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martes, 21 de enero de 2025

#hemeroteca #vih #serofobia #lgtbifobia | Por qué la lucha contra el VIH podría estar a punto de sufrir un retroceso monumental

Participante en los ensayos de la 'vacuna' contra el VIH en Sudáfrica //

Por qué la lucha contra el VIH podría estar a punto de sufrir un retroceso monumental

El posible desmantelamiento del plan estadounidense contra el sida o las restricciones a los derechos humanos, como las leyes anti LGTBIQ+, ponen en riesgo los avances de la lucha contra el virus y podría dejar a millones sin acceso a medicamentos
Beatriz Grinsztejn / Birgit Poniatowski | El País, 2025-01-21
https://elpais.com/planeta-futuro/2025-01-21/por-que-la-lucha-contra-el-vih-podria-estar-a-punto-de-sufrir-un-retroceso-monumental.html

Primero, las buenas noticias: la ciencia del VIH ha avanzado de manera notable. Aunque aún carecemos de una vacuna o cura, una nueva inyección de acción prolongada puede ofrecer protección contra el VIH durante seis meses con una sola dosis. Este avance podría revolucionar los esfuerzos para frenar una pandemia que aún cobra una vida cada minuto. Sin embargo, el auge del populismo y la gobernanza regresiva amenaza con deshacer muchos de los logros en salud pública y en la lucha contra el VIH.

En Estados Unidos, el exitoso y bipartidista Plan de Emergencia del Presidente para el Alivio del SIDA (PEPFAR, por su sigla en inglés) está siendo atacado, y su posible desmantelamiento podría dejar a millones de personas sin acceso a medicamentos vitales. Se estima que este programa ha salvado unos 25 millones de vidas en las últimas dos décadas. Fue concebido ante la preocupación de que la pandemia de sida podría devastar generaciones en países de ingresos bajos y medianos, y alimentar la inestabilidad política.

Los Institutos Nacionales de Salud (NIH) se enfrentan a un escrutinio sobre su financiación de la investigación del VIH, con algunos legisladores cuestionando la validez de décadas de ciencia revisada por pares. Robert F. Kennedy Jr., designado por la administración Trump como próximo secretario de salud de EE UU, es un escéptico de las vacunas que durante muchos años ha vinculado falsamente las vacunas con el autismo. Kennedy también ha negado públicamente la relación causal entre el VIH y el sida. Tratar la investigación basada en evidencia como una opinión intercambiable por otra sin validez científica es un peligro grave, especialmente si se consolida en los más altos niveles de gobierno.
Socavar la ciencia y los derechos humanos arriesga revertir los avances y abre la puerta a futuras pandemias
Las restricciones a los derechos humanos continúan desafiando la respuesta al VIH en las regiones más afectadas por la epidemia. En 2024, Uganda ratificó una de las leyes antigay más severas del mundo. Al menos la mitad de los 67 países que aún criminalizan las relaciones entre personas del mismo sexo se encuentran en África subsahariana, donde la carga del VIH es mayor. Las leyes antigay están correlacionadas con tasas más altas de VIH a nivel global. En Rusia, las leyes punitivas sobre drogas y las políticas restrictivas hacia la comunidad LGTBIQ+ continúan impulsando la epidemia de VIH de más rápido crecimiento en el mundo.

Socavar la ciencia y los derechos humanos pone en riesgo los avances y abre la puerta a futuras pandemias. El resurgimiento de la mpox y la gripe aviar H5N1 son advertencias: el VIH podría ser el siguiente. Pero hay un plan que puede hacer lo contrario y acabar con el VIH para siempre: defender los derechos humanos.

Proteger los derechos humanos no es solo una postura ideológica; es una estrategia de salud pública probada. Las leyes punitivas y las políticas discriminatorias perjudican a quienes más lo necesitan y socavan la prevención y el tratamiento del VIH. Se requieren reformas legales urgentes para proteger a las poblaciones clave y derogar leyes que criminalizan a las comunidades LGTBIQ+, a los trabajadores migrantes, a las trabajadoras sexuales, a las personas que se inyectan drogas y a los encarcelados. Empoderar a las organizaciones de la sociedad civil, incluidas aquellas de personas que viven con VIH, ha sido y sigue siendo el pilar de la respuesta al VIH.

Proteger los espacios de la sociedad civil en reducción
Una de las lecciones más poderosas de cuatro décadas de respuesta al VIH es que los esfuerzos exitosos de salud pública requieren una sociedad civil comprometida y empoderada. El activismo de los más afectados ha moldeado la respuesta al VIH, desde el diseño de ensayos hasta la política de salud. Las organizaciones de la sociedad civil brindan servicios vitales, especialmente para aquellos cuyo acceso a los sistemas de salud pública está obstaculizado por el estigma y la discriminación. Proteger estas organizaciones —en lugar de desfinanciarlas y perseguirlas— salva vidas. Sin embargo, más de 50 países tienen leyes que restringen la financiación extranjera de la que dependen muchas iniciativas de VIH.
El poder geopolítico y económico moldea cada vez más la política de salud internacional en detrimento de la equidad global en salud
Como organizadores de las conferencias de VIH más grandes del mundo, en la Sociedad Internacional de Sida sentimos el impacto de la reducción de los espacios de la sociedad civil. Los países más afectados por el VIH suelen estar fuera de los límites para nuestras conferencias debido a preocupaciones de seguridad para los más marginados y perseguidos. En otros casos, los gobiernos han amenazado con interferir en las agendas y debates de nuestras reuniones, comprometiendo la independencia de nuestro movimiento. Exigimos la protección de los espacios de la sociedad civil para que las personas puedan organizarse y reunirse libremente, porque una respuesta de salud pública funcional depende de ello.

Despolitizar la salud pública
A pesar de las lecciones de la pandemia de COVID-19, los esfuerzos en 2024 por parte de los Estados miembros de la OMS para redactar un nuevo tratado pandémico se vieron frustrados. El tratado estaba destinado a abordar las brechas expuestas por la covid-19, como la distribución desigual de vacunas y la falta de coordinación global. El fracaso en acordar un texto del tratado destacó cómo el poder geopolítico y económico moldea cada vez más la política de salud internacional en detrimento de la equidad global en salud. Es vital resistirse a ello en las negociaciones en curso y adoptar un texto sólido del tratado basado en la salud pública en la Asamblea Mundial de la Salud el próximo mayo.

El probable regreso de la Política de Mordaza Global es otro ejemplo de cómo las agendas políticas no relacionadas socavan la respuesta al VIH. Introducida por primera vez bajo la administración Reagan y reinstaurada bajo el primer gobierno de Trump, prohíbe a las organizaciones internacionales recibir financiación de EE UU si ofrecen servicios de aborto o información relacionada. Paradójicamente, esta política aumenta la dependencia del aborto al limitar el acceso a la anticoncepción. Un estudio publicado en PNAS encontró que contribuyó a 360.000 nuevas adquisiciones de VIH en solo cuatro años (2017-2021). Con dos tercios de la financiación internacional del VIH proveniente de EE UU, la reintroducción de la Política de Mordaza sería devastadora.

Fortalecer la cooperación internacional
Según el Programa Conjunto de las Naciones Unidas sobre el VIH/sida (ONUSIDA), su financiación en 2024 ha caído a menos del 50% de los recursos disponibles en 2015. Otras instituciones multilaterales de salud esenciales, como la OMS, también están luchando por obtener más financiación. Instituciones como PEPFAR y el Fondo Mundial para la Lucha contra el SIDA, la Tuberculosis y la Malaria han salvado aproximadamente unos 90 millones de vidas. Vale la pena defenderlas, no desfinanciarlas. Los déficits de financiación y las inequidades socavan la cooperación en salud global.

El progreso ocurre cuando la ciencia, la política y la sociedad civil se unen. El movimiento del VIH se basa en movimientos sociales transformadores —derechos de las mujeres, derechos LGBTQ+ y derechos civiles— que han demostrado que los enfoques inclusivos y colaborativos impulsan el cambio sostenible. Hoy, debemos construir sobre este legado, organizarnos, resistir los movimientos antiderechos humanos y defender la ciencia como el fundamento del progreso de nuestras sociedades. La alternativa es un lugar donde la humanidad ha estado muchas veces antes, ofreciendo poco más que regresión

lunes, 20 de enero de 2025

#hemeroteca #lgtbifobia | La era Trump: los Village People no eran gais y las empresas no eran verdes

Trump bailaba detrás de los Village People en el mitin //

La era Trump: los Village People no eran gais y las empresas no eran verdes

La banda amenaza con demandas a quienes los asocien a la homosexualidad. Las grandes compañías corren a eliminar sus políticas climáticas, de diversidad y de inclusión. El presidente de EE UU no esconde hacia dónde vamos.
Ricardo de Querol | El País, 2025-01-20
https://elpais.com/television/2025-01-20/la-era-trump-los-village-people-no-eran-gais-y-las-empresas-no-eran-verdes.html 

Hemos pasado muy rápido del greenwashing, el lavado verde o ecopostureo, al greenhushing, el silencio verde: no hables de la crisis climática que te llamarán ‘woke’. Lo mismo ha ocurrido con las políticas de diversidad, sexual o étnica, demolidas de repente. Tras el buenismo, aunque fuera como estrategia de ‘marketing’, se impone sin miramientos el malismo. Casi todos los poderosos se recolocan rápidamente ante lo que viene con Donald Trump, aunque sea a costa de que pensemos que sus posiciones anteriores eran una farsa.

Cuando las grandes empresas, bancos y fondos de inversión corren a deshacer sus compromisos con la descarbonización y la sostenibilidad, y también sus políticas de diversidad o de inclusión de minorías, lo que nos están diciendo es que, en contra de lo que defendían anteayer, esos valores les importaban un bledo, que si cambia el viento dejan que se lo lleve todo. JPMorgan, Pimco, BlackRock Inc y State Street han alegado, tras desbaratar la alianza Climate Action 100+, que tenían un riesgo reputacional y regulatorio porque la preocupación por el medio ambiente está ahora muy mal vista por la nueva Casa Blanca. El dinero se alinea con el que manda, siempre ha sido así.

Y ahora resulta que Village People nunca fue un grupo gay, ni hablaba de la vida de los gais, ni fue popular entre los gais. El sexteto intervino en la noche del domingo en el último mitin de Donald Trump antes de tomar posesión, en un pabellón abarrotado de Washington. Trump bailaba detrás de ellos ‘Y.M.C.A.’, su éxito de música disco de 1978, que habla de una conocida organización cristiana juvenil y masculina: “Ellos tienen de todo para que los hombres disfrutéis”. Esta “gente del Village” que da nombre al grupo se refería a Greenwich Village, el barrio neoyorquino conocido por su vida cultural y nocturna, también de ambiente LGTBIQ. El disco que contiene la canción se llama “Cruisin’”, como las relaciones apresuradas y anónimas entre hombres. El tema 'I’m a Cruiser' era así de explícito: “Creo que eres sexi y dulce. Una cita caliente sería un placer”. Por no citar 'Macho Man': “Créeme, es un hombre macho. Con su camisa vaquera y su cuero, siempre parece el puto amo. (...) Todo hombre debe ser un hombre macho. Para vivir una vida de libertad, los machos tienen actitud”.

Lo cierto es que solo dos de los seis miembros originales de la banda eran homosexuales, pero todos interpretaban esos roles o, si acaso, los parodiaban. Es hetero el cantante, letrista y líder Victor Willis, el único que se mantiene desde los años setenta, quien afirma ahora que de ninguna manera Y.M.C.A. era un himno gay: “Saquen sus mentes de la cloaca”, dijo. Willis amenaza incluso con llevar a los tribunales a quien sostenga lo contrario: “Mi esposa comenzará a demandar a cada una de las organizaciones de noticias que se refieran falsamente a ‘Y.M.C.A.’, ya sea en sus titulares o insinuándose en la historia, como algún tipo de himno gay”. Porque decir eso es, añade, una “difamación” y se refiere a actividades “ilícitas”. Podría demandar ya a David Hodo, el que iba de obrero y está retirado, quien dijo en una entrevista en 2008: “Míranos. Éramos un grupo gay”; que su disco de debut, ‘Village People’, era “posiblemente el álbum más gay de todos los tiempos”, y que la canción ‘Y.M.C.A.’ “celebraba a los hombres gais” de esa asociación juvenil.

No debería ser querellable recordar que el grupo se formó como una colección de homosexuales estereotipados (el policía, el obrero, el militar, el motero, el indio y el vaquero). Los artistas fueron reclutados por el productor Jacques Morali a través de un anuncio que decía: “Se buscan tipos machos y con bigote”. Morali se inspiró en una fiesta de disfraces en el club The Anvil del Village, en cuya puerta había un hombre vestido como un nativo americano en una película de vaqueros. Willis admite hoy, eso sí, que en este 2025 su himno no-gay dejará de sonar en muchos locales sí-gais por su identificación el trumpismo.

Ver a los Vïllage People cerrar el mitin de Trump (que retransmitió íntegro la CNN) y subirse a la ola MAGA, tan hetero y tan testosterónica, es chocante. Pero lo que asustaba era el mitin en sí, aunque no tanto a los que han seguido su campaña electoral, porque este show tiende a repetirse. El nuevo presidente alardeó de que han terminado las políticas de diversidad e inclusión, esa tontería de evitar la discriminación de gais y lesbianas, las y los transexuales (”insanos”, los llamó), minorías étnicas o discapacitados. Una y otra vez insistía Trump en la deshumanización de los inmigrantes, a los que citó como “animales”; repitió el bulo de que vienen de cárceles y psiquiátricos que se han quedado vacíos en sus países de origen, y dijo que a su lado “los criminales de EE UU parecen buena gente”. Puso en las pantallas gigantes imágenes de los peores delincuentes de origen extranjero que encontró para entusiasmo de ese público que ansía millones de deportaciones.

Esta propaganda evoca tiempos muy oscuros. Y no hacía falta: Trump ya había ganado las elecciones, estaba a punto de tomar posesión. Podía haberse contenido un poco, decir que iba a gobernar para todos, cosas así. Pero no. No dulcifica nada el mensaje siniestro y agresivo del nuevo presidente que terminara con Y.M.C.A., ese himno que, afirmo ahora, nunca fue de los gais, señora Willis.

domingo, 20 de enero de 2019

#hemeroteca #musica #culturagay | El día en que el hombre blanco hetero montó una orgía de odio

Imagen: El País / Steve Dahl (c)
El día en que el hombre blanco hetero montó una orgía de odio.
Hace 40 años un locutor de 24 años congregó a 50.000 personas en un estadio de béisbol de Chicago. ¿El objetivo? Quemar vinilos de 'música disco'. ¿Lo que ocurrió? Algo que nos puede recordar a lo que vivimos hoy.
Iñigo López Palacios | Icon, El País, 2019-01-20
https://elpais.com/elpais/2018/10/31/icon/1540993693_556708.html

Allí estaba todo. Blancos contra negros, heterosexuales contra homosexuales, rockeros contra fans de la ‘música disco’, conservadores contra progresistas. Una especie de aquelarre de odio. Ocurrió hace 40 años, pero hoy algunos fantasmas de aquello han vuelto a aparecer.

El de 1979 fue el último verano de la ‘música disco’. Su final fue inesperado y repentino. Se achaca a algo que se llamó Disco Demolition Night. Pero para entenderlo hay que hacer un poco de historia.

La ‘música disco’, un estilo nacido a mediados de los setenta como una reivindicación de la libertad, se había convertido en moda a partir del estreno de 'Fiebre del sábado noche' en 1977, y finalmente en apisonadora todopoderosa. “El ‘disco’ en los setenta se rebela contra el rock de los sesenta. Es la antítesis del aspecto ‘normal’, los sentimientos reales, la seriedad, las canciones confesionales, la sinceridad, las pretenciosidad y el dolor de la anterior generación. El ‘disco’ es artificial y exagerado. Adora la fantasía, la moda, la frivolidad y la diversión. La década de los sesenta fue despiadada y romántica; el ‘disco’ es elegante y artificial, valora la forma más que el fondo, la acción más que el pensamiento. Los años sesenta fueron un viaje mental (marihuana, ácido). El ‘disco’ es un viaje físico (quaaludes, cocaína). En un ‘trip’ de los sesenta veías a Dios en un grano de arena; en un viaje ‘disco’ ves a Jackie Onassis en Studio 54”, escribía el periodista Andrew Kopnick en ‘The Village Voice’ en 1978.

Entre diciembre de 1978, cuando 'Le freak', de Chic, llegó a lo más alto de las listas de sencillos desbancando un dueto de Barbra Streisand y Neil Diamond, hasta la última semana de agosto de 1979, todos los número uno estadounidenses salvo uno fueron canciones ‘disco’. Y en aquel momento un número uno significaba cientos de miles de ejemplares despachados. Todo el mundo hacía ‘disco’: los Rolling Stones lanzaban ‘Miss you’ y Rod Stewart 'Do you think I´m sexy?' Había álbumes de música clásica en versión disco y hasta los teleñecos lanzaron dos álbumes ‘disco’. En EE. UU. se habían abierto 20.000 discotecas que necesitaban novedades continuas. “Inflar a artistas faltos de talento con una dosis de cháchara se convirtió en norma de la industria discográfica durante el ‘boom disco’”, escribe Peter Shapiro en el fundamental ‘La historia secreta del disco’, editado en español por Caja Negra.

El éxito comercial, sostiene Shapiro, había significado el fin de la relevancia artística, pero sobre todo social, de un movimiento que había dado voz a colectivos marginales. La música ‘disco’ había nacido como la forma de expresión de gais, latinos, negros, mujeres... Había unido a las ‘trans’ que habían salido a la luz tras los disturbios de Stonewall de 1969, con los militantes de la Costa Oeste. A las ‘drags’ con las feministas. Era un negocio que movía miles de millones de dólares, pero también era el triunfo de los despreciados por la mayoría blanca.

Ese dominio fue extremadamente mal asumido por aquellos a los que desbancó. Y así surgió la ‘discofobia’. Un fenómeno que unía a los fans de Judas Priest y AC/DC con los punks y los fanáticos del country. “’Discofobia’ es la revuelta de los chicos blancos que opinan que la música ‘disco’ apesta”, resumía ‘The Village Voice’ en otro artículo de 1979.

Así estaban las cosas cuando un día, Michael Veeck, jefe de marketing de uno de los grandes equipos de la liga estadounidense de béisbol, los Chicago White Sox, escuchó en la radio de su coche a un locutor de 24 años, Steve Dahl (California, 1954), jurando odio eterno a la ‘música disco’. Meses antes, Dahl había dimitido de otra emisora el mismo día en que el director le informó de que solo se programaría ‘música disco’. Utilizó su nuevo programa en otra estación para vengarse de su antiguo jefe, y lo que es más importante, del sonido ‘disco’. Para Dahl la ‘música disco’ transformaba a las masas en muertos cerebrales que bailaban.

Aquel chaval aprovechó la ira latente. Y la ‘discofobia’ pronto se difundió por todo el país.

A Veeck, que amaba el espectáculo tanto como odiaba el ‘disco’, se le ocurrió contar con Dahl para montar lo que llamaron Disco Demolition Night (La noche de la demolición de la ‘música disco’). La idea era sencilla: el 12 de julio de 1979 todo el que trajera un vinilo de ‘música disco’ para ser destruido entraría en Comiskey Park el estadio de los White Sox, por menos de un dólar para ver el partido del equipo de Chicago contra los Detroit Tigers.

Hasta el anuncio del evento la venta no había ido especialmente bien. Pero, gracias al apoyo de Dahl en la radio, las 50.000 entradas se agotaron. El día del partido fuera del estadio había unas 15.000 personas sin entrada, pero con vinilos de Donna Summer, Chic o Village People dispuestos para lanzarlos a la hoguera.

Cuando llegó el descanso y Steve Dahl salió al campo vestido con ropa militar y un micrófono, las gradas estaban llenas de borrachos. “Pedían sangre a gritos como romanos en el Coliseo", escribe Shapiro. Y fue un circo romano. A la vista de la turba había un contenedor lleno de discos, unos 10.000, aseguran. Dahl contó hasta tres y, entonces, explotó. Trozos de vinilo volaron por los aires, cubriendo todo el campo. Aquello desató la histeria colectiva. El público invadió el campo eufórico, incontrolable. Gritaban, se abrazaban como si efectivamente hubieran ganado una guerra. Incluso encendían sus propias hogueras para quemar más vinilos. Solo la aparición de la policía a caballo consiguió despejar el campo.

Solo hay que ver las imágenes para darse cuenta del tipo de persona que participó en aquel disturbio. Abrumadoramente hombres blancos jóvenes, muchos de ellos con camisetas donde se lee: "Disco sucks" (La música disco apesta). Desde ese momento, la interpretación de aquel fenómeno se ha dividido en dos grupos. Muchos lo ven como una fiesta homófoba y racista. Según esa visión, al quemar los discos ardían metafóricamente sus fans. Entre los que lo niegan está su mismo organizador. “Estoy cansado de defenderme de las acusaciones de ser un homófobo y racista por estar al frente de Disco Demolition. Fue solo una acción concreta. Ni racista, ni antigay. Solo niños meándose en un género musical. Eligieron permanecer fieles a las bandas que proporcionaron el telón de fondo a sus vidas”, escribió Dahl.

Quizás resulte familiar el argumento. Volver al momento en que eran grandes. El hombre blanco hetero se había sentido de repente marginado. “Para los homosexuales, el ‘disco’ pudo ser parte de una agenda de inclusión. Nuestro rechazo fue solo una acción impulsiva. Queríamos declarar que nuestra música nos importaba, que no íbamos a ir a ningún club que no respetara nuestras raíces. Es el derecho de cada generación a declarar: 'Así soy yo'. Reclamamos el derecho de bailar a nuestro ritmo, incluso si es solo sacudiendo la cabeza. No se planeó hacer daño a nadie, nadie fue herido”, añadió Dahl.

En resumen: el macho alfa se siente amenazado porque cree que se está arrinconando su cultura. Se siente víctima de una ‘invasión’. Pero, aseguran, no tienen nada contra los colectivos que están detrás de lo nuevo, en este caso, la ‘discofobia’, los negros y los homosexuales. Ese es un dato irrelevante, afirman. El problema no es quién sino qué. Lo que hacían (los falsetes, los zapatos de plataforma, las boas de plumas) simbolizaba para ellos que EE. UU. se había vuelto un país débil y blando. Y no iban a dejarlo pasar así como así.

El Disco Demolition Night ocupó las noticias durante días. Pronto surgieron imitadores por todo el país que exhibían con orgullo su odio a la ‘música disco’. Y aquello significó un cambio en los gustos del público. En agosto de 1979, un mes después del Disco Demolition Night, la canción de pop enérgico 'My sharonna, de The Knack', conseguía el puesto número uno en las listas de sencillos. La ‘música disco’ volvió a las catacumbas de las que saldría años después convertido en ‘house’. Pero esa ya es otra historia. La sociedad también estaba cambiando. En 1980, el demócrata Jimmy Carter perdía la presidencia frente al republicano Ronald Reagan y empezó la revolución conservadora.

Steve Dahl, el locutor de radio que provocó aquel aquelarre, tiene hoy 64 años, tres hijos y nueve nietos, y vive a las afueras de Chicago. Lleva casado desde 1978 (¡un año antes de su día de gloria!) con Janet, una abogada ya jubilada. También ha librado una dura batalla contra su alcoholismo. En 1995 dejó de beber definitivamente. Dahl ha seguido ligado a la radio durante 40 años. Ha tenido una carrera discreta con algún pico, como el programa ‘Steve and Garry Show’, con el cual consiguió entrar en el National Radio Hall of Fame. Actualmente dirige The Steve Dahl Show, un programa de rock, deportes y entretenimiento.

A día de hoy, no se ha arrepentido de aquel Disco Demolition Night. 

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Guillermo Alonso | ICON, El País, 2018-10-23
https://elpais.com/elpais/2018/10/02/icon/1538488551_875345.html