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domingo, 1 de julio de 2018

#hemeroteca #homosexualidad #historia | Pioneros en la lucha por la emancipación: la Revolución rusa y la homosexualidad

Imagen: Izquierda Diario / Ilustración de Juan Artacho
Pioneros en la lucha por la emancipación: la Revolución rusa y la homosexualidad.
Luego de la revolución, Rusia fue el primer país del siglo XX en despenalizar la homosexualidad. No es exageración decir que fueron pioneros en el mundo. Un breve repaso por esta historia y la manera en que fue relegado y recuperado este legado.
Rodrigo López | Izquierda Diario, 2018-07-01
http://www.izquierdadiario.es/Pioneros-en-la-lucha-por-la-emancipacion-la-Revolucion-rusa-y-la-homosexualidad

En diciembre de 1976, en la revista ‘Critique Communiste’, Jean Nicolas, militante de la Liga Comunista Revolucionaria y activista gay del Frente de Acción Revolucionaria Homosexual, escribía “La cuestión homosexual”. Allí describía tres “etapas” en la lucha por la emancipación gay.

La primera generación corresponde a lo que podríamos denominar los “pioneros” de lo homosexual. En los ‘70 y ‘80 del siglo XIX se asistió a una progresiva medicalización de la homosexualidad que agruparía a un conjunto de prácticas sexo-afectivas bajo una etiqueta identitaria (homosexual), para diferenciarlas de (y subordinarlas a) aquellas que mejor se acomodaban a los fines de fortalecer la familia nuclear como ámbito privilegiado de la reproducción (la heterosexualidad). Como sostiene Zabiur, figuras como Karl Ulrichs o Magnus Hirschfeld son parten de un movimiento aun en formación cuya principal meta era la despenalización de la homosexualidad. Se inscribieron en el paradigma científico decimonónico en la “búsqueda de un fundamento biológico a la homosexualidad” [1] como reacción a la etiqueta de ‘contra natura’, y por esta vía a la construcción de una mirada positiva, aun tomando prestado (y cambiando el sentido) algunos de esos conceptos.

Una segunda etapa la ubicaba con el movimiento homófilo. Desarrollado en las décadas del ‘50 y ‘60 del siglo XX, predominantemente de clase media, el movimiento homófilo se dio objetivos políticos moderados: se abocarían a ganar una opinión positiva del público y de las autoridades mostrándose como discretos, dignos, virtuosos y respetables. Sus acciones se restringieron sobre todo a la búsqueda de ciertas reformas legales.

Una tercera etapa se abrió a partir de la irrupción de la revuelta de Stonewall en junio de 1969. La cuestión homosexual se replanteó en términos de liberación sexual con una crítica radical al sistema capitalista que, en medio de la radicalización política de los movimientos sociales que emergieron post Mayo Francés, buscó estrechar lazos con el resto de las luchas de los oprimidos y explotados.

Tendríamos que agregar una cuarta etapa cuando, a partir de los ‘80, con la aparición del HIV/SIDA, el embate neoliberal y la caída de la URSS, las aristas más revulsivas de aquel movimiento que se había desarrollado en los ‘70 fueron perdiendo filo y la mayoría de las organizaciones de gais, lesbianas y travestis se abocaron a las cuestiones de la identidad y al horizonte de la ampliación de derechos civiles y formales en los marcos de las democracias capitalistas.

Hoy el Mundial que se juega en Rusia ofrece una postal pobre en esta materia; Putin mantiene una de las legislaciones más represivas contra los homosexuales. Pero lo cierto es que a principios del siglo XX y adelantándose en más de 40 años al resto del mundo, la revolución socialista que puso en pie el primer Estado obrero de la historia en 1917, rápidamente despenalizó la homosexualidad y se transformó en un primer laboratorio de emancipación. ¿Dónde ubicar entonces la experiencia rusa en este esquema?, o dicho de otro modo, ¿por qué la experiencia rusa ocupó un lugar marginal en la memoria y la tradición de aquellas organizaciones de liberación sexual que se plantearon un horizonte anticapitalista? Exploremos brevemente el ensayo ruso para volver luego a estas preguntas.

La Revolución rusa y la despenalización de la homosexualidad
La Unión Soviética en 1922 fue el primer Estado en el mundo que despenalizó el delito de la sodomía. Healey señala que dentro de las visiones sobre la sexualidad en la izquierda rusa existían dos campos potencialmente contradictorios: aquellas que se anclaban en los anhelos por destruir el viejo orden y aquellas que intentaban definir uno nuevo [2]. Señala que mientras los primeros enfocaron sus esfuerzos en eliminar la influencia de la Iglesia y el Estado, los segundos, a los que define como “racionalistas”, esgrimían una idea de sexualidad donde las disciplinas modernas, la medicina centralmente, tenían que apuntar a reforzar el “biopoder”, la salud, la capacidad reproductiva y productiva de la nueva sociedad socialista.

Aun sin contar con un desarrollo coherente y sistemático sobre cuestiones referidas a la homosexualidad, durante los primeros años de la revolución, al menos hasta 1928, la vertiente libertaria del pensamiento bolchevique hegemonizó, en términos generales, los abordajes hacia el asunto.

Como señala Healey contra la historiografía liberal, si bien es cierto que previo a la revolución los escasos esfuerzos por despenalizar la sodomía fueron llevados adelante por las fuerzas liberales, fueron los bolcheviques quienes realizaron los avances más decisivos en esta dirección. El gobierno revolucionario se dio un Código Penal recién en 1922, y allí hay que reconocer la búsqueda deliberada, y no accidental, de separar las relaciones homosexuales consentidas entre adultos de los efectos del punitivismo de Estado.

Como parte de este proceso de liberalización también hay que señalar la adhesión del gobierno soviético a la Liga Mundial por la Reforma Sexual. El Comisariado de la Salud, a cargo de Semashko, fue el que estuvo al frente de esta iniciativa. Higienistas, médicos y psiquiatras soviéticos trabajaron en común con el Instituto de Investigación Sexual de Berlín, presidido por Hirfcherld, uno de los centros más activos por el reconocimiento de los derechos homosexuales.

No obstante, la promulgación de leyes y sus efectos concretos en la vida cotidiana no era mecánica. Por el contrario, pervivieron soterradamente algunos discursos científicos y médicos que seguían patologizando las relaciones entre personas del mismo sexo. Fundamentalmente los enfoques racionalistas en la medicina encontraron un suelo fértil en la Rusia post-revolucionaria. Un sector del bolchevismo aún conservaba una mirada procreacionista sobre la sexualidad como principio reproductor de vida.

En este pasaje del enfoque legal (propio del zarismo) al enfoque médico, muchos interrogantes quedaron sin respuesta. Fundamentalmente: ¿la ciencia colaboraba efectivamente en permitir un desarrollo sexual libre, o más bien estaba preocupada en encontrar la razón última de esta “anomalía social”?

En el transcurso de la década del ‘20, y ya una vez que se clausura el proceso revolucionario en Europa y el stalinismo se va cristalizando como una burocracia política, las tendencias más libertarias van perdiendo peso al interior del Partido Bolchevique. Es en este marco que las nociones reproductivistas de la sexualidad se convirtieron en oficiales, utilizando todo el peso del Estado y la ley para reforzar un modelo de heterosexualidad obligatoria.

Los años del stalinismo y el “Termidor sexual”
Richard Stites utilizó el concepto de “Termidor sexual” para caracterizar este período [3]. El radicalismo sexual que acompañó a la revolución en los años ‘20 fue el principal blanco de este Termidor. Ideológicamente, señala Stites, para el stalinismo la vida privada de las personas no era políticamente relevante y las cuestiones sexuales eran distracciones burguesas.

De la mano de los grandes cambios experimentados tras la industrialización acelerada y los grandes procesos de urbanización, el stalinismo se abocó a reforzar una serie de mecanismos de control social para reforzar el rol de la familia y atacar diferentes formas de “criminalidad social”.

El contexto internacional también coadyuvó en este proceso. El ascenso de los nazis al poder a partir de 1932 fortaleció una retórica homofóbica a nivel internacional y la búsqueda de chivos expiatorios. La homosexualidad comenzó a ser señalada por el Estado como una desviación de clase y los homosexuales como “infiltrados” del fascismo.

En un artículo, Healey sostiene que los homosexuales rusos no lograron durante la década del ‘20 constituir una organización política que aprovechara los cambios introducidos por la revolución [4]. Políticamente desarmados, las posibilidades de una acción autónoma de resistencia eran lejanas, y mucho más a medida que las alas de la izquierda bolchevique fueron diezmadas y liquidadas bajo el terror stalinista.

La homofobia fue un discurso que sirvió para reforzar la estabilidad de la heterosexualidad como régimen de deseo y norma sexual hegemónica. Se alimentó de varios temores promovidos por la burocracia estatal: la corrupción de una juventud sana, la homosexualidad como remanente de la sociedad burguesa, el peligro del fascismo y las características no reproductivas del sexo entre hombres que amenazaba con la reproducción de la gran patria rusa.

Recuperar un legado, buscar herederos Volviendo entonces a la pregunta original: ¿por qué esta enorme experiencia histórica desapareció de la reflexión y las memorias gais durante buena parte del siglo XX?

En primer lugar, la brutal tradición homofóbica que instauró el stalinismo con el objetivo de fundamentar la liquidación de los progresos emancipatorios de la revolución. La reproducción de estos no fue autoría exclusiva del stalinismo; muchos de los argumentos esgrimidos para las políticas de persecución y criminalización a la homosexualidad en los años ‘30 en la URSS fueron repetidos, más tarde, en otras experiencias revolucionarias como la cubana [5]. Los prejuicios homofóbicos fueron adoptados como propios por parte de la nueva izquierda guevarista o maoísta [6].

Estas concepciones de la izquierda guevarista y maoísta anclaban su razón en un problema más profundo relacionado con el carácter de clase de estas organizaciones, sus estrategias y su política. Los movimientos guerrilleros reprodujeron una moral pequeñoburguesa basada en el atraso de las masas campesinas como fundamento de su homofobia. Nada más alejado de las tradiciones más avanzadas del socialismo revolucionario, que siempre estuvo a la vanguardia contra los prejuicios moralistas y reaccionarios.

En este marco las relaciones entre el emergente movimiento de liberación sexual y la tradición marxista nació bajo el paradigma de la mutua sospecha, y salvando algunas valiosas excepciones, la experiencia rusa en materia de libertades sexuales fue desplazada en el horizonte de pensamiento y acción por gran parte de este activismo.

Dean Healey sostiene que, si en la historia rusa muchos “espacios en blanco” fueron rellenados recién por la apertura de los archivos de la Unión Soviética luego de su caída, permitiendo avanzar en el conocimiento sobre terrenos antes inexplorados, tendríamos que decir entonces que “la historia de la comprensión y abordaje de la homosexualidad se encuentra seguramente entre los más ignorados” [7]. Durante años el acceso a información que permitiera esclarecer las actitudes revolucionarias hacia el amor homoerótico estuvo bloqueado.

Recién a fines de los ‘60 y principios de los ‘70 algunos referentes de la izquierda gay francesa e inglesa, con sus propias limitaciones, revisitaron los años ‘20 para extraer de allí algunas conclusiones. Se destacan algunas menciones en el ‘Deseo homosexual’ del francés Guy Hocquenghem, los escritos agrupados en torno a ‘Gay Left’, revista que se editara en Gran Bretaña entre 1975 y 1980, el texto de John Lauritsen y David Thorstad publicado en 1974, cuya gran contribución fue situar los esfuerzos rusos en el contexto del pensamiento progresista europeo y las políticas para demoler “los muros que separaban a los homosexuales del resto de la sociedad” [8].

Los avances realizados por la historia social a partir de la década del ‘90, entre las que se destacan las de Dean Healey y Laura Engelstein, permitieron rescatar del olvido las actitudes de la revolución hacia la homosexualidad e inscribirlas en el marco de un proyecto emancipatorio heredero de una larga tradición multifacética del pensamiento socialista. Socavaron la imagen de un ‘continuum’ en la construcción de una heterosexualidad conservadora y centrada en la familia entre los años ‘20 y ‘30, argumentando que el profundo viraje que implicó el stalinismo se realizó sobre la base de extirpar los ideales revolucionarios y antipatriarcales. En este marco inscribieron la recriminalización de la homosexualidad entre 1933-35 como parte de una política general tendiente a reforzar los roles de género y los mecanismos de control y disciplinamiento social.

La experiencia rusa adelantó muchas de las batallas que más adelante enarbolarían los movimientos de liberación sexual: la pelea contra el poder disciplinador del Estado, contra la institución eclesiástica y contra los efectos normativizantes de la medicina y otras disciplinas.

Los movimientos de emancipación sexual que se desarrollaron en los ‘60 y ‘70 legaron valiosas herramientas teóricas y políticas para pensar las vías para una vida libre de opresiones. Un arsenal con el que no contaban los bolcheviques cuando asumieron el poder. Como planteamos al inicio, los encuentros entre el marxismo y los planteos de liberación sexual no estuvieron exentos de tensiones, pero los bolcheviques se dieron una política de tomar como propias las experiencias más avanzadas del marxismo en su lucha contra los prejuicios morales para revolucionar el conjunto de las relaciones sociales.

El neoliberalismo fragmentó a las clases explotadas y los grupos socialmente oprimidos en identidades parciales, separándolas en luchas limitadas por sus reivindicaciones. Revisitar la experiencia de estos pioneros es, a fin de cuentas, volver a poner sobre el horizonte una perspectiva que se proponga unir lo que las clases dominantes separan artificialmente con el propósito de perpetuar su dominio. Porque compartimos enemigos comunes y anhelos similares: una sociedad sin explotación ni opresión de ningún tipo.
  • [1] Ibon Zabiaur, 'Pioneros de los homosexual', Anthropos, Barcelona, 2007, pp. 27-28.
  • [2] Dan Healey, ‘Homosexual Desire in Revolutionary Russia. The regulation of sexual and gender dissent’, Chicago, University of Chicago Press, 2001, pp. 110.
  • [3] Richard Stites, ‘Revolutionary Dreams: Utopian Vision and Experimental Life in the Russian Revolution’, New York, Oxford University Press, 1989, pp. 117.
  • [4] Ver Dan Healey “The Russian Revolution and the Descrminalisation of Hmosexuality”, ‘Revolutionary Russia’, Vol. 6, N.º 1, Londres, junio de 1993, pp. 46-49.
  • [5] A partir de 1965 se comienzan a implementar las Unidades Militares de Ayuda a la Producción, más popularizadas como UMAP, campos de trabajo a los que eran enviados opositores y gais.
  • [6] En su trabajo ‘Los antisociales. Historia de la homosexualidad en Barcelona y París’, 1945-1975, Geoffroy Huard trabaja los encuentros y desencuentros entre la izquierda y los movimientos de la diversidad sexual recorriendo alguna de estas discusiones.
  • [7] Dan Healey, ‘Homosexualidad y revolución’, Final Abierto, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 2018, pp. 29.
  • [8] John Lauritsen y David Thorstad, ‘The Early Homosexual Rights Movement (1864-1935)’, Nueva York, Times Change Press, 1974, pp. 62-63.

martes, 24 de octubre de 2017

#hemeroteca #mujeres #historia | Mujeres en la revolución

Imagen: El Salto
Mujeres en la revolución.
La huelga del Día de la Mujer permitió poner en marcha la serie de protestas que acabarían desembocando en la abdicación del zar y la formación de los soviets.
Layla Martínez | El Salto, 2017-10-24
https://www.elsaltodiario.com/revolucion-rusa/1917-mujeres-revolucion

Las bolas de nieve impactaron contra los cristales de la fábrica. Desde dentro se podían oír los gritos de la calle. Llamaban a la huelga y al sabotaje, a hacer caer el trono del tirano y convocar la tormenta. Las trabajadoras abandonaron sus puestos y se unieron a la manifestación que recorría Petrogrado. Las bolas de nieve se convirtieron en piedras y los cristales de la fábrica estallaron en pedazos.

A la caída de la tarde, lo que había comenzado como una manifestación para conmemorar el Día Internacional de la Mujer se había convertido en una huelga que llamaba al levantamiento contra el régimen zarista. Más de 100.000 personas, en su mayoría mujeres, chocaron contra la policía en los diferentes disturbios que se iniciaron por toda la ciudad. La Revolución Rusa acababa de comenzar.

El incendio de febrero
La participación de las mujeres en la huelga que hizo estallar la revolución no era un hecho aislado. Las obreras habían protagonizado las huelgas de la industria textil en 1896, las protestas contra el reclutamiento forzoso para la guerra rusojaponesa y los sucesos revolucionarios de 1905, donde las mujeres de las fábricas textiles, tabaqueras y azucareras se habían unido a las trabajadoras del servicio doméstico para formar sus propios sindicatos y participar en las diferentes manifestaciones y protestas.

Además, las mujeres habían tenido una implicación crucial en las sociedades secretas que habían atentado contra el régimen zarista en las últimas décadas del siglo XIX. No solo habían constituido prácticamente la mitad de sus miembros, sino que también habían tenido cargos de responsabilidad en la coordinación de las diferentes células y la decisión de las líneas estratégicas a seguir. Así, por ejemplo, el atentado que había acabado con la vida del zar Alejandro II había sido planificado y dirigido por una mujer, Sophia Perovskaya, miembro del Comité Ejecutivo de la sociedad secreta Narodnaya Volia.

La movilización militar de los hombres había favorecido la incorporación de las mujeres al creciente proletariado industrial: si en 1914 constituían el 26,6% de la fuerza de trabajo, en 1917 habían alcanzado el 43,3%. Este incremento se había producido incluso en los trabajos cualificados, de los que las mujeres habían estado tradicionalmente apartadas: del 3% en 1914 habían pasado al 18% en 1917.

Este trabajo industrial se desarrollaba en condiciones de explotación extrema, con jornadas que oscilaban entre las trece y las catorce horas diarias, una enorme peligrosidad y una absoluta ausencia de derechos.

En el campo, las condiciones de vida no eran muy diferentes. La abolición formal de la servidumbre no había acabado con las relaciones de dominación que mantenían a los campesinos en la miseria. La desnutrición, la muerte por enfermedades que tenían cura y la explotación extrema seguían siendo las condiciones en las que se desarrollaba la vida de los antiguos siervos. Sin embargo, los mecanismos que hacen girar los engranajes de la Historia estaban a punto de empezar a moverse.

La huelga del Día de la Mujer permitió poner en marcha la serie de protestas que acabarían desembocando en la abdicación del zar y la formación de los soviets. Con frecuencia, los historiadores han restado importancia a los sucesos del 8 de marzo —23 de febrero en el antiguo calendario ruso— destacando su carácter espontáneo y su falta de estrategia política. Sin embargo, la determinación y los métodos que utilizaron las mujeres que participaron en la huelga demostraron que conocían las causas profundas de sus problemas y que sabían cómo hacerles frente. Esto fue visible no solo en los lemas y las pancartas que se exhibieron en las protestas, sino también en las estrategias que se pusieron en marcha, como la de ganar a los soldados para la causa.

El carácter espontáneo de la protesta no implica que no fuese producto de un alto grado de conciencia política. Las mujeres tenían una larga trayectoria de participación en las huelgas y protestas que habían sacudido Rusia y conocían de primera mano la explotación laboral extrema. Además, las mujeres que pertenecían al partido bolchevique habían tenido un papel central en la preparación de la huelga.

A pesar de ser una minoría dentro del partido, impusieron la organización de un mitin para ese día centrado especialmente en los problemas de las obreras. Para ello se vieron obligadas a vencer la resistencia de sus compañeros, que pensaban que se trataba de una acción precipitada y que las trabajadoras debían esperar a que los obreros cualificados estuviesen preparados para tomar parte en el conflicto.

La participación de las mujeres en el desarrollo de la revolución no se limitó a los sucesos de febrero. El Gobierno Provisional que siguió a la caída del zar no tardó en frustrar las expectativas de la clase trabajadora. En mayo, las protestas obligaron a su disolución y multiplicaron las huelgas, de nuevo protagonizadas por mujeres.

Una de las más importantes fue la de las trabajadoras de las lavanderías, que movilizó a más de 40.000 obreras, en su mayoría miembros de un sindicato dirigido por la bolchevique Sofia Goncharskaia. En agosto, frente a los intentos del general Kornilov de dar un golpe de Estado capaz de aplastar la revolución, las mujeres se unieron a la defensa de Petrogrado participando en las barricadas. La insurrección no iba a detenerse. Los engranajes ya habían comenzado a girar.

El incendio de octubre
El final del verano trajo la certeza de que todas las vías probadas hasta entonces se habían agotado. El gobierno provisional menchevique había traicionado el levantamiento, las protestas solo habían traído más represión y el intento de golpe de Estado de Kornilov había dejado claro que había dos únicas posibilidades: dar un paso adelante o ser masacrados. Había llegado el momento.

Las mujeres del partido bolchevique participaron en los sucesos de octubre prestando asistencia médica, asegurando la comunicación entre distintas ciudades, coordinando el levantamiento entre diferentes zonas de Petrogrado y formando parte de la Guardia Roja, que tomó el control de los puentes, el banco central y las sedes del servicio postal y telefónico antes de su asalto definitivo al Palacio de Invierno.

En los meses previos a su llegada al poder, el partido bolchevique había tomado conciencia de la importancia de las mujeres en la revolución. La causa se encontraba fundamentalmente en su protagonismo en la insurrección de febrero, pero también en papel de las mujeres integradas en él. Líderes bolcheviques como Alexandra Kollontai, Nadezhda Krupskaya, Inessa Armand, Vera Slutskaya o Konkordiia Samilova habían luchado para convencer a sus compañeros del papel crucial de las trabajadoras como sujetos activos de la revolución y no como obstáculos a su avance. El periódico bolchevique 'Rabotnitsa' (cuya traducción sería 'La Mujer Trabajadora'), publicado por primera vez en 1914 y relanzado en mayo de 1917, había hecho una importante labor en este sentido, defendiendo que la igualdad entre los sexos era una máxima asumida por toda la clase trabajadora.

Estos hechos permitieron que muchas de las primeras medidas del nuevo gobierno estuviesen relacionadas con la situación de la mujer. Seis semanas después de la revolución, el matrimonio religioso fue reemplazado por el registro civil y se legalizó el divorcio a petición de cualquier miembro de la pareja.

Estas medidas fueron recogidas un año más tarde en el Código de la Familia, que igualaba a las mujeres ante la ley. En él se abolió el control religioso del matrimonio, se instituyó el divorcio y se aseguró que el control del dinero y los bienes de las mujeres recayeran sobre ellas mismas. Además, el concepto de ilegitimidad de los hijos fue erradicado: si una mujer no sabía quién era el padre, todos sus compañeros sexuales anteriores tenían la responsabilidad colectiva sobre el cuidado del niño. Tres años más tarde, en 1920, Rusia se convirtió en el primer país en legalizar el aborto voluntario.

Resistencias e infrarrepresentación
Sin embargo, las resistencias a la igualdad entre hombres y mujeres seguían estando muy extendidas. La situación de las trabajadoras no había cambiado sustancialmente y solo unas pocas fueron elegidas para formar parte de los órganos de gobierno. En el partido bolchevique también permanecieron infrarrepresentadas. Con la excepción de algunos nombres propios, ninguna de ellas tuvo cargos de responsabilidad ni autoridad y las que los tuvieron, como Armand o Krupskaya, tuvieron que luchar contra la creencia de que se debía a su relación personal con miembros del partido.

Con el paso del tiempo las cosas no harían más que empeorar. El Jenotdel, el Departamento de Mujeres Trabajadoras y Campesinas del Partido Bolchevique, que había sido creado en 1919 por Kollontai y Armand, fue desmantelado progresivamente hasta su disolución definitiva por el gobierno de Stalin en 1930.

Algo similar sucedió con algunos de los derechos conseguidos que, como en el caso del aborto, fueron fuertemente limitados. Según la doctrina del nuevo régimen, la desigualdad entre hombres y mujeres había quedado abolida por la revolución y la insistencia en la cuestión de género solo servía para dividir a la clase trabajadora.

Las mujeres habían comenzado la revolución y habían contribuido a darle forma en sus primeros momentos, pero nunca habían tenido un verdadero lugar en ella. El incendio se había consumido y solo quedaban las cenizas.