente excluyendo a algún colectivo y, además, resulta confusa.

No todos están de acuerdo. Hay voces contrarias a usar ‘queer’ como etiqueta estándar: subrayan que las siglas, aunque no representen literalmente cada una de las identidades de género y orientaciones sexuales, sí lo pretenden, y de ahí que a menudo al final de la secuencia de letras se incluya un “+”.

Además, quienes rechazan acabar con las siglas apuntan que el concepto ‘queer’ está umbilicalmente unido a una subversión política. “Suelo decir que ‘queer’ se refiere a no heterosexuales a quienes les ‘pone’ el anticapitalismo. No lo digo totalmente en serio, pero tampoco totalmente en broma”, comenta Florence Ashley, activista ‘trans’ y académica en la Universidad McGill de Montreal. Lo ‘queer’, subraya Ashley, tiene que ver con el rechazo a las “políticas de lo respetable” enraizadas en el capitalismo neoliberal. “El movimiento gay de masas dice que merecemos ser aceptados porque somos iguales, excepto en que nos acostamos con otro tipo de personas. Pero el movimiento ‘queer’ sostiene que debemos ser aceptadas porque somos humanas y porque tenemos razón: el sistema es injusto”. Ella cree que el uso único de ‘queer’ no ayudaría a diferenciar entre orientación sexual e identidad de género —algo que ya demasiada gente no hace— e invisibiliza todavía más a la comunidad ‘trans’. “Hemos luchado tanto porque esa letra T se uniera a las otras siglas, ¿y ahora vamos a ser ignoradas porque algunos piensen que ­LGTBIQ+ es demasiado largo?”

Efectivamente, lo ‘queer’ es esencialmente radical, coinciden distintos activistas y académicos, y definirse como tal y ser a la vez políticamente conservador, o misógino, o transfóbico... es, simplemente, contradictorio. Lo ‘queer’ “es un movimiento de disidentes de género y sexuales que resisten frente a las normas que impone la sociedad heterosexual dominante, atento a los procesos de normalización y de exclusión internos a la cultura gay: marginalización de las bolleras, de los cuerpos transexuales y transgénero, de los inmigrantes, de los trabajadores y trabajadoras sexuales...”, escribió el filósofo Paul B. Preciado, autor de 'Un apartamento en Urano' (Anagrama).

También hay quien teme que, dejando de usar las siglas LGTBIQ, se borren luchas que deben ser reconocidas. Hay identidades (mujer o bisexual, por ejemplo) que aglutinan a las personas para pelear por sus derechos, señala Begoña Martínez-Pagán, profesora de Literatura Feminista y LGTBIQ+ en la Universidad de Murcia. “Son categorías inventadas, líneas en la arena, pero que sean artificiales no implica que la gente no tenga derecho a reivindicarlas si sienten que les otorga poder. La diferencia está en si alguien te asigna una categoría desde fuera para señalarte como ‘otro’”.

En los países anglófonos una parte de la comunidad gay —aquellos que fueron peyorativamente señalados e insultados como ‘queer’— siente que esta palabra todavía les duele y desconcierta. “Categóricamente gay”, declaraba el titular de un artículo de Slate en el que el periodista Jim Farber, que salió del armario en los setenta, admitía estar perdido en esta era de fluidez. Farber se pregunta: si casi cualquier persona progresista puede encontrar la manera de identificarse como ‘queer’, ¿qué significa la palabra exactamente? “Me suena a algo que borrará la historia homosexual —mi historia— ahogándola en inclusividad para ampliar su alcance”, reflexiona. “Quizá este sea un factor inevitable del progreso. Al fin y al cabo, cualquier movimiento acaba siendo irrelevante si tiene éxito”.

sábado, 14 de enero de 2017

#hemeroteca #bromosexualidad | Heterosexuales y gays ya pueden ser amigos (sin vergüenza)

Imagen: El Mundo
Heterosexuales y gays ya pueden ser amigos (sin vergüenza).
Marian Benito | YoDona, El Mundo, 2017-01-14

http://www.elmundo.es/yodona/lifestyle/2017/01/14/587513a6e2704ef8708b464c.html

¿Tan extraño es que dos hombres puedan ser amigos, independientemente de que uno mire a la mujer y el otro al varón? Hace unas semanas, el crítico musical Jim Farber le dedicó a este asunto uno de sus artículos en 'The New York Times', sacando del armario la palabra bromosexual, que define esa relación de amistad entre dos hombres cuando uno es heterosexual y otro gay. Y parece que, a partir de ahora, va a dar mucho que hablar.

El texto pretende derribar ese dique homófobo que impide, todavía hoy, cualquier expresión de simpatía, apego o camaradería entre dos varones solo por tener diferente orientación sexual. Farber presenta la bromosexualidad como una tendencia y menciona en su artículo algunos ejemplos, como la amistad entre los personajes que interpretan Nick Jonas y Glen Powell en la serie de humor y terror 'Scream Queens'. O el 'bromance' maduro fuera de pantalla entre los actores británicos Ian McKellen y Patrick Stewart. El primero, gay, ofició la boda del segundo hace tres años.

El escritor irlandés gay Jarlath Gregory habla también de este vínculo en su última novela 'The Organised Criminal' y lo califica como algo "nuevo y fresco para la cultura, pero extrañamente familiar" para él. Tiene claro que esa relación tan fluida que plantea en su libro no hubiese resultado creíble hace diez años.

En el mundo de la ficción y de las celebridades la relación bromosexual tiene visibilidad. A ras de suelo, la realidad es diferente. Jesús Generelo, presidente de la Federación Estatal de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales (FELGTB), recuerda que aún tenemos que sacudirnos algunos prejuicios y estereotipos demasiado rancios que llevan a no mostrar afecto hacia una persona gay, "a ver si alguien va a pensar que yo también...". La relación está muy marcada: no se hace pública, las conversaciones se quedan en lo banal o estrictamente necesario y se mide la cordialidad al milímetro.

Según Generelo, este temor del heterosexual a ser etiquetado como homosexual refleja el comportamiento homófobo que aún impera y la percepción tan errónea y estereotipada de la amistad, condicionándola a determinada orientación sexual en lugar de fijar como criterio esa personalidad única e irrepetible que tiene cada ser humano.

Saber que las cosas empiezan a cambiar es para él una buena noticia. "La visibilidad reciente del colectivo LGTB va consiguiendo que se olviden muchos clichés absurdos, prejuicios y estereotipos que solo están fundamentados en el desconocimiento. La amistad entre un hombre gay o bisexual y uno heterosexual es exactamente igual que entre dos hombres heterosexuales, salvo que alguien entienda la amistad como una relación basada exclusivamente en salir a ligar juntos o en compartir hazañas sexuales".

Y si lo que subyace es el miedo del heterosexual a ser el objeto de deseo del hombre gay o bisexual, dice que cabría plantearse dos cuestiones. "Por un lado, ¿acaso a los homosexuales nos gustan todos los hombres? Por otro, ¿Qué problema habría? ¿Es imposible mantener una amistad con alguien que te quiere o te desea? Pobre concepto de la amistad entonces".

Tanto Generelo como Farber y el resto de autores que se están hablando de la relación bromosexual coinciden en que, una vez que rompemos prejuicios y aprendemos a valorar a las personas por lo que son, no por sus deseos eróticos, los beneficios de esta amistad aún incipiente entre hombre heterosexual y hombre gay son muchos y mutuos:
  1. Se amplía la visión que se tiene de las personas y se enriquecen los puntos de vista. La diversidad siempre es un valor positivo, especialmente si favorece, como en este caso, la posibilidad de hacer y tener amigos.
  2. Por fin los hombres pueden abrazarse y tocarse sin que pueda apreciarse en este gesto un atisbo de deseo sexual ni sospecha de una orientación diferente a la que uno tenga.
  3. Puede que el hombre gay, al menos en cuanto a gustos, no tenga nada que ver con el hombre heterosexual, pero ¿esta circunstancia puede impedir una amistad basada en el respeto y aceptación de cada uno tal cual es? Con sus diferencias en cuanto a puntos de vista, visión del mundo, interés, gustos... y, sí, también en cuanto a orientación sexual, pero con capacidad de dar y recibir consejos.
  4. Si uno mira a las mujeres, el otro a los hombres, ¿no es cierto que se disipa una posible rivalidad? Visto así, la amistad es beneficiosa para ambos y puesto que el sexo no es opción, la relación se vive sin esta tensión.
  5. Una relación así, en la que ambos pueden hablar de sus conquistas amorosas de una manera abierta y sin la rigidez de la masculinidad o del universo gay, ayuda a normalizar la atracción.
  6. Independientemente de su orientación sexual, un amigo permite descubrirnos, identificarnos y fortalecer nuestra personalidad. Los estereotipos impiden apreciar estas relaciones del mismo modo que el resto.
  7. Cuando el hombre se desprende de su actitud defensiva de macho alfa, está receptivo a una relación de lealtad, complicidad, sinceridad y afectos en la que encuentre satisfacciones, apoyo mutuo, comunicación, alivio para su soledad, aceptación y cariño.
  8. Por último, ¿qué ocurrirá con ese tándem que tradicionalmente han formado el hombre gay y la mujer? "Una amistad no es excluyente de otra. Los sentimientos son elásticos y pueden estirarse, compartirse. Más siempre es mejor, no hay por qué establecer comparaciones ni exclusiones", responde Generelo.