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martes, 20 de febrero de 2018

#hemeroteca #transfobia #lenguaje | ¿Y si las palabras salvasen vidas?

Imagen: El Diario / Concentración en recuerdo de Ekai, Bilbao
¿Y si las palabras salvasen vidas?
La reciente muerte de Ekai, un adolescente trans, muestra la urgencia de cuestionar la tiranía del dualismo sexual. Necesitamos nuevos imaginarios y lenguajes que incluyan la diversidad de género, porque el binarismo es una ficción que provoca sufrimiento.
June Fernández | +Pikara, El Diario, 2018-02-20
http://www.eldiario.es/pikara/palabras-salvasen-vidas_6_742335777.html

¿Os acordáis de la polémica en redes sociales cuando Leticia Dolera ironizó con “el campo de nabos feminista precioso” que les había quedado a los presentadores de la gala de los Goya? En Twitter, algunas voces señalaron que ese tipo de expresiones son desacertadas porque establecer esa correlación entre penes y hombres sigue una lógica que invisibiliza a las personas trans; en concreto, a las mujeres con pene.

Leticia Dolera rectificó en Twitter, lo cual no gustó nada a un sector del feminismo. Yo publiqué un reportaje en Pikara en el que tres mujeres trans opinaban sobre ese tipo de expresiones tan socorridas para las feministas (incluidas consignas como ‘Polla violadora a la licuadora’), y tampoco gustó nada a cierto sector del feminismo. Nos dijeron que somos las defensoras de los nabos (me pregunto qué opinarán los machinazis de esto). Las más desacomplejadamente transfóbicas nos dijeron que somos las amigas de los hombres con vestido.

Os voy a contar un secreto: cuando, la mañana después de la gala de los Goya, vi el revuelo que se había formado por las palabras de Leticia Dolera, escribí airada en mi Facebook: “Pues yo voy a seguir diciendo ‘campo de nabos’. #hastaelcoñoya”. Estaba convencida de que apelar al falo como símbolo del poder patriarcal era efectivo y adecuado. Además, había asistido a situaciones que me habían indignado, como cuestionar que el feminismo utilice la vulva como símbolo de las mujeres o reivindique las tijeretas y los cunnilingus. Atribuía yo esas críticas al gusto 'millenial' (nótese el adultismo de treintañera en mi prejuicio) por el despelleje cibernético que también se traslada a las asambleas y a las calles.

El caso es que, como llevaba meses con ese runrún, me pareció el momento perfecto para hacer ese reportaje que tenía pensado desde hace tiempo. Después de dudar un poco, decidí que las fuentes fueran únicamente mujeres trans feministas. Y aquí viene la segunda confesión: una parte de mí esperaba que el reportaje resultante confirmase mi posición de partida. La primera a la que entrevisté fue a Álex Portero, una de las tuiteras que criticó la expresión de Dolera (y que después aplaudió su reacción). Me gustó mucho escuchar su planteamiento por notas de audio: en resumen, que si entendemos que lo que no se nombra no existe, seamos conscientes de las expresiones que construyen imaginarios que excluyen a las personas trans o que incluso las asocian a un estigma (cuando se habla de pollas violadoras, por ejemplo). Que está muy a favor de que las consignas y símbolos feministas celebren la vulva o el clítoris, pero que agradecería que incluyeran también referencias a otras anatomías: “Vivan las vaginas y vivan los penes de chica”.

Después, la maravillosa cantautora Alicia Ramos, al mismo tiempo que reconocía que ella usa sin complejos esas expresiones sin darse por aludida porque se refieren a los hombres machistas, me explicó que romper con la identificación atávica entre genitalidad e identidad sexual es un frente importante de la lucha por la despatologización de la transexualidad. En la misma línea, la sexóloga Aitzole Araneta señalaba que “asociar unos genitales a una identidad no es un error sólo porque pueda ser doloroso a las personas trans; es un error porque es mentira. Hay chicas con pene o chicos con vulva, hay personas con genitales intersexuados y personas que tienen accidentes que afectan a sus genitales, que no dejan de ser las personas que eran”.

Sentí la tentación de seguir entrevistando a mujeres trans hasta que alguna dijera lo que yo de entrada quería oír. En vez de eso, decidí comprender. Probablemente siga diciendo “campo de nabos”, al igual que muchas veces no me reprimo un “coñazo”, pero ahora soy consciente de su carga. Así como, cuando digo que alguien es un hijo de puta, me corrijo inmediatamente: “Las putas aclaramos que no somos su madre”, que dirían Hetaira.

La transfobia mata
El pasado viernes, una semana larga después de publicar el reportaje, supimos de la muerte de Ekai, un chico de Ondarroa de 16 años. Ekai tuvo que desgastarse en demasiadas batallas para que su vida fuera vivible: la batalla por recibir un tratamiento hormonal, la batalla por cambiar su nombre en el registro civil, la batalla por que en su instituto se formase al profesorado sobre transexualidad. Recojo las palabras de Chrysallis Euskal Herria:

“Esta batalla la hemos perdido como sociedad y a Ekai nadie puede devolverle ya la vida. Pero vamos a seguir luchando. Por la memoria de Ekai. (…) Por todas esas niñas, niños y jóvenes a quienes se les está negando una y otra vez su identidad. (…) Por una sociedad informada que comprenda y acepte los hechos de diversidad y en la que estas chicas y chicos puedan crecer, puedan desplegar todo su potencial, puedan vivir”.

Y aquí voy a hacer otra confesión. Cuando supe que un adolescente trans se había suicidado en Ondarroa, una palabrita se encendió en mi cabeza: “bullying”. No fui la única. Chrysallis ha sacado un comunicado para matizar que en el instituto, tanto el profesorado como el alumnado aceptaron la identidad sexual y el nombre elegido de Ekai. Lo comenté con mi amigo Dau García Dauder, y le resultó sintomático. Las personas cisgénero no dimensionamos la violencia cotidiana y estructural con la que topan las personas transexuales y transgénero cada día en una sociedad binarista que las niega. También desde el adultismo, es más fácil imaginar una escena de acoso escolar que entender que la transfobia institucional y social puede quitar las ganas de vivir.

Dauder, como investigador especializado en intersexualidad, y como feminista trans, llama a revisar “la tiranía del dualismo” y a desmontar la ficción de que sólo hay dos sexos biológicos y que estos determinan la identidad. Para la teoría queer, tanto género como sexo son construcciones sociales. Para la corriente de la sexología que sigue Chrysallis, el sexo está entre las orejas, no entre los genitales. Sea cual sea el fundamento teórico que nos sirva, la cuestión es que la expectativa de que un bebé con pene crezca sintiéndose ‘niño’, lo cual implica sentirse cómodo en unas actitudes y roles determinados, y que un bebé con vulva crezca sintiéndose ‘niña’, cómoda con lo que esta sociedad espera de las niñas, provoca sufrimiento. Por eso son tan importantes las vallas publicitarias de Chrysallis constatando que hay niñas con pene y niños con vulva. Por eso es tan importante que gente como Dauder recuerde que los cuerpos son diversos en cuanto a la genitalidad, los cromosomas u otros rasgos. La despatologización de la transexualidad es fundamental porque el enfoque actual, en el que las personas, adolescentes y adultas, que quieran recibir tratamiento hormonal tienen que ser diagnosticadas con disforia de género, supone psiquiatrizarlas, lo cual agrava el sufrimiento. El mismo sistema médico que desconfía si una persona trans no siente aversión hacia su cuerpo (uno de los síntomas de la disforia de género) pone trabas para facilitar la hormonación a adolescentes que, en un contexto social tan complicado, sí que se angustian ante cambios corporales que sienten contrarios a su identidad.

Pero hay una tercera batalla a la que hacía alusión Chrysallis, la batalla para cambiar el nombre en el registro civil. Y esto me ha recordado otra noticia reciente: Euskaltzaindia, la academia de la lengua vasca, pidió el pasado enero al Ministerio de Justicia que flexibilice su política de prohibir los nombres “que hagan confusa la identificación y los que induzcan en su conjunto a error en cuanto al sexo”. Resumo la cuestión: en Euskal Herria hay muchos nombres que se han puesto a bebés independientemente de su anatomía (Lur, Odei/Hodei, Iraitz/Eraitz, Maren/Malen…). Me consta que incluso fuera de nuestra tierra, las personas que quieren poner a sus criaturas nombres sin marca de género encuentran en el nomenclátor vasco opciones interesantes. Euskaltzaindia pedía al Ministerio de Justicia que tuviera en cuenta que el euskara cuenta con características propias que dificultan la identificación de un nombre con un sexo. Se refieren a que las palabras no tienen marca de género: mientras que en castellano “tierra” es femenino”, en euskera “lur” no es ni femenino ni masculino.

Creo que es importante que este debate salga del País Vasco y se extienda. En un momento de visibilización de las infancias trans, es urgente revisar una ley como la del Registro Civil, que prohíbe nombres que puedan llevar a confusión sobre el sexo de las personas. La prioridad a corto plazo es ver por qué el registro civil obstaculiza el cambio de nombre de las personas trans. Pero a medio plazo, se trata de cuestionar una arquitectura administrativa para la que la superación de la tiranía del dualismo supone una amenaza. Es esa sociedad que impone a las personas un sexo al nacer y obstaculiza su vivencia libre de la identidad la que ha matado a Ekai. Esa sociedad para la que, la pregunta más importante ante un vientre gestante es ‘¿Será niño o niña?’.

Ekai topó con el mismo muro con el que topan las familias que no quieren asignar un género a su bebé cuando van al registro civil y les dicen que el nombre que elijan tiene que ser claramente de niño o de niña.

¿Y qué tiene que ver esto con lo del ‘campo de nabos’? Pues que las palabras importan. Que, como dice la filóloga Mercedes Bengoechea, necesitamos palabras nuevas para nombrar realidades nuevas (lo nuevo no es la transexualidad, sino la lucha por su despatologización y su reconocimiento). Que cuando se nos propone revisar expresiones o cuando se nos propone introducir un género neutro en castellano, en vez de reaccionar como reaccioné yo en mi Facebook, bien podríamos detenernos a escuchar y a comprender por qué esto es importante. Como decía Aitzole Araneta, no sólo por ocuparnos del sufrimiento que provoca la transfobia a las personas trans, sino para desmontar una falacia dualista que niega a tantas personas y que nos limita y empobrece también a las que nos sentimos relativamente cómodas con el sexo que se anunció cuando nacimos. 

viernes, 9 de febrero de 2018

#hemeroteca #lenguaje #feminismo | Si no hay rigidez, no hay fallo

Imagen: La Marea / María Moliner
Si no hay rigidez, no hay fallo.
“Sería tan triste volver a quedarnos calladas por el miedo a errar: esa es una historia de siglos, sacerdotes guardando los lenguajes de quienes conocen el fuego”.
Laura Casielles | La Marea, 2018-02-09
https://www.lamarea.com/2018/02/09/no-rigidez-no-fallo/

“Cuidado con las palabras, tienen filo”, escribió Alejandra Pizarnik. Vaya semanita llevamos, con las palabras. Escena 1: Leticia Dolera, actriz en la gala de los premios Goya, pronuncia, en mitad de un montón de bromas con aire a naftalina, la frase “os ha quedado un campo de nabos feminista precioso”. Medios, redes y opinadores de salón se le echan encima por si el comentario pudiera ser tránsfobo. Escena 2: Irene Montero, hablando en nombre de su grupo parlamentario en el Congreso, pronuncia, en rueda de prensa, la palabra “portavoza”. Medios, redes y opinadores de salón se enzarzan en un debate de extrema virulencia sobre si es una ridiculez o un acto revolucionario.

Chica, es que no hay manera de acertar.

Aturdida por el frenesí de tuits, me digo que quiero un mundo tal que una portavoza diga que lo que tiene delante es un campo de nabos y luego una portavoz salga y le responda que esas expresiones la tienen hasta el coño que no tiene. “Si no hay rigidez, pues no hay fallo”, cantaba Gata Cattana. Concibo el feminismo como un lugar en el que no hay rigidez, y no hay fallo. Concibo el feminismo como una mirada anclada en la pregunta y la apertura –más que nunca ahora que su desborde afronta el reto de incluir sin diluirse–. Es mucho más sencillo adherirse a una ideología andamiada de respuestas, pero las experiencias que transforman las vidas y los mundos casi siempre van marcadas por un signo de interrogación.

Decir es siempre una audacia. Decir, decir en serio, usar el lenguaje con la seriedad y la responsabilidad con que lo hacemos cuando hablamos de las cosas que más nos importan, es la permanente tarea de buscar el modo en que las palabras puedan encajar mejor con el mundo. Asociarlas de nuevo, asociarlas mejor. Un día, María Moliner decidió escribir un diccionario. Porque el que había no le valía, porque el que había no se adecuaba bien a lo que quería decir. Frente a los corsés de la Academia de la Lengua, se puso a mirar de qué modo empleábamos las palabras, y cifró su orden en eso tan inordenable que es el uso. Frente a la voluntad de ley de la RAE, ese empeño de Sísifo albergaba la ternura de las gestas que nos salvan.

Yo me di cuenta en determinado momento de mi vida de que llevaba hasta entonces escribiendo ‘como si fuera un hombre’. Mi genérico era masculino, y por las grietas de la supuesta neutralidad se me escapaban, sin que los viera, los matices. Empecé a preguntarme de qué modo me quería nombrar: no os creáis, no es tan fácil llamar al pan ‘pan’ y al coño, ‘coño’. Pero se acaba consiguiendo, y –como esta es una de esas tomas de conciencia que no tienen vuelta atrás– ahora me choca cuando escucho a una mujer hablar de sí misma en masculino, cuando desde lugares de legitimidad se emplea un lenguaje que no nos nombra. Escena 3: en la final de Operación Triunfo, en ese momento último de máximos nervios y máxima audiencia, Roberto Leal, sobre en mano, dijo: “Por fin vamos a descubrir al ganador”. A su lado estaban Amaia, Aitana y Miriam. Eso sí que es un uso impreciso del castellano, pero sobre esto no he visto ningún titular.

Pero más allá de las meras demandas de precisión, como las Constituciones, los diccionarios no pueden ser sino revisables. Toda palabra es un intento. Que sobreviva o no, cuestión del modo en que se acerque a la vida que necesita ser contada.

Frente a ese decir vivo, las fórmulas prêt-à-porter son una trampa, una pantalla: el blanqueador de conciencia que nos permite no pensar y quedarnos tranquilas. Cuando “ciudadanos y ciudadanas” está en la boca de quien escatima recursos en la lucha contra las violencias machistas, no me sirve. Cuando la primera persona del plural en femenino está en la boca del compañero que te roba la palabra en la asamblea, no me sirve. Me sirve el momento en que, delante de un texto, se dedica un tiempo largo a reflexionar para cambiar cada “los que” por un “quienes”. Me sirve el momento en que conscientemente la hablante inventa una palabra para nombrar mejor. Me sirve el momento en que se renuncia a hacerlo, habiéndolo pensado, por poner otro criterio por delante. Me sirve la conversación en la que se señala que una expresión hizo daño, y se piensa en común cómo se podría haber dicho de otro modo. El lenguaje inclusivo será reflexión y herida abierta, o no será.

Tenemos mucho por decir. Y no hay nada más peligroso para el orden que el lenguaje libre. No podemos permitirnos tener miedo a buscar –así sea a tientas– el modo adecuado de hacerlo. Sería tan triste volver a quedarnos calladas por el miedo a errar: esa es una historia de siglos, sacerdotes guardando los lenguajes de quienes conocen el fuego. Hablemos, hablemos a borbotones, reinventando todas y cada una de las bisagras en las que las palabras se conectan con las cosas.

Digámoslo todo, hermanas. Con tanto cuidado como audacia, con tanta responsabilidad como calma. Con tanta fe en la palabra propia como certeza de que siempre, siempre, siempre llegará otra que lo diga aún mejor. Sin ningún miedo: si no hay rigidez, no hay fallo.

martes, 6 de febrero de 2018

#hemeroteca #cisexismo | ¿Es cisexista hablar de ‘campos de nabos’?

Dibujo trans de Mar del Valle
¿Es cisexista hablar de ‘campos de nabos’?
Leticia Dolera ha rectificado después de referirse con esa expresión al protagonismo masculino en la gala de los Goya. El uso por parte del feminismo de símbolos y consignas que identifican el falo con el patriarcado y el coño con la lucha de las mujeres es motivo de debates encendidos en las redes y en las asambleas. Escuchemos a las mujeres trans.
June Fernández | Pikara Magazine, 2018-02-06
http://www.pikaramagazine.com/2018/02/cisexista-campos-de-nabos/

“Os ha quedado un campo de nabos feminista precioso”, ironizó Leticia Dolera en la gala de los Goya, presentada por dos cómicos que habían anunciado que se sumarían “al carro del feminismo”. El uso de esa expresión como ‘zasca’ encendió el debate en las redes sociales. La actriz y directora tomó nota y rectificó con este tuit…

Twitter – Leticia Dolera, 2018-02-04: En la gala de ayer, el chiste de "el campo de nabos" hacía referencia a los hombres cis que presentaban, escribían y dirigían. No pensé en que a su vez invisibilizaba a las mujeres que tienen pene. El lenguaje es poder y está bien pararse a pensar en xq decimos lo que decimos.

…que a su vez provocó reacciones como ésta:

Twitter · Feministas Hartas, 2018-02-04: Leticia Dolera teniendo que pedir perdón por lo del campo de nabos y el patriarcado frotándose las manos de nuevo... Una gala donde se pide "más mujeres" y que al final salga señalada como tránsfoba una mujer feminista y luchadora. Qué triste lo que hacéis...

La escritora y dramaturga Álex Portero es una de las tuiteras trans que ha utilizado esta red social para reprobar el uso de expresiones que emplean el pene como equivalente de los hombres o del patriarcado. “El poder del lenguaje es una gran batalla de las mujeres, se lo decimos a los tíos todo el rato, me parece incoherente no tenerlo en cuenta con nosotras”, argumenta.

En efecto, las iniciativas por un uso no sexista del lenguaje han sido utilizadas por los machistas para caricaturizar a las feministas como unas sectarias que quieren destruir la lengua castellana. ¿Pero qué ocurre cuando a las mismas feministas que cuestionamos la carga misógina de expresiones como “coñazo” se nos pide que reflexionemos sobre expresiones que apuntalan el binarismo de género? Pues que las resistencias—y me incluyo— recuerdan a las de los ‘señoros’:

Twitter · Sara, 2018-02-04: Cuando ante correcciones y clamores por visibilización de mujeres trans y otras minorías reaccionáis ignorándolas o despreciándolas diciendo «qué susceptibles» «qué exageradas» «flaco favor», ¿Sabéis a quién sonáis?

Otras veces, en cambio, los toques de atención llevan a una reflexión y a un debate enriquecedor. Por lo pronto, en Pikara nos proponemos escuchar y rumiar.

Desgenitalizar la identidad de género
Las tres mujeres feministas trans a las que hemos consultado para este reportaje coinciden en considerar que la expresión “campo de nabos” es problemática. Coinciden también en aplaudir a Leticia Dolera por haber tomado nota del toque de atención.

La cantautora Alicia Ramos reconoce que la expresión ‘campo de nabos’ es un recurso metonímico que, aunque simplifica, ha sido eficaz para el feminismo. “No creo que sea como para ofenderse y poner palos en las ruedas a un movimiento que está avanzando, yo misma he podido hablar de ‘campos de nabos’ alegremente”. Dicho eso, explica que romper con la identificación atávica entre genitalidad e identidad sexual es un frente importante de la lucha por la despatologización de la transexualidad. “Utilizar ese tipo de expresiones regenitaliza los conceptos de hombre y mujer, e imagino que no contempla los géneros no binarios. Apuntala una serie de prejuicios que puede ser una fuente importante de dolor. Eso es cisexista”.

La sexóloga Aitzole Araneta ve en estas polémicas una oportunidad para hacer pedagogía. “Cuando escuché a Leticia Dolera decir ‘el campo de nabos feminista’, pensé divertida que yo también soy parte de un campo de nabos. Sé que se lo decía a los presentadores, dos tíos hablando de feminismo, pero lo pensé. Dar un toque está bien para que la gente entienda que no todas las pollas son de hombre”. Eso sí, cree que hay que cuidar las formas y a las interlocutoras, sobre todo en las redes sociales, que se prestan a la confrontación: “No quememos en la pira a grandes aliadas como Leticia Dolera”.

¿Pollas violadoras?
El año pasado, la Plataforma Antipatriarcado —página de Facebook que se adhiere al feminismo radical, abreviado como ‘radfem’—fue señalada como transfóbica por defender la necesidad de espacios no mixtos en los que sólo tengan cabida las mujeres con atributos físicos considerados femeninos. Se referían por un lado a los vestuarios—proponían cabinas individuales como solución para personas no binarias— y por otro lado a las asambleas feministas. En un comunicado posterior, aclararon que no cuestionaban la presencia de mujeres trans siempre que hubieran sometido su cuerpo a hormonación y cirugía, incluida la genital. “Es cierto (aquí no cabe hablar de prejuicios) que millones de mujeres víctimas de violencia machista, acoso y agresiones sexuales, se sienten intimidadas ante caracteres biológicos masculinos”, afirma este colectivo en un post.

En todo el comunicado, esta plataforma no hacía la menor mención a la violencia sexual a la que están expuestas las mujeres trans, independientemente de su anatomía. Según la Encuesta Estadounidense Trans de 2015, el 47% de las personas trans entrevistadas había sufrido una agresión sexual en algún momento de sus vidas. La consecuencia es reforzar un imaginario que relaciona a las mujeres trans con la violencia sexual, no como víctimas potenciales sino como una presencia intimidante para las únicas víctimas que mencionan: las mujeres cis. Además, que el criterio de admisión de una mujer trans en un espacio no mixto sea su anatomía, recuerda a vejaciones como los controles de sexo a los que se ha sometido a las deportistas. Más aún, la lucha por la despatologización trans cuestiona un enfoque médico en el que, para ser reconocidas, las personas transexuales tienen que acreditar la llamada “disforia de género”, con síntomas como la aversión hacia el propio cuerpo. Una mujer que se siente cómoda con su pene lo tendrá difícil para ser reconocida como tal. Otro motivo importante para romper la relación entre pene y masculinidad.

Lo recuerdo cuando Álex Portero dice que hablar de ‘campos de nabos’ o de ‘polla violadora a la licuadora’ supone “demonizar una parte de nuestra anatomía”. “No es sólo una expresión, se está construyendo un imaginario, una narrativa de la que quedamos fuera. Y es durísimo”. ‘Polla violadora a la licuadora’ es una de las consignas habituales en las manifestaciones feministas que ha sido cuestionada por cisexista. Portero y Aitzole Araneta consideran importante recordar que no violan las pollas sino los hombres y abogan por una expresión más certera, como ‘hombre violador al triturador’. Alicia Ramos, en cambio, corea ese lema alegremente en las manis: “Me siento ajena a esa controversia. Cuando grito ‘polla violadora’, es evidente que no estoy hablando de mí”.

Trajes con coño
En una asamblea para preparar la Huelga del 8 de Marzo, se plantea la duda: el símbolo del triángulo que se dibuja con las manos en alto en las manis, ¿es transexcluyente? El colectivo Artemisa así lo indicaba mediante un cartel publicado en Twitter el pasado marzo, que también desaconsejaba el ‘polla violadora’ y el aparentemente ‘queer’ ‘La virgen del Rocío era un tío’: “¿Símbolo del coño? ¡No! Recuerda que no todas las mujeres tienen coño”. El movimiento feminista adoptó el triángulo como un ejercicio de reapropiación del símbolo con el que el régimen nazi marcaba a lesbianas, gais y prostitutas, aunque en el imaginario colectivo se asocia al útero o a la vulva. A Alicia Ramos le parece que es positivo que en una asamblea feminista surja esa duda y se debata, “independientemente de la conclusión a la que lleguen”.

Las representaciones de la vulva son un elemento fundamental en la iconografía feminista: pensemos en las procesiones del coño insumiso o en consignas como “el papa no nos deja comernos las almejas” y “contra el Vaticano, placer clitoriano”. Citada por Mithu M. Sanyal en el imprescindible ‘Vulva. La revelación del sexo invisible’, Harriet Lener expresa la trascendencia de la invisibilización de la vulva: “Nosotros [se refiere a la cultura estadounidense] no hacemos el trabajo no con el cuchillo sino con el lenguaje: el resultado es, si se quiere, una mutilación genital psíquica. El lenguaje puede ser tan afilado y veloz como un bisturí quirúrgico. Lo que no se nombra no existe”.

Álex Portero afirma que es una leyenda urbana que las mujeres trans se sientan incómodas ante la representación del coño. “Lo del triángulo no me molesta, es un símbolo que ha servido, que no me invisibiliza ni me agrede. Comparto y hago mía la reivindicación del coño, porque su invisibilización y demonización ha sido una herramienta de opresión brutal por parte del patriarcado durante siglos. Si alguna compañera trans no está por esa labor, necesita revisárselo”. Lo que propone es “celebrar el cuerpo, campo de batalla de todas las mujeres, cis y trans, sin dejar otras anatomías fuera. Vivan las vaginas y vivan los penes de chica”.

Sin embargo, iniciativas como la de los trajes diseñados por Ernesto Altillo que lucieron como reivindicación feminista varios actores y actrices en los Premios Feroz, así como un concursante de Operación Triunfo, han sido cuestionadas por representar a las mujeres sólo con una anatomía determinada.

Twitter · Maltita, 2018-01-29: Más panoja y menos trajes feos, cutres y cissexistas.

Aitzole Araneta se remonta a la Grecia antigua para explicar lo arraigado que está el ‘locus genitalis’ —mis genitales determinan quién soy— en nuestra cultura. “Asociar unos genitales a una identidad no es un error sólo porque pueda ser doloroso a las personas trans; es un error porque es mentira. Hay chicas con pene o chicos con vulva, hay personas con genitales intersexuados y personas que tienen accidentes que afectan a sus genitales, que no dejan de ser las personas que eran”.

La solución no pasa por dejar de nombrar los genitales, sino, al contrario, por nombrarlos más en su diversidad. “Supone romper un tabú, porque a la vez que se ha dicho que definen nuestra identidad, se nos ha enseñado que son innombrables”. Como Portero, la sexóloga aboga por celebrar nuestros genitales y nuestros cuerpos diversos. No se trata de dejar de corear odas a la tijereta, sino de incorporar consignas que incluyan a las lesbianas con pene. Recordando un artículo de Pol Galofre, tal vez se trate de dibujar en trajes “la maravilla de los cuerpos ambiguos, de las tetas con pelo, los coños con polla, los cuerpos fofitos con caderas pero sin tetas, musculados y con tetas pequeñas, naturales o postizas. La maravilla de los cuerpos diversos que no llevan asignado un género”.

Una huelga feminista inclusiva
Cuando topa con iconos de váter geométricos que remiten al dimorfismo sexual —espalda ancha en el baño de hombres y cadera ancha en el baño de mujeres—, Alicia Ramos entra al que se identifica socialmente con las mujeres. “Mi espalda es más ancha que la cadera, pero sé que esos iconos esquematizan una abstracción”. Una abstracción que la excluye, pero como tantas otras que no se cuestionan tanto. “Colaboro con cantautoras andaluzas que se denominan como “del Sur”. Como canaria, pienso: ¡Del sur soy yo, soy de mucho más al sur!” Por ello, apela a una reflexión más amplia sobre el sujeto ‘mujer’: “Me parece flagrante que, en esa abstracción de ‘la mujer’ en singular tampoco se incluya a las gitanas o a las gordas“.

El lenguaje, textual o iconográfico, es sólo uno de los canales por los que se refuerzan las discriminaciones y las exclusiones. ¿Pero qué otros elementos tenemos que revisar para que una movilización feminista como la huelga del 8 de marzo sea transinclusiva? En su contexto de militancia feminista en Madrid, la cantautora afirma que siempre se ha sentido incluida y escuchada cuando ha planteado reivindicaciones de la agenda trans: “Creo que las bases, en la lucha en la calle. Estar dentro del movimiento, trabajando codo con codo con las compañeras ya es transinclusivo”. La vivencia de Álex Portillo es distinta: “Con no echarnos es bastante, porque eso yo lo he visto”. Pero llama también a la hermandad y el entendimiento: “Acogernos, dejarnos estar juntas, vosotras y nosotras, que somos la misma cosa, sólo que hemos partido de lugares diferentes, como ocurre con la clase social, el origen geográfico o la etnia. Con unos mínimos, estaremos todas a gusto, nos haremos fuertes y pondremos otro palo en la rueda del patriarcado”.
 
Twitter · Mar del Valle, 2018-01-22: Dibujito para dejarlo claro: las mujeres trans son nuestras hermanas. Si no es interseccional, no es mi maldito feminismo.