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viernes, 5 de mayo de 2017

#hemeroteca #violencia | Alba: "Mi novia médico me dio una paliza que me dejó en paro cardíaco, me reanimó y siguió pegándome"

Imagen: Google Imágenes / Jon Ezkurdia en el juicio por el asesinato de Koldo Losada, su marido
Alba: "Mi novia médico me dio una paliza que me dejó en paro cardíaco, me reanimó y siguió pegándome".
El testimonio pertenece a una mujer maltratada por su expareja, también mujer. No difiere de los que acostumbramos a oír de una mujer maltratada por un hombre. La diferencia radica en que las víctimas de violencia intragénero son amenazadas por sus parejas con revelar su orientación sexual. Un experto analiza la invisibilidad de este tipo de violencia.
Montse Ramírez | El Español, 2017-05-05
http://www.elespanol.com/reportajes/20170504/213479288_0.html

El actor vizcaíno Koldo Losada murió asesinado por su marido, Jon Ezkurdia, el 19 de noviembre de 2014. Más recientemente, en abril de este año, un homicidio en el barrio barcelonés del Raval dejaba al descubierto la muerte de Pilar a manos de su pareja Ana María con la que convivía desde hace años. Dos casos, ni mucho menos los únicos, de violencia entre personas del mismo sexo, una realidad silenciada, poco comprendida y estudiada que sólo cobra gran repercusión cuando hay una víctima mortal y tiene un protagonista conocido, como ocurrió con Losada.

Las leyes y las estadísticas han diferenciado entre violencia de género y violencia doméstica y acotado la primera a la que ejercen los hombres sobre las mujeres. Pocos informes se han adentrado en la violencia intragénero. La primera gran encuesta española se presentó en abril, al cumplirse ocho años del primer asesinato en España dentro de un matrimonio homosexual, llevaba la firma de COGAM (Colectivo de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales de Madrid). Su estudio, sobre una muestra de 900 personas, arrojaba una alarmante conclusión: el 30% de homosexuales reconoce haber maltratado a su pareja del mismo sexo.

¿Si el porcentaje es tan alto cómo es posible que esa violencia permanezca oculta? El periodista, trabajador social y profesor del máster en Malos Tratos y Violencia de Género de la UNED Carlos G. García (Málaga, 1982) analiza sus características y las causas de su invisibilidad en el libro ‘La huella de la violencia en parejas del mismo sexo’, publicada en abril (Gomylex ediciones jurídicas).

Idéntica violencia de género
Para esta obra, realizada en el marco de la docencia universitaria, se ha encuestado a 791 personas LGTBI (620 hombres y 171 mujeres) y recogido el testimonio de veintiocho (22 hombres y 6 mujeres) de las 181 víctimas que accedieron a ser entrevistadas con la condición de preservar su identidad.

El autor, que no oculta su homosexualidad y trabaja en la atención a mujeres maltratadas, se apoya en la narración de los encuestados para llegar a una gran conclusión: “La misma violencia de género que se ejerce en parejas heterosexuales está presente en las parejas del mismo sexo, donde se repiten las agresiones y los patrones de comportamiento de dominación-sumisión que la posibilitan”.

-Entonces, ¿no hay diferencias entre una y otra?

-La diferencia mayor es la revictimización que sufre la víctima de la violencia intragénero debido a la homofobia estructural de la sociedad. De ella se aprovechan los maltratadores para presionar y chantajear a sus víctimas, siendo habitual que las amenacen con revelar su homosexualidad a su entorno familiar o laboral para aislarlas y coaccionarlas.

G. García insiste en ese punto: “Al igual que la violencia entre heterosexuales se sustenta en el machismo, la intragénero se sustenta en la homofobia, la lesbofobia y la LGTBIfobia y el maltratador utiliza el outing como una importante herramienta de sumisión”.

“Me amenazaba con decírselo a mis padres”
Cuando Alfonso quiso romper con su novio éste le amenazó con llamar a sus padres y revelarles su orientación sexual. “Mi familia era muy conservadora y él lo sabía. Que les hubiera contado que soy gay habría supuesto un gran conflicto”. La misma situación vivió Rubén: “Mi padre desconocía que era gay y [su pareja] solía amenazarme con hacerle saber que estábamos juntos”.

Las víctimas del estudio contactadas por El Español han declinado volver a contar su historia, pero el libro contiene numerosos y elocuentes testimonios como los de Alfonso y Rubén.

Sólo un 3,8% de los agredidos de la encuesta denunció a su maltratador. “Denunciar supone revelar tu orientación sexual, algo muy duro en un sistema que discrimina y culpabiliza a los LGTBI”, explica el autor. “Además, los maltratadores presionan con el argumento de que “nadie les va a creer, ni ayudar; ni la policía, ni los jueces”.

Alfonso se sentía indefenso pese a la violencia cotidiana que soportaba. “¿Qué iba a hacer? Me daba vergüenza acudir a mis amigos (…). Por otro lado, cuando la policía venía a mi casa me miraban como si yo tuviera la culpa o me trataban como a un tonto”.

“No querían que me vieran como una mujer maltratada y se rieran de mí. Toda la información que tenía era para mujeres, no había nada para hombres”, aduce Ramón, que tardó tiempo en descubrir que había sido objeto de malos tratos.

Carlos G. García repara en esos sentimientos y describe las dificultades que tienen los gais para tomar conciencia de su condición de víctimas. “Nadie contempla una relación asimétrica o de poder entre dos hombres, como si el maltrato se diera por igual y se tratara de una pelea, una lucha justa ente iguales”. La experiencia de Lorenzo abunda en esa idea. En plena calle, en medio de una discusión su pareja le cogió por el cuello de la camiseta y levantó el puño para pegarle; los dos desconocidos que les separaron se lo tomaron “como una riña entre borrachos sin importancia”.

No es sólo que los hombres sientan vergüenza, aduce el autor, sino que ellos mismos a nivel cognitivo son incapaces de reconocerse como maltratados. Tienen una mayor tolerancia a la violencia y cuando se aceptan como víctimas se enfrentan al “oprobio social”.

“Pensaba que las mujeres no se maltrataban”
Esa dificultad entronca con el reparto de roles en “una sociedad heteropatriarcal”, en la que lo masculino y lo femenino está claramente delimitado y asociado al sexo de hombre y mujer. “También se da por hecho que no puede haber violencia entre lesbianas, con el argumento de que las mujeres sólo pueden ser víctimas de los hombres”, señala G. García.

Gloria nunca pidió ayuda por ese motivo. Pensaba que “el maltrato no podía darse entre dos mujeres”. Falsos mitos que se combaten en el libro.

El profesor de la UNED amplía el concepto de violencia de género a toda la que se fundamenta en estructuras de poder y se extiende “desde la dominación a la sumisión, desde lo identificado como masculino hacia lo considerado femenino”, produciéndose por tanto también en las parejas del mismo sexo.

Una visión que ha encontrado, al menos en el pasado, grandes “resistencias” entre los movimientos feministas y los propios afectados. “Todavía hay feministas que se resisten a ver al hombre como víctima o a la mujer como agresora para no dar argumentos al machismo, mientras que los colectivos LGTBI no admitían la existencia de esa violencia para no tirar piedras contra su objetivo de conseguir la aceptación social de las uniones del mismo sexo”.

La problemática no aflora en toda su crudeza, como tampoco lo hacía hace treinta años la de las mujeres maltratadas por sus maridos. Sin embargo, los porcentajes de violencia intragénero – más del 23% según el estudio de G. García– se equiparan a los registrados dentro de las parejas heterosexuales. Las similitudes se extienden también a lo cualitativo.

“Me decía que yo era la mujer por mi pluma”
La repetición de los roles de masculinidad y femineidad establece jerarquías de poder en parejas del mismo sexo. “Si me venía abajo en algún momento me tachaba de sensible; me decía que era poco hombre”, expone Alfonso. “Él se sentía superior por ser más masculino que yo”, asegura Pablo que oía con frecuencia a su pareja llamarle “maricona”. “Yo soy más hombre que tú porque parezco más hombre que tú”, escuchaba Ramón de su maltratador. “Para él un hombre con pluma era igual que una mujer y solía bromear con que yo era la mujer de la relación”, apunta Diego.

La homofobia interiorizada que demuestran estos comportamientos se manifiesta en 17 de los 28 casos analizados a través de insultos y vejaciones relacionados con la orientación sexual o el amaneramiento de las víctimas.

El 13,2% de los hombres encuestados en el trabajo supervisado por la UNED manifestó que sus parejas se sentían superiores por ser más masculinas. Apenas alcanzó el 1% quien opinó que su pareja se sentía superior por ser más femenina.

“Cuando me reanimó siguió pegándome”
“Las víctimas gais, lesbianas o bisexuales experimentan sentimientos de aislamiento, niegan que la violencia exista o la minimizan, se culpan a sí mismas y aceptan un estilo de vida basado en la indefensión aprendida”, asegura Carlos G. García, que ha diseccionado las agresiones físicas, las psicológicas y las sexuales sin encontrar patrones que se distingan de los asumidos en las parejas del mismo sexo, salvo el ya referido del outing.

Por el contrario, ni en el perfil de las víctimas –de todas las etnias, edades, niveles de estudios e ingresos–, ni en las fases de la relación –desde el amor romántico hasta el estallido de la violencia y la reconciliación–, ni en la manera de reaccionar –desde la justificación hasta la rebeldía pasando por las segundas oportunidades–, ni en los sentimientos de respuesta padecidos –ansiedad, miedo, depresión, estrés postraumático …– se observan diferencias.

“Cuando llegaba a casa más tarde me cabreaba y me gritaba preguntándome dónde había estado. Él siempre me acusaba de haber estado con otros. Cada día era más intensa la pelea, hasta que llegó un día en que subió mucho de tono, se acercó y me dio un puñetazo en el pecho. (…) No entendía que me hubiera pegado. Me puse a llorar. Al momento me pidió perdón y lo perdoné”. El testimonio pertenece a Alfonso pero no difiere de los que acostumbramos a oír de una mujer maltratada por un hombre.

Lo mismo ocurre con la observación de Gloria: “Notaba que ella cada día era más arisca, más violenta y pensé que era porque yo no hacía las cosas bien. Me esforzaba cada día más en ser mejor”.

Diecinueve de las 28 personas que se sinceran para el libro aseguran haber sufrido violencia física y en al menos tres casos describen episodios con riesgo de muerte o lesión muy grave. Alba, que tuvo que mudarse de ciudad ante las amenazas de su expareja tras la separación, aporta una dura experiencia. “Al llegar a casa me pegó una paliza. Me provocó incluso un paro cardíaco. Como es médico consiguió reanimarme. Cuando me reanimó siguió pegándome”.

G. García dedica un amplio capítulo de su obra a las herramientas de la violencia psicológica que emplean los maltratadores. Su autor la encontró inserta en las relaciones del día a día de todos los casos analizados. A través de ellos se describen estrategias de control, de aislamiento, de denigración y humillación; así como amenazas, acoso, intimidaciones y abusos económicos. De nuevo, poco cambia respecto a las armas empleadas en el maltrato de hombres a mujeres.

La realidad se abre paso poco a poco de modo incuestionable, aunque el sistema no ofrece respuestas a “la gravedad del problema”. Las víctimas, excluidas de la Ley de Violencia de Género de 2004, no pueden acudir a un centro de acogida o acceder a medidas de protección de índole laboral o económica y los profesionales de los servicios sociales “no están preparados” para prestarles asistencia. Su mayor desprotección las hace aún más invisibles. En el debate abierto sobre la necesidad o no de una ley específica, Carlos G. García se pronuncia a favor de una nueva regulación.

“Legislar específicamente para los homosexuales nos brindaría la oportunidad de combatir la homofobia donde aún queda mucho camino por recorrer; pero la violencia de género en sus múltiples vertientes seguirá existiendo mientras no desmontemos los pormenores de la socialización de género y no entendamos que lo tenido por masculino y lo considerado femenino forma parte de cada uno de nosotros “, concluye el profesor de la UNED.

martes, 2 de mayo de 2017

#hemeroteca #violencia | El drama del "doble armario", la violencia "invisible" dentro de parejas del mismo sexo

Imagen: BBC
El drama del "doble armario", la violencia "invisible" dentro de parejas del mismo sexo.
Antía Castedo | BBC, 2017-05-02

http://www.bbc.com/mundo/noticias-39725498

"Ahora miro hacia atrás y es difícil entenderme, pero recuerdo estar segura de que no iba a poder salir nunca".

Erica, argentina, tenía 21 años cuando empezó su primera relación con otra mujer siete años mayor que ella.

Poco a poco se vio atrapada en una espiral de aislamiento y control asfixiante.

"Me llamaba constantemente, también en horas de oficina. Si le decía que no podía hablar me llamaba al teléfono del trabajo", le explica Erica a BBC Mundo.

Luego empezó la violencia física, con golpes en la cabeza, marcas en los brazos e incluso, un día, quien era su novia le fracturó la nariz de una patada.

"Al día siguiente le dije a mi madre que me había caído", relata la mujer que ahora tiene 34 años.

La historia de Erica es similar a la de otras mujeres que han sufrido violencia, pero es distinta en algo: el perpetrador no era un hombre, sino una mujer igual que ella.

Y su caso no es aislado. Los colectivos LGBT (lesbianas, gays, bisexuales y transexuales) aseguran que, de hecho, la violencia entre personas del mismo sexo es más frecuente de lo que se cree.

Y denuncian que, a pesar de ello, no se le presta la atención necesaria.

"Es una violencia invisible y un tabú", le asegura a BBC Mundo Paco Ramírez, presidente de la confederación LGBT Colegas, con base en España.

Niveles similares
Aunque ni los golpes, ni las repetidas humillaciones, ni las amenazas o el control enfermizo son fenómenos exclusivos de las relaciones heterosexuales, la violencia entre personas del mismo sexo se ha estudiado mucho menos.

Y es que hasta hace poco, en muchos países estos tipos de uniones no tenían ni siquiera reconocimiento legal.

En América Latina solo recientemente Argentina (2010), Uruguay y Brasil (2013), Colombia (2016) y algunos estados de México han aprobado el matrimonio entre parejas del mismo sexo, mientras que Ecuador y Chile reconocen las uniones civiles.

Aunque no hay estudios globales ni realizados en muchos países del mundo, los que se han hecho (centrados en su mayoría en países anglosajones) indican que el problema existe y podría estar en niveles similares que la violencia en parejas heterosexuales.

Por ejemplo, una revisión de estudios publicada en 2014 por la Escuela Feinberg de Medicina de la Universidad Northwestern (Chicago), concluyó que entre el 25% y el 75% de las lesbianas, gais y transexuales han sido víctimas de violencia en la pareja.

Y en una encuesta entre más de 16.000 personas dirigida por el Centro de Prevención y Control de Enfermedades de Estados Unidos, las mujeres lesbianas y los hombres gays reportaron haber sufrido niveles de violencia íntima (física, sexual o psicológica) por parte de una pareja o expareja iguales o mayores que las personas heterosexuales.

Aunque el estudio no entró a determinar si la violencia es mayor en parejas homosexuales que en el resto (los datos no indican el sexo del perpetrador y pueden referirse a momentos anteriores a que las personas se autoidentificaran como lesbianas o gais), los resultados confirman lo que para las comunidades LGBT es un hecho.

No solo las mujeres heterosexuales son víctimas de violencia en la pareja, no es cierto que los hombres nunca sean víctimas y tampoco que las mujeres no puedan ser perpetradoras.

Falsas creencias
Y, sin embargo, estas creencias están tan extendidas que incluso para las propias víctimas es difícil aceptar verse en esa condición.

Carlos García, trabajador social especializado en violencia de género, entrevistó en España a 27 hombres y mujeres, gays y lesbianas, que vivieron situaciones de violencia en la pareja.

Y observó que a los hombres les costaba mucho percibirse a sí mismos como víctimas.

"Me decían: 'Es que yo no podía verme como una de esas mujeres maltratadas que salen en la televisión. Tiene que ser otra cosa", le dice García a BBC Mundo.

"Socialmente se cree que si la violencia se da en personas del mismo sexo entonces tiene que ser en dos sentidos, que no hay dominación ni sumisión", afirma García, quien plasmó sus investigaciones en el libro "La huella de la violencia en parejas del mismo sexo".

Por eso, si para una mujer víctima de violencia a manos de su marido ya es normalmente difícil aceptar la situación y denunciarlo, en caso de estas víctimas puede ser aun peor.

Es lo que se llama "doble armario": las víctimas tienen dificultades para reportar abusos porque esto requiere autoidentificarse como LGBT frente a unas autoridades en las que muchas veces no confían.

Además, hay numerosos casos en que los agresores amenazan con divulgar la orientación sexual de la víctima a su entorno familiar o de amistades y utilizan esto como mecanismo de control.

Y cuando la persona se decide a denunciarlo, no siempre se encuentra con unas instituciones preparadas para protegerla.

"Me han explicado algunas mujeres que al ir a la policía y contar que su pareja agresora es una mujer, se han reído de ellas", le dice a BBC Mundo Karen Vasquez, psicóloga y coordinadora para la promoción de la salud sexual de la Asociación de Psicología de Puerto Rico.

Algo similar le pasó a uno de los hombres entrevistados por García, que cuando acudió a la policía a denunciar las palizas que le daba su novio, se encontró con que lo consideraban una pelea.

"Si eres una persona trans inmigrante y sobreviviente de violencia, ¿por qué vas a llamar a la policía? Es obvio que no se sienten seguros", asegura Genevieve Rodríguez, organizadora de La Línea, una organización de Boston que lucha contra los abusos de pareja en comunidades LGBT y minorías.

El temor a la discriminación y la poca confianza en la actuación de la policía y los tribunales también fueron identificados como importantes obstáculos para denunciar este tipo de agresiones en Venezuela, en un estudio publicado en 2003 por Reynaldo Hidalgo, profesor de criminología de la Universidad de los Andes.

Invisibilidad
Todo esto contribuye a que solo salgan a la luz los casos más extremos.

Los medios españoles publicaron recientemente, por ejemplo, el caso de una mujer de 53 años que presuntamente mató a cuchilladas a su pareja, otra mujer, tras una fuerte discusión en medio de la noche.

En La Fulana, un espacio de mujeres lesbianas y bisexuales de Argentina, empezaron hace unos años a recopilar noticias sobre casos de violencia entre mujeres y vieron que, simplemente, no había.

"Cuando se mencionaba alguno, salía como algo entre amigas, no aparecía la palabra lesbianas", le explica a BBC Mundo Paz Dellacasa, coordinadora general de La Fulana.

Y vieron que, cuando una mujer lesbiana se atrevía a denunciar, lo sucedido se tomaba como una riña o pelea, no como un caso de violencia de género.

"Lo que queremos es que se nos reconozca. Lo que no se nombra, no existe, y lo que no existe no tiene derechos", afirma Dellacasa.

En Chile, el Movimiento de Liberación e Integración Homosexual Movilh abrió su propio centro para atender a las víctimas que llegaban buscando protección y no tenían donde ir.

Ahora, la organización se está reuniendo con representantes del Ministerio de la Mujer e Igualdad de género para ayudar a desarrollar políticas públicas que incorporen a las mujeres lesbianas.

"Hay una voluntad de ir adelantando las leyes, pero sin duda también hay una resistencia cultural", asegura Rolando Jiménez, vocero de Movilh.

Jiménez dice que, a pesar de todo, el déficit más grave está en el caso de los hombres, "porque el ministerio no tiene mandato para abordarlos".

"Hoy en día, no hay posibilidad de que un chico agredido por su pareja y con su vida en peligro, se acerque a un centro de protección y sea acogido en ese espacio", sentencia.

Vacío legal
En muchos países, estos casos se clasifican como violencia familiar, así que si existe una ley específica contra la violencia de género, no se incluyen en ella.

Es lo que pasa en España, donde la ley de violencia de género solo protege a las mujeres que son agredidas por varones.

"Muchas feministas no quieren que esta ley se amplíe para que no se diluya el objetivo, por lo que hemos optado por pedir protección y derechos a través de las leyes específicas LGBT que se están aprobando en distintas comunidades autónomas [regiones]", asegura Paco Ramírez.

Sin embargo, en una comparecencia en el Parlamento español en 2009, el centro Aldarte de atención a gays, lesbianas y transexuales sí pidió que se incluya a estos colectivos en la ley integral contra la violencia a las mujeres.

En Chile, la figura del feminicidio sí se ha aplicado en el pasado. Por ejemplo, en el caso de la presunta agresora de Vanesa Gamboa, una chica que murió apuñalada en el centro de Santiago en mayo de 2016.

Expertos como García insisten en que esta violencia sí es violencia de género y piden que las instituciones la reconozcan como tal.

"La sociedad tiene que entender que la violencia de género no es solo del hombre contra la mujer, sino de todo lo que se considera masculino contra todo lo que se considera femenino", dice.

Lo que se considera masculino, según García, son atributos como un mayor sueldo, mayor fortaleza física o más prestigio social.

Los patrones de género, entonces, pueden funcionar independientemente del sexo.

Pero la realidad es siempre compleja.

Erica, la mujer con la que empezamos este reportaje, era más fuerte que su agresora y practicaba boxeo, pero nunca se defendió de los ataques con la fuerza.

"Cuando se ponía violenta me agarraba taquicardia. Trataba de calmarla y decirle lo que ella quería [...]. Si la tomaba de las manos y la reducía, se ponía más violenta", relata.

Además del miedo a sus reacciones, había otra razón, dice Erica: "Al principio no podía creerlo, ¿cómo iba a tener que defenderme de quién amaba?".

Y TAMBIÉN…
Violencia en parejas del mismo sexo: un tabú que mata por miles.
Agresiones en parejas LGTBIQ: una mancha en nuestras sociedades de la nadie se atreve a hablar.
Clara Gil | PlayGround, 2017-04-29

viernes, 31 de marzo de 2017

#libros #violencia | La huella de la violencia en parejas del mismo sexo

La huella de la violencia en parejas del mismo sexo / Carlos G. García.
Bilbao : Gomylex, 2017 [03].
205 p.
ISBN 9788415176770 / 22 €

/ ES / ENS
/ España / LGTBIfobia / Parejas / Relaciones de pareja / Testimonios / Violencia intragénero

La violencia intragénero es negada sistemáticamente en nuestro país. Se piensa que como los integrantes de las relaciones de pareja son dos hombres o dos mujeres no puede darse una relación violenta similar a la que se construye entre un hombre y una mujer. Se cree que no es un asunto de género. Sin embargo, la poca evidencia de la que disponemos (ya que no existen aún estudios en España que nos puedan indicar la prevalencia, la frecuencia y la intensidad de esta violencia) nos muestra todo lo contrario: que la violencia en parejas del mismo sexo existe y que, aun más, ésta es muy similar a la violencia que se produce en las relaciones heterosexuales. Independientemente de los roles de género, hay un rol de dominación y otro de sumisión, una asimetría que se cobra vidas y que se podría evitar interponiendo y desplegando los medios legales, educativos y sociales necesarios para ello.

La identidad de cada individuo se construye a partir de tres pilares fundamentales que, sin embargo, se desconocen o se confunden con facilidad: el sexo, el género y la orientación sexual. A partir de ellos elaboramos nuestra relación con el mundo, con otras personas y con nosotras/os mismas/os.

La violencia de género es, además de violencia contra la mujer, violencia contra todo lo considerado femenino en esta sociedad. Por tanto, no sólo hemos de hablar de machismo, sino también de homofobia, de lesbofobia, de bifobia, de transfobia, de interfobia. Todos ellos son fenómenos íntimamente relacionados bajo el mismo paraguas. El heteropatriarcado vigila atentamente y señala, promueve y justifi ca tanto las agresiones estructurales como aquellas que se producen en el seno de las relaciones inter e intrapersonales.