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jueves, 28 de enero de 2021

#hemeroteca #homosexualidad #testimonios | A favor del monstruo Jaime Gil de Biedma

Imagen: Zenda / Jaime Gil de Biedma

A favor del monstruo Jaime Gil de Biedma.

Carlos Mayoral | Zenda, 2021-01-28

https://www.zendalibros.com/a-favor-del-monstruo-jaime-gil-biedma/ 

Jaime Gil de Biedma era, en ese momento, pese a su vigorizante juventud, un hombre atormentadísimo. La crisis vital que le acuciaba en aquel año de 1966 arrastraba consigo una angustia de la cual no conseguía escapar. Pastillas, alcohol, sexo, y de fondo, por supuesto, el suicidio. Gil de Biedma contó en diversas ocasiones cómo se produjo la escena: la zozobra le hizo tumbarse en su corral segoviano de Nava de la Asunción para mirar el cielo y creer que la muerte, por fin, le había alcanzado. Sin embargo, cuando esta crisis existencial estaba a punto de llevárselo por delante, surgió el poema. Se titula Después de la muerte de Jaime Gil de Biedma, y si alguien de los aquí reunidos no lo ha leído aún, le recomiendo que lo haga antes de pasar al siguiente renglón. Un canto contra sí mismo, ya muerto. Los traumas, la memoria, todo pesaba demasiado; pero aquel poema, paradójicamente, le había salvado la vida.

Estos días se ha desatado la polémica por un homenaje que se le ha dedicado al poeta organizado por el Instituto Cervantes y por su director, Luis García Montero. Algunos compañeros de gremio, entre los que se cuentan, por ejemplo, Andrés Trapiello, Félix Ovejero o Paul Luque, le han afeado a la institución el hecho de que se agasajen las virtudes morales de Gil de Biedma, sobre todo atendiendo a cierto episodio que el poeta relata en sus memorias. Según cuenta el propio Jaime, allá en Manila, cuando desempeñaba su labor dentro de la tabacalera familiar, pagó a un filipino de catorce años para compartir lecho con él. Surge entonces el otro Gil de Biedma, preso de la carne y los excesos, nocturno y lascivo, fatal. ¿Existiría el genio sin ese demonio?

Los reproches morales que se le puedan hacer al poeta caen sobre terreno mojado. Él mismo dedicó toda su obra y aun su vida a mortificarse por ese otro Jaime Gil de Biedma, el decadente ser que terminó destruyéndose. Hablamos de un hombre que se transformaba por el color de la ginebra mala, que acababa pisando sótanos tan negros como su reputación, con la impaciencia del buscador de orgasmos, que diría él. El Gil de Biedma heredero de Cernuda, cortés, elegante y sofisticado, convivía con el contrario, autodestructivo y fatal. Contaba Miguel Dalmau, su biógrafo, que Jaime sufrió abusos sexuales en su niñez a manos de alguien de su círculo íntimo. Además, tuvo que ocultar su homosexualidad en un contexto que no aceptaba la condición, y bregar entre su vida de señorito burgués y su conciencia de clase. Sobre la mezcla de su atormentada biografía se levantó, como digo, su poética. Mi opinión es que se ha de asumir esa condición de hombre moralmente destruido si queremos glosar la obra del mejor poeta de la segunda mitad del siglo XX. Como siempre, la obra pervivirá cuando estas condiciones éticas dominantes se trastoquen, por eso yo quiero firmar aquí un canto a favor de ese Jaime Gil de Biedma, el poeta, el artista largo frente al humano breve. El genio que dependía, inevitablemente, de su lado oscuro.

martes, 8 de mayo de 2018

#hemeroteca #memoria #federicogarcialorca | El hombre que buscó a Federico

Imagen: Zenda / Agustín Penón
El hombre que buscó a Federico.
Miguel Barrero | Zenda, 2018-05-08
https://www.zendalibros.com/hombre-busco-federico/

Creo que fue Vázquez Montalbán quien escribió que Federico García Lorca es el muerto peor enterrado de nuestra historia. El paso del tiempo no hace sino corroborar cíclicamente la verdad de una aseveración que regresa a la memoria cada vez que se acometen nuevos intentos de localizar el cuerpo del poeta. La historia de las últimas horas de Lorca sobre el mundo es de sobra conocida: apresado en el domicilio granadino de su amigo Luis Rosales —que cargaría durante mucho tiempo con la culpa adjudicada por quienes le acusaron a él de delatarlo—, fue fusilado en el barranco de Víznar y sepultado después en un punto cuya localización exacta ha sido siempre motivo de controversia. Se ha querido dar con sus huesos muchas veces, sin éxito. Hace unas semanas, el periodista Víctor Fernández contaba en ‘La Razón’ cómo había conseguido recabar testimonios que afirmaban que lo que probablemente eran los huesos lorquianos se habían exhumado y trasladado, en algún momento de la década de los ochenta, bajo una fuente del parque de Alfacar. Aún es pronto para saber si esa teoría resulta ser la buena y se da por cerrado uno de los capítulos más negros de nuestra historia civil y literaria. Quedará entonces, en el mejor de los casos, una incógnita resuelta, y quizá sea el momento de comenzar a contar otras historias: no la del pobre Federico García Lorca, sino las de las personas que lo buscaron.

Hay que recordar que, aunque ahora se sepa todo o casi todo, no siempre ocurrió así. A Lorca lo asesinaron en el verano de 1936, cuando la guerra civil aún no había vertido ni la décima parte de su horror, y las noticias en torno a su desaparición fueron confusas. Se sabía que su muerte no había obedecido a causas naturales, pero nadie daba muchas indicaciones sobre las circunstancias verdaderas del deceso. Aunque no era difícil deducir el meollo de la cuestión —resumido en aquel poema memorable de Antonio Machado, «El crimen fue en Granada»—, no existían datos fidedignos y cuanto llegaba a comentarse, en el interior y en el exterior, no hacía más que dar pábulo a la confusión. Uno de los que se aventuraron a sacar conclusiones en esos terrenos pantanosos fue el escritor Gerald Brenan, quien tras varias estancias en España hizo en 1949 un viaje del que saldría un libro, ‘The Face of Spain’, en cuyo capítulo sexto desvelaba lo que había conseguido averiguar sobre la muerte de Lorca, principalmente el lugar de su asesinato. Brenan, que había conocido la ciudad de Granada en sus anteriores desplazamientos, le encontró en esta nueva visita otro aire bien distinto: «Éste era el Albaicín tal y como acostumbraba a ser y sin embargo ¿por qué parecía tan cambiado, tan distinto? Mientras permanecía allí sentado escuchando el canto de los gallos, me llegó la respuesta: ésta era una ciudad que había matado a su poeta.»

No había sido el británico, sin embargo, el primer extranjero que se presentó en Granada y sus alrededores para buscar respuestas. En 1948, un joven hispanista llamado Claude Couffon se encontró a los pies de la Alhambra con una ciudad arisca y temerosa. «Era peligroso hacer preguntas y era imposible entrar en Víznar», recordaría algún tiempo después. En aquella ocasión se fue de vacío, pero al año siguiente regresó y tuvo más suerte. Pasó en Granada tiempo suficiente para trabar amistades y una de ellas le terminó abriendo las puertas de aquel pueblo prohibido. De vuelta en su país, en 1951, escribió un reportaje que vio la luz en ‘Le Figaro Littéraire’ y que cayó como un tiro en la diplomacia española. Cuando había transcurrido ya más de una década desde su fusilamiento, Lorca seguía siendo un tema tabú.

Pero sin duda la gran peripecia fue la de Agustín Penón. Él fue quien primero aclaró cómo habían transcurrido los últimos compases de la vida del poeta, y también el que con más ahínco se inmiscuyó, en fechas tempranas, en las interioridades de un lugar y de una época poco o nada proclives a abrirse ante los desconocidos. Era un personaje peculiar. Nacido en Barcelona en 1920, se exilió con su familia, afín al bando franquista, cuando en 1936 estalló la guerra y la FAI requisó su fábrica de muebles. Antes de su partida, un amigo le regaló un ejemplar del ‘Romancero gitano’ que le iba a hacer más llevadero, según confesó él mismo, las nostalgias del destierro. Aunque la familia se instaló en Costa Rica, Penón optó por acomodarse en los Estados Unidos. Se incorporó al ejército, obtuvo la nacionalidad norteamericana y comenzó a trabajar en Nueva York como traductor. Escribió junto a su amigo William Layton un serial radiofónico que conocería un gran éxito en Latinoamérica y tradujo al inglés algunos textos del teatro español contemporáneo. Sin embargo, su trabajo más importante fue también, durante muchos años, el más desconocido: se trata de la investigación que, entre 1955 y 1956 y sin duda inspirado por aquellas lecturas lorquianas de adolescencia, le llevó a perseguir por Granada y Madrid los últimos rastros del poeta entonces maldito. Lo curioso es que Agustín Penón —que se suicidaría en San José de Costa Rica en 1976, esto es, veinte años después de su odisea española— nunca llegó a publicar los frutos de sus pesquisas. El contenido de sus papeles, que puso a buen recaudo en una maleta de la que no se separó nunca, sólo pudo conocerse mucho después de su muerte y gracias a Marta Osorio, otra figura singular en este entramado de historias pequeñas que se entrecruzan en pos del gran misterio. Osorio, actriz granadina, ensayaba en 1955 su papel en la adaptación que de ‘La Celestina’ había llevado a cabo Martín Recuerda cuando aparecieron en su vida Layton y Penón. Hicieron enseguida buenas migas y mantuvieron el contacto cuando el investigador abandonó España. Agustín Penón, antes de suicidarse, envió su maleta a Layton, quien la mantuvo escondida bajo su cama hasta que, poco antes de morir, quiso legársela a su antigua amiga. Entre medias, sólo una persona tuvo acceso a los frutos de aquella investigación fantasmal: fue el hispanista Ian Gibson, que escribió un libro al respecto, ‘Agustín Penón. Diario de una búsqueda lorquiana (1955-56)’, y que supo de la existencia de Penón cuando él mismo viajó a Granada para desenredar la madeja. Tampoco Marta Osorio se quedó atrás. En cuanto tuvo la maleta en sus manos, dedicó más de catorce años a trabajar con toda la documentación para terminar elaborando un libro que tituló ‘Miedo, olvido y fantasía’ y que no deja de ser el apasionante y pormenorizado registro de una investigación detectivesca.

Agustín Penón llegó a Granada dispuesto a todo. La fortuna que había amasado junto a su amigo Layton, gracias a aquel serial radiofónico, le daba un buen margen para actuar y no tenía ninguna gana de emprender el viaje de vuelta sin antes resolver un misterio que le obsesionaba. Llegar a Granada en mitad de la década de 1950 y preguntar por la muerte de Federico García Lorca tenía sus complicaciones. Desde el primer momento, Penón tuvo bajo su cogote la vigilancia pertinaz de la policía franquista, y los testigos que se avinieron a hablar con él sólo lo hicieron después de que él se ganara sobradamente su confianza, por lo general a través de invitaciones a copas y francachelas. No tardó en darse cuenta de que su propósito no iba a ser fácil. Cuando aún llevaba poco tiempo en la ciudad, consiguió que le invitaran a una fiesta en honor de José Rosales, ‘Pepiniqui’, jefe local de la Falange y hermano del poeta Luis, y allí alguien le pidió que pronunciara unas palabras. Penón levantó su copa e hizo un brindis: «Por Granada y por Federico García Lorca». A su alrededor se abrió un silencio sepulcral.

En el largo año y medio que duró su aventura, aquel barcelonés con nacionalidad estadounidense consiguió entrevistarse con familiares de Lorca, descubrió su partida de defunción y obtuvo testimonios tan relevantes como los de José Jover Tripaldi, el hombre que estuvo con el poeta en su última noche de vida, o los hermanos Gerardo y Blas Ruiz Carrillo, que le indicaron el lugar donde se habían llevado a cabo los fusilamientos y le condujeron hasta el punto en el que creían que se encontraba la fosa. No llegó a saber que sus confidentes iban a pagar cara su colaboración: Blas tuvo que irse de Granada y Gerardo acabó suicidándose. Todo empezó a ser tan asfixiante que Agustín Penón optó por cruzar de nuevo el océano antes de lo que esperaba. Jamás regresó y nunca dio cuenta de las razones que le llevaban a mantener inédito su trabajo. Sí dejó consignada en sus diarios la sospecha de que la policía secreta empezaba a interesarse demasiado por sus andanzas. Puede que también temiera que su condición homosexual le convirtiese en víctima propiciatoria de una ley, la de Vagos y Maleantes, que si bien no le iba a causar grandes estragos dado su pasaporte norteamericano sí podía echar al traste su investigación.

Diez años después, cuando Ian Gibson llegó a Granada para investigar el mismo asunto, todos le hablaban de un tipo llamado Agustín Penón que se le había adelantado y de cuya existencia él no tenía la menor noticia. Intentó localizarlo, pero le resultó imposible. Sólo al cabo de los años, con Penón ya fallecido, consiguió que William Layton le entregara provisionalmente, y bajo contrato notarial, aquella maleta en la que se custodiaba el bosquejo de un libro que nunca llegó a ser. Es el libro que existiría más adelante gracias a la entrega y la dedicación de Marta Osorio, que quiso que el buen nombre de su amigo figurara en los anales de las investigaciones lorquianas. Se publicó en 2006 una novela gráfica, ‘La araña del olvido’ (Astiberri), en la que Enrique Bonet relata los andares dubitativos de Penón tras la pasión y muerte de Federico. Concluye la historia con la última y crucial entrevista que el norteamericano mantuvo en una imprenta de Madrid por la que, diez años más tarde, pasaría también Ian Gibson. Cuando el historiador irlandés se vio al fin ante Ramón Ruiz Alonso, el hombre que según todos los indicios había detenido a García Lorca, éste le corroboró aquello que tantas veces le habían dicho ya en Granada: «Antes que usted estuvo aquí haciendo preguntas un mariquita norteamericano».

miércoles, 11 de abril de 2018

#hemeroteca #libros #trabajosexual | Chaperos

Imagen: Zenda
Chaperos.
Luisgé Martín | Zenda, 2018-04-11
https://www.zendalibros.com/chaperos/

La regulación de la prostitución es uno de los asuntos más polémicos de los últimos tiempos. Un sector del activismo feminista ha impulsado con energía el prohibicionismo, que sostiene que cuando alguien alquila su cuerpo no lo hace libremente, sino movido por un estado de necesidad o por una opresión cultural. En ninguna o casi ninguna de estas reflexiones sociopolíticas se hace mención a la prostitución masculina: cuando se habla de la prostitución se da por supuesto que sólo se prostituyen las mujeres y por tanto que la trata de seres humanos y el machismo heteropatriarcal están en sus fundamentos. Esos fundamentos, sin duda, condicionan el debate: nadie puede estar a favor de la esclavitud y de la dominación sexista.

La prostitución masculina revienta completamente las costuras de la discusión, y por eso los prohibicionistas suelen evitar mencionarla en sus planteamientos. Iván Zaro, por un lado, y Óscar Guasch y Eduardo Lizardo, por otro, han dedicado sendos libros a estudiarla y ofrecen puntos de vista que merecen ser considerados. La crónica y el ensayo han servido siempre para alimentar el pensamiento y para guiar las disputas, y ambos libros son útiles en este sentido.

‘La difícil vida fácil: Doce testimonios sobre prostitución masculina’
, de Iván Zaro, ofrece, como su título promete, el relato de doce vidas de chaperos (o gigolós, o escorts, o chicos, o chulos: el nombre también tiene un significado social y una diferente estigmatización), la mayoría de ellos dedicados en exclusiva a la prostitución con hombres, pero se incluye también el testimonio de algunos que han ofrecido sus servicios a mujeres (un asunto, por cierto, bastante ausente también de la literatura, aunque haya excepciones notables, como la última novela de Rosa Montero, ‘La carne’, cuya protagonista vive una historia sexual y emocional con un gigoló).

Zaro es un trabajador social que lleva desde 2004 dedicando sus esfuerzos a la prevención del sida y a la atención psicológica de los seropositivos. Ha seguido la historia personal de muchos chaperos a través de los años y conoce bien su trabajo. Esa cercanía ha sido fundamental para lograr la sinceridad de la confidencia y trascender lo anecdótico. El libro está escrito con la voz de los chicos, quienes, en primera persona, cuentan sus vidas. Cada capítulo aborda un tema específico —la prostitución callejera, los pisos invisibles, los juegos de rol, el mundo del porno…— y, después de una introducción del autor, lo ilustra con una historia particular. ‘La difícil vida fácil’, así, tiene el doble valor de la sociología y la literatura; del análisis y de la representación humana.

El título muestra bien el contenido: los chicos de vida fácil han llevado en general vidas difíciles. Pero los relatos no son nunca dramáticos ni atormentados. “Si a mí me preguntan, yo no reniego de lo que trabajo. En cierta manera, estoy muy orgulloso porque ni estoy robando ni cometiendo ningún delito. Estoy ahí para ganar dinero”, dice Joan, un tarraconense de veinticuatro años que entró en la prostitución gracias a un amigo que se dedicaba a ella. “Recuerdo que una compañera de mi antiguo trabajo se declaraba a sí misma partidaria de la abolición de la prostitución. Supongo que porque estaba de moda, porque, cuando te ponías a hablar con ella, descubrías que su discurso no era para nada abolicionista. No hablaba de la prostitución como tal, hablaba de otra serie de historias. Hablaba de la explotación, de las mafias, de otras historias. Cuando comenzamos a hablar sobre el tema, le dejé entrever, por no plantearle el hecho en crudo, que yo hablaba con conocimiento de causa, en primera persona, y cuando al final lo supo su posición ya era distinta. Muchas cosas ni se las había planteado, ella misma lo reconocía, simplemente argumentaba que ella no podría dedicarse a eso”, explica Juanjo, un chapero especializado en los juegos de dominación del BDSM.

Las ventanas literarias que Zaro nos abre dejan ver lo más transgresor de todo: la cotidianeidad del trabajo. Las relaciones con los compañeros, el miedo al envejecimiento, el uso de drogas o de fármacos, la ternura que puede encontrarse en las relaciones fugaces, los caprichos de los clientes o el dinero que se gana.

Es el retrato de una profesión. Difícil, singular, pero de una profesión. “Cuando uno hace servicios con parejas y hace el amor con una mujer, es cuando ya se siente profesional. Porque ahí tienes que controlar mucho la mente para que no se te desempalme y poder hacerlo y correrte con una mujer”, dice de nuevo Joan. Y Mario, por ejemplo, cuenta: “Se sentó en el sofá, dejó su garrota, le quité la ropa y cuando lo tuve desnudo confirmé que tenía noventa y un años. Yo no he visto ni a mi abuelo desnudo, así que me quedé flipado. Me llegó a resultar un poco patético, con ese cuerpo tan pequeño y arrugado, pero bueno, era lo que aquella persona deseaba, había confiado en mí, y yo miré de cumplir con sus deseos. Obviamente, sabía que a nivel sexual había poco que hacer, así que le senté en la cama y me tumbé desnudo a su lado. Comencé a acariciarlo mientras él me tocaba. Fue algo muy naïf, muy básico y delicado. Una relación basada en el roce”.

El libro de Guasch y Lizardo es completamente diferente en su tono y en su propósito, aunque el retrato que acaba haciendo es muy semejante. Se titula transparentemente ‘Chaperos’ y plantea un análisis académico y formal sobre el asunto. Tiene seis capítulos principales que nos permiten conocer los tres tipos de prostitución predominante que se han ido sucediendo en la historia reciente —callejera, de pisos o ‘indoor’, y ‘online’— y adentrarnos luego en cuestiones de fondo que tienen que ver con las tipologías de los trabajadores y los clientes, con el racismo y la identidad, y con los aspectos sociosanitarios.

Guasch y Lizardo secundan implícitamente de entrada una tesis que no esquiva la polémica: “Algunos autores han argumentado que el clásico debate feminista acerca de si la prostitución puede ser o no una forma de trabajo (en vez de ser siempre e inevitablemente una forma de opresión y explotación) ya ha sido superada en la práctica por un vasto cuerpo de investigaciones empíricas que señala la gran diversidad de escenarios, actores y formas que adopta esta forma de comercio”. Y explícitamente opinan que las mejoras de las condiciones laborales de los trabajadores sexuales es el camino para resolver los problemas graves y las vulnerabilidades indiscutibles que existen.

Los estudios académicos están sustentados sobre datos y sobre hechos, y en ese sentido este trabajo aporta una arquitectura de interés para la investigación de la prostitución masculina moderna. Guasch y Lizardo revisan una bibliografía bastante exhaustiva (entre ella, el libro de Iván Zaro) y obtienen sus conclusiones con un método científico, aunque la mirada del análisis en ocasiones tenga el velo de algunos juicios ideológicos que el lector no tiene por qué compartir.

‘La difícil vida fácil’ y ‘Chaperos’ son dos excelentes libros que retratan un universo árido, secreto, invisible y estigmatizado. Si la literatura sirve para alumbrar lo que no se ve, estos libros lo hacen. La narrativa tampoco ha sido muy prolija en la descripción de la narración, pero hay algunas excepciones. La célebre novela de Eduardo Mendicutti ‘Los novios búlgaros’, que contaba —con el humor y la brillantez expresiva característicos del autor— el romance entre un hombre y su novio inmigrante y heterosexual. ‘Chapero’, de Denis Cooper, que ofrecía una historia brutal —y también humorística— de un prostituto asesino. O ‘El mal mundo’, ‘Chicos’ o ‘Fácil’, algunos de los textos en los que Luis Antonio de Villena, confeso admirador de ese mundo, hurga en las esquinas de la prostitución masculina.

Los pasadizos oscuros son los que tienen verdadero interés literario. En ellos se observa con más desnudez el hueso del alma humana. Los chicos de vida fácil son uno de esos pasadizos oscuros, y lo que todos estos libros muestran es el nudo de las contradicciones que sostienen nuestra mirada hacia ellos. El goce puro y la exclusión. La vergüenza y el poder. La miseria y el dinero abundante. Los excesos y la vulgaridad. El deseo y el asco.

lunes, 3 de octubre de 2016

#hemeroteca #lenguaje #sexismo | No siempre limpia y da esplendor

Imagen: RAE / Ingreso en la Academia de Arturo Pérez-Reverte
No siempre limpia y da esplendor.
Arturo Pérez-Reverte | Patente de corso, XL Semanal, 2016-10-02
Recogido por: Zenda, 2016-10-03

http://www.zendalibros.com/no-siempre-limpia-da-esplendor/

Este artículo de hoy es una disculpa y una confesión de impotencia. Durante los trece años que llevo en la Real Academia Española he recibido, como otros compañeros, numerosos comentarios, sugerencias y peticiones de ayuda. Se nos han enviado repetidas muestras de disparates lingüísticos vinculados a la política, al feminismo radical, a la incultura, a la demagogia políticamente correcta o a la simple estupidez; de todo aquello que, contrario al sentido común de una lengua hermosa y sabia como la castellana, la ensucia y envilece. Y debo decir, en honor a la Academia, que a lo largo de todo ese tiempo he asistido a muchos intentos por ayudar a quienes piden consejo o amparo ante la estupidez, la arbitrariedad y el despropósito. Por dar respuesta eficaz a las quejas de ciudadanos indignados con el maltrato que de la lengua se hace en medios informativos y televisiones, apoyar a padres a cuyos hijos se impide estudiar en castellano, orientar a funcionarios de autonomías donde las autoridades locales imponen disparates que violentan el sentido común, o defender a quienes son víctimas de acoso por no pretender sino ejercer su derecho a hablar y escribir con propiedad la lengua española.

Sin embargo, muy rara vez la Academia ha hecho oír en público la voz de su autoridad. Sólo recuerdo un caso en trece años, pese a que cada denuncia, cada sugerencia razonable, ha sido llevada a los plenos de los jueves por algunos de nosotros pidiendo intervenciones menos discretas y más contundentes. El último debate fue antes del verano, cuando funcionarios y profesores andaluces pidieron amparo ante unas nuevas normas que pueden obligar a los profesores, en clase, a utilizar el ridículo desdoblamiento de género que, excepto algunos políticos demagogos y algunos imbéciles, nadie utiliza en el habla real. Eso nos llevó en la RAE a un animado debate, en el que algunos, incluido el director, nos mostramos partidarios de escribir una carta a la Junta de Andalucía para señalar ese despropósito. Pero la iniciativa, cual todas las anteriores sobre esta materia, no salió adelante. La Academia, como tantas otras veces, volvió a guardar silencio.

Esto requiere una explicación. En la Academia, los acuerdos se toman por unanimidad o mayoría; pero allí, como en otros lugares, hay de todo. Eso incluye a acomplejados y timoratos. Es mucha la presión exterior, y eso lo comprendes. No todo el mundo es capaz de afrontar consecuencias en forma de etiqueta machista, o verse acosado por el matonismo ultrafeminista radical, que exige sumisión a sus delirios lingüísticos bajo pena de duras campañas por parte de palmeros y sicarios analfabetos en las redes sociales. Lo notas en las miradas cómplices o aprobatorias cuando planteas algo conflictivo, miradas que luego contrastan con los silencios a la hora de mojarse o de votar. «Para qué nos vamos a meter en política», argumenta alguno, para quien meterse en política es todo aquello que nos lleve a opinar en público. Incluso la iniciativa –hasta hoy frustrada– de que la RAE presente y difunda un informe anual sobre el estado de la lengua, la consideran injerencia.

El único ejemplo reciente de coraje público lo dimos cuando Ignacio Bosque, quizá nuestro más brillante compañero, presentó su famoso informe contra la estupidez de género y génera. Aun así, el profesor Bosque lo hizo como iniciativa personal, y algunos académicos se negaban a refrendarlo hasta que tuvieron que plegarse a la mayoría. Aquello era, apuntaban como siempre, «meternos en política».

Y es que, como dije antes, en la RAE hay de todo. Gente noble y valiente y gente que no lo es. Académicos hombres y mujeres de altísimo nivel, y también, como en todas partes, algún tonto del ciruelo y alguna talibancita tonta de la pepitilla. En Felipe IV sigue cumpliéndose aquel viejo dicho: hay académicos que dan lustre a la RAE, y otros a los que la RAE da lustre. Que acabaron ahí por carambolas, cuotas o azares, y deben a la Academia buena parte de lo que son, o aparentan ser, ahora.

Pero en fin. Unos cuantos académicos lo seguiremos intentando. La RAE lo merece: notario de la lengua española y vértebra capital de una patria de 500 millones de hispanohablantes cuya bandera es El Quijote. A veces, es cierto, en episodios como los que acabo de narrar, apetece coger la puerta e irse; pero no es cosa de regalar esa satisfacción. Mejor seguir dentro dando por saco, peleando por el sentido común, llamando cada jueves pusilánimes a los que lo son, y estúpidos a quienes creen que por meter la cabeza en un agujero no se les queda el culo al aire.