Mostrando entradas con la etiqueta Luisa Posada Kubissa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Luisa Posada Kubissa. Mostrar todas las entradas

martes, 9 de noviembre de 2021

#hemeroteca #trans #transfobia | Carta a quienes odian a las personas trans

Google Imágenes / Elizabeth Duval //
Carta a quienes odian a las personas trans.
Elizabeth Duval | Público, 2021-11-09

https://blogs.publico.es/dominiopublico/40981/carta-a-quienes-odian-a-las-personas-trans/ 

Me entrevistaron en un periódico de derechas cuando tenía dieciséis años. Les dejo por aquí una de las lindezas que ya entonces tenía que leer y soportar: "A nadie le interesan las cochinadas que le guste hacer a este engendro desde los orificios de su deforme cuerpo: esto no debe trascender su mugrienta habitación". Dieciséis años, pues, y ya había salido en un par de medios, que se interesaron por mí cuando participaba en algunas de las organizaciones que lucharon por una "ley trans" autonómica en la Comunidad de Madrid, al ser yo una de las primeras menores de la Comunidad en pasar por un tratamiento con bloqueadores.

Te acostumbras muy pronto a que en redes aparezca fácilmente la palabra engendro, a ser monstruosa, a que un sector de la población dictamine que no eres humana. Ni siquiera te sorprende cuando viene por parte de un sector muy escorado a la derecha: las cosas son así, te dices, y acabas naturalizándolo.

Hace ya tiempo que es imposible decir que la situación sea la misma. La trinchera desde la cual surge hoy la mayor parte del acoso y derribo contra personas trans no es la de la extrema derecha, sino la de un sector reaccionario que se disfraza alternativamente de feminista o comunista. En Twitter son siempre las mismas cuentas, con las garras bien afiladas, preparadas desde hace meses para responder a cualquier tweet en el que mencione las palabras ‘trans’, ‘mujer’, ‘feminismo’ o incluso banalidades como ‘merienda’.

En estos últimos tiempos ya ni siquiera hace falta que mi tweet contenga palabras, porque verme la cara es motivo suficiente como para arder en deseos de lanzar bilis, acusarme de querer "exhibirme en baños femeninos delante de niñas", compararme con pederastas y pedófilos o insinuar, como en su día hizo Janice Raymond, que todas las mujeres trans violamos con nuestra existencia el cuerpo de las mujeres. El catálogo de insultos es muy amplio y no merece ser aquí expuesto. Convivo con ello todos los días. A veces no me entero, otras sí; a veces es más fácil abstraerme e ignorar lo que me dicen, otras no tanto.

En otras ocasiones me he dirigido a quienes han podido tener dudas respecto a la "ley trans" o lo queer, y lo he hecho asumiendo que el diálogo era posible, siempre y cuando no partiera de una aproximación desde el miedo, el asco, el odio o la rabia. La filósofa Luisa Posada Kubissa tiene mi más profunda admiración desde que declaró en público, tras haber leído mi ensayo ‘Después de lo trans’, que agradecía la discusión y observaciones que yo aportaba allí sobre su último libro, dándome la enhorabuena desde el desacuerdo. Pero creo que hoy es necesario hasta dirigirme a quienes insisten día tras día en insultarme. Hacerlo, más aún, con ese ánimo tan cristiano de poner la otra mejilla, al considerar que ni su maldad es invencible ni les quedarán algún día razones para perseverar en ella.

No tengo la menor intención de otorgarle a mi vida una importancia que no tiene. Por suerte, he podido llegar a un grado de asimilación tal que me permite olvidarme muchas veces del hecho de que soy trans, y hacer muchas cosas sin tenerlo demasiado presente; no tengo ni tienen tantas otras mujeres trans intención alguna de forzar a nadie a tener sexo, ni deseo de querer acostarme con quien me odia. Vivo en calma cuando olvido que en las redes mi existencia es suficiente como para desatar una marabunta de veneno. No he experimentado un solo drama perverso en los cuartos de baño; prefiero, con mucho pudor, los cubículos cerrados, y no llego a comprender el muñeco de paja según el cual hombres en falda aparecerían por allá para enseñar sus partes. Considero que no borro a nadie por existir. Tengo pareja, dos gatos, soy humana; no es mi vida continuada una reivindicación cotidiana de la teoría queer, aunque quizá no tuviera nada de malo si así fuese. Cocino, lavo los platos, trabajo escribiendo.

Estoy segura de que las personas que escriben día tras día ataques, vejaciones, calumnias y mensajes degradantes contra mí también tienen familia, en ocasiones pareja y, en consecuencia, muchos momentos de ternura. Supongo que de vez en cuando se encuentran con alguna dificultad, algo muy difícil, y se derrumban. Pienso que ninguna de las emociones humanas que yo experimento les es ajena, y que nuestras diferencias, por lo tanto, jamás serán demasiado abismales. Sé, o al menos quiero pensar, que no serían capaces de escupirme los insultos que utilizan en redes a la cara. Prefiero creer en la hipocresía que en la rabia.

Querría decirles a esas personas que no merece la pena malgastar tanto tiempo y energías en responder a la cuenta que has escogido como objetivo de tu odio, igual que me digo a mí misma que no merece la pena leer sus respuestas. Me gustaría poder calmar los ánimos y pensar, sin temblores, en el desmentido lento, en aclarar dudas. Me pregunto a veces cómo se puede ser capaz de tanta crueldad, pero trato de decirme, para entender mejor, que en ciertas dinámicas de grupo (que otorgan a los individuos una identidad, un clan al que pertenecer) yo también podría alcanzar esas cotas de barbarie.

Imagino que su deshumanización es tan humana como lo son el resto de sus reacciones. Estaré dispuesta a perdonar sus insultos y barrabasadas. Trataré de no guardar rencor a quien hoy me escupe. Con el convencimiento de estar en el lado bueno de la historia, capaz de defender vidas, capaz de defender derechos, querré no ser hostil ante quienes tarden un poco más en llegar a esta orilla. Justificaré en mi cabeza sus conductas, sabiendo muy bien que es lamentable justificarlas. Y seguiré intentando que vean su gravísimo error moral, su ausencia de empatía, su incapacidad para ponerse en la piel del otro, aunque eso implique tener que ponerme yo en la suya. No odiaré a quienes me odian y aguardaré para vivir yo tranquila. E insistiré, al final, en decirles: no suponemos una amenaza, ni responderé al odio con más balas, ni leerán nunca que yo escriba reflejando su propia voluntad violenta.

viernes, 6 de marzo de 2020

#hemeroteca #feminismo #transfobia #interfobia | Asedio al feminismo

Imagen: El Diario / Movilización feminista
Asedio al feminismo.
¿Está siendo el feminismo objeto de ataque global liderado por homosexuales y trans para acabar con el sujeto político “mujer” y sustituirla al frente del movimiento feminista?
Pablo Morterero | El Diario, 2020-03-06
https://www.eldiario.es/andalucia/enabierto/Asedio-feminismo_6_1003059689.html

Afortunadamente, en los últimos dos, tres años, el debate feminista ha desbordado los espacios asociativos y académicos de antaño para encontrar acomodo no sólo en las redes sociales sino, sobre todo, en medios de comunicación on-line, los cuales han creado secciones específicas sobre feminismo.

Esto, por supuesto, no ha sido casual. Es el resultado de un trabajo tenazmente desarrollado por cientos, miles de activistas e intelectuales, así como al acierto en la elección de los ejes reivindicativos, donde, por ejemplo, la lucha contra la violencia machista ha hecho abrir los ojos a muchas mujeres, y a no pocos hombres. Pero como todo en la vida, la “socialización” de esta lucha también ha traído efectos no deseados en varios sentidos.

Uno, previsible, ha sido la sobre-reacción de las fuerzas ultraderechistas, que ha colocado en el centro de la diana a las feministas y sus reivindicaciones. En este sentido, el término “feminazi” ha sido uno de los éxitos terminológicos de la ultraderecha para demonizar esta lucha.

Pero otro, que a mí personalmente me ha cogido por sorpresa, ha sido la reacción de no pocas destacadas mujeres feministas, que tanto han aportado a la lucha por la igualdad. Intelectuales de la talla de Victoria Sendón de León, Carmen Domingo, Luisa Posada Kubissa y Alicia Miyares, por poner cuatro ejemplos recientes, han publicado artículos donde denuncian las estrategias que cuestionan a la mujer como sujeto político y que, a la postre, cuestionan la propia la lucha feminista. Es evidente que se trata de una legítima preocupación, con la que cualquiera puede empatizar.

Artículos como ‘Borrar el “sexo” y a “las mujeres”: delirio y misoginia’, de Alicia Miyares, ‘El feminismo tiene que ponerse a pensar’, de Luisa Posada, ‘En defensa del Partido Feminista’, de Carmen Domingo, o ‘El entrismo en el movimiento feminista’, de Victoria Sendón, producen la impresión de haberse escrito por personas que se sienten amenazadas por un enemigo que nunca duerme. Escritos articulados entorno a la idea de que existe un ataque organizado contra el feminismo al que hay que pertrecharse intelectual y moralmente, y al que hay que plantear batalla incluso utilizándose términos bélicos.

Y sorprende que sitúen como enemigo, que agazapado está preparando el asedio del feminismo, no a la reacción de la ultraderecha, no a los think tank del neoliberalismo, sino al lobby gay que presuntamente usa como arma de destrucción masiva la teoría queer.

Como hombre homosexual activista, que se ha manifestado públicamente como “aprendiz” feminista, estos argumentos me producen un terrible impacto, rozando la ansiedad. Pero si algo he aprendido de mis amigas psicoterapeutas, es que los señalamientos deben ser tenidos en cuenta, aunque sea para posteriormente descartarlo si tras ser meditados no nos convencen. Por eso, me he preguntado ¿será cierta esta argumentación, y desde mi ignorancia estoy contribuyendo a descabezar la lucha feminista que admiro y reconozco?

Por eso, en primer lugar, he querido centrarme en el aspecto formal, en las palabras que tejen los argumentos. Como bien sabe el feminismo, la elección de adjetivos y sustantivos no es inocente. La utilización de un término u otro determinan y condicionan los pensamientos, y su elección se convierte así en parte esencial del discurso. Porque corrigiendo a Sendón, no es “que cierto lenguaje puede llegar a ser performativo” sino que, por definición, todo lenguaje lo es.

Si en el pasado el movimiento feminista ha sido capaz de promover un discurso narrativo propio, no deja de sorprender que de la lectura de dichos textos se perciba trazas de discursos narrativos promovidos desde el neoliberalismo. Uno de ellos es el que se nuclea entorno a la expresión “lobby gay”, producido por la misma factoría que inventó la “ideología de género” y “feminazi”, y que parece incorporarse al discurso de estas autoras, bien de forma implícita, o bien de forma explícita, como hace Carmen Domingo.

Parece una obviedad tener que aclararlo, pero si por “lobby gay” entendemos un grupo de hombres homosexuales influyentes, organizados para promover la teoría queer y presionar así en favor de la gestación por subrogación / vientres de alquiler, hay que volver a insistir en su inexistencia. Como no hubo en el pasado ningún frente “judeo-masónico” para destruir el alma y la nación española.

No niego que haya empresas mediadoras en estos procesos interesadas en favorecer marcos legales que mejoren sus beneficios empresariales. Pero esos intereses empresariales no tienen sexo ni género, y menos aún orientación sexual. Detrás de sus accionistas seguramente encontraremos a hombres y mujeres heterosexuales o fondos de inversión gestionados por hombres y mujeres heterosexuales. Si hablamos desde el activismo, la Asociación por la Gestación Subrogada fue creada por un grupo de mujeres heterosexuales, movilizadas entorno a una mujer heterosexual que debido a una enfermedad no podía ser madre más que por esta técnica. Y como he argumentado en algún que otro artículo, es incierto que la mayoría de las personas que han sido progenitores mediante esta técnica sean hombres homosexuales.

Pero es que tampoco hay “lobby gay” para promover cosa alguna. Ni siquiera los establecimientos de ambiente homosexual masculino o aplicaciones de contacto homosexual (cara sin duda del mal llamado gayempresariado) son siempre propiedad de hombres homosexuales, sino que los hay también propiedad de personas heterosexuales o de fondos de inversión, que, como he dicho con anterioridad, carecen de sexo, género y orientación sexual. En este sentido hay que recordar que la aplicación más popular, Grindr, tras ser fundada en EEUU es actualmente propiedad de una empresa multinacional china.

Por desgracia tampoco existe un “lobby gay” de académicos, catedráticos y profesores, que en universidades públicas dispongan de recursos para teorizar y desarrollar estrategias de lucha homosexual masculina, ni de potentes y exclusivas asociaciones y fundaciones de hombres homosexuales donde implementar las estrategias desarrolladas desde el ámbito académico.

También la utilización por parte de Posada de la expresión “preferencias sexuales” chirría a estas alturas. Por el contexto, debe entenderse que se refiere a la orientación sexual, es decir, hacia las personas que te sientes atraído/a efectiva y sexualmente. Pero el término “preferencias sexuales” nos retrotraen a tiempos pasados, en los que se sostenía que el sexo y género de la persona hacia la que te sentías atraído/a era un acto volitivo, una opción, y que, por lo tanto, en cuanto a acto voluntario, debía de ser objeto de reproche social e incluso penal.

Siguiendo en el ámbito terminológico, cuando Sendón se pregunta “¿Por qué un gay o un trans tienen que pertenecer ‘per se’ al movimiento feminista?” parece que se refiere no a lo que legalmente y socialmente se considera un hombre trans (es decir, aquel hombre nacido con vulva y clítoris) sino de forma despectiva a una mujer trans (aquella mujer nacida con pene y testículos). Y respondiendo a su pregunta pretendidamente retórica, habría que responder que no. Que un hombre homosexual, una mujer transexual o una mujer cisexual (no transexual) no tienen que pertenecer ‘per se’ al movimiento feminista.

Entrando en el debate argumental, en los artículos citados, explícita o implícitamente se establece una relación causal entre “teoría queer” y “lobby gay”, siendo la primera el arma utilizado por los segundos con el fin de acabar, cual caballo de troya del neoliberalismo, con la categoría de mujer como sujeto político y eliminar así la lucha feminista.

Algunas de estas autoras utilizan expresiones como “planteamientos de la postmodernidad queer” (Posada), o “propuesta queer de proliferación paródica de los estereotipos genéricos” y “relatos queer” (Miyares), pero ninguna parece interesada en aclarar que la “teoría queer” no nace en el seno del movimiento homosexual masculino ni en el del transexual, sino en el feminismo, con autoras como Monique Wittig, Judith Butler y Eve Kosofsky Sedgwick. Si la teoría queer es una evolución (errónea o acertada) del feminismo ¿cómo ha podido pasar en 30 años a ser considerada por una parte del feminismo como una estrategia de gais y trans en alianza perversa con el neoliberalismo para acabar con el sujeto político mujer?

Ricardo Llamas, en su Teoría Torcida, ya nos advertía de la ‘otredad’ que se aflige a la homosexualidad. Esta otredad, le ha convertido en el chivo expiatorio perfecto para todo tipo de prejuicios. Algunas intelectuales, algunas de ellas lesbianas o bisexuales, han podido tener la tentación, de forma inconsciente, de descargar la responsabilidad en el hombre homosexual y en la mujer transexual. Miyares hace un relato muy interesante sobre esa estrategia política que une lo gay con la teoría queer, cuando afirma en relación a la ley que se promueve en Argentina: “La secuencia política queer es muy evidente: primero, lograr a nivel nacional de país leyes de “identidad de género” para posteriormente, amparándose en las leyes sobre “identidad de género”, proceder a promulgar leyes de borrado de la categoría sexo.“

Pero obvia realidades que imagino es debido a su desconocimiento. Las propuestas de eliminar la categoría sexo en las leyes de registros a efectos de filiación, no responden ni exclusiva ni plenamente a los postulados queer. De hecho, en países como Alemania, las personas que se auto identifican como queer o no binarias han luchado, y conseguido, la inclusión de una tercera opción ante la casilla “varón” y “mujer”.

Por otro lado, las propuestas de eliminación de dichas categorías registrales, responden a un hecho biológico como es el de las personas intersexuales, realidad por la que creo que el feminismo no parece mostrar ningún interés. Porque es falso que solo existan corporalmente bebés XX con vulva, clítoris, vagina y ovarios; y bebés XY con pene y testículos.

Hay bebés que nacen con una corporalidad de sus órganos sexuales que no responden al binomio varón/mujer, pero que por mor de la necesidad imperiosa (en días) de las leyes registrales, deben ser categorizados como “varón” o “mujer”. Bebés con sufren violencia patriarcal mediante operaciones correctoras de carácter estético para ajustarla a un patrón sexo-corporal.

Bebés con grandes clítoris (que pueden llegar a parecer penes sin serlo) que sufre ablación para que adopten el tamaño “estándar”, si ese concepto es posible. O bebés que se les injertan fragmentos de intestino para crear vaginas “penetrables”. O bebés a los que se les extirpan las gónadas para adaptar su morfología al fenotipo femenino. Y es que contra lo que defiende el feminismo de estas autoras, no existe per sé una categoría biológica de varón y mujer. Sí existen corporalidades mayoritarias y minoritarias, pero no únicas.

Tampoco he encontrado reflexiones dentro del feminismo en relación a la realidad de las mujeres SIA. Mujeres nacidas con vulva y vagina, que al crecer desarrollan sus rasgos sexuales secundarios femeninos (pechos, caderas, voz), han sido socializadas con mujeres, se auto perciben como mujeres, pero que al llegar a la pubertad descubren (si no se les oculta por familiares y profesionales de la salud) que tienen gónadas, carecen de útero y ovarios y sus cromosomas son XY.

Son mujeres que sufren la violencia machista, han podido ser abusadas sexualmente, sufren el techo de cristal, pero que sus cromosomas son de varón. Según su artículo, para Miyares algunas de las características del concepto “mujer” supone “parir con dolor, evitar la preeclampsia, menstruar durante largos años de nuestra vida y la endometriosis asociada, no sufrir cáncer de mama o de útero y por relajarnos un poco no tener celulitis”. ¿Significa acaso que para el feminismo que representa esta autora una mujer SIA que nunca podrá parir (ni con dolor ni sin él), no menstruará nunca, no sufrirá cáncer de útero… no es mujer?

Y es que el feminismo de Sendón de León, Domingo, Posada y Miyares parten de un determinismo biológico, la existencia universal de las categorías biológicas de varón y mujer, que no se corresponde con la realidad. Y cuestionar desde la realidad biológica ese determinismo no pretende eliminar la categoría mujer como categoría política, ni busca, en palabras de Sendón de León que “la batalla contra este sistema quede en manos de los gais y de los trans.” Lo que pretende es sumar a la lucha por la igualdad y contra el patriarcado a personas que no se ajustan al patrón sexual varón y mujer.

Y para finalizar sobre los argumentos, quiero compartir una última reflexión que apuntaba al principio. Leyendo los artículos citados tengo la impresión que están escritos por quienes se sienten amenazadas por enemigos un tanto difusos que ponen el riesgo los avances del feminismo. Y no puedo dejar de ponerme en su piel. Como miembro del movimiento LGTBI sólo puedo decirles que por parte de las asociaciones de homosexuales, bisexuales, transexuales e intersexuales que conozco no tienen como objetivo acabar ni con el movimiento feminista ni con las mujeres feministas que lo hacen posible, y menos aún buscan sustituirlas al frente del mismo.

Si hay algún sentimiento que compartimos es de gratitud con el movimiento feminista, junto con cierto sentimiento de pesadumbre por sentir que las otrora compañeras de lucha observan con sospecha nuestra lucha y nuestros objetivos.

Pablo Morterero es presidente de la Asociación Adriano Antinoo y co-autor de “Los personal es político. Historia del Movimiento Homosexual en Andalucía”.

martes, 25 de febrero de 2020

#hemeroteca #feminismo | El feminismo tiene que ponerse a pensar

Imagen: El Diario / Cadena feminista en Madrid, 2020-02-08
El feminismo tiene que ponerse a pensar.
El feminismo no está ni mucho menos muerto y enterrado, no está ni mucho menos ‘kaputt’: frente a lo ‘post’, lo ‘trans’, lo ‘cis’, etc., puede decirse que constituye hoy la última gran teoría crítica resistente al presente neoliberal y patriarcal.
Luisa Posada Kubissa | El Diario, 2020-02-25
https://www.eldiario.es/tribunaabierta/feminismo-ponerse-pensar_6_999560058.html

El activismo ha sido siempre una seña de identidad del feminismo. Así, por ejemplo, la ola sufragista fue un movimiento imparable durante casi cien años por la conquista del voto femenino. Y esa gran ola recaló en una cascada de teóricas en cadena que, sin dejar el ámbito reivindicativo, se pusieron a "pensar el pensamiento" de su momento desde las claves de la crítica feminista. Me estoy refiriendo a las grandes figuras del neofeminismo, a partir de Simone de Beauvoir, como son Betty Friedan, Shulamith Firestone o Kate Millet en los años 60 y 70 del siglo XX, que aportaron conceptos y teorías con las que hoy se mueve el bagaje feminista de análisis.

En nuestros días el feminismo sigue siendo reivindicativo. Y ha aglutinado a muchos sectores sociales y a muchas mujeres jóvenes, que se están alzando contra la pervivencia del patriarcado y, sobre todo, contra su violencia estructural. Frentes como la prostitución y los vientres de alquiler ocupan también a una buena parte del feminismo que escribe, debate y se moviliza en contra de su regulación. Y hay una producción teórica, que también es activismo feminista y que da cobertura a "las luchas y anhelos de una época", por decirlo en palabras de Marx cuando definía qué es la teoría crítica.

En estos terrenos de la praxis política el feminismo sigue ganando batallas. Pero en el terreno del pensamiento podría advertirse que parece perderlas. Buena prueba de ello es que, cuando todavía no estamos en condiciones de hablar de un ‘postpatriarcado’, el postfeminismo es una expresión cada vez más extendida y aceptada. Y eso no es inocuo: responde a un imaginario propio de una parte del pensamiento contemporáneo, que ha decretado el acta de defunción de todas las grandes reclamaciones de la modernidad anterior. Y, entre ellas, la de la igualdad. Lo que se aplica además a la demanda de la igualdad entre los sexos. Todo esto, simplemente, habría caducado.

Como también estaría caduco el propio sujeto que protagonizó las luchas del pasado y, para lo que nos interesa aquí, esto incluiría al sujeto político feminista. Porque el sujeto no serían las "mujeres", esta es otra ficción a deconstruir para dar paso a una coalición de identidades variables que se alían en su resistencia al orden heteropatriarcal. Que, además, no es sólo un orden de dominación heterosexual, sino un orden de dominación cisheteropatriarcal. Con esta denominación (¡que ya es para nota!) se trata de designar algo así como un sistema de dominación heterosexual jeraquizado por lo cis (personas que se identifican con el sexo y el género atribuido al nacer y que se opone a las personas trans).

En esta sopa de sufijos, es imposible abrirse paso con mayor claridad, pues nos movemos en un proceloso y sombrío bosque de letras. Pero algo parece claro: se trata de abatir lo que ha conformado y conforma el feminismo y su sujeto histórico. Y esta estrategia puede que no constituya parte del debate social, pero sí se muestra como una de las líneas en auge del pensamiento de nuestro presente. Y hay que afrontarlo.

Hay que afrontarlo porque el pensamiento, cuando se repite y se repite, acaba permeando la propia dialéctica social. Y hay que afrontarlo en el terreno donde el pensamiento afronta el pensamiento, que no es otro que el terreno del pensamiento mismo. Quiero decir que, además de las necesarias reivindicaciones y del activismo, el feminismo ha sido y es un pensamiento potente, una teoría crítica, que tiene que dialogar con los discursos subyacentes a cada presente, para recoger de los mismos lo que le interesa reutilizar –como por ejemplo lo hicieron las feministas de los 60 y los 70 con el marxismo y el psicoanálisis– y para detectar y desactivar lo que va en contra del proyecto de emancipación que el feminismo es.

La impugnación al sujeto político mujeres y la voluntad de encasillarlo como una diversidad más, tiene su suelo teórico en los planteamientos de la postmodernidad queer. Estos planteamientos, importados de los discursos académicos confinados a las universidades norteamericanas, encontraron eco también en nuestro entorno académico. El feminismo tiene que "pensar este pensamiento" y conocer los fermentos que lo han abonado. Y sobre todo sospechar de que se produzca justamente ahora, cuando en un mundo dominado por la lógica neoliberal el feminismo está volviendo a ser un movimiento emergente, incómodo y resistente a esa lógica.

Hoy el feminismo sin duda está tan diversificado como las propias variables con las que interactúa: eso quiere decir que hay que hablar de "raza", de etnicidad, de ecofeminismo, de grupos de mujeres negras, chicanas o racializadas en general, de mujeres emigradas, de preferencias sexuales... Y todo ello compone una red de variables, que son variables de opresión y que, lógicamente, diversifican los intereses de las mujeres según su relación con cada una de ellas. Pero que se dé un espectro tan diversificado en el feminismo no significa entonar sus cánticos funerarios, o venir a declarar su momento post.

El feminismo no está ni mucho menos muerto y enterrado, no está ni mucho menos ‘kaputt’: frente a lo ‘post’, lo ‘trans’, lo ‘cis’, etc., puede decirse que constituye hoy la última gran teoría crítica resistente al presente neoliberal y patriarcal. Y las mujeres en todo el mundo, con sus "múltiples diferencias que intersectan" (como lo expresa la filósofa feminista Nancy Fraser), están protagonizando esa resistencia y dando buena cuenta de algo que es un hecho palmario, para pensarlo más allá de todo debate estéril: que son un sujeto político vivo.

Luisa Posada Kubissa. Profesora en la facultad de Filosofía de la Complutense

martes, 6 de noviembre de 2018

#hemeroteca #feminismo #transfobia | Arriesgar el sujeto político del feminismo: ¿necesario o peligroso?

Imagen: Cuarto Poder / Encuentro de Feministas Diversas
Arriesgar el sujeto político del feminismo: ¿necesario o peligroso?
Durante las últimas semanas asistimos a un debate que no es nuevo, pero que en esta época expansiva del feminismo ha logrado prender como una llamarada las redes. Luisa Posada, Alicia Miyares, Lucas Platero, Fefa Vila y Carmen Romero aportan su visión sobre cómo debe plantearse el sujeto político feminista.
María F. Sánchez | Cuarto Poder, 2018-11-06
https://www.cuartopoder.es/feminismo/2018/11/06/arriesgar-el-sujeto-politico-del-feminismo-necesario-o-peligroso/

Durante las últimas semanas asistimos a un debate que no es nuevo, pero que en esta época expansiva del feminismo ha logrado prender como una llamarada las redes sociales. Unas declaraciones de la investigadora y activista transfeminista Sam Fernández sobre la necesidad de “arriesgar” el sujeto político del feminismo provocaron unos tuits airados del Partido Feminista que fueron tildados de “tránsfobos” por muchas personas trans y activistas feministas. Poco después Luisa Posada Kubissa defendía en un artículo en el diario_es la necesidad de limitar el sujeto del feminismo a las mujeres porque, lo contrario, sería ponérselo fácil al patriarcado. También muchas personas hicieron público su malestar ante este planteamiento.

Luisa Posada, quien es una reconocida feminista, profesora de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid explica a Cuartopoder_es que sus postulados fueron malinterpretados. Algunas voces entendieron que trataba de dejar fuera de dicho sujeto a trans o lesbianas, lo cual desmiente. “No traté de definir qué es ser mujer ni de defender la exclusión del feminismo de todas aquellas que se sientan mujeres dominadas por un sistema heteropatriarcal, aunque luego ellas tengan distintas luchas por sus variables de raza, religión, preferencia sexual...”, aclara. Ahora bien, “para ser sujeto político del feminismo hay que sentir la dominación en tanto que mujeres”, subraya.

El planteamiento de Posada se enfrenta con el pensamiento transfeminista y de la teoría ‘queer’, vinculado a filósofas como Judith Butler, que precisamente buscan combatir el binarismo normativo de “hombre” y “mujer”, lo que evitaría la exclusión y el sufrimiento de las personas que no encajan en estas categorías. En este otro lado del debate se encuentra la socióloga feminista Carmen Romero, quien reconoce que la categoría mujeres es “necesaria” para reivindicar “situaciones de desigualdad”, pero que esto “no limita el espacio de lo posible del sujeto político de las mujeres”.

Lo teórico entronca con una realidad, pues hay personas no binarias y hombres trans que participan activamente en la causa feminista. “Yo no creo que se deba excluir de la lucha feminista a los chicos trans, porque su posición nos permite cuestionar los espacio de masculinidad. Me parece que a veces se entiende a los varones trans casi como una traición a las mujeres y a la posición que han ocupado, pero también es muy valiente ocupar posiciones masculinas que estaban únicamente reservadas a los hombres cis –término empleado para describir a aquellas personas cuya identidad de género coincide con el sexo asignado al nacer–”, pone como ejemplo Romero.

Un asunto ya abordado
El debate reavivado al calor del intercambio de tuits, pero también en determinados espacios feministas, no es nada novedoso. Las últimas jornadas estatales feministas realizadas en 2010, que reunieron a unas 4.000 personas en Granada, ya abordaron esta cuestión del sujeto y apostaron por su amplitud. Para Lucas Platero, docente en intervención socio-comunitaria e investigador de movimientos feministas y trans, aunque estos debates no deban darse por “cerrados”, sí es significativo que estas jornadas con una masiva representación del movimiento feminista y “un quorum variopinto” recogieran “el transfeminismo”, así como la ruptura “con el binarismo, lo homohetero” y, en definitiva, la apuesta por “una mirada bien amplia”.

En este sentido, la socióloga y escritora española, Fefa Vila Nuñez, adscrita a la teoría queer feminista, comenta que el debate se remonta a hace décadas porque hay sujetos que “amplían el tradicional del feminismo” y la realidad se acaba imponiendo. “El sujeto mujeres del feminismo clásico queda totalmente deconstruido, pero no significaría un rechazo a encarnar la identidad política, sino que esta estaría problematizándose, se ve excedida, en un nuevo contexto que no puede obviar”, añade.

Otra cuestión es la posición que vayan adquiriendo las nuevas generaciones que se incorporan al movimiento por la igualdad y se fijan en las más veteranas. “Nos encontramos con que algunas personas jóvenes están comprando parte del discurso feminista blanco anglosajón, pero esta no es toda la tradición del feminismo radical y desde luego no es la historia del feminismo en España”, añade Romero, que invita a revisar la investigación sobre movimientos trans y feministas en nuestro país realizada por Platero y Esther Ortega. También a que las feministas de clase media y blancas escuchen las demandas no solo de las personas trans, sino de las mujeres racializadas, migrantes, etc. que desde hace tiempo vienen reivindicando “una autorrevisión” por parte de las mujeres más privilegiadas.

Cuestión de género
Otras feministas como la filósofa Alicia Miyares consideran que hay una parte del “colectivo LGTB+” amparándose en el adjetivo “transfóbico” para anular “el pensamiento crítico feminista”. Según explica y recoge más ampliamente en este artículo, históricamente el feminismo ha pretendido “abolir” las desigualdades tanto por cuestión de sexo como por las identidades normativas de género porque “nadie mejor que las mujeres saben que es nacer en el sexo equivocado”. También insiste en que históricamente las mujeres se han aliado con otros colectivos y minorías oprimidas y que así debe seguir sucediendo.

“El problema a día de hoy es que desde sectores minoritarios del colectivo LGTB+ que se definen como transgénero pretenden que la identidad de género o el género fluido sean reconocidos como derechos fundamentales cuando el feminismo ha tratado siempre de abolir la categoría de género”, explica. A su entender y con base en ello, es inasumible por parte del feminismo que “la identidad de género” se valide en la Proposición de Ley contra la discriminación por orientación sexual, identidad o expresión de género y características sexuales que se encuentra en trámite parlamentario en el Congreso de los Diputados. “No me cabe ninguna duda por parte de quienes han hecho la transición completa tanto a mujer como a varón”, indica en relación a las personas transexuales, “pero tengo todas mis dudas contra aquellos que dicen sentirse algo, pero no completan nada”, añade en relación a las personas transgénero.

En el lado contrario, Romero entiende que este tipo de reflexiones responden a “una mala lectura” de la teoría ‘queer’, ya que es innegable que el género es una construcción histórica y social que continúa operando y se debe reconocer su existencia. “Lo que tratamos de socavar es la forma en la que el género se convierte en una forma de discriminación”, explica. Es decir, según explica la teoría ‘queer’ feminista, se trataría más bien de reconocer las múltiples identidades que se construyen en torno al género, ya que es imposible concebir nuestra existencia de otra manera, con el objetivo de ‘hackear’ el sistema.

Y aunque a ratos el debate se presente en el plano teórico, Platero lo aterriza en nuestro contexto político y social actual. “No puedes hacer una postura política en torno a que no entiendas a la gente transgénero o no binaria, no puedes desautorizar sus vivencias porque tú no las entiendas y, más aún, cuando te dicen que quieren luchar contigo en un movimiento político plural que se llame feminismos”, manifiesta.

Desde ahí, el sociólogo advierte del peligro de “fragmentar el sujeto político del feminismo” en un momento peligroso en la lucha por nuestros derechos, con la llegada de Jair Bolsonaro a la Presidencia de Brasil o el avance de la derecha ultraconservadora en Europa. “Mientras partimos el sujeto político, la ultraderecha sabe que somos lo mismo y atacan contra lo que llaman ‘doctrina de género’. Qué raro que no estemos pensando en cuanto tenemos en común y estemos pensando en cuanto nos diferencia”, concluye.

lunes, 22 de octubre de 2018

#hemeroteca #feminismo | El sujeto político feminista en la 4ª ola

Imagen: El Diario / Manifestación 8M en Bilbao
El sujeto político feminista en la 4ª ola.
No podemos dejar que se nos quiera usurpar el sujeto a las mujeres precisamente ahora, cuando la lucha feminista más necesita de un sujeto fuerte. Defender que se deconstruya hoy el sujeto “mujeres”, que prescindamos de él como sujeto político del feminismo, sólo puede venirle bien a los propios intereses del patriarcado.
Luisa Posada Kubissa | El Diario, 2018-10-22
https://www.eldiario.es/tribunaabierta/sujeto-politico-feminista-ola_6_827727257.html

Si hablamos de una 4ª ola feminista, habrá que establecer que hablamos de algo reactivo, ya que toda ola es reactiva, es decir, es algo que supone un avance frente a un repliegue. Hablamos entonces de una 4ª ola como reacción, como impulso hacia delante, frente a la actual contrarreacción patriarcal. Preguntarnos si se está realmente produciendo esta ola será preguntarnos qué la impulsa, cómo se expresa y quiénes la protagonizan. Me voy a referir sólo brevemente al qué y al cómo, para centrarme en lo que me parece urgente que nos volvamos a plantear hoy: el quiénes, es decir, el sujeto político del feminismo.

Tras las grandes conquistas feministas, lo que hoy está sacando al feminismo a las calles y haciéndolo un movimiento de masas yo diría que es -no sólo pero sí centralmente- una auténtica insurrección, una rebelión contra la violencia patriarcal. Una violencia en sentido amplio, que se expresa de muchas maneras: como violación, como acoso, como maltrato, como asesinato, como desigualdad económica y laboral, como pornografía, como prostitución, como trata... Hoy habría que añadir otros fenómenos de este poder sexualmente expresado, como la práctica de los vientres de alquiler. Por tanto, en cuanto al qué de esta cuarta ola, el qué la impulsa, yo diría que fundamentalmente es una rebelión contra lo que creo que se está configurando como el nuevo paradigma del patriarcado: el patriarcado violento.

En cuanto al cómo se expresa esta reacción, el feminismo está aglutinando a muchos sectores sociales, a muchas mujeres y a muchos hombres en sus masivas manifestaciones contra esa violencia. De lo que se trata es de crear en todos ellos no sólo rechazo, sino también conciencia crítica: es decir, que no se queden sólo en condenar los efectos más cruentos de esa violencia, como los asesinatos de mujeres, sino que tomen conciencia de que se trata de un poder sexualmente expresado de muy diversas maneras y que es estructural al sistema patriarcal.

Si atendemos ahora al quiénes protagonizan esta nueva ola, hay que recordar brevemente que a partir de los años 80 del siglo pasado el feminismo reconoció la diversidad entre las mujeres por raza, clase, preferencia sexual, etc. Y lo hizo sobre todo a raíz de las críticas chicanas al feminismo tradicional de las feministas lesbianas, negras y por no contemplar sus diferencias y no sentirse representadas en un feminismo centrado en la mujer blanca, occidental, heterosexual y de clase media. Pero el reconocimiento de las diferencias entre mujeres plantea un problema en el feminismo: ¿Cómo pensar las identidades que se reconocen como diversas? ¿Cómo evaluar las diferencias? La teórica norteamericana Nancy Fraser advierte que no todas las diferencias deben ser reconocidas, que no todo vale y que hay que rechazar aquellas diferencias que fomentan la subordinación o que implican desigualdad. El debate abierto acerca de qué hacer con las identidades diversas, qué hacer si reconocemos las diferencias entre mujeres, abre también el debate de qué hacemos con el sujeto político del feminismo, con el quiénes de esta nueva ola.

Hay quien defiende que estaríamos ante una 4ª ola en la que el sujeto político del feminismo habría cambiado: de ahí vienen las propuestas del transfeminismo y de la teoría queer. Estas propuestas postmodernas se vinculan directamente con la filósofa norteamericana Judith Butler: Butler propone que cabe deconstruir las identidades por normativas y excluyentes, ya que toda identidad establece unas normas a las que hay que ajustarse para pertenecer a la misma y deja fuera todo lo que no se ajusta a esas normas. También la identidad “mujeres” deberá ser desestabilizada y deconstruida, pues como toda identidad es normativa y excluye a parte del grupo que dice representar. Ahora estaríamos en un momento de postfeminismo en el que el sujeto ya no serían las mujeres sino un sujeto en coalición de identidades diversas y contingentes, aliadas en la resistencia al orden heteropatriarcal (como los gais, las lesbianas, los transexuales, los transgénero, los bisexuales, etc). Pero hay quien, lógicamente, ve un peligro para el feminismo en estas propuestas postmodernas. Así la filósofa feminista Seyla Benhabib le contesta a Butler que, si deconstruimos la identidad mujeres, nos quedamos sin sujeto político que pueda llevar adelante el proyecto de emancipación que el feminismo es. Benhabib pregunta cómo sería posible siquiera pensar un proyecto político de emancipación feminista sin un sujeto político del mismo, sin un el “nosotras” feminista.

Creo que hoy indudablemente hay que pensar el sujeto feminista en alianza con otras identidades que se crean en su resistencia al orden heteropatriarcal. Pero, a mi juicio, de lo que no se trata es de disolver el sujeto del feminismo en esas otras colectividades, que deben tener sus propios sujetos. Lo que sí me parece urgente es que hoy, con las masivas movilizaciones feministas en la calle, con esta cuarta ola en puertas, repensemos y volvamos a estabilizar el sujeto político del feminismo. Porque no podemos dejar que se nos quiera usurpar el sujeto a las mujeres precisamente ahora, cuando la lucha feminista más necesita de un sujeto fuerte. Un sujeto que tiene que llevar adelante un proyecto feminista tan fácil de enunciar y tan difícil de hacer como es erradicar el patriarcado. Y hacerlo además a escala transnacional, a escala planetaria, reconociendo desde luego las diferencias culturales, locales, raciales, de clase, de orientación sexual, etc. entre las mujeres. Pero reconocer esas diferencias no significa que se pueda hablar hoy de un postfeminismo, o incluso hablar de la postmujer (como hacen algunos discursos actuales). Y no cabe hacerlo, no cabe hablar de tanto post, cuando, como dice Fraser, todavía no estamos ni mucho menos en condiciones de hablar de un postpatriarcado.

En otras palabras, no podemos admitir que se siegue la hierba bajo nuestros pies y se pretenda acabar con el sujeto “mujeres” justo cuando el feminismo está volviendo a ser un movimiento emergente. Las mujeres, repitámoslo, pueden coaligarse con otros sujetos que como los homosexuales, las lesbianas, los transexuales, los bisexuales o los transgénero están embarcados en una lucha contra el orden patriarcal heteronormativo. Pero sabiendo que centrar el foco de reivindicación en el reconocimiento de las reclamaciones de libertad sexual, como hacen esas colectividades, no será suficiente para hablar de un proyecto feminista que tiene que impugnar el patriarcado como sistema de dominación total. Es decir, entender el patriarcado sólo como heteropatriarcado es reductivo, ya que definir el patriarcado prioritariamente como sistema de dominación heterosexual es obviar que, además de eso, es también un sistema de opresión política y económica. Y el feminismo tiene que impugnar el patriarcado en toda su complejidad.

En nuestro mundo globalizado la realidad material de las condiciones de vida de muchas mujeres exige todavía pensar desde el feminismo un proyecto de emancipación social, político, cultural y personal. Y para ese proyecto se necesita hoy un sujeto fuerte, un sujeto “mujeres”, que a pesar de sus diferencias indudables tenga objetivos políticos comunes. Y las mujeres tenemos objetivos políticos comunes porque padecemos dominaciones comunes por el hecho mismo de ser mujeres, como es el caso paradigmático de la violencia patriarcal.

En definitiva, y por decirlo brevemente, yo tengo muy clara una cosa: que defender que se deconstruya hoy el sujeto “mujeres”, que prescindamos de él como sujeto político del feminismo, sólo puede venirle bien a los propios intereses del patriarcado.