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viernes, 10 de agosto de 2018

#hemeroteca #sexualidad | ¿Saben los hombres hacer el amor?

Imagen: El Mundo
¿Saben los hombres hacer el amor?
Lidia Falcón | Públco, 2018-08-10

https://blogs.publico.es/lidia-falcon/2018/08/10/saben-los-hombres-hacer-el-amor/

Mis amigas y confidentes jóvenes me confiesan otra preocupación que las tortura después de la de saberse engañadas por sus parejas. La torpeza que muestran, ya enamorados, en las lides de la sexualidad.

Torpes y egoístas, me dicen. No todos, añaden, pero sí la mayoría. Ellos son tan machotes, lo saben todo, y lo realizan todo rápida y bruscamente, sin tener con su pareja la delicadeza y el juego previo que toda mujer desea. Y eso después de presumir de conquistadores y expertos.

¿Se lo decís?, pregunto a mis interlocutoras, y, poniéndose encendidas me replican, oh no, no se puede decir, les ofendería. ¿Qué es, vergüenza, pudor? “Bueno sí, también, pero es que él ni te escucha ni se fija en ti. Como es muy hombre lo sabe todo”. Y mientras ellas no se atreven a manifestarles su desencanto por no molestarles ellos actúan con total prepotencia y seguridad, sin que les inquiete la aceptación de su pareja.

Pienso en los años heroicos del feminismo, cuando salíamos de las tinieblas franquistas, y organizamos cursillos, encuentros y discusiones sobre sexualidad, ansiosas de aprender lo que la educación nacional-católica nos había hurtado. Eran los tiempos en que clandestinamente se conseguían los libros de Freud, de Melanie Klein, de Alejandra Kollöntai, de Simone de Beauvoir, de Marie Bonaparte, de Willhem Reich, que leíamos y absorbíamos como esponjas.

Las primeras lecciones fueron de anatomía, ya que la mayoría de las mujeres ni siquiera conocían su propio cuerpo. Y fue importante para aquellas generaciones lograr el acercamiento a las otras compañeras, compartir las nociones fundamentales de sexualidad femenina y exigir a sus compañeros de cama la cuota de placer que les pertenecía.

En los prematuros años 60, Eliseo Bayo y yo nos lanzamos a hacer una encuesta sobre el comportamiento sexual de los hombres españoles. Yo había comprado clandestinamente el Informe Kinsey. Aquel trabajo monumental que Kinsey, Pomeroy y Martin, los profesores de la Universidad de Indiana realizaron en los años 50 en Estados Unidos investigando la verdadera conducta de los estadounidenses en el arte de hacer el amor. No lo que dictaba la puritana e hipócrita moral oficial ni lo que presumían los textos pornográficos. Después los trabajos de Johnson y Johnson de investigación práctica con decenas de parejas que a ello se prestaron. Y publicamos unos reportajes que estremecieron a la asustada y pacata sociedad española.

No sé cuántos de mis compatriotas, que no sean profesionales de la investigación sexual, conocen hoy los trabajos de Kinsey y Johnson o la magna obra de Willhem Reich. Ciertamente no todas las participantes del Movimiento los leyeron, pero las que los divulgamos y trabajamos en su estudio y discusión llegamos a varias generaciones de jóvenes que realizaban sus primeras armas en el difícil arte de la sexualidad.

Hoy observo que de los cursillos, talleres, encuentros y debates feministas la sexualidad está excluida. Supongo que hasta el mundo feminista entiende que la liberalidad con que se expresan -tantas veces soez- los escritores, los medios de comunicación, los participantes en los programas televisivos, profesores y políticos, significa que no hay misterio ni secreto que las mujeres y los hombres ignoren sobre tal actividad humana.

Y veo, triste y espantada, que la principal fuente de información sexual para los jóvenes, niños casi, es la pornografía. Difundida hasta la náusea por revistas y películas tiene sobre todo su soporte en Internet.

Ya en aquellos primerizos años, el Partido Feminista llevó adelante una oposición activa a la legalización de la pornografía, que comenzaba a inundar las salas de cine. No podíamos imaginar el vehículo digital. Pero sí sabíamos que la pornografía está basada en el desprecio hacia la mujer. En sus horribles productos, los hombres disfrutan impunemente de cuerpos femeninos para obtener orgasmos rápidos con prácticas agresivas y hasta crueles.

Mis discusiones con el pornógrafo más respetado de aquellos tiempos en los medios de comunicación Román Gubern, que pontificaba diariamente sobre la bondad de la pornografía, no evitaron que ya no se haga distinción entre el erotismo y la pornografía, y que los cultos, sabios, modernos y posmodernos especialistas del sexo, tacharan a las feministas de pacatas, ñoñas, reprimidas, dominadas por la moral católica, y otras lindezas semejantes. Alguno supongo que también afirmó que estábamos mal jodidas, como acusaban los estudiantes franceses del 68 a las feministas que comenzaban a plantear sus reivindicaciones. Hasta que éstas sacaron un enorme cartel que colgaron en los balcones de la Universidad de Nanterre que decía “Todas estamos mal jodidas”. Parece que indujo al silencio a más de uno.

Y esto es lo que deberíamos divulgar hoy, cincuenta años más tarde. Las nietas y bisnietas de las “soixante-huitards” siguen estando mal jodidas. Y pueden plantear las mismas quejas que sus antepasadas. Desapego, impaciencia, brusquedad y egoísmo que en tantas ocasiones rigen en los varones la relación de cortejo, seducción y consumación del acto sexual. Con una absoluta indiferencia hacia la sensibilidad, ignorancia o retardo de su compañera.

Los agresores de la Manada, los jovencitos de las últimas violaciones en Málaga, en Vitoria, en Cádiz, explican que la pornografía es su vademecum que les guía desde la absoluta ignorancia adolescente a la realización de las fantasías que abonan las imágenes que se transmiten a velocidad astronómica por las pantallas de ordenadores y de móviles. Imágenes de violaciones, maltrato, exhibición de los cuerpos y de los coitos. Humillación de las mujeres y triunfo machista de los varones.

El desprecio hacia la mujer en estos tiempos está siendo movido por las potentes empresas de pornografía, que tienen el mejor mercado: la rijosidad y la incultura de los jóvenes. Parece que la información sexual que se imparte en las diversas escuelas es incompleta, vergonzante, y destinada sobre todo a evitar embarazos y enfermedades de transmisión sexual. Y nada sobre el complejo proceso de realizar un amor placentero, sofisticado y respetuoso con su compañera.

Si ellas se atrevieran a plantear sus deseos y exigencias, ¿estarían hoy calificadas por sus compañeros de cama como reprimidas y ñoñas o los jóvenes aprenderían a aceptar verse en la imagen que ellas transmiten?

¿Aprenderían a moderar sus impaciencias, a controlar su testosterona y a disfrutar del más refinado placer de ir descubriendo los secretos de la capacidad más misteriosa y placentera del ser humano, que es la sexualidad?

¿A qué ha llevado esa proliferación de imágenes destinadas únicamente a exhibir cuerpos hermosos de mujeres, que son utilizados groseramente por los hombres? A aumentar el consumo de prostitución y de agresiones sexuales. A creer que el placer sexual se puede comprar o alquilar como practican los prostituidores. A entender la sexualidad como violencia y no como sensibilidad, ingenio y habilidad. Si la sexualidad masculina se satisface con cuatro prácticas elementales, ¿para qué detenerse en el cortejo, en las insinuaciones eróticas, en las caricias previas y en los diálogos excitantes? Como algunas especies animales, se va al coito rápidamente y tan contentos.

Pero no todas las especies animales son tan bruscas, en algunas el cortejo lleva muchas horas de exhibición de sus cualidades, de sus características especiales, de sus adornos y belleza. De cantos especiales que embelesan en el ruiseñor, de frotamientos repetitivos y extenuantes en el grillo, del zureo de las palomas, de la exhibición de las plumas del pavo real. Y los juegos de los homínidos, variados e ingeniosos: frotando hojas para hacer ruido y llamar la atención, jugando con ramas, practicando el sexo oral.

Y ahora son los hombres los que imitan a los más rudos y elementales de sus antepasados.

Y TAMBIÉN…
Doctor Sexo.
Sus investigaciones sobre sexualidad, las mayores hasta la fecha, fueron tachadas de “inmorales” por los sectores reaccionarios de EEUU en los años 40. Alfred Kinsey analizó “conductas desviadas”, como el sexo oral o la homosexualidad, destapando la doble moral americana. Su herencia está viva: su instituto está embarcado en un gran estudio y una película narra su vida.
Carlos Fresneda | Magazine, El Mundo, 2005-02-27

jueves, 24 de noviembre de 2016

#hemeroteca #hombres #sexualidad | Hablamos con varios abuelos sobre cómo era su vida sexual

Imagen: El País / Jóvenes y chicos en Punta Hidalgo, Tenerife
Hablamos con varios abuelos sobre cómo era su vida sexual.
¿Cómo se lo montaban antes? Varios hombres mayores de 70 años nos lo cuentan.
Sabina Urraca | El País, 2016-11-24
http://elpais.com/elpais/2016/11/24/tentaciones/1479977062_415572.html

Copita de vino o café cortado, carraspeo, toses, miradas que evitan la mía: En general, hablar de sexo con hombres que rondan o sobrepasan con creces los 70 es un camino espinoso, lleno de risotadas, eufemismos y dobles sentidos. Al igual que al hacer el equivalente de este artículo con mujeres, algunas veces daba la sensación de que aún pesa un lejano ideal de decencia, ellos son esclavos de mantener el pabellón de la virilidad bien alto, no caer demasiado en sentimentalismos, sortear torpemente cualquier pregunta incómoda. Los inicios de las entrevistas son desoladores: falta esa sinceridad que solo es posible cuando uno es capaz de no tomarse demasiado en serio a sí mismo.

Entrevistarlos en grupo es una caída libre hacia un festival de eufemismos sexuales en el que se pisan unos a otros y nadie quiere quedar el último. Uno por uno, entregados a una charla más calmada, dejan salir lo humano, la tibieza, el encogerse de hombros y decir "yo no soy ningún Superman". Ni falta que hace, les digo. Es muy interesante ver cómo la idea de caballero de copa, puro, esposa, hijos, virilidad inamovible, a veces consumía y convertía al hombre en alguien prisionero en un lugar del que difícilmente podía ser rescatado. Lectores hombres: háganselo mirar. Estas actitudes y muros emocionales de los varones mayores de 70 parecen tan indestructibles, que es más que posible que aún queden unas ruinas lo suficientemente fuertes para asfixiar a la persona sensible que seguramente se oculta dentro de las entrañas de cada caballero español.

Como los animalitos
Eso le soltó su padre a Juan Plaza, madrileño de 70 años, cuando, a los ocho, quiso saber cómo se hacían los niños: "Mis hermanas, mayores que yo, con doce años aún pensaban que los niños los traía el médico de su casa. Yo sabía algo más, pero poco. Le pregunté a mi padre y me dijo: "¿Cómo quieres que sea? ¡Como los animalitos!". Pero claro, vivíamos en Madrid, y lo máximo que había visto era dos perros enganchados en el Retiro". La ignorancia de los niños de aquella época con respecto a la reproducción y el sexo era casi pareja a la de las niñas, pero la inocencia de varón se esfumaba algo antes. Eustaquio, de 85 años y natural de Jaén, recuerda el shock que le produjo enterarse de las verdades de la vida: "Un amigo y yo vimos a dos apretando en el monte, y yo no podía creer que así me habían fabricado a mí". En general, en el grupo de amigos, los más pícaros surtían de conocimientos a los demás. Tomás, toledano de 78 años, recuerda los disparates que llegaba a crear la información sesgada recogida aquí y allá. "Tendríamos 13 años, y uno nos hizo creer en el grupo que, si se querían tener hijos, había que hacerlo por el culo. La única manera segura era hacerlo por delante. También vivíamos con mucho terror aquello de que las mujeres sangraban. Aquel muchacho nos tenía a todos engañados, y nos dijo que las mujeres sangraban siempre, todo el tiempo. No te voy a contar cuándo descubrí que todo esto era mentira porque me da hasta vergüenza".

Catar hembra
Eso le decían sus hermanos mayores a Tomás, de 78 años, cuando este se quedaba cortado delante de una chica: "Lo que tienes que hacer es catar hembra, y se te pasaba toda la tontería". ¿Cató? "Sí, fuimos en fiestas a una sala donde había señoritas que se acostaban por dinero. A mí aquello no me gustaba mucho, pero de alguna manera había que apagar los fuegos". Tomás se ríe a carcajadas cuando lo cuenta. Muchos chicos, al llegar a la pubertad, se veían iniciados en un mundo del sexo que se basaba más en un consuelo casi animal que en una verdadera satisfacción. Lope García, bilbaíno de 77 años, recuerda aquellos tiempos con algo de remordimiento: "Íbamos salidos como picos de mesa. A la novia poco te podías acercar, así que sí, alguna vez se caía en errores. No sé si eran errores, era que algo teníamos que hacer con el cuerpo. La novia era intocable". Juan Plaza recuerda, sin embargo, que no todo el mundo vivía la misma situación: "Había alguno que tenía una novia que se dejaba, otros que tenían novia que no se dejaba y decían que se dejaba, o al revés. Uno quería estar con la novia, pero al mismo tiempo tampoco quería "estropearla". Casarse con el tripón no era una opción". Pero, en algunas ocasiones, por mucho afán que hubiera por juntar los cuerpos, las condiciones y el miedo social te desmantelaban el plan, como recuerda Manolo Soto, segoviano de 72 años: "No me da vergüenza decir que la primera vez no pude. Mi novia quería, yo quería... Me puse nervioso. Y mira que tenía ganas, pero es que era en un portal, con gente pasando fuera... No había tranquilidad para hacer las cosas. Fíjate lo traumatizado que me quedé, que pensé que era un incapaz y daba vueltas en la cama pensando meterme a cura. A mis amigos les dije que lo habíamos hecho, claro. Al poco tiempo conocí a mi mujer, y ahí sí que salió ya la cosa bien".

Hombre casado
La boda, además de un ritual de madurez y hombría, era el momento más esperado, el inicio de la libertad. Por primera vez, la pareja estaba avalada para hacer lo que quisiera. Muchos remolonean al responder la pregunta de la noche de bodas. Manolo Soto reconoce que "mi mujer y yo ya nos habíamos acostado antes, así que ya nos teníamos cogido el puntillo, y fue divertida como una noche más". Con respecto a la satisfacción de la mujer o a posibles "accidentes" por nervios o inexperiencia, se hacen bastante de rogar, aunque al final cantan: "Fue todo un poco atropellado, para qué te voy a engañar -reconoce Tomás- Teníamos demasiadas ganas y demasiada poca experiencia. No había revistas, como ahora, en las que se hablase de esto. Algunas veces incluso se decía que las únicas mujeres que disfrutaban eran las putas, así que imagínate". La represión, oscura e implacable, creaba unas lagunas de ignorancia que a veces era muy difícil sortear. Lope, de 77 años, es el único de los entrevistados que no se casó y que vivió fuera: "Mi sensación es que España estaba muy atrasada. Yo trabajé en Francia y Alemania, tuve varias novias allí, y poco tenía que ver con ese susto en el cuerpo que parecía que tenía todo el mundo aquí. Había menos barbaridad, y uno podía acostarse con su novia, porque había con qué tomar precauciones y no se veía tan mal. Pienso que a veces en España la única manera de tener sexo era casándose, y eso te dejaba como enjaulado. Y a la mujer también, claro está. Había muchos hombres que, cuando la represión empezó a ser menor, escondieron los anillos y aprovecharon la racha".

Los hijos los trae Dios
Con este dicho y un deje de pena define Eustaquio la situación reproductiva que había en España. "Estábamos vendidos. Había que alimentar a todos los que te llegaran, y eso, por mucho que los quisieras, era de echarse a llorar. Yo tuve nueve, así que imagínate". La foto de familia, ese clásico retrato grupal, a veces no dejaba sitio para que cupieran todos los que eran. "Era duro, claro que sí, el no poder saber ni planear los hijos que íbamos a tener -reconoce Tomás- Intentábamos hacer marcha atrás, pero a veces no funcionaba. A mi mujer, en cada parto, era como que se le iba un poco de vida. Y había que trabajar mucho para alimentar a tantos". Juan Plaza recuerda comprar condones de contrabando en un piso de Madrid: "Era gente que pasaba a Francia y los conseguía. Mi mujer estaba nerviosísima. Pero es que ella tenía un problema de un quiste, ya había perdido dos niños, y no queríamos sufrir más. Era una cuestión de sentido común. Después, cuando se mejoró, ya tuvimos a nuestras dos hijas. Daba mucha libertad poder prevenir los embarazos, y creo que ahí es cuando más disfrutamos".

Antes de terminar estas entrevistas, uno de los entrevistados insistió en contarme algo, con la condición de que no revelase su nombre: "Quería añadir solamente que al final tomé Viagra algunas veces, aunque lo tuve que dejar porque tengo problemas de corazón. Eso fue antes de que mi esposa muriera, y ahí aún no sabíamos ni que estaba enferma, así que, aunque fuese peligroso para mi salud, me alegro de haber tomado Viagra, porque lo disfrutamos".