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domingo, 16 de diciembre de 2018

#hemeroteca #homofobia #memoria | La represión de los homosexuales durante el franquismo en Fuerteventura salta al cómic

Imagen: El Diario / Viñeta de 'El Violeta'
La represión de los homosexuales durante el franquismo en Fuerteventura salta al cómic.
‘El Violeta’ es la historia gráfica novelada de Bruno, un joven homosexual de 18 años en el infierno que sufrieron los gais en el campo de concentración de Tefía. “En Tefía se comen hasta las cagarrutas, date con un canto en los dientes”, le dijeron a Bruno al ser detenido en el cine clandestino Ruzafa de Valencia en 1955. ‘El Violeta’ es una historia a cuatro manos de los guionistas Juan Sepúlveda y Antonio Mercero, con ilustraciones de Marina Cochet.
Eloy Vera | Canarias Ahora, El Diario, 2018-12-16
https://www.eldiario.es/canariasahora/sociedad/represion-homosexuales-franquismo-Fuerteventura-salta_0_846565450.html

“Cuidando nuestra memoria histórica conseguiremos que no se repitan los errores del pasado”, asegura Juan Sepúlveda, un guionista valenciano que un día decidió contar en viñetas las vejaciones y maltratos a los que sometían a los homosexuales en el campo de concentración de Tefía. Junto al guionista Antonio Mercero y la ilustradora Marina Cochet acaba de publicar la novela gráfica ‘El Violeta’, en la editorial Drakul. ‘El Violeta’ es la historia de Bruno, un joven homosexual de 18 años, pero también el testimonio del infierno que sufrieron los gais durante el franquismo.

Una noche de 1955 Bruno acude al cine Ruzafa, uno de los lugares clandestinos más importantes de Valencia. Allí cae en una trampa de la policía y le envían a la cárcel por ser homosexual. En prisión le hablan de la Ley de Peligrosidad Social y de Tefía. “En Tefía se comen hasta las cagarrutas. Date con un canto en los dientes…”, le asegura un preso a Bruno después de quejarse por la comida de la cárcel. Tefía es “un campo de concentración para homosexuales en Fuerteventura aunque lo llaman Colonia Penitenciaria Agrícola”, le aclara el compañero.

‘El Violeta’ es la historia de la persecución que sufrieron los homosexuales durante el franquismo y la convivencia de las mujeres que se casaron con ellos. Es un relato de fingir lo que no se es, de amores clandestinos bajo la amenaza del miedo, de represiones y apariencias, pero también un documento gráfico de la suerte que corrían los homosexuales que enviaban a la prisión de Tefía.

Desde 1954 hasta 1966 funcionó la prisión de Tefía. Durante 12 años, el centro encerró a alrededor de un centenar de personas condenadas por la Ley de Vagos y Maleantes, aprobada durante la Segunda República para castigar a vagabundos, pordioseros, rufianes, proxenetas y a todo aquel que no pudiera demostrar domicilio fijo, empleo o modo de sustento. En 1954 Franco modificó la ley para incluir a los homosexuales por considerarlos un peligro público. Mientras el dictador los privaba de libertad, en la calle la prensa reaccionaria y la policía los insultaba al grito de “violetas”

Sepúlveda explica desde su residencia en Canadá que la novela surgió después de descubrir el horror que había sufrido el colectivo LGTB durante el franquismo. “Me impresionaron mucho los testimonios y el desconocimiento que tenemos los jóvenes de mi generación sobre esta época. Que en los planes de estudio de la LOGSE no se incluyera este apartado me pareció alarmante. Y esto me movió a escribir un guion que pudiera recordar este periodo de nuestra historia”, comenta.

‘El Violeta’ es una historia a cuatro manos junto al guionista de cine y televisión Antonio Mercero. En ella cuentan la vida de Bruno, que tras pasar por la cárcel de Valencia, acaba obligado por su padre a internarse en una academia de policía como remedio para curar su desviación sexual, envuelto en un matrimonio concertado y participando en redadas policiales contra homosexuales. “Decidí colocar al protagonista en el ojo del huracán y qué mejor lugar que el cuerpo de policía. Allí Bruno es testigo y cómplice de la represión ejercida contra los homosexuales. Verá con sus propios ojos las redadas, la hipocresía de los agentes y el sin sentido de la persecución”, explica Sepúlveda.

La novela también es un reflejo de la desigualdad de las leyes. El autor de la novela gráfica señala que su intención era mostrar “la diferente suerte que corrían los homosexuales de clase baja y media”. Bruno consigue esquivar la cárcel gracias a los contactos de su familia y los medios para costearse una defensa. En cambio a su pareja Julián, de clase social inferior, se le aplicará la ley sin piedad y acabará en el campo de concentración de Tefía picando piedra de sol a sol, bajo un sol que no da descanso y sometido a insultos y golpes.

“Julián quería que representase a los homosexuales más valientes. Los que pelean en todas las batallas contra la intolerancia. Quería contar el precio que pagaron todos aquellos que desafiaron al régimen sin importarles las consecuencias. Gracias a ellos, a los que lucharon en primera línea, existen hoy las leyes de igualdad”, sostiene el autor.

Historia silenciada
Durante mucho tiempo Juan leyó libros en busca de información que le acercara al tema de la homosexualidad durante el franquismo; rastreó archivos, memorias penitenciarias y páginas en internet en busca de testimonios que pusieran luz a una historia silenciada. En concreto, se interesó por los testimonios de Juan Curbelo y Octavio García, dos expresos que antes de morir contaron cómo había sido el infierno que vivieron en Tefía.

Sepúlveda recuerda cómo Curbelo y García fueron condenados a uno y tres años de prisión. Tras una exploración médica, para establecer qué tipo de “pederastas” eran, fueron enviados desde la cárcel de Barranco Seco en Las Palmas hasta Fuerteventura. Allí, los desembarcaron en botes y fueron llevados en furgonetas a Tefía.

En la colonia agrícola les esperaban palos, hambre y un sacerdote que informaba a los juzgados si debían pasar allí uno o tres años para cumplir la condena completa. “Esa era la fórmula del régimen para quitar a los homosexuales el vicio y reconvertirlos en heterosexuales”, denuncia el guionista. “Al mismo tiempo, el Ministerio de Justicia hablaba en las Memorias de Instituciones Penitenciarias de los magníficos progresos que se habían conseguido en la colonia. Era un delirio tras otro”, añade.

Durante la entrevista, Sepúlveda explica que su intención siempre fue la de “escribir una historia de ficción, pero quería escribir una historia universal sobre la persecución y todo el sufrimiento que causó la Ley de Peligrosidad Social”. Y aclara “quería escribir una historia tanto para el lector heterosexual como para el homosexual y que al mismo tiempo fuera emocionante y emotiva”.

El autor de ‘El Violeta’ partió de una anécdota que le contó Antonio Ruiz, presidente de Ex Presos Sociales para hacer la novela. Él, al igual que Bruno, fue delatado por una monja y encarcelado con 18 años. Bruno también tiene su germen en ‘Las seis caras de un dado’, el primer libro de relatos que escribió Sepúlveda. En él hablaba de un joven que se hacía pasar por heterosexual y que no conseguía llevar esa farsa muy lejos. “Me pareció muy interesante la historia de los homosexuales que trataron de encajar en la España de Franco. Sobre todo los que se hicieron pasar por heterosexuales. Las vidas paralelas que llevaron y la infelicidad que esta mentira causó en sus familias”, explica.

Marina Cochet es la tercera pata de ‘El Violeta’. Esta ilustradora francesa afincada en España conoció a través de Facebook la oferta de Juan Sepúlveda. El valenciano la eligió para ilustrar su historia y “se lanzaron a la aventura”. Durante dos años estuvo dibujando las historietas que dan vida al cómic.

La imaginación, el surrealismo y el humor que suelen acompañar sus obras se echaron a un lado para conformar unas historietas impregnadas de realismo. ‘El Violeta’ es su primera incursión profesional en la novela gráfica. Marina explica que en ella “me interesaba plasmar los malos sentimientos de los personajes para que el público se metiese en la historia y viviese los sentimientos desde muy de cerca. Se metan en su piel y empaticen”.

“No había visto ninguna novela gráfica que trate este tema en nuestro país y era bastante necesario hablar de ello”, considera. “La sociedad está dormida en estos asuntos y piensa que como es el pasado eso ya se acabó, pero esa gente, que lo ha pasado tan mal y ha sobrevivido, sigue sufriendo”.

“El albergue de Tefía debería ser un museo sobre la memoria histórica del colectivo LGTB”
Juan Sepúlveda visitó hace algún tiempo Tefía en busca de los barracones del Auschwitz de Fuerteventura. Encontró un albergue y un monolito con una placa donde se reconoce la lucha de aquellas personas que fueron perseguidas, encarceladas y torturadas por su orientación sexual. El autor de ‘El Violeta’ cree que “no tiene sentido que sea un albergue”. A su juicio, debería haber un museo, “un espacio de divulgación donde los ciudadanos puedan conocer más sobre las leyes de igualdad y la memoria histórica del colectivo LGTB. No podemos permitir que un antiguo campo de detención sea hoy un albergue y quede olvidado lo que ocurrió allí. Todo lo que se olvida vuelve a ocurrir”.

jueves, 13 de septiembre de 2018

#libros #comic #homofobia #franquismo | El violeta


El violeta / guión de Juan Sepúlveda y Antonio Mercero ; ilustraciones de Marina Cochet.
Fuenlabrada, Madrid : Drakul, 2018 [09-13].
104 p. : il.
ISBN 9788494589775 / 14,20 €

/ ES / Cómic
/ Franquismo / Historia – Siglo XX / Homofobia / Homosexualidad / LVM / Novela gráfica / Persecuciones políticas / Tefía

Valencia, 1955. Bruno cae en una trampa tendida por la policía en el cine Ruzafa para detener homosexuales amparándose en la ley de peligrosidad social. Su entrada en la cárcel con tan solo 18 años, y la presión de su familia, le obligarán a tomar decisiones que marcarán el resto de su vida.

El violeta es una novela gráfica sobre la persecución que sufrieron los homosexuales durante el franquismo, y la convivencia de las mujeres que se casaron con ellos. Un relato que saca a la luz los campos de concentración para homosexuales que creó el régimen y que históricamente están siendo olvidados. 


Reseña de «El violeta»
Yoanna Rodionova | Katrakak, 2018-10-29

https://katakrak.net/cas/blog/rese-el-violeta-de-juan-sep-lveda-antonio

La historia contada en ‘El Violeta’ nos abre una ventana a la realidad que vivieron los homosexuales durante el franquismo. Bajo el amparo de la Ley de Vagos y Maleantes, el protagonista, un joven sencillo llamado Bruno, es detenido en el cine Ruzafa que hacía, a su vez de trampa para homosexuales. En la cárcel se despliega sobre él un sistema de torturas y violaciones a la sombra de un fantasma mayor: el campo de concentración de Tefía, en Fuerteventura, oficialmente llamado Colonia Agrícola Penitenciaria, donde no había más que piedras y torturas. Más tarde, ya en libertad, las decisiones que tomará estarán marcadas por la asfixia del miedo y el arraigo religioso de una sociedad tradicional. Guiado por el estigma, la evolución del protagonista le conduce a asumir el rol de sus opresores, en ocasiones, con la misma virulencia que ellos. Los personajes que rodean a Bruno atinan al representar los valores de aquella sociedad reprimida y encerrada en la costumbre que, mientras pudo, hizo lo posible por enterrar todo cuanto le era diferente.

El guion y el dibujo de esta novela gráfica se acompasan muy acertadamente y sugieren con sensibilidad el desgarro de una historia que es la historia de muchos: aquellos que han tenido el valor de la memoria y aquellos que huyeron tanto al exilio político como al exilio interior.

jueves, 14 de septiembre de 2017

#hemeroteca #literatura #transexualidad | La novela negra española ya tiene su heroína transexual

Imagen: El País / Antonio Mercero
La novela negra española ya tiene su heroína transexual.
Hablamos con Antonio Mercero sobre su novela 'El final del hombre', las miserias del machismo y la fascinación por la televisión.
Juan Carlos Galindo | El País, 2017-09-14
https://elpais.com/cultura/2017/09/13/elemental/1505323246_372854.html

Se puede llegar a la novela negra por caminos variopintos. El caso que nos ocupa es el de un guionista enamorado de la maldad de Patricia Highsmith, que cayó en la tentación de la novela, en el empeño de denunciar el machismo en España y en el laberinto de contar de manera creíble la historia de un policía transexual. Con estos ingredientes y la idea de que “la novela debe ser el imperio de la trama”, Antonio Mercero (Madrid, 1969) debuta en la ficción criminal con 'El final del hombre' (Alfaguara).

“Esto es una novela sobre el machismo, sobre cómo está girando la sociedad lentamente desde el paradigma masculino, no sé si al femenino pero quizás hacia una sociedad más igualitaria, pero todavía con un montón de adherencias y de resabios machistas, algunos muy obvios y otros más sutiles. Y contar eso a través de un policía transexual me parecía chulo”, resume, ya metido en materia, un Mercero de voz calmada y discurso muy articulado, como si no fuera su primera promoción y no le diera la pereza que se intuye que le da. 

'El final del hombre' es la historia de Sofía Luna, hasta un día antes Carlos Luna, detective de homicidios respetado hasta entonces por sus compañeros y sus jefes y encargado de investigar el asesinato de Jon, el hijo de un famoso escritor de novelas históricas. Con una estructura clásica de ‘quien lo hizo’, Mercero usa la novela negra para entretener, contar el drama de Sofía, su cambio de sexo y el rechazo que produce y mostrar las miserias que todos llevamos dentro.

También, por qué no, para pasearse por el interior de algunas familias ricas y exitosas pero rotas y algo podridas cuando se rasca la superficie. Lector de los clásicos policiales, deja ver cierta mirada de orgullo cuando se le pregunta si ha estado influido por historias de este tipo tan bien contadas por, por ejemplo, Ross MacDonald: “La familia es la principal fuente de problemas. Y más en España, donde la familia es una imagen, poderosa, nuclear. La mía es muy feliz, no es porque venga de una familia desestructurada ¿eh? –se apresura en aclarar–. Es una cosa instintiva. Me gusta mirar a la familia como ese lugar que debería ser de armonía y paz pero que no termina de serlo”.

Guionista de televisión con una carrera muy consolidada, Mercero tiene una mirada ambivalente sobre los beneficios de su oficio a la hora de pasarse a la literatura. Por un lado, reconoce que buscó huir de las servidumbres del trabajo en equipo y la televisión, algo que consiguió a medias. Por otro reconoce sus virtudes: “La tele te da oficio y te enseña por ejemplo a poner a hablar a los personajes cuanto antes. Es el imperio de la trama. El enemigo es el aburrimiento. Bad but not boring. Eso también tiene su peligro. No hay que pasarse, no hay que escribir un guion novelado porque no es lo mismo. Sí es igual el compromiso con una buena historia pero hay que incorporar estilo”, responde antes de que la conversación desbarre cuándo sale el tema de las series y pasemos de The Shield –”qué gozada”– a, de manera inevitable, Dennis Lehane y The Wire –"McNulty es genial, qué desastre". “No sé si los editores buscan en los escritores que vienen de la televisión la manera de encontrar al lector perdido”, resume cuando se le pregunta por el éxito de escritores como Danny Miller y otros tantos que han hecho el camino de ida y vuelta de un medio a otro.

'El final del hombre' es también una novela situada en Madrid y sobre Madrid. “La ciudad no está tan presente en el género y no sé porqué”, responde, directo, como si fuera algo que ya ha pensado muchas veces. “Es una ciudad viva en la que hay contrastes, crímenes, una vida que merece la pena contar. Esto es un tópico y me prometí no caer en él, pero al final lo hago. Los tópicos darían para otra entrevista entera”, reflexiona divertido.

Mercero asegura que no trataba de epatar con un personaje tan particular y que le ha buscado equilibrios con otros personajes y con una historia de corte clásico. Tampoco cree que con la novedad ya esté agotado y prepara una segunda parte, Los crímenes de Madrid. “Después de todo no sería real llevar al personaje por la vida tan campante. No por ahora. Igual en la tercera se le puede normalizar un poco”.

Escritor de ritmo constante, Mercero saca seis horas al día -tres por la mañana y tres por la tarde- para escribir, aunque no le apetezca, aunque le cueste. También le gusta darse el permiso de escribir páginas malas, de reescribir constantemente, en busca de la trama que atrape. Pero eso será después, cuando se acabe la promoción, cuando pueda volver a casa y encerrarse con sus series y sus lecturas negras.