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lunes, 12 de enero de 2026

#hemeroteca #lgtbi #literatura | Claves LGTBI+ en Lazarillo, Quijote, Celestina... que no nos contaron

El Lazarillo de Tormes, de Luis Santamaría y Pizarro. Museo del Prado //

Claves LGTBI+ en Lazarillo, Quijote, Celestina... que no nos contaron

Guillermo Martínez | El Asombrario, Público, 2026-01-12

https://elasombrario.publico.es/claves-lgtbi-en-lazarillo-quijote-celestina-que-no-nos-contaron/

Han sido tres años de escritura y casi 20 de investigación los que han precedido a ‘Su fulgor puede destruir vuestro mundo’ (Egales, 2025). Esta obra de casi 1.200 páginas y escrita por Ramón Martínez, doctor en Filología, revisita decenas de composiciones literarias desde el siglo XI hasta la actualidad desde una perspectiva LGTBI+ que desentraña aquello, unas veces escondido, otras veces a la luz de la mirada lectora, que pivota en torno a la sexualidad no normativa.

Titula esta investigación como ‘Su fulgor puede destruir vuestro mundo’. ¿A quiénes alude ese ‘su’ y ese ‘vuestro’?

Se trata de un verso de Diré cómo nacisteis, un poema de Luis Cernuda en el que se recogen los diferentes rasgos de “los placeres prohibidos”, que es como tituló el libro, y la consecuencia de visibilizarlos. Me pareció interesante utilizar este fragmento como título, porque precisamente habla del peligro que supone para el mundo heterosexual –el vuestro de Cernuda– hablar con claridad de la sexualidad no normativa, dejar que su fulgor inunde todo el mundo.

Comienza su análisis en las jarchas del siglo XI. ¿Qué hay en estas composiciones literarias de LGTBI+?

Pues resulta que hay mucho más de lo que nos han explicado. Las jarchas, que son las primeras expresiones literarias en lengua romance en la Península, son la parte final de un poema en árabe más extenso y sucede que en muchísimas ocasiones ese texto era una composición amorosa dirigida a un hombre por un autor masculino. Ya como comparación ya como desarrollo de la misma idea, ese estribillo final tiene entonces una relación muy íntima con el homoerotismo.

En la primera parte de su publicación, se centra en la sodomía a la hora de tratar la literatura hispánica en la Edad Media y los Siglos de Oro. ¿En qué grandes obras está presente esta práctica sexual que había pasado desapercibida hasta ahora?

Lo más llamativo es que en prácticamente todas las obras más relevantes de nuestra tradición puede encontrarse alguna forma de alusión al tema, aunque la crítica ha intentado silenciarlo. El Lazarillo, por ejemplo, tiene un capítulo censurado que mucha gente considera que hablaba de las relaciones de Lázaro con un fraile de la Merced; y en un grandísimo número de comedias del Barroco el travestismo es un recurso dramático muy importante.

Luego llega al homosexual y el homoerotismo. ¿Qué autores y obras encontramos aquí? 

Esa es una época de lo más interesante, porque supone el cambio del modelo de la sodomía, basado en las ideas religiosas, por una nueva concepción de la sexualidad que piensa la sexualidad desde ideas supuestamente científicas. En este momento encontramos algunos de nuestros autores y autoras más célebres escribiendo literatura homoerótica, como Jacinto Benavente, Federico García Lorca, Luis Cernuda, Carmen Conde y Lucía Sánchez Saornil; pero también otros, más desconocidos, son responsables de obras fantásticas y muy interesantes, como Las locas de postín, de Álvaro Retana.

Por preguntar sobre alguna obra en concreto, ¿qué lectura LGTBI+ subyace en ‘La Celestina’? ¿Y en ‘Don Quijote de la Mancha’?

Se trata de dos de las obras más relevantes de nuestra historia literaria y sucede que no es que sean susceptibles de una interpretación LGTBI+, sino que su contenido en algunos momentos muestra el tema de la sexualidad no normativa de forma evidente. En Celestina hay una escena en que la protagonista manosea y alaba el cuerpo de Areúsa; y en el Quijote hay multitud de escenas en las que los roles de género se ponen en tela de juicio, como aquella en que, en la primera parte, el cura disfrazado y el escribano travestido espían a quien parece ser un joven muchacho desnudándose que, en realidad, resulta ser una mujer vestida de varón. Lo más curioso de todo esto es que se muestra de forma totalmente clara, pero la crítica ha evitado analizar el tema durante mucho tiempo.

Me ha resultado especialmente interesante el capítulo que dedica a la censura de este tipo de literatura durante la dictadura franquista. En aquellos 40 años de régimen dictatorial, ¿cuáles eran las brechas por las que se colaba el deseo no hegemónico?

Pese a la censura y a la persecución y represión sexual, es cierto que llama la atención la inteligencia de muchos autores y autoras para expresarse con toda la libertad que les era posible. La clave, como podemos encontrar entre algunos poetas del grupo Cántico, como Juan Bernier, era la ambigüedad: construyeron un complejo sistema de equívocos para que los lectores entendidos comprendieran el verdadero contenido de sus obras. 

Con el paso del tiempo, además, se atrevieron a ir más lejos: en los años 50 hay ya varias voces muy valientes, como las de Jaime Gil de Biedma y Francisco Brines; y algunas que crean una forma muy personal de expresarse, como hizo nuestra querida Gloria Fuertes.

¿Cómo cambió todo ello en la Transición? ¿Qué nuevos ‘armarios literarios’ se abrieron en esa época?

La muerte del dictador supone el último cambio radical en nuestra libertad literaria. Gracias a la verdadera desaparición de la censura –la ley de prensa de Fraga en muchos aspectos empeoró la persecución de ideas– y, sobre todo, al comienzo del movimiento reivindicativo en nuestro país, el pensamiento sobre la sexualidad comienza a adquirir tintes políticos. 

La visibilidad se convierte en un compromiso y algunos autores se atreven al fin a construir una literatura que tenga como centro temático la sexualidad no normativa. Eduardo Mendicutti es el mejor ejemplo de esta nueva perspectiva, responsable de algunas de las mejores novelas de los últimos años del siglo XX, y junto a él podemos citar otros muchos autores y autoras como Terenci Moix, Esther Tusquets y, con el paso del tiempo, escritores que componen lo que puede considerarse un auténtico “género LGTBI+”. 

Con Isabel Franc, Carlos Sanrune y otros muchos, gracias al impulso de librerías como Berkana, Cómplices y Antinous, y a editoriales como Egales, en España nació en los años 90 una nueva forma de literatura sin la que sin duda éxitos reivindicativos como el matrimonio igualitario no habrían sido posibles. 

Su investigación concluye en los trabajos más actuales en torno a la literatura LGTBI+. ¿Qué es lo que más le sorprende de ellos? ¿Qué les diferencia de otros periodos históricos?

Lo más impresionante de los últimos años es tanto la multitud de publicaciones como su diversidad. Hay ensayos sobre política, historia, cultura... y narrativa de calidad que toca todos los géneros. La poesía y el teatro, del mismo modo, cuentan con autores jóvenes muy prometedores. Si hay una diferencia con otras épocas es que, por fin, se escribe y se publica más y con mayor libertad, pero no podemos engañarnos: hay dos problemas que no es posible obviar. Por un lado, la literatura LGTBI+ sigue siendo minoritaria y está infrarrepresentada: apenas un 1% de la producción editorial puede etiquetarse dentro de la diversidad sexual y de género, cuando la población LGTBI+ supera con creces el célebre 10%. 

Por otra parte, un dato inquietante puede anunciar que el futuro será menos tolerante. No solo las ideas intolerantes de las derechas políticas suponen un riesgo para nuestras libertades si alcanzan el poder, sino que durante 2024, por primera vez en mucho tiempo, se percibe una reducción relativa de las publicaciones en clave LGTBI+. Estoy seguro de que actualmente nos enfrentamos a un nuevo cambio de paradigma, y que nuestro progreso sea hacia la libertad dependerá de muchos factores y, sobre todo, del compromiso de escritores, editores y librerías.

¿Por qué cree que todas estas obras que usted ahora reseña no se habían leído desde la perspectiva LGTBI+?

Creo que el principal problema para reconocer públicamente la presencia de la diversidad sexogenérica en nuestra literatura ha sido la tradición crítica hispánica. Durante más de cien años y hasta hace relativamente poco, los académicos han preferido ignorar que nuestra tradición literaria nunca ha ignorado los temas que hoy llamamos LGTBI+. Hay casos flagrantes, como los de Menéndez Pidal y Menéndez Pelayo, en cuyos escritos podemos encontrar un desprecio más que significativo hacia algunas de las mejores páginas de nuestros autores simplemente porque se hacían eco de la diversidad sexual. 

Por último, acaba de publicar 1.200 páginas de análisis histórico de la literatura española desde la perspectiva LGTBI+, quizá el trabajo más voluminoso en su género. ¿Cómo se siente?

En parte agotado, porque ha sido un trabajo de muchos años. La redacción del libro me ha llevado alrededor de tres años, pero han sido casi dos décadas de investigación para poder prepararlo. Aunque, por otra parte, estoy muy contento tanto de haber conseguido poner el punto final a este trabajo como de observar la buena acogida que está teniendo. Cuando empecé a prepararlo creí que hacía falta un volumen que rescatara toda nuestra tradición literaria en clave LGTBI+ y parece ser, por la respuesta que empieza a llegar de los medios y, sobre todo, de lectores y lectoras, que este era un libro necesario.

jueves, 29 de febrero de 2024

#hemeroteca #gais #vih #sida | Un libro frente a los estigmas y miedos del VIH

Fotograma de la película ‘The normal heart’, basada en la obra de Larry Kramer //

Un libro frente a los estigmas y miedos del VIH

Luis Maura | El Asombrario, 2024-02-29

https://elasombrario.publico.es/un-libro-frente-a-los-estigmas-y-miedos-del-vih/ 

Acaba de publicarse ‘La noche en que Larry Kramer me besó’, del estadounidense David Drake. Este monólogo teatral semiautobiográfico nos narra su viaje de autodescubrimiento como hombre gay, a la vez que describe los efectos de la crisis del sida en la década de los 80 y subraya la gran labor de los movimientos sociales para defender los derechos de las personas con VIH, y la importancia de pertenecer a una comunidad que lucha unida contra cualquier tipo de estigmatización. Algo que sigue siendo actual y necesario. La lectura de este libro me ha llevado a escribir este artículo; y confieso que me ha costado, porque es un tema del que no suelo hablar con nadie, pero...

Como no tiene nada de malo ni de raro y seguro que más de uno y más de dos han pasado por una situación similar, permitidme que os lo cuente.

Hace tiempo tuve una relación sexual de riesgo. Se me rompió el condón con un chico y, aunque él aseguraba “estar limpio”, el pánico se me instaló en el cuerpo. Por mucho que sepamos que uno puede hacer vida normal con VIH y que ‘indetectable es igual a intransmisible’, todavía somos muchos los que vivimos con el miedo a contraer el virus. Hemos dado grandes pasos como sociedad y cada vez es un tema menos tabú, pero el estigma, por desgracia, sigue ahí. Podemos hablar libremente sobre ello, pero confesar de manera pública que uno es VIH-positivo solo lo hacen unos pocos valientes. La gran mayoría, sin embargo, decide mantenerlo en secreto, porque en este país siempre hemos sido de llevar la procesión por dentro y de darle demasiada importancia al qué dirán.

Por eso tardé mucho en atreverme a ir al hospital a pedir la PEP (profilaxis posexposición), porque no quería sentirme juzgado. Más allá de la pereza que me generaba la idea de pasar varias horas en una sala de urgencias esperando a ser atendido, visualizarme contándoselo a un desconocido me provocaba un sentimiento de vergüenza y culpa. Podía confiar en la palabra del chico, pero, si había alguna posibilidad de contagio, por mínima que fuera, lo mejor era intentar ponerle remedio cuanto antes. La salud es siempre lo primero y, en caso de contagio, la detección precoz es vital.

Un amigo me recomendó hablar con Apoyo Positivo y fue gracias a ellos, que me calmaron y me aconsejaron sobre lo que debía hacer, que vencí mis prejuicios y me fui a un hospital a pedir la medicación necesaria.

Me gustaría decir que, una vez allí, todo fue a las mil maravillas, pero no sucedió así exactamente. Me atendieron con respeto, me pasaron a consulta muy pronto y la doctora fue educada y profesional. No obstante, la enfermera que me tenía que dar las pastillas, comenzó a tratarme de forma fría y distante después de escuchar la palabra “anal”. En la consulta, mientras yo intentaba sacar de su envoltorio las tres pastillas que tendría que tomarme cada día durante 28 días, apareció otro enfermero que, sin venir a cuento, empezó a hablarme: “Sabes que esta medicación solo se puede tomar dos veces en la vida. Esto no es cualquier cosa... Y que no puedes tomar alcohol”.

No sabía quién era ese tipo, de dónde había salido ni por qué me estaba mintiendo de manera tan descarada. Porque, como me ratificó Apoyo Positivo más tarde, sí que se puede tomar la PEP más de dos veces en la vida y no pasa nada por ingerir alcohol mientras estás tomando dicha medicación.

Con la tercera pastilla, mientras me metían prisa para que saliera, me pregunté: ¿Por qué mentirle a una persona que ya está asustada? ¿Cree que quiero volver a pasar este mal trago de nuevo? ¿Por qué juzgar a la persona que quiere hacer las cosas bien? ¿No se da cuenta de que si me vuelve a suceder algo así y le hago caso, tal vez me contagie y eso provoque que pueda infectar a más personas? ¿Qué pasaría si todo esto se lo dijera a un chaval de 20 años en vez de a mí?

Me hice los análisis de sangre pertinentes y me fui de allí con ganas de llorar, pero, a la vez, contento de haber vencido al monstruo que me había paralizado, ese que me señalaba como si hubiese cometido algún tipo de error fatal. Pero esto no lo conseguí por mí mismo, sino gracias a las conversaciones con mis amigos y a los consejos y buen hacer de Apoyo Positivo. Pude superar ese sentimiento de culpa gracias, en definitiva, a la sensación de comunidad.

De esto, entre otras cosas, habla ‘La noche en que Larry Kramer me besó’, de David Drake (Edgewood, Maryland, EE UU, 1963). El director, dramaturgo y actor estadounidense utiliza la metáfora del beso para hacer referencia al impacto que le produjo la obra 'Un corazón normal', de Larry Kramer, cuando la vio el día de su 22º cumpleaños: “Ese beso salió disparado de la boca de un cañón y explosionó mi alma en mil muertes con forma de lágrima; dejando mis ojos manchados por las huellas de mis dedos húmedos (...) con una sangre de tinta negra”.

Este monólogo teatral semiautobiográfico publicado por ‘Dos Bigotes’, traducido por el editor y escritor Pedro Villora y con prólogo del artista y profesor de arte José Villarrubia (que además es amigo íntimo del propio Drake), nos narra su viaje de autodescubrimiento como hombre gay, plagado de referentes musicales, a la vez que describe los efectos de la crisis del sida en la década de los 80. Se trata de una obra activista que subraya la gran labor de los movimientos sociales para luchar por los derechos de las personas con VIH, y la importancia de pertenecer a una comunidad que lucha unida, desde las revueltas de Stonewall del 1969 a todas las manifestaciones llevadas a cabo a finales de los 80 por el grupo de acción directa ACT UP , acrónimo de ‘AIDS Coalition to Unleash Power’ (“Coalición del sida para desatar el poder”), cuyo lema era “SILENCIO igual a MUERTE”.

En palabras del propio autor, asistir a la obra de teatro fue lo que le condujo a ACT UP: “Aquella experiencia fue la que me llevó a aceptar la verdad de mi vergüenza, la que me permitió aceptar la verdad y la bondad de mi esencia como hombre homosexual. Y, por último, la que me ha vinculado con mi tribu y con la furia que hizo brotar estas historias de mi alma queer”.

A veces parece que ya está todo hecho, que ya se ha hablado demasiado de este tema y que tanto activismo resulta innecesario, pero, lamentablemente, se trata de una afirmación falaz. Me gustaría rescatar una frase de la serie ‘Veneno’ (Javier Calvo y Javier Ambrossi, 2020): “De lo que no se habla, no existe. Y lo que no existe, se margina”. Por eso es importante que sigamos hablando de la crisis del sida de los 80, porque venimos de ese pasado de homofobia y discriminación en el que, a pesar de estar muriéndonos por lo que se llegó a considerar, con muy mala baba, la ‘peste gay’, nadie parecía dispuesto a mover un dedo. Es parte de nuestra historia y no debe caer en el olvido, ya que nos configura como colectivo.

De eso habla este monólogo y también ‘Un corazón normal’, de Larry Kramer, adaptada al cine en 2014 por Ryan Murphy, a quien también le debemos la creación de la serie 'Pose'. La misma temática aborda ‘Philadelphia’ (Jonathan Demme, 1993), primera película producida por un gran estudio en abordar el estigma del sida. Y más recientemente las películas francesas ‘120 pulsaciones por minuto’ (Robin Campillo, 2017), ‘Vivir deprisa, amar despacio’ (Christophe Honoré, 2018) o la serie de HBO Max ‘It’s a sin’ (Russell T. Davis, 2021).

No es malo echar la vista atrás si eso va a ayudarnos a coger impulso para enfrentarnos a la homofobia y al estigma del VIH que todavía existe en nuestra sociedad. Es importante que sepamos que, afortunadamente, hoy en día se puede vivir con VIH con total normalidad y que, cuando algunos vengan a señalarnos con el dedo con sus prejuicios absurdos y su rancia moral, seamos conscientes de que tenemos una comunidad detrás que nos respalda, esos ‘mil puntos de luz’ a los que hace referencia David Drake en su texto. La memoria nos guía, nos hace más fuertes y nos ayuda a combatir hombro con hombro. Por este motivo, la publicación de esta obra, por primera vez en español, después de más de tres décadas desde su estreno, es un pequeño y luminoso milagro.

viernes, 12 de enero de 2024

#hemeroteca #lgtbi #mayores #cine | ‘Un hogar sin armarios’: la primera residencia pública para mayores LGTBI

El Asombrario / Claudia en un fotograma de 'Un hogar sin armarios' //

‘Un hogar sin armarios’: la primera residencia pública para mayores LGTBI

Sol Alonso | El Asombrario, 2024-01-12

https://elasombrario.publico.es/un-hogar-sin-armarios-la-primera-residencia-publica-para-mayores-lgtbi/

Esta es la historia de la construcción –ahora en suspenso– de una residencia pionera en el mundo, una residencia en Madrid gestionada con fondos públicos para personas LGTBI mayores. Una historia contada en el documental ‘Un hogar sin armarios’, dirigido por Eduardo Cubillo y que obtuvo recientemente el Premio del Público al Mejor Documental en el 28º Festival Internacional de Cine LGBTI+ de Madrid, que organiza la Fundación Triángulo.

El documental, que ahora sigue su recorrido presentándose en festivales y próximamente estará disponible en pantallas grandes y en alguna plataforma, es una sucesión de conmovedores testimonios de personas pertenecientes a esa generación condenada a vivir el sexo y el amor dentro del ‘armario’ y a recibir brutales tratamientos, lobotomías y electroshock para curar una ‘patología’ inventada producto de la maldad. Daba igual si el rechazo se daba en el colegio, en casa, en la calle o en la desatención política. El caso era arruinarles la vida por no atenerse a una intransigencia despiadada. Ataques, desprecio, persecución y cárcel. Una existencia digna les era negada por completo. Condenados siempre al disimulo. Esperando la voz que reconociera su derecho a ser lo que son: homosexuales. Hasta el 26 de diciembre de 1978 no se modificó la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social, heredera de la Ley de Vagos y Maleantes, que utilizó el franquismo para tratarles como escoria.

Los protagonistas de ‘Un hogar sin armarios’ son un grupo de personas mayores que quieren envejecer dignamente sin desandar un camino que ha sido de todo menos llano. Por eso necesitan un espacio donde apurar sus vidas sin tener que agazaparse otra vez. Con esa idea se puso la primera piedra de la Residencia Josete Massa, proyecto pionero en el mundo, un hogar de carácter público para mayores LGTBI necesitados de techo y cuidados. Detrás del plan está la Fundación 26 de Diciembre –sobra decir por qué eligieron esta fecha para el nombre–, una organización presidida por Federico Armenteros, un educador social de 64 años que fue maricón antes que fraile y precisamente por su ‘pluma’ le invitaron a colgar los hábitos y seguir con su vida fuera del seminario. Federico, Fede, o ‘Antonia’, el nombre cariñoso con el que le suelen llamar sus amigos, vivió su homosexualidad en el universo agotador del “procura que no se te note”. Y esa práctica tan frustrante le llevó incluso a tener novia, casarse y ser padre de una muchacha amorosa y tolerante de 35 años, que es su tesoro y el de su actual marido, Inocente Aguado.

Federico va explicando los pasos de las obras para acondicionar el espacio, cedido por la Comunidad de Madrid en el distrito de Villaverde, el arranque en 2018 y el parón por culpa de la pandemia de covid. ¿Cómo saldremos de esta? Rota la quietud del confinamiento, no llega la ansiada reanudación de las obras. “Tras una inversión de más de dos millones de euros en rehabilitar el espacio, las obras se paran porque necesitamos 600.000 euros más para que la residencia quede lista”, nos explica Armenteros, que acudió a la proyección de ‘Un hogar sin armarios’, arreglado como merece un estreno. Calcetines blancos altos y una falda negra, ‘brilli brilli’, que había comprado por 1 euro. El orgullo del menos es más, del sí se puede.

La residencia es un edificio de 3.300 metros cuadrados con cuatro aprovechables plantas que llevaba más de 10 años en estado de abandono. No es un lugar barato de acicalar, “especialmente ahora que los materiales han triplicado su precio y los políticos no parecen dispuestos a ayudarnos, sino todo lo contrario. Aprobar leyes y no dotarlas de presupuestos es un brindis al sol. Pero nosotros no vamos a tirar la toalla, porque hay mucha gente que nos necesita”. Concretamente, los 66 residentes que podrían ocupar las plazas disponibles. “Muchos de ellos, ahora en residencias convencionales públicas o privadas expuestos a sufrir muchas situaciones de homofobia”. Regreso al peor pasado.

Nos recuerda Federico Armenteros que en España hay 160.000 personas LGTBI mayores de 65 años. “Los que ya han cumplido los 80 apenas han respirado el aire de la libertad. ¿Tampoco van a tener un final de vida digno?”, se pregunta. “La homofobia no mengua con la vejez; al contrario. Y tener que volver al armario del que tanto costó salir es la peor derrota vital”.

El cineasta canario Eduardo Cubillo conoció la Fundación 26 D un divertido y bullicioso Año Nuevo Chino en el barrio de Lavapiés, (Madrid) y se enteró del parón en las obras de la residencia. Trabó amistad con muchos de los miembros de la fundación y, consciente de la potencia de sus testimonios, organizó un rodaje que se cruzó con los últimos coletazos del coronavirus. Anotó cuidadosamente los nombres que, desde el primer vistazo, superaban el casting. Como Samantha Flores, activista trans mexicana que fundó la primera casa de día para adultos mayores LGTBI en Ciudad de México. Kim Pérez, profesora y activista por los derechos humanos española y primera mujer transexual incluida en una candidatura electoral en España; en 2007, ocupó el número 17 de la lista electoral de Izquierda Unida en las elecciones municipales para el Ayuntamiento de Granada. Nicolás Granda, ese viudo tierno y apocado que acude a la tumba de su difunto esposo para pedirle el visto bueno a la feliz nueva: se ha vuelto a enamorar.

“Nicolás confesó muchas cosas en esta película, detalles que no había contado a nadie. Durante el rodaje sufría constantes ataques de ansiedad, episodios de temblores que le íbamos calmando con abrazos. Un ser absolutamente bueno. Claudia, por ejemplo, la mujer que vive en la calle, tardó muchísimo en confiar en mí. No siempre acudía a las citas y era bastante complicado dar con ella. Luego está José María Chicote, Jose. Otro receloso. Pero, ¿cómo queremos que sea una persona que solo se ha llevado palos en la vida?”, repasa Cubillo, el director. Hablar de Jose es citar desgracias con mayúsculas. Escucharle, admitir la posibilidad de que se puede sonreír ante semejante cúmulo de infortunios y relatarlos con una guasa inusual. “Jose perdió a su pareja, dueño de una floristería. Habían rehipotecado el negocio y, al quedarse solo, el banco le quitó la tienda y la familia del fallecido dejó a Jose en la calle. Le alojamos en uno de los pisos compartidos de la Fundación 26D”, explica Armenteros.

La mayoría de estas personas tienen que vivir con la escasez que permiten las pensiones mínimas no contributivas, explica Eduardo Cubillo, cineasta especializado en documentales sociales, cuya primera producción se tituló ‘Cubillo. Historia de un crimen de Estado’ (2012). Con esa película narró la historia de su propio tío, fundador y líder del MPAIAC (Movimiento para la Autodeterminación e Independencia del Archipiélago Canario), detallando la trama del atentado sufrido por el activista en su casa de Argel, en 1978, cuando dos sicarios le apuñalaron ferozmente. Antonio Cubillo sobrevivió a las graves lesiones que le obligaron a caminar con muletas hasta su muerte en 2012. Detrás del acto criminal estaban las cloacas del Estado español.

En 2021, Eduardo Cubillo rodó ‘Lolas’, una historia de señoras mayores al poder. “Con esas mujeres aprendí a acercarme a adultos de la llamada tercera edad, algo que me ayudó mucho a entenderme con los protagonistas de ‘Un hogar sin armarios’, una película que para mí es un acto de justicia social. Me conformo con que sirva para cambiar muchas miradas, destruir clichés y que acelere la apertura de la residencia Josete Massa”, explica Eduardo Cubillo.

De momento, uno de los protagonistas del documental, el difunto Jose, cruzará el umbral de la residencia dentro de una urna y, “como el proceso no se acelere, me temo que habrá muchas cenizas en la inauguración”, concluye Armenteros, sin la menor intención de disfrazar el crudo panorama.

Y TAMBIÉN…
'Un hogar sin armarios', el documental sobre la vejez dentro de la comunidad LGTBIQ+

La esperada película documental 'Un hogar sin armarios', del director Eduardo Cubillo, tendrá su estreno nacional en el LesGaiCineMad, este sábado en la Fundación SGAE de Madrid.
Jimmy Cukier | Shangay, 2023-11-16
https://shangay.com/2023/11/16/un-hogar-sin-armarios-el-documental-sobre-la-vejez-dentro-de-la-comunidad-lgtbiq/

domingo, 15 de octubre de 2023

#hemeroteca #gais #memoria | ¿Quién fue Ocaña?, ¿artista valiente y pionero, una loca sevillana?

Ocaña, Museo Nacional de Arte Reina Sofía //

¿Quién fue Ocaña?, ¿artista valiente y pionero, una loca sevillana?

Carlos Barea | El Asombrario, 2023-10-15

https://elasombrario.publico.es/quien-fue-ocana-artista-valiente-pionero-una-loca-sevillana/

¿Es Ocaña un personaje conocido por gran parte de la población española? ¿Acaso dentro del colectivo LGTBIQ+? ¿Sabe la gente de Barcelona, ciudad en la que pasó gran parte de su vida, o de Sevilla, de donde era originario, quién era aquel pintor naif que decidió vivir totalmente libre en una época en la que hacerlo se pagaba bien caro? Preguntas como estas me asaltaron poco tiempo antes de plantear a la editorial Dos Bigotes el proyecto ‘Ocaña. El eterno brillo del Sol de Cantillana’, un libro que pretende rendir homenaje a este inclasificable artista en el 40 aniversario de su muerte.

La respuesta a todas estas preguntas siempre era la misma: “A Ocaña la conocemos tan solo cuatro raras”. No obstante, yo era consciente de que a mucha gente le sonaba su nombre, que relacionaban con las rocambolescas circunstancias de su muerte en una fiesta organizada en su pueblo el año 1983 (complicaciones de su hepatitis a raíz de las quemaduras sufridas por las bengalas que llevaba en un disfraz elaborado por él) o con el documental que dirigió Ventura Pons sobre su figura en 1978, ‘Ocaña, retrato intermitente’. También sabía que las nuevas generaciones habían tenido un ligero contacto con su historia a través de los homenajes que Marina y Pakita le habían hecho en sus respectivas ediciones de ‘Drag Race España’. Es decir, tenía claro que su presencia se intuía, aunque no llegara a materializarse completamente.

Por tanto, decidí que había llegado el momento de, ya no solo homenajear a José Pérez Ocaña, sino también de reivindicarlo como una figura imprescindible en el devenir actual de la lucha por los derechos de las minorías sexuales en España. Y mira que escribir esto ya es arriesgado, ya que si Ocaña lo leyera, se enfadaría bastante conmigo, puesto que él siempre huyó de las etiquetas, del activismo institucional o de representar a ningún movimiento. Sin embargo, eso es algo que le suele ocurrir a las personas que han dejado, en cierta medida, huella en la historia: acaban por convertirse en referentes sin tan siquiera pretenderlo.

Dicho esto, creo que es necesario remarcar en primer lugar que uno de los principales motivos por los que es necesario reivindicar la figura de Ocaña en la actualidad es, precisamente, porque muchas de las cosas que hizo en su época –finales de los 70 y principios de los 80– no las podría haber hecho a día de hoy. Con un buen número de ayuntamientos y gobiernos autonómicos tomados por la derecha y la ultraderecha y obsesionados con censurar todo tipo de expresión artística no normativa, doy por sentado que Ocaña hubiera sido una de sus primeras víctimas. ¿Una ‘performance’ en la calle de un señor travestido y a plena luz del día donde pueden verlo los niños? Ni hablar. ¿Un cuadro llamado ‘Inmaculada de las pollas’? Menudo sacrilegio. ¿Una persona que defiende el ‘cruising’ de forma púbica y abierta? Por el amor de Dios.

Pero tampoco nos equivoquemos. Si los sectores más rancios de la sociedad lo hubieran crucificado bocabajo, dentro del colectivo tampoco hubiera corrido mejor suerte. ¿Una persona con pluma, que se viste de mujer, hace alarde de su promiscuidad y aboga por la destrucción de la familia como eje central de la sociedad? ¡Qué mala imagen! Me temo que a Pepe Ocaña le hubiera resultado bastante difícil escapar de las críticas de los sectores más ‘normativistas’ del colectivo, aquellos que hacen alarde de la plumofobia o que optan por integrarse dentro de la heteronorma en vez de buscar la aceptación de la diversidad en su totalidad. Sin ir más lejos, hace poco alguien afirmaba en redes sociales que Ocaña fue una persona muy valiente, a lo que otra persona contestó: “No fue valiente. Fue una loca”. Quizá esta animadversión hacia lo femenino, que ya en su tiempo fue buque insignia de parte del colectivo y que ha llegado casi intacto hasta nuestros días, fuera uno de los motivos por los que no fue especialmente bien visto en algunos entornos aparentemente liberales. Pero eso es, ahora mismo, harina de otro costal.

Por cosas como esta consideramos que Ocaña es ahora más necesario que nunca. Porque su mera existencia ensanchó –y sigue ensanchando– el concepto de libertad. Dejó a un lado las etiquetas, los cánones y la obediencia a lo establecido y se preocupó de existir; en la gran ciudad, en el pueblo, donde hiciera falta. Así floreció en aquellos años semioscuros –o iluminados solo para algunos sectores de la población– esta figura tan poliédrica que, desde un pasado no tan lejano, continúa, a día de hoy, dándonos lecciones involuntarias de vida y de existencia.

‘Ocaña. El eterno brillo del Sol de Cantillana’, está coordinado por el escritor y activista cultural Carlos Barea (quien también estuvo a cargo de ‘Flores para Lola’). El libro reúne textos escritos por el director de cine Ventura Pons, su amigo íntimo Nazario, Roberta Marrero, el escritor Luis Maura, la concursante de Drag Race MARINA, el artista e investigador Pedro G. Romero o una entrevista de Álex Ander a su hermano mellizo, entre otros. En ellos se analizan su obsesión por el imaginario religioso en sus pinturas o performances, el contexto artístico-cultural en el que desenvolvió o su exilio casi forzado de su pueblo a Barcelona. Además, el libro incluye dos documentos inéditos: un relato biográfico firmado por el propio artista y una carta de su puño y letra que escribió a su amigo Felipe de Paco.

sábado, 1 de julio de 2023

#hemeroteca #trans #testimonios | Nacha Sánchez, trans de ‘Vestida de azul’, vuelve a la tele con los Javis

Nacha Sánchez //
Nacha Sánchez, trans de ‘Vestida de azul’, vuelve a la tele con los Javis

Alex Ander | El Asombrario, 2023-07-01

https://elasombrario.publico.es/nacha-sanchez-trans-de-vestida-de-azul-vuelve-a-la-tele-con-los-javis/ 

‘Vestida de azul’ (1983), de Antonio Giménez-Rico, ha pasado a la historia como el primer documental español protagonizado por mujeres trans que se estrenaba en salas comerciales. De las seis protagonistas del filme, cuatro de ellas fallecieron en los siguientes años por complicaciones derivadas del sida. Una de las dos supervivientes, Josette, se retiró del espectáculo y en los años 90 regresó a su identidad masculina. La otra, Nacha Sánchez, lleva una vida tranquila en Vigo y acaba de participar en el rodaje de ‘Vestidas de azul’ (Atresplayer), la serie de los Javis que explorará la difícil situación de las mujeres trans en la España de la Transición. Hemos hablado con Nacha (Madrid, 1962): “Estoy dispuesta a aceptar todo lo que me ofrezcan, menos a hacer series sobre guarrerías y putiferios”.

‘Vestida de azul’ (1983) ha pasado a la historia como el primer documental español protagonizado por mujeres trans que se estrenaba en salas comerciales. En un primer momento, su director, Antonio Giménez-Rico, pensaba rodar una película de ficción. Sin embargo, cambió de opinión cuando empezó a documentarse para escribir el guion y comprobó la triste y brutal realidad de las personas trans de la época, quienes, en muchos casos, debido a la escasez de oportunidades laborales, se veían abocadas a la prostitución callejera (o, en el mejor de los casos, el cabaré, donde los empresarios de las salas de fiesta que las contrataban buscaban exhibirlas como fenómenos de feria).

«Esta película la hice con mucho amor», contó luego el cineasta en el libro ‘Vestidas de azul’ (Dos Bigotes). «Es un mundo que nada tiene que ver conmigo, pero no se juzga a nadie. En un principio podría haber tenido morbo, pero luego la ves y no hay morbo alguno. Se presenta una realidad, esos chicos que deciden ser chicas con todas sus complicaciones. Mi acierto fue no hacer una película moral, sino una película documental».

De las seis protagonistas del filme, que se estrenó en el Festival de Cine de San Sebastián y funcionó bastante bien en taquilla, cuatro de ellas fallecieron en los siguientes años por complicaciones derivadas del sida. Una de las dos supervivientes, Josette, que frente a la cámara protagoniza un curioso reencuentro con quien entonces era su ex mujer en la vida real, se retiró del espectáculo y en los años 90 regresó a su identidad masculina. La otra, Nacha Sánchez, lleva una vida tranquila en Vigo y acaba de participar en el rodaje de ‘Vestidas de azul’ (Atresplayer), la serie de los Javis que explorará la difícil situación de las mujeres trans en la España de la Transición. Hemos hablado con Nacha (Madrid, 1962).

¿Tuviste dudas a la hora de aceptar aparecer en la serie de los Javis?

No, ninguna. Sucedió de la mano de Valeria Vegas, con la que participé en la semana del Orgullo en Pontevedra. En un principio, los Javis no me querían, porque me quisieron dar un papel para hacer de puta en el Parque del Oeste en ‘Veneno’ y les dije que no. Cuando empezaron a buscar gente para su nueva serie, Valeria les dijo que yo debía estar en ella. Me llamó un día Javier Ambrossi y me invitó a viajar a Madrid para conocernos. Cuando me presenté allí, las guionistas me hicieron una prueba. A mí no se me da bien la lectura, pero me dijeron que tanto ellas como Valeria me querían en la serie, y que tenía que estudiar el guion, aunque luego no lo siguiera al pie de la letra. A partir de ahí, se portaron muy bien conmigo: me dieron dinero para mis gastos, me pagaron hoteles y me llamaron varias veces. En una de las llamadas, me explicaron que Penélope Guerrero iba a hacer de Nacha en la época de 'Vestida de azul'. La chica exigió conocerme antes de firmar su contrato, así que volví a Madrid para ello. Ahí ya les pregunté si realmente pensaban contratarme o solo me querían para que les diera información de cara a la escritura del guion. Al rato, el principal productor me llamó y me dijo ‘Mira, Nacha, yo no tengo un papel en la serie para ti, pero sí te ofrezco una colaboración especial y un capítulo entero’. Es cierto que yo salgo solo al final, pero realmente aparezco en toda la serie, porque esa chica que hace de mí está representando mi vida.

¿Y cómo ha sido el rodaje?

Al final han sido 15 sesiones, más tres especiales que se han grabado. Me pagaron un dinero bastante considerable y me han tratado divinamente, aunque no me ha gustado mi vestuario en la serie. Decían que, al ser la estrella de la serie, tenía asignado un color concreto. Me tocó el dorado, pero ese es un color que no me gusta para nada.

En su día fuiste amiga de Cristina la Veneno. ¿A ti te pasó como a ella, que durante su etapa como prostituta callejera se ganó el respeto de sus compañeras a base de broncas y alguna que otra hostia?

No, yo nunca me he peleado con nadie. Solamente tuve problemas con la famosa Manola, que me odiaba. El respeto no me lo gané peleando con nadie, sino ayudando a la gente, dando consejos, acogiendo en mi casa a las personas que no tenían dónde vivir… Cristina era muy agresiva. A ella vinieron a agobiarla y atosigarla porque, de la noche a la mañana, se convirtió en una bomba de tía. Encima, ella tenía un carácter muy malo. Se reía de la gente fea y se creía que era la mejor.

A raíz de su muerte, el movimiento asociativo de las personas trans empezó a reivindicar a Cristina, después de haber pasado muchos años rehuyéndola. ¿Entiendes su postura?

Hombre, muy buen ejemplo no daba. Cristina no gusta hoy a todo el mundo. La que gusta es Dana [Daniela Santiago], la actriz que hace de Cristina en ‘Veneno’. Cristina era muy buena persona, pero tenía un carácter terrible. Justo estás hablando con la única persona que nunca tuvo un problema con ella. Los primeros pendientes que tuvo se los regalé yo. Ella no bebía ni se drogaba nada entonces, fue al final de su vida cuando le dio por esas locuras.

Creo que tenías apenas 14 años cuando te escapaste de casa.


¡Tenía 13! Justo ayer lo estaba comentando con mi hermana, que también es una mujer trans y ahora cuida de mi madre, que tiene demencia senil. Mirábamos fotos antiguas y hablábamos de lo diferentes que eran mi padre y mi madre. De niña, me peleaba todos los días con él. Por las noches me escapaba, me iba de petardeo y tenía otra hermana que luego me abría la puerta. Una noche, mi padre me pilló y me pegó una paliza. Después de eso le dije: ‘Bueno, creo que me voy a ir con unos amigos míos de vacaciones’. En realidad, cogí un dinerito que tenía ahorrado y me fui a Barcelona.

¿Con qué apoyos contaste cuando empiezas en Barcelona tu proceso de transición social y modificación corporal?


Al principio fui con unas personas a un hotel y, cuando me vine a dar cuenta, todas ellas desaparecieron de allí sin pagar la cuenta. No tenía dinero, pero sí tenía algo de plata, porque entonces me gustaba mucho, así que tuve que venderla para poder pagar la cuenta del hotel. Después me tiré a la calle para ver qué hacía o qué no hacía. Ahí me encontré con una mariquita de Huelva, Toñi ‘la Pómulos’, que me vio sentada en un banco y me preguntó qué me había pasado. Me dijo que me fuera con ella a su casa, donde vivían cuatro o cinco chicos que por las noches salían a prostituirse por el Boulevard Rosa de Barcelona. Un día me fui con ellos, pero no conseguí ningún cliente vestida de hombre. Pasaron dos o tres días ayudándome y luego, una noche, me picó la curiosidad y me asomé a una calle que había por delante para ver por qué pasaban tantos coches por ahí. Me encontré en la puerta del hotel Calderón con una mujer enorme, vestida con un abrigo de piel, que empezó a hablar conmigo. Me dijo: ‘Lo que tienes que hacer si te sientes más chica que chico es esto, y si quieres venirte por aquí, te echaré una mano’.

Esa misma noche, cuando ya me iba para casa, encontré en un contenedor de basura unos zapatos y un vestido, y los cogí. Al día siguiente les dije a los chicos con los que vivía que iba a salir con ellos, pero que esta vez me iba a poner a trabajar con aquellas chicas, que yo ni sabía que eran travestis o trans. Así fue como empecé en la prostitución, con 13 o 14 años. No podía vivir del aire, y no encontré otro medio. Entonces ganaba dinero y todo era barato. Recuerdo que pagaba 80 o 90 pesetas de pensión más 150 pesetas de comida, pero que igual conseguía hacer 10.000 o 15.000 pesetas trabajando.

¿Tu familia sabía a qué te dedicabas?


Sí. Mi familia lo sabía perfectamente. No lo aceptaban, porque eso no lo acepta nadie, pero tampoco me lo criticaban. Procuraba además hacerlo discretamente y, de hecho, pasé muchos años viviendo fuera. Cuando vivía en Madrid, tenía primos taxistas que le decían a mi padre: ‘Uy, hemos visto a tu hijo vestido de mujer en la calle’, y otras cosas así, por lo que decidí quitarme de en medio. He estado viviendo en Italia, Francia, Suiza, Alemania, Austria... Me lo he recorrido todo.

¿Y dónde dirías que has sido más feliz?

Ay, no sé. Creo que aquí, en Vigo, porque es donde mejor me encuentro. En todos los sitios en los que he vivido ha habido muchas drogas, mucho alcohol y mucho vicio. En esta ciudad, a la que ya vine hace 40 años para trabajar en un espectáculo, la mentalidad de la gente es muy abierta. Los gallegos son los primeros que han viajado por el mundo y lo han visto todo.

¿Qué relación has mantenido tú con el alcohol y las drogas?

¡Yo me he drogado como loca y he bebido como loca! Pero ya hace como cinco o seis años que dejé de hacerlo. Vendí un piso que tenía en Madrid para poder operarme del pecho, porque lo tenía muy duro y resulta que por dentro estaba con necrosis. Si no me lo llego a cambiar entonces, hoy estaría muerta. El médico tuvo que arrancarme la silicona de los huesos y aquello me dejó destrozada. En ese momento decidí que no iba a volver a meterme una raya ni a beberme un whisky. Ahora, cuando bebo, me pongo malísima y me da como asco. Cuando me meto una raya, tengo la sensación de que ese pecho que el médico me arregló como pudo se me va a salir de su sitio.

Además, me he hecho mayor. Ahora soy muy casera, me gusta hacer mi comida, ir a hacer la compra y estar tranquila. Como he conseguido tener una buena pensión, tengo un dinero guardado y además hago muchas cosas, no necesito salir a la calle. Además, salir solo sirve para discutir con las demás ‘maricas’, porque el alcohol y las drogas siguen existiendo y la que no los toma se siente desplazada. Por otro lado, la prostitución callejera murió a raíz de la pandemia. Ya no hay trabajo y, sinceramente, para salir a ganar 20 euros, prefiero administrarme un poco mejor y no hacerlo.

¿Pasaste mucho miedo durante tus comienzos en la calle?

No, porque yo entonces era tan atrevida como lo soy ahora. A mí me echaban de todos los sitios, porque no tenía tetas (me ponía unos calcetines) y no te puedes ni imaginar lo guapas que eran las transexuales que había en esa época en Barcelona. Luego, poco a poco, fui haciendo amistad con una y con otra. No he pasado miedo nunca en la calle, aunque sí me han pasado muchas cosas. Me han robado, me han puesto una pistola en la cabeza, y hasta me han llevado en el coche a un lugar en el que había tres o cuatro hombres más que han hecho conmigo lo que han querido y luego no me han pagado.

¿A qué se debe tu mote ‘la Poderosa’?

Ese mote me lo pusieron estando ya en Madrid, donde empezaron a llegar muchas chicas de las Canarias, que tienen otra forma de hablar. Cuando acabábamos de trabajar, nos íbamos a cenar o a la discoteca. Allí sacaba el dinero de mi cartera y me ponía a frotarlo mientras decía: ‘¡Qué poderío!’, y ahí es cuando las otras empezaron a llamarme ‘la Poderosa’. Luego, además, soy una tía que ha ganado mucho dinero y que ha guardado mucho también. Igual me compraba un bolso bueno y me quedaba luego sin comer. Tuve buenas joyas, buenas pieles y apartamentos divinos. Ahora no, ahora vivo de alquiler, porque cuando me operaron de la uretra tuve dificultades y necesité vender para no tener que pedir nada a nadie.

¿Cómo apareció en tu vida Antonio Giménez-Rico?

Apareció porque, cuando trabajaba como prostituta, hice un reportaje para televisión titulado 'Alma de mujer' que él vio. Me reuní con él y con otro productor, me dijeron lo que estaban preparando y les dije que sí. Luego conocí muy bien a Giménez-Rico, que conmigo fue el hijo de puta más grande del mundo. A nosotras no nos quería, para él éramos un negocio. Nunca me he llevado bien con él. Cuando presentó el libro de Valeria Vegas con ella, dijo que yo pasé de ser un ser humano tranquilito y normal a convertirme en un monstruo de la cirugía estética y de las joyas. Nunca le caí bien, porque soy muy descarada y si hay algo que no me gusta, lo digo.

Por ejemplo, en la serie que acabo de hacer, tuve que pasar 14 horas rodando una de las secuencias. Cuando me enseñaron los zapatos que tenía que llevar puestos, les dije que no rodaba así, porque necesito llevar algo con lo que me sienta cómoda. Querían que saliera al lado de las otras chicas, que miden 1,80, con unos taconcitos bajos, dando el aspecto de señora mayor que trabaja de puta callejera y está ya como acabada. Podré tener 60 años, pero me gusta ponerme zapatos con tacón de 18 centímetros y me muevo divinamente con ellos. Los de vestuario lo consultaron y lo acabaron entendiendo. Al final salgo con unos tacones que me permiten estar a la misma altura que las demás. No hay dinero suficiente para que alguien me diga lo que tengo que hacer.

¿Desconfiaste en algún momento del resultado final del documental ‘Vestida de azul’?

Sí, siempre dudé. El día que la vimos por primera vez, en San Sebastián, lloré y me asusté. Nada más empezar el documental, se nos ve pegándonos con la policía. Mi vida tenía que continuar, y yo debía seguir acudiendo a esos mismos sitios en los que había rodado el documental. Me daban miedo las represalias, que pudieran pasar por mi lado y pegarme un tiro en la cabeza por haber hecho aquello. Recuerdo que un día aparecieron dos coches llenos de gitanos que se bajaron y me preguntaron dónde estaba Tamara. Les dije que no lo sabía, y uno de ellos comentó a otro: ‘Pues córtale los huevos a este maricón’. El documental era tremendo. Tanto, que al cabo de seis meses dejó de poder verse.

‘Veneno’ cosechó un gran éxito a nivel nacional e internacional. ¿Estarías preparada para convertirte en una estrella?

Me siento preparada, pero veo un poco difícil que la serie pueda competir con ‘Veneno’. Aunque la idea de todos los productores con los que he hablado es que tiene que superarla. No sé, podría ser. A fin de cuentas, ‘Veneno’ habla de una sola vida, pero ‘Vestidas de azul’ cuenta muchas historias. Aunque ya estoy algo mayor para estas cosas, estoy dispuesta a aceptar todo lo que me ofrezcan, menos a hacer series sobre guarrerías y putiferios. Si es para hacer cosas de ese tipo, mejor que se olviden de mí.

viernes, 10 de junio de 2022

#hemeroteca #pierpaolopasolini | Pasolini: sus ‘apuntes documentales’ de denuncia, sexo y recuperación del pasado

El Asombrario / Pier Paolo Pasolini //

Pasolini: sus ‘apuntes documentales’ de denuncia, sexo y recuperación del pasado.

Liborio Barrera | El Asombrario, 2022-06-10

https://elasombrario.publico.es/pasolini-documentales-centenario/ 

En el centenario del nacimiento de Pier Paolo Pasolini (1922-1975) repasamos sus documentales, la parte menos difundida de su cine. Poéticos, realistas, políticos, acusadores, ensayos de escritura cinematográfica, estas películas constituyen, junto a sus largometrajes de ficción y su producción literaria (lírica, novelística, ensayística, periodística), expresiones de una personalidad fascinante, encrucijada de convulsiones, controversias y contradicciones que marcaron la segunda mitad del siglo XX.

Llevado por sus “ideas políticas” y su “sentimiento poético”, Pier Paolo Pasolini estrenó su primer documental, ‘La rabia’, en 1963. Las ideas políticas nutrirán el resto de su producción documental rodada hasta 1972, tres años antes de su asesinato. Alertó de la injusticia, sondeó a los italianos sobre su relación con el sexo, filmó la pobreza y la pureza, pero también la degradación moral y urbana de lugares como Palestina, la India, Yemen, Uganda, Tanzania o la propia Italia, a la busca de escenarios para películas que hizo y que no hizo. Y denunció la amenaza del progreso sobre sociedades tradicionales sometidas al dilema de cómo acometer un presente de desarrollo frente a la “escandalosa fuerza revolucionaria” del pasado.

Fue un combate irresuelto en aquella época contra lo que él denominaba la “sociedad neocapitalista” y su promesa de un florecimiento que, para Pasolini, arrasaba con el sustrato telúrico de las sociedades y sus gentes: un mundo, el “mundo clásico”, lo denomina en 'La rabia', sucumbía ante otro sustentado en el consumismo, el veneno de la televisión o la producción industrial desaforada. Esta disyuntiva recorre la mayor parte de esos documentales, hechos de una forma pobre, urgente, diarios de viaje en que el tiempo de su duración impone al cineasta decidir casi sobre la marcha qué captar y qué desechar. A su modo, constituyen también ejercicios sobre el propio cine. Pasolini muestra, a medida que filma, el proceso de realización de las películas: reflexiona con su propia voz sobre lo rodado, reconsidera la dirección que va tomando o introduce asuntos ajenos al que le ocupa, de manera que, más que obras cerradas, lo que vemos son, como justamente tituló él cuatro de sus documentales, apuntes de un cineasta.

Si ‘La rabia’ es su documental poético (pues sus textos, leídos por una voz solemne, son poesías del propio Pasolini y sus imágenes de archivo se suceden sin un hilo cronológico ni lógico), de denuncia de un mundo “dominado por el descontento, la angustia, el miedo a la guerra y la guerra”, a partir de ‘Comizi d’amor’e, rodada el mismo año de ‘La rabia’, saldrá a las calles, cámara en mano, para testimoniar las fallas de su tiempo y extraer materiales para su cine.

El sexo como escándalo en ‘Encuesta sobre el amor’
“¿Cómo nacen los niños?”, les pregunta Pasolini a unos chavales en la calle al comienzo de ‘Comizi d’amore’ (‘Encuesta sobre el amor’). “Los trae la cigüeña”, contestan unos. “Dios se los entrega a la cigüeña”, afirma otro. En una época en que el desarrollo industrial de Italia había despegado hacia la ‘modernidad’, Pasolini se propone conocer si ese progreso estaba modificando la relación de los italianos con el sexo.

Soldados, campesinos, universitarios, obreros, empleadas, madres y padres de familia…, con pudor, pero sin rehuir apenas las preguntas, hablan, insólitamente, ante el micrófono que les pone delante el cineasta. Aparentemente, se muestran más liberales en el norte y más reprimidos en el sur; más dispuestos a aceptar el divorcio, aún ilegal en el país, que a reconsiderar la condición de la mujer como un ser inferior que debe someterse al hombre. Aún en Calabria, en Sicilia se exige la defensa del “honor”, la virginidad al llegar al matrimonio.

El escándalo, si Pasolini les pregunta por la prostitución, no es la explotación de las mujeres, sino que se hayan suprimido los burdeles tras la aprobación de la conocida Ley Merlin, que regulaba la prostitución. “Era mejor antes”, afirman unas prostitutas, apoyadas en la pared. “En la calle se escandalizan”, le cuentan. “¿Qué van a hacer los jóvenes ociosos sino recurrir a los animales?”, se preguntan en Sicilia. Pero los momentos más escandalosos los provocan las preguntas sobre la homosexualidad. Las desgarradas respuestas sorprenden hoy, porque uno sabe que quien entrevista era homosexual. Pasolini no parece inmutarse y registra las contestaciones sobre la “repugnancia”, el “asco”, el “horror” que producen los “invertidos”, que es el término que el propio director y sus entrevistados emplean. ¿Por qué este escándalo ante lo diferente? “Lo ven como una amenaza a la propia persona, no tanto porque sea diferente. En el fondo, se escandalizan por el miedo a perder la propia personalidad”, le resume el escritor Alberto Moravia.

No hay caras precristianas en Palestina
Las caras de los drusos, de los judíos le parecen a Pasolini similares a las de los proletarios europeos. ¿No atisbará rasgos, facciones que conserven algo de la pureza de lo antiguo, por los que no haya pasado la historia, esas caras “precristianas” que ansía descubrir en su viaje a Palestina? Rodar ‘El evangelio según Mateo’ en los lugares originales donde sucedieron los hechos recogidos por el evangelista devino en frustración.

Este ‘experimento’ documental, ‘Sopralluoghi in Palestina per Il vangelo secondo Matteo’ (1965) (‘Localizaciones en Palestina para El evangelio según Mateo’), es el primero de los tres que rodó Pasolini con similares pretensiones: dar con rostros y paisajes que le sirvieran para una película que, salvo en el caso de la dedicada a la figura de Jesucristo, nunca rodó. A los tres, como ya quedó anotado antes, los anima la querella entre lo antiguo y lo moderno que ha venido para corromperlo y toman la forma de apuntes, como llevan en su título dos de ellos.

Aún quedaría un cuarto apunte, inacabado, ‘Apuntes para una novela sobre la basura’, del que llegó a rodar una hora y media de metraje en torno a una huelga de basureros en Roma en 1970. Aunque en realidad este último formaría parte de otro bloque de filmes realizados por Pasolini, que atienden especialmente a sucesos italianos y relegan el pasado.

A él pertenecería, además de ‘La forma de la ciudad’, el último que rodó, parcialmente, con el colectivo de extrema izquierda Lotta Continua, ‘12 de diciembre’, sobre el atentado terrorista de fuerzas de ultraderecha contra la Banca Nacional de Agricultura situada en la Piazza Fontana de Milán, que mató a 17 personas e hirió a 88. Pasolini montó la película, pero su nombre, por recomendación de sus abogados y para evitar la posibilidad de que lo procesaran, solo aparecería en el filme como autor de la idea que lo inspiraba.

Casi nada de lo que vio Pasolini en Palestina le convenció para rodar la película en aquella tierra. “Nazaret es inusable para nuestro filme por su modernez”, concluye en ‘Localizaciones en Palestina para El evangelio según Mateo’. “Ni paisajes ni personajes” le inspiran. Sus caras son “modernas, no arcaicas”.

El documental alterna esta búsqueda decepcionante con secuencias de un kibutz, donde entrevista a sus ocupantes sobre las ventajas de vivir en estas colonias de trabajo y vida colectivos; un recorrido por Jerusalén, cuya grandiosidad debería marcar un giro estilístico en el filme, y las respuestas que da el propio Pasolini al sacerdote que lo acompaña, don Andrea, sobre sus impresiones de viaje. Frustrante como cineasta, concluye, pero una “revelación” estética. Ha comprendido, de nuevo, que lo “más humilde es lo más bello”.

Tigres hambrientos en la India
A la India viajó Pasolini a fines de 1967 para rodar ‘Apuntes para un filme sobre India’. En sus primeras imágenes, el cineasta explica que quiere hacer una película sobre dos temas fundamentales del llamado ‘tercer mundo’: la religión y el hambre. Y lo introduce a partir de la siguiente pregunta: si un monje se encontrara en el desierto a unos tigres hambrientos, ¿se ofrecería a ellos como alimento? Varios interpelados le responden impávidos afirmativamente. Otro le explica que lo que importa de la pregunta es la enseñanza de que uno debe ser compasivo.

Entonces, Pasolini decide que la película tratará sobre un marajá que, apiadado al ver a unos tigres muertos de hambre, los alimenta con su cuerpo. Tras morir, su esposa y sus hijos sufrirán las consecuencias de la pérdida de su posición social y sus riquezas. Paralelamente, el cineasta filma rostros de hombres, de mujeres, de niños como posibles intérpretes de los personajes, edificios donde vivirían y paisajes por donde vagarían. Filma la actualidad del país, que debate si aprobar la esterilización de las mujeres: en la ciudad, sus entrevistados apoyan la medida; en el campo, rehúsan responderle. Filma a unos periodistas opinando sobre si debe occidentalizarse la India. “Si es perder personalidad, resistiremos”, “no nos importan otras culturas”, contestan.

La alternancia de las dos películas, la de una India imaginada y la de una India real, se fundirían en ese hipotético filme que Pasolini no llegó a rodar, en el mismo molde que confronta un país antiguo y otro en tránsito hacia el progreso y que repite, otra vez como esbozo, en ‘Apuntes para una Orestiada africana’, basada en el texto de Eurípides.

De nuevo viaja, ahora a Uganda, a Tanzania para hallar fisonomías afines a los personajes de la tragedia griega o dar con espacios que transformaría en escenarios. Recorre mercados, fábricas, escuelas; sondea cuerpos, miradas, estaturas, envergaduras. En su película, la civilización tribal africana representaría la antigua civilización griega y el descubrimiento que hace Orestes de la democracia sería el descubrimiento que han hecho los países africanos de esa democracia tras la descolonización. Pero algunos estudiantes universitarios entrevistados por Pasolini le responden: “África no es una entidad única. No hay que hablar de tribus, sino de países”.

El cineasta discute con ellos. Les pregunta de nuevo: ¿se sienten ustedes Orestes, es decir, ciudadanos del progreso, de una democracia? Sí, responden. Aunque, matizan, lo nuevo que encarna el personaje no es necesariamente mejor, como no es negativo lo que dejamos atrás, sino nuevo. Pero en lo nuevo, viene a decir Pasolini, el pasado va mutando hacia su desaparición. Sus ritos, sus ceremonias ancestrales van perdiendo su ligazón con los impulsos irracionales originarios que se encarnaban en esas formas ceremoniales. Ahora, esas formas no responden tanto a una creencia como a una representación.

La búsqueda de un imposible en Sanaá
Cuando en 1970 ruede ‘Las murallas de Sanaá’, su único documental en color, Pasolini retomará el nudo gordiano de su pensamiento sobre lo antiguo y lo moderno. El filme es una denuncia dirigida a la Unesco para que evite la destrucción de la ciudad yemení medieval de Sanaá. En el fondo, Pasolini persigue un imposible: un estado anterior que no existió en la completitud con que lo añora, un tiempo inmutable, incontaminado que, en esos momentos, “las minorías revolucionarias” quieren cambiar por el desarrollo, el progreso.

Para Pasolini, la lucha por lo antiguo está perdida en Italia, donde “la especulación urbanística del neocapitalismo” ha destruido su paisaje. En Sanaá, de trazas medievales aún intactas en aquel año, empezaba a ocurrir lo mismo. No se dan cuenta, viene a decirles, que la riqueza de Yemen es su belleza. La reclama en nombre de los hombres sencillos que la pobreza ha mantenido “puros”, “de la gracia de los siglos oscuros”. De esta manera concluye ‘Las murallas de Sanaá’ y, por extensión, todo este ciclo documental que lamenta la pérdida del pasado. A la vista de la evolución del mundo, especialmente en Occidente, es difícil no pensar en la herida aún mayor que le hubiera causado a Pasolini el arrasamiento de formas de vida, de paisajes, de costumbres.

Aun así, su voz alerta, independiente, solitaria sigue siendo un testimonio de resistencia ante una idea torcida del progreso.

viernes, 15 de enero de 2021

#hemeroteca #libros #lgtbi | 20 libros de 2020 para la mejor biblioteca LGTB+


20 libros de 2020 para la mejor biblioteca LGTB+.

Carlos Asensio | El Asombrario, 2021-01-15

https://elasombrario.com/20-libros-2020-mejor-biblioteca-lgtb/

En un mundo en el que todo avanza demasiado rápido, donde un libro ya es catalogado como antiguo cuando apenas tiene unos meses de vida y en el que la pandemia ha hecho incluso más difícil que las obras literarias LGTB+ lleguen a la gente, desde ‘El Asombrario’ queremos reivindicar la lentitud, la tranquilidad y la necesidad de no dejarse arrastrar por la velocidad de los tiempos. Siguiendo esta máxima, hoy os queremos recomendar 20 increíbles libros LGTB+ publicados en 2020 que, si se nos pasaron, podemos recuperar este 2021.

Fue un año extraño y apocalíptico en todos los sentidos, pero particularmente triste a nivel cultural, artístico y literario. Y no porque en 2020 no se hayan publicado obras maravillosas, sino porque la pandemia nos ha arrebatado de forma temporal una parte muy importante de lo que supone disfrutar de un libro o una obra de arte: las presentaciones, las ferias del libro, los encuentros con los autores, las visitas a librerías y galerías con tranquilidad y sin miedo a contraer un virus mortal.

Muchos escritores han visto cómo 2020 alteraba de alguna forma su sueño de ver su libro publicado. Otros han sufrido postergaciones indefinidas o cancelaciones de sus contratos editoriales. Y los afortunados que han logrado lanzar su obra al mundo en este infame año no han podido disfrutarlo como deberían, ni promocionar sus retoños con normalidad.

Las malas. Camila Sosa Villada (Tusquets).
“Cuando comienzo a florecer, rezo para que las tetas me crezcan durante la noche, para que mis padres me perdonen, para que me nazca una vagina entre las piernas. Pero no. Entre las piernas tengo un cuchillo”. Una de las novelas del año. Tal y como resumió Sonia Fides en su reseña para El Asombrario: “Las malas es un cuento de hadas y de terror. Una historia de travestis, contada desde dentro, que lleva a muchos elementos de la sociedad a enfrentarse a sus más terribles prejuicios”.

Ramonera. Elvis Guerra (Letraversal).
“Muxe’ es un salto a la boca del abismo. / Muxe’ es una sonrisa siempre deslumbrante. / Muxe’ es una indígena que se sueña princesa. / Muxe’ es un cuerpo de hombre con voz de mujer”. Un poemario deslumbrante, queer, profundamente político. Su editor, Ángelo Néstore, nos contaba hace unos meses qué es ser muxe y por qué es tan relevante la poesía de Elvis Guerra.

Amigas. VV. AA. (Dos Bigotes).
Un magnífico libro de relatos, traducido por Gloria Fortún y Eva Gallud, donde el amor entre mujeres es el hilo conductor. Relatos variados y muy sugerentes, escritos entre los siglos XVIII y XX por escritoras de primer nivel como Sarah Orne Jewett, Gertrude Stein, Willa Cather o Kate Chopin.

Mariquita. Juan Naranjo (Roca Libros).
Mariquita es una preciosa novela gráfica en la que el conocido Youtuber y activista LGTB+ Juanito Libritos hace un repaso por su infancia, su adolescencia y su juventud, y relata (y dibuja) el acoso homófobo que tuvo que soportar en su entorno familiar y social. Una historia de aprendizaje y empoderamiento en la que toda persona LGTB+ puede verse reflejada.

No estamos tan bien. Rubén Serrano (Temas de Hoy).
El periodista y activista LGTB+ Rubén Serrano, uno de los impulsores del movimiento #MeQueer en España, nos cuenta en este libro, a través de 30 historias personales, qué supone “nacer, crecer y vivir fuera de la norma en España”. Es decir, cómo se vive siendo queer en la España actual. En esta entrevista pudimos hablar con más detalle con Rubén sobre el libro.

Emilio y Octubre. David Uclés (Dos Bigotes).
Emilio y Octubre cuenta la historia de amor entre dos hombres a lo largo de toda una vida, en un futuro distópico donde Europa se está desertizando y la gente puede introducirse en los cuadros de los museos, en versión tridimensional. En El Asombrario puedes leer la charla que mantuvimos con David Uclés sobre su mágica novela.

Gente que busca su bandera. Braulio Ortiz Poole (Maclein y Parker).
“Escribe sus historias, / di sus nombres. / Aunque los señalen / también ellos / están haciendo patria”. En el poemario 'Gente que busca su bandera', Braulio Ortiz Poole rinde homenaje a aquellas personas que, en algún momento de su vida, convirtieron su causa en bandera, como Leonard Matlovich, el primer militar de Estados Unidos que reconoció su homosexualidad. Uno de los mejores poemarios de 2020.

Cuadernos de Medusa, vol. III. VV. AA. (Amor de Madre).
Amor de Madre nos ha traído en 2020 la tercera edición de 'Cuadernos de Medusa'. En esta ocasión nos encontramos con 12 relatos, escritos por autoras como Alana Portero, Marta Sanz y Anna Pacheco, que como siempre buscan poner en el centro a los sujetos políticos que tradicionalmente son ignorados. Relatos brillantes sobre disidencia, diversidad e interseccionalidad.

Cruising. Álex Espinoza (Dos Bigotes).
En 'Cruising', el escritor norteamericano Alex Espinoza nos sumerge en un interesante viaje por el mundo del sexo entre hombres en espacios públicos. Un apasionante libro a caballo entre el ensayo sociológico, el análisis histórico desenfadado y la biografía personal, del que también hablamos el año pasado en El Asombrario.

Apuntes de cine LGTB. VV. AA. (Antipersona).
Un breve volumen divulgativo de la siempre genial editorial Antipersona donde autores como Christo Casas, Déborah García Sánchez-Marín y Violeta Serrano realizan un desenfadado repaso por el cine LGTB+ y por algunas de las películas y series que han marcado su historia.

Mi adolescencia trans. FumettiBrutti (Continta me tienes).
Josephine Yole Signorelli, más conocida como FumettiBrutti, cuenta en esta impactante novela gráfica su propia historia como adolescente trans en la primera década del siglo XXI. Un libro autobiográfico salvaje, visceral, directo, que nos relata cómo es la vida de una adolescente en transición mientras trata de sobrevivir en un entorno hostil.

Bendita tú eres. Carlos Barea (Egales).
La primera novela de Carlos Barea nos relata la sorprendente historia de Ángela, una monja que lleva más de 30 años en un convento. De la noche a la mañana, es expulsada y obligada a vivir de nuevo en un mundo que ya le resulta desconocido. Una historia casi iniciática sobre la identidad, la obsesión por la categorización y las etiquetas y la libertad de ser uno mismo.

Elegía para Sita. Kate Millet (Alpha Decay).
'Elegía para Sita' es un libro formado por textos en prosa, poesía e ilustraciones que la conocida feminista Kate Millet escribió en los años setenta tras la muerte de su amante Sita. Sonia Fides reseñó este desgarrador libro autobiográfico para El Asombrario hace unos meses y dijo de él: “Una desesperada elegía que despedaza el lenguaje en torno al suicidio de la mujer con la que mantuvo una relación tan intensa como tormentosa”.

Historia queer del flamenco. Fernando López Rodríguez (Egales).
En este portentoso ensayo, el artista e investigador Fernando López Rodríguez analiza y reivindica a las personas situadas tradicionalmente en los márgenes del flamenco: la gente queer y LGTB+, las mujeres feministas, los travestis, los gitanos. En resumen, todas aquellas minorías que normalmente no aparecen en los manuales, pero que han contribuido a dar forma a lo que entendemos hoy por arte flamenco.

Hombres de verdad. Alberto Marcos (Páginas de Espuma).

El segundo libro de relatos del escritor y editor Alberto Marcos es una interesante colección de nueve cuentos donde se ahonda en las contradicciones que supone ser hombre en la actualidad. Viejas y nuevas masculinidades, inseguridades y fragilidad, sensibilidad y dominación, amor y sexo. ¿Qué están dispuestos a sacrificar los hombres para convertirse en hombres de verdad?

Oración en el huerto. Juan Gallego Benot (Hiperión).
“Aún te guardo en mi conciencia / como https://draft.blogger.com/blog/post/edit/34163664606505255/9152655074404258871ser único entre los hombres. / Mi amado muchacho, caña dulce en este fruto; / savia nueva; / raza nueva; / luz de la tierra; / posada de la paz; / Hombre”. El poemario debut de Juan Gallego Benot, galardonado con el II Premio de Poesía Joven Tino Barriuso, es un libro bellísimo y deslumbrante que canta al amor como éxtasis religioso.

En la Tierra somos fugazmente grandiosos. Ocean Vuong (Anagrama).
Una novela valiente y conmovedora inspirada en la vida del autor, profundamente marcada por su doble condición de homosexual y vietnamita emigrado en Estados Unidos. En esta larga carta a su madre, Vuong traza un recorrido concienzudo por todos los elementos de su vida que han dado forma a su identidad.

Libérate. Valeria Vegas (Dos Bigotes).
La escritora Valeria Vegas, muy popular en 2020 por ser la autora de '¡Digo! Ni puta ni santa' –la biografía de La Veneno–, nos trae en Libérate una suerte de manual de iconos LGTB+ españoles. En él se rinde tributo a todas aquellas personas, artistas, películas y lugares que abrieron camino a la cultura LGTB+ en nuestro país.

Poemas y testimonios. Safo (Acantilado).
Una nueva y exquisita edición de la obra de Safo, que incluye una nueva traducción a cargo de la poeta Aurora Luque, Premio Loewe de Poesía 2019. Esta actualización de la poesía de Safo trae también un conjunto de poemas sáficos rescatados en papiros en 2004 y 2014, y numerosos testimonios sobre la autora.

Maricones de antaño. Ramón Martínez & Juanma Samusenko (Egales).
Desde 2018, el escritor y activista Ramón Martínez publica en Twitter anécdotas sobre personas relevantes de la historia que fueron LGTB+ bajo el hashtag #MariconesDeAntaño: Lorca, Cernuda, Jacinto Benavente... En este libro, hermosamente ilustrado por Juanma Samusenko, recoge esas y otras historias nuevas para contribuir a recuperar la memoria histórica de lesbianas, gais, bisexuales y trans.

lunes, 11 de mayo de 2020

#hemeroteca #saludpublica #bibliotecas | Mi aplauso diario para los guardianes de la palabra, los/as bibliotecarios/as

Imagen: El Asombrario
Mi aplauso diario para los guardianes de la palabra, los/as bibliotecarios/as.
Alejandro Palomas | El Asombrario, 2020-05-11
https://elasombrario.com/aplauso-diario-guardianes-palabra-bibliotecarios/

Hoy quiero hablar del corazón y de los libros. Y de los pequeños jardines y de la primavera. Pero sobre todo de quienes considero que son los grandes olvidados en el universo de los libros. Hoy quiero hablar y darle mi aplauso diario a quienes hacen de las bibliotecas los templos de la palabra, de la memoria y la sabiduría. Hombres y mujeres que conectan como nadie a los autores con los lectores.

Es primavera. Todos los años, a finales de diciembre, hago lo imposible por despejar y cuadrar mi calendario del año siguiente y poder pasar los meses de abril y mayo en casa, aunque sea sólo una semana seguida. No siempre lo consigo. Vivo en una casa extraña. En mi familia la llaman “la casa de Hobbit”. La puerta apenas se ve, oculta por la hiedra y por una escalera de piedra que dificulta el acceso. A media mañana me tomo un café sentado en lo alto de la escalera, repasando con la vista a los míos: mis dos lilos (los gemelos), Norma (la higuera), Salvador (el ciprés), Clea (la encina) y ahora Guille (el sauco adolescente). Durante el invierno, mi gran ilusión es poder ver florecer las lilas y dejar que su aroma lo envuelva todo. Es una ilusión pequeña y quizá infantil, pero nunca sé cuándo va a ocurrir exactamente y eso hace que acertar resulte complicado. A veces, sentado en mi escalera con el tazón de café con leche en la mano, siento el alivio que produce lo bien hecho. Tengo una familia que crece bien y a la que quiero. Nos relacionamos como podemos o sabemos o imagino, pero nos alimentamos los unos de los otros, sanos en una compañía que no comparto.

Tengo más libros escritos que árboles plantados en mi jardín y este año, en estas semanas en que he visto florecer las lilas y el verde joven que ha cubierto a los demás miembros de mi familia, he decidido que eso debe cambiar. A partir de ahora, cada libro que escriba tendrá también su árbol en mi jardín. Es lo justo. Donde hay cabeza, debe haber también corazón. Así en la tierra como en los libros. De eso quería hablar hoy: del corazón y de los libros. Y de los pequeños jardines. Y también de la primavera.

Desde hace un par de meses el planeta vive una realidad extraña. Cada uno nos hemos adaptado a ella como hemos podido, la mayoría con miedo a lo real, muchos/as con miedo a lo que ha de llegar. En mi ámbito profesional –el mundo del libro- el temor despertó, como en casi todos, muy pronto. Hemos hablado los/as autores/as, libreros/as, editores/as, agentes y lectores/as. Hemos podido hacer oír nuestras voces, manifestar opiniones, exigencias, solidaridad, inconformidad y desaliento. Se han buscado ayudas, apoyos, ha habido cambios de fechas, actos suspendidos, novedades relanzadas... Empatía. En mayor o menor medida, una oleada de empatía nos ha gobernado en cuanto hemos entendido que estamos juntos en esto y que, aunque suene redicho y quizá también barato, estamos obligados a ser familia: pasamos semanas y meses sin llamarnos, pero cuando hay una desgracia importante, nos unimos para ser más fuertes.

Y eso, efectivamente, nos hace más fuertes.

Pero esta familia tiene una rama huérfana: es la rama de la hija abnegada, la que apenas se ve porque es la que siempre está. En los momentos más oscuros es la fuerte; en las celebraciones es la que nunca llega a tiempo para salir en la foto porque no le gusta molestar y porque además los demás se acuerdan de ella cuando ya es tarde y el grupo se ha disuelto. Esta familia que somos durante estos dos meses no se ha portado bien con quien la mantiene fuerte y quizá le deba una disculpa y también un homenaje. Hoy, sentado en mi escalón, mientras reviso que mis compañeros de vida están bien, siento que nuestro aplauso, el de quienes escribimos, leemos, recitamos y formamos parte de este pequeño universo de letras vivas, debería ir a quienes no han encontrado un gesto, una voz ni una sola mirada de reconocimiento desde que el confinamiento nos disolvió en burbujas de intereses propios. Me refiero, cómo no, a los/as bibliotecarios/as.

Los momentos más emocionantes de mi vida como escritor y como lector los he vivido en las bibliotecas: he visto bibliotecarias disfrazadas de Mary Poppins, de Pippi Calzaslargas, de Alicia en el País de las Maravillas... He visto bibliotecarias llorar por no poder comprar libros para sus bibliotecas, a un bibliotecario enseñar a leer a un niño en su hora de comer... Lo más hermoso que este mundo del libro me ha dado no han sido los libros, sino la lección de ilusión, de fe y de amor del bueno que he visto y respirado en todas las bibliotecas en las que he estado. Sin bibliotecas, muchos autores/as no llegaríamos a ningún lector. Sin bibliotecas, muchos niños/as y niñas creerían que los autores son simplemente nombres impresos en una cubierta, no hombres y mujeres que respiran y sudan verdades y ficciones como ellos/as.

Llevamos dos meses mirando mal, porque nuestra mirada es incompleta. Pero quizá no sea tarde. El aplauso, el mío, es para quienes trabajan su jardín con el deseo de que sus árboles sean bien común y el aroma de sus flores llene cuantos más pulmones mejor. El aplauso, hoy y hasta siempre, lo merecen esos hombres y mujeres que conocen el nombre de los niños y las niñas que se refugian entre sus paredes porque encuentran allí lo que quizá la vida no sabe o no puede darles.

A partir de hoy, todas las mañanas, mientras desayune en el escalón de piedra de mi escalera, antes de saludar a mis árboles desde lo alto, habrá un minuto de aplauso para vosotros/as, queridos/as guardianes/as de la palabra.

Mis manos son vuestras.

viernes, 20 de marzo de 2020

#hemeroteca #vih #saludpublica | Hace unas décadas hubo otra pandemia que desató odios en vez de solidaridad

Imagen: Google Imágenes / Act Up, 'silencio = muerte'
Hace unas décadas hubo otra pandemia que desató odios en vez de solidaridad.
Alejandro Palomas | El Asombrario, 2020-03-20
https://elasombrario.com/decadas-pandemia-desato-odios-solidaridad/

“Pandemia. De pronto nos hemos convertido en una única preocupación compartida, como cuando llega una de esas catástrofes naturales que nos hace pequeños y vulnerables. Pero me pregunto qué pasará cuando este momento quede atrás y volvamos a lo que dejamos aparcado cuando empezó la alarma... ¿Se terminará entonces el equipo?”. El escritor Alejandro Palomas no puede reprimir los recuerdos sobre otra pandemia, la del sida, que hace cuatro décadas estigmatizó a tanta gente y en vez de solidaridad hizo brotar odios. Afortunadamente esta vez es muy diferente.

Sentado en la cocina, paseando la vista por el trigal que se extiende desde la ventana hasta la higuera centenaria, pienso en que este confinamiento general, este momento tan concreto en nuestra historia, es un paréntesis de colectividad y de actualidad que ha caído sobre nosotros como un ciclón de polvo. De pronto nos hemos convertido en una única preocupación compartida, como cuando llega una de esas catástrofes naturales que nos hace pequeños y vulnerables. El tiempo se detiene y los vecinos, que hasta entonces no se saludaban en el ascensor, se sienten parte de lo mismo porque tienen el mismo enemigo y hay una energía que nos lleva a todos hacia adelante, hay una electricidad que lo une todo.

Estos días muchos/as estamos pendientes de los medios, de la novedad, y lo que hasta ahora era fundamental en nuestro día a día –la intimidad, lo individual– importa menos, es secundario. ‘Pandemia’: del griego ‘pan’ (todo) y ‘démos’ (pueblo). Ahora somos un ejército que se mueve al unísono, pero me pregunto qué pasará cuando este momento quede atrás y volvamos a lo que dejamos aparcado cuando empezó la alarma, y me lo pregunto porque sé que será como si nos desenchufaran de una realidad X y nos viéramos de pronto asomados/as a un precipicio que a muchos superará: tendremos que volver a lo que éramos y recuperar como se pueda la vida individual que dejamos en la cuneta. Se terminará entonces el equipo, esa energía de grupo que lucha contra un enemigo común y poco a poco volveremos a nuestras casas a defender lo que es de cada uno/a, a saludar poco o nada al vecino en el ascensor, al “yo primero”, al “yo más, yo más que...”. Quedará, en suma, lo que habrá dejado la ola.

¿Es pesimismo? No lo creo. Es memoria y es también la tímida esperanza de que quizá podamos cambiarlo. Cuando era pequeño un amigo de mis abuelos me contaba cosas de la guerra, no de la nuestra, sino de la Mundial. Él era francés y vivía en el pueblo de la playa donde veraneábamos. En la guerra había perdido a su hijo y a su esposa. Lo que más me fascinaba era oírle contar cómo fue la vida después, cómo fue de duro lo que llegó tras todos esos años de tensión e infierno colectivos: “Durante la guerra, la vida consistía en vivir”, decía. “Había que comer, calentarte e intentar que no te mataran. Todos/as estábamos en lo mismo y eso unía, nos hacía uno. Cuando llegó la paz, fue como si pasáramos a un canal de televisión nuevo en otro idioma. Primero llegó la euforia, pero en seguida la depresión porque no sabíamos quiénes éramos sin guerra. Muchos no supieron volver. Muchos ya no encajamos.”

A eso voy, al desencaje. Y a la pandemia. Y a la vulnerabilidad del/a infectado/a. En este momento de crisis somos un grupo que está unido contra un enemigo común –un virus– y eso nos hace fuertes y nos hermana, aunque quiero recordar, y creo que es de justicia que alguien lo diga y se repita hasta la saciedad si es necesario, esta no es una experiencia nueva. Hace unas décadas hubo otra pandemia, también con un virus mortal que ni siquiera se transmitía con la facilidad con la que lo hace este. En aquel entonces, el virus del sida mató sin tregua, pero entre aquél y este hay una gran diferencia. Hoy he oído decir a una ministra que el coronavirus no entiende de fronteras ni de juicios morales. Hoy a los/as contagiados/as por el virus se los/as compadece, se los/as cura y se los/as defiende, como debe ser. No fue así entonces. ¿Alguien es capaz de recordar cómo se trató a los infectados del virus del sida durante la terrible pandemia que vivió el mundo hasta que se encontraron los primeros retrovirales? ¿Alguien recuerda cómo se juzgó, se culpó, se maltrató y se repudió a los enfermos que morían en los hospitales, aislados, rechazados por familiares y por el grueso de la sociedad? ¿Alguien recuerda a los niños y niñas que se expulsaba de las escuelas por “infectados”, el secretismo, el miedo a ser descubierto y aislado por “amenaza”? ¿Alguien recuerda lo de “ese es un castigo por maricones, putas y drogadictos” que ha dejado un estigma todavía hoy vigente para todos y todas los seropositivos/as que hoy son también parte del tejido social que nos une?

Pandemia, vulnerabilidad y colectividad.
Hace 40 años, la sociedad convirtió a los infectados en culpables del mal que amenazaba a la comunidad y la comunidad misma los descastó para que sufrieran solos su suerte. Muchos/as murieron en condiciones de soledad terribles y la gran mayoría perdieron antes sus trabajos, los amigos/as, la empatía de los suyos. Eran “los/as infectados/as”.

Hoy, confinados/as como estamos en nuestras casas, quizá sea un buen momento para pensar en lo que nadie ha querido volver a remover a fondo para que la memoria sane pronto y la culpa quede silenciada. En nuestros cementerios, en los de este “primer mundo” que hoy combate un virus también mortal para otros sectores también vulnerables del tejido social, hay cientos de miles de hombres y mujeres que murieron por una pandemia que no eligieron. Esos hombres, mujeres, niños y niñas no descansan en paz porque se los enterró con asco y vergüenza, la mayoría de las veces sin mencionar la causa de su muerte, dándoles la espalda por habernos traído el mal a casa.

Quizá lo que hoy vivimos nos ayude a entender que enjuiciar la enfermedad mata más y con mayor crueldad que la enfermedad misma. Hace 40 años se buscó a un culpable y la diana de la culpa se fijó en los “homosexuales, prostitutas y drogadictos” y con eso la historia mal cerró un archivo que le permitiera respirar tranquila. Un virus arrasó cientos de miles de vidas en muy poco tiempo –cuarenta años después son ya 35 los millones de muertes contabilizadas- y la moral las condenó a una doble muerte. Hoy he oído decir al mismo ministro que estemos tranquilos: “La gran mayoría de muertes son de personas mayores y de otros con patologías previas”, ha declarado, y automáticamente he vuelto atrás en el tiempo. El ministro, como tantas otras voces, pretende tranquilizar a la comunidad, señalando a los grupos más vulnerables para –espero y deseo- ponerlos por delante en el mimo, en la preocupación y en el cuidado. Si es así, en algo habremos avanzado. Si es así, si como grupo hemos aprendido que la enfermedad no tiene un origen moral, que no hay en ella una voluntad de castigo tal como los humanos entendemos el “castigo”, habremos dado un paso de gigante cuando la pandemia quede atrás.

Yo no soy médico, ni filósofo, ni siquiera sé ya si soy más escritor que ficcionador. Lo que sí sé es que hace 28 años enterré a mi pareja en un cementerio de un país que no era el mío y lo hice solo porque nadie de su familia quiso reconocer que lo había matado una enfermedad contagiosa que a ojos del mundo borró toda su bondad, su juventud y sus ganas de vida. Qué gran ocasión es esta para que cuando vuelva la normalidad sigamos actuando así, conscientes de que somos un grupo que, diversos, vulnerables, desencajados e imperfectos, solo avanzamos cuando entendemos que somos una comunidad y que en algún momento quizá seamos capaces de actuar así, como especie que sabe que lo es, sin necesidad de tener que luchar contra un enemigo común.

Ojalá no tardemos.

Todavía hay demasiados cementerios llenos de muertos/as de sida (hombres, mujeres, blancos, negros o asiáticos, homosexuales y heterosexuales, ricos o pobres) que esperan en silencio a que alguien vaya a ponerles una flor.